Ene 182016
 

Alberto Escalante Varona y Juan Rebollo Bote.

 

Puedese creer deste Claro Varon

 que su buen seso le fizo aprender sciencia,

 e su sciencia le dio saber,

e su saber le dio esperiencia,

e la esperiencia le dio conoscimiento de las cosas,

 de las quales supo con prudencia elegir

las que le ficieron hábito de virtud[1]

 

  1. Introducción

Juan de Carvajal (Trujillo, ca. 1400  – Roma, 6 de diciembre de 1469) fue uno de los actores más determinantes del panorama político-religioso de la Europa de mediados del siglo XV. Bajo los pontificados de Eugenio IV, Nicolás V, Calixto III, Pio II y Pablo II, Carvajal ejerció como legado papal que hubo de hacer frente a tan decisivos asuntos como las relaciones post-cismáticas de Basilea entre el Papado y el Sacro Imperio, la cuestión de la herejía husita en Bohemia o la amenaza islámica en la frontera húngara tras la conquista turca de Constantinopla. Sus éxitos diplomáticos le llevaron a ser proclamado obispo de Plasencia y Cardenal de Sant Angelo, entre otras dignidades. Asimismo, Carvajal fue testigo de la implantación en Roma de los nuevos ideales humanistas que terminarían por irradiar a toda Europa y que darían comienzo a una nueva era cultural.

Sin embargo, a pesar de la magnitud político-religiosa y cultural de Juan de Carvajal en la Europa bajomedieval, sorprende la escasez de estudios sobre quien fue uno de los personajes eclesiásticos más admirables y admirados, según sus contemporáneos. Fuera de numerosas menciones aisladas y de algunos contados estudios, la mayoría extranjeros, todavía está pendiente de realizarse una recuperación más exhaustiva de su relevancia para el desarrollo de las dinámicas que conformaron la política cristiana de su tiempo. Se trata, a día de hoy, de una figura muy desconocida, necesitada de reivindicación. La propuesta que presentamos aquí intenta acercarse al Cardenal Carvajal desde una óptica fundamentalmente cultural. No insistiremos, por tanto, en su labor política y diplomática europea, puesto que la literatura existente a tal efecto tiene mayor recorrido.

Así, tras una concisa mirada historiográfica sobre nuestro personaje de estudio, nos adentramos en su formación universitaria en Salamanca y en su actitud para con la cultura de su tiempo; pasando posteriormente a analizar su condición de delegado pontificio desde la perspectiva del viaje medieval; por último, damos algunas pinceladas de su vinculación extremeña y castellana que ayuden a reconocer la importancia del Cardenal en su tierra de origen. Sirva pues el presente texto como aproximación a la realidad cultural del trujillano Juan de Carvajal.

 

  1. Breve estado académico de la cuestión

Pese a ser una figura de especial relevancia en la diócesis de Plasencia y en sus funciones como delegado papal en el contexto europeo tardo-medieval, y aunque fue admirado por sus contemporáneos y el legado de su actividad diplomática se extendió a los siglos posteriores, la literatura académica sobre Juan de Carvajal es muy escasa.

Las primeras semblanzas laudatorias hacia el Cardenal se escriben a finales del siglo XV: destacan las continuaciones a los Comentarios de Pío II, realizadas por el Cardenal Ammannati; el capítulo XIX de los Claros varones de Castilla, de Hernando del Pulgar (obra publicada en 1486); y el retrato firmado por Gaspar de Verona en su De gestis tempore pontificis maximi Pauli II. No debemos buscar en estas fuentes una descripción objetiva y exhaustiva de los hechos de Juan de Carvajal, sino una relación condicionada por la intencionalidad política o religiosa de cada autor[2].

Exceptuando numerosas cartas o breves semblanzas de menor interés, no encontramos la primera biografía sobre Juan de Carvajal hasta 1752: De rebus gestis Joannis S. R. E. card. Carvajalis, de Domingo López de Barrera, describe de forma extensa los principales hitos del purpurado. Salvo menciones esporádicas –en especial la firmada por Voigt en su biografía sobre Pío II, publicada en 1856 (Enea Silvio de Piccolomini als Papst Pius der Zewite und sein Zeitalter), crónicas sobre los concilios y cuestiones políticas de la época, así como entradas de diversas enciclopedias y listados sobre cardenales católicos[3]–, la biografía escrita por W. Fraknoi en 1889 sobre la estancia de Juan de Carvajal en Hungría, Carvajal János bibornok magyarországi kovetsegel 1448-1461[4], supone el último acercamiento parcial, dentro de los métodos historiográficos decimonónicos, a nuestro Cardenal. Antonio Ponz (1983: 127-129) también se hace eco del prestigio obtenido por el Cardenal en Roma; encontramos de nuevo alabanzas a las “glorias” logradas en sus múltiples legaciones y a las obras que mandó construir en sus diócesis (los puentes sobre el Tajo y el Almonte), como pruebas de su excelencia.

Por tanto, el estudio Don Juan de Carvajal. Un español al servicio de la Santa Sede, publicado por el franciscano Lino Gómez-Canedo en 1947, supone aún a día de hoy una consulta indispensable. Gómez-Canedo realiza un completo recorrido por las fuentes existentes hasta la fecha (de las que hemos extraído las más relevantes para el estudio que nos ocupa), al mismo tiempo que localiza otras nuevas (principalmente, del epistolario del Cardenal). Si bien el objetivo de realizar un estudio “definitivo” sobre el tema no queda satisfecho, en palabras del propio autor, los resultados son de enorme interés, pues sitúa documentalmente y con detalle todos los episodios de la vida de Carvajal –en especial los relativos a su formación pre-romana, poco estudiada por entonces. Aun así, y evidentemente por cuestiones del método historiográfico empleado (propio de la época, y presa de cierto sesgo ideológico que tiende a sobrevalorar la figura del Cardenal[5]), se trata de un estudio limitado al estudio de las pruebas documentales, por lo que no lanza hipótesis sobre sus posturas acerca del humanismo, sus actitudes de vida o la relevancia de su papel como diplomático, centrándose más en las dinámicas sociales y culturales que permitían tal labor.

Debemos señalar también la mención que realiza Rodríguez-Moñino (2003: 131-134), incansable estudioso de la historia y cultura extremeñas. En su Historia literaria extremeña señala las virtudes intelectuales de Carvajal en relación con el renacimiento cultural vivido en Plasencia de la mano de los Zúñiga-Pimentel y el establecimiento del convento de frailes predicadores de San Vicente, foco cultural con cátedras propias y relacionado con la Universidad de Salamanca; “egregio Cardenal” de “aplicación y celo nada común” (2003: 133), debe su éxito en su carrera eclesiástica y política a su formación en este ambiente, cristalizada en la “fundación de una Academia de Gramática y Retórica”, que él mismo auspició, también en Plasencia. De nuevo, sus éxitos diplomáticos (en Basilea, Alemania, Bohemia y Hungría) son los que interesan a la historiografía del momento. Lista también las obras escritas por Carvajal, parte de ellas perdidas hasta la fecha, y sitúa brevemente su biografía en su genealogía familiar.

