Oct 012005
 

Rocío Periáñez Gómez y Felicísimo García Barriga.

1. El Mediterráneo, una zona conflictiva en tiempos de Cervantes.

La vida de Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616) se inscribe dentro de una época crucial para los territorios de la Monarquía Hispánica, al contemplar la posición hegemónica conseguida con Carlos V y Felipe II y el lento declive iniciado tras la derrota de la Armada Invencible (1588), que se confirmará más allá de la vida de Cervantes, durante el reinado de Felipe IV (1621-1665). Este dominio político tuvo profundas repercusiones en la vida de los españoles de la época, tanto positivas como negativas. La apertura de España al mundo posibilitó, por un lado, la penetración en nuestro país de las corrientes culturales más importantes de la Europa del momento, tanto por la llegada de personas procedentes de todos los continentes como por la salida al extranjero de muchos españoles, dispuestos a aprender en los principales centros culturales europeos.

Sin embargo, la enorme amplitud territorial de la Monarquía Hispánica provocó que ésta tuviera que defenderse de muchos enemigos ansiosos o de derribar su hegemonía o de liberarse de su dominio; por ello, la actividad bélica fue una constante durante prácticamente todo este período, sobre todo durante los reinados de Carlos V (1516-1556) y Felipe II (1556-1598), y miles de españoles salieron de sus casas, de grado o a la fuerza, para defender los intereses dinásticos de sus reyes[1].

Dentro de este amplio panorama de guerras en las que los reinos hispánicos se vieron envueltos durante los siglos XVI y XVII, el enfrentamiento contra el imperio otomano fue quizás el que mayor apoyo popular tuvo, dado que reproducía el viejo esquema heredado de la Reconquista en el que chocaban las religiones católica e islámica, y que estaba en realidad en la base ideológica de todo el sistema político y cultural de la época. Puesto que el rey de España (que, no olvidemos, llevaba el título de “Católico”) era el defensor de la fe, la lucha contra el Islam y su máximo representante en estos momentos, el sultán turco, era un deber sagrado de la monarquía.

El escenario fundamental de este enfrentamiento será el Mediterráneo occidental; tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos entienden que la lucha contra el Islam debe extenderse al propio territorio musulmán, es decir, al norte de África, aunque no será hasta la regencia de Fernando el Católico (desde 1506), y con la participación fundamental del Cardenal Cisneros, cuando se inicia una decidida expansión por la zona; así, las campañas de Cisneros y del marino Pedro Navarro consiguen la conquista de las ciudades de Mazalquivir (1505), Orán, Bugía, Trípoli y el Peñón de Argel (1509-1510), además de someter a vasallaje a los reyes de Argel, Tremecén y Túnez.

La dinámica favorable a los intereses españoles cambia, sin embargo, con la llegada a Berbería de los hermanos Barbarroja, dos renegados de origen griego que se apoderan de Argel en 1515; desde esa posición privilegiada irán extendiendo poco a poco su dominio por la Berbería central, consiguiendo consolidar un auténtico estado berberisco desde 1529, con la conquista del Peñón de Argel y, posteriormente, con la vinculación de Argel a los otomanos dirigidos por Solimán I el Magnífico (1533).

El problema berberisco se convierte entonces en un objetivo primordial para Carlos V, que ve cómo las comunicaciones entre España e Italia, vitales para el mantenimiento de su política en el centro y norte de Europa, estaban en peligro por los continuos asaltos piratas, apoyados ahora por la poderosa flota otomana. La conquista de Túnez (1535) constituye en este contexto el gran triunfo de Carlos V en el Norte de África, y en realidad el único éxito de cierta importancia en esta larga pugna que obtuvieron los españoles hasta la victoria de Lepanto en 1571.

Desde entonces, el auge de la piratería, con asaltos en alta mar y cada vez más audaces incursiones en las costas peninsulares del Mediterráneo, en las islas y en el Sur de Italia, se intentó contrarrestar con grandes expediciones dirigidas contra los centros corsarios más importantes, como la de don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, ante la ciudad de Mostaganem (1558) o la dirigida contra los Gelbes (1560), y que, sin excepción, fracasaron lastimosamente, provocando al tiempo el cautiverio de miles de soldados españoles. El momento culminante de la gran ofensiva turco-berberisca contra la Monarquía Hispánica y sus aliados fue el gran asalto de la isla de Malta en 1565, que fue heroicamente defendida por los caballeros de San Juan.

Este fracaso no significó, empero, el fin de las intenciones expansivas de los berberiscos, ya que en 1570 Túnez caía en manos del virrey de Argel. Justo en ese momento, y después de acabada la sangrienta guerra de las Alpujarras para reprimir la sublevación de los moriscos granadinos, Felipe II firmaba con la Santa Sede y con Venecia la llamada Liga Santa, con el propósito de conseguir una victoria decisiva contra los turcos. La armada cristiana, al mando de don Juan de Austria, consiguió derrotar a la turco-berberisca en la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), triunfo cuyos efectos fueron más morales que reales; el halo de invencibilidad que desde hacía muchos años envolvía a los turcos se disolvió, pero no por ello disminuyó su capacidad militar ni los deseos de imponer su hegemonía. Así, el control de Túnez, recuperado por Juan de Austria en 1573, sólo duró un año, cayendo definitivamente en manos turcas junto con la fortaleza de La Goleta en 1574.

Desde este momento, y sobre todo tras la agudización del conflicto en los Países Bajos, Felipe II decide que es imposible acabar militarmente con el problema berberisco y ordena el comienzo de las negociaciones para conseguir una tregua entre la Monarquía Hispánica y la Sublime Puerta. Esta tregua, firmada en 1578 y renovada en 1581, supone de facto el fin del enfrentamiento abierto entre ambas potencias pero, paradójicamente, representa al mismo tiempo el comienzo de la etapa de mayor impacto de las actividades corsarias, puestas en práctica por uno y otro bando[2]. Desde este momento, por tanto, los mayores perjudicados por este conflicto soterrado entre cristianos y musulmanes serán los soldados de los presidios norteafricanos, los marinos que viajan entre España e Italia y también por el Atlántico desde las islas Canarias y hacia América, y las localidades costeras de todo el Mediterráneo occidental y de la fachada atlántica, que se convertirán en víctimas más que probables de los asaltos, incursiones y razzias de los berberiscos[3].

2. El cautivo Cervantes.

Durante los siglos XVI y XVII, miles de españoles fueron víctimas de un fenómeno de tanta repercusión como el corso berberisco, del que no escaparon personajes tan conocidos como los autores del Siglo de Oro Jerónimo Gracián, Luis de Mármol Carvajal o, el más famoso, Miguel de Cervantes Saavedra. A través de su testimonio poseemos información de primera mano acerca de las circunstancias que rodeaban al cautiverio, desde la captura hasta la puesta en libertad, pasando por la vida en los baños.

No cabe duda de que esta experiencia que tanto pesaría sobre la trayectoria vital de las personas que la padecieron fue esencial en el caso de Cervantes, como se reflejará tanto en sus escritos como en su carácter y forma de ver la vida. Así lo muestran algunos pasajes contenidos en su obra por antonomasia, El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, tales como estas palabras que pone en boca de su protagonista:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”[4].

Desde luego, podemos explicar esta reflexión sobre la libertad si tenemos en cuenta la dura experiencia que para Cervantes supusieron sus cinco años de cautiverio en Argel; seguro que él no podía imaginarse lo que le reservaba el destino cuando, con 22 años, allá por 1569, huía de Madrid para escapar de la casi segura condena que iba a recibir por las heridas que había infligido a un tal Antonio de Sigura en la capital del reino; de esta forma llegó a Italia, donde tras pasar algún tiempo frecuentando los círculos políticos y literarios de Roma, se alistó como soldado en los tercios. Así, cuando se preparaba la flota de la Santa Liga contra los turcos en el verano de 1571, Cervantes pertenecía a la compañía del capitán don Diego de Urbina, del tercio de don Miguel de Moncada, que participará en la gran victoria naval de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros…”, en palabras del propio Cervantes[5].

Tras Lepanto, Cervantes continuó formando parte de la flota de don Juan de Austria, participando en otras acciones en el Mediterráneo central, hasta que en 1575 se dispuso a regresar desde Nápoles a España con su tercio y acompañado de su hermano Rodrigo, embarcados ambos en la galera “Sol”; cerca ya de las costas españolas, la galera fue atacada por el renegado argelino Arnauti Mamí, llevándose a gran parte de los tripulantes de la nave como cautivos a Argel.

Así empezaron los cinco años de cautiverio que Cervantes pasó en Argel hasta que fue rescatado en 1580. Durante ese tiempo, los familiares de Cervantes quisieron rescatarlo; sin embargo, el destino había querido que, cuando fue capturado, Cervantes llevase consigo cartas de recomendación del propio Juan de Austria y del duque de Sesa, lo que a ojos de los musulmanes significaba que se encontraban ante un personaje importante, y por ello elevaron el precio de su rescate. No obstante, Cervantes no se resignó a su suerte e intentó hasta en cuatro ocasiones escapar de su prisión, aunque infructuosamente; la primera tentativa, a principios de 1576, consistió en convencer a un renegado para que huyera con él por tierra a Orán, pero fueron sorprendidos cuando ya llevaban cinco días de camino. En el segundo intento, más elaborado, Cervantes concertó con un cristiano mallorquín recién rescatado la llegada de un barco; en él embarcarían unos quince cautivos, todos hombres principales, que permanecieron escondidos mucho tiempo en una cueva situada a unas tres millas de Argel, donde Cervantes les llevaba alimentos y ropas. Sin embargo, la fuga fracasó por la delación de un renegado de Melilla, el Dorador, que entregó a los cautivos al rey de Argel, el temible Hassán Bajá[6], que puso a Cervantes en el baño del rey “…cargado de cadenas y hierros, con intención todavía de castigarle…[7].

Ya en 1577, llegó ayuda familiar para su rescate, pero el dinero recibido no fue suficiente para la liberación de los dos hermanos cautivos, y Cervantes prefirió que fuera rescatado su hermano Rodrigo, quedándose él otros tres años más en cautiverio. Pese a todo, no le invadió el desánimo, y ese mismo año, estando todavía en la prisión del rey, intenta de nuevo la huída cuando

“…envió un moro a Orán secretamente con carta al señor marqués don Martín de Córdoba, general de Orán… para que le enviasen alguna espía o espías y personas de fiar que con el dicho moro viniesen a Argel y le llevasen a él y a otros tres caballeros principales que el rey en su baño tenía…[8].

El moro fue descubierto y mandado empalar por el rey, que también ordenó dar dos mil palos a Cervantes, sentencia que hubiera supuesto su muerte y que no se llegó a aplicar gracias a la mediación de varios personajes berberiscos con los que Cervantes parece haber mantenido buenas relaciones.

Por último, en septiembre de 1579 Cervantes convenció a un renegado español, llamado licenciado Girón, para que diese al mercader valenciano Onofre Ejarque 1300 doblas para comprar una fragata armada y llevarla a Argel, donde embarcaría a unos sesenta cautivos; no obstante, este intento se saldó con un nuevo fracaso, debido en esta ocasión a la delación de otro cautivo español, el licenciado Juan Blanco de Paz, natural de Montemolín. Ante los repetidos intentos de fuga y ya que no parecía que fuese a ser rescatado, el rey Hassán Bajá había decidido llevarse a Cervantes consigo a Constantinopla, con lo que el futuro del escritor habría cambiado y sus posibilidades de regresar a España hubieran prácticamente desaparecido. Sin embargo, y cuando ya estaba embarcado en las galeras que partían a Turquía, el padre redentor de cautivos fray Juan Gil, de la orden de la Trinidad, pagó su rescate con los 280 escudos proporcionados por la familia de Cervantes[9], más los 220 que el fraile tuvo que pedir prestados a mercaderes de Argel[10] para poder reunir la cantidad de 500 escudos de oro que se exigía por su libertad.

La historia del cautiverio de Cervantes es, sin duda, fascinante, novelesca. De eso debía ser consciente el propio autor cuando, inspirándose en su propia aventura, escribió el relato que tiene como protagonista a Ruy Pérez de Viedma, el cautivo que aparece en el capítulo XL de la primera parte del Quijote[11]. No hay que olvidar, sin embargo, que Cervantes fue un cautivo más entre los miles de españoles, franceses, italianos o portugueses que pasaron por el mismo trance, cuyas historias, algunas tan impresionantes o más que la del mismo Cervantes, han quedado eclipsadas por las de cautivos que alcanzaron la fama por otras circunstancias. Es a la historia colectiva de estos cautivos anónimos a la que nos queremos aproximar, abordando diferentes aspectos como las formas a través de las cuales una persona se podía convertir en cautivo, la vida en cautiverio y las vías de las que disponían estos individuos para recuperar su libertad. Para ello, utilizaremos diversas fuentes que nos permiten acercarnos a este fenómeno, desde las memorias de cautivos, listas de rescatados, procesos inquisitoriales, protocolos notariales, documentos oficiales (Consejos, órdenes religiosas, municipios) hasta la literatura de la época, en la que hay que destacar las obras del propio Cervantes.

3. Los cautivos

La palabra cautivo y las relacionadas con ella, cautiverio y cautividad, llevan implícita en su significado y definición la idea de que la guerra es el medio fundamental para caer en esa condición: “la mayor mal andanza, que los omes pueden aver en este mundo[12]. Sin embargo, desde la Edad Media el término se restringe a las capturas hechas entre enemigos de distinta religión; así, las Partidas de Alfonso X distinguían entre presos y cautivos:

Captivos e presos, como quer que una cosa sean quanto en manera, de prendimiento con todo esso, grand departimiento ay entre ellos… ca presos, son llamados aquellos, que non resciben otro mal en sus cuerpos, si no es quanto en manera de aquella prisión en que los tienen…, ca de otra guisa, , non tovieron por derecho los antiguos que después que el ome toviesen preso, que lo matasen, nin le diesen grand tormento: por que oviesse de morir, ni lo pudiesen vender ni servirse dél como de siervo ni de sornarle la muger delante nin apartasen a ella dél, nin a los fijos, para vender los, partiendo los unos de otros. Pero esto se entiende de los presos, de una ley, assí como quando fuesse guerra entre Cristianos. Más captivos son llamados, por derecho, aquellos que caen en prisión de omes de otra creencia…[13].

Los españoles estaban, por tanto, habituados a esta circunstancia desde la Reconquista, porque vivieron el enfrentamiento contra el Islam en su propio país, pero una vez acabado el dominio musulmán de la Península, el problema se desvió hacia el Mediterráneo. De esta forma, durante el siglo XVI la principal causa por la que una persona podía ser capturada fueron las acciones militares de gran envergadura contra los turcos y berberiscos; entre ellas, destacan la fallida expedición de Carlos V contra Argel (1541), el desastre de los Gelves (1560) o la caída de Túnez (1574), así como la famosa batalla de Alcázarquivir (1578), en la que el rey Sebastián de Portugal desapareció y miles de soldados, entre ellos varios cientos de españoles, cayeron en manos de los marroquíes del sultanato de Fez. En el siglo XVII disminuye notablemente la frecuencia de estos enfrentamientos, por la firma de las treguas ya citadas; no obstante, también se producen presas de este tipo, sobre todo en los primeros años del siglo en torno a la isla de Malta[14].

Sin embargo, desde las últimas décadas del siglo XVI, y durante el siglo XVII, estas circunstancias cambiarán, convirtiendo a las acciones de los piratas berberiscos en las principales fuentes para la obtención de cautivos. Ello no quiere decir, sin embargo, que las acciones bélicas no sigan aportando nuevas capturas; por ejemplo, de un total de 4590 cautivos españoles en el norte de África durante el siglo XVII de los que conocemos la profesión, el 41% eran militares[15], el grupo mayoritario; por su parte, también podemos decir que, de los 1411 cautivos rescatados entre finales del siglo XVI y principios del XVII que procedían del interior peninsular, el 60% eran soldados castellanos, andaluces o extremeños destinados a las defensas costeras existentes en el sur de Italia, Andalucía, el Levante español y el norte de África; muchos de ellos habían sido capturados en los presidios norteafricanos, como Orán, Bugía o el Peñón de Vélez de Gomera.

También fueron muy numerosos los capturados en los asaltos a barcos que transportaban tropas hacia Italia, como sucedió con los 349 soldados españoles que, dirigiéndose hacia el ducado de Milán por mar, fueron apresados en 1673 por el renegado canario Alí Arráez[16], los 456 soldados que fueron capturados cuando iban a reforzar el tercio de Nápoles en 1617[17] o, en menor proporción, en las razzias llevadas a cabo en la costa española mientras guarnecían las posiciones defensivas construidas precisamente para evitar las acciones de los piratas.

Sin embargo, la guerra se convirtió a partir de finales del siglo XVI en un “medio” bastante secundario por lo que a las capturas de españoles se refiere, mientras que adquirieron una importancia creciente las acciones piráticas de los berberiscos de Argel, Túnez o Salé, realizadas en teoría en momentos de paz entre España y los territorios musulmanes norteafricanos. En este sentido, los investigadores han considerado la existencia de tres grandes etapas en la evolución del corso berberisco desde el siglo XVI hasta el XVIII[18]:

  • 1571-1609, período enmarcado entre la batalla de Lepanto y la expulsión de los moriscos de la península Ibérica. Durante esta etapa, las treguas firmadas entre la Monarquía Hispánica y los otomanos en la década de 1580 supusieron una considerable revitalización del tráfico marítimo en todo el Mediterráneo Occidental, convertido ahora en salida natural desde los puertos italianos y franceses hacia el Atlántico español, desde donde llegaba precisamente la plata americana en cantidades nunca vistas hasta entonces. Ello provocó un espectacular aumento de las actividades piráticas en el Mediterráneo Occidental desde las ciudades de Túnez, Argel o Trípoli.
  • 1610-1670, es el momento de mayor peligro para los pueblos y aldeas de la costa española, así como para el conjunto de los territorios que componen la Monarquía Hispánica, porque entre los corsarios se encuentran numerosos moriscos que conocen perfectamente tanto la lengua como la geografía peninsulares. Un caso paradigmático es el de la ciudad marroquí de Salé, donde un numerosos grupo de moriscos se había asentado tras su expulsión de Castilla; entre ellos destacaron los que procedían de la villa extremeña de Hornachos, quienes desplegaron una intensa actividad corsaria en el Atlántico que ponía en peligro las comunicaciones con América[19].
  • 1670-1769, es la etapa de decadencia del corso berberisco. En esta fase las dificultades que atraviesan los reinos norteafricanos, con pestes, hambrunas y guerras civiles, a las que hay que añadir la contraofensiva lanzada por las potencias europeas contra el corsarismo, supondrán el declive de las acciones piráticas de los norteafricanos.

Como señalábamos, serán más abundantes los cautivos capturados como consecuencia de la piratería que de enfrentamientos armados entre cristianos y musulmanes. En este sentido, hay que decir que para las ciudades berberiscas la captura de cristianos se convirtió en la actividad económica fundamental, basando su prosperidad tanto en el trabajo forzado de miles de esclavos europeos como, y sobre todo, en el cobro de rescates por sus cautivos. La piratería tiene en este caso dos vertientes:

a) Asaltos en alta mar, hechos de difícil cuantificación, pero que debieron de tener una gran importancia a medida que se estableció en el Mediterráneo occidental una “paz oficial”. Por ejemplo, en sólo cuatro años, entre 1674 y 1677, fueron capturados por los piratas berberiscos 191 barcos españoles, franceses y holandeses, con una elevadísima media de 47 naves al año.

Los barcos capturados eran, como no podía ser de otra forma, mercantes y de pesca; como veremos más adelante, las profesiones relacionadas con las actividades mercantiles y pesqueras agrupaban a una buena parte de los cautivos cristianos rescatados en Berbería. Por su parte, no podemos olvidar la importancia creciente de las capturas de barcos que iban o volvían de América, tanto de mercancías como de pasajeros; sirvan como ejemplo los datos suministrados por Bartolomé y Lucile Bennasar, que aunque sean referidos exclusivamente a los cautivos que renegaron del cristianismo, nos aproximan a esta realidad: contabilizan un total de 41 españoles que luego se convirtieron en renegados y que habían sido capturados en las aguas del Atlántico y del estrecho de Gibraltar; de ellos, casi el 100% fueron capturados durante el siglo XVII, debido fundamentalmente a la aparición de Salé como centro corsario. Así sucedió, por ejemplo, con una fragata que en 1631 volvía de las Indias y que fue apresada, con 107 hombres a bordo, en las islas Azores, o con la fragata armada por el portugués Baltasar Luis que fue sorprendida junto al cabo de San Vicente y toda su tripulación fue llevada como esclava[20].

b) Las expediciones corsarias a tierra firme, que experimentarán un notable incremento durante el siglo XVII afectando no sólo a las costas mediterráneas sino también a la fachada atlántica peninsular, a los archipiélagos atlánticos de las Canarias, las Azores y Madeira, a las costas francesas e inglesas o al Atlántico norte. El objetivo fundamental de estas acciones, aparte del pillaje y el robo, era el secuestro de los habitantes de las zonas invadidas para su venta como esclavos en los mercados norteafricanos; por ejemplo, Amaro Díaz, un renegado portugués ajusticiado en Málaga el 18 de abril de 1655, declaraba que había apresado 2500 personas en las playas españolas entre 1645 y 1655[21].

Profundizando en el caso español, las áreas más afectadas fueron, sin duda, los archipiélagos canario y balear y las costas de Valencia y el antiguo reino de Granada. Por citar algunos ejemplos, en 1586 una incursión argelina contra la isla de Lanzarote tuvo como resultado la captura de unos 200 habitantes de la isla; un resultado más siniestro tuvo la gran expedición de 1618, en la que 36 barcos con 3000 hombres al mando del arráez Mustafá desembarcaron en Lanzarote y apresaron a 900 habitantes, casi un 25% de los vecinos de la isla en ese momento[22].

Las islas Baleares fueron también continuamente golpeadas por el corso berberisco, como demuestran los ataques dirigidos contra Ibiza en 1579 o contra la isla de Mallorca en 1643; por último, las costas valencianas sufrieron varios ataques: Chilches y Moraira en 1583, Altea, Polop y Moraira en 1584[23], o Polop de nuevo en 1588. La situación de inseguridad y de incapacidad para contrarrestar estos ataques era patente, como lo muestran los términos con los que el concejo de Gibraltar se expresaba ante Felipe III señalando que la gente de Gibraltar nunca se sentía segura “…ni de noche ni de día, ni en la cama ni a la hora de comer, ni en los campos ni en nuestras casas…[24]. Estos cautivos, sin duda la mayoría de los apresados por los berberiscos durante los siglos XVI y XVII, fueron además los menos afortunados, porque en la inmensa mayoría de los casos no fueron considerados “cautivos de rescate” y, por tanto, pasaron el resto de su vida como esclavos, a no ser que se convirtieran al Islam, y la única esperanza que les quedaba tras su captura era que los corsarios decidieran izar la llamada “bandera de rescate”, y fueran liberados inmediatamente, sin llegar nunca a Berbería.

4. La vida en cautiverio.

Una vez apresados, los cautivos eran inmediatamente trasladados al puerto de origen del corsario que les había atacado; allí, su destino estaría marcado por el modo en el que habían sido capturados. Si habían caído prisioneros en una acción de guerra, el cautivo pasaba a manos del Estado o, más propiamente, al rey, al que también pertenecía la quinta parte de los apresados en actividades corsarias y razzias; de las otras cuatro quintas partes de estos cautivos, aquellos de más calidad (o considerados por sus captores como más valiosos y susceptibles de ser rescatados por una cantidad mayor) eran los llamados “aguatis”, e iban a parar mediante venta a manos de la nobleza local, de los grandes arraeces corsarios, muchos de ellos cristianos renegados, o de pequeños propietarios locales. Por último, los hombres, mujeres y niños capturados en las razzias tierra adentro, en su mayor parte campesinos que fueron secuestrados mientras trabajaban en el campo, eran los llamados “cautivos del almacén” o “cautivos del concejo”, y pasaban a ser propiedad comunal de toda la ciudad. Finalmente, hay que tener en consideración a los cautivos “cortados”, que acordaban con sus amos comprar su libertad mediante su trabajo y que cuando obtenían la liberación completa eran llamados “francos” o “de puertas”.

Una vez asignados a sus correspondientes dueños, las distintas categorías mencionadas anteriormente también se reflejaban en los trabajos y en la situación personal de cada uno de los cautivos cristianos; las dos primeras clases, los cautivos del rey y de propietarios particulares, no realizaban trabajos pesados, salvo acarrear agua, piedras o leña, y la mayor parte de su vida transcurría en los “baños” esperando la llegada de los frailes mercedarios y trinitarios con la esperanza de que llevaran la cantidad fijada como su rescate; como decía Cervantes en el capítulo XL de la primera parte del Quijote, “…los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma, si no es cuando se tarda su rescate, que entonces, por hacerles que escriban por él con más ahínco, les hacen trabajar e ir por leña con los demás, que es un no pequeño trabajo[25].

Por su parte, los cautivos del almacén llevaban una vida ciertamente penosa, ya que eran empleados en las obras públicas, sobre todo en las tareas de fortificación de las ciudades contra sus correligionarios españoles y, como destino más aciago, como galeotes en las galeras militares o para extraer sal, mineral o corales en la costa. Los cautivos más afortunados eran los que servían a sus patrones cocinando, lavando la ropa, cuidando de la educación de sus hijos o comprando en el mercado semanal, dependiendo su suerte del carácter o linaje del propietario que lo hubiera comprado.

Quizás el aspecto mejor conocido, al menos sobre el papel, acerca del cautiverio de los cristianos en tierras norteafricanas, sobre todo en Argel, es el de los famosos “baños”, los locales donde se alojaban los cautivos susceptibles de ser rescatados[26], inmortalizados por su más ilustre inquilino, Miguel de Cervantes, en su obras “El trato de Argel” y “Los baños de Argel”, y mencionados constantemente en el resto de su obra.

Estos baños eran en realidad recintos subterráneos que podían tener entre una y tres plantas, repartidas en habitaciones donde podían alojarse unas veinte personas, y que también incluían hospitales, capillas y tabernas donde se podían comprar ropa y alimentos. Hasta mediados del siglo XVI sólo permanecían en los baños los cautivos del rey, aunque a medida que aumentó el número de cautivos cristianos, los propietarios particulares podían introducirlos allí por una pequeña suma[27]. Durante la segunda mitad del siglo XVII había en Argel seis baños donde se amontonaban unos 8000 cautivos, en su inmensa mayoría españoles; cada baño, aunque tenía un nombre árabe, era más conocido por sus inquilinos por el nombre de la virgen o el santo a quien estaba dedicada la capilla del baño. Por su parte, en las ciudades más orientales de Túnez y Trípoli existían doce baños, que en las mismas fechas que las citadas para Argel tenían a unos 7500 cautivos procedentes en su mayor parte de Italia y Grecia.

En cuanto a la organización interna de cada baño, cada uno de ellos tenía un guardián jenízaro (soldado turco de elite) o un renegado, quien se encargaba de mantener el orden en el recinto y supervisaba las labores de limpieza de las habitaciones, el suministro de ropa de cama y alimentos a los cautivos, además de encargarse de repartir a los cautivos según sus labores diarias. A la vuelta de los trabajos, un cautivo veterano se encargaba de pasar lista y comprobaba si faltaba alguno, ya que siempre los berberiscos temieron las rebeliones y las fugas; por ello, a la caída del sol los baños se cerraban a cal y canto.

Como decíamos antes, en los baños se van fundando poco a poco instituciones de carácter religioso y asistencial para prestar sus servicios a los cautivos cristianos alojados en ellos; el incremento de la población cautiva desde la primera década del siglo XVII hizo necesario este tipo de establecimientos, con los que al tiempo se liberaba a los amos berberiscos de los considerables gastos que suponía la atención médica de sus esclavos. Serán precisamente los frailes redentores de la Trinidad y de la Merced los que se encarguen de la fundación y gestión de estos hospitales, como el que se fundó en el baño principal de Argel en 1612, con ocho camas y una pequeña capilla; en 1664 ya había cinco hospitales con 26 camas, dirigidos por un administrador nombrado por el Consejo de Castilla y el padre provincial de los Trinitarios.

Puede resultar paradójico que un estado musulmán permitiera que en sus propias ciudades otro estado, extranjero y encima cristiano, tuviera control sobre una institución destinada a atender a los cautivos de esa nación. Sin embargo, este hecho nos ilustra acerca de la situación real de estos cautivos en Berbería, concebidos por sus amos como objetos de cambio y rescate más que como esclavos destinados al trabajo físico, por lo que el trato que recibieran no debía de ser muy malo. En el mismo sentido se pueden explicar que los cautivos tuvieran libertad en el interior de los baños para construir capillas, tabernas, boticas o enfermerías, e incluso para realizar procesiones en las festividades de los santos que daban nombre a los recintos donde estaban presos.

La percepción tradicional de la situación de los cautivos cristianos en Berbería se forjó a través de los testimonios de los frailes redentores trinitarios y mercedarios, quienes intentaban poner de manifiesto en sus relaciones la crueldad de los infieles musulmanes para con los cristianos, a los que no sólo torturaban por cualquier razón y mantenían desnudos, aherrojados de cadenas y muertos de hambre, sino que además intentaban corromperlos, tanto sugiriéndoles que renegaran de su religión y abrazaran el Islam (sobre todo a las mujeres), como ofreciéndoles la libertad a cambio de favores sexuales ya que, según una idea muy extendida, la sodomía o “pecado nefando” era muy frecuente entre los moros y turcos.

Sin embargo, la realidad que transmiten fuentes más fidedignas, como los testimonios de algunos de los propios cautivos que pudieron regresar a su patria, parece ser más positiva; ya hemos comentado que los cautivos gozaban de cierta libertad en el interior de los baños, libertad para moverse, para ejercer libremente su religión, para adquirir bienes de consumo, etc. Volviendo de nuevo a Cervantes, su cautivo de los capítulos XXXVIII-XLI de la primera parte del Quijote decía, hablando de su prisión, que

pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos por de rescate, y aunque el hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aún casi siempre…[28].

Ello no quiere decir, sin embargo, que los maltratos físicos y psíquicos no fueran habituales, pero dependían en muchas ocasiones del carácter del rey que gobernara en esa época; para ilustrarnos esta interesante circunstancia, pueden servir como ejemplos los casos de dos reyes consecutivos de Argel en la época en la que Cervantes estuvo allí cautivo, Ramadán Bajá y Hassán Bajá, ambos renegados de origen italiano. Así, mientras Ramadán Bajá era, en palabras del doctor Antonio de Sosa

…tenido por todos por hombre justo, recto, manso y benigno, como realmente lo era, y de juicio y prudencia notable entre los turcos…[29]

Cervantes decía en el Quijote de Hassán Bajá (o Veneciano) que

“…cada día ahorcaba al suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél, y esto, por tan poca ocasión y tan sin que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano…” [30].

Por otro lado, no debemos olvidar que las circunstancias políticas podían influir igualmente en el trato dado a los cautivos; así, la tradicional enemistad de los corsarios de Argel con la Monarquía Hispánica hacía que los cautivos en esta ciudad fueran vigilados con mayor rigor y tratados más severamente que, por ejemplo, los prisioneros en Túnez o en las ciudades marroquíes. Por tanto, las condiciones de vida del cautivo dependían de factores como el sexo, la edad, el estatus socioeconómico, el carácter del propietario y el lugar de retención.

En este sentido, puede resultar interesante realizar aquí un breve análisis de la composición interna del colectivo de cautivos por edad, sexo, origen y profesión. Desgraciadamente contamos con muy pocos datos de primera mano para poder realizar este estudio; tan sólo las listas de rescatados por los frailes mercedarios y trinitarios, así como las informaciones que se desprenden de los procesos inquisitoriales contra antiguos cautivos que optaron por renegar y convertirse al Islam, nos pueden servir para aproximarnos a una realidad que debía de ser mucho más compleja, teniendo sobre todo en cuenta que el rescate benefició a una parte muy minoritaria de los cautivos cristianos en tierras del norte de África, tanto numéricamente como, y más importante, desde el punto de vista de su origen y posición social; como ya comentábamos, los “cautivos de rescate” eran fundamentalmente los militares, funcionarios y personas juzgadas por sus captores como “de calidad”, mientras que los “cautivos del almacén”, propiedad de las ciudades, tenían escasas posibilidades de ser libertados de su cautiverio mediante el pago de un rescate por la falta de recursos económicos de sus familias, y sólo una pequeña parte pudo ser rescatado mediante las mandas testamentarias para la redención de cautivos.

Teniendo en cuenta todos estos factores, hemos de decir en primer lugar que, al menos aparentemente, la cautividad fue algo que afectó mayoritariamente a los varones; así, el 92% de los cautivos rescatados entre 1570 y 1700 eran hombres[31], y ello a pesar de que mujeres y niños fueron objeto preferente de rescate por orden regia desde principios del siglo XVII, por el grandísimo peligro que corren de caer en la apostasía y el vicio[32].

A pesar de ello, parece fuera de toda duda que la mujer tuvo una presencia minoritaria en el cómputo global de cautivos y más pequeña aún en el de cautivos rescatados. La importancia de las capturas en alta mar hizo que gran parte de los cautivos fueran precisamente los tripulantes de esas embarcaciones asaltadas, en su inmensa mayoría hombres, aunque es más probable que las mujeres fueran capturadas en las razzias llevadas a cabo en las tierras costeras. Por lo tanto, su escasa presencia tanto en el número de rescates como en el de renegados que retornan a sus países de origen se puede deber con bastante probabilidad a que sus amos berberiscos tenían gran preferencia por las mujeres cristianas, a las que consideraban más sumisas y mejores “amas de casa” que las musulmanas, por lo que mostraron siempre gran resistencia a que fueran rescatadas; sólo permitían el rescate de sus esclavas cuando los redentores ofrecían altas sumas por ellas, cuando tenían algún defecto que las hacía desechables, cuando se negaban a abandonar la religión cristiana o cuando contribuían con dinero propio a su rescate. Por otra parte, muchas de ellas se convirtieron al Islam, voluntariamente u obligadas, con lo que obtuvieron la libertad y en muchos casos contrajeron matrimonio con sus propios amos, comenzando así una nueva vida totalmente distinta de la que hubieran llevado en su tierra natal.

Con respecto a las edades, las situaciones en las que se desarrollaban las capturas (asaltos en alta mar y razzias tierra adentro) contribuían a que una gran mayoría de los cautivos tuvieran edades comprendidas, aproximadamente, entre los 18 y los 40 años, es decir, las edades que tenían casi la totalidad de los soldados y marinos españoles de la época, y también de los trabajadores del campo que pudieran ser capturados en las costas. La escasa presencia de niños se explica porque muchos de ellos eran obligados a renegar por sus propietarios, y a que también eran con mucha frecuencia enviados a Turquía para ser entrenados como jenízaros, la temible elite militar otomana; se dieron incluso muchos casos en los que sus amos se negaron a rescatar a esos niños capturados, a pesar de los ofrecimientos de sus familias, porque querían convertirlos al Islam (algunos fueron circuncidados en el propio barco corsario)[33].

En cuanto a los adultos de edad más avanzada, su apresamiento debía ser menos habitual, aunque suponen un 20% del total de cautivos rescatados[34], y su rescate debía de ser menos atractivo tanto para sus familiares como para la Corona, que prefería que fueran redimidos los soldados y gente de armas en edades útiles. Por último, debemos tener en cuenta que las condiciones de vida del cautiverio no eran las más propicias para vivir muchos años, y posiblemente muy pocos cautivos llegaban a una edad avanzada.

