Oct 011988
 

Monserrat Avis González.

Anécdotas y leyendas. Con este epígrafe, damos un paseo por la imaginación de Trujillo, que a lo largo de su historia, ha ido designando a sus hijos, casas y monumentos; mérito para que puedan ser reconocidos bajo la advocación que el cantar popular los designa.

Ambas, existieron mucho antes que el cristianismo, pues la tendencia de los pueblos primitivos a todo lo sobrenatural, hizo surgir los relatos fantásticos y fabulosos, que constituyen los comienzos de toda la historia.

La historia en sus comienzos, no es más que una sucesión de leyendas trasmitidas y aumentadas de generación en generación. En cuanto a la llamada anécdota decía Merimée que de la historia sólo le gustaban esas, porque en ellas encontraba una pintura real de las costumbres y los caracteres.

Puede ser una opinión personal, pero opinión que tiene muchos seguidores, ya que entre el relato histórico que no se aparte de la verdad, o una anécdota que pretende relatar el mismo hecho, éste tiene la particularidad de popularizarse y de correr de boca en boca.

Tiene además, tanto la anécdota como la leyenda, la ventaja de convertirse en recurso, para amenizar el relato histórico. Por tanto, vuele la imaginación de ustedes con éstas que ahora comienzan.

Comencemos por el principio, el inicio de la historia de Trujillo.

Hércules me edificó,
Julio César me rehizo,
sobre cabeza del zorro,
en este cerro Virgilio.

¡Verdad que parece ser, un anagrama que hay que descifrar para conocer nuestro origen! Y que por tanto sólo conduce a interrogantes… ¿Por qué algunos como Pons hablan de Scábilis?, ¿Verdaderamente, Trujillo tuvo siempre ese nombre en tiempos remotos?, ¿Fue Trujillo la Castra Julia que citaba Plinio?

Ciñéndonos a está ultima, hay que decir que muchos historiadores se inclinan a pesar de que el actual Trujillo fue la romana ciudad.

Cuenta la tradición uno en Trujillo hubo una fortaleza con un monumento dedicado a Julio César. Esta fortaleza, debió ser una torre fortificada para defensa, Turris Julia, que el pueblo identifica con la antigua torre de la parroquia de Santa María, no teniendo ésta, sin embargo apariencia romana sino románica, de ahí la equivocación.

Pero la voz popular no se equivoca del todo, después parece ser que en el mismo monumento conmemorativo fue que, donde siglos después levantaron la torre medieval. Ésta se construyó el siglo XIII cuando se construyó el primer templo. Es el tiempo de la inestabilidad, de reconquista y no de constancia pues se ve claramente que la torre fue hecha por manos cristianas en distintas fechas y de dos formas claramente diferenciadas.

No hay más que fijarse en el lugar de su emplazamiento para deducir, que se intentó aprovechar una construcción anterior, ya que está fuera de lo acostumbrado encontrándose junto al ábside de iglesia debiendo ser a los pies de ella.

Con el paso del tiempo, Trujillo sufrió diversas invasiones como la de los árabes en el 711. La cual finalizará el año de gracia de 1232, en el que dos civilizaciones se enfrentarán, una para conservarse su hegemonía y otra para reconquistar la villa por Castilla y León y el cristianismo, empresa que conseguirán gracias a la intervención de la Virgen de la Victoria, a los gritos de: ¡Santiago y cierra España!

La bella Alicia

La bella Alicia -la cristiana pura-
florece en tus almenas. Con furor
la persigue Alhamar loco de amor,
y ella loca de fe y en Dios segura.

Antes que el beso del Villano limpio,
los besos del vacío. Y al vacío
se arroja Alicia con valor cristiano.

Con estos versos de Máximo González del Valle, dedicados a la torre de los Bejaranos, damos paso a una de las más hermosas leyendas que se conservan aún en Trujillo “La bella Alicia”. El hecho ocurrió en los tiempos del rey Alfonso XI, el lugar de la escena: la torre más alta de los Bejaranos.

