Oct 011994
 
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Marcelino Cotilla Vaca.

Las siguientes palabras pretenden revisar una temática muy presente en los versos de Carolina Coronado. Con ellas intento demostrar que el tema de España no represente una serie de referencias aisladas en la producción lírica coronadiana, sino que, muy al contrario, constituye una base ineludible para comprender, no sólo su dilatada vida, enmarcada en un siglo de convulsiones profundas para nuestro país, sino, además, su obra literaria y su poesía en concreto, que no deja de ser una de las más autobiográficas de toda la literatura española. Gerardo Diego así lo entiende y proclama el error que supondría considerar a Carolina Coronado como la cantora de la autóctona naturaleza extremeña y de los amores de Alberto.[1]

La concepción que de España tiene Carolina no se halla muy lejos de ese narcisismo por la patria que analiza José Luis Abellán en relación con las preocupaciones noventayochistas.[2]

Pero su sentimiento patriótico es muy anterior a la problemática que sobre España se plantea en las últimas décadas del siglo. Si nos atenemos a los índices de aparición de las voces español España ya en la segunda edición de sus Poesías, en 1852, comprenderemos con Ruiz Fábregas su novedosa dimensión patriótica[3]. Lo más interesante es que dicha dimensión se trasvasa desde la exaltación romántica hasta el análisis concienzudo del Regeneracionismo, manteniendo, al mismo tiempo, una línea personal durante más de media centuria. Sólo Núñez de Arce y, en menor medida, García Tassara colaboran junto a ella en esa inusitada temática del medio siglo.

Carolina desarrolla ampliamente la personificación tópica, pero valiosísima por cuantas sugerencias emotivas despierta, de la madre-patria:

la madre patria que nos dio sus brazos
en el bendito hogar donde nacimos.
[4]

La imagen puede dar pie, como en el poema A España a un desarrollo más explícito de las funciones de la madre para con sus hijos:

Yo que en su misma entraña me he nutrido,
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.

Además, la voz poética hija impreca a la hermandad nacional, que debe fundirse con ella en el amor a la madre:

Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida.
[5]

La condición de española es algo tan consustancial a ella que no puede concebir la hipotética desaparición de la patria sin una anulación instantánea de la propia personalidad:

¡Mejor morir!… antes que gente extraña
pregunte por burlar nuestros sonrojos:
¿En qué lugar de Europa estuvo España?
[6]

Y más explícitamente:

…con la patria
quiero exhalar el último suspiro.
[7]

Como más tarde para Ángel Ganivet, no se trata tanto de un determinismo geográfico como de la fidelidad al elemento moral del suelo[8]. Es el suelo que ha propiciado el conocimiento de la persona querida y, aún más, el fortalecimiento de los vínculos con su hermano Pedro, que ahora se dispone a abandonar la madre patria, a la que se halla unido por gracia divina:

Cuando sola una sombra
divises de este suelo
donde ha querido el cielo
nos viésemos los dos,
dando postrer mirada
a mi rincón lejano
aunque llores, hermano,
di, ¡Carolina, adiós!
[9]

Las playas, como último trozo de la piel de la madre, son también lo último que abraza el hermano:

¡Y cuando ya no veas
las playas españolas
que tan tristes y solas
van a quedar sin ti!
[10]

Pero el amor de la poetisa a su patria no le impide observar, aunque con dolor, el estado de postración en el que se encuentra y que no beneficia en nada a sus hijos. El título de un poema de 1847 parece por sí mismo bien significativo: “La desgracia de ser hijos de España[11]”.

En “La lira moderna”, donde describe la preocupante situación española poco antes de la revolución de 1868, y ante su madre natural, se lamenta, por medio de la tópica personificación del tiempo como padre, del destino de sus hermanos, descendientes de la patria, que han buscado en la guerra una fama absurda:

¡Ay, que en la noble lucha perecieron
del siglo ingrato los mejores hijos…!”
[12]

Como bien señala Alberto Castilla[13], es un poema, fechado en ese año tan emblemático, que conecta con el dolor por España del poeta norteamericano Bryant, frecuente visitante del hogar de los Perry- Coronado por esos días.

Carolina se queja constantemente en sus versos del olvido al que han sido sometidos los hijos más ilustres de la patria. Se lamenta por la memoria de Murillo, cuyos lienzos ha robado Francia[14]. Por Cervantes, miserable en vida[15]. Por Cienfuegos, muerto en el exilio, perseguido bajo la falsa acusación de afrancesado… [16] Por Hernán Cortés, cuya figura causara tanta admiración en la poetisa:

Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente;
y conquístalo, y tórnase el valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que… lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte… agradecida.”
[17]

Rechaza incluso, como Jovellanos un siglo antes, la vana costumbre ibérica por la fama póstuma, aunque esto parece aflorar ya en su poesía de madurez, como en “Camoens a Calderón en el centenario de éste”, de 1881[18].

