Oct 022013
 

 Anónimo 

Esta no será una ponencia de alegato histórico, si no un argumento de ternura para la esperanza. Algo de lo que tanta falta tenemos en este mundo de miedos y dolores. También en esto Extremadura, y más en concreto Guadalupe, tienen mucho que decir y ofrecer.

Pero perdonarme que, aquí sí que nunca mejor dicho, os lo sirva en dosis homeopáticas. Por exceso de información y porque sólo quiero que sea un sabroso y consolador aperitivo, en realidad es un avance de parte de una obra monumental, de rigor expositivo, lo que sueño como el “Libro de Oro de la Virgen de Guadalupe”, que son sus milagros. Por eso, porque los son de oro purísimo, esto es pues sólo un aspecto de ese mar de maravillas y misericordias: el dedicado en exclusiva a los milagros obrados en la curación del cáncer, en los que es especialista sobrenatural nuestra Virgen, si me deja y es decirlo así. Son tantos los que ahí en los nueve códices de milagros y en los “Milagros nuevos” (dos tomos más) relatados por el padre San José, cronista de la Santa Casa de Guadalupe, y ceñidos sólo al siglo XVIII, su siglo, que se concedió a nuestra Virgen el patronato especial contra tan temida y cruel enfermedad como oración expresamente autorizada por la jerarquía eclesiástica.

Esto fue hacia 1945, con oficio y sello del metropolitano de Toledo, don Pla y Daniel, por ser de su jurisdicción. Y ahí que decir, porque es de justicia, que la iniciativa partió de un alma muy enamorada de Guadalupe y de su Reina, la inspectora cacereña doña Gregoria Collado, manantial inagotable de sugerencias nobles, y que vivirá siempre en la memoria imborrable de nuestro corazón. La entrega de esta parte del Libro de Oro de la Virgen Morena, de la que mi ponencia dio hoy sólo es un anticipo a vista de pájaro o casi (porque no pudo ser más), quiero dedicarla a cuantos han sido víctimas de tan cruel enfermedad (algunos muy queridos para mi corazón) o luchan con ella a la desesperada o están bajo sus garras sin saberlo (tal vez cualquiera de nosotros, quién sabe), para que no perdamos nunca la esperanza unos ni otros. Porque, pese al fracaso estrepitoso de la ciencia en este terreno, hay esperanza. Una esperanza con mayúsculas, porque es una Madre.

Por eso no tituló “La Virgen de Guadalupe, una esperanza contra el cáncer”. Y no es piadosa ilusión, que conste, pues está más que probado y documentado. Si alguien tiene otra, que salga y lo demuestre…

Se trata de una esperanza remachada hasta la saciedad y críticamente razonada en lo posible (esta entrega del cáncer lleva un estudio oncológico serio de la enfermedad en sí y de las posibilidades de curación clínica a la vista de los milagros extremos analizados, de parte de uno de los monjes especialistas, por no decir el mejor, que tenemos en estos momentos sobre el tema: el joven y prestigioso cirujano doctor Máximo Brasa, presidente de no se cuántas sociedades y comisiones oncológicas. Es toda una garantía de solvencia y seriedad. Como otras series de milagros llevarán los suyos especializados).

No hay que decir, ya de entrada, que me someto del todo y por todo con mucho gusto a juicio de la iglesia en esta materia, como así lo hago constar en el mismo dintel de la obra y lo hago públicamente ahora ante vosotros, cumpliendo lo que mandó el Papa Urbano VIII en la “Sacra Hierusalem” sobre milagros y santos.