La historia es ésta, un moro principal, llamado Alhamar, que vivía en la calle que hoy lleva su nombre, quiso atropellar la honestidad de una joven cristiana, admirada por su belleza.

Era Alicia que, encontrándose sola en la casa, se vio sorprendida por la presencia del moro que, sabedor de esta circunstancia y con siniestras intenciones, hizo un inesperado allanamiento de morada.

Alicia al verle, huye asustada, en dirección a las almenas, y como ve que Alhamar la persigue, no encuentra otro modo de salvar su honor, que arrojándose desde lo alto de la torre. Su cuerpo caer al suelo, quedando regada la tierra con su sangre, y dando nombre a la torre que la vio caer, y que desde entonces se llama “Torre Alicia”.

Diego García de Paredes

Una de las características de las leyendas, es que con el paso del tiempo, las virtudes caballerescas son ensalzadas y alabadas en sumo grado. Así pues, el personaje del cual sea dicho que es mito y leyenda, y del que más escritos fantásticos se conocen es del “Sansón de Extremadura”: “Y este Diego García, fue un principal Caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía con un dedo la rueda de molino en la mitad de su furia”.

Y seguiremos diciendo; que también fue tocado con la pluma de un genio de la literatura universal; don Miguel de Cervantes Saavedra, que en su viaje de paso por Extremadura recorrió las calles trujillanas, llenándose del cantar popular y de relatos que por entonces contaban los viejos a sus nietos, en los que aparece nuestro personaje arrancando rejas o transportando enormes bloques de piedras graníticas.

La niñez de Diego García, se desenvolvió de una forma tranquila. Vivía con su familia, en una casa que se encontraba frente al convento de San Francisco el Real. Diego tuvo varios hermanos, su hermana mayor María, fue la iniciadora del pequeño en los juegos viriles, ya que se dice que junto con sus vecinas las Alvarados“cogidas las faltas, jugando, saltaban de una parte a otra sobre una mula y sobre un caballo”.

Y a la temprana edad de nueve años, Diego realizó una de sus más contadas hazañas.

Doña Juana, su madre, iba diariamente a misa con sus hijos a la parroquia de Santa María. Una mañana por tener urgentes quehaceres en el hogar, la madre salió ligera de iglesia. Ya, fuera en la puerta, dándose cuenta del olvido, quiso retroceder para mojarse los dedos de agua bendita, según era su costumbre al santiguarse. Diego, ofreciéndose inmediatamente para ir a buscarla, fue hacia la enorme y granítica pila, la cogió en sus brazos, y arrancándola fue a ofrecerla a su madre, dejándola después al lado de la puerta, en el sitio donde hoy se encuentra.

Todas estas increíbles pruebas de enormes energías dio Paredes durante su infancia y juventud ¿Pero que base real tuvieron?

Sí solo observamos, la famosa pila, nos hace rechazar el relato por absurdo, pero ¿Por qué esta entonces la pila en el suelo y detrás de la puerta como un estorbo?

Alguien dice que fue dejada en aquel lugar, debido a la imposibilidad de ser transportada, argumento del todo inadmisible pues todos sabemos que el hombre ha transportado en todos los tiempos moles aún más grande. Por tanto hay que pensar que la pila está en el lugar que ocupa porque se ha querido allí dejar. Por otra parte, la nobleza que se ocupaba de atender la iglesia dejó la pila en el lugar en que se encuentra, a pesar de dar sensación de desorden.

Por lo cual no encontrando ningún fundamento lógico, tenemos que reconocer que acaso podría tener algún razonamiento que justifique la leyenda.

Por aquella época, en Trujillo, se desarrollaban acontecimientos y agitaciones constantes. En el castillo se refugiaba doña Juana la Beltraneja, lo que junto con las numerosas luchas de banderías, que sufría la ciudad y toda Extremadura, atrajo la atención de los Reyes, decidiendo la reina Isabel “acudir rápidamente a atajar las turbulencias de Trujillo -consigna Alfonso de Palencia- donde a diario corría la sangre por las calles, y caían por tierra los edificios”.

