Oct 012007
 

José Abril Torres e Isabel Elena Abril Fernández.

 España  termina el Siglo XVII, y comienza el Siglo  XVIII  inmersa en una grave crisis cultural y, sobre todo, económica, por la falta de  la visión política de  sus gobernantes, obsesionados con la idea de una Europa vertical, jerarquizada, bajo los poderes universales del Pontificado y el Imperio.

Han sido muchos años de guerra y el pueblo español está desmoralizado. Nunca un pueblo ha sido tan consciente de su  miseria, y de su impotencia para resolverla.

El aislamiento científico que impuso la Contrarreforma a la Medicina Española, hizo de ella, un reducto del galenismo, cerrado a todas las novedades.

A pesar de todo un grupo de científicos propugnan, por diversos medios, la ruptura con la tradición y la incorporación a las nuevas corrientes que campeaban en Europa.

El nombre que acabó designando a toda esta pléyade de  preilustrados  fue el de “Novatores”; una palabra  que, en principio, se tomó como peyorativa pero que sirvió, inesperadamente, para aglutinar a una serie de hombres que, tal vez de otra forma, no hubieran descubierto que entre ellos existía algo en común.

Un “Novator” era un científico, que no se  resignaba a mantener invariable el conocimiento, basado en el argumento de la autoridad de la tradición y que, además, adopta una actitud militante frente a los conservadores.

Uno de  esos  científicos, Don Félix Pacheco Ortiz, trae a Trujillo esas nuevas ideas e, inmediatamente, surge la controversia con la medicina institucional extremeña anclada, como en el resto de España, en el galenismo más radical

 

 

Una forma de vida está definida, sobre todo, por el repertorio de creencias en que se está. Naturalmente estas creencias van cambiando de generación en generación, y en eso consiste lamutación histórica; pero cierto esquema mínimo perdura a través de varias generaciones, y les confiere la unidad superior que llamamos época, era, edad. (“Historia de la Filosofía” de Julián Marías).

 

 

Para poder situarnos, en las “creencias médicas” en las que D. Félix Pacheco Ortiz, escribió su libro seguiremos el razonamiento de D. José Ortega y Gasset en su “Razón Histórica” donde afirma que:

 

Poco después de 1600, el hombre sale de la duda renacentista y se instala en una nueva creencia, en la creencia moderna, sobre la cual ha descansado la vida europea hasta hace muy pocos años. El hombre moderno sustituye la fe en Dios por la fe en la Razón.

 

Los médicos empírico-racionalistas, llamados despectivamente “NOVATORES” por los dogmáticos de la Universidad, y tratados de herejes, vuelven a Hipócrates y, a partir de él, dan un nuevo sentido racional a la medicina.

 

Por lo tanto, el libro de D. Félix Pacheco Ortiz, como muchos de los que se escribieron en estos años, son polémicas puntuales sobre temas médicos definidos; pero en el fondo, subyace en todos ellos una crítica contra la tradición medieval escolástica de nuestras universidades que aún se apoyaba en el dogmatismo canónico de Aristóteles y la autoridad médica de Galeno.

 

España comienza el siglo XVIII inmersa en una grave crisis cultural y, sobre todo, económica por la falta de la visión política de nuestros gobernantes obsesionados con la idea de una Europa vertical, jerarquizada, bajo los poderes universales del Pontificado y el Imperio. Son muchos años de guerra y el pueblo español está desmoralizado. Nunca un pueblo ha sido más consciente de su miseria y de su impotencia para resolverla.

 

La paz de Westfalia que pone fin a la guerra de los treinta años, reconoce a la Europa horizontal de los pueblos, y la Europa de los Estados basados en el “Balance of Powers”, según las teorías de los filósofos ingleses T. Hoobes – “Leviathan” (1651) y J.Locke – “Dos tratados del gobierno civil”.

 

Francia tiene el camino libre para enfrentarse con los Austrias españoles, y para realizar después su intento hegemónico en Europa. Avasalla a España y la margina como potencia mundial, obligándola a firmar la Paz de Los Pirineos.

 

Pero no todos son desdichas y en los últimos años del siglo XVII, España hará un intento de acortar el retraso científico que sufría. Fue D. Juan José de Austria, el encargado de traer libros de Holanda, Francia e Inglaterra, y crear una nueva ilusión en  los científicos españoles. Es lo que se ha llamado la pre-ilustración, que se va a asentar en lo que hemos llamado los “novatores”, y en la creación de la Regia Sociedad Hispalense de Medicina y Otras Ciencias.

 

La Inquisición y el Protomedicato no pueden hacer nada contra esta “nueva medicina” por estar refrendada por los Reyes Borbones.

 

Para hacer un recorrido por las “creencias” que el ser humano ha tenido a lo largo de la Historia hasta llegar aquí, me viene a la memoria la metáfora que hace el filósofo Paul Grice:

 

La Historia es demasiado conocida como para contarla de nuevo, así que me contentaré con la siguiente somera descripción del caso.

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Desde el siglo VI-V a.C. y hasta el Renacimiento, no existe en la Historia de la Medicina una eclosión como la de Grecia y sus Colonias. El pueblo griego, un conjunto de tribus de diverso origen, se habían establecido posiblemente a finales del segundo milenio a.C. en los territorios y costas de la parte Oriental del Mediterráneo. En un principio los griegos, como gran parte de otras culturas, estuvieron en la Creencia del mito y de la magia (Hesiodo y Homero). Pero, a partir del siglo VI-V a.C., logran romper las ataduras de la magia y son capaces de crear una nueva creencia, una explicación racional de la naturaleza (physiología); cambiar el sentido de la concepción mítica del origen del mundo y de las cosas por el estudio científico de las leyes que rigen dicho mundo. Se pasa de la cosmogonía mítica a la cosmología científica.

 

Una vida sedentaria, la paz de sus polis, un comercio próspero, multitud de esclavos para realizar las faenas más onerosas y, sobre todo, una lengua que le han aportado los indoeuropeos, en donde pueden realizar el método de la abstracción, pasar de las palabras “fuerzas” que denotan, presentan y evocan, a las palabras “signos” que definen o pueden crear conceptos mentales y encauzar en las teorías aquello que están pensando (el uso racional de la lengua). Lo que se proponen es explicar el mundo en todos sus aspectos. Las ciencias solo fueron posible alrededor de las preguntas de los filósofos sobre cuestiones fundamentales: el tremendo descubrimiento de que la Naturaleza nada hace en vano.

 

 

Las ciudades jónicas del Asia Menor, con su capital Mileto, en contacto marítimo con Egipto y por tierra con Mesopotamia, crea en el siglo VI-V a.C., la ciudad mas próspera y avanzada del mundo griego. Los filósofos milesios descubrieron que la razón del hombre podría encontrar principios generales que vincularan fenómenos aparentemente inconexos, y redujeran la diversidad a la unidad.

 

Más tarde, en la Magna Grecia, Sicilia y la isla de Cos, surgirá el acontecimiento más grande de la Historia de la Medicina, la constitución de ésta como un saber técnico (Teckné) fundada en el conocimiento científico de la naturaleza (physiología).

 

Y como estamos en el mundo de las creencias no será Hipócrates el “padre de la medicina” sino sólo el héroe del epónimo que dará nombre al quehacer de los médicos de la Grecia Clásica. Es en estos momentos cuando cambia el concepto mágico de la nosogonía mítica al concepto científico de lanosología; es decir, de la enfermedad como castigo de los dioses a la enfermedad sobre una base científica del conocimiento de la Naturaleza.

 

La medicina griega, no teúrgica ni mágica, es un oficio más o menos artesanal (Teckné) considerado como servicio público, y que podía aprenderse en ciertas escuelas profesionales. Pero una Teckné, no sólo es saber practicar, con mayor o menor habilidad, un determinado oficio, sino una exigencia esencial de la naturaleza del hombre para poder pasar de un saber meramente empírico y rutinario, a otro saber que merezca ser llamado Teckné, en donde se articulen la razón (logos) y la obra (érgon), el pensamiento (phronein) y la operación (poiein), la inteligencia (dianota) y la mano (kheio).