El estado de la cuestión posterior a este hito bibliográfico comprende sólo unos pocos artículos, pertenecientes a ámbitos más especializados. Así, Erich Meuthen (1982) y Martin Davies (1996) estudian la relación del Cardenal con su entorno cultural, cercano a vivir una profunda revolución con la aparición de la primera imprenta, de la que fue uno de los primeros testigos Juan de Carvajal; Caglioti (1997) señala su labor como mecenas en relación a la obra del escultor Andrea Bregno; y Daniels (2012) estudia dos breves textos que evidencian la recepción de la labor de los delegados papales en los entornos universitarios, centrándose en parte en la figura de Carvajal y su legación a Colonia.

En resumidas cuentas, la bibliografía realizada en España es insuficiente, sobre todo en comparación con la realizada en el resto de Europa, tanto en épocas cercanas a la vida de Juan de Carvajal como en siglos posteriores. Ello, por una parte, da cuenta de la relevancia de tal personaje en un contexto internacional; por otra, sin embargo, demuestra que aún queda pendiente un estudio más pormenorizado que, aparte de localizar y reunir todas las fuentes documentales aún desconocidas o poco trabajadas, trace un panorama completo sobre Juan de Carvajal en relación con el ambiente social y cultural de su época. Esto es, analizar las circunstancias que favorecieron su educación, facilitaron su rápido acceso a la curia, y llevaron a un clérigo castellano a convertirse en uno de los legados pontificios más importantes de mediados del siglo XV; cómo, en definitiva, Castilla queda imbuida por completo en un complejo panorama religioso y político entre Occidente y Oriente. En el presente trabajo, tratamos de acercarnos al contexto cultural de Juan de Carvajal desde perspectivas hasta ahora poco utilizadas tales como la condición viajera del personaje o su proceso formativo y actitud ante los nuevos aires europeos.

 

  1. La cultura de Juan de Carvajal y la Europa de su tiempo.

2.1. Carvajal, Letrado.

Abríamos este trabajo con la mención que Hernando del Pulgar hizo de Juan de Carvajal cuando manifestó que su ciencia le dio saber, éste le dio experiencia, y que a su vez ésta última le posibilitó el conocimiento de las cosas. Efectivamente, fue la Universidad de Salamanca la que le otorgó la ciencia. No se puede entender ni explicar el éxito vital de Juan de Carvajal pasando por alto su formación salmantina. Salamanca era a comienzos del siglo XV una universidad ligada al Papado y, por ende, de resonancia en toda la Cristiandad, lo que la convertía en una institución trampolín para dar el salto al panorama político-religioso europeo. El Papa Martín V dio a la universidad las constituciones de 1422 por las cuales se sentaron las bases académicas que perdurarían hasta la época de los Reyes Católicos y ponían fin a un periodo convulso arrastrado desde el siglo anterior.

No conocemos la fecha exacta en la que Carvajal llega a Salamanca, pero puede deducirse que sus estudios se desarrollarían en la década de los 20 y comienzos de los 30 de aquel siglo XV. En aquellos momentos florecían como profesores en la universidad salmantina algunas de las figuras intelectuales más brillantes de la Castilla de Juan II como Alonso de Madrigal “el Tostado”, Juan de Segovia o Juan Alfonso de Benavente. Otros antiguos estudiantes frecuentaban la ciudad y participaban de sus quehaceres culturales como Lope de Barrientos o Alonso de Cartagena, mientras que eminentes personalidades como Rodrigo Sánchez Arévalo o Alfonso de la Torre empezaban sus estudios a la par que nuestro Juan de Carvajal. Todos ellos, y otros anteriores estudiantes salmantinos como Juan de Cervantes, destacarían en el ámbito político-religioso e intelectual de los años 30 y subsiguientes a escala castellana y europea, haciendo de aquella época una etapa de esplendor cultural y que la historiografía reciente ha venido en llamar la Primera Escuela de Salamanca[6]. A pesar de la escasez de referencias que nos han llegado, y a juzgar por la relevancia posterior alcanzada, no es aventurado pensar que Carvajal interactuara y formara parte de aquel ambiente y círculo  universitario salmantino, en cuyo encuadre se inserta su formación.

Todo ello nos contextualiza la Salamanca de Juan de Carvajal como el lugar ideal y el momento perfecto para desarrollarse intelectualmente. Y como tal se formaría en los saberes más demandados de su tiempo, el Derecho, tanto Civil como Canónico, en tanto que la universidad salmantina era de tradición mediterránea, romana si se quiere, fundada en base al modelo boloñés en que el estudio de las leyes gozaban de mayor consideración, contrariamente a la tradición teológica y filosófica parisina. Las ciencias de las Leyes eran fuente de justicia y como tales justificaban el poder real y divino o eclesiástico. Por tanto, no es de extrañar que Salamanca, y más concretamente sus facultades de Leyes y Cánones, ejercieran como fábrica de burócratas de Castilla y el Papado. Ser Letrado equivalía entonces a adquirir una posición privilegiada, reconocida y que posibilitaba el ascenso social a individuos de cualquier condición. De hecho, lo normal era empezar a ejercer oficios, mayoritariamente eclesiásticos, durante el período estudiantil y buen ejemplo de ello lo tenemos en el propio Juan de Carvajal, que dispuso de varios beneficios y fue clérigo en la diócesis de Ávila siendo aún bachiller en Leyes (no licenciado), hacia 1430. Poco después sería nombrado deán de Astorga. Así, teniendo la universidad salmantina como alma mater, Carvajal partía con ventajas.

2.2. La experiencia europea.

“E la esperiencia le dio conoscimiento de las cosas”. Sin duda, el concilio de Basilea supuso un antes y un después para la cultura europea y particularmente para los castellanos que allí se dieron cita (Monsalvo (2011: 35). Dada la entidad del estudio salmantino, el rey Juan II aseguró la preeminencia de Castilla en el concilio de Basilea enviando a la flor y nata de su intelectualidad académica. Alonso de Madrigal, Alonso de Cartagena o Juan de Segovia fueron algunos de los 130 representantes castellanos en aquella reunión “internacional”. A partir de entonces, las nuevas ideas italianas empezaron a penetrar en Castilla por medio de relaciones y correspondencias que castellanos como Alonso de Cartagena tuvieron con los más renombrados humanistas de aquel tiempo. Juan de Carvajal asistió igualmente a Basilea (1434)[7], lo que le hizo conocer y estrechar amistades con algunas de las personalidades que se destacaron en aquellas reuniones, como Nicolás de Cusa o el ilustre humanista Eneas Silvio Piccolomini. Y de aquellos lodos vienen estos polvos, pues a partir de su llegada a la corte pontificia (¿antes de 1438?) y de las subsiguientes embajadas y reuniones conciliares, es decir, de sus viajes por Europa, la adquisición de experiencia le haría ganar mucho conocimiento.

