Dic 062017
 

 Jacinto J. Marabel. 

 1. Introducción. 2. Las sábanas de Wellington. 3. La fiebre del campamento. 4.Bibliografía.

 

  1. Introducción.

 

En nuestra anterior comunicación, presentada en la XLVI edición de los Coloquios Históricos de Extremadura, tratamos la penosa marcha emprendida por el Ejército británico en retirada tras la batalla de Talavera. Quisimos dejar constancia entonces de un hecho que la propaganda bélica trató de ocultar, pues en las postrimerías del verano de 1809 en nada convenía a la estrategia de los aliados que los franceses supieran del estado de enfermedad y abandono en que se encontraban aquellas tropas.

 

Desorganizadas, famélicas y extenuadas, tal y como recogieron en sus diarios los capitanes Charles O’Neil y William Stother, los tenientes Andrew Leith-Hay y Edward Costello, así como el sargento Thomas Garrety, entre otros, consiguieron acampar en las inmediaciones de Trujillo, donde finalmente fueron abastecidas antes de continuar el vergonzante repliegue hasta la frontera portuguesa. El otoño se prometía apacible en Badajoz, donde los británicos establecieron su cuartel general, celebraron galas y disfrutaron con el acogimiento dispensado por los vecinos, hasta que una terrible e implacable epidemia de tifus se desató en los campamentos.

 

Según las estimaciones de los propios servicios médicos, alrededor de diez mil hombres habrían enfermado de distinta gravedad en apenas seis semanas. Y más de quinientos de ellos, entre oficiales y simples soldados, murieron como consecuencia de las fiebres padecidas. Estas cifras representaban la tercera parte del Ejército británico desplazado a la Península, por lo que en aquellos momentos su debilidad era extrema. El contingente pasó el otoño oculto, sin posibilidad de maniobrar, pues en caso de haberse conocido su situación, los cuerpos del Ejército francés que ocupaban el norte de Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía, habrían caído sobre ellos cambiando el curso de los acontecimientos y, probablemente, el resultado de la Guerra de la Independencia. No es arriesgado afirmar que la historia de Europa y la hegemonía que el Imperio británico sustentó en sus ejércitos durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, no habría sido posible si en el otoño de 1809 el contingente liderado por Lord Wellington hubiera sido aniquilado a orillas del Guadiana.

 

En el presente trabajo trataremos de acercarnos a aquellos días, a través de las impresiones que dejaron registradas en sus diarios algunos de estos hombres. Como tendremos ocasión de comprobar, la mayor parte de aquellos que durante este tiempo residieron o visitaron Badajoz, pasaron de exaltar su clima, su patrimonio o sus gentes, a relatar el horror, la enfermedad y la muerte que se adueñó de sus contornos en los últimos días de aquel nefasto 1809.

 

Los británicos abandonaron la ciudad a su suerte, desatendiendo sus compromisos con el Ejército español y no volvieron hasta dos años más tarde, cuando irremediablemente cayó en manos francesas. Le pusieron un cerco en abril de 1811 que hubieron de levantar a los pocos días, para hacer frente al mariscal Soult en La Albuera. Pese a que sobre aquellos campos se dejaron más de siete mil hombres, volvieron a cercar Badajoz. Pero tras dos fallidos ataques al fuerte de San Cristóbal y otros quinientos muertos, nuevamente hubieron de internarse en Portugal. Regresaron finalmente con toda la rabia acumulada en abril de 1812 y, tras sucumbir ante sus muros poco menos de cuatro mil británicos, la ciudad fue finalmente tomada y arrasada en el transcurso de dos días y tres noches de ebria vorágine e impía depravación.

 

En el corto período de dos años y medio, la ciudad de Badajoz acabó con la vida de cuatro mil británicos, doblando estos números los que sufrieron la agonía de las lesiones, heridas o enfermedades derivadas de los asaltos. Las bajas se contaron por millares y la ciudad acabó por representar para la opinión pública británica un lugar execrable e infame. El episodio que hoy presentamos supone probablemente el primer eslabón de este marchamo de calificativos que el imaginario colectivo trató de resolver, tal y como apuntamos en nuestro anterior trabajo, a través de una catarsis editorial sin precedentes.

 

  1. Las sábanas de Wellington.

 

El 7 de octubre de 1809 Lord Wellington celebró una velada en el Palacio del Conde de la Torre del Fresno, la residencia que le fue proporcionada por las autoridades españolas durante su estancia en Badajoz, con ocasión de imponerle la Orden del Baño al teniente general John Coape Sherbrooke. La gala se prolongó hasta altas horas de la madrugada gracias a la intervención de notables damas de la ciudad, encargadas de entretener con bailes y canciones a lo más granado de la oficialidad británica, por lo que el general irlandés habría dormido escasas horas cuando al día siguiente emprendió camino de Lisboa. Acompañado del jefe de sus ingenieros, el teniente coronel Richard Fletcher, se dirigía a inspeccionar sobre el terreno el proyecto de reductos que, con el nombre de líneas de Torres Vedras, tan buen resultado acabaría por cosechar en los meses sucesivos.

 

Dejó de apoderado al propio Sherbrooke y concedió al destacamento acantonado en los apacibles contornos de Badajoz un merecido descanso, antes de verificar la estrategia defensiva que había planeado para su vuelta. Pero jamás llegaría a imaginar el siniestro panorama que habría de encontrarse tres semanas más tarde.

 

Y es que, después de meses de agotadoras marchas y contramarchas, las tropas habían agradecido abandonar finalmente la campiña para detenerse en este, en apariencia, idílico lugar situado a cientos de kilómetros del enemigo. Como referimos en nuestro anterior trabajo, cerca de veinte mil hombres acamparon por entonces en poblaciones próximas a Badajoz, mientras que algunos privilegiados batallones, los dos de Guardias, así como el tercero y el primero del 27º y 40º regimientos de infantería ligera respectivamente, junto a una compañía de fusileros del 60º y otra de ingenieros reales, unos dos mil tres cientos cincuenta soldados, pasaron a ocupar los conventos intramuros en las primeras semanas de octubre.

 

Los comandantes de las unidades exigieron residir agrupados en un único edificio, por lo que no sin algún estorbo hubo que plegarse a sus condiciones. Se decidió entonces albergarlos en un magnífico inmueble, quizás el mejor de la ciudad por entonces: el Hospicio de Nuestra Señora de la Piedad. El instituto había sido fundado por Fernando VI mediante Real Orden de 12 de abril de 1757 para acoger expósitos y huérfanos, mujeres de mala vida y pobres de solemnidad, aunque no fue sino en tiempos de Carlos III y en 1773, cuando tras derribar las casas de don Gonzalo de Carvajal y del marqués de Velamazán, situadas entre el seminario diocesano y el Hospital de Caridad de San Sebastián u Hospicio Viejo, se erigiera finalmente un edificio, finalizando las obras a la par que el siglo. El 6 de octubre y en contra de la voluntad del director del mismo, Francisco Vior, los papeles del archivo y contaduría fueron trasladados al Hospicio Viejo[1], dejando espacio para los muebles y enseres que serían entregados seis días más tarde a fin servir al alojamiento del mando británico.

 

Los oficiales de la brigada de Guardas, conocidos como los hijos de los lores por la gran cantidad de aristócratas que formaban esta unidad de élite, fijaron su residencia en la casa de Ordenandos u Hospicio de Nuestra Señora de la Piedad y obligaron a los seminaristas, según el general Henry Mackinnon, a mudarse al Palacio de Godoy, levantado apenas tres lustros antes sobre las ruinas de la familia de los Rocha Calderón[2].

 

Por su parte, cuando debían realizar algún trámite u obtenían licencia para su asueto, los oficiales adscritos a las unidades acantonadas en las localidades próximas, fueron acogidos en casas particulares. A todo ellos les llamó la atención la notable apariencia de los edificios, plazas y jardines de Badajoz, la bondad de su clima y la cordialidad de sus gentes. El teniente Andrew Leith-Hay, llegó a confesar que

 

Nada de lo que he experimentado iguala este delicioso, calmo y placentero clima, cuya perfección se alcanza durante el crepúsculo de una tarde de septiembre en la Alameda de Badajoz[3].

 

Esta era “el prado o paseo público cerca del río, donde los habitantes de todos las clases se congregaban por las tardes para tomar el aire”, según el capitán William Stother[4].

 

Para el general Henry Mackinnon “Badajoz presenta infinitamente más apariencia de capital que cualquiera de las ciudades que he visto en España. Aquí hay jardines y paseos públicos, que jamás había visto[5]. Espacios de la localidad que también llamaron la atención del cirujano Charles Boutflower, quien encontró en el lugar una “pureza superior a todo lo que había observado hasta el momento en Portugal[6].

 

Sin duda, queriendo ser partícipes de esta idílica atmósfera y alentados por el escaso celo de sus superiores, facciones de incontrolados acantonados en las inmediaciones vagaron merodeando, hasta que finalmente y a mediados de septiembre se atrevieron a asaltar algunas casas y un negocio particular. El general Arthur Wellesley resolvió el asunto de inmediato:

 

“Ha llegado a conocimiento del Comandante de la Fuerzas que anoche varios soldados entraron en la ciudad de Badajoz y saquearon una panadería, así como las casas de varios vecinos. El Comandante de las Fuerzas muestra gran consternación por el mal comportamiento de los soldados, determinado que, por difícil que sea, debe ponerse fin al mismo. Se pasará lista en las diferentes unidades de la IV División, cada hora y hasta nueva orden, pues el Comandante de las Fuerzas desea que a ningún soldado y por ningún motivo, se le permita salir de sus líneas, excepto permiso de un oficial.

 

El Preboste General sancionará a todos aquellos que desobedezcan esta orden. Un piquete de guardia será colocado en la puerta de la ciudad y todo soldado que trate de pasar será hecho prisionero. El Preboste General expulsará de inmediato de la ciudad a todos los soldados que aún pudieran encontrarse en ella”[7].

 

El Ejército británico tan solo estaba facultado para realizar labores de policía tendentes a mantener la disciplina de sus tropas, por lo que no podía extralimitarse en las atribuciones conferidas a la guarnición española de la Plaza. En este sentido, puede referirse el incidente propiciado el 25 de noviembre por dos tenientes del 27º regimiento de infantería ligera en la casa donde se alojaban, así como el robo de unas mulas por parte de un capitán de la misma unidad que, pese a ser enjuiciados, fueron sumariamente resueltos con un exiguo apercibimiento en ambos casos[8].

 

Salvo conflictos puntuales, en general la convivencia resultó pacífica durante este período. A los británicos, le sorprendieron tanto las demostraciones de folclore y tradiciones populares como las muestras de patrimonio y liturgia católica que encontraban a cada paso, pero mientras aquellas eran asimiladas a un seductor exotismo, estas eran rechazadas como rémoras de incomprensibles arcaísmos.

 

Al puritano Boutflower le molestaba sobremanera el tañido de las campanas:

 

“Las campanas de las iglesias están continuamente repicando, mientras los feligreses entran y salen constantemente de los templos. En todas las casas se puede escuchar a las familias implorando largas oraciones. Y en las calles, a cada tanto puede observarse alguna muestra de devoción[9].

 

El 1 de noviembre asistió a misa y, un mes más tarde, quedaría impresionado con el funeral de un personaje principal de la ciudad:

 

“El día de Todos los Santos se celebra aquí con extrema solemnidad. Sobre las ocho de la mañana me sentí atraído por unas voces femeninas procedentes del convento de Santa Catalina. Al entrar, descubrí gran número de monjas arrodilladas ante el altar, entonando con gran dulzura; poco después, pasaron a un capilla, tras cuyo enrejado recibieron la comunión. A medida que fue clareando tuve la oportunidad de escrutar sus rostros y, para mi sorpresa, se revelaron todas ellas muy ancianas, ninguna aparentaba menos de sesenta años.

