Oct 032013
 

María Avelina Rubio Garlito.

 

La estructura económica y social del núcleo trujillano durante el Antiguo Régimen se basaba, como en la mayoría de las zonas agrícolas peninsulares, en el campo.

La agricultura y ganadería eran las bases principales de una económica precaria y anclada en unos sistemas arcaicos que apenas producían lo necesario para alimentar a una población que dependía directamente de ella en todos los aspectos de su existencia.

Junto al subdesarrollo científico en las técnicas de cultivo, otros aspectos que se escapan al dominio humano van a contribuir a agravar la situación del campo decimonónico español.

Estos aspectos podríamos centrarlos en tres problemas que se presentaron periódicamente en el campo español y que en la mayoría de los casos encontraron difícil solución:

– Las crisis de subsistencias.

– Las plagas de langosta.

– La sequía.

En el presente trabajo vamos a ocuparnos de los dos últimos, dejando para un, estudio aparte las crisis de subsistencias que por su extensión alargaría demasiado este trabajo.

I. LAS PLAGAS DE LANGOSTA

Las plagas de langosta, que afectaban periódicamente al campo trujillano, venían a esquilmar aún más una tierra de por sí pobre.

La langosta arrasaba las cosechas, ocasionando la pérdida de las mismas y, por lo tanto, la escasez de granos, la subida de los precios y las consiguientes consecuencias negativas para la población, dañando también los pastizales.

Las plagas de langosta solían presentarse de forma periódica en el campo trujillano, agravándose en épocas de sequía, cuando las condiciones de clima y suelo favorecen el desarrollo del insecto.

El problema no es exclusivo del campo trujillano, pues a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, afectó a amplias zonas de la provincia y, en general, de la nación.

La magnitud del problema atrajo hacia él la atención de las autoridades gubernamentales de diversas esferas.

Para hacer frente a la extinción de las plagas de langosta, se elaboraron una serie de disposiciones legislativas y se crearon unas comisiones encargadas de llevar a cabo las labores de extinción. Estas comisiones para la extinción de la langosta tenían carácter provincial y local, dependiendo estas últimas de las primeras.

Las comisiones estaban integradas por los mayores contribuyentes de la ciudad en calidad de vocales, encargados de pagar a los menesterosos los jornales de las labores de extinción.

Una vez se había informado a la corporación de la existencia de canutos de langosta en algunos puntos del término municipal, ésta encarga a una comisión de peritos que examine las dehesas y dictaminé las fincas infectadas de langosta. Estos peritos elaboran una relación de fincas infectadas, con el nombre de sus dueños, para que, bien de forma particular, o de acuerdo con la comisión de extinción, se lleven a cabo los trabajos necesarios para su erradicación.

Así tenemos como en la relación de dehesas infectadas de langosta en estado de mosquito en abril de 1876, se establecen las siguientes cifras.

– Día 11 de abril: 12 dehesas infectadas.

– Día 12 de abril: 9 dehesas infectadas.

– Día 15 de abril: 3 dehesas infectadas.

– Día 18 de abril: 21 dehesas infectadas.

– Día 19 de abril: 5 dehesas infectadas.

– Día 28 de abril: 11 dehesas infectadas.

En total durante el mes de abril de 1876 se vieron infectadas 61 fincas del término municipal, extendiéndose el contagio en meses posteriores a otras fincas. En mayo del mismo año se encuentran invadidas 20.000 hectáreas.

Una vez determinadas las fincas infectadas se llevan a cabo las labores de extinción del insecto, que conocían diversas modalidades. Una de ellas consistía en la recogida del insecto.

Para realizar estas labores generalmente se contrataba a jornaleros o personas desocupadas de la localidad, pudiendo también trabajar mujeres y niños. El jornal que se les pagaba diariamente era de l peseta para los hombres y 50 céntimos para las mujeres y los niños.