En sus primeras legaciones por el Sacro Imperio (1440s) hubo de tratar, como representante principal del Papa Eugenio IV y acompañado por Nicolás de Cusa, con autoridades de todas las posturas políticas e ideológicas posibles, desde partidarios del antipapa Félix V hasta de la neutralidad del emperador alemán. El carácter políglota de Carvajal, unido a sus dotes diplomáticas y a sus sabiduría en Leyes, le facilitaría su éxito en el Imperio y consecuentemente la obtención de dignidades varias entre las que destacaron la de obispo de Plasencia y principalmente la de Cardenal de Sant Angelo (1446). Alejado el peligro de un nuevo cisma eclesiástico tras la firma del Concordato de Viena (1448) y con su prestigio crecido, los siguientes asuntos a tratar por Carvajal serían los relativos a la cuestión husita en Bohemia. Sin embargo, y sin entrar en demasiados detalles, el Cardenal fracasó esta vez (1448) y los seguidores de las doctrinas de Jan Hus se fortalecerían en lo sucesivo hasta la muerte del primero regente y luego rey husita de Bohemia Jorge de Podiebrad (1471). Suponemos que los reformadores husitas, herejes a ojos de Roma, le provocarían no solamente muchos dolores de cabeza sino también profundas reflexiones acerca de la reforma de la Iglesia Católica. Al Cardenal, como personaje destacado de la curia romana, no le pasó desapercibido este aspecto principal en su tiempo, aunque su incesante labor diplomática no le dejarían demasiado espacio ni respiro material para llevar a cabo sus ideas reformadoras (Gómez-Canedo (1947): 259 y ss.). De todos modos, los aires reformistas ya habían penetrado y comenzaban a manifestarse progresivamente en la Cristiandad.

No obstante, las preocupaciones sobre el husismo pasarían a un segundo plano de acción debido al avance turco y la conquista de Constantinopla en 1453. En adelante, Hungría y su frontera frente al islam fueron los escenarios en que se desarrollaría la actividad diplomática del Cardenal (1455-1460). Carvajal, junto al franciscano Juan de Capistrano, fue responsable de la predicación de una cruzada contra los otomanos que se materializó en la victoria cristiana de Belgrado de julio de 1456. Pero nada más lejos de la realidad, la amenaza turca no dio tregua y los conflictos centroeuropeos imposibilitaron dar salida fructífera a la empresa contra el islam. Así, las relaciones entre el emperador alemán y el rey húngaro, el proceso contra Jorge de Podiebrad de Bohemia, nuevos proyectos de cruzada y algunos viajes por Italia ocuparon la última década de vida de Juan de Carvajal. A pesar de que las cuestiones husita y turca distaron mucho de resolverse tras los empeños de Carvajal, éste siguió recibiendo distintivos por parte de Roma, como el episcopado de Porto o el nombramiento como Protector de los Húngaros, que hablan de la notoriedad del Cardenal hasta el final de sus días. Fue especial la relación que mantuvo con Hungría y con su rey Matías Corvino, que en 1462 pedía con insistencia la vuelta de Juan de Carvajal a su reino, fiel reflejo de la actividad desenvuelta años atrás y de la buena consideración y estima tenida por los húngaros. Sin embargo, el Cardenal permaneció en Italia, donde toda su experiencia y conocimiento acumulados serían de mucha utilidad para la curia romana.

2.3. La cuestión humanista.

Señalaba Gómez-Canedo que faltaban “elementos seguros” que permitieran conocer la actitud que Juan de Carvajal mantuvo ante el movimiento humanista que se expandía por Italia a mediados del siglo XV y que por el contrario debíamos “contentarnos con algunos indicios y hechos aislados” que aproximaban a tal cuestión (Gómez-Canedo (1947): p. 269). Hoy, casi siete décadas después, aún persisten muchas dudas sobre la adscripción cultural del Cardenal en aquellos momentos en que los aires humanistas hacían acto de presencia en Roma bajo los pontificados de Eugenio IV (1431-1447) y sobre todo de Nicolás V (1447-1455). Algunos trabajos posteriores han ahondado en diversos aspectos culturales tocantes al Cardenal Carvajal que aportan nuevos detalles al mismo tiempo que complican la empresa de dirimir el carácter humanista de nuestro personaje. A falta de un estudio más pormenorizado del asunto, basten algunas claves que arrojen luz al respecto.

Sabido es que el movimiento humanista surge en Florencia a mitad del siglo XIV de la mano de intelectuales que buscan encontrar en la Antigüedad Clásica la esencia lingüística latina, y en menor medida griega, por medio del estudio y traducción de los autores clásicos. Desde allí se expandirá progresivamente por todas las cortes italianas y empezarán a recuperarse no solamente los escritos greco-romanos sino también un estilo artístico antiguo que diera armonía moderna a la arquitectura, en contraposición al arte barbaricum, o gótico, propio de la época entrambos tiempos, o Edad Media. Es lo que se conocerá como Renacimiento. Aunque se vislumbran atisbos anteriores, es bajo el pontificado de Nicolás V cuando se produce una manifiesta recepción del humanismo y la nueva moda clásica en Roma y comienza a cambiar el aspecto vaticano por medio de construcciones promocionadas por dicho Papa. Confluyen en la curia romana personalidades preocupadas por el estudio de las humanidades (studia humanitatis) y que promueven el mecenazgo de obras artísticas, arquitectónicas, literarias y de traducción. Ese es el ambiente que respiró Juan de Carvajal en Italia.

Y donde se desplazan aquellos humanistas, se traslada también el espíritu clásico y moderno. Uno de los primeros ejemplos fue el ya mencionado concilio de Basilea. De la misma forma, otras reuniones y cortes europeas serían escenarios de debates con presencia de los clásicos como debió ocurrir en algunas de las embajadas papales protagonizadas por Carvajal, por ejemplo en Núremberg, en casa de Gregorio de Heimburg, donde se discutía acerca de Platón y de cuestiones jurídicas (Gómez-Canedo 1947: 269). Y con tales legaciones y viajes se estrechaban lazos intelectuales que se mantenían por correspondencia en muchos casos[8]. Entre las amistades humanistas de Juan de Carvajal se encontraron sus compañeros Nicolás de Cusa y Eneas Silvio Piccolomini (luego Pío II), Ammannati o el bizantino Bessarion[9]. Entre los Papas humanistas que tuvieron a Carvajal en alta estima, destacan los ya citados Nicolás V (1447-1455) y Pío II (1458-1464), bajo cuyos pontificados el Cardenal pasó más tiempo en Roma, casualmente. Por el contrario, bajo Calixto III (1455-1458) Carvajal residió mayoritariamente en Hungría. No hay que descartar que el Cardenal fuera una de las personas que insuflaron inquietud intelectual en el joven monarca húngaro Matías Corvino, que se convertiría en un gran rey renacentista de la mano de Juan Vítez primero y posteriormente del italiano Antonio Bonfini.

Otra de las características humanistas de las que Juan de Carvajal disponía era la de manejar varias lenguas: castellano, latín, italiano y alemán, al menos. Esta variedad idiomática es característica de embajadores, sí, pero también de personas preocupadas por los studia humanitatis. Prueba de la preocupación de Carvajal por las lenguas, especialmente por la latina, y el fomento del estudio se puede reconocer en la creación de una escuela de Gramática en Plasencia o en el proyecto de fundación de un colegio universitario en Salamanca[10]. Con ello entroncamos con la cuestión del mecenazgo, igualmente característica del ambiente humanista, y del que encontramos buenos ejemplos en el Cardenal. Por un lado, alabó las reformas arquitectónicas de Nicolás V; por otro, hizo construir dos puentes en su diócesis placentina; y otra muestra más la vemos en su promoción al escultor Andrea Bregno en el que se deja ver su predilección por San Miguel Arcángel (Caglioti, 1997: 222). Finalmente, otra de las singularidades a destacar de Carvajal fue, como figura casual y principal del panorama político-cultural del momento que le tocó vivir, su temprano conocimiento de la imprenta, auténtico motor del cambio de era que se produciría, el internet de la época. En efecto, pudo ser la primera persona en saber de la existencia de la imprenta fuera de Alemania e interesarse por ella, demostrando una vez más su preocupación cultural  (Martin Davies, 1996: 193).

