Oct 011986
 

Ramón Núñez Martín.

CAP. I.
EL ANTIGUO Y POBRE ASILO DE TRUJILLO TRANSFORMADO EN UNA ESPLÉNDIDA RESIDENCIA DE ANCIANOS.

Introducción a modo de resumen

Se trata, en esta comunicación, de hacer la historia, sin duda interesante, de esta residencia de ancianos que comenzó siendo asilo a finales del siglo pasado el primero de enero de 1894, cuando llegó la Congregación de Hermanas de los Ancianos Desamparados a hacer esta fundación en nuestra ciudad. Vino a hacerse cargo de la nueva casa abierta la superiora de Badajoz, sor Carmen del Corazón de Jesús, acompañada de seis religiosas más. Se instalaron en una casa señorial del siglo XIV, el antiguo Alcázar de Luis de Cháves, tal vez “el monumento más histórico de Trujillo”, porque aquí se acordó entre los Reyes Católicos la divisa de su escudo: “tanto monta”, para realizar la unidad entre Castilla y Aragón.

Pero un edificio envejecido como éste, no tenía condiciones para asilo y hubo necesidad de hacer bastantes trasformaciones. Aún así resultaba sumamente incómodo para poder vivir en él los pobres ancianos. Aquí funcionó como pudo el asilo durante 68 años.

Hasta que un día, allá por el año 1961, la superiora de la casa, la madre Antonia, una santa mujer llena de caridad y cargada de años y de experiencia, no pudo soportar por más tiempo una situación como esta y se lanzó resuelta y valiente a poner remedio: “esto no puede seguir así, hay que hacer un nuevo asilo”. Se puso confiadamente en manos de Dios y ese fue su gran acierto.

Aconsejada por el arquitecto de Bellas Artes, decidió buscar un solar al aire libre en las afueras de Trujillo. Al principio se encontraron dificultades, como suele ocurrir casi siempre con todas las obras de Dios. Pero por fin surgió una generosa donante, Isabel Mateos, trujillana, de Huertas de Ánimas, que habiendo llegado a su conocimiento que la madre Antonia buscaba un amplio solar para su proyecto, puso con alegría y desprendimiento total un grandioso campo de su propiedad a disposición de ella. Las dos han muerto ya, y juntas estarán en el cielo recibiendo la recompensa de su inmensa caridad.

El campo donado para este fin, está situado, a mi modo de ver, en un sitio ideal, a mitad de camino entre Trujillo-ciudad y su principal arrabal Huertas de Ánimas. El arquitecto trazó los planos en 1962 y en el mes de octubre comenzó a realizarse el proyecto. Al terminarse el primer pabellón se bajaron a la nueva casa la comunidad de hermanas con todos los ancianos. A la nueva casa se la designó con el nombre de hogar de Santa Isabel. Eran tiempos difíciles y se partía de cero, pero colaboraron muy bien tanto Trujillo como la comarca.

Cumplido su mandato, la madre Antonia fue sustituida por la madre Martina que levantó el segundo pabellón. A terminar los tres años, la Madre General envió a la madre Ignacia que es la que más ha contribuido a los aciertos de esta residencia, por su natural vocación de arquitecto y por su larga experiencia.

Fue ella quien, además de hacer el tercer pabellón, mandó construir la espaciosa y artística iglesia que arquitectónicamente es la obra más importante.

Vino posteriormente nombrada como superiora la madre Guadalupe. Era una mujer toda bondad, todo corazón cuya preocupación por los ancianos le costó la vida. Yendo una noche a recoger con otra religiosa unas peras que le habían ofrecido de un camión volcado, la arrolló un coche que venía lanzado a gran velocidad. Fue una noche tristísima ¡Cómo lloraban esa noche tanto las hermanas de la comunidad como los ancianos y ancianas de la casa! Fue una mártir de la caridad, ya que murió por hacer el bien a sus queridos ancianos.

Vino a ser superiora la madre Paula posteriormente, y continuó la construcción a ritmo más lento. Y por fin, por segunda vez, vino la madre Ignacia para poner el broche de oro en la construcción del Hogar. Todo ha quedado terminado en el año 1985 y al terminar la Madre General mandó a otra residencia de ancianos a la madre Ignacia, viniendo a reemplazarla la madre Raquel, que es la que está de superiora en la actualidad.

