Ene 142018
 

 

Alberto Escalante Varona

Ana Alicia Manso Flores

Universidad de Extremadura

 

  1. Introducción

El Val de Xálima, ‘Valle de Jálama’ o Val do Ellasi tiene la particularidad de albergar una variedad lingüística conocida como Fala, valego o xalimegoii. Este enclave del noroccidente extremeño, frontera con Salamanca y Portugal, incluye los pueblos de Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo (o Valverdi du Fresnu, As Ellas y San Martín de Trebellu), donde dicha variedad al adoptar unos rasgos particulares, recibe los nombres de “valverdeiru”, “lagarteiru” y “mañegu”, respectivamente.

 

Sus rasgos y particularidades han sido determinados por el encuentro entre distintas lenguas, dialectos y hablas a lo largo de su historia. Tal como se puede colegir de su posición geográfica actual, recibe influencia del portugués, el castellano salmantino y las hablas extremeñas del noroeste, ambas con rasgos leoneses. Sin embargo, el verdadero interés reside en su origen, que parece vincularse con el gallego-portugués medieval, si bien, han sido varias las hipótesis formuladas tal como se puede observar en el siguiente gráfico (Manso, 2016: 202):

 

Cuadro 1: Resumen hipótesis sobre el origen de la Fala

 

Hipótesis de origen Autor
Portugués Berjano (1909), Krüger (1914), Fink (1929) Bierhenke (1929), Onís (1930), Vasconcelos (1933), Espinosa -hijo- (1935).

Zamora Vicente (1967), Martín Galindo (1999).

Gallego Teyssier (1982), Frías Conde (1997), Fernández Rei (2000).
Gallego-portugués arcaico con leonesismos Cintra (1959), Menéndez Pidal (1960), Maia (1977), Rey Yelmo (1999), Gargallo Gil (2007), González Salgado (2009).
Dialecto de transición del gallego-portugués y el astur-leonés Viudas (1982) y Radatz (2006).
Tercera rama del tronco común gallego-portugués Juan M. Carrasco (1996).
Tercera rama pero evolución a partir de la gallega Costas (1999).
Subdialecto leonés Martín Durán (1999).

 

Aunque la Fala puede ser descrita desde un punto de vista lingüístico, la falta de noticias históricas que justifiquen la presencia o llegada de estas lenguas, no han permitido que ninguna de estas propuestas se ha dada por definitiva ni que tampoco puede aceptarse como tal.

 

Tradicionalmente todas ellas se han construido en torno al análisis de los Foros de Castelo Rodrigo (Cintra, 1959), hermanos estos de los concedidos a Cáceres y tíos de los de Coria y Usagre. En el mencionado estudio, el filólogo portugués encuentra que la lengua de redacción era una variedad gallego-portuguesa medieval que tendría su continuidad en la zona del Xálima-Ellas y habría llegado a la zona por una repoblación con gentes del reino de León. La aceptación o no de esta propuesta ha dado lugar a un enfrentamiento entre defensores de una u otra y la presentación de pruebas a favor de cada una de las posturas. Antes de esta época parecía evidente la vinculación con el portugués teniendo en cuenta su proximidad y relaciones.

 

A partir de estos precedentes y mediante la consulta de viejos documentos revisitados desde una nueva perspectiva, intentaremos aportar otros datos que expliquen la conformación de la lengua del Val o, al menos, abrir nuevas líneas para su explicación. Para lograr este objetivo, se va a hacer un repaso por los planteamientos hechos hasta ahora y a estos añadiremos nuestra hipótesis de trabajo basada en la relación del enclave con la Orden de Santiago. Se trata de un punto de vista novedoso ya que la importancia de esta Orden no ha sido tenida muy cuenta, ni tampoco se ha investigado con profundidad las relaciones con los hechos ocurridos en el resto de la actual región extremeña.

 

  1. Apuntes históricos sobre el Val de Xálima-Ellas: estado de la cuestión

 

El punto de partida de las hipótesis sobre el origen y conservación de la Fala guardarían relación con los procesos de repoblación que tuvieron lugar, especialmente, cuando el Val, como parte de la Transierra leonesa, se convirtió en la frontera movible del reino leonés, centro de interés y punto fronterizo clave; además, no se debe perder de vista que en las sierras de este enclave nacen los ríos Côa y Erjas cuya desembocadura conecta con el Duero y el Tajo respectivamente.

 

Tal como apuntan varios historiadores, habrían tenido lugar breves ocupaciones anteriores por parte de los reinos del norte a través de una vía que pasaría por el Val, como las emprendidas por Alfonso VI (Melena, 1985: 516-517). Las campañas más importantes guardarían relación con las repoblaciones promovidas por Fernando II y su hijo Alfonso IX (VIII según la cronología que le corresponde por el reino de León). De esta época serían los Foros de Castelo Rodrigo (Riba-Côa), redactados a partir de un ejemplar latino desconocido del XIII (X), cuya copia dio lugar a una familia interconectada. En esta, los fueros (F.) de Alfaiates, Castelo (C.) Bom y Castelo Melhor estarían escritos en leonés; Cáceres, Coria y Usagre en castellano. La relación entre estos documentos se puede observar en el siguiente esquema:

 

Cuadro 2: Grupo de fueros del reino de León (elaboración propia a partir de Cintra, 1959: XCIV)

X

F. Alfaiates                           Y (Desconocido)

Y (Desconocido)………. [F. C. Bom     F. Cáceres    F. C. Rodrigo ]

F. C. Bom……[F. Coria]      F. Cáceres…..[F. Usagre]     F. C. Rodrigo…..[F. C. Melhor}

Una línea trazada en un mapa con estos documentos permitiría observar el proceso de expansión de León desde Riba-Côa, zona en torno a la ribera del río Côa, hasta la frontera de la “extremadura”, y esto solo constituiría una pequeña muestra perteneciente a una misma familia.

Pues bien, como decíamos Luís F. Lindley Cintra analiza el lenguaje de los fueros de Castelo Rodrigo, en comparación con los otros de la familia, y llega a la conclusión de que la lengua usada en estos era gallego-portugués o “falar fundamentalmente gallego” con leonesismos, lo que podría deberse a que el copista fuese gallego e intentase imitar la lengua del reino, o fuese un habitante del lugar que estaba escribiendo en su lengua. Para justificar esta última afirmación se basa en textos de la vecina Sabugal, con rasgos similares y, por tanto, representativos de la zona, y la continuidad de esa lengua en los “falares de Xalma”.

 

Otra razón que apoyaría esta hipótesis son los topónimos con el adjetivo “gallego” de la zona (Gallegos de Argañán, San Felices de los Gallegos, Gallegos, Gallegos de Solmirón…), inadmisible para Martín Galindo (1999: 104), quien reproduce los argumentos de Menéndez Pidal (1960: L-LI) resumibles en la insuficiencia de su número. A este respecto, cabría incluir las conclusiones a las que llegó Barrios (1985) en el trabajo que hemos citado sobre repoblamiento en la zona meridional del Duero. De forma más destallada, establece por zonas el origen de los nuevos pobladores, a partir del estudio de macrotopónimos en los que tiene en cuenta no solo referencias de tipo “gallegos” o “castellanos” sino que estudia los antropónimos y coteja otros nombres con posibles localizaciones ya existentes en puntos septentrionales; de este modo, para Ciudad Rodrigo (zona colindante con el norte del Val), encuentra mayoría absoluta de repobladores gallegos y sitúa en el nacimiento del río Águeda, dos topónimos de asentamiento con gentes de este origen junto a asturleoneses, aunque reconoce dificultades en su estudio dada la falta de escritos y lamenta además no disponer de fuentes pertenecientes la zona de Riba-Côa. Hoy en día, la técnica de la toponimia no aporta resultados indiscutibles pero sí que ofrece pistas o puntos de partida para iniciar otras investigaciones.

 

Aparte de esto, ha sido frecuente hablar de la importancia del concepto de “desierto estratégico” según terminología de Alexandre Herculano o Claudio Sánchez Albornoz. Se trataría de un espacio con poca o ninguna población en la zona del Duero, contexto que justificaría las repoblaciones masivas. Al aplicar esto al Val se obtendría que la presencia árabe no fue muy representativa y justificaría la repoblación rápida porparte de colonos gallegos, sin embargo, este planteamiento ha sido superado por la historia más reciente ya que no se considera plausible la inexistencia de habitantes en ese en una amplia porción de terreno, si se tiene en cuenta la zona de enfrentamientos por debajo de la línea del Duero. Ángel Barrios (1982: 127-128), en su trabajo sobre los topónimos de repoblación precisamente en la zona del mencionado río, explica:

La invasión musulmana y las archiconocidas campañas de los asturianos, sin duda, hubieron de producir una fuerte inflexión demográfica en la zona, aunque no su despoblación, según se deduce de los macrotopónimos hasta ahora fijados.

Algunos autores (Martín Galindo, 1999 passim; Sanches Maragoto, 2011) observan una serie de vacíos en la justificación y, en general, consideran improcedente recurrir a este constructo teniendo el reino de Portugal tan próximo, tal como sugirió Vasconcelos en 1927. Sanches Maragoto, además, explica el razonamiento que ha llevado a ese tipo de hipótesis, resumible en que se trata de un portugués castellanizado que “nom supera a galeguidade de qualquer outra variedade diatópica portuguesa”, y, por ello, se asemeja al gallego actual; según el autor, a partir de esta confusión se intentar buscar antecedentes históricos que justifiquen la presencia de pobladores originarios de este reino en la zona a través de movimientos migratorios; tampoco encuentra rasgos de un gallego antiguo en los fueros estudiados por Cintra, y añade que puede tratarse de un escribano portugués intentando escribir leonés. Luego, el origen de los pobladores tendría que ver con una ocupación portuguesa mediante una de las muchas incursiones de Afonso Henriques, y propone siguiendo a Pires (2005)iii, que pudiera tratarse de una extensión de Guarda ya que este autor estudia una serie de fueros y documentos relacionados con el pastoreo, en los que el “río Erges” es frontera con Portugal y este englobaría el Val. El último dato que aporta es el mantenimiento del portugués, tipo altobeirano, en la localidad salmantina de Alamedilla, una zona también ubicada en Riba-Côa, en la que no hubo una castellanización por mayor conciencia sociolingüística, a diferencia del Xálima. Creemos que la Fala no es una lengua castellanizada distante de una Alamedilla conservadora de la lengua originaria por su conciencia sociolingüística, ya que la actitud de los falantis a su lengua es de lealtad y orgullo, no parece factible que esta fuese temporal como para castellanizarse o haya sido adoptada recientemente porque, simplemente, no se habría mantenido con tanta vitalidad. Así mismo, las relaciones con Portugal continúan siendo muy intensas y frecuentes, la diferencia tal vez resida en el hecho de ser un núcleo de inmigración o de que los” campesinos pudientes”, como recogen distintos informes desde el XVIII, formaran parte de una especie de élite que marcaba las directrices de la lengua. En Extremadura las zonas de Alcántara y Olivenza son de habla claramente portuguesa (Carrasco, 1996) y, sin embargo, cuentan con muy pocos hablantes y muy pocos jóvenes (Carrasco, 2007).

 

Pese a todo ello, la literatura a favor de la repoblación gallega (Costas, 2013: 90) añade que Alfonso IX firmaba como rey de León, Galicia, Asturias y Extremadura (en referencia al extremo del Duero), y que sería posible que los colonos perteneciesen a algún espacio de la antigua Gallaecia, y concretamente a la conocida como franja oriental, como justificaría la coincidencia de algunos rasgos dialectales en ambas zonas, caso del pronomobre ei ‘yo’.

 

De la época de la Reconquista y las donaciones hechas por los reyes proceden una serie de particularidades, como la protección de los municipios bajo órdenes militares distintas. Así Salvaleón, en la actual Valverde fue enclave bajo la protección de la Orden de Alcántara, que abarcaría, según Martín Galindo (1999: 89), las localidades de Valverde, Eljas, Cilleros y Navasfrías. Por su parte la orden de San Juan de Jerusalén tuvo la encomienda de Trevejo, con San Martín, Villamiel, Trevejo y Villasrubias. Para Galindo esto supone una prueba de que dos órdenes enfrentadas no traería colonos de los mismos lugares, y sería casualidad que todos ellos fuesen gallegos. En este caso el autor tiene razón, quizás habría que plantearse la presencia de la Fala antes de ese momento.

