Dic 222016
 

Dr. Francisco González Lozano.

Rector Seminario Metropolitano San Atón.

fglozano@hotmail.com

Dra. Guadalupe Pérez Ortiz.

Directora Biblioteca Seminario Metropolitano San Atón.

mgperort@gmail.com

 

 Introducción

El Seminario Metropolitano San Atón de Badajoz es una institución eclesial educativa cuya finalidad es la formación de los futuros pastores de la Iglesia diocesana. En sus más de trescientos cincuenta años de trayectoria (1664) ha sido referencia en Extremadura no sólo como semillero de nuevos sacerdotes, sino como promotor de jóvenes formados al amparo del quehacer educativo eclesial.

Centramos nuestra mirada en el periodo que transcurre desde 1860 a 1900; pocos años habían pasado desde el nuevo Plan de estudios decretado para los seminarios conciliares en España (1852), cuando el pacense hubo de adaptar su estructura curricular y su metodología a las nuevas directrices estatales. El buen hacer en estos cuarenta años analizados dio pie a una eclosión educativa que tendría lugar a principios del siglo XX, época en la que acotamos nuestro estudio y que merecería investigaciones más amplias.

El análisis pedagógico de la organización académica del Seminario de Badajoz centra nuestra atención, buscando aquellos elementos primordiales que indiquen su contribución a la sociedad extremeña, desangrada por las circunstancias sociopolíticas y económicas que rodearon el periodo.

Por ello, describiremos brevemente la situación educativa desde el punto de vista legislativo entre 1860 y 1900, fijándonos en la normativa particular orientada a los seminarios conciliares. Desde ahí describiremos los pilares académicos del Seminario San Atón y analizaremos los datos estadísticos de matrícula, manuales escolares, ratio profesor-alumno y procedencias de los colegiales para ver en qué medida pudo ser este centro cuna innovadora de educación en la provincia.

El presente estudio pretende mostrar la trayectoria pedagógica de este centro educativo diocesano que aprendió a adecuarse a su tiempo, implementar cambios didácticos y ofrecer lo más grande que tiene la sociedad, la cultura, fuente y fomento de nuevas personas que sientan su formación como una responsabilidad firme de mejorar la sociedad.


1.- Panorama educativo extremeño

La mirada atenta a la situación socioeconómica extremeña en la segunda mitad del siglo XIX nos hace contemplar un panorama desolador en algunos aspectos. No es nuestra intención detallar el contexto histórico que enmarca nuestro estudio[1], por ello nos detendremos exclusivamente en los aspectos educativos relacionados con el periodo y la normativa promulgada que abarca el periodo analizado.

Desde el punto de vista educativo debemos destacar la situación desesperanzada y con pocos visos de mejora; la educación se convirtió en eje de batalla, promoviéndose el Estado como único eje sobre el que pivotaría el sistema formativo frente a la Iglesia, tradicionalmente promotora de cultura y educación.

No existían locales adecuados para instruir adecuadamente a los párvulos, faltaban condiciones higiénicas mínimas y necesarias para la salubridad en los pequeños establecimientos destinados a esta etapa. Los maestros no habían sido preparados adecuadamente y les faltaba motivación y actualización pedagógica. El currículo escolar era escaso y se limitaba a que los niños supieran leer y escribir de la manera más básica posible[2].

Fijándonos en la enseñanza secundaria, la provincia de Badajoz contaba con varios centros educativos en la época que nos ocupa: el Colegio de Santa Catalina, donde se impartían los cursos literarios de Filosofía, en Jerez de los Caballeros; la Escuela Normal-Seminario de Maestros y el Instituto de Enseñanzas Secundarias de Badajoz, junto al reconocido -histórica y educativamente- Seminario Conciliar de San Atón[3].

La situación general de los centros de segunda enseñanza también distaba de ser auténticos espacios de crecimiento personal y promotores de una educación formal seria, reglada y polivalente. El mismo Macías Picavea afirmaba que “nuestros famosos institutos son cualquier cosa menos centros de educación y enseñanza”[4].

En el ámbito universitario Extremadura adolecía de cualquier acción educativa de alta mira, sin recursos suficientes para egresar buenos profesionales, sin los elementos básicos y necesarios para ejercer la docencia y con el deseo de ofrecer titulación a alumnos sin motivación.

La consulta del Instituto Nacional de Estadística refrenda esta visión aterradora de la situación educativa en Badajoz[5]:

 

Estadísticas poblacionales de la provincia de Badajoz. 1860-1900
Año Población Varones Leen Leen y escriben Varones entre 11 y 20
1860 403.735 39.643
1877 432.809 219.309 6.019 56.391 35.864
1887 481.508 244.490 7.261 68.216 37.779
1897 490.551 253.036
1900 520.246 273.262 3.443 74.078 54.248
Tabla 1: Estadísticas poblacionales de la provincia de Badajoz. 1860-1900

 

La mayor parte de la población no sabían leer ni escribir; menos del diez por ciento de los jóvenes adquirían los rudimentos básicos de lectoescritura. De este minúsculo porcentaje, muy pocos, sólo una élite que pretendía una titulación oficial accedía al nivel universitario.

Destacamos en la tabla 1 el número de varones en edades comprendidas entre los 11 y 20 años porque podrían ser los posibles destinatarios de acceso al Seminario Conciliar de San Atón, objeto central de nuestro estudio.

No se preveían soluciones drásticas ante la situación educativa que se hacía extensiva al resto de niveles. Algunos intentos de reforma pedagógica surgieron a finales del siglo XIX, pero apenas tuvieron eco en Badajoz. En este contexto, desglosamos ahora la legislación promulgada a nivel educativo, para encuadrar adecuadamente la labor pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón entre los años 1860 al 1900.

 

 

2.- Legislación educativa relativa a los seminarios conciliares

Ventura González Romero, ministro de Gracia y Justicia, firmaba el nuevo Plan de estudios para los Seminarios Conciliares el 28 de septiembre de 1852[6]. Se desarrollaban así los acuerdos planteados en el artículo 28 del Concordato del año anterior. Entabladas las conversaciones previas con el Nuncio, y habiendo comunicado a los obispos de las diócesis españolas la resolución acordada, faltaba reglar de manera más detallada el modo de llevar a cabo los estudios en estos centros educativos eclesiásticos.

Siguiendo la trayectoria de los seminarios conciliares y las disposiciones generales establecidas en el Concilio de Trento, serían los prelados los que organizarían los estudios orientados a la carrera eclesiástica, pudiendo conferir los grados de Bachiller en teología y cánones. En orden a la consecución de la titulación de Licenciado y Doctor en ambas ramas científicas se establecieron los denominados seminarios centrales, habiéndose suprimido las Facultades de Teología de las universidades españolas[7].

De acuerdo a la normativa establecida, los prelados tendrían entera libertad en la organización interna de sus centros neurálgicos. Como contrapartida, sería el Estado el encargado de establecer el marco general que equiparara los estudios en todo el territorio español. 1852

La organización del sistema educativo, conforme a este Plan, quedaría establecida del siguiente modo: el estudio de Gramática y Humanidades se extenderá durante cuatro años; la formación en Filosofía se realizará en los tres años siguientes; siete serán los años propuestos para el estudio de Teología y tres para el Derecho Canónico.

El curso escolar daría comienzo a primeros de septiembre y concluiría el 1 de junio, excepto para los alumnos que cursaran Latín y Humanidades, que ampliarían hasta el mes siguiente la recepción de docencia. Se establecía como periodo vacacional Navidad (hasta el 2 de enero inclusive), tres días de carnaval; miércoles de ceniza; desde el miércoles de Semana Santa hasta el tercer día de Pascua; tres días en Pentecostés; días de fiesta nacional y todos los jueves de la semana. Las clases se distribuirían en dos horas por la mañana y las mismas por la tarde.

La admisión de los alumnos de la primera etapa académica sería mediante examen a celebrar entre los días 1 al 15 de septiembre. A estas pruebas se le sumaría otro examen general a final de cada año que versaría sobre temas estudiados a lo largo del año y según el criterio del obispo. Superadas las pertinentes pruebas de nivel, el alumno realizaría la matrícula en el centro satisfaciendo la cantidad de 24 reales que podría dividirse en dos plazos según necesidad. La cantidad abonada por los matriculados en Filosofía o Teología sería de 32 o 50 reales respectivamente.

Los alumnos podrían ser de dos clases: internos o externos. Los primeros residirían en los seminarios y estarían a cargo de los tutores designados por el prelado para su acompañamiento y educación. Los alumnos externos abonarían una cantidad más elevada de matrícula, pudiendo ser agraciados con beca si se demostrara su pobreza y buena conducta y tendrían en el seminario un encargado que velaría por su asistencia a clase y mantendría comunicación fluida con sus padres.

La Eucaristía solemne de Spiritu Sancto daría comienzo al curso académico a la que asistirían profesores, alumnos externos e internos. Durante la celebración del sacramento se haría profesión de fe según la fórmula de Pío IV, jurarían defender el dogma de la Inmaculada Concepción, ser fieles a S. M. La Reina y ser fieles a la Constitución de la Monarquía; posteriormente tomarían posesión de sus cátedras los encargados de ejercer docencia.

Esta legislación daba lugar a una estructura académica novedosa en relación a los seminarios conciliares. A este Plan de estudios habrá que sumarle las diferentes disposiciones educativas promulgadas hasta 1900. Entre ellas destacamos la Ley de Instrucción Pública de 1857 (Ley Moyano)[8], en la que se mantenía la posibilidad de creación de centros privados (tal es el caso de los seminarios conciliares).

Se mantenía la libertad de estudio de las humanidades, es decir, la posibilidad de que los que aspiraban a una educación formal ampliando estudios en Filosofía, pudieran recibir, de manos de profesores particulares, los dos primeros cursos de Latín y Humanidades[9].

En el mismo sentido se refleja en la Constitución de 1876: Todo español podrá fundar y sostener establecimientos de instrucción o de educación con arreglo a las leyes… Al Estado correspondía expedir los títulos profesionales y establecer las condiciones de los que pretendan obtenerlos, y la forma en que han de probar su aptitud. Una ley especial determinará los deberes de los profesores y las reglas a que ha de someterse la enseñanza en los establecimientos de instrucción pública costeados por el Estado[10].

El dilema entre centros públicos y privados se mantuvo en los años siguientes, siendo necesaria una nueva legislación que detallara el modo específico de funcionamiento, organización, dirección y criterios para su puesta en marcha[11]. Dos Decreto-Ley encauzaron las diferentes líneas de acción para corregir abusos originados en los años siguientes respecto a la creación de centros[12]; desde entonces el desarrollo de estas instituciones privadas educativas mejoró notablemente. Se insistía en ambos en la necesidad de corregir males y abusos que se habían originado en los últimos años sobre la absoluta libertad concedida a los escolares. Del mismo modo se establecieron leyes que ajustaban el funcionamiento y control de los centros de enseñanza de carácter privado[13].

3.- Niveles educativos ofertados

Conviene ahora explicitar la oferta educativa establecida en los seminarios conciliares para obtener una visión general de la formación humana y la preparación académica de los alumnos del centro pacense.

3.1. Latín y Humanidades

Esta primera etapa académica facilitaba al colegial la adquisición de los rudimentos básicos de latín y castellano. Estos dos ejes vertebrarán la educación formal de los alumnos durante los primeros cuatro años en que se extendería esta etapa.

Las asignaturas que habrían de cursar, según el Plan de estudios, serían las siguientes:

 

Plan de estudios de Latín y Humanidades de 1852
Curso académico Materias
Primer curso Rudimentos de latín y castellano
Sintaxis de latín y castellano
Historia sagrada
Segundo Curso Sintaxis latina y castellana
Prosodia y ortografía
Historia profana
Tercer curso Retórica teorética
Principios de lengua griega
Historia profana
Cuarto Curso Retórica práctica
Lengua griega
Historia particular de España
Tabla 2: Plan de estudios de Latín y Humanidades de 1852

 

El listado de asignaturas nos hace ver la importancia del conocimiento de la lengua latina y castellana; a estas dos ramas que sustentarán la adquisición de nuevos conocimientos, se le suman otras como la Historia general o particular española que coadyuvan a una preparación integral de los colegiales.

El Plan de estudios preveía una actividad formativa complementaria que se desarrollaría los jueves: los alumnos de primer curso repasarían las materias estudiadas; los de segundo analizarían textos de poetas y oradores clásicos y el resto del alumnado repasaría lecciones de Historia.

El curriculum académico favorecía el acceso a estudios superiores; esta era una de las finalidades propias de la segunda enseñanza. Un alumno que recorriera los cuatro cursos de Latín y Humanidades habría adquirido los rudimentos básicos para iniciar unos estudios universitarios de mayor calado[14].

Destacamos, para una comprensión global de la formación ofertada en esta etapa académica, los manuales escolares empleados por los profesores conforme al Plan de estudios vigente. Además de ser parte del patrimonio educativo de nuestra cultura, son fuente inagotable para el estudio de la denominada “cultura escolar”. Son muchos los estudios generalistas que destacan la importancia de estas herramientas pedagógicas[15]. En la presente investigación nos limitamos a enumerarlos.

 

Asignaturas, autores y manuales de Latín y Humanidades. 1852
Asignatura Autor Manual
Gramática castellana y latina MATA Y ARAUJO, L. Nuevo epitome de gramática castellana ó Método sencillo de enseñar la lengua castellana por los principios generales á la filosofia comun de la lenguas
Traducción de latín y castellano Colección de autores selectos latinos y castellanos para uso de los institutos, colegios y demas establecimientos de Segunda Enseñanza del Reino
Traducción de latín y castellano COLONIA, D. De arte rhetorica Libri quinque
Traducción de latín y castellano TERTULIANO, Q. Liber de praescriptionubus contra haereticos, scholiis & notis illustratus
Geografía VERDEJO PAEZ, F. Principios de geografía astronómica, física y política, antigua, de la edad media y moderna…
Historia sagrada PINTÓN, J. Compendio histórico de la religión desde la creación del mundo hasta el estado presente de la Iglesia
Historia profana CASTRO, F. Compendio de la Historia Universal
Historia de España GÓMEZ RANERA, A. Compendio de la historia de España desde su origen hasta el reinado de doña Isabel II y año de 1852…
Griego BERGNES DE LAS CASAS, A. Gramática griega: arreglada para el uso de las escuelas
Tabla 3: Asignaturas, autores y manuales de Latín y Humanidades. 1852

 

3.2. Filosofía

A lo largo de la segunda etapa reglada de estudios los alumnos accedían a la reflexión racional de la naturaleza y del ser. El curriculum ofertado posibilitaba el conocimiento de las ciencias exactas y hacía del colegial una persona preparada para acceder a estudios universitarios.

Estas son las asignaturas regladas en el Plan de estudios:

Plan de estudios de Filosofía de 1852
Curso académico Materias
Primer curso Lógica
Metafísica
Historia de España
Segundo curso Ética
Elementos de matemáticas
Tercer curso Física experimental
Nociones de química
Cálculo diferencial e integral
Físico-matemáticas
Tabla 4: Plan de estudios de Filosofía de 1852

 

Estas asignaturas nos hacen comprender que el colegial estaría capacitado para la comprensión de las ciencias naturales; la profundización en dichas materias confeccionaba una mente estructurada y una habilidad sobrada para el estudio de cualquier carrera universitaria.

Tal y como se llevaba a cabo en la etapa anterior, los filósofos del primer y segundo curso empleaban los jueves al repaso de las materias estudiadas; además se iniciaban en el argumento silogístico, empleando dicho recurso para exponer proposiciones lógicas, metafísicas o éticas. Los alumnos del último curso emplearían estas “academias” en el repaso de las asignaturas y ejercicios prácticos de química, física y matemáticas. Los domingos y días de fiesta los filósofos recibirán clases de canto gregoriano; mientras tanto, los colegiales de Latín y Humanidades recibirán catequesis; por su parte, los teólogos y canonistas recibirán formación en liturgia y teología pastoral, así como deberán asistir a la Eucaristía.

Señalamos a continuación los manuales escolares empleados en la formación de los alumnos de Filosofía:

Asignaturas, autores y manuales de Filosofía. 1852
Asignatura Autor Manual
Lógica, Metafísica e Historia de la Filosofía ROTHENFLUE, F. Institutiones philosophiae theoreticae in usum praelectionum
BALMES, J. Cursus philosophiae elementaris
Ética JACQUIER, F. Institutiones philosophicae ad studia theologica potissimum accommodatae
PACETTI, R. Institutiones philosophiae moralis
Elementos de matemáticas VALLEJO, J.M. Compendio de matemáticas puras y mixtas
Física experimental

Nociones de química

GONZÁLEZ VALLEDOR, V. y CHAVARRI, J. Programa de un curso elemental de física y nociones de química
Cálculo diferencial VALLEJO, J.M. Compendio de matemáticas puras y mixtas
Tabla 5: Asignaturas, autores y manuales de Filosofía. 1852

 

3.3. Teología

El estudio de la Teología es el recorrido académico correspondiente a los que deseaban ser admitidos a las Sagradas Órdenes. Las diferentes materias de estudio preparaban al candidato en el conocimiento de los dogmas de la Iglesia Católica y los pilares fundamentales de la fe.

Al igual que los alumnos de latinidad y filósofos, los jueves asistirán a las “academias”, orientadas a la liturgia y Teología pastoral en el caso de los teólogos; asimismo, los rectores de los seminarios tendrán libertad para organizar la formación de los futuros sacerdotes en el ministerio de la predicación, empleando normalmente los domingos en este aspecto formativo.

El grado académico de bachiller se obtenía mediante dos ejercicios ejercicios reglados: el primero de ellos duraba media hora y constaba de una serie de preguntas sobre las materias que se habían cursado en los cuatro o cinco años prescritos en el Plan de estudios. En el segundo examen, el aspirante explicaba en lengua latina una de las proposiciones escogidas en suerte, teniendo para su preparación veinticuatro horas.

Para obtener la licenciatura en Teología el examen constaría de tres partes; en la primera se respondían preguntas sobre cuestiones generales de la carrera eclesiástica; en la segunda se defendía una de las tesis escogidas a suerte, habiendo de ser defendida ante dos profesores y arguyendo silogísticamente, teniendo para su preparación veinticuatro horas. La tercera parte del examen será la respuesta a tres cuestiones escogidas al azar y que habrá de responder de modo inmediato.

El doctorado se conseguirá mediante dos ejercicios: en el primero se escogerá una proposición de entre todas las materias, debiendo el candidato explicarla por un periodo de dos horas, como si se hallase en cátedra; la segunda parte consistirá en la escritura de un tema escogido al azar de entre los de la carrera y su defensa ante un tribunal sin poder consultar ningún libro.

 

Plan de estudios de Teología de 1852
Curso académico Materias
Primer curso Fundamentos de Religión
Lugares teológicos
Elementos de lengua hebrea
Segundo curso Instituciones teológico-dogmáticas
Historia y disciplina eclesiástica
Conclusión de lengua hebrea
Tercer curso Instituciones teológico-dogmáticas
Historia y disciplina eclesiástica
Teología moral
Cuarto curso Teología dogmático-moral
Historia y disciplina eclesiástica
Quinto curso Instituciones bíblicas
Crítica y hermenéutica general
Patrología
Oratoria sagrada
Sexto curso Sagrada Escritura
Crítica y hermenéutica particular
Patrología
Oratoria sagrada
Séptimo curso Disciplina del Concilio de Trento y particular de España
Tabla 6: Plan de estudios de Teología de 1852

 

Los manuales de teología propuestos en el Plan de estudios son los siguientes:

 

Asignaturas, autores y manuales de Teología
Asignatura Autor Manual
Fundamentos de religión, lugares teológicos e instituciones dogmáticas PERRONE, G. Prealectiones theologicae quas in Collegio Romano S.J. habetat
Historia y disciplina eclesiástica PALMA, J.B. Praelectiones historiae ecclesiasticae
Teología moral SCAVINI, P. Theologia moralis universa ad mentem S. Alphonsi M. de Ligorio
GURY, J.P. Compendium Theologiae Moralis. Barcinone
Sagrada Escritura JANSSENS, J.H. Hermeneutica sacra seu introductio in omnes singulos libros sacros veteris ac novi foederis
Patrología ANNAT, P. De Sanctis Ecclesiae patribus: tractatio ad usum Hispaniae seminariorum
Patrología TRICALET, P.J. Biblioteca portatil de los Padres y Doctores de la Iglesia desde el tiempo de los apostoles
Hebreo SLAUGHTER, E. Grammatica hebraica
Oratoria sagrada LUIS DE GRANADA. Los seis libros de la retórica eclesiástica ó De la manera de predicar
Disciplina del Concilio de Trento y particular de España VILLANUÑO, M. de. Summa Conciliorum Hispaniae: quotquot inveniri potuerunt ad usque saeculum proxime praeteritum
Derecho público eclesiástico DEVOTI, G. Institutionum canonicarum
Decretales ENGEL, L. Manuale parochorum de plerisque functionibus et obligationibus
                               Tabla 7: Asignaturas, autores y manuales de Teología. 1852

 

3.4. Derecho Canónico

La oferta educativa de la Iglesia recogida en el Plan de estudios de 1852 se ampliaba mediante el Derecho Canónico, formación que especializaba a los colegiales en la normativa y régimen interno y externo de la comunidad católica. Esta etapa se extendía a lo largo de tres años, pudiendo recibir el grado de Doctor tras la superación de los diferentes exámenes de grado, llevados a cabo del mismo modo que en Teología.

Aquellos alumnos que hubieran cursado la carrera completa en Teología serían dispensados del tercer año de Derecho Canónico, puesto que ya habrían estudiado las materias correspondientes que se ofertaban.

La organización de las academias sería similar a la que disfrutaban los teólogos, teniendo libertad el prelado diocesano y el rector del establecimiento para implementar actividades complementarias a los que cursaban esta etapa educativa.

Plan de estudios de Derecho Canónico de 1852
Curso académico Materias
Primer curso Derecho público Eclesiástico
Instituciones canónicas
Segundo curso Decretales
Tercer curso Disciplina del Concilio de Trento y particular de España
Tabla 8: Plan de estudios Derecho Canónico de 1852

 

No todos los que concluían los estudios teológicos ampliaban su formación en el Derecho Canónico; la mayor parte eran ya sacerdotes que, ejerciendo otro cargo pastoral, acudían a los seminarios a recibir la formación específica para la que habían sido enviados por el obispo diocesano.

Los manuales de Derecho Canónico designados para su seguimiento en cátedra serían los siguientes:

Asignaturas, autores y manuales de Derecho canónico
Asignatura Autor Manual
Derecho canónico español VILLANUÑO, M. de. Summa Conciliorum Hispaniae: quotquot inveniri potuerunt ad usque saeculum proxime praeteritum
Decretales ENGEL, L. Manuale parochorum de plerisque functionibus et obligationibus
Instituciones canónicas DEVOTI, G. Institutionum canonicarum
Tabla 9: Asignaturas, autores y manuales de Derecho Canónico. 1852

 

3.5. Carrera Menor o Teología Moral

Hasta finales del siglo XIX se mantuvo la denominada Carrera Menor o breve que regulaba el Plan del año 1852. Un aspirante a la clerecía no habría de estudiar los 5 o 7 años que se ofertaban en Teología; las razones eran de variada índole: edad, necesidad de sacerdotes, preparación previa… Por ello, tras cursar tres años de latinidad, uno de Filosofía y dos de Teología moral y dogmática, el candidato podría ser ordenado sacerdote con el beneplácito del obispo y el informe favorable del rector.

La preparación de estos alumnos sería dirigida por un profesor designado específicamente para tal proceso educativo. Así, de un modo más tutorizado y personalizado, el alumno adquiría los conocimientos básicos de la fe de la Iglesia, la necesaria capacidad para llevar a cabo su misión pastoral y la habilidad para ser pastor de una Iglesia particular.

4.- Matrículas en el Seminario Conciliar

A continuación detallamos el listado de matrículas por curso académico de las distintas etapas educativas[16]. Estos datos, analizados posteriormente, nos harán descubrir la importancia del Seminario Conciliar de San Atón en la época analizada.

 

Listado de matrículas en Latín y Humanidades. 1860-1900
Año Total de alumnos Totales

Latín

1860 360 60 53 53 36 202
1861 335 32 61 60 43 196
1862 282 31 33 50 31 145
1863 255 20 31 51 35 137
1864 287 44 29 40 35 148
1865 352 59 54 48 31 192
1866 399 80 73 55 19 227
1867 444 90 80 59 33 262
1868 361 71 79 63 29 242
1869 122 10 17 15 13 55
1870 93 6 15 12 5 38
1871 88 13 6 10 5 34
1872 85 12 13 8 5 38
1873 60 4 10 10 6 30
1874 56 7 4 12 6 29
1875 59 7 10 6 7 30
1876 79 13 12 10 2 37
1877 95 16 18 14 8 56
1878 101 15 11 17 10 53
1879 99 18 13 15 13 59
1880 127 29 23 19 6 77
1881 130 19 24 21 11 75
1882 112 17 11 25 10 63
1883 122 16 17 16 21 70
1884 130 24 18 16 15 73
1885 134 20 23 16 13 72
1886 119 10 20 20 13 63
1887 155 41 14 19 14 88
1888 177 31 31 17 18 97
1889 182 30 28 30 11 99
1890 210 32 29 22 24 107
1891 215 42 30 20 17 109
1892 286 74 49 35 20 178
1893 324 52 70 55 29 206
1894 337 23 51 66 43 183
1895 395 60 46 53 55 214
1896 370 48 56 37 30 171
1897 391 54 47 52 34 187
1898 348 21 47 47 49 164
1899 329 13 25 48 40 126
1900 319 27 16 22 41 106
Totales 8924 1291 1297 1264 886 4738
Tabla 10: Listado de matrículas en Latín y Humanidades. 1860-1900

 

 

 

 

Listado de matrículas en Filosofía. 1860-1900
Año Total de alumnos  Totales
1860 360 31 22 20 73
1861 335 33 15 15 63
1862 282 42 15 11 68
1863 255 24 22 11 57
1864 287 45 17 17 79
1865 352 48 28 14 90
1866 399 49 29 28 106
1867 444 34 30 27 91
1868 361 28 11 18 57
1869 122 13 4 5 22
1870 93 13 7 1 21
1871 88 12 4 6 22
1872 85 6 2 3 11
1873 60 6 3 2 11
1874 56 6 5 3 14
1875 59 7 2 4 13
1876 79 7 6 1 14
1877 95 6 7 3 16
1878 101 10 6 5 21
1879 99 11 3 8 22
1880 127 14 10 1 25
1881 130 10 12 9 31
1882 112 8 7 7 22
1883 122 7 9 8 24
1884 130 18 6 8 32
1885 134 12 12 5 29
1886 119 10 7 7 24
1887 155 14 9 6 29
1888 177 21 14 7 42
1889 182 17 16 12 45
1890 210 18 11 13 42
1891 215 29 9 8 46
1892 286 20 22 8 50
1893 324 25 18 22 65
1894 337 28 15 13 56
1895 395 50 17 12 79
1896 370 61 25 17 103
1897 391 39 48 20 107
1898 348 25 33 42 100
1899 329 44 23 28 95
1900 319 39 38 20 97
Totales 8924 940 599 475 2014
Tabla 11: Listado de matrículas en Filosofía. 1860-1900

 

Listado de matrículas en Teología. 1860-1900
Año Total de alumnos Totales
1860 360 27 13 5 11 9 5 70
1861 335 15 13 7 4 9 1 8 57
1862 282 13 13 11 5 5 5 52
1863 255 7 13 10 8 5 3 2 48
1864 287 9 7 11 9 5 5 3 49
1865 352 13 7 6 11 6 2 4 49
1866 399 16 7 5 6 7 5 46
1867 444 24 13 6 5 3 8 10 69
1868 361 11 15 11 5 2 1 2 47
1869 122 8 6 7 9 3 2 35
1870 93 4 6 5 5 2 2 1 25
1871 88 1 4 6 6 2 1 20
1872 85 4 2 4 4 4 1 19
1873 60 5 2 4 3 14
1874 56 1 3 2 1 1 8
1875 59 3 4 2 1 10
1876 79 4 1 7 3 3 3 21
1877 95 1 3 1 7 3 2 2 19
1878 101 3 4 2 1 8 2 1 21
1879 99 5 5 1 1 1 13
1880 127 7 3 3 1 2 16
1881 130 1 5 3 3 2 1 15
1882 112 7 4 3 3 2 19
1883 122 3 5 4 2 2 1 17
1884 130 7 6 4 1 5 1 24
1885 134 5 7 3 4 5 1 25
1886 119 6 5 6 4 3 24
1887 155 5 6 5 6 5 27
1888 177 5 3 5 5 3 4 2 27
1889 182 7 5 2 4 1 3 3 25
1890 210 9 6 6 4 2 3 4 34
1891 215 23 9 7 6 2 47
1892 286 10 13 7 6 3 1 2 42
1893 324 6 7 15 8 5 2 43
1894 337 23 7 7 17 7 6 4 71
1895 395 14 21 9 8 14 4 5 75
1896 370 12 12 20 9 11 10 3 77
1897 391 15 12 11 19 4 8 5 74
1898 348 18 12 12 9 10 3 6 70
1899 329 41 19 10 11 8 8 97
1900 319 22 35 21 11 9 6 7 111
Totales 8924 417 338 271 250 167 126 83 1652
Tabla 12: Listado de matrículas en Teología. 1860-1900

 

Listado de matrículas en Carrera menor (CM) y Derecho Canónico (DC). 1860-1900
Año Total alumnos 1º CM 2º CM 1º DC 2º DC 3º DC Totales
1860 360 1 1 2
1861 335 8 5 3 16
1862 282 6 6 2 3 17
1863 255 6 5 2 13
1864 287 6 5 11
1865 352 12 5 3 1 21
1866 399 12 7 1 20
1867 444 12 10 22
1868 361 10 3 1 14
1869 122 4 1 4 1 10
1870 93 4 5 9
1871 88 10 2 12
1872 85 7 10 17
1873 60 2 2 1 5
1874 56 2 1 2 5
1875 59 4 2 6
1876 79 2 1 4 7
1877 95 1 3 4
1878 101 3 3 6
1879 99 4 1 5
1880 127 5 4 9
1881 130 5 4 9
1882 112 4 3 7
1883 122 6 3 2 11
1884 130 1 1
1885 134 4 1 1 8
1886 119 5 3 8
1887 155 7 3 1 11
1888 177 5 5 1 11
1889 182 7 4 2 13
1890 210 14 8 3 25
1891 215 10 2 1 13
1892 286 5 9 2 16
1893 324 5 2 2 1 10
1894 337 18 7 2 27
1895 395 6 18 2 1 27
1896 370 7 6 4 2 19
1897 391 7 8 4 4 23
1898 348 4 5 5 14
1899 329 4 4 8
1900 319 1 4 5
Totales 8924 221 178 51 44 1 495
Tabla 13: Listado de matrículas en Carrera Menor y Derecho Canónico. 1860-1900

 

Los resultados obtenidos del análisis de los libros de matrícula que custodia el Seminario Metropolitano San Atón de Badajoz nos hacen extraer las siguientes conclusiones:

  • La mayor parte de los colegiales cursó la primera etapa académica, adquiriendo así las herramientas y capacidades básicas para el desenvolvimiento normal y elevando el nivel cultural extremeño. Así, el 53 % de las matrículas pertenecen a Latín y Humanidades, fase formativa elemental y fundamental para reducir el elevado índice de analfabetismo en Badajoz.
  • El 22 % de las matrículas se realizan en Filosofía. Esta etapa más racional y con vistas a la orientación profesional, facilitaba en futuro acceso a estudios superiores. Al concluir obtenían la titulación de bachiller en artes[17].
  • A los estudios universitarios de Teología y Derecho Canónico se recibieron un total de 1748 matrículas, lo que supone casi el 20 % del total de los datos obtenidos. Un índice muy elevado que repercutió notablemente en la elevación del nivel cultural extremeño. Algo menos del 5 % siguieron la Carrera Menor hasta su extinción a principios del siglo XX.

 

Listado de matrículas. 1860-1900
 

Gráfico1: Listado de matrículas. 1860-1900

 

5.- Ratio profesor-alumno

La educación ofertada en el Seminario pacense se distingue por la atención personalizada y por la preocupación individual del avance y aprendizaje de los colegiales. Prueba de ello son las indicaciones del obispo Rodríguez Obregón a los catedráticos y director de estudios[18], a los que instaba a instruir a sus alumnos, esmerándose en el aprovechamiento de la docencia y del estudio personal. Más allá de transmitir conocimientos, el profesor guiaría y acompañaría los procesos educativos, manteniendo asiduo contacto con el rector y superiores para transmitirle sus avances o preocupaciones.

En la misma línea se manifestará el obispo Pantaleón Montserrat Navarro en el Reglamento que mandó observar en el Seminario. Invitaba a ser maestros de virtud y atender personalmente a cada uno de sus pupilos[19].

A partir del año 1866 empezaron a realizarse unos registros de conducta, en el que los catedráticos elaboraban un informe personalizado detallando faltas de asistencia, aplicación del alumnado, comportamiento en clase y aprovechamiento del colegial. Una muestra más de la tutorización personalizada llevada a cabo en el establecimiento[20].

En esta misma línea se manifestó el obispo Ramírez Vázquez al solicitar a los profesores que evaluaran a los alumnos por asignaturas sueltas, en lugar de calificar globalmente el rendimiento del curso al final del año académico[21]. Así se elaboraría la llamada evaluación formativa, proceso por el que se toman las medidas oportunas a lo largo del curso para mejorar el aprendizaje del alumno y que coadyuva a la evaluación sumativa o final. Así, la tasa o relación profesor alumno quedaría del siguiente modo:

 

Matrículas y ratio profesor-alumno por curso académico
Curso académico Total matrículas Media Ratio
1º de Latín y Humanidades 1.291 32,75 alumnos
2º de Latín y Humanidades 1.297 32,42 alumnos
3º de Latín y Humanidades 1.264 31,6 alumnos
4º de Latín y Humanidades 886 22,15 alumnos
1º de Filosofía 940 23,50 alumnos
2º de Filosofía 599 14,97 alumnos
3º de Filosofía 475 11,86 alumnos
1º de Teología 417 10,42 alumnos
2º de Teología 338 8,45 alumnos
3º de Teología 271 6,77 alumnos
4º de Teología 250 6,25 alumnos
5º de Teología 167 4,17 alumnos
6º de Teología 126 3,15 alumnos
7º de Teología 83 2,07 alumnos
1º de Carrera menor 221 5,52 alumnos
2º de Carrera menor 180 4,50 alumnos
1º de Derecho Canónico 167 4,17 alumnos
2º de Derecho Canónico 93 2,32 alumnos
3º de Derecho Canónico 4 2 alumnos
Tabla 14: Matrículas y ratio profesor-alumno por curso académico

6.- Procedencias de alumnos

Atendiendo a la procedencia de los alumnos matriculados en el Seminario Conciliar de San Atón podemos observar, según los registros de matrícula, la extensión geográfica que abarcó el centro educativo. Un total de 375 poblaciones (extremeñas, principalmente) aportaron seminaristas, por lo que se elevaba el nivel cultural de las zonas más rurales. Badajoz se convirtió en la cantera principal de ingreso al Seminario, seguida de Villanueva de la Serena y Villafranca de los Barros.

Listado de principales poblaciones que aportaron seminaristas
Badajoz 328 Higuera de Vargas 46
Villanueva de la Serena 155 Quintana de la Serena 44
Villafranca de Barros 102 Valencia del Ventoso 44
Fuente del Maestre 92 Campanario 43
Salvatierra de Barros 86 Segura de León 42
Montánchez 82 Nogales 41
Salvaleón 79 Berlanga 40
Zafra 75 Esparragosa de Lares 39
Don Benito 71 Higuera la Real 38
Fregenal de la Sierra 70 Bienvenida 36
Almendralejo 67 Hornachos 36
Olivenza 65 Almoharín 35
Montijo 61 Los Santos de Maimona 34
Oliva de la Frontera 61 Ribera del Fresno 34
Fuente de Cantos 59 Jerez de los Caballeros 32
Feria 58 La Parra 32
Almendral 56 Llerena 31
Azuaga 52 Montemolín 29
Barcarrota 52 Puebla de la Calzada 28
Zalamea de la Serena 52 Higuera de la Serena 27
Alburquerque 48 Torre Miguel Sesmero 27
Burguillos del Cerro 48 Villanueva del Fresno 27
Tabla 15: Listado de principales poblaciones que aportaron seminaristas

6.- Conclusiones

La trayectoria educativa del Seminario Conciliar de San Atón contribuyó al crecimiento cultural no solo de la ciudad de Badajoz, lugar en que estaba enclavado, sino en toda la región extremeña. La situación académica española a mediados del siglo XIX hacía aguas en todos los niveles educativos, siendo la segunda enseñanza uno de los pilares más débiles. Las constantes reformas legislativas, los cambios políticos, la situación económica…, no favorecieron el auge de un sistema educativo que fuera impulsor y motor de cambio social.

En estas circunstancias, tras el Concordato entre la Iglesia Católica e Isabel II en 1852, se dictaminó un nuevo Plan de estudios para los seminarios conciliares, amoldándose a la oferta estatal educativa, siguiendo los libros de texto oficiales y manteniéndose la dirección de los centros a las directrices de los obispos.

El Seminario pacense fue punto de referencia en Extremadura en la época analizada. La actualizada normativa de los prelados que guiaron la diócesis orientó el centro a ser cuna de hombres formados integralmente, al servicio de la sociedad y de la Iglesia. Un elevado índice de niños y adolescentes fueron educados en las aulas del establecimiento diocesano, recibiendo las competencias necesarias para su desarrollo personal y cultural.

La educación personalizada llevada a cabo en el Seminario de San Atón queda patente en los registros de matrícula. Los catedráticos no solo transmitían conocimientos a sus pupilos, sino que se preocupaban del estilo de aprendizaje e implementaban métodos didácticos innovadores, como los registros individuales de conducta o la calificación por asignaturas sueltas.

La mayor parte de los pueblos de la provincia de Badajoz y aledañas nutrieron las aulas del establecimiento educativo, haciéndose extensiva la educación ofertada a una población eminentemente rural y necesitada de un impulso cultural que llevara a Extremadura a su máximo esplendor.

Podemos afirmar, por tanto, que el Seminario Conciliar de San Atón adaptó la metodología y la supo aunar a su finalidad propia, la formación de los futuros sacerdotes de la Iglesia diocesana, legando en el camino un gran número de egresados que expandieron la educación recibida allá donde continuaran su trayectoria personal siendo o no presbíteros.

 

Fuentes

Archivo Seminario San Atón:

A.S.M.M.B. Sección gobierno, libro 6, art. 7.

A.S.M.M.B. Sección gobierno, caja 1.

A.S.M.M.B. Sección gobierno, libro 11, fol. 7 vto.

La Gaceta:

10-9-1857, num. 1710.

12-10-1866, num. 285.

12-9-1866, num. 255.

1-3-1879, num. 60.

15-5-1875, num. 135.

25-8-1885, num. 237.

2-7-1876, num. 184.

3-6-1852, num. 6555.

 

Decreto de 29 de septiembre de 1884, en Colección de Leyes referentes a Instrucción pública. Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1890.

Bibliografía

BARRIENTOS ALFAGEME, G.; RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A. Historia de Extremadura. Los tiempos modernos. Badajoz, Universitas, 1985.

BAUTMEISTER, M. Campesinos sin tierra. Supervivencia y resistencia en Extremadura (1880-1923). Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1996.

BLANCO COTANO, M. El primer centro universitario de Extremadura. Historia pedagógica del Seminario de San Atón. Cáceres, Universidad de Extremadura, 1998.

BOHOYO, I.F. Situación social y condiciones de la provincia de Badajoz (1880-1902). Badajoz, Universitas, 1984.

DELGADO, B. (coord.). Historia de la educación en España y América. Madrid, Fundación Santamaría, 1994.

ESCOLANO, A. El libro escolar en la Restauración; el libro escolar en la segunda mitad del siglo XX, en ESCOLAR SOBRINO, H. (dir.). Historia ilustrada del libro español. La edición moderna. Siglos XIX y XX. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996, pp. 371-397.

GONZÁLEZ LOZANO, F. Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón. 1851-1962. Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015.

GURRIA GASCÓN, J.L.; JURADO RIVAS, C.; GRANADOS CLAVER, M. “La población extremeña del siglo XIX al XX”. Revista de Estudios Extremeños, 55/1, (1999).

NADAL, J. La población española. Siglos XVI al XX. Barcelona, Ariel, 1973.

OSSENBACH, G. y SOMOZA, M. (eds.). Los manuales escolares como fuente para la historia de la educación en América Latina. Madrid, UNED, 2001.

PÉREZ ORTIZ, G.; GONZÁLEZ LOZANO, F. “Influencia pedagógica del obispo Fernando Ramírez Vázquez (1865-1890) en el Seminario Conciliar de San Atón”. Ponencia presentada a los XLIV Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo del 21 al 27 de septiembre de 2015.

PÉREZ ORTIZ, G.; GONZÁLEZ LOZANO, F. Tirso Lozano Rubio. Un extremeño al servicio de la sociedad y de la Iglesia. Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2016.

PUELLES BENÍTEZ, M. de. Educación e ideología en la España Contemporánea. Madrid, Labor, 1986.

RUBIO MERINO, P. El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964. Madrid, Maribel, 1994.

SÁNCHEZ PASCUA, F. El instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz en el siglo XIX (1845-1900). Badajoz, Diputación Provincial, 1985.

TIANA FERRER, A. (ed.). El libro escolar, reflejo de intenciones políticas e influencias pedagógicas. Madrid, UNED, 2000.

VILLALAÍN, J.L. Manuales escolares en España. Madrid, UNED, 1997.

Web

http://www.ine.es/inebaseweb/71807.do?language=0 (consultado el 25-4-2016).

 

 

[1] Para un detalle pormenorizado de la situación social, política, económica y cultura de Extremadura pueden consultarse numerosos estudios; entre ellos destacamos: BARRIENTOS ALFAGEME, G.; RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A. Historia de Extremadura. Los tiempos modernos. Badajoz, Universitas, 1985; BAUTMEISTER, M. Campesinos sin tierra. Supervivencia y resistencia en Extremadura (1880-1923). Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1996; GURRIA GASCÓN, J.L.; JURADO RIVAS, C.; GRANADOS CLAVER, M.  “La población extremeña del siglo XIX al XX”. Revista de Estudios Extremeños, 55/1, (1999); BOHOYO, I.F. Situación social y condiciones de la provincia de Badajoz (1880-1902). Badajoz, Universitas, 1984; PÉREZ ORTIZ, G.; GONZÁLEZ LOZANO, F. Tirso Lozano Rubio. Un extremeño al servicio de la sociedad y de la Iglesia. Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2016; NADAL, J. La población española. Siglos XVI al XX. Barcelona, Ariel, 1973.

[2] Estudios sobre la situación escolar pueden encontrarse en: DELGADO, B. (coord.). Historia de la educación en España y América. Madrid, Fundación Santamaría, 1994; PUELLES BENÍTEZ, M. de. Educación e ideología en la España Contemporánea. Madrid, Labor, 1986; SÁNCHEZ PASCUA, F. El instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz en el siglo XIX (1845-1900). Badajoz, Diputación Provincial, 1985.

[3] BLANCO COTANO, M. El primer centro universitario de Extremadura. Historia pedagógica del Seminario de San Atón. Cáceres, Universidad de Extremadura, 1998; GONZÁLEZ LOZANO, F. Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón. 1851-1962. Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015; RUBIO MERINO, P. El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964. Madrid, Maribel, 1994.