Una vez recogido el insecto se lleva al campo de San Juan, donde los funcionarios municipales encargados de quemar el insecto, expedían a los trabajadores unas papeletas con el importe del mismo que eran cobradas en Depositaría.

Estos mismos funcionarios llevaban una minuciosa contabilidad del dinero gastado y del insecto entregado.

En el cuadro I se detallan los datos de esta labor correspondientes al mes de mayo de 1870.

 

FECHA

TOTAL

LANGOSTAS

DINERO

ABONADO

PAPELETAS

RECOGIDAS

3

595 y media

2.382

70

4

2.350

10.120

202

5

4.766

19.066

369

6

6.022

24.992

526

7

8.974

35.896

411

8

3.078 y media

6.157

226

9

5.962

11.924

370

10

5.717 y media

11.435

372

11

6.061

12.122

377

12

3.726 y media

7.453

253

13

6.035

12.070

368

14

6.763 y media

13.527

407

 

CUADRO I:

Datos sobre extinción de langosta. Unidades: celemines/reales.

Fuente: Actas de la Comisión de Extinción de Langosta. Año 1870

Estas labores se complementan con la contratación de un grupo de trabajadores, que lleven a cabo las acciones necesarias para impedir la emanación de gases perjudiciales para la salud, de la fosa de enterramiento de los insectos.

Otra de las medidas empleadas para la eliminación de la langosta era la introducción de cerdos en las fincas afectadas, para que devorasen el canuto.

En 1870, ante las dimensiones de la plaga y la insuficiencia de cerdos en el término y en la provincia cacereña, se ordena publicar en el Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz, el permiso de introducir cerdos procedentes de esa provincia, en las fincas afectadas de Cáceres.

La roturación de las tierras es otro método utilizado para luchar contra la langosta. En 1873 un grupo de vecinos solicita al ayuntamiento permiso para roturar en otoño la Dehesa Boyal, destinada a vaqueril, con lo que también se obtendrían granos tan necesarios para la población.

Sin embargo, pese a todas estas medidas, en el periodo de 1870-80 las autoridades municipales se vieron desbordadas ante la gravedad de la situación, y constantemente hubieron de pedir ayuda al gobernador provincial y a los ministros de Fomento y Gobernación.

El gobierno, además de conceder fondos para las labores de extinción, ofrece tropas del ejército que colaboren en las mismas. En 1876 llegan a Trujillo tres compañías de tropa; una se queda en la ciudad y las otras dos se dirigen a los pueblos de la comarca. Los soldados reciben dos pesetas diarias por su trabajo (los jornaleros de la ciudad sólo cobraban una peseta).

La invasión de langosta no sólo preocupaba a las autoridades municipales, también el gobierno de la nación ponía todo su empeño en su erradicación. Por ello envía circulares a los ayuntamientos ordenando las medidas a tomar y requiriendo continua información sobre la situación y resultados de las mismas.

Además, periódicamente enviaba a los municipios un inspector que vigilase las tareas llevadas a cabo y elaborase unos informes con los siguientes datos:

– Determinar el número de hectáreas afectadas, el nombre del terreno y de sus dueños.

– Señalar los medios empleados en la extinción.

– Señalar los resultados obtenidos, la cantidad de insecto destruido y su estado.

-Averiguar si la contabilidad se lleva a cabo de acuerdo con las órdenes de la Comisión Provincial.

– Reseñar los jornales dados por la tropa.

– Fiscalizar la actuación del alcalde, miembros de la comisión de extinción y propietarios, ante la plaga.

– Enumerar los pueblos afectados por la invasión.

– Recoger todas las observaciones y datos de interés.

Lo expuesto hasta ahora señala la grave incidencia que las plagas de langosta tuvieron en el núcleo trujillano, durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XIX.

De 1870 a 1880 la aparición de la invasión fue anual, presentándose también en 1887 y 1900.

Las medidas puestas en marcha para su extinción, apenas impedían que la plaga hiciera de nuevo aparición y asolase al campo trujillano.