Un aspecto directamente relacionado con las edades de los cautivos es el del tiempo que se permanecía en cautiverio; los documentos conservados que nos proporcionan información al respecto indican que la inmensa mayoría de los cautivos, más del 90%, permaneció retenida en el Norte de África entre 1 y 10 años; en torno al 5% prolongaron su cautiverio entre 11 y 20 años, mientras que apenas un 2% de los casos llegaron a la increíble cifra de más de 20 años de confinamiento[35]. Las circunstancias que explican esta distribución no son fáciles de aclarar, teniendo en cuenta sobre todo que estos datos se refieren casi en su integridad a cautivos que fueron rescatados; desconocemos, por tanto, cuánto tiempo permanecieron prisioneros aquellos individuos que, o bien murieron antes de que pudieran ser rescatados o bien renunciaron al cristianismo y abrazaron, de corazón o fingidamente, el Islam para obtener la libertad. En referencia a las personas que murieron antes de ser rescatadas, hay que tener en cuenta las circunstancias violentas en las que se producían las capturas y las malas condiciones de vida en los baños, por lo que la muerte tuvo que arrebatar la vida a un buen número de cautivos. En cuanto a los segundos, y como veremos más adelante, la larga cautividad y pocas expectativas de ser rescatados les conducían a apostar por otras vías para recuperar su libertad.

La procedencia geográfica de estos cautivos también está mediatizada por estas circunstancias, que explican que más del 80% de los rescatados por los frailes redentores fueran españoles, seguidos por menos de un 7% de italianos, casi un 5% procedentes del centro y norte de Europa y menos de un 3% de portugueses. La hegemonía española en Europa y, sobre todo, su dominio sobre gran parte de Italia, contribuyeron a un espectacular aumento del ya tradicional tráfico marítimo entre la Península ibérica y la italiana, tráfico que, consecuentemente, se convirtió en objetivo para los corsarios berberiscos. Así, muchos mercaderes, marinos y soldados españoles de viaje de ida o vuelta a Italia fueron capturados, convirtiéndose además en cautivos de rescate. Del mismo modo, las flotas que viajaban de Sevilla a las Indias fueron objetivo prioritario, como ya hemos comentado, de los corsarios de Salé, que capturaron a muchos emigrantes, comerciantes y funcionarios de la Corona.

Precisando más sobre este origen geográfico de los cautivos, debemos decir que la gran mayoría (en concreto, el 75%) procedía de las costas mediterráneas de España, Francia e Italia, apresados en las incursiones corsarias en las tierras costeras que sembraban el terror entre los habitantes de estas zonas. Ello explica también la presencia de cautivos procedentes de las costas portuguesas, gallegas, canarias, francesas e incluso de Inglaterra, que fueron objetivo de las razzias corsarias que procedían de la ciudad de Salé[36]. Por su parte, el 25% de cautivos procedentes de tierras del interior, sobre todo españolas, eran en su inmensa mayoría soldados destinados a los presidios norteafricanos o a las posesiones de Italia. Así, de los 1411 cautivos que eran nativos de tierra adentro, el 60% eran militares castellanos y andaluces; por ejemplo, el primer gran contingente de cautivos españoles en Argel (miles de soldados) procedió del fracaso de la armada que, al mando de Diego de Vera, fue enviada por el cardenal Cisneros en 1515 contra Aruch Barbarroja[37].

Para finalizar, los oficios de los cautivos también estaban en estrecha relación con el mar; así, sobre un total de 4590 cautivos de los que conocemos la profesión, el 41% eran militares, el 33% pescadores, marineros y pilotos, el 17% armadores y mercaderes, el 3% profesionales relacionados con la construcción y reparación de buques de guerra y el 1% trabajadores del campo. El 5% restante agrupa a una variadísima gama de profesiones, entre las que podemos destacar a los letrados y funcionarios de la Corona española que fueron apresados tanto en sus viajes a Italia como hacia América.

5. El fin del cautiverio: rescate, huida o conversión.

El cautiverio no era en absoluto, y a pesar de que hemos visto las pequeñas parcelas de libertad que los cautivos fueron consiguiendo con el paso de los siglos, una situación agradable para quienes tenían que padecerlo, y su objetivo fue siempre conseguir su liberación. Tradicionalmente, se ha considerado que la forma más usual para recuperar la libertad era el rescate a través de las grandes órdenes redentoras de la Trinidad y la Merced, ambas, y no por casualidad, creadas en la Corona de Aragón durante la Edad Media para liberar a los cautivos en las algaradas almohades. Sin embargo, las cifras totales así como múltiples historias individuales muestran que, aparte del rescate, existían otras formas de recuperar la libertad; así, muchos cautivos, como hemos visto precisamente en el caso del más famoso, Miguel de Cervantes, intentaron fugarse de las ciudades berberiscas en las que vivían prisioneros, pretendiendo llegar a los establecimientos españoles norteafricanos.

Además, otros muchos prisioneros optaron por la conversión al Islam, en algunos casos fingida para conseguir embarcarse en una nave corsaria y regresar a su patria en una razzia en la costa, pero en otras muchas ocasiones verdadera (aunque la inmensa mayoría de los renegados que fueron juzgados por la Inquisición lo negasen) ya que el Islam, al igual que el catolicismo en teoría, no permitía que un musulmán poseyera como esclavo a otro musulmán. Intentaremos, por tanto, acercarnos a esta realidad tan compleja y tan difícil de analizar por la escasez de documentos y testimonios.

a) El rescate de cautivos: como ya hemos comentado a lo largo de las páginas precedentes, el fin de los enfrentamientos directos entre la Monarquía de los Habsburgo y el imperio otomano favoreció a su vez el increíble crecimiento de la actividad corsaria en el Mediterráneo occidental y, consecuentemente, un aumento extraordinario del número de cautivos. En este momento, la Corona estaba más preocupada por los asuntos atlánticos (los enfrentamientos con Inglaterra y la sublevación de los Países Bajos) y empezó a considerar el frente mediterráneo como una zona secundaria de su política exterior; sin capacidad de acabar militarmente con los piratas, y con una flota escasa que impedía la protección eficaz de las costas mediterráneas, la única solución que le quedaba a los soberanos españoles era incrementar su apoyo a la redención de cautivos, de origen medieval, integrándola en el sistema polisinodal de gobierno.

Las cifras sobre los cautivos rescatados no están demasiado claras, aunque recientes investigaciones parecen haber profundizado en el tema; así, José Antonio Martínez Torres calcula en una reciente publicación, y utilizando las listas de cautivos redimidos elaboradas por los propios frailes trinitarios y mercedarios, que se rescató a un total de 6369 cautivos en las 43 redenciones efectuadas en Marruecos y Argel entre 1575 y 1692[38]. Sin embargo, el rescate tenía otra cara, el de aquellos cautivos que fueron liberados inmediatamente después de haber sido apresados en sus lugares de origen.

El procedimiento seguido por los corsarios norteafricanos consistía en, tras haber efectuado el ataque y capturado a un determinado número de personas, aproximarse de nuevo a la costa e izar la “bandera de rescate”, mostrando su intención de negociar el rescate de las personas capturadas. Ya que estas acciones no pueden ser cuantificadas, y dado que no poseemos documentación al respecto, resulta arriesgado aventurar la importancia numérica de este tipo de rescate. Contamos no obstante con algunos ejemplos de gran valor que consiguen aproximarnos en cierta medida a una realidad que debió de tener gran importancia; la incursión argelina contra Lanzarote de 1586 tuvo como resultado la captura de unos 200 cautivos, y sabemos que algunos fueron rescatados inmediatamente, aunque no conocemos el número exacto. Más datos poseemos de la razzia llevada a cabo, también en Lanzarote, en 1618: de un total de 900 personas capturadas, unas 200 fueron liberadas después de que los corsarios izaran la bandera de rescate en las mismas costas lanzaroteñas[39].

Si el cautivo no era rescatado en su lugar de origen, era llevado a la ciudad norteafricana de donde procedía la nave corsaria que le había capturado y, dependiendo de su estatus social (o del que quisieran atribuirle sus captores), podía ser considerado “cautivo de rescate”. El impacto de los ataques corsarios y de las capturas de cristianos por parte de infieles fue muy grande en España, donde a pesar de las dimensiones que alcanzó en esta etapa, no era ni mucho menos un fenómeno nuevo; las vicisitudes históricas por las que atravesó la Península Ibérica durante la Edad Media, con los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes, provocaron que la existencia de cautivos por parte de ambos bandos fuera muy habitual, existiendo además una figura, la de los llamados “alfaqueques” en Castilla y “exeas” en Aragón, que se dedicaban a negociar el intercambio de cautivos entre las partes en conflicto o bien el rescate de los cristianos[40].

Esta realidad se encuentra en el origen de las órdenes redentoras de mercedarios y trinitarios, creadas en la Corona de Aragón a principios del XIII y que realizarán las redenciones más importantes durante los siglos XVI y XVII. No obstante, al margen de las órdenes también había particulares, mercaderes o cofradías que se dedicaban al rescate de cautivos, aunque fueron perdiendo importancia a medida que la actividad de las órdenes religiosas fue perfeccionándose.

Dada la creciente magnitud del problema, la Corona decidió implicarse directamente apoyando la actividad de los agentes más eficientes en el rescate de cautivos como eran las órdenes de mercedarios y trinitarios; por ello, durante el reinado de Felipe II, y sobre todo tras la batalla de Lepanto, la Corona interviene directamente integrando en su régimen polisinodal a las redenciones de cautivos efectuadas por estas órdenes; de esta forma, eran los Consejos de Castilla y Hacienda los encargados de dar las instrucciones pertinentes a los frailes, tanto señalando las prioridades en las personas que se debían rescatar como fiscalizando el correcto uso de los fondos obtenidos para los rescates. En este sentido, es de interés saber cómo se obtenían estos fondos, en especial porque ello nos pone en contacto con el impacto que en la sociedad española causaba el fenómeno de la piratería berberisca y la existencia de cautivos cristianos en tierra de infieles.

Junto con el miedo real que los habitantes de las zonas costeras sufrían ante la posibilidad de ser atacados y capturados, las historias de personas que habían sufrido el cautiverio en lugares como Argel, Túnez o Marruecos circulaban por toda España, contando a sus habitantes las torturas, malos tratos y padecimientos a que eran sometidos por los musulmanes, y creando con ello una especial sensibilidad ante el problema, que encontraba entre sus respuestas la extensión de las donaciones de particulares y el éxito que tenían los redentores en las campañas para obtener limosnas para la liberación de cautivos.

Por supuesto, los familiares y amigos de los cautivos en el norte de África eran los más directamente afectados y, por tanto, los primeros que donaban dinero para la redención de sus seres queridos; así sucedía, por poner un ejemplo aunque corresponda al siglo XVIII, con María Flores la Colmenera, vecina de la villa de Brozas, quien en su testamento otorgado en 1701 mandaba

“…que de mis vienes se den para ayuda al rescate del dicho Juan Flores Colmenero mi hermano que está cautibo en Argel quinyentos reales de vellón…[41].

No obstante, los elevados rescates que se pedían por algunos cautivos eran difíciles de satisfacer para algunas familias que no disponían de recursos para ellos, como fue precisamente el caso de Cervantes, cuyos padres, teniendo dos hijos en Argel, no podían costear el rescate de ambos por lo que sólo pudo ser rescatado Rodrigo; por otra parte, las familias tenían que pedir préstamos o solicitar ayudas de parientes con mejor situación económica, como era el caso de Catalina de Ávila, vecina de Almodóvar del Campo (Ciudad Real), que entre 1560 y 1562 escribe reiteradamente a su hijo Gonzalo de Ávila, estante en Nueva España, pidiendo que le ayude económicamente, en especial porque necesita dinero para rescatar a otro de sus hijos que está cautivo en Argel, expresándose en los siguientes términos:

“…visto que no lo podía sustentar, Francisco de Ávila se fue a la guerra, en la cual le cautivaron y habrá (…) años que está cautivo en Argel; sabe Dios lo que siente mi corazón por no poderlo remediar. Encomiéndoslo por amor de Dios que deis algún remedio para ello…[42].

“…Vuestro hermano Francisco de Ávila está cautivo en Argel, tierra de moros; no he podido ni he hallado remedio para lo rescatar, que me piden por su rescate doscientos ducados y yo no puedo dar un real que lo cautivaron en una guerra que hizo don Martín, un caballero de Andalucía. Encomiéndoslo por caridad, porque no lo deje yo en poder de moros…[43].

“…Y sobre todas mis penas tengo cautivo en Argel a vuestro hermano Francisco Ávila, y me piden por su rescate doscientos castellanos, y yo no sé de dónde remediar un real, ni lo tengo. Por amor de Dios, que no permitáis que yo lo deje en tierra de moros, pues Dios os ha dado con qué si no que en todo me remedie, y es largo porque cada día como digo lo estoy esperando, que si dádome fuera y yo pudiera, por mi persona os lo fuera a rogar. Confío en Nuestro Señor que lo haréis mejor que yo lo pido, y a él lo encomiendo…[44].

A través de las palabras de esta mujer podemos ver, en primer lugar, cómo la pobreza está presente en el trasfondo de muchas de las historias personales de los cautivos, quienes se vieron empujados a una actividad de “riesgo” como la milicia por falta de recursos económicos, y a quienes esa misma pobreza podía privar de un rescate más o menos rápido debido a las dificultades por las que atravesaban muchas familias para reunir las cantidades necesarias para el rescate; asimismo, se percibe la angustia y desesperanza por las que pasaban aquellas personas próximas a los cautivos, que se veían imposibilitadas para librar a sus parientes de ese trance tan amargo. Algo parecido debían de sentir la madre y la hermana de Cervantes, Leonor de Cortinas y Andrea de Cervantes cuando, para poder reunir los 500 escudos que pedían por el rescate de Miguel, tuvieron que pedir licencia para llevar a Argel 2000 ducados en mercancías cuyo beneficio sirviese para dicho rescate[45].

Junto con los adjutorios, que eran las limosnas que entregaban los familiares de una persona en particular para su rescate, los frailes redentoristas recibían donaciones a través de otras vías; así, en cualquier testamento una de las llamadas “mandas forzosas”, de obligatorio cumplimiento para todo aquel que testaba, era la dirigida a la redención de cautivos, a cuya cantidad fija se podía agregar más dinero en función de la voluntad del testador; así lo hicieron por ejemplo los reyes y miembros de su familia, como Felipe II y Felipe III, que donaron cada uno 30000 ducados, o Felipe IV y Carlos II que donaron 2000 ducados[46]. Pero también gente más humilde, como la liberta Catalina Rodríguez, vecina de Llerena, que en 1590 dedicaba en su testamento a las mandas forzosas cinco maravedís, pero añadía expresamente para la redención de cautivos dos reales de su escaso patrimonio[47].

Por último, las órdenes tenían otros medios de financiación como el dinero aportado por el Consejo de Cruzada, las órdenes militares[48], el Consejo de Castilla, por algunos concejos especialmente afectados por el problema, como el de las ciudades costeras andaluzas o canarias, además de las rentas obtenidas de los bienes pertenecientes a las fundaciones y obras pías de particulares destinadas para tal fin. A estos fondos podían acceder también personas particulares, como los casos del licenciado Alonso López Caballero, que en 1631 pedía a los patronos del patronato de García de Cárdenas un dinero para el rescate de Sebastián de Lima, vecino de Tarifa, siéndole concedidos 500 ducados[49], o el de Juan Fernández, vecino de Granada, cuyo hijo Luis Hernández

“…fue cautibo por los moros en la jornada que el conde de Alcaudete hizo en África el año pasado de myll e quinientos e çinquenta y ocho, y al presente lo está en Arjel, y porque no tiene con que le rescatar nos suplicó y pidió por merced que de la renta de los habiçes de las Alpuxarras deste reyno que están dedicadas para rescate de catibos y otras obras pías le hiziésemos alguna merced y limosna…

dándosele, en 1561, 50 ducados[50].

Tras haberse conseguido los fondos necesarios, se iniciaba el proceso que culminaría con el rescate de los cautivos. A partir de ese momento los contactos entre los frailes y la Corona eran continuos, porque a través de ellos se debían obtener los permisos que permitieran a los frailes actuar en tierras norteafricanas con seguridad; con el salvoconducto en poder de los redentoristas, y antes de dirigirse hacia los puertos de donde partirían hacia tierras africanas, se realizaba una gran procesión en Madrid, donde se ubicaban los conventos principales tanto de mercedarios como de trinitarios, y a la que asistían los personajes más importantes tanto del gobierno de la Monarquía como del concejo de la villa. Tras esto se encaminaban hacia los puertos, preferentemente los de Cartagena, Alicante y Valencia para ir a Berbería, o Cádiz y Gibraltar para llegar a Marruecos.

Una vez que llegaban los redentores a África, comenzaba el proceso de redención como tal; después de dejar el dinero de los rescates en un lugar seguro, comenzaban los contactos entre los frailes y las autoridades musulmanas para determinar quiénes iban a ser rescatados y por qué cantidad; las negociaciones eran complicadas porque las prioridades dispuestas por la Corona, al principio para rescatar los soldados y más adelante a mujeres y niños, chocaban con los intereses de los amos de este tipo de cautivos, que ponían grandes trabas para desprenderse de ellos.

Llegados a este punto debemos hablar del precio de los cautivos; teniendo en cuenta que las cantidades medias pagadas por los rescates oscilaron siempre entre los 1000 y los 2000 reales, hemos de considerar grandes diferencias dependiendo del sexo, la edad o el estatus social del prisionero. Así, la preferencia mostrada por los berberiscos hacia las mujeres y los niños, por las razones expuestas anteriormente, provocó que cuando individuos de estos grupos fueran rescatados los precios pagados por dicho rescate se elevaran considerablemente, llegando a multiplicar por dos, tres y hasta por seis veces las cantidades abonadas por un cautivo “normal”.

Algo parecido sucedía en el caso de los militares, por quienes sus amos solían pedir cantidades desorbitadas, mayores cuanto más importante fuera el grado alcanzado por el individuo en la milicia; fue éste el caso de Cervantes, que confundido por su amo con un personaje importante, fue redimido por la suma de 500 escudos (casi 6000 reales). Por último, los precios más altos solían ser pagados por el rescate de los funcionarios de la Monarquía, apresados en muchas ocasiones junto con sus familias cuando se dirigían a sus destinos en Italia o América, y por cuyos rescates se reclamaban sumas considerables. Como ejemplo podemos referir el caso acontecido en el verano de 1663, cuando los corsarios argelinos capturaron uno de los barcos de la flota de Indias, que estaba bajo el mando del capitán Juan de Villalobos. En él iban un gran número de personajes importantes, miembros de los Consejos Reales y de acaudaladas familias castellanas y andaluzas que se dirigían a Indias, entre los que se encontraba don Pedro de Carvajal y Vargas, vecino de Trujillo, del Consejo de Castilla y oidor de la Audiencia de Santo Domingo, quien viajaba con su esposa. Un año después la propia Corona se implicó directamente en el rescate de estas personas, disponiendo del dinero de las limosnas enviadas desde Indias como parte de las elevadas cantidades exigidas: por el capitán Juan de Villalobos 24000 reales y por Pedro de Carvajal y su esposa 28000 por cada una[51].

Una vez terminadas las negociaciones, los frailes embarcaban, no siempre con facilidades, con los rescatados de regreso a España; de camino hacia Madrid, donde se daba por concluida la redención, se celebraban procesiones en acción de gracias en las principales ciudades por donde pasaba la comitiva, la más importante de las cuales era la que se celebraba en la capital del reino. A partir de entonces los cautivos podían volver a sus lugares de origen y recuperar, si podían, su antigua vida, aunque muchos de ellos, al haber perdido todos los lazos que les unían con su pasado, optaban por comenzar una nueva etapa en su existencia.

A pesar de que los rescates se convirtieron en la forma más habitual y eficaz de conseguir la liberación de los cautivos, hubo voces críticas frente a este sistema, ya que consideraban que fomentaba las agresiones corsarias para la obtención de cautivos, más que acabar con ellas[52], puesto que, como ya hemos mencionado, el rescate de cautivos era una de los recursos económicos fundamentales de las ciudades norteafricanas.

Como ya hemos explicado antes, existían distintos tipos de cautivos, y los beneficiados por las redenciones solían ser, mayoritariamente, los llamados “cautivos del rey”, con la excepción de algunos casos específicos cuyos rescates eran encomendados directamente por sus familiares. Pero quedaban otros muchos cautivos, en realidad la gran mayoría, que tenían menos posibilidades de conseguir la libertad y, por tanto, debían recurrir a otras vías; este es el caso de los cautivos “cortados”, quienes acordaban con sus propietarios el precio de su propia libertad, que iban pagando gradualmente con el dinero que obtenían trabajando por su cuenta, para lo cual sus amos les concedían cierta libertad de movimientos[53]. Una vez liberados, pasaban a denominarse cautivos “francos” o “de puertas”, ya que habitualmente no disponían de medios para regresar a su lugar de nacimiento y tenían que esperar a la llegada de un navío mercante o de la redención de cautivos para poder embarcarse y volver a España.

b) La huída: otra alternativa que podían emplear estos cautivos para recuperar la libertad era la huída, empresa muy arriesgada y con muy pocas posibilidades de éxito, como sucedió por ejemplo en el caso de los intentos de fuga de Cervantes. Más fortuna tuvo el cautivo que nos describe en el capítulo XL de la primera parte del Quijote, que consiguió llegar a España con la ayuda de otros cautivos y de una mora. Aunque la historia de este cautivo sea ficticia, no cabe duda de que este episodio esconde un importante trasfondo de verdad, y que algunos cristianos lograron escapar de su cautiverio, llegando tras varios días de marcha a las posesiones españolas de Orán o Larache. Es el caso de Miguel Valenciano o del Castillo, vecino de la ciudad de Málaga, que habiendo salido al mar como corsario tuvo la mala fortuna de ser capturado por un “colega” argelino, convirtiéndose en Argel en esclavo de un renegado que no consentía en rescatarle, entre otros motivos porque conociendo su condición de corsario y el daño que les había hecho no estaba dispuesto a dejarle libre para permitirle que volviera a ejercer su actividad. Vistas las circunstancias, y sin otra alternativa, emprendió la huída y consiguió llegar a Orán, desde donde regresó a Málaga en 1556[54]. Otros, como el cautivo cervantino Ruy Pérez de Viedma, consiguieron escapar de su cautiverio por mar, y el propio Cervantes utilizó ese método aunque sin éxito. La huída por tierra solía ser una empresa acometida individualmente, mientras que las intentonas por vía marítima requerían la participación de varios cautivos y la colaboración de personas libres, cristianos o no.

c) El caso de los renegados: para finalizar, la apostasía fue un medio adoptado por muchos otros cautivos en la esperanza de mejorar su situación o, si creemos los testimonios de algunos de estos renegados que volvieron a su país, simplemente una estratagema con la que engañar a sus antiguos amos y tener mayores posibilidades de volver a sus hogares. Normalmente, los musulmanes respetaban la religión de sus cautivos, aunque sólo fuera por un interés económico, puesto que si renegaban se convertían automáticamente en personas libres y ya no podían ser rescatados. Esta situación contrastaba con la de los esclavos musulmanes en España, donde los amos, al margen de las prestaciones que pudieran obtener de sus cautivos mahometanos, justificaban la esclavización de los “enemigos de la fe” bajo consideraciones religiosas, ya que el fin último de someterlos a esta condición era conseguir que se convirtieran al cristianismo. Sin embargo, existía una diferencia radical con el modo de proceder de sus homólogos musulmanes, pues la conversión de los esclavos no llevaba pareja la libertad[55].

Como ya indicábamos anteriormente, los norteafricanos permitían la existencia de capillas y la práctica religiosa en el interior de los baños; pero esta tolerancia no se ejercía en todos los casos, puesto que, bien movidos por razones afectivas como las que podían sentir algunos propietarios hacia sus cautivos, sobre todo en el caso de niños y mujeres, bien por razones utilitarias, como sucedía ante la necesidad de reclutar soldados o disponer de personas conocedoras de oficios o habilidades que les eran provechosas, tales como constructores de barcos, artilleros, médicos, etc., intentaban atraerlos a su fe de grado o a la fuerza.

Lo cierto es que el cautivo que renegaba de su fe con el simple acto de pronunciar la “bismillah” o confesión de fe musulmana se convertía automáticamente en una persona libre, lo cual hizo que muchas de esas conversiones fueran fingidas; en los archivos inquisitoriales hay miles de expedientes de personas que aseguran que el acto de renegar del cristianismo sólo tuvo como propósito conseguir la libertad de movimientos que les permitiera planificar su huída y regreso a tierras cristianas. Otros afirman que lo hicieron atraídos por las mejores condiciones de vida de los musulmanes pero que, en el fondo de sus corazones, siguieron siendo fieles a la fe de sus padres; entre estos figuraban los llamados por los musulmanes “bienvenidos”, que solían ser soldados destinados en los presidios españoles en el norte de África que desertaban y se pasaban espontáneamente al Islam. Para estas personas que soportaban en el ejercicio de sus funciones unas condiciones de vida durísimas, abandonados por sus superiores, sin recibir sus pagas y carentes muchas veces de ropa y comida, la conversión se les presentaba como la única posibilidad de alcanzar una vida más digna y salir de la miseria en la que se hallaban. También es cierto que muchos de ellos se arrepentían pronto y decidían regresar a España a la primera ocasión que se les presentara, incluso enrolados en acciones corsarias.

Sin embargo, parece fuera de toda duda que muchas de estas conversiones al Islam se producían cuando el cautivo perdía la esperanza de ser rescatado y, por tanto, veía como único futuro posible la esclavitud hasta el fin de sus días. De hecho, los datos obtenidos por Bartolomé y Lucile Bennasar[56] muestran que la posición social influyó de manera decisiva en que el cautivo se convirtiera en renegado; mientras nobles, clérigos y militares de alta graduación eran habitualmente bien tratados porque se esperaba recaudar un gran rescate por ellos, marineros, campesinos, mujeres y niños (estos obligados a renegar) se enfrentaban a la disyuntiva de permanecer esclavos el resto de su vida o convertirse al Islam y recuperar así la libertad, además de tener la posibilidad de prosperar como corsarios ejerciendo la piratería contra sus antiguos correligionarios. Si tenemos en cuenta que un posible regreso (casi siempre forzoso) a tierras cristianas daba paso ineludiblemente a caer en manos de la maquinaria inquisitorial y a enfrentarse a penas como la de muerte o la condena perpetua a galeras, entendemos aún mejor el grado de desesperación al que tuvieron que llegar estos individuos para abandonar la religión de sus padres con tal de conservar la libertad.

5. Conclusiones.

El amplio dominio territorial y político que consiguió la llamada Monarquía Hispánica durante los siglos XVI y XVII tuvo profundas consecuencias para sus habitantes, siendo una de las más graves la masiva presencia de cautivos cristianos en las ciudades corsarias de la Berbería; una vez superado el momento álgido del enfrentamiento entre españoles y turcos, justo después de la batalla de Lepanto, se inicia la edad de oro de los piratas berberiscos, que llevan a cabo sus acciones no sólo por el Mediterráneo occidental sino que se extienden por toda la fachada atlántica europea, desde las Canarias hasta las islas Británicas.

Como consecuencia de estas acciones piráticas, muchos españoles fueron capturados, en el mar o en su propia tierra, y llevados como cautivos a Argel, Túnez o Salé; en ese momento, su posición social y económica determinaban su destino: los miembros de la nobleza, del clero o del ejército obtenían un trato bastante considerado, ya que el propósito de su cautiverio era obtener un alto precio por su rescate. Si el cautivo era un trabajador del campo, un marinero o un pescador, las esperanzas de regresar a su patria disminuían considerablemente, y debían fiarlas a la escasa capacidad económica de sus familias o a las limosnas y donaciones dadas por personas piadosas. Por último, mujeres y niños apenas tenían posibilidades de rescate, en el primer caso por la manifiesta preferencia de los musulmanes por las mujeres cristianas, y en el segundo porque eran obligados a renegar nada más ser capturados y eran habitualmente destinados a las compañías de jenízaros.

La Corona, sin embargo, no abandonó a su suerte a estos cautivos; incapaz de acabar con los piratas por la fuerza, decidió dar todo su apoyo a la labor de las órdenes redentoristas, mercedarios y trinitarios, para conseguir la liberación del mayor número posible de españoles capturados. Desde luego, los rescatados mediante esta vía fueron un escaso porcentaje del total de cautivos, y muchos de éstos optaron por la huída o, incluso, por su conversión al Islam para recuperar así la libertad. Es irónico, por tanto, que la Monarquía que se proclamaba Católica y defensora de la fe, permitiera con tanta frecuencia la incorporación de nuevos fieles a su gran enemigo, la religión islámica.

Al margen de la actuación de la monarquía, es indudable que el problema del cautiverio tenía un gran impacto en la sociedad española; por un lado, las zonas costeras, más susceptibles de ser atacadas por los piratas, vivían en el temor de convertirse en esclavos de los temidos corsarios berberiscos, miedo que no conseguían atenuar las medidas defensivas adoptadas por las autoridades (construcción de torres vigía, acantonamiento de tropas, proyectos para crear una flota poderosa en el Mediterráneo…). En el interior, se sabía que nadie estaba exento de poder convertirse en un cautivo, y eran muchas las familias que tenían parientes dedicados a la milicia o que buscaban su vida en Indias que podían ser capturados; por tanto, este problema despertaba las conciencias y activaba la caridad cristiana para poder remediar la situación de aquellos que padecían el cautiverio en poder de los infieles a través de donaciones y limosnas.

6. Fuentes y bibliografía.

  1. Fuentes inéditas:
    • Archivo de la Real Chancillería de Granada:
    • Legajo 721, pieza 1; legajo 1857, pieza 10; legajo 2236, pieza 5.
    • Archivo Histórico Provincial de Cáceres:
    • Protocolos notariales, legajos 2630 y 4427.
    • Archivo Histórico Municipal de Llerena:
    • Protocolos notariales, legajo 13.
    • Archivo Parroquial de Llerena:
    • Parroquia de Santiago, libro de bautizados I (1530-1553).
  2. Fuentes impresas y bibliografía:
    • ANAYA HERNÁNDEZ, L. A.: “Repercusiones del corso berberisco en Canarias durante el siglo XVII: cautivos y renegados canarios” en MORALES PADRÓN, F. (coord…): V Coloquio de Historia canario-americana, Las Palmas de Gran Canaria, 1985, pp. 125-177.
    • BENNASSAR, B. y L.: Los cristianos de Alá. La fascinante aventura de los renegados, Madrid, 1989.
    • BONAFFINI, G.: Sicilia e Tunisia nel secolo XVII, Ila-palma, 1984.
    • BONO, S.: Corsari nel Mediterráneo. Cristiani e musulmani fra guerra, schiavitú e commercio, Milán, 1993.
    • BRAVO CARO, J. J.: “El municipio de Málaga y la toma de Túnez (1535). Los esclavos como botín de guerra”, en El Mediterráneo: hechos de relevancia histórico-militar ay sus repercusiones en España. V Jornadas de Historia Militar, Sevilla, 1997, pp. 431-448.
    • Captius i esclaus a l´antiguitat i al Món modern, Actes del XIX Colloqui internacional del GIREA, Nápoles, 1996.
    • CERVANTES SAAVEDRA, M. de: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, 2004.
    • CERVANTES SAAVEDRA, M. (ed. de P. Torres Lanzas): Información de Miguel de Cervantes de lo que ha servido a S. M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel, y por la certificación que aquí presenta del duque de Sesa se verá cómo cuando le captivaron se le perdieron otras muchas informaciones, fees y recados que tenía de lo que había servido a S. M., Madrid, 1981.
    • CONTRERAS, A. de: Discurso de mi vida, Madrid, 2004.
    • CORTÉS ALONSO, V.: La esclavitud en Valencia durante el reinado de los Reyes Católicos, Valencia, 1964.
    • DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Historia de España Alfaguara, III, Madrid, 1983.
    • DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: La esclavitud en Castilla en la Edad Moderna y otros estudios de marginados, Granada, 2003.
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    • LADERO QUESADA, M. A.: “La esclavitud por guerra a finales del siglo XV: el caso de Málaga”, Hispania, 105, Madrid, 1967, pp. 63-88.
    • Las Siete Partidas del sabio Rey don Alonso el Nono, nuevamente glosadas por el licenciado Gregorio López, del Consejo Real de Indias, impreso en Salamanca por Andrea de Portonaris, impresor de Su Majestad, años de MDLV, Madrid, 1974.
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    • LOBO CABRERA, M.: “Rescates canarios en la costa de Berbería”, en Relaciones de la Península Ibérica con el Magreb (siglos XIII-XVI), Madrid, 1988, pp. 591-620.
    • MARTÍNEZ TORRES, J. A.: Prisioneros de los infieles. Vida y rescate de los cautivos cristianos en el Mediterráneo musulmán (siglos XVI-XVII), Madrid, 2004.
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    • SÁNCHEZ RUBIO, R. Y TESTÓN NÚÑEZ, I.: El hilo que une: las relaciones epistolares entre el Viejo y el Nuevo Mundo (siglos XVI-XVII), Badajoz, 1999.
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    • SOSA, A. de: Diálogo de los mártires de Argel (edición de E. Sola y J. F. Parreño), Madrid, 1990.
    • SOSA, A. de (editado por Diego de Haedo): Topographia e historia general de Argel, Madrid, 1927.

NOTAS:

[1] DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Historia de España Alfaguara, III, Madrid, 1983, pp. 240-317.

[2] Aunque sean más conocidas las actividades piráticas de los corsarios, también es cierto que los españoles realizaban acciones similares en el norte de África. Así son recurrentes a principios del siglo XVI las cabalgadas que los habitantes de las islas Canarias realizaban a las cercanas costas africanas: LOBO CABRERA, M.:La esclavitud en las Canarias orientales en el siglo XVI (negros, moros y moriscos), Santa Cruz de Tenerife, 1982. Asimismo, los esclavos musulmanes obtenidos en ataques piratas o en las propias costas africanas eran los más habituales en los territorios de la corona de Aragón: Captius i esclaus a l´antiguitat i al Món modern, Actes del XIX Colloqui internacional del GIREA, Nápoles, 1996; CORTÉS ALONSO, V.: La esclavitud en Valencia durante el reinado de los Reyes Católicos, Valencia, 1964; GRAULLERA SANZ, V.: La esclavitud en valencia en los siglos XVI y XVII, Valencia, 1978; KAMEN, H.: “Mediterranean slavery in its last phase: the case of Valencia, 1660-1700”, Anuario de Historia Económica y Social, tomo III, Madrid, 1970, pp. 211-234.

[3] Para conocer el impacto de las acciones corsarias berberiscas en otros países europeos, se pueden consultar, para Italia, las obras de Bonaffini y Bono (BONAFFINI, G.: Sicilia E Tunisia nel secolo XVII, Ila-palma, 1984; BONO, S.: Corsari nel Mediterráneo. Cristiani e musulmani fra guerra, schiavitú e commercio, Milán, 1993) o, en el caso portugués, el trabajo de Isabel Mendes Drumond Braga (MENDES DRUMOND BRAGA, I. M. R.: Entre a Cristiandade e o Islao (seculos XV-XVII). Cativos e Renegados nas Franjas de duas Sociedades em Confronto, Ceuta, 1998).

[4] CERVANTES SAAVEDRA, M.: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, Parte II, capítulo LVIII, p. 636.

[5] CERVANTES SAAVEDRA, M., El Ingenioso…, op. cit., parte II, prólogo, p. 369.

[6] SOSA, A. De: Diálogo de los mártires de Argel (edición de E. Sola y J. F. Parreño), Madrid, 1990, p. 285 y ss.

[7] CERVANTES SAAVEDRA, M. (ed. de P. Torres Lanzas): Información de Miguel de Cervantes de lo que ha servido a S. M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel, y por la certificación que aquí presenta del duque de Sesa se verá cómo cuando le captivaron se le perdieron otras muchas informaciones, fees y recados que tenía de lo que había servido a S. M., Madrid, 1981, p. 53.

[8] Ibídem, p. 54.