Dispuso la marcha y, como dice Pulgar: “partió de Guadalupe y fue a la ciudad de Trogillo, donde fue alegremente recibida por todos los caballeros e pueblo”.

Entre los muros trujillanos vivieron días de lucha y de paz resolviendo asuntos relativos a la guerra con el rey de Portugal, firma el tratado “Tanto monta”, e incluso asisten al funeral que celebraron al fallecer el padre del rey don Fernando, en la parroquia de Santa María, era de 1478.

La camisa de la reina

Se dice que asistieron los reyes, de riguroso luto, los cuales se aposentaron en las tribunas que se encuentran en el coro. Sobre esto no existen datos históricos, es la tradición popular quien lo cuenta. A tal ceremonia acudieron los principales representantes de la nobleza trujillana.

Los trujillanos, deslumbrados, veían aquellos brillantes cortejos de nobles caballeros cruzando sobre majestuosos corceles las calles empinadas de la ciudad y a los heraldos que mantenían con manos firmes los pendones de Castilla y León.

Los reyes iban conquistando el patrimonio real, pero aún en las vegas andaluzas quedaba un pedazo de tierra, el objeto era ahora Granada.

Joaquín Ramos Sanguino en su obra “Historia cómica de Trujillo”, nos cuenta cierto sarcasmo, algo referente a una camisa, dice así: “Pero la reina Isabel, antes de marcharse y cual no sería su favor religioso y su confianza en la empresa que iba a acometer, que ante la Virgen del Triunfo, ofreció no despojarse de la camisa que entonces llevaba puesta hasta ver el pendón de Castilla ondear en las torres de la Alambra. Y que cumplió este ofrecimiento me consta de manera positiva. Cerca de dos años estuvo la reina sin mudarse de camisa, hasta el 2 de enero de 1492, en que Boabdil entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos. Hay quien afirma que la tal camisa fue ofrecida como exvoto después a la Virgen de Covadonga, y que un trozo de ella fue enviado a Trujillo como ofrenda a la Virgen del Triunfo y en su capilla estuvo hasta hace pocos años en que una santera despreocupada la empleó cierto día para limpiar las lamparillas de aceite con que los fieles alumbraban la imagen ¡Triste destino el de una camisa tan histórica”.

Anécdotas semitas

También por entonces vivían en Trujillo mudéjares y judíos. Estos fueron comunidades urbanas, por lo general, problemáticas y divididas.

Los mudéjares se agrupaban en morerías, en barrios o plazas destinados a ellos. En estos lugares ejercían humildes oficios como de alfayates o sastres, zapateros, peleteros, carpinteros, tejeros y olleros, profesiones todas ellas imprescindibles para el buen funcionamiento de los pueblos.

En cuanto a los judíos, aparecen generalmente como recaudadores de impuestos, a los que también ellos, estaban sujetos y que como todos mostraban cierta resistencia. Un ejemplo de ello nos lo da Beinart, que dice: “Un recaudador de Trujillo, que no había olvidado la rentabilidad del trabajo, aseguraba que tenía que acechar a los morosos durante los rezos en la sinagoga para poder cobrar”.

A partir de Enrique II se multiplican las medidas de desprestigio social del grupo y durante el reinado de los Reyes Católicos se va imponiendo la costumbre de separar algunas calles para que fueran habitadas sólo por los judíos. Así tenemos en Trujillo, la zona comprendida entre las calles Tiendas y Carnicerías.

Cada vez más, parece saltar la chispa antisemita que tanto preocupa a los reyes. Son los días en que los judíos de Trujillo acuden a la reina Isabel, aquella mujer rubia, sencilla y enérgica que con dignidad y señorío llevaba sobre su frente la corona de Castilla, para que les asegurase que no iban a ser víctimas de Diego Pizarro, alcalde de judíos y moros, a quien parecen temer aunque no concreten la razón. Es en 1477, parece ser para que los libre de los oficios humillantes que como dirían eran: “mondar sus establos e echar fuera el estiércol e lavar sus tinajas”, a que los tenían sujetos sus convecinos, quienes les obligaban además a hospedar en sus casas a malhechores y prostitutas, prácticas todas ellas que fueron inmediatamente suprimidas por la reina.