Con todo esto se ha dado fin a esta realización cristiana, necesaria y moderna que ha durado 23 años, ya que la obra del edificio se ha tenido que hacer poco a poco, según lo permitía la situación económica. ¡Cuántos sacrificios ha costado! ¡Cuántas dificultades se han tenido que vencer! Unos han ayudado con su trabajo, otros con su limosna en mayor o menor cuantía, otros entregando sus personas al servicio constante de los ancianos como han hecho estas hermanas que han sido las que más han dado. El que más da no es el que aporta su dinero o el que colabora con su inteligencia y su trabajo, sino el que da su persona y ellas, las hermanas, han consagrado sus vidas, han dado sus personas, lo han dado todo por amor a Dios y a los ancianos desamparados. Los que vivimos en Trujillo y su comarca debemos expresar nuestro más profundo agradecimiento por cuanto han hecho a favor de nuestros ancianos. Como dice una antigua expresión popular: “no es noble ni bien nacido el que no es agradecido”.

CAP. II.
EL ASILO, RESIDENCIA INCÓMODA Y PEQUEÑA

Comienzos heroicos

Las seis semanas que vinieron a hacerse cargo de esta residencia de ancianos, después de visitar el edificio por primera vez debieron pensar: “Para empezar no está mal del todo. Comencemos, aunque para vivir aquí los pobres viejos, este antiguo caserón no tiene condiciones. Ya trataremos de acondicionar la casa para que nuestros ancianos puedan estar lo menos mal posible”.

Para conseguirlo, tuvieron que realizar bastantes transformaciones, con lentitud, según lo permitían los escasos medios de que disponían. Obligadas por la necesidad tuvieron que construir algunas edificaciones modernas adosándolas a los muros exteriores con perjuicio de su carácter artístico y señorial. Por entonces Bellas Artes no demostraba tener mucha preocupación por estas cosas.

Era natural que la vivienda tan envejecida por los muchos siglos de existencia con que contaba, tuviera un notable desgaste y no ofreciera las mínimas condiciones de habitabilidad que necesitaban las personas mayores. No tenían calefacción en invierno. No había ascensores para subir tantas escaleras. El frío entraba por las rendijas de las ventanas como “Pedro por su casa”. Es decir, este asilo era trabajoso y además funcionaba en precario, a lo pobre, con escasos medios, y las religiosas de la comunidad, aunque se desvivían por remediar las deficiencias, no podían conseguirlo. Con mucha frecuencia tenían que salir por las calles de Trujillo y los pueblos de su comarca a recaudar limosnas para poder alimentar a tantos ancianos como llenaban la casa, así como para reparar el edificio. Por eso no es de extrañar que en invierno hubiera numerosas defunciones de los allí acogidos y que muchos ancianos se resistieran a venir al asilo, sabiendo lo que les esperaba.

Por ser de justicia, hay que poner de manifiesto el bien que hicieron estas hermanas, convertidas en ángeles de la caridad, con estos ancianos necesitados, tanto en el orden corporal como en el espiritual. ¡Cuántos estarán en el cielo gracias a ellas! En la actual comunidad de Trujillo sólo queda una hermana de las antiguas, vasco-navarra ella, de 80 años, fuerte como un roble y llena de paz y alegría: la hermana Leonor. Quedan también algunos ancianos, muy pocos, que les tocó vivir en la antigua casa.

La madre quiere construir un nuevo asilo

Recuerdo que por los años del 60 al 62, estaba de superiora en el asilo la madre Antonia, una santa mujer llena de caridad y cargada de experiencia que, sin duda, inspirada por Dios, no pudo soportar esta situación por más tiempo y se lanzó resuelta y valiente, como una nueva Judit, a poner remedio: “Esto tiene que terminar; de ninguna manera podemos seguir viviendo en esta casa; hay que hacer un nuevo asilo”. Para eso lo primero que hizo fue poner toda su confianza en el señor y éste fue su gran acierto.

Después pide consejo a los técnicos y ellos emiten su parecer diciendo: “No se debe gastar más dinero en este viejo edificio porque por muchos arreglos que se hagan no puede quedar bien por no reunir las condiciones necesarias para ser residencia de ancianos”.

En un principio la Madre pensó construir la nueva residencia en la Huerta y en parte del edificio de Chaves. Pero el arquitecto, con muy buen juicio, la convenció de que el proyecto en este lugar era inviable. Y, además, Bellas Artes, como es natural, se oponía a ello.

