Dic 192016
 

Francisco Barroso García* y Juan Pedro Recio Cuesta.

 

 Introducción: Los Cuesta, una saga de militares-guerrilleros

La comúnmente conocida como «guerrilla de los hermanos Cuesta» constituye un caso de estudio singular y paradigmático por su relevancia histórica no ya solamente en el marco de la Historia Contemporánea extremeña sino también en un contexto nacional. Y es que, los hermanos don Feliciano, don Francisco, don Félix y don Antonio Cuesta Jiménez, junto a don Fulgencio Cuesta Gallego –hijo de don Feliciano–, tomaron parte activa en tres de los más importantes conflictos bélicos que se sucedieron en la primera mitad del agitado siglo XIX: la Guerra de la Independencia (1808-1814), la pugna habida entre realistas y liberales durante el Trienio Liberal (1820-1823) y la Primera Guerra carlista (1833-1840).

Partiendo de esta premisa, este trabajo tiene como principal objetivo sacar a la luz su periplo vital durante la Primera Guerra carlista, periodo histórico en el que los Cuesta lucharon por la causa de don Carlos en tierras extremeñas y, actualmente, el menos conocido en lo que a su actuación e importancia se refiere. Para tal fin, vamos a analizar su participación en esta contienda, abordando los aspectos más importantes de la vida de estos militares que se convirtieron en unos de los más renombrados guerrilleros extremeños de la centuria del Ochocientos.

El solar originario de nuestros protagonistas se ubica a escasos kilómetros de Trujillo, más concretamente en Torrecillas de la Tiesa. En esta antigua villa, en las dos últimas décadas del siglo XVIII, nacieron los cuatro hermanos del matrimonio formado por Pedro Cuesta y Ana Jiménez. Don Feliciano Cuesta Jiménez, el mayor, nació en 1780; don Francisco, en 1782; don Félix en 1788 y don Antonio en 1794. Del matrimonio entre Feliciano Cuesta e Isabel Gallego, nació don Fulgencio Cuesta Gallego, ya en el siglo XIX, más concretamente en el año de 1802[1].

La importancia de los cuatro hermanos como militares se inició en la Guerra de la Independencia. En esta encrucijada histórica sobresalió, sin duda, la figura de don Feliciano Cuesta, quien se alzó como uno de los principales jefes de la guerrilla antifrancesa en tierras extremeñas, encabezando una serie de acciones –principalmente entre los años de 1810 y 1812– contra las bien pertrechadas tropas napoleónicas, siendo acompañado en la mayoría de ellas por sus hermanos Francisco, Félix y Antonio[2].

Casi una década después, tras el advenimiento del Trienio Liberal, don Feliciano y sus hermanos, no dudaron en volver a empuñar las armas para defender, esta vez, la causa realista y combatir en contra del sistema constitucional. Don Feliciano, fue uno de los principales conspiradores en tierras extremeñas y mantuvo, a su vez, contactos con importantes militares que también se adhirieron a las filas de la contrarrevolución[3]. En este período ya nos encontramos a don Fulgencio, hijo de don Feliciano, participando activamente dentro del bando realista, en la mayoría de las ocasiones a las órdenes de su progenitor. En 1822, con 20 años, ostentaba el empleo de Alférez y, durante este año y a lo largo de 1823, batalló contra los constitucionalistas no sólo en Extremadura sino también en espacios limítrofes como las dos Castillas[4].

Una vez repuesto en el Trono Fernando VII con plenos poderes, hasta el estallido de la Primera Guerra carlista, aun habiendo apoyado al Rey frente a los constitucionalistas y como sucedió con otros tantos militares, las prebendas no fueron las que esperaban los Cuesta por los servicios de sacrificio y entrega prestados a la causa realista. En este sentido, sobresale el caso de don Feliciano, quien, disconforme, recurrió a autoridades superiores, valiéndose de contactos de confianza, para demandar lo que creía justo por los servicios prestados. Esta insuficiente recompensa por parte del Rey bien pudo influir en su evolución posterior, al posicionarse sin reservas del lado del Infante don Carlos una vez se planteó el pleito dinástico, senda que también siguieron sus hermanos y su propio hijo.

Dicho lo anterior y antes de centrarnos en el tema que en este texto nos ocupará, estimamos necesario aclarar que, si bien, como acabamos de señalar, fueron cuatro los hermanos que destacaron como militares, en las líneas que siguen nos vamos a centrar, principalmente, en tres de ellos –Feliciano, Francisco y Félix– y en el hijo de don Feliciano –Fulgencio–. Las figuras de don Feliciano y de don Francisco, las vamos a tratar de manera conjunta puesto que ambos formaron parte de la misma guerrilla. Como iremos viendo, don Francisco siempre actuó bajo las órdenes de su hermano don Feliciano durante el conflicto carlista. Por su parte, el cuarto de los hermanos, don Antonio, aunque no lo vamos a tratar específicamente en este texto, puesto que no adquirió la misma relevancia que sus familiares, sí estimamos conveniente mencionar que su carrera en el Ejército comenzó en junio de 1810 como soldado raso –cuando aún no había cumplido los 16 años– y que también tomó las armas por don Carlos en 1836[5].

  1. Los Cuesta, defensores del carlismo en tierras extremeñas: su participación en la Primera Guerra carlista (1833-1840)

Tras la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833 daba comienzo la Primera Guerra carlista, un conflicto que ya venía gestándose desde meses atrás. A partir de este momento, hasta mediados de 1840, carlistas e isabelinos sostuvieron una lucha encarnizada que afectó, en mayor o menor medida, a todos los territorios de la geografía española. Extremadura no quedó al margen de esta guerra civil –en la que no solo se dirimió el pleito dinástico, sino también cuestiones de mayor calado– y, durante casi más de estos siete años, proliferaron toda una serie de guerrillas, existieron destacables apoyos sociales al carlismo y las instituciones dependientes del incipiente Estado liberal, que por aquellos años comenzaba a dar sus primeros e inciertos pasos, se tuvieron que afanar para mantener a nuestra región leal a Isabel II[6].

En la lucha de guerra de guerrillas, que fue adoptada por los partidarios de don Carlos en muchos territorios de España –al quedar prácticamente todo el Ejército regular en manos de los isabelinos–, sobresalieron notables militares a lo largo y ancho de la Península. En el caso extremeño, merece especial atención la saga de los Cuesta, hombres ya curtidos en la milicia que no tardaron en mostrar abiertamente sus simpatías por el Infante como pasamos a ver, detalladamente, a continuación.

II.I. Don Feliciano Cuesta, jefe de guerrilla, primer alzado en Extremadura en favor de don Carlos

El periplo de don Feliciano Cuesta como jefe guerrillero carlista comenzó en enero de 1834. Desde el primer momento en que se posicionó en favor de la causa de don Carlos, le acompañó su hermano Francisco. Así pues, hasta el fatal desenlace que, como veremos, ocurrió en julio de 1834, encontramos a ambos en las diferentes acciones y movimientos que llevó a cabo su guerrilla, la cual comenzó a operar en territorio cacereño a finales del ya citado mes de enero de 1834.

