Oct 011989
 

Ramón Núñez.

Estamos celebrando este año el 84 Centenario de la funda­ción de la Diócesis de Plasencia, a cuya jurisdicción eclesiástica pertenece nuestra ciudad de Trujillo y su comarca. Fue en el último tercio del siglo XII, el año 1189, en tiempo del rey Alfonso VIII, cuando el Papa Clemente III, a petición del rey erigió en catedral la Iglesia de Plasencia. En el escudo de la ciudad recién fundada, se puso entonces esta preciosa divisa en latín: “Ut placeat Deo et hominibus”. Que en la rica len­gua de Cervantes significa: “agradar a Dios y a los hombres”.

Con este motivo se viene celebrando durante este año con gran solemnidad, tanto en sentido litúrgico y doctrinal, como en sentido histórico y cultural, diversos actos para conmemo­rar esta gloriosa efeméride.

Por eso no podía faltar en los Coloquios Históricos de este año en Trujillo alguna referencia a la aportación importan­te de la Diócesis Placentina a la historia de la colonización y evangelización del nuevo mundo, teniendo también en cuenta la proximidad del V centenario, en 1992, del Descubrimiento, con el tema unificador: Encuentro entro dos mundos.

No podemos olvidar que de nuestra querida Diócesis Placentina salieron para América en el siglo XVI, grandes personali­dades históricas Hernán Cortés, la figura española más impor­tante del siglo XVI, en opinión de los historiadores; Francis­co Pizarro “uno de los hombres de más valor que ha dado Dios a la humanidad”. Y Francisco de Orellana, el descubridor del  río Amazonas, uno de los más grandes descubridores de la tie­rra, que llena de asombro universal y a quien por eso en América le llaman “el Quijote de los Andes”, y otros muchos capitanes y hombres de a pié, héroes desconocidos que se cubrieron de gloria y que de esta región de Extremadura salieron. Pero no es mi intención referirme en una ocasión como esta a  los que en los campos de batalla conquistaron aquellas grandes extensiones de América, sino a los misioneros que llenos de  Dios llevaron la luz del Evangelio a los indígenas.

 

 

I

 

Comencemos por advertir que los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, más tarde el Cardenal Cisneros en los años que fue regente, y por fin Carlos V y Felipe II, estuvieron muy acertados en sus disposiciones con respecto a ordenar y favorecer la evangelización del Nuevo Mundo.

Se dispuso que ningún barco saliese para América sin lle­var sacerdotes, bien fueran procedentes de órdenes religiosas, o bien sacerdotes procedentes de Diócesis Españolas, y que es­tos no sólo fueran ejemplares, sino cultos. Tenían que apren­der varias lenguas, diferentes a las conocidas y publicar gramáticas y catecismos en los idiomas de los indígenas. Sin una gran dosis de idealismo, de amor y de pedagogía, sin una gran exigencia, no hubiera sido posible este trabajo de los misioneros, que, además de la religión cristiana, que era su principal objetivo, tenían que enseñar las técnicas de la cultura española y europea de aquel tiempo: construcción de casas y de puen­tes, tejido de telas, labores agrícolas, etc.

Su gran preocupación por los indios quedaba patente en las predicaciones y catequesis, en los escritos episcopales que prohibían la esclavitud bajo cualquier forma con pena de exco­munión. Con entusiasmo y generosidad se levantan templos, ca­tedrales, casas de beneficencia, hospitales, parroquias, abadías, colegios, universidades, La legislación de Indias orde­naba: “No se consiente que a los indígenas se les haga guerra, mal, ni daño, ni se les tome nada sin pagar”. ¿Se cumplió es­to siempre? Muchas veces no. El egoísmo humano es muy grande, y entre tanta gente como marchó a América, hubo de todo. Se  cometieron excesos, abusos y crueldades, como ocurre en todas las guerras de conquista. Pero haciendo un estudio serio de esta cuestión, se pueden encontrar más luces que sombras. Pero sobre todo los misioneros en general brillaron a gran altura.