 

Alrededor de las nueve se celebró la misa mayor en la Catedral con gran asistencia de personas de ambos sexos. El trasfondo musical consistía en una refinada melodía compuesta para órgano y violín, acompañada de otros instrumentos y apoyada un excelente coro de laicos reunidos al efecto. La selección de maestros como Pleyel y otros fue realmente bien ejecutada y encontré gran placer en ello. Una vez celebrada la liturgia, el sacerdote predicó un sermón que, por mi desconocimiento de la lengua, apenas pude seguir.

 

Esta tarde [5 de diciembre de 1809] tuve oportunidad de presenciar el funeral de una persona principal. Encabezaban la procesión gran cantidad de clérigos y monjes de diferentes órdenes, seguidos de los familiares y amigos varones del difunto. El cuerpo fue transportado en una especie de medio ataúd, vestido con los hábitos que habría llevado en vida. Durante la procesión el clamor de todas las campanas se trababa de manera inarmónica, de tal modo que un italiano de fino oído habría envidiado al propio difunto. Al entrar en la Iglesia el cadáver fue colocado sobre una mesa y sus allegados se coloraron alrededor, portando cada uno de ellos una gran vela de cera. Seguidamente, se celebró una solemne misa en la que con frecuencia se invocaba la intercesión de la Virgen María. Al finalizar, el cadáver fue depositado en una tumba, cubriéndolo de tierra tras taparle pudorosamente el rostro. En las iglesias se entierran tanto pobres como ricos, aunque tan solo a estos se les permite hacerlo cerca del altar. No hay costumbre de sepultar al fallecido en un ataúd, como hacemos en Inglaterra[10].

 

Tres días más tarde, el capitán Stother asistió a la liturgia para conmemorar el Día de la Virgen en la Catedral:

 

“Es esta una fiesta que los españoles celebran siempre con gran suntuosidad y boato. Se ofició una solemne misa en la catedral, que es de arquitectura árabe y está toda adornada en su interior con cortinajes de terciopelo carmesí, ribeteado con encajes de oro. La ceremonia, grave e impresionante en todo momento, fue repentinamente interrumpida a causa del desvanecimiento de uno de los oficiantes, un venerable sacerdote de ochenta y cinco años de edad que, después de ser llevado al exterior, acabó por recuperarse[11].

 

En un lugar de la Catedral que no llegó a precisar, Charles Boutflower encontró una lista de libros prohibidos por la Inquisición, entre los que le llamó la atención las cartas de Lord Chesterfield y de Lady Mary Wortley Montagu, así como una recopilación del pensamiento de Neckar[12].

 

La mayor parte de los visitantes quedaron deslumbrados por la belleza de las mujeres de Badajoz y por su galante manera de vestir[13]. Entre ellos, el comandante del 29º regimiento de infantería de línea, el coronel Charles Leslie, que fue autorizado a hospedarse el día 5 de noviembre de 1809 en una casa de la localidad.

 

“Era una vivienda muy notable, al igual que la señora de la misma. Además de interesante, era una mujer realmente joven y bella. Me recibió afablemente, esforzándose por hacerme cómoda la estancia y asegurándome que su marido estaría feliz de acogerme en su casa. Pregunté a qué se dedicaba su marido y respondió que era un coronel retirado. Expresé mi sorpresa, pues no acababa de entender cómo una mujer tan joven podía ser la esposa de un pensionista, y con gran ingenuidad respondió que, efectivamente, aunque se encontraba jubilado, su marido aún conservaba todo su vigor y constantemente le ofrecía muestras del gran afecto que le profesaba. Me pareció, con todo, que mi anfitrión se encontraba más cerca de los sesenta que de los cincuenta.

 

En todo caso, ambos fueron obsequiosos en extremo y aquella noche dispusieron una cena donde pude servirme varias raciones de ternera, fruta y vino. A la mañana siguiente me agasajaron con un excelente desayuno, instándome a pasar otro día en su casa. Pero el deber me impelía continuar con mi cometido[14].

 

Según el general Henry Mackinnon, los oficiales que puntualmente fueron autorizados a pernoctar en la ciudad, reseñaron con malicia las numerosas “atenciones que les prodigaron generosamente las mujeres españolas[15]. Incluso el puritano Boutflower quedó,

 

Particularmente sorprendido de la gran superioridad que presentan las mujeres españolas sobre las portuguesas, tanto en comportamiento, como en distinción y apariencia. En cuanto a esto último, las portuguesas son por lo general descuidadas en el vestir, mientras que las españolas están dotadas de una elegancia natural, un porte y gravedad que jamás había observado en ningún otro lugar[16].

 

Y casi en idénticos y elogiosos términos se expresó el capitán Stother, muy crítico por el contrario con el arquetipo ignorante y sumiso al que contribuían la mayor parte de nuestras féminas por aquel entonces.

 

“Encontré bastantes mujeres bonitas, de encantadoras figuras y engalanadas presencias, que destacaban por el gracejo de sus andares. El velo con el que se cubrían enmarcaba sus bellos rostros. Y todo atavío del que hacen gala, sencillo y elegante en su conjunto, está dispuesto de manera admirable y sutil a fin de estilizar sus bonitas figuras… En general, las damas españolas están refinadamente educadas, pero muy pocas hablan otro idioma que no sea el propio y su cultura es, como por otra parte la de los varones, extremadamente limitada[17].

 

Por el contrario, algunas damas organizaban tertulias en sus casas. El cirujano Boutflower dejó escrito que una de las principales familias de Plaza celebraba todas las tardes una “pertiglia” (sic) en su casa.

 

“Allí se reúnen las más distinguidas personas de ambos sexos junto a algunos oficiales británicos. Llama la atención el número de oficiales congregados porque la mayor parte de ellos desconocen el idioma y, además, consideran tediosas las conversaciones con los españoles. Cuando no tengo otra cosa mejor que hacer, suelo acercarme a estas reuniones, porque me parece una ocasión inmejorable para practicar el idioma. Mis frecuentes visitas me han ofrecido la oportunidad de conocer a muchas damas del lugar, que me han confirmado la superioridad de las mujeres de mi país sobre el resto. Por costumbre y mal ejemplo, las mujeres de aquí, incluso las del más elevado rango, muestran una absoluta falta de dialéctica y entendimiento que incluso llegaría a horrorizar a las más abandonadas de Inglaterra[18].

 

Las tertulias entretuvieron las tardes de aquel otoño en Badajoz. Las damas más ilustres de la ciudad pujaron organizando fastuosas veladas para atraerse a lo más selecto de la oficialidad británica. Sin duda, una de las más célebres era la que tenía lugar todas las noches en casa de Ignacio Payno, antiguo corregidor de la Plaza, y que era organizada por su esposa, conocida entre los británicos como Lady Payna, como detalló el capitán Stother en sus cartas.

 

Según el mismo, en esta reunión, además de comentar los avatares cotidianos, los españoles debatían sobre la actualidad política y los pormenores del conflicto, mientras los oficiales británicos se dedicaban a beber y jugar a las cartas. Por encima de la anfitriona, en todo momento dos damas se encargaban de mantener la atención de los invitados: la Marquesa de Almeida y la viuda doña Manuela.

 

El general Wellesley solía asistir a estas veladas, siendo especialmente recordada la del 28 de octubre, a la que se incorporó nada más llegar de su viaje a Lisboa y que daría origen a algún que otro velado y mordaz comentario. Es especial, aquellos referidos a los entretenimientos privados a los que se abandonó el vizconde de Wellington durante su estancia en la ciudad, pues esa noche,

 

Sobre las diez, llegó el Comandante de las Fuerzas seguido de su Estado Mayor. La viuda doña Manuela, acompañada a la guitarra por el señor Fuentes, cantó una balada española con exquisitas maneras y complaciente estilo. Siguieron después unos bailes, al cabo de los cuales doña Josefa Vázquez nos deleitó con un bolero, tocando al mismo tiempo las castañuelas con elegante destreza. Esta misma joven, junto a doña Payna, entretuvieron a los concurrentes el resto de la velada con impresionantes muestras de su baile nacional, el fandango[19].

 

Probablemente el general Wellesley gozó de una amante en Badajoz. Pese a que el coronel Gurwood dejó constancia de su inagotable capacidad para dictar diariamente extensas cartas, órdenes y despachos, no hay registro de activad epistolar alguna en la jornada que sucedió a aquella velada. Durante todo ese tiempo, Lord Wellington permaneció en sus aposentos dando pábulo a una serie de suspicaces rumores que, no mucho después, pasaron a ser difundidos en Gran Bretaña, como llegó a confesar la madre del coronel Charles Napier, Lady Sarah Lennox, en una carta[20].

 

En aquellas escasas biografías de Arthur Wellesley que dejan translucir algún apunte sobre sus aficiones privadas, se muestra una tendencia al galanteo que le habría causado no pocos problemas desde muy temprana edad. Se dice que el joven Wellesley, que no llegaba al metro setenta y cuyo rasgo más definitorio era la nariz aquilina que marcaba su largo y pálido rostro, mantuvo relaciones con Jemina Smith, hija del vicegobernador de Madrás, mientras estuvo destinado en La India. A su regreso en 1805 pudo desposar finalmente a Catherine Dorothea Sarah Pakenham, conocida como Kitty en su círculo íntimo, después de haber sido desautorizado en dos ocasiones por su padre el barón de Longford, quizás porque eran públicamente conocidas sus relaciones con la afamada cortesana Harriet Wilson.

 

Fue esta una actriz, nacida el 2 de febrero de 1786, hija del relojero suizo Jean Dubochet establecido en la ciudad seis años antes. Aunque no era especialmente bella, hacía gala de unas dotes amatorias que traían de cabeza a la aristocracia londinense, incluido el mismísimo Príncipe de Gales. Uno de sus más afamados clientes fue Walter Scott, quien no obstante disfrutar de sus servicios, nunca llegó a considerarla “especialmente hermosa, sino más bien una chica descarada con unos ojos bonitos, el pelo oscuro y las maneras de un colegial salvaje[21].

 

En 1825, abandonada por todos aquellos hombres poderosos, publicó unas memorias que fueron un escándalo en la época[22]. Harriet tenía veinte años y el joven coronel Wellesley treinta y seis cuando se conocieron. Tuvieron relaciones de manera ininterrumpida durante meses, después el gobierno tory le nombró Secretario para Irlanda y partió a Dublín, donde el 3 de febrero de 1807 nació su primogénito, Arthur Richard, casi un año después, el 16 de enero de 1808, nacería Charles.

 

Sus relaciones conyugales, probablemente acabaron aquí, pues tras dirigir una expedición contra Copenhague, puso rumbo a La Coruña siguiendo al Ejército de John Moore y, cuando fue llamado a Londres a fin de que un tribunal militar evaluara las favorables estipulaciones que había firmado en Sintra, no dudó en acudir de nuevo a Harriet.

 

Finalmente, exonerado por aquella corte marcial, Arthur Wellesley fue nombrado comandante del Ejército de Portugal. Llegó a Lisboa el 22 de abril de 1809 y pasó seis años combatiendo en la Península en los que, sin duda, volvería a ser infiel a su esposa. Precisamente, el cronista Charles Greville, que describió mejor que nadie el carácter privado del duque de Wellington, dejó escrito que:

 

“Este era de difícil trato y nunca expresó verdadero afecto por nadie, hombre o mujer, en los últimos años de su vida desde la muerte de Mrs. Arbuthnot[23], a quien estuvo muy unido y en la que sin duda confió. Nunca gozó de una vida doméstica porque su esposa se le hacía insufrible, pese a que decorosamente mantuviera las apariencias. De todos fue conocido que buscó entretenimiento en otras damas de la sociedad y gozó de una gran variedad de caprichosos romances que, ya en la edad madura, representaron un escándalo tras otro, pero que él siempre justificó como fruto de su refinada inclinación…. En su juventud fue muy partidario de estas galanterías y tuvo gran éxito con las mujeres que, particularmente en España, obtuvieron gran influencia sobre él y llegaron a ponerlo en serios aprietos”[24].