Más concretamente, su primera acción, que fue planeada en Deleitosa la noche anterior, tuvo lugar el día 23 en su tierra natal, cuando interceptaron el correo que iba hacia Madrid entre los pueblos de Jaraicejo y Almaraz, hecho que hizo salir una partida de caballería de Milicia Urbana desde Cáceres “con motivo de la aparición de los que se llaman Cuestas y de otros seis considerados como revolucionarios en tierras de Trujillo”[7], pero que nada pudo hacer, pues fue imposible dar con los carlistas, y regresó a Cáceres esa misma noche. En efecto, las informaciones que habían llegado al Ayuntamiento cacereño eran exactas y don Feliciano Cuesta, comandante en jefe de la partida y Teniente Coronel de Caballería, era acompañado por su inseparable hermano y Teniente Francisco Cuesta, por el también Teniente retirado Diego Rey, por Ramón Cuesta –su sobrino–, por Francisco Muñoz, de Berzocana, por Leoncio Gómez, de Trujillo, y por Francisco Torres.

Don José Ramón Rodil, en calidad de Capitán General de Extremadura, en cuanto tuvo noticia de esta acción de Cuesta, circuló desde Ciudad Rodrigo, ya el 1 de febrero, un tajante bando en el que hacía públicos los nombres de los integrantes de la partida carlista, advirtiendo a la población civil que “toda persona que auxilie á los arriba espresados, o que tenga trato y comunicacion con ellos será reputada tal delincuente en el espresado delito, y arrestada y sumariada para imponerle el castigo prefijado por las leyes”, prometiendo además jugosas recompensas para su captura al hacer el llamamiento que sigue

“El individuo ó individuos, sean del ejército, milicianos urbanos, ó paisanos que presentaren al precitado Feliciano Cuesta, serán gratificados con 100 duros, por cada uno de los dos ex-tenientes retirados arriba mencionados 50, y por cualquiera de los otros nombrados 25: cuya cantidad será religiosamente entregada y abonado por el señor comandante general del partido á quien se presente cualquiera de los criminales antedichos”[8].

Así, pocos días después de su levantamiento, las cabezas de los hermanos Cuesta y de los demás hombres de su partida, ya tenían puestas precio.

Posicionados ya abiertamente del lado de don Carlos, resulta significativo que, también a finales de este mes de enero, hallemos dos escritos firmados por el propio reclamante a la Corona que estimamos de enorme interés. En uno de ellos, fechado el 29 de enero de 1834, don Carlos, desde el Palacio de la localidad portuguesa de Vila Real, llamaba a los extremeños a tomar partido por su causa y a defender sus derechos al Trono[9]. El otro, con fecha de 30 de enero, también otorgado desde el mismo enclave portugués,  iba destinado a la persona de don Feliciano Cuesta y en el mismo le dirige las siguientes palabras que, por su interés, reproducimos íntegramente a continuación:

 

“Conociendo tu adhesión a mi legítima causa, tu decisión y valor, y la de algunos otros oficiales para defender los indispensables derechos que me pertenecen a el [sic] Trono español, te autorizo para que en mi Real nombre: pongas sobre las armas partidas de esforzados y valientes españoles que hostilicen de todos modos hasta que yo ocupe el Solio en pacífica posesión. Vuestra prudencia lo ha de arreglar esto atendido, el terreno y las demás circunstancias; podréis ocupar todos los caudales e intereses pertenecientes á el Real Erario, dando los recibos correspondientes y lo mismo de las sumas que os prestaren, que yo satisfaré, destinándolo todo á el equipo, sueldos y demás necesario a el objeto de la guerra: haréis requisición de armas y caballos dando los mismos recibos: interceptaréis todos los correos, postas, comunicaciones, y especialmente aquellas que se dirijan á la Corte. Estableceréis los Ayuntamientos y justicias que existían en 1832: tendréis presente el decreto que he mandado publicar, fecha 24 de octubre de este año [sic], y lo ejecutaréis en la parte que os toca, dándole también toda publicidad. Tendréis un fin y un espíritu, y removeréis toda etiqueta que destruya los mejores proyectos, sofocando todo resentimiento entre vosotros, pues que esta es mi Soberana voluntad. En fin, obraréis con fuerza, valor y prudencia.

Palacio de Villa Real 30 de enero de 1834. Yo el Rey. A Don Feliciano Cuesta. Es copia del original que obra en mi poder. Feliciano Cuesta”[10]

 

Con estas órdenes que le hacía llegar don Carlos, no cabe duda de que don Feliciano Cuesta pasaba a ser uno de sus hombres de confianza en Extremadura para luchar por su causa, pues le concedía amplias facultades tal y como figura en el decreto.

Aunque acosado desde el primer momento tanto él como sus hombres, el jefe de guerrilla trató de aumentar sus filas y lo hizo actuando en su tierra natal, donde bien lo conocían. Así, a principios del mes de febrero consiguió su objetivo: asaltó un convoy que conducía a unos presos hacia Cáceres que había enviado “el comandante de armas de Jaraicejo por haberle parecido sospechosos”[11]. Entre ellos estaban Juan Vicente Rebollo, natural de Jaraicejo y avecindado en Trujillo, quien ya levantaba sospechas por sus relaciones[12], y tres individuos más, dos de los cuales se aseguraba que eran “personas de alguna importancia procedentes de Madrid”. De este modo, el número de integrantes de la partida de Cuesta ya ascendía, siguiendo este relato, a once hombres a pie, número que fue en aumento, como veremos, en los meses posteriores.

Durante marzo, su guerrilla siguió moviéndose por el sur y el este de la provincia cacereña a pesar de la sostenida persecución que sobre ella practicaban las fuerzas leales a Isabel II. A principios de este mes, más concretamente el día 4, don Feliciano, quien tenía ya a sus órdenes a una treintena de hombres, recorría su tierra natal y llegó a penetrar en los pueblos de Madroñera, Conquista de la Sierra, Zorita, Alcollarín y Abertura, de los cuales sustrajo algunos caballos, armas y el dinero de sus estancos. Noticiosos los liberales de estos movimientos, de Cáceres salieron en su persecución varias partidas de infantería del regimiento de la Reina y otra de caballería de Milicia Urbana, efectivos a los que se unieron los urbanos de Montánchez[13]. Cuesta, sirviéndose de las confidencias de algunos lugareños, para despistar a los liberales de Cáceres y Montánchez que habían salido en su búsqueda, decidió dividir su guerrilla y dejó a algunos de sus hombres a cargo de Juan Vicente Rebollo. Pero esta estratagema de poco le sirvió al jefe de la partida, ya que el día 7 los isabelinos estaban muy cerca de sus pasos y tenían conocimiento exacto de que los carlistas andaban repartidos en diferentes puntos de las montuosas inmediaciones de Carrascalejo (de la Jara) y fue en la garganta de Descuernacabras donde les sorprendieron. En la refriega, estando los liberales mandados por don Rafael Rute, ayudante del regimiento de caballería de la Reina, hicieron presos a cuatro carlistas y cogieron un caballo que montaba el mismo Cuesta así como varias armas y otros efectos[14]. De resultas de esta acción, en la que don Feliciano también resultó herido, el 11 de marzo llegaron a Trujillo varios de sus hombres que habían sido apresados en esta jornada y en las posteriores. Como consecuencia de sus declaraciones, y bajo la acusación de cómplices de la partida carlista, se arrestó a don Antonio Ramos y don Cirilo Tega, ambos ex-comandantes del cuerpo de Voluntarios Realistas, a don José Álvarez, hacendado, y a Vicente Salmas, quien se encargaba de reclutar personas para la guerrilla[15].

