Ene 182016
 

Ignacio Escribano Bartlett.

Licenciado en Historia y Doctorando por la Universidad de Extremadura

ignacioescribanoba@hotmail.com

 

Resumen

 

El presente trabajo aborda, desde una perspectiva histórica, el origen de la División Azul y la notable influencia que tuvieron los acontecimientos ocurridos durante la Segunda República y la Guerra Civil Española para su posterior creación en junio de 1941. España, como país, no participó en la Segunda Guerra Mundial pero sí envió a este contingente del que cabe destacar su presencia en el conflicto y del que cerca de 2.700 extremeños formaron parte del mismo. De la misma forma, se analizan las circunstancias que rodearon su puesta en funcionamiento mediante un estudio basado en la búsqueda directa de datos en fuentes escritas. A unos meses de cumplirse 75 años de su creación, consideramos importante recordar a este cuerpo de voluntarios olvidado y estigmatizado tras la derrota alemana en el conflicto mundial.

 

Palabras clave: División Azul, Segunda República, Frente Popular, Guerra Civil Española, Segunda Guerra Mundial, Extremadura, posguerra.

 

Introducción

 

Entre septiembre de 1939 y mayo de 1945 un trágico suceso asoló Europa. La Segunda Guerra Mundial provocó una serie de desmanes que tardaron décadas en cicatrizar. Recién acabada la Guerra Civil, la España de Francisco Franco no podía aventurarse en participar pese a la deuda moral contraída con la Alemania de Hitler tras la ayuda recibida con la Legión Cóndor. Sin embargo, la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 provocó en miles de españoles y extremeños un sentimiento de venganza que vio su culminación con la creación de la División Española de Voluntarios, conocida popularmente como División Azul.

Se estima que 45.500 españoles partieron hacia las grandes estepas rusas pero ¿qué les condujo a tomar esta difícil decisión? En este sentido se justifica la elaboración de este estudio para poder entender cómo 45.500 individuos, de los que 2.700 eran naturales de Extremadura[1], dejaron atrás a sus familias y país para combatir por unos ideales que ellos consideraban justos por todo lo vivido y sufrido desde 1931 y especialmente desde principios de 1936.

La División Azul forma parte de la historia reciente de España y todavía hoy es objeto de debate generando numerosas controversias en función del investigador o historiador que la estudie dada su notable influencia política[2]. Por ello y antes de adentrarnos en la investigación, resulta conveniente aclarar que lo que sigue en las siguientes páginas está realizado desde el rigor histórico que todo estudio científico debe tener, alejándose de cualquier tipo de ideología política, sea del signo que sea. No se trata de reabrir o no heridas del pasado sino de describir los hechos ocurridos y darlos a conocer. Del mismo modo queremos denunciar cualquier tipo de violencia generada por ideales políticos así como la diferenciación que suele realizarse entre bandos cuando hablamos de la Guerra Civil.

Matizado lo anterior, profundizaremos en los acontecimientos más destacados de la Segunda República y la Guerra Civil Española puesto que consideramos que estos dos periodos fueron cruciales para la posterior creación de la División Azul. También nos adentraremos en el contexto histórico de la Europa de la Primera Guerra Mundial y en la importancia de la política represiva llevada a cabo por el Frente Popular en las motivaciones que esgrimieron los divisionarios extremeños para decidir alistarse.

 

Momentos de cambios en Europa

 

La España de los años treinta del siglo pasado se caracterizaba por una situación social y política caótica aunque, para poder comprender el escenario que se vivió en aquellos años, debemos transportarnos unos años atrás y a un país muy relacionado con lo que sería la División Azul años después. Se trata de la Rusia zarista. Concretamente a 1917 y en plena Primera Guerra Mundial.

Febrero de 1917 se recuerda como el mes de la obligada abdicación del zar Nicolás II y, con la posterior Revolución de Octubre de ese mismo año, los bolcheviques de Lenin llegaban al poder provocando un hecho sin precedentes: una nueva experiencia política se adentraba en Europa bajo el nombre de comunismo[3].

Este nuevo régimen causó expectación en muchas partes de Europa dado que veían en la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) un más que posible modelo a seguir. Las clases trabajadoras de las democracias europeas anhelaban la idea del paraíso del proletariado pero, por el contrario, otros estratos de la sociedad sintieron el miedo en sus cuerpos tras conocerse las noticias que llegaban de la Unión Soviética. La Iglesia estaba considerada como un enemigo para el pueblo y la propiedad privada tenía fecha de caducidad. Las clases más pudientes no podían seguir con sus privilegios y los soviets o consejos de trabajadores serían los encargados de llevar a cabo esta revolución. Sin embargo y, para la concepción comunista, esta revolución no podía quedarse en tierras rusas sino que debía extenderse más allá de sus fronteras. Tenía que dominar Europa y expandirse por todo el mundo.

Ante tal perspectiva es lógico pensar que muchas personas vieran amenazadas sus posesiones y creencias generando una respuesta inmediata en forma de ideologías completamente opuestas. Esto es, el fascismo italiano con Benito Mussolini como máximo representante y en cierto modo, aunque con diferencias, la Alemania nacionalsocialista de Adolf Hitler. Así pues, esas clases amenazadas no tardaron en simpatizar con las ideas fascistas provocando que en Europa tanto los grupos comunistas como fascistas crecieran de forma imparable generando un clima de tensión peligroso incluso dentro de las democracias europeas más consolidadas. Del mismo modo, el tradicional modelo capitalista estaba en cuestión tras la grave crisis económica de 1929[4].

En el ámbito internacional, la Europa democrática veía como sus bases se quebraban a medida que el anticomunismo y el antifascismo avanzaban. En este sentido, en la España rural y atrasada como Andalucía y Extremadura, no pasaron inadvertidas estas nuevas ideologías y entraron con fuerza provocando unas luchas internas entre los que reclamaban reformas inmediatas y los partidarios del inmovilismo que finalmente desencadenaron en la posterior guerra civil.