 

Resulta, además, curiosa la pertenencia de los pueblos a varias jurisdicciones. En el censo de Floridablanca de 1787, Valverde y Eljas estaban adscritas al partido de Alcántara; mientras que a Salamanca pertenecían los pueblos de la encomienda de Trevejo, e incluidos en la Orden de San Juan de Jerusalén (San Martín de Trevejo, Villamiel y Trevejo) (Marroyo, 2013: 151-154); tras la división provincial de 1833, San Martín se incorpora a la provincia de Cáceres (Marroyo, 2013: 162).

 

Así mismo, Eljas y San Martín formaron parte de la diócesis de Ciudad Rodrigo hasta el concordato de 1953, que reestructuraba las divisiones eclesiásticas. De este modo, los pueblos del Arciprestazgo de Sierra de Gata, entre ellos los dos del Val arriba mencionados, pasaron a formar parte de la diócesis de Coria-Cáceres, que incluía a Valverde desde su creacióniv. A pesar de estas curiosas circunstancias que, de alguna manera, separaban a los pueblos, fue la Fala quien los unió.

 

Quedan, en definitiva, muchas incógnitas por resolver, si bien, en vistas a la información expuesto se han obtenido una serie de conclusiones.

 

  • A falta de noticias históricas contundentes no es posible considerar las hipótesis totalmente explicadas, superadas e indiscutibles.

 

  • Hubo repoblación de gentes procedentes de reinos del norte, otra cuestión es la procedencia de estos.
  • La zona de Riba-Côa perteneció al reino de Léon (Galicia, Asturias y Extremadura) y el ese río nace en una de los estribos del Val, en una sierra que servía de paso y formaría parte de la Transierra. Perteneciente o no a Portugal o no, relación con este reino debió haber. Sobre la lengua que se hablase fuese conjunta o similar en el entorno es más difícil de explicar, sin embargo, resulta más creíble que los fueros reflejasen la lengua que allí se hablaba puesto que al pueblo iban dirigidos.

 

  • La indefinición de la frontera no permite decantarnos por una solución definitiva, realmente no sabemos si alguna vez el Val pudo pertenecer a Portugal o siempre formó parte del reino de León, y lo más importante si el hablante se sintió bajo la jurisprudencia. Costas (2013) mantiene que nunca fue territorio portugués y si acaso lo sería durante un corto período de tiempo varios siglos después.

 

Por otro lado, en muchas ocasiones la bibliografía ha obviado que antes de todo este proceso tal vez hubiera población y es que el rastreo de esta podría dar cuenta de un base cultural y lingüística muy pocas veces apreciada. La arqueología bien podría ofrecer algunas pistas. Costas (2013: 82-83) habla de un tesorillo de U Palancal en Valverde con piezas de orfebrería vetona, que para otros son tartésicas. Martín Galindo (1998: 29-32) recoge algunas estelas, una de ellas ubicada en la plaza de San Martín, que adscribe a la cultura celta, aunque también vincula a esta cultura piezas (34-40), como el guerrero o el ídolo gigante de San Martín, cuando muchos autores consideran que proceden de la cultura vetona (Costas, 2013: 83-84)v.

 

Al parecer hubo una fuerte cultura prerromana que pudo formar parte del sustrato de la Fala, y aunque la presencia vetona parece estar probada en la zona no debe obviarse que el Val habría formado parte de la frontera con los lusitanos, circunstancia y culturas estudiadas pero no fiables al cien por cien, y es que muchas de las noticias que de ellos tenemos proceden de fuentes romanas.

 

De esta época sí se tiene claro que el enclave en estudio formó parte del convento emeritense. García de Figuerola (1999) recogen distintos yacimientos de procedencia bajorromana y altomedieval de lo que considera el “valle de Valverde” constituido por la comarca del Xálima. En Hispania Epigráhicavi se pueden ver en el término municipal valverdeiru aras romanas dedicadas a la divinidad indígena Toga y otra a Marte, junto a otras piezas de valor desigual, todas ellas en Valverde. Igualmente, en San Martín, uno de los puntos con más riqueza arqueológica, es Villalba, donde se halló el ara dedicada a “Salamati”. Muchos autores han señalado la importancia de esta divinidad en relación con la riqueza del agua de la comarca que ha dado lugar a una especie de leyenda fundacional.

 

Al parecer la forma simple *sal– es l raíz indoeuropea del agua estacionaria, del mar y de la sal; entre las lenguas herederas del mencionado lexema estaría el celta (Villar, 2000: 291), que vendría a apoyar la hipótesis de Galindo sustentada en que las manifestaciones culturales del Val tienen que ver con esa cultura, incluso, la Fala, en sus publicaciones más recientes. Así pues, Xálima estaría relacionada con una divinidad celta del agua, que probaría la abundancia de este recurso natural.

 

Juan Carlos Oliveras Pedreño (2002: 171-172), en su estudio de las divinidades celtas en la Península, considera que Salamati podría tratarse de un apelativo indígena de Reue, una especie de Júpiter indígena asociado a elevaciones montañosas, relación que ya había notado Melena (1985: 475); y, es que, son frecuentes epítetos en altares votivos derivados de los orónimos. De este modo, Salamati sería un genitivo de Salama que, a su vez, sí sería un topónimo.

La leyenda, entonces, no sería del todo inexacta, habría referencia al agua en el nombre originario, si bien, la divinidad no estaría consagrada al culto al agua, sino a la altura de la montaña, que efectivamente es uno de los puntos más elevados del entorno. Parece que la presencia de estos vestigios contribuiría a probar una población indígena a lo que los romanos respetaron en cierta medida, y esta sería la hallada por pobladores posteriores.

 

En las siguientes épocas y antes del proceso de “reconquista” habría existido una población árabe y mozárabe, de la que ya habló para la Extremadura del Duero, Ángel Barrios (1982: 128). El influjo de esta cultura podría reflejarse en las versiones escritas de Xálama y Salama, cuya palatalización de s– inicial en ʃ-, se adscribe por regla general “al efecto de la influencia árabe” (Melena, 1985: 477).

 

Por todo esto, Costas (2013:82-83) al hablar de topónimos intenta probar que hubo población siempre en Val, lo resulta evidente si son añadidos los restos arqueológicos. Domené (2008: 85), basándose en estas circunstancias, considera que podría haber antes del XII, leoneses, pastores salmantinos o algunos de origen musulmán. Posibilidad que se encuadraría dentro del modo de vida de los vettones, cuya principal fuente de subsistencia era cuidado de ganado, tal como se prueba con los distintos verracos de piedra hallados en yacimientos próximos, y que, por otra parte, explicaría primero, el entendimiento entre estos prerromanos y árabes o mozárabes también pastores; y, luego, la rápida aceptación de unos ganaderos, menos aferrados a la tierra, y que no se opondrían los nuevos habitantes dedicados a la agricultura, siempre y cuando no hubiera conflictividad por los intereses entre agricultores y ganadores por el terreno de explotación.

 

Para esto los fueros o normas referentes a la zona son una prueba de los problemas de los entornos, o, tal vez, el encuentro de estos y su concepción de la tierra y la propiedad no fuese la misma y no serían del todo posiciones encontradas o una absorbió a la otra. Todos estos planteamientos no dejan de ser reconstrucciones artificiales y no fehacientemente probadas a falta de una historiografía clara.

 

En cualquier caso, el citado filólogo gallegovii subraya además la presencia de topónimos prerromanos (Xálima, Barrocu, Laixa, Ameais), latinos o romanos de repoblación (Coitu, Devesa, Chas, Pozu-Pođu), árabes o arabismos léxicos (Dabuchal, Alcornocal, Atalaia) y mozárabes (Fumadel, Caramanchel). Aunque, de nuevo, hay un vacío en documentos que permita corroborar estas cuestiones, resulta casi evidente considerar que hubo una continuidad poblacional que aportaría un sustrato cultural y lingüístico.

 

En definitiva, la ausencia de datos históricos fiables impide formar una opinión más allá de conjeturas mejor o peor fundamentadas, que solo un análisis riguroso ayudará a esclarecer.

 

  1. La Orden de Santiago y el Val de Xálima-Ellas

 

Para Ayala Martínez (2015), el concepto de frontera de la Cristiandad en el siglo XII, tanto ideológica como territorial, es crucial para entender los devenires territoriales que acontecen en la Península, tanto entre los reinos cristianos y musulmanes como los cristianos entre sí. El fracaso de la segunda cruzada lleva a que la autoridad única papal se vea fragmentada; no cuestionada, pero sí repartida en cuanto a responsabilidades de defensa entre los monarcas cristianos. Por ello, las órdenes militares, antes dependientes de la autoridad papal, pasan a entrar en un juego de lealtades y adscripciones a diferentes coronas. Este proceso coincide con el surgimiento de las órdenes militares hispánicas, que nacen bajo el complejo y variado cúmulo de diócesis y monarquías de la cristiandad peninsular. Estas órdenes sirven en un primer momento, junto a milicias y grupos más reducidos, como primera fuerza de choque contra el enemigo, en fronteras aún no establecidas y muy inestables. La corona debe recurrir a estos grupos de voluntarios para poder establecer de forma física su territorio, legitimado a través de la fuerza.

 

En este sentido, la influencia compostelana en el proceso de conquista cristiana de la actual provincia de Cáceres conforma un debate historiográfico ampliamente tratado a lo largo del siglo pasado. Entronca directamente con el papel determinante que la villa de Cáceres jugó en la conformación de la actual Orden de Santiago, así como con los consecuentes conflictos religiosos y políticos en los que se desarrolló la conexión arzobispal entre Mérida y Compostela. A raíz de los estudios consultados, ampliamente enfocados en cuestiones militares, resulta complicado extrapolar cuestiones de tipo socioeconómicas y sociolingüísticas: la escasez de las fuentes disponibles, así como su fragmentariedad y su tardía recuperación, son factores clave que dificultan tal aproximación. No obstante, el panorama militar del norte extremeño en la segunda mitad del siglo XII sí nos ofrece un mapa en el que las relaciones gallego-leonesas con el resto de reinos cristianos y musulmanes de la Península son frecuentes, lo que justifica la pertinencia de plantear una base de contacto cultural sobre el que plantear nuestras hipótesis.

 

Por otro lado, y en el plano religioso, la pertinencia de la archidiócesis visigótica de Mérida para sede compostelana del siglo XII es un hecho constatado. El proceso de conquista de plazas cacereñas y pacenses por parte del reino de León va guiado por un interés evidenciable por recuperar la sede arzobispal original. Independientemente de los

motivos militares y políticos que traslucen a esta campaña, y a los que volveremos más adelante, diversos historiadores han debatido sobre otras motivaciones de corte religioso. Así, cabe señalar la hipótesis por la que se defiende la existencia de un primitivo culto al apóstol Santiago en Mérida, que se trasladaría a Compostela. Es difícil dilucidar si el proyecto de conquista de Mérida estaría determinado principalmente por este motivo; no nos compete para los objetivos de este trabajo. Basta señalar el desarrollo resumido de este debate. Fue Pérez de Urbel (1952) el principal defensor de esta “hipótesis emeritense”: tras el descubrimiento de una lápida del siglo VII en la iglesia de Santa María de Mérida en la que se acreditaba la existencia en este templo de reliquias de “Santiago” (junto a las de otros santos), Pérez de Urbel sostenía un posible traslado de los restos del Apóstol por vía oceánica. Una hipótesis, no obstante, que ponen en duda tanto Portela Pazos (1953) como Sánchez Albornoz (1981), atendiendo a diversos factores: la ausencia de concordancias entre las reliquias que se listan en Mérida y las que se conservan en Santiago de Compostela, una posible confusión entre restos de Santiago el Mayor (en Compostela) y el Menor (en Mérida), o la falta de pruebas de una huida marítima, frente a la documentada resistencia y permanencia de población emeritense durante la invasión musulmana. En resumidas cuentas, es un debate historiográfico de largo recorrido y difícil confirmación la relación entre la archidiócesis medieval de Santiago de Compostela, atendiendo a una conexión devocional hacia el Apóstol, es un debate historiográfico de largo recorrido y difícil confirmación. Si en el siglo VII Mérida ganó relevancia como depositaria de los restos del Apóstol (de quien ya existía una tradición como evangelizador de Hispania), y, más aún, si seguía perviviendo dicha relevancia en el imaginario devocional cristiano de la España del siglo XIII, es difícil de establecer, ante la ausencia de pruebas documentales consistentes.