Tras este descalabro, tanto don Feliciano como su hermano don Francisco, se vieron obligados a mudar sus posiciones y el 8 de marzo se presentaron en el pueblo de Castilblanco, siendo acompañados por 17 hombres montados a caballo. Allí pidieron 18 panes, 6 fanegas de cebada y también aprovecharon para herrar a tres de los equinos. Tras obtener lo requerido, dejaron tres recibos rubricados por don Juan Sánchez, lugarteniente de don Feliciano, con el visto bueno de don Francisco Cuesta, en cumplimiento de lo dispuesto en el decreto que, como hemos visto, les hizo llegar don Carlos[16].

Avanzando en el recorrido por lo sucedido en el mes de marzo, Cuesta se repuso pronto del revés sufrido en las inmediaciones de Carrascalejo y en menos de una semana recorría ya diferentes espacios de la comarca del Campo Arañuelo. En este contexto, la proximidad de don Manuel Adame de la Pedrada (“El Locho”) levantó temores entre las autoridades isabelinas, las cuales sospechaban que iba a reunirse con los Cuesta, cosa que no sucedió finalmente ya que la guerrilla de este cabecilla manchego –compuesta por 500 efectivos– fue puesta en dispersión cuando se encontraba en Alcolea del Tajo, pueblo toledano muy próximo a la frontera con Extremadura[17]. No llegándose a materializar esta unión entre las fuerzas de ambos militares carlistas, la presencia de la guerrilla de los hermanos Cuesta en el Campo Arañuelo –la cual estaba formada por 27 hombres a caballo, bien armados y uniformados–, sí produjo la alerta en la zona, especialmente en el pueblo de Navalmoral de la Mata, pues sus autoridades tenían conocimiento de que la guerrilla capitaneada por el de Torrecillas de la Tiesa planeaba entrar bien en aquel pueblo o bien en alguno de sus inmediaciones para hacerse con recursos. Y así fue, ya que el 15 de marzo, cuando eran poco más de las ocho de la tarde, seis carlistas se presentaron ante las puertas de Navalmoral. No obstante, no fueron muy bien recibidos, ya que el Alcalde, sin tiempo para reunirse con los demás miembros del Ayuntamiento, tras varios toques de campana convocó a un considerable número de vecinos, los cuales se presentaron con palos, piedras, solicitando armas para defender el pueblo y fueron divididos en tres pequeñas partidas que se situaron en diferentes puntos del mismo. La avanzadilla carlista, viendo la intención del vecindario dispuesto a defenderse, retrocedió y junto a los demás miembros de la partida desistieron de su empeño. Una vez ya asegurada la tranquilidad, la autoridad morala ordenó a los vecinos, que tan decidida respuesta habían dado, que volvieran a sus hogares[18] .

Este nuevo descalabro así como el incesante acoso que sufría su partida, llevó a don Feliciano y a algunos de sus hombres a variar sus planteamientos, optando finalmente por marchar a territorio portugués. Allí permanecieron la práctica totalidad del mes de abril, muy cerca de la estructura carlista creada alrededor de don Carlos, pues con 20 de sus hombres pasó un tiempo en Vimieiro y, según los liberales, también se reunió con el general carlista don Vicente González Moreno, quien había mandado llamar a los jefes carlistas del sur del Tajo en Avís para una reunión que contó con la presencia de otros 170 hombres, ostentando el rango de oficial la mayor parte de ellos[19]. Mientras don Feliciano Cuesta permanecía en Portugal, en territorio cacereño quedó a una decena de sus partidarios a las órdenes de Juan Vicente Rebollo y éstos siguieron llevando a cabo acciones, si bien de muy baja intensidad, tales como el robo de caballos para moverse con mayor presteza[20].

Con la llegada de mayo de 1834, don Feliciano regresó de su estancia temporal en el vecino Reino luso y, en este mes, cabe destacar el episodio que protagonizó en Casas de Don Antonio y sus alrededores. Cuesta se internó en dicho núcleo la tarde del 7 de mayo, ya contando con una fuerza que ascendía a 50 hombres armados, y aquí, a la voz de viva Carlos V, los carlistas saquearon la casa del Alcalde. A la salida de este núcleo, don Feliciano y sus hombres se toparon con un pequeño grupo de milicianos urbanos de Torremocha, que resultaron muertos tras entablarse una pequeña refriega[21]. Enterados los liberales de este desgraciado hecho para sus armas y para su causa, emprendieron una feroz persecución en la que intervinieron los urbanos de Alcuéscar y Montánchez, dirigidos por el brigadier don Diego Pacheco, a los que se sumó otra columna que salió de Cáceres. Localizados los carlistas y dispuestos éstos a hacer frente al enemigo liberal, el 8 de mayo a las 9 de la mañana se entabló combate, teniendo lugar la conocida como acción de la Era, desarrollada en el puerto de Carmonita, de la cual no salió muy bien parado Cuesta, pues la carga que le practicaron dichos urbanos en combinación, dejó “en el campo siete muertos, y en poder de los valientes [urbanos] seis prisioneros, entre ellos dos heridos, catorce caballos, cuatro mulas, ocho lanzas y otras muchas armas y efectos”[22]. Don Feliciano Cuesta, evadiéndose como bien pudo del fuego y de las cargas de caballería de los urbanos, consiguió huir con 20 de sus hombres, entre los que se encontraba su inseparable hermano Francisco, hacia un lugar más seguro para él como eran las serranías próximas a Deleitosa. Pese a la persecución que siguieron haciendo los urbanos, a la que se sumó otro pequeño grupo de Trujillo, no tuvieron rastro de él ni de sus hombres, aunque sí recogieron algunos caballos, lanzas y monturas que había dejado abandonadas en la dehesa de la Recachona, cerca de Deleitosa[23].

Sin duda, esta acción supuso un verdadero golpe del que la guerrilla de Cuesta, como veremos, no se llegaría a recuperar. No obstante, pese a estar su partida notablemente diezmada de efectivos humanos y careciendo de caballos y pertrechos, prosiguió sus correrías, principalmente ejecutando acciones de sabotaje. Así, ya ligeramente repuesto de la gran pérdida que había sufrido, el 18 de mayo asaltó el correo que iba desde la Corte hacia Cáceres, “haciendo uso de las facultades que le ha concedido su rei y señor Carlos V”[24]. Del mismo modo, para paliar la carencia material en la que se hallaba, intentó hacerse con suministros, lo que consiguió en la Barca de Almaraz, de donde extrajo la cantidad de 1.250 reales, tres escopetas y todo el comestible que encontró. Después de realizar esta acción, se dirigió hacia Casas del Puerto (hoy Casas de Miravete), con la intención de tomar el camino hacia Portugal, pues ciertamente se creía en peligro y no era para menos ya que andaban en su búsqueda “cosa de trescientos hombres por las sierras de Fresnedoso y Castañar de Ibor”[25].