 

Así pues, no es descabellado pensar que Josefa Vázquez o alguna otra dama badajocense compartieran su lecho en aquellas jornadas. Esta teoría explicaría, en parte, la demora de las operaciones militares durante meses. En todo caso, lo cierto es que Lord Wellington comenzó a plantear la estrategia defensiva de Torres Vendras cuando fue fehacientemente informado de la derrota de Austria. Fue entonces cuando se decidió a escribir a su hermano Richard para decirle que, dado que el Gobierno británico había resuelto defender Portugal, consideraba “muy difícil, si no imposible, ligar la defensa de Portugal a la de España[25].

 

Con este fin, el 8 de octubre cruzó la frontera con el comandante de sus ingenieros, continuando inmediatamente después, salvo los cuatro días que paró en Badajoz, hasta Sevilla. Aquí debía encontrarse con su hermano Richard, marqués de Wellesley, que acababa de ser nombrado embajador por su viejo amigo George Canning, en sustitución del prudente John Hookham Frere. El mayor de los Wellesley, que era partidario de una alianza con los españoles, traía sin embargo órdenes para someter a estos a ciertas presiones encaminadas a remover los mandos militares, reformar las instituciones políticas y satisfacer las rutas comerciales británicas.

 

Y en estas intrigas por la Regencia, en las que el duque de Infantado y el general Palafox por un lado y el marqués de La Romana por otro trataron de atraérselo a su partido, se entretuvo hasta que el 11 de noviembre fue llamado a Londres por la nueva administración de Spencer Perceval. Por entonces, el general Wellesley se encontraba en Badajoz haciendo frente a una crisis sanitaria sin precedentes.

 

  1. La fiebre del campamento.

 

Desde mediados de septiembre, una epidemia de tifus comenzó a extenderse entre las distintas unidades. En Campomayor, donde se encontraba acantonada la IV División, la compañía del capitán Leslie, del 95º regimiento de infantería de línea, llegó a perder casi todos sus efectivos[26]. La situación llegó a agravarse en los días sucesivos, de modo que a mediados de octubre una tercera parte del Ejército británico de la Península, salvo cuatro batallones guarnicionados en Lisboa, Abrantes y Santarem, se encontraba enfermo en distinto grado de consideración.

 

En términos absolutos, esto quiere decir que las bajas en aquel momento alcanzaban ochenta y ocho oficiales y nueve mil dieciséis soldados, de los cuales, ocho mil ochocientos veintisiete habían enfermado de gravedad. En las semanas siguientes, los casos más graves aumentaron un 50%: del 15 de octubre al 1 de noviembre, los enfermos terminales pasaron de dos mil trescientos cincuenta y siete a tres mil ciento setenta y tres; sin contar que en tan solo esos quince días también murieron seiscientos cincuenta y cinco hombres[27].

 

En tres meses, el Ejército británico había perdido la mitad de sus efectivos. El 10 de noviembre de 1809, el general Rowland Hill aseguraba en una carta a su hermana que el Ejército había quedado reducido a trece mil hombres y que, “en las últimas semanas, han muerto un promedio de cincuenta hombres al día[28].

 

La enfermedad afectó por igual a los comandantes de todos los cuerpos del Ejército. El propio Wellington, llegó a temer por la vida de sus generales: John Coape Sherbrook, se encontraba incapaz de valerse por sí mismo y Charles William Stewart había empeorado gravemente desde mediados de agosto, por lo que llegó a escribir al embajador británico en Lisboa para que facilitara la llegada de su mujer, Lady Catherine, hasta el hospital general de Elvas[29].

 

Ambos generales acabarían regresando a Gran Bretaña, siguiéndoles al poco tiempo multitud de oficiales, como el teniente Andrew Ley-Hay, que acompañó al capitán Tucker, después de que un comité médico recomendase su traslado[30], o el mismo coronel Leslie, que hasta diciembre no pudo montar a caballo y permaneció convaleciente en Badajoz[31].

 

El 13 de noviembre el general Wellesley regresó de Sevilla y comenzó a tomar medidas. Escribió al conde de Liverpool solicitando más oficiales médicos[32] y ordenó que todos los cirujanos regimentales, junto a sus asistentes, se trasladaran al hospital general instalado en el convento de San Pablo de Elvas[33]. Pero aquí se encontraban muchos de los heridos aún convalecientes de la batalla de Talavera que, desprotegidos, fueron fatalmente contagiados por los enfermos de tifus y, débiles como estaban, gran parte de ellos acabaron muriendo[34].

 

El 20 de noviembre, Lord Wellington dictó un plan para evacuar aquellos doscientos cincuenta heridos que aún no se encontraban enfermos de gravedad a Estremoz. Con ello se trataba de dejar sitio para otros cuatrocientos procedentes de Talavera, Lobón y Montijo. Cada día, las asistencias médicas subían a los enfermos en quince carros y los trasladaban Badajoz, donde eran evaluados antes de ser enviados de nuevo a Elvas en grupos de cincuenta y hasta completar cuatrocientos[35].

 

En Elvas, los enfermos fueron apiñados en el convento de San Pablo, como dejó escrito el sargento Edward Costelo tras haber sido trasladado desde el campamento de Campomayor. En su diario aseguraba que habían muerto ya unos trescientos hombres de su regimiento y, precisamente en el convento portugués, hubo de probar los violentos métodos empleados para tratar a los pacientes, que

 

Fundamentalmente consistían en arrojarles agua fría procedente de las cantinas o de los comedores, tantas veces como fuera posible. En ocasiones, este remedio resultó eficaz y creo que en mi caso llegó a curarme. Sin embargo, debo reconocer que mi estancia fue corta porque afortunadamente me repuse de la enfermedad en poco menos de seis semanas, gracias a mi buena constitución y no a ninguno de aquellos salvajes que en el transcurso de los delirios frebriles llegaban a golpearme furiosamente con el palo de una escoba.”

 

Por su parte, al sargento William Lawerence, convaleciente en el mismo lugar, le impresionaron

 

“Las decenas de carretas con muertos que salían de la ciudad cada día para ser enterrados en el suelo más allá de las fortificaciones. Cuando al cabo de seis semanas reuní fuerzas suficientes para poder pasear por los terraplenes, quedé impresionado por una terrorífica visión. Los muertos eran sacados de los conventos completamente desnudos y después de ser apilados en carretas como vulgares troncos de madera, unos rufianes los lanzaban a fosas en las que apenas cabían todos los cuerpos.

 

Esta desagradable manera de dar sepultura a los muertos la realizaban convictos portugueses y era sorprendente ver a estos hombres realizar dicha tarea. Agarraban un cuerpo al mismo tiempo, poniéndole las piernas sobre los hombros, mientras la cabeza colgaba detrás y, cuando llegaban a las fosas, como el agujero era demasiado estrecho para el enterramiento, empacaban su carga con maestría.

 

Sin duda esta visión fue la mejor de la curas, pues con tal de escapar a la siniestra labor de estos hombres y regresar a Badajoz con mi regimiento, aceleré mi restablecimiento lo más pronto posible[36].

 

De este siniestro espectáculo también fue testigo el sargento Costello. En su diario contó que una vez repuesto del proceso febril le pasaron

 

A unos barracones donde con frecuencia estábamos obligados ver las pilas de cadáveres que iban a ser enterrados. En esta horrible sala donde recibíamos asistencia, éramos forzados espectadores del desagradable acarreo de cientos de muertos hasta las carretas en las que eran transportados para darles sepultura. A las afueras de la ciudad, un poco más allá de los glacis, fueron cavadas unas fosas que, a la postre, se antojaron demasiado pequeñas para los cuerpos, por lo que dos fornidos portugueses se encargaban de doblegar los cadáveres uniendo la cabeza con los talones. Y realmente estos bárbaros parecían haber nacido para la labor, pues puedo asegurar que nunca antes había visto a dos rufianes trabajar con tanto placer.

 

Sin duda fue repulsivo asistir al grotesco espectáculo de aquella pareja que doblegaba los cuerpos antes de ser apilados en carros; cada uno de ellos portaba un pellejo de vinagre con el que se rociaban el cuello y la cara; después, ayudados por algún que otro desgraciado, agarraban el cadáver por los hombros y, sin ningún tipo de miramientos y desnudo como vino al mundo, lo lanzaban a la carreta como si de un tronco se tratase.

 

Las mujeres que, no obstante, también cayeron víctima de aquella terrible epidemia, no recibieron un trato especialmente privilegiado. Si acaso y a modo de sudario, algunas de ellas fueron cosidas y envueltas en lienzos de algodón, para acabar arrojadas en el mismo agujero que los hombres. Reconocí entre ellos a muchos de mis camaradas, desnudos como los vieran sus padres, y hube de soportar con resignación las burlas soeces que les dirigían sus indignos sepultureros[37].

 

Los muertos continuaron aumentado hasta las primeras semanas de diciembre, con el tiempo frío y seco[38], puesto que tras las lluvias siguieron “los malos efectos de las nieblas de los distritos de Badajoz[39]. El 6 de diciembre, el general Rowland Hill escribió a su hermana desde Montijo, confesándole que en los últimos dos meses había perdido sesenta hombres de su División y que, teniendo en cuenta el estado de los enfermos más graves hospitalizados, probablemente esta cifra alcanzaría los cien[40].

 

Los diarios de Lisboa recogieron que el 87º regimiento de infantería ligera, compuesto de novecientos veinte hombres al desembarcar, había quedado reducido a doscientos sesenta, y de los casi mil efectivos con que contaba el 33º regimiento tan solo quedaban doscientos. Entretanto, en los hospitales de Elvas, Campomayor y Badajoz, el número de enfermos sobrepasaba con creces los cinco mil[41].

 

Casi con toda seguridad los hombres enfermaron en las montañas del norte de Extremadura. El agotador y apresurado repliegue que sucedió a la batalla de Talavera, sumado al calor y las insalubres condiciones que debieron afrontar, durmiendo a la intemperie, hacinados en las estrecheces de la sierra y comidos de las garrapatas, focalizó la aparición de terciarias a finales de agosto.

 

El tabardillo, más conocido como fiebre del campamento, se extendió después entre la tropa acantonada en las proximidades de Badajoz, debido entre otras causas y como aseguró el coronel Leslie, a que con las lluvias de otoño las maniobras fueron suspendidas y los hombres permanecieron durante muchas jornadas apiñados en barracones, con el solo amparo de sus mantas sobre el frío suelo de ladrillo o arcilla[42].

 

Según el sargento Thomas Garretty, aunque en los últimos tres meses la disentería había acabado con las vidas de más de cinco mil hombres[43], la enfermedad comenzó a remitir a mediados de diciembre, fecha en la que Lord Wellington pudo finalmente ordenar la marcha del Ejército. El 14 de diciembre escribió al conde de Liverpool para informarle que,

 

Pese a que el número de enfermos en el Ejército sigue siendo muy grande, en los últimos días la epidemia parece haber remitido, por lo que creo que la marcha hará bien al Ejército. En todo caso me veo obligado a pedirle al menos treinta cirujanos, que deberán ser enviados a Portugal lo antes posible”[44].

 

Con la mayor parte de los hombres recuperados, comenzaron los preparativos para iniciar la marcha. Por fin, el día de los Santos Inocentes el general Arthur Wellesley dictó las ansiadas órdenes de partida y los británicos abandonaron la ciudad maldita y sus contornos. El Ejército británico escapó a Portugal, alegando que sus cuentas estaban saldadas[45] y que no debían nada a Extremadura[46]. Esto no era del todo cierto, puesto que como señalamos en la introducción a este trabajo ostentaron desde entonces un resentimiento visceral hacia Badajoz. Después de su particular otoño de padecimiento, intentarían tomar la ciudad dos veces más, acumulando despecho y muertos a partes iguales, hasta que finalmente descargaron aquel turbio y feroz rencor en los indefensos badajocenses que tan noblemente les acogieran en el otoño de 1809. Pero esa historia ya ha sido contada.