 

Sí pueden plantearse motivaciones territoriales más asentadas que sostengan el interés de la archidiócesis de Santiago, brazo religioso del reino de León, por la conquista de Mérida. Santiago había adquirido la categoría arzobispal en 1120, de manos del obispo Diego Gelmírez, en sustitución provisional de la correspondiente a Mérida. Por otro lado, y tal y como señala Ballestero Díez (2004: 60-61):

Durante el siglo XII la batalla por el dominio territorial de la actual Extremadura no era sólo contra los musulmanes, pues también el monarca portugués Alfonso I, con a [sic] ayuda del aventurero Geraldo Sempavor, consiguió las plazas de Cáceres y Trujillo en 1165, y la de Montánchez en 1166, y con ello establecía una cuña entre españoles y musulmanes que, a la vez, era una barrera que obstaculizaba la expansión leonesa hacia el Sur siguiendo el curso de la vieja Vía de la Plata e impedía el aprovechamiento de los pastos de las tierras extremeñas por los ganados trashumantes. Además de estas circunstancias se daba también el hecho en el reino de León de que, mientras Castilla y Portugal contaban respectivamente con las sedes metropolitanas de Toledo y Braga, la sede compostelana había obtenido sus derechos por traslado de los de Mérida y si esta ciudad era reconquistada por castellanos y portugueses reclamarían indudablemente la restauración de sus derechos episcopales y ello supondría a los eclesiásticos leoneses pasar a depender de Toledo o de Braga.

 

La conquista de Mérida, por tanto, es indispensable para mantener la independencia eclesiástica leonesa y evitar cualquier injerencia castellana o portuguesa en los asuntos políticos leoneses a través del poder religioso.

 

Así pues, Fernando II procede a la conquista de los territorios extremeños tomados por Portugal. De este modo, se asegura la obtención de ganancias por el cobro de parias y la extensión de terrenos para la trashumancia. De poco sirvió este esfuerzo: los almohades, quien en un primer momento lo apoyan contra Portugal, pronto se vuelven en su contra y reconquistan la villa de Cáceres. Es en este periodo cuando surgen las órdenes de Alcántara y de Santiago, como lógica respuesta a la necesidad de contar con milicias armadas para la defensa del inestable territorio de Frontera. Cuando, en 1230, Alfonso IX de León y Pedro Alonso, maestre de la Orden e hijo bastardo del monarca, conquistaron Mérida, recibieron la rotunda negativa del arzobispo de Santiago, Bernardo, de restaurar la sede arzobispal. No obstante, y a consecuencia de las dificultades en la defensa de Mérida, la Orden consiguió del arzobispado la cesión paulatina de la plaza, hasta que en 1255 adquirió su dominio completo, y el arzobispo de Compostela transfirió todos sus derechos sobre Mérida. En opinión de Ballesteros Díez (2004: 64):

 

Sus manifestaciones [del arzobispado compostelano] en pro de la reconquista por los cristianos había sido una cortina de humo para ocultar que lo único que pretendía era la conservación de aquellos derechos de Mérida que transitoriamente había recibido con anterioridad y sobre los que cimentó la pujanza de la sede compostelana.

 

La importancia de Mérida en el proceso no pasaría más allá de excusa para sostener la expansión leonesa, antes que como reivindicación de los derechos históricos de recuperación de una antigua sede que, siglos más tardes, no merecía la pena recuperar. Para entonces, el relato de la milagrosa llegada de los restos de Santiago a Compostela ya

llevaba tiempo sustentando una fructuosa peregrinación y un sostén identitario muy fuerte.

 

Existe, pues, una línea de intereses directos desde Compostela hasta Mérida, que discurre de forma paralela entre dos fronteras cristianas, cada una bajo su particular ordenación militar y política, y se adentra en otra opuesta en lo religioso. La conquista cristiana de la villa de Cáceres y las tierras que hoy pertenecen a esta provincia pasa necesariamente por las sierras del norte.

 

La relación santiaguista-compostelana con la provincia de Cáceres está evidenciada por la formación de la congregación, cofradía o milicia militar de los Fratres de Cáceres, o de la Espada (Muñoz Gallardo, 1974). José López Agurleta (1731: 56), el canónigo agustino que manejó de primera mano el archivo hoy en parte perdido de la Orden de Santiago advierte que, en 1170, Pedro Fernández regresa de Tierra Santa movido tal vez por una devoción renovada en Jerusalén, donde ya estaban asentadas las primeras órdenes militares de la Cristiandad, funda su propio grupo de guerreros para la defensa de la fe en Cáceres, tomada a los portugueses un año antes. Pronto reciben el apoyo de Fernando II de León, quien precisa de estas milicias para defender los enclaves poblacionales que constituían la frontera con los almohades. Cabe destacar de nuevo la alianza de este rey con los almohades para conseguir arrebatar a los portugueses Cáceres y otras poblaciones extremeñas; sin embargo, era de esperar que el fortalecimiento militar de dichos enclaves evidenciase el futuro plan leonés por conquistar tierra musulmana (Martín, 1974: 8-9). Por ello, Abu Yacub propicia un giro en las tornas: firma una tregua con Castilla en Portugal y, en 1174, culmina la conquista de todos los territorios extremeños que poseía la Orden de Santiago, así como la Transierra leonesa. Previamente, aquella primitiva milicia de los Fratres se había adherido en lo religioso a la orden de San Agustín, adoptando así su regla; esto solo será el paso previo a su reconocimiento por parte del arzobispado de Santiago, de quien hemos visto que reciben tanto posesiones como la advocación santiaguista (representada en la enseña del Apóstol bajo la que combatirán). Pedro Fernández no se encontraba en la villa durante la conquista almohade, y será nombrado maestre de la Orden cuando esta sea al fin ratificada por orden papal en 1175.

 

Dentro de este panorama de choque entre diferentes reinos, órdenes y culturas, el Val de Xálima se encuentra en una encrucijada aún no desvelada. Su pertenencia en época tardorromana al convento de Emérita Augusta (Costas, 2013: 84) nos permite aventurar que, si en el siglo XII, en el caso de que Castilla o Portugal hubiesen conquistado Mérida, ello habría implicado que el Val pasase igualmente bajo el control de las archidiócesis de Toledo o Braga. Tenemos más datos relativos a la situación del Val ya en el siglo XIII, una vez existen órdenes religiosas que se disputan el reparto del territorio conquistado.

 

Según documento recogido por López Agurleta (1731: 85-87; la versión original latina se encuentra transcrita por Martín, 1974: 212-215), el arzobispo de Santiago ofreció a Pedro Fernández y sus Fratres los territorios de Salamanca, Zamora y Ciudad Rodrigo, así como la Transierra leonesa, al mismo tiempo que los acogió bajo el seno de la iglesia compostelana:

 

En el Nombre de Nuestro Señor Jesu-Chiisto. Amen. Febrero dia doce del año del Señor de mil cienro y setenta y vno. Es tesoro de la memoria la Escritura, à la qual conviene recurrir, quando acontece dudarse de las convenciones, ò pactos. Por este respecto queremos, que por el presente Escrito, como testimonio cierto, sea notorio á los presentes, y los futuros, que yo Pedro, por la gracia de Dios Segundo, Compostelano Arzobispo, con voluntad y consentimiento de mis Canonigos, queriendo propagar, ayudar, amparar, y dilatar la Fè, y la Iglesia de Dios, recibo por Socio, y Canonigo de la Iglesia de Santiago à Vos Pedro Fernandez, Maestro de los Cavalleros de Santiago: lo qual mismo concedemos a todos vuestros Successores, que tuvieren vuestro lugar; […] lo qual queremos, que sea rato, ò firme, y consiguiente en todos nuestros Successores, y Posteriores, que tuvieren la Silla Compostelana; de manera, que segun fueren succediendome, los recibais venerablemente à vuestra Sociedad, y Fraternidad.

 

Para honor, pues, de Santiago, y exaltacion de su Vandera, os donamos, entregamos, y concedemos la mitad de los Votos, que tenemos en estas tres partes: Zamora, Salamanca, y Ciudad, y en sus Terminos. Demàs de esto; todos los Votos por entero, sin faltar vno, que nos pertenecen en el Obispado de Avila, y en sus Terminos, con todos aquellos de trasierra. Y mas el medio, ò mitad de aquel Alburquerque, con la mitad de sus Terminos, y vna quarta parte de la Ciudad de Merida, con vna de sus mejores Capillas, (ò Iglesias) y con la mitad de todas aquellas cosas, que dentro de sus Terminos se hallare pertenecer à nosotros de la misma Ciudad, por derecho Real, salvo en todo el derecho Pontifical. Tambien os concedemos las Luctuosas de todos los Cavalleros, las que nos pertenecen de tierra de Santiago. Estos dones, que hemos dicho, ú obligaciones, os lo concedemos para que lo tengais perpetuamente, y tengais, y defendais el Lugar llamado Alburquerque.

 

Para defensa de este Lugar, y defensa de las demàs cosas, que teneis que defender, y asimismo para conquista, y adquisicion de otras cosas, os sobreañadimos la mitad de frutos de todas las heredades, y la mitad de costumbres, (ò acostumbrados derechos) que poseemos en Zamora, Salamanca, y Ledesma, y en sus Terminos; pero con este pacto, que posseais estos frutos de heredades, y los percibais por tanto tiempo, hasta que Alburquerque, Caceres,

y Merida cessen del trabajo de los Moros, y de las vigilias, ò cuidados, y sudores de mantener Frontera: esto es, hasta quando otras Ciudades, ò Castillos reciban en sì, sufrir principalmente este trabajo contra los Sarracenos; porque desde esse tiempo han de bolver por entero los frutos de heredades, cuya mitad os concedimos en Zamora, Salamanca, y Ledesma, y en sus Terminos, à su antiguo derehco, y possession de la Iglesia de Santiago.

 

Igualmente, determinados territorios del Val, antes de que pasasen a posesión de la Orden de São Julião do Pereiro o al Temple, fueron posesión de la Orden de Santiago. Señala Martín (1974: 82-83):

 

[…] el peligro almohade hizo olvidar a los reyes cristianos sus diferencias y enemistades, aunque no de una forma total. Alfonso I temió siempre la intervención leonesa en su reino a través de la Orden, y su desconfianza se manifiesta claramente en la donación hecha en septiembre de este año (1172) al maestre Pedro Fernández y al conde Rodrigo. Les dio el castillo de Mosanto, en el concejo de Idanha-a-Nova […] vemos el interés del rey porque el comendador de la Orden en Portugal sea siempre un portugués, y ceo que esta medida va encaminada única y exclusivamente a evitar la injerencia de los leoneses en Portugal, pues sólo en este sentido cabe entender el párrafo por el que el rey ordena a los santiaguistas que reciban y ayuden en dicho castillo a su hijo Sancho y a su hija Teresa, si heredaran el reino, y a sus hombres en sus negocios y guerras […].

 

Esta donación de Alfonso I venía a completar las de Fernando II y Alfonso VIII, de León y Castilla respectivamente, que ponían en manos de los santiaguistas toda la zona del Tajo, pues Idanha y Monsanto comprendían un amplio territorio situado en la frontera con León, comprendido entre los ríos Elgie, Zezere y Tajo.

 

Y añade (1974: 113):

 

Protegidos por esta barrera a lo largo del Tajo, los santiaguistas pudieron establecer una segunda línea de posesiones entre el Duero y el Tajo, entre las que se daba por igual el carácter militar y el de la repoblación lenta. Sus propiedades en esta zona son en parte castillos y en parte propiedades agrícolas; no nos hallamos ante una concentración de propiedades, salvo en contados casos, sino ante un nuevo esfuerzo por ocupar mediante enclaves todo el valle del Duero-Tajo. […]

 

En esta zona encontramos en primer lugar los castillos ya citados de Monsanto (en Portugal) y de Almofrag, perdidos en el ataque almohade de 1174; cerca de ellos se hallaba el castillo de Trebejo, que dio Fernando II a la Orden en 1186.

 

En al actual provincia de Salamanca poesía bienes la Orden en Villas Rubias, Ciudad Rodrigo, Barruecopardo, Ledesma, Salamanca y Villoruela. Alfonso IX les dio en 1191 Villas Rubias y el cillero de Ciudad Rodrigo, y en este último lugar poseía la Orden desde 1171 la mitad de los votos de Santiago, unas heredades compradas por el maestre Sancho Fernández a Fernando y Elvira Fernández en 1187 y unas casas dadas en 1188 por Pedro Captivo y sus hijos. […]

 

En Cáceres, al norte del Tajo, además de Trebejo y Almofrag, dados por Fernando II, Alfonso IX dio a la Orden el dominium de Granadilla y el castillo de Palomero.