A partir de este momento, la persecución sobre su partida se intensificó de manera notable, pues, habiendo recibido un severo revés, las autoridades isabelinas bien sabían que era el momento más propicio para la captura del cabecilla carlista cacereño y sus hombres. Así, el mes de junio de 1834 comenzaba con la movilización de una fuerza combinada, formada por la Milicia Urbana de diferentes núcleos como Cáceres, Montánchez, Torremocha y el Casar de Cáceres con el objetivo del “exterminio del faccioso Cuesta”[26].

Por su parte, desde la Capitanía General, Rodil, que tras la finalización de la guerra civil portuguesa no tardaría en marchar al Norte de España para hacer frente al, por aquel entonces, imparable don Tomás de Zumalacárregui, dejó encargada la persecución de Cuesta a personal de su absoluta confianza, pues le interesaba sobremanera su captura. Así, comisionó al coronel don Nicolás Salvador Enrile, quien se valdría de las fuerzas de la Comandancia general de la provincia de Cáceres, de efectivos del regimiento provincial de Málaga y de integrantes de las recién creadas Compañías de Seguridad[27].

Las citadas fuerzas, actuando en combinación, no descansaron durante este mes de junio, llevando a cabo batidas por las serranías de Deleitosa o por las amplias tierras de Trujillo, sabedores los liberales de que esas eran las guaridas naturales y el territorio en el que podían encontrar a don Feliciano Cuesta y sus hombres.

Y esta contumaz persecución, para desgracia de los carlistas, iba a dar sus frutos en el mes de julio. Intentando huir de este infatigable acoso al que estaban siendo sometidos, don Feliciano y un puñado de sus hombres decidieron marchar hacia Portugal. Teniendo sus adversarios noticias de sus movimientos, enseguida se comunicó a las justicias de pueblos como Villar del Rey, Puebla de Obando, Alburquerque, La Roca o San Vicente de Alcántara, que extremaran la vigilancia por si penetraban en sus respectivas jurisdicciones. Y, en efecto, así fue, ya que en la tarde del día 12 de julio, en término de Villar del Rey, se aprehendió a don Feliciano Cuesta, quien iba acompañado por su hermano don Francisco, por su sobrino, Ramón Cuesta, por don Diego Rey y por Gerónimo Rodríguez[28]. Cuando el cabecilla vio que no tenía escapatoria, entregó su arma a los isabelinos, no sin antes besarla, haciendo lo propio “sus compañeros sin la menor resistencia”[29]. Inmediatamente, todos ellos quedaron presos aquella noche en la cárcel de Villar del Rey. Al día siguiente, el 13 de julio, fueron conducidos hacia Badajoz, donde fueron recibidos con gran expectación por parte de los pacenses, que se arremolinaban en los alrededores de la Puerta de Palmas, y por 200 efectivos de infantería de Milicia Urbana que velaban por mantener la tranquilidad pública. En la capital badajocense permanecieron hasta que el día 20 tuvo lugar un consejo de guerra –abierto al público– en el que fueron juzgados. El presidente de la Comisión Militar Ejecutiva de Extremadura, órgano establecido en esta plaza, solicitó desde el primer momento la pena de muerte[30]. La defensa de la acusación no consiguió siquiera rebajar el castigo, ya que, tres jornadas después, el 23 de julio, fueron pasados por las armas tres de los cinco detenidos, estando entre ellos don Feliciano Cuesta, su hermano don Francisco y don Diego Rey[31], tal y como informaba este mismo día, desde Badajoz, don Manuel de Latre, Subdelegado Principal de Fomento de la provincia.

Compartiendo plenamente lo ya expuesto por autores que han narrado el triste final de Cuesta, su muerte fue “de una manera innoble […] para alguien que por su entrega y condición militar hubiera merecido otro trato”[32].

Muerto el alma máter, el cabecilla, los restos de su partida que habían permanecido en territorio extremeño, de resultas de la letal persecución dirigida por el coronel Enrile, estaban en auténtica dispersión. Así, en tierras de Trujillo fue fusilado el teniente retirado don Alfonso Izquierdo[33]. De este mismo destino pudo escapar el postillón Francisco Barbado, quien, con el paso de los años daría que hablar al ponerse al frente de una partida más numérica y activa, lo mismo que, por otra parte, sucedería con otros integrantes de la partida de Cuesta que lograron huir de este implacable hostigamiento[34], que bien siguieron integrados en partidas carlistas de La Mancha o más adelante se convertirían en auténticos jefes de guerrilla, caso de don Rafael Pulido, vecino de Deleitosa, de don Juan Sánchez[35], de Abertura, o de don Félix Cuesta, el tercer hermano de los ya muertos don Feliciano y don Francisco Cuesta, quien va a ser nuestro protagonista en las líneas que a continuación siguen.

II.II. Don Félix Cuesta y el resurgir de la guerrilla en Extremadura

Tras el asesinato de Feliciano y Francisco, Félix, debió permanecer un tiempo al margen de toda actividad subversiva por temor a las duras represalias que las fuerzas isabelinas pudieran cometer sobre su persona. Por sus antecedentes políticos y militares, sus movimientos debieron ser vigilados muy de cerca. Además, el hecho de perder a dos de sus hermanos de forma tan trágica, debió de suponer un episodio de lo más traumático para su vida.

Así, durante el segundo semestre de 1834, en todo el año de 1835 y en los primeros meses de 1836, no encontramos referencias suyas, sino que hay que esperar hasta mediados de octubre de 1836, momento en el que se presentó a servir en las filas carlistas, saliendo así de su retiro militar, situación en la cual se encontraba desde 1827[36]. Su decisión de pronunciarse abiertamente y tomar las armas por don Carlos, a buen seguro, fue muy meditada por la coyuntura que se vivía en aquel contexto, pues a finales de este mes de octubre de 1836, arribó a tierras extremeñas la expedición militar carlista comandada por don Miguel Gómez Damas. Después de recorrer diversas provincias de la Península desde su salida de tierras alavesas en junio de este año, llegaba a Extremadura el mayor contingente militar –compuesto por unos 12.000 efectivos– que pisó el suelo de la región en los casi más de siete años que duró el conflicto. Su estancia insufló ánimos a los carlistas extremeños, puso en jaque a las autoridades isabelinas –se llegó incluso a declarar el Estado de Guerra– y la expedición, con el General Gómez Damas a la cabeza, transitó por diferentes enclaves de las provincias de Cáceres y Badajoz. Lo significativo para nosotros es que durante su permanencia en la capital cacereña, más concretamente el 31 de octubre de 1836, el General carlista jiennense confirmó a don Félix Cuesta el grado de Capitán y además le autorizó como jefe de guerrilla, quedando bajo su mando “unos 500 hombres del país y algunos caballos”[37].