[4] PUELLES BENÍTEZ, M. de. Educación e ideología…, o.c., p. 239.

[5] http://www.ine.es/inebaseweb/71807.do?language=0 (consultado el 25-4-2016).

[6] Cfr. La Gaceta, 30-9-1852, num. 6674.

[7] España. Real Decreto de 21 de mayo de 1852, en La Gaceta, 3-6-1852, num. 6555. Art. 1: “Terminado el presente curso académico, quedarán suprimidas las facultades de teología existentes en las Universidades del Reino”. Firmado por Ventura González Romero, Ministerio de Gracia y Justicia. Ese mismo día, un segundo decreto, firmado también por Ventura González Romero del Ministerio de Gracia y Justicia, decretaba lo siguiente: Art. 2: “Quedan enteramente libres los diocesanos para nombrar el rector y los catedráticos de sus respectivos seminarios”.  Art. 3: “En los seminarios conciliares habrá todas las asignaturas necesarias para la carrera de teología hasta el grado de licenciado, limitándose al de bachiller en la facultad de cánones”.  Art. 4: “Los estudios posteriores que sean necesarios para recibir los grados de doctor en teología, este mismo grado y licenciado en cánones se harán precisamente en los seminarios generales centrales”.  Art 6: “Los ordinarios admitirán y recibirán en los seminarios conciliares en clase de alumnos internos el número de jóvenes que juzguen conveniente, según la necesidad y utilidad de las diócesis”.  Art. 7: “No siendo posible, como es notorio, que todos los alumnos de los seminarios sean internos, los diocesanos podrán, según su prudente discreción, admitir en calidad de externos el número de jóvenes necesario para el servicio de sus respectivas diócesis, proponiéndolo a Mi Gobierno y previa su conformidad”.  Art. 10: “Los grados mayores de teología y cánones se conferirán exclusivamente en los seminarios centrales”.  Art. 14: “Los estudios de filosofía, cánones y teología ganados hasta aquí en los Institutos y Universidades del reino, aprovecharán para la carrera eclesiástica como si se hubiesen seguido por los interesados en seminarios clericales”.

[8] Cfr. Ley de Instrucción Pública decretada el 9 de septiembre de 1857, en La Gaceta, 10-9-1857, num. 1710.

[9] España. Real Decreto de 9 de octubre de 1866, reformando los estudios de segunda enseñanza, en La Gaceta, 12-10-1866, num. 285.

[10] Cfr. Constitución de la Monarquía Española decretada y sancionada de acuerdo con las Cortes del Reino, en La Gaceta, 2-7-1876, num. 184.

[11] Cfr. España. Real Decreto de 10 de mayo de 1875, reorganizando los Tribunales de exámenes y determinando la forma en que estos deben verificarse, en La Gaceta, 15-5-1875, num. 135. También España. Real Decreto de 28 de febrero de 1879, dictando varias disposiciones acerca de los Tribunales de examen para los alumnos de los Colegios incorporados a los Institutos, en La Gaceta, 1-3-1879, num. 60.

[12] Cfr. Decreto de 29 de septiembre de 1884, en Colección de Leyes referentes a Instrucción pública. Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1890, p. 239.

[13] Cfr. España. Real Decreto de 18 de agosto de 1885, relativo á los establecimientos de enseñanza libre, la forma de concesión de grados académicos y títulos profesionales, en La Gaceta, 25-8-1885, num. 237.

[14] Antes de regularizar la segunda enseñanza, las facultades universitarias solo exigían los conocimientos básicos de lengua latina, lógica, metafísica y moral que le daban acceso a estudios superiores. Otras materias incorporadas al curriculum, tales como Física, Geografía, Geometría…, no eran indispensable para el inicio del estudio en la Universidad.

[15] Choppin, creador del proyecto francés EMMANUELLE, inició la línea de investigación sobre los manuales escolares. Desde entonces han surgido numerosos estudios relacionados con los libros de texto: ESCOLANO, A. El libro escolar en la Restauración; el libro escolar en la segunda mitad del siglo XX, en ESCOLAR SOBRINO, H. (dir.). Historia ilustrada del libro español. La edición moderna. Siglos XIX y XX. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996, pp. 371-397; OSSENBACH, G. y SOMOZA, M. (eds.). Los manuales escolares como fuente para la historia de la educación en América Latina. Madrid, UNED, 2001; TIANA FERRER, A. (ed.). El libro escolar, reflejo de intenciones políticas e influencias pedagógicas. Madrid, UNED, 2000; VILLALAÍN, J.L. Manuales escolares en España. Madrid, UNED, 1997; VIÑAO FRAGO, A. Aprender a leer en el Antiguo Régimen: cartillas, silabarios y catones, en ESCOLANO, A. (dir.) Historia ilustrada…, o.c., pp. 149-191.

[16] Las fuentes primarias que nos han servido para recabar todos estos datos las encontramos en el Archivo del Seminario Metropolitano San Atón (en adelante A.S.M.M.B.), Sección secretaría, cajas 50-52; además hemos cotejado dichas actas individuales con los 5 libros de matrículas que recogían la mayor parte de los datos anteriores. Junto a dichas fuentes, el Boletín Oficial del Obispado de Badajoz desde 1882 publica las calificaciones de los alumnos.

[17] Cfr. España. Real Decreto de 27 de agosto de 1866, disponiendo que los estudios de segunda enseñanza hechos en los Seminarios conciliares sean válidos para obtener el título de Bachiller en Artes, en La Gaceta, 12-9-1866, num. 255. Recoge la justificación previa a este Real Decreto, en el que se explica la importancia y la trayectoria educativa de los Seminarios en sus respectivas provincias; en ellos se impartían los cursos de filosofía que ahora se denominan “segunda enseñanza” con casi idénticas condiciones que en los institutos.

[18] Cfr. A.S.M.M.B. Sección gobierno, libro 6, art. 7.

[19] Cfr. A.S.M.M.B. Sección gobierno, caja 1.

[20] Cfr. A.S.M.M.B. Sección gobierno, libro 11, fol. 7 vto.

[21] Cfr. PÉREZ ORTIZ, G.; GONZÁLEZ LOZANO, F. “Influencia pedagógica del obispo Fernando Ramírez Vázquez (1865-1890) en el Seminario Conciliar de San Atón”. Ponencia presentada a los XLIV Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo del 21 al 27 de septiembre de 2015.

 

Dic 222016
 

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

Hace quinientos años, la entonces aldea de Madrigalejo debió ver alterado su tranquilo devenir cuando tuvo que acoger a una comitiva muy especial. Bien es cierto que no era todo el séquito que acostumbraba a llevar el rey Fernando el Católico en sus desplazamientos, puesto que, desde su salida de Plasencia, una parte sustancial del acompañamiento ya se hallaba esperándole en Guadalupe. Porque el monarca, con sus más cercanos colaboradores, se había planteado realizar el viaje con gran parsimonia y por caminos mucho más llevaderos, debido a que venía ya bastante enfermo. De Plasencia había salido el día 28 de diciembre de 1515. Atravesó en andas el río Tajo por el puente del Cardenal y no llegó a Jaraicejo hasta el día 2 de enero. Al día siguiente partió la comitiva hacia Trujillo, donde le hicieron un buen recibimiento, con festejo de toros incluido. En esta ciudad descansó varios días, hasta después de la festividad de los Reyes Magos. Siguió camino por Abertura, donde firmó algunos documentos, y a Madrigalejo debió llegar hacia el 14 de enero.

En un paraje muy cercano a esta última localidad, Fernando el Católico sufrió un empeoramiento que obligó a detenerse a la comitiva y fue llevado al mejor edificio del lugar, la Casa de Santa María, donde ya se había alojado en otras dos ocasiones anteriormente. Este edificio pertenecía al Monasterio de Guadalupe y, aunque no era una hospedería, porque se trataba de una casa de labranza desde donde los frailes administraban la importante hacienda agropecuaria que poseían en la zona, sí es cierto que podían alojarse en ella ciertos personajes a quienes no se les podía negar el hospedaje. Y así está también constatada que pernoctaron en la Casa de Santa María otros reyes, como D. Sebastián de Portugal y Felipe II.

Si en un principio se decidió parar con el fin de que el rey recobrara fuerzas y, una vez restablecido, continuara el camino, los días iban pasando y su salud no mejoraba. Ante este contratiempo, el embajador del príncipe Carlos, Adriano de Utrecht, que se encontraba en Guadalupe con la otra parte del séquito, se trasladó rápidamente a Madrigalejo en cuanto tuvo conocimiento de la gravedad del monarca, porque los intereses de su señor podían verse perjudicados. Esto era así porque, a pesar de las conversaciones que recientemente habían mantenido en Abadía, el último testamento que había firmado el Rey en Aranda de Duero en 1515 seguía vigente. En este testamento, como también estaba escrito en el que había firmado en Burgos en 1512, dejaba la gobernación de los reinos a su nieto predilecto, el infante don Fernando, basándose en la incapacidad para gobernar de la reina Juana y porque estaba convencido de que su nieto Carlos no viajaría nunca a España a hacerse cargo del gobierno. Y es que Carlos de Gante, nacido y educado en Flandes, que no conocía las lenguas que se hablaban en España, era considerado como un intruso por su abuelo, el rey de Aragón. Por el contrario, su hermano Fernando había nacido y había sido educado en la corte Castellana, a la vera de su abuelo, que ahora agonizaba en Madrigalejo.

Para velar por la sucesión del príncipe Carlos, Adriano de Utrecht pidió entrevistarse con el Rey en estos momentos tan delicados. D. Fernando dijo que se fuera, que no quería verle. “No viene sino a ver si muero[1]”, dijo. Sin embargo, al final, y gracias a la intervención de los Consejeros, le recibió. La entrevista fue muy breve y le encargó que regresara a Guadalupe, que allí se encontrarían y retomarían las conversaciones en unos días, porque el Rey no era consciente del estado tan crítico en el que se encontraba.

Se enteró de la gravedad de su situación cuando los físicos le comunicaron que había llegado el momento de solucionar los asuntos que tuviera pendientes en el cielo y en la tierra. Entonces llamó a su confesor, Fray Tomás de Matienzo, y con él se confesó muy despacio. Después llamó a sus Consejeros, el doctor Galíndez de Carvajal y los licenciados Vargas y Zapata, y con ellos tuvo una reunión que fue transcendental.

En esta reunión se trataron asuntos claves para el futuro de los reinos. Se pusieron sobre la mesa los peligros que podía ocasionar que el infante don Fernando asumiera la gobernación de los reinos. En primer lugar, por la corta edad del infante (doce años tenía entonces), porque estaría su voluntad en manos de los poderosos que mirarían más por sus intereses que por los de la Corona. Además, porque al ser el segundo en el orden sucesorio podía disputar el trono a su propio hermano, lo que conllevaría una gran inestabilidad y podría desencadenar una guerra civil entre los partidarios de uno u otro hermano. Los Consejeros hicieron ver al monarca que todo por lo que habían luchado y todo lo que habían conseguido los Reyes Católicos durante su largo reinado podía perderse. En ese momento, el Rey decidió otorgar un nuevo testamento.

Continuó la reunión tratando sobre la gobernación de los reinos cuando falleciera don Fernando. Estuvieron de acuerdo que correspondía asumirla a quien estaba llamado a ser el sucesor, el príncipe Carlos. Y en el tiempo de espera entre la muerte del Rey y la llegada del Príncipe a los reinos hispánicos, asumiría la regencia de la Carona de Aragón el Arzobispo de Zaragoza, don Alonso de Aragón, hijo ilegítimo del Rey, mientras que el Cardenal Jiménez de Cisneros lo haría en los reinos Castellanos.

Todos estos acuerdos se trasladaron a los escribanos para que redactaran el testamento, quienes acuciados por las prisas se pusieron a trabajar de inmediato, “porque el mal del Rey se agravaba y la escritura no era pequeña[2]”. Mientras tanto, el día 21, también se redactaron y firmaron otros documentos importantes. Y ese mismo día 21, la reina Germana llegó a Madrigalejo con el tiempo justo para despedir a su esposo. Por fin, al atardecer del día 22, el rey Fernando el Católico firmó su último testamento, recibió la Santa Unción y, poco después, entró en agonía.

El Rey falleció en la madrugada del día 23 de enero de 1516, vestido con el hábito de Santo Domingo. Ese mismo día se abrió el testamento que había sido firmado unas horas antes y, tras haber sido practicado la correspondiente evisceración al cadáver del Rey, éste emprendió el camino hacia Granada, con un escaso séquito, para ser enterrado junto a la reina Isabel la Católica en el convento de San Francisco de la Alhambra hasta que pudieran ser trasladados a la Capilla Real de la catedral granadina, que estaba en construcción, donde reposan en la actualidad.

La casa de Santa María siguió ejerciendo su función hasta que, a mediados del siglo XIX, cuando se hicieron efectivas las leyes desamortizadoras, fue expropiada por pertenecer a la Iglesia al ser propiedad del Monasterio de Guadalupe. Estuvo abandonada durante cuatro años, en los que fue expoliada, y después se parceló y se vendió como solares, en los que se construyeron un buen número de viviendas. De la antigua edificación del siglo XIV sólo se conservó una cámara, la única que no fue destinada a vivienda, sino que fue utilizada como almacén y como pajar, y a duras penas ha podido llegar hasta nuestros días.

Por tanto, con la Desamortización, se produjo el desmantelamiento de la Casa de Santa María y, con ello, el hecho mismo de la muerte del Rey había caído en el olvido. Bien es verdad que, en la memoria colectiva del pueblo, seguía viva la leyenda de la muerte del Rey. Según la leyenda, Fernando V (pues aquí siempre fue el V y no el Católico) había muerto al caerse del caballo o de la carroza, según la versión, por el susto que se había llevado cuando bajaba la cuesta de la Cruz de los Barreros. Hay que aclarar que esta cuesta dista mucho de ser ningún precipicio; sin embargo, algo debió pasar en aquel entorno para que haya sobrevivido esta historia, transmitida de generación en generación, hasta nuestros días. Quizás ocurrió que en la Cruz de los Barreros se produjo el repentino empeoramiento del monarca.

Y después de más de un siglo de olvido, 1952 fue un año importante en la recuperación de la memoria de la muerte de Fernando el Católico en Madrigalejo. Entre abril de 1951 y marzo de 1952 se celebró oficialmente a nivel nacional el V Centenario del Nacimiento de los Reyes Católicos, y el Ayuntamiento de Madrigalejo se unió a aquellas celebraciones el 23 de enero de 1952, efemérides de la muerte de Fernando el Católico, con una serie de actos y la presencia de importantes personalidades. Todo ello fue preparado por el entonces secretario del Ayuntamiento, D. Ubaldo Rubio Calzón, siendo alcalde D. Francisco Gómez Lozano de Sosa[3]. De aquellas celebraciones, quizás lo más importante para recuperar del olvido un hecho tan significativo fue el trabajo científico realizado por D. Ubaldo Rubio, basado en el manejo de una bibliografía y unos documentos básicos, que ha sido esencial para revalorizar aquellos importantes acontecimientos. En la localización de la bibliografía y de los documentos contó con la inestimable ayuda de su hermano, el agustino Padre Luciano Rubio, bibliotecario entonces en el Real Monasterio del Escorial.

Todo lo que ha sido expuesto hasta ahora[4] ya fue objeto de estudio en este mismo foro, en los primeros años de andadura de los Coloquios Históricos de Extremadura. Pues en 1971, Lorenzo Rodríguez Amores presentó el trabajo “La Casa de Fernando el Católico en Madrigalejo”. Pocos años después, Waldo Rubio Calzón contribuyó con dos ponencias sobre el mismo tema: en 1977, con el artículo titulado “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el rey Don Fernando V, el Católico, y Documentos que firmó”, y al año siguiente, con “La Casa de Nuestra Señora de Guadalupe en Madrigalejo”.

Puede decirse que 1971 fue otro año clave en el asunto que estamos tratando, concretamente para la conservación del único resto que quedaba de la antigua Casa de Santa María. En el trabajo presentado en los Coloquios[5] ese año, Lorenzo Rodríguez Amores, al referirse a la Casa de Santa María, decía: “…El estado actual de este histórico recinto es lamentable, queda un trozo con tapias y maderas antiguas, y corre peligro que desaparezca (…) Señores, yo les pido ayuda para rescatar esta reliquia y les emplazo para que interesen a todos los Organismos especialmente aquí representados…” Y terminaba diciendo: “Señores, tengo ilusión de que en estos Coloquios saldrá la iniciativa de restauración de la Casa de Santa María y se recabe para el pueblo el TÍTULO DE REAL VILLA DE MADRIGALEJO”.

Este fue el primer llamamiento de muchos que vinieron a continuación. A partir de ese momento, comenzó un movimiento encaminado a trabajar en dos direcciones. Por una parte, lograr que la Casa de Santa María fuera declarada Monumento Nacional y, por la otra, denunciar y airear el estado de abandono en el que se encontraba el edificio y su amenaza de ruina.

Las gestiones para el reconocimiento de Monumento Nacional se iniciaron ese mismo año de 1971 y las llevó personalmente Lorenzo Rodríguez Amores[6]. Las primeras noticias oficiales no se reciben hasta 1976. Con fecha de 13 de mayo, el Director General del Patrimonio Artístico y Cultural comunica al Delegado Provincial de Educación y Ciencia de Cáceres[7] lo siguiente:

 

“Vista la propuesta formulada por los servicios Técnicos correspondientes, ESTA DIRECCIÓN GENERAL ha acordado:

1º.-Tener por incoado expediente de declaración de Monumento Histórico Artístico con carácter Provincial, a favor de los Restos de la “Casa de Santa María” en Madrigalejos (Cáceres),

2º.-Conceder trámite de audiencia en el momento oportuno a cuantos tengan interés en el expediente instruido a tal efecto.

3º.-Hacer saber al Ayuntamiento de Madrigalejos que de conformidad a lo dispuesto en el artículo 17 de la Ley de 13 de mayo de 1933 y artículo 33 de la misma, todas las obras que hayan de realizarse en el Monumento cuya declaración se pretende deben ser sometidas a conocimiento y autorización de esta Dirección General.”

 

Esta notificación tiene su importancia porque implicaba que el edificio ya estaba protegido por las leyes de conservación de Patrimonio. Aunque no fue hasta 1980 cuando, por el real decreto 594/1980 de 22 de febrero fue declarado Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional la “Casa de Santa María” en Madrigalejo (Cáceres)[8], nueve años después de haberse iniciado los primeros trámites.

Paralelamente a esas gestiones, se estuvieron llevando a cabo una serie de llamamientos destinados a denunciar y a tomar conciencia sobre el lamentable estado de conservación en el que se encontraba el histórico lugar. Con esta finalidad, el Colegio Nacional Fernando el Católico organizó una preciosa actividad escolar que involucraba a sus alumnos. Estos, entre mayo y junio de 1972, escribieron una serie de cartas a diversas instituciones y personalidades, entre ellas al Ministro de Información y Turismo[9], a Su Alteza Real el Príncipe de España[10], a la Real Academia de la Historia[11] y al Instituto de Cultura Hispánica[12]. De todas las cartas enviadas se obtuvieron algunas buenas palabras y poco más, pues las peticiones no se encontraban entre sus competencias. Sólo una de las misivas tuvo un resultado concreto. Con fecha del 6 de julio la Directora del colegio, Dª Rosa Vellón Velasco, recibió una comunicación del Delegado Provincial del Ministerio de Información y Turismo ofreciendo una audiencia en la que tratarían sobre el asunto. La reunión estaba emplazada para la semana siguiente en la Delegación Provincial de Cáceres. No tenemos noticias si salió algo de aquel encuentro, lo que sí podemos decir es que se estaba hablando de ello, lo que suponía ya un paso. Algo se iba moviendo.

El 25 de julio de 1974, en la portada del periódico regional HOY, podía leerse el titular “En Madrigalejo, se vende la casa donde murió Fernando el Católico”. En su interior apareció una entrevista a Lorenzo Rodríguez Amores hablando de la Casa de Santa María, de los hechos históricos que en ella ocurrieron, del estado en el que se hallaba el edificio y terminaba con el mismo llamamiento que ya había hecho en los Coloquios de Trujillo[13]. A los pocos días, el diario ARAGÓN-ESPRÉS se hizo eco de la noticia en el apartado “Temas candentes”. Decía el titular: “Les pido ayuda para rescatar esta reliquia”, con referencia a la casa donde murió Fernando de Aragón[14]. También el Noticiero de Zaragoza reprodujo el reportaje del HOY[15].

A partir de entonces se recibieron algunas ofertas, entre ellas una donación de los dueños del inmueble (D. Luis Fraile y Dª Justa Ciudad) al Ministerio, concretamente a la Dirección General de Patrimonio Artístico y Cultural[16], pero ninguna cuajó. El tiempo pasaba, y la situación iba empeorando. Por aquellos años, la empresa Hidroeléctrica Española se encontraba rehabilitando el Conventual de San Benito en Alcántara y, en los contactos propios de las obras con la Delegación Provincial de Cultura, esta compañía tuvo conocimiento de que el edificio donde había fallecido el rey Fernando el Católico estaba en venta[17]. Fue entonces cuando la Casa de Santa María fue adquirida en propiedad por Hidroeléctrica Española y enseguida dieron comienzo los trámites oportunos para las obras de restauración y rehabilitación.

Por fin, en 1984, puede decirse que se había logrado el objetivo por el que tanto se había luchado y la Casa de Santa María estaba salvada y restaurada. El proyecto, hasta el último detalle del mobiliario, y la dirección de las obras corrieron a cargo del arquitecto D. Miguel de Oriol e Ybarra, ligado familiarmente a la empresa eléctrica. En la restauración, se respetó lo que aún quedaba en pie: los muros y las grandes vigas de madera que soportaban la techumbre de una sala rectangular (de unos cien metros cuadrados), precedida de un pequeño vestíbulo. Lo prioritario era enderezar el muro principal, pues estaba venciéndose hacia afuera. Durante meses y con la ayuda de unos fuertes estribos, se fue llevando la pared a su sitio hasta que quedó totalmente corregida. La fachada exterior se remató enluciendo el muro y pintándolo de blanco siguiendo la estética de las casas colindantes, excepto un buen trozo del esquinazo y de la fachada menor, que ha quedado como testigo visible de los antiguos materiales con los que está construido el edificio.

El espacio interior que nos había llegado era tan humilde y se encontraba tan arruinado que fue necesario un adecentamiento radical. En su rehabilitación se emplearon materiales tradicionales como las losetas de barro cocido con las que se cubrió el suelo y los azulejos talaveranos que sirvieron para vestir los paramentos.

En la recuperación de la sala tienen especial protagonismo los azulejos de cerámica, pues en ellos, D. Miguel de Oriol plasmó todo un programa de contenido simbólico que es una verdadera lección de Historia[18], en donde se destacan la importancia de los hechos que se vivieron en este mismo lugar en 1516 y la trascendencia del reinado de los Reyes Católicos. Los elementos gráficos que nos ilustran en esta estancia consisten en un friso de castillos, que se encuentra dispuesto alrededor de todo el perímetro superior de la sala; un gran escudo de los Reyes Católicos, situado en uno de los frentes menores; una representación del mapa de América con los pueblos amerindios, que podemos contemplarlo en la pared opuesta; una enorme cartela con un texto de Gonzalo Fernández de la Mora relatando los hechos ocurridos en Madrigalejo en 1516, flanqueada por los escudos de Aragón y de Castilla, que ocupan uno de los paramentos mayores, y, justamente enfrente, tenemos la imagen de la Virgen de Guadalupe, porque el edificio pertenecía a este Monasterio en el momento del fallecimiento del Rey. Y como elemento que aglutina todos esos temas, una decoración inspirada en los grutescos del estilo Plateresco enmarca cada uno de los paneles.[19]

Son muy significativas las palabras del D. Miguel de Oriol para explicar el friso de los Castillos: “Recuerdo los documentos que estudié para ornamentar tan modestísimo espacio. Las banderas de aquel entonces no servían: presidían banderías y lo que yo buscaba era un símbolo de concordia, de unión. La única expresión material presente en todas las regiones de España recién unificada era el “castillo” que, construido en todos y cada uno de sus escenarios reconquistados, defendía a los guerreros: la guerra había sido el singular nexo entre españoles. Así que me dibujé una extensa colección de los más famosos para componer la cenefa cerámica que habría de culminar el zócalo perimetral”[20]. Esta explicación nos introduce en el periodo final de la Edad Media, que está representado en los ochenta y cuatro castillos del friso, cuando el territorio peninsular estaba dividido en unos reinos que llevaban una trayectoria desigual, aunque tenían un objetivo común: el de echar al invasor en ocho siglos de Reconquista. Porque los castillos fueron claves en la Reconquista, tanto en el avance y en el retroceso de las fronteras, como en la fijación de población en los territorios recuperados. Y por supuesto, no podemos dejar de ver también en estas fortalezas la expresión gráfica del poder económico y político creciente de la nobleza que caracterizó al medievo.[21]

Llama la atención, por su colorido y por su tamaño, el escudo de los Reyes Católicos. Es la plasmación visual de la soberanía que ejercieron Isabel y Fernando y en él está presente su gran proyecto: la “unión de reinos”. Las armas de las coronas de Castilla y de Aragón se exhiben en el blasón y lo hacen por partida doble. En el primer y en el cuarto cuadrante encontramos las figuras que representan a los reinos de Castilla y León, mientras que los cuarteles segundo y tercero reproducen las armas de Aragón y de Sicilia. El sentido de esta repetición se encuentra en que tanto el Rey como la Reina eran monarcas de cada uno de esos reinos. Y cuando tras la conquista de Granada, el territorio nazarí fue incorporado a la corona de Castilla, su símbolo fue agregado al escudo, por eso aparece una granada en el entado. El reino de Navarra se incorporaría en 1515, cuando la reina Isabel ya hacía años que había fallecido, por eso no se representa en el escudo de los Reyes Católicos.[22]

Además, el blasón nos informa de mucho más. En el timbre, la corona abierta nos habla del poder que detentan los monarcas. También la voluntad de poder y el respeto de los reyes se expresa en el águila de San Juan Evangelista que soporta el escudo, pero asimismo es una aportación de la reina Isabel, pues el águila ya estaba presente en su escudo personal porque, desde niña, tenía una devoción especial hacia este evangelista. Este símbolo refleja una nueva forma de gobernar, abandonando las fórmulas feudales y estableciendo la monarquía autoritaria, basada en el poder del rey y en el respeto a las leyes y a los fueros.[23]

Las divisas personales de los Reyes a ambos lados del escudo, en la parte inferior, nos remiten a los juegos galantes medievales. El yugo con el nudo gordiano cortado de Fernando es el homenaje a su esposa Isabel, jugando con las iniciales de “Yugo” e “Ysabel”, que en la grafía de la época se escribía con Y. Pero también es la expresión del criterio de actuación de Fernando: la razón de estado, porque tanto da cortar que desatar. Asimismo las flechas son el homenaje de Isabel a su esposo, con la común F en las iniciales de “Fernando” y de “Flechas”.[24]

La presencia del mapa del continente americano en el interior de la Casa de Santa María, utilizando de nuevo palabras de D. Miguel de Oriol, es un “recordatorio que sitúa a España como corazón emocional y geográfico de los descubrimientos transoceánicos”[25]. De todos es conocido que el descubrimiento y colonización de América es uno de los grandes hechos de la Historia universal, que comenzó con los Reyes Católicos. Y el mapa “pretende ser un testimonio de respeto y un homenaje mudo a los pueblos amerindios, aquellos que vivían en tribus o en imperios organizados cuando llegaron los españoles y que tuvieron que romper, bruscamente, el proceso de su evolución histórica y afrontar la experiencia de la aculturación. Pero también respeto y homenaje a aquellos españoles que hicieron posible, con escasos medios, la incorporación de todo un  continente a la civilización occidental”[26].

Además, la simbología concebida por el arquitecto-restaurador también está presente en el mobiliario que él mismo diseñó. En el centro de la estancia situó una gran mesa de cristal con varias sillas alrededor para que se sentaran representantes de las autonomías[27], sobre una gran alfombra con los emblemas de las Órdenes Militares de Alcántara, Santiago, Calatrava y Montesa en las esquinas. Y en la puerta de acceso, un ramillete de granadas de bronce, obra del escultor Francisco López[28], recibe y despide al visitante, clara alusión a la conquista de Granada y a la salida del cadáver regio de este edificio hacia la ciudad donde sería enterrado.

Concluyendo: después de todos los avatares por los que ha ido pasando un lugar tan emblemático para la Historia de España como es la Casa de Santa María de Madrigalejo, por ser donde el rey Fernando el Católico firmó su testamento definitivo y donde falleció, podemos decir que se pudo frenar la deriva de desaparecer que llevaba, que se logró proteger con las leyes que cuidan los monumentos, que se restauró y que, con esta rehabilitación, se ha incrementado nuestro patrimonio. Asimismo, junto a los restos de la Casa de Santa María, se han incorporado recientemente dos edificios colindantes: uno es la sede del Museo Municipal y, en el segundo, se ha construido un centro de interpretación, y donde puede contemplarse otro resto del antiguo edificio que ha sido recuperado recientemente: su aljibe. Por tanto, cuando en este año de 2016 estamos celebrando el V Centenario de la muerte del rey Fernando el Católico, podemos mostrar con orgullo el testimonio material donde sucedieron aquellos acontecimientos. Y para que todo ello haya sido posible tuvo mucho que ver el llamamiento que, desde este foro de los Coloquios Históricos de Extremadura, hizo Lorenzo Rodríguez Amores en la comunicación titulada: “La Casa de Fernando el Católico en Madrigalejo”, en 1971.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

-S. LÓPEZ-LAGO ROMERO: “Se vende la Casa donde murió Fernando el Católico”. Diario HOY. 25- julio-1974.

-“Se restaura la Casa donde murió Fernando el Católico”. Diario HOY. 8-octubre-1984.

– A. LORO CARRANZA y G. RODRÍGUEZ CEREZO: “La Casa de Santa María de Madrigalejo: una pequeña lección de Historia”. Revista del Ateneo de Cáceres. Nº 13. Abril, 2013.

– M. de ORIOL e YBARRA: “Ropa tendida”. Diario ABC. Sección Tribuna. Martes, 1 de agosto de 2000.

-“La Patria”. En la Tercera de ABC. 29 de noviembre de 2011.

-Cayetano ROSELL: Crónicas de los Reyes de Castilla desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos don Fernando y Doña Isabel. En BIBLIOTECA de AUTORES ESPAÑOLES, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. TOMO III. Editor, M. Rivadeneyra. Madrid, 1878.

-L. RODRÍGUEZ AMORES: Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf editores. Badajoz. 2008.

-“La Casa de Fernando el Católico en Madrigalejo”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1971.

-G. RODRÍGUEZ CEREZO: “Sobre la Casa donde murió Fernando el Católico”. Revista del Ateneo de Cáceres. Nº 12. Junio, 2012.

-W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el rey Don Fernando V, el Católico, y Documentos que firmó”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1977.

-“La Casa de Nuestra Señora de Guadalupe en Madrigalejo”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1978.

 

APÉNDICE FOTOGRÁFICO

 1. Fernando el Católico

2. Cuesta de Cruz de los Barreros

 

3. Facsimil del Testamento del Rey.

 

4. Exterior de la casa de Sta María antes de la restauración

5. Interior de la casa de Sta María antes de la restauración

6. Inscripción de la restauración de la Casa de Sta María

7. Exterior de la casa de Sta María

8. Cartela con la inscripción de G. Fernández de la Mora

9. Escudo de los RRCC

10. Mapa de América

11. Vista general del interior de la casa de Sta María

12. Racimo de granadas de la puerta de acceso

Bibliografía

[1]Cayetano ROSELL: Crónicas de los Reyes de Castilla desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos don Fernando y Doña Isabel. En BIBLIOTECA de AUTORES ESPAÑOLES, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. TOMO III. Editor, M. Rivadeneyra. Madrid, 1878.

[2] Ibidem.

[3] W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el rey Don Fernando V, el Católico, y Documentos que firmó”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1977.

[4] L. RODRÍGUEZ AMORES: Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf editores. Badajoz. 2008. Y “La Casa de Fernando el Católico en Madrigalejo”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1971.

  1. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el rey Don Fernando V, el Católico, y Documentos que firmó”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1977. Y “La Casa de Nuestra Señora de Guadalupe en Madrigalejo”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1978.

[5] L. RODRÍGUEZ AMORES: “La Casa de Fernando el Católico en Madrigalejo”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 1971.

[6] L. RODRÍGUEZ AMORES: Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Op. cit. Pág. 192.

[7] Registro de entrada en la Delegación Provincial de Educación y Ciencia de Cáceres, nº 8256, con fecha de 26 de mayo de 1976.

[8] B.O.E. 2 de  abril  de  1980. El Delegado de Cultura de Cáceres que había abierto el expediente fue D. Teófilo González Porras, que estuvo en el cargo entre marzo de 1978 y junio de 1983.

[9] Contestó el Director General de Promoción del Turismo, Esteban Bassols, remitiendo al Delegado Provincial en Cáceres

[10]Entonces era el príncipe D. Juan Carlos. La contestación la firma el Coronel Alfonso Armada y alega la falta de fondos para poder ayudar.

[11] Contesta el secretario perpetuo de esta institución, Julio Guillén, poniendo el caso en conocimiento de la Dirección General de Bellas Artes.

[12] Firma la respuesta el secretario Técnico, Luis Hergueta, remitiendo al Director General de Bellas Artes.

[13] El reportaje, firmado por Soledad López-Lago Romero, aparecía en la página 9.

[14] Aragón Exprés. 29 de julio de 1974.

[15] HOY. 8 de octubre de 1984. Pág. 11.

[16] Ibidem.

[17] Información proporcionada por D. Teófilo González Porras, entonces Delegado Provincial de Cultura.

[18] A. LORO CARRANZA y G. RODRÍGUEZ CEREZO: “La Casa de Santa María de Madrigalejo: una pequeña lección de Historia”. Revista del Ateneo de Cáceres. Nº 13. Abril, 2013.

[19] Ibidem.

[20] M. de ORIOL E YBARRA: “Ropa tendida”. Diario ABC. Sección Tribuna. Martes, 1 de agosto de 2000.

[21] A. LORO CARRANZA y G. RODRÍGUEZ CEREZO: “La Casa de Santa María de Madrigalejo…” Op. cit.

[22] Ibidem.

[23] Ibidem.

[24] Ibidem.

[25] M. de ORIOL e YBARRA: “La Patria”. En la Tercera de ABC. 29 de noviembre de 2011.

[26] Cita extraída del artículo de A. LORO CARRANZA y G. RODRÍGUEZ CEREZO: “La Casa de Santa María de Madrigalejo…”

[27] M. de ORIOL E YBARRA: “Ropa tendida”. Diario ABC. Op. cit.

[28] M. de ORIOL e YBARRA: “La Patria”… Op. cit.

Dic 212016
 

Dr. Juan Carlos Rodríguez Masa.

juancarlosrm@unex.es

  1. Introducción

La asistencia social y en particular los servicios hospitalarios suscitaron en todas las etapas de la historia eclesiástica grupos organizados dedicados especialmente a esta función. La mayor parte de estos grupos se configuraron como cofradías, pero un pequeño número tuvo un desarrollo mayor y consiguió cristianizar en familiar religiosa propiamente dicha, es decir, una institución de derecho pontificio, con regla y constituciones propias y organización jerárquica y geográfica. Durante la Edad Media europea se consolidaron varias de estas familias-órdenes hospitalarias, entre las que destacó la Orden de San Antonio Abad que perduró hasta los tiempos modernos[1].

La Orden Hospitalaria de San Antón, los Antonianos[2] en el habla popular, no sólo auxiliaba a los peregrinos y caminantes, fundamentalmente en los pasos alpinos, sino que también albergaba y cuidaba a los enfermos que padecían dolencias cutáneas contagiosas: peste, lepra, sarna, enfermedades venéreas, y, particularmente, el llamado fuego de San Antón[3].

La enfermedad denominada fuego de San Antón (ignis sacer, mal de los ardientes o culebrilla) tuvo varios episodios epidémicos y causó grandes estragos en la Europa de los siglos X al XV, cuyo síntoma característico era la aparición de una especie de gangrena de las extremidades y un “fuego” abrasador en todo el cuerpo, causado por la oclusión arterial, que en los casos más graves la carne se tornaba “seca y negra” y los miembros quedaban “momificados”.

A partir del año 1492, tras el final de la Reconquista y la reunificación del Estado, los Reyes Católicos impulsaron una nueva política hospitalaria con la que intentaron mejorar la asistencia prestada durante la Edad Media. Se debe reconocer a Isabel y Fernando la voluntad por extender una importante red de Hospitales públicos, entre los que destacamos, los pertenecientes a la Orden de San Antón.

Los monjes Antonianos lograron durante varios siglos, gracias al favor de los soberanos católicos, una considerable expansión de varias decenas de casas hospitalarias por todos los reinos españoles. Del mismo modo, disfrutaron de diversos privilegios Reales “por la gran devoción y reverencia que sentía por el Santo”. El Real Privilegio más importante que se conserva concedido a los Antonianos, que conocemos gracias a una confirmación de los Reyes Católicos[4], fue la orden que permitió a los Antonianos recorrer, exentos de tributos, y acompañados de puercos, campanillas, bacines y atabaques, los lugares del Reino y pedir limosna para el mantenimiento de sus encomiendas y hospitales[5], conocida esta costumbre como “la demanda de San Antón”[6], práctica que recorrió, durante varios siglos, la mayoría de “ciudades, villas y lugares del Reino”.

Los demandadores de limosnas recorrían la zona que constituía la jurisdicción de su encomienda. Entre las diversas encomiendas dependientes de la Preceptoría General de Castrogeriz (Burgos), se hallaba el Hospital de San Antón de Salamanca, cuya casa-hospital tenía demanda en los obispados extremeños de Coria, Plasencia, Badajoz y la Serena.

 

  1. El fuego sacro o fuego de San Antón

Los habitantes de nuestra geografía, así como los lugareños de nuestros municipios otorgan a San Antonio Abad o San Antón, el patronato sobre los animales y señor del fuego, pero esto no fue así desde el principio, donde la devoción resulta más próxima a los cánones eclesiásticos que a los que se suponen populares[7].

La devoción a San Antonio Abad[8], también conocido como Antonio El Grande o El Magno[9], y más popularmente como San Antón, por popular que pueda llegar a ser, tiene como referencia una serie de motivos proporcionados y difundidos por las narraciones eclesiásticas. Su hagiografía[10], transmitida principalmente por la obra La Vida[11] del insigne patriarca San Atanasio de Alejandría[12], presenta la figura de un hombre que crece en santidad y lo convierte en modelo de piedad cristiana. La Vita de San Atanasio decía que los demonios se disfrazaban de otros ermitaños, este motivo ha sido un buen pretexto para hacer de la visibilidad del mal una trasgresión. Las Tentaciones de San Antonio han sido motivo de inspiración de los artistas desde el Renacimiento, y continúan siéndolo hasta la actualidad. Baste recordar algunos de los artistas más significativos que han llevado el tema al lienzo como El Bosco[13], Teniers, Patinir o Dalí entre otros.

Hay dos Sanantones en los altares. Uno es veterinario, protector de los animales domésticos, cuya festividad se celebra el 17 de enero, donde los ritos de fertilidad[14] o ritos entorno al fuego, se convierten en verdaderos protagonistas, cuyas virtudes consisten en purificar las almas o protegerlas contra “seres misteriosos”. Otro es médico, patrono de una Orden Hospitalaria que se dedicó a curar los enfermos del fuego sacro mediante la aplicación de hierbas medicinales y una sana alimentación, con pan de harina no contaminada, buen vino y jamón, logrando el alivio e incluso la recuperación del enfermo.

              El consumo de pan de centeno contaminado por cornezuelo[15] conducía al llamado “fuego sacro”, “mal de los ardientes” o “fuego de San Antón”, alusiones todas ellas con las que se nombraba al ergotismo[16], una enfermedad que se caracterizaba por la aparición de la gangrena de los miembros, trastornos del sistema nervioso central y finalmente la muerte[17].

El “fuego de San Antón”, introducido en Europa hacia el año mil, pronto se extendió por todo el continente. Para finales del siglo XI, se conocía bastante bien sus terribles efectos, esta enfermedad llegó a ser una epidemia en la Edad Media[18]. El ergotismo[19] o “fuego sacro” presentó un carácter epidémico en repetidas ocasiones durante gran parte de la Edad Media. El ergotismo se presentaba bajo dos manifestaciones: el ergotismo convulsivo y el ergotismo gangrenosos. En el ergotismo gangrenoso el enfermo inicialmente se quejaba de una debilidad general acompañada de dolores en los miembros. A medida que pasaban las semanas, el pie o la mano aparecían inflamados. Seguidamente, aparecían violentos dolores en los miembros afectados semejantes a una quemadura, esta dolencia era el fuego sagrado (ignis sacer) o fuego de San Antonio.

El ergotismo era una afección que se cebaba amplia y fundamentalmente con la población humilde, hambrienta y menesterosa, sobre todo en los momentos de escasez de alimentos[20]. El “fuego de San Antón” tenía para su curación, como es lógico en ese momento, connotaciones religiosas y médicas. Se consideraban ligado a un “castigo divino”. Hay que tener en cuenta que la enfermedad dependía, en buena medida de Dios y, evidentemente, del comportamiento humano, donde mediante un ritual, los mojes Antonianos convertían las cosas en sagradas y generaban salud y salvación. Estos Hermanos Hospitalarios de San Antonio sirvieron a los enfermos, los pobres, los abandonados y los huérfanos, en sus propios hospitales e hicieron grandes contribuciones a la Enfermería, gracias a la gran experiencia adquirida en el cuidado de los enfermos del “fuego del San Antón” mediante la utilización de una serie de procedimientos resolutivos que trataban de poner fin práctico a la enfermedad.

  1. La Orden Hospitalaria de San Antón en la Edad Media

Durante el periodo medieval las Órdenes Militares[21] tenían muy claro su doble función: la defensa del reino frente a los musulmanes y la labor asistencial[22], ésta última, dividida en atención espiritual y hospitalidad[23]. El significado de hospitalidad[24], como las instituciones (hospitales) que se dedican a practicarla, ha ido evolucionado a lo largo del tiempo[25]. Los orígenes asistenciales se situaron en Jerusalén[26], esta dedicación, englobada en una red de conventos, encomiendas y prioratos, se extendería por toda la cristiandad latina. Aproximadamente, hasta el siglo XVI, las Órdenes Militares mantuvieron su carácter religioso-militar[27] y fueron determinantes en el asentamiento, difusión y evolución de los establecimientos hospitalarios[28]. Asimismo, fueron las primeras en crear instituciones en las que se prestaba cuidados a los pobres y se facilitaba alojamiento a quienes se dirigían a grandes centros de peregrinación[29].

Los siglos XI y XII se caracterizaron por una extraordinaria progresión de fundaciones hospitalarias y caritativas en todo el Occidente. Durante las Cruzadas se fundaron numerosas órdenes religiosas, cuyo propósito era el cuidado de enfermos[30]. Asimismo, en las rutas de peregrinación se llevaron a cabo por parte de determinadas órdenes religiosas la fundación de albergues y hospitales cuya misión principal era proporcionar asistencia a los peregrinos. Algunas de estas órdenes hospitalarias fueron los hospitalarios de San Lázaro (Montpellier 1120), los hospitalarios del Espíritu Santo o Hermanos de la Paloma y la Orden de Canónigos Regulares Agustinos de San Antonio Abad, llamados popularmente Antonianos[31]. Bajo el patronato de San Antonio se designan una serie de órdenes que podemos dividir en dos grandes bloques: Antonianos de Oriente[32] y Antonianos de Occidente, éstos últimos, extendidos por toda Europa y el Nuevo Mundo.