María Barca

En el siglo XVI, hallamos en las crónicas de la ciudad un hecho que destaca por su admirable protagonista, una mujer viuda llamada María Barca.

El suceso comienza un día de los muchos en que Trujillo se celebraba el mercado en la plaza mayor. En los soportales donde se sitúa la fruta, un niño roba ésta a un verato. Éste que lo ve, le tira una pesa con tan mala fortuna que le da en la cabeza causándole la muerte. El frutero culpable, al ver que la gente le señala, huye y lo hace precisamente por la calle por donde ha entrado, la calle Garciaz. Se introduce en una casa cuya puerta se encontraba abierta y pide a su moradora, concretamente a María Barca, que le esconda pues le persiguen. Cosa que hizo la mujer, que era la madre de la víctima.

Una gran multitud lleva al niño muerto a casa de su madre y es cuando ésta, María Barca, se da cuenta de que la persona que momentos antes había escondido con buena fe, era el asesino de su hijo. Aún así, María Barca, con gran dolor de su corazón, espera a que se marche la gente y, una vez que se queda sola con el difunto, abre al culpable la puerta y le dice: “-¡Márchese!, pero ¡Márchese rápidamente. Porque yo misma le mataría con mis manos si no le hubiera dado mi palabra!

El cura y su santo engaño

En este siglo XVI hay una anécdota, también de carácter popular, que don Juan Tena recoge en su póstumo libro y que yo he titulado “el cura y su santo engaño”.

Transcurría el año 1573 cuando vivía en Trujillo un sacerdote cuyo nombre desconocemos, famoso por su vida austera y caritativa, así como por un engaño. Decimos esto, pues tal personaje no tuvo por menos la magnífica idea “de pensar en los innumerables bienes que de los conventos de monjas fluyen” en los pueblos y ciudades que, como Trujillo, tenían espíritu eminentemente cristiano.

Y este sacerdote, apoyado por su inmensa fe, peregrina hasta Madrid, llega al convento de las Descalzas Reales y suplica a la abadesa que autoricen a tres monjitas para que vengan a su pueblo de Trujillo a fundar un monasterio de su orden. Pidióle la abadesa informes sobre si contaba con edificio patronato y renta para el pobre mantenimiento de las religiosas, contestándole el ingenioso sacerdote que “contaba con una señora muy rica y principal, así como con su hijo único que invertiría en obras piadosas su mayorazgo”.

Plació tanto la abadesa tal informe que concertaron que al año siguiente volvería el piadoso sacerdote con las licencias y con un coche para que se pusieran en camino las tres monjitas y en Trujillo inaugurasen el nuevo convento de su orden.

Ya en Trujillo, vemos a nuestro sacerdote ejerciendo de albañil, ayudado por dos buenas mujeres que, conociendo los planes de éste, le cedieron dos míseras casas antiguas en el campillo, donde hoy se asienta en convento de San Antonio. Los tres, como buenamente pudieron, acomodaron tan angostas casitas.

Al año, el sacerdote cumplió su palabra y partieron hacia Trujillo las tres monjitas y su protector para abrir una casa de la Orden de San Francisco, bajo la advocación de San Antonio.

Por la ciudad corrió la noticia del día en que llegaban los viajeros. Los que conocían la trama se llevaban las manos a la cabeza juzgando locura quererlas encerrar en aquellas míseras habitaciones. Y hasta tal punto se indignaron, que salieron al encuentro de ellos para disuadir a las monjas de que se instalasen en Trujillo. Sorprendidas las monjas, pidieron una explicación al también asombrado sacerdote que no tuvo más remedio que decir: “la señora que os ha de dar buena casa es Nuestra Madre María Santísima y su hijo que os servirá de patrono es Jesucristo, fiad en ellos”.