A partir de este mismo momento comenzó el protagonismo del tercer hermano como jefe guerrillero. Estando aún la expedición carlista en suelo extremeño, don Félix Cuesta se movió por el extremo más oriental de la provincia pacense. Junto con otros cabecillas carlistas extremeños y manchegos, acompañó al general don Ramón Cabrera y a don José Miralles, “el Serrador”, en su internación hacia La Mancha. Ambos se habían separado de la expedición de Gómez, pues así se había decidido días antes, y, en su camino hacia Aragón, pasaron por Siruela el día 7 de noviembre. Habiendo ya abandonado Extremadura el contingente militar carlista, durante noviembre, más concretamente los días 10 y 11, y con el también jefe guerrillero extremeño don Juan Sánchez, recorría los alrededores de Siruela, entrando en núcleos de la provincia pacense como Tamurejo, Peñalsordo, Talarrubias, y de la vecina provincia de Toledo, como Agudo, con el fin de reclutar personas para la guerrilla y obtener recursos (dinero, alimentos o caballos)[38]. A mediados de mes, Cuesta y otros cabecillas carlistas extremeños, entraban en Orellana la Vieja[39]. Pocos días después, tuvo lugar una acción desfavorable para Cuesta y sus acompañantes en las inmediaciones de Herrera del Duque. En ella, acometidos por una partida formada por milicianos nacionales de Mérida, Llerena y Almendralejo que llevaban días siguiendo su rastro, perecieron siete carlistas, dos fueron heridos y diecinueve capturados. Además, quedó en poder de los isabelinos equipajes y munición que portaba la partida en la que se encontraba don Félix Cuesta[40].

Ya en diciembre, más concretamente el día 9, don Félix Cuesta, actuando en combinación con el cabecilla manchego don Juan Vicente Rugeros –alias “Palillos”–, entraba en Siruela. Esta fuerza reunida de ambos jefes, se hizo con gran cantidad de dinero y toda clase de víveres, entre los que se incluían, como anécdota, las cecinas de las matanzas de los lugareños[41]. El día 10, y sumándose a la fuerza carlista el cabecilla extremeño Sánchez, se dirigieron hacia Talarrubias mandando más de 300 efectivos de caballería y en los alrededores del citado núcleo lograron repeler exitosamente un ataque de la caballería liberal, haciendo prisionero al jefe de la misma[42].

Por lo que respecta a 1837, apuntar que este año fue, en su conjunto, el de mayor presión y actividad de los carlistas en la región y, por ende, el de mayor dificultad para las autoridades gubernamentales isabelinas que vieron con impotencia la impunidad con la que actuaban por grandes espacios de Extremadura un número muy amplio de partidas, las cuales habían incrementado notablemente sus efectivos tras el paso de la expedición del General Gómez[43]. En este contexto, don Félix Cuesta seguía moviéndose de manera itinerante, y con cierta facilidad, entre Castilla La Mancha y Extremadura, pues la línea defensiva establecida en la frontera manchega por los isabelinos, se había derrumbado completamente como consecuencia del continuo empuje de las guerrillas. Junto con otros militares carlistas, fue muy activo en ambas demarcaciones, motivo por el que fue recompensado por don Carlos, siendo ascendido al empleo de Jefe del Primer Escuadrón de Voluntarios de Toledo. Además, en marzo, por Real Orden, se le concedió el grado de Coronel de caballería[44], pues así se lo comunicaba con fecha 15 de abril de 1837 don José Jara y García, Comandante General del Ejército carlista en La Mancha y Toledo y persona con quien Félix mantenía una estrecha amistad.

Hasta que finalizó este año, siguió actuando, principalmente, en el extremo oriental de la provincia cacereña (comarcas de Las Villuercas o Campo Arañuelo) y, debido tanto a sus acciones como a las de otros cabecillas, en el mes de agosto la Diputación de Cáceres decidió elevar una exposición a la Reina Gobernadora en la que detallaba el lamentable estado en el que se encontraba la provincia y en la que solicitaba auxilio urgente del Gobierno para poner freno a las acciones de las guerrillas carlistas[45]. En el último trimestre de 1837, meses en los que la situación no mejoró para el bando isabelino en el conjunto de la región, muy seguramente estuvo presente en las inmediaciones de Alía y Guadalupe, pues esta zona cayó en manos de los partidarios de don Carlos, quienes llegaron a poner en marcha, incluso, una Academia militar para instruir a las guerrillas.

En suelo extremeño, el año de 1838 comenzaba con pequeños progresos para los isabelinos, perdiendo los carlistas, a finales de enero, los enclaves privilegiados de Alía, Guadalupe y sus alrededores. No obstante, un nuevo peligro para los partidarios de Isabel II se avecinaba por los confines de Extremadura con La Mancha: la expedición carlista comandada por el militar riojano don Basilio Antonio García[46]. La misma, que en los meses de enero y febrero recorrió grandes espacios de las provincias de Cuenca, Ciudad Real o Toledo siendo vivamente hostigada por diferentes columnas liberales, entró en Extremadura a finales de marzo, permaneciendo en núcleos como Siruela o Herrera del Duque. Debido a su continua persecución por parte tanto de las fuerzas liberales extremeñas como de otras columnas mandadas por don Ramón Pardiñas, don Francisco Javier Azpiroz o don Jorge Flinter, el contingente militar carlista se vio obligado, nuevamente, a internarse en territorio castellanomanchego. En este contexto, los partidarios de don Carlos trazaron un nuevo plan: dirigirse hacia Castilla la Vieja para unirse a otra expedición carlista que había salido de las provincias del Norte a mediados de marzo, como era la dirigida por don Ignacio de Negri y Mendizábal, más conocido como el Conde de Negri. Fijado este nuevo objetivo, ya en abril, don Basilio y sus hombres se establecieron en la comarca de la Jara toledana. Y fue aquí donde se unió a la expedición carlista don Félix Cuesta, quien estuvo enrolado en la misma hasta el 3 de mayo de 1838, jornada en la cual –tras transitar por espacios de la provincia cacereña como Navalmoral y Peraleda de la Mata o los valles del Tiétar o La Vera– fue dispersada en la villa salmantina de Béjar. Este día, la división de don Ramón Pardiñas cogió por sorpresa a la expedición y el número de carlistas presos ascendió a más de 600.

Entre este elevado número de prisioneros se encontraba también nuestro protagonista, don Félix Cuesta, quien cayó herido en esta jornada, motivo por el cual pasó un tiempo en el hospital[47]. Seguidamente, fue conducido a Badajoz, donde permaneció preso “hasta mucho después de terminada la guerra civil”[48]. Tras su puesta en libertad, fue obligado a residir en Sevilla hasta 1843, lejos de su hogar, medida a la que muy a menudo fueron sometidos los carlistas con el fin de evitar que, por sus antecedentes, volvieran a tomar las armas por don Carlos. Es significativo destacar también que, una vez firmado el Convenio de Vergara (31 de agosto de 1839), no se acogió al mismo[49] y, por lo tanto, no se pudo beneficiar de las ventajas que de esa decisión le hubieran derivado, quedando como militar retirado de todo empleo y destino.