 

  1. Bibliografía.

 

  • BOUTFLOWER, Charles. The Journal of an Army Surgeon during the Peninsular War. Manchester, 1912.
  • CLOVES, William (Editor). The Principles of War, exhibited in the practice of the camp; and as developed in a series of general orders of Field Marschal the Duke of Wellington, K.G. Londres, 1815.
  • LAWRENCE, William. The Autobiography of Sergeant William Lawrence, a hero of the Peninsular and Waterloo campaigns. Londres, 1886.
  • LEITH-HAY, Andrew. A Narrative of The Peninsular War. Volumen I. Edimburgo, 1831.
  • LESLIE, Charles. Military Journal of Colonel Leslie. Aberdeen, 1887
  • LOCKHART, John Gibson. Memoirs of the life of Sir Walter Scott. Volumen III. Paris, 1837.
  • GÓMEZ VILLAFRANCA, Román. Extremadura en la Guerra de la Independencia. Memoria Histórica y Colección Diplomática. Badajoz, 1908.
  • GURDWOOD, John. Supplementary Dispatches, Correspondence and Memoranda of Field Marshal the Duke of Wellington. Volumen VI. Londres, 1860
  • MACKINNON, Henry. A Journal of the campaign in Portugal and Spain. Londres, 1812.
  • MURRAY, John. The life and letters of Lady Sarah Lennox. Volumen II. Londres, 1901.
  • ROSE, James Anderson. A Collection of Engraved Portraits. Volumen II. Londres, 1894.
  • SIDNEY, Edwin. The Life of Lord Hill, G.C.B. late Commander of the Forces. Londres, 1845.
  • SMITH, Harry. The autobiography of Harry Smith. Londres, 1903.
  • STOTHER, William. A narrative of the Principal Events of the Campaigns of 1809,1810 & 1811. Londres, 1812.
  • WILSON, Harriette. Memoirs of Harriette Wilson, written by herself. Londres, 1825.

 

 

 

 

[1]GÓMEZ VILLAFRANCA, Román. Extremadura en la Guerra de la Independencia. Memoria Histórica y Colección Diplomática. Badajoz, 1908; pp. 241-243

 

[2]MACKINNON, Henry. A Journal of the campaign in Portugal and Spain. Londres, 1812; p 41. Lamentablemente el diario de Mackinnon se interrumpe con la llegada a Badajoz. Su labor como Inspector General de Hospitales debió abarcarle todo el tiempo que pasó en esta ciudad y dirigiendo el Hospital General de Elvas los últimos meses del año. El siguiente registro de su diario es de 2 de enero de 1810, ya en Beira.

 

[3]LEITH-HAY, Andrew. A Narrative of The Peninsular War. Volumen I. Edimburgo, 1831.

  1. 183-184.

 

[4]STOTHER, William. A narrative of the Principal Events of the Campaigns of 1809,1810 & 1811. Londres, 1812; p. 122.

 

[5]MACKINNON, Henry. A Journal…., Ob. cit; pp. 39-40.

 

[6]Además del aire, el facultativo del 40º regimiento que el día 10 de septiembre acababa de entrar en España procedente de Elvas, “encontró notables diferencias entre los habitantes de ambas nacionalidades en la corta distancia que separa Elvas de Badajoz, pues hay un celo tal, e incluso odio entre ellos, que cada cual evita cuidadosamente imitar los usos y costumbres de su vecino”. BOUTFLOWER, Charles. The Journal of an Army Surgeon during the Peninsular War. Manchester, 1912; p. 14.

 

[7]CLOVES, William (Editor). The Principles of War, exhibited in the practice of the camp; and as developed in a series of general orders of Field Marschal the Duke of Wellington, K.G. Londres, 1815; p. 65-66.

 

[8]GURDWOOD, John. Supplementary Dispatches, Correspondence and Memoranda of Field Marshal the Duke of Wellington. Volumen VI. Londres, 1860; pp. 348 y 437.

 

[9]BOUTFLOWER, C. The Journal…, Ob.cit; p. 18.

 

[10]Ibid; pp. 20, 25-26.

 

[11]STOTHER, W. A Narrative…, Ob.cit; p. 135.

 

[12]BOUTFLOWER, C. The Journal.., Ob.cit; p. 19.

 

[13]SIDNEY, Edwin. The Life of Lord Hill, G.C.B. late Commander of the Forces. Londres, 1845; p. 118.

 

[14]LESLIE, Charles. Military Journal of Colonel Leslie. Aberdeen, 1887; p. 176.

 

[15]MACKINNON, H. A Journal…., Ob. cit. p. 41.

 

[16]BOUTFLOWER, C. The Journal…, Ob.cit; p. 14.

 

[17]STOTHER, W. A Narrative…, Ob.cit; pp. 121-122. Además, refiere con sarcasmo que “un español no tendrá obstáculo para poder ver a su amada al menos una vez al día, si ciertamente no se indispone para poder acudir a la iglesia. El ama aún es parte esencial de los hogares españoles y dispone de cierta autoridad y privilegios. Una dama de cierto rango nunca saldrá de casa sin una doncella que la asista, aunque si es joven, podrá proveerse de una de su misma edad, más proclive a sus deseos que aquella otra mayor rígida sermoneadora de sus acciones.”

 

[18]BOUTFLOWER, C. The Journal…, Ob.cit; p. 17.

 

[19]STOTHER, W. A Narrative…, Ob.cit; pp. 123-124.

 

[20]MURRAY, John. The life and letters of Lady Sarah Lennox. Volumen II. Londres, 1901; p. 228.

 

[21]LOCKHART, John Gibson. Memoirs of the life of Sir Walter Scott. Volumen III. Paris, 1837; p.338

 

[22]Vid. WILSON, Harriette. Memoirs of Harriette Wilson, written by herself. Londres, 1825.

 

[23]Se refiere a Harriet Arbuthnot, esposa del provecto diputado tory Charles Arbuthnot. Entablaron una pública e íntima amistad que, a partir de la segunda década del siglo, dio pábulo a numerosos rumores en los que, ambos amantes llegaban a compartir lecho con el consentimiento explícito de su esposo.

 

[24]ROSE, James Anderson. A Collection of Engraved Portraits. Volumen II. Londres, 1894; p. 350.

 

[25]GURWOOD, J. The Services.., Ob.cit; p. 112.

 

[26]SMITH, Harry. The autobiography of Harry Smith. Londres, 1903; p. 20.

 

[27]GURDWOOD, J. Suplementary…, Ob.cit; p. 420.

 

[28]SIDNEY, E. The Life of Lord Hill…, Ob.cit; pp. 116-117.

 

[29]GURDWOOD, J. Suplementary…, Ob.cit; p. 378 y 383.

 

[30]LEITH-HAY, A. A Narrative…, Ob.cit; pp. 186-188.

 

[31]LESLIE, C. Military Journal…, Ob.cit; p. 180.

 

[32]GURDWOOD, J. Suplementary…, Ob.cit; p. 311.

 

[33]Ibid; p. 282.

 

[34]LESLIE, C. Military Journal…, Ob.cit; p.176.

 

[35]GURDWOOD, J. Suplementary…, Ob.cit; pp. 296-297.

 

[36]LAWRENCE, William. The Autobiography of Sergeant William Lawrence, a hero of the Peninsular and Waterloo campaigns. Londres, 1886; pp. 57 y 58.

 

[37]COSTELLO, Edward. The adventures of a soldier. Londres, 1841; p. 38.

 

[38]LESLIE, C. Military Journal…, Ob.cit; p. 179.

 

[39]Vid. Gazeta de Madrid, de 3 de diciembre de 1809.

 

[40]SIDNEY, E. The Life of Lord Hill… Ob.cit; p.120.

 

[41]Vid. Gazeta de Madrid, de 6 de diciembre de 1809.

 

[42]LESLIE, C. Military Journal…, Ob.cit; pp. 175-176.

 

[43]GARRETTY, T. Memoirs of a Sergeant…, Ob.cit; p. 76.

 

[44]GURDWOOD, J. Supplementary Dispatches.., Ob.cit; p. 358.

 

[45]Se tiene por cierta la fecha de partida a partir del último oficio del vizconde de Wellington dando conocimiento de ello al embajador británico en Lisboa, fechado en Badajoz el 27 de diciembre de 1809. GURWOOD, J. Supplementary Dispatches…, Ob.cit; pp. 378 y 379.

 

[46]Vid. Oficio dirigido por Lord Wellington a la Junta Suprema de Extremadura, de 7 de diciembre de 1809, publicado en la Gazeta de la Regencia, de 14 de diciembre de 1809.

 

Dic 132016
 

 Jacinto J. Marabel.

 