Como dato curioso, hay que señalar la carta que el gobernador civil envía al alcalde de Trujillo, comunicándole que estando el año anterior paseando por el campo en compañía de un industrial barcelonés, éste se fijó en la infección de langosta y prometió buscar un medio para aniquilarla.

De acuerdo con lo dicho, en el presente año ha enviado un artefacto consistente tente en una cubeta, en la cual se disuelve una pasta en agua según la concentración deseada. Esta pasta además de destruir la langosta, sirve también para otros insectos, como el escarabajo grande.

Las pruebas a que se ha visto sometido el invento por la Comisión de Cáceres, han resultado satisfactorias, no dañando ni al ganado ni a las personas.

Ante lo cual se ha solicitado al inventor unos aparatos y unos quintales de pasta al precio de un real y medio la arroba.

Cuando el pedido se reciba se mandará al ayuntamiento trujillano una muestra para que lo prueben.

Este incidente debió tener bastante eco en la época, ya que en nuestros días hemos podido ver como en la película “Jarrapellejos”, basada en una obra de Felipe Trigo, aparecen unas escenas en las que un individuo muestra a las fuerzas vivas de la localidad un artefacto para luchar contra la langosta.

Como se ha podido comprobar los intentos para acabar con la langosta fueron muchos, pero, la mayoría de ellos, ineficaces.

Otro de los graves problemas que afectaban al campo trujillano, y que incidía, por lo tanto, en el desarrollo económico y demográfico de su población, era la sequía.

La falta de lluvias es un problema característico del campo trujillano, dependiente de las condiciones climáticas que imperan en la zona. La sequía azotaba los campos, impidiendo el normal desarrollo de las cosechas y de los pastizales, y disminuía el caudal disponible para el consumo humano, lo que ocasionaba problemas de higiene y sanidad entre la población.

Por otra parte, los periodos de sequías ocasionaban o venían acompañados de plagas de langostas, crisis de subsistencias, enfermedades infecto-contagiosas, etc., lo que ocasional directamente un deterioro de las condiciones sociales y económicas de la población.

Así, vemos como en 1877, se pide al Gobierno la rebaja en el repartimiento de consumos, pues debido a los cuatro años de sequía que padece Extremadura, en Trujillo se han perdido las tres cuartas partes de la cosecha de cereales, en su totalidad la de aceite y vino; las bellotas y hierbas casi han desaparecido por lo que los ganados no han criado y han muerto gran parte de ellos. Por si esto fuera poco ha aparecido también una plaga de langosta.

Como se puede comprobar “las desgracias nunca vienen solas” y las consecuencias de la falta de lluvias eran numerosas.

Para solucionar el problema de la falta de agua, tanto para el consumo humano como para el ganado, las autoridades municipales tomaron una serie de medidas:

1.- Una de carácter técnico

2.- Otra de carácter espiritual y religioso

La primera se refiere a la contratación de un ingeniero hidráulico, que “realice un estudio minucioso sobre la existencia de posibles manantiales en la zona de La Molineta, y vea la posibilidad de su conducción a la ciudad”.

La segunda tiene unas connotaciones sociológicas y psicológicas más marcadas. En ella entran unos componentes al margen de lo científico, pero que tenían un hondo arraigo entre la población.

Se refiere esta segunda medida, a las rogativas que ante la falta de agua se elevan al Cristo de las Aguas.

En épocas de prolongada sequía, la imagen de este Cristo era sacada en procesión por la ciudad, ofreciéndole también una novena que hiciese más peso en las rogativas.

Una vez conseguidas las lluvias, el pueblo, fervoroso y agradecido, celebra fiestas en acción de gracias al milagroso Cristo.

Esta costumbre aún perdura en nuestros días, lo que da cuenta del arraigo que tenía y tiene entre la población trujillana.