 

De este modo, la presencia santiaguista en el proceso de reconquista y reparto de la Transierra leonesa, terreno heterogéneo donde encuadraríamos el Val (véase las menciones explícitas a “Trebejo y Almofrag” o a la zona del río “Elgie”), estaría claro, antes de la intervención de la Orden de los Pereiros. Los Fratres, posterior Orden de Santiago, recibirían extensos territorios por parte de un arzobispado de Compostela interesado en que esta milicia sea responsable del mantenimiento de las tierras conquistadas mientras avanzan hasta Mérida y Alburquerque, destinos principales de la campaña.

 

La presencia de la Orden de Santiago en Extremadura está lejos de mermar con la muerte de los últimos Fratres: su influencia y extensión perdura en la región durante los siglos posteriores, convirtiéndose así, junto a la Orden de Alcántara, en la principal entidad de control territorial.

  1. Conclusión

 

La documentación sobre la Orden de Santiago permite obtener pistas sobre los momentos previos a la concesión de los Foros de Castelo Rodrigo y al reparto posterior de los terrenos del Val entre las órdenes de Alcántara y San Juan del Hospital. Ello nos permite establecer hipótesis de trabajo.

 

Las fortalezas concedidas en años posteriores a la fundación de la milicia de los Fratres, que ya hemos señalado, darían cuenta de la existencia de núcleos poblacionales, o al menos de una frontera que debía ser defendida frente al embiste almohade, que amenazaba tanto al reino leonés como al castellano. En ese sentido, la presencia de emigración gallego-portuguesa al enclave de Xálima es un suceso plausible a la luz de esta probada conexión compostelana-emeritense, que traspasa necesariamente la geografía cacereña y que contacta igualmente con la conflictiva frontera portuguesa. El establecimiento de nuevos núcleos poblacionales, adscritos a entidades eclesiásticas que les otorguen un régimen jurídico-económico, a medida que el proceso de conquista leonesa desciende más allá del Duero, va parejo a un arzobispado compostelano que precisa de una milicia urbana, como es la de los Fratres, a la que adjudica enseñas propias con un doble objetivo: extender la fe y favorecer al reino de León. Aunque con posterioridad la Orden de Santiago mantuviese fructuosas relaciones tanto con leoneses y castellanos, en un primer momento la adscripción santiaguista de estos territorios del Val propondría una relación directa con la influencia arzobispal compostelana. Otros factores podrían completar un panorama heterogéneo, y sujeto a múltiples variables: el camino de Santiago a través de la Vía de la Plata, el establecimiento de rutas trashumantes con las que mantener relaciones económicas en los territorios conquistados caso de la calzada de Guinea, el sustrato sociocultural del Val previo a la conquista musulmana…

 

Quedan por tanto un gran número de vías de investigación abiertas y solo mediante su estudio podremos llegar a entender cómo se gestó la lengua del Val de Xálima-Ellas, un tesoro lingüístico fruto del encuentro entre distintas culturas, una maqueta a escala de lo que ha sido y es Extremadura.

 

  1. Referencias bibliográficas

 

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VILLAR LIÉBANA, F. (2000): Indoeurpeos y no indoeuropeos en la Hispania prerromana. Salamanca: E

 

 

Notas

 

 

i Hemos decidido introducir el topónimo “Val de Xálima-Ellas” como concepto conciliador entre los autores que defienden el uso de Xálima, sierra que incluye a los tres pueblos de la Fala y otros de la Sierra de Gata bajo el nombre castellano Jálama, o Ellas, el río al que vierten todas las aguas de los pueblos pero que los hablantes solo identifican con la localidad de As Ellas (Eljas). Gracias al uso de los dos, los hablantes se siguen sintiendo identificados con su emblemática sierra de Xálima y esta queda delimitado la vertiente de esta hacia la vertiente del río Ellas.

 

ii Las distintas corrientes de estudios de la Fala han dado lugar al uso de glotónimos varios para nombrar a una misma variedad. En el primer caso, se emplea la mayúscula para diferenciarla de otras “falas” de la Península, según decidió la Asociación Cultural A Nosa Fala.

 

iii No hemos podido tener acceso a esta obra. Según registro de la Biblioteca Nacional de Portugal, el registro correspondiente es PIRES, C. ROLINHO (2004): A Guarda no caminho do Estremo : por terras de aquém Cima-Coa : forais e costumes (Guarda, Vila do Touro, Sortelha). Viseu: edição do autor/ Eden Gráfico.

 

iv http://www.diocesisciudadrodrigo.org/blog3/?page_id=41

 

v Muchas de estas piezas se encuentran en la casa de Ojesto en San Martín. Galindo reproduce algunas fotos (1998: 33-44).

 

vi http://eda-bea.es/pub/search_select.php

 

vii Aunque en Costas (2013: 82), el autor habla de estos topónimos no ofrece ejemplos, en conversaciones posteriores fue resuelta esta cuestión con los resultados arriba explicados.

Ene 182016
 

Alberto Escalante Varona y Juan Rebollo Bote.

 

Puedese creer deste Claro Varon

 que su buen seso le fizo aprender sciencia,

 e su sciencia le dio saber,

e su saber le dio esperiencia,

e la esperiencia le dio conoscimiento de las cosas,

 de las quales supo con prudencia elegir

las que le ficieron hábito de virtud[1]

 

  1. Introducción

Juan de Carvajal (Trujillo, ca. 1400  – Roma, 6 de diciembre de 1469) fue uno de los actores más determinantes del panorama político-religioso de la Europa de mediados del siglo XV. Bajo los pontificados de Eugenio IV, Nicolás V, Calixto III, Pio II y Pablo II, Carvajal ejerció como legado papal que hubo de hacer frente a tan decisivos asuntos como las relaciones post-cismáticas de Basilea entre el Papado y el Sacro Imperio, la cuestión de la herejía husita en Bohemia o la amenaza islámica en la frontera húngara tras la conquista turca de Constantinopla. Sus éxitos diplomáticos le llevaron a ser proclamado obispo de Plasencia y Cardenal de Sant Angelo, entre otras dignidades. Asimismo, Carvajal fue testigo de la implantación en Roma de los nuevos ideales humanistas que terminarían por irradiar a toda Europa y que darían comienzo a una nueva era cultural.

Sin embargo, a pesar de la magnitud político-religiosa y cultural de Juan de Carvajal en la Europa bajomedieval, sorprende la escasez de estudios sobre quien fue uno de los personajes eclesiásticos más admirables y admirados, según sus contemporáneos. Fuera de numerosas menciones aisladas y de algunos contados estudios, la mayoría extranjeros, todavía está pendiente de realizarse una recuperación más exhaustiva de su relevancia para el desarrollo de las dinámicas que conformaron la política cristiana de su tiempo. Se trata, a día de hoy, de una figura muy desconocida, necesitada de reivindicación. La propuesta que presentamos aquí intenta acercarse al Cardenal Carvajal desde una óptica fundamentalmente cultural. No insistiremos, por tanto, en su labor política y diplomática europea, puesto que la literatura existente a tal efecto tiene mayor recorrido.

Así, tras una concisa mirada historiográfica sobre nuestro personaje de estudio, nos adentramos en su formación universitaria en Salamanca y en su actitud para con la cultura de su tiempo; pasando posteriormente a analizar su condición de delegado pontificio desde la perspectiva del viaje medieval; por último, damos algunas pinceladas de su vinculación extremeña y castellana que ayuden a reconocer la importancia del Cardenal en su tierra de origen. Sirva pues el presente texto como aproximación a la realidad cultural del trujillano Juan de Carvajal.

 

  1. Breve estado académico de la cuestión

Pese a ser una figura de especial relevancia en la diócesis de Plasencia y en sus funciones como delegado papal en el contexto europeo tardo-medieval, y aunque fue admirado por sus contemporáneos y el legado de su actividad diplomática se extendió a los siglos posteriores, la literatura académica sobre Juan de Carvajal es muy escasa.

Las primeras semblanzas laudatorias hacia el Cardenal se escriben a finales del siglo XV: destacan las continuaciones a los Comentarios de Pío II, realizadas por el Cardenal Ammannati; el capítulo XIX de los Claros varones de Castilla, de Hernando del Pulgar (obra publicada en 1486); y el retrato firmado por Gaspar de Verona en su De gestis tempore pontificis maximi Pauli II. No debemos buscar en estas fuentes una descripción objetiva y exhaustiva de los hechos de Juan de Carvajal, sino una relación condicionada por la intencionalidad política o religiosa de cada autor[2].

Exceptuando numerosas cartas o breves semblanzas de menor interés, no encontramos la primera biografía sobre Juan de Carvajal hasta 1752: De rebus gestis Joannis S. R. E. card. Carvajalis, de Domingo López de Barrera, describe de forma extensa los principales hitos del purpurado. Salvo menciones esporádicas –en especial la firmada por Voigt en su biografía sobre Pío II, publicada en 1856 (Enea Silvio de Piccolomini als Papst Pius der Zewite und sein Zeitalter), crónicas sobre los concilios y cuestiones políticas de la época, así como entradas de diversas enciclopedias y listados sobre cardenales católicos[3]–, la biografía escrita por W. Fraknoi en 1889 sobre la estancia de Juan de Carvajal en Hungría, Carvajal János bibornok magyarországi kovetsegel 1448-1461[4], supone el último acercamiento parcial, dentro de los métodos historiográficos decimonónicos, a nuestro Cardenal. Antonio Ponz (1983: 127-129) también se hace eco del prestigio obtenido por el Cardenal en Roma; encontramos de nuevo alabanzas a las “glorias” logradas en sus múltiples legaciones y a las obras que mandó construir en sus diócesis (los puentes sobre el Tajo y el Almonte), como pruebas de su excelencia.

Por tanto, el estudio Don Juan de Carvajal. Un español al servicio de la Santa Sede, publicado por el franciscano Lino Gómez-Canedo en 1947, supone aún a día de hoy una consulta indispensable. Gómez-Canedo realiza un completo recorrido por las fuentes existentes hasta la fecha (de las que hemos extraído las más relevantes para el estudio que nos ocupa), al mismo tiempo que localiza otras nuevas (principalmente, del epistolario del Cardenal). Si bien el objetivo de realizar un estudio “definitivo” sobre el tema no queda satisfecho, en palabras del propio autor, los resultados son de enorme interés, pues sitúa documentalmente y con detalle todos los episodios de la vida de Carvajal –en especial los relativos a su formación pre-romana, poco estudiada por entonces. Aun así, y evidentemente por cuestiones del método historiográfico empleado (propio de la época, y presa de cierto sesgo ideológico que tiende a sobrevalorar la figura del Cardenal[5]), se trata de un estudio limitado al estudio de las pruebas documentales, por lo que no lanza hipótesis sobre sus posturas acerca del humanismo, sus actitudes de vida o la relevancia de su papel como diplomático, centrándose más en las dinámicas sociales y culturales que permitían tal labor.

Debemos señalar también la mención que realiza Rodríguez-Moñino (2003: 131-134), incansable estudioso de la historia y cultura extremeñas. En su Historia literaria extremeña señala las virtudes intelectuales de Carvajal en relación con el renacimiento cultural vivido en Plasencia de la mano de los Zúñiga-Pimentel y el establecimiento del convento de frailes predicadores de San Vicente, foco cultural con cátedras propias y relacionado con la Universidad de Salamanca; “egregio Cardenal” de “aplicación y celo nada común” (2003: 133), debe su éxito en su carrera eclesiástica y política a su formación en este ambiente, cristalizada en la “fundación de una Academia de Gramática y Retórica”, que él mismo auspició, también en Plasencia. De nuevo, sus éxitos diplomáticos (en Basilea, Alemania, Bohemia y Hungría) son los que interesan a la historiografía del momento. Lista también las obras escritas por Carvajal, parte de ellas perdidas hasta la fecha, y sitúa brevemente su biografía en su genealogía familiar.

El estado de la cuestión posterior a este hito bibliográfico comprende sólo unos pocos artículos, pertenecientes a ámbitos más especializados. Así, Erich Meuthen (1982) y Martin Davies (1996) estudian la relación del Cardenal con su entorno cultural, cercano a vivir una profunda revolución con la aparición de la primera imprenta, de la que fue uno de los primeros testigos Juan de Carvajal; Caglioti (1997) señala su labor como mecenas en relación a la obra del escultor Andrea Bregno; y Daniels (2012) estudia dos breves textos que evidencian la recepción de la labor de los delegados papales en los entornos universitarios, centrándose en parte en la figura de Carvajal y su legación a Colonia.

