Ago 272015
 

Manuel Jesús Ruiz Moreno.

I.- Introducción

De la reconquista de Trujillo, no tenemos datos suficientes para asegurar que ocurrió realmente. Solo sabemos lo que de ello nos cuentan las fuentes de forma bastante escueta:

“La Crónica latina de los reyes de Castilla” dice que la ciudad se tomó en el invierno de 1232-33. El “Cronicón cordubense” de Fernando Salmerón puntualiza que se tomó en 1233. Y los escritos del geógrafo musulmán al-Himayari, indican que esta conquista tuvo lugar en el 630 H, correspondiente con el invierno de 1232-1233.

Existe otra fuente que hace remontar la reconquista de la población un año antes, los “Anales toledanos”, que expresan “prisieron a Trugiello dia conversion Sancti Pauli, en janero, era MCCLXX” que convertido al calendario actual correspondería con 1232.

La solución a este desacuerdo viene dada de la mano de D. Julio González, en su investigación “Reinado y diplomas de Fernando III” , en la que afirma que: “Trujillo cayó en poder de los cristianos el 25 de enero de 1233”·, y que el dato aportado por los Anales Toledanos: “prisieron a Trugiello dia conversion Sancti pauli en janero era MCLXX” es solo parcialmente correcto, porque le falta una unidad. (MCCLXX_ ) = (1232), sería (MCCLXXI) = (1233).

Trujillo se reconquistaría, por tanto el 25 de enero de 1233, en plena descomposición del Imperio almohade, cuya capital se encontraba en Marrakech.

La espectacular victoria de los cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, aceleró el ya progresivo desmoronamiento del Imperio almohade. Facilitando el levantamiento de los gobernadores andalusíes contra los norteafricanos, y su proclamación como poderes locales, en lo que se conoce como las terceras taifas. Estas pequeñas entidades, en principio independientes, fueron incorporándose bajo las banderas de uno de los tres poderes principales que emergieron en al-Andalus, cuyos intereses particulares les hacían combatir, tanto contra los cristianos, como contra otros musulmanes. Entre ellos el de Ibn Hud, quien desde Murcia, se proclamó emir de los musulmanes en 1228, pero reconociéndose súbdito del califa de Bagdad, y enarbolando por ello su estandarte negro como señal de sumisión al mismo. Tras vencer a los ejércitos que, los gobernadores almohades, enviaron para sofocar la rebelión, las poblaciones de Córdoba, Sevilla, Almería, Granada y Málaga le reconocieron como emir. Solo se mantuvieron rebeldes a este nuevo poder las zonas de Valencia, Niebla (Huelva), y otras poblaciones de menor importancia (VIDAL CASTRO, 2012: 23). También reconocieron a Ibn Hud en el reino de Badajoz, de forma concreta Mérida y Trujillo (GONZÁLEZ, 1983: 314) El cronista musulmán el “Bayan” dice de Ibn Hud, que había pertenecido al ejercito regular de Murcia, y que sus antepasado tuvieron cargos importantes en el gobierno de esta región, mientras que la “Crónica latina de los Reyes de Castilla” afirma que era un almogavar, plebeyo, pero decidido y valiente que lideró uno de los movimientos antialmohades de la zona (HUICI MIRANDA, 1957: 469) . Este tagri o frontero debía mucho de su prestigio en la hazaña que realizó al arrebatar a los cristianos el castillo de Sanfiro, situado al este de Murcia de manos de los cristianos. Con sus hombres trepo con escalas de cuerda a las murallas, eliminaron a los centinelas y tomaron por sorpresa el castillo. Poco a poco fue acaudillando mayor número de hombres, al principio entre los fronteros andalusíes de peor fama, gentes malvadas que vivían como salteadores y bandidos, y que no respetaban ningún credo para realizar sus fechorías. Posteriormente el éxito en sus algaradas contra las fuerzas almohades le hizo aumentar el número de adeptos, hasta tal punto de erigirse como el libertador del pueblo andalusí (GONZÁLEZ, 1983: 310)

Como nuevo señor de casi todo el al-Andalus, Ibn Hud, comenzó a oponerse a las conquistas de los cristianos, pero la suerte que había tenido en los enfrentamientos contra los almohades, en este caso no le sonrió contra sus vecinos del norte, y no tuvo éxito al intentar frenar sus avances. El rey de León, con la ayuda de los freires de Santiago se apoderó de la mayor parte del territorio de Badajoz (HUICI MIRANDA, 1957: 478). Mérida y Montánchez caerían en poder de Alfonso IX en 1230, donando, esta última, a la Orden de Santiago (NAVAREÑO MATEOS, 1983:172). Ibn Hud reunió un ejército para oponerse al avance leonés, pero fue derrotado en batalla campal cerca del castillo de Alange. A consecuencia de esta victoria cristiana los musulmanes abandonaron el castillo de Elvas, y muchos otros próximos, ante el miedo a no poderlos defender. Algunos cronistas como Jiménez de Rada opinan que primero fue la batalla de Alange y luego la caída de Mérida. Parece ser, según cuenta la Crónica Latina, que la fortaleza de Elvas fue tomado por unos “frates” portugueses que habían participado en la batalla de Alange y que encontraron la ciudad vacía y con las puertas abiertas. Este momento de pánico general fue aprovechado por Alfonxo IX para asediar en abril la ciudad de Badajoz y tomarlo en pocos días, según la crónica Tudense (GONZÁLEZ, 1983: 314) . Por su parte el rey Fernando de Castilla, por las mismas fechas estaba en plena campaña para intentar tomar Jaén, habiendo arrasado el año anterior sus campos y despensas en un movimiento preparatorio para ablandar la resistencia de la plaza, pero pese a hacer mucho daño a sus murallas con los ingenios que llevó, y que según la Crónica de Castilla “tiraban muchas piedras”, levantó el cerco a los tres meses, en septiembre de 1230, ante la imposibilidad de tomar la ciudad. Fue durante su regreso cuando recibió la noticia de que su padre, el rey de León, Alfonso IX había muerto y que la corona leonesa se mostraba ante él. En 1231, el rey Fernando, ya monarca de Castilla y León, envió una expedición a la baja Andalucía. Ibn Hud le hizo frente en el rio Guadalete cerca de Jerez de la Frontera, y allí las fuerzas musulmanas sufrieron una severa derrota. Los castellanos regresaron con un gran botín. A esa expedición le siguieron otras, el 8 de diciembre, cuenta el Bulario de Santiago que cayeron cinco caballeros santiaguistas en una de estas algaradas a territorio musulmán. Todas estas derrotas frente a los cristianos no hacían sino desprestigiar el poder de Ibn Hud, y las poblaciones bajo su dominio comenzaron a levantarse frente a su autoridad, en Arjona otro, frontero Muhammad ben Nasr, se proclama emir el 18 de abril de 1232 y tomó el color rojo para sus enseñas reconociendo al soberano de de Túnez como su señor (GONZÁLEZ, 1983: 316).