 

Junto a los elementos primarios de la Physis Universal de Empédocles (agua, fuego, aire y tierra), los hipocráticos introducen un nuevo concepto, el Humor. Podemos decir que el Humor es un elemento secundario que actúa como soporte o sustrato material de las cualidades elementales.

Cada uno de los humores, (la sangre, la pituita o flema, la bilis amarilla y la bilis negra) serían una mezcla en proporción variable de los cuatro elementos empedocleícos,

 

La vida biológica del hombre (Zoé) es un permanente movimiento (kinesis) de su naturaleza individual, desde el nacimiento hasta la muerte, cuyo buen orden exige que la mezcla (krasis) de los humores sea armoniosa y que sea mantenida por dos agentes: uno simple y congénito, que es el calor implantado, y otro externo y complejo que es el alimento.

 

La Krasis humoral en profunda armonía es la salud; Las Diskrasia humoral es la enfermedad.

 

En resumen sólo se conoce una enfermedad, la Discrasia Humoral y, según Aristóteles, la Tecknéconsiste en “Saber hacer algo, sabiendo porqué se hace, eso que se hace”.

 

Estamos usando palabras que aún persisten en la terminología médica con el mismo fonema, aunque el semantema sea distinto.

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Un vez que hemos establecido la base científica de la enfermedad (pathos) como alteración de la krasis entre los humores, tenemos que esperar hasta el año 130 d.C., no para hacer realidad una nueva creencia, sino para asentar esas bases científicas de los hipocráticos.

 

Galeno, nacido en Pérgamo, en el año 130 d.C., quien seguirá a ultranza las teorías hipocráticas, dio la espalda a las nuevas tendencias de las medicina latina, pero supo sistematizar toda esa medicina creada por los hipocráticos.

 

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El mundo antiguo termina en el siglo V d.C., surgiendo una Nueva Creencia en el ser humano: Dios como ser infinitamente sabio que soluciona a los humanos todas sus necesidades. Este cambio coincide, cronológicamente, con la caída del Imperio Romano de Occidente, y se alarga hasta la caída del Imperio Romano de Oriente, con la toma de Constantinopla por los Turcos.

 

En Europa, la invasión de los visigodos, suevos, ostrogodos y francos, va a formar comunidades políticas inconexas, que será el origen de lo que se llamará Europa.

 

Los escritos de los “antiguos” quedan desperdigados y, por lo tanto, la labor de los intelectuales de esta época no podrá ser creadora, sino recopiladora.

 

S. Isidoro de Sevilla (570-646), recoge en sus “Etimologías”, no solo las Siete Artes Liberales, sino todos los conocimientos religiosos, históricos, científicos, médicos, técnicos, etc. En Italia será Boecio, con un libro en prosa y en verso “De Consolatione Philosoficas”,Marciano Capella con su “Las bodas de Mercurio” y “La Filología” en donde sistematiza los estudios de la Edad Media, el Trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el Quatrivium (aritmética, geometría, astronomía y música).

 

En toda esta época de transición, del siglo V al siglo IX d.C., el saber antiguo de los escritores profanos y el de los padres de la Iglesia se conservan sin rigor intelectual, desordenadamente, y sin distinción de disciplinas

 

A partir del siglo IX d.C., con el Imperio Carolingio, surgen las Escuelas, y un cierto saber cultivado en ellas, que se conoce como Escolástica. Va a aparecer un cuerpo unitario de doctrina, que se conserva como un bien común. Sus textos guardan una estricta relación docente, primero como Escuelas, después como Universidades.

 

La PHILOSOPHIA ANCILLA THEOLOGIAE será el lema de las Escolástica. La Filosofía será una disciplina auxiliar para el estudio de la Teología.

 

En la Edad Media el hombre es un Ente finito, una criatura, un ENS CREATUM. Pero al mismo tiempo, el hombre es logos, el hombre está hecho a semejanza de Dios.

 

La Creencia del hombre está en un Ente infinito (infinitamente poderoso e infinitamente bueno), que le descubrirá todo lo necesario para conducirse por la vida, inclusive el sentido mismo de la vida.

 

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Es a partir del siglo XV, cuando el hombre cambia de Creencia. Es a partir del siglo XV, cuando empieza a fermentar la duda. El estar en la duda es un modo de estar en una nueva Creencia, es el estar… inquieto. Durante los dos siglos de Renacimiento, se vive en esa inquietud. Muerta ya la antigua Creencia y sin posesión aún de la nueva, el hombre se finge Creencia, hace como que cree, mediante una resolución de la voluntad. En la medida en que no se cree se quiere creer. Las crisis son épocas de resoluciones y voluntarismo. Por eso el lema más típico del Renacimiento es“vivere risolutamente” (Ortega y Gasset. “La Razón histórica”).

 

Factores que determinan el Renacimiento científico:

 

  1. Económicos. Surge la nueva clase de mercaderes y manufactureros, que se opone al predominio de la nobleza.

 

  1. Proliferación de los sabios seglares que pueblan las aulas de las Universidades. Las Academias, fuentes incipientes de la ciencia experimental, rivalizan con la Universidad.

 

  1. Invención del arte de imprimir (Hans Gutemberg-Lorens Coster).

 

  1. En 1453 Constantinopla, heredera cultural de Atenas, cayó en manos del Islam. Millares de fugitivos se dirigen hacia Italia, llevando consigo preciosos manuscritos griegos, guardados hasta entonces en los Monasterios de Bizancio.  Así se realizaron ediciones de los textos originales de la antigüedad grecorromana.

 

  1. Los descubrimientos de nuevas tierras, con el perfeccionamiento en la construcción naval, mejores brújulas, los éxitos, en la Astronomía náutica, adelanto en la preparación de mapas.

 

Figuras sobresalientes de estas Ciencias: Leonardo Da Vinci y Copérnico.

 

Surge la figura del médico humanista, erudito y polígrafo, creando una obra intelectual que derrota la medicina escolástica-galénica, y preludian lo que, unos años después (ya en el siglo XVII), va a ser la base de las doctrinas iatromecánicas e iatroquímicas. Los médicos humanistas se esfuerzan ante todo en actualizar los verdaderos textos de la medicina clásica, haciendo traducciones al latín de Hipócrates y Galeno, enriquecidos con comentarios críticos (Corpus Hipocraticum, Los Aforismos con comentarios de Galeno), son los Articella.

 

En España serán Valles (1524-1592) y Cristóbal de Vega (1510-1573), profesores en Alcalá de Henares.

 

De Galeno hicieron traducciones críticas Andrés Laguna (1499-1559), que estudió en Salamanca y fue médico de Carlos V y de los Papas Paulo III y Julio III.

 

Joan Fernel y Luis Mercado van a llevar a cabo la empresa de ordenar el saber médico greco-latino-bizantino y arábigo. Al segundo le encomendó Felipe II “Las Instituciones que debían regir los exámenes de los médicos, cirujanos y algebristas ante el Tribunal del Protomedicato”.

 

En esto médicos es evidente la actitud crítica frente a la tradición medieval escolástica (Gómez Pereira llega a combatir a la filosofía aristotélica y al dogmatismo galénico), para ellos no existe otra autoridad que la prueba experimental. De Gómez Pereira es el famoso silogismo“Conozco que yo conozco algo, todo el que conoce es, luego yo soy”, muy parecido a la proposición de Descartes “Pienso, luego soy”. En su libro “Nova veraque medicina” hace una resuelta crítica a la piretología galénica anticipándose a Sydenham.

 

Vesalio con sus disecciones comprobó que Galeno solo había hecho disecciones sobre animales. Escribió su famoso “De Humanis corporis fábrica” (La Fábrica). Rápidamente surgió una “Apología in anatome pro Galeno contra Andream Vesalium Bruxellensen” (1562) de Francisco del Pozo, por lo que los nuevos conceptos anatómicos de Vesalio no fueron aceptados por la Universidad, aunque en los círculos privados se aceptó el método versaliano de investigación directa.

 

Aún siguiendo en el dogmatismo canónico de Galeno, surgen actitudes novatoras.