El historiador Pedro Sainz Rodríguez, profundo conocedor del problema de la evangelización americana, del que he tomado los datos anteriores, ha escrito lo siguiente: “A quienes estudien con objetividad este gran acontecimiento de la labor de  nuestros descubridores y misioneros, a partir del siglo XV, sorprenderán siempre la fuerza y el coraje de la nación española. Parece imposible que un pueblo con población muy reducida, si lo comparamos con el amplio continente americano, y con el escaso número de habitantes que España tenia, pudiera llevar a cabo una empresa cultural y evangelizadora tan gigantesca, que nos debe llenar de asombro”.

 

 

II

 

Recordaremos, de pasada, nada más a los más grandes misioneros españoles, que en aquellos siglos sembraron la fe en las  entonces, recién descubiertas naciones de América.

En América meridional fue una figura extraordinaria el misionero español San Francisco Solano, nacido en Montilla (Cór­doba). Según los biógrafos, su misión evangelizadora ha sido estimada por todos los historiadores, como una de las más humanas y sublimes. Con sus catequesis y sus bondades se ganó la estimación de los indios, a los que convirtió a la religión católica en proporción de centenares de miles, haciéndoles entrar a la vez en la vida civilizada. Perteneció a la or­den franciscana y fundó pueblos y centros benéficos y virtud reconocido por todos. Evangelizó en Argentina, en Chile, y sobre todo en Perú.

San Pedro Claver, nacido en el pueblo catalán de Verdú. Fue hijo de padres campesinos, y de joven fue llama do por Dios a la Compañía de Jesús. Mas tarde, en la resi­dencia de Montesión, de Palma de Mallorca, se formó bajo la dirección de San Alfonso Rodríguez. Ordenado sacerdote par­tió para Colombia, donde, primero en Bogotá y después en Cartagena de Indias, pasó cuarenta años, siendo esta ciudad el principal escenario de su admirable caridad y paciencia. Fue aquí donde se dio el nombre de “esclavo de los esclavos negros”. Allí en el puerto esperaba él a aquellos esquele­tos vivientes, que procedentes de África eran descargados  de las naves de los negreros y encontraban en él al buen samaritano que los curaba de sus heridas, les trataba con ternura y los preparaba para recibir el bautismo de salvación. Más de 300.000 negros, que al conocer a Cristo llegaron a tener el alma blanca, fueron el fruto de su heroico apostolado.

También en América del Sur son dignas de mención las célebres Reducciones del Paraguay, timbre de gloria de la  Compañía de Jesús.

Un pequeño grupo de Padres Jesuitas, con su esfuerzo y su ingenio, gobernaba aquellas Reducciones de modo patriar­cal. Aunque aquellos indios guaraníes eran indolentes e imprevisores, se sometieron dóciles a la autoridad de los misioneros. Se formaron bien en la religión, en el trabajo,  en el orden. Se dedicaban a la agricultura con lo que sostenían y llegaron a adquirir cierta prosperidad. Consiguieron formar 30 pueblos, con cerca de 150.000 habitantes. Dos de los misio­neros murieron mártires y recientemente han sido canonizados por la iglesia: son San Roque González y San Juan Castillo. Voltaire, el patriarca de la incredulidad, reconocía que habían sido estas “Reducciones del Paraguay, el mayor grado de civilización a que había llegado la humanidad hasta entonces”.

En Perú evangelizó de modo incansable Santo Toribio de Mogrovejo. Era sacerdote diocesano. Nació en Mayorga (Valladolid) y en España fue nombrado Inquisidor en Granada. Pero Felipe II le hizo Arzobispo de Lima en 1580. En Perú bautizó y confirmó  por su propia mano a más de 500.000 indígenas. Fundó escuelas y hospitales. Levantó el primer seminario americano. Murió en  1602 y está enterrado en la Catedral de Lima.