Sin embargo los fenómenos naturales mandan y la lluvia en el Siglo XIX, lo mismo que en el actual, mostraba un comportamiento irregular que ponía al campo, y a sus habitantes, en una constante situación crítica.

Oct 011986
 

María Avelina Rubio Garlito.

El aspecto que vamos a tratar se engloba en un amplio estudio sobre el núcleo trujillano en el periodo 1851-1900 que constituye nuestra “Memoria de Licenciatura”; periodo en el cual aparecen ya definidas las transformaciones jurídico-políticas características del paso del Antiguo Régimen a la sociedad burguesa.

Entre estas transformaciones cabe señalar y por lo que a nuestro tema se refiere, los cambios que se produjeron en el sistema de propiedad y en el tipo de parcelado de la tierra, mediante la desvinculación y desamortización llevada a cabo en España durante el siglo XIX.

La desvinculación acaba con los mayorazgos y piedad vinculada, dando poderes reales de propiedad al titular de la tierra y permitiendo la entrada de esta en los circuitos comerciales.

La desamortización va a permitir la movilidad de la tierra y el acceso a la propiedad de la misma de nuevos grupos sociales.

Sin embargo, dadas las características de la desamortización llevada a cabo en España durante los siglos XVIII y XIX, y la forma de ponerla en práctica, ésta benefició fundamentalmente a los grupos que ya eran propietarios o que disponían de fondos, en metálico o títulos de la deuda. La nobleza terrateniente y la burguesía surgida de la Revolución Industrial, son los principales beneficiarios del proceso desamortizador español decimonónico.

Al analizar el sistema de propiedad característico de la zona trujillana, es necesario considerar un doble aspecto, como señala Sánchez Marroyo[1].

  1. Por una parte el modelo de parcelado dominante (distribución de fincas en diferentes tamaños).
  2. Por otra la distribución de las distintas fincas entre los diversos propietarios.

Con ello so consiguen tipificar lea relaciones de propiedad existentes en el núcleo trujillano, lo que resulta de gran operatividad para el conocimiento de la realidad social, ya que el basarse su economía en las actividades agrarias, el grado de relación con la tierra es un rasgo indicador del papel de cada individuo en el seno de la sociedad.

Antes de comenzar el estudio del tipo de parcelado dominante en Trujillo y de la titularidad del mismo en el periodo que nos ocupa, es necesario señalar un hecho que va a influir decisivamente en los aspectos mencionados.

El municipio trujillano acapara un sinnúmero de tierras pertenecientes a otros pueblos de su comarca, e incluso de fuera de ella, que se amillaraban en la ciudad. Por eso fue hasta bien entrado el siglo XX “el más impresionante registro de riqueza rústica de la provincia y de España”[2]. Las fincas amillaradas en Trujillo dependían a todos los efectos de sus respectivos pueblos, excepto en el plano tributario. Esto ocasionaba graves consecuencias económicas para los pueblos que se velan desprovistos de una parte importante de su riqueza por lo que no podían gozar de los beneficios tributarios legales, que se acumulaban todos en Trujillo. Ante esta situación los pueblos afectados por el problema, ponen en marcha una serie de reclamaciones para lograr el reintegro de sus propiedades, que no tiene lugar definitivamente Plasta la segunda década del siglo XX.

Por lo tanto en el periodo de nuestro estudio, de 1850 a 1900, persiste aún esta anomalía del amillaramiento trujillano.

TIPO DE PARCELADO

La estructura de propiedad trujillana va a variar escasamente durante la segunda mitad del siglo XIX. Como señala García Sanz[3], la desamortización contribuye a consolidar y acentuar los caracteres preexistentes en cada zona, en cuanto a la estructura de propiedad. Como rasgo característico, en Trujillo, al igual que en la zona de dominio latifundista, siguió dominando la gran propiedad.

Un número reducido de grandes fincas acumulaban la mayoría de la superficie agrícola, mientras que un gran número de pequeñas propiedades apenas sumaban una exigua porción del total.

