Oct 011985
 

María Murillo.

A los extremeños ausentes que no tienen en el invierno una lumbre con troncos de encina.

La mayoría de los extremeños tenemos recuerdos entrañables de alguna etapa de nuestra vida transcurrida junto a las encinas. Recuerdos de la niñez o de la juventud, recuerdos alegres de días plácidos o recuerdos tristes de días amargos. Siempre tuvimos a las encinas como testigos mudos, y muchas veces nos refugiamos en sus sombras y nos apoyamos en sus troncos, sin pararnos a pensar porqué estaban allí y para qué servían. Pero eran para nosotros como algo necesario.

Los que hemos pasado en el campo temporadas de nuestra niñez, a la sombra de alguna amable encina centenaria, tuvimos nuestro campo de acción para la importante tarea de jugar. En su rama, el columpio; en su hueco, el escondite del tesoro de los guijarros blancos, y en su solar, con el caminito de hormigas, el tajo de corcho o la banqueta, donde escuchábamos sentados el viejo cuento o el triste romance, mientras el pastor nos tallaba la yunta de toritos de corcho (miniatura de los toros de Guisando). Allí modelábamos las figuras de barro, colorado y pegajoso que secábamos al sol, en una lancha.

Como a viejos amigos, a muchas encinas se las conocía por sus nombres: “La Avellanera”, de las bellotas dulces; “La Encina Grande del Majadal” con sus enormes ramas extendidas, buena para el “acarro”; “La Encina del Rayo”, con la honda cicatriz a lo largo de su grueso tronco; “Le Encina del Enjambre”, a la que nos acercábamos con precaución para oír el rum rum de su interior… ¡Qué bien olía a panal!

También había algunas encinas tabú, marcadas, a las que se les daba un rodeo: “La Encina del Ahorcado”, altona, destartalada y triste; infundía temor y repugnancia el hueco alto de la “Encina Negra”, cementerio de las gallinas muertas.

¡Cómo no; recordar la frondosidad de la encina en primavera! ¡El verde tierno y suave de los pimpollos, de sus ramas rematadas con el penacho de oro de su flor! “Candelita”, le dicen los campesinos por aquellos riberos del “Almonte”, del “Garciaz” y del “Valvellido”. Con esta flor tejíamos nuestras “joyas”. Pendientes y pulseras, diademas y collares. Para hacerlas más ricas y policromas, incrustábamos “pendientitos” colgantes, carretillas rosadas, clavellinas; capullos de amapolas y guirnaldas con sartas de magarzas. Aderezos bellos y perfumados dignos de la Dama de Elche. Qué bien nos parecía cuando nos asomábamos al charco del arroyo para mirarnos con tan fastuoso adorno.

Los días de “ir a nidos”, no para destruirlos, sino por la vanidad de “vérnoslos” y el gusto de «sabérnoslos”, qué pronto distinguíamos desde abajo el de palitos sueltos de la tórtola, el espeso del mirlo o el muelle y abrigado del jilguero, tejido de crines y de lana. Qué grito de victoria, quien “se viera” primero colgado de una rama la increíble construcción de un nido de oropéndola.

En el verano, la sombra de la encina de la era, donde siempre corría algo de aire fresco, era el punto de reunión para todos los hombres de la dehesa. Fumándose el cigarro pronosticaban a cómo saldría el trigo. Colgados de una rama estaban los liaros de donde echaban los ingredientes en el cuenco para hacer el gazpacho, como un rito. Allí esperábamos los niños nuestro turno para dar unas vueltas montados en el trillo.

En la otoñada, si era buena, la encina era importante por su fruto, y si era mala ¿qué labrador a ganadero no se ha sentado a una sombra de encina para contemplar la tristeza de nuestra tierra en un otoño seco, cuando estos árboles sedientos se vuelven de un verde oscuro que cruje en su hojarasca? “Como palos están hogaño las bellotas”, decían los ganaderos. Cuántas cuentas se han echado a la sombra de las viejas encinas, pero nunca les salen las cuentas a las gentes del campo en los malos otoños.

En el invierno que dolor era el golpe del hacha en el cerro lejano. Qué pena daba ver tumbar las añosas encinas que quedaban su falta en el paisaje. Que angustia ver una gran extensión de tierra barbechada y los árboles con la corta reciente mutilados, desnudos, como clamando al cielo con sus escasos brazos extendidos, presentando sus troncos llenos de heridas blancas. Era un mal necesario y teníamos la gran compensación de los leños en la chimenea, el carbón en la hornilla, y el calor del brasero oliendo a espliego. Pero ya nada vale todo esto. La encina es un problema, un estorbo, en opinión de muchos.

Hemos visto una finca con encinas centenarias arrancadas a brutales tirones de tractor, tumbadas ya sin hojas y sin las ramas finas. Parecía una tierra maldita, infectada de monstruos. Eran muy grandes y nadie las quería. Estaban con sus raíces al aire, sus enormes troncos y sus ramas, como grandes tentáculos obstruyendo el pastar de los ganados. Por eso fueron condenadas a gasolina y fuego. ¡Quemadas como mártires! ¡Qué imponentes hogueras! ¡Qué macabro espectáculo! ¿Será este el fin que espera a las viejas encinas extremeñas?, ¿no se inventará algo para que nuestros árboles queridos dejen de ser inútiles?, ¿se extinguirá la especie?

Cuando viajando por el Sur de Italia hemos visto en sus pueblos y ciudades encinas bien cuidadas que servían de ornato en calles y paseos, y con su sombra espesa eran un alivio en los calurosos días del verano, hemos pensado con tristeza en las de nuestra tierra. Y no es que prefiramos las felices encinas italianas, recortadas con mimo, a las de nuestros montes. Eso no. Envidiamos el respeto que se siente por ellas, que llega en Nápoles a considerarlas de interés nacional en sus parques. Y también en España existen, aunque pocas, algunas bien cuidadas y respetadas. Las hay en Barcelona; y en Sevilla, en la Plaza de Cuba. Pero éstas casi nadie las ve. En Cáceres en el paseo Alto, están como en su ambiente, y en algún pueblo de los nuevos de regadío han tenido el acierto de dejarlas allí donde nacieron hace ya muchos años, construyendo las casas entre ellas. Pero no es suficiente.

Queremos formular desde aquí, un ruego a todos los alcaldes extremeños. Por favor, en tanto se piensa, se discurre o se inventa qué va a ser de esta especie, plantad en vuestros pueblos un paseo con encinas, o una calle, o una encina siquiera. ¡Sólo una! En el rincón de aquella resolana o en aquella apartada plazoleta, donde los niños “se sepan” su nido, escondan sus guijarritos blancos y tengan su camino de hormigas, donde los jóvenes charlen al anochecer o entonen sus canciones acompañándose de guitarras o armónicas y donde los ya jubilados se sienten a fumar su cigarro recordando otros tiempos. La encina, acogedora, les traerá gratos recuerdos del pasado.