Oct 012007
 

Esteban Mira Caballos.

1.-Introducción.

Alguno trujillanos protagonizaron sonados alzamientos en defensa del status de los conquistadores, a favor de la encomienda y en contra de la Corona. El más conocido fue sin duda el de Gonzalo Pizarro. Pero no fue el único, en Panamá encontramos un verdadero paralelo de éste, es decir, el del también trujillano Gómez de Tapia.

Como es bien sabido, las protestas de los sectores críticos, especialmente de los dominicos, por los malos tratos infringidos al indio americano, determinaron la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542. Como es bien sabido, un hecho determinante fue la arribada a España, en 1539, del padre fray Bartolomé de Las Casas. Se dice que la influencia de las ideas del cenobita sobre el Emperador fue tal que, convencido de que los reinos indianos tenían sus señores legítimos, estuvo a punto de restituírselos[1].

La drástica decisión no llegó a hacerse efectiva pero, a cambio, el soberano propuso la creación de una junta, con una serie de prestigiosos juristas y teólogos, para decidir sobre las cuestiones claves del indígena, especialmente su encomienda y su esclavitud. En este corpus legal se prohibió, al menos teóricamente, la esclavitud del indio y se limitó de forma extraordinaria la encomienda. En adelante no habría nuevas encomiendas de indios y las que fuesen vacando pasarían a la Corona[2]. Otra cosa bien diferente fue su aplicación práctica. Pese a ello, las protestas en buena parte del continente americano fueron muchas, tanto más graves cuanto mayor era la importancia del indio en la economía del territorio en cuestión.

En el área antillana, por ejemplo, apenas hubo resistencia ya que en la década de los cuarenta el aborigen ya estaba prácticamente en extinción. Esta nueva legislación le fue notificada, en julio de 1543, tanto a los oidores de la isla Española como al arcediano de la Catedral de Santo Domingo, Álvaro de Castro, a quien, además, se le proveyó la protectoría de los indígenas[3]. De esta forma, se garantizaba que mientras se aplicaban las nuevas disposiciones el aborigen estaría suficientemente protegido de posibles represalias. Apenas hubo protestas porque el indio apenas tenía ya significación económica.

Sin embargo, en Cuba sí hubo una mayor oposición ya que la mano de obra aborigen seguía siendo fundamental en su economía. Efectivamente, en Cuba el número de indios de encomienda era mucho más abultado que en las restantes islas, de ahí la resistencia presentada a la aplicación de las Leyes Nuevas.

Muy diferentes fueron las cosas en Nueva Granada, México y, sobre todo, en Perú. En el caso de Nueva Granada la publicación de las Leyes Nuevas, por parte de Miguel Díez de Armendáriz, provocó una oposición unánime de los encomenderos, hasta el punto que hicieron dar marcha atrás a su aplicación y atender así las reivindicaciones de los neogranadinos[4]. En México la protesta de los grandes propietarios fue muy grande porque, como decía Girolamo Benzoní, “tenían gran parte de su fortuna invertida en esclavos (y) no estaban dispuestos a obedecer la ley”[5]. Antonio de Mendoza hubo de retrasar indefinidamente su aplicación para evitar una revuelta de consecuencias insospechadas, siendo ya su sucesor Luis de Velasco el que aplicó una parte de ellas[6].

Mucho peor fueron las cosas en el virreinato del Perú, donde el trujillano Gonzalo Pizarro se alzó contra la Corona. Y lo hizo esgrimiendo viejos principios de la escolástica española que no defendía precisamente los postulados absolutistas. Según ésta, los súbditos podían hacer uso de la rebelión si, en caso extremo, el rey o los gobernantes usaban el poder de forma abusiva o lesionaban gravemente los intereses del pueblo[7]. A partir de 1544 se enfrentó al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, que había llegado en enero de ese año a las costas de Nombre de Dios y pretendía aplicar el texto de las Leyes Nuevas. El alzamiento de Gonzalo Pizarro gozó inicialmente de muchas simpatías entre los españoles del Perú y eso le llevó a vencer fácilmente al virrey en Quito, concretamente en el llano de Añaquito, el 18 de enero de 1546. En ese momento, Gonzalo Pizarro era prácticamente dueño de todo el virreinato del Perú, incluida Panamá donde la élite, entre la que se encontraba obviamente su paisano Gómez de Tapia, ofreció su adhesión.