 

3.1. El posible origen de la Orden Hospitalaria de San Antón (Siglo ¿XI?)

Hasta la fecha y según la bibliografía disponible[33], la Orden Hospitalaria de San Antonio Abad (llamados popularmente Antonianos) tiene su origen a finales del siglo XI en Francia[34], debido a la curación milagrosa del hijo de un noble delfines llamado Gastón de Valloire que ante la gravedad de su hijo, que había enfermado del llamado Fuego de San Antonio, prometió al Santo que si éste sanaba fundaría un hospital anejo a su iglesia de la ciudad.

En el 1070, varios años antes del nacimiento de la nueva orden hospitalaria[35], las reliquias del Santo Ermitaño, procedentes de Oriente (veneradas desde el siglo VI en Alejandría y consecutivamente en Constantinopla), son trasladadas desde Bizancio a Francia[36] a manos de un caballero francés llamado Jocelyn[37], Señor de Castronovo, Albenciano y la Mota de San Desiderio[38], quien había estado luchando como cruzado en Constantinopla, allí las recibió de manos del emperador como regalo por los servicios prestados tras su viaje a Tierra Santa. El interés de este caballero francés por conseguir las reliquias de Antonio El Ermitaño, es debido a la curación del mismo, al parecer por intercesión directa del Santo tras ser gravemente herido durante una batalla[39].

Dichas reliquias se colocaron inicialmente en la Iglesia Parroquial de Santa María, localizada en la Villa de San Desiderio. En el 1074, las reliquias del Santo se trasladaron a la nueva Iglesia de Mota “Motte Saint-Didier” (Vienne, Francia)[40], construida para este fin, y  donde se conservan hasta la fecha[41].

En aquel tiempo y lugar de la llegada de las reliquias de San Antonio Abad a Francia, entre 1085 y 1095, una epidemia misteriosa denominada “ignis sacer”, “fuego sagrado” o “mal de los ardientes”[42] asoló las regiones de Europa medieval. Dicha epidemia era descrita por las crónicas como una extraña enfermedad, concebida como “castigo divino” por sus profundos estados alterados de conciencia[43] y cuyos síntomas, similares a la lepra en su fase más avanzada, consistían en fuertes dolores en brazos y piernas:“…les consumía las entrañas, les pudría los miembros, que se volvían negros como el carbón. O morían de modo miserable, o bien arrastraban una vida miserable, después de que se les desprendieran las manos y los pies en estado de putrefacción…”[44]Los afectados acudían a la iglesia donde se veneraban las reliquias de San Antonio Abad invocando su intercesión, pues la popularidad de este Santo taumaturgo era conocida de Oriente a Occidente por la Vita Antonii.

Los resultados avalan el procedimiento, se habla de curaciones milagrosas, entre ellas la del hijo de un poderoso e importante noble delfines[45]. Tras la curación de éste último, su padre ofrece su hacienda al Santo y funda, junto a su hijo milagrosamente sanado y varios caballeros con conocimientos médicos, una pequeña comunidad laica denominada Hermanos de San Antonio o Antonianos, quienes habilitan en el año 1095 una casa-hospital junto a la Iglesia que albergaba las reliquias de San Antonio (Francia) llamado “Casa de los Pobres [46] para cuidar y curar a aquellos afectados por el fuego sagrado[47]: “…ante la llegada masiva de enfermos a la iglesia donde se veneraban las reliquias de San Antón Abad, se creó una fraternidad de laicos, dedicada a atenderles. Tenían conocimientos médicos y corazón caritativo. Al principio fueron pocos: Gastón, el fundador, su hijo Guerín y ocho compañeros. Junto a la iglesia de las reliquias, habilitaron una casa-hospital que se llamó “casa de los pobres”. A los enfermes les llamaban “hermanos de los pobres” o “de la limosna”…”[48].

La iniciativa de estos caballeros que prestan gratuitamente sus servicios, son profesionalmente médicos y vocacionalmente monjes, puso las bases para constituir una nueva orden hospitalaria, comenzando así la aventura antoniana en Europa. Será en las sesiones del concilio de Clermont, celebrado en el año 1095 cuando se apruebe, por voluntad de Urbano II, la asociación hospitalaria que tomó el nombre de Hospitalarios de San Antonio[49]. A partir de ese acontecimiento, la devoción y orden de San Antonio, así como la tarea hospitalaria que representaba, se desarrolló y expandió dentro y fuera de Europa mediante la fundación de un importante número de casas[50].

 

3.2. La fundación de la Orden Hospitalaria de San Antón (1218)

En las sesiones del Concilio de Clermont en el 1095, el Papa Urbano II aprobó a la citada fraternidad/hermandad de laicos como asociación hospitalaria para la asistencia de peregrinos y enfermos que tomó el nombre de Hospitalarios de San Antonio siendo éstos dependientes económica y religiosamente de los benedictinos de la abadía de Montmajour[51]. Los Antonianos fueron ganando de manera vertiginosa gran prestigio, gracias a la intercesión del Santo y a la terapéutica empleada por sus hermanos. Por motivos de la fuerte expansión de las casas que crecieron bajo el espíritu de la hospitalidad antoniana, aparece la necesidad de buscar una solución para dotar a las encomiendas de mayor autonomía jurisdiccional y económica.

En el año 1218, más de un siglo después del nacimiento de los hospitalarios de San Antonio, esta fundación se elevó a Orden Religiosa por la bula del Papa Honorio III. Una nueva Bula Papal Ad apostolicae dignitatis de Bonifacio VIII, del 10 de junio de 1297, daba un paso institucional muy importante para la Orden[52], puesto que expresaba el cambio a congregación de canónigos regulares[53], adscrita a la regla monástica de San Agustín[54]. Por ello, la regla que seguirían en lo sucesivo era la que dictó San Agustín, obispo de Hipona, quien había organizado los monasterios bajo una serie de prescripciones[55].

La Orden estaba dirigida por el Gran Maestre, elegido de manera vitalicia y que tenía su residencia en Francia (Casa de San Didier). Los miembros de la orden guardaban el uso de un hábito común, ataviados con una túnica de sayal negra con capuchón y una cruz azul en forma de Tau[56] (signo con gran simbolismo gráfico y numérico) bordada en el lado izquierdo del pecho, sobre el corazón. La Tau (T) era el emblema de los Antonianos[57]..

Entre los tratamientos utilizados por los Antonianos contra el fuego sacro destacaba la ingesta de vino de la santa viña, cuyo vino, primeramente se derramaba sobre las reliquias del Santo y seguidamente se recogía y se lo ofrecían a sus pacientes[58]: “…vino bendito en contacto con las reliquias del santo, que se utilizaba para bañar las heridas o quemaduras a fin de que curasen…”[59]. Otras terapéuticas utilizadas por los Antonianos eran los ungüentos[60] y bálsamos a base de hierbas, aceites, etc., y como último recurso la amputación[61].

 

3.3. La implantación y expansión de la Orden Hospitalaria de San Antón en España (siglos XIII-XV)

Los monjes Antonianos, con una fisionomía canónica y con una dedicación principalmente hospitalaria, fueron ganando prestigio de manera acelerada y la Orden se extiende rápidamente por casi todo el orbe conocido[62]: África, Europa[63] e incluso a Nueva España (México) de la mano de los monjes españoles.

La historia de los Antonianos en España está directamente relacionada con el Camino de Santiago. La implantación de la Orden en España se llevó a cabo mediante la protección de Alfonso VII[64], quien fundó en 1146 y en un enclave neurálgico, el Convento de Castrojeriz[65] (Burgos) en cumplimiento de su plan de eliminar las guarniciones almorávides en la zona de influencia del Pisuerga y de la frontera del Tajo, para dar estabilidad y estructuración al territorio recientemente reconquistado y para propiciar seguridad, alimento, cobijo y sanación a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela para venerar las reliquias del Santo. El monarca, el 17 de junio de 1304, exime a los pobladores de la Encomienda castreña de satisfacer cualquier tipo de pecho (pago)[66].

Castrojeriz, un pueblo emblemático del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Burgos, fue elegido para establecer el primer convento español donde residirá el Comendador Mayor de la Orden de San Antonio en España, con potestad directa sobre veintitrés casas-hospitales, cuya encomienda comprendía las dos Castillas – Castilla la Mancha[67] y Castilla y León[68]– la Andalucía cristiana [69], Portugal e Indias[70]: “…las Indias fueron refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza en general de mujeres libres…”[71]. El convento, hoy en ruinas, disponía de monasterio, iglesia y hospital, en él se atendía espiritualmente a los peregrinos, se ayudaba a los pobres y se curaba a los enfermos que acudían, incluidos los del fuego sacro. La actitud hospitalaria de los antonianos de Castrojeriz era conocida desde el momento de la fundación del monasterio, actividad descrita en el Compendio de la Historia Antoniana[72].

3.3.1. La demanda de San Antón: un Real Privilegio

Desde el siglo XIII hasta finales del XV la Orden de San Antonio Abad vivió tiempos de gran prosperidad en España, cuyo territorio, inmerso en la empresa reconquistadora y lucha contra el Islam, se había ido poblando de santuarios y altares de San Antón, pues la devoción a este Santo era palpable y de gran relevancia en todos los estratos sociales de la época[73]. La Orden de los Canónigos Regulares de San Antón era posiblemente la principal Orden que mantenía una importante red hospitalaria en el reino de Castilla, donde los enfermos que eran acogidos en sus hospitales recibían asistencia médica y religiosa. La llegada de enfermos del fuego sagrado a un hospital regentado por los Antonianos debía hacerse notar con el toque de matracas, campanillas, etc. Los Antonianos preveían la llegada de peregrinos a cualquier hora del día y de la noche y para su alivio, les colocaban panecilllos y jarras de vino. Los peregrinos solicitaban la Tau bendecida y aceptaban el pan y el vino benditos e incluso campanillas con la imagen del Santo[74].

La importancia de la Encomienda de Castrojeriz se acrecentó a partir del reinado de Alfonso XI y de su hijo Enrique de Trastámara, quien declara en un privilegio fechado en Valladolid el 1369: “…que nos abemos muy grande devocion en la dicha orden de San Antón, e esso mismo hovo del rey Alfonso, nuestro Padre (que Dios perdone) e fizo mucho bien y mucha merced en su vida a dicha orden…”[75].

El Real Privilegio más importante que se conserva concedido a los Antonianos de Castrojeriz fue el otorgado por Enrique II, fechado en Sevilla el 14 de junio del año 1369 que viene a confirmar la exención de pecho, pedido y fonsado, y que conocemos gracias a una confirmación de los Reyes Católicos[76]. Dicha orden permitía a los antonianos recorrer, exentos de tributos, los lugares del Reino y pedir limosna para el mantenimiento de sus encomiendas y hospitales[77], conocida esta costumbre como “la demanda de San Antón”, práctica que recorrió infinidad de ciudades, pueblos y aldeas de España durante siglos. Las limosnas que se ofrecen en nombre de San Antón tienen tres finalidades: para el cuidado y curación de los enfermos, para el culto, adorno y fábrica en que se aloja el cuerpo del Santo, y para el culto de las imágenes del Santo en cualquier iglesia[78].

Otro Real Privilegio otorgado por Enrique III, el 27 de octubre de 1406, declaraba como los demandadores de San Antón podían ir acompañados de cerdos[79], campanillas, bacines[80], etc., por todo el Reino de Castilla. Dentro de los ingresos procedentes de las limosnas, caben citar a los animales, fundamentalmente cerdos, mantenidos a base de la contribución de los fieles por devoción al Santo: “…otrosi consentimos traer puercos, e campanillas, e bacines, e atabaques, e todo lo que cumpliese a la dicha orden de San Antón e uviesen menester para la dicha demanda, en los dichos nuestros Lugares y Jurisdicciones, según que siempre se usó, e non consintades que alguno, nin algunos maten, nin orendan, nin tomen los dichos puercos, ni las otras cosas cualesquiera que a la dicha orden pertenezcan en cualquier manera(…). E ordenamos prender e castigar con ayuda de las autoridades a los miembros rebeldes…”[81].

 

 

 

  1. La Orden Hospitalaria de San Antonio Abad ante los Reyes Católicos (1475-1516)

El reinado de los Reyes Católicos, en su conjunto, fue para España un periodo de renovación y de crecimiento que la llevó con rapidez y decisión hacia la hegemonía europea. Don Fernando y Doña Isabel computaron la reforma religiosa entre sus principales afanes político-religiosos. Su política eclesiástica tuvo unos objetivos muy concretos: provisiones beneficiales, delimitación de la jurisdicción eclesiástica, honestidad del clero y reformas monásticas[82]. Cuando los Reyes Católicos consiguieron la unidad del estado español, comenzaron a realizar profundas modificaciones en diversas instituciones con el fin, tanto de mostrar el poder de la monarquía, como de lograr una administración unificada más eficaz, entre estas instituciones se encontraban los hospitales de San Antón[83] que se dedicaban a una cierta labor terapéutica.

La documentación sobre la acción reformadora de los Reyes Católicos es muy variada y exuberante, hemos dado preferencia manifiesta a la documentación referente a la Orden de San Antón[84].

              Cuando llegó a Castilla el reinado de los Reyes Católicos (1475), la Orden Hospitalaria de San Antón tenía casi tres siglos de vida. Durante el siglo XV, se dictaron varias disposiciones reales que favorecieron la situación económica de la Orden de San Antón española: el 10 de diciembre de 1484 la reina católica expide desde Sevilla una provisión, a petición del comendador de la orden de San Antón de Castrojeriz, para que sea guardado por todos el privilegio de pedir limosna[85]. Del mismo modo, el 19 de diciembre de 1488 se expidió orden real desde Valladolid por voluntad de los Reyes Católicos para que se guardaran los privilegios, libertades y exenciones que disfrutaba la Orden de San Antón[86].

Igualmente, existe constancia de otro documento (carta), del 20 de diciembre de 1490, que contiene un seguro otorgado por los Reyes Católicos desde Sevilla al comendador mayor de la orden de San Antón, sus procuradores y bacinadores: “para que puedan andar libremente por el Reino acompañados de cochinos, recorriendo las ciudades y villas sin temor a ser prendados, heridos ni matados”[87]. El 2 de junio de 1492, los Reyes Católicos, desde Córdoba, confirmaron los privilegios y exenciones de la encomienda mayor antoniana de Sevilla. En dicho texto constan insertas la carta de Enrique II, a favor de la orden de San Antón de Castrojeriz, así como las confirmaciones del propio monarca y de sus sucesores otorgadas los años 1364, 1371, 1379 y 1391, respectivamente, en las que se hace referencia al rey don Alfonso, padre de don Enrique, benefactor de la orden “que era hospital en el que se recogían enfermos y plagados del fuego infernal”[88]. El monarca pretendía reforzar la autoridad del comendador mayor, ampliar los privilegios de la Orden de San Antón y permitir que los frailes antonianos pudieran postular acompañados de cerdos y beneficiarse con el producto de la venta de los cerdos criados en las calles y alimentados por los vecinos[89].

Los demandadores de limosnas de la Orden Hospitalaria de San Antón, provistos de puercos, campanillas, bacines y atabaques para hacerse notar, recorrían la zona que constituía la jurisdicción de su encomienda. De la encomienda mayor de Castrojeriz dependían los monasterios de Castilla, Portugal e Indias Orientales. De hecho, desde mediados del siglo XV, bajo la encomienda mayor de Castrojeriz, dependían las encomiendas y preceptorías de Toro, Valladolid, Benavente, Segovia, Murcia, Albacete, Jaén, Baeza, Córdoba, Sevilla, Toledo[90], Ciudad Real, Talavera, Cadalso, Atienza, Cuenca, Madrid, Alfaro y Salamanca[91].

A finales del siglo XV, durante el reinado de los Reyes Católicos, suenan voces de denuncia con ocasión del cobro de la demanda por parte del tesorero de la encomienda de San Antón de Castrogeriz que obligó a intervenir a la reina[92]. Asimismo, en el 1497, Fray Juan de Haro, comendador de San Antón de Sevilla y uno de los personajes de mayor relevancia de la familia antoniana en España, acusa y rechaza al recién fallecido comendador mayor de Castrogeriz, Fray Manuel de Testtis, por su gestión fraudulenta de la encomienda mayor y expresa su deseo de que esa situación no se vuelva a repetir[93]. Dicha denuncia tuvo un efecto inmediato en la Corona, quien en 1501 ordenó la inspección, mediante visita controlada, de las casas de San Antón españolas. Los visitadores de San Antón tenían un itinerario[94] y pesquisas fijadas para todas las casas antonianas de Castilla.

4.1. La demanda de San Antón en Extremadura y la visitación del Hospital de Salamanca (1502)

Los alborotos de finales del siglo XV en las casas antonianas castellanas tuvieron varias causas, ya que detrás de las luchas estaban los intereses personales y familiares de los comendadores y la imperecedera cuestión de las pensiones anuales al Comendador Mayor de Castilla y al Abad de Francia, pues no olvidemos que, según los estatutos, todas las casas antonianas eran filiales de la Abadía francesa de Saint-Antoine. Casi nada se sabía, pues, de lo que era una enfermería antoniana medieval. Antonio de Acuña era el capellán de los Reyes Católicos y se empeñó en dar cuenta puntual del estado en que encontró las enfermerías antonianas[95].

El Libro de las visitaciones del año 1502 recoge la voluntad de don Fernando y doña Isabel: “…que non dedes ni encomendedes encomienda nin beneficio alguno en las dichas casa de Sanat anton a ninguna ni alguna persona que sea estrangeros dellos, salvo a personas que sean naturales destos nuestros reinos…”[96].

Entre las diversas encomiendas dependientes de la Preceptoría General de Castrogeriz, se hallaba el Hospital de San Antón de Salamanca[97], cuya casa-hospital tenía demanda en los obispados extremeños de Coria, Plasencia, Badajoz y la Serena.

Seguidamente, plasmaremos la visita ejecutada al Hospital de San Antón Abad de Salamanca[98] el veinte de febrero del año 1502. Durante la visita, el rico comendador de Salamanca declara que ha reparado el hospital y que mantiene en su casa a un pobre que tiene cortada la pierna del mal de San Antón. Del mismo modo, afirma que se recibe a todos los enfermos que tocan a la puerta del hospital[99]: “…visitación de la casa de señor Sant anton de Salamanca (…), y veynte dias del mes de febrero. Año de quinientos y dos (…)dize que tiene esta casa demanda en este obispado de Salamanca y Coria y Plazencia. Ciudad Rodrigo y Badajoz y la Serena y tierra de Medina del Campo. Y dize que las demandas en tiempos de Fray Manuel de Testis dava quarenta y dos mil maravedis y en tiempo de Fray Nicolas de Mata dava cincuenta. L. M. (…) Y preguntando sobre el valor de las questas y demandas de la dicha casa (…) Del obispado de Plazencia dize este dicho testigo que el dicho Juan Rodrigues y Pedro Cubero y Pero Martin le tuvieron cuatro años en diez y ocho mil maravedís y cree que ahora está en mas, y sabe que después le tuvo Juan Lopez y tiene agora, y que siempre se a dado inpetra, y que cree que dando dinero se dara siempre. Del obispado de Coria dize que de tres años antes le tuvo Andres de Vega y que de cierto no lo sabe lo que vale  pero que cree que valdra quinze o veynte maravedís, y que a dos años que se predicaron bullas y que entonces valdría harto mas. Por el obispado de Badajoz y la Serena dize que abra siete años que Juan Lopes lo arrendo en veynte mil maravedís…”[100].

La práctica de la demanda de San Antón recorrió durante varios siglos la mayoría de ciudades, villas y lugares de Extremadura. Como botón de muestra, estos demandadores o bacinadores de limosnas de San Antón llegaron hasta el municipio pacense de Navalvillar de Pela, jurisdicción de la Casa-Hospital de Salamanca. Así lo registra el Castro del Marqués de la Ensenada (1753) en respuesta a la pregunta número veinticinco: “…a la Demanda de Sn Antón Abad de Salamanca, y costo que haze la persona que biene a su Cobranza Veintey siete Rs…”[101]

Antes de continuar, debemos comentar que en Navalvillar de Pela se celebran -desde antaño- las fiestas patronales de San Antón Abad, cuyo acto principal es La Encamisá o Carrera de San Antón. Para la financiación de estas  fiestas, la Asociación Cofradía San Antón (A.C.S.A.), como entidad organizadora, ha de proveerse de fondos económicos con los que afrontar los diversos gastos que conllevan las Fiestas. Junto al Mayordomo, se nombran una serie de regidores, cuya obligación es pedir limosna (“la Pedía”) para la Cofradía. Obviamente, la labor de estos regidores era y sigue siendo fundamental, ya que los ingresos que se obtiene con “la Pedía” son parte esencial para la economía de la Cofradía.  Durante “la Pedía” los directivos de la Cofradía, organizados en parejas y con diversas huchas, se reparten el pueblo por zonas y salen a recorrer, acompañados del tambor, una por una todas las casas del pueblo, llamando a la puerta con la consigna ¡somos los del Santo! Cada casa colabora en la medida de sus posibilidades. La costumbre peleña de “la Pedía”, nos recuerda a la práctica antoniana de los demandadores de limosnas de San Antón.

 

  1. La decadencia y extinción de la Orden de San Antonio Abad (Siglos XVII y XVIII)

Las críticas hacia la demanda de San Antón fueron en aumento, de tal modo que los clérigos y seglares de la Iglesia Occidental se manifestaban en contra de los frailes mendicantes, llegando incluso a la prohibición temporal de la misma durante varios años del siglo XVI[102]. Tiempo después, los antonianos volvieron a ganar la confianza de los monarcas que volvieron a renovar sus privilegios reanudando su demanda destinada a la asistencia de enfermos en sus hospitales. Esta  situación de privilegio de las encomiendas de canónigos regulares de San Antón Abad perduró hasta la primera mitad de siglo XVIII, al igual que su finalidad espiritual y asistencial.

El 24 de agosto de 1787, el papa Pío VI, mediante la bula rex catholicus[103] obtenida por Carlos III,  suprimió la orden de Canónigos Regulares de San Antón Abad de la Vienne en España. El contenido del documento pontificio decreta la supresión y extinción de la Orden de San Antonio Abad, también la dispersión de los monjes, extinción de contratos de los laicos y el fin de los bienes muebles e inmuebles[104].

A finales del siglo XVIII, la orden de San Antonio Abad en España se encuentra envuelta en plena decadencia, en primer lugar, por los problemas que había ido arrastrando a lo largo de los siglos y que había superado una y otra vez, como eran los abusos de los demandadores, falta de disciplina y las dudas acerca de la hospitalidad, y en segundo lugar, el que sería el factor detonante para su disolución: la Ilustración y el cambio de mentalidad que le acompañó. Esta nueva situación acontecida en el siglo de la Razón y de las “Luces” conduce al monarca, Carlos III, a solicitar a Roma la extinción de la orden de San Antón en España y sus encomiendas dependientes de América, puesto que la religiosidad popular cultivada por los antonianos se había convertido en poco creíble, sus costumbres y practicas iban generando mal estar entre la población española de la época.

Las Encomiendas de la Orden quedaron suprimidas en el año 1791, de manera que los monasterios antonianos de España sobrevivieron varios años más que los del resto de Europa. Todos sus bienes y derechos que poseía la Orden se entregaron al Rey de España[105].

  1. Conclusiones

La devoción de San Antonio Abad abarca la totalidad de España, ya que su festividad ha sido celebrada, desde hace décadas, en prácticamente todas las regiones españolas. Sus principales patronazgos sobre los animales y las enfermedades de la piel, han contribuido a que este Santo taumaturgo haya sido venerado en prácticamente todos los rincones de nuestra geografía desde la Edad Media, momento en que San Antonio Abad adquiere fama como sanador de la enfermedad epidémica, de procedencia divina, conocida como ignis sacer o “Fuego de San Antón”.

Desde aquellos remotos e iniciales tiempos de la fundación de la Orden Hospitalaria de San Antón por Alfonso VII en 1146, hasta 1787, año de su supresión, transcurrieron casi seis siglos y medio, donde miles de peregrinos fueron testigos de la hospitalidad y fervor de unos monjes entregados a los pobres y desfavorecidos afectados por el fuego de San Antón. Los monjes Antonianos disfrutaron de diversos privilegios reales que les permitió recorrer, exentos de tributos, y acompañados de puercos, campanillas, bacines y atabaques, los lugares del Reino y pedir limosna para el mantenimiento de sus encomiendas y hospitales, conocida esta costumbre como “la demanda de San Antón”, práctica que recorrió, durante varios siglos, las ciudades, villas y lugares de España.

Efectivamente, despareció la Orden, pero no la advocación a San Antón Abad que sigue dando sentido a los signos que rodean su figura: el cerdo, la campanilla, el fuego, la Tau, etc. Asimismo, sus costumbres y ceremonias de veneración y culto sobrevivieron a sus máximos promotores, los Antonianos, y se pueden constatar en multitud de tradiciones locales, unas se perdieron y han sido recuperadas y otras se han mantenido a lo largo de los siglos. La ceremonia de veneración en torno al culto de San Antonio Abad, que los Antonianos empleaban en siglos pasados, contenía ciertas connotaciones con multitud de celebraciones y ritos que se han celebrado y continúan celebrándose por toda la geografía española el 17 de enero, en conmemoración al fallecimiento del Santo.

En definitiva, el atronador murmullo del tambor, cencerros y campanillos, los limosneros con las bandejas petitorias recorriendo las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades, los jóvenes recogiendo y amontonando la leña (combustible para alimentar grandiosas hogueras), los adornos y atavíos para los caballos, mulos y asnos, los dulces más exquisitos, que bendecidos se repartirán para la “protección de las bestias”, todo, absolutamente todo, anuncia que el 17 de enero, día de San Antón Abad, se aproxima.

 

 

[1] “…en la Baja Edad Media europea se consolidan algunas de estas familias hospitalarias. Entre otras destacan las entonces llamadas de Ordenes Hospitalarias de San Antón y San Lázaro que se hacen presentes en gran parte de las ciudades de Europa y perduran en los tiempos modernos. En los reinos españoles logran una considerable expansión de varias decenas de casas y consiguen el favor de los soberanos…”. García Oro, José y Portela Silva, María José. “La Orden de San Antón y la asistencia hospitalaria en Castilla durante el Renacimiento”. Archivo Ibero-Americano: Revista Franciscana de Estudios Históricos. Segunda Época. Año 65. Números 250-251. Padres Franciscanos Españoles. Madrid, enero-agosto 2005. Página 303.

[2] “…ANTONIANO. El religioso de la Órden de San Antonio Abad. En algunas partes se llama ANTONINO…”. Diccionario de la Lengua Castellana compuesto poa la Real Academia Española, Segunda Edición. Por D. Joaquín Ibarra, impresor de Cámara de S.M. y de la Real Academia. Madrid, 1783. Página 84.

[3] “…gangrena en las extremidades que se originaba por comer cereales afectados por el cornezuelo, un hongo que se desarrollaba sobre todo en el centeno…”. Rodríguez Mateos, María Victoria. “El origen de los hospitales”. Salud Extremadura. Periódico del Servicio Extremeño de Saludo. Año V. Número 45. SES. Consejería de Sanidad y Consumo. Junta de Extremadura. Mérida, julio de 2007. Página 21.

[4] “…ordenamos que los miembros de la orden puedan andar y anden con Bacines e sin Bacines por todos los reinos de Castilla sin que nadie se lo impida ni les exija tercio, cuarto, ni quinto por razón alguna, antes bien, sean bien recibidos e les sean dadas las buenas pesadas seguros e desembargados de otros pasadores. Otrosí, por quanto dicha orden fue y es fechura del rey Don Alfonso, nuestro Padre e Nuestra; tenemos por bien que la dicha orden e sus bacinadores, Mayordomos y Criados, sean exentos y quitos de todo pecho y pedido, e soldados, e menores, e servicio, de cualquier manera se haya de dar e pagar en todos los nuestros reinos…”. Ibídem. Páginas 181 y 182.

[5] “…Los antonianos de Olite tienen licencia para pedir de todo; y no solamente en Navarra, sino también en Castilla y Aragón. Van por los pueblos con un carro y recogen legumbre, cereales, huevos, aceite, quesos, etc. para el Hospital. El carro es tirado por un macho que lleva colgado del cuello una especie de estandarte y campanillas. El estandarte ostenta en azul la cruz de San Antón, la Tau, sobre fondo negro…” Ollaquindia Aguirre, Ricardo. Opus cit. Página 157.

[6] Los devotos de San Antón daban todo, pero a cambio de ello el santo alejaba el “fuego” de sus carnes y de El demandador de San Antón llevaba consigo los libros en que están inscritos los nombres de cofrades, así como breviarios, padrenuestros, traslados de los privilegios y, alzado sobre el lomo de su burro “un tabernáculo del barón de San Antonio”. En él se guardaba una (falsa) reliquia que servía para “marcar” el ganado de los labradores. No solo traían regalitos (campanillas, cuchillos, guantes, cinturones, objetos de devoción) para ganarse el favor del párroco, sino que se servían de todos los medios de la época para impresionar a la gente (…). Sin embargo el punto culminante de sus visita a los pueblos era la exhibición de la reliquia, que se tocaba y se ponía en contacto con los establos, casas y ganados para que su poder milagroso pasara a toda persona y cosa por la fuerza del contacto físico. El demandador de San Antón era persona humilde, pero por llevar su hábito y su insignia representaba al Santo en la tierra.  Aichinger, Wolfran. El fuego de San Antón y los hospitales antonianos en España. Verlag Turia+Kant. Viena, 2009. Páginas 35-38.

[7] “…de ana (arriba) y de tenens (teniente, tenedor o el que tiene algo), deriva la palabra Antonio que significa tener o poseer cosas de alto valor; nombre acertado para este santo, que despreció los bienes de este mundo y disfruto de los celestiales…”. De la Vorágine, Santiago. La leyenda dorada. Alianza Forma Editorial, S.A. Madrid, 1987. Página 107.

[8] San Antón ocupa un puesto indiscutible en la tradición piadosa del pueblo cristiano español que todos los 17 de enero inicia el año con romerías y festejos en su honor, organizados en ciudades y pueblos por cofradías y hermandades. Y ha sido fuente de inspiración de numerosos artistas, entre ellos que Velázquez, dato a tener muy en cuenta por ser muy escasa la representación de nuestro gran artista llevó al lienzo. Fernández Peña, María Rosa. “El culto a los Santos: devoción, vida, arte y cofradías”. Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas. Simposium 16. San Lorenzo de El Escorial, 2008. Página 678.

[9] “…San Antonio aparece en la hagiografía del catolicismo de oriente con los apelativos de El Grande y El Magno. No obstante, la tradición cristiana occidental también lo conoce con el nombre de san Antonio de Vienne, al su de Lión, en el margen izquierdo del río Rhône, se conservan unas reliquias que pertenecieron al santo anacoreta…”. Limón Pons, Miquel Ángel. “Historia y ritual de la fiesta de San Antonio Abad en la Isla de Menorca”. Narria: Estudios de artes y costumbres populares. Número 109-102. Menorca, 2005. Página 60.

[10] Historia o relato de la vida de un santo. Del griego hágios (santo) y grafía (descripción).

[11] San Atanasio escribió la “Vida” según unos con ocasión de su primer destierro en el desierto, en la Tebaida, encontrándose entre los monjes, 356-362; según otros, la habría escrito a su vuelta definitiva a Alejandría, después de 366. Actualmente ya nadie discute que haya sido San Atanasio quien efectivamente escribió la “Vida”. Lo que si se discute entre los entendidos es el carácter de esta biografía, es decir, cuál es su género literario, la veracidad histórica de su contenido, lo propio del pensamiento de San Antonio. Como todo documento antiguo, incluido el Nuevo Testamento, también la “Vida” da más lugar de lo probable al mundo de lo maravilloso y, por ende, de lo demoniaco. La “Vida de San Antonio” fue escrita por San Atanasio en griego. Del texto griego se conocen 165 manuscritos. San Atanasio de Alejandría. “Vida de San Antonio Padre de los monjes”. Apostolado Mariano. Serie los Santos Padres. Nº 10. Sevilla, 1991. Páginas 6 y 11.

[12] “…San Atanasio, nació alrededor del año 295. En el año 325, siendo diácono, acompañó al patriarca Alejandro, su predecesor, al Concilio de Nicea, donde fue condenada la herejía arriana. Fue consagrado obispo de Alejandría el 8 de junio de 328. Toda su vida se vio envuelta por la controversia u las luchas desencadenadas por el arrianismo, constituyéndose él uno de los baluartes de la verdadera fe proclamada por el Concilio de Nicea (…). Es indudable también que, fuera del influjo doctrinal, la presencia de San Atanasio fue decisiva en la orientación esencialmente escriturística y evangélica del movimiento monacal. Y, entre todas sus obras, en su “Vida de San Antonio” la que constituye su aporte más significativo al desarrollo del espíritu monacal…”. Ibídem. Páginas 3-5.

[13] “…En 1490 el Bosco pintó las Tentaciones de San Antonio, en la actualidad en el Museo del Prado. El Santo vestido de monje encapuchado ocupa el centro de la composición, acurrucado, los diablillos no turban la contemplación del Antonio…”.  Blázquez Martínez. José María. “Las Tentaciones de San Antonio en el Arte Contemporáneo”. Norba-Arte. Vol XXIV. 2004. Página 167.

[14] “…Algunos ritos de fertilidad con animales también se relacionan con ermitas. Así, la de san Adrián en Álava, donde “dando tres vueltas alrededor de la San Casa, cuando existía, quedaban las yeguas preñadas con absoluta seguridad” (…). Un informante de Treviño (…) nos contó recientemente que “su padre tenía una yegua que nunca se quedaba preñada. Se la ofreció a San Antonio (Abad) de Urkiola y a partir de entonces tuvo catorce crías, una cada año, que nacían siempre entre San Antonio y San Vítor…”. Erkoreka, Antón. “Ritos de fertilidad”. KOBIE (Serie Antropológica Cultural). Nº V. Bizkaiko Foru Aldundia-Diputación Foral de Bizkaia. Bilbao, 1991. Página 166.

[15] “…el cornezuelo del centeno (Claviceps purpurea) es un hongo ascomiceto parásito de un gran número de cereales. Destacaba sobre las espigas como una excrecencia, el esclerocio, en forma de cuerno –de ahí a su nombre- que se desarrolla en los granos del cereal. Tiene una longitud comprendida entre uno y cuatro centímetros y unos cuatro milímetros de ancho y su color que varía entre el púrpura y el negro (…). Las personas resultaban afectadas al consumir pan hecho con harina contaminada con esclerocios y en ellas el ergotismo se presentaba de dos formas (…) Ambas formas de ergotismo han causado graves epidemias, sobre todo durante la Edad Media…”. Quesada Díaz, Antonio. “El cornezuelo del centeno a los largo de la historia: mitos y realidades”. Pasaje a la Ciencia. Nº 14. Editada por el I.E.S. Antonio de Mendoza. Alcalá la Real (Jaén) Junio, 2011. Página 16.

[16]“…El ergotismo se describió hace más de 2000 años. La primera referencia data del siglo IX a. C., se describió una epidemia de ergotismo gangrenoso. El ergotismo convulsivo se refirió por primera vez en el siglo XI; una epidemia mixta (ergotismo gangrenoso y convulsivo) se comunicó también en el siglo XI (…). La última epidemia se registró en Francia en 1951, cuando un panadero, tratando de evadir un impuesto de granos, compró un cargamento de harina contaminada con licor de contrabando: el pan elaborado afectó a más de 2000 personas, con cuatro muertes…”. Ruano Calderón, L.A. y Zermeño Pohls F. Ergotismo. Presentación de un caso y revisión de la bibliografía. Revista de Neurología. Nº 40. Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México. México, 2005. Páginas 412 y 413.

[17] “…ARDIENTES. (MAL DE LOS) (Medicina). Enfermedad que apareció repetidas veces bajo forma epidémica en ciertas provincias de España, Francia y Sicilia, del décimo al duodécimo siglo. Llamóla Santo Tomás ignis infernalis, por el terrible é incurable; conociósela igualmente bajo el nombre de sideración y de fuego sacro, creyéndose sin duda que este azote tenia algo de divino; otros la denominan fuego pérsico, sin que nos haya sido dado encontrar el fundamento de tal denominación. Y mas comúnmente, por fin se llamó fuego de San Antón, por cuanto se creía que la intercesión de dicho santo era el único remedio que detenia sus efectos…”. De Paula Mellado, Francisco. Enciclopedia moderna. Diccionario universal de literatura, ciencias, artes, agricultura, industria y comercio. Tomo Tercero. Establecimiento tipográfico de Mellado. Madrid, 1851. Página 152.

[18] “…arden los hombres entre si y dicen que es fuego de San Antón, otros dicen que es fuego de San Marsal, otros le llaman fuego del Santo; y se de qualquiera manera de esta: Dice Constantino, que tomes los huevos crudos, batelos, y ponlos en aquel lugar , y sobre los huevos pon las hojas de los bledos, maravillosamente sanarás, y dice, que tomes el estiércol de las palomas, y el azeyte, mézclalo todo en uno, y unta aquel lugar, y toma un paño limpio, mojalo en él, pónselo encima y luego sanará…”. Arnau de Vilanova, Antonio Bandinell. Libro de la Medicina, llamado Tesoro de Pobres. En el que se hallaran remedios muy aprobados para la sanidad de diversas enfermedades. Con un régimen de sanidad. Imprenta de Pedro Escuder, Barcelona, 1747. Páginas 132 y 133.

[19] “…Es curioso que Vaca de Alfaro, en su manuscrito sobre hospitales de Córdoba, menciones como sinónimo de “fuego sacro” al cáncer, ya que, si bien durante mucho tiempo, en que se desconocía la etiología del “fuego sacro”, y no podía, por ende, llamársele ergotismo, como hoy se le llama…”. Saldaña Sicilia, Germán. Opus cit. Página 54.

[20] “…una gran hambre reinó en Francia, sobre todo en Aquitania, hasta tal punto que los hombres comieron las hierbas de los campos como animales…Y hubo una gran epidemia. Los pobres fueron devorados por el fuego sagrado en tan gran número que la iglesia de Saint-Maixent quedó llena de los que eran llevados a ella…”. Carmona García, Juan Ignacio. Enfermedad y sociedad en los primeros tiempos modernos. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005. Página 152.

[21] “…El asentamiento, difusión y evolución de los establecimientos hospitalarios en Occidente están muy ligados a las órdenes religiosas, ya que éstas fueron las primeras en crear en Europa occidental instituciones en las que se prestaban cuidados a los enfermos y peregrinos, dedicando en sus monasterios zonas más o menos amplias labores de hospitalidad (…). En las rutas de peregrinación también se llevó a cabo la fundación por parte de determinadas órdenes religiosas de albergues y hospitales que se crearon con el propósito de proporcionar asistencia a los peregrinos…”. Rodríguez Mateos, María Victoria. Los hospitales de Extremadura 1492-1700. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. Cáceres, 2003. Páginas 28 y 29.

[22] Esta labor asistencial no es absolutamente nueva en la Europa occidental. Durante la Alta Edad Media encontramos algunos ejemplos que, a la sombra de las actividades caritativas propias de las órdenes monásticas, nos presentan centros de asistencia que tal vez no podamos calificar aún de hospitalarios, pero si al menos de cuidado de enfermos. Novoa Portela, Feliciano y Villalba Ruiz de Toledo, F. Javier. “La labor asistencial de las Órdenes Militares”. VA. Las Órdenes Militares en la Europa Medieval. Edición a cargo de Feliciano Novoa Portela y Carlos de Ayala Martínez. LUNWERG Editores. Barcelona, 2005. Página 196.

[23] “…La hospitalidad humanitaria suele ser considerada como un fenómeno que desde sus orígenes está íntimamente unido a la caridad cristiana (sentimiento religioso que pone de manifiesto una serie de desigualdades –económicas, físicas, sociales- surgidas entre los hombres que se encuentran relacionadas entre sí en el seno de cualquier comunidad) (…). Los establecimientos de beneficencia pasaron a denominarse, en general. Hospitales, término que los definía como casas de hospedaje destinados a socorrer y a amparar según los casos a aquellas personas que lo necesitasen…”. Álvaro Barra, María del Prado y Morlans Loriente, María José. Hospitales existentes en la provincia de Cáceres durante la Edad Media. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. Cáceres, 1993. Páginas 11 y 13.

[24] En la Antigüedad Clásica existieron centros religioso-sanitarios de algún modo destinados a fines terapéuticos, pero en sentido estricto no pueden considerarse hospitales, ya que, aunque en ellos se alojaba y trataba a los enfermos, su fin primordial era lograr la comunicación del hombre con los dioses, para de este modo recobrar la armonía entre el cuerpo y el espíritu y recuperar a través de ella la salud. Rodríguez Mateos, María Victoria. Los Hospitales de Extremadura 1492-1700. Junta de Extremadura. Consejería de Sanidad y Consumo. Cáceres, 2003. Página 27.

[25] “…el término hospital no tiene el mismo significado en la Edad Media o en la Moderna que en los tiempos actuales, pues ha pasado de entenderse como un asilo o albergue en el que los pobres y peregrinos –enfermos o no- recibían cobijo y comida, a ser un establecimiento destinado a proporcionar tratamiento y cuidados médicos a quienes lo necesiten, independientemente de su citación económica… ”. Rodríguez Mateos, María Victoria. Opus cit. Página 11.

[26] “…Durante la Edad Media, peregrinos de toda Europa acudían a los Santos Lugares, desafiando toda suerte de peligros y riesgos, expuestos en todo momento a parecer a manos de los sarracenos y llegando al término de su penoso viaje, los que no sucumbían a las fatigas de una larga y azarosa marcha, en lamentable desamparo…”. Salvá, Jaime. La Orden de Malta y las acciones navales españolas contra turcos y berberiscos en los siglos XVI y XVIII. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944. Página 11.

[27] Monacato y caballería son, pues, los dos elementos esencialmente constitutivos de las distintas órdenes militares, hasta el punto de que sin la necesaria conjunción de solemne profesión monástica y pertenencia al orden de la caballería, no es posible hablar de ellas con propiedad. De Ayala Martínez, Carlos. “Origen, significado y tipología de las Órdenes Militares en la Europa Medieval.”. VA. Las Órdenes Militares en la Europa Medieval. Edición a cargo de Feliciano Novoa Portela y Carlos de Ayala Martínez. LUNWERG Editores. Barcelona, 2005. Página 14.

[28] A pesar de que los primeros hospitales se dedicaban casi en exclusividad a misiones asilares, poco a poco sus funciones se fueron ampliando, incluyendo también, aunque fuera en pequeño grado, la asistencia a enfermos. De acuerdo a estas funciones los hospitales medievales pueden dividirse en cuatro grupos fundamentales: leproserías, hospitales para enfermos pobres, hospicios para indigentes y albergues para peregrinos. Rodríguez Mateos, María Victoria. Opus cit. Página 13.

[29] “…la asistencia y atención a los enfermos y necesitados siempre estuvo entre las tareas prioritarias de la Iglesia, tomando ejemplo de la propia vida y enseñanza de Jesucristo (Mt. 4, 23; 25, 35 y 40)…”. Campos y Fernández de Sevilla, Francisco Javier. “La religiosidad popular en los pueblos de la provincia de Toledo, según las “Relaciones Topográficas” de Felipe II”. Religiosidad popular y modelos de identidad en España y América. Coord. por Palma Martínez-Burgos García y José Carlos Vizuete Mendoza. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca, 2000. Página 95.

