Feb 172015
 

Manuel Mañas Núñez.

En pleno siglo XVI, dentro del llamado Humanismo del Renacimiento, no había un contexto social, político ni religioso muy favorable para que las mujeres pudieran ser protagonistas de la Historia y aún menos destacar en los estudios literarios. Y aunque Menédez Pelayo llegó a “adquirir noticias de más de treinta y nueve” puellae doctae[1], en realidad son muchas menos las mujeres de las que nos queda obra escrita. Entre estas mujeres doctas, destacan especialmente dos, ambas con el nombre de Luisa: una es la famosa Luisa Sigea (de Tarancón), cuyas obras y epistolario en latín están siendo actualmente estudiados, editados y traducidos[2]; la otra Luisa, que es la que nos ocupa en este momento, es Luisa de Carvajal y Mendoza, poetisa, es cierto, pero sobre todo mística, misionera, mujer de acción y, en cierta manera, mártir del cristianismo moderno.

Es, pues, muy acertado (diría incluso que era necesario) rendir homenaje a esta mujer, no sólo porque fuera natural de Jaraicejo, sino porque fue una mujer muy importante e influyente en su época. Una mujer sobre la que, en el mismo año de su muerte (1614), se publica un libro en el que el jesuita Francisco de Peralta da cuenta De la dichosa muerte que tuvo en Londres la sancta señora doña Luysa de Carvajal y algunas cosas de las muchas que por su medio Dios nuestro Señor obró en Inglaterra en nueve años que estuvo en aquel Reyno y de las Honras que se le hicieron en la Yglesia de San Gregorio Magno… en el Collegio Inglés de Sevilla, en 11 de mayo de 1614; una mujer sobre la que Fray Miguel Salón publica, dos años después de su muerte (1616), una breve relación de la muerte de doña Luysa de Caravajal y algunas cartas suyas de muy grande edificación [3]; una mujer de la que tenemos una biografía manuscrita en latín y que aún está por editar y traducir: la Vita Aloysiae Carvajaliae, Virginis Hispanae, Martyrii Candidatae in Anglia, fidem professae4, obra del jesuita Giraldo Orano Menenio; una mujer cuyo confesor, el jesuita inglés Miguel Valpolo (1570–1624?), dejó manuscrita una obra titulada La vida de doña Luysa de Carbajal; una mujer, en fin, sobre la que el licenciado Luis Muñoz publicó en 1632 una Vida y virtudes de la venerable virgen Doña Luisa de Carvajal y Mendoça. Su jornada a Inglaterra y sucesos en aquel Reyno. Van al fin algunas poesías espirituales suyas, parto de su devoción e ingenio5: tal mujer, como decimos, tuvo que ser sumamente importante y famosa tanto en vida como en los años inmediatamente posteriores a su muerte.

El caso es que desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, durante casi dos siglos, la figura y obra de Luisa permanecen prácticamente en el anonimato, hasta que en 1873 Georgiana Fullerton publica The life of Luisa de Carvajal, una traducción de la Vida citada de Luis Muñoz. A partir de entonces, y ya en el siglo XX, surge un creciente interés por nuestra autora de la mano de Antonio Rodríguez Moñiño y María Brey[7], que relanzaron la figura de doña Luisa. Asimismo, el jesuita Camilo María Abad Puente publicó primero su Epistolario y sus Poesías en la BAE y un año después sus Escritos autobiográficos, con amplios estudios sobre la autora [8]. Y ya más modernamente se han

ocupado de ella Isabel Román, Miguel Ángel Teijeiro, Mª Nieves Pinillos o Javier Burrieza [9], destacando en estos últimos años los estudios que investigadores anglosajones han dedicado a la poetisa, como la recientísima monografía de Glyn Redworth, The She-Apostle. The Extraordinary Life and Death of Luisa de Carvajal (2008) [10]. Una mujer, como decimos, que ha sido objeto de tantas investigaciones y sobre la que, incluso, se ha publicado una biografía en la prestigiosa Universidad de Oxford, tuvo que ser muy importante y famosa en su tiempo.

En la calle Talavera de Jaraicejo, el 2 de enero de1566, nació Luisa en el seno de una familia noble, en la casa-palacio que en su día habitaron Bernardino de Carvajal (obispo de Plasencia 1521-1523) y su sobrino Gutierre de Vargas y Carvajal. Y no es casualidad que naciera Luisa en esta casa, pues su padre, Francisco de Carvajal y Vargas, era hijo ilegítimo del obispo Gutierre de Vargas y Carvajal, quien le había donado dicha casa. Así nos cuenta el tropiezo una Crónica jesuítica:

Y mientras [D. Gutierre] estaba en Toledo, de un tropiezo que tuvo con una señora noble Toledana, le resultó un hijo natural, que se llamó D. Francisco de Carvajal” [11].