Pero esta situación no podía prolongarse en el tiempo porque semejante rebeldía no la podía consentir la Corona. En dos años Pedro de La Gasca consiguió atraerse a gran parte de sus seguidores hasta que lo pudo derrotar fácilmente en la batalla de Xaquixaguana. Poco después, en abril de 1548 fue degollado y su cabeza quedó expuesta en la plaza principal de la Ciudad de los Reyes[8].

Pues, bien, también en Panamá, con posterioridad al alzamiento peruano, se produjo otra gran conspiración, encabezada por el también trujillano Gómez de Tapia. Como veremos en páginas posteriores, inspirándose en los hechos protagonizados por Gonzalo Pizarro, pretendieron matar al gobernador y a su alguacil mayor para a continuación suprimir la aplicación de las Leyes Nuevas. Pero fracasó porque la conspiración fue descubierta a tiempo por las autoridades panameñas. La experiencia de lo ocurrido en Perú pudo ser un referente para los alzados, pero también lo fue para las autoridades que estuvieron alerta al menor síntoma de insurgencia.

 

2.-¿QUIÉN FUE GÓMEZ DE TAPIA?

De la biografía de este indiano era muy poco lo que conocíamos. Y hasta tal punto es cierta esta afirmación que su nombre no aparece en ninguna de las obras clásicas referentes a la emigración de españoles o de extremeños al Nuevo Mundo[9]. Tan sólo, en la obra de Sánchez Rubio sobre la emigración extremeña a América aparecía escuetamente citado entre los emigrantes trujillanos[10]. No obstante, en el proceso instruido contra él por su alzamiento contra la aplicación de las Leyes Nuevas se demuestra, sin lugar a dudas, su ascendencia trujillana[11].

Sin embargo, seguimos ignorando aspectos tan importantes de su biografía comos su fecha de nacimiento o el año en el que se embarcó para el Nuevo Mundo. Con respecto a este segundo aspecto, tan sólo sabemos que, en 1550, numerosos testigos fueron unánimes al decir que era “muy antiguo en Indias”. Un declarante, Martín Delgado, vecino de Panamá expuso el 22 de enero de 1551 que lo conocía desde hacía una década pero que le habían dicho que llevaba “en estas partes más de 20 años”. Por ello, nos atrevemos a decir que debió viajar a las Indias a finales de la década de los veinte.

En septiembre de 1535 fue en la hueste de Diego de Almagro “El Viejo” a la fallida expedición de Chile. Posteriormente, participó en las guerras civiles del Perú al servicio de Cristóbal Vaca de Castro, combatiendo en la batalla de Chupas, el 18 de septiembre de 1542.

Muy poco después decidió afincarse definitivamente en la ciudad de Panamá donde se convirtió en un gran propietario de hatos ganaderos y de estancias, disfrutando asimismo de una enjundiosa encomienda de indios. Por las declaraciones de varios testigos residentes en la citada ciudad sabemos que, además de una extensa hacienda en Dachepa, disponía de un tejar en las cercanías del río Pacora.

En 1549, siendo ya regidor del cabildo de Panamá, fue excomulgado por el obispo ya que se negaba a pagar el diezmo de la teja. Varios testigos manifestaron que aunque el obispo le ofreció en varias ocasiones perdones temporales para que confesase y comulgase nunca lo quiso hacer[12].

A partir del 7 de agosto de 1548 llegó como gobernador de Panamá Sancho de Clavijo[13], quien en 1550 decidió aplicar las Leyes Nuevas y poner en libertad a los indios. El trujillano se opuso, negándose a entregar sus 73 indios y urdiendo una trama para prender al gobernador, en espera de la llegada de un juez de residencia. Descubierta la conspiración fue apresado y encarcelado. Tras realizarse la instrucción del caso, el 30 de enero de 1552 se dictó sentencia por la que se le desterró a España. Una vez en la Península debía presentarse ante los oficiales de la Casa de la Contratación para que lo despachasen ante el Consejo de Indias. Efectivamente, en septiembre u octubre de 1552 compareció ante los oficiales sevillanos, quienes le dieron un plazo máximo de 50 días para que se personase ante los oidores del Consejo de Indias.

Sin embargo, no pudo cumplir con su cita. El 23 de diciembre de 1552, estando camino de la Corte, en su ciudad natal de Trujillo, enfermó gravemente. Le dieron fuertes calenturas y flemas, así como un intenso dolor abdominal provocado por varios cálculos. Presentó una probanza en la que numerosos testigos detallaron su grave dolencia y se le concedió una prórroga de 30 días para recuperarse. Pero no la agotó porque su dolencia, que lo tenía postrado en la cama, fue verdaderamente fulminante. Efectivamente, el 19 de enero de 1553 falleció en casa de su primo Alonso de Tapia. Su cuerpo fue enterrado el viernes 20 de enero, día de los Mártires, en la iglesia parroquial de Santiago de Trujillo[14].