  • Introducción.
  • La larga marcha.
  • La casa de Wellington en Badajoz.
  • Bibliografía.  
  • Introducción
  • Coincidiendo con su bicentenario, en la última década se ha escrito mucho sobre la Guerra de la Independencia en Extremadura. Más aún en su vertiente político-castrense. Por el contrario, no se ha investigado casi nada. Se ha avanzado muy poco en la última centuria, por lo que, con merecimiento, la obra de Román Gómez Villafranca continúa vigente como referencia inexcusable de cualquier estudio que trate de abordar aquel conflicto, así como las operaciones militares ejecutadas en nuestra Región[1]. Sin embargo y en cuanto a esto último, la recopilación documental de fuentes españolas que puede encontrarse en el mismo revela extensas lagunas que, en lo que interesa a este trabajo, se antoja necesaria respecto a los ejércitos foráneos. Y son precisamente estas carencias las que el ingente acervo de publicaciones de los últimos años no ha resuelto.Al hilo, quiero recordar que una edición anterior de estos Coloquios Históricos tuve ocasión de exponer algunos pormenores del cerco formado a Mérida por los propios españoles en 1809, del que escasamente se tenían noticas. Pertreché aquella intervención de una heterogénea correspondencia oficial, así como de diarios y testimonios en francés, alemán y holandés, hasta entonces inéditos, que habían sido legados por los protagonistas de aquellos hechos[2]. Sin duda, aquellos hombres consideraron relevante dejar constancia de la numantina resistencia que opusieron ochenta fusileros, cercados por toda una división española, en el devenir de la estrategia general del Ejército francés sobre el suroeste peninsular y en la propia supervivencia del I Cuerpo del mariscal Victor. Con todo, el empeño combinado de británicos y españoles empujó a las tropas francesas hacia el norte de Extremadura, por lo que, como corolario de aquel trabajo, apuntamos al repliegue concentrado de éstas en las proximidades de Talavera, que daría lugar algunos días más tarde a la famosa batalla. Aquel fue quizás el acontecimiento bélico más trascendental de este período, pues a partir del verano de 1809 y como consecuencia de las pérdidas sufridas por los aliados en los combates de Talavera, los mariscales franceses tomaron la iniciativa y el rey José estuvo en disposición de iniciar la Campaña de Andalucía. En pocos meses, el Ejército español quedó reducido a su mínima expresión y los franceses pasaron a dominar la mayor parte del centro y sur peninsular, con los británicos a resguardo de las líneas fortificadas que circunvalaban Lisboa. En este punto, el presente estudio enlaza con nuestra anterior participación en el mismo foro. La historiografía británica, que ha tratado con profusión y detalle todo lo concerniente a la intervención de sus tropas en el conflicto patrio, refiere con solapada circunspección el repliegue de las mismas tras la batalla de Talavera. En la mayor parte de los casos sus crónicas resultan incongruentes y, desde luego, no se detienen en analizar las causas que motivaron el acantonamiento de aquellos hombres durante cinco meses en Extremadura. Después de aquel combate y hasta finales de agosto, las divisiones británicas se establecieron prudentemente en las proximidades de Trujillo. Pero no se detuvieron allí, puesto que desde finales de agosto y hasta las navidades de 1809, los aliados fueron acantonaron en las inmediaciones de Badajoz. La enfermedad se ensañó con aquellos hombres, el Ejército quedó diezmado y esta adversidad trató de ocultarse para que el enemigo, que por entonces acechaba desde varios frentes, no acabara por consumar la catástrofe. Y por supuesto, con el mayor celo hubo de cubrirse que el propio comandante en jefe, el general Arthur Wellesley, se encontraba convaleciente y vulnerable en su residencia de Badajoz.Aún hoy es difícil explicar los motivos que le indujeron a permanecer escondido durante estos meses, por lo que cabe entender los reproches que expresaron gran parte de sus oficiales. Entre otros, el joven teniente Andrew Leith-Hay, llegó a escribir que El tiempo que el Ejército británico pasó en las llanuras de Extremadura produjo los efectos más perjudiciales. Las enfermedades se propagaron rápidamente a través de las diferentes unidades. La fiebre tifoidea se hizo más incruenta en las debilitadas constituciones de sus víctimas y los hospitales estaban abarrotados. En Elvas se habilitó un gran receptáculo para alojar a los enfermos. Sin mayor causa aparente que el sobresfuerzo de la larga marcha, se contabilizaron más de diez mil enfermos en el Ejército. Las asistencias regimentales estaban repletas y la lista se incrementaba diariamente. El mes de septiembre pasó sin ninguna otra circunstancia que reseñar, no había movimientos de tropas ni se acercaba el enemigo, no había más salida más allá de las llanuras que presenciar la innoble muerte de los mejores y más valientes soldados. Aunque los detalles son para los historiadores y con su imparcialidad de juicio tal vez puedan encontrar una razón para este desperdicio de vidas, para un humilde narrador de los acontecimientos y circunstancias de que fue testigo, ni entonces ni después y aun teniendo desapasionadamente en consideración la materia, he encontrado nunca razón suficiente para justificar porqué Lord Wellington sometió a su Ejército a esta mortal y, en apariencia, innecesaria aflicción”[3].Algún día, debería dedicarse un ensayo a analizar la relación de Arthur Wellesley con Badajoz. Sin duda esta ciudad marcó su destino. Aquí utilizó por primera vez su apelativo más conocido, Lord Wellington. Fue en una carta dirigida al embajador británico en Lisboa, John Villiers, el 16 de septiembre de 1809. “Esta es la primera vez que firmo con mi nuevo nombre[4], dijo, tras haber sido nombrado vizconde doce días antes como reconocimiento a su participación en la batalla de Talavera; y no sería la única, pues a partir de ese día y con el nombre de Lord Wellington pasaría a la posteridad. Y aquí principió, precisamente, la cadena de victorias que en tres años le llevó a batir al mayor estratega de todos los tiempos en Waterloo. Pero, como la amante que probablemente gozara en Badajoz, la ciudad no se lo puso fácil a Lord Wellington. Como tendremos ocasión de relatar, los testimonios de sus protagonistas describieron el desahogo y solaz esparcimiento del que disfrutaron durante la estancia, pero también la desolación y muerte que revistieron las terciarias desatadas aquel otoño de 1809. En apenas tres meses y a las puertas de Badajoz, el Ejército británico perdió el doble de efectivos que en toda la Campaña del Tajo. Después, en la primavera de 1811 y en el transcurso de dos fallidos cercos, cientos de hombres volverían a sucumbir ante sus murallas. Y, justo un año más tarde, otros cinco mil soldados yacerían antes de tomar finalmente la ciudad que durante meses les abasteció y dio cobijo. Puede decirse que esta Plaza diezmó a las divisiones británicas probablemente como ningún otro combate, naval o terrestre, lo había hecho en toda la historia del glorioso Ejército de Su Majestad. Y, sangre con sangre, la noche del 6 de abril de 1812 Lord Wellington acabó por cobrarse la deuda con Badajoz. Los párrafos que siguen tratarán de explicar el ensañamiento del Ejército angloluso con los habitantes de Badajoz en aquella aciaga jornada, a partir de un examen psicológico que en todo caso deberá abundar en una correcta epistemología, lejos de las débiles hipótesis reduccionistas esgrimidas hasta ahora. Sin embargo y aunque tozudamente nos esforzamos en reducir el texto que acompaña al presente estudio, no logramos simplificarlo hasta el punto de acomodarlo, ni siquiera acercarnos, a las veinticinco páginas que como máximo preceptivamente deben abarcar las comunicaciones de este foro. Por esta razón, nos pareció acertado exponer en un primer trabajo el periplo que antecede al acantonamiento de las tropas en las proximidades de Badajoz, ocupándonos así mismo de desvelar el lugar donde residió su comandante en jefe en el transcurso de los meses siguientes, mientras que en la próxima convocatoria de estos Coloquios Históricos abordaremos las impresiones que causaron en sus invitados los usos y costumbres de los habitantes, desembocando en la epidemia que llegó a diezmarlos a todos.

 

 

A tal fin hemos recurrido a las fuentes británicas. La base para recomponer el espacio temporal de la segunda mitad del año 1809 en la Región, lo forman el conjunto de cartas emitidas por Arthur Wellesley desde distintos puntos de la geografía extremeña. Como es conocido, esta correspondencia, en su mayor parte oficios y despachos de índole administrativa, una vez expurgada escrupulosamente, fue recopilada y publicada en vida del protagonista por su secretario particular, el coronel John Gurwood, aunque tras el fallecimiento del Lord, el II Duque de Wellington le autorizó a editar también aquellas otras órdenes que por motivos personales, políticos o patrióticos su padre le había negado[5]. Al margen de ambas ediciones, el coronel Gurwood seleccionó una serie de decretos de índole meramente castrense dirigidos al cumplimiento de las obligaciones cotidianas, dictados entre 1809 y 1815, que nos ha parecido muy conveniente rescatar al objeto del presente trabajo, confrontándolos con una compilación impresa por William Cloves en este último año [6].

 

Por su parte, la imperecedera obra de Charles Oman sirve de apoyo al relato general, junto a algunos apuntes que hemos tomado de la biografía de Wellington rescatada del primer volumen que escribió el capitán James Alexander[7]. De la biografía del general Rowland Hill, publicada cuatro años más tarde, nos interesaron tres cartas dirigidas a su hermana desde otros tres puntos de Extremadura[8], así como otras diez escritas por el capitán de Guardias William Stother en el mismo período[9]. Del 29º regimiento de infantería ligera, una unidad escocesa adscrita a la II División comandada por el citado teniente general Hill, que fue acantonada en Puebla de la Calzada a mediados de septiembre de 1809, hemos extraído los testimonios de su coronel, Charles Leslie[10], así como el del teniente Andrew Leith-Hay, sobrino y ayudante del estado mayor del general James Leith-Hay, al que ya hemos hecho referencia[11].

 

En esta misma división se integró el 48º regimiento, una unidad irlandesa que se acantonó en Montijo y cuyas vicisitudes conocemos a través del diario del capitán Charles O`Neil[12]. Respecto a la III División del brigadier general Robert Craufurd acantonada en Campo Mayor, nos han interesado especialmente cuatro memorias: las de los sargentos Thomas Garretty y Edward Costello, del 43º y 95º regimientos de infantería ligera respectivamente, y las de los tenientes William Grattan y Harry Smith, del 88º y 95º regimientos, especialmente vinculada a Badajoz esta última autobiografía al haberse desposado su protagonista con la aún impúber Juana de los Dolores León tras el sangriento asalto de 1812[13]. Por último, las impresiones del sargento William Lawrence, del 40º regimiento de infantería ligera, adscrito a la IV División del general Cole, acantonado en un convento de Badajoz desde mediados de octubre de 1809[14].

 

Hemos extraído también las impresiones que legaron los protagonistas de otras armas, como los capitanes Peter Hawker y William Eliot, integrados en el 14º regimiento de dragones ligeros y en el batallón de artillería respectivamente[15]. Y en lo que respecta a la epidemia de tifus que diezmó al Ejército aliado en el otoño de 1809, nos pareció interesante transcribir el criterio de varios miembros del cuerpo médico británico, en especial los del general Henry Mackinnon, nombrado ad hoc para gestionar una crisis sin precedentes bajo la dirección facultativa del doctor James Franck, Inspector General de Hospitales y jefe del departamento médico en la Península[16], así como de aquel que  meses más tarde sería su sucesor y que por entonces cubría plaza en el 88º regimiento de infantería ligera, James McGreegor, y del facultativo Charles Boutflower, titular del 40º regimiento alojado en la Plaza de Badajoz[17].

 

Junto a estas fuentes y con el puntual apoyo de aquellas otras que constan en la bibliografía que se adjunta, hemos tratado de articular respuesta a la controvertida inacción de las fuerzas británicas en este período. Efectivamente y como tendremos ocasión de exponer, casi un tercio de los hombres acantonadas en localidades próximas a Badajoz enfermaron de gravedad, muriendo gran parte de ellos. El Ejército se encontraba mermado y falto de aprovisionamiento; el enfrentamiento con los aliados, a los que se achacaban los errores tácticos que conllevaron la deshonrosa retirada tras la batalla de Talavera, había llegado a su punto más álgido; y por si fuera poco la Quinta Coalición contra Napoleón había fracasado y éste pronto estaría en disposición de enviar ciento cuarenta mil curtidos hombres a España[18]. El estado mayor británico comenzó a inquietarse por los velados propósitos de su comandante.

 

El general Arthur Wellesley, que se encontraba enfermo desde mediados de agosto[19], encontró junto al sosegado remanso del Guadiana, la cura para su salud y el sosiego necesario tras largos meses de combates y marchas. Desde Badajoz despachó cientos de cartas y oficios de índole administrativa en las que tomó importante decisiones políticas y militares, pero no ha sido posible encontrar ningún documento que dejara traslucir sus consideraciones privadas o personales. En este sentido, los cien días que vivió en Badajoz transcurrieron en la más absoluta reserva, de tal modo que, hasta la fecha, ningún historiador pudo asegurar en qué edificio de la ciudad llegó a alojarse.

 

  • La larga marcha.

 

 

La primera operación conjunta del Ejército español y británico contra las tropas imperiales finalizó de manera abrupta a mediados del verano de 1809. Los combates del 27 y 28 de julio en torno a Talavera interrumpieron la estrategia general común, prevista para la Campaña del Tajo. Los españoles perdieron 1.202 efectivos, mientras que las bajas de sus aliados sumaron 5.365 hombres: 801 muertos, 3.915 heridos y 649 desaparecidos. Como la merma del enemigo llegó a alcanzar los 7.268 hombres, entre 761 muertos, 6.301 heridos y 206 desaparecidos[20], podría llegarse a pensar en un desgaste de fuerzas equilibrado entre ambos bandos, si no fuera porque los franceses tomaron rápidamente la iniciativa.

 

En varios movimientos coordinados, el mariscal Victor desplazó sus tropas hasta Maqueda amenazando el ala izquierda de los aliados, mientras la reserva del rey José y el ejército de Sebastiani se mantenían en Aranjuez a fin de evitar que el general Venegas tratara de cruzar el Tajo, de camino a Madrid. Desde León, el V Cuerpo de Ney buscó conectar con las tropas de Soult y Mortier que marchaban ya hacia Portugal a través de Plasencia. Las unidades de este último consiguieron desalojar la vanguardia española que cubría el Puerto de Baños, una posición clave en la defensa del norte de Extremadura, cuya pérdida dejaba expedita la incursión del enemigo hacia el valle del Tajo y exponía sobremanera el repliegue de los aliados.