Su madre era María Hurtado de Mendoza y Pacheco, hermana de Francisco Hurtado de Mendoza, tercer Conde de Monteagudo y noveno Marqués de Almazán [12]. Era, pues, Luisa, nieta de obispo e hija de dos nobles familias extremeñas entroncadas con la nobleza castellana (los Carvajal y los Mendoza). Era la primera niña de la familia tras cinco varones, de los que ya entonces sólo vivía uno de ellos.

Poco tiempo residió su familia en Jaraicejo, pues su padre fue destinado a León como corregidor. Por sus escritos autobiográficos sabemos que en su primera niñez tenía estrecha relación con su madre, pues habla de ella con gran amor: nos dice literalmente que “imitaba mucho a mi madre”, sobre todo en la preocupación por asistir a los pobres, y que estaba todo el día pegada a ella y que no había:

“quien me pudiese apartar de mi madre casi en todo el día, aunque ella me rogaba muchas veces que me fuese a jugar con otros niños” (p.134).

 

A su madre nos la presenta como muy hermosa, modesta, temerosa de Dios e inclinada a la oración, pues “frecuentaba mucho su oratorio” y para “Luisina”, como la llamaba cariñosamente, era su madre un ejemplo de virtud y devoción a

seguir. Y como la madre tenía inclinación por los franciscanos y por ayudar de cerca de los pobres, la propia Luisa recuerda que desde pequeña vestía con hábito franciscano, aborreciendo las galas propias de su condición nobiliaria; y que guardaba en una arquilla el dinero que sus padres le daban para repartirlo luego entre los pobres que vivían hacinados en la cárcel o entre los niños necesitados que encontraba por la calle. Además, a pesar de su corta, edad, en vez de jugar, prefería intervenir en las conversaciones de los mayores, por lo que su madre decía muchas veces:

Ya viene Luisina a darnos también su parecer y poner su cucharadita”.

De su madre también heredó Luisa la afición por el sacramento de la confesión, pues tenía gran temor al pecado mortal. Y, así, nos confiesa que “era aficionadísima a confesarme muchas veces” (p. 140).

A los seis años quedó huérfana. Primero murió su madre, contagiada de tifus por un pobre al que cuidaba personalmente; y a los pocos días moría su padre, contagiado por la madre. Será, sin duda, una experiencia que marcaría el resto de sus días, pues nos dice de la muerte de sus padres:

 

Y retirada algunas veces do nadie me oyese, a solas lamentaba y lloraba su temprana muerte” (p. 139).

Luisa, entonces, se trasladó a Madrid con su tía abuela María Chacón, aya de las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela y madre del cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas. Vivían allí en un palacio que daba al monasterio de las descalzas franciscanas, por lo que Luisa recuerda haber correteado de niña por sus claustros y jugado a las muñecas con las infantas.

Al morir su tía, pasó en 1576 a la custodia de su tío don Francisco Hurtado de Mendoza, marqués de Almazán, que vivía en Alemania como embajador de España en la corte de Maximiliano II. La niña es entonces trasladada a la fortaleza de Monteagudo para que conviviese con dos primas de su edad. Al estar ausentes sus tíos, estaba continuamente al cuidado de ella su aya personal, Isabel de Ayllón, que era una mujer muy estricta y empleaba todo tipo de métodos (azotes, golpes, pellizcos) para mantener la pureza de la joven. Luego, cuando sus tíos regresaron de Alemania, van a Almazán (en Soria).

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Lám. 1. La venerable Dª. Luisa de Carvajal y Mendoza.

Pero su tío es destinado como virrey a Pamplona y allí, con trece años ya, se educa Luisa, pasando su adolescencia en un ambiente de piedad, lectura de clásicos y duras penitencias corporales. En efecto, su tío el Marqués se convirtió entonces en su nuevo padre y en su director espiritual y ejerció una notable influencia sobre Luisa. Al lado de su tío, Luisa comienza a aislarse del mundo y del resto de la familia y a buscar su propio mundo interior a través de su tío, a quien idealiza, lo escucha absorta cuando habla horas y horas sobre las Escrituras o cuando lee textos religiosos. Estaba continuamente con él en su despacho y, mientras el tío realizaba sus tareas, ella se daba a la lectura de libros espirituales: “los más místicos y llenos de grano me deleitaban mucho” (p. 156). Parece que su tío le guiaba en los libros que había de leer, muchos de ellos adscritos a la llamada devotio moderna, y entre ellos han identificado los investigadores la anónima Passio duorum, el Tratado de la obediencia de Juan Clímaco, el Compendio de la doctrina cristiana de Fray Luis de Granada, los escritos de San Ignacio de Loyola, los libros de martirologios, libros de devoción

de ordinario y la Historia eclesiástica del cisma de Inglaterra del jesuita Pedro de Ribadeneira. Sus lecturas, además, van en consonancia con su carácter y experiencias personales:

 

gustaba yo harto de libros que me moviesen a horror y temor del infierno, amor y dolor de los dolores de Cristo, y de algunos que enseñaban el modo que se ha de tener en la confesión” (p.146).