[30] “…La orden de San Juan había nacido a fines del siglo XI y comienzos del siglo XII como una institución dedicada al cuidado de pobres, enfermos y peregrinos. Aunque a lo largo de la duodécima centuria se transformó en una orden militar debido a las apremiantes necesidades defensivas del oriente latino, nunca llegó a perder su inicial faceta asistencial. Durante la baja edad media, en efecto, los freires sanjuanistas seguían manteniendo un componente propiamente hospitalario…”. Barquero Goñi. Carlos. “La orden del Hospital en el Campo de San Juan durante la baja edad media. Siglos XIV y XV”. La Orden de San Juan entre el Mediterráneo y La Mancha. Recoge los contenidos presentados al Congreso Internacional de Historia de la Orden Militar de San. Universidad de Castilla La Mancha. Alcázar de San Juan, 2009. Página 69.

[31] Orden italiana, que auxiliaba a los peregrinos fundamentalmente en los pasos alpinos, fue la de los Antonianos, fundada en la segunda mitad del siglo XI. Esta orden de los Antonianos o Antonitas no sólo se dedicó a atender a los peregrinos y caminantes, sino que también albergó y cuidó a los enfermos que padecían el llamado fuego sacro o fuego de San Antón, denominación con la que entonces se conocía a la erisipela (aunque también podría tratarse del herpes zóster), y en general a los afectados de enfermedades cutáneas. Rodríguez Mateos, María Victoria. Opus cit. Página 29.

[32] “…Antonianos de Oriente. Comprende cuatro ramas (…). El fin de la orden es contemplativa y admite la faceta misionera. Asimismo, los antonianos tienen dos ramas femeninas: antonianas de Alep y antonianas baladitas, ambas provienen de los antonianos libaneses maronitas y conforman la congregación libanesa de derecho pontificio…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 42 y 43.

[33] Citaré entre la bibliografía de base utilizada cuatro importantes libros recuperados para la recomposición y estudio, desde el punto de vista bibliográfico, de la importante orden de Canónigos Regulares de San Antón: Suárez del Castillo, Fernando. Compendio de la Historia Antoniana. Sevilla, 1603; Baltasar Abissino, Juan. Fundación, vida, y regla de la Grande Orden Militar, y Monástica de los Cavalleros, y Monjes del Glorioso Padre San Antón, en la Etiopía Monarchía del Preste Juan de Indias. Valencia, 1609; Navarro, Joseph. Vida y milagros del príncipe de los anacoretas y padre de los cenobiarcas, nuestro Padre San Antonio Abad, el Magno. Barcelona, 1683; y Ceballos, Blas Antonio de. Flores de el Yermo, pasmo de Egypto, assombro de el mundo, sol de Occidente, portento de la gracia: vida y milagros de el grande San Antonio Abad. Barcelona, 1759.

[34] “…en la Europa tambien ay una Orden de Encomienda Monastica, y llevan por insignia la Cruz azul, de hechura de Tau, la qual es diferente de la Orden Militar de San Antón que ay en la Etiopia: (como es tambien la de Oriente) aunque esta orden de San Anton de la Europa es muy antigua, porque fue su fundacion el año mil y 95, según Panucio, y se intitula de San Antón Abad de Viena, en Francia, sigue la regla de San Agustín. Sus fundadores fueron dos Cavalleros de la misma ciudad de Viena, llamados Gaston, y Girondo. El motivo que tuvieron para la fundación de la Orden de San Anton, fue ver la mucha devocion que por toda Europa (y por todo el mundo) tienen este glorioso Santo…”. Baltasar Abissino, Juan. Fundación, vida, y regla de la Grande Orden Militar, y Monástica de los Cavalleros, y Monjes del Glorioso Padre San Antón, en la Etiopía Monarchía del Preste Juan de Indias. Valencia, 1609. Folio 2.

[35] “…Nos situamos en Vienne, ciudad del delfinado francés, departamento al sur de Lyon. Es el año 1070. Geilin, señor del delfinado, trae de Constantinopla una reliquia insigne de San Antonio Abad y la coloca en una iglesia nueva edificada en La Matte Saint-Didier…”. Ollaquindia Aguirre, Ricardo. “La Tau en Navarra y en el camino de Santiago”. Cuadernos de etnología y etnografía de Navarra. Año nº 30, Nº 72. Navarra, 1990. Página 270.

[36] Las reliquias de San Antonio Abad, procedentes de Oriente, llegaron a un lugar del delfinado francés, cercano a Vienne, denominado entonces la-Motte-aux-Boix y ahora Saint-Antoine-I´Abbaye. Llegaron privadamente, en el equipaje de un caballero, de nombre Geilin o Jocelyn, que había ido como cruzado a Bizancio a luchar contra los tucos. Ollaquindia Aguirre, Ricardo. “La orden hospitalaria de San Antonio en Navarra”.Opus cit. Página 595.

[37] “…sus nombres dependen de los relatos, históricos o legendarios, contados en la Edad Media y recogidos en diversos escritos. Micheli les llamó Gastón y Girondo. Mischlewski, Jocely, Gastón y Guerin. Mocellin-Spicuzza, Gelin, hijo de Guillermo el Cornudo, y Gastón de la Valoire. La cuestión onomástica es accidental. Lo importante son los hechos narrados: unos caballeros que marchan a Tierra Santa como cruzados, que vuelven con reliquias del santo eremita y fundan una fraternidad hospitalaria denominada de San Antonio, cuyo distintivo fue la cruz azul, la tau…”. Ollaquindia Aguirre, Ricardo. “La Orden Militar de San Antón”. Cuadernos de etnología y etnografía de Navarra. Año nº 32, Nº 75. Navarra, 2000. Página 157. “…Iocelino pues alegre có el dó de tan gran thesoro, haviendole dado las gracias a el Emperador dela merced, tomada su lizencia sacó las Reliquias de el cuerpo Santo, llevándolas en su compañía, y los Religiosos de aquel Monasterio, que le quisieron seguir, se embarcó para su patria, adonde llegó con prospera  navegación, y có muy dichosa Iornada. Fue Iocelino  recibido con grá alegria de todos, y con grandes demostraciones de regozijo…”. Falcón, Amaro. Compendio de la historia antoniana traducida del latín en lengua castellana por el Maestro fr. Fernando Suarez Pro de la Orden de Nra. Sª del Carmen en la Pro. de Andalucia. Dirigida a Don Alonso Diego López de Zuñiga y Sotomayor Duque de Bejar, Marques de Jibraleon y Conde de Belalcázar. Impreso en Sevilla: por Francisco Perez. Sevilla, 1603. Página 71.

[38] “…Un hombre originario del Delfinado, un tal Jocelyn, señor de Castronovo, Albenciano y la Mota de San Desiderio, las llevaría consigo a su regreso a Francia, depositándolas en La Motte S. Didier o en la Motte –aux-Bois, traslado que habría tenido lugar durante la segunda mitad del siglo XI, concretamente el año 1074, durante el pontificado de Alejandro II. Desde entonces se veneran en Vienne unas reliquias insignes de un gran eremita en el templo que construyó en su honor Guión Desiderio, heredero de Jocelyn…”. Sánchez Domingo, Rafael. “Una institución hospitalaria en el Camino de Santiago: la ciencia médica de la Encomienda antoniana de Castrojeriz (Burgos)”. Estudios Superiores del Escorial. La Iglesia Española y las Instituciones de Caridad. Actas del Simposium 1/4-IX-2006. Colección del Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas. Ediciones Escurialenses (EDES).  Servicio de Publicaciones. Madrid, 2006. Página 547.

[39] “…Cavallero muy valeroso, exercitado en armas, llamado Jocelino, Señor de Castro-Nuevo, Albenciano, y de la Mota de San Desiderio, y de otras muchas Fuerzas, y Lugares; el qual estando por Capitan General en servicio del Rey de Francia, en guerra, que en aquel siglo se hacia contra los Helvecios, que son los que moran en los Cantones, fue en una sangrienta batalla, que se dio un dia cerca del Monte Jura, derribado en el cavallo con tres mortales heridas, quedando en el campo tendido entre los muertos, y como tal, fue de noche sacado a una Hermita (…) a costa de su sangre, y continuos triunfos , supo grangear tanto el favor de el Emperador, que quando llegó la ocasión de bolverse á Francia, le dio entre otros dones de gran valor, y estima, el precioso cuerpo de San Antonio, el qual trajo con mucha reverencia, y devocion á la Villa de Mota, que esta situada en la Provincia de Viena, año de mil y setenta, siendo Summo Pontifice Alexandro II y Emperador del Oriente Michael Ocavo Parapinazo y Enrique Octavo, Emperador de Alemania…”. Ceballos, Blas Antonio de. Flores de el Yermo, pasmo de Egypto, assombro de el mundo, sol de Occidente, portento de la gracia: vida y milagros de el grande San Antonio Abad. Barcelona. 1759. Páginas 277 y 278.

[40] Las reliquias se custodiaban en la Iglesia de San Antonio de la villa de La Mota (en el Delfinado, La-Motte-Saint-Didier, actualmente Saint-Antoine-l´Abbaye, San Antonio Abad, en el departamento francés de Isère). Dicha iglesia era la iglesia conventual de un priorato benedictino cuyos monjes se ocupaban del santuario. Gastón y su comunidad que en principio estaba formada por laicos, erigieron un hospital cerca, donde cuidaban de los peregrinos que visitaban el santuario de la Iglesia de San Antonio y de los enfermos, particularmente de aquellos afligidos por el Fuego de San Anton. http://es.wikipedia.org.

[41] “…haviendose acabado con piedad, y limosna de los Fieles, y con el fervoroso zelo, y solicitud de Guion Desiderio, el Templo de nuestros Bienaventurado Padre, se ordenó colocar en él su bendito cuerpo, con tan grandes demostraciones de amor, fiestas, luminarias, e intervenciones de fuego, que es imposible el poderlo significar; y en particular el sumptuoso aparato, y grandeza con que se vieron adornadas, con riquisimas colgaduras, flores, y oloradas yervas las calles de aquella dichosa Villa, por donde havia que pasar la Procesión; la qual se hizo con tan copiosas luces, devoción, solemnidad, y regocijo de musicas, alternadas de dulces voces, y varios instrumentos, que sensiblemente enamoraban, y alegraban las danzas, acompañamiento de Soldados, tambores, trompetas, y chirimias, que jamás en aquella Villa se vió otra semejante, ni mas plausible (…) dentro de la caxa se halló un vaso de metal cerrado con cera, y el Señor Arzobispo públicamente le abrió, halló en él una cedula de pergamino, con unas letras antiquisimas, que casi no se dexaban leer uqe decian: ESTE ES EL CUERPO, Y LAS RELIQUIAS DEL GLORIOSO CONFESSOR SAN ANTONIO ABAD, TRAHIDAS DE EGIPTO…”. Ceballos, Blas Antonio de. Opus cit. Página 280.

[42] “…Tal enfermedad se extendería en Centroeuropa de desde el siglo X vinculada al consumo del pan del centeno y a la mala alimentación común entre los más pobres. En realidad se trata del ergotismo gangrenoso siendo una intoxicación, el herpes zoster o culebrilla, causada por el virus varicella-zoster (VZC), el mismo que provoca la varicela (…). La neuralgia desencadenada puede llegar a ser muy dolorosa y prolongada, dando lugar al nombre medieval asignado a dicha enfermedad…”. Sánchez Martín, Carlos. “La extinción de la orden medieval de San Antonio abad en Toledo. Un ejemplo de regalismo eclesiástico”. La desamortización: el expolio del patrimonio artístico y cultural de la Iglesia en España. Actas del Simposium 6/9-IX-2007. Madrid, 2007. Página 543.

[43] Investigaciones relativamente recientes, llevadas a cabo por estudiosos de la microbiología sagrada, como Albert Hofmann y Gordon Wason, han venido a descubrir que ese cornezuelo de centeno que produce el ergotismo, contiene alcaloides que, si son administrados convenientemente, también son capaces de producir profundos estados alterados de conciencia, acompañados de visiones, muy semejantes a los producidos por ingestión de sustancias psicotrópicas como el LSD. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 557 y 558.

[44] Pascual Mayoral, Pilar y García Ruiz, Pedro. “Los Antonianos y la Cofradía de San Antonio Abad de Calahorra”. Kalakorikos, 14. 2009. Página 415.

[45] “…La Sagrada Religión Antoniana tuvo principio, por la divina gracia, y favor de Dios, en un Lugar del Arzobispado de Viena, llamado Mota, año de la Encarnación del Señor de mil y noventa y cinco (…) que guardan la Regla de San Agustin, y militan debaxo de la invocación de nuestro Gran Padre San Antonio, que fundaron dos Cavalleros, padre, é hijo, llamado el uno Gaston, y el otro Girondo; los quales, estando padeciendo una gravisima enfermedad, se valieron de la intercesión de San Antonio…”. Ceballos, Blas Antonio de. Opus cit. Páginas 284 y 286.

[46] “… la llegada masiva de peregrinos enfermos a la iglesia de Montmajour, situada cerca de la ciudad francesa de Vienne, movilizó a la población de la comarca que de manera voluntaria comenzó a socorrer a peregrinos. Un grupo de laicos con conocimientos médicos habilitaron una casa junto a la Iglesia que albergaba las reliquias de San Antón y comenzaron a atender enfermos. Esta primera casas-hospital se llamó “Casa de los Pobres” y a los enfermos laicos que la atendían “Hermanos de los Pobres” o “Hermanos de la Limosna”. Poco después construyeron un hospital que llamaron “Hospital de Desmembrados”, donde realizaron las primeras operaciones quirúrgicas importantes, como la amputación de manos y piernas, para evitar la expansión de la gangrena…”. Pascual Mayoral, Pilar y García Ruiz, Pedro. Opus cit. Página 416.

[47] “…Aquí tuvo origen, y principio en las partes Occidentales su nobilísima Religión, aunque muy diferente del que tuvo en las Orientales de la Thebayda, donde fundo sus primeros Conventos (…). Aquí en una aparición milagrosa, que hizo el Santo al noble Cavallero Gaston, y a su hijo Girondo les dio la insignia, o señal del poder, figurada en la Cruz, o letra T, que en Griego es llamado Tau, de quien hace mencion el Profeta Ezequiel en el cap. 9. De aqui se extendió este Orden Sagrado por todas las regiones de Europa, y mas alla, cuyo blanco de su profession fue siempre el amor, y caridad con los pobres…” Navarro, Joseph. Vida y milagros del príncipe de los anacoretas y padre de los cenobiarcas, nuestro Padre San Antonio Abad, el Magno. Barcelona, 1683. Páginas 254 y 255.

[48] Ollaquindia Aguirre, Ricardo. Opus cit.  Página 595.

[49] “…el III Concilio Ecuménico de Letrán, celebrado en 1179 bajo el pontificado de Alejandro III intervino en el lamentable estado de aislamiento a que eran sometidos los leprosos, declarando que siendo fieles como los demás, no debían ser indignos de alterar con sus semejantes, de manera que  para hacer más soportable su existencia, muchos de ellos adoptaron el sistema de peregrinaciones, con profundo sentido práctico, adoptando mejores medidas de higiene y cambiando de clima, aún sin contar con la asistencia espiritual que impetraban, ayuda que pronto recibirán de la nueva Orden de los hijos de san Antonio…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 138 y 139.

[50]“…desde el departamento de Isère, en Francia, la orden se extiende hacia el sur, en la región de Drôme, en los Alpes, conformando la abadía di Bourg-St. Antoine, la filial primogénita. En Susa se establecieron en 1188, conformando residencia estable. Hacia 1190 se inició la edificación de la primera casa en Roma; en 1191, la de Memmingen, en Alemania; en 1199, la preceptoría de Montferrand (Puy de Dôme), al igual que en Aumônièrs (Saone), Besançon (Doubs), Grandvaux (Marne), así como la primera y más importante fundación en Castilla, el monasterio de Castrojeriz, en Burgos, y poco después en Olite, Navarra…”. Ibídem. Página 50.

[51] Es un conjunto monástico situado a pocos kilómetros de la ciudad de Arlés perteneciente al departamento de Bocas del Ródano al sur de Francia.

[52] “…la orden sería aprobada en 1095 por el Papa Urbano II en el concilio de Clermont, famoso ante todo por la proclamación de la primera cruzada. Honorio III la confirmaría por Bula Papal en 1218, acogiendo la regla monástica de San Agustín desde 1297 por nueva Bula Papal, en este caso de Bonifacio VIII. Hasta entonces los Antonianos habían tenido como superiores religiosos a los benedictinos de la abadía de Montmajeur, en las cercanías de Arles, que desde 1088 se dedicarían a la asistencia religiosa de los peregrinos. Tras esta fecha los monjes de San Antón conseguirán la plena independencia, siendo desde entonces el Gran Maestre de la orden, el prior de los Antonianos…”. Sánchez Martín, Carlos. “La extinción de la orden medieval de San Antonio Abad en Toledo. Un ejemplo de regalismo eclesiástico”. La desamortización: el expolio del patrimonio artístico y cultural de la Iglesia en España. Actas del Simposium 6/9-XI-2007 / coord. por Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla. Madrid, 2007. Página 542.

[53] “…Los canónigos regulares se organizaron jurídicamente en el Sínodo de Letran, celebrado el año 1059, bajo el impulso del cardenal Hildebrando, fututo Gregorio VII, y de san Pedro Damiano, cuyos ímpetus se centraron en la reforma de la institución religiosa existente con el fin de fundar un nuevo orden (…). El movimiento reformador gregoriano pasó de las catedrales a las colegiatas, santuarios y otras iglesias, y se ocuparon de labores litúrgicas, de beneficencia, atención de peregrinos, etcétera…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 58.

[54] Aunque es difícil definir la espiritualidad de los canónigos regulares, todas las comunidades adoptaron la regla de San Agustín, aunque no le concedieron el mismo contenido ni el mismo significado, puesto que la mayor parte de los canónigos se contentó con cumplir la Regula prima. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 56.

[55]…en primer lugar, la erección de una comunidad religiosa clerical, renuncia absoluta a la propiedad privada, castidad, obediencia al superior, caridad. El ideal de san Agustín era la vida comunitaria sacerdotal de la Iglesia de Jerusalén en el tiempo de los apóstoles…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 56.

[56] “…del habito y costumbre de los religiosos. Tense manda conforme a los estatutos que todas los comendadores y religiosos trayga habito y vestido honestos y decentes (…) anden con sotanas y manteos y calzas llanas y todo el paño negro (…) y en cada una de las ropas largas traygan la potencia o Tau que en el habito dela oja orden el qual sea de terciopelo azul o raso claro, ni poniendo enlos ojos taus guarniciones ni cordones de oro ni de plata, el qual dicho Tau an siempre de traer consigo en ropa corta o larga assi de camino como en casa…”. García, Fr. Pedro. Orden Hospitalaria de San Antonio: Estatutos, ordenaciones y constituciones de la Orden Hospitalaria de San Antón confirmados por el Capítulo celebrado en Toledo en el año 1592. Testimonio del Protonotario Apostólico Marius Theodolus sobre algunas bulas y privilegios concedidos por los Romanos Pontífices a favor de la Orden de San Antón. 1609. Folio 12.

[57] “…la Tau ha sido siempre un símbolo salvífico, una marca de los justos según el profeta Ezequiel, un signo amuleto mágico de protección contra la peste y contra los poderes malignos e incluso un emblema sagrado entre los paganos adoradores de Serapis, para los que simboliza la vida venidera. También fue utilizada la Tau por los franciscanos, quizás porque para que San Francisco padeció la enfermedad del fuoco sacro, de la que sería tratado por los Antonianos, o quizás por la admiración del Santo al Convento de Castrogeriz cuando peregrinó a Santiago…”. De Gilbert Rojo Barón de Gavín, Manuel Fuertes. La nobleza corporativa en España: nueve siglos de entidades nobiliarias. Ediciones Hidalguía. Gráficas Arias Montano, S.A. Madrid, 2007. Página 100.

[58] “…un brebaje que se bautizó como el agua de San Antonio, tenía poderes curativos (…). Los panes de San Antonio, realizados desde el siglo XI y hechos con harina especial y pura de centeno (…). La manteca de cerdo, considerada milagrosa era untada sobre los órganos afectados, paliando parte de la infección (…). Pero de todos los remedios curativos, tal vez sea el del Santo Vino el más célebre…”. Morán Suárez, Isabel. “El Fuego de San Antonio: estudio del ergotismo en la pintura del Bosco”. Asclepio. Vol. XLVIII. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Madrid, 1996. Página 188.

[59] Argente del Castillo Ocaña, Carmen. Opus cit. Página 41.

[60] “…en el tratamiento de la gangrena seca que recomienda el doctor Sanponts en su discurso sobre el fuego de San Antón en el año 1792 (…). La curación externa se dirigía del modo siguiente, en los principios, á fin de avivar la parte que empezaba a percibir alguna torpeza al tacto, se aplicaba una mezcla de manteca y aguardiente sobre el lugar que amenazaba la gangrena, después se seguía la curación con un ungüento, compuesto por tres libras de aceyte de olivas, una libra de trementina, media libra de cera amarilla, y suficiente cantidad de vino…”. Aichinger, Wolfran. El fuego de San Antón y los hospitales antonianos en España. Verlag Turia + Kant. Viena, 2009. Páginas 103 y 104.

[61] “…Desda edad le dio una enfermedad que se llama fuego de Sant Antón en un pie; y no la entendiendo los medicos, la hizieron remedios contrarios. Estaria como quinze dias con terribles dolores; al cavo se le murio la pierna. Y biendo lo medicos que el fuego le subia mui arriba, determinaron cortarsela. Por presto que esto se hizo, ya le habia subido al muslo, quedando todo lo demas tan negro y con tal olor (…) no ubo cirujano que se atreviese con sus erramientas a serrar tal ueso como el del muslo. I ansi, llamaron un entallador que trajese su sierra; y con ella se la aserraron mudandose unos y otros…”. Aichinger, Wolfran. Opus cit. Página 106.

[62] “…Y siendo las dispensaciones, y que no las hagan singran necessidad, porque no vengan aprercer las leyes: es decreer que dsupensar Dios tantas vezes por intercesión de susiervo Antonio en las leyes natrurales, haziendo por el tanto milagros (…). Y continuandose esta devocion del Santo en los animos de los Principes hasta el dia de oy, y con la frecuencia y multitud de milagros, se a hecho tan famoso el nombre de Antonio, en toda la redondez de la tierra, que no ay nacion, ni Provincia, que no tenga noticia deste Santo, ni Ciudad, ni lugar por pequeño que sea que no tenga Iglesia, o Altar, o Imagen suya…”. Falcón, Amaro. Compendio de la historia antoniana traducida del latín en lengua castellana por el Maestro fr. Fernando Suarez Pro de la Orden de Nra. Sª del Carmen en la Pro. de Andalucia. Dirigida a Don Alonso Diego López de Zuñiga y Sotomayor Duque de Bejar, Marques de Jibraleon y Conde de Belalcázar. Impreso en Sevilla: por Francisco Pérez. Sevilla, 1603. Dedicatoria.

[63] La congregación de los antonianos se extendió por toda Europa, llegando a regentar 369 hospitales. En Roma, los antonianos tenían el privilegio de atender sanitariamente al romano pontífice, y en sus desplazamientos siempre le acompañaba un religioso profeso de dicha congregación. El emperador Maximiliano les ennobleció en 1502 otorgándoles un blasón (águila negra y cruz de San Antón). La orden alcanzó un desarrollo material muy importante, lo que lesionó su disciplina monacal. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 47.

[64] Alfonso VII, emperador de León (1105-1157), procuró que el reino de León tuviera siempre primacía sobre los demás reinos cristianos, adquiriendo una efectividad al igual que la había tenido anteriormente. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 153 y 156.

[65] “…Alfonso el emperador y esposa Doña Juana en 1146 “rehedificaron” esta Real Casa Hospital con la obligación de curar todos los enfermos tocados del fuego de san Antón dotándolas con diversos privilegios…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 153.

[66] “…yo el dicho Rey D. Fernando, por hacer y limosna é por el amor de Dios, é del confesor bienaventurado S. Antón, e poque el dicho lugar sea mejor poblado e vala mas, quito para siempre jamás de todo pecho á cinquenta pobladores que y vinieren a morar, de aquí adelante, que sean quitos e franqedos de todos los pechos, asi de servicios como de pedidos e de emprestidos, e de yantares, é de martiniegas, é de fonsado, é de fonsadera, e de toda facendera, é de ayuda, é de todos los otros pechos é pedidos que a Mi hobieren á dar los de la tierra, en qualquier manera que sea, que nombre hayan de pecho, salvo ende moneda forera, cuando acaeciere de siete en siete años…E mando a los dicho pobladores que si alguno o algunos contra esto les quisieren pasar o prendar por algunos pechos de los que sobredicho son, que ge lo no consientan, é que les amparen la prenda, é que no cayan en pena por ello, ca lo que montare los pechos que me ellos habian á pechar mando que los descuenten de la abeza del pecho á aquellos con quien los ellos habían de pechar…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 151 y 152.

[67] Hospital de San Antón de Toledo: “…Estuvo también situado extramuros de la ciudad, en la actual carretera de Madrid, en el de San Lázaro y la ermita de San Eugenio, donde todavía se conserva un columna de piedra con la cruz de hierro. Fue fundado alrededor de 1316 por don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz (quien fue su primer patrono y a quien sucedieron sus descendientes, los Condes de Orgaz), para la curación de cierta enfermedad llamada “fuego sacro” o fuego de San Antón…”. Zamorano Rodríguez, María Luisa. El Hospital de San Juan Bautista de Toledo durante el siglo XVI. Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos. Diputación Provincial de Toledo. Toledo, 1997. Página 59.

[68] “…En León el primer hospital de San Antonio surgió en 1531, y aunque su nombre era hospital de Sant Marçiel, pronto se cambió por el de San Antonio gracias a una bula de Clemente VII, dada en Roma el 6 de mayo de 1531 (…). Tenía dos divisiones claras: un pabellón para los hombres y otro para las mujeres. Así mismo, contaba con diferentes salas como, por ejemplo, la Purísima, San Antón, San Rafael, Nuestra Señora del Carmen, Santa Ana, Jesús, San Marcelo, etc., y por supuesto una para las hermanas, otra de operaciones, una iglesia y su capilla…”. Arias Fernández, Ana Isabel. San Antonio Abad y el Hospital de la beneficencia de León (I). Argutorio: Revista de la Asociación Cultural “Monte Irago”. Año 8. Nº 16.  Astorga (León), 2006. Página 13.

[69] “…Dedicados o bajo la advocación de San Antón o San Antonio Abad, existían en Córdoba dos hospitales diferentes entre sí, como aparece de su nombre, de su situación topográfica y de la finalidad distinta que ambos perseguían (…) Hospital Real e Imperia de San Antón (…) FUNDACIÓN.- De los documentos existentes no hemos podido poner en claro la fecha de su fundación. Parece ser que tuvo lugar no mucho después de la reconquista. La primer noticia cierta de él se tiene hállase en el testamento de D. Marcos de Quintana Dueñas, otorgado en 21 de Mayo de 1277 (…). Hospital de Nuestra Señora de la Concepción y del glorioso San Antón Abad (…) Dedúcese la antigüedad de su fundación de la patena de un cáliz que se conserva y de una pintura al fresco de Nuestra Señora de la Concepción…”. Saldaña Sicilia, Germán. Monografía Histórico-Médica de los Hospitales de Córdoba. Primera Edición. Tipografía Artística – San Álvaro. Córdoba, 1935. Página 57.

[70] “…La encomienda castellana llegó a tener 23 casas-hospitales en Castrogeriz, Valladolid, Medina del Campo, Toledo, Sevilla, Cuenca, Murcia, Salamanca, Plasencia, Segovia, Córdoba, Toro, Benavente, Atienza, Talavera, Cadahalso, Ciudad Real, Iruela, Albacete, Baeza, Cuevas, Alcalá la Real y México (…) La encomienda olitense tuvo 14 casas-hospitales: Olite, Pamplona, y Tudela en Navarra; Zaragoza, Calatayud, y Huesca en Aragón; Valencia y Orihuela en el reino valenciano; Barcelona, Cervera, Lérida, Tárraga Y Valls en Cataluña, y Palma de Mallorca…”. Ollaquindia Aguirre, Ricardo. Opus cit. Página 271.

[71] Guerra, Antonio. Sevilla, hospital de Indias. La asistencia médica durante el Descubrimiento. Almuzara. Sevilla, 2005. Página 27.

[72]“…está la Encomienda mayor en el Camino Francés que va a Santiago de Galicia, y así se da en ella gran cantidad de limosnas a los peregrinos que van a dicha Romería, y habido año que han pasado por allí más de seis mil franceses y de otras naciones, y a todos se les da una ración de pan y algunos vino llevando necesidad, y a todos unos panecillos pequeños hechos para el día de San Antón y benditos aquella noche, juntamente con el vino santo: que lo uno y lo otro consta por la experiencia las maravillas que obra así para enfermedades como la peste y especialmente contra el fuego (…). Tiene esta Encomienda Mayor el Hospital enfrente de la Casa, que por medio pasa el Camino Real y en el Hospital, que es de obra muy antigua, viven los cojos y mutilados, y las personas que están disputadas para el servicio y cura de enfermos: y a todos se les da todo lo que han menester para su sustento y vestido con mucha puntualidad y abundancia…”. Falcón, Amaro. Opus cit. Páginas 193 y 194.

[73] “…El otro medio a sido hazer devotos de este gran Santo, no solo a hombres vulgares y comunes, sino a Emperadores, Reyes, Duques, y Principes, sembrando en estos generosos pechos una tan pura, rara, y singular devoción (…). Y no quiso nuestro Señor que se acabase la devoción de Sant Antón en esta gran casa de Bejar con la muerte del Duque Don Francisco; antes la quiso acrecentar con que no solo V. Excelencia, que sucedió en los estado de su Padre y en la herencia de sus heroicas y eccellentes virtudes, continuase la devocion del gran Patriarca Antonio, mandandome que prosiguesse esta traducción con gran instancia. Pero que tambien la excelentisima Señora Duquesa de Bejar dignísima compañía de V. Excelencia tuviesse la mesma devocion con nuestro gran Santo…” Falcón, Amaro. Compendio de la historia antoniana traducida del latín en lengua castellana por el Maestro fr. Fernando Suarez Pro de la Orden de Nra. Sª del Carmen en la Pro. de Andalucia. Dirigida a Don Alonso Diego López de Zuñiga y Sotomayor Duque de Bejar, Marques de Jibraleon y Conde de Belalcázar. Impreso en Sevilla: por Francisco Pérez. Sevilla, 1603. Dedicatoria.

[74] Los enfermos del fuego de San Antón procuraban llegar de día anunciando su llegada con el canto Ultreya, acompañado de los sones de subáculo-flauta, después visitaban el santuario, recibían con devoción el Tau, especie de escapulario, el pan, el vino y las campanillas con la cruz de San Antonio, todo bendecido según el rito antoniano, pudiendo hospedarse en el hospital anejo al monasterio. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 565.

[75] Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 175 y 176.

[76] “…ordenamos que los miembros de la orden puedan andar y anden con Bacines e sin Bacines por todos los reinos de Castilla sin que nadie se lo impida ni les exija tercio, cuarto, ni quinto por razón alguna, antes bien, sean bien recibidos e les sean dadas las buenas pesadas seguros e desembargados de otros pasadores. Otrosí, por quanto dicha orden fue y es fechura del rey Don Alfonso, nuestro Padre e Nuestra; tenemos por bien que la dicha orden e sus bacinadores, Mayordomos y Criados, sean exentos y quitos de todo pecho y pedido, e soldados, e menores, e servicio, de cualquier manera se haya de dar e pagar en todos los nuestros reinos…”. Ibídem. Páginas 181 y 182.

[77] “…Los antonianos de Olite tienen licencia para pedir de todo; y no solamente en Navarra, sino también en Castilla y Aragón. Van por los pueblos con un carro y recogen legumbre, cereales, huevos, aceite, quesos, etc. para el Hospital. El carro es tirado por un macho que lleva colgado del cuello una especie de estandarte y campanillas. El estandarte ostenta en azul la cruz de San Antón, la Tau, sobre fondo negro…” Ollaquindia Aguirre, Ricardo. Opus cit. Página 157.

[78] Argente del Castillo Ocaña, Carmen. “La Orden Hospitalaria de San Antón en la diócesis de Baeza-Jaén. Cuadernos de Estudios Medievales y Ciencias y Técnicas Historiográficas. Nº 2-3. Universidad de Granada. Granada, 1974. Página 45.

[79] Este animal era símbolo de las tentaciones del santo, pero no hay que olvidar que todo cerdo representa también el estilo de alimentación de los cristianos victoriosos, por oposición al de los “moros”.

[80] Bandejas con las que los antonianos pedían limosna. Aichinger, Wolfran. El fuego de San Antón y los hospitales antonianos en España. Verlag Turia + Kant. Viena, 2009. Página 60.

[81] Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 182.

[82]“…los Monarcas deseaban, por consiguiente, emprender una reforma sistemática, dirigida por prelados de su confianza, que corrigiese las costumbres desarregladas de los religiosos, sanease la administración de los monasterios y que a continuación se llevase a la práctica por religiosos de la respectiva orden…”. García Oro, José. La reforma de los religiosos españoles en los tiempos de los Reyes Católicos. Instituto “Isabel la Católica” de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1969. Página 35.

[83] “…los Reyes Católicos inician una política de reunificación y construcción hospitalaria que es una expresión más de del deseo de un Estado unificado y que, al igual que ocurre con otras realizaciones arquitectónicas, supone a la vez, como señala el profesor Nieto Alcaide, “un instrumento imprescindible para configurar una imagen visual del poder”, integrándose en la ciudad como un símbolo de permanente y visible de la fuerza y la autoridad de la monarquía…”. Rodríguez Mateos, María Victoria. Los hospitales de Extremadura 1492-1700. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. Cáceres, 2003. Página 39.

[84] “…1502. Junio 5. Toledo. Los Reyes al reformador de la Orden de S. Antón, Fr. Juan Antón de Ravena. Provisión en su favor de la casa de S. Antón de Castrojeriz. El Rey y la Reyna. Fray Juan Antón de Ravena visitador de la orden de San Antón destos nuestros reynos. Ya sabes que después de Fray Manuel de Tetis, comendador que fue de la casa se San Anton de Castroxeriz fallecio desta presente vida, a casa que la dicha casa no estaba bien regida e las personas que en ella stavan gastaban mal las rentas della, nos, por una nuestra cedula, ovimos mandado a Don Alonso de Mendoza conde de Castro que pusiese una buena persona de la dicha orden en la dicha casa, para que la toviese en administración e gastase e distribuyese los frutos e rentas della en las cosas para que fueron dotadas (…) porque creemos que la dicha casa e encomienda sera mejor regida e administrada , los pobres della mas ayudados…”. García Oro, José. La reforma de los religiosos españoles en los tiempos de los Reyes Católicos. Instituto “Isabel la Católica” de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1969. Página 495.

[85] “…a través del privilegio real se autorizaba a los monjes antonianos de Castrojeriz y encomiendas subordinadas el pedir dinero por los reinos de España sin que nadie les molestara ni perturbara, bajo pena de diez mil maravedís para quien osara contravenir este privilegio, de manera que todos los oidores, alcaldes, caballeros y oficiales tenían obligación de guardar la orden emanada de la voluntad real en su afán de privilegiar a los antonianos…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 185.

[86] “… Privilegio de los Reyes Católicos concedido a frey Manuel de Testis, comendador mayor de San Antón de Castrojeriz el 19 de diciembre de 1488, para que se guarden y se respeten los antiguos privilegios, libertades y exenciones otorgados por los antiguos emperadores para que los monasterios de la orden de San Antón fueran liberados…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 185.

[87] “…A.G.S., R.G.S., Carta-seguro otorgado por los Reyes Católicos al comendador mayor de la orden de San Antón, procuradores y bacinadores de la orden el 20 de diciembre de 1490, para que puedan andar libremente por el reino acompañados de cochinos, recorriendo las ciudades y villas sin temor a ser prendados, heridos ni matados, f. 141…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 186.

[88] “…A.G.S., R.G.S., Confirmación real de privilegios a la cabeza de las encomiendas de la orden de San Antón. Privilegios de 1364, 1371, 1379 y 1391 respectivamente, f. 13. ”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 186.

[89] “…los Reyes a través de la confirmación de numerosos privilegios a la Orden de San Antón de los Reinos de España, Portugal e Indias Occidentales, cuya Encomiendo Mayor se encontraba en Castrojeriz (privilegios de 1484, 1488, 1490, 1492 y 1495), les autorizaba a recorrer libremente los lugares de los Reinos con bacines –bandejas- y atabaques pidiendo limosnas y acompañados de cerdos, sin que nadie pudiera perturbarles, ni apresarles. A través de esta fórmula de la exención y privilegio, los Reyes Católicos posibilitaban el sostenimiento económico de una sólida y vertebrada red hospitalaria cuya gestión corría a cargo de la Orden de San Antón…”. Sánchez Domingo, Rafael. “Una institución hospitalaria en el Camino de Santiago: la ciencia médica de la Encomienda antoniana de Castrojeriz (Burgos)”. Estudios Superiores del Escorial. La Iglesia Española y las Instituciones de Caridad. Actas del Simposium 1/4-IX-2006. Colección del Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas. Ediciones Escurialenses (EDES).  Servicio de Publicaciones. Madrid, 2006. Páginas 560 y 561.

[90] “…En la ciudad de Toledo hay un hospital de la militar Orden de San Antonio Abad, el cual aunque goza un pingüe Encomienda de la dicha orden, con el pretexto de su manutención, usa una gruesa porción de cabezas de ganado de cerda, por privilegio que dice tener, inundando con ellas todas las calles de esta ciudad, y dentro de ella nacen, se crían, y se mantienen con lo que se arreglan a coger…”. Aichinger, Wolfran. Opus cit. Página 123.

[91] En la ciudad de Salamanca: “…HOSPITALES=A principios del siglo XVI existían en nuestra ciudad los que á continuación se espresan (…): 3º El de San Antón para curar la horrible enfermedad conocida con el nombre de Fuego sacro ó fuego de san Anton. Por los años de 1256 se hace ya mención a este hospital…” Album Salmantino, Semanario de ciencias, literatura, bellas artes é intereses materiales. Nº1. Tomo 1. Salamanca, Domingo, 5 de febrero de 1854. Página 15. “…No se tiene noticia cierta de cuando se fundase la de Salamanca; mas por los años 1256 ya estaba fundada según consta de una escritura á favor de los padres dominicos …”. Dorado, Bernardo. Historia de la ciudad de Salamanca. Imp. del ADELANTE,  a cargo de Juan Sotillo. Salamanca, 1861. Páginas 144 y 145.

[92] “…Este asunto presentaba todos los indicios de haberse cometido un fraude por parte de dos sujetos, uno vecino de Itero de la Vega y otro de Paredes de Nava, al objeto de engañar a la encomienda de San Antón de Castrojeriz con motivo de la recolección de la bula de San Antón y apropiarse de una cantidad que no les correspondía, por lo que obligó a intervenir a la reina y a la justicia ordinaria de las merindades implicadas para encontrar y juzgar al estafador…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 207.

[93]“…Fray Manuel de Testis, como intruso, proveído fraudulentamente al margen del patronato real, que instaló a amigos suyos franceses en las diversas encomiendas, practicó él mismo el cumulativismo beneficial, enajenó muchos bienes y convirtió a Castrogeriz en un albergue de franceses…”. García Oro, José y Portela Silva, María José. “La Orden de San Antón y la asistencia hospitalaria en Castilla durante el Renacimiento”. Archivo Ibero-americano. Revista Franciscana de Estudios Históricos. LXV. Año 2005. Página 305.

[94] Sevilla: del 22 al 27 de enero de 1502; Córdoba: 30 de enero de 1502; Ciudad Real: 5 de febrero de 1502; Toledo: 10 de febrero de 1502; Cadahalso: 12 y 13 de febrero de 1502; Segovia: del 15 al 17 de febrero de 1502; Salamanca: del 20 al 23 de febrero de 1502; Toro: del 26 al 28 de 1502. García Oro, José y Portela Silva, María José. Opus cit. Página 308.

[95] “…1.-en la casa o encomienda observando el estado físico de la residencia del comendador y su comunidad; del hospital, si existe; de la iglesia con sus elementos (templo, capillas y alates, sacristía; objetos y ajuar debidamente inventariados; 2.-en la documentación institucional (Regla y constituciones de San Antón, docuementos reales y pontificios) y personal (título beneficial, nombramiento de la Orden, documentos de profesión y ordenación) de la encomienda; 3.-en la hacienda y su valoración: heredades, casa urbanas, rentas, cuestiones en el distrito de la encomienda; 4.-en la situación del comendador que se investiga en dos turnos sucesivos: en el interrogatorio de los visitadores sobre gobierno de la comunidad, si existe, observancia religiosa (oficio divino, cultos y sufragios, normativa regular respecto a la vida sacramental, obediencia a los superiores, ayunos y abstinencias); honestidad en su conducta con obligación de responder a imputaciones y difamación, enajenaciones o fraudes en la administración y obras y mejoras realizadas o en curso; en las declaraciones de testigos cualificados, obre o mujer, sobre la vida y gobierno del comendador. La inspección local culmina con dos actos: la promulgación de unas ordenanzas o decretos de visita, que imponen obligaciones inmediatas al comendador…”. García Oro, José y Portela Silva, María José. Opus cit. Páginas 307 y 308.

[96] Aichinger, Wolfran. El fuego de San Antón y los hospitales antonianos en España. Verlag Turia + Kant. Viena, 2009. Páginas 83 y 84.

[97] “…Hospital de San Antón. Le fundaron hacia los años de 1230 los religiosos de San Antonio Abad, que tenían en Castrojeriz su casa y la encomienda mayor; eran acogidos a él los que padecían el llamado fuego infernal, y por antífrasis sacro ó de San Antón; con la primar denominación los designa Enrique II en su cédula expedida en Sevilla á 14 de Julio de 1366 (I), en estos términos: “que la dicha órden es hospital donde se habitan é cogen muchos enfermos plagados (llagados) del fuego infernal”. Por esta cédula y la dada en Valladolid á 27 de Octubre de 1368, aclara, amplía y confirma todas las mercedes y privilegios que tenía la órden, de la que fue muy devoto su padre el rey don Alfonso XI. Por ella, permite que la órden pueda tener “puercos é campanillas é bacines é atabaques” y todo lo cumpliese y hubiese menester para la demanda en todas la ciudades, villar y lugares de sus reinos y señoríos; y que “non sea embargada ni contrastada por tercio, nin por cuarto, nin por quinto, nin po diezmo, nin por otra razón alguna, nin por la demanda de la Cruzada”. A los freires, legos, procuradores y criados que andaban en estas procuraciones, tenían los pueblos que darles “buena posada, segura é desembargada de otros posadores (huéspedes) sin dineros; e viandas, é lo que hubieran menester por sus dineros”. Estaba libre la orden de todo pecho y servicio, así en hueste como en armada, y de toda dependencia ó jurisdicción eclesiástica, salvo la de nuestro señor papa, como dice Enrique II. A los acogidos se les daba el nombre de quemados; muchos a quienes lo permitia su estado, salían á pedir ó á la demanda de campanillas, bacines ó atabaques. Tenían el privilegio estos hospitales de que los cerdos de su pertenencia, que era la única propiedad de muchos de ellos, pudiesen andar libres por las poblacione …”. Villar y Macias, M. Historia de Salamanca. Tomo II. Imprenta de Francisco Nuñez Izquierdo. Salamanca, 1887. Páginas 377 y 378.