Así pues, la Segunda República tuvo como objetivo primordial terminar con las desigualdades sociales con una serie de reformas que no fueron del agrado de todos. Tanto el sector eclesiástico como el Ejército y las diferentes oligarquías terratenientes mostraron su disconformidad desde el primer momento[5]. El caso del Ejército es fundamental ya que se trataba de un colectivo mermado en su ánimo tras la derrota de Cuba en 1898, un colectivo que puso sus fuerzas en garantizar la unidad de España y el orden social siempre receloso, desde los altos mandos, de la izquierda y de los nacionalismos. Además, sufrían problemas internos por los ascensos de militares africanistas que perjudicaban a los peninsulares y tenían en su memoria el reciente fracaso bélico conocido como Desastre de Annual de 1921[6].

 

La esperanza truncada: la Segunda República

 

Tras ocho años de dictadura de Miguel Primo de Rivera y el breve periodo de Dámaso Berenguer, se convocaron elecciones municipales para el 12 de abril de 1931 con un claro triunfo de las fuerzas socialistas y republicanas que provocaron el posterior exilio de Alfonso XIII[7]. Así pues, el 14 de abril de 1931 se proclamaba en la localidad guipuzcoana de Éibar la Segunda República Española con Niceto Alcalá-Zamora como presidente pero, en apenas cinco años, se precipitaron los acontecimientos que llevaron a la división total del país. La República era vista como una esperanza para unos y una amenaza para otros pero, lo que es peor, no logró contentar a los esperanzados y sí enfurecer a los que se sentían amenazados[8].

Extremadura era el claro ejemplo de lo que sucedió en aquellos momentos en España; con cerca de 1.200.000 habitantes, el pueblo extremeño era una sociedad claramente atrasada y agrícola con problemas de alimentación y condiciones higiénicas y sanitarias muy precarias. Además, el nivel cultural era excesivamente bajo con casi un 75% de población analfabeta. En cuanto al trabajo, básicamente agrícola, estaba controlado por los grandes terratenientes burgueses que tenían en su poder extensas dimensiones de tierra con predominio del latifundismo. Se da el caso además, que en su mayoría vivían generalmente en Madrid y que, siendo apenas un 2%, poseían el 60% del total de la tierra por lo que, ésta, estaba en manos de unos pocos, provocando a su vez un claro desequilibrio[9]. Resulta obvio pensar que, ante una sociedad jerarquizada donde la minoría oligárquica rural tenía el poder de decisión sobre la mayoría campesina, la República se viese con esperanza en gran parte de la población extremeña.

Para solucionar la precariedad del trabajo en el campo, el Gobierno Provisional realizó una reforma agraria para reducir el paro entre los jornaleros, aumentar los salarios y mejorar las condiciones laborales. El entonces ministro de Trabajo, Francisco Largo Caballero, instauró la jornada laboral de ocho horas dotando a los sindicatos de un gran poder de decisión que produjo el desagrado entre los terratenientes puesto que se vieron en la obligación de contratar a más trabajadores con el perjuicio económico que ello les producía. Los altercados entre jornaleros y Guardias Civiles fueron entonces muy recurrentes[10].

En lo concerniente a la Iglesia se aprobó la libertad de culto, algo que la derecha más tradicional no estaba dispuesta a aceptar. Además, la quema de conventos comenzó a producirse en mayo de 1931 por todo el territorio nacional ocurriendo las más destacables en Madrid, Málaga o Sevilla[11].

También el Ejército fue objeto de reformas por parte de Manuel Azaña, ministro de la Guerra, quien quiso dotarle de modernidad bajo una reorganización, disminuyendo a su vez el número de oficiales con retiros extraordinarios e incluso anulando todo ascenso militar logrado por méritos de guerra durante la dictadura de Primo de Rivera. Esta reforma encontró una firme oposición por parte de la oficialidad y de la derecha que consideró estas medidas como un ataque frontal hacia el Ejército[12].

Bajo este telón de fondo, en junio de 1931 se celebraron elecciones a Cortes Constituyentes en las que los socialistas obtuvieron una holgada victoria en coalición con los republicanos de izquierdas. Sin embargo, fue el partido centrista de Alejandro Lerroux (Partido Radical) el que obtuvo una amplia representación y, con el paso de los meses, acercó posturas con una derecha que, en estas elecciones, apenas obtuvo un papel testimonial[13].

Ante este resultado, el 9 de diciembre se aprobó la Constitución de 1931. Una Constitución ambiciosa y democrática, laica, con amplitud de derechos, liberal y en la que, por primera vez en la historia de España, se aprobaba el voto femenino pero, como veremos, abocada al fracaso como la República dadas las presiones de la derecha. Ya en el artículo primero se definía a España como una “República de trabajadores de toda clase” y en el cuarto, se reconocían las diferentes lenguas de las diferentes regiones. Las cuestiones territoriales de Catalunya fueron objeto de un debate que acabó con el reconocimiento de la lengua catalana y del futuro Estatuto autonómico dentro de un ‘Estado integral’ aunque, sin duda, el punto que más polémico fue la ‘cuestión religiosa’. En el tercer artículo se especificaba que el estado español no tenía religión oficial, mostrando un aclara separación de la Iglesia y del Estado. Desde ese momento, la Iglesia dejaba de recibir subvenciones estatales y se suprimían las órdenes religiosas como la jesuita. Además, sus bienes serían nacionalizados y quedaba prohibido ejercer la enseñanza por parte religiosa junto con la aprobación del divorcio. Estas medidas no suponían un ataque a la religión en sí, pero sí ponían fin a la posición privilegiada de la Iglesia en España. En este aspecto, el grave error de la República fue el olvidar que la tradición religiosa en España era algo muy habitual y que estaba muy arraigada en millones de españoles católicos que, desde entonces, se podrían ver perjudicados o incluso ver en la República a un enemigo. La derecha aprovechó estas circunstancias para hacerse fuertes contra el laicismo republicano y el anticlericalismo imperante en gran parte de la izquierda. Fruto de estas tensiones y división social, Alcalá-Zamora dimitió como Presidente del Gobierno dejando su puesto en manos de Manuel Azaña[14].