Pese a todos los indicios expuestos sobre los vínculos y sospechas humanistas de Juan de Carvajal, no podemos considerar al Cardenal como humanista propiamente dicho en tanto que no se conocen referencias claras ni escritos de carácter literario o temática propia del humanismo, esto es, autores clásicos o cuestiones filológicas latinas. De las obras que se le atribuyen ninguna parece remitir a tal dedicación literaria sino que por el contrario la actividad escritora del Cardenal se circunscribiría a su labor como legado pontificio. A decir de su biógrafo tantas veces citado, Gómez-Canedo, Carvajal “no fue devoto de la pluma” y parece ser que legar obras a la posterioridad no estuvo entre sus prioridades (Gómez-Canedo, 1947: 272-274). Podemos establecer, por tanto, que Juan de Carvajal más que un intelectual fue un diplomático de ambiente y espíritu humanista, con alta formación jurídica, experiencia y conocimiento de la Europa de su tiempo, pero que no precisó plasmar en papel sus inquietudes intelectuales. Su figura simboliza la transición cultural entre el Medioevo y el Renacimiento. A la manera de los primeros incunables salidos de aquella imprenta que tan pronto conoció, Carvajal ejerce de bisagra cultural de entre tiempos.

 

  1. Un cardenal viajero: Italia, Sacro Imperio, Bohemia, Hungría.

De acuerdo con su función como delegado papal y cardenal de la Iglesia, la biografía de Juan de Carvajal comprende como escenarios diversos territorios de la Cristiandad europea, desde sus principales focos culturales mediterráneos e imperiales hasta los confines lindantes con Oriente. Castilla es su cuna y germen de su actividad eclesiástica; el eje Italia-Alemania (Roma, Florencia y Venecia, más Viena, Frankfurt, Núremberg, Colonia…) comprende las cuestiones relativas al cisma político-religioso, dentro del ámbito de la Cristiandad católica romana; en la periferia de ese eje, Bohemia, encontramos el escenario de lucha contra la herejía husita; y Hungría, Serbia y Bosnia, ya en la frontera con el territorio musulmán, culminan la labor diplomática del Cardenal, durante la convocatoria de cruzada propuesta por Pío II. Sorprende, en definitiva, la multitud de enclaves conocidos por Juan de Carvajal, fruto de su relevancia diplomática y del complejo contexto de su tiempo: los conflictos se agudizan a medida que se aleja del núcleo de la Cristiandad, Roma, amenazada igualmente por la división interna.

El carácter viajero de Juan de Carvajal, no obstante, pasa fácilmente desapercibido por la ausencia tanto de menciones de alabanza hacia tal labor, como de relatos de viajes escritos por la propia mano del Cardenal. Sin embargo, este vacío documental consigue arrojar sentido sobre los significados del viaje medieval en sus diversas aplicaciones. La condición viajera de un delegado papal quedaba intrínseca a tal cargo, y como tal no causaba admiración: no encontraremos descripciones asombradas de las maravillas que se visitan ni de los países que se conocen; los territorios de destino, por muy limítrofes que fuesen, entran en el círculo espacial del entorno papal. La Cristiandad se erige así como mapa conocido y las relaciones políticas y culturales entre sus miembros, aunque turbulentas, no se escapan a dicho ámbito de cotidianeidad. El viaje para un embajador o delegado queda siempre sujeto a una visión claramente utilitaria: se viaja no para obtener una comprobación sensible y palpable de una realidad espiritual, como le ocurre a un peregrino, sino para cumplir una misión. Son viajes de negocio, no de ocio.

3.1. El concepto del viaje en un delegado papal del siglo XV

Nuestra concepción de este tipo de viaje bajomedieval tiene que partir de varios condicionantes: en primer lugar, viajar acerca lo lejano, permite el contacto intercultural, diluye las fronteras de lo desconocido, rompe con lo cotidiano (en una dinámica hogar/viaje que existe desde tiempo inmemorial; Ruiz Domènech (1995-1996: 261); en segundo lugar, continúa siendo una actividad peligrosa y sujeta a múltiples e impredecibles azares (condiciones climáticas, caminos inseguros, asaltos y robos, enfermedades), así como a considerables inversiones de tiempo, esfuerzo y dinero; y, en tercero, el viaje se enfrenta a su progresiva laicización. Las comunidades se asientan en entornos urbanos, y el viaje por ansia de trascendencia y contacto con la divinidad pasa a ser el viaje en pos de cumplir un objetivo, o satisfacer una curiosidad cultural. En este ámbito, el “reforzamiento de la Iglesia secular” y el mencionado progreso en el asentamiento poblacional lleva a la necesidad de establecer redes de contacto que unan continuamente dos puntos alejados geográficamente.

El hombre medieval, en su condición de homo viator, viaja para satisfacer una necesidad particular, ya sea espiritual o material. La sociedad de base rural que motivó la proliferación de peregrinaciones hasta el siglo XIV aproximadamente (Ruiz Domènech, 1995-1996: 261; Lopes, 2006: 5) da paso a otra urbana, donde la extensión del límite de conocimientos geográficos choca con la necesidad de experimentar una sensación de trascendencia ante lo desconocido, reflejado en numerosos relatos donde lo fantástico y lo real se funden (Pérez Priego, 1984: 239). A partir de este momento, los viajes con largas comitivas reales y nobiliarias, ya fuese con fines políticos o religiosos, quedan sustituidas por medios más cómodos: por ejemplo, la lectura de libros de viajes, con los que el lector puede ampliar su estado del conocimiento del mundo a través de experiencias autobiográficas de otros viajeros; o los delegados y embajadores asalariados, que establecen a lo largo del siglo XV una compleja red de comunicaciones (Beceiro Pita, 2007: 110-115). Estos delegados pueden servir para realizar peregrinaciones en nombre de su señor, o para transmitir comunicados, o bien para intermediar en diversas negociaciones. En cualquier caso, el concepto del viaje se transforma[11]: de la peregrinación física pasamos a la reflexión interior (influida por el estilo de vida monacal; Beceiro Pita, 2007: 116-117; García de Cortázar, 1994: 12); del viaje metafísico, al viaje de exploración.

La labor del embajador, pues, adquiere una relevancia crucial en este periodo, tal y como lo atestiguan los numerosos testimonios de delegados que, a lo largo del siglo XV, firman tratados y manuales en los que detallan el procedimiento empleado en su oficio, los privilegios que implica y los errores que deben evitarse en toda negociación. Por cercanía cronológica y espacial, de entre estos textos nos interesa citar el Ambaxiatorum Brevilogus de Bernardo de Rosergio[12], escrito en 1436. Arzobispo de Tolouse e intelectual, Rosergio colaboró en numerosas delegaciones a lo largo de la primera mitad del siglo XV, incluidas negociaciones con Castilla. Para Rosergio, toda embajada, y especialmente la papal, es digna de respeto, consideración, protección y beneficio, puesto que:

El oficio de embajador, en cuanto sea útil a la República y a todo el orbe, su evidencia se demuestra en el hecho visible, y así instruye como demuestra experiencia, como maestro en que los asuntos lleguen a buen resultado; […] Por tanto, quien ejerce el oficio de embajador de forma debida y diligentemente, por su labor en favor de la República será considerado en méritos, premios y honor (1905: 26)[13].