De una manera similar en el año 629 (octubre de 1231 a 18 de octubre de 1232) se levanta el pueblo en Sevilla, contra su gobernador, hermano de Ibn Hud, ofreciéndole el poder de la ciudad a uno de los personajes de mas prestigio de Sevilla, Abu Merwan Ahmend el Baggi, pero este no lo aceptó haste el año 630 (19 de octubre de 1232 a 7 de octubre de 1233). En un proceso parecido, en julio de 1232, también se independiza del poder del murciano, la población de Arjona (Jaén), bajo el mando de Ibn Nasr a las que se unió Jaén y Córdoba. Y con el fin de contrarrestar el poder de Ibn Hud ambos líderes rebeldes unieron sus fuerzas en una alianza. El murciano se dirigió y sitio Sevilla en el año 631 (7 de octubre de 1233 a 26 de septiembre de 1234), pero durante el asedio acudió en auxilio de Sevilla el de Arjona, y juntos vencieron a Ibn Hud. En una acción traicionera, Ibn Nasr, aprovechó la ocasión y capturo a el Baggi , dándole muerte en abril de 1234, entrando en Sevilla como nuevo señor, pero su gobierno fue efímero, porque al mes de ocuparla, los sevillanos se sublevaron y aceptaron de nuevo la autoridad de Ibn Hud. Camino de sometimiento que siguieron después las poblaciones de Carmona y Córdoba, que también se habían sublevado. En junio-julio de 1234 el señor de Arjona y el de Murcia firmaron treguas (GONZÁLEZ, 1983: 318).

La razón de comentar los sucesos anteriores viene por la necesidad de conocer el panorama que se presentaba en Trujillo y el resto de poblaciones bajo el gobierno de Ibn Hud entre 1232 y 1234.

Según los datos que disponemos de las crónicas y que resume, el profesor García Fitz, en su estudio “Las relaciones políticas y guerras entre castellano-leoneses y el Islam”, anota que:” En enero de 1233 los efectivos de las Órdenes Militares y del obispo de Plasencia tomaron Trujillo, sin que Ibn Hûd, caudillo andalusí asentando en Murcia y de tendencias antialmohades, pudiera evitarlo, a pesar de que en dos ocasiones se puso en camino contra los asediantes” (GARCÍA FITZ. 2002: 179).

Fuerzas de socorro que a decir de Julio González, apoyándose en los textos de Al-Himayari, salieron de Sevilla (GONZÁLEZ, 1983: 316). “En el año 630/18 octubre de 1232-6 octubre 1233, los cristianos fueron contra Trujillo y lo cercaron, acudió contra ellos Muhammad. Ib Hud, deseando aprovechar la oportunidad de atacarles (por sorpresa), pero no pudo, y se dirigió a Sevilla, cogiendo allí provisiones para llevarlos a Trujillo, entonces recibió la noticia de que los cristianos la habían conquistado y regresó a Sevilla. La toma de Trujillo por los cristianos ocurrió en rabi I de ese año (630)/16 diciembre 1232-14 enero 1233” (VIGUERA MOLINS, 2002 : 207).       Pero si en esas fechas Sevilla no era fiel al emir Ibn Hud, malamente podría enviar tropas en auxilio de Trujillo. Sabiendo además que el rey Fernando III había enviado fuerzas en diciembre de 1232 contra Úbeda, ciudad que no era muy importante, pero tenía una posición estratégica para la defensa de Baeza y Quesada, en poder de los cristianos desde 1226 y 1231 respectivamente. Y que Úbeda cayó en julio de 1233, cuando los sitiados comprobaron que no podían recibir refuerzos ninguno, por parte de Ibn Hud, ni de ningún otro de los señores musulmanes de la zona (GONZÁLEZ, 1983: 319). Si Úbeda, mas cercana a las poblaciones dominadas por el emir murciano no pudo recibir refuerzos, cuanto mas difícil sería el recibirlos Trujillo, situada en el límite del emirato de Ibn Hud y por tanto ¿de dónde vendrían las fuerzas de socorro que citan las crónicas?. Es una pregunta que se nos queda en el aire.

 

2.- Estructura defensiva de Trujillo en 1233

 

Es difícil precisar que estructuras defensivas de Trujillo se encontraban construidas en el momento de su reconquista. Los especialistas en castellología disienten en cuanto a la datación cronológica de determinados elementos arquitectónicos que hoy podemos observar.

Mientras que para algunos autores tras la conquista cristiana no debieron efectuarse modificaciones importantes en la estructura y trazado tanto de la cerca amurallada que rodea la villa, como de la fortaleza, y las obras realizadas se limitarían, en su mayor parte, a la conservación de lo existente y las mayores ampliaciones se debieron llevar a cabo durante los siglo XIV y XV (SANCHEZ RUBIO,1993: 69). Para otros, tanto el castillo como la muralla experimentan, ya a partir de 1233 reformas y se amplían su perímetro de forma muy significativa (PIZARRO GÓMEZ, 2007: 26)

Tenemos noticias de que Trujillo es la cabeza de una Cora en el siglo X. La construcción inicial de la alcazaba islámica pudiera asociarse al grupo de fortalezas con estructura de planta cuadrangular o rectangular con ocho torres, cuatro en los ángulos, semejantes al Vacar (Córdoba) Lora (Málaga) Bujalance (Córdoba) ó Linares (Jaén) .(PAVÓN MALDONADO. 1999, 185). Dichas torres, que defenderían el adarve, normalmente deberían superar en dos o tres metros la altura de los muros, aunque Pavón Maldonado destaca que las torres construidas en el periodo de los siglos IX y X, eran macizas y su altura no debía sobrepasar demasiado el nivel del paso de ronda. Por lo que observando la altura de las existentes en las alcazaba de Trujillo, y de no haber sido desmochadas durante su azarosa existencia, este dato pudiera informarnos sobre su posible datación cronológica (MORENO LÁZARO. 2004: 51)

La parte más antigua de dicha alcazaba se ha podido fechar gracias a una lápida árabe encontrada en el mismo, en la que Francisco Codera pudo leer: “En el nombre de Dios clemente / misericordioso …/ Mohamed, hijo de Soleiman, compadézcase (de él) Dios … y este (fue) dia jueves, año ocho cuatrocientos” (408/1018) (PAVÓN MALDONADO. 1967: 196).