[98] “…Hospital de San Antón. Le fundaron hacia los años de 1230 los religiosos de San Antonio Abad, que tenían en Castrojeriz su casa y la encomienda mayor; eran acogidos a él los que padecían el llamado fuego infernal, y por antífrasis sacro ó de San Antón; con la primar denominación los designa Enrique II en su cédula expedida en Sevilla á 14 de Julio de 1366 (I), en estos términos: “que la dicha órden es hospital donde se habitan é cogen muchos enfermos plagados (llagados) del fuego infernal”. Por esta cédula y la dada en Valladolid á 27 de Octubre de 1368, aclara, amplía y confirma todas las mercedes y privilegios que tenía la órden, de la que fue muy devoto su padre el rey don Alfonso XI. Por ella, permite que la órden pueda tener “puercos é campanillas é bacines é atabaques” y todo lo cumpliese y hubiese menester para la demanda en todas la ciudades, villar y lugares de sus reinos y señoríos; y que “non sea embargada ni contrastada por tercio, nin por cuarto, nin por quinto, nin po diezmo, nin por otra razón alguna, nin por la demanda de la Cruzada”. A los freires, legos, procuradores y criados que andaban en estas procuraciones, tenían los pueblos que darles “buena posada, segura é desembargada de otros posadores  (huéspedes) sin dineros; e viandas, é lo que hubieran menester por sus dineros”. Estaba libre la orden de todo pecho y servicio, así en hueste como en armada, y de toda dependencia ó jurisdicción eclesiástica, salvo la de nuestro señor papa, como dice Enrique II. A los acogidos se les daba el nombre de quemados; muchos a quienes lo permitia su estado, salían á pedir ó á la demanda de campanillas, bacines ó atabaques. Tenían el privilegio estos hospitales de que los cerdos de su pertenencia, que era la única propiedad de muchos de ellos, pudiesen andar libres por las poblaciones…”. Villar y Macias, M. Historia de Salamanca. Tomo II. Imprenta de Francisco Nuñez Izquierdo. Salamanca, 1887. Páginas 377 y 378.

[99] “…Hospital de San Antonio Abad- Por los años 1230, siendo Gobernador de Salamanca D. Alvar Pérez de Castro, señor del Infantado de León, sabemos que los religiosos de la órden de San Antonio Abad (que en el año de 1146 habían entrado en España y hecho su establecimiento principal en la de Castrojeriz, donde tenían su Comendador mayore fundaron en Salamanca en la colación de San Román, un hospital de su orden, para que en él fuesen curados los que padecían el mal llamado vulgarmente fuego de Sna Antón, á que los antiguos daban el nombre de fuego sagrado (Ruy Mendez, Población gen. De España). Consta ya la memoria de este hospital en el año 1256 (…). Además se erigió una cofradía que contaba de crecido número de individuos que daban cuantiosas sumas de para el culto del santo, siendo costumbre llevar á dar vueltas á esta casa, en la víspera y día de su festividad, muchos caballos, mulas y caballerías menores. A consecuencia de la mala fábrica y mucha antigüedad se arruinó la iglesia y hospital á mediados del año de 1697, siendo su comendador Frey D. Toribio López Estrada, y reedificada nuevamente se hizo la traslación á ella del Santísimo y del Santo, que durante la obra había estado en el convento de San Esteban en el día 21 de Abril de 1710, con asistencia del Cabildo, Ciudad y de la Comunidad de San Esteban, en cuya función hizo de Preste D. Enrique Esion. Dean de Salamanca Jues conservador que era de la misma encomienda de San Antón. Ultimamente en virtud de Breve del Papa Pio VI en el año de 1791 quedó suprimida esta órden en todos los dominios de España siendo a la sazón último comendador Frey D. Benigno Sánchez. Sus rentas se agregaron al hospital general, y demolida la iglesia se vendió sus suelo y sitio del hospital á D. Francisco Nieto Bonal, Seño de Inigo, que los incorporó en us casas principales con quienes lindaba…”. Crónica de Salamanca. Revista de Ciencias, Literatura y Artes. Tomo II. Número 2. Salamanca, 1861. Páginas 14 y 15.

[100] García Oro, José y Portela Silva, María José. Opus cit. Páginas 377 y 381.

[101] Archivo General de Simancas. En adelante A.G.S. Catastro de Ensenada, Respuestas Generales. Año 1753. Folio 210. (recurso digital www.pares.mcu.es).

[102] “…Dio la Santa Sede permiso a los Antonianos con varias limitaciones…”. Aichinger, Wolfran. Opus cit. Página 43.

[103]Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 276 y 277.

[104] “…suppressio canonicarum regularium ordinis sancii Antonii Viennensis in Hispania. Pius PP. VI. Ad perpetuam rei memoriam. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Páginas 276 y 277.

[105]…se suprimía la Orden de los canónigos regulares de san Antonio establecida en España: las veintitrés casas de los Reinos de Castilla y León, y las catorce de los reinos de Aragón y Navarra con su eremitorio y la soledad de Orihuela, de la misma manera quedaban anulados todos los privilegios e indultos generales y especiales que anteriormente les hubieran sido otorgados, despojando de toda autoridad al Comendador general de la Orden y los superiores de las distintas preceptorias…”. Sánchez Domingo, Rafael. Opus cit. Página 174.

Dic 212016
 

Alberto SÁENZ DE SANTA MARÍA VIERNA

Notario

 

SUMARIO.-

I.- Los Testamentos de Fernando de Aragón.-

II.- El Testamento de Madrigalejo.-

III.- El signo notarial.-

IV.- El signo de Miguel Velázquez Clemente.-

V.- La duplicidad de signos notariales.-

VI.- Análisis del doble signo.-

VII.- Conclusión.-

 

I.- Los Testamentos de Fernando II de Aragón.-

 

El Rey Fernando otorgó muchos testamentos a lo largo de su vida. Según

ARGENSOLA (“Anales de Aragón”), llegó a otorgar nada menos que cuarenta y cuatro.

Si ese dato fuera cierto, podríamos afirmar que fue en verdad un Rey

testador como no ha habido otro, revelador de lo mucho que pensaba y pensaba sobre

las cuestiones políticas, geopolíticas y sucesorias que podían afectar a la Monarquía que

él encarnaba.

De todos estos testamentos, nos interesan solamente los tres últimos, los más

cercanos a su muerte, que son:

El de Burgos, de 2 de mayo de 1512, ante el Protonotario Felipe Clemente y

en la Casa del Cordón1.

El de Aranda de Duero (Burgos), de 26 de abril de 1.515, ante el Protonotario

Miguel Velázquez Clemente (hijo del anterior) y en la Casa de Juan de Acuña.

El de Madrigalejo (Cáceres), de 22 de enero de 1.516, ante el mismo Miguel

Velásquez Clemente y en la Casa de Santa María.

Es decir: en sus últimos cuatro años de vida, otorgó tres testamentos.

 

Como es sabido, cada testamento (ayer y hoy) revoca y deja sin efecto al

anterior, por lo que el de Burgos fue revocado por el de Aranda y éste –a su vez- por el

de Madrigalejo. Correspondiendo a éste la gloria de ser el definitivo acto de última

voluntad del Rey, el que rigió definitivamente su herencia y sucesión.

 

II.- El Testamento de Madrigalejo.-

 

Este testamento extremeño del Rey es un documento muy interesante para la

política nacional (de Aragón y de Castilla) y para la geopolítica y diplomacia

internacional. Y también familiar y dinásticamente2. Pero no menos crucial lo es desde

el punto de vista jurídico. Y en verdad singular si tenemos en cuenta las circunstancias

que rodearon su otorgamiento. Por ellas, podemos decir de él que es un Testamento “in

itinere”.

En efecto, Fernando se encontraba camino de Guadalupe, donde

proyectaba asistir a un capítulo de la Orden Militar de Calatrava. Había estado primero

en Plasencia, visitó luego la Casa-Palacio del Duque de Alba en Abadía. Y estuvo unos

días en Trujillo, de donde salió el 6 de enero.

También pernoctó en el pequeño pueblo de La Abertura, hasta que –

sintiéndose verdaderamente mal- se alojó en la Casa de Santa María de los Frailes de

Guadalupe, en la pequeña villa de Madrigalejo.

 

 “TESTAMENTO DEL REY FERNANDO EL CATOLICO. 22 DE ENERO DE 1516”, Original

conservado en la Fundación Casa de Alba, Proemio de la Duquesa de Alba, Estudio y transcripción de José Manuel Calderón, Testimonio Compañía editorial, Madrid, 2013.

Por tanto, claramente no es un Testamento palaciego (como fue el de la

Reina Isabel en Medina del Campo) sino que es un testamento otorgado en viaje, no

previsto ni programado en principio. Inesperado y decidido apresuradamente a mitad

de camino. Madrigalejo es un pequeño pueblo, que ni entonces ni hoy tiene Notario3.

Pero el Rey llevaba consigo a una parte de su Corte y también a miembros de la

Cancillería aragonesa, encargada de la formación y cuidado de los documentos de la

Corona.

Al frente de esta Cancillería se encontraba el <Protonotario de Aragón>

Miguel Velázquez Clemente4, quien era también –además- <Notario en todos sus reynos

y señoríos>. Él formaba parte del “círculo” o de la “corte” más inmediata al Rey y,

precisamente por eso, acompañó al Monarca cuando en 1.515 decidió desplazarse a

Andalucía para pasar un mejor invierno, yendo a mejores climas que los muy duros de

Castilla y de Aragón.

Y por eso estaba con el Rey cuando se puso enfermo y hubo de detener su

camino en Madrigalejo. Y por eso autorizó su testamento. Es decir: Miguel Velázquez

Clemente estaba en Madrigalejo el día 22 de enero de 1.516 porque era el Protonotario

de Aragón, pero autorizó el testamento del Rey porque era Notario y como Notario.

 

..

III.- El signo notarial.-

Como símbolo de que hacen suyo el documento, de la veracidad de éste y de

que en él se cumplen los requisitos legales, al pie del documento los Notarios españoles

extienden a mano su firma, rúbrica y signo. Así sucedía en el siglo XVI y así sucede hoy.

El signo es un elemento singular, característico y exclusivo del Notariado español y sólo

del Notariado español5.

El signo es de libre elección de cada Notario, si bien en general consiste en una

combinación de iniciales y rasgos, que suelen encajarse en un esquema gráfico en forma

de cruz. Y tienen un arraigo de siglos, pues se conocen signos de Notarios desde 1.2126. Y

por supuesto, llegan hasta el momento presente, en que los Notarios españoles debemos

autorizar nuestros documentos “signando, firmando y rubricando”, en feliz expresión

del vigente Reglamento notarial6.

Es interesante reproducir los dos primeros párrafos del artículo “El Signum notarial” de VALLS SUBIRÁ,

Oriol, contenido en dicho libro:

“Estamos en el siglo X, o en el XI. En una habitación un religioso con atribuciones de Notario lee con voz

gangosa un testamento. Delante de él, escuchando atentamente, están el otorgante y los testigos. Una vez leído,

y vista la conformidad de los presentes, el Notario dibuja una cruz debajo de lo escrito, marca un punto en tres

de los cuatro ángulos formados por los brazos de la misma, y poniendo la pluma en manos del otorgante, le

hace trazar el cuarto punto que faltaba.

Fue así como seguramente nació el “SIGNUM”. Una cruz, signo del cristiano, y los puntos acogidos a ella,

mínimo rasgo para que el que no sabía firmar, y en aquellos tiempos casi ningún laico sabía hacerlo,

encontrara facilitada su tarea, que completaba con temblorosa mano, y al que luego daba tanto valor como si

de una verdadera firma se tratara7”.

Podríamos decir que el signo es la representación gráfica de la dación de fe. Es

decir, que la afirmación notarial de autenticidad se representa de dos formas:

literariamente, con la sacramental fórmula “DOY FE”; y gráficamente, con el signo.

IV.- El signo de Miguel Velázquez Clemente.-

Por supuesto, Miguel Velázquez Clemente estampó su signo en el testamento

de Fernando en Madrigalejo, como afirmación y asunción notarial de su total contenido.

Él fue el único Notario autorizante del testamento y por eso lo firmó al pie, estampando

su signo personal.

Es, además, un signo estéticamente bonito. Sobre una estructura general en

forma de cruz, los brazos horizontales recogen la expresión “Sig—–no de mí”; el brazo

vertical superior parece recoger sus iniciales (“mv” a la derecha; “c” a la izquierda); y el

brazo vertical inferior se prolonga en una rúbrica personal de formas redondeadas.

Y en el centro de la cruz, sobre un fondo en forma geométrica de rombo,

cuatro celdillas redondeadas rematadas con un punto en el interior de cada una,

conforman una figura a modo de una flor. Encaja en la mejor tradición notarial de la

época.

  1. a) La Ley del Notariado dispone que “Los Notarios autorizarán todos los instrumentos públicos con su

firma y con la rúbrica y signo que propongan y se les dé al expedirles los títulos de ejercicio. No podrán variar

en lo sucesivo, sin Real autorización, la rúbrica ni el signo” (art. 19).

  1. b) El Reglamento notarial establece por su parte que “El Notario, a continuación de las firmas de los

otorgantes y testigos, autorizará la escritura y en general los instrumentos públicos, signando, firmando y

rubricando. Deberá estampar al lado del signo el sello oficial de su Notaría. A ningún Notario se concederá

autorización ni para signar ni firmar con estampilla” (art. 195).

V.- La duplicidad de Signos notariales.-

Como dato en verdad llamativo tiene que juzgarse el hecho de que, tras la

firma y signo de Miguel Velázquez Clemente (dando fe de haber estado presente en el

otorgamiento del testamento por el Rey y de las firmas de los testigos rogados para ello),

aparece otra suscripción notarial y otro signo.

Este segundo signo corresponde a Alonso de Soria, que era el Lugarteniente

del Protonotario de Aragón. Es decir, el segundo de a bordo en la Protonotaría y, por

tanto, el primero a las órdenes de Miguel Velázquez Clemente.

El signo de Alonso de Soria muestra una evidente inspiración en el de su

superior, sin más que la introducción de algunas ligeras variantes. En efecto, sobre la

misma estructura de cruz, los brazos horizontales recogen la misma expresión “Sig—–

no de mí”. Pudo haber usado alguna otra de las habituales entre los Notarios de la época,

como la más breve de “Signo”, la más extensa de “En testimonio de verdad”, o la más

utilizada de forma mayoritaria: “Signum”, en latín. Pero el caso es que utiliza

exactamente la misma que su superior: “Signo de mí”. Y lo remata con un trazo vertical

hacia arriba y otro hacia abajo; éste último acaba proporcionando una base horizontal a

la figura del signo.

En el centro de la cruz, mantiene también la forma geométrica de rombo, pero

lo adorna con abundante trabajo de pluma y tinta. Este trabajo hace que las cuatro

celdillas queden casi convertidas en cuadrados (también con un punto en el interior de

cada una), que más que una flor sugieren una forma geométrica, reforzada porque justo

a su lado parecen surgir cuatro flechas (que forman, a su vez, un aspa dentro del rombo).

Parece, pues, que prescinde de sus iniciales o siglas. Pero no es así, porque

para mayor diferenciación (y para cultivo de su ego), Alonso de Soria parece convertir la

“S” de la horizontal frase “Signo de mí”, en el soporte de dos siglas independientes, pues

dibuja allí una “A” estilizada y una “S” más redondeada. Sería una especie de “subsigno”

-previo al signo mismo- con las iniciales “A” y “S”, es decir, con las siglas de su

nombre, Alonso de Soria.

¿Cómo es posible que haya dos signos notariales en un único documento?

Cualquier profano del mundo del Derecho afirmaría que lo único que sucede

aquí es que por la importancia de la persona del Rey se necesitó de la presencia de dos

escribanos en lugar de uno sólo. Lo grave del asunto es que no sólo legos en Derecho, sino

verdaderos especialistas sostienen esta misma posición. Es el caso de CALDERÓN

ORTEGA y DÍAZ GONZÁLEZ, que literalmente afirman:

“Después de realizadas las pertinentes modificaciones en el texto de

Aranda, se procedió a la redacción de u nuevo testamento cerrado en la villa de

Madrigalejo y sujeto a las formalidades establecidas en el Derecho sucesorio

castellano, conteniendo la institución de heredero, con la correspondiente

presencia de siete testigos y dos fedatarios, los requisitos de lugar y data y el

nombramiento de ejecutores testamentarios, el martes 22 de enero por la tarde.

En esta ocasión el documento, que consta de catorce hojas de texto, más cinco

líneas en la cubierta posterior, con las suscripciones autógrafas del rey,

testigos y escribanos intervinientes y en el que se aprecian los restos de los

sellos de cera de los testigos, fue legalizado por Miguel Velázquez Clemente

y por Alonso de Soria, como secretario y protonotario de Aragón y su

lugarteniente, respectivamente8.

 

Como se ve, el planteamiento de estos dos autores es rotundo: hubo dos

notarios; los dos notarios co-autorizaron el testamento; los dos notarios son situados a

pie de igualdad y total paridad en su intervención en el testamento de Fernando II de

Aragón. Como medio de dar más realce al testamento del Rey (y a diferencia de los

nobles y del pueblo llano), se exige la presencia de dos Notarios como requisito de mayor

solemnidad.

Para quien esto escribe, resulta imposible defender semejante planteamiento

sobre este segundo signo notarial, por varios motivos:

1º) En Derecho español, nunca un documento notarial ha necesitado de la

intervención de dos Notarios, pues la sola intervención de uno dentro de sus

competencias le atribuye por sí sólo plena fe pública.

Pensar que al intervenir un segundo Notario se refuerza su validez y

eficacia es un gravísimo error. Es precisamente lo contrario: la presencia de un segundo

Notario no suma ni refuerza sino que, por el contrario, resta credibilidad a la

intervención del primero.

2º) Podría entenderse que este segundo signo notarial se debe a las

circunstancias de este caso concreto, ciertamente singulares. Y esta es la única

explicación plausible a un hecho como éste, tan anómalo. En efecto, Fernando testa el

martes 22 de enero (pongamos que a media tarde, aproximadamente); hasta que fallece,

el testamento fue custodiado en secreto por el Protonotario, pues el Rey ordena no

publicarlo “hasta nuestro Señor hubiere dispuesto de Nos”. Antes de transcurrir doce

horas fallece (entre las dos y las tres de la madrugada del siguiente miércoles 23 de

enero). Al poco de fallecer se abrió su testamento ante alguno de los testamentarios

nombrados (para saber dónde quería ser enterrado); inmediatamente, a su cuerpo se le

practica la evisceración y el embalsamamiento para posibilitar su conservación en el

mejor estado posible.

Tras ello y sin esperar mucho, se debió iniciar el camino de la comitiva hacia

Granada, portando el cuerpo del Rey fallecido. Probablemente al día siguiente de la

muerte (es decir, el jueves 24 de enero). Por lo que sabemos, esta comitiva se integró de

pocas personas, pues muchos de los miembros de la Corte abandonaron al Rey

inmediatamente, una vez fallecido éste. Lo expresa muy bien RODRÍGUEZ AMORES:

“Salió de Madrigalejo la marcha fúnebre con una comitiva bastante

escasa. Figuraban en ella: su nieto Fernando de Aragón (persona distinta al

infante Fernando de Austria, del que hemos hablado entre los aspirantes a la

regencia), don Bernardo de Sandoval y Rojas (marqués de Denia y mayordomo

del Rey), el alcalde Ronquillo y algunos de los más fieles servidores. No

acompañaron al cadáver del Rey la mayoría de los cortesanos asiduos porque

unos, ingratamente, lo desampararon al no esperar gracia de un difunto, y otros

prefirieron la ausencia para no dar celos al nuevo Rey”9.

Lo lógico es que Miguel Velázquez Clemente no formara parte de esta

comitiva que se dirigió a Granada, sino que –como primer oficial de la pluma- retornara

a Aragón para desempeñar allí su tarea como Protonotario, formando parte del Consejo

de Aragón (de gran relevancia por los importantes documentos a redactar por efecto del

fallecimiento de su Rey).

Puede que, por ello, el Lugarteniente Alonso de Soria se quedara un poco

más en Madrigalejo, para cuidar de algún aspecto documental de la Protonotaría, una

vez fallecido el Rey. Y es en ese periodo de tiempo (a partir del día 24 de enero) en el que

Alonso de Soria debió añadir su suscripción y su signo, con una cláusula adicionada que

dice así:

“Signo de mi, Alonso de Soria, lugarteniente de prothonotario

del dicho Rey nuestro señor e por las auctoridades de Su Alteza y de dicha

serenísima reyna, por todos sus reynos y señoríos, público notario qui a la

firma de dicho testamento, juntamente con los testigos, prothonotario y

notario arriba nombrados, presente fuy y fago fe que el dicho Rey nuestro

señor mandó al dicho prothonotario recebir y testifficar el dicho presente su

testamento no embargante que por aquel lo fiziese su testamentario,

dispensando acerqua dello, si y en quanto fuesse menester, de poderío real

absoluto”.

[Folios 14 v. y 15].

VI.- Análisis del doble signo.-

Para mí, esta adición de Alonso de Soria al testamento real no puede sino

merecer crítica severa.

Primero:

Porque no forma parte del testamento del Rey. El testamento de Fernando

está formado por las cláusulas de su texto, la suscripción y firma del Rey, las firmas de

los testigos y el signo y firma del Notario autorizante, Miguel Velázquez Clemente. Ahí

concluye. En total, catorce hojas de pergamino.

Con todo ello, el documento jurídico en que consiste el testamento está

terminado y concluso. Reúne todos los requisitos para ser un testamento perfecto, de

plena validez y eficacia jurídica.

Segundo:

Porque en esta adición, Alonso de Soria no deja constancia de la fecha de su

intervención (cosa inaceptable en una actuación notarial). Como ya hemos razonado, su

intervención debió ser a partir del día 24; pero en ningún caso la expresó en el

documento, por lo que carece del más mínimo requisito documental.

El testamento ya era perfecto y completo antes de su adición y lo que él añade

“ya no es testamento”, por lo que debe considerarse una cláusula nula (con nulidad de

pleno derecho), que se debe tener por no puesta.

Tercero:

Poco sabemos de Alonso de Soria (aunque consultando los Archivos de la

Corona de Aragón, algo podría obtenerse seguro). Lo que sí sabemos es que era el

segundo de la Protonotaría y que, como tal, acompañaba a Miguel Velázquez formando

parte de la Corte que viajó con el Rey por Extremadura hasta su momento final.

Y no creemos equivocarnos si afirmamos que él debió escribir manualmente

una parte del testamento, pues expresamente dice Velázquez Clemente en el testamento

que “parte de él de mi propia mano escribí y lo otro escribir hice”. Es lógico pensar que

cuando el Protonotario necesitara ayuda material en la apresurada redacción del

testamento, esa tarea se la encomendara precisamente a su segundo de a bordo.

Cuarto:

Porque tiene y revela un desmedido afán de protagonismo, pues de ocho líneas

que ocupa su intervención, las tres primeras son para recoger su propia identificación

personal. Y a continuación quiere dejar dicho que él también estuvo presente en el acto

del otorgamiento. A él no le bastaba con esa alusión impersonal del Protonotario (“… y lo

otro escribir hice”), y quiso dejar constancia -con su nombre y apellido- de que él

también presenció el acto de la firma del testamento.

Jurídicamente sin embargo, ese dato de ser amanuense de una parte del

testamento es absolutamente irrelevante frente a la autoría jurídica y la presencia

autorizante del Protonotario de Aragón que escribió una parte, pero sobre todo autorizó

en su totalidad el testamento del Rey.

Quinto:

[Quizás lo peor]. El Lugarteniente persigue desacreditar y desautorizar a su

superior el Protonotario, al afirmar que aunque el Rey ordenara a Miguel Velázquez

Clemente “que recibiera y testificara su testamento”, Alonso de Soria sostiene y defiende

que no lo hizo el Protonotario, sino que por él lo hizo uno de los albaceas nombrados10.

En definitiva: el Lugarteniente afirma que el Protonotario incumplió una de

las órdenes expresas de Fernando en su testamento.

 

En mi opinión, el único albacea que habría podido atreverse a esto (si hubiéramos de creer a Alonso de

Soria) sólo podría ser Fadrique de Toledo, el II Duque de Alba.

No pudieron ser los albaceas que no estaban en Madrigalejo ese día: el príncipe Carlos (luego “el

Emperador”), Alonso de Aragón (Arzobispo de Zaragoza) y Aldonza Enríquez (tía del Rey).

No respondía a su papel y funciones en la Corte: Fray Tomás de Matienzo (confesor) y Germana de Foix

(viuda del Rey).

No pudo ser Miguel Velázquez Clemente, porque no se le puede acusar de sustituir al Notario en “recibir y

testificar el testamento” al propio Notario.

De ser alguien, tuvo que ser el Duque de Alba que, como sabemos, era primo carnal del Rey y tenía una

gran sintonía y admiración por él. Siempre le fue fiel (a diferencia de otros nobles castellanos). Además, había

intervenido en muchas tareas bélicas junto al Rey, estuvo tan sólo unos días antes en su finca de Abadía y

compartía con él la afición por la caza. Y sobre todo, tenía la autoridad, independencia nobiliaria y soltura

personal como para moverse libremente dentro de la Corte sin temor reverencial a nadie.

Sexto:

Para mí que la explicación a esta insólita y extravagante intervención del

Lugarteniente de Protonotario la encontramos en el libro del historiador y máximo

especialista sobre la figura de los Protonotarios de Aragón, Juan Francisco BALTAR

RODRÍGUEZ. Dice éste:

“Las relaciones entre el Protonotario y su lugarteniente no

estuvieron exentas de tiranteces, debido casi siempre a los intentos de

usurpación de funciones por parte de éste. Creemos distinguir en la actuación

del lugarteniente, en líneas generales, un intento de extender su ámbito de

actuación a expensas tanto por arriba –protonotario- como por abajo –

secretarios- de otros oficios integrantes del Consejo de Aragón”.10

En suma: la cláusula adicionada por Alonso de Soria no añade nada y debe

tenerse jurídicamente por no puesta en el testamento de Fernando.

Incluso cae en el ridículo porque, para legitimar su extemporánea y

extralimitada intervención, se atreve a aludir al “poderío real absoluto”. Y eso lo hace

cuando ya Fernando ha fallecido, como si el cadáver real pudiera aún insuflar validez y

sanar un supuesto defecto que habría cometido –según Alonso de Soria- el Protonotario

Miguel Velázquez Clemente, su jefe en el oficio de la pluma.

En suma: además del cultivo de su propio ego, Alonso de Soria demuestra ese

afán de protagonismo de algunos “segundos”, con el propósito invasivo de usurpar

funciones a su “primero” (a cuyas órdenes trabajaba).

 

VII.- Conclusión.-

Aunque aparentemente aparezcan en él dos Notarios, el Testamento de

Fernando el Católico fue autorizado por un solo Notario: Miguel Velázquez Clemente

(que era a la vez Protonotario de Aragón). El otro signo notarial que aparece en el

documento fue estampado “a posteriori” por Alonso de Soria (Lugarteniente del

Protonotario) por las razones que ya hemos desarrollado en el texto, pero la cláusula en

la que se contiene este segundo signo NO forma parte en modo alguno del testamento y

hay que considerarla una cláusula irrelevante, jurídicamente inexistente.

(1) Sobre este importante edificio histórico burgalés, véase IBAÑEZ PEREZ, Alberto C.: “Historia de la Casa del Cordón de Burgos”, Caja de Ahorros Municipal de Burgos, Burgos, 1.987. De estilo diferente, puede consultarse también “Casa del Cordón. Palacio de los Condestables de Castilla”, Caja de Burgos, 1.987.

(2) Como base para este trabajo, manejamos siempre la edición del Testamento efectuada en 2.013 por la editorial Testimonio, que cuenta con un facsímil del testamento, de notable calidad.

 

(3) Entiéndase bien: en 1.516 no había en Madrigalejo ningún “escribano del número” (nombrados por las villas y ciudades), ni ningún “escribano real” (de designación regia). Pero es fácil pensar que hubiera algún escribano de la iglesia, o escribanos de alcabalas, o de otros cometidos concretos. Pero estos tipos de escribanos no guardan relación ninguna con los actuales Notarios.Y desde luego, en 2.016 no existe ningún Notario actual con Notaría demarcada en Madrigalejo.

 

(4) Sobre la figura del Protonotario, véase en particular BALTAR RODRIGUEZ, Juan Francisco: “El Protonotario de Aragón 1472-1707 (La Cancillería aragonesa en la Edad Moderna)”, El Justicia de Aragón, Zaragoza, 2.001. Del mismo autor: “Los Clemente, protonotarios del Rey”, “Ius fugit”, Revista interdisciplinar de estudios histórico-jurídicos, número 10-11, 2001-2003, págs. 543-553.-

 

( 5) Sólo en Escocia existe algo semejante, pues sus Notarios utilizan antes de la firma un “lema” o “motto”, es decir, una frase que expresa un objetivo o finalidad ideal que se persigue.

 

(6) Resulta imprescindible el magnífico libro “Signos notariales” publicado por la Junta de Decanos de los Colegios Notariales de España con ocasión del <CENTENARIO DE LA LEY DEL NOTARIADO>, Volumen II, tomo 2, Barcelona, 1.963, 190 páginas.

 

(7) La vigente Legislación notarial lo exige tanto en la Ley como en el Reglamento.

 

( 8) CALDERON ORTEGA, José Manuel y DÍAZ GONZÁLEZ, Francisco Javier: “El

proceso de redacción del último testamento de Fernando el Católico el 22 de

enero de 1516”, Institución Fernando el Católico, Excma. Diputación de

Zaragoza, Zaragoza, 2015, página 19.

 

( 9) RODRIGUEZ AMORES, Lorenzo: “Fernando el Católico en Madrigalejo (in memoriam)”, Separata del

libro “Crónicas lugareñas: Madrigalejo”, Tecnigraf editores, Badajoz, 2016, pág. 92.

 

(10) BALTAR RODRIGUEZ, Juan Francisco: “El Protonotario de Aragón 1472-1707. La Cancillería

aragonesa en la Edad Moderna”,, El Justicia de Aragón, Zaragoza, 2001, página 322.

Apéndice documental

1 – Folio de firmas (Rey y testigos)

2 – Folio de signos notariales

3 – Signo de Miguel Vázquez Clemente

4 – Signo de Alonso de Soria

 

 

 

 

 

Dic 212016
 

Martiria Sánchez López

Profesora- Cronista Oficial de Jaraíz de la Vera (Cáceres)

Índice

 I.- Introducción

II.- Los orígenes del Pimentón

III.- Los cultivos tradicionales: su expansión y decadencia

IV.- El siglo XVIII y los inicios del cultivo del Pimentón en La Vera. Consecuencias

V.- El Pimentón y los comienzos de la Revolución agraria

VI.- El Pimentón en el primer tercio del siglo XX: su expansión y consecuencias

VI- a) Extensión de regadío

VI-b) El paso de la industria artesanal a la industria moderna

VI-c) La comercialización

VI-d) Las comunicaciones y el Pimentón

II.- Conclusión

 

I.- INTRODUCCIÓN

 

En Febrero del año 2000 fue ratificado por el Ministerio de Agricultura la “Denominación de Origen” del Pimentón de la Vera que ya había obtenido tal denominación en el año 1998 por la Consejería de Agricultura y Comercio de la Junta de Extremadura, después que la Comisión nombrada por la Dirección General de esta Consejería analizara sus características. Esto significó el reconocimiento de su extraordinaria calidad como el mejor del mundo, en los mercados nacionales e internacionales. Pero además, significó también para La Vera y para Jaraíz un premio al esfuerzo de todos los vecinos de la Comarca, ya que durante un siglo, cien largos años, han venido luchando por la pureza y calidad de este emblemático producto, imprescindible para la industria chacinera y como especia para la buena mesa.

Por este motivo, es necesario realizar un trabajo sobre el pimentón, para valorar la importancia económica y social de este producto en la historia de La Vera.

Este fue uno de los productos importados de América después de su descubrimiento y conquista, en la que los extremeños fueron protagonistas principales y entre ellos, los hombres veratos jugaron un papel de primer orden, tanto en la Conquista como en la Evangelización del Nuevo Mundo. Fueron famosos los grandes capitanes de La Vera que partieron rodeados de hombres valientes y abnegados de estas tierras, como el capitán Gaspar Loaysa, de Jarandilla o el capitán de navío Luis Prieto, de Pasarón y los Carvajales, los López o los Escobares, de Jaraíz.

También los misioneros y evangelizadores realizaron una labor muy importante en aquellas tierras, como demostramos en su día en una Ponencia titulada, “La aportación de La Vera a la Conquista y Evangelización del Nuevo Mundo. El Padre Juan de Escobar”, donde hicimos una valoración de lo que este hecho significó para La Vera, ya que estos hombres trajeron a su tierra el oro y la plata que allí encontraron y que luego plasmaron en obras de arte en sus respectivos pueblos, o en obras pías para atender las necesidades de las viudas y huérfanas pobres, como eran las llamadas Memorias. No sólo fue el oro y la plata lo que estos hombres trajeron sino los productos agrícolas que allí encontraron y que fueron la base de la Revolución Agraria Europea, como el maíz, la patata, el pimiento y el tabaco.

Para realizar este trabajo hemos consultado los documentos del Archivo Municipal de Jaraíz de los siglos XIX y XX, especialmente “Las Actas Municipales”. También el “Interrogatorio de la Audiencia de Cáceres de 1791” y “El Catastro de Ensenada” del Archivo Provincial, así como los “Escritos de D. Tomás López” de la Biblioteca Nacional. Además, hemos consultado el “Fuero de Plasencia” otorgado por Alfonso VIII cuando fundó la ciudad, y la “Historia y Anales de la ciudad y Obispado de Plasencia” del historiador del siglo XVI Fray Alonso Fernández. Nos hemos servido de las hemerotecas- prensa local, comarcal y regional-. Como fuentes orales contamos con las entrevistas realizadas a agricultores: D. José López Ávila y a D. Saturnino López Trujillo.

 

II.- LOS ORÍGENES DEL PIMENTÓN

 

El pimentón de La Vera podemos definirlo, según el Reglamento del Consejo Regulador de “Pimentón de La Vera” como “el producto obtenido de la molturación de frutos secos del género Capsicuum y del tipo Cerasiforme Longum, totalmente maduros, libres del ataque de hongos e insectos, con el color característico de la variedad recolectado con materia seca superior al 15 por ciento y deshidratado con humo por el sistema tradicional de La Vera”.

El pimentón es un polvo rojo obtenido de la molturación del pimiento rojo una vez secado o deshidratado.

El pimiento es una planta herbácea de la familia de las solanáceas que necesita mucha humedad para su crecimiento y mucho sol en la época de su maduración y recolección. Procede de los países tropicales y subtropicales de América. De esta planta existen distintas variedades, ya que se puede consumir en fresco, en conserva o convertido en especia que es lo que denominamos pimentón.

La variedad empleada para la obtención del pimentón se le conoce científicamente como capsicum annuum, que es el tipo utilizado en La Vera, este tiene tres variedades dependiendo del sabor: dulce, agridulce y picante, conocidos también por pimentón “Jaranda”, pimentón “Jariza” y pimentón “Jeromín”, respectivamente.

Con respecto a su introducción en la zona, la hipótesis más admitida por algunos expertos es que se llevó a cabo inmediatamente después del Descubrimiento, cuando Colón regresó de su primer viaje y se lo ofreció a los R.R. Católicos que se encontraban en el Real Monasterio de Guadalupe, regentado por los P.P. Jerónimos. En este Monasterio comenzó a cultivarse, extendiéndose después por otros de la misma Orden, como el de Yuste, enclavado en La Vera, el de Ñora en Murcia, así como por otros de La Rioja o Andalucía. Según esta hipótesis, en la época de Carlos V se extendió el cultivo por los países europeos, como fue el caso de Hungría o Italia.

Otra vía pudo ser la de los hombres que llevaron a cabo la Conquista, ya que en el séquito de los grandes capitanes iban especialmente extremeños y muchos veratos, conocedores expertos del arte de los cultivos. Estos, cuando regresaban a sus tierras, no solo traían el oro y la plata americana, como hemos comentado ya, sino todo lo que allí había, especialmente los nuevos cultivos que encontraron: el maíz, el tabaco, la patata o el pimiento.

Felipe II encargó a su médico Hernández de Tejada hacer un estudio de la flora y fauna de las Indias. Este habla del pimentón con el nombre de “Chili”, denominado así por los indios por ser picante, y dice que estos lo utilizaban en las comidas como afrodisíaco condimento.

El pimiento, esta planta americana, va a encontrar en La Vera el sitio idóneo para su completo desarrollo, por su singularidad climática. Como hemos dicho, es una planta del tipo de las soleanáceas, que necesita mucha humedad para su crecimiento y desarrollo, y también, una época seca y calurosa para la maduración y recogida de sus frutos.

La Vera está enmarcada entre las murallas que forman la Sierra de Gredos y sus estribaciones y el Valle del Tiétar. La fertilidad de estas tierras, su vegetación y su belleza, están determinadas en gran parte por las características climáticas: abrigada de los vientos fríos del Norte por las altas cumbres de sus montañas, está dulcificada por los vientos húmedos del Atlántico, cuyas nubes cargadas de vapor de agua chocan con las montañas, provocando una pluviosidad abundante de entre 1.000 y 1.500 mm, propios de la España Húmeda, pero con la enorme ventaja para el cultivo de que los veranos son cálidos y secos. Esto da lugar a un microclima que hace posible el cultivo de los más diversos productos.

El pimentón va a tener tanta importancia para La Vera, que podemos afirmar que va a estar en la base de la revolución agrícola de la Comarca, igual que otros productos americanos, como el maíz o la patata, fueron los pilares básicos de la revolución agrícola europea.

 

III.- LOS CULTIVOS TRADICIONALES: SU EXPANSIÓN Y DECADENCIA

 

La Vera tuvo un desarrollo espectacular durante el siglo XVI en todos los aspectos. La mayor parte de los municipios duplican su población, pasando a tener la comarca 6.227 vecinos a finales del siglo XVI, mientras que en el siglo XV sólo tenía 3.520 vecinos. Aldeanueva, por ejemplo, pasó de tener 200 vecinos a 455, Jaraíz de 266 pasó a tener 500 vecinos, Cuacos de 115 a 400 vecinos, Jarandilla que era de los más poblados con 500 vecinos llegó a 785 vecinos …etc. (Paredes Guillén: “Los Zúñigas, señores de Plasencia”)

El aumento de la población se tradujo en un aumento espectacular de los cultivos y demás fuentes de riquezas. Muchos de los cultivos fueron introducidos por los musulmanes cuando se asentaron en estas tierras. Estos se irán desarrollando después que Alfonso VIII conquiste la comarca en los siglos XII y XIII y otorgue el Fuero de Plasencia, donde se dan una serie de leyes por las que se protegen tanto los cultivos de secano como los de regadío. Llegan en su máximo esplendor en el siglo XVI.

Los cultivos de secano eran: la vid, el olivo y los cereales. Los cereales se cultivaron con el sistema de rotación trienal, es decir, con la alternancia de productos dejando sólo una tercera parte en barbecho; los cereales más importantes eran el centeno y el trigo. Más importancia tuvieron el olivo y la vid. El aceite era de gran calidad y se recogía una cosecha abundante exportando parte de ella, una vez cubiertas las necesidades de la población; igual pasaba con los vinos y con la fruta, que además de ser excelente, se recogían grandes cosechas.

El historiador placentino del siglo XVI, Fray Alonso Fernández habla de la fertilidad de La Vera y de sus cultivos en el libro “ Historia y Anales de la Ciudad y Obispado de Plasencia” de la siguiente forma: “ En las tierras bajas y quebradas están pobladas de viñas y olivares, higuerales, jardines y frutales de todo género de frutas y de árboles, manzanas, camuesos, perales de muchas diferencias, hendirnos cermeños…y en muchas partes moreras, naranjas, cidros y limos…hay muchos nogales y avellanos…” A continuación, nos habla este historiador de las grandes cosechas que se recogían de estos productos y de los lugares de mayores cosechas, afirmando lo siguiente: “Es tan grande la abundancia que hay de fruta verde de La Vera que solo el diezmo de la fruta verde de La Vera vale muchos millares de ducados. En Jaraíz y Pasarón se cogen más de 2.000 arrobas de vino y aceite y más de 25.000 fanegas de castañas injertas; y solo en Jaraíz se suelen coger 1.000 libras de seda y el año que menos 600. En Garganta la Olla, Cuacos, Aldeanueva y Losar se cogen más de 14.000 arrobas de aceite, más de 50.000 de vino y más de 60.000 fanegas de castañas injertas. Y en el Losar hay gran copia de naranjas y limones como también en Madrigalejo y otras partes. En Jarandilla se cogen más de 30.000 arrobas de vino más de 10.000 de aceite, más de 26.000 fanegas de castañas…”

Como podemos apreciar por los datos de lo expuesto, el castañar fue el cultivo más importante de todos.

Fray Alonso, además de darnos la producción en fanegas de castañas de muchos municipios, nos habla también de la importancia de los bosques de castaños de la siguiente forma: “Toda la tierra en lo alto está poblado de bosques de castaños, hay bosques de castañares injertos y silvestres, cuya fruta coge la gente pobre para ayuda de su sustento…”

La castaña, además de ser un producto básico para alimentación humana especialmente para las personas de bajos recursos y también para los animales, constituía el principal producto de exportación; los textos consultados comentan que se intercambiaba, además de venderse por productos deficitarios de la comarca, principalmente por cereales.

Todo este desarrollo se vino abajo durante el siglo XVII debido en parte a la decadencia general del país producida por la política de los Austria, que con tantas guerras había mermado las arcas del Estado hasta provocar la bancarrota; también había otras causas como las epidemias, el hambre, los impuestos que pesaban sobre los vecinos para pagar los gastos de la Corona, etc.

En Extremadura tuvo su mayor incidencia la guerra de la Independencia de Portugal, dada su situación junto al país vecino. En esta guerra La Vera se vio seriamente afectada porque Plasencia fue el centro de las operaciones de la lucha contra Portugal capitaneada por D. Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV.

La Vera, además, se vio afectada por otro hecho trascendental para la comarca, la expulsión de los moriscos durante el reinado de Felipe III. Esta población, que había permanecido aquí durante varios siglos, eran agricultores extraordinarios, expertos en los cultivos de regadíos que ellos mismos habían introducido, aparte de otros cultivos.

Debido a esta serie de circunstancias la población descendió a la mitad y la economía se vino abajo. Según el censo de Isidoro Faxardo de 1717,”Vecindario general de España”, La Vera pasó a tener solamente 3.325 vecinos. Hemos observado las estadísticas de población de los municipios y la mayor parte de los pueblos pasaron a tener la mitad de los vecinos, solo Aldeanueva se mantuvo más poblada pues de 451 vecinos pasó a tener 340.

Este descenso de la población tuvo como consecuencias un enorme decaimiento económico, ya que muchos de los campos tuvieron que ser abandonados, aparte de la ruina de la mayor parte de las artesanías de los distintos lugares. El Catastro de Ensenada habla de 280 fanegas de tierras abandonadas solo en Jaraíz, así que en toda la comarca el montante de tierras sin cultivar fue importantísimo.