 

La situación de estos era, en todo caso, muy precaria. Determinados a cubrirse en Extremadura, tras las estribaciones occidentales de los Montes de Toledo, los británicos debían cruzar la Sierra de Guadalupe a través de angostos desfiladeros y pronunciadas gargantas, por lo que, abandonaron la mayor parte de los pertrechos, improvisaron angarillas para los heridos y suplieron la fuerza de los bueyes con la de los brazos para arrastrar el desmedido tren de artillería por los macizos montañosos. Aquel titánico sacrificio, en el que los exámines soldados apenas cubrían diez kilómetros diarios, llevó algunos días en los que casi treinta mil menesterosos hombres tuvieron que dormir a la intemperie, comidos de chinches, faltos de toda higiene y apretados en la estrechez de aquellos escarpados montes. Cabe entender por tanto que, como apenas se llevaron a la boca la media ración de pan y cecina que se les suministraba desde el 22 de julio, las constituciones más débiles comenzaron enfermar aun antes de iniciar la parte más abrupta del trayecto[21].

 

El irlandés Charles O`Neil, que anotó en sus memorias el atormentado periplo que le llevó por aquellos baldíos y enriscados senderos, escribió que

 

“Al tercer día de marcha, subíamos lentamente una gran montaña agotados por la estrechez y la penuria, cuando a mitad de camino observamos ante nosotros un singular caserón. Un grupo de los nuestros se adelantó apresurado con la esperanza de conseguir algo de comer. Los ligeros cierres de la puerta cedieron pronto a su ímpetu, pero, cuando estaban a punto de precipitarse al interior, una terrible escena les inmovilizó por completo. El suelo estaba repleto de personas en estado de inanición. Treinta mujeres y niños se hallaban muertos, aunque enmarañados entre los cadáveres podía distinguirse a quince o dieciséis desgraciados que aún respiraban, incapaces de articular palabra. Hambrientos desde hacía días, aquella sobrecogedora escena impresionó nuestros corazones hasta tal punto que les cedimos nuestra ración diaria a fin de rescatarles de la muerte, aun a sabiendas de que con este gesto tan sólo podríamos retrasar su destino. Se encontraban demasiado débiles para buscarse sustento y apenas tenían fuerza para comer lo poco que podíamos ofrecerles, por lo que es más que probable que todos perecieran.

 

Al día siguiente, un camarada, un buen hombre que había conocido en Irlanda y que no podíamos dejar atrás, se encontraba tan sumamente débil que acabó por apagarse. Obtuvimos permiso para enterrarlo en las proximidades y cavamos una fosa poco profunda, en la que, tras envolverlo en su manta, dimos reposo. Cerca del lugar, encontramos una cabaña donde la fortuna quiso obsequiarnos con un poco de vino. Al rato, escuchamos un grito desgarrador. Sorprendidos, salimos justo a tiempo de comprobar cómo varios soldados huían aterrados del lugar donde habíamos abandonado a nuestro camarada, en dirección al campamento. Le habían desenterrado con el propósito de robarle la manta, pero el cuchillo desgarró parte del muslo del finado y éste saltó de repente. Esto era lo que les había asustado. Nos acercamos a ver a nuestro camarada y comprobamos que, efectivamente, estaba vivo. El cansancio y la fatiga le habían llevado a un estado similar a la muerte, de donde había despertado gracias a aquella puñalada. Compartimos con él un poco de vino y quedó tan reconfortado que, finalmente, fue a dar la espalda a su propio funeral. Al poco tiempo se recuperó y pudo regresar a Irlanda[22].

 

El 6 de agosto, las primeras unidades alcanzaron el río Ibor sin que se les permitiera detenerse, puesto que la caballería francesa había sido avistada a algo más de una jornada de distancia. En efecto, al día siguiente la división del general Luis Alejandro Bassecourt, que cubría la doliente retirada de sus aliados desde El Puente del Arzobispo, fue sorprendida por la caballería de Mortier, que había vadeado el Tajo diez kilómetros aguas abajo. Los españoles huyeron, abandonando la artillería y obligando a desplazar el cuartel general de Cuesta, de  Peraleda de Garvín a Mesa de Ibor, donde fue emplazado finalmente el 9 de agosto.

 

El comandante de las fuerzas británicas estaba furioso. Este inesperado y forzado movimiento de las tropas españolas comprometía la seguridad de ambos ejércitos, ahora encerrados en una estrecha franja montañosa. Si bien hay que señalar que parte del problema se debía a la negligencia del comandante de la Leal Legión Lusitana, Robert Wilson, que lejos de acomodarse al repliegue de los españoles, intentó abrirse paso hacia Portugal y quedó torpemente aislado en el Puerto de Baños. El 12 de agosto, las avanzadas del mariscal Ney le dieron alcance y, aunque pudo resolver la situación gracias al auxilio del regimiento de infantería de Sevilla y del provincial de Mérida escapando hacia el Puerto de Perales, para adentrarse a continuación en Portugal, perdió medio millar de hombres en esta innecesaria y temeraria acción[23].

 

Pero, aunque reconviniera públicamente a su subordinado, el general Arthur Wellesley achacó la vulnerabilidad de su posición a la imprevisión logística de los españoles. Perder el Puente del Arzobispo había significado quedar aislado de la ruta de suministro que abastecía al Ejército de La Mancha desde Sevilla, por lo que la derivada que partía de Badajoz, prevista únicamente para el Ejército de Extremadura, debería aprovisionar ahora a cuarenta mil hombres cuyos comandantes comenzaron pronto a disputarse los escasos recursos disponibles. En estas condiciones, la posición de los ejércitos aliados no podría sostenerse demasiado tiempo.

 

Los británicos reprochaban a los españoles que retuvieran los convoyes de mulas que debían abastecer a sus unidades y, en tono admonitorio, les exigían tanto los víveres y el forraje para su Ejército, como los medios de transporte y auxilio que habían comprometido con anterioridad a la Campaña del Tajo, intimándoles en caso contrario con internarse de inmediato en Portugal, abandonándoles a su suerte[24]. Era unánime la opinión de los comandantes británicos, deseosos de romper la alianza que les unía a los españoles, como por otra parte se deduce de la carta que el general Rowland Hill escribió a su hermana, lamentando que éstos no cumplieran con lo estipulado

 

A la anterioridad de la entrada en el País, con todo tipo de suministro, así como con la disposición de carros para los enfermos. Sé que no han hecho nada y, en consecuencia, muchos enfermos y heridos han debido ser dejados atrás. El Ejército ha sufrido grandes privaciones por falta de alimento, y ahora se encuentra, siento decirlo, mucho más reducido e ineficaz. Bajo todas estas premisas, creo que Sir Arthur Wellesley ha actuado con prudencia retirándose, por lo que nos movemos ahora en marchas cortas en dirección a Elvas, en Portugal, donde imagino que habremos de esperar hasta que lleguen órdenes desde Inglaterra […] Creo que estaremos en Portugal en el curso de cinco o seis días[25].

 

La situación llegó a mejorar un tanto cuando, el 11 de agosto, los españoles emplazaron el cuartel general en Deleitosa y, en consecuencia, el campamento aliado pudo desplazarse hasta Jaraicejo, situándose en una altura desde la que se dominaba el margen derecho del Almonte y desde donde, según Andrew Leith Hay

 

“La panorámica era hermosa en grado sumo. Considerablemente elevada por encima del río, la vista sobrevolaba los numerosos y espléndidos árboles que daban sombra a sus orillas; la pendiente era considerable, aunque no abrupta, y llegaba hasta la misma orilla de una amplia corriente, profunda pero tranquila. Detrás nuestra, extensos bosques de encinas, castaños y robles. Y al frente podía distinguirse la carretera de Deleitosa a Trujillo, formando casi ángulo recto al final de una interminable línea de tiendas de campaña. En este apacible lugar permanecimos en perfecto inactividad durante algunos días. El Ejército español había desaparecido de nuestro frente y no teníamos noticias del enemigo. Nada podría ser más aburrido o monótono que aquellas jornadas en el campamento en Jaraicejo[26].

 

Aunque tal vez los oficiales pudieran respirar un tanto aliviados, sin duda la tropa continuó soportando innumerables inconvenientes y privaciones. Probablemente, al teniente Edward Costello no debieron parecerle tan tediosas las semanas que pasó acantonado con su regimiento en la inmediaciones del Almonte, pues tal y como dejó escrito en su diario

 

“Nuestra vida aquí se hizo realmente salvaje. Aunque permanecimos en el mismo lugar dos o tres semanas, creo que apenas recibimos media docena de raciones durante este período, por lo que como pudimos, sobrevivimos gracias a nuestro ingenio. Por fortuna y en lo que se refiere a la carne, nos encontramos con algunas piaras de cerdos que deambulaban libres por el bosque a fin de ser engordados con bellotas. A estos animales, que por lo general estaban a cargo de algunos españoles, hubimos de recurrir como alimento. Para hacer pan, tomamos cereales de los campos, y, como no teníamos medios adecuados para aventarlo y molerlo, lo frotábamos entre nuestras manos y después lo majábamos contra las piedras para hacer la masa. En recuerdo de esta desdichada práctica, bautizamos a aquel lugar como Dough Boy Hill, un nombre que sería bien recordado por los hombres de nuestra división”[27].

 

Por su parte, los hombres de la III División llamaron a este paraje Mount Misery, rememorando así la indigencia que llegaron a soportar, según contó el sargento Thomas Garrety, adscrito al 43º regimiento de infantería ligera:

 

“En una ocasión, un camarada consiguió con gran esfuerzo una pequeña cantidad de sangre de buey. La hervimos para la cena y la repartimos entre todos. Y, aunque la tomamos sin una pizca de sal, me pareció deliciosa… Muchas veces desayunábamos las bellotas que habían sido vareadas por los porqueros españoles para el consumo de los cerdos. Y unos despojos de cabra fueron vendidos por entonces por cuatro dólares, casi el doble del precio del animal completo, y tanto los soldados como los oficiales pujaron por hacerse con esta horrible miseria[28].

 

Finalmente, los convoyes procedentes de Badajoz comenzaron a abastecer los almacenes previstos en Trujillo y se autorizó a los oficiales para que acudieran a diligenciar el aprovisionamiento de sus respectivas unidades. Algunos de ellos lo hicieron a título personal, como el teniente Andrew Leith-Hay, que el 13 de agosto acompañó al capitán de su compañía con el confeso deseo de conocer la cuna del conquistador Francisco Pizarro, dejando constancia de este modo de sus impresiones:

 

“Trujillo es una gran villa que, desde su altura, domina una vasta extensión de terreno. Desde allí, la vista se prolonga magnífica y variada, enseñoreándose sobre la llanura. Los habitantes, que habían huido ante la presencia de las tropas, comenzaron a regresar cuando entendieron que podían hacer negocio con los británicos. Esto restauró su confianza y estableció un sistema de trueque enriquecedor para ellos y útil para nosotros. Por supuesto, hicimos acopio en cantidad de cada producto. Especialmente, el vino fue vendido con profusión. Las bodegas estaban casi vacías, pero el ingenio compensó las carencias. Los españoles entendieron rápidamente que sus aliados necesitaban disponer de grandes cantidades de vino y que, por el contrario, no eran particularmente exigentes en cuanto a la calidad, por lo que aguachinaron de tal modo el pobre producto de la uva de Extremadura, elaborando un indecible brebaje, que realmente no produjo inmediatos efectos letales por sus excelentes cualidades etéreas.

 

Como por otra parte era de esperar, desde todos los campamentos se enviaron comisionados a la lonja de Trujillo, donde constantemente acabaron por representarse las más ridículas escenas. Los puestos fueron desbordados por los compradores, que lidiaban por reclamar la atención de los tenderos y desplazar rápidamente a aquellos cuyos deseos ya habían sido colmados. En medio de este extraordinario mercado, todas las diferencias de clase desaparecieron frente al impulso natural de procurarse el sustento de vida. El cuartel maestre, el oficial del regimiento, el cirujano, la esposa del soldado o el oficial de Guardias se empleaban de igual modo en el poco elegante pasatiempo de comprar carne, verduras, chocolate y  todo tipo de comestibles, además de pan.