Empero, a nivel social, el bienio reformista se encontró con problemas desde el principio. En su contra se encontraban abiertamente los sectores de la Iglesia, los grandes terratenientes y empresarios, los patronos y financieros, los monárquicos y gran parte de los militares y la derecha en general, pero también tuvo que hacer frente a parte de la izquierda revolucionaria encarnada en los anarquistas de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica), que llevaron a cabo la huelga de la Telefónica en julio de 1931, y de un sector del socialismo vinculado a la UGT (Unión General de Trabajadores) que pretendían una revolución radical. Incluso, ante las reformas laborales, la CNT se mostró contraria al considerarlas poco revolucionarias por lo que se encontraban dos posturas sindicales opuestas: los anarcosindicalistas y los socialistas. Por otro lado, la tan esperada reforma agraria no llegaba al campesino por falta de medios y organización. La expropiación de las tierras latifundistas y su posterior reparto no trajo los resultados esperados y radicalizó, más si cabe, a la CNT y a la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra de UGT[15].

En estas circunstancias, un trágico suceso se produjo el último día de diciembre de 1931 en la localidad pacense de Castilblanco, donde, tras una manifestación pacífica, la Guardia Civil abrió fuego matando a un hombre y, en represalia al hecho, la muchedumbre se abalanzó sobre los cuatro Guardias Civiles provocándoles la muerte. Tras esto, en diversas poblaciones hubo enfrentamientos entre huelguistas y miembros de la Benemérita que acabaron con más fallecimientos[16].

La derecha comenzaba a organizarse para mostrar su hostilidad hacia la República y en agosto de 1932 se produjo el intento fallido de golpe de Estado a cargo del general José Sanjurjo desde Sevilla[17]. Con su fracaso, la República salía reforzada pero en enero de 1933, en la localidad gaditana de Casas Viejas, se produjeron unos desgraciados sucesos. La CNT organizó una huelga revolucionaria de ámbito nacional que acabó con derramamiento de sangre. La derecha culpó del hecho a Azaña y dentro de la izquierda, los socialistas recelaron de los republicanos. En aquellas semanas de tensión se funda el partido de derechas y católico CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) que aglutinaba a todos los sectores derechistas bajo el liderazgo de José María Gil-Robles y que además denotaba ciertos tintes fascistas[18].

En noviembre de 1933 se tuvieron que convocar unas nuevas elecciones para tratar de apaciguar los ánimos siendo las primeras en las que las mujeres pudieron ejercer su derecho a voto. El ala más radical del socialismo acudió, con Largo Caballero como cabeza visible, por separado de los republicanos pese al consejo ignorado de Indalecio Prieto quien defendía la unión como mejor recurso para derrotar a la derecha. De esta forma, la CEDA se alzó en las elecciones mientras que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sufría un fuerte batacazo electoral. La CEDA recibió también el apoyo del Partido Radical de Lerroux comenzando así el conocido como bienio conservador con este último como primer ministro. Un bienio caracterizado por devolver a España a la situación anterior a la República, hecho que radicalizó a la izquierda. El hambre estaba patente en todo el país y las huelgas de la CNT y FAI eran duramente reprimidas con incluso censura de periódicos y cierre de locales sindicales[19].

Del mismo modo que hemos podido ver cómo la izquierda estaba desunida, la derecha más extrema no era partidaria del apoyo que Gil Robles le había prestado al Partido Radical de Lerroux. Los carlistas solicitaron incluso ayuda económica y armamentística a Mussolini de cara a un posible alzamiento y el partido monárquico alfonsino, Renovación Española, con su líder José Calvo Sotelo barajaban la idea de implantar un nuevo régimen autoritario. Los más jóvenes partidarios de Gil Robles incluso exigían una conquista del poder al más puro estilo fascista. Es en estas fechas cuando se surge un partido crucial para el futuro origen de la División Azul. Se trata de Falange Española. Fundada en octubre de 1933, José Antonio Primo de Rivera era su líder carismático y, con la fusión con las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas) de Ramiro Ledesma, y siendo seguidores de los modelos nazis y fascistas, comenzaron a ganar adeptos de manera fulgurante. La camisa azul, las proclamas patrióticas y el uso habitual de la violencia eran algunas de sus características[20]. Falange, además de ver peligrar la unión de la nación española, reivindicaban también una lucha social y una revolución necesaria para acabar con las graves injusticias de la época. Este hecho les diferenciaba del resto de partidos de la derecha. «Nosotros no queremos la revolución marxista, pero sabemos que España necesita la suya» (Caballero, 2011: 21) llegó a decir su líder José Antonio Primo de Rivera en la campaña electoral de 1936[21].

La violencia en las calles se extendió por toda España entre unos y otros y entroncaron, más si cabe, las posturas ideológicas. No hubo término medio y las consecuencias de ello fueron desastrosas para el país y es que, la CEDA y el PSOE, no fueron capaces de apaciguar los ánimos[22]. Lerroux dimitía en abril de 1934 tras rechazar Alcalá-Zamora firmar la amnistía de los golpistas de 1932 y dentro del PSOE, Largo Caballero radicalizaba al sector juvenil mientras Julián Besteiro intentaba frenar el proceso de bolchevización dentro del partido sin éxito[23].

