Oct 011987
 

Joaquín González Rubio.

Aunque no soy persona suficientemente formada para expresar lo bello por medio de la palabra, voy a intentar describir, a grandes rasgos, porque el tiempo no da para más, personas y cosas en sus distintas partes, cualidades o circunstancias, varias de ellas de viejos saber, siguiendo el mismo tema que elaboré para los XV Coloquios Históricos de Extremadura, celebrados el pasado año, que tanta brillantez alcanzaron; trabajo éste el desarrollo con la perturbación angustiosa del ánimo por su destino a tan selecta audiencia.

Dios quiera que, por su sencillez, sea bien comprendido y trasmitido lo suficiente.

Nuestro trabajo está basado en el tramo que comprende de la carretera de Cáceres a la de Monroy, rico en caza y abundante de los que por los cazadores de la localidad se denominan “vivares” y por los otros pueblos “cuevas”.

Damos comienzo nuestro deambular, introduciéndonos por la calleja de “Los peralejos” diera comienzo junto al terraplén de Santo Domingo, que nos conducirá a la gran maleza popularmente conocida por “Cueva de los frailes”, porque forma parte derecha una cueva subterránea, con entrada construida a cal y piedra haciendo forma de castillete, hoy casi destruido y su puerta de acceso tapada por corrimiento de tierra. En su interior pueden contemplarse poyos pequeños que servían de asientos y otros largos que debían utilizarse de camas por las personas que la habitaran. Interesante.

Calleja abajo nos tocaremos con la finca vulgarmente conocida por “Gindilvar”, aunque su verdadero nombre creo que sea “Gil del Val”, cuya configuración es toda ella de peculiar canchal y de grandes malezas en las que siempre abundó el conejo y los depredadores. Se haya a lanzamiento de piedra del arrabal Huertas de La Magdalena.

Siguiendo la izquierda, en dirección sur, pasamos al popular “Tambal”, también finca de abundante canchal y buen criadero de conejos, y siguiendo la misma dirección san estaremos a la calleja de los famosos “Charquitos” que formaban un manantial que salía de la anterior finca, utilizados con asiduidad como lavaderos por su agua cristalina. A pocos pasos damos con el enorme y bien conocido pozo de la “Fuente Alba”, en el que existen en todo su alrededor pilas construidas de piedra para lavadero de ropa, encontrándose constantemente concurrido de mujeres que acudían con tal finalidad. A cortísima distancia vemos el malezón conocido por “Maleza de la Fuente Alba”, por su proximidad al pozo, muy apetecido por los cazadores gustosos del aguardo o esperan del conejo. Dicha maleza se encuentra ubicada en la cerca de “La Encina”, muy concurrida durante los festivos de primavera, en particular los días de Pascua.

Más allá de la “Charca de La Magdalena”, damos con las fincas o cerca las llamadas “Cerca de la Mora” y “El Colorado o Tejoneras”, y más a la derecha, en dirección norte, la cerca de “La Cigüeña”, famosísima entre los aficionados a la cinegética al disponer de dos grandes malezas fabulosas para criadero de conejos y refugio de depredadores, conocidas por “Maleza del Gato” y “Maleza del Gatillo”, respectivamente.