 

Admira en su tío el celo con que había defendido a la Iglesia Católica en Alemania, sus conocimientos escriturarios y lecturas místicas, sus poesías espirituales, hasta tal punto que lo llega a comparar con “el santo rey David” (p. 150).

 

Y es en esta época, en complicidad con su tío, cuando tiene su primera experiencia sobrenatural. Según ella misma nos cuenta, fue en una huerta que su tío tenía cerca de Pamplona y donde pasaban algunos veranos: una noche, mientras hacía en soledad oración metal y examen de conciencia junto a un almendro,

 

me pareció que había visto una sombra grandísima, tan alta como el almendro o mayor, y algo lúcida, blanca como la nieve” (p.169),

tras lo cual, volvió a su habitación, de noche y mientras todos dormían, y se azotó durante media hora por mandato de su tío, quien le confesó haber visto también él aquella sombra gigantesca.

Y pasamos, así, a otra faceta de su vida en la casa de Pamplona: las disciplinas y crueles flagelaciones que recibe por indicación de su tío, quien también se disciplinaba. Don Francisco Hurtado de Mendoza, según relato de Luisa, era riguroso y hasta cruel con su sobrina, tanto que incluso hoy en día nos puede parecer algo inhumano y loco. Empeñado en reconducir el alma de su sobrina por el camino del bien, se recogía con ella en sus aposentos para ocupar el tiempo en cuestiones espirituales; cuando estaba ausente de casa, la encerraba en su oratorio hasta su regreso e incluso la mantenía recluida bajo llave para fortalecer su espíritu. Despiadado, incluso, nos parece su mandato de que, desde los catorce años, tuviera Luisa una criada que se ocupase de flagelar secretamente a la joven y que se empleaba con gran violencia a su misión. Luisa, nos cuenta ella misma, casi desnuda era azotada con “unas cuerdas de vigüela nada blandas”, que le producían un dolor físico mayor de lo que su débil constitución podía soportar. A todo ello se añadía la vergüenza de verse desnuda ante una criada, cuando se decidía que la disciplina tenía que ir de los pies a la cabeza. Luisa, entonces, recibía tal disciplina:

con una toalla puesta por la cinta de la manera que se pinta un crucifijo, y atada a una columna que para eso había hecha a propósito; y los pies en tierra fría, y una soga de cáñamo a la garganta, con cuyos cabos se ataban las muñecas y manos a la columna. Algunas veces pude contar cuántos eran los golpes de la disciplina, porque los contaba la misma persona de modo que yo los oía. Y acuérdome de que eran a veces ciento y a veces ciento cincuenta o más, y nunca a mi parecer eran menos” (p. 182).

Estremecen, en efecto, sus palabras por lo espeluznante de estas disciplinas. El propósito de su tío, con todo ello, era que la joven venciera sus temores y defectos y tuviera dominio pleno de su voluntad. Y ello, en efecto, le forjó un carácter independiente, una gran personalidad y una férrea voluntad que soportaba resignadamente el dolor y las más duras privaciones. Pero su salud se resintió.

En todo obedecía a su tío, salvo en sus pretensiones de casarla. Desde los quince años rechaza Luisa la posibilidad de un futuro casamiento tanto por la honda vocación religiosa que siente, como porque, como ella misma dice, “fui muy seca y huraña con mi contrario sexo, propiedad con que parecía haber nacido”. Y es que no sólo fue reacia al contacto con el sexo masculino, sino que también el matrimonio, lejos de parecerle sinónimo de felicidad o de libertad, lo veía como una obligación que le impediría mantener su ansiado voto de virginidad. Estaba, incluso, decidida, si la obligaban a casarse, a vivir con su marido como si fuera su hermano, en aposentos distintos y sin ningún contacto carnal, porque los hombres, ni siquiera los más hermosos, causaban en ella ningún deseo: “Y parecíanme groseros y fríos y feos, aun los tenidos por más hermosos hombres” (p. 156).

Tras su residencia en Navarra, la familia del Marqués se trasladó a Madrid, a la aristocrática casa Cisneros, donde quiso vivir Luisa en la más absoluta pobreza, cosa que sus tíos no le permitieron, aunque sí le consintieron llevar ropas moderadas. Entonces Luisa sustraía en secreto parte de su comida y llegó a mantener así a varios pobres, sin duda siguiendo en ello la actitud piadosa de su recordada madre. También visitaba en Madrid el hospital de Antón Martín, cuidando a las mujeres enfermas de sífilis, intentando convertirlas a la vida honesta y cristiana, para lo que también se presentaba personalmente en los prostíbulos.