 

3.-EL ALZAMIENTO DE GÓMEZ DE TAPIA

La supresión de la encomienda en Panamá, Aclá y Nombre de Dios por el gobernador Sancho de Clavijo provocó un gran malestar entre la élite local. La mayor parte de los encomenderos se decidieron por interponer pleitos en defensa de sus intereses, excepto el trujillano Gómez de Tapia que planeo una conspiración en toda regla[15].

De todas formas, el decreto de libertad de los indios fue el detonante o quizás la excusa para el alzamiento. No en vano, hacía ya tiempo que Tapia estaba teniendo problemas con las autoridades locales y se dedicaba a acoger en su hacienda a delincuentes, vagabundos y a prófugos de la justicia, algunos de ellos procedentes del virreinato peruano.

Lo cierto es que cuando a principios de 1550 el licenciado Sancho de Clavijo mandó pregonar la cédula Real de libertad de los indios una parte de la élite panameña reaccionó violentamente. El propio Sancho de Clavijo describió la situación generada en la información que realizó el 14 de octubre de 1550:

“Por cuanto, después que mandó pregonar la cédula real de Su Majestad que habla sobre la libertad de los indios para la cumplir y ejecutar como debe y es obligado, algunas personas de esta ciudad y los principales y más ricos de ella se han juntado en muchas y diversas partes pública y secretamente y han dicho muchas palabras feas y escandalosas y de muy gran alboroto contra él y escandalosas y en menosprecio de la justicia real de Su Majestad, diciendo que de hecho han de resistir el cumplimiento de la dicha cédula de Su Majestad y que a ello han de destruir y pasar y perder sino suspende el cumplimiento de ella y otras palabras semejantes y muy feas a fin de se quedar con los dichos indios y que no se cumpla lo que Su Majestad manda y porque ha procedido contra muchos de ellos por los delitos que hicieron en la venida de los traidores el licenciado de Contreras y sus secuaces y no acudir a las banderas de Su Majestad contra ellos y les resistir sus tiranías y robos…”

 

El cabecilla del alzamiento fue el trujillano Gómez de Tapia, acompañado de otros miembros de la élite como Antonio de Gibraleón, Luis Suárez, Francisco Carreño y, sobre todo, Pedro Márquez. Este último, fue uno de los más radicales, junto a Tapia. Curiosamente era también extremeño, natural de Mérida[16]. Llegó al continente americano en torno a 1541, viviendo en Honduras y Guatemala hasta que se afincó definitivamente en Panamá[17]. En esta ciudad montó un taller y tienda de sastrería, donde cosían para él otros sastres como Diego Hernández. Él tenía un motivo de peso para oponerse a la disposición del gobernador. Resulta que tenía una india naboría, llamada Leonor, que vivía en su casa, y con quien tenía una hija. Según su empleado, el sastre Diego Hernández, él suplicaba que no se la quitasen “que antes quisiera que le quitaran la hacienda y cuanto tenía”. Por ello, se convirtió en la mano derecha de Gómez de Tapia y un enemigo del gobernador Sancho de Clavijo y sobre todo de su alguacil mayor, Rodrigo de Villalba. Cuando Gómez de Tapia fue encarcelado el emeritense iba periódicamente a visitarlo, jugando a los naipes, como solían hacer con frecuencia cuando estaba libre.

En el momento en que el gobernador pregonó la Provisión por la que se liberaba a los indios, Gómez de Tapia se movilizó rápidamente “juntando a los señores de los indios” en el monasterio de San Francisco. Según el testigo Juan Tocino, natural de Moguer en el condado de Niebla, fueron 16 o 17 los congregados entre los que citó, además de Gómez de Tapia, a Luis Suárez, Pedro de Acevedo, Francisco Lozano y Hernán Pérez de Gibraleón. Allí dieron poder a varios procuradores, entre ellos a Juan Tocino para que defendieran que los indios “no los pusiesen en libertad”.