Siguiendo la misma dirección aludida anteriormente y pasando la calleja llamada “Calleja de Casacasco”, saltamos a la hermosa y bonita finca llamada “El Torruco”, una de las de mayor importancia del berrocal, que merece relato detenido y bien meditado. Es finca muy codiciable para los cazadores. Dispone de una abandonada huerta con abundantes árboles frutales entre los que sobresalen los melocotoneros, albaricoqueros e higueras, hoy semisalvaje es por su estado de total descuido de poda, labor y riego, no obstante de disponer de un gran pilón construido para servicio de la huerta, con un caño curioso que vierten en él su abundantísima agua procedente de un venero o manantío que jamás se vio agotado ni disminuido. Buena lástima es que esta huerta, por causa de los tiempos modernos, se encuentre abandonada y en tan deplorable estado. Al final de la cañada que parte de la linde de la cerca “Las Manantías”, hay otro pozo de agua potable, conocido por “Pozo de Sanguijuelero”, también de venero inagotable, proveedor de guardas, pastores, cazadores, etc., por su rica y fresca agua “jerrumbrosa”. Aproximadamente, a dos metros, existe otro pilón en total abandono y cubierto de zarzas, que se debió construir para regar las plantas que sembraban en el trozo de terreno y hay a la bajada de aquel. Muy cerca, gas y dándose la mano, otra fuente, pequeña, pero también de sabrosa agua. Son conocidas otras fuentes más, de pobre manantío y a las que se dice que son “fuentes de la rana que cuando llueve manan”. Pocos pasos más y no subiremos a lo alto de “La Mira”, elevación de terreno y peñas, más acentuado por su parte casi norte; hermoso atisbadero desde el que se observa casi toda la finca llamada “Cañada”, la de los renombrados baños de “La Guarra”, acreditados en toda la comarca, especialmente entre las personas que parecían reuma, al contarse que una cochina que los padecía, al bañarse en el manantío, sanó totalmente; hoy desaparecidas en la totalidad las antihigiénicas y desafortunadas instalaciones construidas al estilo de pocilga hedionda y molesta, que sirvieron a los bañistas enfermos; otros, al no serles muy agradable la utilización de aquellas, acudían con caballerías provistas de vasijas que llenaban del manantío para darse los baños en casa. También pueden observarse desde dicha “Mira” las fincas “Casa Casco”, “Doña Elvira”, “Doña Elvirilla” y “El Carneril”. Refrescando nuestra memoria resaltaremos que esta bella finca es un extraordinario criadero de conejos y perdices, y que casi en su generalidad estuvo acotada y bien guardada, hasta el punto de que había años en que la reproducción de conejos era de tal magnitud que al rapar los pastos salían en desbandada a comer a las fincas y linderas para regresar a la venida de nuevo día, circunstancia aprovechada por los cazadores para instalar los aguados o esperas en las mismas callejas, para dispararles a su regreso, por cuyo motivo el señor Frasco, cazurro y famoso guarda de la finca provisto de un latón grande se recorría la finca desde el atardecer hasta que se hacía de noche por completo, linde arriba, linde abajo, haciendo sonar el latón golpeándolo con un palo, en la creencia de que los animales al ruido retrocederían y luego no se atreverían de nuevo a intentar la salida, pensamiento éste ignorante porque los conejos, obligados por el hombre, volvían a sus veredas o caminillos y trasponían por los coladeros de las paredes al momento de haber pasado tío Frasco, sin conseguir el pobre sus objetivos. Tal abundancia de caza servía de golosina a los “furtivos”, cazadores de oficio, de más o menos cualidades, que ejercitaban a fondo su desordenada ambición, haciendo que el bonazo del señor Frasco anduviera constantemente a su captura para denunciarles, pero el ardid y astucia de aquellos no se lo permitían. Entre estos cosarios resaltaremos por su fama entre toda la cinegética de la ciudad a los “Malalengua”, “Tío Julián el trapero”, “Vicentito Pichón”, “Emilio el chulo”, “El Chumarro”, “Quico el calvo”, “El Pulga”, “El Pirulo”, “El Pernales”,etc. De todos estos hay que hacer mención señalada del último nombrado “El Pernales”, furtivo de los pies a cabeza, astuto, escurridizo y sagaz como un lince, lo que hacía casi imposible que la Guardia Civil le atrapase y, mucho menos, el guarda del coto, hasta el punto de haber días que cuando querían tenerle en las manos desaparecía como por obra de magia, sin volver a localizarle. En una ocasión que los guardias le avistaron a lo lejos y precisamente con dirección a ellos, se ocultaron convenientemente y al llegar a su altura le dieron el alto, pero “el Pernales”, sin amilanarse, se dio la fuga emprendiendo la pareja su persecución, pues en aquellos tiempos no bastaba con conocer al infractor de la ley para denunciarle, sino que había que capturarle, siendo esta la causa de que tanto la Guardia Civil como los guardas juramentados hicieran tantos esfuerzos por capturarlos. Decía que la Guardia Civil emprendió la persecución detrás de “El Pernales”, siguiéndole en esta ocasión tan a su alcance que éste, al verse casi atrapado, saltó la parece medianera con la finca “Cañada”, a la altura del vivar conocido por “El Cascabel”, con dirección al río Magasca, y al llegar a la orilla metió los tubos y cajitas portadoras de la pólvora y perdigones, y poniéndosele a la cabeza, juntamente con una escopeta, se entró en el agua que le llegaba la barba y justamente cuando alcanzaba la orilla aparecieron los guardias que le dieron, una vez más, el conocido “Alto a la Guardia Civil”, pero “El Pernales”, saliendo a la otra orilla con toda tranquilidad, les miro sonriente y les dijo: “venir a cogerme, si queréis, que ahí os dejó la barca”, pero era mucha la corriente que llevaba el río y a los guardias no les iba el remojón, quedándose ambos estupefactos viendo cómo se alejaba con guasa diciéndoles: “¡Otra vez será otra cosa!. Cuando el señor Frasco se jubiló y dejó su cargo de guarda de “El Torruco”, le suplió en el cargo el furtivo conocido por “El Pulga”, el que, como buen conocedor de la finca, tenía a mal traer a los que frecuentemente saltaban al coto, bien en época de veda como en la normal, pues sus únicos ingresos para mal mantener a la familia eran el producto de la caza, aunque éste generalmente no alcanzaba ni para pan, y no tenían en cuenta que la dedicación a fondo de la caza lleva a una desordenada ambición; de ahí que un día al verse en trances de apuros y a punto de ser atrapado a la carrera por “El Pulga”, el no menos famoso y célebre “Vicentino Pichón”, éste frenó la carrera y volviéndose le disparó la cabeza, que tuvo que tener vendada mucho tiempo. ¡Gracias a que la distancia entre ambos era considerable, sólo quedó en el susto!

