Oct 011981
 

Carlos Callejo Serrano

Cuando un arqueólogo dobla el promontorio de la tercera edad, su trabajo como tal en cuanto se refiere a la investigación directa, ha terminado. Para realizar ésta, hacen falta condiciones físicas suficientes; la arqueología activa requiere largos paseos por terrenos abruptos, escalar cerros en busca de castros o viejos castillos, cuando no descender a cuevas o grutas y sumergirse en ellas. Todas estas faenas exigen juventud, y quien ya no la tiene, debe limitarse a tareas de compilación o estudios de gabinete, añorando a veces los momentos en que la suerte le concediera años atrás algún logro, por pequeño que fuese. La persona que está hablando recuerda con nostalgia, por ejemplo, un día cualquiera de 1956 en que, habiendo penetrado en la Cueva de Maltravieso provisto de una brújula, una linterna y una cinta métrica para sacar un plano de la misma, salió una hora después a la superficie, cubierto de barro de pies a cabeza, pero con la inenarrable satisfacción de haber descubierto la única estación paleolítica con pinturas rupestres que existía en el interior de la Península Ibérica, y por supuesto la primera, y hasta ahora también la única, emplazada en Extremadura.

Paso por alto las vicisitudes posteriores y las gestiones y publicaciones necesarias para que este hecho arqueológico insólito fuera reconocido y autentificado por los maestros en el ramo y por las cátedras españolas y extranjeras, tarea en que se invirtieron tres o cuatro años hasta que Martín Almagro en España, y a escala mundial el insigne abate Breuil dieran el espaldarazo científico indiscutible a este descubrimiento que coloca a Cáceres y a la región extremeña en un lugar concreto en el mapa de la prehistoria mundial.

Al hablar de pinturas prehistóricas, me estoy refiriendo ahora únicamente a las que se han dado en llamar rupestres y que se encuentran en el interior de las cuevas. En nuestra región hay una gran cantidad de estaciones con figuraciones artísticas, pero ya pertenecen a un periodo posterior que no puede llamarse arte cuaternario. Durante el Paleolítico Superior, cuando aún persistía la última glaciación o de Wurm, el hombre había de refugiarse en cavernas naturales que le servían a la vez de habitación, santuario o necrópolis. Al cambiar la climatología, cambió por completo la forma de vivir del hombre que ya hacía todas sus realizaciones vitales preferentemente al aire libre, y los productos de su arte también al aire libre o, cuando más, en abrigos o covachas de escasa profundidad. Muchos de estos abrigos extremeños son conocidos de antiguo, y el más recientemente descubierto se encuentra en Monfragüe. De él se han hecho, por cierto, dos estudios simultáneos a cual más completo, debidos a Beltrán Lloris y a García Mogollón. Estas pinturas, ya en el Mesolítico, responden a otra mentalidad y por tanto a otro estilo, que pasa a ser esquemático en vez de naturalista.

Volviendo pues a la Cueva de Maltravieso, el principal motivo, con mucho, de las pinturas rupestres de la misma, es la representación de manos humanas; esta modalidad de arte, que a juicio de muchos fue el primer intento realizado por el hombre para perpetuar una creación artística, no es muy frecuente en el mundo ya que, al menos en el continente europeo, solamente se encuentra en algunas cuevas españolas y francesas. Concretamente, existen improntas de la mano humana en las cavernas de Maltravieso, Atapuerca, El Pindal, Altamira, Santián, El Castillo y la Pasiega en España. Por lo que respecta a Francia, las hay en los siguientes sitios: Gargas, Tibirán, Ganties-Montespan, Trois-Freres, Le Portel, Badeilhac, Pech-Merle, Rocadour, Font-de-Gaume, Combarelles, Bernifal, Beyssac, Arachambeau, Cap Blamc, Sergeac, Bara-bahau, Baume-Latrone, Collias y Grotte du Bison, según la ultima compilación del abate Verbrugge en 1976. De todas estas cavernas, únicamente son importantes, por haber un numero apreciable de improntas (superior a 10), las El Castillo y Maltravieso en España y las de Gargas, Tibiran ? peche-Merle. Incluso en varias de las citadas, es dudoso que las señales correspondan a improntas de manos humanas. Los problemas que presenta a la ciencia prehistórica esta modalidad pictórica son numerosos, profundos y de muy diversa clase; quizá los más difíciles dentro del arte cuaternario. En este corto trabajo solo nos vamos a fijar en uno de estos problemas: la posible interpretación de su significado. A las pinturas animalísticas en general se les ha dado el carácter de figuraciones o exvotos mágicos para propiciar la caza, y en esta interpretación coinciden gran número de autores. En cambio se dan las explicaciones más diversas para las impresiones parietales de manos.

Lo primero que debía hacerse a mi juicio, es renunciar a la palabra “pintura” para estas figuraciones. El hombre no echaba mano de su iniciativa o de su inspiración para plasmar imágenes; lo que hacía era reproducirlas de una plantilla. Casi podríamos decir que estos dibujos maniformes son una anticipación del arte de la fotografía, y me refiero esencialmente a las improntas en negativo, que revelan una técnica más avanzada. Las huellas en positivo, mojando la mano en cualquier pintura y apoyándola en la pared, las puede hacer el más primitivo de los hombres; incluso pueden hacerse involuntariamente por un hombre o por un animal. Pero el vaciado de la mano mediante la colocación de este miembro sobre la pared, cubriendo la totalidad con pintura, y dejando al retirar la mano una bien marcada impronta de la misma, revela un cierto agudo ingenio y un atisbo de iniciativa técnica. Claro está que también pueden reproducirse manos en positivo a cualquier escala y en cualquier forma. Esto ya es una modalidad de arte pictórico general que se encuentra muy pocas veces en el arte cuaternario; el resultado de esto ya no son improntas, sino simples pinturas.