Y en ellos finalmente fiaron, y lo que fueron en un principio dos casitas se convirtieron en un gran convento, el convento de San Antonio.

La perra trujillana

A lo largo de la historia, se ha elogiado la vida de muchos animales que, por sus cualidades, han llamado la atención de los lugareños. Dentro de las leyendas populares, y concretamente pastoriles, estas virtudes incluso se recogen en sonetos y romances como el conocido de “La loba parda” o “La perra trujillana”.

En estos parajes extremeños, el papel del perro es muy importante, ya que por ser un animal fiel y leal se convierte en el compañero inseparable del pastor. El animal defendía el ganado y por tanto la vida de su amo, de las garras de siempre temido lobo. Y éste es el caso de nuestra protagonista, la Perra Trujillana, que se hizo famosa cuando llevó a su amo la loba que momentos antes, había robado una cordera del rebaño.

Romance de la Loba Parda o la Perra Trujillana

Estando yo en mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabritas altas iban
y la luna rebajada.

Vi de venir una loba,
Derechita a mi majada,
¡Detente loba! ¡Detente!
No seas desvergonzada.
que tengo siete cachorros,
y una perra trujillana
y el perrito de los hierros
que por los tiempos volaba.

Siete vueltas dio a la red,
y no pudo sacar nada,
al dar otra media vuelta,
sacó una cordera blanca.

Aúpa mis siete cachorros
y mi perra trujillana,
que si me la agarráis bien,
la cena tenéis doblada.

La corrieron siete leguas,
por una vega muy llama,
la corrieron otras siete,
entre cerros y vaguadas.

Al bajar un arroyuelo
la agarró la trujillana.
¡Tómela usted su cordera,
buena y sana como estaba!

¡Yo no quiero la cordera
que la tienes maltratada,
lo que quiero es tu pelleja,
que la tengo ganada.

Estando yo en mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas, iban
y la luna rebajada.

La espada de Pizarro

Y, por último, vamos a hablar de la célebre espada del conquistador del Perú, Francisco Pizarro; ya que se hizo famosa en plena invasión napoleónica.

Estamos pues en 1809, en plena irrupción de las tropas invasoras. La espada por entonces se guardaba en el palacio de los Marqueses de la Conquista, como un trofeo histórico, donde era admirada por propios y extraños. Todos sabemos que nuestra causa fue apoyada por los ingleses. Un ejemplo claro fue el escocés Downie, quien formó una guerrilla de extremeños; en vista de su abnegado proceder la entonces marquesa de la Conquista le regaló la célebre espada.

En los olivares de Castilleja de la Cuesta (Sevilla) se batió la guerrilla de Downie contra los franceses y, en lo más reñido de la acción, tratando el escocés de saltar por un hueco a la entrada del puente de Triana, fue abatido del caballo y herido en la mejilla y en un ojo. Downie que se vio perdido, aún tuvo ánimos para arrojar la espada a los extremeños para evitar así que los enemigos se apoderaran de ella.

Los guerrilleros recogieron el arma y enardecidos por ese acto se arrojaron como las fieras contra los franceses, a quienes vencieron.

Posteriormente, la histórica espada fue llevada a la Armería Real de Madrid, donde en la actualidad se encuentra.