En el siglo XVIII, con los Borbones comienza a recuperarse la economía del país debido a una serie de medidas que afectaron a todas las facetas de la producción en general. Pero La Vera no pudo salir de la situación de ruina anterior debido a que otra tragedia vino a asolar las tierras de la Comarca: la epidemia del castañar. Esta epidemia consistía en una especie de moho que afectaba a los árboles hasta deteriorarlos e impedirles dar el fruto. Las cosechas de castañas comenzaron a bajar en tal cantidad que quedaron desolados los montes y tierras altas poblados de castaños, y los vecinos se arruinaron y se empobrecieron aún más. Estos no tuvieron otra salida que la de hipotecar sus fincas mediante los llamados “Censos”, que eran unos préstamos hipotecarios contra los bienes raíces de los deudores que la Iglesia les concedía a un interés bajo.

Esta situación de endeudamiento con la Iglesia no supuso que los vecinos perdieran sus bienes, sino que los conservaran mediante la renovación de los censos de generación en generación, hasta que pudieron redimirlos después de las leyes de la Desamortización por un precio más o menos simbólico. Se da el caso curioso de un Censo familiar que conservamos en nuestro Archivo particular, que se hizo en 1628 sobre unos viñedos y que fue renovado a lo largo del siglo XVIII y gran parte del XIX, hasta el 18 de Enero de 1871, que se “redimió en la cantidad de ciento ochenta reales”, por tanto, gracias a este capital prestado por la iglesia a tan bajo interés (el 3 por ciento) los vecinos pudieron conservar sus propiedades a lo largo de tantos siglos y mantener su status social de pequeños y medianos propietarios.

Dada la gravedad de la situación del campo, se tomaron a lo largo del siglo XVIII algunas medidas para paliar el desastre. Una de estas fue la limpieza de los castañares y la realización de nuevas plantaciones en los mismos, aunque se consiguió poco. El Visitador de la Audiencia de Cáceres en 1791 hace las siguientes recomendaciones al respecto.”Debiera estimularse y aún obligarse a estos vecinos a que por sí o vendiéndolos a quienes lo hiciesen aportase, criase y cuidasen los castaños que van naciendo en los terrenos perdidos, cultivando y beneficiando el terreno, algunos lo han hecho y experimentan las ventajas” (Ar.Pr.)

A pesar de estas recomendaciones, se consiguió poco, pues la cosecha de castañas ahora no pasaba de las 500 fanegas, frente a las 25.000 fanegas que se cogían en el siglo XVI, según los textos consultados.

Será el cultivo del pimiento el que terminará con la ruina del campo verato, aunque aún tienen que pasar muchos años, casi un siglo para ver esta realidad.

 

IV.- EL SIGLO XVIII Y LOS INICIOS DEL CULTIVO DEL PIMENTÓN EN LA VERA. CONSECUENCIAS.

 

En los albores del siglo XVIII el cultivo del pimiento para el pimentón era ya una realidad en La Vera e irá incrementándose a lo largo del siglo XVIII. A mediados de este siglo se producían ya 1.000 arrobas de pimentón en Jaraíz, según el Catastro de Ensenada. Pero debido a la epidemia que asolaba el castañar, en muy pocos años se triplica la producción, llegando a cogerse 3.000 arrobas en 1791.

Todavía no era suficiente para sacar de la ruina a los vecinos, tuvieron que pasar muchos años para poder superar las pérdidas originadas por dicha epidemia como afirmaba el Interrogatorio de la Audiencia de Cáceres en 1791. “De pocos años a esta parte se ha sentido en el fruto de la castaña por un común moho de los árboles que la producen, la rebaja de más de 20.000 fanegas, falta que ha reducido a este pueblo a la ruina sin que pueda reformarla el aumento que ha tomado el fruto del pimiento…” (A.P)

Sin embargo, el aumento del cultivo del pimiento va a tener unas consecuencias fundamentales para la comarca. Por una parte, se van a ir paliando las pérdidas ocasionadas por la epidemia del castañar, aunque aún no fuera suficiente todavía para salvarla de la ruina. La otra consecuencia será de gran trascendencia, porque se inicia una industria esencial para la alimentación de la población, cuya base es el pimentón: la industria chacinera. Desde ahora, los derivados de la matanza del cerdo, chorizos, morcillas, lomo o jamón, serán esenciales en la dieta de los vecinos a lo largo de todo el año.

Pero la chacinería no se limitó al ámbito familiar sino que, además, fue una industria para la exportación. Dada la calidad del pimentón y el buen hacer de los veratos, los productos de chacinería se vendían en distintas ciudades fuera del ámbito regional según hemos constatado en los documentos consultados.

El Catastro de Ensenada nos habla de la venta de los productos del cerdo convertidos en cecina en Madrid, de esta forma: “Alonso Tovar, vecino de esta villa conduce a Madrid cerdos que compra y acecina, siendo el número que mata y conduce el de veinte y cinco, gana todos los años 900 reales de vellón” (A.P) También cita a otros chacineros: Alonso Rodríguez y Francisco Enciso, estos mataban y acecinaban ocho cerdos al año por Navidad, cuyas ventas en Madrid les proporcionaban unos beneficios de 288 reales.

Además de estas consecuencias económicas, las consecuencias sociales fueron también importantes para la comarca. En primer lugar hay que tener en cuenta que en La Vera la propiedad de la tierra estaba muy repartida desde la fundación de los municipios, cosa distinta a lo que pasaba en el resto de Extremadura, donde las tierras estaban en manos de la nobleza y el clero. Aquí, la mayor parte de la población eran agricultores propietarios de medianas y pequeñas parcelas que ellos mismos cultivaban con ayuda de jornaleros. Estos eran muy escasos por ejemplo: en Aldeanueva, que había 133 agricultores propietarios, tenía 86 jornaleros, Jaraíz con 121 vecinos propietarios, contaba con 69 jornaleros; Cuacos con 100 propietarios, tenía 80 jornaleros.

Debido a estas circunstancias en La Vera se observa un mayor nivel socio-económico que en el resto de Extremadura, especialmente entre los jornaleros, ya que, dado el reducido número de estos, van a estar mucho mejor retribuidos y considerados que en el resto de la región, sobre todo a partir del siglo XVIII cuando comience a tener importancia el cultivo del pimiento. Este cultivo necesita mucha mano de obra en la época de la plantación o “postura” y en la de recolección.

Dadas estas circunstancias y debido a la escasez de la mano de obra, los jornaleros exigen un aumento de los salarios en las temporadas de plantación y de recolección, aunque ya percibían salarios más elevados, además de la comida, y otras ventajas.

Estas exigencias inquietan a los propietarios que ven mermadas las ganancias de su cosecha, por lo que elevan sus quejas a las autoridades competentes para que intervengan, con el fin de evitar la subida de los jornales. El Interrogatorio de la Audiencia de Cáceres nos la cuenta con estas palabras.” Con el precio de la comida cuesta cada jornalero seis reales, pero no contento con este arreglo, aunque el ayuntamiento se esfuerce, procuran y consiguen los jornaleros, por necesidad de los hacendados, que les paguen jornales muy crecidos, especialmente en el tiempo de la siembra del pimiento en el que se experimenta no contentarse con cinco reales sobre la comida, bebida y otros gastos que son insoportables; por lo que consideran que tienen por utilidad de los asignado un precio inalterable y conforme para que los jornaleros consigan el justo precio de su trabajo y los hacendados puedan soportar los gastos sin dispendio injusto de sus caudales” (A.P)

Esto contrastará enormemente con el estado de miseria en que vivían la mayor parte del campesinado del país, y principalmente otros jornaleros extremeños comparados con los veratos.

Estos jornaleros no tuvieron necesidad de que llegaran las ideas asociacionistas obreras del siglo XIX para exigir unos salario dignos, lo que provocaría el malestar de los amos.

Todo esto es muy significativo y trascendental para la sociedad verata en general, pues gracias a estas circunstancias, las clases bajas de la comarca no solo tuvieron mayor nivel adquisitivo al disponer de salarios más altos, sino que los propietarios tuvieron siempre que adoptar una actitud paternalista y positiva para con sus trabajadores y criados, sin considerarles nunca como siervos.

 

 

 

 

V.- EL PIMENTÓN Y LOS COMIENZOS DE LA REVOLUCIÓN AGRARIA DE LA VERA

 

La revolución agraria europea tuvo mucho que ver con la introducción de los cultivos americanos, como hemos ya apuntado. El maíz y la patata principalmente van a estar en la base de ella, pues con estos productos muchas zonas van a suprimir el barbecho, con lo que se intensificarán los rendimientos además de otra serie de innovaciones, como fueron la perfección del arado, el empleo de abonos, utilización de maquinaria. Se dan también una serie de leyes que cambiarán las viejas estructuras económicas y sociales. Fue en Inglaterra donde se inician estas reformas extendiéndose luego a los demás países europeos.

En España, esta expansión agraria se va a caracterizar principalmente por la ampliación de las tierras cultivadas, ya que las leyes de la Desamortización van a lanzar al mercado más de cuatro millones de hectáreas, que van a ser cultivadas por los compradores que las han adquirido definitivamente. En La Vera, la mayor parte de estas tierras habían pertenecido a la Iglesia y a los Bienes de Propio de los municipios y eran muy extensas, ya que comprendían la mayor parte de las situadas entre la zona media donde están emplazados los pueblos hasta el valle del Tiétar, aparte de otras zonas de montes.

Entre las dehesas de Jaraíz, destacan la Bobadilla, el Rivero, la Cardenilla, la Vega o las Machuguillas.  En el Losar destacan el Ejido, Frontón Las Navas, Barrera de la Matanza o Arroyo Heguera. En Aldeanueva destacan Valvellido, Cuerda del Rayo o Aldea del Pino. En  Collado destacan   Mesillas, Rivero o Riverillo. En Cuacos destacan la dehesa de Cuaternos, el Pizorral o Valdemoriscos. Sería interminable seguir citando dehesas de todos los pueblos, ya que con estas podemos darnos idea de lo que van a suponer todas estas tierras para la expansión de los cultivos en la comarca.

El cultivo del pimiento va a seguir en expansión durante todo el siglo XIX, hasta convertirse en el cultivo que hará posible la revolución agraria de la comarca a finales de siglo, cuando desplace a otros dos cultivos tradicionales, que hasta ahora eran básicos en la economía verata, como eran el lino y la seda. La seda fue el primer producto de exportación hasta este periodo. Así nos lo confirman los textos de 1791, dicen “La cosecha de seda es la principal y más interesante” (A.P) Pero a finales del siglo XIX la industria textil artesanal decae al no poder competir con la moderna industria catalana, por lo que tuvieron que abandonarse estas materias primas textiles, tanto el lino como la seda. Es ahora cuando los linares, que era donde se cultivaba el lino, van a servir para el cultivo del pimiento y a partir de principios del siglo XX será el producto que transforme la economía de la comarca.

Con la expansión del cultivo del pimiento aparece en La Vera el problema del agua para los regadíos. Aquellos veranos son largos, calurosos y secos, y este cultivo necesita mucho agua (como hemos ya comentado) precisamente cuando los caudales del río y gargantas registran sus mínimos.

En el año 1879, en el mes de Junio se da “Nueva ley de aguas” por lo que los agricultores tienen que acogerse a ella. Para paliar la escasez de agua para los regadíos de las fincas de los márgenes del río y de las gargantas, los dueños de ellas construían una especie de presas, para retener el agua, que eran conocidas popularmente con el nombre de “Caballos”. Pero esto suponía que el problema se acentuara para las tierras situadas más al sur del cauce, ya que lógicamente llegaba allí menos agua, con el consiguiente disgusto de sus dueños. Algunos de los agricultores afectados creen que la “La Nueva Ley de Aguas” le solucionaría su problema, por lo que intentan acogerse a ella. Estos hacen una solicitud al Ayuntamiento para que prohíban las presas móviles, ya que piensan que estaban fuera de la ley. Así consta en el Archivo Municipal: “Los firmantes solicitan que los dueños de la Cañada y las huertas del Rivero derriben las presas móviles que todos los años construyen en la garganta para regar.” Sin embargo, no se solucionó de esta forma el problema porque tal petición fue desestimada “por no ajustarse a ley” según consta en la misma acta municipal.

El cultivo del pimentón siguió incrementándose en el último tercio del siglo XIX en toda la comarca, con un incremento de la demanda del producto, debido en parte al aumento de la población y también al desarrollo de la chacinería, pues la matanza será una de las bases de la dieta de los vecinos durante todo el año, además de servir para la exportación.

Dadas estas circunstancias, la comercialización entre los distintos municipios de la comarca fue un hecho, exportando o importando según las necesidades de cada pueblo. En el caso de Jaraíz se importaron en el 1869 unas 20 arrobas de pimentón que llegaron a 50 arrobas en el 1872. Estas importaciones se gravaron con un impuesto, que en esta fecha era de un real por arroba importada; al pimentón importado se le denominaba el “pimiento forastero”. El impuesto sobre el “pimiento forastero” subió a 1 peseta en 1888 como hemos comprobado en el acta municipal de la fecha que dice: “Para no dejar desatendido las apremiantes necesidades obligaciones y teniendo en cuenta lo dispuesto en la Ley Municipal Artículo 136 Capítulo 1º, se cree conveniente establecer un arbitrio sobre el pimiento molido forastero que se venga a vender a esta localidad. Por unanimidad se acuerda establecer el arbitrio de 1 pts por arroba de pimiento forastero que se venda”

Esto se llevará a cabo con todas las consecuencias, multando a aquellos que no paguen el impuesto. Se nombra a unos vigilantes para evitar cualquier fraude, asignándoles una compensación económica: “se nombra a D. Fernando Paz y al policía Dimas Nevado para la administración, se les dará por su trabajo el 12,50%”

En el año 1900 desaparecen los impuestos que gravaban las importaciones siempre que se intercambiaran por otros productos. Así lo dice el Acta municipal de la fecha: “ El 2 de Junio de 1900 quedan libres del pago de derechos las especies que los forasteros introduzcan en esta localidad para permutarlas por otras que extraigan para afuera”

 

VI.- EL PIMENTÓN EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX: SU EXPANSIÓN Y CONSECUENCIAS

 

La revolución agraria que va a suponer para La Vera la expansión del cultivo del pimiento va a transformar la economía de la comarca, ya que esto supondrá su industrialización y modernización durante el primer tercio del siglo XX.

Esta modernización pudo llevarse a cabo porque inciden una serie de factores que harán posible un ritmo de crecimiento de grandes proporciones. Estos factores son los siguientes:

  1. a) Extensión de los regadíos y aplicación de las nuevas técnicas de cultivo.
  2. b) El paso de la industria artesanal a la industria moderna.
  3. c) La introducción de las nuevas técnicas de comercialización.
  4. d) El desarrollo de las comunicaciones.

 

 

VI- a) Extensión de los regadíos y aplicación de las nuevas técnicas de cultivo.

La extensión de las tierras cultivadas aumentó de manera significativa, ya que las tierras de la Iglesia y de los Bienes de Propios de los municipios, muchas de ellas pastizales, después de las leyes desamortizadoras, comenzaron a cultivarse, al pasar a ser propiedad de los vecinos. Muchas de las tierras de las márgenes de las gargantas y del río Tiétar se convirtieron en regadíos. Esto va a suponer una enorme expansión del pimiento, que será el cultivo estrella hasta los años cincuenta, desplazando a todos los demás. A partir de esta fecha entrará en competencia con el tabaco, introducido en los años veinte, hasta llegar a ser desplazado por este producto, también de origen americano.

Paralela a esta expansión de las tierras cultivadas se van a ir modernizando las técnicas del cultivo y del utillaje agrícola con la difusión por toda la zona de un nuevo tipo de arado, el “arado de vertedera” más eficaz para remover la tierra. También comenzarán a utilizarse los abonos minerales ya que hasta ahora solo se empleaban los naturales, con lo que los rendimientos aumentarán de una manera espectacular.

Esto hará posible que el pimentón se convierta en el primer producto de exportación de La Vera.

VI- b) El paso de la industria artesanal a la industria moderna.

Aunque las técnicas de cultivo se van modernizando como hemos dicho, sin embargo el gran paso se dio en la fabricación del pimentón.

El proceso de la fabricación del pimentón comenzaba con la cogida del fruto, pasando a continuación a los secaderos tradicionales para su deshidratación o secado al humo, producido con leña de encina. Después del “despezonado” a mano o extracción del pezón del pimiento, se llevaba a los molinos para su trituración y molienda.

Los molinos tradicionales eran hidráulicos, movidos por la fuerza motriz del agua, por lo que estaban instalados en los márgenes de las gargantas, donde hoy en día se pueden contemplar las ruinas de la mayor parte de ellos. Eran molinos harineros, pero en la temporada de otoño se utilizaban para la molienda del pimiento. Losar era el pueblo que más molinos tenía, con 16, seguido de Jaraíz con 14 y Jarandilla con 8 molinos. La mayoría de estos molinos quedaron prácticamente en desuso cuando se introdujo la electricidad en la comarca.

Algunos de estos viejos molinos han sido restaurados y convertidos en típicos mesones, como el ubicado en el charco de las Tablas de la garganta de Pedro Chate en Jaraíz, otros se pueden contemplar a lo largo de las distintas gargantas veratas convertidos en ruinas, como testigos de una artesanía que estuvo en la base de la economía de la Comarca. El círculo granítico o piedra circular, de más o menos de metro y medio de diámetro, base fundamental de la molienda, es utilizado en la actualidad como típica mesas en mesones y zonas de descanso de toda La Vera, como símbolos de nuestro pasado histórico.

En efecto, desde la fundación de los municipios, después de la reconquista de estas tierras a finales del siglo XII y principios del siglo XIII por Alfonso VIII, comenzaron a funcionar estos molinos para la obtención de harina, empleándose después para el trigo o el pimiento.

Eran unos elementos tan imprescindibles para el desarrollo de la vida de los pueblos, que el rey Alfonso VIII, cuando otorga el Fuero a Plasencia y su tierra, después de su fundación en 1186, da una serie de leyes y normas para la construcción de los molinos y también para la realización de presas, así el Artículo 593 del Fuero dice: “Todo omne que en su heredat molino fiziere, aya tres pasos la carrera de él en ancho y aya molino espacio alderredor IX passos, sinon no vala…” Pero además, en el Artículo 595 da las normas para proteger los molinos construidos primero y así evitar que otros que se construyen con posterioridad, perjudiquen el funcionamiento de los anteriores. “Todo omne que molino fiziere nuevo, cate non entorpezca el que primero fuese fecho…” Aclara luego en otro artículo que las presas y cauces que se hagan nuevos, tampoco deben entorpecer a los que ya había “derríbelos et nom vala (valga)”. Estos molinos hidráulicos tuvieron vigencia hasta los primeros años del siglo XX, por lo tanto, la historia de la economía de la comarca estará unida a ellos.

A principios del siglo XX se va a instalar la primera central hidroeléctrica de La Vera en el Losar, que extenderá sus servicios a todos los municipios veratos. En 1903 la instalación de la luz eléctrica era una realidad en la mayor parte de las localidades, como consta en el Acta Municipal de Jaraíz de esta fecha. “La Sociedad Electro Industrial Antón Martínez Herranz manifiesta que habiéndose terminado el 5 de diciembre las pruebas del alumbrado desde aquella fecha en adelante se daría a este pueblo oficialmente la luz, y estando satisfechos por las pruebas acordaron declararla oficial” (A.M)

A partir de entonces, comenzó la modernización de la industria pimentonera. Los molinos tradicionales inician su decadencia y poco a poco irán abandonándose a medida que vayan instalándose los nuevos molinos eléctricos ubicados dentro de los cascos urbanos de las distintas localidades.

Con la corriente eléctrica se modernizó la artesanía del pimentón hasta el punto de ser la primera industria de La Vera. Esta irá evolucionando hasta la actualidad donde las nuevas tecnologías han conseguido el perfeccionamiento en todo el proceso de fabricación: despezonado, molturación o envasado, sin disminuir la calidad del producto. La electrificación fue trascendental para poder cubrir las necesidades que suponían el aumento espectacular de la producción y la demanda nacional e internacional del producto, ya por los años treinta.

VI- c) La comercialización

Las técnicas que se emplearon para la comercialización del pimentón hasta los años veinte siguieron siendo las tradicionales, como se había venido haciendo a lo largo de los siglos. Este comercio consistía en la venta directa de las cosechas de los agricultores a comerciantes procedentes de distintas zonas del país a los que los textos llaman “arrieros forasteros”. Estos, además de comprar el producto, eran los encargados de distribuirlo por las distintas comarcas donde lo demandaban.

Los “arrieros forasteros” conocían muy bien todos los caminos de La Vera, ya que los venían recorriendo a través de los siglos. Son varias las citas en las que se habla de estos hombres, en los textos consultados de los siglos XVI, XVIII y XIX. Eran principalmente castellanos y andaluces que venían a comprar productos de la comarca, como los famosos lienzos veratos, las castañas y, sobre todo, la seda, que hasta finales del siglo XIX, llevarían a las fábricas de Toledo y Granada; posteriormente, será el pimentón su mercancía preferida. En los primeros años del siglo XX, los medios de transporte se limitaban al lomo de las caballerías, hasta que pronto se introdujo la carreta, y finalmente los transportes de motor, cuando se construyen las carretas por los años veinte, como veremos a continuación.

El lugar de venta del pimentón era la casa de los agricultores, que se convertía durante la temporada en el lugar idóneo para las transacciones. En ella los dueños exponían en unas tablas de madera las distintas variedades del pimentón: picante, dulce y agridulce, para que los compradores pudieran valorar mejor las calidades. Si la oferta era mayor que la demanda, el lugar del trasiego de la mercancía era la plaza mayor de los distintos pueblos.

Los “cosecheros” eran los agricultores que habían cultivado el pimiento, lo habían secado, triturado y habían llevado su cosecha a molerla a los molinos de las gargantas y, una vez convertida en pimentón, la transportaban a sus respectivas casas, donde permanecían hasta que eran compradas por los “arrieros forasteros”. Es decir, el agricultor era a la vez cultivador, artesano y vendedor de la cosecha de pimentón obtenida en el año.

En un documento de 1917, del Archivo Municipal de Jaraíz, vemos el intento de regular la venta del pimentón en un año de escasa cosecha. Se trata de un Bando del Sr Alcalde Don Felipe Fernández, con las normas a las que debían atenerse los “cosecheros”, con lo que no todos los agricultores estaban de acuerdo:” El Alcalde expuso a ocho cosecheros que protestaron por el Bando, que el día 15 del actual (mes de octubre) 50 cosecheros solicitaron que dictara algunas disposiciones reglamentando la venta del pimentón para que esta se hiciera con estimación, por ser una año que carece de existencia y la cosecha es muy corta, cuyas circunstancias debieron aprovecharse para sacar el mayor producto posible por lo que se acordó publicar el siguiente Bando:

“Que quedaba prohibido dejar las muestras en la tabla del comprador de no haber hecho el contrato.

Que el comprador no podía llevarse en la tabla más de cuatro muestras de pimentón dulce y otras cuatro de picante.

Que se prohibía al cosechero y vendedor de pimentón ir en busca de los compradores, sino que estos se estarían en las puertas de sus casas para ofrecer el pimiento cuando pasasen los mencionados compradores.

Se impone la multa de 25 pts. a los contraventores de estas disposiciones, quedando en vigor hasta que otra vez los 50 cosecheros pidan su derogación.”

Este texto es muy expresivo, ya que nos informa admirablemente del proceso de la venta del pimentón donde vemos que estaba presente la ley de la oferta y la demanda, de la que dependía que las transacciones se realizaran en casa de los agricultores mayores de los municipios; esto explica el hecho de que las casas de los agricultores estuvieran acondicionadas para almacenar y vender el producto, de aquí que estuvieran dotadas de grandes portadas que daban accesos a los amplios patios donde se realizaba con comodidad el trasiego de la mercancía. Pero quizás, lo más interesante del texto es que demuestras que las normas que da el Alcalde tienen un gran sentido democrático, ya que en ellas prevalece y se hace lo que dice la mayoría, aunque la minoría disidente fueron los 8 cosecheros más importantes de mayor peso económico.

Este sistema tradicional de comercialización se viene abajo en la década de los años veinte, con la aparición de los llamados “exportadores”. La mayor parte de los “exportadores” eran también cultivadores, pero a su vez se convertían en modernos industriales del pimentón. Ellos creaban sus propias empresas y levantaban fábricas con modernas instalaciones dentro del casco urbano, a base de los molinos eléctricos y las nuevas tecnologías de la época.

Estos “fabricantes exportadores” serán los encargados, a partir de entonces, de la segunda parte del proceso de industrialización del pimiento: la molienda, así como también de su comercialización. Los agricultores serán los cultivadores del pimiento y del primer proceso de la artesanía del producto, es decir, del secado a humo y del despezonado a mano.

A partir de esta época, tanto el volumen de pimentón obtenido como su comercialización aumentaron considerablemente, adquiriendo su exportación un enorme desarrollo, tanto a nivel nacional como internacional. Las mejoras de las comunicaciones incidirán de una manera decisiva en la exportación. La Estafeta de Correo, el telégrafo y la construcción de las carreteras de La Vera están en la base de este desarrollo; por eso hablamos de ello en el siguiente apartado.

La siguiente ampliación del mercado fue espectacular, no sólo hacia países europeos sino americanos e incluso africanos, como Argelia. Los países más importantes importadores del pimentón verato fueron Argentina, Portugal, Italia, Chile, Cuba entre otros. Siguiendo los datos del Sr. García Montero, hemos comprobado que el volumen de kilogramos exportados anualmente en esta época era ya considerable: Argelia con 498.272 kg, Argentina con 388.006 kg o Portugal con 341.335 kg.

En 1928 el número de “fabricantes exportadores” de pimentón era ya importante, destacando D. Germán Gómez, D. Valeriano Hernández, D. Felipe López o D. Delfín Conejero, quienes instalaron en Jaraíz sus fábricas, D. Ángel Borja lo hizo en Jarandilla o D. Salvador López en Cuacos entre otros exportadores veratos.

Algunos de ellos trasladaron sus industrias a Plasencia debido a las mejores comunicaciones ferroviarias, ya que la Vera nunca pudo conseguir el paso del ferrocarril por la comarca, pese a los enormes esfuerzos que hicieron, como hemos demostrado en nuestro libro: “Hacia una Hª de la Vera : La Villa de Jaraíz”.

VI- d) Las comunicaciones y el pimentón.

El ferrocarril fue considerado como uno de los medios de transporte más importante para reactivar la economía de las zonas rurales, pero de una manera especial para La Vera, ya que necesitaba un medio de transporte eficaz para las exportaciones. Ya desde la segunda mitad del siglo XIX, comenzaron las gestiones pertinentes sin obtener ningún resultado. Estas gestiones se intensificaron en el primer tercio del siglo XX, sobre todo a partir de 1908, cuando fue aprobada la Ley Besada por la que se solicitaron 822 km de líneas secundarias por Extremadura. Entre estas líneas hay que destacar dos que comunicarían La Vera con Plasencia y Navalmoral.

Todos estos proyectos se vinieron abajo, aunque vuelven a resurgir en 1919 con otro nuevo proyecto, el de la vía que “partiendo de Madrid por S. Martín de Valdeiglesias y Arenas de San Pedro recorrerá La Vera y enlazará en Plasencia con la línea de Astorga”.

Otro proyecto fue el llamado “Ferrocarril Villa del Prado”. En 1925 y en 1928 las gestiones continuaron con otros dos nuevos proyectos, el último fue el “Ferrocarril Madrid-Plasencia” que pasando por la Vera enlazaría con Portugal por Castello-Branco.

Como veremos, a pesar de este tesón, los veratos nunca consiguieron hacer realidad el sueño ferroviario, siendo esto la causa de que muchos industriales de la zona, se establecieran en Plasencia.

Las carreteras serán el gran logro en comunicaciones del primer tercio del siglo XX, junto al telégrafo y la Estafeta de Correos, imprescindibles todos ellos para el desarrollo espectacular que tuvo el comercio exterior de la Vera en este periodo.

La Comarca estuvo al margen del trazado de carreteras que se llevó a cabo en la segunda mitad del siglo XIX; será a partir de 1907, cuando los veratos se acojan al proyecto del Ministerio de Obras Públicas para la construcción de 2.470 km. de carreteras que le correspondió a la provincia de Cáceres.

Los objetivos principales eran la unión de los municipios de La Vera entre sí, mediante la carretera Plasencia-Oropesa, y la comunicación con las estaciones de Ferrocarril más próximas: Casatejada y Navalmoral. Las gestiones comenzaron enseguida en todos los municipios. Ya en 1908, el Ingeniero provincial da el visto bueno para la construcción de una carretera que comunique Jaraíz con Casatejada pero no se consiguió la construcción del puente sobre el Tietar, había que salvarlo por barca. Sin embargo Jarandilla y otros municipios pudieron conseguir la construcción del puente Cuaterno sobre el Tiétar, que les uniría a Navalmoral. Esto fue de una importancia vital para la comarca, ya que podía comunicarse mediante el Ferrocarril con toda España. Jaraíz pudo conseguir el tramo que le une a esta carretera de Jarandilla-Navalmoral en 1929, pero el puente del Tiétar por Casatejada no se construiría hasta los años cincuenta.

Por las misma fechas comienza a gestionarse la construcción de la carretera de La Vera Plasencia-Oropesa, pero ya en 1911 comienzan los primeros problemas porque no había dinero para pagos de la “expropiación de los terrenos a los vecinos de Tejeda y Pasarón” (A. M de J.). Sin embargo los hombre de la Vera no estaban dispuestos a que se paralizaran las obras, y los vecinos de los municipios ponen a disposición de los ayuntamientos las garantías necesarias para obtener del Banco de España los créditos necesarios, como pasó en Jaraíz, que firmaron las garantías para la “obtención de 25.000 pts D. Ramón Arjona y D. Víctor Jiménez” (Ar. M). En el 1919 ya era una realidad la carretera hasta Jaraíz y, poco a poco, se completará hasta su tramo final en este primer tercio del siglo XX.

En las carreteras fueron haciendo aparición los nuevos medios de transportes: coches, camionetas y autobuses, que durante años van a convivir con los tradicionales: carros, carretas, coches de caballos y caballerías.

El Telégrafo y la Estafeta de Correos, serán imprescindibles para el desarrollo general de la comarca, y de una manera especial para las transacciones comerciales a nivel nacional e internacional. Hasta los primeros años del siglo XX el Correo seguía obteniéndose mediante las técnicas tradicionales, con un peatón que lo recogía en las estaciones ferroviarias más cercanas: Navalmoral y Casatejada.

En 1909, por la Ley Fundacional del 14 de junio se creó como organismo autónomo de Correos, la Caja Postal de Ahorros, por los que desde los municipios veratos más importantes se solicita la concesión de una Estafeta de Correos. Solo podrán solicitarlo Jarandilla, por ser cabeza de partido, y Jaraíz, debido a que era un centro comercial importante. A esta población se le concedió la Estafeta el 21 de octubre de este mismo año. La Estafeta dependía de la Administración de Plasencia, de donde venía el correo los lunes y viernes y se recogía los jueves y domingos. El vehículo empleado era la diligencia o coche de caballos pero cuando se terminó la carretera será el autobús llamado “la Verata” el encargado de llevarlo a todos los municipios.

El Telégrafo fue el primer medio de comunicación moderno que se instaló en la Comarca, ya que el teléfono, aunque se hacen las gestiones pertinentes no se instalará hasta después de varias décadas. En 1913 se solicita la instalación del telégrafo exponiendo la necesidad debido al aislamiento de la zona. Los ayuntamientos ofrecen los locales para su instalación de una manera gratuita, además de “vivienda para el encargado y el mobiliario necesario para ella” (Ar. M. De J.), con estos ofrecimientos el Telégrafo se instaló en seguida en la comarca.

Por tanto, el desarrollo de las comunicaciones será uno de los factores que hicieron posible el espectacular desarrollo del pimentón en el primer tercio del siglo XX junto a otros que hemos ya señalado: la extensión de los regadíos y la aplicación de las nuevas técnicas de cultivo así como el paso de la artesanía a la industria moderna con la aparición de la electricidad en la comarca y la introducción de las nuevas técnicas de comercialización del producto.

 

VII.- CONCLUSIÓN

 

Debido a la extensión del tema, hemos creído conveniente continuar desarrollándolo en el próximo trabajo, donde estudiaremos la evolución del cultivo y producción del Pimentón en los dos últimos tercios del siglo XX y XXI.

Hablaremos de temas tan importantes como el “Medierismo y los Medieros” y el sistema de explotación y la propiedad de la tierra. Estudiaremos, además, la formación del llamado “Gremio de los exportadores” y la creación del sindicato o la Unión de Productores del Pimentón así como de la “Crisis de los años sesenta”.

Dedicaremos un apartado al “Pimentón en el último tercio del siglo XX donde veremos la evolución del sistema de cultivo, los cambios de propiedad y el sistema de explotación de la tierra, terminando con un capítulo dedicado a la comercialización y las comunicaciones.

La lucha por la calidad del pimentón será también otro objetivo de nuestro estudio, ya que esta lucha fue constante durante todo el siglo XX hasta conseguir la “Denominación de Origen” a principios del siglo XXI.

Terminaremos con un análisis completo del “Museo del Pimentón”, cuyas instalaciones se han llevado a cabo en el “Palacio del Obispo Manzano”, un edificio barroco de gran interés artístico, casa del mencionado Obispo.

 

 

 

 

 

 

 

Dic 212016
 

Ramón Tena Fernández, José Soto Vázquez, Ramón Pérez Parejo y Francisco Javier Jaraiz Cabanillas.

INTRODUCCIÓN:

La región extremeña, rica por su pasado repleto de matices y contrastes, nos ha proporcionado un heterogéneo legado cultural lleno de evidencias históricas que invitan a su estudio desde múltiples vertientes. No obstante, normalmente nos interesamos por lo tangible, por aquellos elementos que tenemos visibles a nuestro alrededor y que, sin embargo, nos recuerdan que tiempo atrás la tierra que hoy pisamos fue compartida por protagonistas que, con sus acciones y hechos, configuraron las circunstancias en las que hoy vivimos.

Olvidamos que nosotros mismos representamos mediante nuestro lenguaje, cultura y valores unas señas de identidad que se han forjado en la sociedad contemporánea como resultado de la confluencia de varios factores históricos concatenados. A día de hoy, su estudio se nos revela necesario para poder comprender cómo se ha formado nuestra sociedad. Sin duda, nos referimos a la educación, la herramienta que moldea y define el comportamiento de las comunidades en las que nos agrupamos, por ello hemos de ahondar en su historia ya que mediante ella encontramos las claves para entender nuestro presente, pero también para reconocer aquellos errores que no debemos repetir si queremos alcanzar un futuro más prometedor.

Quizás con esta intención, la de rescatar un pasado que nos ayude a obtener bases sólidas con las que hacer frente a situaciones cíclicas, en los últimos años se ha impulsado el estudio de la historia de la educación en Extremadura. Aunque existían precedentes en este tipo de investigaciones, ahora es cuando se ha comenzado a abordar con un carácter más multidisciplinar, es decir, aunando ámbitos sociales, económicos, políticos, didácticos e incluso metodológicos. De este modo se entiende la educación como un concepto voluble, resultado de la confluencia de varios componentes encadenados e interdependientes surgidos en una sociedad concreta y en un periodo de tiempo determinado.

 

  • ESTADO DE LA CUESTIÓN:

 

Entre los autores que han abordado el análisis de la educación en Extremadura podemos aludir, según etapas cronológicas, en primer lugar a Vázquez Calvo (2004) por ocuparse de la Historia de la educación pública en Extremadura en el Antiguo Régimen (siglos XVI, XVII y XVIII), estudio que posteriormente Collado Salguero (2001) delimitará en una realidad más concreta y específica, por medio de Aproximación a la historia de la educación en Almendralejo: siglos XVI, XVII y XVIII. De la educación decimonónica se ha ocupado, entre otros investigadores, Garrido Díaz (2000, 2009), con contribuciones como Un método de enseñanza a principios del siglo XIX en la escuela rural de la baja Extremadura o Apuntes para la reconstrucción del panorama escolar en Los Santos de Maimona en el siglo XIX.

Cortés Cortés (2005) tomará el relevo centrándose en el ecuador de esta franja temporal con su Instrucción Primaria e Inspección de escuelas (La Baja Extremadura a mediados del siglo XIX). Por su parte, Pérez Parejo y Soto Vázquez (2013) abordan algunos aspectos de la intrahistoria educativa del periodo en “Unas notas sobre la vida diaria en las aulas de educación primaria de Extremadura a finales del siglo XIX”. Finalmente con la llegada de un nuevo siglo debemos destacar a Emilia Domínguez Rodríguez (2005) por su trabajo sobre las Políticas educativas en el siglo XX y su incidencia en Extremadura, periodo que también ocupa a Sánchez Pascua (1998) con la obra La universidad en el siglo XX: España e Iberoamérica, donde describe los 25 años de historia de la UEX.

Gracias a estas contribuciones es fácil llegar a dos conclusiones: la primera de ellas es que Extremadura no ha permanecido impasible a los avances educativos producidos en el resto de España y la segunda es que la región extremeña siempre ha sido una tierra de contrastes y, por tanto, su evolución historiográfica en el aspecto educativo no puede tacharse precisamente de homogéneo. Por ello, consideramos que el trabajo bibliográfico hecho hasta el momento es cuanto menos valioso y esclarecedor, pero también precisa de investigaciones más específicas que ahonden en realidades más concretas. Será la comparativa de las diferentes situaciones vividas en cada uno de los partidos judiciales y sus localidades integrantes las que nos dibujen un panorama educativo que nos ayude a comprender el porqué de unas realidades tan plurales y divergentes dentro de un mismo territorio.

Quizás el escaso número de aportaciones científicas sobre situaciones más concretas de poblaciones pequeñas se deba a que las fuentes documentales donde se halla el grueso de esta información no se albergan en nuestra Comunidad Autónoma. Los principales informes sobre la historia de la educación pacense los encontramos en la Universidad de Sevilla, mientras que los de Cáceres se custodian y protegen en Salamanca, fruto de la adscripción administrativa que en su tiempo hizo depender nuestra enseñanza primaria de estos rectorados. Por este motivo, en anteriores trabajos nos propusimos dar visibilidad ordenada a estas fuentes primarias, de modo que se multiplicase el valor de lo ya investigado, posibilitando completar vacíos informativos y estableciendo un corpus de datos del que partir en futuros estudios.

Con este propósito el Grupo de Investigación SEJ036 UEX se preocupó por la realidad educativa extremeña de la segunda mitad del siglo XIX: en 2010 publicó el Catálogo para el estudio de la educación primaria en la provincia de Badajoz durante la segunda mitad del siglo XIX (1857-1900), análisis que fue completado en 2013 con el Catálogo para el estudio de la educación primaria en la provincia de Cáceres durante la segunda mitad del siglo XIX. En los dos estudios se presentan las condiciones académicas que presentaba la enseñanza elemental extremeña, por ello se establece un recorrido que recoge todo tipo de datos alusivos a la labor docente, con menciones directas a nombres concretos, sueldos y contratos. El mismo interés se destina en la comunidad de alumnos, atendiendo en estos casos a la ratio, programaciones académicas, tasas de absentismo e incluso manuales didácticos. Son precisamente estos datos los que sustentan el trabajo que presentamos y también los que han propiciado la continuación de la labor investigadora en busca de nuevas fuentes documentales, de manera que pudiésemos conocer cómo los hechos descritos en anteriores publicaciones repercutieron en la alfabetización de localidades concretas.

Este nuevo objetivo ha requerido de un denso rastreo documental, tanto en el Archivo Universitario de Salamanca como en el Archivo General de la Administración (AGA), repositorios donde se ha accedido a los nombramientos y sueldos de los docentes extremeños. Estos datos los hemos contrastado y comparado con los recogidos por la Diputación de Cáceres, los cuales han esclarecido las causas de los índices de analfabetismo que recoge el Instituto Nacional de Estadística. Con la correlación de estos datos presentamos en las siguientes líneas los índices de alfabetización en el partido judicial de Trujillo y su evolución histórica durante la vigencia de la Ley Moyano, datos y resultados que iremos intercalando con otros hechos relevantes que atañen a docentes y alumnos de la Extremadura decimonónica.

  1. PODER E INFLUENCIA HISTÓRICA DE TRUJILLO

El peso histórico de la ciudad de Trujillo no solo es reconocido por ser cuna de conquistadores, también debe su notoriedad social a la capitalidad que ejerció en el transcurso de los siglos XVI-XVIII, situación que incrementó su empoderamiento administrativo y le posibilitó en 1834 convertirse en sede del partido judicial que actualmente representa. Posteriormente, tanto durante la etapa Isabelina, como en el Sexenio Democrático y la Restauración, Trujillo vio acrecentado su protagonismo comarcal al ser designada cabeza de distrito para las elecciones de Diputados a Cortes (Galiana Núñez, 2004:327).

Estos reconocimientos convirtieron la ciudad en una población más segura y estable, con capacidad para atraer a los comerciantes de la zona que, seducidos por la tranquilidad que se vivía en la villa, decidieron fijar en ella su domicilio y sus negocios. Los municipios que integraban este partido, atraídos por su economía y estabilidad, comienzan a aumentar escalonadamente su población, llegando incluso a superar las cotas de población que se vieron diezmadas por la Guerra de la Independencia (1808-1814). Las cifras que aporta Galiana Núñez (2004:329) hablan por sí solas, pues nos demuestran cómo de 4947 habitantes en 1829, la población trujillana gana en 1857 cerca de tres mil nuevas almas, número que se verá multiplicado generosamente hasta alcanzar la cifra de los 21512 vecinos con la llegada del siglo XX.

Sin duda, será en 1888 cuando la ciudad demuestre su influencia en los órganos de poder de la capital española, pues por Real Decreto de 27 de febrero se abría una convocatoria para que las corporaciones locales interesadas presentasen solicitud para instaurar en sus calles uno de los cuatro colegios preparatorios militares que quería crear el Ministerio de Guerra. Uno de estos colegios se concede a Trujillo, igual que ocurrió con ciudades de la relevancia de Zaragoza, Granada y Lugo, las cuales presentaban mayores facilidades y solvencia económica. No obstante, la ciudad extremeña sorprenderá nuevamente al concluir sus obras en apenas unos meses después de obtener el permiso de adjudicación (Ramos Rubio y Pérez Zubizarreta, 2009).

Por otra parte, Trujillo, como partido judicial, es reconocida por constituir una de las jurisdicciones más extensas de la región extremeña, pero también una de las más estables tanto en número de municipios integrantes como en la extensión de sus fronteras. Además, pese a tener un crecimiento delimitado por los partidos de Cáceres y Logrosán, que rodeaban sus términos e impedían de algún modo su expansión, logra en el siglo XIX tres nuevas incorporaciones municipales: Conquista, Herguijuela y Torrejón el Rubio.

Con la inclusión de estas tres localidades, el partido judicial de Trujillo se alza con un total de veintidós municipios, todos ellos con una economía basada en la agricultura y la ganadería. Llegado este momento, Trujillo aprovechará su privilegiada situación geográfica en la zona central cacereña para impulsar y especializar un mercado basado en los productos extraídos del sector agrícola-ganadero; tanto es así que este arraigo comercial ha llegado a propiciar en la actualidad ferias de carácter internacional.