Su sugerencia fue que se hiciera el asilo nuevo en otra parte. Pero, ¿dónde? Fuera de la ciudad, en el campo, en un sitio sano. En principio se pensó hacerlo en el campo de San Juan, en la carretera de La Cumbre, donde recientemente se ha levantado un grupo de nuevas viviendas. Pero surgieron dificultades y no encontró otra solución que desistir en sus intentos de llevar a cabo el proyecto en ese lugar.

En esto, surgió providencialmente el ofrecimiento generoso de una familia cristiana. La donación de una puerta grande y hermosa a medio camino entre Trujillo y Huerta de Ánimas. Era el sitio ideal para levantar la nueva residencia.

La donante, una mujer excepcional

Isabel Mateos, trujillana, feligresa de la parroquia de San José de Huertas de Ánimas, fue esa mujer.

Al saber que la madre Antonia buscaba un amplio solar para realizar su proyecto, pensó en el medio de resolver el problema. ¿Cómo? Un sobrino suyo, José Mateos, tenía unas huertas en el lugar a propósito para ello. “Aquí, -pensó ella- estaría muy bien la nueva residencia de ancianos que la madre Antonia quiere construir; a medio camino entre Trujillo y Huertas de Ánimas”. Y habló a su sobrino proponiéndole un canjeo. Que ella se quedara con este campo para construir el nuevo siglo y le daban compensación una propiedad suya equivalente entre Trujillo y Huertas de la Magdalena. El sobrino aceptó gustoso. Cuando Isabel se presentó a la madre Antonia para hacer su ofrecimiento, ésta se llevó una de las mejores alegrías de su vida. “¡Gracias Señor, ya sí que tendremos una nueva residencia!”.

CAP. III
LA CONSTRUCCIÓN DEL NUEVO HOGAR

Manos a la obra

El arquitecto de la Congregación, con la autorización de la Madre General, trazó los planos del nuevo edificio en el lugar que ya hemos indicado, y la madre Antonia, con suma diligencia, sin pérdida de tiempo, comenzó la realización del plan proyectado en el mes de octubre de 1962.

Entonces todo estaba más barato que ahora, tanto los materiales como la mano de obra. Una vez construido el primer pabellón, se bendijo y se inauguró en la más estricta intimidad, estando ya presente la comunidad y los ancianos del antiguo asilo. A la nueva Casa había que ponerla un nombre y la madre Antonia determinó que se llamara Hogar de Santa Isabel, en agradecimiento a la donante del terreno: Isabel Mateos. Eran tiempos difíciles aquellos y se partía de cero. Hubo necesidad de hacer una campaña para recaudar recursos y pagar lo que se iba edificando. Entonces no existía la ayuda del Estado que llegaría más tarde. Tanto Trujillo como los pueblos de su comarca, dentro de sus posibilidades, colaboraron con entusiasmo y generosidad.

La Madre Provincial vio que la madre Antonia era ya muy anciana y necesitaba descansar. Ella había cumplido ya su misión de romper frentes y levantar el primer pabellón, en donde estaban los ancianos y ancianas que bajaron de la casa antigua. Y se envió una nueva superiora, la madre Martina, que comenzó enseguida a levantar un segundo pabellón, que es el que está mirando a la carretera de La Avenida. La parte superior de este pabellón, estaría destinado a servir de vivienda de las catorce hermanas que formaban la comunidad al servicio de los ancianos, y en la parte inferior se puso la portería así como las salas de visita y demás dependencias necesarias para acoger con sentido de hospitalidad a los familiares y amigos del Hogar de Santa Isabel. Lo construyó la empresa Barrera, de nuestra ciudad. Se puso en el lugar central de la fachada exterior la imagen de la madre fundadora de la congregación: Santa Teresa de Jesús Jornet, canonizada en Roma aquel mismo año: el 27 de enero de 1974.

Construir con visión de futuro

Pasaron los tres años de la madre Martina y había necesidad de construir una casa que mereciera la pena, pensando con visión de futuro que esto es una exigencia de tiempos modernos. Para llevar a cabo esa misión, la Madre General envió a la superiora de Badajoz para hacerse cargo de esta casa y comunidad: la madre Ignacia, que por su natural vocación de arquitecto y por su larga experiencia en obras, es sin duda la que más ha contribuido a los aciertos de esta gran construcción, gracias a los carismas con que Dios la ha adornado en beneficio de los ancianos. Ella fue la inteligencia, el buen gusto, la imaginación y la preocupación por el detalle en el desarrollo de la obra constructora.