Pero sin la menor duda, el momento de mayor tensión de este bienio se produjo en Asturias en la conocida como Revolución de Octubre 1934. Producida a raíz de una huelga general revolucionaria convocada para toda España por los socialistas, fue duramente reprimida por el Ejército, con Francisco Franco al mando, con centenares de muertos y heridos y miles de prisioneros[24]. Esta revolución era la muestra palpable de los temores por parte de la derecha de lo que podía ocurrir si el comunismo se adentraba en España. Se trataba, pues, de una justificación en la idea de relacionar al bolchevismo con la izquierda española. Una izquierda que comprendió que la unión era la mejor fórmula para poder derrotar a la derecha en lo que se conocería como el Frente Popular. La situación era ya insostenible y se alargó quince meses más.

Lerroux llevó a cabo una remodelación del gobierno dando más poderes a la CEDA, que inmediatamente puso fin a la reforma agraria, castigó a los huelguistas y depuró al Ejército de oficiales leales a la República. Franco fue nombrado jefe del Estado Mayor General, Manuel Goded inspector general y Joaquín Fanjul subsecretario de Guerra. La izquierda comenzó a organizarse y los comunistas se aproximaron a Largo Caballero para ganar protagonismo en la política española. Los hechos se precipitaron cuando estallaron dos escándalos que salpicaron directamente a Lerroux, el caso del estraperlo y el asunto Nombela. Gil Robles pensó entonces que sería llamado a formar gobierno aunque Alcalá Zamora declinó esta opción[25].

En febrero de 1936 se convocaban nuevas elecciones en medio de un clima de exaltación y crispación. CEDA o Frente Popular eran las opciones. El país se encontraba completamente dividido y el Frente Popular se hizo con la victoria electoral por un estrecho margen de votos aunque ya se apreciaban tensiones dentro de ellos entre los republicanos por un lado y los socialistas y comunistas por otro. Además, los actos violentos de grupos derechistas se sucedieron con la posterior respuesta izquierdista[26].

En abril de 1936, Alcalá-Zamora es destituido y Manuel Azaña nombrado presidente de la República. Ante las divisiones internas dentro del Frente Popular, Indalecio Prieto no fue nombrado primer ministro ante la negativa de Largo Caballero, por lo que surgió un gobierno muy debilitado. Las reformas prometidas no acababan de llegar al campesino, el paro continuaba y el hambre no disminuía. Mientras, la Guardia Civil reprimía los actos de vandalismo contra las iglesias y propiedades de los adinerados. También grupos de falangistas cometían actos violentos por diferentes localidades con las posteriores respuestas de grupos de la izquierda. La derecha puso sus esperanzas en la figura de Calvo Sotelo y en la lucha callejera de Falange. La escalada de violencia estaba en aumento. Para evitarla, Indalecio Prieto reclamaba moderación pero Largo Caballero no estaba por la labor debilitando así a la República. El diario soviético Pravda le había bautizado incluso como el ‘Lenin español’ y los jóvenes comunistas se unieron a los socialistas dominando los primeros[27].

Mientras tanto, Calvo Sotelo difundió la idea del mal del separatismo y del comunismo entre el Ejército y la derecha y cómo la República los defendía. El golpe de Estado se avecinaba y el gobierno republicano, que algo sospechaba, alejó a los posibles golpistas de la capital. Franco fue enviado a Canarias, Goded a Baleares y Emilio Mola a Pamplona mientras Yagüe estaba en Marruecos y Sanjurjo en Portugal tras su fracaso insurreccional de unos años antes. Cuando se estaba gestando el golpe, los falangistas asesinaron al oficial de la Guardia de Asalto republicana José Castillo y en respuesta vengativa a este hecho, las izquierdas hicieron lo mismo con Calvo Sotelo. Su muerte fue la chispa que acabó de encender la mecha. El 17 de julio se sublevan las guarniciones de Ceuta, Melilla y Tetuán y se produce el famoso vuelo de Franco en el Dragon Rapide que le llevó a Marruecos para dirigir el Ejército de África el 18 de julio de 1936. A pesar de ello, la insurrección no fue secundada en todo el país y comenzaba así la Guerra Civil Española[28].

España se dividía en dos. El odio se generalizaba y comenzaban las matanzas y demás desmanes inhumanos indiscriminados de unos y de otros; terratenientes, jornaleros, adinerados, empresarios, obreros, sindicalistas, miembros de la Iglesia o del Ejército… cualquier persona de cualquier estrato y clase social podía ser víctima del odio y de la venganza. No importaba en qué punto de España te encontrases ni la ideología, si tenías, que profesases[29]. La situación estaba totalmente descontrolada[30].

 

La violencia represiva del Frente Popular

 

Antes de adentrarnos brevemente en nuestra Guerra Civil, consideramos importante destacar un oscuro periodo de la Segunda República. Esto es, la actitud represiva que mantuvo el Frente Popular desde su victoria en las elecciones de febrero de 1936 hasta el mismo transcurso de la contienda civil con las personas tachadas como de derechas[31]. Como veremos, esta violencia desmedida supuso un cambio en la mentalidad de los futuros divisionarios, bien por sufrir en sus propias carnes la represión o por presenciarla en familiares y amigos directos. Es decir, podemos afirmar que una de las motivaciones esgrimidas por los divisionarios españoles y, en consecuencia también de los extremeños, a la hora de presentarse como voluntarios para combatir con el ejército alemán (Wehrmacht) en Rusia, fue la experiencia vivida en este periodo atribuible al comunismo soviético.

Historiadores como Xavier Moreno Juliá destacan también esta violencia frentepopulista como causante del alistamiento divisionario. Tanto es así que en el inicio de su obra narra:

 

«Represión salvaje, con pocas concesiones, y en los dos bandos. De ahí que, cuando en 1941 se configuró la División Azul, miles de españoles tuvieran aún marcados a fuego en sus mentes, cuerpos y corazones los traumáticos sucesos de julio de 1936, estallido violento de tensiones sociales y odios acumulados, y el sufrimiento -incuantificable- que siguió (…) los adscritos al bando nacional, únicos españoles por aquel entonces en condiciones de “devolver la visita” a quienes les habían vejado»[32].