Lleva, pues, una vida independiente desde que su tío le autorizara en 1591 a vivir separada con unas criadas y más aún con la muerte en el mismo año de 1592 de sus tíos los marqueses, momento en que reclama su herencia paterna y la dona a la Compañía de Jesús, con el fin de que ésta fundase un noviciado para la Misión Jesuita en Inglaterra.

Desde esta fecha, encontró una humilde casa en la calle de Toledo (Madrid) y empezó a convivir con sus antiguas criadas como una más, autoimponiéndose una vida de pobreza, de privaciones y de humillaciones, con arrebatos de misticismo, que recogería en su obra poética. Ella, como una más, guisaba, barría y echaba por la ventana las inmundicias, para vergüenza de sus parientes, que cada vez la fueron aislando más. Con este tipo de vida su salud, débil de por sí, fue empeorando y acabó padeciendo una grave afección cardiaca, unida a fiebres y espasmos parecidos a los epilépticos, que a veces la mantenían varios meses encamada y de los que nunca se recuperará.

Además, hizo votos de pobreza en 1593, de obediencia en 1595 y de martirio en 1598, pues era su deseo morir por Cristo. Llevaba siempre consigo una cajita de hojalata, donde guardaba un papel con dicho voto, en los siguientes términos:

“Yo, Luisa de Carvajal, lo más firmemente que puedo, con estrecho voto prometo a Dios nuestro Señor, que procuraré, cuanto me sea posible, buscar aquellas ocasiones de martirio que no sean repugnantes a la ley de Dios; y que, siempre que yo hallare oportunidad semejante, haré rostro a todo género de muerte, tormentos y rigurosidad, sin volver las espaldas en ningún modo, ni rehursarlo por ninguna vía; y que, cada y cuando me viere en ocasión tan venturosa, me ofreceré, sin ser buscada” (p. 31).

Entretanto, Luisa no había escatimado esfuerzos para recobrar la herencia paterna a la que antes había renunciado. Tuvo así que afrontar largos pleitos que duraron trece años, ya que tenía previsto dejar toda su herencia a los jesuitas para que fundasen un noviciado en Inglaterra y emplear también lo que le quedase de hacienda en idénticas obras caritativas. Así pues, entre los años 1602-1605 se instaló en Valladolid para seguir de cerca el complicado proceso de recuperación de su herencia. Al tiempo que sostenía estos pleitos se entregó animosamente al cultivo de la poesía, toda de carácter religioso y espiritual, quedando en la actualidad cuarenta y ocho poemas. Es una poesía donde canta su extasiada pasión de amor divino que, mal leída, podría llevar al lector a interpretar otro tipo de amor. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el soneto “al Santísimo Sacramento, en que habla el divino Verbo inmenso con el alma que le está recibiendo de las manos del sacerdote”:

 

De inmenso amor aqueste abrazo estrecho

recibe, Silva, de tu dulce Amado,

y por la puerta deste diestro lado

éntrate, palomilla, acá en mi pecho.

 

Reposa en el florido y sacro lecho,

y abrásate en amor tan abrasado,

que hasta que el fuerte nudo haya apretado,

no sea posible quede satisfecho.

 

Mira cómo te entrego, amiga mía,

todo mi ser y alteza sublimada;

estima aqueste don que de amor te ofrece;

 

tendrás en mí gloriosa compañía,

y entre mis mismos brazos regalada

gozarás lo que nadie no merece [13].

 

 

En Valladolid realizó los “ejercicios de elección” (esto es, un nuevo conocimiento de la propia vida o de Cristo) prescritos por San Ignacio de Loyola (1602). Al mismo tiempo, logró con su tenacidad que el proceso entablado por su herencia se fallara a su favor, legándola definitivamente a la Misión en Inglaterra. Ello y su búsqueda incansable del martirio la impulsan a viajar a Inglaterra.

El 24 de enero de 1605 marcha a Londres, vía París y Bruselas, en un ajetreado viaje que, como toda la vida de Luisa, resulta extravagante y casi novelesco, donde estuvieron a punto de naufragar en un río, permaneciendo en el agua durante un día entero hasta que un barco los divisó y los rescató, y todo ello gracias a que Luisa no paraba de agitar un pañuelillo blanco en señal de socorro.

A primeros de mayo de 1605 está ya en Londres. Llega en el peor momento, sin dinero y justo antes de la llamada “Conjuración de la pólvora”, intento de volar por los aires el Parlamento inglés por parte los católicos el 5 de noviembre de 1605. Desde Londres escribió 150 cartas que, junto con las 30 enviadas desde Madrid y Valladolid, conforman un Epistolario de gran interés para los historiadores, pues atestigua de primera mano episodios importantes de las guerras de religión que Luisa conoció en Inglaterra.