Una gran figura misionera de las misiones americanas fue el Beato Fray Junípero Serra, misionero franciscano español, nacido en Petra (Mallorca). Su mérito está en haber sido fundador de la gran ciudad norteamericana de EE.UU. San Francisco,  incorporando a toda la región de California a la civilización  en el siglo XVIII. Fue un incansable propagador de la fe de Cristo. De Méjico partió en la segunda exploración de Gálvez al noroeste de Norteamérica y en San Diego fundó la primera misión en el Estado de California. La segunda misión que fundó fue San Carlos de Monterrey, en cuya ciudad estableció su cuar­tel general con los otros misioneros. Siguió fundando las misiones de San Antonio, San Gabriel, Los Ángeles, convertidas hoy en ciudades populosas de los EE.UU. Visitaba con frecuencia todos estos centros misionales haciendo siempre el recorrido a pié, Otras muchas misiones fueron fundadas por Fray Junípero Serra y sus compañeros franciscanos. Murió en 1784.

La estatua de Fray Junípero se encuentra en la Galería de la Fama del Capitolio de Washington, honor que suelen al­canzar dos personajes por cada uno de los Estados.

Vasco de Quiroga fue un obispo español, misionero excep­cional en el siglo XVI en Méjico. Nació en el pueblo avulense de Madrigal de las Altas To­rres, en el mismo pueblo donde nació Isabel la Católica. Era de familia noble y nació en el palacio de los Quiroga, bau­tizándose en la iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

Marchó a Méjico como gobernante y allí decidió, siguien­do la llamada de Dios, hacerse sacerdote misionero. Enseguida le consagraron obispo de Michoacán. Fue para los indígenas un verdadero padre, totalmente compenetrado con ellos, con lo cual se conquistó el corazón de todos, tratándolos con bondad y sencillez. Con gran cariño le llamaron y le siguen llamando Tata Vasco. Amantísimo de la Virgen supo infundirles a aque­llas gentes el amor a la Madre del Cielo.

Se propuso con su talante y con sus instituciones hacer funcionar la fusión de las dos razas, la autóctona de los indígenas y la blanca de los españoles. Quiso realizar su proyecto comunitario fundando hospitales en donde se instalaban los que vinieran de fuera, colegios donde ser formaban en común los  españoles y los indios. Fundó el pueblo de Santa Fe y trató  de la protección de los indios en el sentido humano, cultural y artístico. En el sentido social fue el pionero de la seguridad social adelantándose en muchos siglos a los tiempos ac­tuales. Todavía sigue vigente su recuerdo en toda esa parte de Méjico que a él le tocó evangelizar y organizar.

No trato de agotar el número de los grandes misioneros que marcharon a evangelizar el nuevo mundo, pero sí quiero manifestar, porque es de justicia, la inmensa labor evangelizadora que realizaron en general todas las Ordenes religiosas  establecidas en aquellos siglos en España: los Dominicos, los Jesuitas, los Franciscanos, los Agustinos, los Mercedarios, los Trinitarios, los Carmelitas y por supuesto también muchos sacerdotes de diócesis españolas.

Gracias a todos aquellos hombres de Dios principalmente más de veinte naciones hispanoamericanas son católicas.

 

 

 

III

 

 

Quiero hacer ahora la evocación de una de las glorias más puras de nuestra diócesis placentina: la evangelización de la Nueva España a cargo de los 12 Apóstoles de Méjico en el si­glo XVI.