Por último, mientras Félix se encontraba recluido en Badajoz, los liberales siguieron persiguiendo incesantemente, y sin piedad, a los miembros de su familia que, siguiendo su senda, también se habían posicionado en favor de don Carlos. En este sentido, ya en febrero de 1840, cuando la guerra aún seguía activa en los frentes de Aragón, Cataluña o Valencia pero prácticamente sofocada en los demás puntos de la geografía peninsular, en el pueblo cacereño de Romangordo la tragedia, una vez más, se volvía a cebar de la manera más macabra posible sobre la familia: uno de los hijos de don Félix, don Nicolás Cuesta, fue asesinado por “faccioso” cuando, intentando escapar de la persecución a la que era sometido, se hallaba escondido en una casa del citado pueblo[50].

Este luctuoso hecho, al que debemos sumar la trágica pérdida de dos de sus hermanos y también de su sobrino carnal –como a continuación veremos–, a buen seguro hizo reafirmarse aún más si cabe a don Félix en sus convicciones, pues en los años sucesivos, siguió abrazando la causa carlista y sus movimientos fueron vigilados celosamente por los isabelinos cuando, tras su puesta en libertad y su estancia temporal en Sevilla, volvió a instalarse en su tierra natal.

II.III. Don Fulgencio Cuesta: de Extremadura al Frente del Norte

En el momento en el que fue asesinado don Feliciano Cuesta, su padre –julio de 1834–, don Fulgencio contaba con 32 años. Por aquel entonces, ya tenía a sus espaldas una notable experiencia como militar, pues en el Trienio Liberal, como su padre y sus tíos, participó en diferentes acciones contra los constitucionalistas. En lo que se refiere a la Primera Guerra carlista, bien fuera por convicciones o bien por desagraviar la muerte de su progenitor, tardó poco en pronunciarse por don Carlos y se enroló en las filas carlistas del Ejército del Norte. Así, al menor de esta saga de militares lo hallamos actuando en territorios como Cataluña, Aragón o las provincias vascas entre 1835 y 1838.

En 1835, su firma aparece reflejada en un recibo que fue incautado a unos jefes de guerrilla en Capellades[51] (provincia de Barcelona), por lo que, intuimos, bien debió de mantener conexiones con algunos cabecillas carlistas de aquel territorio o bien permaneció actuando algún tiempo en tierras catalanas.

En 1836, poseía el grado de Capitán de caballería en el Escuadrón Expedicionario de Aragón y tenemos constancia documental de que elevó una solicitud a instancias militares superiores para ser ascendido de grado. A raíz de esta petición, y “en vista de los servicios y padecimientos del exponente, así como el ser en su Escuadrón el más antiguo de su clase”[52], se le consideraba acreedor del grado de Teniente Coronel.

En 1837, mientras que su tío Félix actuaba como jefe guerrillero en Extremadura, don Fulgencio ya tenía confirmado el empleo de Capitán graduado de Teniente Coronel y continuaba enrolado en el Escuadrón Expedicionario de Aragón. A lo largo de este año, por su entrega a la causa carlista, se le volvió a premiar con ascensos dentro del escalafón militar. En febrero de dicho año, en un escrito firmado por el Conde del Prado y dirigido al Ministro de la Guerra, se señalaban los méritos de don Fulgencio y que a él se debía “la excelente conducta que siempre observó el Escuadrón Expedicionario [de Aragón]”[53]. Tras el visto bueno de los superiores, entre los que se encontraban, incluso, el Infante don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza en calidad de Capitán General en Jefe de los Ejércitos Reales y el propio don Carlos, en mayo se le otorgaba, por Real Orden, el empleo de Comandante de Escuadrón[54]. Las razones que llevaron a esta nueva recompensa fueron “los méritos contraídos en favor de la justa causa […] y la pérdida de su padre y tío, que hechos prisioneros por los enemigos fueron fusilados”[55].

En 1838, a don Fulgencio lo hallamos actuando principalmente en las provincias vascas, espacio geográfico en donde pereció en los campos de batalla. En el contexto de la batalla de Peñacerrada –municipio alavés– que tuvo lugar entre los días 20 y 22 de junio del citado año, don Fulgencio Cuesta murió “gloriosamente cuando cruzó su lanza con las de la escolta del general Espartero”[56], militar isabelino que encabezaba la acción contra los carlistas. Así pues, nuestro protagonista fallecía a los 36 años lejos de su tierra natal, en la que dejaba a una viuda y a dos retoños huérfanos.

III. Conclusiones

Tras todo lo expuesto, no cabe duda de que el de los Cuesta es un caso, cuanto menos, singular y llamativo desde el punto de vista de la investigación histórica, pues no es muy común encontrarnos a nada más y nada menos que a cinco miembros de una misma familia que tuvieron un papel relevante en los ya mencionados conflictos que se sucedieron en la primera mitad del siglo XIX. Bien es cierto que el nombre de la guerrilla de los hermanos Cuesta está estrechamente ligado a sus hazañas, sin duda importantes, durante la Guerra de la Independencia. Sin embargo, su acción no se limitó a esta contienda contra el francés, aspecto que queda bien patente en este texto en el cual nuestra intención ha sido poner en valor su importancia histórica durante la Primera Guerra carlista. En este conflicto, vuelve a sobresalir de entre los cuatro hermanos la figura de don Feliciano, uno de los primeros alzados en favor de don Carlos en Extremadura y hombre de confianza del Infante en la región. Don Francisco, en la mayoría de las ocasiones, estuvo bajo las órdenes de su hermano Feliciano, actuando como su lugarteniente. Por su parte, el tercer hermano, don Félix, adquirió notable importancia como jefe de guerrilla entre finales de 1836 y mediados de 1838 tanto en tierras extremeñas como manchegas, territorio este último en donde mantuvo estrechos lazos con jefes carlistas de envergadura como fueron Rugeros o Jara. Por lo que respecta a don Fulgencio, destacó dentro de las filas del Escuadrón Expedicionario de Aragón –por lo que recibió recompensas castrenses– hasta que cayó en combate en junio de 1838 en tierras alavesas.

Como se ha podido comprobar a lo largo del presente trabajo, el hecho de defender a don Carlos trajo consigo dramáticas y fatales consecuencias tanto para esta saga de militares como para sus familiares más directos, ya que tres de ellos (don Feliciano, don Francisco y don Fulgencio), hombres de milicia con una notable trayectoria en el Ejército, perecieron defendiendo sus convicciones, tremolando la bandera de Dios, Patria y Rey. Idéntico destino tuvo Nicolás Cuesta, hijo de don Félix, quien, por otra parte, también sufrió en sus carnes varios años de presidio.

A la vista de estos hechos, afirmamos con vehemencia que sus figuras fueron injustamente tratadas en su tiempo y han sido injustamente tratadas por la Historia, máxime cuando apenas veinte años antes de la Primera Guerra carlista eran considerados verdaderos héroes y admirables patriotas. Y es que, en un breve espacio de tiempo, pasaron de ser héroes, por sus hazañas en la Guerra de la Independencia, a ser considerados “facciosos” o traidores, entre otros tantos apelativos, y esos insignes guerrilleros fueron fusilados tras ser sometidos a juicios sumarísimos, perecieron en campos de batalla o sufrieron presidio y persecución únicamente por el hecho de defender una causa acorde a sus convicciones.

