Oct 011985
 

Matilde Muro Castillo (textos).
María Teresa Pérez Zubizarreta (fotografías).

Un joven aguerrido, hijo natural y reconocido, de buena familia, educado en las artes de la guerra, gran conocedor de la espada y el florete, con la justa cultura como para saber firmar y no dejarse engañar por los escribamos y notarios, porque no era necesario más en la época, con la cabeza llena de ilusiones y fantasías de descubrimientos, sale de su ciudad natal, Trujillo, en busca de la gloria terrena por el encuentro de tesoros materiales.

Deja atrás una familia encabezada por su padre, D. Gonzalo Pizarro, que alcanzó el grado de capitán, y tres hermanos: Hernando, Juan y Gonzalo que aunque sólo eran hermanos de padre, fueron compañeros de juegos y enseñanzas en la juventud.

Francisco Pizarro había conseguido una determinada fama y reconocimiento en la Corte a raíz de sus descubrimientos, y el oro que a España trajo desde Panamá y Perú.

La Reina doña Juana firma en Toledo, en Julio de 1529, Capitulaciones por las que se nombra a Francisco Pizarro Gobernador y Capitán General de la nueva provincia del Perú; se le autorizaba para la Conquista “de doscientas leguas abajo, empezando por Tenuncupalla y acabando en Chincha y se le asignaban setecientos veinte mil y cinco maravedíes en cada año como salario”.

Desde el momento en que se haga a la vela para el Perú con el cargo de pagar por su cuenta un alcalde mayor, diez escuderos y treinta peones, se prohíbe en estas capitulaciones “la presencia de abogados y procuradores de la nueva colonia” por considerárseles nocivos.

Con los cargos prestigiosos antes dichos, aumentadas las armas de su escudo por concesión real como premio a sus hazañas, esfuerzos y sacrificios, y con el hábito de Santiago, vuelve a su ciudad natal, Trujillo, aquel hombre que, saliendo niño, regresaba lleno de gloria y que aún no era más que la promesa en ciernes de lo que luego se transformaría en gloria eterna de conquistador.

Su experiencia en luchas, el conocimiento de un país en el que se encontraban reunidas riqueza y gloria, y su visión del porvenir, probablemente le harían pensar en rodearse de capitanes honorables, guerreros que, por su nacimiento, dieran sensación de nobleza e hidalguía. Así pues se alistaron en sus banderas lo más escogido de la juventud trujillana de la época, porque el territorio español estaba pacificado, la juventud había sido educada para la guerra y el aburrimiento se adueñaba de ellos. Eran hidalgos sin grandes medios de fortuna y las Indias representaban el suelo esperado a gentes que tenían poco aprecio a la vida, porque aprendieron sólo a morir luchando.

Eran los tiempos heroicos de España y nada se oponía al arresto de sus soldados.

Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, Francisco Martín de Alcántara, Francisco de Orellana, Juan Pizarro de Orellana, Fray Jerónimo de Loaisa, Alonso de Toro, Diego de Chaves, Gonzalo de Tapia y otros más, podrían dar segura garantía de triunfo al conquistador.

Formada la tripulación se emprende la expedición a Perú en Diciembre de 1530.

Encontramos a Hernando ya en Indias. Hermano mayor de Francisco, se transforma en su hombre de confianza y es encargado por el capitán de comunicar al Emperador en un regreso a España, los logros que se habían conseguido, y traer el oro, plata y pedrería que correspondía a la Corona en el reparto.

De nuevo en Perú, Hernando acomete, junto con sus hermanos, numerosas empresas guerreras. Presencia la muerte de su hermano Juan Pizarro, apodado “El Bueno”, no escatima sacrificios en ponerse en primera línea cubriendo puestos de gran peligro y sufre prisión junto con su hermano Gonzalo, fruto de las desavenencias sufridas entre Almagro y Francisco, como consecuencia de las reales provisiones llegadas a Perú desde España dándole al último el título de marqués, que no fue ostentado como tal hasta 1645 por D. Juan Hernando Pizarro, Marqués de la Conquista y biznieto del descubridor.