 

  1. El Empirismo – Las cosas son como nuestros sentidos nos muestran.

 

  1. El Racionalismo – La visión sistemática racionalmente concebida de la realidad de la naturaleza

 

  1. La polémica de la sangría.

 

Galeno había atribuido a Hipócrates la distinción entre el efecto revulsivo y el derivativo de la sangría. Por el primero se trataba de evitar que los humores pecantes fluyeran hacia el foco de la lesión; con el segundo se intentaba aliviar la congestión ya constituida, movilizando los humores corruptos allí coleccionados.

 

La nueva técnica de Bissot tuvo críticos y defensores, pero siempre en la idea de los humores.

 

El examen de la orina que era el resultado de la digestión hepática, según Galeno, se sustituye por las alteraciones del pulso como medio diagnóstico.

 

Fracastroro avanza una teoría que, basada en la simpatía-antipatía de los antiguos, es un revulsivo a la medicina renacentista. Algo pasa del enfermo al sano y lo impregna de su propia y específica cualidad, creando una alteración en el infectado que existía en el infectante. A este agente le llama seminaria. Pero nada más lejano a la idea de gérmenes, pues tendrán que pasar doscientos años para que se formule una patología microbiana.

 

La Peste con sus epidemias desastrosas, sobre todo durante el siglo XVI, enciende gran cantidad de escritos que, aunque más bien se limitan a describir estos episodios epidémicos, en ellos ya se vislumbran algunas medidas de protección. Mercado protomédico de Felipe II- en “El Libro en que se trata… de la enfermedad vulgar y peste,… “  (Madrid 1599) hace un punto de reflexión importante en la extensión de las epidemias “en el poco cuidado de las Repúblicas en las epidemias de Peste por temor a perder el comercio o trato”.

 

En España fue terrible la epidemia de peste de los años 1597-1604 con seiscientos mil muertos.

 

 

El gran descubrimiento del Renacimiento es saber diferenciar cuadros clínicos específicos, que antes estaban englobados en denominaciones genéricas: fiebres pestilenciales. Así por ejemplo se describe el sudor inglés, que debió ser una especie de gripe epidémica. El Tifus petequial, bien estudiado por los médicos españoles Luis MercadoLuis de Toro (de Plasencia); el carácter exantemático le hace diferente de otras erupciones cutáneas. Escarlatina, la influenza o catarro epidémico, el coqueluche o tos convulsiva, la difteria, llamado en España garrotillo por su forma de angina asfixiante.

 

Pero el mal a que más se dedicaron los médicos renacentistas fue la Sífilis (Morbos galticus).

 

No vamos a entrar en la polémica sobre su origen, pero si decir que en el primer tercio del siglo XVI, además de las sales mercuriales, entra en su tratamiento la madera de guayaco o palo santo y para los defensores del origen de la sífilis en las colonias americanas, y el que esta madera mejorará las úlceras o chancros, era prueba evidente de que existía un vínculo sui generis entre el palo santo y la sífilis.

 

El libro de Fracastoro “Syphilis si ve morbos gallicus”, escrito en mil trescientos cuarenta y seis versos, es de una belleza literaria indudable.

 

Paracelso – “El veneno está en la dosis” fue uno de los primeros en usar productos químicos en el tratamiento de la enfermedad. Paracelso rebatió la idea de una sola enfermedad de los antiguos, causada por el desequilibrio de los humores, apuntando que la enfermedad era un proceso local producido, no por los cambios en los humores, sino por agentes –ens– que se encontraban en el mundo mineral, en la atmósfera, en el agua.

 

El médico antiguo tenía que evaluar lo que había en exceso o añadir lo que faltaba, con el sudor, la purga, la sangría y los vómitos. Paracelso intentaba la erradicación de la causa específica. Harvey descubrió que el calor vital de Aristóteles no se engendraba en el corazón, sino en la propia sangre.

 

Para finalizar esta época donde, al final de ella, prima el espíritu de la intransigencia político-religiosa culpable de la liquidación de un cristianismo intelectual y humanista inspirado en Erasmo de Rótterdam, podríamos, hablar de Miguel Servet que esbozó la circulación pulmonar y que, huyendo de la Inquisición española, fue quemado en la Ginebra protestante de Calvino.

 

El hombre moderno sustituye a la fe en Dios por la fe en la Razón. Antes era Dios, ahora se cree que el intelecto humano es un maravilloso instrumento que si lo hacemos funcionar bien nos revela el ser de las cosas.

 

El prodigioso fruto de esta nueva fe fue la ciencia física, química y biológica, que buscó en los fenómenos su naturaleza.

 

El sistema del “Balance of Powers” establece un equilibrio mecanicista entre las formaciones estatales; se camina hacia el concepto de la sociedad de clases. La reforma protestante, sería un nuevo frente al ideal de los Habsburgo del Sacro Imperio. Bajo la hegemonía hispana y la ayuda decisiva de los recursos de las Indias, Felipe II, haría de la Contrarreforma un doble objetivo: La frontera de la Cristiandad contra los turcos, y la frontera de la Catolicidad contra los protestantes. Su sucesor Felipe III, sometido a la privanza del Duque de Lerma, intenta la hegemonía dinástica con el tratado hispano-inglés de 1604, y la tregua de los doce años con Holanda en 1609, y la persecución de la lucha contra los turcos. Felipe IV, y su valido el Conde Duque de Olivares, entra en la guerra de los Treinta años que, con la Paz de Westfalia, pone fin a la hegemonía de los Habsburgos en Alemania y la hegemonía de España como potencia Europea. Serán Francia en el Continente e Inglaterra y Holanda en el Océano quienes se conviertan en árbitros de la nueva Europa.

 

La guerra de sucesión española pone fin a una época belicista y Europa entra en un periodo de paz tras los tratados de Utrecht (1713), Passarowitz (1758) y Nystadt (1721).

 

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En cuanto al pensamiento, surgen en los últimos decenios dos grandes corrientes: El Empirismo, con Bacon y su máxima “saber es poder” que concibe a la experiencia como fuente de conocimiento y criterio de la verdad, tratará de convertir la observación sistemática en un instrumento idóneo para explicar y explotar en beneficio del hombre, el mundo de la materia. El Racionalismo con Descartes (1637) cuya máxima “Pienso, luego existo” apela a la intuición para constituir los principios capaces de guiar la investigación, acudirá a las matemáticas en la búsqueda del orden legal de la naturaleza.

 

Ambas corrientes encontraron su confluencia en Galileo “Mide lo que se puede medir y lo que no se pueda medir, hazlo medible”

 

Por último Newton, insistió en la necesidad de deducir las teorías de los hechos, y no de buscar los hechos en ideas teóricas preconcebidas.

 

La medicina en Europa en la última mitad del siglo XVII y la segunda mitad del siglo XVIII

 

El aislamiento científico impuesto a la medicina Española por la Contrarreforma la convirtió en un reducto del galenismo cerrado a las novedades. Todo lo contrario de lo que estaba pasando en el resto de Europa en donde el siglo XVII y hasta el año 1740, se están construyendo los grandes sistemas de la mentalidad barroca, el iatromecánico, el iatroquímico, las construcciones doctrinales de los grandes sistemáticos, etc.

 

BAGLIVI (1668-1703) La iatromecánica

 

“El médico es un ministro de la naturaleza y si no conoce sus leyes no podrá gobernarla” (De Praxis Médica).

 

Desarrolló su práctica basándose en la iatromatemáticas, que se sirve tanto de la química como de la mecánica.

 

“El arte médico está constituido por la observación y el raciocinio”. Distingue, por tanto, entre una medicina teórica y otra práctica.

 

Baglivi propone la tipología humoral de Galeno sus cuatro temperamentos, pero basado en el estado tensional de las fibras. En cuanto seguidor de Hipócrates, dice que el médico tiene que disecar los cadáveres de los difuntos para encontrar la sede de la dolencia y su causa. Debe considerar con diligencia las heces, la orina, los ojos, el pulso y el rostro, los efectos del ánimo, la índole de la vida, los antecedentes, las aberraciones dietéticas del enfermo. Notará con severa e inconmovible paciencia el progreso de los síntomas y el término de los mismos. Luego, administrando el tratamiento si la enfermedad presente pasa a enfermedad de otra especie.