[9] Archivo Histórico Nacional, Códices, lib. 120 B, fol. 32 (cit. en FRIEDMAN, E. G.: Spanish Captives in North Africa in the Early Modern Age, Madison, 1983, pp. 119-120).

[10] Archivo Histórico Nacional, Códices, lib. 118 B, fol. 157-158. (cit en FRIEDMAN, E. G, op. cit., pp. 149-150).

[11] Aparte del relato del cautivo en el Quijote, Cervantes recuerda sus vivencias en otras dos obras, en este caso teatrales: “El trato de Argel” (1587) y “Los baños de Argel” (1615).

[12] Las Siete Partidas del sabio Rey don Alonso el Nono, nuevamente glosadas por el licenciado Gregorio López, del Consejo Real de Indias, impreso en Salamanca por Andrea de Portonaris, impresor de Su Majestad, año de MDLV, Madrid, 1974, Partida Segunda, Título XXIX. De los captivos e de las sus cosas, e de los lugares que caen captivos, en poder de los enemigos, ley 1.

[13] Ibídem.

[14] La contrapartida de estas acciones fueron las que finalizaron con victorias favorables para los cristianos, que se traducían en la captura de esclavos musulmanes que eran llevados a España; así sucedió, por ejemplo, tras la conquista de Túnez por Carlos V en 1535, como se aprecia en Málaga (BRAVO CARO, J. J.: “El municipio de Málaga y la toma de Túnez (1535). Los esclavos como botín de guerra”, en El Mediterráneo, hechos de relevancia histórico-militar y sus repercusiones en España. V Jornadas Nacionales de Historia Militar, Sevilla, 1997, pp. 431-448). Pero no sólo las zonas costeras se beneficiaron de la llegada de estos esclavos, sino que algunos pueden localizarse en el interior; así, en 1537 encontramos entre las inscripciones bautismales de la parroquia de Santiago en Llerena la siguiente: “miércoles, veinte y çinco días del mes de julio, día de Santiago, bautizó el cura un esclavo del conde don Alonso de Cárdenas de los de Túnez, el cual se llamó Cristóbal…”. Archivo Parroquial de Llerena, parroquia de Santiago, libro de bautizados I (1530-1553), folio 29.

[15] MARTÍNEZ TORRES, J. A.: Prisioneros de los infieles. Vida y rescate de los cautivos cristianos en el Mediterráneo musulmán (siglos XVI-XVII), Madrid, 2004, p. 142.

[16] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., pp. 61-62.

[17] BENNASSAR, B. y L.: Los cristianos de Alá. La fascinante aventura de los renegados, Madrid, 1989, p. 231.

[18] FRIEDMAN, E. G., op. cit., pp. 3-32.

[19] Un contemporáneo de estos hechos, el capitán Alonso de Contreras, cuyo oficio le llevó a todos aquellos lugares donde la Monarquía tenía intereses, nos refiere en sus memorias la importancia que tenía Salé: “Tres leguas en la misma costa hay un lugar que llaman Zalé, con una fortaleza muy buena, que son de ella dueños los moriscos andaluces, y hay un riachuelo, que no caben sino bajelillos chicos, como tartanas y pataches, y con ellos nos destruyen la costa de España, y no hay año que no entren en este Zalé más de quinientos esclavos, tomados en bajeles de la costa nuestra, que vienen de las Indias, y de las Terceras y Canarias, y del Brasil y Fernambuco, y, en acabando de hacer la presa, en una noche están en casa; y la hacen en la costa de Portugal, en día y noche.” CONTRERAS, A. de: Discurso de mi vida, Madrid, 2004, capítulo XIV, “Cómo socorrí la fuerza de la Mámora y otros sucesos”, pp. 102-103.

[20] BENNASSAR, B. y L., op. cit., pp. 231-232.

[21] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., p. 61.

[22] ANAYA HERNÁNDEZ, L. A.: “repercusiones del corso berberisco en Canarias durante el siglo XVII: cautivos y renegados canarios” en MORALES PADRÓN, F. (coord…): V Coloquio de Historia Canario-americana, Las Palmas de Gran Canaria, 1985, pp. 125-177; LOBO CABRERA, M.: “Rescates canarios en la costa de Berbería”, en Relaciones de la Península Ibérica con el Magreb (siglos XIII-XVI), Madrid, 1988, pp. 591-620.

[23] FRIEDMAN, E. G., op. cit., p. 7.

[24] Archivo General de Simancas, Estado, legajo 495, 25 de julio de 1614 (cit. en FRIEDMAN, E. G., op. cit., p. XVII).

[25] CERVANTES SAAVEDRA, M. de, El Ingenioso…, op. cit., parte I, capítulo XL, p. 283.

[26] En Marruecos estos mismos lugares donde se “alojaban” los cautivos eran llamados sagenas; aunque diferían en su planta con respecto a los baños, contaban con servicios similares: FRIEDMAN, E. G., op. cit., p. 62; MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., p. 65.

[27] Cervantes describe perfectamente esta situación cuando narra que “…en los baños… encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey como de algunos particulares, y no los que llaman “del almacén”, que es como decir “cautivos del Concejo”, que sirven a la ciudad en las obras públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad; que, como son del común y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan…”: CERVANTES SAAVEDRA, M., El ingenioso… op. cit., parte I, capítulo XL, p. 283.

[28] CERVANTES SAAVEDRA, M., El ingenioso… op. cit., parte I, capítulo XL, p. 284.

[29] SOSA, A. DE (editado por Diego de Haedo): Topographia e historia general de Argel, Madrid, 1927, tomo 1, p. 374.

[30] CERVANTES SAAVEDRA, M., El ingenioso… op. cit., parte I, capítulo XL, p. 284.

[31] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., p. 129.

[32] Este comportamiento, sin embargo, no se aplicó en los momentos inmediatamente posteriores a la batalla de Lepanto, justo antes de las treguas entre Felipe II y el sultán otomano, cuando se prefería el rescate de varones jóvenes porque se pensaba que “…así se les quitan las personas para el remo y para los trabaxos de obras y murallas y los demás oficios, y no se saque ningún muchacho de ocho años arriba hasta diez y ocho porque todos sin faltar ninguno van de mala gana…, y tampoco se debe sacar ninguna muger sino fuere muy conocida porque todas van como los muchachos y les hacen sin faltar ninguna cometer pecado nefando y lo demás en gran soltura”: MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., pp. 129-130.

[33] BENNASSAR, B. y L., op. cit., pp. 309-311.

[34] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., p. 135.

[35] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., pp. 145-147.

[36] Según las fuentes de la época, las incursiones de los corsarios de Salé en todo el Atlántico Norte fueron temidas, desde las Islas Canarias hasta el Norte de Europa, llegando incluso a atacar en 1627 Reykiavik, capital de Islandia, y apresando a varios cientos de sus habitantes: SÁNCHEZ PÉREZ, A.: “Los moriscos de Hornachos. Corsarios de Salé”, Revista de Estudios Extremeños, XX, nº I, 1984, pp. 129-143.

[37] SOLA, E. y DE LA PEÑA, J. F.: Cervantes y la Berbería. Cervantes, mundo turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II, Madrid, 1995, p. 17.

[38] MARTÍNEZ TORRES, J. A.: Prisioneros de los infieles. Vida y rescate de los cautivos cristianos en el Mediterráneo musulmán (siglos XVI-XVII), Madrid, 2004.

[39] ANAYA HERNÁNDEZ, L. A.: “La invasión de 1618 en Lanzarote y sus repercusiones socio-económicas”, en VI Coloquio de Historia canario-americana, Las Palmas de Gran Canaria, 1984.

[40] Señala Miguel Ángel Ladero Quesada la importancia en concreto la importancia de los alfaqueques o alhaqueques durante la Reconquista, cuyas funciones estaban reguladas por las Partidas: LADERO QUESADA, M. A.: “La esclavitud por guerra a finales del siglo XV: el caso de Málaga”, Hispania, 105, Madrid, 1967, pp. 65-66.

[41] Archivo Histórico Provincial de Cáceres, sec. Protocolos, legajo 2630 (Alonso de Vargas), año 1701, s/f.

[42] SÁNCHEZ RUBIO, R. Y TESTÓN NÚÑEZ, I.: El hilo que une: las relaciones epistolares entre el Viejo y el Nuevo Mundo (siglos XVI-XVII), Badajoz, 1999, carta 6, pp. 47-48.

[43] Ibídem, carta 8, pp. 51-52.

[44] Ibídem, carta 9, pp. 53-54.

[45] CERVANTES SAAVEDRA, M., Información…, op. cit., p. 43.

[46] MARTÍNEZ TORRES, J. A., op. cit., p. 96.

[47] Archivo Histórico Municipal de Llerena, Protocolos notariales, legajo 13, folios 474-477.

[48] En este caso, las donaciones sólo podían ser empleadas en el rescate de personas originarias de lugares bajo la jurisdicción de dichas órdenes militares.

[49] Archivo de la Real Chancillería de Granada, legajo 721, pieza 1.

[50] Archivo de la Real Chancillería de Granada, legajo 2236, pieza 5. En el mismo legajo se pueden ver peticiones similares en las piezas, 4, 6, 7, 8, 9 y 27.

[51] FRIEDMAN, E. G., op. cit., p. 148.

[52] FRIEDMAN, E. G., op. cit., pp. 31-32.

[53] En las ciudades españolas, sobre todo en Sevilla, existía un gran número de esclavos en una situación similar, algunos de origen musulmán pero también procedentes del África subsahariana; DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: “La esclavitud en Castilla durante la Edad Moderna” en La esclavitud en Castilla durante la Edad Moderna y otros estudios de marginados, Granada, 2003.

[54] Archivo de la Real Chancillería de Granada, legajo 1857, pieza 10.

[55] Podemos poner el caso de Manuel, esclavo “de nazión turco”, natural de Argel, del que su dueño, don Diego José de Carvajal Figueroa, caballero de Alcántara y vecino de Cáceres, señala que “…después que está en mi casa se ha vuelto cristiano y bautizado…”. Sin embargo, el hecho de que se haya convertido no es suficiente para obtener la libertad, ya que Manuel ha de pagar por ello 1500 reales “…que ha juntado de limosnas…”. Archivo Histórico Provincial de Cáceres, Protocolos Notariales, legajo 4427, folios 600-601, 12 de septiembre de 1630.

[56] BENNASSAR, B. y L., op. cit., pp. 405-410.

Oct 012004
 

Rocío Periáñez Gómez.

Durante la Edad Moderna, diversas circunstancias favorecieron la revitalización del fenómeno esclavista, que alcanzó su máxima expresión en tierras americanas, aunque la Península Ibérica no fue ajena a la extensión de la institución. Sin embargo, resulta difícil conocer lo que en términos numéricos representó la población esclava en territorio peninsular durante todo ese periodo dado que los esclavos no estuvieron repartidos de forma homogénea en ese espacio ni a lo largo del tiempo. Los investigadores, ante la falta de estudios que permitan concretar cifras, raramente se aventuran a ofrecer números, y sólo se han hecho estimaciones para el siglo XVI, época de mayor presencia de esclavos, considerando que en algunos lugares éstos llegaron a alcanzar una significativa proporción respecto a la población total y en otros sitios apenas tuvieron representatividad, estimándose los efectivos esclavos entre los 50.000 y los 100.000 individuos[1]. A pesar de que aún queda mucho por conocer acerca de la esclavitud en la España del periodo Moderno, la mayoría de los autores coinciden en distinguir tres tiempos en su desarrollo[2]:

· Uno de auge, que se adscribe al siglo XVI, pues se dan entonces condiciones propicias que posibilitan el incremento del número de esclavos – la Guerra de Granada, que supondrá la esclavización de los moriscos rebeldes, las victorias militares en el Mediterráneo en las que se cautivará a numerosos musulmanes y la anexión de Portugal a la Corona castellana, que se traducirá en el aumento de la entrada de esclavos negros a través de los traficantes portugueses-.

· El periodo de decadencia en el XVII, manifestándose especialmente este receso a partir de la segunda mitad de siglo, lo cual estará íntimamente relacionado con las vicisitudes económicas y políticas que atraviesa la monarquía Hispánica en esos momentos – la Guerra de Restauración portuguesa afectará al abastecimiento de esclavos y la crisis económica, junto a la situación bélica, no favorecerá en absoluto el comercio de productos lujo como eran los esclavos-.

· El ocaso definitivo de la institución en el siglo XVIII, en el que como muy acertadamente exponía el profesor Domínguez Ortiz en un artículo pionero sobre la esclavitud castellana se debió a diversos factores: las dificultades en la reproducción de los esclavos en cautividad, facilidades para su acceso a la libertad, problemas para el abastecimiento de la mercancía y en consecuencia el encarecimiento de su precio a lo que se añaden algunas medidas restrictivas de la Corona[3]; sin embargo, este declive será anterior a la abolición definitiva de la esclavitud que no tendrá lugar hasta bien entrado el siglo XIX.

Aunque los trabajos acerca de la esclavitud son cada vez más numerosos y más diversificados en cuanto a cronología, espacios y fuentes utilizadas, es también cierto que los investigadores suelen interesarse más por el momento de apogeo del fenómeno, quizás por existir una mayor abundancia de documentación que facilita su estudio, que por su etapa de crisis. No obstante, creemos que para tener una visión completa de lo que supuso la esclavitud en nuestro país es necesario conocer cómo se produce su decadencia y de igual modo que se buscan las causas que tratan de explicar la extensión de la esclavitud en el siglo XVI, intentar conocer los motivos que determinan la recesión y su desaparición en los siglos XVII y XVIII.

Hace algunos años, un trabajo presentado en estos Coloquios mostraba cómo era el fenómeno esclavista en el Trujillo del siglo XVI[4]. Ahora, pretendemos completar ese estudio abordando el desarrollo de la esclavitud en la misma población durante el siglo XVII utilizando la información que nos proporcionan los más de doscientos documentos, principalmente escrituras de venta, pero también poderes para capturar esclavos huidos, liberaciones, testamentos, inventarios… que hemos localizado en los protocolos notariales de la ciudad de ese periodo. Hay que precisar, no obstante, que la mayor parte de la documentación pertenece a la primera mitad del siglo, pues prácticamente a partir de 1640, las escrituras donde aparecen esclavos son muy escasas. Las noticias que nos ofrecen las fuentes nos permiten reconstruir cómo era la práctica esclavista en la ciudad, las formas de adquisición de esclavos, las relaciones con los amos, las manifestaciones de rebeldía, la concesión de libertades…

Del siglo XVI al XVII, el fenómeno esclavista no experimenta cambios importantes ya que seguía constituyendo un hecho plenamente aceptado y asimilado por parte de la sociedad y las bases que justificaban su existencia estaban firmemente asentadas, siendo muchos los intereses para que muy pocos se atrevieran a alzar su voz contra un fenómeno criticable como era la esclavitud.

Las formas de hacerse con un esclavo eran variadas. En Trujillo hemos podido comprobar algunas de ellas. Así, Isabel García, Juana González y Catalina Gonzálezhabían heredado de su tío, el clérigo Francisco Sánchez, un esclavo mulato llamado Juan, el cual se disponen a vender en 1602[5]; el clérigo Miguel Fernández de Sosa recibe por donación de su tío Miguel Fernández Téllez, residente en la ciudad de los Ángeles en la Nueva España, a Domingo, esclavo mulato[6]; en 1629, don Alonso Calderón de Loaysa obtiene entre los bienes dotales de su mujer, doña Jerónima de Becerra de Torres, hija del doctor don Jerónimo Becerra de Torres y de doña Elena Lalia, un esclavo color membrillo de 18 años llamado Miguel, valorado en 2.000 reales[7]; un esclavo es entregado por Garci López de Tapia a doña Ana de Aragón, religiosa en el convento de la Magdalena, para satisfacer la deuda que el primero tenía con el hermano de la monja, aunque en 1614 tendrá que realizar una escritura de obligación de pago de la deuda pues el esclavo ha huido[8]

También se incrementaba el número de esclavos por la transmisión matrilineal de la esclavitud, uno de los títulos de esclavitud conservados desde la antigüedad y que contemplaba la legislación castellana[9], pues los hijos de esclavas heredaban la condición de sus madres. Son numerosos los casos en los que los propietarios declaran poseer esclavos que son hijos de otros esclavos suyos, como Juan de Camargo quien señala que cuando concertó su matrimonio con Inés López García, hija de Felipe Díaz y Mayor Álvarez del Saz, éstos le prometieron en dote cierta cantidad de maravedís, que recibe en 1602 en forma de dinero y otros bienes, entre los que se incluye Alonso, hijo de Ana, esclava del dicho Felipe Díaz, su suegro[10].

Pese a todo, la principal forma de conseguir un esclavo era la compra. Por ello es importante saber cómo funcionaba el mercado esclavista en Trujillo siendo una fuente imprescindible para su conocimiento las escrituras de compra-venta otorgadas ante los escribanos de la ciudad que nos ilustran acerca de múltiples aspectos de este comercio: quienes eran los compradores y vendedores, cuales eran las características de los esclavos que se vendían, qué precios alcanzaban, en qué condiciones se realizaba la venta…

Para toda la centuria se conservan 170 escrituras de venta y poderes para vender esclavos, aunque el 89% de todas ellas están datadas antes de 1640. En realidad, el momento de máximo apogeo del mercado esclavista en la ciudad puede reducirse a las tres primeras décadas pues a partir de entonces la actividad de este comercio se verá muy mermada, desapareciendo casi totalmente a partir de la segunda mitad del siglo.

La explicación de la evolución negativa del comercio esclavista a partir de los años 30 radica entre otros aspectos en la crisis que padece la Corona de Castilla y, en relación directa con el tráfico de esclavos, el inicio y desarrollo de la Guerra de Independencia Portuguesa que transcurrirá entre 1640 y 1668. No hay que olvidar el papel que desempeñaba el vecino país luso en el abastecimiento de mercancía esclava traída directamente por portugueses, ya fueran traficantes o particulares, pero también por medio de castellanos que adquirían los esclavos en Portugal[11].

Pasada la guerra, el mercado esclavista no acusará cambios significativos con respecto a la década anterior a la confrontación bélica, siendo muy reducidas las transacciones que tienen lugar en la ciudad. En este aspecto la situación de Trujillo dista notablemente de la que puede apreciarse en algunas poblaciones de la Baja Extremadura, donde, finalizado el conflicto bélico, se registra una reactivación más o menos importante aunque poco duradera en el tiempo del comercio esclavista[12].

El declive del mercado de esclavos estará estrechamente ligado a la decadencia del fenómeno en la ciudad, pues como sabemos, la esclavitud difícilmente se mantiene a sí misma. Aunque los hijos de esclavas heredaran la condición de las madres, éstas apenas tenían, salvo raras excepciones, más de un hijo[13]; por tanto la única forma de conseguir esclavos era a través del comercio. La disminución progresiva del número de esclavos debido a causas naturales, es decir por muerte o por la ya mencionada dificultad de reproducción en cautiverio, y también por el hecho de que sean manumitidos, a lo que se añaden los problemas en el aprovisionamiento, conducirán a la desaparición de los esclavos en la ciudad.

Volviendo al comercio trujillano, durante la primera mitad del XVII el tráfico esclavista experimenta un gran dinamismo, manteniendo la tendencia que puede percibirse desde finales del siglo XVI[14]. Ello se debe en parte a la privilegiada posición geográfica de la ciudad, situada en el camino natural entre Portugal y Madrid, que supone el paso por ella de viajeros y mercaderes. Esta situación la convierte en un punto idóneo como centro de transacciones comerciales, y en particular de esclavos. Por otra parte debe considerarse la importancia de la ciudad y la presencia en ella de una considerable proporción de miembros de las clases privilegiadas, individuos dedicados a las profesiones liberales y artesanos de múltiples especialidades, es decir, potenciales clientes del mercado esclavista.

Si durante el siglo XVI Trujillo se perfilaba como centro demandador de esclavos[15], esta situación no variará sustancialmente durante el siglo XVII, como puede apreciarse claramente por la procedencia de compradores y vendedores.

CUADRO I: PROCEDENCIA DE COMPRADORES Y VENDEDORES DE ESCLAVOS[16]

PROCEDENCIA Nº de VENDEDORES Nº de VENTAS Nº de COMPRADORES Nº de COMPRAS
Trujillo 59 72 81 97
Extremadura 24 28 19 19
Portugal 15 31 2 2
Otros 8 8 16 21

Fuente: Protocolos notariales de Trujillo. Elaboración propia

Tanto entre los que venden y los que adquieren esclavos predominan los vecinos de la ciudad. Sin embargo, debe resaltarse entre los vendedores la importante participación de profesionales de la trata de origen portugués, cuya presencia se intensifica con respecto al siglo XVI[17], favorecida sin duda por la unión de las coronas a partir de 1580. Algunos de estos portugueses, como Francisco Rodríguez, natural de Idanha, o Damián Rodríguez residían en Trujillo y tendrían contactos con mercaderes de su misma nación, pero la mayoría eran transeúntes, como Antonio Méndez procedente de Sabugal, Gaspar de Fonseca de Campomayor o Pedro Fernández, vecino de Fondón, comerciantes que, seguramente siguiendo la ruta hacia Madrid, paraban en la ciudad para realizar sus transacciones, siendo importantes abastecedores para la ciudad. Un ejemplo de la actividad de estos profesionales portugueses lo encontramos en 1601: entre los meses de julio y septiembre, Francisco López, vecino de Sabugal “en el Reino de Portugal” vende nada menos que seis esclavos a diferentes vecinos de Trujillo[18]. En los años del conflicto bélico y los posteriores los traficantes portugueses desaparecen del mercado esclavista trujillano.

Es llamativo el número de vendedores extremeños, procedentes de lugares tan apartados de Trujillo como Montemolín, pero entre los que predominan los de poblaciones del norte de la región como Coria, Plasencia o Almaraz y especialmente de localidades próximas a la ciudad, como Cáceres o Miajadas. Son también destacados abastecedores para el mercado trujillano, al que no basta la oferta interna para satisfacer la demanda de esclavos.

Respecto a los compradores, los vecinos de Trujillo constituyen los principales clientes del mercado de esclavista que se realiza en la ciudad. A pesar de ello no hay que desdeñar el número de esclavos vendidos a personas de otras partes, ejerciendo la ciudad en este sentido un papel como centro redistribuidor, aunque de poca entidad.

Aparte de los trujillanos, encontramos compradores procedentes del entorno inmediato, pero también de lugares más alejados como Toledo, Madrid, Salamanca o Ávila e incluso un residente en Roma, el Licenciado Jerónimo Becerra de Torres quien en 1619 compra tres esclavos muy jóvenes, dos varones y una mujer a Gonzalo Becerra de Torres, alcaide de la fortaleza de Deleitosa[19]. No siempre conocemos los vínculos que estos personajes mantienen con la ciudad aunque en algunos casos si podemos detectar que son relaciones familiares o cuestiones laborales las que justifican su estancia en Trujillo que aprovechan para adquirir esclavos.

En cuanto a la mercancía, podemos conocer sus rasgos principales a partir de las descripciones que de ellos se hacen en las escrituras de compra-venta, indicándonos en la mayoría de los casos su sexo, edad y color de la piel, incluso a veces se nos ofrecen retratos muy minucionosos, como el de Francisco, un esclavo de 22 años, de color “membrillado” vendido en 1678 que es “de buena estatura, con dos señales de herida en la mexilla del lado derecho y rostro algo belfo y otra entre zeja y zeja y un dedo, el del en medio de la mano derecha, algo torcido”[20].

Entre los esclavos vendidos predominan los hombres, 76 frente a 66 mujeres, aspecto que diferencia a la ciudad de otras poblaciones extremeñas y castellanas, donde las mujeres son las más presentes en el mercado. Sin conocer los motivos precisos de este hecho, podemos aventurar algunas posibles respuestas como podría ser la utilización laboral de los esclavos en tareas agropecuarias, para las que son preferidos los varones[21] o que sirviesen a sus amos como pajes. Pese a la mayor representación de hombres, las mujeres alcanzan precios más elevados, quizás porque existe menor oferta. Sin embargo la explicación más plausible de su cotización sea, como ocurre en otros espacios, que los compradores tengan en cuenta cualidades que las hacen más atractivas que los varones como su capacidad procreadora de nuevos esclavos, su mayor docilidad y longevidad… Por otro lado es significativo que mientras los esclavos varones son revendidos con bastante frecuencia, no ocurre lo mismo con las esclavas.

En algunas ocasiones el esclavo se revaloriza entre una venta y otra, mostrando la rentabilidad de este negocio: el 13 de noviembre de 1620, el regidor trujillano Diego Pizarro de Hinojosa vende por 1400 reales, al también regidor Juan Bravo Peña un esclavo mulato amembrillado llamado Jorge, de hasta 27 años, cuyos rasgos son “alto de cuerpo con señales de viruelas en el rostro” y asegura que no es borracho, ladrón ni fugitivo; sólo seis días después, el 19 de noviembre de ese mismo año, Juan Bravo Peña traspasa el mismo esclavo a don Francisco de Torres, alcanzando ya el valor de 1600 reales[22]; otras veces, la reventa es un medio de deshacerse de esclavos que no cumplen los requisitos deseados por el dueño, motivo por el cual los traspasan por cantidades menores de las que pagaron por ellos cuando los compraron. En este sentido es muy llamativo el caso de un esclavo llamado Bartolomé que entre 1600 y 1609 será vendido en cinco ocasiones, en cada una de las cuales se devalúa su precio desde los 1200 reales iniciales hasta 510 reales que cuesta la última vez que lo encontramos en los protocolos; pese a que desconocemos las causas por las que éste esclavo es traspasado hemos de suponer que padecería alguna tacha grave, sin embargo en las escrituras sólo se indica que no es borracho ni ladrón lo que nos lleva a pensar que quizás había intentado fugarse en alguna ocasión[23].

Otras veces los vendedores si nos aclaran explícitamente los motivos por los que están descontentos de los esclavos que se disponen a vender: en 1628, don Fernando Rodríguez de Monroy revende por precio de 600 reales más los derechos correspondientes a doña Blanca de Salas y Valdés una esclava llamada Catalina Ruiz, mulata de 24 años, que ella le había vendido con anterioridad, y de la cual no había quedado muy contento el nuevo amo, pues en la venta señala que“la vende por ladrona y fugitiva y ciega y embustera y alcahueta”[24].

En lo referente al origen de los esclavos, sólo se precisa su procedencia concreta en contadas ocasiones, pero podemos deducir su origen por el color de su piel.

CUADRO II: EL COLOR DE LA PIEL DE LOS ESCLAVOS

COLOR HOMBRES MUJERES TOTAL %
Negro 41 44 85 59,9
Mulato 31 16 47 33,1
Blanco 1 5 6 4,2
No especifica 3 1 4 2,8
TOTAL 76 66 142 100

Fuente: Protocolos notariales de Trujillo. Elaboración propia.

Casi el 60% de los esclavos vendidos en Trujillo son de color negro, lo que nos remite a su origen africano, traídos a través de tierras portuguesas, bien directamente por traficantes especializados o vecinos portugueses como ya hemos podido observar cuando hemos analizado la procedencia de los vendedores, pero también por castellanos que adquieren los esclavos en Portugal, como aclaran algunos vendedores, siendo este el caso de Francisco Fernández Alvelo, contador de su majestad y vecino de Plasencia, cuando vende en 1683 a don Pedro Antonio José de Chaves Mesía Arias y Maldonado, señor de las villas del Maderal y Castro Verde y uno de los cuatro jueces conservadores de la Universidad de Salamanca, una negra atezada de 24 años llamada Clara, señalando que la había comprado en el vecino país[25]. La procedencia africana se confirma en las escasas ocasiones en que se nos informa acerca de su origen, como María, esclava color tinta traída de Angola[26] o Bernabé, negro atezado “de casta de Cabo Verde[27], aunque también encontramos negros nacidos y criados en tierras peninsulares, como Sebastián Rodríguez del que se especifica que es “portugués de nación[28].

Siguen en importancia numérica los esclavos mulatos, categoría racial para la que se emplean diferentes términos: color membrillo cocho, amembrillados, amulatados, etc. Este sería un grupo muy variado pues en él se englobarían a esclavos indios y algunos procedentes de Berbería que son descritos como mulatos, aunque ambos tienen una representación muy minoritaria, y sobre todo por los hijos de negros y población blanca, nacidos en territorio peninsular.

Por último, los esclavos de color blanco son escasísimos, y su origen, en el siglo XVII, suele ser autóctono, consecuencia del progresivo blanqueamiento de la población esclava tras varias generaciones de mestizaje.

Las características de los esclavos, así como su sexo y edad eran determinantes a la hora de su tasación. El precio medio pagado por un esclavo en Trujillo en el siglo XVII era de unos 1.230 reales; las diferencias de precio según el sexo se advierten notablemente pues, como ya hemos dicho las mujeres eran más valoradas por las causas mencionadas antes, llegando a alcanzar un precio medio de 1.426 reales frente a los hombres que no superaban los 1.100 reales.

La edad de los esclavos será uno de los factores que influya directamente en su cotización. Así los esclavos más apreciados económicamente a la vez que los más demandados son, para ambos sexos, los jóvenes de entre 15 y 29 años (el 70% de los esclavos vendidos en Trujillo), y dentro de este amplio grupo, los más caros serán los de edades comprendidas entre los 20 y 24 años, llegándose a pagar por esclavas de estas edades un precio medio de 1.700 reales y por los varones hasta 1.200 reales.

Un ejemplo que permite comprobar esta relación entre edad y precio es el de Salvador negro de 30 años y “renco de una pierna”, quien en 1607 es vendido a Diego Casco por sólo 600 reales, cantidad determinada no sólo por la edad del esclavo sino también por la circunstancia de que padezca un problema físico que influirá en su rendimiento laboral y que por tanto redundará en su precio de venta a la baja. Tiempo después, Joan Solano, quien declara haber adquirido el esclavo a Diego Casco, procede a su venta sin asegurarlo de ninguna tacha y declarando que es casado, otra circunstancia que afectaba negativamente al precio del esclavo, por sólo 28 ducados, prácticamente la mitad del precio que había contado unos 10 años atrás[29].

Son muy escasos los esclavos vendidos que superan los 40 años o los menores de 10, que además solían venderse junto con sus madres para asegurar su crianza, especialmente en el caso de los lactantes.

Es fácil explicar porqué los esclavos jóvenes eran preferidos y mejor apreciados económicamente: el comprador adquiere un esclavo fundamentalmente para obtener de él un rendimiento a través de su trabajo, por tanto se optará por la compra de esclavos con plenas capacidades para trabajar; por otra parte, en las mujeres son las edades óptimas para la procreación, aspecto que tendrían muy en cuenta los propietarios pues los hijos que tuvieran las esclavas podrían incrementar su patrimonio.

Junto con el sexo y la edad, otras características afectaban al precio al alza y a la baja, así algunas cualidades podían revalorizar a los esclavos mientras que los defectos, ya se tratara de enfermedades, taras físicas o psíquicas o cualquier tipo de vicio se traducían en una menor valoración económica de los esclavos.

Aunque como hemos dicho el comercio constituía el principal medio de hacerse de un esclavo los títulos de esclavitud aceptados por los pensadores del siglo XVI eran más variados pues comprendían ser esclavo por nacimiento, por guerra justa, por delito grave, por venta de uno mismo o de sus hijos en caso de necesidad[30].

Si bien no constituía un procedimiento habitual, hemos hallado en Trujillo la esclavización de un preso condenado a muerte. Se trata de un documento excepcional y muy interesante en el que a partir de la petición del propio reo se aprueba la conmutación de la pena capital por la esclavitud perpetua. La historia es la siguiente: en agosto de 1650, Antonio González, preso en la Cárcel Real de Trujillo por haber cometido hurtos y escalamientos de casas, conociendo que por la gravedad de sus delitos iba a ser condenado a pena de muerte, había solicitado en el mes de julio, antes de que se diese sentencia, que se le perdonase la vida a cambio de ejercer el oficio de verdugo en Trujillo, señalando la necesidad que existía en la ciudad de alguien que ejecutase las penas ante la cantidad de delitos que se cometían.

La situación acerca del aumento de robos y otras acciones delictivas en Trujillo en aquel momento era grave como muestra que se tratase el asunto en las reuniones del gobierno de la ciudad lo que puede comprobarse en sus actas de cabildo[31]. Ante todo ello, el corregidor, don Miguel Pasquier de Camargo determina sobre la petición del reo que:

consintiendo en haçer escritura de esclavitud para el ejerçicio de tal verdugo desta ciudad y otras partes a donde se le mandare y consintiendo asimismo que se le herrase en la cara con retulo que dixese Trujillo, se le conmutava y conmutó la dicha pena de muerte en lo dicho con que, si en algún tiempo hiciese fuga y se ausentase desta ciudad sin licençia de juez competente que se la pudiese dar, se executase en él la pena de muerte en conformidad de la dicha sentencia de suso referida como lo dicho consta de los autos de dicha causa a que se remite; y teniendo el otorgante entendido lo referido y reconociendo la ymportancia que se le sigue de prestar el dicho consentimiento poniendolo en efeto se otorgaba y otorgó por tal esclavo desta ciudad y se obliga de exercer en ella y fuera a donde le fuere mandado el ofiçio de verdugo en todos los casos y cosas a el tocantes y perteneciente, como esclavo que se confiesa desta dicha ciudad en cambio y recompensa de la dicha pena de muerte y por preçio de la vida que por ello recive y quiere y consiente ser herrado en la cara con letras que digan Trugillo en señal y reconocimiento de la dicha su esclavitud” [32].

El preso consiente no sólo en perder todos sus derechos para convertirse en un esclavo, sino también en ser marcado de por vida con hierro que le señala como esclavo de la ciudad de Trujillo.

El 14 de agosto, el cabildo se reúne porque, tras haberle conmutado la pena y aceptado el reo su nueva condición

“porque la ziudad reconoze la obligación que tiene por la ley del reyno a tener salariado berdugo para la execución de la justicia y el mucho gasto que se a hecho con el que estos días se a traydo de la ziudad de Plasencia y que no se a hallado asalariado aunque se an fecho muchas dilixencias, acordó que se le den de alimentos al dicho Antonio González por agora un real cada día para su sustento y en lugar del salario que se acostumbra dar y para su seguridad se esté en la cárzel el tiempo que pareziere conveniente y el mayordomo de propios vaya acudiendo con esta cantidad por semanas al dicho Antonio González y tome recivos con los quales se le pasarán en quenta en las que diere de su cargo”[33]

Es decir, el cabildo, en lugar de pagar un sueldo al verdugo, se limita a darle lo necesario para su manutención, que es a lo que está obligado como propietario del esclavo. Como señalábamos, se trata de un caso totalmente extraordinario en la forma de hacerse con un esclavo para la época.

Nos llama la atención en el caso descrito, la circunstancia de que el esclavo fuera marcado en el rostro con las letras del propietario, en este caso la ciudad de Trujillo. Aunque las señales realizadas a fuego candente sobre el rostro u otras partes del cuerpo del esclavo constituían un signo de esclavitud no parece que fuera un procedimiento muy extendido. En la documentación manejada, sólo hemos localizado nueve esclavos que presentan alguna señal de estas características, y aún así existen diferencias notables entre aquellos que inequívocamente portan marcas que denotan su condición, como Domingo, mulato amembrillado de unos 20 años,“herrado con s y clavo en los carrillos”[34] o Jerónimo Romero “herrado en ambas faces del rostro“, suponemos que con las mismas letras que el anterior[35] y otros esclavos que presentan marcas distintas como Catalina Jerónima, esclava de origen berberisco, con una estrella en la mano derecha[36], o el negro Antonio, quien es descrito así “tiene saxado en la parte de ambos carrillos y con un yerro en el pecho al lado izquierdo una y media luna en el hombro derecho[37], señales que probablemente tengan que ver con signos de identificación tribal o rituales, respondiendo a particularidades culturales propias de sus lugares de procedencia.