Los capítulos del tratado dan cuenta de la consideración positiva que Rosergio adscribe a este oficio. El embajador ha de ser:

[…] no preso de la tiranía de la avaricia, no deshonesto en la palabra o el acto, no molesto, no iracundo, no maligno, […] no violento, henchido de gloria, no temerario, no presuntuoso, no pusilánime, no impaciente, […] no adulador, […] humilde, modesto, temperado, discreto, benévolo, honesto, sobrio, justo y pío, largo, prudente, alegre, dador, y magnífico, dulce en el verbo y el ánimo, paciente, y benigno, oportuno, magnánimo, audaz, tratable, plácido, virtuoso, y fuerte en toda exhibición, común, […] (1905: 5).

Ha de realizar su tarea atendiendo a aspectos como el “estado, hábito y gesto” tanto propio como del entrevistado, y haciendo gala de “buena conversación, prudente madurez”, sin dejar de prestar atención a la consecución de una paz mutua (1905: 10-11) y respetando la discreción de la conversación mantenida. La excesiva adulación de Rosergio hacia su oficio arroja dos conclusiones sobre su relevancia en un doble plano, público y privado: el legado es consciente de lo necesario de su esfuerzo, y como tal pretende que así sea percibido por el resto de la sociedad al mismo tiempo que se ensalza a sí mismo. La proliferación de legaciones a partir del siglo XIV explica la necesidad de promover estas actividades por medio de estos textos, redactados por los mismos embajadores.

Ello dibuja un panorama de una Europa urbana y nobiliaria para quien el acto de viajar a destinos lejanos es más común, y ahonda la consideración de un nosotros, una Europa cristiana no exótica, frente a unos otros, el Oriente turco, donde el extrañamiento del viajero es mayor. Aun así, la utilidad del viaje sí está sujeta a su finalidad política y religiosa. Para Juan de Carvajal, viajar sin duda significaría extender la influencia de un único modo de entender la fe, adscrito a una jerarquía social y nobiliaria determinada. Ninguna de las fuentes consultadas ignora el valor viajero de Carvajal, y si bien no hacen explícito hincapié en ello como rasgo digno de diferenciación, sí lo señalan como una de sus cualidades biográficas atendiendo a los logros y méritos obtenidos durante tales misiones.

3.2. Juan de Carvajal viajero, en las fuentes

Hernando del Pulgar no olvida la adscripción castellana del Cardenal: pese a que su labor diplomática se realizó principalmente fuera de Castilla (la semblanza sólo lista el obispado en Plasencia, y la única plasmación en este territorio de la labor de Carvajal residiría en los puentes que ordena construir sobre el Tajo y el Almonte), ello basta para engrandecer a la corona con las hazañas morales y políticas de tal personaje; hazañas motivadas precisamente por compartir ese rasgo cualitativo puramente castellano, común a otros grandes hombres del reino, “Claros Varones”. Aunque se centra más en la descripción física y moral del personaje[14], lo hace en relación con las actividades que realiza para la Santa Sede; así, su carácter de “grand Letrado é hombre de honesta vida” le hace ser responsable de “negocios arduos”, “embaxadas de grand importancia, en las quales guardó siempre su honra é su conciencia, é dió la razón que hombre Letrado é discreto debia dar” (Del Pulgar, 1789: 113). El objetivo principal de estas actividades, resalta Hernando del Pulgar, es actuar “en servicio de Dios é augmentacion de la Fé Christiana” (1789: 116). Sorprende, por tanto, la ausencia de menciones hacia la misión en Hungría, en pos de conseguir apoyos en la frustrada cruzada contra el Turco.

Alonso de Palencia, sin embargo, no incide en la labor viajera del cardenal, si no es para indicar (muy a su pesar) los éxitos que cosechó en el conflicto del cisma. Señala, al igual que Pulgar, cómo la “exquisita diligencia y los felices resultados de su comisión” de Carvajal en su viaje delegación hacia Alemania, durante el cisma de Basilea (1904: 435), le valen el título de cardenal. Sin embargo, también ignora la misión en Hungría; lo que nos puede llevar a sospechar acerca de la objetividad de la furiosa crítica de Palencia en lo relativo a la opulencia del Cardenal, a quien reprocha su desentendimiento hacia los peligros que supone la cercanía del enemigo Turco y su excesivo apego, por contra, a riquezas con las que pretende exhibir orgulloso su grandeza eclesiástica[15] (1904: 432-433).

Ammannati, amigo de Carvajal, alaba cómo las múltiples legaciones (enumera veintidós) realizadas por el cardenal alcanzan siempre un rotundo éxito, indicando que se realizaron en múltiples lugares donde Carvajal “reinstaura la paz y el orden”, siendo admirable en el trato y la eficiencia de su labor pastoral en defensa del Evangelio y la doctrina de Roma. Gaspar de Verona, también contemporáneo al papado de Pío II, destaca la “increíble paciencia, trabajo ingente, diligencia y singular esfuerzo” realizados por Juan de Carvajal en los seis años que dedicó a reforzar las estrategias de respuesta contra la amenaza turca (Gómez Canedo, 1947: 254-256).

Todas las fuentes coetáneas a Juan de Carvajal, por tanto, reconocen como mérito su labor viajera; ello se transmite igualmente a manifestaciones posteriores, donde estas delegaciones se expresan como circunstancias biográficas relevantes. Lejos ya de las circunstancias históricas contextuales, que conformaban una Europa convulsa, la biografía firmada por López de la Barrera sostiene el relato biográfico de Carvajal en una sucesión de las legaciones realizadas: así, se describen en orden cronológico las misiones a Italia, el Sacro Imperio, Bohemia y Hungría, suprimiendo por contra la presencia del Cardenal en Castilla. Las entradas biográficas que se localizan en diversos diccionarios e historias papales, y que ya hemos listado previamente, también se limitan a este desglose de los destinos de viaje.

Estas actividades, vistas pues como prueba de la valía de Juan de Carvajal en un plano internacional, también prueban cómo la concepción del viaje influye en la alabanza al personaje histórico. En las semblanzas de Hernando del Pulgar, sólo las misiones en el cisma adquieren relevancia, seguramente como prueba de la presencia castellana favorable al papa de Roma en tal conflicto; en el mismo sentido actúa Alonso de Palencia, si bien falto de todo rasgo elogioso. Los testimonios de Ammannati y Verona, por otro lado, inciden también en los beneficios que acarreó la labor de Carvajal para el asentamiento de la autoridad del papa, lo que se liga inequívocamente con la consecución de una paz duradera en Europa. La finalidad política y la religiosa confluyen así en el viaje, aunque con diferente perspectiva: la defensa cristiana contra el turco sólo aparece reseñada de forma explícita por Verona; bien puede deberse al fracaso final de la convocatoria de cruzada, que silencia el relato postrero de esta misión no finalizada, o bien a que se trata de un hecho lejano para los intereses propagandísticos de ciertos cronistas de Castilla (y que, como vimos en Palencia, contradice toda crítica negativa hacia la supuesta permisividad del papa y sus cardenales hacia los musulmanes).