 

El inglés WILLIAM COLE, propuso una concepción mecánica y química de la fiebre. La materia morbosa (excrementos retenidos, venenos externos, autointoxicaciones por sustancias neoformadas) van acumulándose en sus espacios interfibrilares donde producen un estremecimiento de las fibras (escalofríos) y, una vez incorporado a la sangre, el calor febril. La índole química de las sustancias determina el tipo de fiebre. De ahí el tratamiento: la sangría para disminuir la tensión de las fibras, y la quina para reconstruir su tono.

 

El escocés PITRAIN, hizo mecánicos todos los conceptos de su fisiología. Ejemplo de la fiebre, por el rozamiento de la sangre con la pared vascular por una aceleración de su movimiento. Por ello debe tratarse con sangría.

 

VAN HELMONT (Bruselas 1579- 1644). La causa exógena de la enfermedad. La idea de semilla

 

El lugar que ocupa Van Helmont en la historia de la Medicina, está justificado  por su decisiva ruptura con la antigua teoría de los humores, y por un nuevo concepto de la enfermedad.

 

Ante el concepto de una sola enfermedad por la alteración de los humores, Van Helmont creó el principio de multienfermedad adjudicando a cada enfermedad un agente específico. Partió de las ideas ontológicas o parasitarias de Paracelso.

 

El Concepto antiguo de una sola enfermedad porque un humor se hallaba en exceso o defecto, o desplazado de su lugar normal, o se hallaba alterado en sus cualidades, como la putrefacción, y que la mezcla de estos humores daba al individuo su constitución: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico. La causa de la enfermedad se hallaba en el propio hombre. Tenía una causa endógena. El tratamiento tenía que ir encaminado a cambiar o intercambiar humores, alterar su mezcla o a restablecer su armonía (flebotomía, sudoración, purga, dieta). Todo esto se reconoce en la antigua idea del catarro, que significaba el flujo de mucosidades desde el cerebro, a través de loa agujeros de base del cráneo hacia distintos órganos. La acción corrosiva de estas mucosidades explicaba la enfermedad.

 

Van Helmont pensó que no era un factor endógeno (mucus), sino un ser real, una semilla que se introducía en el organismo desde el exterior (causa exógena de la enfermedad) y actuaba en el foco“como una espina clavada en la carne” (espina infixa)

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En el momento que aparece la iatroquímica, seguidor del eclecticismo del Renacimiento en Holanda, se extiende a los Estados protestantes alemanes y a la República puritana de Cromwel. En la Europa latina se trató de una corriente importada.

 

Entre 1651-1672, las Provincias Unidas Holandesas, con una estructura social apoyada en una poderos burguesía urbana, enriquecida por el comercio, y con una vigorosa tradición de libertad y tolerancia, eran el caldo de cultivo para un movimiento renovador.

 

SILVIO, su principal figura, conoció personalmente a Descartes, y debió conocer la obra de Van Helmont. Pero la fermentación de Silvio no tenía el factor fermentún, introducido por Van Helmont, sino que se trataría de una disolución por vía química (saliva, bilis, jugo pancreático). Silvio sigue concediendo al hígado el papel de la hemogénesis.

 

Siguiendo de modo estricto los postulados del método inductivo moderno, propone como criterio básico el estudio de los fenómenos morbosos tal y como aparecen a los sentidos.

 

En la patogenia de las enfermedades desempeña un papel fundamental el trastorno de la fermentación o “acrimonia” que puede expresarse en el exceso de acidez (acrimonia ácida) o de la alcalinidad (acrimonia lixiviosa). Los principales portadores de esta acrimonia son la linfa, la saliva, el jugo pancreático y, sobre todo, la bilis. La fiebre resulta del aumento de la efervescencia de la sangre en el corazón a consecuencia de la acrimonia. Las fiebres malignas son consecuencia de acrimonia lixiviosa y las benignas de acrimonias ácidas. De acuerdo con el portador del trastorno hay fiebres biliosas, pancreáticas, salivales y linfáticas.

 

La enfermedad no era un mecanismo que afecta al cuerpo en su conjunto, sino una reacción local. Tiene lugar entre dos unidades vivas: el huésped y la semilla de la enfermedad.

 

El razonamiento del “peso”, le llevó a la conclusión de que todas las cosas consistían, en última instancia en agua, en vez de los cuatro elementos antiguos.

 

“Plantó un sauce en una cantidad previamente pesada de tierra que regó todos los días con una cantidad previamente pesada de agua; encontró que el crecimiento del peso del árbol, se correspondía con el peso del agua utilizada”.

 

La iatroquimica inglesa

 

Willis (Uvilis como le llama D. Felix Pacheco en su libro) 1621 – 1671

 

Willis rechaza la doctrina tradicional de los cuatro elementos y, basándose en la doctrina atomista de Gasendi, desarrolla una hipótesis según la cual todos los cuerpos están integrados por átomos, corpúsculos indivisibles de diferentes formas geométricas. Dichas partículas se presentan en forma de: spiritus, sulphur, sal, agua y tierra, que corresponden a cada uno de los cinco niveles de destilación, desde la sutileza del spiritu hasta la forma más grosera de la tierra.

 

Las materias nutritivas más sutiles pasan directamente del estómago a la vena porta; las más groseras, del intestino al conducto torácico para llegar a las venas.

 

La formación de la sangre tiene lugar por una fermenttio de dichas materias en el interior de las venas (quedando el hígado fuera de esta fisiología).

 

El cambio de la sangre venosa a arterial es otra fermentatio, que se produce en el corazón por el calor innato.

 

La fiebre está producida por una fermentatio preternaturalis que ocasiona un movimiento desordenado de las partículas y una excesiva efervencescencia de la sangre. Las “intemperies”  resultantes de dicha fermentatio no son tan esquemáticas como las acrimonias de Silvio; las fiebres intermitentes, por ejemplo, pueden deberse a intemperies acres (las tercianas), ásperas y salinas (las cuartanas) o ácidas (las cotidianas).

 

Cree, como Silvio, que los espíritus animales se crean en el cerebro a partir de la sangre arterial por un proceso de destilación y que, a través de los nervios, llegan a los territorios orgánicos para actuar como agentes de sensaciones o movimientos.

 

En España el movimiento de renovación médica estuvo encabezado durante este período por varios seguidores de la iatroquímica. A diferencia de los eclécticos de mediados de siglo, estosnovatores” rompieron abiertamente con la autoridad de los clásicos, y difundieron con gran ardor los nuevos métodos inductivos así como las consecuencias que implicaban las novedades médicas en todos los campos. Los principales “novadores” fueron: Juan Bautista Juanini (1636-1691) y el valenciano Juan de Cabriada. El primero publicó “Un Discurso político y phisico” en 1679, cuyo tema central es el estudio químico de las sustancias que impurificaban el aire de Madrid, y de sus consecuencias sanitarias. Ello le da pie a exponer unas ideas cercanas a Silvio y a Descartes. En un segundo libro “Nueva idea phisico natural” (1685) expone la concepción de la “fermentatio” como proceso químico y dinámico elemental.

 

Juan de Cabriada es autor del auténtico manifiesto renovador de los iatroquímicos españoles“Carta philisófica médico-química” (1687). Las fuentes son Silvio, Bacom y Descartes, así como Boyle y Sydenham. En su texto Cabriada denuncia el atraso español, y propone un lúcido programa para superarlo. Muy directa fue su influencia en un grupo de novatores sevillanos que fundan la Regia Sociedad Hispalense de Medicina y otras Ciencias (1697).

 

Como movimiento renovador, basado en la iatroquímica que aspiraba a integrar en un sistema médico moderno todas las novedades, encontró la oposición de los que seguían aferrados a las doctrinas tradicionales.

 

Pero con la aplicación de la nueva química a la medicina, no solo era incompatible con la iatroquímicas, sino que debido a sus fundamentos mecánicos, era más conciliable con la iatromecánica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La nosografía moderna

 

SYDENHAM-1624

 

Su método nosográfico significó, entre otras cosas, prescindir de las hipótesis fisiológicas, fueran estas galénicas o intromecánicas.