Un profundo conocedor del tema, el sacerdote historiador español Lino Gómez Canedo, que ha pasado muchos años en Méjico, ha escrito recientemente un libro con este título: “Pionero de la Cruz en México”. A manera de presentación dice lo siguiente: “Quiero destacar la labor misionera realizada por un grupo de padres franciscanos que en 1524 llegaron de España a Méjico y empren­dieron la cristianización de los indígenas. Fueron 12 como los doce Apóstoles del Señor, y en su apostolado sencillamente  heroico tuvieron conciencia de que estaban haciendo algo semejante a lo que tuvo lugar en los orígenes de la iglesia. Los doce trabajaron juntos en admirable unidad en la misma  línea apostólica y en ella consumieron sus vidas. Si bien destacaron entre ellos algunas figuras con rasgos sobresalientes -sobre todo la figura del Superior Fray Martín de Valencia, que destaca por su santidad y Fray Toribio de Mo­tolinía, que sobresalió por su abnegación, humildad y entereza- todos, sin embargo, estaban dotados de una personalidad  nada común. No es exagerado decir que su historia constitu­ye uno de los capítulos más brillantes de las misiones ameri­canas. La rapidez y la profundidad con que la llevaron a cabo, con derroche de energía y de sacrificios, de humildad y de paciencia; la conversión de enormes multitudes de un pueblo hon­damente fiel a su religión primitiva, no puede por menos de  causar asombro”.

Estos doce Apóstoles, hijos de San Francisco de Asís, fueron los verdaderos fundadores de la iglesia en la gran na­ción de Méjico. Todos ellos fueron pioneros de la Cruz, pro­tagonistas de aquella gesta americana, que en palabras de un cronista de la época “fue una de las mayores conquistas que  desde el principio del mundo hasta aquí se han visto”. Mara­villoso resumen del libro este prólogo.

Estos doce evangelizadores de la Nueva España ¿quienes fueron?, ¿dónde se formaron?, ¿quién los envió?, ¿cuando par­tieron para América?, ¿qué viajes realizaron? Una vez llegados a Méjico ¿qué es o que hicieron allí?, ¿qué frutos consiguieron?

En contestar a estas preguntas va a consistir la última parte de esta ponencia. No se trata de hacer un trabajo de investigación sino de divulgación para dar a conocer la labor misionera de estos hombres de Dios. El libro referido me va a servir de base y guía para difundir esta narración histórica.

Se formaron en un convento franciscano, sencillo y pobre, hoy en ruinas, situado en las afueras de un pequeño pueblo en la provincia de Cáceres perteneciente a la diócesis de Plasencia, llamado Belvís de Monrroy. Se encuentra a unos 60 kms. de Trujillo, entre Almaraz y Navalmoral d e la Mata. Desde la carretera general se ve un castillo que hace poco ha sido restaurado en el mismo pueblo. Allí en las proximidades del pueblo se encuentra el referido convento y allí durante muchos años los doce franciscanos, se formaron en la piedad, en la sabiduría, en la pobreza, en el trabajo y en la entrega generosa a los demás. Pertenecía esta casa a la provincia franciscana de San Gabriel. En las cercanías del convento construyeron los frailes una  iglesia dedicada a la Virgen de Berrocal, que se encuentra en buen estado.

Los nombres de los doce, que merecerían ser escritos con letras de oro, son los siguientes: fray Martín de Valencia,  que fue el padre Superior de todos, fray Francisco de Soto,  fray Martín de la Coruña, fray Juan Suárez, fray Antonio de  Ciudad Rodrigo, fray Motolinía, que fue el nombre con que quiso ser llamado fray Toribio de Benavente, fray García de Cis­neros, fray Luis de Fuensalida, fray Francisco Jiménez, fray Juan de Rivas. Todos estos diez eran religiosos franciscanos y sacerdotes. Y Hermanos legos: fray Andrés de Córdoba y fray Juan de Palos, que completaban los dos el número de 12, los 12 apóstoles de Méjico.

Antes de embarcarse para Méjico durante la conquista, llegaron allí dos Padres mercedarios, llamados Bartolomé Olmedo y Juan Díaz, pero no pudieron realizar mucha labor. A ellos más tarde se unieron los franciscanos fray Pedro Melgarejo y Fray Diego de Altamirano, que hicieron la primera siembra de la doctrina católica.

El año 1523 se les unieron los tres franciscanos flamen­cos del Convento de Gante, Fray Juan de Ahora y Fray Juan de Texto, a los que posteriormente se agregó el hermano lego Fray Pedro de Gante. No se les puede negar a estos tres últimos el mérito de haber sido los primeros misioneros de la Nueva España.