Antes de finalizar el trabajo, tengo que decir que la moderna crítica histórica ha tenido que trabajar fatigosamente para destruir leyendas y presentar los hechos y los personajes históricos libres de las fábulas maravillosas con que la imaginación popular las había revestido. Por tanto, esa es la labor de ustedes, estudiosos e investigadores; la de analizar, indagar y registrar estos hechos para que también puedan engrosar, más si cabe, los anales de nuestra historia. Y si no es así, entonces que perduren y vaguen todas éstas, como hasta ahora, por las brumas de la historia y de la voz popular, con el nombre, eso si, de leyendas.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Enciclopedia Universal Ilustrada. Madrid: Espasa-Calpe.
  • RAMOS SANGUINO, Joaquín: “Historia cómica de Trujillo”. Ed. Minerva, 1913.
  • CHAMORRO, Víctor: “Historia de Extremadura”. Ed. Univérsitas.
  • NÚÑEZ, Ramón: “La Bella Alicia”, en La Opinión.
  • Los mudéjares y judíos en Extremadura.
  • MUÑOZ DE SAN PEDRO, Miguel: “Diego García de Paredes”. Madrid: Espasa-Calpe, 1946.
  • TENA FERNÁNDEZ, Juan: “Trujillo histórico y monumental”.
  • NARANJO, Cloaldo: “Trujillo, sus hijos y sus monumentos”. Madrid: Espasa-Calpe, 1983.
Oct 011986
 

Monserrat Avis González y  Juan Francisco Murillo Romero
Fotos: María Teresa Pérez Zubizarreta.

(Fot. 1) Aquel montón de piedras que divisáis a lo lejos es el islote berroqueño llamado Trujillo, donde a golpes de siglos y de cincel, escupieron tal vista, por eso dicen los viejos del lugar:

Si fueres a Trujillo

por dónde entrares,

hallarás una lengua

de berrocales.

Nos acercamos ¿no?… (Fot. 2) adentre monos en las entrañas del berrocal para ver las románicas piedras de la iglesia de Santa María… bueno, luego os la representamos. Tiremos ahora dar una vuelta por sus rincones, sus plazas y sus piedras cubiertas de musgos históricos y con sus diferentes cinceles en las mareas artísticas: desde celtas… hasta hoy.

(Fot. 3) Y tras silenciosos y bulliciosas calles empinadas, desembocamos en la Plaza Mayor: aquí sucedieron los más extraños hechos, y en donde con diferentes estaturas, se alzan torres, palacios… y, ¡como no!, las cigüeñas, dejando sus nidos como broches en las alturas…

En lo alto, el castillo pone sus inmensos y mágicos sillares irregulares y las torres mirando a todos los horizontes.

A la derecha, San Martín presidiendo la plaza con sus cuatro siglos de vejez, su reloj de cuyas anécdotas cuentan del retraso. Además de sus agujas, también vemos bajo la capa de bronce a Francisco Pizarro.

(Fot. 4) Más arriba se encuentra el palacio de Santa Marta, entre estos muros correteó como niño Francisco de las Casas, capitán que anduvo por tierras jamaicanas. Además vivieron aquí los padres de Hernán Cortés… Y a la izquierda, una pintoresca y exótica torre con una aguja al final llamada “Torre del alfiler”. Los datos históricos muestran que en 1432, el rey de la época, Juan II de Castilla, concede el título de ciudad a Trujillo, algo así como: “a la muy Noble y Leal Ciudad de Trujillo”.

(Fot. 5) Esta torre aunque fue un punto estratégico de defensa, fue Alcázar de la Casa de la Cadena (su fachada ligada a la Plaza Mayor), se cree que fue torre conmemorativa al título de ciudad. En sus piedras se pueden ver las arrugas del siglo XV, con esas ventanas góticas y el escudo de la familia Chaves, ya que era típico de esa época.

Bajo este cielo azul y mientras nuestras cigüeñas extremeñas descansan sobre sus torres berroqueñas… soñemos, soñemos con la mitología trujillana.

(Fot. 5.1) Dios García de Paredes: Hércules en los campos de Bolonia.

(Fot. 5.2) Dios Orellana: Neptuno en las aguas dulces del Amazonas.

(Fot. 6) Dios Pizarro: Júpiter sobre tierras incas. Su figura ¡ah…! contemplando el tiempo junto a su caballo (animal mítico también). Otra estatua gemela a esta descansa sobre Lima en tierras peruanas.

(Fot. 6.1) En el punto más alto del berrocal: el castillo, las huellas romanas y árabes se dejan ver en sus robustos muros o en sus almenadas torres. Llegaron los romanos creando un campamento, crucial en tales siglos, quedando los sillares primeros (Fot. 6.2).