 

Pero, ¿qué estaba pasando en Inglaterra para que Luisa fuera allí en busca de martirio, dispuesta a morir por defender a los católicos? Isabel I había mostrado una especial ojeriza contra los católicos leales al Papa, prohibiéndoles ir a misa y obligándoles a asistir a los oficios de la Iglesia anglicana; había sido por ello

excomulgada por el Papa en 1570 y había ejecutado en 1587 a María I Estuardo para evitar un golpe de Estado de los seguidores de la Iglesia de Roma. Pero, muerta Isabel en marzo de 1603, le sucedió Jacobo I, educado en el más fanático calvinismo y anglicanismo. Se pensaba que, al estar casado con la reina

católica Ana de Dinamarca, se suavizarían las leyes anticatólicas, pero resultó lo contrario, se endurecieron. Así que se organizó un complot por parte de un grupo de provinciales católicos ingleses para matar a Jacobo I, a su familia y la mayor parte de la aristocracia protestante volando las Casas del Parlamento

durante la Apertura de Estado (5 de noviembre de 1605). Pero se descubrió la conjura y se ejecutó a la mayor parte de los conspiradores, lo que sirvió de pretexto para un endurecimiento de las medidas antirromanas. Se inició entonces una feroz persecución, especialmente contra los jesuitas, acusados de ser

cómplices del complot, y entre 1607-1625 fueron ajusticiados en Inglaterra dieciséis sacerdotes y dos seglares católicos.

 

Luisa, por tanto, vivió con gran horror estos acontecimientos y en numerosos escritos señala su dolor por algunas de estas muertes. Especialmente sufre por el encarcelamiento y posterior ejecución del padre Enrique Garnet, superior de los jesuitas destacados en Inglaterra, ajusticiado en público el 3 de mayo de 606, en presencia de veinte mil espectadores. La narración de Luisa estremece:

“El sábado, después de su partida, fue sacado a la muerte el buen padre Garneto; y primero lo había sido a juicio en un lugar público, donde todos esperábamos poder saber la verdad de sus cosas; porque las de hasta allí venían todas por los inficionados arcaduces de los enemigos suyos y de nuestra fe… Pero, sacado a vista de todos, en lo poco que le permitieron hablar, interrumpiéndole a cada paso, mostró su constante y muy religioso ánimo… Y cuando llegó su día, con su pobre vestido negro y ropa larga hasta los pies…iba en oración y puestas las manos; y su rostro era proporcionado, y rubio y muy blanco, y modestísimo; y así, casi todo el pueblo, por la mayor parte, se

compadeció, y hablaban con blandura de él; y los católicos con devoción. Dícenme que cuando llegó a Chepsaid, que es una principalísima calle, en cuya mitad está una muy alta cruz dorada, pidió que le dejasen parar, y hiciéronlo, y estuvo haciendo oración devotísimamente. Llegado a la horca, habló con el pueblo con apacible y sosegado semblante, muy sustancialmente al parecer de todos… Y cruzando sus manos en el pecho le echaron de la escalera; y queriendo cortar el verdugo la soga muy presto, clamó el pueblo fuertemente que le dejase morir primero, y algunos arremetieron y le estiraron de los pies; y así,

estaba casi totalmente muerto cuando le abrieron el pecho. Están sus cuartos puestos por la ciudad” (Epist. 51).

 

Luisa, decimos, sufre por este y otros sacerdotes católicos ahorcados, los considera héroes y mártires y los asiste en sus últimas horas, tanto en las cárceles como en el propio patíbulo, recogiendo sus restos y enviando reliquias para que fueran veneradas en los países católicos.

 

Pero el carácter arrojado de Luisa la lleva también a inmiscuirse en cuestiones políticas, pues cree con razón que la política está detrás de las persecuciones católicas. Y es que, al estar ella relacionada y en continuo contacto con las embajadas española, francesa y véneta, entre otras embajadas católicas, se permite

ofrecer consejos sobre las relaciones diplomáticas con Holanda, aconsejar la invasión de Irlanda para defender a los católicos o incluso apelar a soluciones poco pacíficas para resolver el conflicto religioso. Así, en carta a la madre Mariana de San José (de 8 de mayo de 1606), contesta que, aunque sabe que en España están deseando su vuelta para evitar los problemas diplomáticos que su arrojo pueda ocasionar, ella está decidida a no volver, pues tiene allí una misión importante, y hará todo lo posible para que no se rompan las paces firmadas por España e Inglaterra en 1604, una paz, no obstante, que estima poco provechosa para el catolicismo:

 

“Temen no se rompan por mí las paces, y pueden estar todos ciertos que no será, a lo menos por meterme en cosa fuera de lo que profeso, con la ayuda de Nuestro Señor. Si en eso fuere yo presa, no se impedirá el proseguimiento de ellas; y si acaso se rompiesen, creo se perderá bien poco, pues ni a Flandes ni a los católicos no les viene ningún provecho de ellas, sino sólo el nombre” (Epist. 49).