En 1523 fue elegido, en la Capital de Burgos, como Minis­tro Superior de la Orden franciscana Fray Francisco de Quiñones, que antes había querido marchar a Méjico de misionero. Como  tenia trato de amistad con Carlos V, le fue fácil conseguir el envío de los 12 franciscanos del Convento del Belvís de Monroy, perteneciente a la provincia de San Gabriel. A fray Martín de Valencia le nombró Superior con el nombramiento de “Prelado y Custodio del Santo Evangelio enla Nueva España y tierra de Yu­catán”. Ellos marcharían a Méjico como misioneros apostólicos enviados no solo por el General de la Orden, sino también por la Autoridad del Papa.

 

 

IV

 

Un día salieron del pueblo extremeño de Belvís para Sevi­lla, pasando por la ciudad de Trujillo. En Sevilla descansaron unos días y siguieron después por Sanlúcar de Barrameda, el 25 de Enero de 1524, fiesta de la Conversión de San Pablo. El 4 de febrero llegaron a una de las islas Canarias, La Gome­ra, en donde celebró la Eucaristía uno de ellos, comulgando  todos los demás. Después de 27 días de navegación llegaron a Puerto Rico el 3 de marzo. Continuaron el viaje marítimo y desembarcaron en Santo Domingo el 13 de marzo, donde permanecie­ron seis semanas para celebrar la cuaresma y la Semana Santa. En Pascua embarcaron de nuevo y llegaron a la isla de Cuba el 30  de abril. Por fin, en las vísperas de Pentecostés lograron lle­gar a Méjico, desembarcando en el puerto de Veracruz. Desde es­ta ciudad iniciaron el recorrido a pie y descalzos las 70 leguas que hay hasta Méjico-Ciudad. Resultó fatigoso este viaje para  los 12, pero sobre todo para el Superior, hombre de edad avanza­da.

Hernán Cortés, al enterarse de la venida de los misioneros, salió a su encuentro en Textoco, celebrando allí la fiesta del franciscano San Antonio de Papua y el 13 de junio. La recepción solemne se hizo unos días más tarde en la ciudad de Méjico. Ha­bía invitado Cortés a todos sus Capitanes, a todos los caciques indios, y a los principales de las ciudades cercanas a la capital, para que les acompañasen en la presentación de los 12 misioneros franciscanos recién llegados. El historiador Mendieta refiere  el hecho de esta manera: “Cortés, puestas las rodillas en la  tierra, les fue besando a todos los misioneros las manos, haciendo lo mismo Alvarado, y todos los capitanes y caballeros invita­dos. Lo cual viendo esto, los caciques indios, la fueron sigui­endo y a imitación de los españoles, les besaron también las ma­nos…”. Acción que para el cronista fue “la mayor hazaña realizada por Cortés porque en otras hazañas venció a otros, que en esta se venció a sí mismo”. Sin duda pensarían que el mayor enemigo quo tenemos todos es el propio yo. La escena impresionó tanto  a los indígenas que, desde entonces, los convertidos a la doc­trina de Jesús, según dice Fray Motolina, comenzaron a contar  el tiempo como el del año de la venida de Dios y así dicen continuamente: “El año que nos vino a visitar Nuestro Señor, el año que nos vino la fe”. Quiere decir esto que consideraban a estos benditos frailes franciscanos, como enviados de Dios, para salvarlos.

 

V

 

Muchos se preguntan: “¿De qué medios se valieron estos; hombres de Dios para convertir en unos cuantos años, en un  tiempo relativo breve, a una muchedumbre tan grande de indios?”.

La conversión es obra de Dios, obra de la gracia, no es  obra de los hombres, pero lo cierto es que estos misioneros, “tirándose de cabeza”, en frase de Santa Teresa de Jesús, a todo lo que fuera hacer el bien a aquellos sus hermanos los indígenas, haciendo todo lo que estuviera de su parte, fueron un  instrumento valioso de que Dios quiso valerse para llevarlos  al conocimiento de Cristo, entrando a formar parte de su igle­sia por medio del bautismo.