En el siglo XII Trujillo es considerada como una villa o ciudad de mediano tamaño. El geógrafo el Idrisi en su Geografía de España (acabada en 1154) , describe en su visita, que Trujillo era una villa grande tal que parecía una fortaleza y sus muros están sólidamente construidos, con bazares bien provistos (TERRÓN ALBARRÁN. 1991: 313).

Descripción que nos permite deducir que no sólo es que tuviera una fortaleza, o alcazaba, si no, que el conjunto de la villa, esto es, el recinto de la cerca, que el observó, estaría en tan buen estado que todo ello le pareció una fortaleza.

En cuanto al Albacar, mientras Pavón Maldonado opina que ya debía estar en pie en el siglo XII (PAVÓN MALDONADO, 1999: 99), otros autores piensan que si bien la puerta principal de dicho albacar si pudiera ser contemporánea con la alcazaba, posiblemente no todos los lienzos existentes en la misma puedan ser tan antiguos, siendo en su mayoría de época posterior.

Reforzando el perímetro se construyeron dos torres albarranas en la alcazaba (s. XII- XIII, aunque otras opiniones se inclinan hacia una contemporaneidad con la alcazaba); y una coracha, o torre avanzada, en el albacar de construcción quizás un tanto posterior a las anteriores. El término “albarrana”, a decir de Pavón Maldonado, viene de la palabra barrani que significa exterior, correspondiendo con la situación más alejada de dichas torres del lienzo de la muralla. Las torres albarranas de la alcazaba actualmente están unidas al resto de la muralla por dos pasarelas, ahora metálicas y fijas, en su tiempo serían de madera y móviles, o quizás pudieron estar unidas al adarve por unos pequeño arcos como en el caso de la coracha, que podían destruirse en caso de ser tomadas al asalto. Estos elementos defensivos, en opinión de Torres Balbás, son exclusivos de las fortificaciones hispano-árabes, y no existen fuera de la península ibérica. Su misión era aumentar el flanqueo contra los atacantes, además tenían la ventaja de que si el enemigo las tomaba, bastaba romper el puente de unión para dejarlas aisladas (MORENO LAZARO. 2004: 52).

La coracha además de cumplir como torre albarrana, impedía el cerco total del recinto asediado por parte de las fuerzas asaltantes.

Probablemente las torres albarranas serían construidas después de la caída de la ciudad en manos almohades en 1196. Pensemos que, aunque probablemente los freires truxillenses estuvieron al cargo de la fortaleza desde su fundación, alrededor de 1180, solo serían dueños legales, de toda la villa con la alcazaba incluida, desde su donación, por Alfonso VIII el 6 de marzo de 1195, hasta aproximadamente mayo de 1196, poco más de un año, durante el cual además sufrían las pérdidas de personal de la Orden, en la batalla de Alarcos ocurrida el 19 de julio de 1195. Tiempo probablemente insuficiente para abordar obras defensivas de gran envergadura.

Tras la toma de Trujillo por los almohades, en la campaña de 1196, esta villa quedará en primera línea frente a los contraataques y cabalgadas de los cristianos, por lo que nos inclinamos a pensar, que fue bajo su dominio cuando se procedió a reforzar las defensas de la ciudad. Recordemos que en esta campaña (1196) las tropas almohades parten de Sevilla alrededor del 15 de abril y podemos conocer su ruta devastadora a través de los Anales toledanos: “ Prisó el Rey de Marruecos a Montanias e Santa Cruz e Turgiello e Placença e vinieron por Talavera e cortaron el Olivar e ermos Santa Olaia e Escalona e lidiaron Maqueda e non la prisieron e vinieron cercar Toledo e cortaron las viñas e los arboles”. También sabemos que no muchos meses después, concretamente el 15 de agosto de ese mismo año, Plasencia será recuperada por los cristianos, a decir de Julio González en su estudio sobre Alfonso IX de León, pero no así Trujillo.

Imagen 1. Los cristianos planean el asalto Trujillo. Fotrografia cortesia de Asunción Ruiz Moreno

  Lam 1. Los cristianos planean el asalto a Trujillo.

Fot. Cortesía de Asunción Ruiz Moreno.

Razón por la cual, no sería aventurado pensar que la plaza de Trujillo se convirtiera en uno de los objetivos vitales para la ofensiva cristiana tanto de los castellanos, por haber sido territorio suyo; como de los leoneses, que también la consideraban en su zona de expansión, prueba de ello es la donación que Alfonso IX de León realizó a la Orden de Santiago en mayo de 1229, en la que se obligaba a entregar a la susodicha Orden los castillos de Trujillo, Santa Cruz, Montánchez y Medellín cuando consiguiera conquistarlos a los musulmanes (GONZÁLEZ, 1944: 205). Motivo que implicaría un aumento de las defensas de esta plaza con los elementos fortificados añadidos. (albarranas, aljibes en la alcazaba, etc.) Esta opinión entraría dentro de los razonamientos de los trabajos de Torres y Balbás, para quien las torres albarranas más antiguas serían de época almohade, mientras que presentaría discrepancias con los pareceres de Lafuente y Zozaya, quienes, basándose en criterios arquitectónicos, fechan la torres albarranas de Trujillo de finales del siglo IX.

El resto de las defensas que podemos encontrar actualmente en el recinto de la alcazaba, son de época muy posterior: el Baluarte que presenta en el lado oeste, entre una de las torres albarranas de la alcazaba y la puerta principal del albacar pudiera ser del siglo XVI (VELO y NIETO.1968: 599). Así como una pequeña barrera o antemural que defendían: el lienzo oeste del albacar, el lienzo este de la alcazaba, y parte del albacar, que presentan aspilleras de palo y orbe para el uso de armas de fuego.

 

3.- Medios técnicos de expugnación que se pudieron emplear en la toma de Trujillo

 

Evaluados los elementos defensivos que pudieran encontrarse en pie, en el momento del cerco de 1233, pasemos a estudiar los métodos técnicos de expugnación que pudieron utilizar los cristianos para tomar la villa.

No se conoce que se emplearan maquinas de expugnacion en la conquista de Trujillo, los cronistas son parcos en darnos información sobre la misma. No se nombra ningún tipo de “machinis validas”, y posiblemente no debieron utilizarse en gran número o su eficacia fue simplemente de apoyo.