 

Partido Judicial de Trujillo
Municipios en 1834 Municipios en 1900 Municipios en 1989
  1. Aldea-centenera
  1. Aldea-centenera
  1. Aldea-centenera
  1. Aldea del Obispo
  1. Aldea del Obispo
  1. Aldea del Obispo
  1. Conquista
  1. Conquista
  1. Cumbre
  1. Cumbre (La)
  1. Cumbre (La)
  1. Deleitosa
  1. Deleitosa
  1. Deleitosa
  1. Escurial
  1. Escurial
  1. Escurial
  1. Garciaz
  1. Herguijuela
  1. Herguijuela
  1. Ibahernando
  1. Ibahernando
  1. Ibahernando
  1. Jaraicejo
  1. Jaraicejo
  1. Jaraicejo
  1. Madroñera
  1. Madroñera
  1. Madroñera
  1. Miajadas
  1. Miajadas
  1. Miajadas
  1. Plasenzuela
  1. Plasenzuela
  1. Plasenzuela
  1. Puerto de Santa Cruz
  1. Puerto de Santa Cruz
  1. Puerto de Santa Cruz
  1. Robledillo
  1. Robledillo
  1. Robledillo
  1. Ruanes
  1. Ruanes
  1. Ruanes
  1. Ruanes
  1. Ruanes
  1. Ruanes
  1. Santa Ana
  1. Santa Ana
  1. Santa Ana
  1. Santa Marta
  1. Santa Marta
  1. Santa Marta
  1. Torrecillas de la Tiesa
  1. Torrecillas de la Tiesa
  1. Torrecillas de la Tiesa
  1. Torrejón el Rubio
  1. Trujillo
  1. Trujillo
  1. Trujillo
  1. Villamesía
  1. Villamesía
  1. Villamesía

Fuente: Pérez Parejo, Soto Vázquez, Pantoja Chaves y Fraile Prieto, 2013: 315-316.

Cada uno de los factores y momentos claves de la historia trujillana a los que hemos aludido han repercutido en el ámbito de la educación. En las siguientes páginas nos ocuparemos de desgranar los aspectos demográficos, sociales, económicos y legislativos más influyentes en los últimos cuarenta años del siglo XIX que influyen en los índices de alfabetización. Todo ello desde un enfoque deductivo que partirá del conocimiento de la situación vivida a nivel regional, seguida de un posterior análisis descriptivo del partido judicial, con el que nos aproximaremos a las circunstancias educativas vividas en algunos de sus municipios.

  1. EVOLUCIÓN DE LA TASA DE ANALFABETISMO DE EXTREMADURA DESDE 1860 A 1900.

Hacia 1900, en la clasificación porcentual de analfabetos residentes en cada una de las diecisiete comunidades autónomas que integran España, nos encontramos con una Extremadura que ocupa la undécima posición, cifra que se agrava a medida que transcurren los años, pues lejos de mejorar alcanza la última posición en el año 1981 (Cortés Cortés: 2016). No obstante, hemos de advertir que la última columna del gráfico ya es algo premonitoria al reflejar cómo a comienzos del nuevo siglo la región retrocede en su índice de alfabetización. Así pues, conviene retrotraernos en el tiempo para conocer el punto de partida y algunos avatares históricos y demográficos que apuntan estas cifras desde décadas atrás.

En 1860 nos encontramos con una Extremadura eminentemente agraria y ganadera tanto en Cáceres como en Badajoz, lo que justifica que su actividad económica principal gire en torno a este sector y en consecuencia no exista un número considerable de profesiones que requieran mayor cualificación. De hecho, en un estudio previo de la XXVII edición de los Coloquios Históricos de Extremadura en el que se aborda la alfabetización de sus núcleos rurales, se llega a la conclusión de que las poblaciones con un mayor grado de alfabetización son aquellas que históricamente representaron centros neurálgicos administrativos o religiosos. Se señalan como ejemplos representativos tanto Cuacos de Yuste, por el impulso que tomó la villa con el hospedaje de Carlos V, así como Guadalupe, municipio definido como el aglutinador de todo el conocimiento intelectual (Flores Olave 1998: 121). Aunque para estas fechas ya se empezaba a despertar notablemente el interés cultural en gremios tradicionalmente analfabetos, sigue siendo la iglesia la que representa un mayor nivel de instrucción académica. Quizás por ello la mayoría de las bibliotecas privadas en Extremadura estaban compuestas por un 40% de libros de carácter o temática religiosa.

EVOLUCIÓN DE LA TASA DE ANALFABETISMO DE EXTREMADURA DESDE 1860 A 1900

Fuente: Elaboración propia

 

Si nos centramos estrictamente en el ámbito educativo, el primer hecho que justificaría un analfabetismo próximo al 80% es el nivel de preparación de los docentes, pues muchos de ellos ni tan siquiera disponían de la preparación necesaria para ejercer la profesión. Este déficit se acrecentaba en las zonas más rurales, donde la escolarización tradicionalmente se asociaba a un derecho solo de familias pudientes y no del campesinado que trabajaba para ellas. Por tanto, la figura del maestro se encontraba totalmente infravalorada (igual que el de la misma instrucción primaria), al no encontrar vinculación directa entre la formación que pudiese transmitir a los niños y los oficios que estos ejercerían en un futuro no muy lejano.

Ante esta falta de consideración se confiaba la instrucción de los hijos a personas que, impedidas ya para continuar ejerciendo sus oficios o simplemente retiradas de ellos, se ofrecían a enseñar lo que de forma autónoma ellos habían aprendido (Luengo Pacheco: 1998). Los docentes facultados para ello tampoco gozaban de un mayor reconocimiento social, por tanto su sueldo dependía más bien de la buena voluntad de los alcaldes y las retribuciones que las familias adineradas pudiesen ofrecerle por la educación de sus hijos. Ante esta situación, los maestros endeudados y conscientes también de las limitaciones de un salario que no les garantizaba la subsistencia, se veían obligados frecuentemente a buscar trabajos complementarios y nuevos destinos en centros más estables. Pero, lamentablemente, en reiteradas ocasiones chocaban con la advertencia que desde los consistorios locales se hacía llegar a quienes les pudiesen ofrecer un segundo trabajo: No tenga (el maestro) oficio que le embarace la puntual observancia a los niños y niñas de su escuela (Luengo Pacheco, 1998: 278).

Otros factores influyentes que contribuyen a que la columna de 1860 sea la de mayor porcentaje de analfabetos es la falta de efectividad de los métodos didácticos y la apuesta por una metodología basada en el castigo físico del alumnado. Si bien esta filosofía académica era la rutina diaria en cualquier aula, tanto regional como nacional, y por tanto no escandalizaba a nadie, en algunas ocasiones su ineficacia era tan evidente y acusada que sí conseguía movilizar a la comunidad de padres en busca de soluciones. Hasta tal punto llega la situación que en algunas actas de los ayuntamientos extremeños se recoge el malestar del pueblo con respecto a los métodos y recursos empleados por sus docentes. Uno de estos casos es el de Navalmoral de la Mata, donde a fecha de 17 de noviembre de 1850 encontramos un documento en el que se expresa que desde la alcaldía no pueden tratar con indiferencia las continuas quejas de los padres de familia por el poco adelanto de los niños que asisten a la escuela, la única que existe a cargo del profesor don Luis Codina. Atribuyese, por un lado, a la impericia del maestro; y por otro, al abandono en que los tiene dando las lecciones a otros niños (Fraile Simón, 2002:183). También ha de ser tenido en cuenta que el nivel de instrucción de las niñas en 1860 era aún en extremo deficiente, pues aparte de no considerarse socialmente necesaria su formación, la inversión local era menor y su absentismo mayor. Por consiguiente, si ya de por sí el porcentaje de analfabetos varones era bastante acusado, al realizar la media sin distinción de género las cifras se agravan aún más.

Si avanzamos en el periodo histórico que nos ocupa y nos adentramos en el segundo tramo del gráfico, es decir, en los datos que atañen a 1887, es fácil apreciar que nos encontramos en la mejor cifra de los últimos cuarenta años del siglo XIX y, aunque las causas de este positivo descenso obedece a múltiples factores, hay uno que sobresale por encima del resto, la influencia de la Ley Moyano. Si bien es cierto que se impulsa por el gobierno moderado en 1857, no podemos olvidar que la ejecución de sus dictámenes dependía casi en exclusiva de las arcas municipales de cada ayuntamiento, por ende sus resultados comenzarán a ser patentes años más tarde. Estamos ante una Ley que no solo se encuentra fundamentada en unos valores contemporáneos con los que se pretende poner en vigor una instrucción pública oficial y gratuita, sino que además trata de hacerla efectiva llegando a todos los puntos del país.

Su política de zonificación y sus criterios de dotación de escuelas contribuyen a aumentar considerablemente el número de centros educativos; prueba de ello es que tan solo en la provincia de Cáceres se pasa de los 157 existentes en 1841 a un total de 508 en 1882. Pero la creación de nuevas escuelas en localidades donde hasta entonces no existían no es para nada la causa exclusiva de la mejora en la enseñanza primaria; también fue fundamental para la cosecha de buenos resultados la defensa de una reforma didáctica, la apuesta por nuevos manuales y una nueva programación académica (Domínguez Rodríguez: 1990).

Desde la instauración de la Ley hasta 1887 hubo por medio algunas evaluaciones educativas e incluso inspecciones que ponían de manifiesto que los logros académicos alcanzados no eran tan altos como se esperaba. Ante esta situación surge la idea de que para que los hijos del campesinado (sector en riesgo de exclusión) asistan frecuentemente a la escuela, primeramente sus padres han de aprender a valorarla e instruirse ellos mismos. Con esta premisa surgen escuelas nocturnas de adultos y dominicales, pero también las de agricultura, destinadas a sectores menos cualificados que cuestionaban “la utilidad” de la educación a sabiendas de que en un futuro no iban a vivir ni de la escritura ni de la lectura. Con ellas, a la par que se especializa el sector económico mayoritario en Extremadura, se aminorará el porcentaje de analfabetos en la región, pues destinan unas horas semanales a conocimientos de enseñanza básica (Díez García, 2010).

La problemática surge con la llegada del nuevo siglo: a la altura de 1900 Extremadura sobrepasa nuevamente el 70% de los analfabetos y retrocede por tanto en su evolución académica. Aunque el resultado no es para nada positivo, merece ser reseñado que la Ley Moyano, pese a este evidente hundimiento temporal, ha logrado mejorar la cifra de instruidos a la que tuvo que hacer frente al comienzo de su instauración. No obstante, en un ejercicio de retrospección histórica podemos agrupar los motivos de este incremento de analfabetos a dos ámbitos relacionados entre sí, el social y el educativo.

Si comenzamos por la parte social y nos nutrimos de una fundamentación teórica específica sobre las condiciones de vida extremeña en fechas próximas al siglo XX, se nos revela un contexto histórico poco favorecedor para la enseñanza. Durante estos años salpican numerosos casos de enfermedades infectocontagiosas como la viruela y el sarampión, a las que deberían sumarse la meningitis, el paludismo y otras gastrointestinales que unas veces funcionaban como endémicas y otras como epidémicas (Sánchez de la Calle, 1998: 580). La existencia de estas enfermedades lógicamente también repercutía en la educación. El miedo al contagio, el cuidado de los familiares infectados o incluso la necesidad de relevar al cabeza de familia en el negocio familiar, conllevaba a que muchos alumnos se ausentaran de las aulas y produjeran parones en su educación.

La situación consigue agravarse por la crisis económica de 1898, que acecha a una población francamente débil por las cuestiones higiénicas sanitarias ya mencionadas. La suma de ambos factores deriva en un contexto de hambrunas, falta de trabajo, encarecimiento drástico de productos de primera necesidad e impulso desorbitado de la tasa de mortalidad infantil. En el mejor de los casos algunas familias consiguieron migrar en busca de una mejor vida, pero incluso así los hijos se verán obligados a interrumpir su formación durante meses. No será hasta que la familia logre asentarse en un nuevo destino y el centro de la localidad disponga de una plaza libre cuando podrá finalmente volver a retomar sus estudios (García Barriga, 2009).

Por último, y como veremos en los siguientes epígrafes, nos encontramos con unos ayuntamientos muy endeudados durante años, que arrastran, junto con las reclamaciones por impago, una serie de penalizaciones provinciales y gubernamentales a modo de sanción por no estar al corriente de pago en materia educativa. Esta situación favorece en fechas próximas a 1900 la creación de escuelas privadas a las que incluso se les cede el terreno para su construcción y además se les posibilita presentarse a los mismos concursos y premios que las públicas (Cortés Cortés, 2016). Esto constituye toda una estrategia por parte de las corporaciones locales, pues de este modo contarían con un nuevo centro educativo que les contabilizaría en el número total de centros con los que por ley debería contar la localidad y además no grava las arcas municipales con los gastos de mantenimiento. Lamentablemente esta “solución” se tradujo en ausencia de oportunidades educativas, pues las familias con menos recursos económicos no podían efectuar los pagos pertinentes y por tanto se les imposibilitaba el acceso a la educación.

También debemos aludir a la medida que el Ministerio de Fomento publica el 14 de marzo de 1893, por medio de la cual el docente puede instar a la Dirección General el cese temporal en el desempeño de su destino, justificando que se le adeuda más de un semestre de su sueldo en la escuela donde sirva (Cortés Cortés, 2016: 259). Así los maestros podrían reivindicar lo que por ley les pertenecía, pero sin miedo a perder su empleo, aunque nuevamente los más perjudicados volverían a ser los alumnos que se encontrarían sin clases hasta que se resolviese la incidencia. En definitiva, pese a las buenas intenciones de la Ley Moyano, nos ubicamos en un periodo convulso y difícil en el que cuesta mantener una enseñanza de calidad, gratuita y accesible.

 

  1. TASAS DE ANALFABETISMO EN EL PARTIDO JUDICIAL DE TRUJILLO DE 1860 A 1900.

Es un hecho que se produce una evolución desigual durante el siglo XIX entre unos y otros partidos judiciales extremeños, de modo que los resultados extraídos de cada uno de ellos no pueden ser extrapolables al resto. Conocer las especificidades y singularidades de cada uno de ellos ayudará a comprender el porqué de los resultados provinciales y regionales, logrando así mayor número de datos con los que interpretar acertadamente los condicionantes de nuestra evolución educativa.

Entre las similitudes que hemos ido encontrando en el análisis de cada partido judicial merecen ser reseñadas por su asiduidad la acusada desventaja formativa de las mujeres con respecto a los hombres. Son ellas las que prácticamente duplican la tasa de analfabetismo en la mayoría de los municipios y periodos históricos analizados. Esta situación también es compartida por el partido trujillano, al que además le define una evolución desigual y convulsa en función del género de sus habitantes. Prueba de ello es que en 1887 la tasa de mujeres decrece de un 82% a un 75%, mientras que por el contrario la de los hombres se eleva de un 58% a un 61%. El efecto inverso acontece en 1900: la falta de instrucción femenina asciende hasta al 80%, pero al mismo tiempo la de los varones logra la mejor puntuación de su historia con un 54%.

Fuente: Elaboración propia.

Uno de los factores que hemos de valorar para conocer el porqué de estos resultados es la heterogeneidad de los tipos de municipios que integraban el partido, ya que disponía de poblaciones pequeñas, medias y grandes, lo que se traducía en la creación de todo tipo de centros educativos y por ende en diferentes oportunidades formativas. Por debajo de los 500 habitantes se situaban Santa Marta, La Conquista y Ruanes a los que, por no superar la barrera de los 500 solo le correspondían las denominadas escuelas incompletas. Esta situación no afectaba a Villamesías, Plasenzuela, Torrejón el Rubio, Puerto de Santa Cruz, Aldea del Obispo y Santa Cruz de la Sierra que, con unas cifras posicionadas entre los 500 y los 1000 vecinos, deberían contar al menos con una escuela elemental de niños y al menos una incompleta para niñas (Pérez Parejo, Soto Vázquez, Pantoja Chaves y Fraile Prieto, 2013: 326).

Sin embargo, los pueblos que albergaban entre las 2000 y 4000 almas eran merecedores de dos elementales para cada sexo, como podría ser el caso de Aldeacentenera, La Cumbre, Deleitosa, Escurial, Herguijuela, Jaraicejo, Robledillo de Trujillo y Torrecillas de la Tiesa, que normalmente oscilaban entre los 1000 y 2000 habitantes. En todo caso el mayor número de centros le correspondía a Miajadas y Madroñera en los que, por sobrepasar la cifra de los 4000, se establecía la creación de tres escuelas elementales para cada sexo, aumentando una más en caso de lograr otros dos mil habitantes, como sucedía con Trujillo, que alcanzaba los 7085 en el año 1878, y los 8626 en 1887.

La volubilidad de sus tasas de analfabetos de cada uno de estos municipios obedecerá sobre todo a las escuelas mixtas de las localidades que se encontraban en la barrera próxima de los 500 vecinos pues, superada esta línea, el centro se desdoblaría en dos escuelas elementales, una para niños y otra para niñas, lo que implicaría que la educación de las localidades más pequeñas resultase más favorecida al prestar una enseñanza más individualizada ya que el número de unidades educativas era el mismo para 500 escolares que para 999, pues hasta que no se superarse la franja de los 1000 no se crearía otro centro.

Si bien, es cierto que el protocolo por el que se regía la dotación de escuelas de este partido no difería del resto de la provincia de Cáceres, también es verdad que el hecho de que lo integrasen municipios con marcadas diferencias entre sus densidades de población repercutía en distintas oportunidades educativas en cada uno de ellos. Por tanto, tal y como atestigua el mapa de Porcentajes de analfabetismo por sexos en el Partido Judicial de Trujillo, no llama la atención la disparidad existente entre las diferentes tasas de alfabetización que muestran cada una de sus localidades.

También debemos precisar que los dictámenes legales relacionados con la creación de escuelas y la política de zonificación no siempre correspondía con la realidad vivida en cada pueblo. De hecho de los 13 partidos judiciales que integraban la provincia Cacereña, seis de ellos no contemplaban el número mínimo de escuelas que por Ley le correspondían. Este es el caso de Trujillo, al que le acompañan tantos otros partidos judiciales como Navalmoral, Hervás, Coria, Jarandilla y Plasencia. Esta situación justificaría las altas tasas de analfabetismo tanto en hombres como en mujeres, pues al no haber suficientes centros educativos difícilmente se podría alcanzar los niveles académicos que propugnaba el sistema educativo (Pérez Parejo, Soto Vázquez, Pantoja Chaves y Fraile Prieto, 2013: 20).

La carencia de escuelas no es el único obstáculo al que hacer frente; la insuficiencia de unidades educativas contribuía a que en los centros existentes hubiese una ratio de aula desbordante con serias dificultades para impulsar una propuesta didáctica de calidad. De hecho nuestro partido judicial ocupa la sexta posición entre los trece existentes en Cáceres. Su ubicación en el ecuador de esta lista se puede atribuir a que, tal como comentábamos anteriormente, los partidos con mayor número de localidades pequeñas son los que presentan mayor número de escuelas, lo que como hemos explicado no es proporcional al volumen de habitantes.

Si ahondamos en cuestiones de género, el dato que nos sorprende es que, a diferencia de lo que venía siendo la tónica habitual en el resto de Extremadura, en Trujillo existe un reparto equitativo de sus escuelas, con veintidós elementales para niños y otras tantas para niñas. Esta equidad podría haber atenuado la disparidad porcentual entre hombres y mujeres en materia educativa, pero ha de ser tenido en cuenta que la inversión económica para la educación femenina se recortaba usualmente a la mitad o incluso hasta el 70% con respecto a la enseñanza de varones.

Además, si profundizamos en el binomio educación y género, se aprecian otros matices que contribuían a una evolución formativa desigual. Nos referimos a la población adulta y a los medios destinados para su instrucción, pues ellos también forman parte de los datos de analfabetismo recogidos por el INE. Por consiguiente, su situación académica es la misma que la de cualquier alumno que acude por primera vez a la escuela. Es decir, necesitan también de programas y centros específicos, porque sus necesidades son las mismas; la única diferencia es la edad y las obligaciones sociales. No obstante, las oportunidades locales para acceder a la instrucción primaria no son las mismas que para los menores de edad.

La problemática se agrava con las mujeres, pues en el caso de los hombres trujillanos al menos podían asistir a la escuela nocturna para adultos o a los centros de agricultura o ganadería donde, junto con una metodología y unas materias prácticas, se aprendía también a leer y escribir. Pero el dato que sin duda beneficiará la enseñanza masculina es la creación del colegio preparatorio militar, que se construye en 1888 y reunirá el mayor número de cadetes de toda España. Esta escuela se convirtió en una apuesta de futuro para muchas familias de la zona, pero sobre todo favoreció que sus alumnos se preparasen académicamente para su acceso, pues requerirían unos conocimientos mínimos para hacer frente a sus exigencias.

La enseñanza quedaba dividida en científica, militar y accesoria. Comprendía la primera Aritmética, Geometría, nociones de Física y Geografía e Historia de España. La segunda, las Ordenanzas, Leyes penales, Táctica hasta la escuela de batallón, Teoría y práctica de tiro, Detall, Contabilidad y Procedimientos. Los estudios quedaban integrados por el francés, ejercicios gimnásticos, esgrima de sable y tiro de pistola (Ramos Rubio y Pérez Zubizarreta, 2009: 37-38).

La repercusión de este centro creado en 1889 pudo incidir en que a partir de esta fecha, tal y como atestigua el gráfico se logren los índices más bajos de analfabetismo entre los varones. Si nos remontamos a aquella época, podemos discernir que los adolescentes de 16 años, edad a la que podían acceder al colegio militar, encuentran por primera vez un estímulo para aprender a leer y escribir: ser admitidos en el centro preparatorio. Sin olvidar tampoco que al acabar la formación militar tendrían suficientes conocimientos como para valorar por sí mismos el laudable objeto de la enseñanza elemental, favoreciendo de este modo la educación de sus hijos y contribuyendo a asentar en ellos un buen juicio sobre la educación.

Estos condicionantes dejan cierto resabio de una educación masculinizada a medida que los alumnos se especializan o buscan continuidad a la enseñanza básica, pero esta situación no se origina exclusivamente por los aspectos legislativos, también repercuten factores locales y sociológicos. En muchas ocasiones la inferioridad de oportunidades en la enseñanza femenina obedece a una cuestión de prioridades por parte del consistorio municipal, que es quien decide en qué invertir el dinero público. El problema es que pese a que la Ley Moyano lucha por la defensa de una educación justa y gratuita, socialmente sigue siendo poco valorada. De hecho muchos ayuntamientos asocian la escuela con un desembolso continuado de dinero y en repetidas ocasiones hará falta que intervenga el gobernador civil, tanto para que se paguen los sueldos de los docentes como para que se desdoblen las escuelas mixtas y se edifiquen las dos elementales correspondientes.

La desventaja se produce cuando el dinero no es suficiente para edificar una de cada género. En esos casos se prioriza por regla general la escuela de varones y lo mismo sucede con su mantenimiento y compra de materiales. Tal vez esa sea la causa de que a partir de 1870 comiencen a aumentar las cifras de mujeres analfabetas, pues desde 1871 se hace pública la deuda que el partido tiene solo en materia educativa, 23262 pesetas, de las que tan solo pudo cubrir 8848, déficit que a juzgar por los gráficos recrudeció aún más las tasas de analfabetismo de las mujeres.

 

  1. TASAS DE ANALFABETISMO EN EL MUNICIPIO DE TRUJILLO DE 1860 A 1900.

Al igual que sucede en el conjunto del partido judicial, las tasas de analfabetismo del municipio de Trujillo perjudican al género femenino, pues no son superadas por los hombres en ninguno de los intervalos analizados. No obstante, sí difiere con respecto al anterior gráfico en la cuantía de sus porcentajes pues, mientras que en el partido no se rebasa la tasa del 85%, en esta villa no solo se alcanza sino que también se supera en un 10%.

El factor más llamativo no es que se logre un 95%, ni tampoco que estemos tan solo a cinco puntos del pleno analfabetismo femenino, sino que se produzca a las puertas del siglo XX, cuando supuestamente sería más evidente la influencia de la Ley Moyano. Normalmente, como sucede en el resto de partidos y pueblos, las cifras más elevadas tienden a corresponder a la etapa de 1860, momento en el que aún no se han ejecutado satisfactoriamente los dictámenes legislativos e incluso se imparte docencia sin titulación.

Si buceamos en estudios de carácter nacional y ahondamos en bibliografía específica sobre la historia de la educación femenina, descubrimos que, al igual que sucede en la región extremeña, la evolución de su alfabetización, aunque se produce de forma lenta, tiende a ser progresiva en el tiempo. En 1887 el 77% de las españolas es considerado población analfabeta. Sin embargo, trascurridos trece años, logran reducir su porcentaje en 8 puntos. Por el contrario, en Trujillo sucede el proceso inverso, pues en 1887 su tasa es 10 puntos menos que la nacional, contribuyendo a que esta ciudad parta con mayor ventaja hacia la educación deseada por el gobierno central, pero lejos de ser así retoma cifras pasadas y se distancia hasta en 26 puntos en el año 1900 con respecto a la media nacional.

 

TASAS DE ANALFABETISMO EN EL MUNICIPIO DE TRUJILLO DE 1860 A 1900

Fuente: Elaboración propia.

Todo lo contrario sucede en el caso de la enseñanza elemental en varones, donde los valores porcentuales que se representan en el gráfico vienen a reiterar nuevamente la evolución usual en cualquier otra población extremeña. Es decir, la situación académica de los trujillanos se convierte en una extensión de lo ocurrido en el partido.

Los varones comienzan en 1860 con unas tasas mejor posicionadas con respecto a las mujeres, sobre todo por su prioridad en el acceso a la educación en los años previos a la Ley Moyano. Tiempo después, fruto de una plaga inicial de viruela en 1874 a la que le seguirá una segunda de mayor virulencia en 1883, las circunstancias sociales mellan el desarrollo de la ciudad, perjudicándose aún más su progreso en 1885 con la llegada de la meningitis, el paludismo y el asalto colérico que se vivía a nivel nacional. El sufrimiento de estas enfermedades ligado a otras crisis agrarias repercutirán en un estancamiento de los niveles de instrucción, pues las situaciones familiares y académicas vividas por los alumnos hacen que cambien sus obligaciones y prioridades, lo que dificultará su continuidad diaria a las aulas.

Sin embargo, tal y como comentamos en el epígrafe anterior, en 1900 se produce el mejor dato de los cuarenta años que abarca nuestro estudio. Hecho lógico si recordamos que Trujillo es el centro neurálgico del entramado educativo y el que presenta mayores opciones para especializarse en un oficio, aprendiendo como mínimo a leer y escribir.

Una vez analizada la evolución desigual entre la población analfabeta de hombres y mujeres, hemos conocido algunas de las causas que promovían esas diferencias porcentuales, pero aún nos queda por abordar las directrices ejecutadas por el gobierno local y nacional para llevar a cabo el concepto de equidad que contemplaba la Ley Moyano. En este sentido, hemos de indicar que, como ya se advirtió en líneas anteriores por la política de distribución de escuelas, las localidades más perjudicadas usualmente eran las más pobladas. En el partido que nos ocupa no había ninguna otra villa con mayor población que la ciudad de Trujillo. Por tanto, en teoría debería haber sido la que mayores dificultades habría tenido que afrontar. Sin embargo, la realidad nada tuvo que ver con lo esperado. Nos encontramos con un total de 13 escuelas para una población en 1887 de 8626 vecinos, cuando con esta cifra tan solo debería contar con cinco centros educativos de cada género (Pérez Parejo, Soto Vázquez, Pantoja Chaves y Fraile Prieto, 2013:327).

De estos trece colegios, seis de ellos se destinaban a la instrucción de varones, contando a tal efecto con dos escuelas elementales y un centro de enseñanza superior, ambos completados con el mismo número de auxiliarías (dos elementales y uno para la educación superior), mientras que para impartir docencia a las niñas existían tres escuelas elementales y una auxiliaría. Por consiguiente, había el mismo número de unidades educativas que para la enseñanza primaria de los niños. Por último, en lo alusivo a las mixtas en las que podían cursar estudios los dos géneros, encontramos un total de tres centros destinados a las escuelas incompletas.

 

 

  1. CONCLUSIONES

La vigencia de la Ley Moyano en Extremadura ha tenido el suficiente calado como para incentivar en su población una mayor preocupación y valoración social hacia todo el entramado educativo. No solo se incrementa el volumen de alumnos escolarizados, se reduce la ratio de aula o se introducen nuevos programas académicos, sino que también aumenta considerablemente el número de colegios. Prueba de ello es que en 1841 la región contaba con tan solo 157 escuelas para sus 278000 habitantes, cifra que se supera en 1882 con un total de 508 centros educativos para una población de 298534 personas.

La apuesta desde el gobierno central era clara y evidente, mejorar el nivel académico de todos los puntos del país, sin importar si se trataba de ciudad, villa o aldea. El acceso a la educación debería ser extensible a todas las localidades de la geografía española, pues a comienzos de la Ley Moyano en 1860 el país contaba con un 80% de población analfabeta y más de 6132 pueblos carentes de instrucción pública, situación a la que pretendía poner remedio con sus políticas de zonificación y habilitación de centros.

Si bien es cierto que el número de personas que no sabían leer y escribir era muy elevado, se debe matizar que tanto Extremadura como el partido judicial de Trujillo no llegaron nunca a superar los porcentajes nacionales. Esta aceptable situación de partida no se supo o no se pudo canalizar de forma correcta, si tenemos en cuenta que en 1900 España se sitúa en torno al 56%, mientras que la ciudad trujillana se aproxima al 75%. Esta situación, que hemos tratado de explicar o justificar aportando diversas razones e hipótesis, es ciertamente anómala y no se da en el conjunto del partido ni en el conjunto de la región.

Con este resumen evolutivo podemos afirmar que el deseo político con respecto a las expectativas depositadas en la Ley Moyano quedaba muy alejado de la realidad imperante en cada municipio. Algunas de las causas de este fracaso las hemos desvelado en líneas anteriores: la escasa calidad de la educación, el curriculum diferenciado, la falta de fondos económicos y la precaria situación laboral del docente.

Si nos ocupamos del aspecto didáctico y pedagógico es fácil comprobar por albaranes y recibos de los balances anuales de las corporaciones locales cómo los materiales académicos y útiles de papelería iban renovándose en cada compra. Aunque los títulos de las obras variasen y los recursos académicos fuesen diferentes año tras año, estos eran escasos en número y poco innovadores en contenidos. Por tanto, se automatizaba el modelo de escuela de épocas pasadas, solo que ahora con manuales diferentes. Esta dificultad podría atenuarse con la pericia pedagógica de los docentes, de no ser porque la calidad de su formación también era escasa e insuficiente; de hecho hasta 1959 no era indispensable la superación de un examen para ingresar en las escuelas normales de maestros de la región.

Si los maestros no estaban preparados, difícilmente podrían paliar con eficacia las altas tasas de analfabetismo de aquellas localidades en las que tuviesen que impartir docencia. Esta problemática contaba con el agravante de aulas masificadas, colegios en riesgo de derrumbe y una pésima valoración social por parte de los contribuyentes que no llegaron a percibir los beneficios de la instrucción primaria y vieron a los maestros como unos seres generadores de impuestos (Díaz García, 2010:166). En muchas ocasiones el malestar social derivó en la falta de respaldo por parte de los vecinos, que no solían apoyar las reclamaciones y peticiones que los maestros dirigían a los ayuntamientos para reclamar lo que por oficio les pertenecía. De este modo, se nos dibuja la figura de un docente infravalorado socialmente, sobrecargado de trabajo, mal remunerado y con una formación insuficiente.

Precisamente esta escasa formación era otro factor del elevado número de analfabetos extremeños, pero el único. También hemos de aludir al hecho de que estamos ante una sociedad eminentemente rural donde la ejecución de las tareas agrícolas y ganaderas imperan en la jerarquía de prioridades de la mayoría de las familias, condicionando incluso el resto de actividades humanas, como puede ser la formativa. No obstante, aunque en los dos géneros preocupa más trabajar para garantizar la subsistencia que luchar por una mayor preparación académica, son las mujeres las que muestran mayores porcentajes de personas que no saben leer ni escribir. Los motivos son de diversa índole, pero la mayoría de ellos nacen de la escasa valoración atribuida a la educación, la existencia de una sociedad patriarcal y el establecimiento de unos roles familiares y profesionales extremadamente rígidos y limitados.

 

Además, si ahondamos en el tema y nos preocupamos por otras causas más específicas hemos de señalar igualmente que el nivel de instrucción profesional de las maestras era inferior al de los maestros, ya que parte de las materias que tenían que estudiar se basaban en temas religiosos, domésticos o de corte y confección. La necesidad de su preparación profesional era cuestionada continuamente y ello se evidencia claramente en el retardo de catorce años en la creación de la Escuela Normal de Maestras con respecto a la de maestros.

Si su preparación laboral era diferente, también lo eran sus exigencias hacia su grupo de alumnas, se instruye a las niñas, pero por la necesidad de que estas puedan influir correctamente tanto en su futuro matrimonio como en la educación de sus hijos. Pero no se busca una mujer académicamente preparada, sino que se persigue conseguir la figura de una persona capacitada para guiar la familia y dirigir la economía doméstica. No es de extrañar por tanto que representen las mayores cifras de analfabetismo, más aún si no obviamos que fuera de la carrera de maestras o de una posible vida religiosa, las mujeres no tenían otras opciones profesionales con las que continuar formándose y aprendiendo tras abandonar la escuela elemental.

Por último, debemos aludir a las grandes dificultades económicas que atravesaban los ayuntamientos, incapaces por muchos motivos de hacerse cargo de los gastos que el gobierno central les imponía para poder sostener una educación pública y gratuita. Esto dará lugar a un sinfín de reclamaciones, denuncias y sanciones entre docentes, concejales y gobierno civil.

 

BIBLIOGRAFÍA

Amo del Amo, Mª Cruz (2009). “La educación de las mujeres en España: de la amiga a la Universidad” en Participación educativa, 11, 8-22.

Ballarín Domingo, Pilar (1989). “La educación de la mujer en el siglo XIX” en Historia de la educación: Revista Interuniversitaria, 8, 245-260.

Capitán García, Alfonso (2002). Breve historia de la educación en España. Madrid: Pedagogía, Alianza Editorial.

Collado Salguero, Isabel (2001). Aproximación a la historia de la educación en Almendralejo: siglos XVI, XVII y XVIII. Catedra Nova: Revista de Bachillerato.

Cortés Cortés, Fernando (2005). Instrucción Primaria e Inspección de escuelas. (La Baja Extremadura del siglo XIX). Badajoz: Servicio de publicaciones Diputación de Badajoz.

Cortés Cortés, Fernando (2016). La escuela en la Extremadura meridional del siglo XIX. Badajoz: Servicio de publicaciones de la Diputación de Badajoz.

Cortés Cortés, Fernando; Sánchez Pascua, Felicidad; Blázquez Entonado, Florencio (2013). Educación e instrucción primaria en la provincia de Badajoz. Badajoz. UNEX.

Díez García, Juan (2010). Sobre historia de la educación española y regulación social. Córdoba: Universidad de Córdoba.

Domínguez Rodríguez, Emilia (1986). La enseñanza en Cáceres en el siglo XIX (1822-1869). Cáceres: UNEX.

Domínguez Rodríguez, Emilia (1990). Génesis del sistema de enseñanza primaria en Cáceres. Badajoz: UNEX.

Domínguez Rodríguez, Emilia (2005). “Políticas educativas en el siglo XX y su incidencia en Extremadura” en Revista de Estudios Extremeños, Tomo LXI, III, 921-984.

Egido Gálvez, Inmaculada (1994). “La evolución de la enseñanza primaria en España: Organización de etapa y programa de estudio”. Tendencias pedagógicas 1, 75-86.

Flores Olave, Lucía (1998). “Índices de alfabetización de núcleos rurales extremeños” en XXVII Coloquios Históricos de Extremadura. Cáceres: Gráficas Morgado.

Fraile Simón, María del Pilar (2002). “La primera escuela pública de niñas de Navalmoral de la Mata”. En IX Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo. Cáceres: Servicio de publicaciones ayuntamiento de Navalmoral de la Mata.

Galiana Núñez, Magdalena (2004). Trujillo en sus textos históricos y en sus documentos (de los árabes al s. XX). Badajoz: Industrias gráficas CISAN

García Barriga, Felicísimo. (2009) Familia y sociedad en la Extremadura rural de los tiempos modernos (Siglos XVI-XIX). Cáceres: Editora regional de Extremadura.

García Madrid, Antonio (2008). Freinet en las Hurdes durante la Segunda República: los maestros José Vargas Gómez y Masimino Cano. Mérida: Editora Regional de Extremadura.

García Madrid, Antonio (2009). Un ejército de maestros: experiencias escolares de las técnicas de Freinet en Castilla y Extremadura. Salamanca: Universidad Pontificia.

Garrido Díaz, Mª del Pilar (2000). “Un método de enseñanza a principios del siglo XIX en la escuela rural de la Baja Extremadura” en Revista de Estudios Extremeños, Tomo LVI, III, 1099-1115.

Garrido Díaz, Mª del Pilar (2009). “Apuntes para la reconstrucción del panorama escolar en Los Santos de Maimona en el siglo XIX” En Los Santos de Maimona en la historia: I Jornadas de Historia de los Santos de Maimona, 6 y 7 de noviembre. Badajoz: Fundación Maimona.

Larrosa Martínez, Faustino (2004). “Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas”. En Historia de la educación en España: Autores. Textos y documentos (págs. 533- 544). Madrid: UNED.

Loizaga Vélez, Maite (2015). Primeras letras, “revolución social” y modernización en Bilbao (1876-1920). Bilbao: Universidad del País Vasco.

Louis Guereña, Jean; Ruíz Berrio, Julio; Tiana Ferrer, Alejandro (2010). Nuevas miradas historiográficas sobre la educación en la España de los siglos XIX y XX. Madrid: IFFIE | MECD.

Luengo Pacheco, Ricardo (1998). “Educación en el norte de Extremadura. Procesos de enseñanza. Siglos XVII y XVIII”. En XXVII Coloquios Históricos de Extremadura. Cáceres: Gráficas Morgado.

  1. Scanlon, Geraldine (1987). “La mujer y la instrucción pública: de la Ley Moyano a la II República”. Historia de la educación: Revista interuniversitaria, 6, 193-208.

Marcos Álvarez, Fernando; Cortés Cortés, Fernando (1987). Educación y analfabetismo en la Extremadura meridional: (Siglo XVII). Badajoz. UNEX.

Montero Alcaide, Antonio (2009). “Una Ley centenaria: la Ley de Instrucción Pública (Ley Moyano, 1857)”. Cabás 1, 2009.

Negrín Fajardo, Olegario; Vergara Ciordia, Javier (2009). Historia de la educación. Madrid: UNED.

Pérez Parejo, Ramón y Soto Vázquez, José (2013). “Unas notas sobre la vida diaria en las aulas de educación primaria de Extremadura a finales del siglo XIX” en Revista de Estudios Extremeños, Tomo LXIX, Nº1 Badajoz, págs. 599-624.

Pérez Parejo, Ramón; Soto Vázquez, José; Pantoja Chávez, Antonio; Fraile Prieto, Teresa (2013). Catálogo para el estudio de la educación primaria en la provincia de Cáceres durante la segunda mitad del siglo XIX (1857-1900). Badajoz: UNEX.

Puelles Benítez, Manuel (1988). Textos sobre la educación en España (siglo XIX). Madrid: UNED.

Ramos Rubio, J. A. y Pérez Zubizarreta, M. T. (2009). Trujillo: Mirada atrás II. Madrid: Ediciones Amberley.

Sánchez de la Calle, J. A. y Del Rosario Leonato González, María (1998). “Mortalidad infantil, crisis económicas, bélicas y epidemiológicas en los ámbitos urbanos y rurales del norte de Extremadura, 1800-1970”. En XXVII Coloquios Históricos de Extremadura. Cáceres: Gráficas Morgado.

Sánchez Pascua, Felicidad (1985). El Instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz en el siglo XIX (1845-1900). Badajoz: Diputación de Badajoz.

Sánchez Pascua, Felicidad (1985). Política y educación: incidencias en el Instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz (1845-1900). Badajoz: UNEX.

Sánchez Pascua, Felicidad (1989). La educación de adultos en la legislación decimonónica española y su plasmación en Badajoz. Badajoz: UNEX.

Sánchez Pascua, Felicidad (1998). “Los 25 años de la Universidad de Extremadura y su polémica génesis”, en La Universidad en el siglo XX: España e Iberoamérica, X Coloquios de Historia de la Educación. Murcia, págs. 417-424.

Sánchez Pascua, Felicidad (1998). Capítulos de historia de la educación en Extremadura. Badajoz: UNEX.

Soto Vázquez, José (2009). Los Santos de Maimona en la historia: 7 y 8 de noviembre de 2008. Badajoz: Fundación Maimona.

Soto Vázquez, José; Pérez Parejo, Ramón; Pantoja Chávez, Antonio (2010). Catálogo para el estudio de la educación primaria en la provincia de Badajoz durante la segunda mitad del siglo XIX (1857-1900). Badajoz: Diputación de Badajoz.

Soto Vázquez, José; Samino León, Aniceto (2014). La enseñanza pública en los Santos de Maimona a través de sus documentos (1857-1939). Badajoz: Diputación de Badajoz.

Vázquez Calvo, Juan Carlos (2003). La educación pública en la Extremadura del antiguo régimen. Universidad de Extremadura: Tesis doctoral.

Vázquez Calvo, Juan Carlos (2004). Historia de la Educación Pública de Extremadura en el Antiguo Régimen (siglos XVI, XVII y XVIII). Mérida: Consejería de Educación

 

Datos relativos a 1860 para el Partido judicial de Trujillo

 Población Total Varones Mujeres V_leer_si V_leer_escribir_si V_leer_escribir_no M_leer_si M_leer_escribir_si M_leer_escribir_no
Aldeacentenera 1078 689 389 87 191 411 95 27 467
Aldea del Obispo 499 253 246 10 62 181 6 11 229
Conquista (de la Sierra)
Cumbre (La) 1544 755 789 29 260 466 27 108 654
Deleitosa 1104 584 520 39 177 368 32 15 473
Escurial 1824 931 893 26 284 621 43 33 819
Herguijuela
Ibahernando 1161 592 569 29 154 409 26 26 517
Jaraicejo 1300 699 601 11 186 502 11 48 542
Madroñera 2885 1448 1437 7 248 1193 36 40 1361
Miajadas 4074 1973 2101 61 523 1389 74 152 1875
Plasenzuela 763 389 374 38 155 196 46 23 305
Puerto de Santa Cruz 854 438 416 54 163 221 57 18 341
Robledillo de Trujillo 1073 558 515 332 61 165 60 26 429
Ruanes 425 227 198 21 79 127 30 12 156
Santa Ana 542 280 262 27 118 135 78 88 146
Santa Cruz de la Sierra 548 279 269 16 82 181 25 24 220
Santa Marta (de Magasca) 228 146 82 7 77 62 24 2 56
Torrecillas de la Tiesa 905 482 423 41 174 267 55 18 350
Torrejón el Rubio
Trujillo 7505 3804 3701 180 1421 2203 332 523 2846
Villamesías 676 346 330 21 120 205 15 18 297

 

Fuente: INE

 

Datos relativos a 1887 para el Partido judicial de Trujillo

Población Total Varones Mujeres V_leer_si V_leer_escribir_si V_leer_escribir_no M_leer_si M_leer_escribir_si M_leer_escribir_no
Aldea del Obispo 607 293 314 3 94 196 5 31 278
Aldeacentenera 1661 871 790 37 217 617 47 75 668
Conquista (de la Sierra) 509 256 253 13 112 131 35 41 177
Cumbre (La) 1622 785 837 21 295 469 33 184 620
Deleitosa 1419 747 672 22 311 414 28 89 555
Escurial 1704 854 850 x 223 631 9 91 750
Herguijuela 936 481 455 14 137 330 8 45 236
Ibahernando 1357 677 680 24 201 452 48 127 505
Jaraicejo 1645 815 830 23 266 526 24 142 664
Madroñera 4066 1980 2086 36 455 1489 21 195 1868
Miajadas 4961 2432 2529 48 698 1686 60 301 2168
Plasenzuela 1035 520 515 38 229 253 74 97 344
Puerto de Santa Cruz 915 474 441 21 201 252 53 82 306
Robledillo de Trujillo 1360 687 673 10 195 382 28 40 605
Ruanes 553 283 270 15 137 131 21 60 189
Santa Ana 549 266 283 20 121 125 20 65 198
Santa Cruz de la Sierra 687 354 333 7 108 239 17 556 260
Santa Marta (de Magasca) 307 157 150 14 70 73 61 21 68
Torrecillas de la Tiesa 1371 695 676 2 257 429 4 92 571
Torrejón el Rubio 883 494 389 7 152 335 34 20 335
Trujillo 10763 5639 5124 33 1867 3749 76 1049 3989
Villamesías 937 456 481 1 201 254 4 112 363

Fuente: INE

 

Datos relativos a 1900 para el Partido judicial de Trujillo

 

Población Población total Varones Mujeres V_leer_si V_leer_escribir_si V_leer_escribir_no M_leer_si M_leer_escribir_si M_leer_escribir_no
Aldea del Obispo 609 314 295 x 105 209 1 35 259
Aldeacentenera 1953 999 954 18 336 645 16 156 782
Conquista (de la Sierra) 544 262 282 5 150 107 27 70 184
Cumbre (La) 1858 895 963 38 560 297 37 417 509
Deleitosa 1589 799 790 31 330 438 51 76 663
Escurial 1792 927 865 9 451 467 26 192 647
Herguijuela 1102 566 536 14 243 309 20 82 434
Ibahernando 1241 614 627 11 224 379 8 109 510
Jaraicejo 1968 1012 956 25 381 606 43 212 701
Madroñera 4321 2144 2177 68 529 1547 44 272 1861
Miajadas 5462 2629 2833 6 621 2002 6 329 2498
Plasenzuela 945 455 490 9 190 256 11 126 353
Puerto de Santa Cruz 930 496 434 7 239 250 41 125 268
Robledillo de Trujillo 1440 754 686 27 358 369 36 103 547
Ruanes 613 304 309 18 177 109 52 104 153
Santa Ana 527 264 263 8 156 100 19 108 136
Santa Cruz de la Sierra 748 384 364 8 133 243 15 61 288
Santa Marta (de Magasca)
Torrecillas de la Tiesa 1459 740 719 10 300 430 16 109 594
Torrejón el Rubio 899 469 430 18 177 274 19 53 358
Trujillo 12512 6366 6146 74 2845 3447 181 1614 4351
Villamesías 1004 492 512 17 235 240 47 130 334

Fuente: INE

Dic 202016
 

Domingo Quijada González.