En su tiempo, en la parte central de toda la edificación, se hizo la espaciosa y artística iglesia, moderna, en sentido arquitectónico es la obra más importante realizada en la casa hasta ahora. Hizo también el tercer pabellón, que está dedicado al servicio de la casa, enfermería, salas de recreo para los ancianos y terraza, y el pabellón para los ancianos.

Al ser nombrada de nuevo superior al del asilo de Badajoz, vino la madre Guadalupe a regir la casa. Era una mujer toda bondad, toda corazón, llena de preocupación constante y sacrificada por los ancianos. Todo lo que hacía para ellos le parecía poco. Continuaban las obras y, según me dijeron en sus tiempos, el hogar en construcción llegó a deber en la Caja de Ahorros hasta catorce millones de pesetas. Personas de su temperamento no han nacido para desenvolverse con agilidad en el mundo de la economía y de la administración. La preocupación por sus ancianos le costó la vida. La obra redentora exige sacrificios, porque “no hay redención sin derramamiento de sangre”.

Mártir de la caridad

Un día de verano, el dos de julio, a la una de la noche mientras ella ejercía la caridad, tratando de allegar recursos para sus queridos ancianos, murió víctima de un accidente de tráfico en la carretera de Badajoz la madre Guadalupe. El Hogar de Santa Isabel quedó, de momento, sin madre superiora.

El acontecimiento sucedió así: avisaron por teléfono aquella noche, pasadas las doce, estando acostada la Comunidad, que había volcado un camión grande de peras en la carretera de Badajoz y que se ofrecían al Hogar gratuitamente para los ancianos, si aquella misma noche pasaban a recogerlas. La madre, con otra religiosa, la hermana Ángeles, se levantaron de la cama y en el coche de la Casa se dirigen al sitio del suceso, para recoger la fruta ofrecida y traerla a Hogar.

A cruzar la carretera, la madre Guadalupe que no andaba muy bien de la vista, no pudo distinguir que venía un coche a gran velocidad, y se la llevó por delante, arrastrándola bastantes metros. ¡Fue aquella una noche tristísima! Su cadáver estaba destrozado y sólo se puede dar la Santa Unción bajo condición de estar viva.

Los guardias de la carretera, vigilantes de la misma, cogieron sus restos en una sábana de plástico y los trajeron al Hogar de Santa Isabel, quedando la carretera regada por su sangre generosa.

Lloraban las hermanas desgarradoramente, lloraban todos los ancianos y ancianas de un modo inconsolable al saber la inesperada y trágica noticia. Todos a una exclamaban: ¡Hemos quedado huérfanos!, ¡se nos ha muerto la Madre! Sin duda que fue mártir de la caridad ya que murió por hacer el bien a sus queridos ancianos. Ella desde el cielo pediría por ellos al Señor, para que el Hogar pudiera pagar pronto la crecida deuda que tenía.

Ella, que se supo vivir de un modo tan ejemplar el ideal de la vida religiosa en su querida congregación, terminó con el más hermoso servicio de caridad que había realizado en su vida. Ciertamente que hay muertes que no dan miedo y ésta es una de ellas, porque Dios se la ha llevado al cielo a descansar eternamente. Jamás podrá olvidarse el testimonio que ha dejado la madre Guadalupe en la historia de esta Casa.

A raíz de este acontecimiento, en cuanto pudo, vino la Madre General a hacerse presente en el Hogar de Santa Isabel, para celebrar un funeral por la difunta y consolar en su justo dolor a esta familia entristecida, prometiéndoles que pronto les enviaría una madre nueva que continuase la labor de la anterior.

Última fase de la construcción

Vino ocupar la vacante, como nueva superiora, la madre Paula. Procedía de una ciudad de Murcia: Hellín, donde también había construido de nueva planta, como superiora, una residencia de ancianos. Continuó la construcción a ritmo lento y sumisión fue obtener medios para pagar la deuda que se tenía con la Caja de Ahorros, principalmente, y, sin duda, por la intercesión de la madre Guadalupe, logró en un tiempo relativamente breve, saldar la deuda.

Por fin, al marcharse la madre Paula, llegó por segunda vez de superiora la madre Ignacia, para poner el broche de oro en la construcción del Hogar de Santa Isabel. Principalmente construyó el pabellón de los ancianos con su correspondiente bar, salón de cine, sala de estar, refectorio, etc. Sin duda que ha quedado perfecto y digno de ser visitado. Se ha reformado también el pabellón primero que se hizo para ancianas y otras muchas más reformas y ampliaciones que pueden verse y que, de hecho, muchos al visitar la casa pueden ya admirar.