Aunque el pensamiento popular y las películas de Hollywood han mostrado, de manera un tanto espectacular, el poder de las ingenios bélicos utilizados en los asaltos, como los arietes, torres de asalto y trabuquetes (catapultas de contrapeso), a la hora de la verdad, tales maquinas tenían una eficacia bastante limitada, y mas bien trataban de superar o compensar la inferioridad que sentían los atacantes frente a las murallas de los defensores. Estos paramentos no solo ofrecían protección a los cercados, sino que también les presentaba un control en altura sobre el acercamiento de los asediantes, y sobre todo un efecto psicológico muy importante frente a los atacantes. Por ello, la mayoría de las máquinas empleadas buscaban a minimizar esa ventaja, de ahí que los diseños de las distintos “ingenios” permitiera vencer alguna de estas dificultades (GARCÍA FITZ, 2005: 225)

Los tratadistas medievales aconsejaban el uso y la preparación de ingenios de guerra, y en algunos casos, hasta contemplaban la posibilidad de conmutar la pena de muerte a un condenado, si estando el rey en un asedio que se esperaba largo y costoso, el reo pudiese aportar un ingenio o una maestría que permitiese tomar aquel lugar, pero no dejaban de ser conscientes de que su uso era escaso y solo efectivo cuando se trataba de atacar castillos y villas pequeñas, en las que su utilización, si permitía derribar muros y torres, y aun casas y matar hombres, pero no en villas grandes. En estos casos las máquinas de asedio podían contribuir a su conquista, provocando un desasosiego y miedo a los cercados, de manera que el terror les podía llevar a entregar la población sin tener que iniciar un asalto a la misma, pero sus efectos eran mas morales que reales, y no se podía tomar ninguna fortaleza, ni siquiera las menores, a no ser que los atacantes fueran muchos y mejores que los defensores (GARCÍA FITZ, 1998: 234).

Imagen 2. Los cristianos se ponen bajo la protección de la Virgen. Fotografia cortesia de Asunción Ruiz Moreno

  Lám 2. Los cristianos se ponen bajo la protección de la Virgen.

Fot. Cortesía de Asunción Ruiz Moreno.

El primer paso era aproximarse a las murallas. Los sarzos, gatas y viñas, eran grandes casetones de madera, cubiertos con pieles para intentar ralentizar su incendio, y que permitían el acercamiento de los asaltantes a los pies de las murallas, a salvo de los proyectiles lanzados contra ellos por los defensores, con el fin de realizar una mina o trabajos de socavación que les permitieran derribar las murallas, o proteger un ariete (GARCÍA FITZ, 2005: 224). Máquinas que son mencionadas frecuentemente en la Primera Crónica General de España, en el ataque a Lora, Alcalá del Río y Sevilla, en 1247, por las fuerzas de Fernando III (SÁEZ ABAD, 2007: 219). Las fuerzas cristianas pudieron emplear gatas en el asedio a Trujillo, pero mas bien como medio de acercamiento para cubrir a un número de arqueros o acercar a algunos guerreros a los pies de la muralla con el fin de situar escalas con las que penetrar en el recinto fortificado, dado que la cimentación sobre roca de la mayoría de las torres y del perímetro amurallado, hace inviable, o de una enorme laboriosidad la realización de cualquier minado.

Una vez que los asaltantes hubieran llegado a las cercanías el muro, y excluida la opción de minado, se planteaban dos opciones para superarlo: acceder al camino de ronda de las murallas y/o torres mediante torres de asalto o escalas, o derribar los muros o puertas, para entrar en el interior de la fortaleza (GARCÍA FITZ, 2005: 225). Las escalas podían fabricarse de madera o de cuerda y se colocaban directamente sobre la muralla para acceder a la misma, era un operación muy peligrosa, y que se llevaba un alto coste en vidas de los atacantes, porque salvo que si hiciera de forma encubierta, los asaltantes eran un blanco fácil para los defensores, por ello solamente solían realizarse en un ataque generalizado para dificultar el presentarse como diana de los arqueros y ballesteros enemigos, o a la sombra de una torre de asalto, que se situase próxima a la muralla y permitiese colocar en su parte superior una serie de tiradores de apoyo que limpiaran las murallas de defensores con sus saetas y virotes (SÁEZ ABAD, 2007: 122).

El empleo de torres de asedio está documentado desde el siglo IX a.C, Para Sáez Abad, su utilización venia a consecuencia de haber fracasado previamente las escalas, porque su coste era muy elevado, el modelo mas simple era una plataforma con tejado y parapeto que guarnecía a los hombres situados en ella, su construcción en madera, obligaba a que en muchos casos no pudieran ser construidas en las cercanías de la población sitiada, por carecer del arbolado necesario, y tuviese que venir desmontadas con las tropas atacantes, o por lo menos las partes fundamentales, acudiendo a la improvisación con el resto. En el asedio de Jerusalén se emplearon las maderas de las construcciones cercanas, y en el de Tiro, desmontaron algunos barcos para utilizarlos en la construcción de una torre de asedio. En ocasiones se colocaba en sus pisos inferiores un ariete basculante para batir las murallas a resguardo de los arqueros y ballesteros contrarios. Estas máquinas se empujaban hasta los muros con la fuerza muscular de sus ocupantes, y si tenían una altura similar a la muralla, al llegar a la misma, se bajaba un portón levadizo que permitía a los hombres que estaban en su interior acceder directamente al camino de ronda de las murallas y entrar en el cuerpo a cuerpo con los defensores. El inconveniente mas serio que presentaba la utilización de este ingenio, es que no había efecto sorpresa, antes de acercarlo a los muros, había que realizar un allanamiento previo del terreno y cegar los fosos que hubiera, a lo que seguía un empuje lento de la estructura hacia su objetivo, lo que permitía que lo asediados tuvieran tiempo para reforzar con las fuerzas necesarias el lugar del lienzo de muralla al que se dirigía la torre de asalto (SÁEZ ABAD, 2007: 126). Sabemos de la utilización de torres de asedio por Alfonso VII en el asalto a Coria (1142) y en Almería (1147) (SÁEZ ABAD, 2007: 220). Desconocemos si en Trujillo se emplearon alguna torre de asedio, pero dada la orografía tan accidentada del terreno, posiblemente las escalas fueron los medios mas utilizados para intentar rebasar las murallas.

El profesor García Fitz nos señala que, una vez que los asediantes habían logrado acercarse a la muralla, podían intentar destruirla sin tener que exponerse a un asalto. Los dos medios principales podían ser o bien los airetes o bien las máquinas de lanzamiento como los trabuquetes. Los arietes solían utilizarse contra la parte más débil de la muralla, esto es las puertas. Estos ingenios básicamente consistían en una viga de madera con una cabeza endurecida, o de metal, manejada por un grupo de hombres, normalmente bajo la estructura de algún tipo de gata o viña que protegía su acercamiento, y cuyo movimiento oscilante, permitía golpear con fuerza sobre la superficie de madera de la puerta hasta derribarla. A pesar de conocer de su existencia y de poder haber sido utilizada en numerosos sitios, las menciones directas a los arietes en los enfrentamientos entre castellano-leonés y musulmanes no es frecuente, García Fitz puntualiza que en pocas ocasiones aparecen citados expresamente, casos contados como en el asedio almorávide de Toledo en 1109, en manos de los norteafricanos; y en el de Alcaraz en 1213 utilizados por los castellanos (GARCÍA FITZ, 2005: 233).