Pero el apego a la tierra madre tiene connotaciones muy peculiares en la poesía de Carolina. Puesto que no deja de presentarse como profundamente extremeña, muestra muchas veces ese sentimiento de madre patria vinculado a nuestra región. Las promesas de avance técnico y económico que se perfilan con la implantación del ferrocarril en Extremadura le llevan a sonreír emocionada:

Por el terso carril marchen ligeros
los hijos de la rica Extremadura.
[19]

Es la misma madre que se enorgullece por Quintana, uno de los cantores más distinguidos que ha dado a luz.[20]

Asimismo, la Coronado se sentirá enormemente vinculada a su patria chica, su Almendralejo natal, a pesar del paso de los años y las décadas:

Yo en una tabla me salvé, y llorando
vengo a ver el hogar de nuestros padres.
[21]

Por otro lado, el carácter femenino y feminista de su escritura le llevará a identificar patria y reina y, en consecuencia, presentar a ésta con las mismas atribuciones de madre de todo español. Madre venturosa, alma agradecida[22], llega a llamarle.

En otra ocasión, con motivo del atentado a Isabel II, del que ésta sale con vida, y por la amistad personal que le une a ella, Carolina dedica una serie de sentidos poemas a la madre joven del pueblo que te adora.[23]

Pero las esperanzas vertidas en esta joven reina se verán truncadas con el paso de los años, que traen una larga serie de gobiernos corruptos; un rey de origen italiano (Amadeo I) que, acosado por los intereses personales de todos, apenas se pasea por el trono; una efímera república -apretada en convulsiones- y un país, al fin, donde la Restauración borbónica sabe a restauración del viejo régimen: oligarquía, caciquismo y desastre.

A pesar del dolor que ello implica, su ilusión por España, solar de culturas, permanece presente siempre. Es la ilusión que le hace exclamar en cuatro apretados versos:

¡Oh mi España! ¡Oh mi patria! ¡Oh templo augusto
de piedad y de honor! ¡Oh pura gloria,
a quien le rinde su holocausto justo
de admiración y de virtud la Historia!
[24]

Ilusión también por la historia hispánica e ibérica que le lleva a analizar en sus versos toda la esencia del ser español. Como Rodrigo Caro ante Itálica, la extremeña posa su mirada en las reliquias del esplendor romano, pero en Mérida.[25]

De paso, Carolina considera el sustrato godo, pero distanciándose de él y, en cierto modo, acusando a Rodrigo, último rey godo en la Península, de traición a la patria.[26]

La poetisa siente que su propia fisonomía conecta directamente con el poso artístico del paisaje extremeño:

¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?[27]

Gómez de la Serna describe la belleza de Carolina ante el cuadro de Madrazo de este modo:

Baila y es altiva como si llevase sobre sus hombros la herencia oriental de los Algarves.
Tiene una preciosa nariz árabe española -decían los arquitectónicos y eso se apreciaba mucho […] – Es una mujer de raza -solían decir […]
[28]

No todo es entusiasmo lírico de quien, considerándose con orgullo sobrino-nieto de la poetisa, pronuncia estas palabras. La almendralejense se aferraba a un fuerte sentimiento arábigo, pues se sabía portadora de mucha sangre mahometana por sus venas. Por medio del paisaje (como otras tantas veces), el símbolo de la palma, que aparece desde su poesía más temprana[29], ofrece una vinculación con el norte de África:

en tanto que tu sombra, humana palma,
en las playas del África esparcida,
se retrata en la orilla de los mares.
[30]

La tórtola, otro símbolo frecuente en sus versos, puede sobrevolar sin dificultad el escaso margen de mar que separa su nido africano de la costa gaditana:

Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas.
[31]

En “La adoración de los pastores” identifica por sinécdoque generalizante a los judíos con los árabes[32]. Cabe ver en ello que Carolina no disocia la identidad cultural (árabe y judeo- cristiana) en el ser español.