 

  1. Hacia el reconocimiento de la figura de Carvajal: su vínculo con Castilla.

En un momento indeterminado de los años 30 del siglo XV, Carvajal marcha a Italia. Con seguridad se sabe que se encontraba en Roma en 1438 pero algunos autores han apuntado la posibilidad de que con anterioridad a esa fecha estuviera ya en la corte pontificia, puesto que participó en Basilea (Gómez Canedo, 1947: 38-39). En cualquier caso, se puede asegurar que Juan de Carvajal permaneció en Castilla más de tres décadas. Esta etapa castellana, más o menos la mitad de su vida, es la más desconocida de su biografía y de la que menos certezas se tienen. Los pocos datos de que se disponen se deben principalmente a los aportados por Gómez-Canedo. La limitación documental ha sido sin duda un obstáculo a la hora de profundizar en los años castellanos del Cardenal pero tal desconocimiento se debe igualmente a la ausencia de modernas investigaciones referentes a esta fase de su vida. Es un trabajo que aún está por hacer, ya que desde 1947 las posibilidades de adentrase de nuevo en la figura y el contexto histórico de Carvajal han aumentado sustancialmente. No obstante, para abordar esta cuestión se necesita de una dedicación y tiempo que exceden al presente estudio. Por el contrario, nuestra pretensión en este punto es recorrer algunos de los espacios más vinculados a Juan de Carvajal, haciendo especial hincapié en el territorio extremeño y salmantino, con independencia de la cronología de los hechos.

Ya hemos puesto de manifiesto la importancia que le otorgaron sus contemporáneos así como la relevancia que tuvo en la política romana y europea de mediados del siglo XV y por este motivo el reconocimiento de nuestro personaje está avalado en la historiografía sobre el Papado y sus relaciones políticas en la Baja Edad Media. Sin embargo, en su tierra de origen, Extremadura y Castilla, la figura de Juan de Carvajal ha pasado desapercibida si se exceptúan a algunos pocos especialistas en la materia. Aprovechando pues el carácter viajero ya anotado del Cardenal Carvajal, una buena manera de reivindicar su figura y aportación histórica sería la de seguir sus pasos en la Corona de Castilla, cual ruta histórico-cultural fuera.

4.1. Extremadura, su natura; Salamanca, su alma mater.

Trujillo se presenta como punto de partida en la vida de Juan de Carvajal en tanto que esta localidad fue la que le vio nacer en torno a 1399/1400[16]. Su padre fue Juan Tamayo, corregidor de Trujillo y procedente de Castilla, probablemente de la población abulense de Bonilla de la Sierra. Su madre era Sarra o Sara de Carvajal, hija de Diego González de Carvajal, natural de Plasencia. Los Carvajales extremeños, una de cuyas ramas se asentó en Trujillo en el siglo XIV, eran una de las casas nobiliarias más importantes de la Extremadura bajomedieval[17]. Se deduce, por tanto, que la infancia de Juan de Carvajal debió ser relativamente cómoda a juzgar por su contexto familiar, lo que sin duda le facilitaría también emprender la carrera universitaria y eclesiástica[18]. Del resto de su relación con Trujillo tan sólo se puede apuntar la edificación del convento de la Encarnación de la Orden de los Predicadores en época de su episcopado placentino (1466).

Su rastro por Extremadura también podemos seguirlo, en sentido físico, a través de dos puentes construidos bajo su mecenazjo, uno sobre el río Almonte en el término municipal de Jaraicejo[19] y el otro sobre el Tajo en Torrejón el Rubio[20]. Ambas construcciones demuestran, por un lado, el interés y la preocupación que Juan de Carvajal mantuvo para con su tierra originaria y, por otro, la consideración de mecenas que envolvió al Cardenal fruto de los aires humanistas italianos. Estas huellas arquitectónicas son fiel reflejo de su aportación histórico-extremeña. Que el apellido Carvajal está muy vinculado culturalmente a estas zonas lo ejemplifica también la figura de la poetisa jaraicejana Luisa de Carvajal y Mendoza. Asimismo, otro de los lugares vinculados a Juan de Carvajal fue Coria, aunque muy sutilmente, ya que fue nombrado obispo cauriense a finales de 1443 y pocos meses después sería reemplazado por Alfonso Enríquez (Gómez-Canedo, 1947: 68-70). Como curiosidad histórica anotemos que, igual que Juan de Carvajal fue una de las primeras personas en conocer la existencia de la imprenta fuera de Alemania, Coria tiene el orgullo de ser la cuna de la impresión en Extremadura puesto que en 1489 salió de allí el primer incunable extremeño, el “Blasón general y nobleza en el universo”, obra de Pedro de Gratia Dei.

La ciudad de Plasencia ejerce de fundamento esencial en la relación de Juan de Carvajal no sólo con Extremadura, sino también con toda la Corona de Castilla. Carvajal fue elevado a la dignidad episcopal placentina en verano de 1446 y la mantuvo hasta su muerte en 1469. Aunque seguramente nunca visitaría Plasencia como obispo, la creación de una Cátedra de Gramática en 1468 refleja una vez más la preocupación por los cultural de Carvajal para con su diócesis (Gómez-Canedo, 1947: 93-94). Estos estudios fueron los primeros de rango universitario en la región extremeña y serían complementados años después con el establecimiento de una Cátedra de Teología (1484) en el convento placentino de San Vicente Ferrer, promovido esta vez por el mecenazgo de los Zúniga-Pimentel[21]. Plasencia es además, como dijimos, la cuna de la familia Carvajal en tierras extremeñas y su arraigo cultural queda representado igualmente en figuras como las de los también obispos placentinos Bernardino López de Carvajal (1521-1523) y Gutierre de Vargas Carvajal (1524-1559), estudiante y rector en Salamanca y cardenal en Roma el primero y mecenas de las artes de la gramática y de la arquitectura el segundo, en curiosas coincidencias con nuestro personaje objeto de estudio.

Finalmente, Salamanca es otro de los pilares clave de la etapa castellana de Juan de Carvajal, quien puede ser considerado como la primera figura descollante de la larga tradición de estudiantes extremeños de la universidad salmantina. No existe información cien por cien fiable de universitarios procedentes de Extremadura para fechas tan tempranas, aunque para 1403 están registrados al menos dos estudiantes procedentes de la diócesis de Badajoz, cinco de la de Coria y otros tres de la de Plasencia[22]. Si bien los datos son muy parciales, demuestran que la Universidad de Salamanca ya ejercía como universidad de los extremeños temprano el siglo XV y Juan de Carvajal fue uno de los que prontamente destacó (1420s-1430s). Como vimos más arriba, su formación abarcó tanto el derecho civil como el canónico y pronto empezó a ejercer en el mundo eclesiástico como lo demuestran los beneficios que poseyó y los cargos que empezó a desarrollar. Primero fue clérigo en la diócesis de Ávila y posteriormente ocupó el decanazgo de Astorga (h. 1433), comenzando así la meteórica carrera eclesiástica que le llevaría a ser una de las personalidades más relevantes de la política de la Iglesia de Roma (Gómez-Canedo, 1947: 33 y ss.). Salamanca representa para Juan de Carvajal el auténtico motor de su formación intelectual y de su periplo vital pues, como sabemos, la universidad salmantina fue la institución académica de mayor renombre de la Castilla bajomedieval. El vínculo salmantino continuó presente a lo largo del tiempo y siendo cardenal propuso la fundación de un nuevo colegio (del Santo Ángel), algo que no llegó a prosperar por causas desconocidas (Gómez-Canedo, 1947: 272).