En cuanto a las maquinas de lanzamiento, señalar que existían varios modelos, en función de su tipo de tiro, de su fuerza impulsora, tamaño, etc. Lo que hace una tarea difícil el poder identificar de que tipo fueron las utilizadas en los cercos que se dieron durante el periodo de la reconquista, pues había varios nombres para designar a la misma máquina, incluso maquinas distintas se designaban con la palabra genérica de “un engenno” o “machinas”(GARCÍA FITZ, 2005: 240).   Entre ellas destacaremos el trabuquete, que es la denominación que recibía en los reinos castellano y leonés el trabuco de contrapeso.

Siguiendo a Fernández Mateos, en su estudio sobre los ingenios de guerra, sabemos que desde muy antiguo existieron máquinas de acción parabólica que recibieron diferentes nombres y diseños en función del lugar de utilización y del momento en que se emplearon, así conocemos las denominaciones de: fundíbalo, trabuco, mangaña, almajaneque, o brígola, por citar solo algunas.

Según los estudios de Rubén Sáez, El trabuco es un ingenio derivado del hou-palo chino. La “honda con bastón” ya era conocida en tiempo de los romanos, pero fueron los chinos los primeros en dotarla de una base fija. Estas piezas de tracción humana que recibieron, entre otros, el nombre de mangonel llegaron a Europa a través de los árabes. Las fuerzas cristianas no tardaron en copiar el uso de estos ingenios de los que tanto daño habían sufrido en su enfrentamiento contra los musulmanes. Durante el siglo XII y XIII, las guarniciones de las ciudades hispanas, podrían haber contado con cuerpos de honderos que pudieron haber utilizado este arma, aunque aquí recibirían el nombre del “almajeneques”. Las formas más comúnmente utilizadas de mangonel precisaban del esfuerzo de varios hombres, (20 a 100). En la actualidad se han reconstruido algunos mangonel que pueden disparar proyectiles de 50 kg a 100 m de distancia (SÁEZ ABAD, 2007: 97).

Imagen 3. Los cristianos entran por el arco del triunfo. Fotografia cortesia de Asucnión Ruiz Moreno

   Lám 3. Los cristianos entran por el Arco del Triunfo.

Fot. Cortesía de Asunción Ruiz Moreno.

Una de las primeras ocasiones en el que se tiene constancia, documentalmente, del uso de magonel, fue en el asedio de Lisboa en 1147. Junto a las tropas del rey Alfonso I de Portugal, lucharon contingentes de cruzados holandeses, alemanes, ingleses y normandos que se dirigía a Tierra Santa en lo que se conoció como la Segunda Cruzada. Los anglonormandos construyeron dos ingenios con los que llegaron a disparar 5000 piedras en 10 horas, pero a pesar de ello, las murallas no sufrieron graves daños, lo que permite suponer que estos ingenios debieron ser de tracción y los proyectiles no debieron ser de grandes dimensiones. (SÁEZ ABAD, 2007: 164)

La evolución del trabuco de tracción llegó de la mano del trabuco de contrapeso fijo, cuyo uso se generalizó a finales del siglo XII. Este ingenio funcionaba de forma similar al de tracción manual pero sustituía la fuerza de los brazos por un contenedor relleno de materiales pesados. La forma y denominaciones de estos ingenios variaron de gran manera a lo largo del tiempo. Básicamente se trata de un armazón en el que se apoya una palanca, en el brazo corto se cuelga el contrapeso y en el otro extremo se engancha una honda en la que se situará el proyectil a lanzar. (FERNÁNDEZ MATEOS, 1996: 38)

Para la construcción de estas máquinas se necesitaba gran cantidad de madera. Durante la Cruzada de San Luis se capturaron, en Damieta, 24 trabucos de los sarracenos, que una vez desmontados permitieron construir una empalizada con la que se cercó el campamento entero.

Menéndez Pidal, en su investigación sobre los manuscritos de Alfonso X el Sabio, nos indica la constancia de la utilización de estos ingenios por los almorávides en el sitio de Aledo (1087), y por los cristianos en el de Zaragoza (1118), siendo muy habituales en las operaciones militares llevadas a cabo por Fernando III en Andalucía y Jaime I el conquistador en las campañas de Levante.

En el sitio de Ibiza las tropas cristianas construyeron un trabuco, que solo necesitó tirar 10 piedras para que los defensores rindieran la ciudad.

En la guerra contra Escocia, Eduardo I hizo construir un trabuco que recibió el nombre de “Lobo de guerra”, y que se transportó al asedio de Stirling. El rey estaba tan orgulloso del mismo, que no aceptó la rendición de los escoceses antes de haber demostrado su poder disparando el “lobo” contra las murallas de la ciudad (GRAVETT, 1990: 50)

 

4.- La conquista de Trujillo en 1233

 

Aunque la mayoría de los estudiosos que escriben sobre la conquista de Trujillo, no dan información del tiempo que duro el cerco, pensamos que no sería una operación de pocos días, lo normal es que fuera un trabajo que conllevara su tiempo, y que con anterioridad al asedio podían haberse practicado algaradas de saqueo y destrucción por parte de los cristianos para ir debilitando las fuentes de aprovisionamiento y metiendo miedo en el corazón de los musulmanes que ocupaban la villa. Incluso parece ser que se dio un intento previo de conquista por parte de la Orden de Alcántara que no obtuvo la rendición total de la ciudad y que tuvo que retirarse a esperar un nuevo intento. Lo cuenta D. Clodoaldo Naranjo Alonso, en su trabajo “Trujillo, sus hijos y monumentos” basándose en las Crónicas de Torres y Tapia : “En el año de 1227 el maestre de la Orden de Alcántara, don Arias Pérez Gallego quiso acrecentar los méritos de su Orden y puso los ojos en la conquista de Trujillo, consiguiendo apoderarse de la población y que los moros se replegasen al castillo, así transcurrieron dos meses en el asedio, ante la venida de los refuerzos musulmanes de las poblaciones cercanas, la prudencia le aconsejó retirarse” (NARANJO ALONSO. 1983: 72).

Imagen 4. Los cristianos conquistan la ciudad. Fotrografia cortesía de Asunción Ruiz Moreno

  Lám 4. Los cristianos conquistan la ciudad.

Fot. Cortesía de Asunción Ruiz Moreno.