Profundamente castellana (en sinécdoque, pero particularizante esta vez, desde el rasgo genérico de española) y cristiana (no muy lejos del espíritu de la Reconquista), sus versos rezuman una religiosidad proverbial que le permiten contemplar al propio Santiago Matamoros, patrón de la España reconquistadora:

Y, por el mismo Santiago,
que en un alazán brioso
vuestro talle y apostura
dar pueden al santo enojos.
[33]

Al mismo tiempo, subyace un constante maniqueísmo, propio de una religiosidad hondamente católica, que presenta en el extremo del bien a la Madre de Dios, la angelical figura pintada por Murillo:

Y de la Virgen describió a la gente
el celestial contorno, el colorido
albo- azul de su frente, confundido
de su mejilla entre el carmín naciente;
y retrató su seno transparente
la leche al dar a su Jesús querido
y aquel amor con que a Jesús miraba,
y aquella luz que a entrambos circundaba.
[34]

Por otro lado, personifica obviamente en el demonio los poderes del Mal en España. Así, le conjura al poeta García Tassara:

El diablo que en las noches te acompaña,
cuando solo, a la luz de los tizones
tronando por la suerte de la España
rompe en un torrente tus canciones.
[35]

Es la misma religiosidad hispánica que le lleva a exclamar “En la catedral de Sevilla”:

Yo tengo un templo, un Dios que me consuela
depositando en él mis oraciones.
[36]

Tal riqueza cultural trae a la poesía de Carolina un luminoso concepto del ser español. Es preciso hacer notar, sin embargo, que sus sentimientos patrióticos no se ahogan con las fronteras físicas de España en el siglo XIX.

Como señala Alberto Castilla en un reciente y lúcido artículo[37], la extremeña, consciente de la importancia de la base latina de ambos pueblos, afirma que portugueses y españoles habían logrado mantener, a través de los siglos y de las sucesivas oleadas y acumulaciones de invasiones, las semillas del pueblo romano, y habían conservado en sus idiomas, más que cualquier otro, la herencia y la riqueza del latín.

Por eso, entre los asuntos de su obra lírica y narrativa, se encuentra la idea, entrañablemente acariciada, de unir la entera Península bajo un solo gobierno, la aspiración a la unidad Ibérica.

Tales consideraciones conectan directamente con la salida política del Partido de la Unión Ibérica que dirige Olózaga y que ya desde las revueltas de 1866 tanto molestan a Juan Prim.[38]

Pero en Carolina esa salida es, ante todo, lírica, por medio de una sensibilidad luso- extremeña que saborea el paisaje fronterizo de Badajoz, el Gévora, la ermita de Bótoa, el Caya y Elvas. Por eso su filo-lusismo le viene desde su poesía más temprana, precisamente cuando habita entre una vasta extensión de encinares que penetra en el país vecino junto al glorioso Tajo, burlando toda frontera artificial. El paisaje que presenta “La encina de Bótoa” se ubica en un lugar impreciso y cuasi- mágico, en esa raya que divide y une España y Portugal,

discurriendo entre las sombras
de unas encinas lejanas
que van formando una gruta
con sus copas enlazadas.
[39]

Los versos de “La amapola de la raya” son un manifiesto emocionado con respecto a esa mirada sobre el paisaje común hispano- portugués:

he visto el horizonte lusitano
lindando con los prados de mi tierra;
y he dibujado con mi propia mano
su hermoso valle y su cercana sierra
y he cogido las dobles amapolas
que ni son portuguesas ni españolas.

Una corona roja que mecía
la fresca brisa del humilde Caya,
de una amapola que nació en la raya
el nombre de ambos reinos confundía;
[40]

La interpretación de esa amapola nos la da Alberto Castilla. En la línea de percepción y sentimiento de la naturaleza que caracteriza su mejor poesía, Carolina invoca

una tierra y un paisaje común, en el que la amapola representa una sangre y un destino común para ambos pueblos.[41]

Luego, durante los años en Lisboa, en ese destierro voluntario/ de alma desesperada[42],como ella misma dice, su deseo de ver unidas las dos naciones se afianza. En 1881, en el centenario de Calderón, entona, en palabras de Torres Nebrera, un sincero canto a la unidad ibérica[43], del que extraigo algunos versos emocionados, puestos en labios de Camoens:

Hijos somos los dos del pueblo ibero,
que la insolencia rechazó del moro;
él era en nuestra patria el extranjero;
yo puedo unirme a tu sagrado coro.[44]

La fusión peninsular está propuesta, además, en sus versos como salida histórica a los imperialismos pujantes de Inglaterra y Francia. En “A Herminia” hay una referencia implícita a la guerra de la Independencia, todavía no muy lejana, cuando las dos potencias tomasen como campo de sus afanes expansionistas la península:

los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.
[45]