Por el año 711, los árabes invaden la Península, y en Trujillo dejaron esta fortaleza con ese sinuoso arco de herradura por donde subían las caballerías moras a través de la singular rampa (Fot. 6.3).

Después, por el 1232, llegaron los cristianos y, tras sucesivos avances, un día, cuando la lluvia no cesaba de caer, consiguieron entrar por una de las puertas de la muralla, gracias tanto a los dioses, como a una imagen encontrada y llamada La Victoria (Fot. 7). Tres siglos más tarde, el Concejo mandó que se hiciera, entre las dos torres, una capilla donde La Victoria estuviera a la vista de todos… (Fot. 8). Fue concebida bajo el cincel de Diego Durán y policromada y dorada en 1531. Llegaron los franceses, como siempre incordiando, en el año 1808. Enterraron a la Virgen y tras 46 años la pusieron otra vez en el castillo.

(Fot. 9) He aquí; en esta torre se firmó el tratado “tanto monta”. Isabel mando desmochar todas las torres de la ciudad, en el Alcázar de Luis de Chaves el viejo. Las torres hacen de murallas. Esta primera es robusta (Fot. 10). La otra torre alta y esbelta está unida al arco de Santiago, guardan sus alturas un ventanal mudéjar más otra ventana con finos módulos.

Ese arco de Santiago hecho con manos árabes, así como las otras seis puertas que circundan la ciudad antigua… todas las noches se lanzaba a los vientos el toque de queda hasta el amanecer… los franceses desmoronaron la escultura de Santiago que estaba en la hornacina superior.

Vamos a entrar a la antigua ciudad (Fot. 11)… y éste es nuestro objetivo: la iglesia de Santa María. Nació con los árabes siendo una mezquita, los cristianos la derriban y la purificaran con agua y sal, nada menos, y la bautizaron como Santa María. Esta iglesia mantienen en sus piedras la huella de numerosos hechos históricos: voces de reyes y obispos, representaciones teatrales, así como todo un pueblo…

(Fot. 12) Sobre la piedra de este templo se yuxtaponen diferentes corrientes artísticas. De los árabes sólo quedan los cimientos. El edificio pertenece al románico de transición. Posee otra puerta, la principal, que se construyó en la edad de oro trujillana: el siglo XVI. Tiene un abovedado con archivoltas muy robustas y de forma peculiar en los laterales, dos leopardos vigilan y sonríen misteriosamente. La nave central se alza sobre sus dos compañeras laterales dando una imagen de espiritualidad elevada.

La torre que veis en primer plano es románica, con tres cuerpos para las campanas… y llegaron dos terremotos con epicentro en Lisboa quedando derruida. Más tarde un polvorín la quedó totalmente destrozada, fue entonces cuando se descubrió que habían restos romanos, por lo que se cree que fue una torre conmemorativa a julio César, de ahí su nombre Torre Julia. La vista de ahora es una reconstrucción de principios de siglo.

Sigamos… en 1550 esta torre agrava su poca solidez, el clero construye otra torre siendo el último cuerpo de principios del siglo XVIII. Tiene solidez y termina con una pequeña cúpula.

Escuchad…

El sonido discurre sobre el berrocal desde la altura, estallando en el aire. Estos acordes dejaron de expandir su eco, pues corroídas y maltratadas, cesaron sus campanadas hasta que en 1964 un párroco adquirió cinco campanas con nombres diferentes, pesando de 250 kilos a 500 kilos.

Se puede ver también una parte de este inmenso rosetón a base de geometrísmos circulares a modo de planetas o símbolos ancestrales.

Vamos a entrar en las profundidades, veamos lo que se encierra tras estos muros graníticos:

La luz penetra por estos apuntados arcos góticos para hacer un interior con proyecciones de figuras, colores…y alegra a través de sus vidrieras; unas vidrieras que marcan la decoración en esta ventana cuyo pequeño rosetón trilobulado, muestra los cinceles extremeños.