Para Sydenham, la enfermedad no es otra cosa que el esfuerzo de la naturaleza para exterminar la materia morbífica. Por lo tanto en la enfermedad hay que distinguir: las causas y el proceso morboso. Para la Medicina tradicional, el proceso morboso es un “pathos”, una afectación pasiva, para Sydenham, es una afectación activa, un esfuerzo de la naturaleza. Sigue por una parte la Medicina antigua en los síntomas de la enfermedad, pero con las ideas de Bacom. Es el médico nosólogo sydenhamiano y nosógrafo galénico.

 

 

Los grandes sistemáticos

 

BOERHAAVE (1668-1738). República Holandesa.

 

Es un seguidor de Hipócrates en su espíritu de observación y del razonamiento, pero contrario a Galeno, todavía influyente, en el movimiento y en la formación de la sangre.

Fue un ecléctico, cuya doctrina se resume en su diseño del currículum médico: el estudiante debería comenzar con el estudio de las matemáticas, la mecánica y la hidraulica, para aplicarse después al estudio de la botánica y la química, tras lo cual se encaminaría a la anatomía y la fisiología, para poder llegar a la patología y la terapia.

 

GEORG ERNST (1659-1734) y FRIEDRICH HOFFMANN (1660-1742)

Sus obras: Theoria Medica Vera Medicina Racionalis Systematica tienen el mismo diseño que el Canon de Avicena, divididos en cuatro apartados:

  1. Res naturales o fisiología
  2. Res non naturales, en donde dan cuenta de sus observaciones sobre higiene.
  3. Res contranaturales, la patología fisiológica
  4. Stahl termina su obra con una sección sobre los principios de la terapia y añade una quinta sección de patología especial y terapia.

 

Ambos fueron catedráticos en la Universidad de Halle (Alemania). En 1668 escribe Hoffmann su trabajo “De insufficientia acidi y viscidi” contra la teoría iatroquímica de la enfermedad que había expuesto el médico holandés Cornelius Bontekoe (Bontecoe en el libro de D. Félix Pacheco)

 

Discours de le Méthode de la influencia de las emociones en el cuerpo, enseñó a considerar el cuerpo como una máquina.

 

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El mismo título del libro de D. Félix Pacheco Ortiz “Rayos de la luz práctica” nos da a entender que la razón va a ser la luz que guíe el pensamiento de nuestros intelectuales en al último decenio del siglo XVII como preludio de los ilustrados del siglo XVIII. El buen uso de la razón, la seguridad en los criterios, es el único asiento para el progreso y la felicidad. Esa“felicidad sobre la tierra” que es para Hazerd el supremo desideratum del hombre de la Ilustración.

 

 

La medicina en España durante el siglo XVII

 

Siguiendo el esquema de López Piñero, distinguimos tres periodos en el campo de la medicina del siglo XVII:

 

Un primer periodo, que abarca los tres primeros decenios del siglo, en el que existe un continuismo de la tradición renacentista, con algun rebrote de eclecticismo, pero sin incorporar grandes hallazgos de la ciencia europea. La fundamentación de la astronomía con Kepler y Galileo, la transformación de la alquimia en química, la nueva biología de los microscopistas clásicos, la introducción de la patología introquímica frente a la galénica, etc.

 

El segundo periodo, cronológicamente los cuarenta años centrales, supone la división en dos grupos de los científicos españoles: los intransigentes que mantienen, a pesar de todo, los puntos de vista clásicos (aristotelismo y galenismo en su forma más radical), y los moderatos que, aún manteniéndose en los esquemas tradicionales, intentan introducir en ellos las realidades que ya son incuestionables: la circulación de la sangre, la iatroquímica, la iatromecánica, el heliocentrismo (más o menos encubierto)

 

El tercer periodo, que abarca los últimos decenios, se caracteriza por la aparición de los novatores. Se trata de un grupo de científicos que toman conciencia radical del atraso en que se encuentra España en relación con la ciencia europea y propugnan, por diversos medios, la ruptura con la tradición, y la incorporación de las nuevas corrientes que campean en Europa: El empirismo, el método inductivo y la expresión de la realidad en lenguaje matemático.

 

El empirismo, la experiencia, y la observación son el fundamento de todo conocimiento que aspire a ser científico. En 1687, Juan de Cabriada escribe “es regla asentada y máxima cierta… que ninguna cosa se ha de admitir por verdad en el conocimiento de las cosas naturales, si no es aquello que ha mostrado ser cierto la experiencia mediante los sentidos exteriores.

 

Ha llegado el momento del revisionismo a las doctrinas de  los grandes sabios antiguos. Lo que habían escrito Galeno, Alberto Magno o Santo Tomás de Aquino no admitía discusión, porque nadie podía pretender igualar su sabiduría y cualquier pretensión comparativa era, por lo menos, presuntuosa, y cualquier tesis contraria a la de las mayores autoridades del mundo era errónea.

 

La idea que ahora predomina es no fijar el grado de los conocimientos o de los criterios en el nivel que marcaron los grandes hombres del pasado, pues eso sería negarnos a todo progreso.

 

Esta ciencia nueva que ahora surge en España no solo aspira a ser distinta de lo anterior, sino que va en contra de la anterior.

 

La libertad de pensamiento – Ya Carlos II mediante un Real Decreto en 1696 restringió el alcance de las atribuciones de la Inquisición. Y no podía ser de otro modo ante los cambios que se estaban viendo venir. En 1687 en la Carta que publica Juan de Cabriada, se puede leer “Solo mi deseo es que se adelante el conocimiento de la verdad, que sacudamos el yugo de la servidumbre antigua para poder con libertad elegir lo mejor… que es lastimosa y aún vergonzosa cosa que, como si fuéramos indios, hayamos de ser los últimos en recibir las noticias y las luces públicas que ya están difundidas por toda Europa.” Todo el pensamiento de la época está aquí condensado: el progresismo, el rechazo de la tradición, la queja contra la servidumbre antigua, la alabanza a las luces, el complejo de inferioridad español y el mito de Europa.

 

Si la razón y la experiencia son las fuentes más ciertas de criterio, ambas confluyen en un elemento común: La naturaleza con sus leyes observables e invariables. A lo razonable ha de unirse lo natural en todas las parcelas de la consideración humana, para ser correcto.

 

Todas estas ideas nuevas de la razón, experiencia, independencia de criterio, la naturaleza como maestra suprema, no es raro que chocaran violentamente con la de muchos conservadores y que fuesen calificados por estos de peligrosas y aún de heréticas.

 

López Piñeiro explica por qué la Medicina fue la ciencia que pudo romper más fácilmente con la tradición: no había una medicina aristotélica como sí hubo una Cosmología o una física aristotélica. Con todo, si no Aristóteles, Galeno era también un poderoso baluarte del principio de autoridad, si bien los antigalenistas, que ya contaban con una tradición que venía de bastante atrás, no fueron casi nunca perseguidos por sus ideas; si, por supuesto por las escuelas partidarias de la vieja medicina.

 

El nombre que acabó designando a toda esta pléyade de preilustrados de fines del  siglo XVII fue el de “novatores”, una palabra que en principio se tomó como peyorativa, pero que sirvió inesperadamente para aglutinar a una serie de hombres que tal vez de otra forma no hubieran descubierto que entre ellos, por distintas, que fueran sus disciplinas, había algo en común. Un novator es un científico, o aficionado a las ciencias que no se resigna a los principios o a los métodos trillados, a mantener invariable el conocimiento anclado en el argumento de la autoridad, en la tradición, o en el cómodo sofismo del “siempre se ha dicho”, que ve con gusto las novedades científicas y que adopta, armado de su nueva concepción científica, una actitud militante frente a los rutinarios y los conservadores. Pero no es que fueran antigalénicos, esparigíricos o iatroquimicos, sino que defendieron al hombre de ciencia en general.

 

Un último rasgo en los novatores es el uso del castellano. Frente al latín, que utilizaron los doctos universitarios, escriben sistemáticamente en castellano para alcanzar una mayor difusión social entre sus lectores y la utilidad, ya lo hemos observado, es uno de los valores mas representativos en la nueva actitud científica.