 

El hecho de buscar una venganza y ‘devolver la visita’ es crucial dentro del lenguaje divisionario. Poder vengarse del comunismo en su propia tierra, donde nació, en Rusia, suponía un gran aliciente para los divisionarios. El profesor Moreno Juliá prosigue:

 

«A mediados de 1941 la acción hostil de la denominada España roja permanecía latente en el recuerdo de muchos, sobre todo si habían sufrido su dominio en retaguardia (…) era miedo lo que sentían, en buena medida nacido de la posibilidad de ser objeto de delación por parte de cualquier resentido anónimo. La angustia diaria, a lo largo de meses, dejó secuelas difícilmente soslayables (…) Militares y civiles sublevados, y religiosos, fueron las primeras víctimas del nuevo orden revolucionario. Posteriormente, todo sospechoso de ser de derechas, lo que imputaba a industriales, profesionales, menestrales y a millares de católicos (…) En junio de 1941, los miles de españoles que habían sufrido la acción de la Revolución tenían todavía heridas por cicatrizar. Las cárceles, los campos de trabajo, las checas y los paseos, con o sin tiro en la nuca, estaban aún en la mente de muchos»[33].

 

Sin duda, que miles de jóvenes españoles dejasen a sus familias e incluso carreras universitarias o trabajos atrás para embarcarse en el conflicto mundial, debía estar muy bien sustentado y la experiencia vivida en aquellos años de guerra civil fue el acicate definitivo para decidir alistarse en la División Azul. Ser falangista o simpatizante de ella en zona republicana suponía jugarse la vida y tener que ocultarse durante meses por miedo a una más que probable represión aunque, como bien apunta Moreno Juliá, también hubo muchos españoles que no pertenecían a ningún partido político plausible de ser catalogado como de derechas que también sufrieron represión por el simple hecho de pertenecer a clases adineradas o ser católicos y, que en el momento de crearse la División Azul, dieron un paso al frente para vengarse del comunismo que actuó en España bajo las directrices de Stalin y sus agentes soviéticos. Esta circunstancia se hace también extensible a los divisionarios naturales de Extremadura.

 

España en guerra y Extremadura dividida

 

Con el golpe militar de julio de 1936, gran parte de España quedó entre dos aguas. Zonas como Galicia, Pamplona, Burgos, Salamanca, Zaragoza, Mallorca o Sevilla se sumaron a la sublevación pero en Madrid, Barcelona, Santander, Valencia, Málaga, Bilbao o prácticamente toda Andalucía permanecieron fieles al gobierno legítimo de la República[34].

Extremadura fue un caso peculiar ya que, en su mayoría, la provincia de Cáceres quedó bajo mando de los sublevados mientras que Badajoz se mantuvo firme en su lealtad al gobierno republicano. Localidades como Cáceres, Plasencia o Coria cayeron en manos de los militares golpistas sin problema produciéndose las primeras detenciones de afectos a la República[35]. El caso de Badajoz fue diferente ya que el jefe militar de la ciudad, el comandante Luis Castelló, se opuso al golpe y logró que sus subordinaros lo rechazaran no sin estar tentados a ello algunos de sus miembros y en los primeros días de conflicto se entregaron armas a los milicianos con cierto descontrol inicial[36]. Villanueva de la Serena por ejemplo, fue favorable al alzamiento aunque su insurrección fue sofocada con varios golpes de mano republicanos[37].

Las tropas sublevadas comenzaron la partida desde el sur de España con objetivo Madrid. Mérida, Navalmoral de la Mata y Talavera de la Reina fue la ruta elegida. Así pues, la conocida como “Columna Madrid” bajo la dirección del teniente coronel Juan Yagüe, partía a primeros de agosto de 1936[38]. Diferentes localidades como Monesterio, Llerena, Fuente de Cantos, Zafra, Los Santos de Maimona, Villafranca de los Barros, Almendralejo o Torremejía sufrieron el paso de las tropas nacionales[39], llegando el 10 y 11 de agosto de 1936 a Mérida y después, tras Montijo, a Badajoz el día 14 con el teniente coronel Castejón y el comandante Asensio al mando. Fue en la ciudad pacense donde se produjo una de las grandes matanzas indiscriminadas de la Guerra Civil provocando, entre el 14 y 15 de agosto, la muerte de un número indeterminado de seres humanos. Se calcula que fueron entre dos o cuatro mil los ejecutados aunque no se sabe con certeza la cifra y todavía hoy es objeto de debate[40]. No obstante, unas palabras de Yagüe al periodista estadounidense John T. Whitaker sobre lo ahí ocurrido, resultan esclarecedoras y a su vez estremecedoras[41]:

 

«Naturalmente que los hemos matado. ¿Qué suponía usted?, ¿Iba a llevar a 4.000 prisioneros rojos en mi columna teniendo que avanzar contrarreloj?, ¿O iba a dejarlos en mi retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?» (Vila, 1984: 76).

 

Tras la caída de Badajoz, las tropas nacionales prosiguieron su camino ocupando poblaciones como Alburquerque, San Vicente de Alcántara, La Albuera, Almendral, Roca de la Sierra, La Nava o Santa Amalia hasta que en Medellín, el ejército gubernamental de Extremadura puso en serios problemas a una sección del teniente coronel Castejón gracias a la actuación de la aviación republicana, si bien, no pudo resistir los contraataques de los legionarios y marroquíes[42]. De este modo siguieron unos días las escaramuzas en el sur de Cáceres con ataques republicanos sobre Miajadas, Villamesías, Abertura, Alía o Guadalupe y en el norte de Badajoz hasta principios de octubre de 1936[43]. Ya en otoño del mismo año, únicamente las comarcas de la Siberia y la Serena permanecían fieles a la República como la zona de Alía en Cáceres[44].