Pienso que Guadalupe –y va de confesiones previas- es mucho más que historia, arte, turismo, delicia, todo en cantidades industriales (ahora ya también política). Incluso, es más que Santuario y Puebla, relicario y joyel. Es, ante todo y sobre todo, Madre. Todo un centro vital de polarización. Vive, no sólo está. Y lo impregna todo con su riquísima personalidad. Es mucho más, qué duda cabe, que una pieza riquísima de museo para restaurar o analizar. Y no está sólo la Virgen de Guadalupe para someterla, por ejemplo, al carbono 14 ni para encontrarla cada vez más (como para hacer decir a un comediante moderno es su obra “Las cítaras colgadas de los árboles”, que de tantas joyas que tienen… ni se la ve. No se con que ojo la habría mirado él). No, la razón de la Virgen en Guadalupe es la misma que la Iglesia: razón de salvación, pero a lo grande. Y es razón de esta economía redentora está su persona y su meditación. Es lo mismo que realizó en el Evangelio, como parte esencial. Su mediación en Guadalupe esta archidemostrada y los llaman “hipótesis”. Son espíritus enclenques en lo sobrenatural. Los hay también que pintan sonrisitas de compasión y autosuficiencia, desafiando a esas penitentes y esperanzadas multitudes de enfermos de alma y cuerpo que acuden a Ella, siglo tras siglo, en el Pilar, Montserrat, Lourdes, Fátima… y Guadalupe.

Pero esas sonrisas no demuestran más que una ignorancia supina del hecho religioso y de la humana sensibilidad. Si acude a un procedimiento sumamente peligroso, que acaba abrazando, antes que nadie, a los mismos que lo emplean: es el de los cortocircuitos. Porque aquí donde no hay seriedad ni reflexión en la sistemática teológica, sino apriorismos en los planteamientos y veleidad en las motivaciones, se operará un peligroso cortocircuito a base de hacer crítica, pura crítica, nada más que crítica. Que para hacerla más descomprometedora con la propia vida, a veces no muy clara (aunque se tilde progresista para despistar), el cortocircuito se vuelve radical: ni virgen, ni milagros, ni apariciones, ni historia, ni nada de nada en este sentido de fe… ¡Eso cuando no lo despechan por la vía estrecha del chiste irreverente, que también los hay y así de sucios de alma y enanos mentales, porque en última instancia, la ironía no es más que el suplemento barato de la inteligencia! Y cuando además es irreverente, de la más completa miseria.

Perdonar este amargo sermón –es mi oficio- que será mucho más completo en un estudio teológico previo en la obra anunciada. Con la advertencia ingenua de que, según dice un amigo mío saladísimo, soy uno de esos curas sin los que no podrían pasar ni siquiera los ateos. Y es porque no soy nada “milagrero”, precisamente en curaciones. Una rótula puesta de nuevo en movimiento, por ejemplo, pienso que no supone ninguna prueba definitiva sobre la existencia de Dios que, a partir de la nada –he dicho nada-, es capaz de crear millares de seres. Y es que la fe no necesita del milagro: “dichosos los que creen sin haber visto”. Palabra de Cristo a Santo Tomás. La fe descansará sólo en “lo que Dios ha dicho” y porque Él lo ha dicho. Llaman la atención en este sentido que Jesús no hace milagros para los incrédulos, sino para los que ya creen.

La misma fe de la Virgen se sitúa más acá de todo milagro, independientemente de que la devoción popular se haya aficionado más a las imágenes milagrosas de la Virgen. Éste es un hecho sociológico-religioso que yo constato con el respeto que deben merecernos todos los niveles de creencia cuando es sincera. Y atribuyó esa inclinación a invocar las fuerzas sobrenaturales sobre las leyes físicas más a la imperiosa necesidad humana que ha ninguna necesidad de ponerle apoyaturas a la fe. Prueba de ello es que quienes solicitan de Dios por intercesión de María algún remedio prodigioso suelen ser, de ordinario y por el mismo hecho,  agentes de fe acendrada que no precisan en absoluto ver para creer y terminan su oración siempre con un “Bendito sea Dios que así lo ha querido” (¿Beatas esas gentes? Yo escuché una vez a un obispo que media España se sostiene gracias a ellas. Tenía razón. Y yo siempre rezo para no perderme en zarandajas personales: “dadme señor la fe de mi madre que no sabe teología”. Es un homenaje a ella que hago aquí, por lo mucho que le debo).

