Oct 011987
 

María Murillo de Quirós.

En una de las comunicaciones que presenté en el VI Congreso de Estudios Extremeños, cité la “Historia de Extremadura” de Muñoz de San Pedro, trabajo que el ilustre extremeño desaparecido aportó como ponente de Comunicaciones de Varias en el II Congreso de Estudios Extremeños, en el que recopila falsedades y plagios de la historia de nuestra tierra.

Dice que la mayor culpa en la propagación de la antihistoria extremeña corresponde a Nicolás Díaz y Pérez, que en su obras “Extremadura” y “Diccionario”, propaló las más asombrosas, indignantes y divertidas sartas de patrañas, patetizando su audacia y su falta de cultura. Entre otras muchas, publica Díaz y Pérez: “En las guerras de Viriato, anterior a los romanos, la hoy ciudad de Badajoz se conocía con el nombre de Civitas Pacis”.

Y dice Muñoz de San Pedro: “Es decir, que Viriato luchó contra alguien que no eran los de Roma y que ya entonces había por aquí nombres latinos, como ese inexistente y pintoresco que asigna a Badajoz”.

Y así una larga colección de textos y datos falsos, entre estos, algunos sobre Trujillo, como las fechas de nacimiento y muerte de García de Paredes y una amplia explicación sobre la casa que sin justificación, según Muñoz de San Pedro, se ha dado en llamar Solar de los Pizarro Conquistadores. “Pero este error –dice Muñoz de San Pedro- no es de Díaz y Pérez, sino del peruano Rómulo Cuneo Vidal, que con más entusiasmo y cariño que acierto y competencia escribió en 1925 un amplio libro sobre el conquistador Francisco de Pizarro”.

En mi libro recientemente publicado “Historia de unos hallazgos arqueológicos y algo sobre los Congresos de Estudios Extremeños”, vuelvo a citar a Muñoz de San Pedro y digo que como él escribió la antihistoria, habría que escribir la antiarqueología extremeña. ¡Y cuánto habría que escribir! Ya Floriano Cumbreño publicó la destrucción en el Casar de Cáceres de una piedra móvil que llevaba siglos meciéndose nuevamente según la fuerza del viento y un labrador al tender su parva, para trillarla, la demolió. Segura estoy que si se preguntara sobre este tema por nuestros pueblos, se recogería material para escribir muchas páginas, pero yo me voy a referir sólo a algunas de las cosas que he conocido y me atañen.

Cuando di noticia del yacimiento de “Los Villares de Parapuños” en el término de Monroy (que explico en el libro cuándo y cómo los encontré), se vendió el castillo de Monroy al poco tiempo. Lo compró un famoso pintor del que figuran cuadros en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. A este señor le dio el Estado una subvención, según me dijeron, para restaurar el castillo y no se le ocurrió otra cosa que comprar las piedras de las ruinas del antiguo poblado para dicha restauración. M llevé un gran disgusto cuando me enteré y creo que quedaría todo aquello destrozado. No he vuelto por allí.

A mi pueblo han venido buscadores de tesoros con detectores de metales. Concretamente, un individuo que se hizo acompañar de quien me lo ha explicado. Llegó al castro de Castillejos y después de recorrerlo con el detector, quedó en volver con otros compañeros que habían estado con él, en el Cerro de Santa Cruz de donde traían un montón de cosas en el coche.

En una finca a dos kilómetros, aproximadamente, de mi pueblo, había una zona que denominaban “Las Piedras Hincás”. Todavía viven algunos de los que conocieron estas grandes piedras, pero fueron arrancadas y utilizadas en el puente de cillos, tozas, corraladas, etc.

Podría citar otros destrozos, pero el más reciente ha sido el de la peña de la que publico un fragmento fotografiado en la portada de mi libro. Hacía tiempo que no la veía. Este verano, al describirme unos arqueólogos que están intentando recoger el arte rupestre de nuestra región, fui a ver la peña para limpiarla de líquenes por si venían y me encontré con la desagradable sorpresa de que habían hecho fuego en el centro de la pizarra, que al limpiara de cenizas ha quedado un gran trozo desconchada. Precisamente los signos de la fotografía de la portada del libro están intactos, así como otros muchos de los que hay en los bordes de dicha peña. Tengo calcos y dispositivas con los que podemos apreciar el daño hecho.

¿Quién hizo la lumbre? No quiero pensar que fue alguien sabedor de la existencia de los signos.

Lo cierto es que como la piedra del casar que llevaba siglos balanceándose con el viento, estos signos también estaban en esta peña hacía siglos cubiertos de viejos líquenes.

Y digo, como dijo el Conde de Canilleros, que Extremadura tiene mala suerte.