Así pues, no se produjeron acciones bélicas importantes hasta enero de 1938, cuando se reiniciaron las hostilidades para ocupar la comarca de La Serena, conocida como “Bolsa de la Serena”[45] con localidades como Campanario, Castuera o Villanueva de la Serena y que se cerró finalmente en julio de 1938[46]. De este modo, únicamente quedaba bajo control republicano la comarca de la Siberia pero con la finalización de la batalla de Peñarroya/Valsequillo se ponía fin a la guerra civil en Extremadura; ésta fue la última ofensiva republicana en el frente de Extremadura. En marzo de 1939 las tropas nacionales ocupaban las últimas localidades extremeñas que todavía permanecían en poder republicano, Herrera del Duque, Siruela, Pañalsordo, Talarrubias, etc.[47].

En este sentido, no queremos hacer hincapié en las atrocidades protagonizadas por tanto la derecha como la izquierda puesto que existen numerosas obras que tratan este vergonzante suceso pero, sí debemos mencionar la oleada de asesinatos de sacerdotes y sospechosos de simpatizar con la derecha ya que es pieza fundamental para comprender el origen de la División Azul. Se calcula que cerca de 6.000 sacerdotes y religiosos fueron asesinados. Los falangistas eran el blanco predilecto de las famosas checas anarquistas o las autodenominadas Milicias Populares de Investigación con Agapito García Atadell al mando[48].

Un periodo de terror se generalizó en la zona republicana. Las fuerzas policiales se vieron superadas y el poder judicial se vio incapaz de actuar. Todo ello junto con la apertura de cárceles provocaron que una gran cantidad de presos comunes se pusieran en libertad. Una capa de justicia retórica revolucionaria se extendió por la zona republicana provocando actos violentos injustificados contra miembros de la Iglesia, la derecha o las fuerzas militares así como los más adinerados. Los famosos ‘paseos’ hacían que al caer la noche y llegar el día las cunetas estuviesen sembradas de cadáveres. Se estima que 55.000 civiles fueron asesinados en localidades controladas por los republicanos sin encontrarse una motivación racional. Fuera como fuese, esta escalada de violencia desenfrenada sólo perjudicaba al gobierno de la República[49].

Sí vemos importante destacar la ayuda que tuvo Franco de la Italia de Mussolini, fraguada entre el 25 y 28 de julio de 1936, y de la Alemania de Hitler[50]. No tuvo la misma suerte el gobierno republicano que vio como las democracias europeas le daban la espalda puesto que Francia y Gran Bretaña nunca dieron un paso real para ayudarle[51]. Sí lo hizo la URSS aunque con iniciales reticencias por parte de Stalin ya que una ayuda a gran escala podía suponer un desequilibrio internacional de poderes a favor de Alemania. Stalin no podía permitir una derrota de la República pero tampoco le interesaba una victoria de la izquierda más revolucionaria. Este hecho provocó en los anarquistas y trotskistas (Partit Obrer d’Unificació Marxista) españoles un sentimiento de animadversión hacia los comunistas con lo que ello conllevó: una guerra interna dentro de una guerra civil. Con todo, la URSS comenzó a enviar armas al gobierno de la República desde finales de septiembre de 1936[52].

Con el último parte oficial de la Guerra Civil firmado por Francisco Franco un primero de abril de 1939, se ponía fin a tres largos años de conflicto bélico pero comenzaba una dura posguerra y, con ella, también un extenso camino de represión y pobreza, de odios y rencores en los que la población civil sería la gran perjudicada sufriendo, en muchos casos, prisión, exilios y depuraciones aunque, este contenido, no concierne al presente trabajo[53].

 

Se crea la División Azul

 

De este modo nos encontramos con una fecha clave para el devenir de la División Azul y sus voluntarios extremeños: el 22 de junio de 1941. Ese día, Alemania iniciaba la “Operación Barbarroja” y sus tropas comenzaban la invasión de la URSS[54]. Cuando la noticia llegó a España, Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de Asuntos Exteriores y presidente de la Junta Política de Falange[55] se puso en marcha para crear un cuerpo de voluntarios para acudir a Rusia a combatir al comunismo. La idea inicial, fraguada tan sólo un día antes en el Hotel Ritz de Madrid en una reunión entre el ya citado Serrano Suñer y los falangistas Dionisio Ridruejo y Mora Figueroa, se vería hecha realidad[56].

Tras largas y acaloradas discusiones ante Franco en cuanto a la forma de reclutar y enviar voluntarios protagonizadas por el propio Serrano Suñer y el general José Enrique Varela, se debía llegar a un acuerdo entre Falange y Ejército[57]. El 24 de junio, la prensa se encargó de ensalzar las victorias alemanas ahondando en el factor patriótico contra el comunismo en lo que ya se consideraba como una continuación de la Guerra Civil Española. Así pues, España enviaría una división de voluntarios falangistas bajo mando militar con el general Agustín Muñoz Grandes como cabeza de la expedición[58].

Esa misma mañana una multitud se dirigió hacia la sede de la Secretaría General de Falange y desde uno de los balcones se produjo la famosa arenga de Serrano Suñer[59]:

 

«Camaradas: No es hora de discursos, pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria. ¡Rusia es culpable! Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro Fundador, de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa» (Moreno, 2005: 75).

 

Ante tal aseveración, los falangistas se lanzaron a las calles entusiasmados, en lo que ya se constituía como una “Cruzada Anticomunista”. Un clima de exaltación nacional se reprodujo por toda España puesto que había llegado el momento de ‘vengarse’ de la ayuda prestada por los rusos a la Segunda República. Una venganza contra una Rusia que envió armas a la República, fomentando la creación de las Brigadas Internacionales y permitió alargar así la agonía de la guerra. Por supuesto, esta es la visión de la mayoría de los que formarían parte del primer contingente de la División Azul. Las persecuciones sufridas durante el periodo republicano, los encarcelamientos, los fusilamientos, las expropiaciones y los abusos contra la Iglesia podían ahora verse resarcidas con esta iniciativa avalada por Serrano Suñer[60]. ¿Irresponsables palabras? Seguro, pero en aquel contexto no había tiempo para pararse a pensar en las posibles consecuencias que más tarde vinieron[61]. Las  palabras de Serrano Suñer fueron la culminación a todo lo vivido años atrás.