El primer tipo de marcas se realiza cuando los esclavos están en la península, bien para indicar a quien pertenece o para que no existiesen dudas acerca de su condición esclava, pero parece que lo más habitual era herrar a los esclavos rebeldes en castigo por sus acciones, especialmente a los esclavos tendentes a huir: en 1640, Paula, esclava mulata de doña María Santillana escapa del dominio de su ama aunque su intento se verá frustrado pues es localizada en Cáceres; la propietaria otorga poder para que se acuda a por ella y se la lleve a marcar “con una s y un clavo[38]; suponemos que la dueña pensaría que con esas señales le sería mucho más difícil pasar desapercibida si volvía a fugarse.

Una vez vistas las características de los esclavos, debemos hablar acerca de los propietarios en Trujillo. Las escrituras no nos informan en la mayor parte de los casos de su extracción socioprofesional, probablemente porque ellos conocían de sobra esta circunstancia y no le daban más importancia. Por tanto sólo conocemos la profesión de una mínima parte de los dueños de esclavos aunque de otros podamos deducir su rango por el tratamiento que reciben o si no, entender que pertenecen al estado llano.

Entre los principales propietarios de esclavos encontramos, como es habitual, a personas pertenecientes a los estamentos privilegiados, nobles y eclesiásticos. Sin embargo, entre los dueños de los que conocemos su profesión destacan en Trujillo dos grupos: los que desempeñan actividades de gobierno, principalmente los corregidores y regidores, que por otra parte suelen formar parte del grupo de los privilegiados y entre los miembros del tercer estado los dedicados a las profesiones liberales y dentro de ellos, los médicos. También los mercaderes tienen una amplia representación entre los propietarios, si bien es difícil determinar si adquirían los esclavos para su uso personal o simplemente para hacer negocio con ellos revendiéndolos posteriormente.

Sobre aquellos de los que ignoramos su oficio debemos pensar que al menos poseen una posición económica desahogada que les permite mantener un esclavo en su servicio, especialmente porque con el paso del tiempo el precio de los esclavos se va encareciendo a la vez que las condiciones económicas son cada vez más desfavorables[39], detectándose una elitización en la posesión de esclavos, pues se irá restringiendo cada vez más el grupo de los propietarios a favor de los estratos sociales mejor situados económicamente.

CUADRO III: CLASIFICACIÓN SOCIOPROFESIONAL DE LOS PROPIETARIOS DE ESCLAVOS DE TRUJILLO

GRUPO PORCENTAJE
Nobles 41,3
Eclesiásticos 8,3
Administración 27,5
Profesiones liberales 11,9
Mercaderes 8,3
Militares 1,8
Artesanos 0,9

Fuente: Protocolos notariales de Trujillo. Elaboración propia.

Cabe destacar el amplio porcentaje de mujeres que tienen entre sus bienes algún esclavo (el 22,1%). Entre ellas sobresalen las viudas, que es el estado del 70% de las mujeres que encontramos vendiendo, concediendo la libertad y realizando mandas para sus esclavos en los testamentos. La situación de estas mujeres será variada, pero algunas quedaban en una situación económica precaria tras la muerte de sus maridos que las lleva a vender a los esclavos heredados como medio de obtener algún dinero. Podría ser este el caso de doña Francisca de Carvajal, viuda de Juan Pizarro de Carvajal, quien en 1613 da poder a su criado Gonzalo de Maeda para vender a su esclava, una mulata de hasta 40 años de edad que recibe el nombre de Antonia. En realidad no vende exactamente a la esclava, sino el trabajo que ésta puede realizar, pues explica que cuando su marido hizo testamento estableció en él que la esclava debía servir durante un periodo de diez años a su mujer y después recibiría la libertad. Lo que pretende doña Francisca es vender los siete años de servicio que quedan a la esclava para ser libre, pues de los diez estipulados por su esposo han pasado tres y “no la ha menester en su casa porque tiene para el servicio[40].

La profesión de los propietarios estará relacionada con la utilización laboral de los esclavos si bien es poca la información que tenemos acerca del trabajo concreto que desempeñaban los esclavos en la ciudad, de forma que tenemos que guiarnos por lo que eran las prácticas habituales. Los esclavos desempeñaban normalmente trabajos domésticos entendidos éstos en un amplio sentido, que en el caso de las mujeres se corresponderían con las tareas propias de la casa, incluido el cuidado de los niños, y en el de los varones se trataría de actividades similares a las realizadas por un criado, comprendiendo tareas como acarrear agua, recoger leña y realizar algunas labores en las propiedades agrícolas de los amos.

Otras veces los propietarios explotan el trabajo de los esclavos de forma indirecta a través de su alquiler. Aunque no hemos encontrado un arrendamiento de un esclavo propiamente dicho contamos con un caso parecido: en 1632, Diego González Leonis pone y asienta por tiempo de cinco años a su esclavo Francisco con el sastre Marcos de Orellana, “para aprender el oficio de sastre en toda perfeçión sin le encubrir cosa alguna”; durante el dicho tiempo Francisco ha de servir a Marcos de Orellana en lo tocante a dicho oficio y le ha de dar de comer vestir y calzar; el amo no le ha de pagar nada, pues el sastre se cobrará del servicio del esclavo; el dueño simplemente se compromete a buscar a Francisco si éste se va de casa del sastre y si no pudiere restituirlo, ha de pagar el oficial que le suplante en la sastrería [41]. Aunque el propietario no reciba nada por el trabajo realizado por su esclavo en el taller, se ve exento de mantenerlo durante esos cinco años al tiempo que Francisco va aprender una profesión de la que el amo podrá obtener beneficio en el futuro, sirviendo también para revalorizar al esclavo en virtud de los conocimientos adquiridos.

Las condiciones de vida de los esclavos serían variadas, en función de múltiples factores como quiénes eran sus amos, el trato que recibían de éstos, la capacidad de adaptación de los propios esclavos… pero aunque existiese una buena relación con los propietarios, su condición esclava les reducía a ser considerados como meros objetos sobre los que el amo tenía el dominio absoluto y de los que pueden disponer a su voluntad, pues jurídicamente carecían de cualquier tipo de derecho de lo que se derivaba también su marginalidad social.

Las personas sometidas a esclavitud no siempre se conformaban con su situación y adoptan diversas posturas, desde el intento de emprender la huida hasta acciones de tipo violento contra sus amos u otras personas.

En Trujillo conocemos varios casos de esclavos que intentaron buscar la libertad huyendo de las casas de sus amos. Esta información la obtenemos a veces porque en las escrituras de venta se declara que los esclavos han intentado alguna vez fugarse, pero sobre todo conocemos este aspecto por los poderes que los dueños otorgan a otras personas para que capturen a sus esclavos huidos. Suele tratarse de esclavos varones y jóvenes, aunque como siempre encontramos algunas excepciones como la antes referida de Paula, la esclava que intentando escapar de su dueña fue apresada en Cáceres. La fuga de casi todos ellos culmina en fracaso pues acaban siendo localizados por sus amos o son informados acerca de su paradero por las personas que los han detenido. Desconocemos los lugares a donde pretenden dirigirse, probablemente a sitios que conocen o donde residen gentes que les pueden ayudar, por lo que las poblaciones donde son detectados los esclavos son sumamente variadas: Madrid, Hornachos, Salamanca, Cáceres…; la huida suele ser una empresa acometida individualmente, aunque a veces asumen los riesgos en grupo, como hacen en 1614 Manuel y Sebastián, dos esclavos pertenecientes a Fernando Barrantes, natural de Toledo y gobernador de las provincias del Espíritu Santo en Indias, los cuales había recibido de su suegro, el trujillano Pedro Moreno y se han ausentado de su casa, por lo cual otorga poder a Baltasar Maldonado con el fin de que los encuentre y después los venda[42].

Sobre las acciones violentas de los esclavos tenemos pocas noticias, pero sí sabemos a través de dos inventarios de la cárcel, realizados con motivo del traspaso del cargo de alcaide que en 1618 se encontraban presos dos esclavos, un tal Lázaro y otro llamado Mateo, que en 1619 continuaba en prisión[43].

Cuando cometían algún delito, los propietarios tenían que responder por sus esclavos, pues eran, a efectos legales, responsables de las acciones de sus dependientes. Por este causa el capitán Hernando Barrantes da poder a procuradores para que defiendan a su esclavo, el negro Manuel Tavares en el pleito y querella que Sebastián de Carvajal le ha puesto “por decir que le hurtó cierto dinero de noche y que dixo que no yba a hurtar el dinero sino a buscar a la mujer del dicho Sebastián de Carvaxal[44].

Creemos que estas actitudes por parte de los esclavos no constituían la norma, pues hay que tener en cuenta que de los esclavos que había en Trujillo sólo podemos reseñar pocos casos en contraste con los múltiples testimonios de los propietarios que resaltan la fidelidad y obediencia con que les sirven sus dependientes, mostrando a veces una gran confianza en sus esclavos, hasta el punto de dejarlos como tutores de sus herederos: en 1675 el doctor Diego de Meneses Orellana expresa en su testamento:

Yten es mi voluntad que María, mi esclava me a servido con toda boluntad y fidelidad, quiero y mando que elija ella después de io muerto la persona con quien quisiera ir a servirle que será o a don Diego de Meneses y Orellana o a don Francisco Ramiro Calderón, mis hijos o a Fulgencio mi nieto con condiçión que ninguno la a de poder vender ni enajenar; y aviendo ella elegido no a de poder elegir el servir a otro sino es con consentimiento del que la tiene; y si elijiere a Fuljençio mi nieto la nombro en el lugar que derecho aia la nombro por tutora asta que tenga catorçe años que a este tiempo se le puede entregar la açienda a dicho Fulgencio[45].

De las declaraciones de los amos en algunos testamentos y codicilos se desprende el afecto que sienten por los esclavos, como en el que redacta en en 1619 doña María de Chaves donde declara:

“Yten dixo que por el amor y voluntad que a tenido y tiene a Mariana su esclava por aver naçido en su casa y criadola quiere y es su boluntad que la susodicha, después de la muerte de la dicha otorgante quede libre y no suxeta a servidumbre ni esclavitud porque desde luego la da libertad y para ayuda a pasar su vida y que mexor se pueda sustentar mandava y mando se la de por una bez cincuenta ducados en dinero de sus bienes y una cama de ropa y más los vestidos y alaxas que ella al presente tiene en un arquilla y fuera della”[46].

Estas circunstancias serán determinantes a la hora de la concesión de la libertad. A lo largo de los años, los lazos afectivos se estrechan, por eso se favorece a aquellos esclavos que han permanecido durante un largo periodo de tiempo al servicio de sus amos, existiendo también un cariño especial por aquellos que habían nacido y se habían criado en su casa. El afecto y el reconocimiento al trabajo realizado suelen ser los motivos más frecuentemente alegados por los propietarios cuando proceden a manumitir a sus esclavos, como hace Sebastiana Sánchez, viuda de Jorge Moreno quien libera en 1623 a María González, esclava que ha heredado de su marido declarando como causas que le mueven a ahorrarla el haberla criado en su casa, el buen servicio prestado y la obediencia mostrada por la esclava[47].

A diferencia del siglo XVI, en que son numerosos los esclavos que consiguen la ahorría pagando un rescate[48], en el tiempo que nos ocupa sólo hemos hallado un caso en que se pague por la libertad, el de Antonia Pizarro, negra tinta de 30 años, esclava de Juan Deocampo Solana, quien recibe la libertad en 1614. Las razones que alega el propietario para realizar la concesión son que el marido de la esclava, llamado Pedro Gutiérrez, le ha pedido la libertad para poder hacer vida maridable con su esposa; además de este motivo alega otros tales como los buenos servicios prestados por la esclava y el amor y voluntad con que los ha hecho. Sin embargo, no eran suficientes para que el amo la libertase, pues Pedro Gutiérrez ha de abonarle 70 ducados por el rescate de su mujer y aún así la liberación está sujeta a varias condiciones impuestas por su amo: la esclava “acudirá a mi casa y servirá en ella de acompañar a mi mujer quando salga fuera cuatro años y que lavará toda la ropa blanca y colchas que se ensuciaren en dicha mi casa en los dichos quatro años[49]; por otra parte, sabemos que el esposo Antonia ha tenido que pedir prestado parte del dinero para poder rescatar a su mujer, nada menos que 30 ducados que se obliga a pagar a Mencía Deocampo, que podría ser pariente del propietario de la esclava, en dos veces: 15 ducados para la feria de mayo de 1615 y el resto para la feria de mayo de 1616[50].

Nos llama la atención este caso, por constituir una excepción a la norma puesto que, en general, los trujillanos que liberan a través de carta de ahorría a sus esclavos, lo hacen desinteresadamente como el regidor don García de Bonilleja y su mujer, doña Leonor de Herrera, quienes poseían tres esclavos que la segunda había heredado de su padre, don Juan de Herrera Pizarro. En 1632, realizan carta de ahorría para ellos, una mujer llamada Ana de Herrera con sus dos hijos de corta edad Juan y Juana, hijos del esposo de la esclava, Diego Alonso. Además, como la esclava parecía estar embarazada, los propietarios conceden libertad para el hijo que ésta tuviera[51]

Aunque fueran gratuitas, a veces encontramos liberaciones condicionadas como en el caso de Juan García de la Mata esclavo de Antonio de Mendoza Sotomayor, caballero de la orden de Santiago y receptor de las alcabalas. En la escritura señala que “por causas que a ello le mueven” otorga libertad a su esclavo con condición de que “no a de poder estar ni residir en esta dicha ciudad“, en caso de que no cumpliese este requisito la escritura perdería su valor[52].

Pese a la aparente generosidad que muestran los propietarios en Trujillo a la hora de ahorrar a sus esclavos, la realidad es que no siempre responden al afecto que sienten hacia sus dependientes puesto que en múltiples casos la edad de las personas liberadas supera los treinta o los cuarenta años y simplemente pretenden deshacerse de esclavos que se ven obligados a mantener y de los que apenas obtienen una rentabilidad económica, pues por sus edades son más difíciles de colocar en el mercado al tiempo que laboralmente hablando no son tan productivos.

Una vez liberados, los esclavos se convertían en libertos y tenían los mismos derechos que cualquier persona libre, sin embargo, su vida no siempre mejoraba desde el punto de vista material. Dado que la situación en que quedaban algunos esclavos después de haber alcanzado la libertad podía ser precaria, los propietarios muestran preocupación por que no queden desamparados después que falten. Entre las últimas voluntades de doña Catalina de Torres Villarejo se encuentran éstas, relacionadas con una antigua esclava:

Yten quedo libre a Mónica, mi esclava a la qual le dy libertad por lo bien que me a servido y encargo a mi sobrina doña Mencía de Sosa la socorra con lo que pudiere y tuviere necesidad así de comida como de vestido y quando muera dicha Mónica tenga obligación mi sobrina a enterrarla pagando su entierro“.[53]

Son escasas las noticias que tenemos de la vida de los esclavos una vez habían sido liberados. Es difícil detectarlos en la documentación si no se nos refiere su condición de libertos. Debemos pensar que no fueron muchos pues, aunque se concedían manumisiones, éstas eran mínimas si se tiene en cuenta por ejemplo el número de esclavos que pasan por el mercado. La mayoría de las personas sometidas a esclavitud morirían siendo esclavos y los que obtenían la libertad apenas han dejado huella documental, con lo que es complicado seguir su rastro. Algunos libertos seguirían en el servicio de sus antiguos amos y básicamente se dedicarían a las mismas actividades que habían desempeñado para sus propietarios y que, en definitiva, eran las que conocían.

Serían muchas cosas más las que podríamos decir y matizar acerca del fenómeno esclavista en la sociedad trujillana del siglo XVII, sin embargo simplemente hemos intentado trazar una visión general de la institución en la ciudad en este momento en el que se percibe claramente su decadencia, que esperamos haber conseguido.


NOTAS:

[1] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: La sociedad española del Renacimiento, Salamanca, 1970. p. 187; DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: “La esclavitud en Castilla durante la Edad Moderna” en Estudios de Historia Social de España, T. II. Madrid, 1952. p. 377; CORTÉS LÓPEZ, J. L.: La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI, Salamanca, 1989. p. 204.

[2] BENNASSAR, B. Los españoles, actitudes y mentalidad desde el siglo XVI al siglo XIX., Barcelona, 1978. p. 93.; DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: Op. cit. pp. 369-428.

[3] DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: Op. cit. pp.397-406.

[4] SÁNCHEZ RUBIO, R. y FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, A.: “El fenómeno esclavista en la sociedad trujillana del siglo XVI”, XVII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, 1988. También es abordada la esclavitud en Trujillo y en Cáceres en: ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: “La esclavitud en la Alta Extremadura, proceso de auge y decadencia”, Norba, 7, 1986. pp. 93-109.

[5] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.46, fs.137v-138.

[6] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.62, f.199.

[7] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.106, fs.75-77.

[8] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.76, f.28.

[9] Las Siete Partidas de Alfonso X reconocían tres títulos de esclavitud: por guerra, por nacimiento y por venta. (Partida IV, Título XXI, ley 1).

[10] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.37, fs. 736-737.

[11] Las transacciones de esclavos entre vecinos de ambos lados de la Raya eran habituales, especialmente en poblaciones fronterizas. PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.:La esclavitud en Jerez de los Caballeros durante la Edad Moderna. Trabajo de Grado (Inédito), Cáceres, 2002. pp. 65-66.

[12] PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: Op. cit. pp. 33-45 y “Negros y negreros en la feria: el comercio de esclavos en Zafra en la Edad Moderna”, Actas del Congreso Internacional 550 feria de San Miguel, (en prensa).

[13] El año pasado ya lo mostramos para la villa de Cáceres en el siglo XVI (PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: “La esclavitud en Cáceres a través de los registros parroquiales en el siglo XVI” Actas de los XXXII Coloquios históricos de Extremadura, 2003 (en prensa) así cómo hemos podido comprobar similar comportamiento demográfico en otras poblaciones extremeñas tanto para el siglo XVI como el XVII (PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: La esclavitud en Jerez de los Caballeros… Op. cit. pp. 51-54), siendo además la tónica general en el resto del espacio peninsular e insular: LOBO CABRERA, M. “La mujer esclava en España en los comienzos de la Edad Moderna”, Baética, 15, 1993. p.311.

[14]SÁNCHEZ RUBIO, R. y FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, A.: Op. cit.

[15] ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: Op. cit. pp. 106- 107.

[16] En dos casos desconocemos la procedencia del vendedor y en otros dos no hemos podido identificarla; en el caso de los compradores, de tres de ellos desconocemos su origen. Es probable que fueran de la propia ciudad y se obviara reseñar su vecindad.

[17] ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: Op. cit. pp. 106- 107.

[18] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.36, fs.369-372 y 442 y Leg.45, f.137

[19] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.79, f.82.

[20] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.213, fs.779-780.

[21] A partir de lo que podemos conocer por las investigaciones realizadas acerca de la esclavitud en España, los espacios donde los hombres son más demandados y su precio superior al de las mujeres: Valencia y las islas Canarias, la preferencia viene determinada por su empleo en labores agrícolas y en los ingenios azucareros canarios. GRAULLERA SANZ, V. La esclavitud en Valencia en los siglos XVI y XVII. Valencia, 1978. pp. 126-129; LOBO CABRERA, M. La esclavitud en las Canarias orientales en el siglo XVI, Gran Canaria, 1982.

[22] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.97, fs. 806-807 y fs. 823-824

[23] Seis si se tiene en cuenta que en 1598, cuando Bartolomé tiene 18 años ya es vendido por Luis García, quien especifica que lo ha criado en su casa pues es hijo de una esclava suya, a don Gaspar de Ayala (A.M.T., Protocolos notariales, Leg.33, fs.292v-293).

[24] A.M.T., Protocolos notariales, Leg. 105, f.818. Aunque aparezca como una transacción normal, se trata en realidad de una devolución de una esclava que no cumple con las expectativas del dueño, aspecto que suele contemplarse en la redacción de las escrituras como una especie de garantía de venta.

[25] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.214, fs. 896-897.

[26] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.120, f.123v-124.

[27] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.190, fs.485-487.

[28] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.186, f.518.

[29] A.M.T., Protocolos notariales, Leg. 50, f.503 y Leg. 62, fs. 184-185.

[30] CORTÉS LÓPEZ, J. L.: Op. cit. pp. 27-31.

[31] A.M.T., Libro de acuerdos 48 (1649-1652), f.134v y136v.

[32] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.150, f.326.

[33] A.M.T., Libro de acuerdos 48 (1649-1652), f.142.

[34] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.62, f.199.

[35] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.54, fs. 19-20.

[36] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.234, fs. 129-130.

[37] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.76, fs. 120v-124.

[38]A.M.T., Protocolos notariales, Leg. 146, s.f.

[39] Según muestran Santiago Aragón y Rocío Sánchez para el siglo XVI, el precio medio de un esclavo era próximo a los 800 reales (ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: Op. cit. p.103), mientras como hemos podido observar, en el siglo XVII ya estaba en torno a los 1200 reales.

[40]A.M.T., Protocolos notariales, Leg.93, f.189.

[41]A.M.T., Protocolos notariales, Leg.126, fs.124v-125.

[42] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.76, fs.396-397.

[43] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.95, fs.388v-389 y Leg.96, f.359.

[44] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.93, f. 232.

[45] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.172, fs.116-123.

[46] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.96, f.428.

[47] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.83, f.486.

[48] SÁNCHEZ RUBIO, R. y FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, A.: Op.cit. pp.7-8.

[49] A.M.T., Protocolos notariales, Leg. 93, f.65.

[50] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.93, f.66.

[51]A.M.T., Protocolos notariales Leg.87, fs.394-395 .

[52] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.184, f.102.

[53] A.M.T., Protocolos notariales, Leg.150, fs.21-25.

Oct 012003
 

Rocío Periáñez Gómez.

Las fuentes documentales utilizadas para el estudio del fenómeno esclavista en la España Moderna son muy variadas, si bien han sido tradicionalmente las de carácter notarial las preferidas en los trabajos centrados en este tema. No obstante, los investigadores han recurrido al empleo de otro tipo de fuentes alternativas- parroquiales, municipales, judiciales, literarias, inquisitoriales, epistolares…- con la finalidad de ahondar en el conocimiento de un fenómeno tan complejo como es la esclavitud. La consulta de cada una de ellas se convierte en imprescindible según el punto de vista desde el que se quiera abordar el fenómeno esclavista. De forma que si pretendemos conocer la evolución a lo largo del tiempo del volumen de personas esclavizadas es preciso acudir a los libros parroquiales, puesto que, además de ser fundamentales para los estudios demográficos, son al mismo tiempo una valiosa fuente para el conocimiento de los efectivos esclavos en una población, especialmente en esta etapa en que apenas existen censos u otro tipo de fuentes macro demográficas que incluyan a las personas sometidas a esclavitud. No debemos olvidar que los esclavos, aunque tratados en general como seres de inferior categoría, se les consideraba dotados de alma inmortal y por tanto debían ser bautizados como el resto de la población.

La utilización de los libros sacramentales ha dado resultado satisfactorios en el estudio de la esclavitud en poblaciones concretas de la geografía española[1]. Para el espacio extremeño contamos con numerosos trabajos que muestran la viabilidad del manejo de esta fuente, bien sean investigaciones de carácter demográfico más amplios, donde dada la representatividad del grupo esclavo se les dedica algún apartado específico[2], o trabajos centrados esencialmente en esta minoría[3].

El objeto de nuestro estudio será la villa de Cáceres en las últimas décadas del siglo XVI, considerando la esclavitud a través de la información que al respecto nos ofrecen las partidas de bautismo de las cuatro parroquias cacereñas existentes: las hidalgas, situadas intramuros de la villa, de San Mateo y Santa María, y las pecheras, ubicadas extramuros, de San Juan y Santiago[4]. Con ello pretendemos observar la extensión de la institución esclavista en Cáceres, realizando así una pequeña contribución a su conocimiento para el espacio del norte de Extremadura, donde desgraciadamente son muy escasas las investigaciones que se han ocupado del tema[5]. Hemos optado por centrarnos en el siglo XVI porque es cuando se asiste en la Península Ibérica al auge de la esclavitud y creemos interesante conocer cómo se desarrolla el fenómeno en la villa durante esta época. De esta forma veremos la evolución a lo largo del tiempo del número de esclavos comparándolo con lo que ocurre en otras poblaciones extremeñas, al tiempo que nos detendremos en analizar las características de esclavos y propietarios a partir de las noticias ofrecidas por esta fuente.

Antes de entrar en la cuestión queremos señalar algunos aspectos referentes a los libros de bautismos, ya que en ellos se apoya nuestro trabajo. Como hemos señalado anteriormente, los esclavos eran llevados a bautizar por los amos puesto que, según la Iglesia, era su deber integrar a sus dependientes a la fe cristiana[6]. Cuando recibían las aguas bautismales, los párrocos realizaban la partida correspondiente registrando una serie de datos entre los que se incluyen: el día de la recepción del bautismo, el nombre del niño bautizado, de quien eran hijos- lo cual suele estar limitado al nombre de la madre y a veces simplemente a especificar su condición-, a quien pertenece y el nombre de los padrinos. En algunas ocasiones se incluye otro tipo de información adicional referida a aspectos como el color de los esclavos, su procedencia, profesión de los dueños…

A partir de estas anotaciones se puede contabilizar el número de esclavos que reciben el bautismo y compararlos con el resto de los niños bautizados para conocer la representatividad que la minoría esclava tenía para el conjunto de la población. Dada la dificultad de fijar con exactitud el volumen de efectivos esclavos en una localidad determinada, las fuentes parroquiales son de inestimable valor para hacernos una idea de hasta qué punto el fenómeno esclavista estaba asentado en ella. No obstante, hay que tener en cuenta en todo momento de que se trata de una mera aproximación, puesto que los libros de bautismos no nos informan de todas las personas esclavizadas que viven en un lugar. Primeramente porque en la mayoría de los casos las anotaciones responden a esclavos nacidos en la población y no tanto a los adultos que llegan a través del comercio y que ya habían recibido las aguas bautismales, aunque encontremos algunos casos excepcionales[7]. Además, el número de esclavos dependerá de otras circunstancias al margen de los nacimientos de esclavos, como la actividad del mercado esclavista. Por otra parte, las personas sometidas a esclavitud estaban sujetas a una movilidad forzosa derivada de cambio de dueño a través de las compra-ventas, herencias, donaciones u otro tipo de transmisiones de bienes que implica en ocasiones cambios de residencia a otras localidades. Pero ante la carencia de medios más directos, las noticias suministradas por los libros sacramentales son de gran utilidad para aproximarnos al volumen de esclavos en una población.

En lo que se refiere a la villa de Cáceres, los libros de bautismos no se inician en el mismo año en todas las parroquias. El más antiguo corresponde a la de San Mateo, y ya desde las primeras partidas encontramos registrados bautismos de esclavos. Sin embargo no es hasta 1560 cuando contamos con información para todas las parroquias, por tanto ese será el año de partida de nuestro trabajo. A partir de ahí hemos procedido a contabilizar el número de niños bautizados, al tiempo que nos hemos detenido en aquellos asientos en los que se inscribía el bautismo de una persona, fuera niño o adulto, de la que se hacía constar su condición esclava, recopilando todos los datos de interés contenidos en ella, lo que nos ha permitido llegar a los siguientes resultados.

1. Evolución de los bautismos en Cáceres

En el periodo de tiempo comprendido entre 1560 y 1599 se bautizan en Cáceres, según hemos podido ver en los libros de bautismos de sus parroquias, un total de 8.622 niños de los cuales 112 eran esclavos. En el gráfico I podemos ver la evolución general de los bautismos comparada con la de los esclavos. Se puede apreciar que cada una de las curvas revela comportamientos distintos al menos desde 1560 hasta 1580, lo cual evidencia que las condiciones que afectan a la natalidad de los libres no son iguales a las que influyen en la minoría esclava, al menos en esos momentos. Pasando a analizar cada una por separado vemos que la que representa a los bautismos totales muestra una dinámica general creciente, que se ve interrumpida hacia mediados de los años 80. Según señala Ángel Rodríguez, en el crecimiento influirán aspectos como las secuelas de la Guerra de Granada que conllevó la recepción de los inmigrantes moriscos, si bien pronto se darán circunstancias que conducirán al cambio de signo de la natalidad, como epidemias, plagas y malas cosechas[8]. A partir de ahí se aprecia un descenso del número de bautismos que se mantendrá hasta el final de la centuria manifestándose los primeros síntomas de la crisis que afectará a la villa durante el Seiscientos. Por el contrario, los bautismos de esclavos presentan una disminución paulatina a lo largo de todo el periodo[9] salvo en la primera mitad de la década de los 80, años en que los que se observa una leve recuperación paralela al incremento de los bautismos totales[10]. Además de compartir ese breve momento de euforia, las dos variables seguirán una trayectoria similar de decrecimiento hasta finales del siglo XVI, que como ya hemos dicho, supone el cambio del signo positivo de la tendencia demográfica que había dominado esta centuria anunciado la crisis que marcará el siglo XVII.

graf1Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia

En el cuadro I podemos ver la distribución de los bautismos de esclavos, incluidos los adultos[11], en relación con los libres por periodos de cinco años. En cada uno de los quinquenios el porcentaje de esclavos va disminuyendo progresivamente, llegando a sus cotas más bajas en la última década del XVI.

CUADRO I: BAUTISMOS EN CÁCERES (1560-1599)

AÑOS BAUTISMOS
TOTALES
BAUTISMOS
DE ESCLAVOS
% BAUTISMOS
DE ESCLAVOS
1560-1564 985 24 2,4
1565-1569 1079 23 2,1
1570-1574 1030 16 1,5
1575-1579 1091 13 1,2
1580-1584 1034 9 0,9
1585-1589 1254 12 0,9
1590-1594 1102 9 0,8
1595-1599 1047 6 0,6
TOTAL 8622 112 1,3

Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia.

Para todo el periodo, el porcentaje de esclavos con respecto al total de bautismos realizados en las cuatro parroquias cacereñas representa el 1,3 %. Si comparamos esta cifra con las de localidades del sur de Extremadura, debemos decir que se trata de una proporción relativamente baja. Así, para el tiempo comprendido entre 1575-1700 en la ciudad de Jerez de los Caballeros, la proporción se sitúa un punto por encima de la cacereña, en un 2,3%, mientras que para todo el siglo XVI, en la misma ciudad, es bastante superior, pues supone un 4,5%[12]; en Zafra el porcentaje de esclavos representa sobre el total de bautizados en la segunda mitad del Quinientos un 6,6 %[13], mientras que en Almendralejo, Francisco Zarandieta obtiene para el periodo comprendido entre 1571-1600 un 3,39 %[14]. En Mérida por los mismos años, según los datos de José Antonio Ballesteros, los bautismos de esclavos adultos y niños nacidos allí consituían el 3,76 %[15] . Badajoz es la población que muestra cifras más similares a las de Cáceres, si bien levemente superiores, pues los bautismos de esclavos suponen con respecto al total un 1,85%[16].

A pesar de la disparidad de cifras entre unos sitios y otros hay que decir que la tendencia de los bautismos de esclavos, independiente de la evolución de la población libre, es en todos los lugares la misma: una disminución progresiva que va acentuándose a medida que transcurre el tiempo. En este sentido, Cáceres, donde los bautismos de esclavos registrados en los primeros años de la década de 1560 suponen un 2,4 % con respecto al total de bautismos y descienden en el último quinquenio del siglo a un 0,6 %, no resulta una excepción a la norma. Y si bien el volumen de esclavos en la villa es inferior al de otras localidades extremeñas, la evolución de sus efectivos presenta el mismo comportamiento que se puede advertir en el resto de ellas.

Lo expuesto hasta ahora confirma la idea de que el desarrollo de la esclavitud en Cáceres fue menos intenso que en otras zonas de la región. No obstante debemos considerar ciertos aspectos que matizan esta idea. En primer lugar que, a pesar de la representatividad de estas cifras, y sirviéndonos como indicador del desarrollo esclavista, no pueden tomarse de forma absoluta, puesto que el número de esclavos existentes en la ciudad no puede reducirse a estos números. Al mismo tiempo debemos tener presente que entre los principales propietarios de esclavos se encuentran miembros de las clases privilegiadas, como tendremos ocasión de comprobar en el análisis de sus rasgos sociológicos. En este sentido, los dueños de esclavos solían gozar de una situación económica que les permitía, entre otras cosas, disponer de propiedades en las afueras de Cáceres, a donde acudían eventualmente acompañados de sus sirvientes, criados libres o esclavos. Su presencia en poblaciones próximas a la villa, como Casar o Malpartida, puede constatarse consultando los libros parroquiales de estos lugares, en cuyas iglesias son bautizados, confirmados y enterrados algunos esclavos pertenecientes a la oligarquía cacereña. Por poner algún ejemplo, en 1592 se bautiza en Casar de Cáceres a Jerónima, hija de Ana, esclava del cacereño don Álvaro de Aldana o en Malpartida se bautiza en 1621 un niño al que se pone el nombre de Antonio, hijo de una negra de una tal doña Jerónima que, igual que el anterior, es vecina de Cáceres[17]. Seguramente estos esclavos nacidos fuera de la villa volverían a ella acompañando a sus amos a sus residencias principales y formarían normalmente parte de los efectivos esclavos de Cáceres. Un aspecto más a tener en cuenta a la hora de tratar de realizar estimaciones sobre el volumen de esclavos en la villa y que se convierte también en una dificultad añadida en el desempeño de dicha tarea.

2. Los propietarios

Las partidas de bautismos suelen indicar el nombre de los amos de los esclavos, sin embargo, no siempre señalan su profesión, con lo cual resulta difícil determinar la extracción socioprofesional de la mayoría de los dueños[18]. Pese a todo, el cuadro siguiente que presenta la distribución de los bautismos de esclavos en las cuatro parroquias cacereñas nos permite hacernos una idea sobre quienes eran los principales propietarios de personas esclavizadas.

CUADRO II: DISTRIBUCIÓN DE LOS BAUTISMOS EN CÁCERES POR PARROQUIAS (1560-1599)

PARROQUIAS T. BAUTISMOS ESCLAVOS % ESCLAVOS
S. MATEO 846 34 4
STA. MARÍA 1506 34 2,3
S. JUAN 2522 17 0,7
SANTIAGO 3748 27 0,7
TOTAL 8622 112 1,3

Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia.

Como se puede apreciar, existen diferencias en cuanto al volumen de esclavos bautizados entre unas parroquias y otras. Especialmente se observa un gran contraste entre las parroquias hidalgas, San Mateo y Santa María, con respecto a las pecheras de San Juan y Santiago. Estas últimas registran un mayor número de bautismos pero en contra menor proporción de esclavos. Indudablemente esto hay que relacionarlo con la extracción social de los dueños de esclavos. A pesar de que la posesión de personas esclavizadas no estaba restringida a los grupos privilegiados, es por otro lado cierto que los miembros de la nobleza y el clero destacaban como los principales propietarios. No hay que olvidar que los esclavos eran “un producto de lujo”, ya que su precio era elevado y su adquisición no estaba al alcance de todos[19].

Sólo hay que observar los nombres de los propietarios, precedidos del tratamiento de señor o señora y don o doña, con apellidos como Ulloa, Ovando, Paredes, Espadero, Aldana, Rol, Golfín, pertenecientes todos ellos a la élite cacereña, algunos de cuyos miembros detentan cargos en el cabildo de la villa. También encontramos a individuos pertenecientes al estamento eclesiástico, destacando entre ellos el obispo de Coria, don Pedro García de Galarza, quien lleva a bautizar a su esclavo Pedro en 1579[20].

A parte de éstos, hemos podido encontrar entre los propietarios personas de diferentes oficios desde las profesiones liberales, sean médicos, como el doctor Bernáldez o escribanos, como Pero Pérez, hasta artesanos, como el albardero Lope Lorenzo o mercaderes, como Diego Pérez de Herrera, lo que da cuenta de la variedad socioprofesional de los dueños.