En resumidas cuentas, la bibliografía realizada en España es insuficiente, sobre todo en comparación con la realizada en el resto de Europa, tanto en épocas cercanas a la vida de Juan de Carvajal como en siglos posteriores. Ello, por una parte, da cuenta de la relevancia de tal personaje en un contexto internacional; por otra, sin embargo, demuestra que aún queda pendiente un estudio más pormenorizado que, aparte de localizar y reunir todas las fuentes documentales aún desconocidas o poco trabajadas, trace un panorama completo sobre Juan de Carvajal en relación con el ambiente social y cultural de su época. Esto es, analizar las circunstancias que favorecieron su educación, facilitaron su rápido acceso a la curia, y llevaron a un clérigo castellano a convertirse en uno de los legados pontificios más importantes de mediados del siglo XV; cómo, en definitiva, Castilla queda imbuida por completo en un complejo panorama religioso y político entre Occidente y Oriente. En el presente trabajo, tratamos de acercarnos al contexto cultural de Juan de Carvajal desde perspectivas hasta ahora poco utilizadas tales como la condición viajera del personaje o su proceso formativo y actitud ante los nuevos aires europeos.

 

  1. La cultura de Juan de Carvajal y la Europa de su tiempo.

2.1. Carvajal, Letrado.

Abríamos este trabajo con la mención que Hernando del Pulgar hizo de Juan de Carvajal cuando manifestó que su ciencia le dio saber, éste le dio experiencia, y que a su vez ésta última le posibilitó el conocimiento de las cosas. Efectivamente, fue la Universidad de Salamanca la que le otorgó la ciencia. No se puede entender ni explicar el éxito vital de Juan de Carvajal pasando por alto su formación salmantina. Salamanca era a comienzos del siglo XV una universidad ligada al Papado y, por ende, de resonancia en toda la Cristiandad, lo que la convertía en una institución trampolín para dar el salto al panorama político-religioso europeo. El Papa Martín V dio a la universidad las constituciones de 1422 por las cuales se sentaron las bases académicas que perdurarían hasta la época de los Reyes Católicos y ponían fin a un periodo convulso arrastrado desde el siglo anterior.

No conocemos la fecha exacta en la que Carvajal llega a Salamanca, pero puede deducirse que sus estudios se desarrollarían en la década de los 20 y comienzos de los 30 de aquel siglo XV. En aquellos momentos florecían como profesores en la universidad salmantina algunas de las figuras intelectuales más brillantes de la Castilla de Juan II como Alonso de Madrigal “el Tostado”, Juan de Segovia o Juan Alfonso de Benavente. Otros antiguos estudiantes frecuentaban la ciudad y participaban de sus quehaceres culturales como Lope de Barrientos o Alonso de Cartagena, mientras que eminentes personalidades como Rodrigo Sánchez Arévalo o Alfonso de la Torre empezaban sus estudios a la par que nuestro Juan de Carvajal. Todos ellos, y otros anteriores estudiantes salmantinos como Juan de Cervantes, destacarían en el ámbito político-religioso e intelectual de los años 30 y subsiguientes a escala castellana y europea, haciendo de aquella época una etapa de esplendor cultural y que la historiografía reciente ha venido en llamar la Primera Escuela de Salamanca[6]. A pesar de la escasez de referencias que nos han llegado, y a juzgar por la relevancia posterior alcanzada, no es aventurado pensar que Carvajal interactuara y formara parte de aquel ambiente y círculo  universitario salmantino, en cuyo encuadre se inserta su formación.

Todo ello nos contextualiza la Salamanca de Juan de Carvajal como el lugar ideal y el momento perfecto para desarrollarse intelectualmente. Y como tal se formaría en los saberes más demandados de su tiempo, el Derecho, tanto Civil como Canónico, en tanto que la universidad salmantina era de tradición mediterránea, romana si se quiere, fundada en base al modelo boloñés en que el estudio de las leyes gozaban de mayor consideración, contrariamente a la tradición teológica y filosófica parisina. Las ciencias de las Leyes eran fuente de justicia y como tales justificaban el poder real y divino o eclesiástico. Por tanto, no es de extrañar que Salamanca, y más concretamente sus facultades de Leyes y Cánones, ejercieran como fábrica de burócratas de Castilla y el Papado. Ser Letrado equivalía entonces a adquirir una posición privilegiada, reconocida y que posibilitaba el ascenso social a individuos de cualquier condición. De hecho, lo normal era empezar a ejercer oficios, mayoritariamente eclesiásticos, durante el período estudiantil y buen ejemplo de ello lo tenemos en el propio Juan de Carvajal, que dispuso de varios beneficios y fue clérigo en la diócesis de Ávila siendo aún bachiller en Leyes (no licenciado), hacia 1430. Poco después sería nombrado deán de Astorga. Así, teniendo la universidad salmantina como alma mater, Carvajal partía con ventajas.

2.2. La experiencia europea.

“E la esperiencia le dio conoscimiento de las cosas”. Sin duda, el concilio de Basilea supuso un antes y un después para la cultura europea y particularmente para los castellanos que allí se dieron cita (Monsalvo (2011: 35). Dada la entidad del estudio salmantino, el rey Juan II aseguró la preeminencia de Castilla en el concilio de Basilea enviando a la flor y nata de su intelectualidad académica. Alonso de Madrigal, Alonso de Cartagena o Juan de Segovia fueron algunos de los 130 representantes castellanos en aquella reunión “internacional”. A partir de entonces, las nuevas ideas italianas empezaron a penetrar en Castilla por medio de relaciones y correspondencias que castellanos como Alonso de Cartagena tuvieron con los más renombrados humanistas de aquel tiempo. Juan de Carvajal asistió igualmente a Basilea (1434)[7], lo que le hizo conocer y estrechar amistades con algunas de las personalidades que se destacaron en aquellas reuniones, como Nicolás de Cusa o el ilustre humanista Eneas Silvio Piccolomini. Y de aquellos lodos vienen estos polvos, pues a partir de su llegada a la corte pontificia (¿antes de 1438?) y de las subsiguientes embajadas y reuniones conciliares, es decir, de sus viajes por Europa, la adquisición de experiencia le haría ganar mucho conocimiento.

En sus primeras legaciones por el Sacro Imperio (1440s) hubo de tratar, como representante principal del Papa Eugenio IV y acompañado por Nicolás de Cusa, con autoridades de todas las posturas políticas e ideológicas posibles, desde partidarios del antipapa Félix V hasta de la neutralidad del emperador alemán. El carácter políglota de Carvajal, unido a sus dotes diplomáticas y a sus sabiduría en Leyes, le facilitaría su éxito en el Imperio y consecuentemente la obtención de dignidades varias entre las que destacaron la de obispo de Plasencia y principalmente la de Cardenal de Sant Angelo (1446). Alejado el peligro de un nuevo cisma eclesiástico tras la firma del Concordato de Viena (1448) y con su prestigio crecido, los siguientes asuntos a tratar por Carvajal serían los relativos a la cuestión husita en Bohemia. Sin embargo, y sin entrar en demasiados detalles, el Cardenal fracasó esta vez (1448) y los seguidores de las doctrinas de Jan Hus se fortalecerían en lo sucesivo hasta la muerte del primero regente y luego rey husita de Bohemia Jorge de Podiebrad (1471). Suponemos que los reformadores husitas, herejes a ojos de Roma, le provocarían no solamente muchos dolores de cabeza sino también profundas reflexiones acerca de la reforma de la Iglesia Católica. Al Cardenal, como personaje destacado de la curia romana, no le pasó desapercibido este aspecto principal en su tiempo, aunque su incesante labor diplomática no le dejarían demasiado espacio ni respiro material para llevar a cabo sus ideas reformadoras (Gómez-Canedo (1947): 259 y ss.). De todos modos, los aires reformistas ya habían penetrado y comenzaban a manifestarse progresivamente en la Cristiandad.

No obstante, las preocupaciones sobre el husismo pasarían a un segundo plano de acción debido al avance turco y la conquista de Constantinopla en 1453. En adelante, Hungría y su frontera frente al islam fueron los escenarios en que se desarrollaría la actividad diplomática del Cardenal (1455-1460). Carvajal, junto al franciscano Juan de Capistrano, fue responsable de la predicación de una cruzada contra los otomanos que se materializó en la victoria cristiana de Belgrado de julio de 1456. Pero nada más lejos de la realidad, la amenaza turca no dio tregua y los conflictos centroeuropeos imposibilitaron dar salida fructífera a la empresa contra el islam. Así, las relaciones entre el emperador alemán y el rey húngaro, el proceso contra Jorge de Podiebrad de Bohemia, nuevos proyectos de cruzada y algunos viajes por Italia ocuparon la última década de vida de Juan de Carvajal. A pesar de que las cuestiones husita y turca distaron mucho de resolverse tras los empeños de Carvajal, éste siguió recibiendo distintivos por parte de Roma, como el episcopado de Porto o el nombramiento como Protector de los Húngaros, que hablan de la notoriedad del Cardenal hasta el final de sus días. Fue especial la relación que mantuvo con Hungría y con su rey Matías Corvino, que en 1462 pedía con insistencia la vuelta de Juan de Carvajal a su reino, fiel reflejo de la actividad desenvuelta años atrás y de la buena consideración y estima tenida por los húngaros. Sin embargo, el Cardenal permaneció en Italia, donde toda su experiencia y conocimiento acumulados serían de mucha utilidad para la curia romana.

2.3. La cuestión humanista.

Señalaba Gómez-Canedo que faltaban “elementos seguros” que permitieran conocer la actitud que Juan de Carvajal mantuvo ante el movimiento humanista que se expandía por Italia a mediados del siglo XV y que por el contrario debíamos “contentarnos con algunos indicios y hechos aislados” que aproximaban a tal cuestión (Gómez-Canedo (1947): p. 269). Hoy, casi siete décadas después, aún persisten muchas dudas sobre la adscripción cultural del Cardenal en aquellos momentos en que los aires humanistas hacían acto de presencia en Roma bajo los pontificados de Eugenio IV (1431-1447) y sobre todo de Nicolás V (1447-1455). Algunos trabajos posteriores han ahondado en diversos aspectos culturales tocantes al Cardenal Carvajal que aportan nuevos detalles al mismo tiempo que complican la empresa de dirimir el carácter humanista de nuestro personaje. A falta de un estudio más pormenorizado del asunto, basten algunas claves que arrojen luz al respecto.

Sabido es que el movimiento humanista surge en Florencia a mitad del siglo XIV de la mano de intelectuales que buscan encontrar en la Antigüedad Clásica la esencia lingüística latina, y en menor medida griega, por medio del estudio y traducción de los autores clásicos. Desde allí se expandirá progresivamente por todas las cortes italianas y empezarán a recuperarse no solamente los escritos greco-romanos sino también un estilo artístico antiguo que diera armonía moderna a la arquitectura, en contraposición al arte barbaricum, o gótico, propio de la época entrambos tiempos, o Edad Media. Es lo que se conocerá como Renacimiento. Aunque se vislumbran atisbos anteriores, es bajo el pontificado de Nicolás V cuando se produce una manifiesta recepción del humanismo y la nueva moda clásica en Roma y comienza a cambiar el aspecto vaticano por medio de construcciones promocionadas por dicho Papa. Confluyen en la curia romana personalidades preocupadas por el estudio de las humanidades (studia humanitatis) y que promueven el mecenazgo de obras artísticas, arquitectónicas, literarias y de traducción. Ese es el ambiente que respiró Juan de Carvajal en Italia.

Y donde se desplazan aquellos humanistas, se traslada también el espíritu clásico y moderno. Uno de los primeros ejemplos fue el ya mencionado concilio de Basilea. De la misma forma, otras reuniones y cortes europeas serían escenarios de debates con presencia de los clásicos como debió ocurrir en algunas de las embajadas papales protagonizadas por Carvajal, por ejemplo en Núremberg, en casa de Gregorio de Heimburg, donde se discutía acerca de Platón y de cuestiones jurídicas (Gómez-Canedo 1947: 269). Y con tales legaciones y viajes se estrechaban lazos intelectuales que se mantenían por correspondencia en muchos casos[8]. Entre las amistades humanistas de Juan de Carvajal se encontraron sus compañeros Nicolás de Cusa y Eneas Silvio Piccolomini (luego Pío II), Ammannati o el bizantino Bessarion[9]. Entre los Papas humanistas que tuvieron a Carvajal en alta estima, destacan los ya citados Nicolás V (1447-1455) y Pío II (1458-1464), bajo cuyos pontificados el Cardenal pasó más tiempo en Roma, casualmente. Por el contrario, bajo Calixto III (1455-1458) Carvajal residió mayoritariamente en Hungría. No hay que descartar que el Cardenal fuera una de las personas que insuflaron inquietud intelectual en el joven monarca húngaro Matías Corvino, que se convertiría en un gran rey renacentista de la mano de Juan Vítez primero y posteriormente del italiano Antonio Bonfini.