En el Consejo de Ministros celebrado la misma tarde, se decidió que la división de infantería estaría conformada por voluntarios reclutados desde las Milicias de Falange con cerca de 15.000 hombres. Así se creó la División Española de Voluntarios, más conocida como División Azul por el color azul mahón que los divisionarios iban a vestir en Rusia y en clara alusión a Falange[62]. El proceso de recluta se inició el 27 de junio desde los banderines de enganche de Falange en todas las provincias españolas hasta el 2 de julio de 1941[63]. Ésta fue un éxito general y en algunos lugares de España como Madrid, Galicia, Navarra, Sevilla, Murcia, Guipúzcoa y diversos puntos de Castilla hubo incluso exceso de voluntarios[64].

De este modo fueron seleccionados para formar parte del primer contingente de la División Azul 641 oficiales, 2.272 suboficiales y 15.780 soldados, a los que hay que sumar 28 oficiales y suboficiales y 81 cabos y soldados de la Escuadrilla aérea, también denominada Azul. En total 18.802 hombres[65] que, tras los sucesivos relevos sumaron en tierras rusas un total de 45.242 efectivos de los que 38.800 constituyeron la tropa[66]. Ya en Alemania, merece destacar que los voluntarios españoles tenían que prestar juramento de fidelidad a Adolf Hitler pero en su lucha contra el comunismo. De hecho, la fórmula utilizada no fue la habitual que la del resto de tropas voluntarias extranjeras, y para el caso español se hizo énfasis en el aspecto de la lucha contra el comunismo[67].

Al juramento le siguieron dos semanas más de instrucciones para, una vez finalizadas, partir hacia el Frente, primero en tren y luego a pie en los conocidos como 1.000 kilómetros; 900 realmente[68]. Tras ellos les esperaba la guerra y escenarios bélicos en el área del lago Ilmen y río Voljov como Smolensko, Novgorod, Possad, Otenskij, Posselok, Krasny Bor y Leningrado (actual San Petersburgo).

 

Conclusiones

 

Con estas páginas, hemos pretendido buscar una causa para el alistamiento de los 2.700 extremeños en la División Azul. Se trata además de un contenido poco tratado en Extremadura y necesitado de ser estudiado con mayor profundidad[69] ya que, aunque es cierto que la sociedad española ha madurado a la hora de tratar este tipo de aspectos relacionados con nuestra guerra civil, todavía existen reticencias a la hora de recordar algunas cuestiones de ese pasado que, creemos, no deben quedar en el olvido.

Así pues, consideramos que durante la Segunda República se cometieron una serie de reformas que no fueron del agrado de todos los españoles, hecho que generó una escalada de confrontación en prácticamente todo el territorio nacional. La violencia frentepopulista forjó además un sentimiento de animadversión hacia la izquierda más radical y en consecuencia contra la Unión Soviética. En este sentido, la Guerra Civil Española no fue más que el resultado de una situación insostenible agravada con actuaciones violentas de la derecha y la izquierda que nadie fue capaz de parar para perjuicio de toda la sociedad española.

Por todo ello, en el momento que se abrieron los banderines de enganche en las sedes de Falange, no resultaba extraño presenciar largas colas para alistarse con voluntarios de todo tipo de edades, desde menores que trataban de falsificar sus datos para poder alistarse a personas muy mayores con mutilaciones sufridas durante la Guerra Civil. Para ellos, se presentaba una oportunidad única de poder resarcirse moral y físicamente del comunismo soviético.

 

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[1] Sobre los divisionarios extremeños existen dos obras que explican su peripecia vital, la primera de ellas obra de Francisco GRAGERA y Daniel INFANTES (eds.): Rumbo a Rusia, los voluntarios extremeños de la División Azul, Madrid, Raíces, 2007. La segunda, obra de Ignacio ESCRIBANO, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul en la provincia de Cáceres, Cáceres, Institución Cultural El Brocense – Diputación de Cáceres, 2014.

[2] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., pp. 14-20.

[3] Carlos CABALLERO, División Azul, la división española de Hitler, Madrid, Tikal, 2011, p. 18.

[4] Ibíd., pp. 18-19.

[5] Paul PRESTON, La Guerra Civil Española, Barcelona, Debate, 2006, p. 30.

[6] Hugh THOMAS, La Guerra Civil Española, 1936-1939 Vol. 1, Barcelona, Grijalbo, 1976, pp. 45-46.

[7] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 46-49.

[8] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., p. 30.

[9] Juan GARCÍA; Fernando SÁNCHEZ, La Guerra Civil en Extremadura, 1936-1939, Badajoz, Hoy Diario Regional de Extremadura, 1986, pp. 7-10.

[10] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 53-55.

[11] Ibíd., pp. 58-59.

[12] Ibíd., pp. 58-59.

[13] Ibíd., p. 61.

[14] Hugh Thomas, La Guerra Civil Española, cit., pp. 96-99.

[15] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 62-67.

[16] Hugh Thomas, La Guerra Civil Española, cit., pp. 99-101.

[17] Ibíd., pp. 122-123.

[18] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 73-75.

[19] Ibíd., pp. 76-79.

[20] Ibíd., pp. 80-81.

[21] Carlos Caballero, División Azul, cit., pp. 20-21.

[22] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., p. 32.

[23] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 82-83.

[24] Hugh Thomas, La Guerra Civil Española, cit., pp. 160-163.

[25] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 92-94.

[26] Hugh Thomas, La Guerra Civil Española, cit., pp. 176-181.