Otro aspecto interesante es conocer el número de esclavos que poseía habitualmente una de estas personas.

CUADRO III: DISTRIBUCIÓN DE PROPIETARIOS SEGÚN EL NÚMERO DE ESCLAVOS

DUEÑOS ESCLAVOS
% %
Con 1 esclavo 12 15,4 12 6,7
Con 2 esclavos 43 55,1 86 48,1
Con 3 esclavos 12 15,4 36 20,1
Con 4 esclavos 10 12,8 40 22,3
Con 5 esclavos 1 1,3 5 2,8
TOTAL 78 100 179 100

Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia.

Para realizar este cuadro hemos tenido en cuenta la totalidad de esclavos presentes en las partidas. De modo que hemos contabilizado tanto a los niños nacidos como a sus madres, por eso no es extraño que la mayor parte de los propietarios tenga al menos dos esclavos, entendiéndose que se trata de la madre y el hijo que ha tenido. Esa era la situación más normal, de hecho, uno de los motivos por los que las esclavas se cotizaban más en el mercado, especialmente las jóvenes, era por la posibilidad que tenían los amos de incrementar su patrimonio con los hijos habidos por ellas[21].

Debemos considerar otra cuestión y es que los propietarios con mayor número de esclavos se encontraban en parroquias hidalgas, hecho por parte lógico, puesto que al contar con mayor capacidad económica podían adquirir más de un esclavo que además se convertía en un signo de ostentación, una muestra de su poder adquisitivo que les daba prestigio social[22].

3. Los esclavos

Los párrocos cacereños fueron muy parcos en sus anotaciones, por lo que apenas tenemos otras noticias de los esclavos que no sean su nombre, el de sus madres, amos y padrinos de bautismos. De hecho, características como el color de la piel, la edad y procedencia, o la actividad a la que se dedicaban, especialmente en lo que se refiere a los casos de adultos o a las madres de los niños que reciben el bautismo, apenas aparecen reflejadas. Por ejemplo, de los 14 adultos, sabemos que la mayoría, nueve, son varones y el resto mujeres. De ellos conocemos únicamente la procedencia de María, esclava de doña María de Reinoso, de la que se declara que ha sido traída de Indias y que es hija de negros, por tanto el color de su piel será el mismo que el de sus progenitores[23] o el color de Isabel y Antonio, esclavos negros de Isabel Becerra, viuda de Pedro Carrillo, quienes reciben el bautismo el día de Nochebuena de 1570 en la parroquia de san Juan[24]. Las pocas veces que se señala el color de alguna de las madres de los esclavitos bautizados, se precisa de ellas que su color es negro o moreno.

Como señalábamos, la mayoría de los esclavos bautizados son niños nacidos en la villa que heredan la condición de sus madres. Una de las características de estos niños que nacen en la casa de sus dueños es su carácter ilegítimo. Tal y como destacaba Ángel Rodríguez Sánchez en su trabajo dedicado a Cáceres, dentro de las diferentes tipologías de la natalidad ilegítima de la villa, la representada por los hijos de esclava y padre no conocido mostraba unos elevados porcentajes, especialmente en las parroquias hidalgas. En estas colaciones los niños nacidos de madre esclava suponían 43,97 % con respecto al resto de ilegítimos y en las parroquias pecheras el porcentaje se reducía al 18,13%[25].

CUADRO IV: LA ILEGITIMIDAD EN LOS NACIMIENTOS DE ESCLAVOS

HIJOS DE ESCLAVAS Y… NÚMERO PORCENTAJE
Padre desconocido 78 80,4
Padre atribuido 18 18,6
Padre legítimo 1 1
TOTAL 97 100

Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia.

Como podemos ver en el cuadro, la ilegitimidad de los esclavos nacidos en Cáceres no sólo se derivaba del desconocimiento de la identidad del padre, si bien esta era la circunstancia más frecuente. De hecho en el 80,4 % de los casos los párrocos o bien omiten cualquier referencia acerca de la paternidad o declaran que no conocen de quien se trata con frases como “no se supo el padre”“no sabían quien fuese su padre “, “su padre no supe quién era” o “padre incierto”. Estos niños eran a veces fruto de encuentros sexuales ocasionales, pero muchas otras se debían a los abusos a los que las esclavas eran sometidas por parte de la población libre[26].

Aún en los casos en los que existe una atribución paterna, las criaturas conservan la filiación ilegítima, pues no se especifica que sus progenitores estén casados. Las atribuciones se producen en 18 ocasiones y se basan en la propia declaración de la madre o en lo que se dice en la calle, como Mateo, hijo de Antona, esclava de Rui Pérez de Osma, del que “dixeron que era de Mateo Gutiérrez”[27]. Como vemos el niño suele recibir el nombre de su supuesto padre.

Un caso llamativo, es el del tejedor llamado Francisco Calvo, al que adjudican la paternidad de dos niños hijos de esclavas distintas. En 1567 aparece como presunto padre de Francisco, hijo de Lucrecia, esclava de Sancho de Figueroa y un año después de Francisca, hija de una esclava de Pedro Pérez llamada Antona Pérez[28].

Curiosamente, es en las parroquias pecheras donde más atribuciones paternas encontramos. Los presuntos padres habitualmente pertenecen a los estratos más humildes, dedicándose, según las noticias de las que disponemos, a oficios como los de albañil, sastre o tejedor. Por ejemplo, de Alonso, esclavo de don Pedro de Ovando, cuya madre era Catalina Sánchez, “dixeron era su padre Alonso Martín, hijo de Nufrio Martín, albañil”[29]. El hecho de que se conozca el nombre del progenitor permite deducir que la esclava había establecido con él una relación de carácter más o menos estable.

En general, los propietarios no eran proclives a que sus dependientes contrajeran matrimonio, entre otros motivos porque creían que al contar con una familia, el esclavo no podía dedicar todo su tiempo al servicio prestado a sus dueños y por tanto esto le ocasionaba un perjuicio en cuanto al rendimiento obtenido de su trabajo. Por otro lado, como los esclavos debían contar con la aprobación de los amos si querían casarse, y como hemos señalado éstos se mostraban reticentes a ello, obstaculizando todo lo posible que sus esclavos lo hicieran[30], eran muy pocos los que llegaban a contraer matrimonio[31]. De modo que la única salida que les quedaba para formar lo más parecido a una familia era mantener este tipo de relaciones al margen del sacramento del matrimonio, que sus amos si bien no aprobaban, consentían, pues les ocasionaba menos inconvenientes que el hecho de que los esclavos se casasen.

Por ello, era una práctica común entre las personas esclavizadas, especialmente entre las mujeres, los amancebamientos con personas libres, quizás con la esperanza de conseguir la libertad y de que sus hijos tuvieran mayores oportunidades para ser libres[32]. No obstante, también tenían contactos carnales con personas con las que compartían condición. Es el caso de Inés, esclava de doña Francisca Picón, quien en 1584 tiene un hijo al que ponen por nombre Lucas, habido de su relación con un negro llamado Antonio[33].

Sólo en una ocasión hemos hallado que existe un vínculo matrimonial entre los progenitores de un esclavo. Se trata de Lucía y Alonso García, “criados y esclavos”del corregidor de Cáceres quienes llevan a bautizar a su hijo en 1585 a la parroquia de San Juan [34].

Además de lo expuesto, la información proporcionada por los libros de bautismos nos permite aproximarnos a otro rasgo propio de la natalidad esclava, la capacidad reproductora de las mujeres sometidas a esclavitud que residen en Cáceres, como podemos ver en el cuadro V.

CUADRO V: NÚMERO DE HIJOS POR ESCLAVA

Nº DE HIJOS ESCLAVAS HIJOS
NÚMERO %
1 49 69 49
2 14 19,7 28
3 8 11,3 21
TOTAL 71 100 97

Fuente: Libros de bautismos de Cáceres. Elaboración propia.

Tal y como se puede apreciar en el cuadro, la inmensa mayoría de las esclavas no solían tener más de un niño salvo en casos excepcionales. Aunque tradicionalmente se ha visto a las esclavas como meras productoras de hijos – niños que pasaban a incrementar el patrimonio del amo- los datos obtenidos contradicen esta idea de elevada fecundidad. Más bien las mujeres esclavizadas se encontraban en una situación poco adecuada para concebir, por diversas razones entre las que podían pesar las escasas expectativas de mantener una familia estable o el hecho de que sus hijos estarían condenados a estar privados de libertad como ellas[35]. De hecho, esa es la tónica dominante, pues como señala Manuel Lobo Cabrera, en general, la media de hijos que tenían las esclavas se situaba en torno al 1,5% y 2[36].

Sin embargo, uno de los motivos que llevaba a los compradores de personas esclavizadas a preferir la adquisición de mujeres frente a los hombres, pagando además por ellas cantidades más elevadas, era el hecho de que éstas podían tener hijos que luego podían ser vendidos, por ello buscarían que sus esclavas tuvieran al menos un hijo para poder rentabilizar su inversión.

En este sentido resulta significativo que la parroquia de Santiago sea donde las esclavas son más prolíficas, pues tienen de dos a tres hijos cada una, lo que quizás tenga relación con lo expresado anteriormente sobre la búsqueda de rentabilizar la compra de una esclava convirtiéndola en productora de nuevos esclavos. Así, entre las esclavas que más hijos tienen en esta parroquia se encuentran María, negra de Pedro de Sande que fue bautizada en 1560, y que llevará a la pila a sus tres hijos- Alonso, Diego y Magdalena- entre 1564 y 1571[37]; o un caso más elocuente, el Antonia Pérez, esclava del Pedro Pérez, el escribano citado anteriormente, quien da a luz entre 1560 y 1571 a Francisca, María y Francisco, de los que se conoce la filiación paterna de dos de ellos, tratándose de personas distintas, lo cual puede ser muestra de la permisividad del amo en que la esclava mantenga este tipo de conductas siempre que suponga un beneficio para él[38].

No obstante, encontramos esclavas igual de fecundas en las parroquias hidalgas, así Sebastiana, esclava del Licenciado Espadero, quien tiene tres hijos Antonio, Francisco y Pablo, bautizados en la parroquia de San Mateo los años 1580, 1583 y 1586 respectivamente[39].

Se advierte en los casos mencionados que existe un intervalo temporal amplio en la concepción por parte de las esclavas más fértiles, lo que se puede interpretar como que los niños son productos de encuentros sexuales esporádicos más que el resultado de relaciones permanentes, pero también se aprecia la escasa predisposición de las mujeres sometidas a esclavitud a tener hijos por los motivos antes expuestos

En definitiva, los libros parroquiales son una importante fuente para el estudio de la esclavitud puesto que aportan datos sobre aspectos que otros documentos no nos ofrecen. A pesar de todo, lo más adecuado y por supuesto más difícil, es cruzar la información que nos facilitan las distintas fuentes documentales, para poder conocer mejor el fenómeno esclavista y aproximarnos a la figura de los esclavos y a su trayectoria vital.

Aplicando lo dicho, hemos combinado la información de las partidas bautismales con la de los protocolos, lo cual nos ha permitido acercarnos a la vida de algunos de estos esclavos, como pueden ilustrar los ejemplos siguientes: en 1571, Rodrigo de Mesa, recibe de manos de su madre Juana García, los bienes que le pertenecen por la muerte de su padre Esteban Hernández, entre los que se encuentran dos esclavos mulatos pequeños, que se llaman Diego y Lucas[40]. Realmente eran unos niños que tenían 7 y 4 años respectivamente, hijos de Bárbola, esclava de su padre y cuyos bautismos están registrados en la parroquia de San Juan[41]. Unos meses después de recibir los esclavos, Rodrigo de Mesa vende a Diego por 40 ducados al señor Alonso de Loaysa, vecino de Trujillo[42].

En 1571 el doctor Bernaldo de Quirós, médico otorga carta de libertad a su esclava blanca llamada Juana, que cuenta en ese momento con dos años de edad, hija de María Perera, también su esclava. En la escritura de ahorría señala que concede la manumisión a la niña en atención a que es cristiana,- de hecho fue bautizada en la parroquia de San Juan el 13 de noviembre de 1569[43]– por servicio de Dios y por los muchos y buenos servicios que ha recibido de la madre de la criatura a la que libera[44].

Esto es simplemente una muestra de las posibilidades que permite el cruce de distintas fuentes documentales, ofreciéndonos una visión más cercana a la vida de los esclavos.

En conclusión, la consulta de los libros de bautismos del siglo XVI de las cuatro parroquias cacereñas nos ha permitido obtener diferentes datos acerca de la minoría esclava que vivía en la villa. De esta forma, hemos intentado aproximarnos al volumen de esclavos que existía en Cáceres, donde podía representar valores cercanos al 1,3 % con respecto al resto de la población libre. Por otra parte, sabemos que los principales propietarios pertenecían a los grupos privilegiados y que poseían entre dos y tres esclavos como media. Que los hijos de las esclavas eran, en la mayoría de los casos, niños habidos de relaciones al margen del sacramento del matrimonio, fruto de amancebamientos o de la explotación sexual de la que eran objeto muchas esclavas, desconociéndose hasta el nombre de sus progenitores paternos, y que esas mismas esclavas no solían tener demasiados hijos puesto que apenas tenían posibilidades de formar una familia estable y probablemente se resistían a ofrecer a sus hijos las mismas perspectivas de vida que tenían ellas, como seres privados de libertad.


NOTAS:

[1] MARCOS MARTÍN, A.: “La esclavitud en la ciudad de La Laguna durante la segunda mitad del siglo XVI a través de los registros parroquiales”, en De esclavos a señores, Estudios de Historia Moderna, Valladolid, 1992, pp. 11-42; SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, F.: “La esclavitud en Granada en el siglo XVII. Su reflejo en las fuentes parroquiales”, Crónica nova, nº 15, 1986-1987, pp. 289-300; TORRES SÁNCHEZ, R.: “La esclavitud en Cartagena en los siglos XVII y XVIII”, Contrastes nº 2, Murcia, 1986, pp. 81-101; LOBO CABRERA, M.: “La población esclava de Telde en el siglo XVI”, Hispania, nº 150, 1982, pp.47-89; LARQUIÉ, C.: “Les esclaves de Madrid à l’époque de la décadence (1650-1700)”, Revue Histórique, 1970, pp. 41-74.

[2] CORTÉS CORTÉS, F.: La población de Zafra en los siglos XVI y XVII, Badajoz, 1983 y La ciudad de Badajoz en los siglos XVI y XVII (Demografía y Sociedad ), Tesis Doctoral inédita, Cáceres, 1984; ZARANDIETA ARENAS, F.: Almendralejo en los siglos XVI y XVII, Almendralejo, 1993; MUÑOZ GIL, J.:La villa de Feria, Badajoz, 2001; BALLESTEROS DÍEZ, J.A.: “Bautismos, confirmaciones y matrimonios en la historia social de Mérida en la segunda mitad del siglo XVI”, Revista de Estudios Extremeños, LVIII, vol III, 2002, pp. 941-989.

[3] Entre los trabajos más recientes: NARANJO SANGUINO, M. A.: “La esclavitud en Miajadas durante la Edad Moderna” Revista de Estudios Extremeños,LVI, vol. II, Badajoz, 2000. pp. 505-521; PÉREZ GUEDEJO, J.J.: Esclavos en Almendral ( siglos XVI-XIX), Barcarrota, 2000; PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: La esclavitud en Jerez de los Caballeros durante la Edad Moderna. Trabajo de Grado (Inédito), Cáceres, 2002.

[4] RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A.: Cáceres. Población y comportamientos demográficos en el siglo XVI. Cáceres, 1977.

[5] Realmente es mucho lo que falta por conocer sobre la esclavitud en nuestra región, además existen grandes desigualdades espaciales pues parece que el ámbito meridional ha atraído más a los estudiosos del tema que el norte. En cuanto a los trabajos publicados sobre la esclavitud en territorio cacereño debemos referir, junto al trabajo ya citado de Miguel Ángel Naranjo, los de SÁNCHEZ RUBIO, R. y FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, A.: “El fenómeno esclavista en la sociedad trujillana del siglo XVI”, XVII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, 1988; SALINERO, G.: Maîtres, domestiques et esclaves de Trujillo. La dépendance domestique au siècle d’or. (En prensa); ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: “La esclavitud en la Alta Extremadura, proceso de auge y decadencia”, Norba, 7, 1986. pp. 93-109.

[6] TORRES SÁNCHEZ, R.: Op. cit. pp. 85-86.

[7] En algunas ocasiones, ante la duda de que los esclavos no hayan recibido el bautismo, los amos los llevan a bautizar pero la ceremonia se hace subconditione (MARCOS MARTÍN, A. Op.cit. p. 18). No es el caso de los esclavos cacereños, que aparentemente llegan a la ciudad ya bautizados, como se desprende del hecho de que los que aparecen en las escrituras notariales tengan nombres cristianos, y los dueños no parecen albergar dudas acerca de su bautismo. Los escasos adultos que aparecen en las partidas de las parroquias de Cáceres son bautizados normalmente y no bajo condición.

[8] RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A.: Op. cit. pp. 93-94.

[9] No se aprecia en este momento la incidencia de la llegada de granadinos en el grupo esclavo como ocurre para el conjunto de la población. Esto a pesar de que, tal como consta en los recuentos efectuados por la Corona para los años 1582 y 1589, sí había en el grupo morisco algunos individuos que habían sido sometidos a esclavitud como consecuencia de la Guerra de Granada. Sin embargo, los bautismos no reflejan un incremento notable del número de adultos esclavos de procedencia granadina como se aprecia en otros lugares en la década de los 70 (PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: Op. cit. p. 41-42.).

[10] Es probable que este incremento esté relacionado con un mayor volumen en las compras de personas esclavizadas que muchas veces se traduce en un aumento de los nacimientos esclavos (PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: Op. cit. p. 36). No obstante, habría que realizar un estudio sobre la actividad del comercio esclavista en Cáceres para comprobarlo.

[11] De los 112 esclavos bautizados en Cáceres, sólo hemos hallado 14 adultos, el resto son niños, hijos de esclavas.

[12] PERIÁÑEZ GÓMEZ, R.: Op. cit. pp. 38-40.

[13] CORTÉS CORTÉS, F.: Esclavitud en la Extremadura meridional. Siglo XVII. Badajoz, 1987. p. 96.

[14] ZARANDIETA ARENAS, F.: Op .cit. p. 342.

[15] BALLESTEROS DÍEZ, J.A.: Op. cit. p. 979.

[16] CORTÉS CORTÉS, F.: Esclavitud en…. Op.cit. p. 96.

[17] Estos datos nos han sido proporcionados por Felicísimo García Barriga, quien está llevando a cabo un estudio demográfico de esta zona, al cual agradecemos la información que nos ha brindado. Archivo Diocesano de Cáceres (en adelante ADC), Casar de Cáceres, Libro de Bautismos II, f. 38v, 31-5-1592; Malpartida de Cáceres, Libro de Bautismos III, f. 6v, 20-5-1621.

[18] Hemos intentado averiguar a qué se dedicaban algunos de los propietarios cruzando las noticias que ofrecen los libros de bautismos con la que nos proporcionan los protocolos notariales, de ahí que contemos con algunos datos más.

[19] En el siglo XVI el precio medio que se pagaba por un esclavo varón en Cáceres era de 767 reales, mientras que las mujeres esclavizadas llegan a alcanzar un valor medio de 832 reales. ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R.: Op. cit. p. 103.

[20] ADC, Cáceres, parroquia de Santa María, Libro de Bautismos I, f. 24v, 22-10-1579.

[21] Fernando Cortés señala para el caso de Zafra que el empleo biológico de las esclavas como “productoras” de esclavos era una conducta consciente y programada. CORTÉS CORTÉS, F.: La población de Zafra… Op. cit. p. 134.

[22] CORTÉS LÓPEZ, J.L. La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI, Salamanca, 1989. pp. 102-103.

[23] ADC, Cáceres, parroquia de Santiago, Libro de Bautismos I, f. 161v, 25-4-1585.

[24] ADC, Cáceres, parroquia de San Juan, Libro de Bautismos I, f. 94v, 24-12-1570.

[25] RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A.: Op. cit. pp. 109-118.

[26] MARTÍN CASARES, A.: La esclavitud en la Granada del siglo XVI, Granada, 2000. pp.255-256. A esto habría que añadir que los niños podían nacer también como consecuencia de otro tipo de explotación llevada a cabo por los amos, quienes a veces alquilaban o vendían a las esclavas a las casas de las mancebía. En otras ocasiones eran las esclavas quienes se prestaban a ello con permiso de sus amos, para poder así obtener el dinero que les permitiera pagar el rescate por su libertad. LOBO CABRERA, M. “La mujer esclava en España en los comienzos de la Edad Moderna”, Baética, 15, 1993. pp. 306- 310.

[27] ADC, Cáceres, parroquia de Santiago, Libro de Bautismos I, f. 81v, 29-7-1575.

[28] ADC, Cáceres, parroquia de Santiago, Libro de Bautismos I, f. 44, 4-3-1567 y f. 54, 4-10-1568.

[29] ADC, Cáceres, parroquia de San Mateo, Libro de Bautismos II, f. 20, 26-2-1594.

[30] MARTÍN CASARES, A.: Op. cit. pp.366-370.

[31] Esta era la tónica general en la Península Ibérica según señala Bernar Vincent en su artículo: “La vie affective des esclaves de la Péninsule Ibérique XVIe-XIXe siècle” en Familia y mentalidades, RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A. y PEÑAFIEL RAMÓN, A. (eds.), Murcia, 1997, pp. 31-39.

[32] LOBO CABRERA, M. Op. cit. p. 307.

[33] ADC, Cáceres, parroquia de Santiago, Libro de Bautismos I, f. 154, 16-6-1584.

[34] ADC, Cáceres, parroquia de San Juan, Libro de Bautismos I, f. 164, 2-1-1585.

[35] LOBO CABRERA, M. Op. cit. p. 299.

[36] LOBO CABRERA, M. Op. cit. p. 311.

[37] ADC, Cáceres, parroquia de Santiago, Libro de Bautismos I, fs. 3v, 9-11-1560, f. 25, 3-2-1564, f. 41v, 1-10-1566, f. 70v, 18-5-1571.

[38] ADC, Cáceres, parroquia de San Mateo, Libro de Bautismos I, f. 3, 15-9-1560, f. 54, 4-10-1568, f. 69v, 25-3-1571.

[39] ADC, Cáceres, parroquia de San Mateo, Libro de Bautismos I, f. 124 , 9-1-1580, f. 134, 22-1-1582 y Libro de Bautismos II, f. 2, 24-5-1586.

[40] AHPC, Protocolos notariales, Leg.3933, s.f., 31-8-1571.

[41] ADC, Cáceres, parroquia de San Juan, Libro de Bautismos I, f. 69, 18-12-1564 y f. 78v, 26-10-1567.

[42] AHPC, Protocolos notariales, Leg.3827, s.f., 29-12-1571.

[43] ADC, Cáceres, parroquia de San Juan, Libro de Bautismos I, f. 88.

[44] AHPC, Protocolos notariales, Leg.3636, s.f., 29-5-1571.

Oct 012001
 

Rocío Periáñez Gómez.

Desde los trabajos pioneros que abordaron el tema de la esclavitud en la España del periodo Moderno, como los de Domínguez Ortiz[1] o Vicenta Cortés[2], así como las brillantes aportaciones realizadas por Alfonso Franco, Manuel Lobo o Vicente Graullera[3] – obligadas referencias para todo aquel que intente adentrarse en la cuestión- se ha avanzado considerablemente en el estudio acerca del fenómeno esclavista en nuestro país. El interés mostrado por los historiadores hacia el conocimiento de las minorías y el mundo de la marginación se ha materializado en numerosos trabajos publicados en la última década que han supuesto una ampliación metodológica, conceptual, documental y espacial en la investigación de la esclavitud. A pesar de todo, existen algunos ámbitos geográficos donde el estudio de la institución esclavista no ha gozado de la atención que se merece, como es el caso de Extremadura. Si bien contamos con algunos estudios dedicados a la cuestión que ponen de manifiesto la extensión del fenómeno en nuestra región[4], a los que hay que unir otros más recientes, acordes con el renovado interés por el tema que parece existir en la actualidad[5], falta aún mucho camino por recorrer para que el estado de la investigación acerca de la esclavitud en Extremadura pueda alcanzar al de otros espacios peninsulares.

El objetivo de este trabajo es realizar una pequeña aportación al conocimiento del fenómeno esclavista en la región abordando un aspecto concreto del mismo: las relaciones de los esclavos con la población libre y su integración en una sociedad que consentía y mantenía la práctica de la esclavitud como algo normal. En nuestro análisis contemplaremos tanto la consideración que recibían los esclavos por parte de la mayoría libre y las actitudes y reacciones de las personas sometidas a esclavitud ante la situación en que se encontraban. Las fuentes documentales en que hemos basado nuestro estudio son fundamentalmente los pleitos eclesiásticos custodiados en el Archivo Diocesano de Badajoz, si bien hemos completado la información que éstos nos han proporcionado con la consulta de documentación municipal y notarial. La utilización de los pleitos como fuente para el estudio de la esclavitud nos permite tener un conocimiento más directo de la realidad, pues nos da cuenta, muchas veces a través de la voz de los propios esclavos, de aspectos de su vida y por tanto nos acercan a éstos personajes que han pasado habitualmente por la historia de forma anónima. Sin embargo la información proporcionada por este tipo de fuente de carácter judicial hay que someterla a un análisis crítico puesto que los testimonios que nos ofrecen testigos, acusados, demandantes, estarán condicionados por los intereses que median en cada uno de los casos lo cual se plasmará en sus intervenciones.

El esclavo no fue un personaje demasiado extraño en la sociedad extremeña de los Tiempos Modernos. La proximidad a Portugal, monopolizadora del comercio de esclavos con África, y los intercambios llevados a cabo a través de la frontera extremeña favorecieron su presencia, con mayor o menor intensidad, durante todo el periodo Moderno, con lo que la población esclava, al igual que en otras partes de España, constituyó en las ciudades y villas extremeñas un componente normal. Sin embargo, este hecho no implicaba que la población libre considerase a las personas esclavizadas como iguales.

Los esclavos se encontraban en una situación de inferioridad social debido a su condición y carencia de libertad, puesto que, aunque algunos esclavos pudiesen vivir en “mejores” condiciones que muchas personas libres, en cuanto a que, mantenidos por sus amos, no les faltaba comida o techo, sin embargo carecían de algo tan fundamental como era decidir sobre su propia vida. Así mismo, en la relación que los esclavos mantenían con el resto de la sociedad influiría su capacidad y nivel de adaptación. Hay que tener en cuenta que no todos los esclavos que vivieron en tierras extremeñas se encontraban en la misma situación puesto que no existía el mismo grado de integración entre aquellos que, traídos directamente desde sus lugares de origen a través del comercio, tenían que adaptarse a un nuevo medio, lengua, costumbres… y los que habían nacido y se habían criado desde pequeños en suelo peninsular.

Normalmente las relaciones cotidianas que mantenían los esclavos, sin considerar aquí las que le vinculaban al amo y a la familia de éste, se localizarían en gentes de su misma condición o de los estratos más bajos de la sociedad, tal y como se puede apreciar en algunos de los pleitos que nos ofrecen información acerca de esclavos. Así, en el pleito de Benito, esclavo que quiso casarse contra la voluntad de su amo, aparece como testigo Juan Pérez, cuyo oficio es vaquero y que conoce de primera mano todo el asunto, pues ha sido confidente del esclavo[6]; en el caso de Juan, negro de Bartolomé García, que ha protagonizado un altercado en una iglesia en la que están involucradas varias personas, testifica a favor del esclavo un tal Diego, criado de un vecino de Calzadilla[7]; según la documentación, “un hombre moreno de color que se dijo llamar por su nombre Pedro Domínguez y ser maese de armas y vecino de la villa de Encinasola”[8] declaró a favor de Francisco, esclavo de Isabel Guerrero, vecina de Fuente de Cantos, por cierto altercado que se produjo en Calera. Es decir, son personas de baja extracción social aquellos que mantienen una relación más estrecha con los esclavos, mientras que a otros niveles la actitud de las personas libres es distinta.

En general, podemos hablar de la existencia de una discriminación que afecta a la población esclava por parte tanto de la sociedad como de los instrumentos de poder de que ésta se vale. Así, al margen de las disposiciones generales de la Corona que atañen a los esclavos, a un nivel más concreto se puede encontrar en numerosas ciudades y villas españolas, ordenanzas, acuerdos o leyes dedicadas expresamente a esta parte de la población; tales disposiciones no suelen sobrepasar el carácter local, poseen carácter restrictivo y regulan entre otras cosas el trabajo que pueden desempeñar los esclavos, por ejemplo prohibiéndoles ejercer determinados oficios[9]; también limitan su presencia en ciertos lugares[10] o vedan las manifestaciones de sus rasgos culturales[11]. En la Extremadura meridional, los miembros del cabildo de Jerez de los Caballeros prohíben en 1521 de esta forma la venta de vino a los esclavos que viven en la ciudad:

“Este día los dichos señores acordaron que porque en esta villa ay muchos esclavos blancos y negros y en muchas tavernas y casas los acogen dándoles de comer y bever a cabsa de lo qual se hazen muchos ruidos y ladronizos por ellos y se siguen otros inconvenientes enbeviendose y haziendose desconciertos, por ende ordenaron y mandaron que ninguna persona sea osado de dar a comer ny a bever a ningún esclavo ni esclava so pena de cien maravedís la mitad para el corregidor y la otra mitad para las obras públicas y porque ninguno pretenda inorancia, mandose a pregonar públicamente”[12].

También encontramos cierta discriminación en las penas aplicadas según el afectado por ellas sea libre o esclavo. Francisco Zarandieta ilustra este hecho a partir de lo contenido en las Ordenanzas municipales de Almendralejo que recogen penas distintas para esclavos y libres. Señala entre otros el ejemplo de que bañarse en los pozos de la villa estaba penado con una multa, pero se regulaba que, en el caso de que el infractor no pudiese pagarla, se conmutase la sanción pecuniaria por un castigo, que suponía para los libres la cárcel y para los esclavos, cien azotes; la sanción que recibían los hombres libres por entrar en las viñas era estar atados al rollo de la villa cuatro horas, sin embargo los esclavos que hubieran cometido la misma falta recibirían cincuenta azotes[13]. Dado que los esclavos, a no ser que su amo se lo permitiese, no disponían de dinero, solían aplicárseles castigos físicos o en casos de que existiesen penas pecuniarias éstas recaerían sobre los amos, como responsables de las acciones de sus dependientes.

A la discriminación social derivada de la carencia de derechos de las personas esclavizadas se unía la existencia de una discriminación de tipo racial. Negro llegó a utilizarse como sinónimo de esclavo y en una sociedad defensora de la pureza de la sangre y la honra, el tener ancestros de color suponía un deshonor. Como ejemplo de esta afirmación tenemos un hecho relacionado con la cofradía de San Juan Bautista de Almendral, que estaba formada por negros y mulatos. El caso es que Ignacio García, vecino de la villa es invitado a asistir a la procesión del Corpus acompañando a los esclavos y no llega a hacerlo por prohibición expresa de su padre, puesto que era considerado una vergüenza para las personas blancas participar en los actos de esta cofradía[14]. La paradoja es que su madre y mujer, respectivamente, era una mujer morena, con lo que la actitud del padre nos parece un tanto curiosa: mientras que no ha tenido reparo en casarse con una mujer negra, veda a su hijo, que al fin y al cabo es un mulato, su participación en una de las únicas asociaciones de personas de color, puesto que considera como una injuria que participe en la procesión, mezclado con gente de baja categoría. La presencia de su hijo en los actos de la hermandad de morenos recordaba el origen de éste e iba contra los intentos de limpieza del linaje por parte del padre.

En realidad, la existencia de cofradías de negros y mulatos constituían una respuesta ante las prohibiciones contenidas en los estatutos de las hermandades de los libres. Éstas, a pesar de que solían incluir entre sus cofrades miembros de diferentes grupos sociales, vedaban su participación a moriscos, negros, mulatos y judíos, con lo que la aparición de cofradías étnicas se convertía en refugios de identificación social[15]. En estas instituciones estaba de este modo también presente la diferenciación que la sociedad hacía entre los libres y esclavos.

Las muestras de desprecio mostradas hacia los esclavos y la gente de color se plasman en ocasiones en insultos y manifestaciones peyorativas dirigidas a ellos. En este sentido los pleitos son muy ilustrativos como fuente documental, por cuanto reflejan con detalle este tipo de situaciones y muestran el lenguaje coloquial que empleaban los protagonistas. Antes de producirse el enfrentamiento físico y la violencia entre un esclavo y algunos hombres libres, los testigos pudieron escuchar una serie de insultos intercambiados entre los contendientes: “este testigo oyó dar bozes e llamarse e darse palabras feas el negro de Bartolomé Garcia Mayo al hijo de Garcia Alonso”. Estas “palabras feas” dirigidas al esclavo eran entre otras: “borracho negro”, “bellaco borracho”, “perro negro”. En estos insultos observamos desde luego la utilización claramente despectiva del término negro, a la que se añade el tópico, que como luego veremos, era atribuido a los esclavos: la afición a la bebida. A las palabras ya comentadas hay que añadir esta frase: “que no se avía de tomar un negro con cristiano” que constituye una manifestación de la superioridad que creía el hombre blanco tener sobre el negro. En cuanto a cómo se defendió el esclavo ante estos insultos los testigos sólo recogen que Juan contestó a uno de sus agresores llamándolo “bellaco puerco[16].

Sin llegar a la dureza de las expresiones precedentes y de una forma más sutil, también percibimos cierta sorna y menosprecio en los términos con los que un vecino de Burguillos se dirige hacia un esclavo, para lo cual es necesario explicar un poco el contexto en el que ambos se ven envueltos: Juan Blasco Lorenzo, vecino de Burguillos, quiere divorciarse de su mujer pues ésta anda amancebada “causando mucho escándalo con su libertad y mal vivir”, con un esclavo llamado Francisco, de quien tiene un hijo. El caso es que la dicha mujer, María Gallega, comparte lecho no solo con el negro, sino también con otros hombres, como saben muchos vecinos del lugar. Un día Francisco, el esclavo, sorprende a María con otro individuo en su casa, con lo cual, según declaró un testigo, se pusieron a pelear,

“y dicho Francisco esclavo dixo a bozes: a mi cuernos, puta; y este testigo le respondió a el dicho esclavo: pues cometió y a cometido adulterio con vos a su marido poniéndole los cuernos, siendo un onbre onrado como es, no es mucho os los ponga a vos …”[17]

En este caso no sabemos qué es lo que más reprobaba la vecindad, si el hecho de que la mujer hubiese abandonado a su marido y mantuviese relaciones con otros hombres o la condición de éstos, pues como refieren entre otros testigos Pedro Fernández, la dicha María Gallega

se fue y ausentó de casa del dicho su marido solo por vivir en libertad y ofensa de Dios Nuestro Señor como lo a bivido todo este dicho tiempo, andando amancebada con muchos onbres en particular con Jusepe, mulato albañil y con Blas Hernández Ramiro y con otros muchos”

todo ello antes de unirse más o menos establemente con el esclavo.

En estas actitudes se percibe, como ya decíamos, la mezcla del prejuicio social y racial que sufren los esclavos. Como afirma Joaquín Rodríguez Mateos “la desconexión, que parece evidente entre posición social y status, es mucho más cruda cuando media el color de la piel: un blanco de condición miserable estaría siempre por delante de un artesano negro libre”[18].