 

En un lugar de la plaza pude observar a un joven aristócrata en el acto de despachar a sus sirvientes después de efectuar aquel degradante servicio en el que, por necesidad, de mala gana había obrado; en otro, como un humilde recadero, pude ver a un  suboficial sepultado como una mula con los bultos comprados en una tienda, porque el soldado que lo acompañaba se había perdido entre un bosque de cantinas, en las que se servía veneno suficiente para acabar con un regimiento.

 

La casa de la familia Pizarro en Trujillo luce espléndida y señorial. Presenta una fachada ornamentada que le da un aspecto de residencia distinguida. En una iglesia en ruinas de Trujillo había sido erigido un monumento a la memoria del célebre conquistador de Perú. La estela fue desmantelada por las tropas francesas, pero aún podía observarse un mármol labrado que había sobrevivido al sacrílego expolio, en el que se recordaba al más distinguido hijo de la ciudad”[29].

 

El capitán William Stother refirió también la situación en la que encontró el cenotafio de Pizarro cuando visitó la iglesia de Santa María la Mayor, apuntando que, pese a que había sido arrasado por los franceses, aún podían observarse pequeñas piezas de ágata, procedentes del mausoleo original, esparcidas por todas partes. La casa de los Pizarro sirvió, según el mismo oficial de Guardias, como residencia del general Arthur Wellesley el 21 de agosto, cuando los aliados por fin levantaron los campamentos y pusieron rumbo al sur, siguiendo la carretera de Miajadas, a donde llegaron el 22 de agosto[30].

 

El 23 de agosto de 1809 las columnas británicas acamparon junto a los arcos del puente romano de Medellín y, al día siguiente, bajo un sol de justicia y tras una agotadora jornada de treinta kilómetros, pudieron alcanzar Mérida. Aunque la mayor parte de los regimientos prosiguieron su camino, el general Wellesley se detuvo aquí apenas una semana, hasta que finalmente el 1 de septiembre retomó de nuevo la marcha. Al día siguiente llegó a Lobón y, el 3 de septiembre de 1809 entró en Badajoz, donde emplazó de manera definitiva el cuartel general y el tren de artillería aliadas. Por su parte, las tropas fueron acantonadas en los alrededores del siguiente modo[31]:

 

La caballería quedó en retaguardia y los ocho escuadrones del 3º y 4º regimientos de dragones, al mando del coronel Calcroft, quedaron alojados en Mérida. Por su parte, los hannoverianos del 1º regimiento de la King German Legion fueron acogidos en Valverde de Leganés.

 

En cuanto a la infantería, el teniente general John Coape Sherbrooke emplazó la I División a su cargo entre Badajoz, donde dispuso sendos batallones de Guardas, pertenecientes a los Coldstream y al 3º regimiento, así como una compañía del quinto batallón del 60º regimiento de infantería ligera; Lobón, donde fue emplazada al completo la brigada del general Cameron, compuesta por tres batallones de los regimientos 42º,42º y 61º, así como otra compañía del quinto batallón del 60º regimiento de infantería ligera; y Talavera la Real, donde hizo lo propio con la brigada hannoveriana del general Sigismund von Löw, compuesta por los cuatro batallones de los regimientos de línea 1º, 2º, 5 y 7º de la King German Legion y dos batallones del regimiento ligero de la misma unidad[32].

 

El teniente general Rowland Hill, al mando de la II División, dispuso del mayor general Tilson y los cuatro batallones de los regimientos 3º, 31º, 48 y 66º de Buffs, así como la acostumbrada compañía del quinto batallón del 60º regimiento, en Montijo; la del brigadier general Robert Stewart, compuesta por tres batallones de los regimientos 29º, 48º y 57º, en Puebla de la Calzada; y la del brigadier general James Catlin Craufurd, compuesta de los respectivos del 28º, 34º y 39, entre Montijo y Torre Mayor.

 

El brigadier general Robert Craufurd, comandante de la III División tras la muerte del general Mackenzie en Talavera, situó sus dos brigadas, formadas por los batallones del 95º, 53º y 43º regimientos, a las que se unieron el 45º, el 88º y la consabida compañía del quinto batallón del 60º, dirigidas por el coronel Rufane Donkin, Campo mayor.

 

Por su parte, el teniente general Galbraith Lowry Cole, comandante de la IV División, emplazó los batallones del 7º, 11º, 53º regimientos, así como la compañía del 60º en Olivenza, junto al 97º y  otra compañía del 60º, de brigada del coronel Kemmis, mientras que, ya a mediados de octubre, los dos batallones del 27º y del 40º regimientos de infantería ligera, adscritos al mismo cuerpo, se les permitió alojarse en Badajoz. Así mismo, la Plaza también cobijó el mermado cuerpo de ingenieros comandados por el mayor David Dundas.

 

 

  • La casa de Wellington en Badajoz.

 

 

Los historiadores, que pronto pasaron a detallar la fehaciente constancia del acantonamiento de las divisiones británicas en las localidades próximas a Badajoz, fueron siempre mezquinos en asegurar el paradero de su comandante en jefe en esta ciudad. En 1907 y sobre la base de la colección diplomática que poco después llegaría a ser divulgada por Román Gómez Villafranca, el por entonces secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia, Juan Pérez de Guzmán y Gallo, publicó un breve y pretencioso artículo en el que, bajo el mismo título que preside este epígrafe, nunca llegó a revelar el presunto inmueble en el que debió alojarse el general Arthur Wellesley[33].

 

Desde entonces y aunque la incertidumbre no es poca, ningún otro investigador ha resuelto aproximarse a este enigma, pese a que, al menos hasta donde nos alcanza, para su satisfacción no es menester descifrar esotéricos arcanos. Y es que, a nuestro juicio, no cabe duda que, desde el 3 de septiembre al 27 de diciembre de 1809, el general Arthur Wellesley fijó su residencia en el actual edificio de la Capitanía General de Extremadura, antiguo Palacio del Conde de la Torre del Fresno.

 

Como es conocido, su desventurado propietario, don Toribio Gragera y Arguello de Carvajal, comandante interino de las fuerzas de Extremadura, fue linchado por una turba de paisanos que halló pruebas irrebatibles de infidencia en su vacilante proceder respecto a las salvas acostumbradas en la onomástica real en 1808. Su viuda, doña Juana Topete y Argüello Carvajal, esa misma noche y después de dar sepultura al vejado cadáver, partió a un cortijo de las proximidades cediendo el uso de la vivienda a los militares, que no obstante se mantuvo desocupado hasta la llegada de los británicos.

 

Las autoridades militares que en el verano de 1808 se pusieron al frente del Ejército de Extremadura, no volverían a pisar Badajoz en muchos meses. Tanto el teniente general José de Galluzo y Páez como el provecto Gregorio García de la Cuesta, centraron el grueso de sus operaciones en el norte de la Región, por lo que, cuando en agosto de 1809 y una vez defenestrado este último el duque de Alburquerque tomó el mando Ejército de la Izquierda y fijó su cuartel general en Trujillo, manteniendo las comunicaciones con la Plaza, donde quedó guarnicionada la división del general Juan Senén de Contreras, a través de la división del brigadier Rafael Menacho y Tutlló asentada en Mérida, la Junta Suprema de Extremadura estimó que la antigua residencia del III Conde de la Torre del Fresno sería el lugar más adecuado para acoger al comandante de las tropas aliadas.

 

Lord Wellington residió en este magnífico edificio durante su estancia en Badajoz. Así fue expresamente reconocido por la propia condesa viuda de Torre del Fresno en la carta que escribió a su hijo Rafael Gregorio Portugués el 3 de julio de 1814, asegurando que

 

Este Palacio, que tu querido padre nos dejó disfrutar sin límites, ha sido ocupado y saqueado por franceses, ingleses y españoles; aunque también han estado bajo su techo hombres gloriosos como el general Menacho y el propio Wellington[34].

 

Y así se desprende del relato del allanamiento de la residencia por los soldados británicos en el asalto definitivo a la ciudad, que hizo el privilegiado testigo Fray Laureano Sánchez Magro, dejando escrito que

 

“Las casas más principales padecieron más perjuicios. Y en las del alojamiento de Lord Wellington, que por considerarla más segura se refugiaron muchas personas, se cometieron iguales tropelías y atrocidades. En ella fue herida con un balazo en el hombro la reverenda madre del convento de franciscanas descalzas, el prebendado don Manuel de la Rocha sufrió una cruel cuchillada en la corona y a la señora doña Topete, nuera de la condesa de la Torre del Fresno, dueña de la casa, le dieron una bofetada tan cruel que conservó por muchos días la señal”[35].

 

Desde mediados de marzo de 1811, el Palacio había servido también como residencia del gobernador Armand Philippon[36], por lo que las tropas violentaron las puertas para saquearlo. Aunque era un nefasto lugar para buscar cobijo, no es casualidad que a él se acogieran Sor María de San Diego, la abadesa del Convento de Franciscanas Descalzas situado a escasos veinte metros, así como el racionero catedralicio Manuel de la Rocha, conocido como “El Pastor de Extremadura[37] y propietario del inmueble colindante en el que había sido instalada una logia masónica durante la ocupación francesa[38].

 

El día 7 de octubre de 1809 el general Arthur Wellesley celebró en el Palacio una velada que sería recordada durante mucho tiempo entre los badajocenses. Apenas dos días antes y una vez repuesto de sus dolencias, había dispuesto la partida para viajar a Portugal con su comandante de ingenieros el teniente coronel Richard Fletcher, a fin de inspeccionar sobre el terreno su proyecto defensivo de líneas fortificadas. Sin embargo, la noche del 5 de octubre recibió un correo en el que se le notificaba que el general John Coape Sherbrooke había sido nombrado caballero de la Orden del Baño, por lo que, como comandante en jefe y apoderado real, estaba obligado a imponerle la insignia en una solemne ceremonia que no convenía aplazar, por lo que escribió al homenajeado:

 

“Mi querido Sherbrooke,

 

Anoche recibí una carta comunicándome que el Rey le ha impuesto la Orden del Baño, por lo que será un honor para mí imponérsela si viene usted mañana o pasado. Se me remite la divisa y algunos documentos para usted. Acuda con su estado mayor y los comandantes del batallón de guardias[39].

 

A la suntuosa gala acudió todo el estado mayor, junto a los generales y comandantes de las distintas unidades, además de los ilustres de la ciudad acompañados de sus respectivas esposas. Los salones de la residencia del jefe de las fuerzas británicas estaban atestados hasta la asfixia, en palabras del cirujano Charles Boutflower, que también acudió al evento[40].

 

Esa tarde y según dejó escrito el capitán William Stothert, se dispararon salvas desde los baluartes en honor a Jorge III. A las ocho fueron abiertas las puertas del Palacio y el respetable anfitrión comenzó a recibir a las más reputadas familias del lugar. Una vez condecorado el general, hubo ocasión para que algunas damas deleitaran a los concurrentes con afinadas melodías, tras las cuales Lord Wellington abrió el baile tomando como pareja a doña Ana Fortunata, viuda de Fidalgo y dama muy notable de Elvas[41], a los que secundaron el resto de invitados hasta media noche, cuando fue anunciada la cena, no dándose por finalizada la gala sino hasta después de las dos de la mañana[42].

 

En estos entretenimientos, el otoño se presentaba sumamente apacible para las tropas británicas acantonadas en Badajoz y sus contornos. Había llegado el tiempo de tomarse un merecido descanso, tras un año de ininterrumpidas marchas y cruentos combates, por lo que el general Wellesley dejó a su homónimo Sherbrook al cargo de las tropas y partió para Lisboa a la mañana siguiente. Jamás llegó a imaginar el siniestro panorama que habría de encontrarse tres semanas más tarde.

 

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[1] Vid. GÓMEZ VILLAFRANCA, Román. Extremadura en la Guerra de la Independencia Española. Memoria Histórica y Colección Diplomática. Badajoz, 1908.

[2] Vid. MARABEL MATOS, Jacinto J. “El coronel Storm de Grave y el sitio de Mérida de 1809”. XLIII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2014; pp. 313-334.