Perdón, pero he vuelto otra vez al púlpito. Es la fuerza de la costumbre, tenéis que comprender. Sólo quería decir os lo que digo a mis amigos en tono menor: que Dios hace a cada instante tantas maravillas, que le queda poco tiempo para los milagros. Aquello que rezaba preciosamente León Felipe y que yo quiero no ser menos ahora:

 

“Señor, yo te amo

Porque juegas limpio y sin trampas,

sin milagros,

porque dejas que salga, paso a paso,

sin trucos,

carta a carta,

sin cambiazos,

tu formidable solitario…”.

 

 

¿O es que todo no es un milagro pasmoso? Empezando por su Encarnación, que puso todo el mundo boca abajo. Y ese es el mejor milagro (si se me permite que copie incluso a Marx, les diré lo que él decía de la filosofía: que es más importarte transformar el mundo que interpretarlo. Esto es cosa nuestra y, por eso mismo, nos equivocamos tanto).

Afortunadamente lo que ocurre en Guadalupe no se presta a interpretaciones de libre examen. Está todo documentado, demostrado, comprobado, archivado, sellado y humanamente sin explicación válida.

Empezando por una verdad redonda que viene de siglos y refrendada por todos los que tienen algo que decir en esto: “no hay otra invocación en sus necesidades, sino Santa María de Guadalupe”. Y esto -¡ojo! Lo dicen así de tajante no cuatro beatas o cinco devotos forofos, sino siete marinos, con sus nombres y apellidos, que llegan a Guadalupe en 1500, a quienes esta Virgen había salvado de una espantosa y más que cierta tormenta en alta mar: ¡si lo sabrían ellos, viejos lobos de mar! El mismo Colón decide invocarla, en otro caso de apuro gordo en su segundo viaje de vuelta, cuando lo del garbanzo el sorteo, por tenerla todos como “la más milagrosa” ¡Y era gente que se conocía tierras y mares como la palma de su mano y tenían en cada puerto un amor, una imagen también aquí en la que encomendarse en cada ocasión! Sin embargo, la primera siempre era esta Virgen. Por algo sería, digo yo…

Pero no sólo era cosa de aventureros y locos, sino de Reyes y mendigos, sabios y analfabetos, libres y cautivos, enfermos desahuciados, buenos y malos, prelados y cortesanas, y hasta muertos de horas o días. De todos hay ejemplos y testimonios para dar y tomar. Pero, por simpatía, me quedo con un testigo de mayor aceptación, sacerdote venerable ya de 76 años y muy querido en su pueblo de Cañamero, vecino de Guadalupe, que tenía al alcance de la mano. Se llama don Antonio Sánchez y jura, por su condición sagrada “in verbo sacerdotis”, ante dos notarios apostólicos y juez y escribano de oficio (es decir, todo muy en regla): “que tiene a la dicha imagen y casa por una de las más devotas, por los muchos milagros que cada un día este testigo de que se han hecho y hacen a intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, de los cuales este testigo ha visto algunos libros de mucho número de hojas escritos, y visto muchas insignias de ellos en la dicha iglesia mayor del dicho convento, la cual está toda rodeada de gran número de cadenas, etc…” (lo cuenta al detalle en una “ynformación” hecha en Cañamero por fray Francisco de Hinojosa, en 1594, durando del 31 de enero al 9 de febrero, sin tregua alguna, como se puede ver íntegramente en el archivo del monasterio de Guadalupe, en un grueso legajo de 107 folios, al folio 18 recto y vuelto).

Confirma lo que dice el padre San José, en sus “Milagros Nuevos”, con palabras muy claras: “que siempre en milagros, como Ella sola”. Es cuando se dispone a contarnos las “obras de la Omnipotencia conseguidas en este siglo por intercesión de María Santísima Madre de Dios a ruegos de devotos en la milagrossísima Imagen de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe” (tal es el título completo y muy del gusto barroco de la época, siglo XVIII). Y como se ve, teológico del todo: que no en vano era su autor predicador y profeso de las Santa Real Casa de Guadalupe, lector de escritura y vicario se ha sido en ella (tampoco quería que se olvidaran sus títulos). Es decir, que sabía lo que escribía.