Si bien la mezcla entre la población de color y la blanca pudiera interpretarse como un signo de integración o de la ausencia de un completo racismo[19], la realidad de este hecho habría que matizarla, puesto que las circunstancias en las que se producía ese mestizaje estaban marcadas por el silencio y la ilegitimidad de las relaciones. Los escasos reconocimientos de la paternidad de los hijos de las esclavas, frente a la abundancia de hijos que tienen[20], es indicio del origen, muchas veces forzado, de las relaciones de las esclavas con los libres. La marginación que sufrían estas mujeres sometidas a esclavitud, como subrayan los autores que han centrado su atención en la figura de las esclavas[21], era mayor pues a las condiciones de vida impuestas por su estado y comunes a las de las personas esclavizadas de género masculino, se unía la marginación derivada de su sexo.

Existen otras manifestaciones de esos prejuicios que afectan a la población esclava junto a los de carácter racial. Afirma Manuel López Molina que “subyace la idea en los integrantes de aquella sociedad que el esclavo por su propia condición de tal, tendía a ser ladrón, fugitivo, borracho, etc.”[22]. En efecto en todas las escrituras de compra-venta se repite como una fórmula los tópicos de “ladrón, borracho o fugitivo”. De modo que según se desprende de esa apreciación debía ser habitual encontrar a esclavos dados a la bebida al robo o a escaparse de casa de los amos. Sin embargo en la mayor parte de esas escrituras se asegura que el esclavo no posee ninguno de estos vicios, aunque también encontramos excepciones: en el año 1635, el Licenciado Francisco Gutiérrez León, vecino de Alburquerque vende un esclavo llamado Manuel Correa “con todas sus tachas que tiene o tuviere, especialmente de ladrón, borracho y fugitivo[23] y no lo asegura de ningún defecto que el esclavo mostrase; o el caso de Domingo, mulato de 26 años del que su dueña, María de Salas, vecina de Almendral quiere desprenderse, para lo que otorga poder, precisando en él que lo ofrece “con sus tachas de borracho, ladrón y fugitivo y otras cualesquiera que pudiera tener”[24].

Estos dos casos expuestos y algunos pocos más, constituyen como decíamos las excepciones, pues considerando en conjunto las escrituras de ventas de esclavos, son muy escasos los esclavos que pasan por el mercado con alguna de estas tachas, y suponen una parte ínfima con respecto al total, lo que demuestra – eso sí, siempre que consideremos la sinceridad de los vendedores en cuanto a que no han ocultado algunos de los mencionados defectos para realizar un negocio más ventajoso- que las tachas atribuidas a la generalidad de los esclavos constituían parte de la visión que tenía la sociedad con respecto a esta minoría y por otro lado suponían una expresión de la discriminación de la que era objeto la población esclava.

Corresponden pues a una visión totalmente subjetiva que se encontraba en la mentalidad común y que implicaba la existencia de unos vicios casi inherentes a la condición del esclavo. Como afirma Rodríguez Mateos el esclavo “quedaba al margen no solo social y materialmente, sino ideológica y culturalmente. La desprotección e invalidez psíquica y física del esclavo de color iba a provocar un sistema de vida desordenado y desmedido en sus formas: la violencia, el alcoholismo, la enfermedad, el resentimiento y el robo iban a constituir el pandemonium que era sinónimo de negro, y que habría de convertirse en símbolo de culpa, maldad y pecado”[25]. Pero también el alcohol, el robo y la huida se pueden considerar junto con la violencia como respuestas individuales de los esclavos ante su situación.

El alcoholismo constituyó una vía de escape para muchos esclavos, una forma de evadirse de la situación en la que se encontraban y sus condiciones de vida. De hecho, según se desprende de la documentación, la afición a la bebida de los esclavos constituía un problema bastante generalizado[26], lo cual explica la existencia de ordenanzas municipales en numerosas poblaciones de toda la geografía española prohibiendo la entrada en las tabernas o la venta de vino a los esclavos. El cabildo de la ciudad de Jerez de los Caballeros reiterará las disposiciones tocantes a este aspecto en varias ocasiones. Así junto a la datada en 1521 que ofrecíamos anteriormente,encontramos que en 1528 el problema seguía candente.

“Este día estando en el dicho cabildo los dichos señores justicia regidores mandaron pregonar que ninguna persona vecino o morador desta cibdad que venda vino públicamente no sea osado de acoger en su casa negro ni negra ninguno que no sea suyo para dalle de comer e beber de los dineros de los dichos esclavos e moros so pena de doscientos maravedís por cada vez para obras públicas del concejo…”[27].

Algunos años más tarde, en 1543, los miembros del concejo de la dicha ciudad insisten en la misma medida extendiéndola a reprimir otro vicio también achacado a los esclavos, el juego.

“Otrosi que qualquiera persona que vendiere vino no consienta ni dé vino a ningún esclavo ni esclava ni consienta que se le de a beber en la taverna pero quando fuere por vino para sus amos se lo puedan dar y ansi mismo que ningún tabernero ni mesonero no consienta en las tavernas u mesones que ningún esclavo ni otra persona alguna jueguen en la taverna ni mesón a ningún juego so pena que por cada vez que le fuere provado un […] en pena de tres reales, la mitad para el denunçiador y la otra mitad para la justicia o regidores que lo sentenciaren”[28].

La repetición de la normativa, así como la ampliación de la pena, sugiere que las medidas adoptadas por el cabildo de la ciudad no debían tener cumplido efecto.

De la afición a la bebida de la población esclava se derivaban múltiples inconvenientes, como los altercados originados por esclavos embriagados, o los robos que muchos hacían a sus dueños o a otras personas para obtener el dinero con el que pagar el alcohol. Esto ocurrió en Badajoz, donde el mayordomo de la Cofradía del Rosario, según declara un testigo, había robado varios objetos pertenecientes a la hermandad, entre los que se encontraban la corona de plata de la Virgen, una cruz del estandarte y dinero de la limosna huyendo con ellos y

“este testigo teniendo noticia de dicha fuga fue a las puertas del puente Trinidad para que los capitanes de guardia lo detuviesen y no lo dexasen salir como lo hizo el de la puente, el qual dio aviso a este testigo como iba alrededor de la muralla por parte de adentro y este testigo lo atrancó y sonsacó dónde tenía la dicha corona y cruz el cual confesó estaba en casa de Juan Pérez Flores, mercader, dicha corona, empeñada en trescientos reales que devía de resto de dicha cantidad de vino que avía comprado” [29].

El robo constituía otro de los defectos comúnmente atribuidos a los esclavos. Solía ser una actuación que llevaban a cabo antes de proceder a la huida con el fin de obtener medios que la facilitasen, pero se generalizaba su propensión a cometer este delito en todos los ámbitos. En la iglesia de Santa María de Tudía en la víspera de la festividad de Nuestra Señora, estaba Francisco, esclavo, cuando un hombre se puso a dar voces, interviniendo el dicho esclavo para callarlo. Los gritos atrajeron la atención de la gente, que comenzó a llegar armada con espadas y palos y se formó una pelea de la que salieron varias personas heridas, algunas de las cuales eran esclavos, como Francisco. Al poco tiempo, los alguaciles entraron en la iglesia y le detuvieron llevándolo preso a la cárcel de Llerena, cuando él no era el principal causante de los hechos, y debía gozar de la inmunidad eclesiástica. Lo que referimos corresponde a la versión proporcionada por la mayoría de los testigos, sin embargo la declaración de los alguaciles es muy distinta:

“dicho Francisco, esclavo mulato es hombre incorregible y facineroso y se acompaña con gentes desta suerte que an cometido gravísimos delictos” (…)“porque estando en la yglesa de Nuestra Señora de Santa María de Tudía, a donde avía un gran concurso de gente velando y en feria la víspera de Nuestra Señora, en la noche quiso el susodicho y otros que con él yban hurtar dentro de la dicha yglesia un quero de vino a un hombre que lo estava vendiendo y en efecto lo hurtó y porque el hombre, pretendiendo defender su hacienda con toda moderación el dicho Francisco Sánchez le dio muchos golpes y cintarazos”[30].

Los representantes de la autoridad detienen al mulato basándose en que ha cometido un delito de robo. Ante la falta de otros testimonios que confirmen esa acusación lo más probable es que el testimonio de los alguaciles responda a un intento por justificar su acción que se apoya en la atribución al esclavo de defectos, que como hemos dicho antes se achacaban a la generalidad de las personas esclavizadas.

La huída constituía una de las formas de resistencia frente a los malos tratos de los amos, pero también y sobre todo, se puede considerar una actitud de rebeldía ante su situación de esclavitud, la forma de alcanzar la libertad sin tener que esperar a que la concediese su amo. Claro que también se fugan cuando han cometido algún delito y escapan, no tanto de su amo como de la justicia, que solía ser más severa con los esclavos que con los libres. Un ejemplo sería el caso de Andrés López, esclavo que en 1651 mató al cuñado de su amo en Fuente de Cantos y que huyendo, pasó a territorio portugués, aprovechando la contienda bélica entre Castilla y Portugal, buscando así ponerse a salvo de la justicia[31].

Por estas actuaciones en contra de la norma algunos esclavos terminaban en prisión, pero también por su actitud violenta o bien porque se han visto perjudicados al estar involucrados en conflictos entre varias personas. El esclavo, insultado y despreciado, no siempre estará dispuesto a aguantar impasiblemente a las provocaciones de los libres. Según palabras de José Luis Cortés “de la subestimación se pasa al desprecio con demasiada frecuencia. Se encuentran insistentemente escenas que traducen un estado de ánimo hostil que, a veces, sólo queda plasmado en amenazas y acusaciones, pero, en otras, se pasa a las agresiones físicas”[32], de ahí que la respuesta de los esclavos les lleve a verse involucrados en situaciones conflictivas donde la violencia y las manifestaciones de fuerza están presentes. En los pleitos criminales llevados ante el obispado de Badajoz tenemos numerosos testimonios de esclavos implicados en altercados y escenas donde han actuado violentamente. Son demasiado habituales los casos en los que las provocaciones realizadas por parte de los libres, muchas veces mostrando un claro menosprecio hacia el esclavo, se convierten en el detonante del conflicto. Lo normal es que a esas provocaciones siga de forma casi inmediata la respuesta del esclavo y que el “encuentro” finalice en un enfrentamiento directo donde la violencia física suele estar presente. Como ejemplo de una de estas situaciones tenemos el testimonio de Juan, esclavo negro de Bartolomé García, acerca de una pendencia que tiene como escenario la iglesia de Calzadilla. Esta es su declaración:

“anoche estando a la puerta de la iglesia de la Misericordia este aclarante, se llegó un hijo de Bartolomé Martín e le renpuxó e entonçes salió el hijo de García Alonso e dixo a este aclarante le dixo que se fuese este aclarante con el diablo e que si quería salirse acuchillado con él. E que este declarante dixo que no quería tener que faser con él e dentonces el dicho hijo de García Alonso tenía un chaçon e le quería dar a este aclarante un palo con él, e este aclarante echó mano del hierro del chaçón e al pasar del hierro le cortó la mano a este aclarante e della le salió mucha sangre e entonces vino Diego Díaz, hijo de Bartolomé Martín e vino a este aclarante e le dio con una espada envainada dos o tres golpes …”[33]

Según las versiones proporcionadas por otros testigos de este suceso y que corresponden con lo relatado por el esclavo, fueron las provocaciones de los libres las que condujeron a la pelea. Tras un intercambio de injurias verbales por ambas partes sacaron las armas y comenzó la reyerta que tuvo como consecuencia el corte en la mano del esclavo.

En estos contextos el esclavo no siempre está solo. En contraste con la reacción del esclavo frente a los abusos de los dueños y ante la injusticia de su situación, manifestada individualmente en actos como el robo, la huida o en casos más extremos, la agresión al amo, cuando un esclavo tiene que afrontar las amenazas de varias personas contará en ocasiones con el auxilio de otros esclavos. Señala Alfonso Franco que “las reuniones de esclavos eran siempre temidas por las autoridades porque en ellas se producían litigios y reyertas entre ellos”[34]. Es cierto que las autoridades muestran cierto recelo hacia la posible actuación de los esclavos, o al menos eso se desprende del acuerdo del cabildo de la ciudad de Jerez de los Caballeros, datado el 11 de junio de 1528, y que prohibía terminantemente que cualquier esclavo, ya fuera moro o negro, portase armas ofensivas o defensivas ni de noche ni de día – tal y como aparece expresado en el documento-, al mismo tiempo que se les imponía el deber de respetar el toque de queda, lo que suponía que estaban vedadas las salidas nocturnas de los esclavos en la ciudad[35]. Al no tener más noticias, no sabemos si la decisión de las autoridades constituye la respuesta a algún altercado protagonizado por esclavos[36] o se trata más bien de una medida preventiva, pero esta disposición constituye claramente una manifestación de la preocupación de la que hablábamos antes.

Por lo que hemos podido comprobar, a tenor de la documentación, eran más frecuentes los casos de enfrentamiento con personas libres que las riñas de esclavos entre sí[37]. Éstos acuden a ayudarse en los conflictos contra personas libres, hecho que creemos obedece más a los vínculos de amistad o vecindad entre los esclavos que a la existencia de una solidaridad de grupo. Los escenarios de las peleas suelen ser lugares públicos, aunque no nos constan que fueran espacios de reunión habituales o privativos de esclavos. Más bien los altercados se producen en días señalados, como pueden ser las festividades religiosas o las propias de cada población en honor de sus patrones, en plazas e iglesias, donde hay presencia de forasteros que suelen actuar en ocasiones como elemento desestabilizador de la situación.

Algo así se produjo en Llerena en 1581, donde Luis, esclavo negro de don Fernando Mejía, fue agredido por dos hombres que le apalearon, tal y como declararon los testigos en el pleito que siguió:

“dixo este testigo tiene noticia del día contenido en la pregunta, postrero día del mes de julio que es quando ovo la fiesta de los toros, que en la pregunta se declara e lo que della sabe es que teniendo un muchacho cuyo nombre no se acuerda una garrocha en las manos, vido como el dicho Manuel Vázquez, pichelero llegó y le tiró della y el dicho Luis dixo, dexalde la garrocha y si quereis garrochas quitaseles al toro como hazen los demás, y el dicho Manuel Vázquez respondió qué teneis vos que ver con eso, perro bellaco…”“dixo que lo que della sabe es que vido como el dicho Luis esclavo tenía la espada desenvainada defendiéndose de dos o tres hombres que estavan dando de palos alrededor pero que este testigo no vido si el dicho Luis hirió al dicho Manuel Bázquez en la manos…”[38]

La intervención del esclavo en defensa del muchacho fue entendida por los agresores como una intromisión que no era de su agrado, por la cual proceden a atacarlo.

Como decíamos, aunque éste no fuera el lugar más idóneo, uno de los escenarios de estas pendencias eran las iglesias. Unas veces porque allí estaba reunida la gente por motivo de algún acontecimiento, en otras ocasiones son los refugios que buscan los esclavos ante la justicia, acogiéndose a la inmunidad eclesiástica, aunque no les sirva de mucho, puesto que finalmente los alguaciles suelen sacarles de allí a la fuerza y los llevan a la cárcel. De ahí siguen las consiguientes reclamaciones del dueño del esclavo que acude en su defensa, alegando, como una muestra de la injusticia cometida, que no ha habido respeto a la inmunidad a la que toda persona tiene derecho dentro de una iglesia[39].

La presencia de esclavos en conflictos no siempre estará motivada a su posible carácter violento o a la reacción ante ciertas provocaciones. La situación de servidumbre implicaba que el esclavo debía estar a completa disposición de su dueño para lo que este demandase. En ocasiones las exigencias de los amos se hallarán por encima de los límites legales, de modo que su intervención en peleas y en otras situaciones similares responderá más que a su voluntad, al mandato de sus propios amos, que los utilizan a veces como instrumento de venganzas personales[40] y ellos, como esclavos que son, no pueden sino obedecer. Éste es el caso de Rodrigo, esclavo de don Duarte de León, vecino de Cheles. En un pleito criminal se acusa a don Duarte de León y a su hijo de haber intentado agredir a un sacerdote a la puerta de la iglesia, escena en la que estuvieron acompañados de sus esclavos. En su declaración, Rodrigo, esclavo del acusado, refiere que

“Duarte de León llevava un palo en la mano y su amo el mozo no vio el testigo lo que llevava porque yva embozado en su capa y que a esta razón doña Francisca, hija del dicho don Duarte de León le dijo al testigo que tomase un palo y que fuese donde dichos sus amos estaban[41].

Creemos que este testimonio refleja claramente una circunstancia: el esclavo no consideraba que el asunto que ocupaba a sus amos tuviera nada que ver con él. Por tanto, su participación en el acto delictivo supone una muestra del servicio “para todo” que obliga su condición servil, más que una conducta o temperamento violento del esclavo.

Lo referido no es privativo de los esclavos varones. Para confirmarlo tengamos en cuenta el caso ocurrido en el año 1564 en la población de Fuente de Cantos. Allí dos esclavas participan en el secuestro de otra mujer sometida a esclavitud, tal y como nos relata una persona que observó este suceso:

“dixo que este testigo estaba en la plaça pública desta dicha villa y estando en ella vido venir a Juan Pérez del Corro y a dos esclavas suyas tras de una esclava de Lorenzo Martín Perrazo, padre del dicho Ruy Martínez clérigo, deziendo ser suya la dicha esclava tras de que venían las otras esclavas y el dicho Juan Pérez para la meter en su casa y la alcançaron en la dicha plaça y la aseyeron y medio arrastrando la llevaron el susodicho Juan Pérez y sus esclavas hacia casa del dicho Juan Pérez y a las bozes y ruydo que hazían salió de la iglesia mayor desta dicha villa Ruy Martínez, clérigo a quitar la dicha esclava”.

Junto a la declaración de este testigo presencial de los hechos, contamos en este pleito con la de una de las esclavas, llamada Beatriz González, que fue llamada a testificar. En su comparecencia confiesa la complicidad que le corresponde en el asunto, pues iba acompañando a su amo de esta manera:

“dixo que lo que sabe acerca del, es que esta testigo, traxendo su señor y esta testigo juntamente con el dicho su amo Juan Pérez la dicha esclava de la plaça asida por que no se volviese a yr huyendo a casa del dicho Ruy Martínez, clérigo y la tuvieses escondida y hurtada como antes lo avía fecho…”[42].

Suponemos que la participación de estas mujeres se debe ante todo al servicio que deben prestar al amo como esclavas suyas que han de obedecerle. Su actuación vendrá condicionada por su situación, bien ante las posibles represalias del amo o bien manteniendo la esperanza de que su obediencia ciega llegue a ser recompensada con la libertad algún día.

Como responsables ante la ley de los actos de sus esclavos, encontramos con relativa frecuencia a los propietarios intercediendo por ellos ante la justicia, cuando éstos acaban en la cárcel por cometer alguno de los delitos citados. En la defensa que realizan de sus esclavos, es habitual señalar como atenuante que éstos han actuado después de ser provocados y heridos. Así lo hizo el representante de Isabel Guerrero vecina de Fuente de Cantos y propietaria del negro Francisco, para defenderlo de la acusación de organizar un escándalo en una iglesia que acabó en una pelea con heridos, motivo por el que había sido apresado y llevado a la cárcel de Calera.

En defensa de su esclavo actúa también Alonso González, vecino de Villafranca. El esclavo, llamado Juan, estaba acusado de atentar contra el hijo de Francisco Vidal y herirlo, además de haber huido de la cárcel después de haberlo apresado la justicia en una ermita de la villa. Su amo responde que debe dársele el beneficio de la inmunidad eclesiástica puesto que se le ha sacado de la iglesia a la fuerza y

“porque el dicho Juan, mi esclavo es bueno y fiel cristiano, temeroso de Dios y de buena conciencia y fama y el no ha cometido el delito ni delitos que las partes contrarias dicen…”[43].

Las palabras elogiosas del dueño podrían ser muestra del aprecio que siente hacia el esclavo. Sin embargo, dado el caso, son más bien un medio de resaltar virtudes que contrasten con las acusaciones que han llevado al esclavo a la cárcel y que por tanto pretenden exculparlo. En este sentido las declaraciones de los amos suelen discrepar con las de la otra parte implicada en el asunto, en este caso Francisco Vidal, padre de la supuesta víctima del esclavo que nos dice:

“porque a traición y sobre hecho pensado y asechanças de noche escuro hirió a un hijo de mi, el dicho Francisco Vidal que se dize Alonso Vidal y a estado a punto de muerte y siendo preso sobre el dicho delito y estando averiguado y en la cárcel, quebrantó la cárcel y prisiones y se huió y se fue haziendo hechos como lo era”.

En realidad no conocemos certeramente qué es lo que pasó, ni se conserva la sentencia de este caso la cual nos podría dar luz sobre los hechos, pero están claras las distintas posiciones ante el hecho que muestran los libres según los intereses que les mueven.

En definitiva, las relaciones de los esclavos con el resto de la sociedad estuvieron marcadas por su condición jurídica y social que los situaba en una posición marginal. La existencia de leyes o disposiciones de carácter local, que afectaban exclusivamente a la población esclava, o las diferencias entre las penas que se establecían para libres y esclavos por los mismos delitos reflejan la distinción que la sociedad hacía entre ambos como personas de diferente categoría. Estas normas limitaron aún más sus escasas posibilidades de integración y los esclavos establecerán normalmente relaciones con gentes de su condición o de baja extracción social.

La marginación y desprecio hacia los esclavos por parte de la población libre se manifestó en insultos y en la creación de una imagen tópica del esclavo portador de una serie de vicios, como ladrón, borracho y fugitivo. Aunque estas tachas se achacaban a la generalidad de los esclavos, las fuentes revelan que no fueron tantos los que podían calificarse como tales. Aún así, el alcohol, el robo y la huida constituyeron mecanismos de evasión de la situación en que se hallaban y en formas de resistencia de algunos esclavos incapaces de soportar su condición. Además, ante las actitudes despectivas mostradas por los libres, algunos esclavos responderán de forma violenta, si bien esta conducta respondía más a las provocaciones de las que era objeto que por el supuesto carácter violento atribuido a los esclavos. En ocasiones se ve envuelto en situaciones conflictivas por mandato de sus amos, respondiendo al servicio que como esclavos están obligados a desempeñar para sus propietarios.

En conclusión, las limitaciones impuestas por su condición a las que había que añadir el rechazo social del que eran objeto, dificultaron la integración de los esclavos en una sociedad que les consideraba como seres inferiores.


NOTAS:

[1] DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. “La esclavitud en Castilla durante la Edad Moderna” en Estudios de Historia Social de España, T. II. Madrid, 1952. pp.369-428.

[2] CORTÉS ALONSO, V. La esclavitud en Valencia durante el Reinado de los Reyes Católicos (1479-1516). Valencia, 1964.

[3] FRANCO SILVA, Alfonso, La esclavitud en Sevilla y su tierra a fines de la Edad Media. Sevilla, 1979; LOBO CABRERA, M. La esclavitud en las Canarias orientales en el siglo XVI. Gran Canaria, 1982; GRAULLERA SANZ, V. La esclavitud en Valencia en los siglos XVI y XVII. Valencia, 1978.

[4] ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R. “La esclavitud en la Alta Extremadura, proceso de auge y decadencia”, Norba, 7, 1986. pp. 93-109; SÁNCHEZ RUBIO, R. y FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, A. “El fenómeno esclavista en la sociedad trujillana del siglo XVI”, XVII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, 1988; CORTÉS CORTÉS, F. “Aproximación a la condición esclava en el Badajoz del siglo XVII”, Norba, 5, 1984. pp. 155-162; “Esclavos y comercio esclavista entre el reino de Portugal y la Extremadura meridional a finales del siglo XVII” en Encuentros de Ayuda, Badajoz, 1987. pp. 469-488.; Esclavos en la Extremadura meridional, siglo XVII, Badajoz, 1987.

[5] MIRA CABALLOS, E. “Indios americanos en la Extremadura del siglo XVI: Introducción a su estudio”, XXVI Coloquios Históricos de Extremadura.Trujillo, 1997. pp. 339-346; PÉREZ GUEDEJO, J. J. Esclavos en Almendral (siglos XVI-XIX). Barcarrota, 2000; NARANJO SANGUINO, M. A. “La esclavitud en Miajadas durante la Edad Moderna” Revista de Estudios Extremeños, LVI, vol. II, Badajoz, 2000. pp. 505-521; SÁNCHEZ CORONADO, Manuel: “Algunos ejemplos en Zafra del tráfico de esclavos entre España y las Indias”, IX Congreso Internacional de Historia de América. Extremadura y América: pasado, presente y futuro. (En prensa); PERIÁÑEZ GÓMEZ, R. “El comercio esclavista en la Baja Extremadura de los Tiempos Modernos: Jerez de los Caballeros”, XXIX Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2000. (En prensa).

[6] Archivo Diocesano de Badajoz (A.D.B.) Civil, leg. 10, año 1616.

[7] A.D.B. Criminal, leg. 229, año 1571.

[8] A.D.B. Criminal, leg. 766, año 1602.

[9] Aurelia Martín pone de manifiesto la prohibición que existía en Granada, según contenían sus Ordenanzas municipales, para que los esclavos se empleasen en los oficios de tejer y labrar seda. MARTÍN CASARES, A. La esclavitud en la Granada del siglo XVI, Granada, 2000. p.77.

[10] Realmente son comunes en muchas ciudades y villas las disposiciones de los cabildos que vedan a los esclavos la entrada en las tabernas así como otras medidas restrictivas que afectan igualmente a los esclavos, tal y como se ha puesto de manifiesto a partir de la utilización de la documentación municipal en la investigación sobre esta problemática. José Luis Cortés nos refiere que eran comunes las prohibiciones de circular por la noche así como de que consumieran vino. CORTÉS LÓPEZ, J. L. La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI, Salamanca, 1989. p. 90.

[11] En concreto, a los moriscos canarios, tal como resalta Manuel Lobo, les prohibieron hablar su lengua, cantar, tocar panderos y enterrar a sus muertos en el campo entre otras cosas, pero también existía en Canarias prohibiciones que afectaban a los esclavos en general. LOBO CABRERA, M. La esclavitud en las Canarias Orientales en el siglo XVI (negros, moros y moriscos), Gran Canaria, 1982. p. 246.

[12] Archivo Municipal de Jerez de los Caballeros (A.M.J.C.) Libro de acuerdos, leg. H.A.a. 1/1, f. 179, 21 de Febrero de 1521.

[13] ZARANDIETA ARENAS, F. Almendralejo en los siglos XVI y XVII, Almendralejo, 1993. p.357.

[14] PÉREZ GUEDEJO, J. J. Cofradías y Hermandades de Almendral, Historia y presente, Badajoz, 1999. pp. 112-114.

[15] RODRÍGUEZ MATEOS, J. “De los esclavos y marginados: Dios de blancos y piedad de negros. La cofradía de los morenos de Sevilla”. p. 573.

[16] A.D.B. Criminal, leg. 229, año 1571.

[17] A.D.B. Matrimonial, leg.19, año 1625.

[18] RODRÍGUEZ MATEOS, J. Op. cit. p. 579.

[19] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M. La sociedad española en el Siglo de Oro, Madrid, 1984. p. 160. Hay que entender el término racismo en el sentido que antes explicábamos: la asociación que en la época se hacía de la raza con la condición esclava.

[20] El carácter ilegítimo de estos niños unido a su condición esclava acentuarán su posición marginal en la sociedad.

[21] LOBO CABRERA, M. “La mujer esclava en España en los comienzos de la Edad Moderna”, Baética, 15, 1993; MARTÍN CASARES, A. Op. cit.

[22] LÓPEZ MOLINA, M. Una década de esclavitud en Jaén: 1675-1685, Jaén. 1995. p. 121.

[23] Archivo Histórico Provincial de Badajoz (A.H.P.B.) Protocolos notariales, leg. 4818, año 1635, fs. 231-232.

[24] A.H.P.B. Protocolos notariales, leg. 1054, año 1646, s.f.

[25] RODRÍGUEZ MATEOS, J. Op. cit. p. 579.

[26] Si bien, estas medidas contradicen a las noticias aportadas por las escrituras de compra-venta, que como hemos dicho apenas reflejan esclavos con estos problemas.

[27] A.M.J.C. Libro de acuerdos, leg. H.A.a. 2/2, s. f., 23 de Enero de 1528.

[28] A.M.J.C. Libro de acuerdos, leg. H.A.a. 2/10, f. 74, 17 de diciembre de 1543.

[29] A.D.B. Cofradías, leg. 3, año 1675.

[30] A.D.B. Criminal, leg, 766, año 1602.

[31] A.D.B. Criminal, leg. 1106, año 1651.

[32] CORTÉS LÓPEZ, J. L. Op. cit. p. 95.

[33] A.D.B. Criminal, leg. 229, año 1571.

[34] FRANCO SILVA, A. La esclavitud en Sevilla y su tierra a fines de la Edad Media, Sevilla, 1979. p. 216.

[35] A.M.J.C. Libro de acuerdos, leg. H.A.a. 2/2, s. f., 11 de Junio de 1528. En el mismo documento se establecen las penas que serán aplicadas a aquellos que vulneren la normativa, así como se reitera la prohibición de dar de comer y beber a los esclavos si no es la casa de su propio dueño, sin embargo nos ha sido imposible trascribirlo dado el estado de esa página del libro de acuerdos, que aparece partida y dañada por la humedad.

[36] Solamente seis meses antes, el 23 de enero de 1528, el cabildo había prohibido que ningún vecino acogiese en su casa a los esclavos. (A.M.J.C. Libro de acuerdos, leg. H.A.a. 2/2, s. f., 23 de Enero de 1528). Todo induce a pensar en la existencia de algún problema en la ciudad con la población esclava que vivía allí y que no conocemos.

[37] Hay que señalar que ello no implica que no se diese el caso, pero las limitaciones de las fuentes en este sentido son el principal problema. Están constatados algunos enfrentamientos entre esclavos en otras poblaciones, como así refiere Antonio González en la villa de Ayamonte (GONZÁLEZ DÍAZ, A. M. La esclavitud en Ayamonte durante el Antiguo Régimen, Huelva, 1996. p. 87), que explicarían la actitud de las autoridades sevillanas que resaltaba Alfonso Franca Silva y que citamos anteriormente.

[38] A.D.B. Criminal, leg. 1244, año 1581.

[39] Son numerosos los casos similares que hemos hallado entre los pleitos que se conservan en el Archivo Diocesano de Badajoz y que se localizan en diversas poblaciones: en Fuente de Cantos (A.D.B. Civil, leg. 766, año 1602), Llerena (A.D.B. Criminal, leg. 1244, año 158) o Villafranca (A.D.B. Criminal, leg. 1216, año 1544).

[40] ZARANDIETA ARENAS, F. Op. cit. p. 358. En 1715 el clérigo Nicolás Román Blanco demanda en Llerena al coronel don Gonzalo de Carvajal “por los golpes que mandó darle con un esclavo”. A.D.B. Criminal, leg. 1135, año 1715.

[41] A. D. B. Criminal, leg, 95, año 1696.

[42] A.D.B. Criminal, leg. 451, 1564.

[43] A.D.B. Criminal, leg. 1216, año 1544.

Oct 012000
 

Rocío Periañez Gómez.

La presencia de esclavos en la sociedad extremeña de los Tiempos Modernos es algo incuestionable que conocemos gracias a los trabajos de algunos investigadores que nos han aproximado al tema de forma más o menos directa, si bien el estado de la investigación sobre la esclavitud en Extremadura es aún insuficiente para tener una visión general del fenómeno en toda la región[1]. Conocido a partir de estudios de carácter local fundamentalmente[2], estos trabajos permiten ir ampliando el espacio conocido sobre este tema. Con este trabajo queremos hacer una pequeña aportación en esa labor de reconstrucción del pasado analizando una de las manifestaciones del fenómeno esclavista: el comercio. Esta actividad está estrechamente relacionada con la condición del esclavo, sujeto sin capacidad jurídica y que puede ser comprado y vendido, cuyo precio, como para cualquier producto comerciable, estará sujeto a cambios según su “calidad”, según la ley de la oferta y la demanda, según el precio del dinero… Para mostrarlo hemos elegido como ejemplo el comercio que se realizaba con esta mercancía humana en una ciudad de la Baja Extremadura de importancia en la época que tratamos: Jerez de los Caballeros, a lo largo del siglo XVII.

Las fuentes que pueden utilizarse para el estudio de la esclavitud son variadas (parroquiales, notariales, municipales…) pero para el tema que nos ocupa, el comercio, hemos trabajado con las escrituras de compra-venta de esclavos y con las cartas de poder para vender esclavos[3] que hemos vaciado para todo el siglo en los Protocolos Notariales de la ciudad, custodiados en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz.

1. EL COMERCIO DE ESCLAVOS

Como ya anticipábamos en la introducción a este trabajo, nuestra investigación se ha centrado en las transacciones comerciales que tienen por objeto la compra-venta de personas, privadas, por la sociedad en la que viven, de uno de los derechos fundamentales del ser humano: la libertad. Es difícil entender desde nuestro punto de vista actual cómo podían darse estos casos, pero lo cierto es que constituían una realidad cotidiana. Y no hablamos ya de las exóticas tierras al otro lado del océano, donde es por todos conocida la presencia de esclavos utilizados como mano de obra en plantaciones y minas; en Extremadura también existían personas sometidas a la esclavitud.

No vamos a hacer aquí un repaso por toda la historia de la institución esclavista, pero sí señalar que durante el tiempo que hemos tomado como marco para este trabajo, el periodo Moderno, la esclavitud y el comercio de esclavos era algo plenamente aceptado por la sociedad, pues seguían vigentes las tesis aristotélicas que justificaban el dominio de unas personas sobre otras y su reducción a la esclavitud. Los esclavos lo eran por diferentes motivos, muy claros ya en estos momentos, herencia del mundo clásico, principalmente por guerra o nacimiento, pero también por deudas o crímenes. Por guerra lo fueron por ejemplo los musulmanes en la Reconquista o en un tiempo más próximo al que tratamos los que se rebelaron en la Alpujarras. En el caso de los negros procedentes de África, ésta era también la justificación que se daba para someterlos a la esclavitud, o al menos era la que solía aparecer en las escrituras de compra-venta: “habidos de buena guerra”, guerra legitimada por la religión puesto que se trataba de luchar contra los infieles. Por nacimiento eran todos aquellos hijos de una mujer esclava, el hecho de que el padre lo fuera o no, no importaba, se heredaba la condición materna.

El esclavo no tenía ningún tipo de potestad sobre su persona y no podía disponer de su vida, sino que lo hacía por él su dueño, al cual pertenecía desde su nacimiento, si era hijo de otros esclavos de su propiedad, o desde el momento en que lo compraba, pasando instantáneamente a formar parte de su patrimonio, como una cosa más. En este sentido, el esclavo igual que se compraba podía venderse, donarse, alquilarse, trocarse, hipotecarse…

La posesión de esclavos no era exclusiva de las clases privilegiadas, si bien, como veremos más adelante, son los miembros de este grupo los que destacarán en la tenencia de esclavos puesto que dado su elevado precio, no toda la población podía tener acceso a un producto de lujo, que en territorio extremeño se convierte ante todo en un signo de distinción social para su poseedor.

2. LAS VENTAS

Como en cualquier otra transacción económica sobre la que se pretendía evitar malentendidos, la compra- venta de esclavos se realizaba en presencia de un escribano público que con su signo daba fe de la legalidad de la venta. Las escrituras de este tipo que se conservan son las que han servido de base para esta investigación y la que nos proporcionan toda la información que vamos a analizar a continuación.

Partimos de 69 escrituras de venta y 19 poderes para vender esclavos, es decir los documentos que expedían los dueños de los esclavos para que otra persona realizara la venta en su nombre, en total 88 documentos pertenecientes al siglo XVII que nos hablan del comercio de esclavos en la ciudad de Jerez de los Caballeros o en relación con sus habitantes. Esta documentación nos permite descubrir como se realizaban las transacciones y en qué condiciones, cuales eran las características de los esclavos que se vendían, qué precios se pagaban por ellos, etc.