Estos fueron los medios de que se valieron: El primero y principal: la oración, la unión con Dios y la confianza en El. Junto a esto la devoción a la Cruz, o sea a Jesucristo nuestro divino Redentor, y la devoción a María, Madre de Dios y Madre nuestra. El segundo: la práctica de la más exquisita Caridad, que les llevaba a querer mucho a los Indios, a sacrificarse por ellos, a consagrarles mucha atención remediando en cuanto podían sus necesidades.

El tercero: la adaptación, a su modo de ser, siguiendo la norma de este sabio consejo ignaciano: “entrar con la suya pero salir con la nuestra”.

El cuarto: el buen ejemplo, teniendo presente lo que enseña nuestro Padre San Francisco: “Fray Ejemplo fue siempre el  mejor predicador”. El testimonio de vida, la coherencia entre lo que se predica y lo que se vive, es el argumento Aquiles que convence y que facilita mucho el rendirse a la Verdad.

El quinto: Vivir como ellos: Trataban de acomodarse a los indios en la comida escasa, en el vestir pobre, en el andar  descalzos. Y según varios testimonios escogidos, esta fue “la principal razón del particular afecto que les tuvieron los in­dígenas”. Les preguntaban los españoles “porqué querían tanto a los Padres franciscanos”, porqué creían en ellos y se convertían a la nueva religión Cristiana. Y esta es la razón que daban: “Porque viven como nosotros”. Seguían estos hijos de San Francisco de Asia, lo que enseñaba San Pablo: “Hacerse todo a todos, para ganar a algunos al menos para Cristo”.

El sexto: la Catequesis, la predicación de nuestra fe, ex­puesta con sencillez evangélica, para que la entendiera todo  el mundo: el tío Juan y la tía María.

El séptimo: el empleo de una acertada pedagogía. Por la atención y el cuidado de los niños conquistaban a los padres, y a los mayores en general. Sabían hacerse niños con los ni­ños, mayores con los mayores. Uno de los mayores obstáculos  que tuvieron al principio fue el desconocimiento de la lengua. Fue providencial “el encontrar a dos niños hijos de una viuda, que estuvo casada con un español. Y los hijos pequeños sabían las dos lenguas. Uno de ellos les servía de intérprete con  los indios y les enseñó a los frailes la lengua autóctona. Se fue a vivir con ellos y más tarde llegó a ser misionero”. Se valían para la catequesis de todos los medias a su alcance: la música, los gráficos, los juego a, el teatro, las costumbres. Era una catequesis vital, lo que hoy se llama la Escuelaacti­va.

El octavo: Se convirtieron en grandes defensores de los  indios“Es cierto que a los principios siempre contaron con la simpatía y el apoyo de Hernán Cortés, que siempre les profe­só gran aprecio, pero esto duró un par de años. Después tuvie­ron que sufrir la oposición de los lugartenientes traidores de Cortés y de la Audiencia. Aunque más tarde con la 25 Audiencia se remediaron las cosas. Pasados los años, allá por el año 1550, los Padres franciscanos se opusieron a que los indios pa­gasen los Diezmos a causa de su extrema pobreza, y los excesivos tributos que ya pesaban sobre ellos”.

El P. Motolinia estaba en primera línea de combate en defensa de los indios, cuando lo exigía la justicia o la caridad. Fray Toribio de Benavente fue con mucho la personalidad más brillante y eficaz por su ascendencia sobre los indios, que desta­có entre los 12. Fue un misionero infatigable que predicó el  evangelio en casi todo Méjico y gran parte de Centro América.  Fue un nuevo San Pablo del nuevo mundo en el siglo XVI. Uno de  los últimos documentos que escribió fue la carta a Carlos V, refutando al P. Bartolomé de las Casas, a causa de sus exageraciones.