 

Al no poder expresarse abiertamente en las Universidades, los novatores tuvieron que buscar la protección de nobles y clérigos de mentalidad preilustrada y agruparse en tertulias independientes o en torno a un mecenas. Sin este mecenazgo hubiera sido más difícil el nacimiento de las nuevas escuelas, su mantenimiento como tales y la publicación de sus escritos. Surgen así las Academias.

 

Tres rasgos distinguen a estas Academias de las antiguas: su carácter semioficial, su sentido organizativo distinto al de la espontaneidad con que surgieron las tertulias renacentistas, y, en último lugar, la de defensa de  unos principios.

 

Fue posiblemente D. Juan José de Austria a través de su médico Juanini con su “Nueva idea phisica y natural (1685), en donde relaciona la medicina con la química, la física y las ciencias naturales, y que estudió con buen criterio científico las reacciones entre los ácidos y los álcalis, quien mayor apoyo diera a estas Academias.

 

Real Academia de Medicina de Sevilla.

 

Aislada España intelectualmente, sólo dos vías hacían posible la introducción de las novedades científicas: los informes proporcionados por los viajeros, y los libros procedentes del extranjero. Sólo los italianos, por nuestra presencia allí, contribuyeron en el primer caso. Los libros que entraban en España tenían que pasar un doble filtro: La Inquisición y la dificultad del idioma en que estaban escritos; son asequibles los escritos en francés o italiano, pero los ingleses había que leerlos en sus traducciones al francés. Como ejemplo, en 1691 la Inquisición de Sevilla detuvo a Juan Cruzado de la Cruz, clérigo de órdenes menores, y encontró 1.125 volúmenes, en inglés, francés, italiano y holandés, con temas de Erasmo, Descartes, Gasseudor, Hobbes. (Juan Ramón Zaragoza Rubira)

 

También la producción propia de libros es importante en este final de siglo. López Piñeiro, realiza un examen de los libros publicados en el reinado de Carlos II. Del examen de 356 obras relacionadas con la ciencia y la técnica, encuentra que 42 corresponden a matemáticas, 44 a astronomía y astrología, 32 a geografía, 10 a ciencias náuticas, 6 a filosofía natural, 6 a física, 4 a mineralogía, 6 a historia natural, 21 a farmacia, 3 a veterinaria, 3 a ingeniería civil, 10 a ingeniería militar y 164 a medicina o ciencias afines.

 

Este panorama es un indicio de inquietud por los saberes de la medicina, manifestado unas veces de forma didáctica y otra en forma de polémicas.

 

¿Cuáles fueron, entonces, los vehículos elegidos por los novatores para impulsar la reforma científica en España? Fundamentalmente dos: las publicaciones de libros y folletos, y las nuevas instituciones científicas, las tertulias.

 

 

El libro que nos llama la atención es “El discurso político y phisico” de Juan Bautista Juanini, publicado en 1674. Aunque la obra citada trata formalmente de las causas que impurificaban el aires de Madrid, y los remedios para atajarlas, aprovecha para denunciar temas muy concretos del estado de la ciencia en España, y la necesidad de su renovación e incorporación a Europa.

 

Otra figura importante de los novatores fue José Lucas Casalete, único de los novatores que ocupó una cátedra universitaria en la Facultad de Medicina de Zaragoza. Casalete estableció una nueva teoría, de base iatroquimica, sobre el abuso del empleo de la sangría. Rápidamente surge la reacción institucional en los catedráticos de Medicina de Salamanca, Alcalá, Valladolid, Valencia, Barcelona, Lérida y Huesca, calificándola de “falsa, errónea, temeraria, perniciosa para la salud pública, indigna de tan grave autor, irracional, absurda (…) por ser opuesta a la doctrina de Galeno.

 

 

Pero la obra que marca más obviamente el programa de los novatores es “La Carta Filosófica médico-chymica” de Juan de Cabriada (publicada en 1687). En esta obra, Cabriada contrapone la experiencia a la autoridad de los antiguos, ensalzando el descubrimiento de la circulación de la sangre, propugna una medicina con base iatroquimica y documentada en los descubrimientos anatomopatológicos.

 

En Sevilla a partir de 1697, se reúne en casa del médico Juan Muñoz y Peralta, la Veneranda Tertulia Hispalense, que en 1700 se convertirá en la Regia Sociedad Hispalense de Medicina y otras Ciencias, al aprobar Carlos II sus constituciones. Este reconocimiento Real, le puso a cubierto de los  dogmáticos y permitió su continuidad.

 

 

 

 

ESPAÑA EN EL REINADO DE CARLOS II

 

Como se ha dicho anteriormente, desde la claudicación de Westfalia en 1648, y cuando los Estados europeos intentan crear una política basada en el equilibrio de poderes, en España campea la corrupción en todos los ámbitos de su gobierno. La pérdida del ideal, los españoles ya no quieren nada, y ni siquiera quieren querer algo. Nunca hubo en un pais una visión tan clara del mecanismo de su decadencia y, al mismo tiempo, una incapacidad tan manifiesta para poner remedio a tal decadencia.

 

La época de Carlos II sería una de las más vergonzosas, si no la más vergonzosa, de los capítulos de la historia de España. Con una nobleza incapaz y cobarde, una sociedad pervertida, un ejército desmoralizado que solo cosecha derrotas, una economía catastrófica y una falta de visión política que afecta a la existencia de la propia monarquía como Estado.

 

Unas coplillas que se hicieron populares en el Madrid de 1691 nos dan idea de la debilidad política de este reinado:

“Ay de ti, España oprimida

     En tan liviano govierno

     Ay de ti, Reyno sin Rey

     Y, ay infeliz Rey sin reyno (sic)

 

España que había hecho gala de un proceso creador incommensurable en épocas anteriores, se ve abocada a la apatía. Es como si los españoles hubieran perdido, de pronto, toda su capacidad creadora. Ni en el campo del pensamiento, en donde las nuevas ideas de Hobbes y Locke están creando un nuevo concepto del Estado, ni en la literatura, ni en las artes y el derecho, hay un español con renombre.

 

Las causas primeras que llevan a España a esta situación de crisis y aislamiento intelectual, bien estudias por Marañón y López Piñero, son dos:

 

La primera, el descubrimiento y la posterior conquista de América que no sólo obliga a hacer un esfuerzo imponente en todos los sentidos, sino que además obliga a potenciar los saberes aplicados: la náutica, la ingeniería naval y militar, la cirugía, etc, en detrimento de las bellas artes y las ciencias puras.

 

La segunda razón, la Contrarreforma, aprobada en el Concilio de Trento que da los máximos poderes a la Inquisición, para el control de la formación de nuestros científicos, prohibiendo muchos libros, sobre todo los editados por la Universidad de Marburgo, fundada por Felipe de Hesse que encabezó la lista de príncipes rebeldes contra Carlos V, o los de la Universidad de Leiden controlada por los calvinistas, y en donde era profesor Franz de le Boé (Silvio).

 

Para poder darnos cuenta de la inestabilidad social que existía en la España de finales del XVII y, consiguientemente, la corrupción a que daba lugar en todos los estamentos y, en especial, en la medicina, nos servirá como ejemplo un largo proceso contra dos médicos fundadores de la Regia Sociedad Hispalense de Medicina.

 

Si el descrédito profesional no le vale a la medicina conservadora para terminar con los médicos “novatores” y las Sociedades fundadas por ellos, no le queda más remedio que el desprestigio personal de los mismos a través de denuncias ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

 

No olvidemos que durante el siglo XVII muchos de los médicos españoles eran judíos. Se decía de ellos que “quintaban” a los enfermos cristianos; o sea, que de cada cinco sacrificaban a uno. Por eso durante mucho tiempo todos los médicos estuvieron bajo el prejuicio “ex genere iudaerum”.

 

Al filo del siglo XVIII, Muñoz y Peralta publica su famoso “Escrutinio Phisico Médico de un peregrino especifico de las Calenturas Intermitentes  y otros Achaques, motivo de un libro que escribió el Doctor Joseph Colmenero, dignísimo Caedrático de Prima en la Insigne Universidad de Salamanca…Salamanca 1699”. El Doctor Colmenero llega a decir: “Que peca mortalmente quien usa de los polvos de la corteza de Quina.”