La distribución de las ventas y los poderes, en periodos de diez años, a lo largo del siglo es la siguiente:

Años Ventas Poderes Total
1610-1619 8 1 9
1620-1629 18 5 23
1630-1639 4 2 6
1640-1649 8 4 12
1650-1659 5 2 7
1660-1669 3 1 4
1670-1679 16 2 18
1680-1689 4 1 5
1690-1699 3 1 4
TOTAL 69 19 88

Este cuadro nos permite observar que las ventas van ascendiendo desde principios de siglo, suponemos que en un proceso iniciado en las últimas décadas del siglo XVI, en las que el comercio esclavista tiene su auge[4], llegando a su punto más álgido en la década de los años veinte, descendiendo en los años 30, con un ligero ascenso en los 40 y manteniéndose en niveles bajos hasta la recuperación en los 70. Esta caída de las ventas se puede explicar fácilmente si tenemos en cuenta que el comercio esclavista extremeño tenía como principal fuente de abastecimiento al país vecino y que durante esos años, desde 1640 a 1668 se está produciendo un conflicto bélico, la guerra de Independencia portuguesa, que afectará al intercambio de productos entre los dos países, y por supuesto tendrá su incidencia en el comercio de esclavos. De hecho, el incremento en los años 40 estará relacionado, como analizaremos más adelante, con la guerra: muchos de los esclavos que se venden esos años proceden de territorio portugués, pues constituyen parte del botín de guerra en el momento inicial de la misma; posteriormente las transacciones con esclavos experimentan una caída acusada hasta el término de la coyuntura bélica, momento en el que se produce una recuperación rápida, llegando a alcanzar niveles bastantes altos si tenemos en cuenta que el siglo XVII es un periodo de crisis y que los esclavos eran un producto caro. El descenso del número de ventas será la tónica dominante en los últimos años del siglo y se puede interpretar como los primeros síntomas de la decadencia de la institución esclavista que se manifiesta plenamente en el siglo XVIII.

3. COMPRADORES Y VENDEDORES

Lo primero que suele aparecer en una escritura de venta es el nombre de las personas que realizan el negocio, del vendedor y del comprador. En el caso concreto de la venta de esclavos es interesante conocer quienes eran los que participaban en estas actividades, no tanto sus nombres propios como su condición socio-profesional y su vecindad. Así podremos saber qué grupo o grupos sociales eran los que contaban entre sus posesiones con esclavos y conocer la amplitud espacial de este comercio, si se reducía al ámbito local o tenía más proyección.

Centrándonos en la primera cuestión, quiénes eran los propietarios, podemos distinguir entre los que los poseen y se disponen a venderlos y los que los buscan en el mercado esclavos que pasen a engrosar su patrimonio.

Los vendedores de esclavos, no eran siempre profesionales dedicados a esta actividad, aunque en Jerez son los que predominan, sino que también encontramos personas dedicadas al oficio de las armas, desde el soldado hasta el capitán, o dentro del grupo de la administración regidores, contadores, alcaldes…, también eclesiásticos, etc.

Vendedores[5]

Grupos Número de casos %
Comerciantes 20 31,7
Administración 12 19
Nobles 10 15,9
Militares 9 14,3
Eclesiásticos 7 11,1
Otros 5 7,9

Clasificando los vendedores por grupos socio-profesionales podemos ver que, como cabría esperar, los que destacan en el número de ventas de esclavos son las personas especializadas en el comercio, en concreto de este tipo de mercancía humana, perteneciendo a este oficio Mateo Pérez[6] vecino de la ciudad, el sevillano Alonso García de Béjar[7] o los portugueses Cristóbal de Santiago, vecino de Lisboa[8] y Gaspar Díaz Méndez, vecino de Olivenza[9].

Existen también personas que, aunque desempeñan otras profesiones, los vemos actuar activamente en el comercio de esclavos: no hay que olvidar que el esclavo además de un signo de distinción o mano de obra constituye también una inversión y de su venta se podían obtener altos beneficios[10]. En Jerez, sería el caso del escribano Francisco Vázquez Aguilar, bastante involucrado en el comercio de esclavos puesto que lo vemos en tratos directos con mercaderes especializados, como el mencionado Alonso García de Béjar, que le otorga un poder para vender un esclavo[11] o vendiendo esclavas que antes le había comprado a este mismo comerciante según aparece explicado en la escritura de venta[12].

En segundo lugar tenemos al grupo de la administración, desde los miembros del regimiento de la ciudad como, don García de Torres y Silba[13], don Fernando de Silva y Figueroa[14], don Rodrigo Álvarez de Molina[15]; contadores de la mesa maestral: Diego Deocampo[16]; procuradores: Juan Martín Cordero[17]: abogados: Licenciado Antonio Rubiales[18], Licenciado Diego González de Toro[19]

Después nobles[20] como el señor de la Higuera de Vargas, don Francisco de Silva y Vargas[21].

Destaca también el colectivo militar, cuyos altos mandos suelen ser propietarios habituales de esclavos, como el capitán de infantería don Matías Díaz de Cadornia[22], el sargento mayor don Alonso Rodríguez Tinoco[23] o el alférez Francisco Topete de Velasco[24], pero en una coyuntura muy concreta, la guerra de Independencia portuguesa, se convierten en mercaderes eventuales del botín obtenido en sus campañas en Portugal: los esclavos que han sacado de ese territorio y que así especifican en las escrituras notariales y de los cuales hablaremos con detalle más adelante.

Figuran también entre los vendedores los eclesiásticos, presbíteros como el Licenciado Juan del Castillo[25], don Lorenzo Lobato Arteaga[26], clérigos de menores: don Juan Maraver de Sanabria[27]

Hay que señalar también el caso de las mujeres que aparecen como propietarias de esclavos: doña Benita Maldonado[28] o doña Ysabel de Campaña[29] , en ambos casos viudas que seguramente han recibido como herencia de sus maridos los esclavos que se disponen a vender a través de intermediarios, parientes o personas más especializadas en este tipo de operaciones mercantiles que puedan obtener un precio mejor por los esclavos, a los que otorgan poderes para dicho efecto.

En esta clasificación no hemos podido incluir a los vendedores múltiples, es decir, los casos en los que el esclavo no es propiedad de una sola persona. En total tenemos cinco documentos en las que varias personas aparecen como vendedores: dos casos en los que los dueños de los esclavos son matrimonios, los portugueses Gonzalo de Piña Lobo y Beatriz Toregua de Brito[30] y don Francisco Sirgado de Ayala y doña María Ronquillo, que se disponen a vender un esclavo recibido en la dote de su casamiento[31] y tres en los que los esclavos que se venden pertenecen a varios hermanos: Juan, esclavo de diez años que pertenecía a doña Isabel de Liaño, lo quieren vender sus herederos, don Diego de Monroy y Zúñiga, don Cristóbal, doña Catalina, doña Marina, doña Ysabel y doña Beatriz de Monroy para lo cual otorgan un poder al albacea testamentario pues era voluntad de su madre pagar con lo que obtuvieran de dicho esclavo las misas por su alma[32]; Magdalena es vendida por el licenciado don Lorenzo Fernández Maldonado, doña Leonor y doña Catalina Maldonado y la madre de todos ellos, Mayor Velázquez, viuda. Aunque en la escritura no se especifica hemos de suponer que Magdalena era una esclava de Juan López Álvarez, marido de la última y padre de los demás[33]. El último caso es la venta de un esclavo por parte de Mariana Gómez, como curadora de sus hijos, los dueños del esclavo[34].

Compradores

Grupos Número de casos %
Administración 13 27,6
Nobles 11 23,4
Eclesiásticos 8 17
Militares 8 17
Mujeres 4 8,5
Comerciantes 2 4,2

Realizando un análisis similar para los compradores podemos apreciar que prácticamente tenemos a miembros de los mismos grupos que vendían comprando esclavos, sin embargo cambia la estadística: los principales compradores son los pertenecientes al grupo de la administración como los corregidores don Francisco Enjuela[35] o el señor don Diego de Ulloa y Bazán[36]; regidores como don Diego Quijada y Velasco[37] o Juan González Vázquez[38]; contadores como Francisco Díez Cavallino[39] o el señor Diego Deocampo[40], el Licenciado don Francisco de Solís y Trujillo, alcalde mayor[41]

En segundo lugar los nobles: don Pedro Baltasar de Vargas Portocarrero, caballero de la orden de Santiago[42]; don Francisco de Bazán[43], caballero de Alcántara…

Los militares y eclesiásticos son también asiduos compradores de esclavos, entre los primeros: el señor Fernando de la Vega, alférez mayor[44] o el teniente Francisco de Torilla[45] y presbíteros: el Licenciado Juan Sirgado de Aguilar[46] o el clérigo Francisco de la Cámara[47].

En último término tenemos a mujeres como Ana Méndez de la Vega[48], la viuda doña Ana de Guzmán[49] o la también viuda María Brava [50] y a comerciantes, que comprarían esclavos para luego venderlos: como el mercader de Jerez Pedro del Valle[51] o Ruflo Sotelo de Aguilera que compra la mercancía a un colega portugués[52].

En general son personas que por su posición tienen un alto nivel adquisitivo que le permite la compra de uno o varios esclavos.

En cuanto a la procedencia de los vendedores y compradores como ahora apreciaremos en el siguiente cuadro son los vecinos de Jerez los principales protagonistas del comercio de esclavos en la ciudad, sin olvidar a los vecinos de poblaciones cercanas tanto de territorio extremeño: Almendral, Oliva, Fregenal, etc. como del otro lado frontera que acuden a Jerez.

Localidad Nº de vendedores Nº de compradores
Jerez 31 57
Villanueva del Fresno 4
Cheles 1
Montijo 2
Almendral 1
Oliva 1
Badajoz 1
Zafra 1 2
Fregenal 1
Fuente de Cantos 1
Valencia del Ventoso 1
ANDALUCIA
Sevilla 10 2
Córdoba 1
Jaén 1
Estepa 1
PORTUGAL
Lisboa 4
Monsaraz 2
Evora 1
Mora 2
Çafara 1
Olivenza 6
OTROS
Madrid 2
Villoslada 1
TOTAL 69 69

Si algo llama la atención es que Jerez debía absorber la oferta de mercancía humana puesto que la mayor parte de los compradores son de la misma ciudad, y solo en casos muy puntuales foráneos. En cambio es más variada la procedencia de los vendedores, con lo cual podemos deducir que existía una demanda de esclavos que superaba a la oferta local. Por ello vemos a vecinos de otras poblaciones de la Baja Extremadura vendiendo en Jerez esclavos, pero en esto destacarán sobre todo los portugueses, ya hemos hablado de los tratantes de esclavos de esa nacionalidad, y andaluces, procedentes principalmente del segundo mercado esclavista más importante de la península, Sevilla.

Aunque parece que en Jerez no debía ser difícil vender un esclavo nos llama la atención que en algunas de las cartas de poder para la venta de esclavos se especifica el lugar donde debían venderse preferentemente, quizás porque el dueño del esclavo ya lo había intentado sin éxito en la propia ciudad y recurría a personas para que lo vendiesen en otros lugares o porque se esperaba hacer mejor negocio vendiéndolo en mercados donde se pagaba más por un esclavo. Francisco Hernández Santiago da poder a Antonio Pérez “para que en la villa de Çafra y feria que en ella se haze o en otras partes donde le pareziere pueda vender y venda a Juan”[53], otro destino mencionado es Andalucía, y en especial Sevilla, de esta forma don Luis de Silva Enríquez otorga carta de poder al presbítero Cristóbal Muñoz vecino de Sevilla, para vender en dicha ciudad a su esclavo Pascual[54] o el poder que Diego Deocampo da a su mujer, que se dispone a viajar a Madrid, para que venda allí al negro Pedro[55].

4. LA MERCANCÍA

La información que nos aportan las escrituras de venta de esclavos sobre éstos suele ser bastante rica cualitativamente, si bien, comparándola con la venta de algún animal nos sorprende, por no decir algo más, su similitud, lo cual puede ser una muestra de la consideración que recibían en general por parte de la sociedad. Por poner un ejemplo disponemos de una escritura en la que se venden conjuntamente un esclavo y una potranca[56]. Esta es la descripción del esclavo:

“… se llama Marcos, que es moço alto de cuerpo, baço, de hedad de diez y seis años poco más o menos…”

Y la de la potranca:

“… de tres años, ruçia, quemada con una estrella en la frente, el pie derecho calcado y con hierro de fuego de aro en una pierna…”

Las descripciones que se nos ofrecen de los esclavos nos permiten conocer además de las características de éstos otros aspectos: si existía o no algún tipo de preferencia entre los vecinos de Jerez a la hora de comprar esclavos o los condicionamientos que influyen en el precio de los mismos. Entre los datos que nos dan sobre los esclavos se encuentran su nombre, edad y color, en la mayoría de los casos. A veces se complementa esa información con otros detalles, como su origen- ciertamente en pocas ocasiones en los documentos que hemos consultado- algunos rasgos físicos y la existencia – o no- de tachas físicas o morales.

Si vamos analizando cada una de estas características hay que decir que los esclavos que se venden en Jerez tienen nombres cristianos bastantes comunes en la época tales como Juan, María, Diego, Pedro, Domingo, etc.[57], con lo que hemos de entender que han sido bautizados, existiendo también algunas excepciones, en concreto nombres árabes que denotan el origen musulmán de esos esclavos como es el caso del que venden a un vecino de Jerez y que se llama Alí, del que se nos dice que es:

“un esclavo moro berberisco boçal, en su ley llamado Alí, que tengo, blanco, que ube e compré en la villa de Motril de Diego Martín, vecino de la dicha villa, que es herrado en la frente, una señal de herida en la cara y otra en el brazo (…) que será de hedad de más de treynta años (…)” [58].

En función del sexo existe cierto equilibrio entre las ventas de mujeres y las de hombres con un ligero predominio de las primeras: aparecen en las escrituras un total de 47 hembras frente a 44 varones. Lo normal era la preferencia por las mujeres para su dedicación a tareas domésticas, más dóciles en el trato que los hombres, sin olvidar su función procreadora de nuevos esclavos con los que el amo incrementaba su patrimonio[59].

Este cuadro sintetiza la edad de los esclavos en el momento de la venta:

Grupos de edad Varones Hembras TOTAL
Casos % Casos % Casos %
0-4 1 2,3 3 6,4 4 4,4
5-9 1 2,3 4 8,5 5 5,5
10-14 9 20,4 7 14,9 16 17,6
15-19 10 22,7 8 17,1 18 19,8
20-24 9 20,4 7 14,9 16 17,6
25-29 5 11,4 7 14,9 12 13,1
30-34 2 4,5 5 10,6 7 7,7
35-39
40-44 1 2,3 1 2,1 2 2,2
45-49 1 2,3 1 1,1
50-54 1 2,1 1 1,1
No especifica 5 11,4 4 8,5 9 9,9
TOTAL 44 100 47 100 91 100

Las edades de la mayoría de los esclavos, tanto hombres como mujeres, que se venden en Jerez comprenden de los 10 a los 35 años, englobando los menores de 35 el 85,7 % de todas las ventas. Los niveles mínimos se encuentran en los más pequeños y en los mayores de 35 años. No parece existir un gran mercado para los niños hasta que cumplen los 14 años, solo encontramos algunos casos aislados, siendo más frecuente la venta de niños con sus madres, como el caso de María, esclava tinta bozal que es vendida con una hija de pecho llamada también María[60]. La aparición de esclavos que superan los 35 no es tampoco muy habitual, lo que muestra unaactitud general entre los compradores: ya que van a invertir su dinero en un producto costoso prefieren a esclavos jóvenes, con una edad media de unos 20 años, superando los riesgos de las edades infantiles y siendo más rentables económicamente que un esclavo de edad avanzada.

Existe una gran variedad racial según nos señalan las fuentes, en las cuales los escribanos han descrito, con sus distintos matices, el color de cada uno de los esclavos que pasaron ante ellos. Así tenemos desde el negro tinto, negro atezado, mulato membrillo cocho, blanco… esta diversidad es muestra del progresivo blanqueamiento de muchos esclavos producto de las mezclas étnicas en especial entre población esclava y blancos. Para conocer cuales eran los esclavos que más pasan por el mercado según su color hemos realizado tres grupos: negros, mulatos, blancos.

Color Varones Hembras TOTAL %
Negro 15 28 43 47,2
Mulato 14 17 31 34,1
Blanco 4 4 4,4
No especifica 11 2 13 14,3
TOTAL 44 47 91 100

Según los porcentajes vemos que de los grupos más numerosos, negros y mulatos hay un predominio de los primeros que puede explicarse por la proximidad de Portugal como proveedora de esclavos negros, recién traídos de África. En cuanto a los esclavos de piel blanca son ya muy escasos en estos momentos pues prácticamente están agotadas las fuentes de aprovisionamiento y han ido siendo sustituidos progresivamente por la población esclava negra, más apreciados frente a los esclavos blancos, considerados huidizos y revoltosos.

En cuanto al origen solo conocemos el de siete esclavos: cuatro hembras, tres de las cuales proceden de Angola y otra es yndia[61] y tres varones: el ya mencionado Alí de nación berberisco[62], Miguel del mismo origen[63] y Francisco, esclavo sacado de Portugal durante la guerra, de nación indio[64]. De los demás podemos deducir su origen por su color o por otros datos de las escrituras de compra venta: por ejemplo, en el caso de María, esclava de edad de unos quince años, de color tinta y de la que se especifica que es bozal, es decir, que no conoce el idioma castellano y que además es vendida por Gaspar Díaz Méndez, mercader portugués[65], tenemos con seguridad un esclavo de origen africano, procedente de alguna de las factorías que los portugueses poseían en Angola, Guinea, Cabo Verde, Santo Tomé…

Son curiosas las descripciones físicas que se hacen de algunos esclavos y que irían desde especificar la altura:

“una esclava que tengo mía propia, avida de buena guerra que se llama Catalina, de color tinta, de mediano cuerpo, casi redonda, de edad de treinta y dos años poco más o menos”[66]

– a señalar algunos defectos:

“un esclabo llamado Juan de Quirós, color negro de hedad de quarenta y seis años poco más o menos, pequeño de querpo, izquierdo, los dientes de la boca de arriba apartados y mellado de la parte alta, picado de biruelas, poca barba”[67]

-marcas en el cuerpo que permitan identificar al esclavo, como:

“una señal de herida porzima de la zexa del lado derecho”[68]

que tiene Juan, un mulato de 20 años o:

“María, de hedad de ocho o nuebe años poco más o menos, de color baço, con una señal de lunar pequeño que tiene entre la garganta y los pechos”[69]

también encontramos descripciones más completas:

“Juan, mi esclavo cautivo, que es un mozo que le apunta el bozo de edad de diez y ocho a veinte años, blanco, pequeño de cuerpo, con tres hierros en las megillas y en la frente, patistenado de las piernas”[70]

o sorprendentes para tratarse de un esclavo, como la de Luciana:

“de nación portuguesa, de hedad veinte años poco más o menos, de buen cuerpo, ojos azules, pelo rubio ensortijado”[71]

La aparición de estos detalles no es gratuita. Corresponde con la actividad económica que se está efectuando, el comprador tiene que saber lo que está comprando y comprobar que no está siendo engañado, caso en el que tendría derecho a que le devolviesen el dinero. Por otro lado también está relacionado con el precio por el que se vende el esclavo, a mejor “calidad”, mayor precio, de ahí que se describan todas las características del esclavo que sirven para justificar el valor, más elevado o más bajo que se paga por el esclavo.

Cabe señalar en especial la existencia de marcas de hierros en el cuerpo de algunos esclavos. Herrados están: Alí, el esclavo berberisco de color blanco del que ya hemos hablado, herrado en la frente[72]; de Juan, con tres hierros en las mejillas y en la frente[73], de Antonio, esclavo de color “membrillo cocho” herrado en ambos carrillos,[74] Manuel, mulato con una señal de fuego en el pecho[75], Pedro, negro tinto con una señal en el rostro al lado yzquierdo[76], Juan, negro de quince años con señales en es rostro por “vaxo del pelo de la cabeça,unas saxaduras”[77], Luis, color tinto, con dos señales de hierro a fuego en la mejilla izquierda[78]. No sabemos muy bien el motivo por el cual estos esclavos están marcados, si con el fin de identificar su condición esclava -especialmente en los casos de esclavos de piel blanca-, por un castigo de sus amos señalando a los que tienen propensión a huir, o bien si pueden tratarse de signos relacionados con la cultura y religión de los pueblos a los que pertenecían…

En cuanto a la condición cultural de los esclavos tenemos pocos datos; las escrituras de compra-venta solo señalan si son bozales, es decir que no conocen la lengua castellana pues son recién sacados de su tierra de origen o si son ladinos y saben hablar en “cristiano”, castellano o portugués. Por ejemplo de Diego y María, esclavos sacados del reino de Portugal, se especifica en la escritura de venta que son bozales[79] y de Pedro se dice que es entre bozal y ladino[80]

La descripción de la no existencia de tachas: ladrón, fuxitivo, borracho suele ser tan repetitiva que cabe suponer que se ha convertido en una fórmula propia que los escribanos realizan en este tipo de escrituras. Sin embargo hemos encontrado las excepciones, casos en los que se señala que el esclavo posee alguno de estos defectos u otros diferentes. Es el caso del esclavo Juan de Quirós, cuyo dueño “vende con todas sus tachas, buenas y malas y sin seguridad ninguna”[81]; el esclavo Juan, al cual su dueño lo asegura solo de borracho, hemos de suponer que sería ladrón y huidor[82] o Antonio, que se vende “con la condición y declaración de que es fugitivo, borracho, ladróny enfermo de todas las enfermedades”[83]

Por último hemos de hablar de el precio de estos esclavos. Éste estará muy relacionado con todo lo expresado anteriormente, pues variará según determinados factores relacionados con la demanda: sexo, edad, defectos…

Estos son los precios medios, expresados en reales, que se pagan por los esclavos vendidos en Jerez a lo largo del siglo XVII[84]:

Grupos de edad Varones Hembras
Casos Precio medio Casos Precio medio
0-4
5-9 1 450 4 1162,5
10-14 6 1109,5 6 1311,6
15-19 6 2493,6 8 1540,7
20-24 6 1468,6 5 3582,4
25-29 3 976,6 6 1703,3
30-34 2 852 1 1700
35-39
40-44 2 440 1 1240

Vemos que en general los precios de las mujeres superan a los de los hombres, menos en el grupo de edad comprendido entre los 15 y los 19 años, en que el precio medio de los varones es muy elevado pues se pagan altas cantidades por esclavos de esta edad, lo cual no solo tiene que ver con que en esas edades el esclavo era altamente rentable y muy demandado, sino con algunas de las variables de las que hemos hablado antes y que influirán en el precio. Hay que matizar que los esclavos por los que se pagan precios más altos no solo tienen esas edades jóvenes[85], su venta se realiza en la década de los años 70, cuando se produce una recuperación significativa del mercado esclavista en Jerez hecho que se reflejará en los precios más elevados que se pagan por los esclavos. Sin embargo el precio medio de las hembras es siempre mayor, existiendo la diferencia más acusada en el grupo de 20 a 24 años, en la que encontramos las cantidades más elevadas que se pagan por mujeres: 4.560 por Catalina, de 24 años, a la que se describe como negra tinta “alta de cuerpo y gruesa”[86] cualidades que quizás justificasen para su comprador lo reales que pagó por ella y María, negra de 24 años, que costó 4.340 reales[87]. Estamos en un caso similar al anterior, además de coincidir ambas en características como la edad y el color, se venden en los años 70. Podemos ver cómo afecta al precio de los esclavos aspectos ajenos al producto, como la coyuntura económica.

Por otro lado, es importante la cuestión de la edad: las cantidades más altas se pagan por individuos entre los 15 y los 30 años, pero si tenemos en cuenta que en estos grupos se encuentran la mayor parte de los esclavos que se venden, podemos ver hasta qué punto eran demandados esclavos jóvenes.

En cuanto al color no existen variaciones muy importantes entre los precios que se pagan por los negros o los mulatos y sí en relación con los blancos. Estando el precio medio de un esclavo varón en torno a los 1600 reales, los dos esclavos blancos que se venden en Jerez[88] sólo llegan a los mil reales. Hay que decir que un precio tan bajo no solo estaría determinado por el color: ambos se venden “con sus tachas”, por tanto el deseo de venderlos del dueño influiría en abaratar su coste.

Los “defectos” serán determinantes para fijar el precio de un esclavo. Por ejemplo, por Domingo un mulato de 26 años, solo se pagan 750 reales pues se explica que es pequeño de cuerpo y algo trabado en los ojos[89].

En definitiva, las variables que afectan a la cantidad que se paga por un esclavo son muchas, algunas relacionadas con la demanda (sexo, edad), otras con las características particulares de cada uno de los esclavos que influyen en el incremento o abaratamiento del valor por el que se venden y en último lugar las relacionadas con las fluctuaciones del mercado y el precio del dinero.

5. EL COMERCIO CON PORTUGAL. LA GUERRA Y SU INCIDENCIA EN EL MERCADO.

Para terminar quería señalar la importancia del comercio entre Extremadura y Portugal[90], manifestado en los documentos analizados en varios aspectos a tener en cuenta. En primer lugar algo de lo que ya hemos hecho mención, la existencia de personas especializadas en la trata de esclavos procedentes de Portugal que paran en Jerez a vender su mercancía, como los mercaderes Cristóbal de Santiago o Gaspar Díaz Méndez. En este sentido habría que decir que en su camino desde tierras portuguesas hacia otros destinos del interior de la península donde la demanda de esclavos era importante como Madrid, sede de la corte y especialmente Sevilla, centro del mercado esclavista peninsular tras Lisboa, desde donde partían los esclavos hacia las nuevas tierras que tras su descubrimiento precisaban de mano de obra para su explotación, ciudades extremeñas como Jerez de los Caballeros o Zafra eran mercados de paso donde estos comerciantes de esclavos podían encontrar compradores para su mercancía humana, que después se redistribuiría por otros pueblos de la zona.

Sin embargo estos no son los únicos portugueses que encontramos entre el grupo de vendedores. Otros naturales del país vecino, normalmente habitantes de poblaciones cercanas a la frontera con Extremadura acuden a Jerez para vender esclavos, bien directamente como Juan Martín, vecino de Çafara[91] o Matías de Mora, vecino de Évora[92] o bien a través de intermediarios como Alonso Romero, castellano pero vecino de Mora, en nombre de Gonzalo de Piña Lobo y Beatriz Toregua de Brito, matrimonio de la dicha villa[93] .

El segundo aspecto a considerar son las noticias que se nos dan en algunas de las escrituras acerca del origen de estos esclavos que se venden en Jerez. Es corriente que en las cartas de venta o en los poderes nos digan que poseen al esclavo desde su nacimiento, como el caso de Juan Martín Cordero que vende a la mulata Isabel Vázquez, de la cual dice:

“Que la he criado en casa y me nació en ella, hija de otra esclava mía”[94]

o que el esclavo lo han recibido en dote, así cuando don Francisco Sirgado de Ayala y su esposa, doña María Ronquillo venden a María, su esclava nos informan:

“… que la susodicha nos la dio en dote y casamiento al tiempo y quando nos casamos y por precio y quantía de diento y ochenta ducados…”[95]

o que es un bien heredado de algún familiar, como el caso del Licenciado Antonio Rubiales, abogado y fiscal que vende

“… un esclavo mío propio que heredé de Juan Rodríguez Ruviales, mi padre…”[96]

Por tanto no es raro que se nos diga a quien a sido comprado previamente ese esclavo que ahora se dispone a vender indicándose el nombre del vendedor y el lugar donde se ha realizado la transacción, siendo sorprendente la cantidad de casos en los que se precisa el origen portugués de los esclavos. Pondremos como ejemplos el esclavo negro que don Juan Cortés, corregidor de Jerez vende al mercader Pedro del Valle, del cual dice:

“… el qual hube y compré de Daniel López vecino de la villa de Loriga, en el Reino de Portugal, que lo compró en la villa de Oporto en el dicho Reino…”[97].

Cuando su viuda, doña Laureana Bornoscal de Torregrosa intenta vender uno de los esclavos que su marido le ha legado, en el poder que da al mismo Pedro del Valle para vender a su esclava Isabel nos dice

Que la compró dicho su marido (don Juan Cortés Ylmán) del doctor Lope Ruyz vecino de la villa de Mora del Reyno de Portugal”[98].

Alonso García de Bejar, mercader sevillano que debe abastecerse en el reino vecino puesto que los esclavos que trae a Jerez, como Catalina, la esclava tinta que vende a don Enrique Quijada Reinoso,

“compre en el lugar de Marrojinios, término y jurisdicción de la ciudad de Oporto”[99]

éste no era el único mercader que cruzaba la frontera en busca de mercancía, en una venta de 1680, el vendedor informa al nuevo adquisidor que la esclava que le vende:

“… compró de Manuel García, vecino de la ciudad de Granada y tratante en el empleo de esclavos que sacava del Reyno de Portugal…”[100]

Por último son numerosas las ventas de esclavos por parte de soldados españoles participantes en la guerra contra Portugal y que ofrecen a la venta el producto de su botín para obtener dinero rápido: María es vendida por don Matías Díaz de Codornia, capitán de infantería española de la cual nos dice que “es avida de buena guerra en el reino de Portugal, en la façión que agora se a fecho en la villa de San Alexo”[101]; del mismo lugar es la esclava mulata que vende el soldado Pedro Sánchez[102].

Esta no es la única manera en la que se vende el botín, también están los que han comprado en subastas de lo apresado en Portugal: el licenciado Francisco Solís de Trujillo ha comprado un esclavo mulato “ganado de buena guerra y sacado del reyno de Portugal por pregones en precio de ochoçientos y veinte reales”[103]; Sebastián Vázquez, esclavo de 20 años, del que nos dice su amo Alonso Mayoral: “que lo compré en esta ciudad por autos judiciales que se sacó del Reino de Portugal”[104], de la misma procedencia son los que tiene don Diego de Billegas que “estando en la ciudad de Badajoz remató enel dos esclavos que se trajeron de presa del reyno de Portugal”[105].

Según hemos podido ver antes, la guerra tendrá una incidencia directa en el mercado esclavista, puesto que durante los años en los que se desarrolla el conflicto no aparecen ventas hechas por ningún mercader o vecino portugués en Jerez, sin embargo siguen apareciendo esclavos portugueses procedentes de los saqueos en territorio luso, de tal forma que indirectamente, Portugal sigue siendo proveedora de esclavos para Extremadura. Sin embargo el volumen de esclavos introducidos por la vía portuguesa desciende considerablemente, sobre todo si lo comparamos con los años precedentes y los posteriores a la Independencia portuguesa.

Para conocer la importancia de Portugal como abastecedora de esclavos en Extremadura solo hay que considerar las cifras: de los 91 esclavos que conocemos por las escrituras, sabemos de forma más o menos directa la procedencia portuguesa de 32 de ellos, es decir un 35,1 del total de esclavos vienen por esa vía, a los cuales habría que unir los que se compran directamente en territorio portugués y que desconocemos su número. Aún así es una cantidad significativa, que confirma el papel desempeñado por Portugal en cuanto a la presencia de esclavos en Extremadura y se convierte en una de las manifestaciones de las relaciones transfronterizas.

CONCLUSIONES

Recapitulando todo lo expresado anteriormente llegamos a las siguientes conclusiones:

  • en una sociedad en la que la esclavitud es algo cotidiano no nos debe extrañar el comercio de este tipo de “mercancía humana”, en Jerez de los Caballeros encontramos un claro ejemplo de todo esto.
  • durante el siglo XVII, el tráfico de esclavos en Jerez atravesará por momentos de auge y de recesión, determinados por acontecimientos como la Guerra de Independencia portuguesa, apreciándose a finales del siglo síntomas de decadencia para este mercado esclavista.
  • entre los vendedores y compradores existe una gran variedad socio-profesional, si bien entre los vendedores predominan los comerciantes dedicados al negocio de la trata de esclavos y entre los compradores los miembros de las clases más pudientes.
  • en las preferencias de los vecinos de Jerez a la hora de comprar esclavos encontramos que existe cierto equilibrio entre varones y hembras, si bien por éstas últimas se pagan cantidades más elevadas. Los esclavos que más presencia tienen en el mercado serán los de color negro y en edades jóvenes, entre los 15 y los 25 años.
  • la demanda de esclavos de Jerez supera la oferta interna, en este sentido tendrán un papel protagonista como abastecedores del mercado jerezano los portugueses.

NOTAS:

[1] CORTÉS CORTÉS, F: Esclavos en la Extremadura meridional (Siglo XVII). Badajoz, Diputación Provincial de Badajoz, 1988. ARAGÓN MATEOS, S. y SÁNCHEZ RUBIO, R. “La esclavitud en la Alta Extremadura, proceso de auge y decadencia” en Norba 7, Cáceres, Universidad de Extremadura, 93-109, 1986.

[2] Tenemos por ejemplo los trabajos de Fernando Cortés Cortés, “Aproximación a la condición esclava en el Badajoz del siglo XVII” en Norba 5, Cáceres, Universidad de Extremadura, 155-162, 1984 y “Esclavos en Montijo”, Alminar, nº15, 1980; de Rocío Sánchez Rubio y Antonio Fernández Márquez “El fenómeno esclavista en la sociedad trujillana del XVI”, Actas de XVII Coloquios Históricos de Extremadura, 1988.

[3] No hemos encontrado en Jerez el caso de escrituras en que se otorgue poder a alguien para realizar la compra de un esclavo, aunque existen este tipo de documentos.

[4] Por desgracia no existe documentación notarial de Jerez de los Caballeros del siglo XVI para poder comprobar esta suposición, sin embargo si consideramos las investigaciones que se han hecho sobre la esclavitud en otros espacios peninsulares e incluso para la propia Extremadura es claro que el auge de la institución esclavista se inicia en ese siglo.

[5] En este cuadro y en el de los compradores no hemos incluido aquellas personas de las que los protocolos no nos ofrecen ningún tipo de información sobre su profesión.

[6] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2079, año 1643, fs. 83- 84, leg. 2080, año 1652, f. 40.

[7] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1671, fs. 8 y 49, leg. 2256, año 1672, f. 6, leg. 2258, año 1672, sf., leg. 2256, año 1672, f. 44.

[8] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2037, año 1625, fs. 124-125, 130-131, 136-137 y sf.

[9] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, sf.

[10] En este sentido tenemos la venta que realiza don García Lobo por 1600 reales de Pedro, esclavo que había adquirido tres años antes por 1177 reales, obteniendo ganancia en el negocio. Sin embargo también encontramos el caso de Isabel, esclava que Juan Méndez de Soto compró por 1500 reales y vende seis años después por 1400. AHPB. Protocolos notariales, leg. 2037, año 1625, s.f.; leg. 2193, año 1628, s.f.; leg.2037, año 1625, fs.124-125.; leg .2254, año 1631, s.f.

[11] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2258, año1672, sf.

[12] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2257, año 1674, f. 50, leg. 2258, año 1675, f. 38.

[13] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2192, año 1627, sf.

[14] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, fs. 85-86.

[15] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2256, año 1672, f. 14.

[16] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2255, año 1637, fs. 614-615.

[17] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2269, año 1651, fs. 127-128.

[18] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2080, año 1645, fs. 1-2.

[19] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2141, año 1680, sf.

[20] Hemos de aclarar que en este grupo estarían incluidas algunas personas que deben pertenecer a la nobleza, al menos a la baja, lo cual deducimos del tratamiento que reciben puesto que delante de su nombre aparece el “don”, sin embargo como se especifica el cargo que desempeñan, como algunos regidores o miembros del ejército, hemos optado por incluirlos en el grupo de la administración o en el militar.

[21] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2229, año 1696, f. 19.

[22] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, s.f.

[23] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2081, año 1653, f. 83.

[24] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2142, año 1681, s.f.

[25] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2078, año 1642, sf.

[26] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2270, año1654, sf.

[27] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2079, año 1643, f. 279.

[28] AHPB. Protocolos notariales, leg. 219, año 1644, f. 147

[29] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2114, año 1694, f. 207.