Tras el gótico de los ventanales, el más fiel románico se funde en los capiteles de la puerta sur y del crucero.

Los pilares poligonales con trazos rectos y curvos, separados en cuerpos por molduras; molduras con vida propia, creando figuras humanas, geometrismos variados y vegetales graníticos. El dintel se adorna con rosetas alternando con juegos geométricos. La columna se divide en líneas verticales, siendo recorridas transversalmente por los aliados del románico, dos molduras salientes.

Vemos ahora el rosetón que a modo de ojo tremendo, da luz al coro de esta iglesia. Por encima, sobre una pequeña ménsula, salen los nervios que recorren toda la bóveda.

Este coro con la clara mueca de una mente plateresca… nos muestra esa balaustrada acompañada de caprichosas tribunas laterales en donde los canteros aprovecharon los capiteles románicos.

El coro conoció una sillería de nogal con 17 asientos; la carcoma del tiempo lo invadió; ya no se conserva.

Las tribunas dieron cobijo a Isabel y Fernando. Al morir el padre de Fernando, los funerales se celebraron en esta iglesia de Santa María.

Aquí bajo frías y oscuras losas, tienen su vida los enterramientos, labrando en ellos los diferentes linajes trujillanos, unos bajo suelo, otros en la capilla incluida como en este caso.

El enterramiento más famoso por lo que tiene de extraño y de leyenda es el del “Sansón Extremeño”. Los restos de Diego García de Paredes fueron traídos desde los campos sangrientos de Bolonia, en donde fue capitán, y muerto su hijo, fundó la ciudad de Trujillo de Venezuela. Los franceses también subieron aquí para profanar con el único fin de llevarse hebillas, a nichos y todo tipo de pertenencias que guardarían todos los aquí enterrados.

Sancho Cabrera, maestro de canteros y trujillano, realizó la bóveda con una peculiar diferencia; la bóveda es de las llamadas trasdosadas y semiplanas, creando una difícil construcción en la nave central tan alta… y plana y por donde se cruzan y cruzan nervios, muriendo en las claves, las claves góticas.

La obra esencial de esta iglesia viene dada por las pinturas del retablo. Éste se abraza al poligonal ábside; que desde 1580 ilumina los sentidos artísticos del gótico.

¿Quién fue su autor?…

Fue Fernando Gallego, de estirpe flamenca. Puso sus pinceles en el retablo de la catedral vieja de Salamanca, pero su etapa de plenitud y su pulso sereno los encauzó aquí en estas tablas.

Y veinticinco… veinticinco son las tablas que lo forman. En los extremos se encuentran San Gregorio y San Agustín, y los cuatro evangelistas.

En el siglo XVIII desaparecen tres tablas para ampliar la hornacina central. Se cree que Fernando anduvo por tierras de los Países Bajos y que conoció los pinceles de Van der Weyder, Merling, etc.

El caso es que, ese amor a los pequeños detalles con entornos siempre intimistas y domésticos, se ve plasmado en las escenas religiosas de María y Jesús. El sentido humano del color, la imagen y los sentidos, se ven resurgidos en esta anunciación.

En toda la iglesia vaga la técnica de la luz ambiental suave…

Expresiones poéticas, plegados ángulos, sinuosos, sonrisas y perspectivas aéreas recorren por la pintura en forma de sorpresa.

Y por último el retablo de una de las capillas laterales, atribuido a otro pintor: Luis de Morales que contribuye a la misma sensación pictórica.

Bueno, amigos, no ha sido muy completo, démonos la vuelta y salgamos… ya empieza a anochecer.

La ciudad sumerge su rostro en sábanas oscuras, cubre sus ojos tristes con un melancólico suspiro y tras las siluetas de toda una ciudad, nos despedimos de Santa María que permanece ahí, entre las sombras de este mar de piedras cinceladas, en donde; musgos, piedras, vientos y silencios, se envolvieron sus ojos en historia y… en mágicas fragancias nocturnas.