 

Luisa, pues, a pesar de lo que dice, se inmiscuye en política y eso resultaba peligroso tanto para ella como para España. Y es que su carácter apasionado y luchador, unido a su deseo de morir mártir, la llevaba a mostrar conductas claramente provocadoras. La consecuencia más inmediata fue el doble encarcelamiento que sufrió.

 

En efecto, tras aprender inglés, inicia su apostolado visitando a sacerdotes y legos católicos prisioneros en las cárceles; arranca panfletos antipapales de las paredes londinenses; o se pone a discutir sobre asuntos religiosos (a veces políticos) con la gente en la calle, provocando grandes alborotos. Es lo que le ocurrió, según relata ella misma en carta al padre José Cresvelo (29 de junio de 1608): en la concurrida calle comercial de Chepsaid, cuando se encontraba comprando unas telas, entabló una gran discusión con los tenderos sobre la religión católica; se fueron sumando más y más tenderos y gente de la calle, discutiendo con ella durante más de dos horas sobre la misa, la penitencia, el

sacerdocio, el papa y otros temas católicos:

 

La causa fue, porque llegando un día a una tienda de Chepsaid, desde afuera, como suelo, de pechos sobre el tablón, se ofreció preguntar a uno de los mancebos si era católico, y él respondió: «¡No quiera Dios!» (God forbid.) Y yo repliqué: «No permita Dios que no lo seáis, que es lo que os importa.» Con esto acudieron la señora y el señor de la tienda y otro mancebo, y mercaderes vecinos, y trabóse grande plática de religión católica. Preguntaron mucho de la misa, de los sacerdotes, de la confesión; pero lo principal en que se gastó el tiempo (de más de dos horas) fue en si la romana religión es la sola verdadera, y si

el Papa es cabeza de la Iglesia…” (Epist. 94).

 

Al principio, por su acento, la tomaron por una escocesa loca y fanática; la dueña de la tienda afirmaba que tenía que ser un sacerdote romano vestido de mujer:

 

“La mujer decía que era lástima que me sufriesen, y que, sin duda, yo era algún sacerdote romano en hábito de mujer, para poder persuadir mejor mi religión… y pensaban era escocesa por la lengua” (Epist. 49).

 

Al final denunciaron a Luisa y, pasados quince días, se encontró ante su casa con una multitud de doscientas personas que la cercó, vociferando contra ella; y la llevaron ante el juez gritando que las tres mujeres que allí vivían eran curas o frailes católicos disfrazados. Fue, entonces, encarcelada durante cuatro días:

 

“Con esto me volví a casa, y quedaron como leones contra mí. Y pasados quince días, acertáronme a ver, que fue necesario salir… Y, en fin, me cercaron, mirándome como basiliscos… diciendo que era un sacerdote en hábito de mujer, que andaba persuadiendo mi fe; y, como cosa tan nueva, creo que, en media hora, había ya más de doscientas personas, según decían, a la puerta del juez, llena la calle de un grande y confuso ruido; y, entre ellos, ya se decía que eran tres los sacerdotes, con ropas largas negras, que es nuestro traje” (Epist. 49).

 

El segundo encarcelamiento fue ya al final de sus días y por persecución personal del arzobispo George Abbot, que la acusaba de haber fundado monasterios de monjas en Inglaterra y convertido a muchos protestantes al catolicismo, aunque nada pudo probarse y, también gracias a la intervención del embajador

español, salió indemne:

 

“De dos delitos me ha acusado en la mesa del Consejo de Estado, delante de don Diego [de Sarmiento], el falso arzobispo de Cantorbery; que a la piedad llaman éstos impiedad; el uno, que he fundado monesterios de monjas, y el otro que he reducido con mi persuasión muchos protestantes a mi religión. Y aunque tienen las lenguas de millares en sus manos, no han podido mostrar probanza alguna” (Epist. 178).

 

Los anglicanos, pues, la acusaron de ser un hombre disfrazado de mujer. Escribió al valido Duque de Lerma, llegó a arrancar pasquines antipapistas, a polemizar en la calle, fue arrestada en 1608 y 1613, creó una congregación femenina católica (aunque no era formalmente un monasterio) y alentó a los perseguidos católicos ingleses en su fe. ¡Tal era su energía y valentía!.

