Oct 011981
 

Francisco Fernández Serrano.

En esta década de los 80, Plasencia, ciudad, alfor, tierra, partido por una parte; y Plasencia-Diócesis, por otra, se aprestan a celebrar su octavo centenario. Buena ocasión para rememorar y repasar sus ocho centurias; para cribar y limpiar su escasa bibliografía impresa, y para completar el conocimiento de un pasado no muy remoto. No necesita Plasencia de apelar a problemáticos antecedentes griegos, latinos, visigodos y árabes para contar con glorioso pasado, fundamento del presente honrado y orientación para un gran porvenir. Porque Plasencia es parte muy principal e integrante de la Extremadura castellano-leonesa; porque Trujillo, sede de los Coloquios Históricos de Extremadura, lleva ocho siglos vinculado a la diócesis de Plasencia; y porque el autor hoy, como hace cuarenta años en Roma, se proclama placentino de diócesis, me parece oportuno traer a Trujillo unas consideraciones sobre el episcopologio diocesano.

1. Como la diócesis placentina nace en plena Edad Media, no se pueden conocer uno a uno a todos sus obispos, desde el burgalés don Bricio hasta el navarro Juan Pedro Zarranz y Pueyo, fallecido en 1973.

2. Un historiador tan eficiente como laborioso, el chantre don José Benavides Checa, el chantre por antonomasia de Plasencia, publicó ya en 1896 el episcopologio placentino, aunque esquelético y fundamental, pero válido para todos los tiempos. A él fácilmente se pueden agregar los últimos obispos de Plasencia después del último reseñado por Benavides: D. Francisco Jarrín, D. Manuel de Torres, D. Ángel Regeras, D. Justo Rivas, D. Feliciano Rocha y D. Juan Pedro Zarranz.

3. No es frecuente establecer la división de obispos diocesanos, en Plasencia y fuera, en permanentes y transeúntes: los que a Plasencia llegaron y permanecieron hasta el fin, de ordinario hasta la muerte; y los que por Plasencia pasaron con parada, ya fuera larga o corta.

4. En la conciencia y el ambiente medieval el obispo era el pastor de su diócesis, pero también el padre de los diocesanos y el esposo de la diócesis. Por eso junto o al báculo había recibido su anillo en señal de desposorio: de uno, con una y hasta la muerte. Pero el siglo XIV con el Cisma de Occidente se trastornó también la mentalidad cristiana y la administración eclesiástica. Había diócesis con dos papas y con dos obispos, uno en cada obediencia. En el siglo XV se inician los traslados episcopales y en el siglo XVI el diocesano, a la vez que jefe de la iglesia, empieza a convertirse en funcionario de la curia romana que rompe los vínculos diocesanos con absoluciones y aumenta los traslados. El obispo ya no es el esposo de la diócesis hasta la muerte, aunque conserve el anillo, sino un funcionario de categoría elevada que busca sus ascensos y cuando llega a un tope de edad es jubilado para dar paso a otros más jóvenes y más eficaces. La diócesis ya no es la esposa de un solo esposo, sino a veces de un colegio episcopal, y el obispo pasa de matrimonio de matrimonio diocesano, hasta la inutilización física con reiterados divorcios espirituales y físicos.

5. Los obispos “transeúntes” en Plasencia no se inician hasta el siglo XV. Gonzalo de Zúñiga, fervoroso seguidor del papa Benedicto XIII en su obediencia, al terminar el Cisma, es trasladado a la diócesis de Jaén, y el judío convertido D. Gonzalo de Santa María viene a Plasencia desde la diócesis de Astorga, y después de permanecer luengos años en Plasencia, es trasladado a la de Sigüenza. Han empezado los obispos “transeúntes”, no permanentes en Plasencia.

La situación seguirá repitiendo en los siglos posteriores.

En el siglo XVI fray Martín de Córdoba llegara a Plasencia desde Tortosa; pero quedará desvinculado de Plasencia a los cinco años para marchar a su patria, Córdoba. En el siglo XVII pasan por Plasencia don Francisco de Mendoza, para situarse en Toledo en calidad de gobernador; don Diego de Arce y Reinoso, para quedarse únicamente de Inquisidor General; lo mismo que D. Diego Sarmiento Valladares; el placentino don Cristóbal de Lobera, que había pasado por Osma, Pamplona y Córdoba y ya estaba designado como arzobispo de Santiago de Compostela cuando la muerte le sorprendió todavía en Plasencia; y el malagueño don Alonso Enríquez de Santo Tomás, que había llegado a Plasencia desde la diócesis de Osma, abandonó Plasencia por la sede malacitana, antes de regir esta diócesis extremeña un año. El trasiego episcopal el placentino del siglo XVII es bien notable.

Dos prelados del siglo XVIII pasan por Plasencia y marchan a dos arzobispados, D. Francisco de Perea y Porras, que va al de Granada; y D. Francisco Antonio de Lorenzana, al de México.

El siglo XIX cambió el panorama económico de la diócesis placentina, y la que en los siglos pasados había sido meta donde terminaban su carrera muchos obispos españoles, empieza a figurar como punto de partida para muchas ascensiones episcopales. A los cinco años de su obispado placentino D. José Ávila y Lama es trasladado al obispado de Orense; y pocos más años que Lama estuvo en Plasencia su sucesor Conde y Corral, que ascendió a la sede zamorana. En el siglo XX sólo un obispo, D. Ángel Regueras López “pasó” por Plasencia, y fue trasladado en 1923 a Salamanca. Los otros prelados de la mitad del siglo XIX y todos los del XX, fueron permanentes, pero su permanencia fue consecuencia de su edad avanzada, motivo por el que se quedaron: Jarrín, López de Zaragoza, Rivas Fernández, Rocha Pizarro; o debido a su repentina muerte: Torres y Torres, sin cumplir el año de estancia placentina. Una excepción fue el último obispo fallecido, D. Juan Pedro Zarranz y Pueyo, que permaneció en Plasencia 27 años, desde 1946 hasta 1973. Pero los que le conocimos y tratamos sabemos que sus aspiraciones juveniles -tenía 42 años cuando llegó a Plasencia- no eran las de morir en Plasencia, sino las de “pasar” pocos años, y subir a diócesis de mayor relumbrón y mejores perspectivas. Salamanca fue su sueño dorado, principalmente, pero el hombre propuso, aunque fuera obispo, y Dios con las circunstancias, dispusieron de otra manera. Timidez, sueños, fracasos personales, aislamientos y otras causas le hicieron perder aquellas ilusiones para así conformarse con vivir y aún morir en Plasencia. A la fuerza, vino a continuar la lista de aquellos obispos placentinos que se eternizaban en la sede: D. Adán el conquistador de Trujillo; D. Gutiérrez de Carvajal, el obispo arquitecto del siglo XVI; fray Francisco Laso de la Vega en el siglo XVIII, y el austerísimo D. Pedro Casas y Souto, a caballo entre los siglos XIX y XX.