El cuadro I refleja como la pequeña propiedad (fincas con una extensión de 0 a 10 fanegas, y la mediana propiedad fincas con una extensión de 10 a 200 fanegas), presentan un predominio numérico, el 88,8% del total del número de fincas. Sin embargo, la superficie que controlan es poco significativa, tan sólo el 17,1% del total.

Pero es sin duda la gran propiedad el sistema de parcelado dominante en Trujillo. De ahí la afirmación de Carrión de que “el partido de Trujillo es uno de los más interesantes en cuanto al estudio de las grandes propiedades”[4].

El número de fincas de más de 200 fanegas suponen el 11,1% del total, ocupando el 82,8% de la superficie del término municipal.

Tamaño en fanegas Número de fincas % Superficie %
Menos de 1 249 9,7 132 0,07
1 – 10 1204 47,1 4.263 2,3
10 – 50 474 18,5 11.114 6,1
50 – 100 185 7,2 13.192 7,3
100 – 200 157 6,1 3.240 1,2
200 – 300 77 3,0 19.921 11,0
300 – 500 98 3,8 35.640 19,7
500 – 1000 79 3,0 48.342 26,7
Más de 1000 30 1,1 45.747 25,3

CUADRO I. Tipo de parcelado de la tierra en Trujillo.
Fuente: Amillaramiento de 1851.

Estas extensiones de terreno estaban constituidas fundamentalmente por grandes dehesas dedicadas a pasto y labor que llegaban a alcanzar las 3.200 fanegas de extensión.

Este tipo de parcelado y aprovechamiento de la tierra, la dehesa destinada a pasto y labor, es la fuente fundamental de la economía trujillana en el siglo XIX.

TITULARIDAD DE LA PROPIEDAD

Si importante es conocer el tipo de parcelado dominante en un núcleo determinado, no lo es menos el constatar la distribución de las distintas fincas entre los diversos propietarios.

El estudio de la titularidad de la tierra en el Trujillo de la segunda mitad del siglo XIX, nos muestra la existencia de tres tipos de propietarios:

  1. Pequeños propietarios (poseedores de menos de 10 fanegas de terreno): Son individuos que viven modestamente manteniendo la propiedad de padres a hijos. Estas pequeñas propiedades apenas producían lo necesario para vivir, por lo que sus propietarios deben dedicarse a otras actividades que completen unos ingresos mínimos (artesanía, servicios, etc.).
  2. Medianos propietarios (poseedores de 10 a 200 fanegas de tierra): Junto con los pequeños propietarios tienen una gran importancia social al ser los mantenedores de la pequeña y mediana propiedad en España, pero su peso económico tiene poca relevancia, debido a la escasa extensión y productividad de sus terrenos. No accedieron de manera apreciable a las nuevas tierras puestas en venta con la desamortización, pues no poseían dinero en efectivo ni títulos de la deuda con que pagarlas.
  3. Grandes propietarios (poseedores de más de 200 fanegas de terreno): Están constituidos fundamentalmente por la nobleza tradicional, que aumenta su número en la segunda mitad del siglo XIX con la incorporación de nuevas miembros y la burguesía, que accede a la propiedad de la tierra con la desamortización. Esta burguesía adquiere tierras en la mayoría de las ocasiones, por ser este un signo de prestigio social, una inversión aceptable y sin riesgos en la España ruralizada y atrasada del siglo XIX y una importante fuente de rentas.

En el término de Trujillo, a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, se encuentra la mayor nómina de nobles de la provincia. Estos títulos nobiliarios junto a las posesiones que controlaban, aparecen en el cuadro II.

Excepto el Marqués de la Conquista, el resto de los títulos nobiliarios que aparecen en el cuadro, residen fuera del término de Trujillo y son lo que las fuentes denominan “hacendados forasteros”. Dentro de estos hacendados forasteros, algunos de ellos, como el Marqués de Santa Marta y el Duque de San Carlos, pertenecen a la nobleza local, con arraigado patrimonio que se remonta a épocas medievales, aunque residan en la Corte.