 

  1. Conclusiones

Como hemos señalado durante todo este trabajo, la figura de Juan de Carvajal aún necesita de un estudio pormenorizado que parta de una revisión aún más exhaustiva de las fuentes disponibles, y consiga trascender su contenido para situar al Cardenal en las dinámicas geográficas, sociales y culturales de su época. Los testimonios conservados ensalzan principalmente su carácter de viajero por Cristo, el Papa y el Evangelio. Esto es, una doctrina cristiana delimitada, que ha de instaurarse en los dos conflictos principales en este ámbito eclesiástico para la Europa del siglo XV: los cismas heréticos y las conquistas del islam. Ahí radica la relevancia viajera de Carvajal como delegado del centro de la Cristiandad europea, un ámbito internacional. Dos sucesos que se establecen en una Europa que presenta sus propias revueltas internas al mismo tiempo que se ve rodeada por Asia y África, donde el islam gana terreno[23]. El Cardenal, por tanto, representa una Europa con un triple foco de atención: Roma como centro espiritual, y en pugna política con el Sacro Imperio, donde se forja un incipiente cuestionamiento también moral; y Oriente, revivido territorio indómito a manos del infiel, fuente de misterios y origen de la Verdad bíblica revelada. Estos tres vértices, que configuraron las relaciones socio-políticas durante todo el Medievo, van a sufrir ahora una profunda transformación.

Y todo ello en un contexto cultural preciso: el humanismo que se expande por Europa, con origen en Italia, buscando una nueva manera, estética, de conectar los territorios, con manifestaciones válidas para toda la Cristiandad: latín y autores clásicos. Las relaciones entre intelectuales, posibilitadas por concilios y legaciones, viajes en fin, propiciaron la extensión del movimiento humanista, propulsado por la aparición de la imprenta hacia mediados del siglo XV. De todo ello fue testigo excepcional el Cardenal Carvajal, por su formación universitaria en Salamanca y sus relaciones con la intelectualidad de la época. De aquel ambiente quedó impregnado como personaje principal de la curia romana y por ello ejerció el mecenazgo característico italiano, de lo que dejó muestras en su diócesis de Plasencia. Los vínculos con su tierra originaria, por tanto, aunque mal estudiados, se presentan como causa y consecuencia evidentes de la dignidad europea que alcanzó. Es su alcance nacional, castellano. Salamanca como alma mater, de donde salían los intelectuales de Castilla. Extremadura como territorio de natura donde representar los nuevos tiempos, estudio de gramática y construcciones útiles. El análisis más focalizado de tales factores permitirá una más completa comprensión del Cardenal Carvajal.

En conclusión, Juan de Carvajal, como hombre de su época, desarrolla una compleja labor diplomática y cultural en un periodo de transición: el avance turco modificará radicalmente el espacio físico de la Cristiandad al romper sus fronteras, el humanismo traerá corrientes renovadoras a la fe cristiana, y las coronas europeas configurarán nuevos modelos de gobierno y límites geográficos. El mundo cambia, y el Medievo comienza a quedar atrás. Y, ante esta confusa situación, urge la necesidad de actuar: el viaje y el humanismo, en definitiva, constituirán medios idóneos de actuación.

 

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[1] DEL PULGAR, H. (1789). Claros varones de Castilla y letras de Fernando de Pulgar, consejero, secretario y coronista de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel. Madrid, Imprenta de don Gerónimo Ortega e hijos de Ibarra, pp. 116-117.

[2] Baste señalar la opinión de Alonso de Palencia en su Crónica de Enrique IV, contraria al Cardenal. La fuente original es mucho menos benévola de lo que Gómez Canedo da a entender (1947: 16): Alonso de Palencia sí reconoce la fama de Carvajal en el Sacro Colegio, pero dedica un apartado destacado de su texto para describir un encuentro entre ambos, donde quedaría patente la opulencia del purpurado y su desapego hacia los supuestos desmanes que cometía Enrique IV de Castilla contra sus propios súbditos, actitud de Carvajal que Palencia critica con virulencia: censura la respuesta del Cardenal, bajo el tópico de constituir una “abominación extrema” que conviene no ser repetida. No obstante, debemos tener en cuenta que, puesto que se trata de una crónica particular compuesta contra la figura de Enrique IV, Juan de Carvajal, quien no participó del descrédito al monarca, no podía ser objeto de admiración. Volveremos sobre este texto más adelante.

[3] Citamos la crónica sobre el Concilio signada por el propio Pío II, Commentarii de gestis Basiliensis Concilii (1440), así como la de Juan de Segovia, Historia gestorum generalis synodi basiliensis (1449-1453); también, más tardías, interesan la mención por Frantisek Palacký en el tomo IV de su Geschichte Böhmens (1844-1867), y la signada por Ludwig von Pastor en su Historia de los Papas desde fines de la Edad Media (Geschichte der Päpste seit dem Ausgang des Mittelalters, 1886-1933). La Catholic Encyclopedia, en su volumen III (1913), recoge una biografía resumida de Juan de Carvajal que ha servido de base para aportaciones posteriores, como las que encontramos en el Lexikon des Mittelalters de Meuthen, o en el tomo XXIII del Biographisch-Bibliographisches Kirchenlexikon y escrita por Bruno W. Haütpli. Un completo listado de estas fuentes menores, junto con fragmentos de algunos textos, lo encontramos, aunque aún pendiente de actualización, en Gómez Canedo (1947: 349-353).

[4] Existe una traducción al alemán, publicada en: “Die ungarischen Legationen des Kardinals Johan Carvajal (Cardinal Joannes Carvajal’s Legationen in Ungarn)”, Ungarische Revue, Berlín, 1890.

[5] Esteban Rodríguez Amaya reseña la obra en la Revista de estudios extremeños (1947), donde aprovecha para también resumir la biografía de Carvajal. Reproducimos ciertos pasajes que dan cuenta del entusiasmo con el que se recibió esta obra en el ámbito extremeño, si bien dentro de la mencionada subjetividad ideológica que subyace a los resultados del estudio y a la conformidad de su recepción: “Desde ese momento [la primera legación papal en Florencia] Carvajal se convierte en el soldado de la Iglesia, y con lealtad y entereza extremeñas le vemos aparecer en los lugares de más peligro […]. Entonces, como ahora, la marea procedente de Asia avanzaba arrolladora […]. Entonces, como ahora, solamente la Santa Sede veía claramente la inminencia y magnitud del peligro […]. Solo un español, con el espíritu templado en la multisecular lucha contra el moro, podía realizar el milagro, y sólo un extremeño como Juan de Carvajal, verdadero espécimen de nuestras virtudes raciales, podía ser el agente que acertara a canalizar las energías dispersas hasta realizar el milagro de Belgrado” (1947: 208-211).