 

Luisa no llegó a vivir la experiencia mística en las tres vías de la espiritualidad, pero su práctica en la Ascética es hecho probado. No vivió como monja reglada ni tampoco materializó lo que parece era su deseo de fundar un monasterio de católicas españolas en Inglaterra, si bien su casa londinense en el Spítele se

se convirtió en refugio de pobres, peregrinos y católicos, a los que ayudaba sin cesar a pesar de sus estrecheces económicas. Todo ello ocasionó no pocos problemas a la corte inglesa de Jacobo I (deseosa de mantener la paz con España) y a los embajadores españoles Pedro de Zúñiga y, desde 1613, Diego Sarmiento de Acuña (conde de Gondomar), quien, como hemos dicho, la protegió en la embajada cuando finalmente el Arzobispo de Canterbury, George Abbot, ordenara su segunda detención.

 

La corte de Madrid ordenó que saliera de Inglaterra, pero su quebrantada salud  hizo que muriera antes en casa de Gondomar el 2 de enero de 1614. Sus restos tardarían en volver a España; llegaron en agosto de 1615 y fue enterrada en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, donde se conservan sus manuscritos autobiógrafos. En 1625 se hicieron las Informaciones para su beatificación, reanudadas en los años 1910-1911 y también en fechas más recientes, pero abandonadas finalmente por las dificultades que se presentan.

 

Su obra literaria consta de 50 poesías y 180 cartas. Sus poemas fueron conocidos por copias manuscritas y sólo después de morir la autora aparecieron algunos publicados dentro de la biografía que redactó el licenciado Luis Muñoz en 1632. Su poesía es religiosa, espiritual y de exaltación del amor místico con Dios, a veces casi de un modo sexual. Reproduce los símbolos y alegorías tópicos de la Mística, como la paradoja del “vivir-sin vivir” que aparece en su “Romance espiritual de interiores sentimientos”:

 

“Entre mortales heridas,

y dolores desiguales,

de amor vives, y esa vida

te alivia y te satisface.

Quéjaste en los accidentes

y sientes su rigor grave,

no habiendo gloria en la tierra

con quien gustes de trocarle.

Que sólo el vivir, muriendo

porque no mueres, te aplace;

la libertad te atormenta

y sirve de estrecha cárcel.

Y por oscuras mazmorras

suspiras, y ausentes trances:

¡Oh, en cuán extraña cadena

quiso Amor aprisionarte!” (vv. 13-28) [14].

 

También tenemos en sus poesías la imagen de la “llama” (flamma) y del “matrimonio entre Cristo pastor y el alma pastora”; asimismo, hallamos el locus de la vida como navigium (“travesía”) en un mar tempestuoso, el peligro del “naufragio” y el puerto-Dios como “salvación”:

 

Bravo mar, en el cual mi alma engolfada,

con tormenta camina dura y fuerte

hasta el puerto y ribera deseada (vv. 12-14) [15].

 

También encontramos las imágenes clásicas de la vida como “guerra”, como “cárcel” y la del alma como “jardín”.

 

Su epistolario lo componen cartas de no poca extensión y dirigidas a religiosas, padres de la Compañía, prelados, personajes de la nobleza y al mismo Rey. Así, un grupo numeroso de epístolas lo forman las enviadas a la madre Magdalena de San Jerónimo, en Madrid, a quien Luisa venera y profesa íntima amistad. Encontramos también noticias londinenses a las compañeras que colaboraron con ella en Madrid y Valladolid, como Isabel de la Cruz, Inés de la Asunción y siete cartas a Leonor de Quirón; y también otras misivas a señoras nobles

españolas para agradecerles las limosnas que le hacían llegar a Inglaterra. Entre sus familiares, llama la atención que sólo envíe cartas a su hermano don Alonso y a su prima doña Isabel de Velasco, hija del marqués de Almazán; el resto de familiares queda prácticamente excluido. Otro grupo de epístolas lo conforman los dirigidos al padre Luis de la Puente y otros jesuitas, sobre todo José Creswell o Cresvelo, jesuita inglés residente en Madrid, a quien dirige veintisiete cartas entre 1606-1612, donde da cumplida cuenta de la persecución que sufren

los católicos en Inglaterra. Muy espirituales son las cartas enviadas a Mariana de San José, fundadora de las Agustinas Recoletas, y a sor Ana de Jesús. Veintidós cartas son las que envía a don Rodrigo Calderón entre 1609-1613, quien estaba casado con una prima de la escritora, Inés de Vargas, y además era valido o favorito del duque de Lerma y, por tanto, de Felipe III: se trata de reflexiones y consejos espirituales junto con advertencias de carácter político; Luisa le hace llegar sus necesidades londinenses en escritos donde se puede observar la admiración que profesa a Felipe III, no sin emitir frecuentes juicios sobre los avatares de la política internacional, pero siempre desde la peculiar perspectiva de quien mira por el

beneficio y bienestar de la Iglesia Católica [16].