Otros pertenecen a la nobleza provincial, como el Conde de Canilleros, el Marqués de Monroy, etc., que poseen amplias posesiones en la provincia. Pero la gran mayoría de los títulos propietarios en Trujillo constituyen los grandes de España, que viven en la Corte y poseen territorios en gran parte de la geografía española, a los que han accedido bien por herencias, bien por compra a particulares, bien adquiriéndolos gracias a la desamortización.

La burguesía es el otro grupo constituyente básica del Colectivo de los grandes propietarios. La burguesía local está constituida por naturales o residentes en Trujillo que viven de la explotación directa o indirecta de sus tierras.

Título nobiliario Tierras (en núm. de fanegas) Título nobiliario Tierras (en núm. de fanegas)
Duque de Noblejas 12.174 Conde de Torrejón 1.554
Marqués de Santa Marta 10.579 Marqués de Lozoya 1.298
Duque de San Carlos 7.976 Conde de Adanero 1.297
Marqués de la Conquista 6.709 Conde de Gabia 1.257
Conde de Canilleros 6.354 Condesa de Teba 1.197
Conde de Santa Coloma 5.360 Marqués de Vadillo 904
Marqués de Campo Real 5.016 Marqués de Monroy 714
Conde de la Oliva 4.496 Marqués de la Isla 702
Duque de la Roca 3.689 Marqués de Espinardo 672
Conde de Chinchón 3.142 Marqués de Vilueña 372
Conde de Cervellón 2.830 Conde de las Atalayas 368
Conde de Campo-Alange 2.715 Marqués de Rianzuela 351
Conde de Tres Palacios 2.470 Marqués de Buscayolo 261
Duque de Ferías 2.432 Marqués de San Juan 178
Duque de Villahermosa 1.878 Conde de Castrillo 101
Marqués de Belgida 1.809 Señorío de Valero 74
Marqués de Lorenana 1.556 Marqués de Alcuain 67
Superficie total: 92. 297 fanegas

CUADRO II: Nobleza terrateniente en Trujillo.
Fuente: Amillaramiento de 1851.

La burguesía foránea procede principalmente de Madrid, de la provincia o de otros puntos de España, siendo la madrileña la más numerosa. Han sido los más beneficiados con la desamortización, pues su poder económico les ha permitido acceder a la propiedad de la tierra que explotan indirectamente arrendándola a labradores y yunteros de la ciudad y arrabales, y que controlan desde Madrid a través del administrador (figura característica de la sociedad decimonónica), obteniendo un alto nivel de renta.

En resumen, y como ya hemos apuntado, en el Trujillo de la segunda mitad del siglo XIX el modelo de parcelado dominante es la gran propiedad, grandes dehesas pertenecientes a hacendados forasteros o locales, que explotan indirectamente sus tierras arrendándolas a terceros y comportándose como verdaderos absentistas rurales.

Estos hacendados integrados por la nobleza y burguesía, son los grandes terratenientes que junto al latifundio, característico de la mitad sur peninsular, son la nota dominante en gran parte del territorio nacional durante el periodo decimonónico.


NOTAS:

[1] SÁNCHEZ MARROYO, F.: “E1 campo y campesinado cacereño durante la Restauración (1870-1920)”. Resumen de tesis doctoral. Cáceres: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 1983, pp. 7 y ss.

[2] SÁNCHEZ MARROYO, F.: “E1 campo y campesinado cacereño durante la Restauración (1870-1920)”. Tesis doctoral. Cáceres, 1982, p. 1.202.

[3] GARCIA SANZ, A. y GARRABOU, R.: “Historia agraria de la España Contemporánea”. Barcelona: Ed. Critica, 1985, p. 33

[4] CARRIÓN, P.: “Los latifundios en España”. Barcelona: Ed. Ariel, 1975, p. 162.