Liberados Hernando y Gonzalo y muerto Almagro, se inicia el descubrimiento del Amazonas.

En ese intervalo, Hernando regresa de nuevo a España portando las riquezas que a la corona correspondían de la conquista.

Al haber sido condenado a muerte Almagro, tras su derrota en la batalla de Salinas, el odio se apodera de los seguidores del muerto y Hernando (que formaba parte del tribunal que decretó la sentencia de muerte), es encerrado en el castillo de la Mota, en Medina del Campo durante diecinueve años por “haber excedido en algo el orden judicial”, saliendo de allí para trasladarse a su mayorazgo de Zarza (hoy Conquista) sin más consecuencias.

Casado con la hija de su hermano, sobrevive un solo hijo del matrimonio, D. Francisco, que tendrá sucesión al casarse con Doña Francisca Sarmiento, siendo el hijo de estos dos, el ya nombrado primer marqués de la Conquista D. Juan Hernando Pizarro.

Hasta su muerte, D. Hernando se dedica a la consolidación del matrimonio, construcción del hospital, que sería sede de la fundación que desaparecería al perderse la línea sucesoria varonil y deshacerse el matrimonio en pleitos, y a la construcción del palacio que hoy preside, junto con la estatua de su hermano, la Plaza de Trujillo.

Muy anciano, casi ciego y hundido por los odios y los rencores, el 30 de julio de 1578 en Trujillo y ante el escribano Bartolomé Díaz y junto a su esposa Doña Francisca Pizarro otorga testamento, falleciendo al poco tiempo.

En dicho testamento solicita ser enterrado junto a su mujer en la capilla que al efecto había sido construida por ambos en la iglesia de San Francisco, “por si las obras del palacio no hubieran sido concluidas a nuestra muerte y la capilla no consagrada”.

En la capilla fue excavada una cripta a modo de la existente en el monasterio de Yuste, donde fue enterrado el emperador Carlos V y adornada con el escudo de la Conquista y la estatua orante de D. Hernando sobre túmulo.

Los vientos de la desamortización de Mendizábal, las obras de cambios de dueños y destinos de lugares y el expolio que con gran frecuencia ha sufrido el patrimonio español, llegaron a hacer desaparecer la tumba y ser cegada incomprensiblemente la cripta.

Antes de esto ocurrir, el Marqués de la Conquista, D. Jacinto Orellana Díaz, consiguió el rescate del escudo y fue colocado en lo alto del portón que se erigió cerrando el paso de una calle que era perpendicular a la de Carnicería, donde aún hoy se ve.

Se rescató también la estatua orante de D. Hernando y se transportó a la capilla de la Vera Cruz del cementerio donde aún hoy reposa.

Por parte del conde Canilleros, se intenta en 1951 y a través de un artículo publicado en el periódico ABC la restitución de la estatua a su lugar original.

Han pasado 34 años desde entonces y las cosas siguen igual.

Los actuales herederos de la Conquista, están dispuestos a poner todo lo necesario de su parte para hacer realidad el sueño de D. Hernando: reposar junto a su esposa, hijos, padre y hermanos eternamente en la iglesia de San Francisco.

Es muy posible que los restos de todos ellos estén allí enterrados, pero nadie lo sabe.

Ahora pedimos la restitución del honor y el descanso perdido.

Es el momento de hacer valer la idea, porque va a hacer quinientos años que Hernando Pizarro, Gonzalo y Juan, dieron su sangre por Espada y su nombre, y su patria los ha sumido en el más profundo de los olvidos.

Numerosas instituciones extranjeras se han interesado por el tema, la Casa Real Española está a la espera de noticias (tal como se atestigua en documentos que tenemos en nuestro poder) y de nuevo, incomprensiblemente, la apatía regional permite que se sigan realizando expolios y desagradecimientos a quienes dieron su vida por la gloria eterna de su región.

No importará tardar cinco siglos, si al final D. Hernando descansa y puede ser la “admiración que no muere” de las generaciones venideras.