Por añadidura, se hace costar: “Reimpresso con licencia en Madrid, en la Imp. De Antonio Marín, a. de 1766”. Todo muy legal y a la vista. A mayor abundamiento, es testigo de la mayor parte de los casos que cuenta, a razón de su cargo de historiador puntual y contemporáneo de la santa casa y de la limpieza y objetividad de los datos referidos, desde las testificaciones clínicas y eclesiásticas ante notario en el punto de partida de la enfermedad, hasta los comprobantes rigurosos y fehacientes en las escuelas de medicina de Guadalupe y el visto bueno de la iglesia de Santa María, donde se llevaba una especie de registro de casos inexplicables, humanamente, como el Bureau Intern que ahí en Lourdes hay, y que luego pasaban a contarse con devota ternura y sin la fría asepsia clínica en los gruesos códices de los Milagros con este nombre.

Ya es vieja esta comprobación y acreditación oficial del mejor estilo pues nos costa del primer examinador oficial es el primer prior de Guadalupe, don Pedro Gómez Barroso, cardenal de España, lleva por primera vez a Guadalupe a eso precisamente: a examinar los milagros y obra de la Imagen recién aparecida. Y lo hace -él mismo lo dice- por expreso mandato y en comisión nada menos que del mismo rey Alfonso XI. Él fue quien más interés tuvo en que no se perdieran estas maravillas de Nuestra Señora en su imagen de Guadalupe, y que se escribiera con todo detalle para que no hubiera el menor linaje de duda ni sombra de sospecha: “al rey don Alfonso… encargó también ese escriuiessen con cuydado todos los milagros que Nuestra Señora allí hiciese. Perdiose esta memoria si se hizo, porque no la ay, si no de aquellos que después escriuieron los religiosos de la Orden(lo trae fray José de Sigüenza en su obra “Historia de la Orden de San Jerónimo”, t. I, p. 81).

 Se da otra circunstancia de garantía científica, exclusiva de Guadalupe, por tener allí, a pie de obra, como quien dice, sus hospitales y escuelas de renombre universal (lo trae incluso Cervantes). En su plan de enseñanza, se consideraba a la Medicina de profilaxis y terapia. Ya desde 1390 se convirtió en laboratorio experimental, cuyos descubrimientos pasaban a la universidad de Salamanca, “alma mater” en todo, cuadra extender entre los estudiantes sus noticias empíricas, según nos cuenta el historiador y médico el doctor Andrés Laguna, del siglo XV, en su libro “De extirpandis carunculis”, las carnosidades de uretra, forma de cáncer de la misma, y para escuchar curaciones empleaban, según su autorizado testimonio, el moho del pan o del queso fermentado, llamado entonces el “panicillum notatum”, antecedente hasta en el nombre de la “penicilina” (que no se llamó “Fleminina”, como hubiese sido lo suyo, ya se ve), y que fue una genial anticipación de Guadalupe (como en tantas otras cosas). Lo que pasa es que aún no estaba cristalizada, pero esto se hubiera solucionado con sales de sodio y potasio.

Lo cierto es que con ello hacían curaciones en ciertos procesos infecciosos (bubas, etc.) que no sabían explicar entonces y, tal vez por eso, las declaraban milagrosas sin más. Hoy con los avances de la ciencia médica –mejor, la misma ciencia de entonces, sólo que más avanzada y cristalizada, como hemos visto- lo tenemos claro. No eran milagros en el verdadero sentido de la palabra. Pero lo del cáncer era punto y aparte. Y como éste es mi tema, en él me centro casi en exclusiva.

Tan cruel y misteriosa era esta enfermedad entonces como ahora (apenas si se han llegado, como mucho, a fijar los oncogenes como raíz motiva de los epiteliomas, y eso después de tantos siglos y estudios y horas casi infinitas de laboratorios a la última y tantos miles de millones, y todos son pocos, para equipos de investigación… Y ahí, por desgracia, se ha acabado todo, porque ni se ha podido aislar con éxito el virus para combatirlo eficazmente, a la vista del epitelio reproducido).