Pero a todo esto ¿qué son, qué representan o qué simbolizan estas huellas maniformes estampadas en la pared de una gruta? Aquí sí que puede decirse que existen tantas teorías como autores, aunque todas o casi todas ellas coinciden en atribuirles un característico mágico.

El etnólogo francés abate Werbrugge, que ha dedicado toda su actividad precisamente a las pinturas rupestres de manos humanas, tiene publicados varios libros, en el último de los cuales (Compiegne, 1969) se ocupa largamente de las manos de Maltravieso, al lado de todas las demás figuraciones de manos que se dan en las pinturas prehistóricas. Sus estudios ofrecen todas las perspectivas posibles sobre esta modalidad pictórica: arqueológica, técnica, etnográfica y psicológica. Los problemas de interpretación corresponden evidentemente a este último apartado. A propósito de las pinturas, transcribe la opinión de tres investigadores franceses. Según Salomón Reinach, a quien siguen la mayor parte de los autores, esta clase de pinturas tienen una finalidad de carácter mágico; otra teoría, seguida por Boule, las achaca a un instinto de imitación parecido al de los monos; y, en fin, una tercera teoría debida a Foleau nos explica este arte como debido al afán de perpetuar la imagen de las cosas vistas o vividas, como si dijéramos una ayuda a la memoria.

Para Martín Almagro las manos eran un motivo de culto que el hombre usaba porque comprendía que la mano era el único instrumento que le hacía vencer a toda la naturaleza que le rodeaba. El culto misterioso a la mano se nos ofrece como una manifestación de las preocupaciones espirituales de los hombres primitivos, desde el Paleolítico hasta hoy mismo. La mano, por sí misma, es símbolo del hombre y expresión de su voluntad. Todos los pueblos hacen del uso y representación de los gestos de la mano, un complejo de valoraciones de carácter espiritual. El cristianismo, por ejemplo, utiliza la mano para el supremo acto de la bendición; el pueblo romano y otros pueblos posteriores la emplean como signo de bienvenida o salutación.

Ahora bien; dentro de la modalidad de impronta de manos, en Maltravieso y otras pocas Cuevas se da una particularidad especial: la mutilación que, como sabe quien ha visitado nuestra cueva o ha leído los libros que hablan de ella, aquí se limita exclusivamente al dedo meñique. En este asunto hay tantas opiniones como autores. Las manos mutiladas en Gargás y otras cuevas francesas, obedecen según el Dr. Sahly, destacado especialista en este tema, a una condición patológica de las manos-modelo usadas en la representación. Sin embargo, este autor, que por cierto ha visitado personalmente la cueva de Maltravieso, reconoce que su teoría no es válida para la mutilación exclusiva del meñique que aparece en las improntas de la cueva cacereña, admitiendo que se trata de amputaciones voluntarias. Otros autores achacan la imagen de los dedos mutilados, no a la amputación de una o varias falanges, sino a la circunstancia de haber doblado los dedos en el momento de ejecutar la impronta sobre la pared. Esta teoría tampoco es aplicable a las manos de Maltravieso, cuyo meñique aparece en muchos casos con toda claridad cortado a cercén.

Para salir de todo este maremagnun de teorías y elucubraciones, podríamos acudir a un expediente muy eficaz: preguntarle el significado de estas pinturas a sus propios autores. Esta frase, aunque lo parezca, no es una incitación al espiritismo. Resulta que la representación de manos en superficies parietales no es una exclusiva de la época paleolítica, sino que ha venido utilizándose hasta nuestros días por los pueblos muy primitivos que todavía quedan en la tierra: australianos, papúes, pigmeos o determinadas tribus muy atrasadas de indios americanos. Los etnólogos y estudiosos de nuestra civilización, han ido efectivamente a interrogar a los indígenas que habitaban las cercanías de las cuevas o lujares donde aparecen estas huellas de manos y, al parecer, el mayor número de respuestas coinciden en afirmar que se trata de lugares sagrados destinados a ceremonias rituales. Muchas de estas estaciones pictóricas primitivas de Oceanía y América, han dejado de utilizarse por los aborígenes en una fecha no muy lejana a la nuestra, concretamente en la isla de Célebes, según los estudios de Van Heeckeren, y también en Australia, donde las estudiaron prehistoriadores como Spencer y Guillén. En estos casos los indígenas interrogados manifiestan ignorar el verdadero significado de las representaciones.

De todas maneras son muchos los pueblos primitivos de los dos últimos siglos que tienen la costumbre de mutilarse uno o varios dedos de la mano, como rito religioso algunos, otros como signo de tristeza por la muerte de seres queridos y otros en fin por causas supuestamente terapéuticas. Según Catlin en relación con los indios norteamericanos, como signo de iniciación a la pubertad y en sacrificio al espíritu del mal. Pero estas causas de mutilación que conocemos directamente por las manifestaciones de los indígenas, no nos explican el motivo que a veces les lleva o ha llevado a sus antepasados a perpetuar sus manos, mutiladas o no, por medio de la pintura. Tendremos que dejar este asunto, hasta que algún sabio genial de con una solución convincente para todos en el ancho campo de los enigmas que nos presenta la Prehistoria y que difícilmente podremos descifrar nunca, al menos que por algún túnel del tiempo o cualquiera de las eutrapelias parapsicológicas con que actualmente está de moda rellenar nuestras publicaciones divulgativas, podamos regresar al remoto paleolítico y una vez aprendido el lenguaje de aquellos remotísimos hombres, nos lo puedan explicar ellos mismos.