 

Pasa el tiempo, y en 1725, llega el Tribunal del Santo Oficio, una doble denuncia. En ella se decía, que Don Diego Matheos Zapata y Don Juan Muñoz y Peralta“seguían observando la ley mosaica”. El proceso contra estos dos médicos lo llevó el médico inquisitorial Don Francisco de Carvajal, natural de Llerena, en el cual escribe un Memorial en el que dice: …de la mala raíz de los médicos judaizantes, enemigos de los cristianos”. En 1730, tras cinco años de angustia, los dos médicos quedan libres, y se les restituye a sus cargos de Médicos de Cámara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Panorama político europeo en el Siglo XVIII, la Ilustración

 

Europa entra en el siglo XVIII con la configuración de los nuevos Estados Europeos Modernos, eso sí, con distintos regímenes políticos que configuran un gran arco, que va desde la Monarquía Absoluta de Francia hasta la Monarquía Parlamentaria de Inglaterra.

 

Las guerras que se han mantendio durante todo el siglo XVII, hasta llegar a esta configuración, han dejado una Europa devastada que necesita la recuperación inmediata para poder mantener este status quo. Sugieren los políticos europeos que debe primar un sistema en el cual sea la diplomacia la que resuelva todos los problemas que surjan entre los Estados. Con esta idea se acuña la expresión “Equilibrio europeo”.

 

Será en las negociaciones de las distintas potencias para poner fin a la Guerra de Sucesión española donde se haga firme esa política, la cual será refrendada en la Paz de Utrech. Este “Equilibrio Europeo” durará hasta la Guerra de Sucesión de Austria de 1740, en donde nuevamente se enfrentan las potencias europeas y que  terminará con la Paz de Aquisgrán de 1748.

 

Seguirá una época de paz hasta la Guerra de los Siete Años de 1756, entre Francia e Inglaterra, por el dominio de las colonias de Norteamérica; hasta que se suscriba la Paz de París de 1763.

 

La consecuencia de la Guerra de los Siete Años tuvo en la Europa Occidental unos efectos muy importantes para su futuro. La recuperación de la Hacienda Pública en Inglaterra y Francia exigía, ante todo, una mayor recaudación impositiva. Como el nuevo hecho del aumento de la presión fiscal no hubiera sido suficiente o no fuera posible, se acudió a la ampliación de la recaudación a nuevos sectores: Inglaterra pensó en los prósperos colonos de América y Francia en la nobleza y el clero. La negativa en ambos casos derivó hacia una discusión que supuso el germen de dos acontecimientos con los que se cierra la Ilustración: la Revolución Americana y la Revolución Francesa.

 

Los Estados que no eran  grandes potencias, y no podían influir en dicho “equilibrio europeo”, tuvieron que ir a remolque de la política que las grandes potencias dictaban. Esto es lo que ocurre en España cuando Luis XIV de Francia impone como sucesor de Carlos II a su nieto Felipe de Anjou, y se ratifica en el Tratado de Utrech por las otras grandes potencias. Consecuencia de este periodo pacifista fue la aparición en Europa de toda una doctrina en la que el hombre vuelve a sentirse seguro y a creerse capacitado para resolver, por sí solo, los problemas concretos de la existencia humana; y se despiertan en él las ganas de vivir en este mundo y de gozarlo. Todo será encaminado a la felicidad del ser humano. Estamos hablando de la Ilustración.

 

Pero el ilustrado se encuentra con un mundo ya ocupado por ideas e instituciones que no tiene fundamento racional, que son los prejuicios. Éste es el obstáculo mediato y directo de la Ilustración. El obstáculo mediato e indirecto es la base de dichos prejuicios: la tradición y la autoridad. Pero, la tradición y la autoridad con una visión amplia: la Monarquía, la Iglesia, las Ciencias, etc.

 

La Ilustración necesita a un rey Absoluto porque desconfía del pueblo, ya que éste “no tiene luces para poder gobernar”. Pero el origen del monarca ya no es un derecho divino, porque ese derecho no puede ser controlado por la razón. A la autoridad de la Iglesia, opone la Ilustración la luz de la razón.

 

A los seguidores de Descartes se les llamaba, en Francia y en España “libertinos” o “cartesianos” (por la transcripción al latín de Descartes en Cartessius), y en Inglaterra, “librepensadores”. Además, con el lema del “Despotismo ilustrado”, “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, hace que el Estado, encarnado en el Rey, atiende todos los menesteres necesarios para que el hombre pueda ser feliz: la educación, la sanidad, etc.

 

No es incumbencia de este trabajo realizar una exposición pormenorizada de la ilustración, pero creo que era necesaria esta pequeña exposición para poder entender la actitud del reinado de los Borbones y, consecuentemente, la repercusión de su política en lo que hemos llamado “novatores”.

 

Felipe V, a su llegada a España, quiere imponer la política absolutista de su abuelo Luis XIV: Centralismo del Estado, con la abolición de los Fueros (sólo respetó la del Pais Vasco, por la ayuda que le habían prestado los vascos contra los Austrias), prohibición del catalán como idioma cooficial, etc.

 

Pero, en el terreno que a nosotros nos interesa, en el científico, su postura centralizadora conlleva el control de las  Academias. Pone al frente de ellas, como presidentes, a sus asesores más íntimos (los Médicos Primarios de Cámara, en el caso de las Academias de Medicina).

 

En el caso de la Regia Sociedad Hispalense de Medicina, nombra presidente de la misma al Doctor Higgins, Médico de Cámara de los Reyes.

 

En el segundo matrimonio de Felipe V, con Isabel de Farnesio, acompaña al séquito de la Reina, el doctor Cervi, médico nacido y formado en la ciudad de Parma. Requerido por la Reina en 1717, se aposenta definitivamente en la Corte. De inmediato se le concede el título supremo de Consejero y Meritísimo Médico Primario del Rey y de la Reina.

 

Antes de los dos años se le nombra Protomédico de Castilla. Examinador Mayor y Presidente del Protomedicato, Protomédico General del Ejército de Cataluña y Supremo Protomédico de España.

 

Cervi se toma en serio sus cargos y, desde su gabinete, redacta reglamentos y ordenanzas, dejando en manos de los otros médicos de Cámara, entre ellos D. Juan Muños de Peralta, fundador de la Veneranda Tertulia Hispalense, y D. Diego Mateo Zapata, socio de la misma, el cuidado médico de los Reyes y los Infantes.

 

El Doctor Cervi, había sido admitido como socio de la Regia Sociedad Hispalense de Medicina, dos o tres años después de su llegada a España. Cuando cesa el Doctor Higgins como presidente, le corresponde el cargo a otro Médico Primario de Cámara del Rey, el doctor Suñol, como más antiguo médico de Cámara y de la Sociedad. Pero los socios, viendo mejores perspectivas en el Doctro Cervi, se saltan las reglas y le nombran presidente, con el añadido de perpetuo.

 

Polémicas médicas en el Siglo de las Fiebres

 

El período que comprende la segunda mitad del siglo XVII, y algo más de la mitad del siglo XVIII, y que conocemos como Pre-ilustración e Ilustración, se le ha intentado dar en la historia de la Medicina el nombre de “Siglo de las Fiebres” por los numerosísimos escritos y polémicas que suscitó el tema de las fiebres en estas fechas.

 

El libro de Don Félix Pacheco Ortiz entra a formar parte de esta larga cadena de réplicas y contrarréplicas de las que ya hemos hablado. El título, “Rayo de Luz Práctica”, resume las intenciones de los médicos progresistas de la época: la Luz de la Razón. No olvidemos que estamos en el Siglo de las Luces, y la práctica de la medicina al servicio del ser humano. El contenido del libro: la defensa a ultranza de su maestro Don Luis Enríquez, y el apoyo de una nueva hipótesis de base iatromecánico del Doctor Martín Martínez, y la refutación más radical a la réplica que hace el médico de Guadalupe, el Doctor Don Francisco Sanz con su libro “Medicina Práctica de Guadalupe”.