Por eso, se queja con dolor de profetisa:

…allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento.
[46]

A excepción de “La empresa de ferrocarril en Extremadura”[47], poema sumamente anglófilo en opinión de Ruiz- Fábrega[48], los adelantos técnicos, cuando son aplaudidos, suelen utilizarse como motivo de ataque frente a ingleses y franceses. Un caso muy curioso lo conforman los versos dedicados “Al triunfo del submarino español”, invento presentado como adalid de victoria, puramente hispánica, frente a Inglaterra y las demás potencias navales:

Guardad las flotas, hijos de la nieve,
bárbaros de los grandes océanos;
no vengáis en el siglo diecinueve
a luchar con marinos castellanos.
[49]

No quisiera terminar este estudio del sentimiento patriótico y del sustrato histórico en los versos de Carolina Coronado sin insistir en su inclinación a presentar, de modo muy novedoso para la poesía española, el paisaje extremeño como muestra palpable de la concepción metafísica de la patria. Así la ha conocido ella, así quiere hacérselo ver a su propio marido:

Cuando el aire aterido de Castilla
secos tiene los álamos del prado,
¿no es verdad que en el valle de Jarilla
la flor de mis almendros ha brotado?
[50]

Los recursos fono estilísticos de este último verso, por ejemplo, evocan esa primavera repentina y esplendorosa, aunque fugaz luego, de la tierra extremeña.

Por último, y para conectar con la próxima ponencia, donde hablaré del exhaustivo análisis con el que opera la poetisa sobre la realidad circundante, siempre bajo el marco de la historia, quisiera finalizar con sus propias palabras:

Cuando mi indocto afán me lleva y fija
a estudiar en el mapa nuestra historia,
no sé si me entusiasme o si me aflija.
[51]

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA:

a) Fuente:

  • CORONADO, Carolina: Obra poética, 2 vols., Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1993. Edición, notas y estudio preliminar a cargo de Gregorio Torres Nebrera.[52]

b) Estudios:

  • ABELLÁN, José Luis: La crisis contemporánea I II (1875- 1939), en Historia crítica del pensamiento español, vols. VIII y IX, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992.
  • CARR, Raymond: España (1808- 1975), Madrid, Ariel, 1988. 4ª ed.
  • CASTILLA, Alberto: Carolina Coronado de Perry, Madrid, Ediciones Beramar, 1987.
  • __________: “Portugal en la obra de Carolina Coronado”, Cuadernos del Aldeeu, vol. IX, 2, Noviembre de 1993, pp. 181- 190.
  • DIEGO, Gerardo: “Primavera de Carolina Coronado”, Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, XXXVIII, 1962, pp. 385- 409.
  • GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón: Mi tía Carolina Coronado, Buenos Aires, Emecé, 1942.
  • RUIZ FÁBREGAS, Tomás: La obra poética de Carolina Coronado (1820- 1911). Tesis doctoral inédita. Dirigida por el Dr. D. Francisco Ynduráin. Universidad Complutense. 1978.
  • SANDOVAL, Adolfo de: Carolina Coronado y su época, Zaragoza, Librería General, 1944.
  • TORRES NEBRERA, Gregorio: “Presencia de poetas extremeños en La Ilustración Española y Americana”, Revista de Estudios Extremeños, XLVIII (2), 1992.

NOTAS:

[1] “Primavera de Carolina Coronado”, Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, XXXVIII, 1962, pp. 385- 409.

[2] La crisis contemporánea II (1875- 1939), en Historia Crítica del Pensamiento Español, vol. VII. Barcelona. Círculo de Lectores. 1992.

[3] La obra poética de Carolina Coronado (1820- 1911). Tesis doctoral inédita. Universidad Complutense. 1978. Dirigida por el profesor D. Francisco Ynduráin. Quiero dejar aquí constancia de mi agradecimiento al Sr. D. Mariano Fernández- Daza y Fernández de Córdoba, director de la valiosísima biblioteca de la Institución Cultural Santa Ana de Almendralejo, porque gracias a él he podido consultar la tesis antes señalada y porque con su amabilidad, disponibilidad e incluso, en ocasiones, orientación bibliográfica ha favorecido la configuración final de estas ponencias.

[4] Cito por la edición de la Editora Regional de Extremadura, preparada por Gregorio Torres Nebrera y aparecida en dos volúmenes en 1993. Estos versos corresponden al poema que comienza “Vates, la muerte que cercana vemos”, pp. 499- 502.