Otra de las características humanistas de las que Juan de Carvajal disponía era la de manejar varias lenguas: castellano, latín, italiano y alemán, al menos. Esta variedad idiomática es característica de embajadores, sí, pero también de personas preocupadas por los studia humanitatis. Prueba de la preocupación de Carvajal por las lenguas, especialmente por la latina, y el fomento del estudio se puede reconocer en la creación de una escuela de Gramática en Plasencia o en el proyecto de fundación de un colegio universitario en Salamanca[10]. Con ello entroncamos con la cuestión del mecenazgo, igualmente característica del ambiente humanista, y del que encontramos buenos ejemplos en el Cardenal. Por un lado, alabó las reformas arquitectónicas de Nicolás V; por otro, hizo construir dos puentes en su diócesis placentina; y otra muestra más la vemos en su promoción al escultor Andrea Bregno en el que se deja ver su predilección por San Miguel Arcángel (Caglioti, 1997: 222). Finalmente, otra de las singularidades a destacar de Carvajal fue, como figura casual y principal del panorama político-cultural del momento que le tocó vivir, su temprano conocimiento de la imprenta, auténtico motor del cambio de era que se produciría, el internet de la época. En efecto, pudo ser la primera persona en saber de la existencia de la imprenta fuera de Alemania e interesarse por ella, demostrando una vez más su preocupación cultural  (Martin Davies, 1996: 193).

Pese a todos los indicios expuestos sobre los vínculos y sospechas humanistas de Juan de Carvajal, no podemos considerar al Cardenal como humanista propiamente dicho en tanto que no se conocen referencias claras ni escritos de carácter literario o temática propia del humanismo, esto es, autores clásicos o cuestiones filológicas latinas. De las obras que se le atribuyen ninguna parece remitir a tal dedicación literaria sino que por el contrario la actividad escritora del Cardenal se circunscribiría a su labor como legado pontificio. A decir de su biógrafo tantas veces citado, Gómez-Canedo, Carvajal “no fue devoto de la pluma” y parece ser que legar obras a la posterioridad no estuvo entre sus prioridades (Gómez-Canedo, 1947: 272-274). Podemos establecer, por tanto, que Juan de Carvajal más que un intelectual fue un diplomático de ambiente y espíritu humanista, con alta formación jurídica, experiencia y conocimiento de la Europa de su tiempo, pero que no precisó plasmar en papel sus inquietudes intelectuales. Su figura simboliza la transición cultural entre el Medioevo y el Renacimiento. A la manera de los primeros incunables salidos de aquella imprenta que tan pronto conoció, Carvajal ejerce de bisagra cultural de entre tiempos.

 

  1. Un cardenal viajero: Italia, Sacro Imperio, Bohemia, Hungría.

De acuerdo con su función como delegado papal y cardenal de la Iglesia, la biografía de Juan de Carvajal comprende como escenarios diversos territorios de la Cristiandad europea, desde sus principales focos culturales mediterráneos e imperiales hasta los confines lindantes con Oriente. Castilla es su cuna y germen de su actividad eclesiástica; el eje Italia-Alemania (Roma, Florencia y Venecia, más Viena, Frankfurt, Núremberg, Colonia…) comprende las cuestiones relativas al cisma político-religioso, dentro del ámbito de la Cristiandad católica romana; en la periferia de ese eje, Bohemia, encontramos el escenario de lucha contra la herejía husita; y Hungría, Serbia y Bosnia, ya en la frontera con el territorio musulmán, culminan la labor diplomática del Cardenal, durante la convocatoria de cruzada propuesta por Pío II. Sorprende, en definitiva, la multitud de enclaves conocidos por Juan de Carvajal, fruto de su relevancia diplomática y del complejo contexto de su tiempo: los conflictos se agudizan a medida que se aleja del núcleo de la Cristiandad, Roma, amenazada igualmente por la división interna.

El carácter viajero de Juan de Carvajal, no obstante, pasa fácilmente desapercibido por la ausencia tanto de menciones de alabanza hacia tal labor, como de relatos de viajes escritos por la propia mano del Cardenal. Sin embargo, este vacío documental consigue arrojar sentido sobre los significados del viaje medieval en sus diversas aplicaciones. La condición viajera de un delegado papal quedaba intrínseca a tal cargo, y como tal no causaba admiración: no encontraremos descripciones asombradas de las maravillas que se visitan ni de los países que se conocen; los territorios de destino, por muy limítrofes que fuesen, entran en el círculo espacial del entorno papal. La Cristiandad se erige así como mapa conocido y las relaciones políticas y culturales entre sus miembros, aunque turbulentas, no se escapan a dicho ámbito de cotidianeidad. El viaje para un embajador o delegado queda siempre sujeto a una visión claramente utilitaria: se viaja no para obtener una comprobación sensible y palpable de una realidad espiritual, como le ocurre a un peregrino, sino para cumplir una misión. Son viajes de negocio, no de ocio.

3.1. El concepto del viaje en un delegado papal del siglo XV

Nuestra concepción de este tipo de viaje bajomedieval tiene que partir de varios condicionantes: en primer lugar, viajar acerca lo lejano, permite el contacto intercultural, diluye las fronteras de lo desconocido, rompe con lo cotidiano (en una dinámica hogar/viaje que existe desde tiempo inmemorial; Ruiz Domènech (1995-1996: 261); en segundo lugar, continúa siendo una actividad peligrosa y sujeta a múltiples e impredecibles azares (condiciones climáticas, caminos inseguros, asaltos y robos, enfermedades), así como a considerables inversiones de tiempo, esfuerzo y dinero; y, en tercero, el viaje se enfrenta a su progresiva laicización. Las comunidades se asientan en entornos urbanos, y el viaje por ansia de trascendencia y contacto con la divinidad pasa a ser el viaje en pos de cumplir un objetivo, o satisfacer una curiosidad cultural. En este ámbito, el “reforzamiento de la Iglesia secular” y el mencionado progreso en el asentamiento poblacional lleva a la necesidad de establecer redes de contacto que unan continuamente dos puntos alejados geográficamente.

El hombre medieval, en su condición de homo viator, viaja para satisfacer una necesidad particular, ya sea espiritual o material. La sociedad de base rural que motivó la proliferación de peregrinaciones hasta el siglo XIV aproximadamente (Ruiz Domènech, 1995-1996: 261; Lopes, 2006: 5) da paso a otra urbana, donde la extensión del límite de conocimientos geográficos choca con la necesidad de experimentar una sensación de trascendencia ante lo desconocido, reflejado en numerosos relatos donde lo fantástico y lo real se funden (Pérez Priego, 1984: 239). A partir de este momento, los viajes con largas comitivas reales y nobiliarias, ya fuese con fines políticos o religiosos, quedan sustituidas por medios más cómodos: por ejemplo, la lectura de libros de viajes, con los que el lector puede ampliar su estado del conocimiento del mundo a través de experiencias autobiográficas de otros viajeros; o los delegados y embajadores asalariados, que establecen a lo largo del siglo XV una compleja red de comunicaciones (Beceiro Pita, 2007: 110-115). Estos delegados pueden servir para realizar peregrinaciones en nombre de su señor, o para transmitir comunicados, o bien para intermediar en diversas negociaciones. En cualquier caso, el concepto del viaje se transforma[11]: de la peregrinación física pasamos a la reflexión interior (influida por el estilo de vida monacal; Beceiro Pita, 2007: 116-117; García de Cortázar, 1994: 12); del viaje metafísico, al viaje de exploración.

La labor del embajador, pues, adquiere una relevancia crucial en este periodo, tal y como lo atestiguan los numerosos testimonios de delegados que, a lo largo del siglo XV, firman tratados y manuales en los que detallan el procedimiento empleado en su oficio, los privilegios que implica y los errores que deben evitarse en toda negociación. Por cercanía cronológica y espacial, de entre estos textos nos interesa citar el Ambaxiatorum Brevilogus de Bernardo de Rosergio[12], escrito en 1436. Arzobispo de Tolouse e intelectual, Rosergio colaboró en numerosas delegaciones a lo largo de la primera mitad del siglo XV, incluidas negociaciones con Castilla. Para Rosergio, toda embajada, y especialmente la papal, es digna de respeto, consideración, protección y beneficio, puesto que:

El oficio de embajador, en cuanto sea útil a la República y a todo el orbe, su evidencia se demuestra en el hecho visible, y así instruye como demuestra experiencia, como maestro en que los asuntos lleguen a buen resultado; […] Por tanto, quien ejerce el oficio de embajador de forma debida y diligentemente, por su labor en favor de la República será considerado en méritos, premios y honor (1905: 26)[13].

Los capítulos del tratado dan cuenta de la consideración positiva que Rosergio adscribe a este oficio. El embajador ha de ser:

[…] no preso de la tiranía de la avaricia, no deshonesto en la palabra o el acto, no molesto, no iracundo, no maligno, […] no violento, henchido de gloria, no temerario, no presuntuoso, no pusilánime, no impaciente, […] no adulador, […] humilde, modesto, temperado, discreto, benévolo, honesto, sobrio, justo y pío, largo, prudente, alegre, dador, y magnífico, dulce en el verbo y el ánimo, paciente, y benigno, oportuno, magnánimo, audaz, tratable, plácido, virtuoso, y fuerte en toda exhibición, común, […] (1905: 5).

Ha de realizar su tarea atendiendo a aspectos como el “estado, hábito y gesto” tanto propio como del entrevistado, y haciendo gala de “buena conversación, prudente madurez”, sin dejar de prestar atención a la consecución de una paz mutua (1905: 10-11) y respetando la discreción de la conversación mantenida. La excesiva adulación de Rosergio hacia su oficio arroja dos conclusiones sobre su relevancia en un doble plano, público y privado: el legado es consciente de lo necesario de su esfuerzo, y como tal pretende que así sea percibido por el resto de la sociedad al mismo tiempo que se ensalza a sí mismo. La proliferación de legaciones a partir del siglo XIV explica la necesidad de promover estas actividades por medio de estos textos, redactados por los mismos embajadores.

Ello dibuja un panorama de una Europa urbana y nobiliaria para quien el acto de viajar a destinos lejanos es más común, y ahonda la consideración de un nosotros, una Europa cristiana no exótica, frente a unos otros, el Oriente turco, donde el extrañamiento del viajero es mayor. Aun así, la utilidad del viaje sí está sujeta a su finalidad política y religiosa. Para Juan de Carvajal, viajar sin duda significaría extender la influencia de un único modo de entender la fe, adscrito a una jerarquía social y nobiliaria determinada. Ninguna de las fuentes consultadas ignora el valor viajero de Carvajal, y si bien no hacen explícito hincapié en ello como rasgo digno de diferenciación, sí lo señalan como una de sus cualidades biográficas atendiendo a los logros y méritos obtenidos durante tales misiones.

3.2. Juan de Carvajal viajero, en las fuentes

Hernando del Pulgar no olvida la adscripción castellana del Cardenal: pese a que su labor diplomática se realizó principalmente fuera de Castilla (la semblanza sólo lista el obispado en Plasencia, y la única plasmación en este territorio de la labor de Carvajal residiría en los puentes que ordena construir sobre el Tajo y el Almonte), ello basta para engrandecer a la corona con las hazañas morales y políticas de tal personaje; hazañas motivadas precisamente por compartir ese rasgo cualitativo puramente castellano, común a otros grandes hombres del reino, “Claros Varones”. Aunque se centra más en la descripción física y moral del personaje[14], lo hace en relación con las actividades que realiza para la Santa Sede; así, su carácter de “grand Letrado é hombre de honesta vida” le hace ser responsable de “negocios arduos”, “embaxadas de grand importancia, en las quales guardó siempre su honra é su conciencia, é dió la razón que hombre Letrado é discreto debia dar” (Del Pulgar, 1789: 113). El objetivo principal de estas actividades, resalta Hernando del Pulgar, es actuar “en servicio de Dios é augmentacion de la Fé Christiana” (1789: 116). Sorprende, por tanto, la ausencia de menciones hacia la misión en Hungría, en pos de conseguir apoyos en la frustrada cruzada contra el Turco.