 

Debemos añadir que aunque se trate de una polémica sobre un tema puntual, en el fondo se trata de un enfrentamiento entre una nueva visión de la ciencia, apoyada en la Razón, y el conservadurismo de las instituciones, apoyado en los dogmas canónicos de Aristóteles y Galeno.

 

El porqué Don Félix Pacheco Ortiz defiende algunos puntos iatroquímicos de su maestro, próximos a los defendidos por el doctor Sanz, nos lo deja claro en su libro:

 

Según su maestro, “Fiebre es una fermentación preternatural de la sangre que frecuenta preternaturalmente el pulso. (…) El recentísimo Sanz, en abono de su definición en que (como queda dicho) conviene con los más de los Modernos, hasta omitir las circunstancias (que juzgo precisísima) de la alteración del pulso.”

 

A esto se le llama hilar fino. Han pasado algunos años, y la iatroquímica que fue la base de la sustentación de las hipótesis de los médicos progresistas, se ha venido abajo con la nueva Química de Boyle.

 

Don Luis Enríquez defendió en su época lo más novedoso, las Hipótesis de Willis y Silvio, y se enzarzó en una polémica con los dogmáticos en torno al tema, que comenzó y acabó como sigue:

 

En 1697, publica Don Salvador Leonardo de Flores un libro con el título “Método racional en la curación de las calenturas tercianas”, donde aconseja el uso de los polvos de la corteza de Quina, y eméticos antimoniales. Rápidamente, surge una cadena de escritos, unos apologéticos y otros refutatorios. Entre los segundos, uno del doctor López Cornejo, Catedrático de Prima de la Universidad de Sevilla, con el título de “Galeno Ilustrado”, en donde refuta el uso de medicamentos químicos, y en especial, el Antimonio, por gravemente perjudiciales.

 

La respuesta de Don Leonardo de Flores no se hace esperar, y publica el libro “Antiopología Médica”, en defensa de su tesis.

 

La polémica se alarga, apareciendo, como ya hemos dicho, escritos a favor y en contra, y algunos en verso, como el “Romance jocoserio a el Doctor Juan Barragán Fraile…en el que se responde a un papel en forma de carta pacífica, sacó a la luz el nombrado sujeto, contra el Doctor Alonso López Cornejo…compuesto por un afecto a la verdad”. Una de sus cuartetas dice así:

 

     “Es rara su habilidad

     y es sin exemplar el caso

     que juzgue a los vivos muertos

     y a los muertos crea sanos “

En 1708, Don Juan Muñoz y Peralta toma cartas en el asunto con su obra ”Respuesta piadosa al Doctor López Cornejo”

 

El Doctor López Cornejo, para quien la química es cosa demoníaca y herética, el Antimonio un veneno, lo misma que la Quina y el opio; no quiere saber nada de David Martinus de los Ácidos y los Álcalis, y llega a insultar a Don Salvador Leonardo de Flores, cosa que Muñoz y Peralta no perdona:

 

 

“Si persiste en su actitud y ataca a los socios, con esas indecentes voces, entonces no podrá la pluma detenerse.”

 

     Seguirán otras obras, hasta que en 1713 Don Luis Enriquez escribe su libro “Juicios sin pasión (:::) y escríbelas Don Luis Enriquez, médico de la Villa de Cazalla de la Sierra” Juan de la Puerta Sevilla.

 

Otra polémica que se hizo famosa en los medios científicos de finales del XVII y principios del XVIII, fue la de don José Lucas Casalete, quién ocupó una Cátedra en la Universidad de Zaragoza. Estableció una nueva teoría, de base iatroqímica, sobre el origen y el tratamiento de las fiebres, enfrentándose con los conceptos galénicos y, en especial, sobre el abuso en el empleo de la sangría. Rápidamente los catedráticos de Medicina de Salamanca, Alcalá, Valladolid, Valencia, Barcelona, Lérida y Huesca, calificaron sus teorías de “falsas, erróneas, temerarias, perenciosas para la salud pública, indignas de tan grave autor, absurdas… por ser opuestas a la Doctrina de Galeno.”

 

Fue defendido por Juanini en su nueva “Idea Física Natural” de 1685, en donde estudió, con buen criterio científico, las reacciones entre los Ácidos y los Álcalis. También fue defendido por Juan de Cabradia que, en su “Carta filosófica médicochymica” de 1687, contrapone la experiencia a la autoridad de los antiguos, ensalza el descubrimiento de la circulación de la sangre y, propugna una medicina con base iatroquímica.

 

Es de todo punto revelador del estado de los conocimientos médicos a principio del siglo XVIII, la contestación de Feijoo a una carta defensiva de la medicina del profesor Martín Martínez, que enseñaba Anatomía en el Hospital de Madrid. Dice así:

 

“Debería confiar el mundo en los médicos cuando estos desconfíen de si mismos. Entra el médico en el cuarto de un enfermo y a dos palabras de informe que le oye, empieza a hacer una descripción exacta de la enfermedad, averigua su esencia, deslinda sus causas, señala el foco, explora como se hace la fermentación, dónde y porqué conducto la excreción, explica el análisis de la materia pecante hasta determinar la configuración de las partículas que la componen, con otras mil cosas que omito, y todo esto con tanta confianza que si fuera para sus propios ojos perfectamente diáfano el cuerpo del doliente.

     La medicina es acreedora a que usted la ilustre con sus excelentes libros, prosiga Usted en purgar su arte de varios errores. Los demás médicos son lo únicamente de los hombres. Usted es médico de los hombres y es también médico de la Medicina.”

 

Dicha diatriba debió calar muy hondo en el espíritu científico del Doctor Martín Martínez, ya que poco después publica su “Medicia Scéptica”, en donde, su mismo título lo indica, adjura de todas las hipótesis esbozadas en la última mitad del siglo XVII, se hace seguidor de Syndeham y los sistemáticos, pero crea, como ellos, una medicina de base iatromecánica, recurriendo a Hipócrates, sobretodo a sus Aforismos, en muchas de sus páginas.

 

Del Doctor Martín Martínez sabemos que fue Médico de Cámara del rey y que, además de “Medicina Scéptica”, escribió los siguientes libros:

 

Anatomía completa, un tomo

Philosofia Scéptica

Cirugía Moderna, separada

Examen de Cirujanos

Torre de Medicina

Luz de verdades Cathólica

Luz de la fé y de la Ley

Vocabulario de Antonio Nebrija

Práctica de Rentas Reales añadida

 

Posiblemente quien mejor describa esta época de confusionismo por querer explicar toda la Medicina, con el sólo apoyo de la Razón, es el portugués Ribeiro Nunes de Sánchez (1699-1783). Discípulo de Boerhaave y médico de la Zarina Catalina II de Rusia, Ribeiro opina que, en la primera mitad del siglo XVIII, la medicina se encontraba en un estado de completa confusión por la obcecación de querer explicar las causas íntimas de las enfermedades, con tantas hipótesis o principios: galénicos, empíricos, árabes (Canon de Avicena), iatroquímicas e iatromecánicas, olvidándose de que la verdadera misión del médico es la curación o alivio del enfermo.

 

Debe llegar Syndeham y, poco después, los tres grandes sistemáticos, Boerhaave, Ernst y Hoffmann, para sacar a la medicina de ese marasmo de hipótesis, y hacer realidad una Medicina Práctica que ayude a la felicidad del ser humano, máximo desiratum de la Ilustración.

No pasa mucho tiempo desde la publicación de la “Medicina Scéptica” del Doctor Martínez, para que aparezca la réplica por parte de Don Francisco Sanz de Guadalupe en el libro intitulado“Medicina Práctica de Guadalupe. En Madrid: En la Imprenta de Domingo Fernández de Arrojo, Año de 1730.”

Una vez entablada la polémica, surgen otros libros apoyando o refutando las hipótesis de uno o de otro. Entre ellos está el Doctor Pacheco Ortiz “Rayos de Luz Práctica” en el que apoya las hipótesis de base iatromecánicas y escéptica del Dr. Martínez y critica la hipótesis del Dr. Sanz de Guadalupe de base iatroquímica y doctrina galenista.