 

Así pues, el interés histórico de este epistolario reside, sobre todo, en los amplísimos informes que remite a los políticos del momento sobre la situación que vive Inglaterra, atreviéndose incluso a proponer medidas prácticas que podrían tomarse; igualmente, estas cartas constituyen una fuente inestimable para conocer la persecución que padecen los católicos en la Inglaterra de principios del siglo XVII y también la política europea de estos años. Pero este epistolario, ante todo, nos ofrece un autorretrato espiritual de Luisa, de su vida interior y de su celo apostólico.

 

Fue, por tanto, Luisa mujer infatigable y destacó, como hemos visto, más por su carácter piadoso y acciones valerosas en defensa

de la fe que por sus escritos, aunque son, realmente, sus propios textos autobiográficos, epístolas y poesías los que nos han

permitido ahondar en su trayectoria vital y espiritual. Fue, como reza el pie del retrato conservado en la Biblioteca Nacional:

 

“Ilustre en santidad y nobleza; rara en todas las virtudes; única en el zelo de la Religión Católica” [17].

 

 

Notas

* El presente trabajo se enmarca en los Proyectos de Investigación FFI2011-24479, dirigido por E. Sánchez Salor, y FFI2011-26420, dirigido por L. Merino Jerez; y en las actividades del Grupo de Investigación “Las artes de la palabra de la Antigüedad al Renacimiento. LAPAR”, subvencionado por el Gobierno de Extremadura.

[1] Cf. M. Menéndez Pelayo, Estudios y Discursos de Crítica Histórica y Literaria, (Ed. E. Sánchez Reyes), Santander, Aldus, 1941, II, pp. 3-58.

[2] Cf. M. R. Prieto Corbalán, Luisa Sigea. Epistolario latino, Madrid, Akal, 2007; M. A. Pérez Priego (ed.), Melchor Cano y Luisa Sigea: dos figuras del Renacimiento español, Tarancón, Ayuntamiento de Tarancón-UNED, 2008.

[3] Dentro de su obra más amplia Oración panegírica, es a saber, exortatoria y consolatoria de la muerte de la Illustríssima y Excellentíssima Señora Doña Isabel de Velasco y de Mendoza…, Valencia, en casa de Pedro Patricio Mey, 1616.

[4] En los fondos antiguos de la Biblioteca Universitaria de la Universidad de Valladolid, nº registro:

b1513687.

[5] Publicada en Madrid, Imprenta Real, 1632, y dedicada a Felipe IV.

[6] Publicada en London, Burns and Oates, Portman Street, 1873.

[7] Luisa de Carvajal (poetisa y mártir). Apuntes bibliográficos, seguidos de tres cartas inéditas de la Venerable Madre, Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1933.

[8]  Cf. C. M. Abad, Doña Luisa de Carvajal y Mendoza (1566-1614). Epistolario y Poesías, Madrid, Atlas, 1965 (BAE, tomo 179); Escritos autobiográficos de la venerable doña Luisa de Carvajal y Mendoza, Barcelona, Juan Flors, 1966. Los textos en prosa que citamos en el cuerpo del trabajo están tomados de las ediciones de Abad.

[9] Cf. I. Román Román, Luisa de Carvajal, en Personajes Extremeños, Edita “HOY”, Diario de

Extremadura, vol. 11, Murcia, 1996; M. A. Teijeiro Fuentes, Los poetas extremeños del siglo de Oro, Mérida, Editora Regional, 1999, pp. 297-316; Id. “Luisa de Carvajal, entre los anhelos y los miedos: niñez y adolescencia”, Alborayque 5 (2011), pp. 10-38; Mª. N. Pinillos Iglesias, Hilando oro: vida de Luisa de Carvajal, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001; J. Burrieza Sánchez, Los milagros de la corte: Marina de Escobar y Luisa de Carvajal en la historia de Valladolid, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2002; C. Chaparro Gómez, M. Mañas Núñez, Humanistas extremeños, Barcelona, Ediciones·94, S.C., 2003

[10] Publicada en Oxford, University Press, 2008

[11] B. Alcázar, Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo y elogio de sus varones ilustres, Madrid, Juan García, 1710, p. 231.

[12] Cf. G. Redwortth, The She-Apostle, p. 7.

[13] Poema 18, ed. M. L. García-Nieto Onrubia, Badajoz, Diputación Provincial, 1990, pp. 108-109.

[14] Poesía 2, pp. 60-61.

 

[15] Poesía 16, p. 105.

 

[16] Cf. M. L. García Nieto Onrubia, Luisa de Carvajal y Mendoza, Poesías completas, Badajoz, Diputación, 1990, pp. 20-21.

 

[17]  Cf. A. M. Barcia y Pavón, Catálogo de los retratos de personajes españoles que se conservan en la sección de estampas y de bellas artes de la Biblioteca Nacional, Madrid, Viuda e Hijos de M. Tello, 1901, nº 406.