Por último, hemos de apuntar que, finalizada la Primera Guerra carlista, los Cuesta que sobrevivieron siguieron militando activamente dentro del bando carlista. Don Antonio y don Félix, una vez que don Carlos Luis de Borbón y Braganza –Carlos VI– reclamó sus derechos al Trono de España, volvieron a tomar las armas por su causa. Sin embargo, este episodio constituye ya otro capítulo de esta saga de militares extremeños sobre el que nos encontramos trabajando actualmente y que, a su vez, forma parte de un estudio más amplio que verá la luz próximamente.

 

Anexo documental

Fig. 1. Firma de D. Feliciano Cuesta Jiménez

Fig. 2. Firma de D. Francisco Cuesta Jiménez

Fig. 3. Firma de D. Félix Cuesta Jiménez

Fig. 4. Firma de D. Antonio Cuesta Jiménez

Fig. 5. Documento que acredita el ascenso a Comandante de Escuadrón de D. Fulgencio Cuesta Gallego. Firmado en Estella el 3 de mayo de 1837

 

 

 

* Trastaranieto y tataranieto, respectivamente, de don Feliciano Cuesta Jiménez y de don Fulgencio Cuesta Gallego, personajes históricos que son abordados en este trabajo.

[1] Archivo de la Parroquia de Santa Catalina de Torrecillas de la Tiesa. Sus partidas de bautismo se hallan en los libros III y IV de bautizados del Archivo parroquial torrecillano. Desde estas líneas, agradecemos al párroco D. José Blanco Vicente el haber puesto a nuestra disposición los citados libros sacramentales. A raíz de su consulta hemos descubierto que del matrimonio entre Pedro Cuesta y Ana Jiménez, nacieron otros tres vástagos. Así pues, en total, fueron siete hermanos, todos ellos varones.

[2] Existe un variado elenco bibliográfico al que acudir para conocer, en mayor profundidad, las acciones y cuestiones más destacables de la guerrilla de los hermanos Cuesta durante la francesada. Por su importancia, destacamos los siguientes trabajos: RODRÍGUEZ SOLÍS, Enrique, Los guerrilleros de 1808: historia popular de la Guerra de la Independencia, Madrid, Imprenta de Fernando Cao, 1887, 2 vols. y FLORES DEL MANZANO, Fernando, La guerrilla patriótica en Extremadura. 1808-1812, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2009. Además, existen una serie de investigaciones a día de hoy inéditas que abordan, principalmente, la figura de don Feliciano Cuesta a lo largo de esta contienda: DÍAZ ORDÓÑEZ, Manuel y MILÁN AGUDO, María Jesús, Cuesta, el Empecinado extremeño. La guerrilla extremeña frente a Napoleón y TIMÓN GARCÍA, Francisco Javier, Vagnair de Marisy y Feliciano Cuesta: el dragón vencido por el lagarto.

[3] Para profundizar en el conflicto entre liberales y realistas en tierras extremeñas, resulta indispensable la consulta de la obra de FLORES DEL MANZANO, Fernando, La contrarrevolución realista en Extremadura, Badajoz, Universitas Editorial, 2002.

[4] Archivo General Militar de Segovia (en adelante AGMS), Sección 1ª, Leg. C-4076. Hoja de servicios de D. Fulgencio Cuesta.

[5] Según figura en los diversos documentos que componen la hoja de servicios de D. Antonio Cuesta Jiménez que se halla en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4065.

[6] Para un conocimiento más pormenorizado de esta guerra civil en Extremadura, remitimos a nuestra obra RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido. La Primera Guerra carlista en Extremadura (1833-1840), Madrid, Actas, 2015.

[7] Archivo Histórico Municipal de Cáceres (en adelante AHMCC), Libro de Acuerdos. Sesiones del 23, 24 y 25 de enero de 1834. Curiosamente, cuando regresó la mencionada partida de caballería a Cáceres la noche del 23 de enero, fue “insultada por dos hombres”.

[8] Boletín Oficial y de avisos de Estremadura, 07/02/1834.

[9] La proclama se encuentra reproducida de manera íntegra en RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido…Op. cit., p. 111.

[10] La Revista española, 21/03/1834.

[11] Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), ESTADO, Leg. 8.124. Información extraída de unas cartas que figuran como “interceptadas a D. Juan y a D. Rufino Carrasco”.

[12] AHN, ESTADO, Leg. 8.124. Aunque se le califica como simple contrabandista, se tiene conocimiento de su relación con personas tenidas por carlistas, pues, en la correspondencia intercambiada entre Juan y Rufino Carrasco decía este último a Juan, residente en Madrid: “Yo creo lo mismo p[or] q[ue] Juan Vic[ente] hace pocos días fue á esa Corte acompañando al Yntenden[te] Rey Alda q[ue] marcho el siguiente dia de la noche que estuvo aquí el Sr. Negrete”. Y si atendemos a este testimonio, sin lugar a dudas, pone en relación al citado Juan Vicente con el que fuera Intendente de Extremadura don José Rey Alda y, suponemos, con el que ocupara el mismo cargo en Mallorca, don Santiago Gómez Negrete, quienes, habiendo sido separados de sus destinos, tomaron parte por el bando de don Carlos.

[13] Boletín Oficial de la Provincia de Cáceres (en adelante BOPCC), 07/03/1834. El Subdelegado Principal de Fomento de Cáceres, don Francisco González Ferro, ordenaba además “á todos los pueblos de la Provincia que tomen las medidas más rápidas y enérgicas para rechazarlos y perseguirlos sin cesar”, advirtiendo a los núcleos en donde se les prestara complicidad o a los que no opusieran la debida resistencia a la entrada de los carlistas, que serían  castigados como cómplices y rebeldes y caería sobre ellos todo el peso de las leyes.

[14] La Revista española, 21/03/1834. El Subdelegado Principal de Fomento de la provincia de Cáceres también tenía constancia de sus movimientos por aquella zona, ya que en La Revista española, 25/03/1834, indicaba que “con 23 hombres montados se hallaba el dia 6 á tres horas del Puente del Arzobispo”.

[15] La Revista española, 18/03/1834. En un parte aquí publicado, enviado desde Trujillo, se decía que don Feliciano quedó malherido en la mencionada acción, “pues se le vio caer dos veces en tierra, dejando por donde pasaba un reguero de sangre”. Por otra parte, de entre los detenidos en el municipio trujillano, destacamos el caso de Don Antonio Ramos Bueno, quien ocupó el cargo de 2º Comandante del cuerpo de Voluntarios Realistas de Trujillo según obra en Estado que da á S.M. la Inspección General de Voluntarios Realistas del Reino, de la fuerza total de esta arma y nombres de sus gefes, Madrid, Imprenta de Collado, 1829, p. 130.

[16] La Revista española, 21/03/1834.