La expugnación de la villa y la fortaleza de Trujillo ya no podía realizarse “a furto”, por sorpresa, como la realizada por el aventurero portugués Gerardo Sempavor entre 1165 y 1169 junto con las plazas de Evora, Montánchez, Cáceres, Serpa, Jurumella, Santa cruz y Monfragüe por citar algunas de ellas (GARCIA FITZ, 1998: 218). Tiempo en el cual, seguramente Trujillo no pasaría de ser una pequeña población con escasas defensa y una guarnición reducida, en opinión del profesor García Fitz (GARCIA FITZ, 1998: 220). Tras su cesión a la familia de los Castro y su posterior paso a la milicia de los freires de Truxillo, la villa cayó en poder de los almohades, que aprovechando la victoria del año anterior en Alarcos, realizaron en 1196 una ofensiva sobre el frente occidental del reino castellano, arrasándolo y tomando Montánchez, Trujillo y Plasencia. Durante el tiempo que los almohades permanecieron dueños de esta plaza seguramente se realizarían importantes mejoras en su defensa, lo que conllevaría la necesidad de una mayor fuerza de asalto para su conquista. Mejoras a las que habría que sumar el valor de sus defensores que por aquellas fechas, y tras la caída de Cáceres, Montánchez, Mérida, Badajoz, Évora, Andujar, Baeza… convertía a Trujillo en el bastión más septentrional andalusí frente a los reinos de Castilla y León. Y en el que se habrían agrupado los guerreros más duros de que disponía el Andalus por aquellos tiempos, de una forma similar a los calatravos establecidos en Salvatierra que causaban grave quebranto en el territorio musulmán. Soldados musulmanes de Trujillo a los que bien podríamos asignar las mismas cualidades que el geógrafo musulmán el Idrisi, escribiera de los habitantes de esta medina unos cincuenta años antes: “sus habitantes, tanto jinetes como infantes, tenían la fama de ser unos excelentes especialistas en la guerra de guerrillas, efectuando frecuentes correrías contra el territorio cristiano”. Lo que implicaría que son gente acostumbrada a los rigores de la guerra y que no temían enfrentarse a los cristianos. De ahí que aunque los caballeros de Alcántara y sus fuerzas pudieron entrar de alguna manera en la medina, no se verían con fuerzas suficientes para doblegar a la guarnición de la ciudad que se habría refugiado en la alcazaba, con la mayor parte de la población resguardada en el albacar de la misma. El suceso relatado por Naranjo Alonso no es una excepción, es frecuente ver que después de poner cerco a una población e incluso habiendo entrado en alguna parte de la misma, los atacantes deben retirarse. Tenemos el caso del intento en 1138 de Alfonso VII de tomar Coria. El profesor García Fitz explica como después de comenzar con una cabalgada destructiva y una emboscada que tendieron a los musulmanes de la villa, el rey instaló su campamento en las inmediaciones de la fortaleza, y construyeron torres de asedio y otros ingenios con los que iniciaron el asalto a la población, pero pese a las fuerzas empleadas tuvieron que retirarse sin conseguir rendir la ciudad (GARCIA FITZ, 1998: 230). Caso similar fue lo acontecido en Cáceres, Alfonso IX de León, intentó su conquista en varias ocasiones, antes de conseguir su rendición. En noviembre de 1218 el rey leonés Alfonso IX cercó Cáceres durante mes y medio, y cuentan los anales Toledanos que aunque la ciudad no pudo ser tomada, devastaron a fuego e hierro todo el campo, árboles, viñas, sembrados y cuanto había en los alrededores de la ciudad (GONZALEZ, 1944: 190). En la primavera de 1222 volvió a intentarlo, esta vez los leoneses atacaron con máquinas y derribaron algunos lienzos de muralla y ciertas torres lo que les permitió entrar en la ciudad, pero cuando estaban a punto de adueñarse de la misma, los Anales Toledanos cuentan que se presentaron unos diplomáticos al rey leonés y le ofrecieron grandes promesas de dinero si levantaban el cerco, los cristianos debían haber tenido muchas bajas en el asalto, y aunque estaban dentro de la ciudad, no las debían tener todas consigo, cuando el rey acepto la oferta y se retiró sin tomar la ciudad (GONZALEZ, 1944: 197). En 1223, 1225 y 1227 los leoneses volvieron sobre Cáceres, sin ningún resultado positivo, no siendo tomada hasta 1229 (ORTI BELMONTE, 1944: 128).

Del mismo modo durante el reinado de Fernando III, el impulso conquistador fue uno de los mas exitosos en conquista de territorio al vecino musulmán, pero tuvo que asumir frecuentes fracasos en el asedio de puntos fortificados importantes. En 1225 el rey castellano realizó el primer intento par conquistar Jaén, devastó sus huertas, viñas, sembrados y alrededores, y puso sitio a la población durante varios dias , pero tuvo que levantar el asedio ante la imposibilidad de obtener el éxito en esta empresa. En 1230 lo volvió a intentar, atacando sus muros durante tres meses, pero a pesar de contar en esta ocasión con maquinas de asedio, que tiraban muchas piedras, llamadas trabuquetes por la Crónica de la población de Ávila, volvió a retirarse (GARCÍA FITZ, 1998: 231). El siguiente intento, no fue hasta 1246 en el que, de nuevo, el rey castellano volvió a intentar el asalto a Jaén, lanzando entre tanto razzias esporádicas con el fin de asolar el territorio con vistas a preparar el asalto definitivo En esta ocasión la ciudad después de un sitio de varios meses pidió la rendición (SÁEZ ABAD, 2007: 173).

Aunque no volvemos a tener ninguna noticia sobre los ataques al territorio de Trujillo, es de suponer que las algaradas de devastación se seguirían produciendo. De hecho si tenemos noticias de dos correría de saqueo que se realizaron, una en 1211 por las fuerzas castellanas del infante don Fernando, hijo del rey Alfonso VIII, según relatan los anales toledanos (LOZANO RUBIO, 1970: 113). Y sobre 1220 por parte de tropas leonesas en territorio de Trujillo, de mano de don Sancho Fernández, hermano del rey Alfonso IX. Esta expedición entro y ocupó el castillo yermo de Cañamero, desde donde comenzó a atacar a los musulmanes, pero fue por poco tiempo, porque dicho personaje acabo sus dias en un encuentro mortal, con un oso de la zona (GONZÁLEZ, 1944: 195).