 

[3] LEITH HAY, Andrew. A Narrative of The Peninsular War. Volumen I. Edimburgo, 1831; p. 132.

[4] GURWOOD, John. The Services of Field Marshal the Duke of Wellington. Volumen V. Londres, 1836; p. 156.

[5]Vid. GURWOOD, John. Selections from Dispatches and General Orders of Field Marshal The Duke of Wellington. Londres, 1842.

[6] Vid. GURWOOD, John. The General Orders of Field Marshal The Duke of Wellington. Londres, 1832. CLOVES, William (Ed.) The Principles of War, exhibited in the practice of the camp; and as developed in a series of general orders of Field Marshal the Duke of Wellington, K.G. Londres, 1815.

[7] Vid. OMAN, Charles. A History of the Penisular War. Volumen II. Oxford, 1903. ALEXANDER, James Edward. Life of Field Marshal, His Grace The Duke of Wellington. Volumen I. Londres, 1840.

[8] Vid. SIDNEY, Edwin. The Life of Lord Hill, G.C.B. late Commander of the Forces. Londres, 1845.

[9] Vid. STOTHER, William. A narrative of the Principal Events of the Campaigns of 1809,1810 & 1811. Londres, 1812. El capitán Stother era ayudante del coronel del 3º regimiento de Guardias integrado en la I División británica y recopiló cuarenta y cuatro cartas escritas entre enero de 1809 y junio de 1811, finalizando justo con dos remitidas tras el fallido asalto a Badajoz ocurrido en esa fecha.

[10] Vid. LESLIE, Charles. Military Journal of Colonel Leslie. Aberdeen, 1887.

[11] Andrew Leith-Hay nació en Aberdeen el 17 de febrero de 1785, fue hijo del general Alexander Leith-Hay y sobrino del mayor general James Leith. Acompañó a este en calidad de ayudante de campo, desde agosto de 1808 cuando el general fue comisionado por el vizconde Castlereagh, secretario del War Office británico, en labores de apoyo al Ejército español en el Cantábrico. El general falleció en 1816 y Alexander Leith-Hay se encontraba en Barbados cuando publicó por vez primera sus memorias, en 1817, justo un año después del fallecimiento de su tío. En 1831, ya como comandante incrementaría esta obra en dos volúmenes, imprimiéndose al mismo tiempo en Londres y Edimburgo. Conoció una segunda edición en 1834, y dos más hasta 1850. Alexander Leith-Hay fue gobernador de Bermuda entre 1838 y 1841, alcanzó el grado de teniente coronel y murió a los setenta y siete años de edad.

[12] Vid. O’NEIL, Charles. The Military Adventures of Charles O’Neil. Worcester, 1851.

[13] Vid. GARRETTY, Thomas. Memoirs of a Sergeant late in the Forty-Third Light Infantry Regiment, previously to and during the Peninsular War. Londres, 1835. COSTELLO, Edward. The Adventures of a Soldier. Londres, 1841. GRATTAN, William. Adventures with the Connaught Rangers. Volumen I. Londres, 1847. SMITH, Harry. The autobiography of Lieutenant-General Sir Harry Smith. Volumen I. Londres, 1902.

[14] Vid. LAWRENCE, William. The Autobiography of Sergeant William Lawrence, a hero of the Peninsular and Waterloo campaigns. Londres, 1886.

[15] Vid. HAWKER, Peter. Journal of a Regimental Officer during the recent campaign in Portugal and Spain. Londres, 1810. ELIOT, William Granville. A Treatise of the Defence of Portugal. Londres, 1811.

[16] No debe confundirse el apelativo con el que se hacía llamar en honor al eminente patólogo contemporáneo Joseph Frank. Vid. JOHNSTON, William. Roll of Comissioned Officers in the Medical Service of the British Army. Aberdeen, 1917.

[17] Vid. MACKINNON. A Journal of the campaign in Portugal and Spain. Londres, 1812. McGRIGOR, James. The Autobiography and Services of Sir James McGrigor, Bart. late Director-General of the Army Medical Department. Londres, 1861. BOUTFLOWER, Charles. The Journal of an Army Surgeon during the Peninsular War. Manchester, 1912. Precisamente por encontrarse alojado en Badajoz durante este período, Charles Boutflower fue un privilegiado testigo de los acontecimientos intramuros. Su visión, no obstante, está pergeñada de expresas críticas a la moral, al clero y a la liturgia católica. Había nacido en Enfield, Middlesex, el 2 de febrero de 1782 y fue el cuarto hijo del reverendo John Boutflower, vicario de Seamer, en Yorkshire. Educado en severas creencias, ingresó como auxiliar sanitario en la armada en 1800, pero dos años más tarde fue trasladado al 40º regimiento de infantería ligera que por entonces se encontraba en Malta. Aquí fue promovido a cirujano y el 8 de junio de 1809 fue reclamado en la Península. No tenía experiencia en campaña cuando llegó a Badajoz el 10 de septiembre procedente de Elvas, por lo que las costumbres y usos del lugar reclamaron muy pronto su atención, aunque también su crítica. El 3 de septiembre de 1812 fue agregado al estado mayor del general Rowland Hill. En 1813 se casó y abandonó el ejército dos años más tarde para ejercer profesionalmente en Colchester, donde abrió consulta durante nueve años. En 1826 se trasladó a Liverpool para seguir ejerciendo la medicina, hasta que falleció el 24 de marzo de 1844 tras contraer unas fiebres tifoideas.

[18] Tras la batalla de Wagran y mediante el Tratado de Schönbrunn, Austria firmó el armisticio con Francia. La resolución de la política centroeuropea permitió que un gran número de veteranas unidades fueran destinadas a la Guerra de España y, de este modo, a finales de 1809 un Cuerpo comandando por Junot, dos divisiones de la Joven Guardia, una división de infantería alemana, varias compañías de policía a caballo especializada en combatir guerrillas y algunos regimientos que hasta entonces no contaban con una base permanente, comenzaron a cruzar la frontera. ESDAISLE, Charles. La Guerra de la Independencia. Una nueva Historia. Crítica. Barcelona, 2004; pp. 260-261.

[19] El 20 de septiembre escribió a John Villiers para participarle que, efectivamente, no se encontraba bien desde hacía algo más de un mes debido a unos fiebres intermitentes de la que no consiguía reponerse. GURWOOD, J. The Services…, ob.cit; p. 163. Aunque con las cautelas propias del diario oficial del régimen josefino, hay que señalar que de enfermedad y posterior recuperación también se dio cuenta en la Gazeta de Madrid, de 3 y 6 de enero de 1809 respectivamente, que a su vez recogían sendas crónicas informadas por los diarios de Lisboa.

[20] OMAN, C. A History…, ob.cit.; pp. 555-556.

[21] STOTHER, W. A narrative…, ob.cit.; pp. 103-105. Según Stother, antes de la batalla de Talavera, tanto bueyes, como ovejas y cabras, habían servido al consumo diario del Ejército. Las órdenes eran que aquellas provisiones debían ser cocinadas durante la noche y repartidas al amanecer entre la tropa, a fin de que cada soldado proveyera su mochila con la ración diaria necesaria para una agotadora marcha.

 

[22] O´NEIL. C. The Military Adventures… ob.cit..; pp. 139-141.

[23] WILSON, Robert. A Narrative of the C,ampaings of the Loyal Luisitanian Legion. Londres, 1812; pp. 274-284.

[24] GURWOOD, J. The Services..,, ob.cit; pp.  33-34. Efectivamente, el general Wellesley consiguió que sus presiones, el 12 de agosto, fuera cesado el general Gregorio García de la Cuesta con el que mantenía un perverso pulso, alegando una inoportuna y pasajera parálisis, y ese mismo día elaboró una batería de medidas a adoptar para el caso de que las columnas enemigas que se dirigían a Plasencia acabaran cortando sus comunicaciones con Portugal.

[25] SIDNEY, E. The Life…, ob.cit.; pp. 114-115. Por entonces, el cuartel general británico debía haber recibido noticias del cambio de alianzas en Centroeuropa. Napoleón podría centrarse en trasladar más recursos a la Península quedando la situación de las tropas británicas era sumamente expuesta si no se refugiaban nuevamente en Portugal.

[26] LEITH-HAY, A. A Narrative.., ob.cit; pp. 174.

[27] COSTELLO, E. The Adventures…, ob.cit.; p. 36. Hemos mantenido en su original el nombre de la colina, Dough-boy,  manteniendo el vocablo que hace referencia a las bolitas de masa de cereal hervido que fue la base del  alimento de las compañías británicas en esos días.

[28] GARRETTY, T. Memoirs of a Sergeant…,, ob.cit; pp. 74-75.

 

[29] LEITH-HAY, A. A Narrative…, ob.cit.;  pp. 179-180..

[30] STOTHER, W. A narrative…, ob.cit.; p. 108.

[31] Estado general de las fuerzas británicas en Extremadura a 1 de noviembre de 1809. GURWOOD, J. Supplementary…, ob.cit.;  pp.417-418.

[32] El barón Löw asumió el mando del 1º y 2º regimientos de línea de la KGL adscritos a la brigada del barón Ernst Langwerth, tras morir éste la batalla de Talavera, reuniendo bajo su mando toda la infantería alemana. OMAN, Charles. Wellington’s Army 1809-1814; p. 345.

[33] PÉREZ DE GUZMÁN Y GALLO, Juan. “La casa de Wellington en Badajoz”. La Ilustración Española y Americana, nº XXII. Madrid, 1907; p. 354.

[34] DEL SOLAR ORDOÑEZ, José Juan. Un testigo para la Historia. Excma. Diputación Provincial de Badajoz. 1997; p. 77.

[35] SÁNCHEZ MAGRO, Laureano. Sucesos Históricos de la capital y pueblos de Extremadura en la Revolución del año 1808. Editora Regional de Extremadura. Jaraíz de la Vera, 2011; p. 122.

[36] BRITO MOUZINHO, Maximiano. Correspondência de Maximiano de Brito Mouzinho para D. Miguel Pereira Forjaz, Ministro e Secretário de Estado dos Negócios da Guerra, sobre informaçoes militares, abastecimietnos, animais, relaçao da força militar francesa, artilharia, muniçoes e víveres existentes na Praça de Badajoz.  Archivo Histórico Militar de Portugal. DIV. 1, 14, 204.02; p.2

[37] Vid. DE LA ROCHA, Manuel. Églogas del Pastor de Extremadura. Badajoz, 1821.

[38] MELÉNDEZ TEODORO, Álvaro. Apuntes para la Historia Militar de Extremadura. Cuatro Gatos. Badajoz, 2008; p. 78.

[39] Escribió entonces a Beresford justificando precisamente el retraso en el deber de oficiante de la ceremonia y a Villiers a fin de que le facilitara dos o tres carros y cinco o seis caballos para el jueves 8 de octubre. GURWOOD, J. The Services…, ob.cit.; p. 200-201.

[40] BOUTFLOWER, C. The Journal…, ob.cit; p.15.

[41] Fueron célebres las tertulias organizadas por esta viuda, que recogió el testigo de la badajocense, en su casa de Elvas todas las tardes a partir de las ocho y en las que solían concurrir, además de la dueña de la casa y su confesor, su hija, su hijo Antonio y su sobrino José, ambos oficiales de caballería nombrados por Wellington. En abril de 1811 el comandante de las fuerzas aliadas se alojó cuatro días en casa de doña Ana Fortunata, en el transcurso de los cuales se celebraron otras tantas veladas en las que se cantó y bailó hasta altas horas de la madrugada. ELIOT, W.G. A Treatise…, ob.cit; p. 275-276. LIMPO PÍRIZ, Luis Alfonso. Badajoz y Elvas en 1811. Crónicas de Guerra. Ayuntamiento de Badajoz, 2011; pp. 238-240, 249-250.

[42] STOTHER, W. A narrative…, ob.cit; p. 120.