Por eso, entonces como ahora, sonaba a milagro redondo su curación: no se conocía –ni se conoce- tratamiento eficaz humano. Y se conocía, ya no creo, en toda su extensión patológica e irreversible. Así, por ejemplo, el gran internista y tratadista universal Francisco de Arceo, que nace en 1493 en Fregenal y muere en Llerena (es decir, que no tuvo que emigrar al extranjero para ser una eminencia, sino que ejerció y enseñó exclusivamente en los hospitales y escuelas de medicina de Guadalupe toda su vida, para qué se desayunen más de cuatro ignorantes de que también en Extremadura tenemos eminencias vía Guadalupe), tiene una obra titulada “De recta curandorum vulnerum ratione” (la última edición en alemán es de 1717, la única que conozco). Y en ella, en el libro segundo, capítulo tercero, reza precisamente: “De la curación del cáncer de los pechos” en donde alude a varios casos tratados por él en Guadalupe, de carácter agudo todos, y que más de dos coinciden con los relatados en los códices de los milagros… pues bien, el “manitas de oro” de aquel tiempo, se da por vencido del todo a la vista del diagnóstico, y luego asombrado hasta las cejas de su eminencia ante los resultados totalmente inexplicables, que tiene que calificar honradamente de “milagros”, sin más…

Hay que decir aquí que sabían mucho del terrible mal en las escuelas de medicina de Guadalupe. Buena prueba de ello es que en la “Chirugía Magna” del calabrés Bruno de Longoburgo (que aparece en el catálogo de la antigua biblioteca del real monasterio por los jerónimo y estudiado y editado magníficamente por mi ilustre amigo el padre Hermenegildo Zamora, O.F.M., tomado del que se conserva en la Biblioteca Provincial de Cáceres), ya en el libro primero se habla largamente del cáncer en todo su terrible drama. Era desde entonces uno de los males más temidos y extendidos, sino el que más, por toda Europa (desde 1300 a 1520, principalmente). Hasta los versos seudosalertinianos de Bernardo de Gordon le destacan entre este primer lugar:

 

“Ántrax, scabies, febril acuta, ptisis,

hippa, lepra, pedicon, sacer ignis…”.

 

            Ya se ve: más terrible que la muerte negra, la parasitación, la sarna, la peste, el baile de San Vito, etc. Incluso repetido, porque el escorbuto, igual que el tabardillo, son considerados como casos de irreversible tifus exantémico. Y todos ellos, con sus nombres clínicos, además del genérico de “cáncer”, los encontramos en los milagros atribuidos a Santa María de Guadalupe sobre este incurable mal (entonces y ahora): “sana de cáncer”, o de “un tumor incurable”, “incurable mal”, “un carbunco”, “rara enfermedad”, “de venenosa nacencia”, “amargo tósigo”, etc. Señal inequívoca de que se lo conocía suficientemente diré que se trataba, por tanto, de auténticas curaciones de cáncer y no de otras de menor importancia.