Alonso de Palencia, sin embargo, no incide en la labor viajera del cardenal, si no es para indicar (muy a su pesar) los éxitos que cosechó en el conflicto del cisma. Señala, al igual que Pulgar, cómo la “exquisita diligencia y los felices resultados de su comisión” de Carvajal en su viaje delegación hacia Alemania, durante el cisma de Basilea (1904: 435), le valen el título de cardenal. Sin embargo, también ignora la misión en Hungría; lo que nos puede llevar a sospechar acerca de la objetividad de la furiosa crítica de Palencia en lo relativo a la opulencia del Cardenal, a quien reprocha su desentendimiento hacia los peligros que supone la cercanía del enemigo Turco y su excesivo apego, por contra, a riquezas con las que pretende exhibir orgulloso su grandeza eclesiástica[15] (1904: 432-433).

Ammannati, amigo de Carvajal, alaba cómo las múltiples legaciones (enumera veintidós) realizadas por el cardenal alcanzan siempre un rotundo éxito, indicando que se realizaron en múltiples lugares donde Carvajal “reinstaura la paz y el orden”, siendo admirable en el trato y la eficiencia de su labor pastoral en defensa del Evangelio y la doctrina de Roma. Gaspar de Verona, también contemporáneo al papado de Pío II, destaca la “increíble paciencia, trabajo ingente, diligencia y singular esfuerzo” realizados por Juan de Carvajal en los seis años que dedicó a reforzar las estrategias de respuesta contra la amenaza turca (Gómez Canedo, 1947: 254-256).

Todas las fuentes coetáneas a Juan de Carvajal, por tanto, reconocen como mérito su labor viajera; ello se transmite igualmente a manifestaciones posteriores, donde estas delegaciones se expresan como circunstancias biográficas relevantes. Lejos ya de las circunstancias históricas contextuales, que conformaban una Europa convulsa, la biografía firmada por López de la Barrera sostiene el relato biográfico de Carvajal en una sucesión de las legaciones realizadas: así, se describen en orden cronológico las misiones a Italia, el Sacro Imperio, Bohemia y Hungría, suprimiendo por contra la presencia del Cardenal en Castilla. Las entradas biográficas que se localizan en diversos diccionarios e historias papales, y que ya hemos listado previamente, también se limitan a este desglose de los destinos de viaje.

Estas actividades, vistas pues como prueba de la valía de Juan de Carvajal en un plano internacional, también prueban cómo la concepción del viaje influye en la alabanza al personaje histórico. En las semblanzas de Hernando del Pulgar, sólo las misiones en el cisma adquieren relevancia, seguramente como prueba de la presencia castellana favorable al papa de Roma en tal conflicto; en el mismo sentido actúa Alonso de Palencia, si bien falto de todo rasgo elogioso. Los testimonios de Ammannati y Verona, por otro lado, inciden también en los beneficios que acarreó la labor de Carvajal para el asentamiento de la autoridad del papa, lo que se liga inequívocamente con la consecución de una paz duradera en Europa. La finalidad política y la religiosa confluyen así en el viaje, aunque con diferente perspectiva: la defensa cristiana contra el turco sólo aparece reseñada de forma explícita por Verona; bien puede deberse al fracaso final de la convocatoria de cruzada, que silencia el relato postrero de esta misión no finalizada, o bien a que se trata de un hecho lejano para los intereses propagandísticos de ciertos cronistas de Castilla (y que, como vimos en Palencia, contradice toda crítica negativa hacia la supuesta permisividad del papa y sus cardenales hacia los musulmanes).

 

  1. Hacia el reconocimiento de la figura de Carvajal: su vínculo con Castilla.

En un momento indeterminado de los años 30 del siglo XV, Carvajal marcha a Italia. Con seguridad se sabe que se encontraba en Roma en 1438 pero algunos autores han apuntado la posibilidad de que con anterioridad a esa fecha estuviera ya en la corte pontificia, puesto que participó en Basilea (Gómez Canedo, 1947: 38-39). En cualquier caso, se puede asegurar que Juan de Carvajal permaneció en Castilla más de tres décadas. Esta etapa castellana, más o menos la mitad de su vida, es la más desconocida de su biografía y de la que menos certezas se tienen. Los pocos datos de que se disponen se deben principalmente a los aportados por Gómez-Canedo. La limitación documental ha sido sin duda un obstáculo a la hora de profundizar en los años castellanos del Cardenal pero tal desconocimiento se debe igualmente a la ausencia de modernas investigaciones referentes a esta fase de su vida. Es un trabajo que aún está por hacer, ya que desde 1947 las posibilidades de adentrase de nuevo en la figura y el contexto histórico de Carvajal han aumentado sustancialmente. No obstante, para abordar esta cuestión se necesita de una dedicación y tiempo que exceden al presente estudio. Por el contrario, nuestra pretensión en este punto es recorrer algunos de los espacios más vinculados a Juan de Carvajal, haciendo especial hincapié en el territorio extremeño y salmantino, con independencia de la cronología de los hechos.

Ya hemos puesto de manifiesto la importancia que le otorgaron sus contemporáneos así como la relevancia que tuvo en la política romana y europea de mediados del siglo XV y por este motivo el reconocimiento de nuestro personaje está avalado en la historiografía sobre el Papado y sus relaciones políticas en la Baja Edad Media. Sin embargo, en su tierra de origen, Extremadura y Castilla, la figura de Juan de Carvajal ha pasado desapercibida si se exceptúan a algunos pocos especialistas en la materia. Aprovechando pues el carácter viajero ya anotado del Cardenal Carvajal, una buena manera de reivindicar su figura y aportación histórica sería la de seguir sus pasos en la Corona de Castilla, cual ruta histórico-cultural fuera.

4.1. Extremadura, su natura; Salamanca, su alma mater.

Trujillo se presenta como punto de partida en la vida de Juan de Carvajal en tanto que esta localidad fue la que le vio nacer en torno a 1399/1400[16]. Su padre fue Juan Tamayo, corregidor de Trujillo y procedente de Castilla, probablemente de la población abulense de Bonilla de la Sierra. Su madre era Sarra o Sara de Carvajal, hija de Diego González de Carvajal, natural de Plasencia. Los Carvajales extremeños, una de cuyas ramas se asentó en Trujillo en el siglo XIV, eran una de las casas nobiliarias más importantes de la Extremadura bajomedieval[17]. Se deduce, por tanto, que la infancia de Juan de Carvajal debió ser relativamente cómoda a juzgar por su contexto familiar, lo que sin duda le facilitaría también emprender la carrera universitaria y eclesiástica[18]. Del resto de su relación con Trujillo tan sólo se puede apuntar la edificación del convento de la Encarnación de la Orden de los Predicadores en época de su episcopado placentino (1466).

Su rastro por Extremadura también podemos seguirlo, en sentido físico, a través de dos puentes construidos bajo su mecenazjo, uno sobre el río Almonte en el término municipal de Jaraicejo[19] y el otro sobre el Tajo en Torrejón el Rubio[20]. Ambas construcciones demuestran, por un lado, el interés y la preocupación que Juan de Carvajal mantuvo para con su tierra originaria y, por otro, la consideración de mecenas que envolvió al Cardenal fruto de los aires humanistas italianos. Estas huellas arquitectónicas son fiel reflejo de su aportación histórico-extremeña. Que el apellido Carvajal está muy vinculado culturalmente a estas zonas lo ejemplifica también la figura de la poetisa jaraicejana Luisa de Carvajal y Mendoza. Asimismo, otro de los lugares vinculados a Juan de Carvajal fue Coria, aunque muy sutilmente, ya que fue nombrado obispo cauriense a finales de 1443 y pocos meses después sería reemplazado por Alfonso Enríquez (Gómez-Canedo, 1947: 68-70). Como curiosidad histórica anotemos que, igual que Juan de Carvajal fue una de las primeras personas en conocer la existencia de la imprenta fuera de Alemania, Coria tiene el orgullo de ser la cuna de la impresión en Extremadura puesto que en 1489 salió de allí el primer incunable extremeño, el “Blasón general y nobleza en el universo”, obra de Pedro de Gratia Dei.

La ciudad de Plasencia ejerce de fundamento esencial en la relación de Juan de Carvajal no sólo con Extremadura, sino también con toda la Corona de Castilla. Carvajal fue elevado a la dignidad episcopal placentina en verano de 1446 y la mantuvo hasta su muerte en 1469. Aunque seguramente nunca visitaría Plasencia como obispo, la creación de una Cátedra de Gramática en 1468 refleja una vez más la preocupación por los cultural de Carvajal para con su diócesis (Gómez-Canedo, 1947: 93-94). Estos estudios fueron los primeros de rango universitario en la región extremeña y serían complementados años después con el establecimiento de una Cátedra de Teología (1484) en el convento placentino de San Vicente Ferrer, promovido esta vez por el mecenazgo de los Zúniga-Pimentel[21]. Plasencia es además, como dijimos, la cuna de la familia Carvajal en tierras extremeñas y su arraigo cultural queda representado igualmente en figuras como las de los también obispos placentinos Bernardino López de Carvajal (1521-1523) y Gutierre de Vargas Carvajal (1524-1559), estudiante y rector en Salamanca y cardenal en Roma el primero y mecenas de las artes de la gramática y de la arquitectura el segundo, en curiosas coincidencias con nuestro personaje objeto de estudio.

Finalmente, Salamanca es otro de los pilares clave de la etapa castellana de Juan de Carvajal, quien puede ser considerado como la primera figura descollante de la larga tradición de estudiantes extremeños de la universidad salmantina. No existe información cien por cien fiable de universitarios procedentes de Extremadura para fechas tan tempranas, aunque para 1403 están registrados al menos dos estudiantes procedentes de la diócesis de Badajoz, cinco de la de Coria y otros tres de la de Plasencia[22]. Si bien los datos son muy parciales, demuestran que la Universidad de Salamanca ya ejercía como universidad de los extremeños temprano el siglo XV y Juan de Carvajal fue uno de los que prontamente destacó (1420s-1430s). Como vimos más arriba, su formación abarcó tanto el derecho civil como el canónico y pronto empezó a ejercer en el mundo eclesiástico como lo demuestran los beneficios que poseyó y los cargos que empezó a desarrollar. Primero fue clérigo en la diócesis de Ávila y posteriormente ocupó el decanazgo de Astorga (h. 1433), comenzando así la meteórica carrera eclesiástica que le llevaría a ser una de las personalidades más relevantes de la política de la Iglesia de Roma (Gómez-Canedo, 1947: 33 y ss.). Salamanca representa para Juan de Carvajal el auténtico motor de su formación intelectual y de su periplo vital pues, como sabemos, la universidad salmantina fue la institución académica de mayor renombre de la Castilla bajomedieval. El vínculo salmantino continuó presente a lo largo del tiempo y siendo cardenal propuso la fundación de un nuevo colegio (del Santo Ángel), algo que no llegó a prosperar por causas desconocidas (Gómez-Canedo, 1947: 272).

 

  1. Conclusiones

Como hemos señalado durante todo este trabajo, la figura de Juan de Carvajal aún necesita de un estudio pormenorizado que parta de una revisión aún más exhaustiva de las fuentes disponibles, y consiga trascender su contenido para situar al Cardenal en las dinámicas geográficas, sociales y culturales de su época. Los testimonios conservados ensalzan principalmente su carácter de viajero por Cristo, el Papa y el Evangelio. Esto es, una doctrina cristiana delimitada, que ha de instaurarse en los dos conflictos principales en este ámbito eclesiástico para la Europa del siglo XV: los cismas heréticos y las conquistas del islam. Ahí radica la relevancia viajera de Carvajal como delegado del centro de la Cristiandad europea, un ámbito internacional. Dos sucesos que se establecen en una Europa que presenta sus propias revueltas internas al mismo tiempo que se ve rodeada por Asia y África, donde el islam gana terreno[23]. El Cardenal, por tanto, representa una Europa con un triple foco de atención: Roma como centro espiritual, y en pugna política con el Sacro Imperio, donde se forja un incipiente cuestionamiento también moral; y Oriente, revivido territorio indómito a manos del infiel, fuente de misterios y origen de la Verdad bíblica revelada. Estos tres vértices, que configuraron las relaciones socio-políticas durante todo el Medievo, van a sufrir ahora una profunda transformación.