[6] FLÓREZ, C., HERNÁNDEZ, M. y ALBARES, R. (eds.) La primera escuela de Salamanca (1406-1516), Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2012.

[7] Sobre esta cuestión concreta, véase: GÓMEZ-CANEDO, L. Don Juan de Carvajal y el cisma de Basilea (1434-1448): un gran español al servicio del Papa ; estudio documentado ; excerpta ex dissertatione ad lauream in Facultate Historiae Ecclesiasticae Pontificiae Universitatis Gregorianae, Impr. P. López, 1942.

[8] Sirva como ejemplo ilustrativo la correspondencia entre el castellano Alonso de Cartagena y humanistas italianos como Leonardo Bruni o Pier Candido Decembrio, véase Fernández (175 y ss.), y Monsalvo (54 y ss).

[9]De todos ellos destaca la amistad mantenida con Eneas Silvio Piccolomini y la relación epistolar que de ello se conserva. Piccolomini dedicó incluso varios de sus trabajos a Carvajal, tales como De Gestis concilii Basileae (1450), un tratado sobre la herejía husita y taborita (1452), el discurso Contra Australes (1452)  o la Historia Gothorum (1453), véase Gómez-Canedo (1947: 269-272 y 323-335); y Martin Davies (1996: 193-202).

[10] Ver infra, epígrafe 4.1.

[11] Sin que ello implique la anulación de la aplicación física: aún en el siglo XV se siguen realizando peregrinaciones a Santiago, Roma y Jerusalén. Por citar un caso propio de la historia extremeña, contamos con el testimonio de dos frailes del Monasterio de Guadalupe que, en los primeros años del siglo XVI, realizaron viajes a Jerusalén: fray Antonio de Lisboa y fray Diego de Mérida (sus relaciones sobre la travesía y las maravillas que contemplaron fueron editadas por Rodríguez Moñino, 1945 y 1949).

[12] Una selección de estos textos la encontramos en: De Legatis et Legationibus Tractatus Varii (1905). Ed. de Vladimir E. Hrabar. Dorpati Livonorum, E. Typographeo Mattieseniano. Aparte del tratado que nos ocupa, Hrabar edita textos del siglo XV de Martinus Garratus Laudensis, Andreas de Barbatia, Gondissalvus de Villadiego, Hemolaus Barbarus y Joannes Bertachinus, así como otros de siglos posteriores que no tienen cabida en el presente trabajo.

[13] La traducción aproximada del original en latín es nuestra.

[14] Tal vez en contraposición a las acusaciones de corrupción, que encabeza Alonso de Palencia, Hernando del Pulgar destaca durante buena parte de esta semblanza XIX la sencillez y humildad de Juan de Carvajal.

[15] No está falta de cierta ironía, y sin duda mucha tergiversación, cómo Carvajal supuestamente considera que tal riqueza sirve para cumplir con mayor eficiencia la labor pastoral asignada. Citamos un fragmento de la crónica de Palencia: “Añadió, por último que él conocía por experiencia cuánto influjo tenía el ornato y esmero en el vestir, y refirió como prueba, que allá en los confines de la Bohemia aceptó en su calidad de Legado apostólico una pública discusión contra fray Juan Dusa, herético corruptos de innumerables gentes, y reconociendo en él al hombre más confiado en el artificio de la argumentación que en la fuerza de las autoridades, descubrió su túnica interior, que era de camelote de púrpura de un brillo admirable, y al punto vió al hereje como sobrecogido de estupor, privado de la facultad de hablar” (1904: 434).

[16] Hernando del Pulgar lo hace nacido en Plasencia, pero la gran mayoría de autores tiene por cierto su natura trujillana. En éste y otros aspectos de la vida castellana de Juan de Carvajal seguimos a su mayor biógrafo, Gómez-Canedo (1947: 31 y ss).

[17] Sobre los Carvajales existe suficiente bibliografía para Plasencia y Trujillo. En cuanto a fuentes genealógicas, es de interés manifiesto la obra de Lorenzo Galíndez de Carvajal, Memorial de los Carvajales (1505) edición de Rodríguez-Moñino (Badajoz, 1953), donde sin embargo el autor manipuló algunos datos, véase: CUART MONER, B. (1996), “La sombra del arcediano. El linaje oculto de don Lorenzo Galíndez de Carvajal”, Studia Historica (15), pp. 135-178.

[18] Gómez-Canedo sugirió la posibilidad de que Juan de Carvajal pasase la infancia y juventud en la provincia de Ávila, de donde procedían los Tamayo y donde fue clérigo, (GÓMEZ-CANEDO, 1947: 34). Sin embargo, su nacimiento, el cargo de su padre en el concejo trujillano y el arraigo de su familia materna, nos inducen a pensar aquí que al menos gran parte de sus primeros años los pasaría en Extremadura.

[19] Denominado el Puente Viejo de Jaraicejo (ca. 1460).

[20] El llamado Puente del Cardenal (1450s), dice de él Hernando del Pulgar: “Otrosí por escusar el daño grande que conosció recrescer a todas las gentes que pasaban el rio Tajo cerca de la cibdad de Plasencia, movido con ferviente caridad, fizo a sus grandes expensas la puente que hoy allí esta edificada, que se llama la puente del Cardenal, edifico muy notable” DEL PULGAR, H. (1486). Claros varones de Castilla y letras de Fernando de Pulgar, consejero, secretario y coronista de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel. Madrid, Imprenta de don Gerónimo Ortega e hijos de Ibarra, 1789, p. 116. Ambos puentes mandados fabricar por el Cardenal Carvajal los describe Antonio Ponz en su viaje por Extremadura en el siglo XVIII de la siguiente forma: “obras una y otra que compiten con las del mejor tiempo de Roma y que solas le pudieron granjear la denominación de gran Pontífice”, Ponz, (1983: 129).

[21] A este respecto véase: GONZÁLEZ DE LA GRANJA, M. E., “Los estudios generales de San Vicente Ferrer de Plasencia: Una nueva visión”, Actas Coloquios Históricos de Extremadura, Asociación Coloquios Históricos, Trujillo, pp. 179-201.

[22] El total de universitarios registrados en Salamanca para 1403 es de 311, aunque esta cifra no engloba a la totalidad de los estudiantes y hemos de tomar los datos con precaución, GARCÍA Y GARCÍA, A., “Génesis de la Universidad, siglos XIII-XIV”, Historia de la Universidad de Salamanca, vol. I, 2004, pp. 33-36, datos resumidos de PESET, M. y GUITÉRREZ, J., ‘”Clérigos y juristas en la Baja Edad Media castellano-leonesa”, Senara III (1981), anexo, pp. 30-46.

[23] El mundo medieval, a grandes rasgos, pasa de representaciones tripartitas del mundo, en T, marcadamente simbólicas, a una ampliación del conocimiento espacial, sustentado por la recuperación de textos clásicos (como la Geografía de Ptolomeo), y que empuja a diferenciar entre lo subjetivo y lo físico (García de Cortázar, 1993: 25). La extensión de la actividad del viaje a lo largo de la Edad Media entronca necesariamente con un Oriente conflictivo, más aún tras la caída de Constantinopla en 1453, lo que acentuaría la sensación de una Europa acorralada.