[5] “A España”, ed. cit., pp. 773.

[6] Vid. nota 4.

[7] “La lira moderna”, ed. cit., pp. 447- 449, vv. 51- 52.

[8] Abellán, José Luis, op. cit., pp. 256.

[9] “Adiós, España, adiós”, ed. cit., pp. 554.

[10]”Acuérdate de mí”, ed. cit., pp. 556.

[11] Ed. cit., pp. 796.

[12] Ed. cit., pp. 447- 449, vv. 73- 74.

[13] Carolina Coronado de Perry, Madrid, Ediciones Beramar, 1987, pp. 184.

[14] “La Virgen de Murillo”, ed. cit., pp. 606- 611. Especialmente vv. 41- 96.

[15] “La Virgen de Murillo”, vv. 73- 74.

[16] “Cienfuegos”, ed. cit., pp. 669- 671, especialmente vv. 5- l6.

[17] “A Hernán Cortés”, ed. cit., pp. 700- 702, vv. 57- 64. Véase también “A la comisión de monumentos históricos y artísticos de Badajoz”, pp. 725-727.

[18] Ed. cit., pp. 625- 631

[19] “La empresa del ferrocarril en Extremadura”, ed. cit., pp. 827- 830.

[20] Como bien advierte Torres Nebrera, esta aparente incoherencia se debe a que en época de Carolina no estaba muy claro el lugar de nacimiento de Quintana, a quien se consideraba erróneamente nacido en Cabeza del Buey, donde residía su familia. Vid. el poema A Quintana, ed. cit., pp. 661- 4.

[21] “De mi huerta de Almendralejo. La casa en donde nací”, ed. cit., p. 969, vv. 7- 8.

[22] “No hay reina tan querida como tú”, ed. cit., p. 920, v. 3.

[23] “A la reina herida perdonando al reo”, ed. cit., p. 833, v. 9.

[24] Ed. cit., p. 966.

[25] “Mérida”, ed. cit., pp. 697- 9.

[26] “A Neira. Golondrinas, grullas y patos”, de. cit., pp. 382- 5, v. 72.

[27] “Un paisaje”, de. cit., pp. 188- 9.

[28] Mi tía Carolina Coronado, Buenos Aires, Emecé, 1942.

[29] Aludo, sin duda, al poema “A la palma”, ed. cit., pp. 105- 8, publicado a los diecinueve años.

[30] “En el álbum de una amiga ausente”, ed. cit., pp. 905- 7, vv. 39- 41.

[31] “Yo tengo mis amores en el mar”, ed. cit., pp. 264- 7, vv. 25- 8.

[32] Ed. cit., pp. 575- 581, vv. 57- 58.

[33] “A un amador”, ed. cit., pp. 270- 271.

[34] “La Virgen de Murillo”, ed. cit., pp. 606- 613, vv. 9- 16

[35] “A Tassara”, de. cit., pp. 453- 457, vv. 69- 72.

[36] Ed. cit., pp. 703- 707, vv. 97- 98.

[37] “Portugal en la obra de Carolina Coronado”. Cuadernos del Aldeeu. Noviembre de 1993, Vol. IX, 2, pp. 181- 190.

[38] Véase Carr, Raymond: España (1808- 1975). Madrid. Ariel. 1988. 4ª ed., pág. 289 y sigs.

[39] “La ermita de Bótoa”, ed. cit., pp. 582- 590, vv. 35- 38.

[40] “En un álbum portugués. La amapola de la raya”, pp. 885- 886, vv. 3- 12.

[41] “Art. cit.”, p. 229.

[42] “A Cabrera”, ed. cit., pp. 751- 754, vv. 57- 58.

[43] “Presencia de poetas extremeños en La Ilustración Española y Americana”, Revista de Estudios Extremeños, XLVIII(2), 1992, pág. 519.

[44] “Camoens a Calderón en el centenario de éste”, pp. 625- 631, vv. 77- 80.

[45] Ed. cit., pp. 376- 379, vv. 21- 24.

[46] “A Cuba”, ed. cit., pp. 78- 783, vv. 109- 116.

[47] Vid. nota 19.

[48] Vid. nota 3. Remito a la p. 248 de dicho trabajo.

[49] Ed. cit., p. 755.

[50] “A Horacio”, ed. cit., pp. 203- 6, vv. 57- 60.

[51] “A Publio”, de. cit., pp. 847- 9, vv. 1- 3.

[52] En esta magna obra puede encontrarse, por lo demás, una bibliografía muy detallada sobre Carolina Coronado y su obra.