Gómez de Tapia tenía dos planes: uno primero que podríamos tildar de “plan A” que consistía en intentar disuadir el gobernador a través de emisarios. En primer lugar, pensó en la mediación del obispo de Panamá “para que no les quitase por ahora los dichos indios hasta adelante y que se doliese de la tierra”[18]. El mismo Gómez de Tapia, junto a “otros señores que tenían indios” fueron a ver al prelado que no parece que aceptara la posición de los rebeldes. Pero la opción no dejaba de ser descabellada porque desde 1549 Gómez de Tapia estaba descomulgado por el obispo ya que se negaba a pagar el diezmo de la teja.  También lo intentó con otras personas próximas al gobernador. Por ejemplo, Sebastián Pérez, un guipuzcoano, afincado en Panamá, criado del virrey dijo que Tapia lo visitó para que escribiese a su señor. Y éste le respondió “que no tenía que escribirle sino contra él que debía cumplir el gobernador lo que le habían mandado sobre la libertad de los indios…”. Este plan A era muy descabellado porque, de fracasar, el gobernador estaría informado de toda la conspiración como de hecho ocurrió.

Si el plan inicial fallaba estaba previsto iniciar rápidamente el plan B, que preveía cumplir con el mismo objetivo pero a través del uso de la fuerza. Lo primero que hizo Gómez de Tapia fue enviar a un mayordomo suyo Juan Rodríguez, Pedro Lomiño, Riquel y a un esclavo negro, llamado Machacao, a que fuera a su tejar, situado en Pacora a esconder a sus indios. Algunos de ellos, cuando los vieron llegar se escondieron, pero otros fueron sorprendidos. Aunque los indios “lloraban porque no querían ir con ellos”, los obligaron a marcharse con ellos al monte. Domingo, otro de los indios de Gómez de Tapia que consiguió esconderse declaro lo siguiente:

“Fueron allí Juan Rodríguez, mayordomo de Gómez de Tapia, y Palomino y Riquel, caballeros, habrá ocho días, y decían que iban huyendo de Panamá por la justicia e iba con ellos un negro que se llama Machacao que es del dicho Juan Rodríguez como llegaron allí querían tomar los indios que allí estaban para los llevar y los indios lloraban y no querían ir con ellos y Juan Rodríguez y Riquel y Palomino les decían que fuesen con ellos que los querían llevar a los pueblos que hacía el gobernador y que allí habrían de estar juntados sin comer y morir de hambre que no había qué comer ni pescado ni agua ni donde pasear y se llevaron a Martín y a Hernando, Francisco, Catalina Isabelica y Marenica hija de Hernando indios y se fueron con ellos”.

 

Eso ocurrió el 9 de diciembre de 1550, dos días antes de que pasara por allí Pedro Franco, enviado por las autoridades para recoger los indios de Gómez de Tapia.

En su estancia de Dachepo, Tapia había congregado a numerosos descontentos y prófugos de la ley. Así, por ejemplo, Francisco de Torres vecino de la ciudad declaró a la cuarta pregunta lo siguiente:

 

“Que hace dos meses fue llamado por Hernán López de Gibraleón para que fuese a casa de Gómez de Tapia y a San Francisco a dar poder sobre los dichos indios y que no quiso ir a la 6 dice que siempre Gómez de Tapia va con españoles unos que dicen que son mayordomos y otros criados y que en su casa recibe a hombres que vienen de Perú y otros de España y que le han dicho que acoge a hombres huidos”.

 

No era el único español que agrupaba en torno a sí a estos grupos de descontentos. Otros miembros de la oligarquía como Juan Fernández de Rebolledo o Hernando de Luque también lo hacían, simpatizando con los rebeldes peruanos, aunque más por intereses mercantiles que políticos[19].

Estos descontentos, junto a los señores de indios debían ser la base de la insurrección. Pero, dentro del alzamiento se quería actuar dentro de una cierta legalidad. Lo primero que se planteaban era nombrar alcaldes ordinarios para que con el apoyo de los descontentos armados “prendiesen al señor gobernador”. El objetivo no está claro porque hay contradicciones entre los testigos. No está claro si pretendían matar al gobernador y a su alguacil mayor o si pretendían enviarlo “a Lima o a Castilla” con varios regidores como declaro Pedro Márquez.

Pero, lo cierto es que el gobernador actuó con rapidez prendiendo a los principales cabecillas de la conspiración. Tanto los conspiradores como el gobernador tenían muy presente en su mente los hechos ocurridos en el Perú. Para colmo, Tapia estaba muy vinculado a Gonzalo Pizarro, pues, de hecho no sólo era paisano sino, como dijeron numerosos testigos, “deudo” de dicha famili