Los pobres indígenas estaban muy atrasados en casi todo, y los misioneros franciscanos les llevaron la civilización española y europea. Fue en este sentido de gran utilidad, un elemen­to providencial el Hermano franciscano Fray Pedro de Gante, que les ayudó a construir casas, a pintar, a fabricar imágenes, retablos, iglesias, etc. Se les enseña a los indios en una especie de artes y oficios las diversas profesiones de carpintería, de cantería, de albañilería. Les enseñaran los diversos ofi­cios de sastre, zapatero, herrero, mecánico. Aprendieron a hacer caminos, puentes, pantanos, iglesias, catedrales.

Los misioneros dieron testimonio de que los indios eran  hábiles, inteligentes, dóciles, y que aprendieron todo esto  con facilidad.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Hagamos una síntesis breve de este periodo de casi 40 años que duró la evangelización de la Nueva España por los 12, ayudados por otros cuantos misioneros franciscanos que se les unieron posteriormente. Realizaron un trabajo brillante y fecundo, extendiendo su influencia a otras partes de América.

Llegados en 1524, comenzaron por organizar en Méjico la primera institución religiosa que hubo en el continente y hasta 1528, que fueron nombrados los primeros Obispos de Tlaxcala y  Méjico, tuvieron en sus manos toda la jurisdicción eclesiástica. El primer Arzobispo de Méjico fue el franciscano Fray Tomás de Zumárraga. En 1536 fue fundada la provincia franciscana del  Santo Evangelio, la primera fundada no solo en Méjico sino en todo el Continente. Para entonces había fundados más de 20 conventos de la nación en lugares dispersos. De los 12, los últimos en fallecer fueron fray Juan de Ri­vas, en 1562, y fray Motolinia.

Todos ellos se distinguieron por su pobreza, autenticidad y sencillez, también por la fuerza espiritual que les movía de amor a Dios y a los indios. Sin una poderosa motivación espi­ritual no hubieran podido llevar a cabo aquella colosal empre­sa misionera. Aquí estaba la clave de todo: eran hombres de fe y, por ello, de caridad y de esperanza.

Después de casi cinco siglos, podemos decir sin exageración que la fe de Jesucristo y su amor a la iglesia ha arraigado profundamente en la nación católica de Méjico, gracias a la Virgen de Guadalupe, su principal Misionera, aparecida al indígena, sencillo y fervoroso, Juan Diego, y gracias también a la siembra fecunda de aquellos doce franciscanos españoles que un día salieron de un convento del norte de Extremadura, situado en un pequeño pueblo perteneciente a la diócesis de Plasencia: Belvís de Monroy. Como dijo el profeta Isaías: “Dichosos los picos sobre los montes del mensajero que evangelizan  paz,  que evangelizan el bien”.

Así lo ha reconocido la Conferencia Episcopal Mejicana, que hace dos o tres años acordó enviar una representación de  Obispos, encabezada por el Arzobispo Cardenal de Méjico, Presidente de aquella Conferencia, para cumplir un deber de inmensa gratitud con nuestra diócesis placentina por lo que hicieron aquellos doce padres, sencillos, humildes misioneros francisca­nos por su nación: llevarles el mayor tesoro del mundo por medio de la evangelización.

Y acordaron también enviar un grupo de religiosas hospitalarias para que puedan vivir en comunidad en el pueblo de Belvís.

Ya están aquí. Desde hace dos años. El pueblo de Belvís y la diócesis de Plasencia las han recibido con los brazos abiertos y con inmensa alegría. Parte de la comunidad venida de Méjico está en el Palacio Episcopal de Plasencia al servicio de la dió­cesis y parte ha venido al pueblo de Belvís de Monrroy.

El pueblo las ha proporcionado casas donde vivir y ellas, con el mismo espíritu con que los doce franciscanos evangelizaron a sus antepasados, tratan de hacer el bien en las diversas tareas parroquiales.

Sólo falta que el antiguo convento franciscano en ruinas, de donde salieron sus padres en la fe, pueda transformarse en un convento restaurado en donde pueda habitar una comunidad viva. Tienen interés en la realización de este proyecto tanto la iglesia mejicana como la de España y sobre todo Extremadura.