Las principales cuevas o vivares de “El Torruco” son los conocidos por: “El Machorrón de la Casa”, “La Mira”, “El Machorrón de la Mira”, “Los Canteros”, “Las Lanchonas”, “Las Hormas”, “El Tesonero”, etc.

Dejamos esta finca, fantástica y hermosa, y saltamos a la calleja de “La Aldehuela” precisamente por el cancho llamado “La Niña”, porque, cuentan los mayores, y a su vera un buen día los molineros del llamado “Molino de las Cañas”, enclavado en la finca “La Aldehuela”, hoy totalmente en ruinas, como todos, encontraron a una niña, de muy pocos días, abandonada envuelta en un cobertor. Seguimos pocos metros y llegamos a la cerca culto nombre es “Breñilla” ya pocos metros, la llamada “Las Manantías”, con sus grandes malezas conocidas por los nombres de “Pedro Barco” y la calleja de “La Aldehuela” al medio, la “Cerca de Minuto”, también dotadas de otra enorme maleza conocida por “La Marrilla”, de abundante caza y a la que los cazadores visitan con frecuencia. Damos un pequeño giro a la izquierda, dirección poniente, que nos topamos con la finca más hermosa del berrocal, la de más hectáreas y la mejor cuidada, con sus tres extraordinarias fuentes llamadas “La Teja”, “La Granjuela” y “La Molinera”, de manantíos fantásticos e inagotables. Es, por sus grandes canchales, el mejor criadero de conejos que poseemos en el término municipal, y buen albergue de zorros, tejones, de las carnicerías genéricas, el turón, el gato amontado, etc. De entre sus cientos y cientos de vivares, por su mayor importancia y fama, solamente haremos mención de los llamados “Cancho del Royo”. “La Jienda Falsa”, “El Cofre”, “La Concha”, “El Melón”, “El Barrio”, “Velardo”, “Los Aniales”, “La Sartén” y “El Pastel”; a este nombrado el último lugar se le conoce por este gracioso nombre precisamente porque una mañana se sentó en él de aguardo o espera a un cazador y al rayar el día vino a encuevarse en él una zorra, a la que disparó fallándole el cartucho, al poquito rato acudió un conejo, con la misma intención, al que disparó y mató, a los pocos minutos llegó otra zorra, seguramente pareja del anterior, a la que el cazador disparó, con tan mala suerte que también le falló el cartucho, pero la zorra no perdió el tiempo: atrapó al conejo y se introdujo con el conejo en el vivar para darse el festín. Verdaderamente no fue mal el pastel que le estuvo al pobre cazador.

Como cosarios “acomodados” en esta cerca, en época libre como en la veda, no podemos olvidar al “Coronel”, “El Colorín”, “El Barbero”, “El Echangao”, “El Pintao”, “Tío Palacio”…, todos “pesadilla” y sofocadores de guardas y de la Guardia Civil, muchos de ellos procesados y otros con cumplimiento de arrestos menores al haber sido atrapados en descuidos.

Dejamos “La Breña” y dirección saliente atravesamos las cercas bautizadas con los nombres de “El Piojo”, “La Pilita” y “Las Monjas”, ésta con sus vivares de fama: “Las Yeguas”, “La Teja”, “El Acercón” y “El Barrio”.

Como hemos topado con la carretera de Monroy, pongo punto final a este relato soslayado, agrandes pinceladas, pero con la esperanza de que haya transmitido a la selecta audiencia, con lo que grande sería mi emoción y me daría por satisfecho.

Muchas gracias.