Los principales autores que han abordado el tema de la reconquista de Trujillo, afirman que la población cayo después de un corto sitio, y un asalto “por fuerza” en enero de 1233. Clodoaldo Alonso, lo expresa diciendo que el maestre de Alcántara se dispuso a la conquista de Trujillo en diciembre de 1231, y que la ciudad se tomó en enero de 1232 (NARANJO ALONSO, 1983: 78). Obviamos el problema de las fechas, al saber que el señor Naranjo se apoya en los Anales Toledanos, que dan por valida la fecha de 1232 para la toma de la ciudad. Pero a nuestro entender, nos inclinamos mas por pensar que la conquista de Trujillo debió ocurrir de una manera similar a los ejemplos anteriormente comentados, como Cáceres o Jaén, y que no fue una operación de asedio que durara apenas unos semanas, si no, que fuera precedida de una campaña de destrucción previa para intentar disminuir la resistencia de los defensores de la población, cuando el asedio se hiciera efectivo. Y que éste conllevaría un tiempo, de esta opinión es D. Gonzalo Martínez Díez, en su estudio, “La cruz y la espada. Vida cotidiana de las Órdenes Militares españolas”, quien comenta que: “una hueste formada exclusivamente por caballeros de las Órdenes militares y algún vasallo del Obispo de Plasencia marchó sobre Trujillo y puso cerco a la plaza en los meses de verano, se defendieron con denuedo durante más de medio año, pero a no recibir ningún auxilio externo se vieron obligados a capitular y entregar la ciudad el 25 de enero de 1233” (MARTÍNEZ DÍEZ. 2002: 94)

Naranjo Alonso sigue narrando que tras varios asaltos fallidos por parte de los cristianos al intentar atacar la ciudad por varios puntos de la misma, el Obispo de Plasencia, aconsejó el asalto por un solo punto, la parte mas alejada de la alcazaba, que hoy lleva el nombre del “Arco o Puerta del Triunfo”. Según el citado autor, en los momentos del combate el obispo se puso en oración y encomendó el triunfo de las tropas cristianas a la “Divina Madre”, invocando su protección para sus hijos, la leyenda dice que en ese momento apareció un resplandor sobre la muralla y que esto dio nuevas fuerzas a los cristianos para conseguir superar esta puerta y entrar en la ciudad.

Se apareciese realmente la Virgen o no, es un hecho anecdótico, lo importante es que los combatientes recobraron las fuerzas, posiblemente tras la exhortación del Obispo de Plasencia, de que tenían la protección de “la Señora” y que este estímulo les serviría para dar todo lo que les quedaba.

Es un suceso normal en la batalla que en esos momentos de incertidumbre de la suerte de los combatientes, la moral lo es todo. Durante la primera Cruzada, después de que los cristianos tomaron Antioquia, fueron cercados por las fuerzas musulmanas que venían con retraso para socorrer la ciudad, y los cruzados pasaron de ser sitiadores a sitiados, sus condiciones eran muy duras, pero en un momento dado el encuentro “casual” de una punta de lanza, que atribuyeron a la Santa Lanza que había atravesado el costado de Cristo, les dio tal fortaleza de animo, que salieron el 28 de junio de 1098 a dar la batalla definitiva, fuera del amparo de los muros y atacaron en inferioridad numérica al ejercito turco al que derrotaron (LEHMANN, 1989: 110)

Naranjo opina que además de la intercesión de la Virgen en los corazones de los combatientes cristianos, también se contó con la ayuda de un cristiano valeroso, llamado Fernán Ruiz y que junto a algunos mozárabes de la ciudad logró abrir las puertas a las fuerzas castellanas desde dentro, y permitir el paso a los asaltantes, después el combate se generalizó por todo la medina, parte de la guarnición pudo escapar y sostener la resistencia en la alcazaba, pero al poco tiempo tuvieron que entregarse a discreción (NARANJO ALONSO, 1983: 78).

Otras fuentes, como el “Manuscrito de Tapia”, recogido en las “Crónicas Trujillanas del siglo XVI”, nos dice que Hernán Ruiz de Valverde no era un mozárabe que habitara en la ciudad, sino un caballero que entró de noche en la ciudad, escalando la muralla, y que consiguió abrir las puertas de la villa, y que por esta acción o alguna otra en la que su valentía permitió la entrada de los cristianos en la ciudad, es recordado hasta nuestros días.

Sobre este apunte detalla el profesor García Fitz que dado el enorme peligro que entrañaba la toma al asalto de un punto fuerte para los atacantes, y de una forma mas particular para aquellos que iban dirigiendo dicho asalto, se estableció una serie de incentivos especiales, además de las cuotas que les podía corresponder de botín, premios extraordinarios que son recogidos en las fuentes jurídicas, en las que se premiaba a los que primero entraban en las fortalezas, o sus acciones permitían la toma de las mismas (GARCÍA FITZ, 1998: 240).

Meditando sobre lo narrado, observamos como en la conquista de Trujillo también se dio un acción mixta de un asedio en toda regla y un golpe de mano para hacerse con el control de un acceso, de forma parecida a lo ocurrido en 1236, cuando tropas especializadas en ataques sorpresa, con ayuda de algunos musulmanes descontentos, consiguieron facilitar el asalto a la Ajarquía cordobesa (GARCÍA FITZ, 1998: 220).

Y es que la expugnación a viva fuerza, según los estudios del profesor García Fitz, era posible siempre que hubiera un claro desequilibrio entre las fuerzas enfrentadas, y los atacantes sobrepasaran a los sitiados mediante un ataque masivo. Todo ello contando con el elevado coste en vidas humanas que podía repercutir en las fuerzas asaltantes, aunque ello tenia como ventaja el ahorro de sufrimiento, que siempre implicaba un cerco prolongado y evitar que la fortaleza pudiera recibir refuerzos del exterior (GARCÍA FITZ, 1998: 224).

Loa ataques al asalto, aunque fueron frecuentes en la Península Ibérica del siglo XII y normalmente tuvieron éxito, tanto por parte cristiana (Almería, Lisboa), como por el bando musulmán ( Oreja, Aceca), ya en el siglo XIII, fueron los menos, y en su mayoría tenían por objeto fortalezas de pequeña o mediana entidad como Malagón, Quesada, Priego, Loja. Podemos decir que por norma general, la conquista al asalto en el siglo XIII no fue un suceso habitual, siendo lo normal que la guarniciones capitulasen después de haber calibrado sus posibilidades de resistencia frente a las fuerzas empleadas por los asaltantes y comprobar que no habrían de recibir fuerzas de socorro (GARCÍA FITZ, 1998: 229).