[27] Paul Preston, La Guerra Civil, cit., pp. 96-102.

[28] Ibíd., pp. 104-112.

[29] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., pp. 32-33.

[30] Sobre el desarrollo del conflicto bélico y este trágico episodio nacional, existen centenares de obras que hablan detalladamente de ello por lo que resulta imposible mencionar una sola. Por este motivo destacamos el ensayo bibliográfico que efectúa Paul PRESTON en su libro ya citado La Guerra Civil Española, Barcelona, Debate, 2006, pp. 333-364.

[31] Carlos Caballero Jurado en «La violencia política frentepopulista y los orígenes de la División Azul» en La otra memoria, Alfonso Bullón de Mendoza; Luis Eugenio Togores (coords.), Madrid, Actas, 2011, pp. 802-826, realiza una novedosa aportación en la que ejemplifica la represión sufrida por algunos de los futuros divisionarios.

[32] Xavier MORENO, La División Azul: sangre española en Rusia, 1941-1945, Barcelona, Crítica, 2005, pp. 1-2.

[33] Ibíd., pp. 2-6.

[34] Paul PRESTON, La Guerra Civil Espanyola, Barcelona, Flor Edicions, 2006, p. 128.

[35] Julián CHAVES, La Guerra Civil en Extremadura, operaciones militares, (1936-1939), Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1997, p. 24.

[36] Ibíd., pp. 27-29.

[37] Ibíd., pp. 42-44.

[38] Ibíd., pp. 57-58.

[39] Ibíd., p. 64.

[40] Respecto a este dato, se parte de los testimonios de periodistas extranjeros como Mario Neves, Jacques Berthet, John T. Whitaker o Jay Allen y las cifras son muy distintas en función del investigador o historiador que las aporte. Francisco ESPINOSA habla de 3.800 en su libro La Columna de la Muerte. El avance del ejército franquista desde Sevilla a Badajoz, Barcelona, Crítica, 2003; Javier TUSELL de 4.000 en Franco en la Guerra Civil. Una biografía política, Barcelona, Tusquets, 1992 y Pío MOA de entre 500 y 1.500 en Los mitos de la Guerra Civil, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.

[41] Justo VILA, Extremadura: la Guerra Civil, Badajoz, Universitas, 1984, pp. 75-76.

[42] Julián CHAVES, La Guerra Civil en Extremadura, cit., pp. 120-123.

[43] Ibíd., p. 169.

[44] Ibíd., pp. 185-186.

[45] Véase; José HINOJOSA, «El hundimiento del frente extremeño en el verano de 1938», en Actas. Guerra y patrimonio en el frente extremeño. 70 aniversario del cierre de la “Bolsa de la Serena”, Castuera, CEDER, 2008, pp. 29-88.

[46] Julián Chaves, La Guerra Civil en Extremadura, cit., pp. 219-223.

[47] Ibíd., p. 238.

[48] Paul Preston, La Guerra Civil Espanyola, cit., pp. 137-138.

[49] Ibíd., pp. 246-248.

[50] Ibíd., pp. 130-132.

[51] Ibíd., pp. 149-159.

[52] Ibíd., pp. 161-165.

[53] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., p. 35.

[54] Gerald KLEINFELD; Lewis TAMBS, La división española de Hitler: la División Azul en Rusia, Madrid, San Martín, 1979, pp. 17-18.

[55] Véase, Ramón SERRANO, Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue. Memorias, Barcelona, Planeta, 1977.

[56] Jorge MARTÍNEZ, La División Azul, Rusia 1941-1944, Barcelona, RBA, 2011, pp. 25-33.

[57] Xavier Moreno, La División Azul: sangre española, cit., pp. 66-70; José Luis RODRÍGUEZ, «Ni División Azul, ni División Española de Voluntarios: el personal forzado en el cuerpo expedicionario enviado por Franco a la URSS», Cuadernos de Historia Contemporánea, Nº 31 (2009), p. 267.

[58] Xavier MORENO, «La División Azul en el contexto de las relaciones entre la España de Franco y la Alemania nazi», Cuadernos de Historia Contemporánea, Nº 34 (2012), p. 74.

[59] Discurso íntegramente publicado en el diario falangista Arriba del 25 de junio de 1941 y en Xavier Moreno, La División Azul: sangre española, cit., p. 75.

[60] Carlos Caballero, División Azul, cit., pp. 23-24.

[61] Ignacio Escribano, Primer franquismo: estudio y memoria de la División Azul, cit., p. 50.

[62] Carlos Caballero, División Azul, cit., p. 48.

[63] Xavier Moreno, La División Azul: sangre española, cit., p. 82.

[64] Respecto al éxito de la recluta inicial, todos los autores, denoten o no tendencias ideológicas, corroboran la gran movilización inicial que tuvo la División Azul. Emilio Esteban-Infantes, La División Azul, cit., pp. 17-18; Gerald Kleinfeld; Lewis Tambs, La división española de Hitler, cit., pp. 24-25; Xavier Moreno, La División Azul: sangre española, cit., p. 94; José Luis Rodríguez, «Ni División Azul», cit., p. 273; Carlos Caballero, División Azul, cit., p. 55; Jorge Martínez, La División Azul, Rusia, cit., pp. 55 y 76.

[65] Ramón SALAS, «La División Azul», Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, Nº 2 (1989), p. 252.

[66] José Luis RODRÍGUEZ, «La contribución de la División Española de Voluntarios a la invasión de la URSS», Cuadernos de Historia Contemporánea, Nº 34 (2012),  p. 100.

[67] Xavier Moreno, La División Azul: sangre española, cit., p. 132 y Ramón Salas, «La División Azul», cit., p. 255.

[68] Carlos Caballero, División Azul, cit., pp. 86-87.

[69] Durante el curso académico 2014-2015, el autor del presente estudio ha iniciado su Tesis Doctoral que versará sobre la División Azul en Extremadura.