Con esto creo que está justificadísismo el título de “Una esperanza contra el cáncer”, quedado a nuestra Virgen. Si alguien tiene pruebas más valiosas para otro título, que salga. Con ello está archidemostrado, pienso, el orgullo y la razón que nos asiste para invocarla como tal. Porque es verdad que hay milagros para todas las necesidades (no hay más que echar una ojeada a las tablas del apéndice, por situaciones): en tierra, mar, aire, de accidentes mortales, de ahogarse, alferecías, apoplejías, heridas mortales, calenturas, cólicos de todo género, mal de corazón, dolor de estómago, de muelas, epilepsias, erisipelas, hidropesías, inflamaciones de garganta, fuertes manías, o de un novillo  (hay muchos de bestias, con perdón), mal del ojo, quartanas, reumatismo, ranchos a la cabeza, síncopes, pestes, bombas, fuegos, mal de orina, reforma en pie, de oído, de vista, de todo… y a toda clase de “tocados”: valdados, desvencijados (sic), quebrados, tullidos, contrahechos (sic también), hasta resucitados. Es una lista completa y escalofriante de patologías, con sus encantos de lenguaje y todo. Sólo los títulos de cada uno es todo un poema. Con una especial debilidad por sus devotos y romeros, a los que libra hasta de los atracadores de entonces, y con el sello siempre por delante de que aquello este dios, por contar los milagros morales el lugar de honor: “un calvinista hereje dexa su secta y se convierte a nuestra Santa Fe”, o “un salteador de caminos deja su mala vida y arrastrará un colega de fechorías a lo mismo” (el Buen Ladrón y apóstol celoso en una sola pieza). Y muy común: “reforma de la conciencia de los que se hallaron presentes” (¡buena señal de que Dios andaba por medio!). De este talante moral tengo anotados más de 200, con referencia explícita a “conversión de pecadores”, entre los que luce -¡Dios sea bendito!- el de un clérigo amancebado de muchos años que cambió de vida y “lloró mucho ante Santa María de Guadalupe”.

¡No me digan que no es un milagro como la copa de un pino!

Por algo que se estabilicen “Fidelíssima valedora, oficina universal de la salud”, como la piropea preciosamente el padre San José, porque no distingue entre sus devotos, si son de cerca o de lejos: los ahí de la siete partidas del mundo entonces conocido. Ni si son casos extremos: para Ella todos los males de sus hijos tienen una gran importancia, aunque se trate de un simple uñero (que también lo hay, como no). Ni retrocede ante lo imposible, como el de aquella niña -¡criaturita!- a cuyo padre le espeta un cirujano sin corazón (debía ser muy puro el hombre, aunque fuera muy listo): “Está, ya, a la sepultura”. Y muere, si. Pero esta Virgen la resucita distante, contra todo pronóstico. Así lo testificaron con lágrimas sus padres, como dice el acta. Y el cirujano sin corazón, también. Y con sus padres vino, feliz, “a traer a su santuario la mortaja…” (¿Para qué más pruebas, señores sabelotodo  -menos fe y más  amor a esta Virgen.

Y “si hay maravillas en la tierra, quiera el brazo de la Omnipotencia sea esta Cassa de su Madre maravilla de lo del Cielo”, así escribe el padre San José en el prólogo a sus dos tomos de “Milagros nuevos” –sólo de un siglo, el XVIII- y así digo yo también aquí, porque en cuanto a curaciones de cáncer, todo es maravilla “habló del cielo”. Es decir, milagro. No se le ha encontrado aún el remedio humano, mucho menos entonces. De otras enfermedades menores (diríamos, aunque todas son crueles) o bien más conocidas, no se puede decir lo mismo: había purgantes, hierbas, magias… ¡que sé yo!; o fármacos en regla: en Guadalupe lo mismo se curaban bubas, sífilis, y toda clase de dermatosis pápulo-ulcerosas, de las que una copla de ciegos llamaba picarescamente “grandes bellacas” (“es muy gran bellaca y así ha comenzado –por el más bellaco lugar que tenemos”). Quiero decir que no eran enfermedades para tomarlas a broma (ahora ya con la penicilina son menos temibles). Pero el cáncer no se curaba con enjuagues de clase ninguna, y menos con fármacos que ni se conocían ni se conocen todavía, pese a todos los avances de la ciencia. Ni siquiera se ha intentado nunca con él ningún ensayo de mito o rito de curanderismo, como para otras enfermedades se usaba el ajo, la artemisa, el hinojo o el mundo esotérico de las danzas catárticas o el pandemonium imaginario de las colindres (las “calendae Januarii”). Nada de eso. Los curanderos mismos se declaran de antemano impotentes ante el cáncer que compartían en sus sortilegios. Al menos, en esto son honrados. Y es que el cáncer infunde un temor sagrado. No se presta a juegos ni conjuros. Sólo a fe de la buena.