 

5.- A modo de conclusión

 

Apoyándonos en la opinión de los autores consultados y las fuentes de que disponemos sobre la conquista de Trujillo. Podemos concluir que Trujillo en el momento de ser objetivo de las fuerzas castellanas, pudo sufrir durante una temporada algaradas de devastación con el fin de reducir su capacidad de resistencia previa a la acción del cerco. Las tropas castellanas debieron levantar el dispositivo de asedio, probablemente en una fecha cercana al verano de 1232, cuando el apoyo que podría recibir del emir de Murcia, podía ser casi inexistente, dados los graves problemas por los que pasaba Ibn Hud, con las rebeliones de Sevilla, y Arjona, información que seguramente manejasen los cristianos. Los musulmanes de Trujillo, acostumbrados a realizar razzias a territorio cristiano no se achicaron a ver a los castellanos formalizar el sitio de su ciudad, y resistieron con firmeza, pese a los intentos de asalto de las tropas cristianas. Sabemos que Ibn Hud envió fuerzas de socorro para intentar tomar a los asediantes por sorpresa, pero no lo consiguió, por lo que los cristianos debieron forzar el asalto, para evitar verse pillados entre dos fuegos, el de los asediados y los refuerzos. Los cristianos podrían haber efectuado diversos asaltos en distintos puntos del perímetro amurallado de la villa con el fin de despistar la atención de los defensores y obligarles a repartir sus fuerzas por todo el recinto fortificado. En enero de 1233 se planeó una acción sorpresa, mediante la cual una pequeña partida de guerreros, liderados por Fernán Ruiz, fuera desde dentro, o infiltrados desde el exterior, se harían con el control de una de las puertas, la situada mas al occidente, y la mas alejada de la alcazaba, mientras tanto las tropas castellanas se pusieron bajo el amparo de Nuestra Señora La Virgen, a quien invocaría como protectora el Obispo de Plasencia. Dominado el punto de acceso a la ciudad, se procedió al asalto, entrando las tropas cristianas a la ciudad y venciendo toda resistencia dentro de la villa, pero no pudiendo tomar la alcazaba, momento en el que se iniciarían negociaciones, y suponiendo, los defensores, que no podían recibir ayuda, pues desconocían los nuevos intentos del emir de Murcia, de enviar nuevas fuerzas en su socorro, se rindieron el día de la conversión de San Pablo, el 25 de enero de 1233.

 

6.- Bibliografía

  • Ansón, Francisco. Fernando III. Rey de Castilla y León. Ediciones Palabra. Madrid 1998
  • Ayala Martínez, Carlos. Las Órdenes militares hispánicas en la Edad Media. Marcial Pons Ediciones, 2003
  • Cardalliaguet Quirant, Marcelino. Historia de Extremadura. Biblioteca popular extremeña. Universitas Editorial. 1988
  • Fernández-Daza Alvear. Carmen. La ciudad de Trujillo y su tierra en la baja Edad media. Junta de Extremadura. 1993
  • Fernández Mateos, Francisco. Ingenios de guerra hasta el siglo XIX. Quirón Ediciones Valladolid 1996.
  • García Fitz, Francisco. Relaciones políticas guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam, siglos XI-XIII. Universidad de Sevilla. 2002
    • Castilla y León frente al Islam. Estrategias de expansión y tácticas militares (siglos XI- XIII) Universidad de Sevilla. 1998
    • ¿Machinas validas? Tipología, función y funcionalidad de las maquinas de asedio en el medievo hispano. Castilla y león, siglo XI al XIII. Actas de III Congreso de Castellología Ibérica. AEAC. Guadalajara 2005
  • González, Julio. Reinado y diplomas de Fernando III. Publicación del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba. 1983
    • Alfonso IX. Tomo I. CSIC. Madrid 1944
  • Gravett, Christopher. Medieval Siege Warfare. Osprey 1990
  • Huici Miranda, Ambrosio. Historia política del Imperio almohade (Tomo II). Editorial Universidad de Granada, 1957
  • Lehmann, Johannes. Las cruzadas. Martínez Roca 1989
  • Lomax, Derek W. La Reconquista. Biblioteca Historia de España. RBA. 2006
  • Lozano Rubio, Tirso. Historia de la noble y leal villa de Montáchez. Edita Maribel, 1970
  • Martínez Diez, Gonzalo. La cruz y la espada. Vida cotidiana de las Órdenes militares españolas, Plaza & Janes 2002
  • Montaña de la, Conchiña, Juan Luis. La Extremadura cristiana (1142-1350) UNEX Servicio de Publicaciones, 2002
  • Moreno Lázaro, Juan. Trujillo. Ediciones Lancia, 2004
  • Muñoz de San Pedro, Miguel. Extremadura (la tierra en la que nacían los dioses). Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Cáceres. 1981
  • Naranjo Alonso, Clodoaldo. Trujillo sus hijos y monumentos. Espasa-Calpe. Madrid 1983
  • Navareño Mateos, Antonio. El castillo de Montánchez al final de la Edad Media. Actas VII Congreso de Estudios Extremeños. Tomo I. 1983
  • Ortí Belmonte, Miguel Ángel. Las reconquistas de Cáceres. REE. 1947
  • Pavón Maldonado, Bailio. Tratado de arquitectura hispanomusulmana II. Ciudades y fortalezas. CSIC. Madrid 1999
  • Pizarro Gómez, Francisco Javier. Trujillo. Paisajes urbanos de Extremadura. Junta de Extremadura. 2007
  • Ramos Rubio, José Antonio. El castillo de Trujillo. Fundación palacio de Alarcón. 2008
  • Rodríguez López, Ana. La consolidación de la monarquía feudal castellana. CSIC. Madrid 1994
  • Rodríguez-Picavea, Enrique. Los monjes guerreros en los reinos hispánicos. Editorial la Esfera de los libros, 2008
  • Sabaté, Flocel. Atlas de la Reconquista. Ediciones Península.1998
  • Sáez Abad, Rubén. Artillería y poliorcética en la Edad Media. Almena Ediciones 2007
  • Sánchez Rubio, María de los Ángeles. El concejo de Trujillo y su alfoz en el tránsito de le Edad Media a la Edad Moderna. Edita. Universidad de Extremadura. 1993
  • Suárez Fernández, Luis. La historia de España. La consolidación de los reinos hispánicos (1157-           1369). Tomo VI.
  • Tena Fernández, Juan. Trujillo histórico y monumental. Ediciones Religiosas Hijas de la Virgen de los Dolores. 1988
  • Terrón Albarrán. Manuel. Extremadura musulmana. Badajoz 1991
    • En torno a los orígenes de la tierra de Trujillo (1166-1233). Síntexis y reflexiones. Actas Congreso la Tierra de Trujillo desde la época romana a la Baja Edad media. Trujillo 2005
  • Torres y Tapia, Alonso de. Crónica de Alcántara. 1763
  • Velo y Nieto, Gervasio. Castillos de Extremadura. Madrid 1968
  • Vidal Castro, Francisco. Las terceras taifas y el surgimiento del emirato nazarí de Granada. Revista de historia militar y política de la antigüedad y del medievo “Desperta Ferro” nº 13. 2012
  • Viguera Molins, María Jesús. Trujillo en las crónicas árabes. Actas Congreso Trujillo medieval. Real Academia de Extremadura de las Letras y de las Artes. 2002