Agradecimiento a Dios y a los bienhechores del hogar.

La madre y las hermanas de la comunidad manifiestan que tanto Dios, Nuestro Padre, como otras muchas personas buenas, han ayudado de un modo constante y generoso. Y no saben cómo agradecerlo. Los tienen siempre presentes en su recuerdo y en sus oraciones.

No citamos nombres porque sería una lista interminable. Dios sabe el nombre de todos y les sabrá recompensar como merecen.

El Señor y nuestros protectores: la Virgen de los Desamparados, San José, Santa Isabel, Santa Marta y Santa Teresa de Jesús Jornet, se han volcado en delicadezas y atenciones con esta obra del hogar-residencia de ancianos.

Entre otros muchos casos que podría contar, por su importancia y especial significación hay uno que voy a referir: el problema del agua. El consumo de la casa era muy grande. La huerta no se podía regar porque el agua que había que comprar resultaba muy cara.

Vino entonces la necesidad de hacer exploraciones en el terreno para ver si podían abrir algún pozo en la huerta. Así lo hicieron y después de trabajar lo indecible en varios sitios personas expertas, tuvieron que desistir porque el trabajo resultó infructuoso.

Fue entonces cuando el Señor debía recordarles lo que dijo a los Apóstoles: “¿Os convencéis ahora de que sin Mí nada podéis hacer? Llevad a la oración esta necesidad proponiendo en Mí vuestra confianza y encontraréis lo que buscáis”. Providencialmente, llegó por entonces a conocimiento de la madre Paula una pista. Llegó a sus oídos que la comunidad de Madrid tenía una amiga era zahorí, y por mediación de estas hermanas la invitaron a que viniera Trujillo para ver si por fin podían descubrir agua y, enseguida, junto a la casa, dio con una abundante corriente de agua que daba 8.000 litros por minuto, con lo cual, después de haber abierto un pozo profundo, se comenzó a sacar agua en abundancia para atender las necesidades del Hogar y para regar la huerta.

Estando ya la madre Ignacia en su segundo mandato, viendo que todavía escaseaba el agua para las atenciones necesarias de la Casa, de la huerta y del ganado que tienen, acudieron por segunda vez a su amiga la zahorí de Madrid, María del Carmen, rogándole por favor que volviera a descubrir un nuevo manantial de la huerta para poder abrir un nuevo pozo. Así lo hizo y el problema quedó resuelto a plena satisfacción.

Gracias a eso la hermosa huerta está siempre verde, y se ha convertido en un vergel, no habiendo faltado agua desde entonces, en contraste con los prados y las huertas de alrededor que durante una gran parte del año aparecen secos y agostados.

Las religiosas están sumamente agradecidas a esta bienhechora del Hogar de Santa Isabel.

COLOFÓN
UNA LLAMADA A LA COLABORACIÓN

Esta benéfica institución del antiguo Asilo de Trujillo, trasformado hoy en el Hogar de Santa Isabel, ha sido llevada durante 92 años por la Congregación de Hermanas de los Ancianos Desamparados, estando regida en la actualidad por la madre Raquel. Faltan sólo ocho años para que se cumpla el siglo de la permanencia de esta comunidad entre nosotros.

En las presentes circunstancias, por la escasez de vocaciones, son pocas las hermanas en número. Nada más que once, dos de ellas muy mayores.

Es evidente que necesitan nuestra ayuda, y esperan que en Trujillo se encuentren personas generosas que se ofrezcan, por caridad, a ayudarlas en la inmensa tarea que tienen entre manos.

Desde hace algún tiempo viene un grupo reducido de seis mujeres una vez a la semana durante dos horas por la tarde a trabajar en el ropero. Y un hombre de Trujillo viene casi todos los días a ayudar al traslado de los ancianos impedidos.

¿No podrían hacer algo parecido muchas personas buenas pertenecientes a diversas asociaciones y que desean hacer el bien a los prójimos sus hermanos?

Por Navidades y por Reyes vienen varias asociaciones como los Antiguos Cruzados, la Adoración Nocturna masculina y femenina y otros grupos que ahora no recuerdo; todos a felicitar las Pascuas a los ancianos y ancianas de este Hogar, a traerles un obsequio y a representarles en el teatro una velada para alegrarles la vida.

Trujillo ha estado siempre muy vinculado a esta querida institución.

Las personas que tengan tiempo harán muy bien en ofrecer su colaboración personal. Sembramos el bien en la tierra para recoger con alegría en el Cielo.