Y todo ello en un contexto cultural preciso: el humanismo que se expande por Europa, con origen en Italia, buscando una nueva manera, estética, de conectar los territorios, con manifestaciones válidas para toda la Cristiandad: latín y autores clásicos. Las relaciones entre intelectuales, posibilitadas por concilios y legaciones, viajes en fin, propiciaron la extensión del movimiento humanista, propulsado por la aparición de la imprenta hacia mediados del siglo XV. De todo ello fue testigo excepcional el Cardenal Carvajal, por su formación universitaria en Salamanca y sus relaciones con la intelectualidad de la época. De aquel ambiente quedó impregnado como personaje principal de la curia romana y por ello ejerció el mecenazgo característico italiano, de lo que dejó muestras en su diócesis de Plasencia. Los vínculos con su tierra originaria, por tanto, aunque mal estudiados, se presentan como causa y consecuencia evidentes de la dignidad europea que alcanzó. Es su alcance nacional, castellano. Salamanca como alma mater, de donde salían los intelectuales de Castilla. Extremadura como territorio de natura donde representar los nuevos tiempos, estudio de gramática y construcciones útiles. El análisis más focalizado de tales factores permitirá una más completa comprensión del Cardenal Carvajal.

En conclusión, Juan de Carvajal, como hombre de su época, desarrolla una compleja labor diplomática y cultural en un periodo de transición: el avance turco modificará radicalmente el espacio físico de la Cristiandad al romper sus fronteras, el humanismo traerá corrientes renovadoras a la fe cristiana, y las coronas europeas configurarán nuevos modelos de gobierno y límites geográficos. El mundo cambia, y el Medievo comienza a quedar atrás. Y, ante esta confusa situación, urge la necesidad de actuar: el viaje y el humanismo, en definitiva, constituirán medios idóneos de actuación.

 

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[1] DEL PULGAR, H. (1789). Claros varones de Castilla y letras de Fernando de Pulgar, consejero, secretario y coronista de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel. Madrid, Imprenta de don Gerónimo Ortega e hijos de Ibarra, pp. 116-117.

[2] Baste señalar la opinión de Alonso de Palencia en su Crónica de Enrique IV, contraria al Cardenal. La fuente original es mucho menos benévola de lo que Gómez Canedo da a entender (1947: 16): Alonso de Palencia sí reconoce la fama de Carvajal en el Sacro Colegio, pero dedica un apartado destacado de su texto para describir un encuentro entre ambos, donde quedaría patente la opulencia del purpurado y su desapego hacia los supuestos desmanes que cometía Enrique IV de Castilla contra sus propios súbditos, actitud de Carvajal que Palencia critica con virulencia: censura la respuesta del Cardenal, bajo el tópico de constituir una “abominación extrema” que conviene no ser repetida. No obstante, debemos tener en cuenta que, puesto que se trata de una crónica particular compuesta contra la figura de Enrique IV, Juan de Carvajal, quien no participó del descrédito al monarca, no podía ser objeto de admiración. Volveremos sobre este texto más adelante.

[3] Citamos la crónica sobre el Concilio signada por el propio Pío II, Commentarii de gestis Basiliensis Concilii (1440), así como la de Juan de Segovia, Historia gestorum generalis synodi basiliensis (1449-1453); también, más tardías, interesan la mención por Frantisek Palacký en el tomo IV de su Geschichte Böhmens (1844-1867), y la signada por Ludwig von Pastor en su Historia de los Papas desde fines de la Edad Media (Geschichte der Päpste seit dem Ausgang des Mittelalters, 1886-1933). La Catholic Encyclopedia, en su volumen III (1913), recoge una biografía resumida de Juan de Carvajal que ha servido de base para aportaciones posteriores, como las que encontramos en el Lexikon des Mittelalters de Meuthen, o en el tomo XXIII del Biographisch-Bibliographisches Kirchenlexikon y escrita por Bruno W. Haütpli. Un completo listado de estas fuentes menores, junto con fragmentos de algunos textos, lo encontramos, aunque aún pendiente de actualización, en Gómez Canedo (1947: 349-353).

[4] Existe una traducción al alemán, publicada en: “Die ungarischen Legationen des Kardinals Johan Carvajal (Cardinal Joannes Carvajal’s Legationen in Ungarn)”, Ungarische Revue, Berlín, 1890.

[5] Esteban Rodríguez Amaya reseña la obra en la Revista de estudios extremeños (1947), donde aprovecha para también resumir la biografía de Carvajal. Reproducimos ciertos pasajes que dan cuenta del entusiasmo con el que se recibió esta obra en el ámbito extremeño, si bien dentro de la mencionada subjetividad ideológica que subyace a los resultados del estudio y a la conformidad de su recepción: “Desde ese momento [la primera legación papal en Florencia] Carvajal se convierte en el soldado de la Iglesia, y con lealtad y entereza extremeñas le vemos aparecer en los lugares de más peligro […]. Entonces, como ahora, la marea procedente de Asia avanzaba arrolladora […]. Entonces, como ahora, solamente la Santa Sede veía claramente la inminencia y magnitud del peligro […]. Solo un español, con el espíritu templado en la multisecular lucha contra el moro, podía realizar el milagro, y sólo un extremeño como Juan de Carvajal, verdadero espécimen de nuestras virtudes raciales, podía ser el agente que acertara a canalizar las energías dispersas hasta realizar el milagro de Belgrado” (1947: 208-211).

[6] FLÓREZ, C., HERNÁNDEZ, M. y ALBARES, R. (eds.) La primera escuela de Salamanca (1406-1516), Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2012.

[7] Sobre esta cuestión concreta, véase: GÓMEZ-CANEDO, L. Don Juan de Carvajal y el cisma de Basilea (1434-1448): un gran español al servicio del Papa ; estudio documentado ; excerpta ex dissertatione ad lauream in Facultate Historiae Ecclesiasticae Pontificiae Universitatis Gregorianae, Impr. P. López, 1942.

[8] Sirva como ejemplo ilustrativo la correspondencia entre el castellano Alonso de Cartagena y humanistas italianos como Leonardo Bruni o Pier Candido Decembrio, véase Fernández (175 y ss.), y Monsalvo (54 y ss).

[9]De todos ellos destaca la amistad mantenida con Eneas Silvio Piccolomini y la relación epistolar que de ello se conserva. Piccolomini dedicó incluso varios de sus trabajos a Carvajal, tales como De Gestis concilii Basileae (1450), un tratado sobre la herejía husita y taborita (1452), el discurso Contra Australes (1452)  o la Historia Gothorum (1453), véase Gómez-Canedo (1947: 269-272 y 323-335); y Martin Davies (1996: 193-202).

[10] Ver infra, epígrafe 4.1.

[11] Sin que ello implique la anulación de la aplicación física: aún en el siglo XV se siguen realizando peregrinaciones a Santiago, Roma y Jerusalén. Por citar un caso propio de la historia extremeña, contamos con el testimonio de dos frailes del Monasterio de Guadalupe que, en los primeros años del siglo XVI, realizaron viajes a Jerusalén: fray Antonio de Lisboa y fray Diego de Mérida (sus relaciones sobre la travesía y las maravillas que contemplaron fueron editadas por Rodríguez Moñino, 1945 y 1949).

[12] Una selección de estos textos la encontramos en: De Legatis et Legationibus Tractatus Varii (1905). Ed. de Vladimir E. Hrabar. Dorpati Livonorum, E. Typographeo Mattieseniano. Aparte del tratado que nos ocupa, Hrabar edita textos del siglo XV de Martinus Garratus Laudensis, Andreas de Barbatia, Gondissalvus de Villadiego, Hemolaus Barbarus y Joannes Bertachinus, así como otros de siglos posteriores que no tienen cabida en el presente trabajo.

[13] La traducción aproximada del original en latín es nuestra.

[14] Tal vez en contraposición a las acusaciones de corrupción, que encabeza Alonso de Palencia, Hernando del Pulgar destaca durante buena parte de esta semblanza XIX la sencillez y humildad de Juan de Carvajal.

[15] No está falta de cierta ironía, y sin duda mucha tergiversación, cómo Carvajal supuestamente considera que tal riqueza sirve para cumplir con mayor eficiencia la labor pastoral asignada. Citamos un fragmento de la crónica de Palencia: “Añadió, por último que él conocía por experiencia cuánto influjo tenía el ornato y esmero en el vestir, y refirió como prueba, que allá en los confines de la Bohemia aceptó en su calidad de Legado apostólico una pública discusión contra fray Juan Dusa, herético corruptos de innumerables gentes, y reconociendo en él al hombre más confiado en el artificio de la argumentación que en la fuerza de las autoridades, descubrió su túnica interior, que era de camelote de púrpura de un brillo admirable, y al punto vió al hereje como sobrecogido de estupor, privado de la facultad de hablar” (1904: 434).

[16] Hernando del Pulgar lo hace nacido en Plasencia, pero la gran mayoría de autores tiene por cierto su natura trujillana. En éste y otros aspectos de la vida castellana de Juan de Carvajal seguimos a su mayor biógrafo, Gómez-Canedo (1947: 31 y ss).

[17] Sobre los Carvajales existe suficiente bibliografía para Plasencia y Trujillo. En cuanto a fuentes genealógicas, es de interés manifiesto la obra de Lorenzo Galíndez de Carvajal, Memorial de los Carvajales (1505) edición de Rodríguez-Moñino (Badajoz, 1953), donde sin embargo el autor manipuló algunos datos, véase: CUART MONER, B. (1996), “La sombra del arcediano. El linaje oculto de don Lorenzo Galíndez de Carvajal”, Studia Historica (15), pp. 135-178.

[18] Gómez-Canedo sugirió la posibilidad de que Juan de Carvajal pasase la infancia y juventud en la provincia de Ávila, de donde procedían los Tamayo y donde fue clérigo, (GÓMEZ-CANEDO, 1947: 34). Sin embargo, su nacimiento, el cargo de su padre en el concejo trujillano y el arraigo de su familia materna, nos inducen a pensar aquí que al menos gran parte de sus primeros años los pasaría en Extremadura.

[19] Denominado el Puente Viejo de Jaraicejo (ca. 1460).

[20] El llamado Puente del Cardenal (1450s), dice de él Hernando del Pulgar: “Otrosí por escusar el daño grande que conosció recrescer a todas las gentes que pasaban el rio Tajo cerca de la cibdad de Plasencia, movido con ferviente caridad, fizo a sus grandes expensas la puente que hoy allí esta edificada, que se llama la puente del Cardenal, edifico muy notable” DEL PULGAR, H. (1486). Claros varones de Castilla y letras de Fernando de Pulgar, consejero, secretario y coronista de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel. Madrid, Imprenta de don Gerónimo Ortega e hijos de Ibarra, 1789, p. 116. Ambos puentes mandados fabricar por el Cardenal Carvajal los describe Antonio Ponz en su viaje por Extremadura en el siglo XVIII de la siguiente forma: “obras una y otra que compiten con las del mejor tiempo de Roma y que solas le pudieron granjear la denominación de gran Pontífice”, Ponz, (1983: 129).

[21] A este respecto véase: GONZÁLEZ DE LA GRANJA, M. E., “Los estudios generales de San Vicente Ferrer de Plasencia: Una nueva visión”, Actas Coloquios Históricos de Extremadura, Asociación Coloquios Históricos, Trujillo, pp. 179-201.

[22] El total de universitarios registrados en Salamanca para 1403 es de 311, aunque esta cifra no engloba a la totalidad de los estudiantes y hemos de tomar los datos con precaución, GARCÍA Y GARCÍA, A., “Génesis de la Universidad, siglos XIII-XIV”, Historia de la Universidad de Salamanca, vol. I, 2004, pp. 33-36, datos resumidos de PESET, M. y GUITÉRREZ, J., ‘”Clérigos y juristas en la Baja Edad Media castellano-leonesa”, Senara III (1981), anexo, pp. 30-46.

[23] El mundo medieval, a grandes rasgos, pasa de representaciones tripartitas del mundo, en T, marcadamente simbólicas, a una ampliación del conocimiento espacial, sustentado por la recuperación de textos clásicos (como la Geografía de Ptolomeo), y que empuja a diferenciar entre lo subjetivo y lo físico (García de Cortázar, 1993: 25). La extensión de la actividad del viaje a lo largo de la Edad Media entronca necesariamente con un Oriente conflictivo, más aún tras la caída de Constantinopla en 1453, lo que acentuaría la sensación de una Europa acorralada.