[30] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 150-151.

[31] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2234, año 1616, fs. 793-794.

[32] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2267, año 1643, s.f.

[33] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, fs. 2-6.

[34] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2221, año 1688, s.f.

[35] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035. Año 1614, fs. 918-919.

[36] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[37] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2257, año 1674, f.45.

[38] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[39] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2256, año 1672, fs. 6-7.

[40] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2255, año 1637, f. 11.

[41] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, s.f.

[42] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2258, año 1677, s.f.

[43] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[44] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[45] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1675, f. 14.

[46] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2222, año 1693, fs. 35-36.

[47] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2080, año 1645, fs. 1-2.

[48] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2258, año 1677, s.f.

[49] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035. Año 1614, fs.789-790.

[50] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2234, año 1616, fs. 793-794.

[51] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280., año 1671, f. 44.

[52] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[53] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2191, año 1626, fs. 302-303.

[54] AHPB. Protocolos notariales, leg.2255, año 1637, f. 682.

[55] AHPB. Protocolos notariales, leg.2255, año 1637, f. 321.

[56] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2080, año 1645, fs. 1-2.

[57] De los 91 esclavos que aparecen en las escrituras hay sólo cuatro casos en los que no se nos ofrece el nombre. Según los nombres que conocemos, entre las mujeres los más frecuentes eran María (17 casos), Catalina (9) e Isabel (8). En el caso de los hombres son más variados, pero aún así podemos apreciar la repetición de algunos como: Juan (11), Pedro (5), Francisco (4), Antonio (3) etc.

[58] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 705-706.

[59] Como ejemplo de ello tenemos al mercader jerezano Mateo Pérez. En dos ocasiones que aparece vendiendo esclavos se trata de hijas de esclavas suyas (AHPB. Protocolos notariales, leg. 2079, año 1643, f.s. 83-84 y leg. 2080, año 1652, f. 40.).

[60] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, sf.

[61] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2037, año 1625, fs. 124-125, 130-131, 136-137; leg.2193, año 1628, s/f. Hemos de suponer que la esclava procede de Brasil puesto que el vendedor es un portugués que la trae de su país.

[62] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs.705-706.

[63] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2277, año 1667, f. 84.

[64] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2079, año 1643, f. 11.

[65] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[66] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2270, año 1654, s.f.

[67] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2271, año 1655, s.f.

[68] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 561-562.

[69] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2115, año 1699, s.f.

[70] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2191, año 1626, fs. 302-303.

[71] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2142, año 1681, s.f.

[72] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 705-706.

[73] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2191, año 1626, fs. 302-303.

[74] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[75] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2083, año 1661, f. 44.

[76] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2256, año 1672, f. 14.

[77] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1675, f. 14.

[78] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2114, año 1694, f. 207.

[79] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[80] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[81] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2271, año 1655, s.f.

[82] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2191, año 1626, fs. 302-303.

[83] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s.f.

[84] No hemos incluido en este cuadro las esclavas que se venden conjuntamente con sus hijos ni los esclavos que se venden con otra cosa.

[85] Estos son: Francisco de color negro, 16 años, por el que se pagan 3.300 reales (AHPB, leg 2280, año 1671, f. 44), Pedro, negro de 20: 3.000 reales (leg 2256, año 1672, f. 14), Benito negro de 16: 3.937 reales (leg. 2258, año 1677, s.f.) y Pascual, negro de 15 años: 3800 reales (leg. 2258, año 1677, s.f.)

[86] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1671, f. 49.

[87] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2257, año 1674, f. 36.

[88] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 705-706 y leg. 2193, año 1628, s.f.

[89] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 150-151.

[90] Hay que tener en cuenta que aquí no hablamos de las escrituras que se realizan en territorio portugués ni tampoco del contrabando entre ambos países, lo cual permitiría un conocimiento más cercano a la realidad de estos contactos transfronterizos.

[91] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 906-907.

[92] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2222, año 1693, fs. 36-37.

[93] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2035, año 1614, fs. 150-151.

[94] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2269, año 1651, fs. 127-128.

[95] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2234, año 1616, fs. 793-794.

[96] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2080, año 1645, fs. 1.2.

[97] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1671, f.44.

[98] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1671, f. 228.

[99] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2280, año 1671, f. 49.

[100] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2141, año 1680, s.f.

[101] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, s.f.

[102] AHPB. Protocolos notariales, leg.2198, año 1644, s.f.

[103] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2198, año 1644, s.f.

[104] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2083, año 1662, s.f.

[105] AHPB. Protocolos notariales, leg. 2079, año 1643, f. 11.

Oct 011998
 

Rocío Periañez Gómez.

Conocer la mentalidad de los hombres que han vivido antes que nosotros es muy importante para poder comprender el curso del devenir histórico, pues esa mentalidad impregna su actuación en todos los aspectos: el social, el político, el económico. Sin embargo es difícil captar cómo podían entender la vida, la cultura, la muerte… esas personas que han vivido en un tiempo pasado tan diferente del nuestro. El historiador puede intentar descubrir esas actitudes a partir del estudio de diversas fuentes que permiten una aproximación a la vida de nuestros antepasados.

Ese es el objetivo de mi trabajo, acercarme a uno de las parcelas que conforman la mentalidad del hombre, la cultura, a través del estudio de los libros que poseían, que leían y que influirían en su vida. Para ello me he centrado en un espacio muy concreto, la zona de la Sierra de Gata, tomando como representación cuatro poblaciones pertenecientes al Partido de Hoyos, en el periodo comprendido entre principios del siglo XVII y las primeras décadas del XVIII y basándome en los datos proporcionados por las fuentes notariales, en especial los inventarios post-mortem.

LAS FUENTES

Dada la importancia que tienen las fuentes en toda investigación histórica, comenzaré hablando de las que he utilizado en mi estudio sobre las lecturas y lectores. Éstas se encuentran en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres, en la sección de Protocolos Notariales y pertenecen a las poblaciones de Acebo, Cadalso, Hoyos y Torre de don Miguel. Dentro de esta documentación notarial me he centrado en algunos tipos determinados: testamentos, partijas, almonedas e inventarios, sobre todo inventarios post-mortem, pues éstos son los que dan una mejor información cuantitativa y cualitativa, al menos para la detectación de libros, que es lo que buscaba.

 los testamentos y codicilos: en la mayoría de los casos, las personas que los hacen, se limitan a realizar una profesión de fe, a determinar el número de misas y obras pías que se han de hacer a su muerte y nombrar a los herederos y albaceas del testamento, pero en ocasiones aparecen donaciones expresas del testador referidas a alguna de sus posesiones concretas, como pueden ser libros. Así lo hizo Catalina García[1], vecina de la Torre, que en el año 1621 realizaba su testamento en el que expresaba como una de sus últimas voluntades ésto:

“Mando a mi sobrino, Pedro Rodríguez Manzano, clérigo, todos los libros que tengo y doze reales porque me encomiende a Dios”.

Como vemos ni nos dice el número, ni temática, ni títulos de los libros que deja a su sobrino. Pero podemos deducir algo, quizás más importante que saber cuantos libros tenía, que apreciaba esos libros, a través de dos detalles: porque se acuerda de ellos en el testamento, lo cual no es frecuente y porque se los deja a alguien que sabe que los va a utilizar pues dispone de cultura para ello.

Otro testamento que he encontrado con alusión a libros, fechado en 1663, es el del Bachiller Joan Domínguez Rico[2], vecino de Hoyos, en él dice:

“Y el breviario nuevo grande que tengo lo mando al convento del lugar para el servicio del coro”

y más adelante:

“Item declaro que mando que la livrería que dexo, que compré por muerte del Licenciado Mateo Benito, mi ermano, mando se venda y remate en pública almoneda y pregone en el mayor ponedor para cumplimiento de este mi testamento porque aunque atrás llevo mandado todos mis vienes muevles a María Pérez, mi ermana, esta dicha livrería no se la mando que así es mi voluntad”.

Como Catalina García, muestra su interés por dejar patente en los últimos momentos de su vida lo que deseaba que se hiciera con sus libros: una obra piadosa, donar el breviario a un convento y que se venda en almoneda esa librería que con anterioridad había pertenecido a su hermano – y que más tarde comentaremos, pues sabemos, por lo menos cuando la detentaba Mateo Benito[3], el volumen y temática de la misma-. La curiosidad me llevó a buscar su inventario, con la tasación y almoneda de sus bienes, pero no pude comprobar qué fue de dicha biblioteca puesto que en los documentos mencionados no existía referencia alguna a la misma. ¿Se mantendría como hasta ese momento dentro de la familia?, ¿por qué no se cumplió el deseo del difunto? Por desgracia no podemos saberlo.

– las tasas y partijas: muchas veces, tras el inventario de los bienes del difunto aparecen una tasación de los bienes y una partija o reparto entre los herederos. Podría ser una fuente muy rica: nos informaría del valor económico de los libros que aparecieran en la tasa y de la transmisión de esos libros. Pero es raro que aparezcan libros en ese tipo de documentos que se limitan a detallar los olivos, castaños y huertos que poseía el fallecido y en todo caso hablan de algún mueble, ropa o loza de la casa. Es triste, pero hay que sobrentender el poco aprecio que se tenía a los libros en la época. Cuando ves que el escribano describe con detalle ciertos objetos como: “otro cofre viejo en donde se hallaron seis platos medianos azules, seis pequeños, dos fuentes de otros colores, dos platos pequeños de la misma pintura, uno de málaga grande, quatro tazas, quatro escudillas de medio baño, tres blancas…”[4], o relata una por una las escrituras de venta, censos, testamentos, libros de “quentas”, de curadurías, que indican que se conocía la lectura y tal vez la escritura y no encuentras libros, o si los encuentras lo más que te dicen es si eran grandes o pequeños, viejos o nuevos, la conclusión que sacas es el poco interés por ellos.

Por poner algunos ejemplos de partija en las que he encontrado libros tenemos la de Hernando Rodríguez[5], familiar del Santo Oficio, avecindado en Acebo, del cual sabemos que tenía algunos a través de la información proporcionada por la tasa de sus bienes en 1604:

“tassaron un escritorio en que están los libros, el cual tassaron en mill maravedís” (…) “Un caxon donde tiene libros”.

En la partición no se menciona quien recibe estos libros.

Otro caso es la del vecino de Torre de don Miguel, Juan de la Torre[6]. En ella hay tres libros de teología que están tasados en cuarenta y cinco reales. Sólo conocemos la suerte de uno de ellos, que reciben los hijos de Alonso Martín Torres, Ana y Alonso, sobrinos del finado. Se trata de “un libro de teología enquadernado, en quinze reales”.

Como última muestra la de Catalina Rica[7]. A su muerte se realiza un inventario de sus bienes y la tasa de los mismos junto a la de los que había recibido tras la muerte de su marido, un escribano público de Hoyos, Andrés Hernández. En la tasa hallamos:

“Tasaron dos libros del oficio de escrivano, el uno de Monte Roso y el otro de Diego de Ribera, cada uno en quatrocientos maravedís que acen ochocientos maravedís”.

Por la partición posterior sabemos que dos hijos recibirán como legado estos dos libros: a Pedro Hernández le tocará en “suerte” las Notas de Diego de Rivera y a su hermano Esteban Hernández la Práctica civil y criminal de Monterroso.

– las subastas o almonedas públicas, en donde se vendían algunos o todos los bienes de una persona tras su fallecimiento, resultan muy interesantes por cuanto cuando aparecen libros te indican quien lo compra, en ocasiones hasta su oficio y por cuanto dinero se adquiere ese libro (normalmente a precios más económicos que los que tendrían en origen). Permiten detectar posibles lectores, los compradores de dichos libros, de los quizás no dispongamos de otra evidencia acerca de su actividad cultural.

Un ejemplo que tengo es el inventario y almoneda de los bienes de Pedro Hernández, clérigo de Acebo. En su inventario no se registra ningún libro, sin embargo en la venta de sus bienes en 1601[8]:

“Rematose un diurno en Miguel Franco, clérigo en tres reales”

“Rematose un libro en romançe en el bachiller Martín Domínguez en un real”

Como expliqué antes, podemos conocer el precio al que se compraban los libros “de segunda – o más- mano” y quien lo compraba. En este caso dos personas que al menos disponían de instrucción para leer esos libros; un clérigo y un bachiller.

Puede que ese sea el único dato que tengamos sobre el interés de esos dos compradores por los libros.

– las cartas de dote, en las que aparecen los bienes que los padres dan a los hijos antes de casarse y que éstos aportan al matrimonio. Yo no he tenido oportunidad de encontrar ninguno en el que apareciesen libros, pero me consta que aunque escasos, los hay.

– los inventarios: en ellos aparece una relación detallada, con mayor o menor rigor, según el escribano de turno, de los bienes de alguna persona. Hay distintos tipos de inventarios, como el que hicieron en 1634 en Hoyos dos personas que tras quedarse viudas deciden casarse de nuevo, Sebastián Domínguez y Catalina Rica[9]. Con el inventario quieren dejar constancia de lo que cada uno aporta a la nueva unión. También, en el mismo lugar, años antes – en 1611- realiza uno Isabel Çanca[10], mujer viuda que para no quedarse sola marcha a vivir a casa de su yerno Juan García. Lo habitual es que los inventarios se realicen tras la muerte de alguien, lo que son los inventarios post-mortem, hechos por diversos motivos que no siempre se especifican: por dejar herederos menores, por pago de deudas del difunto, para un posterior reparto de los bienes entre los herederos…

Estos inventarios post-mortem constituyen una de las fuentes fundamentales para el estudio de las mentalidades, y como señalé anteriormente son los documentos en los que he basado la mayor parte de mi trabajo, por lo cual no hablaré de ellos ahora, sino a lo largo de la exposición.

PRESENCIA DE LIBROS

Llega el momento, tras exponer las fuentes, de la cuantificación de los datos que he obtenido de ellas. De este modo, de 294 inventarios vaciados, correspondientes a las mencionadas localidades de Acebo, Cadalso, Hoyos y Torre de don Miguel, durante el periodo aproximado de un siglo, principios del XVII hasta el XVIII, he detectado 27 inventarios en los que aparecen libros, lo cual supone un 9,2 % del total.

LOCALIZACIÓN DE BIBLIOTECAS

Localidad Número de inventarios Inventarios con libros % en función del nº de inventarios % en función del total
Acebo 33 4 12,1 14,9
Cadalso 11 2 18,2 7,4
Hoyos 216 12 5,5 44,4
Torre de don Miguel 34 9 26,4 33,3
TOTAL 291 27 9,2

Como vemos es un porcentaje muy bajo, como puede corresponder perfectamente en la época a una zona rural como es la Sierra de Gata. Comparándolo con los datos obtenidos en estudios similares para espacios como Salamanca, Valencia o Lorca, ratificamos frente a los dos primeros la escasez de personas que disponían de libros, puesto que en Salamanca, estudiada por Weruaga Prieto la cifra es de 23% y en Valencia, trabajada por Ph. Berger de un 25%. En cambio es algo superior a la de Lorca, con un 6,7 %. De estos tres casos, el más similar al del espacio que tratamos es Lorca, pues se trata también de una zona rural. Hay que aclarar la notable diferencia que existe entre las áreas rurales y el mundo urbano o semiurbano. Es más frecuente detectar bibliotecas en las ciudades pues en estas se asienta la nobleza, la burocracia, las profesiones liberales, es decir, los que por su profesión y educación podían leer[11]. Así se explica la distancia entre el número de lectores de Lorca o las poblaciones del partido de Hoyos con Salamanca o Valencia, espacios urbanos, que además cuentan con universidades y por tanto con una población universitaria que gira en torno al libro.

Volviendo al espacio extremeño, es necesario poner de manifiesto que el dato no indica que sólo un 9,2 % de la población fueran lectores o tuvieran libros. Ni todos los que fallecen realizan inventarios, ni en muchos inventarios aparecen reflejados libros[12]. Existe también otro problema: el que alguien posea libros no significa que los lea. Con todo esto lo que quiero decir es que la información que nos dan las fuentes nos permite conocer sólo en parte la realidad, pues es muy difícil captar a través de ellas todo lo que nos gustaría saber.

La escasez de inventarios con bibliotecas no es algo particular de estos lugares, sino que es un fenómeno generalizable al territorio nacional y europeo. Con los datos expuestos anteriormente, se puede constatar este hecho, que por otro lado no es nada extraordinario si consideramos que la mayor parte de la población no disponía de cultura ni de medios para acceder a ella y que ésta se restringía a ámbitos muy selectos.

La distribución a lo largo del tiempo, en periodos de 25 años, de las bibliotecas detectadas sería:

PORCENTAJES DE INVENTARIOS CON LIBROS EN PERIODOS DE 25 AÑOS

AÑOS PORCENTAJES %
1600-1624 20
1625-1649 16
1650-1674 20
1675-1699 32
1700-1725 12

Según se puede ver en este cuadro hay un descenso en el segundo cuarto del siglo XVII, y a principios del siglo XVIII. En esos dos periodos no sólo desciende el número de inventarios con presencia de libros, sino que también hay una tendencia decreciente a realizarse inventarios. En los años centrales del siglo, esa actitud puede relacionarse con la crisis, que no sólo se manifiesta a nivel económico, sino que uno de sus efectos es el menor interés informativo: los documentos redactados por los escribanos públicos son principalmente ventas, censos o testamentos. Estas escrituras había que pagarlas y es normal que sólo se realicen las más necesarias, teniendo en cuenta además, que la mayor parte de la población, personas con escasos recursos económicos, tendrían pocos bienes que inventariar. A principios de siglo he detectado también un menor interés por realizar inventarios en general. Sería necesario estudiar más profundamente la documentación generada en ese tiempo para poder afirmar que realmente hay un descenso en la zona del número de lectores.

LOS LECTORES

Ahora corresponde responder a ciertas preguntas como quién poseía libros y por qué, cuantos eran y qué uso se les daba.

Los veintisiete titulares de los inventarios donde aparecen libros son:

ACEBO: 1. María Escudera; 2. Juan Rodríguez, clérigo; 3. Juan Ponce de León, racionero de la catedral de Coria; 4. Luís Martín, cirujano.

CADALSO: 5. Juan Núñez; 6. Francisco Rodríguez, cirujano.

HOYOS: 7. Sebastián Domínguez, clérigo; 8. Sebastián Durán, clérigo; 9. Juan Domínguez; 10. Alonso Gutiérrez, clérigo; 11. Pascual Gutiérrez; 12. Domingo Hernández, clérigo; 13. Catalina Rica; 14. Mateo Benito, bachiller; 15. Juan Gago Rodríguez, cirujano; 16. María Çanca; 17. Juan Sánchez Mayoral, boticario; 18.Francisco Alonso, escribano;

TORRE DE DON MIGUEL: 19. Francisco Montejo; 20. Alonso Sánchez de Benito Viejo, boticario; 21. Catalina la Sacristana; 22. Francisco Rodríguez, presbítero; 23. Francisco Rodríguez Cadino, presbítero; 24. Juan de Torre; 25. Pedro García; 26. Jerónimo de Mora; 27. Juan Núñez Franco, cirujano.

Entre los veintisiete propietarios de libros encontramos a ocho eclesiásticos, siete personas dedicadas a las profesiones liberales – cirujano, abogado, boticario-, un burócrata. Hay siete personas de las que desconocemos su ocupación, pues no consta en las fuentes. El caso de las mujeres es algo que posteriormente matizaré, pero las incluyo como grupo en el siguiente cuadro:

GRUPOS SOCIO-PROFESIONALES A LOS QUE PERTENECEN LOS PROPIETARIOS DE BIBLIOTECAS

GRUPOS PORCENTAJES %
Clero 29,6
Profesiones liberales 25,9
Burocracia 3,8
Mujeres 14,8
No consta 25,9

A través de estos porcentajes se puede observar que sobresalen, entre todos los grupos, los miembros del clero seguidos a poca distancia por las profesiones liberales en cuanto a posesión de bibliotecas. Estos datos vienen a confirmar lo que ya está constatado en otros espacios. El estamento clerical es un lector potencial por su oficio y dispone de medios económicos para adquirir libros, lo que lo coloca en la cabeza de los propietarios de bibliotecas. Le siguen aquellos que por su profesión utilizan los libros como herramienta de trabajo, los que se dedican a las profesiones liberales, en especial cirujanos.

Los cuadros que incluyo ahora señalan, en función de los diferentes grupos, el propietario de los libros (indicado en el número), la fecha en que se realizó la relación de sus bienes y los libros que aparecían entre esos bienes.

CLERO

NÚMERO AÑO TÍTULOS VOLÚMENES
2 1600 67 69
7 1605 5
3 1614 3
8 1615 54
10 1629 18
12 1644 5
22 1676 62
23 1682 8
valor medio 27,8

PROFESIONES LIBERALES

NÚMERO AÑOS TÍTULOS VOLÚMENES
4 1618 5
14 1662 41 71
20 1668 185
15 1671 6
6 1695 11
17 1698 4 7
27 1728 5 (+)
valor medio 36,7

BUROCRACIA

NÚMERO AÑOS TÍTULOS VOLÚMENES
18 1712 6

MUJERES

NÚMERO AÑOS TÍTULO VOLÚMENES
1 1597
13 1655 2
21 1676 4
16 1686 2

NO CONSTA LA PROFESIÓN

NÚMERO AÑOS TÍTULO VOLÚMENES
9 1628 4
11 1640 1
19 1665 11
5 1694 8
24 1694 3
25 1725 1
26 1725 2

No todas las bibliotecas las conocemos del mismo modo, puesto que algunas relaciones de ellas son incompletas, de forma total o parcial. Por ejemplo en el inventario de María Escudera[13], vecina de Acebo se indica que posee un “caxon de libros”. Hay siete casos en los que se recoge el número de libros, pero sin dar más detalles:

  • “mas una libreria con sus estantes con ziento y ochenta y zinco libros de latín y romanze”[14].
  • “mas siete libros, los zinco pequeños y dos grandes” (…) “Mas otros quatro libros pequeños”[15].
  • “mas quatro libros pequeños de latín”[16].
  • “en otra alcoba otra arca pequeña, en ella estavan treynta y siete libros grandes y pequeños de latín y romanze” (…) “Y veinte tres libros” (…) “Dos breviarios nuevos”[17].
  • “ocho libros en latín y romance.”[18]
  • “tres libros escritos a mano en latín” (…) “un libro en latín y en romance con su pergamino”[19].
  • “quarenta y nueva libros grandes” (…) “otros çinco libros grandes”[20].

En cinco ocasiones no se especifican los títulos, sólo nos dan el número y la materia de la que tratan los libros:

  • “tres libros de teología en quarenta y cinco reales.”[21]
  • “cinco libros de molde de su oficio” (cirujano).[22]
  • “un breviario y un divino” (…) “otro libro de aprovechamiento espiritual”[23].
  • “un libro del oficio de escrivano”[24].
  • “dos libros de alveitería muy viejos y a el mayor libro le faltan ojas”[25].

En el inventario de Juan Núñez Franco, se nos da el tema de cinco de sus libros pero desconocemos el número y título de los restantes ejemplares que componían su biblioteca:

  • “tres libros de folio y dos de a quartilla del oficio de zirujano viejos: un mano fiso y otros lattinos que se hallaron dentro de un arca pequeña.”[26]

En total podemos contar 523 libros que se reparten así entre los diferentes grupos:

GRUPOS PORCENTAJES %
CLERO 42,4
PROFESIONES LIBERALES 49,1
BUROCRACIA 1,1
NO CONSTA 5,8
MUJERES 1,6

El tamaño de las bibliotecas es generalmente pequeño. En diez casos los propietarios no tienen más de cinco libros. Aunque no superen en número a los dedicados a las profesiones liberales que tienen algún libro, los eclesiásticos destacan como poseedores de las bibliotecas con mayor número ejemplares, quedando en segundo lugar los antes mencionados. La mayor biblioteca es la de Alonso Sánchez de Benito, con 185 libros, de la que por desgracia no sabemos su contenido, seguida por la de Juan Rodríguez con 66 títulos y por la del bachiller Mateo Benito con 41.

En cuanto a las mujeres, los cuatro casos que aparecen resultan curiosos porque ¿qué puede hacer, por ejemplo Catalina Rica con dos libros del oficio de escribano? Está claro que no son suyos, sino que los había heredado de su difunto marido. También llama la atención que María Çanca tenga en su poder dos libros de veterinaria o Catalina la Sacristana cuatro libros en latín. ¿Leían ellas esos libros? Sólo el caso de María Escudero, que tenía un cajón de libros, podemos creer que eran suyos. Sin embargo, el que heredasen esos libros, tampoco significa que no leyesen otros. ¿Cómo podríamos saberlo?

LAS LECTURAS

Conociendo ya a los lectores y su situación, vamos a analizar sus lecturas con el fin de poder acercarnos sus inquietudes culturales. Para ello voy a seguir una clasificación temática muy básica, en los siguientes grupos:

  1. Religión. Este es un grupo amplio, pues incluyo en él desde los libros cuyo destinatario es preferentemente el clero (sobre el dogma, administración de sacramentos, sermones), a otros de difusión mayor (devocionarios, vidas de santos, catecismos)
  2. Jurisprudencia.
  3. Libros científicos.
  4. Filosofía.
  5. Libros de creación literaria
  6. Otros temas

Y quedaría un último apartado para los libros que no he podido identificar, ni deducir su pertenencia a ninguno los grupos considerados.

Según esta clasificación temática, los libros que poseen los vecinos de la zona de Gata son:

CLASIFICACIÓN DE LIBROS SEGÚN MATERIAS

TEMAS PORCENTAJES %
Religión 36,4
Jurisprudencia 30,1
Ciencia 19,1
Filosofía 6,4
Creación literaria 4
Otros 4

Hay un predominio de los libros religiosos frente a los demás grupos. Ello se debe no sólo a que los eclesiásticos sean los principales detentadores de ejemplares de esta temática, pues en general, casi todos los propietarios de libros poseen al menos algún título de materia religiosa. Existen una serie de títulos dirigidos en exclusiva al clero, destinados a su formación, relacionados con la fijación del dogma o con la práctica de su oficio, como son los sermonarios, importantes si tenemos en cuenta el valor que tuvieron, como transmisores de la ideología religiosa tridentina – y no sólo religiosa- los sermones, también encontramos libros de teología y espiritualidad. Por otro lado obras más cercanas a los fieles, más accesibles para ellos como catecismos, devocionarios, vidas de santos…

En segundo lugar se encuentran los jurídicos, entre los que hay libros de derecho civil, canónico, criminal, libros de leyes y cánones, los comentarios a esas leyes…

El volumen de libros científicos se debe a la presencia importante de libros de medicina, y en ella destacan los dedicados a la cirugía.

La filosofía leída se mantiene en la tradición escolástica, con sumas, tratados de lógica y compendios.

Las obras de creación literaria que poseen son clásicos latinos. No he hallado ningún título contemporáneo a los propietarios. Parece ser que la lectura era pensada como un instrumento para el trabajo y la salvación personal, más que como entretenimiento.

Dentro de cada grupo socio-profesional hay que señalar que cada uno de ellos posee libros vinculados a las materias específicas de su profesión. De esta manera las librerías de los eclesiásticos se componen mayoritaria o exclusivamente de libros religiosos. Para ilustrarlo nada más que hay que ver los libros que tenían los clérigos Alonso Gutiérrez[27], Domingo Hernández[28] o Sebastián Domínguez[29] en su casa: manuales de confesores, breviarios, sermonarios, explicaciones de la bula de cruzada, obras morales como el catecismo de Fray Luis de Granada, las obras de fray Manuel Rodríguez, lecturas bíblicas como el Apocalipsis o los salmos de David. Sus librerías se completaban con obras jurídicas, como la Suma de tratos y contratos de Mercado, incluso hasta hay un libro de cocina de Ruberto de Nola.

Las preferencias de los que se dedicaban a las profesiones liberales están muy ligadas a la actividad que ejercían. Los cirujanos, como Juan Gago Rodríguez[30] o Francisco Rodríguez[31], disponían casi en exclusividad de libros sobre medicina, cirugía y sanidad, escritos por autores como Joan de Vigo, Hidalgo, Fragoso, Guido de Cauliaco. En general se trataba de compendios sobre la materia. Eso sí, sus preocupaciones espirituales también estaban presentes y leían obras comoCatón christiano o Silva espiritual. El boticario Juan Sánchez Mayoral[32] contaba con siete libros de su oficio, con los nombres de Dioscúrides, Mesué, Jerónimo de la Fuente e Hidalgo. Un burócrata como el escribano Francisco Alonso poseía la Práctica de Monterroso y la Práctica de escribanos escrita por Diego de Rivera. También leía libros religiosos sobre la Creación del mundo o sobre la vida de San José.

Me gustaría destacar dos de las bibliotecas más nutridas de las que dispongo datos: la del bachiller Mateo Benito[33] y la del clérigo Juan Rodríguez[34]. En cuanto al primero destacar el predominio de los libros jurídicos, sobre derecho civil y canónico. Su librería contenía textos legislativos de la monarquía española como las Partidas de Alfonso X, la Nueva Recopilación o el Fuero Real, así como obras de los comentaristas de estas leyes: Hermosilla, Antonio Gómez, Gutiérrez, Azevedo, Narbona…

La segunda biblioteca, la poseída por Juan Rodríguez, es claramente la de un eclesiástico, dominada por libros de carácter religioso, aunque esas no eran las únicas inquietudes de este personaje. A través de los títulos, podemos deducir que era un hombre con una gran cultura, interesado por temas diversos, que leía desde libros astronomía como La esfera de Sacrobosco, música, los clásicos latinos representados en Ovidio, Juvenal, Cicerón, Quinto Curcio, las ciencias- tenía la Historia Natural de Plinio-, y como no, la teología y la filosofía. No estaban ausentes libros jurídicos con autores de la llamada Escuela de Salamanca: Vitoria, Mercado

Para concluir quería hacer algunas reflexiones referidas a varios aspectos: en primer lugar sobre el espacio que ocupa el libro. No he tenido ocasión de fijarme demasiado en ello a pesar de ser algo muy interesante, sobre todo si se relaciona con la valoración que se le da a la cultura. A partir de los inventarios que he podido examinar, he comprobado que el libro no ocupa un lugar especial en la mayor parte de los casos. Sólo he constatado dos librerías como tales, pertenecientes a los poseedores del mayor número de volúmenes, que los guardaban en ellas. La mayoría de las veces, los libros se encuentran en arcas, arcones y cajones, junto con otros objetos, normalmente papeles. Resulta curioso que en algunos inventarios la presencia del uso de la escritura y de la lectura está patente, pues se hace relación de bufetes, escritorios, libros de cuentas, escrituras de diverso tipo y sin embargo no aparecen libros. ¿No se leía? Tengo el caso de un clérigo de Acebo, Pero Fernández, en cuyo inventario no hay testimonio de que poseyese libros, pero tras él hay un inventario de los bienes de la capellanía que detentaba en el que están registrados “catorze libros viejos y nuebos de latín y romançe”, ¿por qué iba a comprar libros si podía disponer de los que tenía la capellanía que disfrutaba? No todo el mundo podía permitirse comprar libros, y el aficionado o interesado en leer tenía que buscarse medios alternativos, como el préstamo.

Otro aspecto que me ha hecho pensar es el relacionado con la transmisión de libros. Es muy difícil percibir este aspecto, pero como he centrado el estudio en pequeñas localidades he tenido oportunidad de ver algunos casos, en los que los mismos libros pasaban de unos a otros, como en el cambio de escribanías o el de la ya mencionada librería de Mateo Benito, que será comprada por su hermano, Joan Domínguez Rico, tras la muerte de éste.

CONCLUSIONES

  1. El índice de lectores en la zona de la Sierra de Gata en el siglo XVII era muy bajo, como correspondía a una zona rural.
  2. Los lectores se localizaban entre las clases acomodadas: clero, personas dedicadas a las profesiones liberales, burócratas.
  3. Los libros poseídos se caracterizan por el carácter utilitario de los mismos: parece ser que se leía más sobre aspectos relacionados con el trabajo que por placer o distracción en función de los títulos inventariados.
  4. Las bibliotecas poseídas por los vecinos de la Sierra de Gata eran de tamaño reducido. El número de volúmenes en raros casos sobrepasa los diez.
  5. Existe un predominio de las lecturas religiosas frente a los demás temas, si bien hay que destacar la presencia de libros jurídicos y científicos, relacionados con la medicina.

NOTAS:

[1]AHPC. Protocolos. Leg. 1849.

[2] Ibidem. Leg. 598. Exp. 76.

[3]AHPC. Protocolos. Leg. 597. Exp. 76.

[4] Ibidem. Leg. 517. Exp. 78.

[5] Ibidem. Leg. 2014. Exp. 4.

[6] AHPC. Protocolos. Leg. 474.

[7] Ibidem. Leg. 318. Exp. 26.

[8] AHPC. Protocolos. Leg. 2014. Exp. 2.

[9] Ibidem. Leg.315. Exp. 5.

[10] Ibidem. Leg. 1200.

[11]M. Chevalier, en Lecturas y lectores en la España del siglo XVI y XVII, nos habla el público de los libros. La primera premisa es que han de saber leer, en la época esto se reducía a aquellos cuyo oficio así lo exigía. En segundo lugar han de tener posibilidad de leer libros, normalmente a través de la compra o el préstamo, siendo el precio de los libros una limitación, puesto que no todos podían permitirse la adquisición de libros. Por último el interés por la cultura, pues se da el caso de personas que cumpliendo las dos premisas anteriores no tienen el hábito de la lectura. De todo esto se extrae la limitación del número de personas lectoras.

[12] Ya hemos hecho mención a los procedimientos notariales de la época: inventarios en los que no aparecen libros y sí en las almonedas de los mismos bienes; la rapidez con que en ocasiones se debían realizar los inventarios, teniendo como consecuencia que lo más que te indican es el número de libros; o el poco interés que parecen mostrar cuando te los describen por su tamaño o estado, como si eso fuese lo único que referir de los libros.

[13] AHPC. Protocolos. Leg. 2014. Exp. 4.

[14] Inventario de Alonso Sánchez de Benito. AHPC. Protocolos. Leg. 1135. Pp. 249-252.

[15] Inventario de Francisco Montejo. AHPC. Protocolos. Leg. 1135.

[16] Inventario de Catalina la Sacristana. AHPC. Protocolos. Leg. 1137.

[17] Inventario de Francisco Rodríguez, presbítero. AHPC. Protocolos. Leg. 1138.

[18] Inventario de Francisco Rodríguez Cadino. AHPC. Protocolos. Leg. 1053.

[19] Inventario de Juan Domínguez. AHPC. Protocolos. Leg. 1033. Exp. 44.

[20] Inventario de Sebastián Durán, clérigo. AHPC. Protocolos. Leg. 1029. Exp. 31.

[21] Inventario de Juan de Torre. AHPC. Protocolos. Leg. 474.

[22] Inventario de Luís Martín. AHPC. Protocolos. Leg. 2038. Exp. 6.

[23] Inventario de Juan Ponce de León. AHPC. Protocolos. Leg. 2015.

[24] Inventario de Pascual Gutiérrez. AHPC. Protocolos. Leg. 592. Exp. 53.

[25] Inventario de María Çanca. AHPC. Protocolos. Leg. 31. Exp. 56. Pag. 202.

[26] Inventario de Juan Núñez Franco, cirujano. AHPC. Protocolos. Leg. 517. Exp. 78.

[27] AHPC. Protocolos. Leg. 1034. Exp. 46.

[28] Ibidem. Leg 593. Exp. 57.

[29] Ibidem. Leg 1026. Exp. 21.

[30] AHPC. Protocolos. Leg.597. Exp. 75.

[31] Ibidem. Leg. 474. Exp. 35.

[32] Ibidem. Leg. 34. Exp 6.

[33] Ibidem. Leg, 597. Exp. 75.

[34] Ibidem, leg. 2013. Exp. 1.