“No cabe en el corto papel de este resumen la noticia de sus milagros”, escribe en el epílogo ya el tan citado padre San José. Lo mismo me pasa a mí al terminar estos apuntes de lo que es todo un “escuadrón de sus misericordias”, como escribe galanamente Cervantes en su “Persiles y Segismunda”. Y lo decían, sólo por los muchos exvotos de cara-ojos, pies, cabeza, corazón, brazos, etc., que vio colgados de las paredes como un tapiz del amor de esta Virgen y con la filigrana de las cadenas de los esclavos, que eran como la firma en oro encendido de piedad de sus redimidos. ¡Que hubiera escrito, señor, la mejor pluma del mundo si tiene entre sus brazos el Libro de Oro que forman sus millares de milagros y que dejan “endulzando el corazón con tantos favores de la Madre de Dios”, al decir de nuestro padre San José!

Nada uno entre ellos, como ahogado de cielo. Me gustaría enseñarlos todos como brasas para el corazón. Pero sería un tomo demasiado grueso (mejor dicho, serían 11 tomos, contando los nueve códices del archivo y los dos volúmenes de los “Milagros nuevos” del padre San José). Pero “porque la Virgen no pierda la gloria, que le darán los devotos con su noticia, no me niego a escribirlos”, comenta nuestro autor jerónimo y guadalupense de tantos años de su vida. Lo mismo digo, en la esperanza de que esta Virgen de nuestros amores me ayude un día a darlos todos como un festín del alma enamorada (porque de los hombres, aunque los que debían hacerlo, todo hay que decirlo, espero muy poco: ni siquiera copiarme, para darles menos trabajo).

Ahora sólo daré un anticipo, sólo este aspecto que hasta aquí venimos estudiando, el de las curaciones de cáncer por estar de más dolorosa actualidad y ser una magnífica prueba del poder de Dios a través de la misericordia de su Madre bendita, Santa María de Guadalupe. Es la única esperanza, hoy por hoy, que podemos ofrecer a los que han perdido humanamente la suya en este espinoso asunto. Algo que, en próxima entrega y dedicatoria, con la ayuda de esta Madre, pasará a formar parte del anunciado “Libro de Oro de Santa María de Guadalupe”, que son sus milagros. Pero que hoy adelanto en este manojo de esperanzas celestiales con su nombre. Al final, en hermosa contraprueba, van facsimilados algunos nada más, tomados de los menos conocidos, que son los del citado padre San José (los demás es fácil encontrarlos ya publicados en la revista “El Monasterio de Guadalupe” y “Guadalupe”, que es la misma revista en distintas épocas, o libros y novenas guadalupenses como los del padre Germán Rubio en su conocida “Historia…”; el padre Carlos Gracia Villacampa, archivero que fue del Real Monasterio, en sus publicaciones como “Grandezas de santa María de Guadalupe” y “La Virgen de la Hispanidad”; o las “Glorias de Santa María de Guadalupe”, del canónigo y devotísimo Medina Gata y, en definitiva, en el propio archivo del monasterio, donde están los nueve códices de los mismos. No se ha hecho nada más que copiar en este sentido).

Y aún así, no serán todos, por ser demasiados, pese a estar referidos al tema del cáncer, como pide el título. Pero creo que serán suficientes para rezar confiados a esta Virgen: “una esperanza contra el cáncer”.

Y, sin duda ninguna, serán el mejor colofón y adorno de estas páginas, y un consuelo para el que llora sin remedio.

A esta Virgen no se le ha cansado el brazo de su misericordia, que es el mismo de Dios cedido a su Madre para ayudar a sus hijos en apuros. Por eso hay que creer que sigue haciendo milagros también ahora, como ayer, y a propósito de lo más terrible hoy por hoy: el cáncer.

He dejado, a propósito, un espacio blanco aquí para que cada cual cuente el milagro que a Ella le debe: ¡Que alce la mano quien esté seguro de no haber recibido ni un favor de Ella!, no es posible.

Amén.