[17] La Revista española, 18/03/1834.

[18] Archivo Municipal de Plasencia (en adelante AMP), Subdelegación de Policía. Oficio del Alcalde de Navalmoral, don Ángel Mirón, con fecha 16 de marzo de 1834, comunicando a la Subdelegación de Policía placentina haber sido rechazada la partida carlista de don Feliciano Cuesta.

[19] BOPCC, 25/04/1834.

[20] AHN, DIVERSOS-COLECCIONES, Leg. 195, exp. 33. Don Carlos, por los servicios prestados, confirió al citado Juan Vicente el grado de Capitán graduado teniente el 6 de mayo de 1834. Una vez finalizada la guerra, se acogió al Convenio de Vergara según figura en PIRALA, Antonio, Historia de la guerra civil, y de los partidos liberal y carlista. Segunda edición refundida y aumentada con la historia de la Regencia de Espartero, Madrid, Imprenta del Crédito Comercial, 1869, T. VI, p. 680.

[21] BOPCC, 09/05/1834. En esta acción resultaron muertos por los carlistas cuatro urbanos.

[22] BOPCC, 12/05/1834.

[23] Ibíd.

[24] BOPCC, 19/05/1834. Estas palabras, según el parte del suceso, figuraban en un oficio que don Feliciano Cuesta extendió al conductor del correo que iba hacia Madrid.

[25] AMP, Subdelegación de Policía. Mayo de 1834.

[26] AHMCC, Caja 19/115, exp. 7. Orden circulada por el Comandante General de la provincia de Cáceres con fecha 1 de junio de 1834.

[27] BOPCC, 23/06/1834.

[28] BOPCC, 14/07/1834.

[29] La Revista española, 23/07/1834.

[30] La Revista española, 27/07/1834.

[31] BOPCC, 28/07/1834.

[32] FLORES DEL MANZANO, Fernando, La contrarrevolución realista…Op. cit., p. 220.

[33] BOPCC, 14/07/1834.

[34] BOPCC, 16/07/1834. Aquí se narra la persecución de varios partidarios de Cuesta en la jurisdicción de Romangordo, en la que intervino su justicia y varios efectivos de la Subdelegación de Policía de Trujillo. Además, a finales de este año de 1834, en el Juzgado de Trujillo, seguía abierta una causa criminal de oficio contra una docena de individuos que habían pertenecido a “la gavilla del rebelde don Feliciano Cuesta”, tal y como figura en BOPCC, 15/12/1834.

[35] Éste, en un escrito fechado en enero de 1838 hallado en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4071 y firmado en el Cuartel general que los carlistas tenían establecido en Guadalupe, señalaba que don Feliciano Cuesta, “Coronel nombrado [por don Carlos] para la organización de cuerpos de caballería e infantería” en Extremadura, le había conferido el cargo de lugarteniente. Era, pues, uno de sus hombres de confianza y en la fecha mencionada ostentaba el empleo de Coronel Comandante en el “Primer Batallón Inmemorial del Rey. Voluntarios de Extremadura”.

[36] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Hoja de servicios de don Félix Cuesta Jiménez.

[37] Real Academia de la Historia, Archivo de Isabel II, Signatura 9/6943, Legajo V, Nº 1 (15/1 – 15/4).

[38] Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz (en adelante BOPBA), 17/11/1836.

[39] El Español, 23/11/1836.

[40] BOPBA, 01/12/1836.

[41] BOPBA, 07/01/1837.

[42] PIRALA, Antonio, Historia de la guerra civil, y de los partidos liberal y carlista…Op. cit., T. III, p. 171. Este hecho, que dejaba constancia de la envergadura que estaban adquiriendo los carlistas tanto en su organización como en la ejecución de sus acciones, era narrado por Pirala de la siguiente manera: “Este quebranto, primero de su clase, porque fue a campo abierto el choque, produjo un efecto terrible, porque demostraba que ya no podían ser insignificantes ni pequeños los combates con Palillos; que las facciones envalentonadas por su número y lo favorable del terreno, pues contaban para el llano con caballos escogidos, y con los montes impenetrables e inmensos de Toledo para la retirada, confiadas también en su espionaje, tomaban audazmente la ofensiva; que casi todos los pueblos no bien guarnecidos quedaban a su disposición, y que podían ser aquéllos el núcleos de un ejército el día que surgiese un hombre valiente, organizador y entendido a la vez”.

[43] Para conocer pormenorizadamente la situación existente en la Extremadura de 1837, consultar RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido…Op. cit., pp. 202-255.

[44] AGMS, Sección 1ª, Legajo C-4076. Escrito firmado por el General don José Jara y García desde el Cuartel general que los carlistas tenían establecido en el enclave toledano del Valle de los Castaños.

[45] Archivo Histórico de la Diputación Provincial de Cáceres, Libro de actas de la Diputación. Sesión del 8 de agosto de 1837.

[46] Para un mejor conocimiento de esta expedición, consultar nuestro trabajo: RECIO CUESTA, Juan Pedro, “Las expediciones militares carlistas en Extremadura durante la Guerra Civil de 1833 a 1840”, que será publicado en las actas de los XLIV Coloquios Históricos de Extremadura. Este trabajo recibió el Premio para Jóvenes Investigadores (en su XXVIII Edición) convocado por la Fundación Xavier de Salas.

[47] El Eco del Comercio, 20/05/1838.

[48] Así lo narra él mismo en la documentación hallada en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076.

[49] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Así se especifica en su Hoja de servicios.

[50] BOPCC, 15/02/1840. Las tres personas que lo acompañaban en el momento de su captura y muerte, lograron escapar de la casa en la que se ocultaban. Su partida de defunción se encuentra en el Libro II de difuntos del Archivo Parroquial de Romangordo.

[51] La Revista Española, 24/09/1835.

[52] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Escrito fechado el 14 de junio de 1836 en Estella, firmado por Francisco de Horcasitas y dirigido al General en Jefe del Ejército Real.

[53] Ibíd. Escrito fechado el 6 de febrero de 1837 en Éibar.

[54] Ibíd. Escrito fechado el 3 de mayo de 1837 en Estella, firmado por Cabañas. En él, el firmante, ordenaba que se hiciera llegar a don Fulgencio el Real despacho del ascenso.

[55] Ibíd. Escrito fechado el 26 de febrero de 1837 en Lecumberri y dirigido al Infante don Sebastián Gabriel.

[56] BERMEJO, Ildefonso Antonio, Historia de la inundación de Levante en octubre de 1879 […] escrita con presencia de los datos suministrados por el Excmo. Sr. D. José María Muñoz, héroe de la caridad en aquella horrible catástrofe, Madrid, Librería de Miguel Guijarro, 1881, p. 75. Así narraba su muerte don José María Muñoz y Bajo de Mengíbar, quien también se halló en esta batalla. Éste, curiosamente, era hijo del también afamado guerrillero carlista extremeño don Alonso Muñoz. Deducimos que don Fulgencio y don José María debieron conocerse y entablar una estrecha amistad por el contacto que existía entre sus respectivos padres (don Feliciano y don Alonso).