Oct 011986
 
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Juan Francisco Arroyo Mateos.

Sabido es que recientemente se ha empezado a conmemorar en grande, con distintos actos, el cincuenta aniversario de la muerte del poeta Federico García Lorca; pero, por lo que llevamos observado en nuestra provincia y región, parece ser que la casi totalidad de los cacereños y extremeños no hemos caído en la cuenta de que en el día 28 del ya pasado mes de agosto fue la no menos importante fecha para nosotros del trescientos cincuenta aniversario del fallecimiento de Francisco de Paniagua, fundador o iniciador de todo lo que representa tener Cáceres por Patrona celestial a Nuestra Señora de la Montaña.

Esta oportunísima noticia la entresacamos de lo que publicó en la prensa, el 1 de Mayo de 1983, el conocido columnista Fernando, quien aludió entonces, entre otras cosas, al testamento que hizo don Pedro de Ovando, mediante el que se donó a Francisco de Paniagua aquel trozo de terreno de la Montaña, en el que éste pudo construir la primitiva y sencilla ermita, que con el tiempo se convertiría en el Santuario que todos conocemos; especificándose que referido testamento fue otorgado en Cáceres el 24 de Mayo de 1636.

Ahora bien, a continuación se agregaba que Francisco de Paniagua, entregó pocos meses después su alma a Dios muriendo el 28 de Agosto de ese mismo año de 1636.

Luego desde igual fecha de Agosto de esté año 1986, si echamos bien las cuentas, nos daremos cuenta de que hemos entrado de lleno en el 350 aniversario de la muerte de tan esclarecido y santo extremeño.

¿No será, pues, justo que, desde ahora por todo un año conmemorativo de referido aniversario, se le recuerde y honre como semejantemente se viene haciendo ya en Andalucía y toda España con Federico García Lorca? ¿Optaremos por olvidar a uno de los hombres más ilustres y benefactores, sobre todo de Cáceres y su provincia? ¿No es digno de algún monumento y de que se inicie su proceso de beatificación, etc.?

Si la excelsa y fecunda personalidad de alguien podemos conocerla por su frutos u obras, ¿Qué otros paisanos y entidades de nuestra tierra han influido y siguen influyendo tanto en el bien espiritual de Cáceres y su comarca como Francisco de Paniagua lo consiguió hasta aquí de un modo constante mediante su Imagen de la Virgen, el santuario cada vez mejor y todo lo bueno que se viene derivando de estas dos magníficas realidades, a cuya vera y protección quiso también edificarse la muy santificadora Casa de Ejercicios espirituales diocesana?

Nos faltan palabras para ponderar justamente la poco meditada, oculta, pero ante Dios muy rica personalidad de Francisco de Paniagua, aunque en su sencilla vida se pareciera mucho al Patriarca San José, del que tampoco se cuentan grandes milagros. Bástenos saber que lo que él hizo se parece al evangélico o diminuto grano de mostaza (que es lo que, en cierto modo comparativo, fue su imagencita de María Santísima); grano o semilla que sembrada o plantada luego en la Montaña cacereña, conocida entonces como Sierra de la Mosca, se transformó con la bendición de Dios en todo el inmenso árbol, cuyas ramas o influencias y santos frutos llegan a todos los que quieran cogerlos y degustarlos.

Para hablar más en concreto, añadiremos que Francisco de Paniagua no era sacerdote. Fue un simple seglar, natural del pueblo de Casas de Millán (Cáceres); el cual adquirió o le regalaron una pequeñita Imagen de Nuestra Señora Montserrat, que se trajo a Cáceres el año 1621. No hemos leído que fuese pastor de algún rebaño, aunque no le faltasen algunas ovejas o ganado para su manutención. Es lógico pensar, por tanto, que su afán fuese el de ser anacoreta, es decir, un hombre piadoso que, tal vez, quiso imitar en algo la vida que llevó en el desierto San Antonio Abad, San Pablo de Tebas y otros eremitas antiguos, dedicándose especialmente a profesar una gran devoción a la Santísima Virgen María, y a procurar que todo el mundo amara y honrara a esta Gran Señora, motivo por el cual bajaba desde la montaña a la ciudad con alguna frecuencia, portando su imangecita, debido a que se propuso construirle una capillita allí en la montaña, y para ello necesitaba limosnas o donativos.

Presentóse, por fin, un momento en que ya consiguió la suficiente ayuda, como era también la ya mencionada de donársele el solar o terreno; y enseguida edificó él con sus propias manos la ermita o capillita primitiva, gracias también a la gran comprensión y desvelos del presbítero don Sancho de Figueroa, quien tanto en vida como después de haber muerto Francisco de Paniagua, fue el gran impulsos inicial de todo lo que más tarde ha llagado a ser el actual y acogedor Santuario de Nuestra Señora de la Montaña.