 

Introducción

 

La superstición y la magia han estado siempre muy arraigadas entre los españoles, sobre todo durante los siglos XVI y XVII. En la Península, a las supersticiones de los pueblos primitivos, romanos y godos, se unieron las de judíos y moriscos, además de las milenarias del pueblo gitano, fundiéndose con el dogma católico y generando una religión que podríamos considerar paralela entre el pueblo, que continuó manteniéndola viva a pesar de la condena de la Iglesia. La incultura, situación política y económica favorecían el cultivo.

En todos los tiempos ha habido varones y mujeres que decían tener poderes y practicar la magia. Desde sacerdotes hasta emperadores adoptaban el título de magos. Había funcionarios estatales que trabajaban de adivinos o augures y se dedicaban a predecir quién sería el vencedor en la batalla. Eran los magos. La brujería, en cambio, ejercida por gente de menor nivel cultural y económico, era vista como un subproducto de la magia. La gente recurría a los brujos y brujas para ahuyentar la mala suerte o mejorar las cosechas. En el fondo, era una brujería benéfica.

Mientras la magia fue una ceremonia practicada en la corte papal o real por los llamados nigromantes, que utilizaban el conjuro para el control de los demonios, los poderosos magos eran del sexo masculino. Pero cuando los teólogos escolásticos condenaron estas prácticas al sostener que, si los demonios proporcionaban servicios al mago, era porque esperaban algo a cambio, fue cuando el mago-señor se transformó en bruja-servil, el sexo del malhechor cambió y los brujos se convirtieron en su gran mayoría en mujeres.

Pero, antes de continuar, hemos de aclarar que la distinción principal entre brujería y hechicería es que en esta última no existe un pacto con el diablo. Así, mientras que la brujería utiliza hierbas, ungüentos y alucinógenos para producir sugestión en sus víctimas, la hechicería usa herramientas concretas y palpables (el demonio queda al margen).

La superstición fue uno de los servicios más solicitados para solventar los problemas que acuciaban la vida diaria de los colectivos sociales. Durante todas las fases históricas.

Pero sería el siglo XVII, el del Barroco por antonomasia, aquella España que veía el comienzo de su declive hegemónico bajo el cetro los Austrias, cuando la superstición alcanzaría un grado tal de inserción en la sociedad que en todos los estratos, desde el hombre más humilde al noble más laureado –salvo excepciones, que las hubo–, creían en la intervención de lo sobrenatural en sucesos de diversa índole e incluso en el devenir de la vida cotidiana. Sustituye al ardiente misticismo y la fiebre teológica que protagonizaron el XVI. La España de los Austrias sufrió grandes crisis de ideales y una relajación moral y en las costumbres propicias para desarrollar creencias supersticiosas, prácticas que alcanzaron a todos los campos: el pensamiento, las artes y las mismas costumbres.

Hechiceros, brujas, nigromantes y adivinos estaban a la orden del día; y gentes de rancio abolengo creían a pies juntillas en sortilegios y agüeros, acudiendo a que les adivinasen el porvenir o a pedir ayuda para todo tipo de problemas: mal de amores, envidias, obtener éxito y dinero… Esta ciencia alcanzó tanta notoriedad que incluso algunos nobles se permitieron el lujo de tener astrólogo propio que elaborase su horóscopo personal. Se creía en el influjo de los astros sobre los hombres, los cuales nacían con buena o mala estrella, dependiendo del signo zodiacal que les influyese; existían días fastos, favorables para todo, y nefastos, adversos para aventurarse a realizar cualquier cosa. Pero la Inquisición intervendrá muy pronto.

La verdad es que esa mentalidad no ha desaparecido en la actualidad y la práctica del tarot, signos zodiacales, videntes, etc., proliferan en la vida pública y en los medios sociales.

Centrándonos en nuestra Comunidad, Extremadura es de las últimas zonas de la península cuyos elementos folclóricos de índole fantásticos han sido estudiados. Pero, gradualmente, el material se va incrementado gracias a la aportación de diversos autores, desde distintos enfoques: desde la visión centrada en lo paranormal de Iker Jiménez, hasta historiadores como Isabel Testón, Ángeles Hernández, Fernando Flores del Manzano, Félix Barroso… Y, especialmente, Fermín Mayorga[1], que hace un repaso por casi toda Extremadura del tema. Aunque ya Publio Hurtado mencionó a principios del siglo XX algunos mitos.

Hace poco encontramos en el Archivo Histórico Nacional un Expediente de la Inquisición (Legajo 1.987, Número 22), que nos ha servido para realizar este trabajo.

 

Exposición y análisis de la ponencia

 

Encausada: Isabel Gómez Yusta, mujer de Lorenzo Muñoz, vecina de Navalmoral en el obispado de Plasencia, de edad de treinta años[2].

Fecha de los autos: entre marzo de 1625 y 10 de noviembre de 1626.

Testigos: 15, siete de ellos varones.

Lugar del Auto de Fe: Llerena.

 

Caso nº 1[3]

Lugar: Trujillo (a donde había ido la inculpada)[4].

Testigos: seis.

Paciente: una mujer casada.

Padecimiento: “mala de hechizos”.

Objetos utilizados: un barreño con agua, dos velas encendidas, un crucifijo, un muñeco de cera figura de mujer, con alfileres por las coyunturas y una lumbre; un arco de mimbre con nueve candelillas, un cordel, un cedazo, unas piedras y unas tijeras.

Método aplicado: echar el muñeco en el barreño, extraerlo y arrojarlo a la lumbre. Pasar a la mujer por el aro de mimbre, golpear las piedras, hincar las tijeras en el cedazo y decir un conjuro: “conjúrote cedazo con tijeras y con diablos, y con la gracia del Espíritu Santo y de fulano…; si es verdad lo que te quiero preguntar, da una vuelta hacia la mano derecha y luego hacia la izquierda”. Más otras palabras que no pudo percibir.

Resultado: tras ser quemado el muñeco, la enferma mejoró…

Conclusión: práctica mixta de vudú y conjuros.

 

Caso nº 2[5]

Lugar: se ignora (no se expone). Tampoco la fecha.

Testigos: uno.

Paciente: un testigo…

Padecimiento: desea un remedio para tener más memoria…

Objetos utilizados: unos polvos colorados y una oración o conjuro escrito en un papel.

Método aplicado: decir el conjuro a las nueve de la noche, tres días seguidos: “conjuro de estrella la más linda y bella que en el cielo estas, conjúrote con una, con dos, con tres, con cuatro, con cinco, con seis, con siete, con ocho, con nueve, estas nueves estrellas os juntaréis y por la mar salada pasaréis y en el Monte Olivete entraréis, y de la mimbre de amor tres varas cortaréis y en la muela de Satanás la aguzaréis y en la de Barrabás las amolaréis y buena sabiduría me traeréis”.

Resultado: la hechicera asevera que “en razón de estudios esto era bueno”…

Conclusión: práctica mixta de magia blanca, hechizo y conjuro.

 

Caso nº 3[6]

Lugar: Trujillo. Dos años después del hecho anterior.

Testigos: ocho.

Paciente: un hombre que estaba enfermo.

Padecimiento: no se expresa (suponemos que similar al caso primero, por los objetos y métodos aplicados).

Objetos utilizados, parecidos a los expuestos antes: un barreño con agua, dos velas (una bendita), un muñeco de cera figura de hombre y una lumbre; un cordel, un cedazo, unas piedras y unas tijeras.

Método aplicado: parecido al caso nº 1, aunque no se cita lo del arco de mimbre ni el conjuro.

Resultado: Se ignora, aunque la protagonista dice al quemar el muñeco que “en aquello estaba el daño del enfermo”.

Conclusión: práctica típica de vudú.

 

Caso nº 4[7]

Lugar: se ignora. Sólo menciona una ermita.

Testigos: uno.

Paciente: no se aclara muy bien, pero después se habla de la “salud de la enferma”.

Padecimiento: no se expresa (suponemos que estaba hechizada, porque el tribunal la acusa de “dar culto al demonio”…).

Objetos utilizados: ninguno

Método aplicado: “otro día había llamado una persona que era uno de los testigos para que se fuese con ella a una ermita y habiendo ido se apartó de la dicha persona por más de tres horas y cuando volvió había venido descolorida y había oído un golpe como que le habían dado una bofetada de que cayó en el suelo y que la rea había dicho a la persona que iba con ella que callase y no dijese nada”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica de brujería.

 

Lo anterior motivó que “en diecisiete de Febrero de 1626 fue votada a prisión en cárceles secretas so secuestro de bienes y estando en ellas se tuvo con ella la primera audiencia en 3 de marzo (de 1626, suponemos que en el Tribunal del Santo Oficio de Llerena) y con juramento habiéndolo pedido de su voluntad dijo haberla pedido para decirmás asuntos (tal vez para justificarse o hacer recaer la culpabilidad en otros):

 

Caso nº 5[8]

Lugar: Casatejada.

Testigos: uno, ya difunto (su tía), que se convierte en la hechicera del caso.

Paciente: la protagonista.

Padecimiento: era rechazada por su marido.

Objetos utilizados: ninguno

Método aplicado: “la cual le respondió que saliese de noche donde viese el norte y dijese conjuro de estrella la más linda y bella que en el cielo estás yo te conjuro con uno, con dos, con tres, con cuatro, con cinco, con seis, con siete, con ocho, con nueve y estas nueve estrellas os juntaréis, y por la mar salada pasaréis, y en el Monte Olivete entraréis, y de la mimbre del amor tres varas cortaréis y en la muela de Satanás las aguzaréis y en la de Barrabás las amolaréis y en el corazón de Lorenzo Muñoz las enclavaréis; que ni coma, ni beba, ni sosiego tenga hasta que conmigo venga; y que había ido las referidas nueve noches con deseo de que viniese el dicho su marido mirando al cielo porque no conocía al norte, unas noches en anocheciendo y otras cuando se quería acostar”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de conjuro (repite parte del Caso nº 2) y “magia negra”.

 

Caso nº 6[9]

Lugar: Trujillo.

Testigos: no menciona ninguno.

Paciente: un letrado, para tener buena memoria.

Padecimiento: falta de memoria…

Objetos utilizados: como reitera que haga lo referido en el caso anterior (nº 2), suponemos que unos polvos colorados y una oración o conjuro escrito en un papel.

Método aplicado: que hiciese el dicho conjuro que había referido, “conjuro de estrella la más linda y bella que en el cielo estas, conjúrote con una, con dos, con tres,…”.

Resultado: Se ignora. “El dicho letrado le dijo que sí haría, aunque no sabía si lo había puesto en ejecución o no”.

Conclusión: práctica mixta de magia blanca, hechizo y conjuro.

 

Caso nº 7[10] (con tres versiones)

Lugar: suponemos que Trujillo, pues dice que “la rea estaba en la dicha ciudad”, y antes sucedió en esa localidad cacereña. Además, luego lo reitera y aclara (ya utiliza la palabra “rea”, prueba de que ha sido condenada).

Testigos: no menciona ninguno. Pero más adelante afirma que estuvo un muchacho joven.

Paciente: “una mujer casada”…

Padecimiento: “decían estaba ligada”…

Objetos utilizados: aceites. En la segunda y tercera versión usa baño de agua, muñeco de cera, velas, alfileres, arco de mimbre, fuego, etc. Incluso vino, según las versiones.

Método aplicado: “para curarla en ocho días que allí estuvo la había untado con unos aceites y bendiciéndola y haciéndola cruces le había dicho Jesucristo nació, Jesucristo murió, Jesucristo resucitó, así Señor mío Jesucristo como estas palabras son buenas y verdaderas y como así lo creo seáis Jesucristo de curar y sanar esta enfermedad que no crezca no prevalezca en dolor ni en calor”.

Resultado: Se ignora. En la tercera versión llega a decir que “ni siquiera sabía si estaba ligada o no, ni sabía cómo se ligaban y desligaban”… Aunque ella confiaba: “diciendo que con aquello la había de quedar sana”.

Conclusión: práctica mixta de hechicería, magia blanca y conjuro.

 

Al final del asunto anterior asevera que “dijo ser cristiana vieja e hijadalgo y no sabía ni presumía porque fuese presa”. Posiblemente para que no la tengan por bruja o hechicera. Y más adelante asegura “que no era hechicera ni nigromántica, ni invocadora de demonios”. Y repite que utilizó el método del Caso nº 2: barreño con agua, velas, muñeco de cera, etc.

 

Y vuelve a repetir el caso anterior, pero con otra versión: “en otra audiencia dijo que cuando estuvo en la dicha ciudad de Trujillo a curar a la dicha mujer había hecho un muñeco de cera y la había puesto cuatro o cinco alfileres por el cuerpo y echado en un baño de agua y les había dicho a las personas que estaban presentes que mirasen en el dicho muñeco el mal que tenía la dicha enferma, y las dichas personas lo echaron en el fuego”.

Se defiende diciendo que “la verdad era que ella no sabía lo que le hacía ni estaba en su juicio entonces porque le habían dado a beber mucho vino”.

Y reiterara el caso anterior, pero con otra versión (similar a otros vistos): “la verdad era que estando curando a la dicha mujer se entró en un aposento a media noche y con ella otra persona que nombró muchacho de poca edad y que había pedido que le diesen dos velas de cera sin decir si habían de ser benditas o no y un barreñón de agua, y que habiéndoselo llevado la rea bebió mucho de un jarro de vino, y tenía tres piedras que el día antes había cogido de la calle y las había tirado por el dicho aposento, y había tomado el dicho muñeco de cera que había hecho y lo había echado en el dicho barreñón de agua, de donde lo habían sacado y quemado, y que también había hecho un aro de mimbres y puesto en él nueve candelillas (flores de planta o cera de la misma) y salvaba con él por delante y por detrás la enferma muchas veces”.

 

Caso nº 8[11] (con dos versiones)

Lugar: Trujillo, aunque no la cita (“estando después de esto otra vez en la dicha ciudad”.

Testigos: dos persona, que nombró.

Paciente: un hombre.

Padecimiento: “que decían estaba enfermo de los mismos hechizos”.

Objetos utilizados: un cordel, piedras, muñeco de cera y baño de agua.

Método aplicado: “había entrado en un aposento una noche… y que había hecho otro muñeco de cera y había tomado un cordel y unas piedras haciendo ruido con ellas y había dado a entender que el dicho muñeco había caído del cordel en un baño de agua que allí tenía y que en él se parecía el mal del enfermo”. Pero

Resultado: Se ignora. Ella sólo dice que “la verdad era que ella no lo sabía, sino que todo era para dar a entender que sabía que tenía hechizos y que cuando hacía esto estaba harta de vino, lo cual habían enseñadole a la rea la dicha mujer que tiene nombrada de Casatejada, y lo demás otro hombre de su tierra que andaba haciendo curas”.

Conclusión: práctica mixta de vudú y hechizo.

 

A continuación se le da traslado y letrado que la defendiese. Se recibe la causa a prueba el 4 de abril. Como parece que está enferma, la visita el médico y la llevan a hospital del Espíritu Santo (uno de los que había entonces en Llerena).

Mientras se cura, lo ratifican los testigos. Y el 22 de mayo se lo dieron en publicación respondiendo a ello con juramento con esta otra versión (o matización): “dijo ser verdad de la manera que lo tenía antes confesado; y también que, cuando se entró en el dicho aposento con las velas, crucifijo y agua también puso en el cordel que ha declarado unas tijeras en un cedazo hincadas y dijo estas palabras, conjúrote cedazo con tijeras y con diablos y con la gracia del Espíritu Santo y de fulano (nombrando el nombre que le decían) si es verdad lo que te quiero preguntar da una vuelta hacia la mano derecha, y que el cedazo debía de dar la vuelta la mano derecha y luego hacia la izquierda[12].

 

Aclaran que “esto sería por menear la rea dos dedos que tenía puestos en las tijeras que estaban puestas sobre el mismo cedazo, y era fácil de menearse con cualquier movimiento que se hiciese. Todo lo cual hacía para dar a entender que lo sabía, pero que no lo hacía con intento de que el diablo interviniese en ello, sino para dar a entender que lo sabía como dicho tiene”. Mientras ella vuelve a defenderse (de acuerdo con su abogado) diciendo “que tenía dicho la verdad, y que lo que había hecho había sido no sintiendo mal de Nuestra Santa Fe, siendo todo embuste y mentira para dar a entender sabía hacer algunas curas de que le pudiese resultar algún interés. Y estaba muy arrepentida y protestaba la enmienda, y pidió se usase con ella de misericordia”.

 

Sentencia[13]

 

Y en 26 de mayo concluyó definitivamente. Y en 8 de agosto, visto en consulta, se votó indiferentemente. Y vista en auto de 22 de agosto mandó que esta rea en auto público de fe, si de próximo lo hubiese, y si no en una iglesia con insignias de hechicera y en forma de penitente saliese donde se le leyese su sentencia, con méritos adjurase de Leví (ligera sospecha o leve) y fuese desterrada de esta ciudad y de la de Trujillo y de Navalmoral, y cinco leguas en contorno de cada uno de los dichos lugares por tiempo de cuatro años precisos, y que no los quebrantase (so) pena de doscientos azotes y que se le mandase que de aquí adelante no hiciese semejantes curas ni embelecos (engaños), con apercibimiento sería castigada con más rigor. Y en 13 de septiembre se ejecutó.

 

Reincidencia: “el día que le leyeron su sentencia”. Y después otros casos.

 

Caso nº 9[14]

Lugar: Llerena.

Testigos: una mujer mayor, mulata. Más una mesonera y su hija.

Paciente: Ana Téllez, mesonera, mujer de Godoy, sastre, y su hija.

Padecimiento: la manda llamar y le pregunta “qué remedio tendría para que su hija hiciese su voluntad y gusto en lo que le mandase”.

Objetos utilizados: un hilo, un vaso de vidrio, agua bendita y una cruz hecha de dos pajitas.

Método aplicado: “que tomase la medida de los pies a la cabeza de la dicha su hija con un hilo… y sacó un vestido de la dicha su hija y por él le tomó la medida y se lo dio a la rea, la cual la tomó y la echó dentro de un vaso de vidrio que estaba de agua hasta el medio… que era agua bendita,…y la rea había puesto una cruz hecha de dos pajitas en el vaso y luego había quitado la cruz diciendo algunas palabras entre sí, que no entendió, y que había sacado el hilo del agua y le dio dos o tres nudos; dándoselo a la dicha Ana Téllez, diciéndole que lo pusiese sobre su hija cuando durmiese o hubiese ocasión, que con esto la dicha su hija se adormecería y haría su voluntad”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de magia blanca y hechizo.

 

Caso nº 10[15]

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana Téllez, mesonera, y su hija. Y un mozo huésped suyo.

Paciente: la citada Ana Téllez.

Padecimiento: la mesonera le pregunta “para qué era buena la cabeza de un gato negro porque ella había oído decir que era buena para querer bien”.

Objetos utilizados: una cabeza de gato negro, un tiesto, tierra de sepultura, agua bendita, siete habas y un papel escrito.

 

Método aplicado: “la rea le había respondido que se había de enterrar en un tiesto la dicha cabeza de gato negro en tierra de sepultura, y regarla nueve días continuos con agua bendita; y que, cuando se regara, se había de decir con agua bendita y tierra de sepultura te entierro, siete habas de ti espero. Y que al cabo de los dichos nueve días habían de nacer siete habas en el dicho tiesto por la boca y ojos de la dicha cabeza, y que tomase un espejo en la mano y se estuviese mirando en él y sacando las dichas habas del tiesto una a una y entrándoselas en la boca de la misma manera. Y, que la que se quedase escondida debajo de la lengua, esa había de ser la haba invisible, la cual serviría de que llevándola en la boca no fuese vista la persona que la llevase aunque entrase donde hubiese gente. Y que las otras seis habas las guardase y que servirían para que tocando con cualquiera de ellas a alguna persona querría bien a la persona que le tocase con la dicha haba. Y que también dijo que cuando habían de coger las siete habas habían de decir entonces tres palabras que, aunque las declaró, no se acuerda de ellas más que la una decía sul… Y dijo no le parecía bien”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de hechizo, magia blanca y conjuro.

 

Caso nº 11[16]

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana Téllez, su hija y la rea. “Estando todas tres juntas y solas”.

Paciente: la mencionada Ana Téllez.

Padecimiento: la anterior “había pedido a la rea le diese alguna cosa con que hubiese ventura con los huéspedes para que acudiesen a su casa”.

Objetos utilizados: unos huesos de difunto, el quicio de dos puertas y agua bendita.

Método aplicado: “la rea mandó le trajesen unos huesos de un finado y, pidiéndole al testigo fuese por ellos, no quiso ir. Y de allí a un rato vio que tenía dos en las manos de la dicha Ana Téllez, que decía eran de muertos. Y la rea los tomó y con sus uñas hizo un hoyo en los quicios de las dos puertas de la calle de la casa de la dicha Ana Téllez. Y en cada uno de los dichos dos hoyos puso uno de los dichos dos huesos dando algunas higas (gesto mágico) al hoyo antes de echar el hueso. Y después de haberlo echado lo cubrió con tierra habiendo puesto el un hueso derecho inhiesto hacia arriba y el otro echado y tendido a la laja. Y después les echó agua bendita según ellas dijeron, diciendo entre sí algunas palabras”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de hechizo y magia blanca.

 

Caso nº 12[17]

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana Téllez y la rea. Aunque hablan de un testigo.

Paciente: cualquiera.

Padecimiento: remedio para ser querido bien.

Objetos utilizados: unos pedazos de ara (altar) y agua bendita.

Método aplicado: “la susodicha le mostró un pedacito de piedra de ara que le había dado la rea para que le quisiese bien la persona a quien tocase con ella. Y le aconsejó al testigo le pidiese a la rea otro pedacito. Y esta fue y estando a solas se la pidió y se la dio del tamaño de un cuarto diciéndole que era de ara. Y antes que se la diese le echó agua bendita y dijo algunas palabras que no pudo entender. Y cuando se la dio le dijo la rea que cuando fuese a misa no la llevase consigo ni tampoco cuando estuviese con su marido. Y que a la persona que tocase con ella la querría bien. La cual dicha piedra de ara se la había dado la dicha Ana Téllez a la rea para que la aderezase”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de hechizo y magia blanca.

 

Sentencia y Audiencia[18]: “luego que la penitenciaron en 28 de septiembre de 1626, fue votado a que fuese presa en cárceles secretas sin secresto (separación) y le hiciese su causa. Y en primero de octubre se tuvo la primera audiencia”.

 

2ª Reincidencia: “dos días después de ser penitenciada por este Santo Oficio”.

Alega en su defensa que “la llamaban unos hombres de Trujillo que posaban en el citado mesón de Godoy, que posaban en él y venían a pretender una familiatura” (empleo de la Inquisición). Pone además como testigo a “una negra natural de Badajoz que estaba en casa de Ana Téllez”, que la había llamado por encargo de ésta, dando lugar al contenido que veremos después (“que le diese un remedio para que su hija no anduviese amancebada”).

Añade que ella “no sabía nada”. Pero la mesonera “le respondió que hartas cosas le habían leído en su sentencia y que pues la ponían en reputación de hechicera y la habían sacado con coroza” (gorro o caperuza de la Inquisición)…, que “se quería ir a cumplir su destierro, y no la había dejado”… “Y que esto lo dijo para cumplir con la dicha mujer por que no la persiguiese, y no entendiendo que haría ofensa a Dios”.

 

Caso nº 13[19]

Lugar: Llerena.

Testigos: una mujer mayor, mulata. Más la mesonera y un estudiante, que era quien le habían enseñado el hechizo. Aunque matiza la rea que “eso del hilo yo también lo sé hacer”.

Paciente: Ana Téllez y su hija.

Padecimiento: la manda llamar y le pide “que le diese un remedio para que su hija no anduviese amancebada”.

Objetos utilizados. Los mismos que en el caso nº 9 (también reincidente), cuando explica el hechizo para que la hija de la mesonera hiciese su voluntad: un hilo, un vaso de vidrio, agua bendita y una cruz hecha de dos pajitas.

Método aplicado: “que tomase un hilo y tomase con él la medida del amigo de la dicha su hija. Y la dicha mujer de Godoy trajo un hilo y dijo que había tomado la medida. Y la rea tomó el hilo y le dio tres o cuatro nudos y lo metió en un vaso de agua… que una negra que estaba allí dijo que era bendita; y echó el hilo en el vaso, y luego puso encima de él una cruz que hizo de dos pajitas y, sin decir palabras ningunas, la quitó y sacó el hilo del vaso y le entregó a la dicha mujer de Godoy diciéndole que le pusiese donde su hija le trajese consigo”.

Resultado: Se ignora. Aunque Isabel dice que “con eso se apartaría de andar amancebada”.

Conclusión: práctica mixta de magia blanca y hechizo.

 

Caso nº 14[20] (Repite el ya analizado nº 10, aunque cambian los testigos, algo de la versión anterior; y, además, “la rea dijo que no lo sabía”…)

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana Téllez, un estudiante y un fraile.

Paciente: la reseñada Ana Téllez, que reitera lo consultado en el ya indicado nº 10.

Padecimiento: la mesonera le pregunta “para qué era buena la cabeza de un gato negro”. En el Caso nº 10 la susodicha Ana Téllez decía que “ella había oído decir que era buena para querer bien”; mientras que ahora afirma que “para hacerse invisible la persona que la tenía”.

Objetos utilizados: una cabeza de gato negro, un tiesto, tierra de sepultura, agua bendita y siete habas y un papel escrito.

Método aplicado: “le habían dicho tomase la cabeza de un gato negro y la metiese en un tiesto, y la enterrase en él con tierra sagrada, y la regase nueve días con agua bendita. Y que el dicho estudiante y fraile le habían dejado un papel, escritas en él las palabras que habría de decir cuando al cabo de los dichos nueve días naciesen, como nacerían, siete habas por las orejas, ojos y boca, y ventanas de narices. Y que, cuando cortase las dichas habas, tomase un espejo y se las fuese metiendo una a una en la boca. Y que la que se metiese debajo de la lengua y no se viese en el espejo, aquella era buena para hacerse invisible la persona que la tenía. Y que las otras serían buenas para que quien las trajese fuese querida de otra”. Como vemos, hay una ligera variación de la otra versión.

Resultado: Se ignora, porque la inculpada dice que “nunca lo hizo”.

Conclusión: práctica mixta de hechizo, magia blanca y conjuro.

 

Caso nº 15[21] (es una repetición del nº 11, con algunos cambios en la explicación)

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana, una testigo que no cita y un hombre de Mérida “que no nombró”.

Paciente: la reiterada Ana Téllez.

Padecimiento: la anterior “había pedido a la rea le diese alguna cosa con que hubiese ventura con los huéspedes para que acudiesen a su casa”.

Objetos utilizados: unos huesos de difunto, el quicio de dos puertas y agua bendita.

Método aplicado: “que ella tenía un diente y soga de ahorcado. Y sacó de una nómina un hueso que era dijo de difunto. Y que poniéndolo en los quicios de las puertas acudiría a su casa mucha gente. Y que la rea le había preguntado si lo había puesto en algún quicio, y le respondió que no. Mas que aquella noche lo habían de poner para que la feria que era entonces fuese mucha gente a su casa. Y como a las diez de la noche habían mandado al testigo que trajese una luz y que, habiéndola traído la dicha mujer de Godoy, partió el hueso del muerto y puso la una parte en un quicio, y la rea puso el otro, y cubrieron los dos huesos con la misma tierra de los quicios. Sin que pasase otra cosa más de que los regaran con agua, no sabe si era bendita o no”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de hechizo y magia blanca.

 

Caso nº 16[22] (guarda cierto paralelismo con el Caso nº 12)

Lugar: Llerena.

Testigos: Ana Téllez, su hija y la rea. Pero también hablan de un testigo.

Paciente: cualquiera.

Padecimiento: para no caer en poder de justicia, ni ser preñada y ser querida mucho.

Objetos utilizados: unos pedazos de ara (altar) y granos (esporas) de helecho.

Método aplicado: “la mujer de Godoy tenía un pedazo de ara que le había dado un clérigo, y que le habían dicho que, quien le trajesen consigo, no serían en poder de justicia ni se haría preñada. Que su hija traía otro pedazo. Y quien iba a misa, si la llevaba no vería misa. Y que si alguna persona quisiese que otra la quisiese, bien llegándola a las carnes la querría mucho. Y que tenía tantas virtudes como el grano del helecho. Y que ella había cogido la grana de los helechos y no era tan buena como el ara… Y la rea le pidió que, pues era de tanto provecho, le diese uno. Y se lo dio diciéndole que lo tomara y que si ella lo tuviera no se lo hubiese visto en la afrenta que se vio… Y que la rea de allí a cuatro o cinco días sacó el pedacito de ara y lo echó por ahí, en un arroyo, pareciéndole que era pecado mortal el traerlo”.

Resultado: Se ignora.

Conclusión: práctica mixta de hechizo y magia blanca.

 

Fin de la causa, ratificación, enfermedad, reprimenda y destierro[23]

 

Después, queriéndose ir la rea a cumplir su destierro, se había ido con ella a la villa de Usagre la dicha mujer de Godoy, con ocasión de que iba a comprar una cebada para su mesón. Y que de allí la habían traído presa.

Y habiéndosele mandado dar traslado y letrado que la ayudase con su parecer en 13 de octubre se recibió la causa a prueba y ratificado el testigo en 9 de noviembre se le dio en publicación… Y habiéndosele dado traslado con acuerdo de su letrado dijo que tenía confesada enteramente la verdad, y negaba lo demás que contra ella deponía el testigo. Y que lo que había hecho había sido engañada y movida por las razones que tenía dicho. De que estaba muy arrepentida… Y pidió se usase con ella de misericordia. Y concluyó definitivamente en dicho día y dijo estar con grandes dolores y muy mala. Y en dicho día con juramento hizo relación el médico que había visto muchas veces a la rea, la cual estaba podrida de bubas (sífilis), con dolores de piernas, de brazos y cabeza, granos en la cara, llagas en sus partes de dónde salía cantidad de podre. Y también en el pecho, de que echaba sangre en los escupidos. Y que todo le procedía de la dicha enfermedad de bubas. Y que tenía muy gran necesidad de curarse porque, de no hacerse, corría riesgo su vida y le parecía que sería imposible en las cárceles, y que en la ciudad no había hospital para curar semejante enfermedad…

Y visto esto en consulta en 10 de noviembre, se votó que atenta al estado que tiene la causa y el sujeto de la rea, como por el contagio que se podría seguir de tenerla más tiempo y no estar el sujeto capaz de mayor pena, fuese traída a la sala de la audiencia y en ella reprendida gravemente y advertida para adelante. Y que dentro de un día saliese a cumplir el destierro que le estaba impuesta en la sentencia de su primer proceso so las penas y apercibimiento”.

 

Conclusión

 

De todo lo expuesto se infiere que nos encontramos ante un caso más de mujer de mala vida y transeúnte que, para ganarse la vida, se aprovecha de la ignorancia y mentalidad de un colectivo de extremeños de comienzos del siglo XVII, recurriendo a una serie de métodos o prácticas embaucadoras, muchas de ellas perseguidas entonces por la Inquisición.

En el documentos se reflejan algunos de esos padecimientos y remedios, que el lector podrá fácilmente desmitificar hoy, pero que en aquella época eran muy aceptados por la sociedad en general, aunque el Santo Oficio los condenara.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

[1] MAYORGA HUERTAS, F.: ‘Extremadura Tierra de Brujas’. Asociación Torre Isunza, Don Benito.

[2] En los libros de Bautizos, Matrimonios y Defunciones de la parroquia de San Andrés de Navalmoral de la Mata no constan ninguno de ellos. Puede que fueran vecinos “de paso”. Tal vez de Casatejada (en el texto habla de una tía que tenía allí).

[3] Página 2

[4] No se menciona ninguna práctica en Navalmoral de la Mata

[5] Página 2 (final) y 3 (inicio)

[6] Página 3

[7] Página 3 (final)

[8] Página 4

[9] Página 4 (final) y 5 (inicio)

[10] Página 5 y 6

[11] Página 6

[12] Página 7

[13] Página 7 (final) y página 8 (inicio)

[14] Página 8 (final) y 9 (inicio)

[15] Página 9 (final) y 10 (inicio)

[16] Página 10 (final)

[17] Página 11

[18] Página 11

[19] Página 12 y 13 (inicio)

[20] Página 13

[21] Página 13 (final) y página 14 (inicio)

[22] Página 14 y (final) y 15 (inicio)

[23] Páginas 15 y 16

APÉNDICE DOCUMENTAL

Portada

Pág 1

Pág 2

Pag 3

Pág 4

Pág 5

Pág 6

Pág 7

Pág 8

Pág 9

Pág 10

Pág 11

Pág 12

Pág 13

Pág 14

Pág 15

Pág 16

Dic 192016
 

Francisco Barroso García* y Juan Pedro Recio Cuesta.

 

 Introducción: Los Cuesta, una saga de militares-guerrilleros

La comúnmente conocida como «guerrilla de los hermanos Cuesta» constituye un caso de estudio singular y paradigmático por su relevancia histórica no ya solamente en el marco de la Historia Contemporánea extremeña sino también en un contexto nacional. Y es que, los hermanos don Feliciano, don Francisco, don Félix y don Antonio Cuesta Jiménez, junto a don Fulgencio Cuesta Gallego –hijo de don Feliciano–, tomaron parte activa en tres de los más importantes conflictos bélicos que se sucedieron en la primera mitad del agitado siglo XIX: la Guerra de la Independencia (1808-1814), la pugna habida entre realistas y liberales durante el Trienio Liberal (1820-1823) y la Primera Guerra carlista (1833-1840).

Partiendo de esta premisa, este trabajo tiene como principal objetivo sacar a la luz su periplo vital durante la Primera Guerra carlista, periodo histórico en el que los Cuesta lucharon por la causa de don Carlos en tierras extremeñas y, actualmente, el menos conocido en lo que a su actuación e importancia se refiere. Para tal fin, vamos a analizar su participación en esta contienda, abordando los aspectos más importantes de la vida de estos militares que se convirtieron en unos de los más renombrados guerrilleros extremeños de la centuria del Ochocientos.

El solar originario de nuestros protagonistas se ubica a escasos kilómetros de Trujillo, más concretamente en Torrecillas de la Tiesa. En esta antigua villa, en las dos últimas décadas del siglo XVIII, nacieron los cuatro hermanos del matrimonio formado por Pedro Cuesta y Ana Jiménez. Don Feliciano Cuesta Jiménez, el mayor, nació en 1780; don Francisco, en 1782; don Félix en 1788 y don Antonio en 1794. Del matrimonio entre Feliciano Cuesta e Isabel Gallego, nació don Fulgencio Cuesta Gallego, ya en el siglo XIX, más concretamente en el año de 1802[1].

La importancia de los cuatro hermanos como militares se inició en la Guerra de la Independencia. En esta encrucijada histórica sobresalió, sin duda, la figura de don Feliciano Cuesta, quien se alzó como uno de los principales jefes de la guerrilla antifrancesa en tierras extremeñas, encabezando una serie de acciones –principalmente entre los años de 1810 y 1812– contra las bien pertrechadas tropas napoleónicas, siendo acompañado en la mayoría de ellas por sus hermanos Francisco, Félix y Antonio[2].

Casi una década después, tras el advenimiento del Trienio Liberal, don Feliciano y sus hermanos, no dudaron en volver a empuñar las armas para defender, esta vez, la causa realista y combatir en contra del sistema constitucional. Don Feliciano, fue uno de los principales conspiradores en tierras extremeñas y mantuvo, a su vez, contactos con importantes militares que también se adhirieron a las filas de la contrarrevolución[3]. En este período ya nos encontramos a don Fulgencio, hijo de don Feliciano, participando activamente dentro del bando realista, en la mayoría de las ocasiones a las órdenes de su progenitor. En 1822, con 20 años, ostentaba el empleo de Alférez y, durante este año y a lo largo de 1823, batalló contra los constitucionalistas no sólo en Extremadura sino también en espacios limítrofes como las dos Castillas[4].

Una vez repuesto en el Trono Fernando VII con plenos poderes, hasta el estallido de la Primera Guerra carlista, aun habiendo apoyado al Rey frente a los constitucionalistas y como sucedió con otros tantos militares, las prebendas no fueron las que esperaban los Cuesta por los servicios de sacrificio y entrega prestados a la causa realista. En este sentido, sobresale el caso de don Feliciano, quien, disconforme, recurrió a autoridades superiores, valiéndose de contactos de confianza, para demandar lo que creía justo por los servicios prestados. Esta insuficiente recompensa por parte del Rey bien pudo influir en su evolución posterior, al posicionarse sin reservas del lado del Infante don Carlos una vez se planteó el pleito dinástico, senda que también siguieron sus hermanos y su propio hijo.

Dicho lo anterior y antes de centrarnos en el tema que en este texto nos ocupará, estimamos necesario aclarar que, si bien, como acabamos de señalar, fueron cuatro los hermanos que destacaron como militares, en las líneas que siguen nos vamos a centrar, principalmente, en tres de ellos –Feliciano, Francisco y Félix– y en el hijo de don Feliciano –Fulgencio–. Las figuras de don Feliciano y de don Francisco, las vamos a tratar de manera conjunta puesto que ambos formaron parte de la misma guerrilla. Como iremos viendo, don Francisco siempre actuó bajo las órdenes de su hermano don Feliciano durante el conflicto carlista. Por su parte, el cuarto de los hermanos, don Antonio, aunque no lo vamos a tratar específicamente en este texto, puesto que no adquirió la misma relevancia que sus familiares, sí estimamos conveniente mencionar que su carrera en el Ejército comenzó en junio de 1810 como soldado raso –cuando aún no había cumplido los 16 años– y que también tomó las armas por don Carlos en 1836[5].

  1. Los Cuesta, defensores del carlismo en tierras extremeñas: su participación en la Primera Guerra carlista (1833-1840)

Tras la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833 daba comienzo la Primera Guerra carlista, un conflicto que ya venía gestándose desde meses atrás. A partir de este momento, hasta mediados de 1840, carlistas e isabelinos sostuvieron una lucha encarnizada que afectó, en mayor o menor medida, a todos los territorios de la geografía española. Extremadura no quedó al margen de esta guerra civil –en la que no solo se dirimió el pleito dinástico, sino también cuestiones de mayor calado– y, durante casi más de estos siete años, proliferaron toda una serie de guerrillas, existieron destacables apoyos sociales al carlismo y las instituciones dependientes del incipiente Estado liberal, que por aquellos años comenzaba a dar sus primeros e inciertos pasos, se tuvieron que afanar para mantener a nuestra región leal a Isabel II[6].

En la lucha de guerra de guerrillas, que fue adoptada por los partidarios de don Carlos en muchos territorios de España –al quedar prácticamente todo el Ejército regular en manos de los isabelinos–, sobresalieron notables militares a lo largo y ancho de la Península. En el caso extremeño, merece especial atención la saga de los Cuesta, hombres ya curtidos en la milicia que no tardaron en mostrar abiertamente sus simpatías por el Infante como pasamos a ver, detalladamente, a continuación.

II.I. Don Feliciano Cuesta, jefe de guerrilla, primer alzado en Extremadura en favor de don Carlos

El periplo de don Feliciano Cuesta como jefe guerrillero carlista comenzó en enero de 1834. Desde el primer momento en que se posicionó en favor de la causa de don Carlos, le acompañó su hermano Francisco. Así pues, hasta el fatal desenlace que, como veremos, ocurrió en julio de 1834, encontramos a ambos en las diferentes acciones y movimientos que llevó a cabo su guerrilla, la cual comenzó a operar en territorio cacereño a finales del ya citado mes de enero de 1834.

Más concretamente, su primera acción, que fue planeada en Deleitosa la noche anterior, tuvo lugar el día 23 en su tierra natal, cuando interceptaron el correo que iba hacia Madrid entre los pueblos de Jaraicejo y Almaraz, hecho que hizo salir una partida de caballería de Milicia Urbana desde Cáceres “con motivo de la aparición de los que se llaman Cuestas y de otros seis considerados como revolucionarios en tierras de Trujillo”[7], pero que nada pudo hacer, pues fue imposible dar con los carlistas, y regresó a Cáceres esa misma noche. En efecto, las informaciones que habían llegado al Ayuntamiento cacereño eran exactas y don Feliciano Cuesta, comandante en jefe de la partida y Teniente Coronel de Caballería, era acompañado por su inseparable hermano y Teniente Francisco Cuesta, por el también Teniente retirado Diego Rey, por Ramón Cuesta –su sobrino–, por Francisco Muñoz, de Berzocana, por Leoncio Gómez, de Trujillo, y por Francisco Torres.

Don José Ramón Rodil, en calidad de Capitán General de Extremadura, en cuanto tuvo noticia de esta acción de Cuesta, circuló desde Ciudad Rodrigo, ya el 1 de febrero, un tajante bando en el que hacía públicos los nombres de los integrantes de la partida carlista, advirtiendo a la población civil que “toda persona que auxilie á los arriba espresados, o que tenga trato y comunicacion con ellos será reputada tal delincuente en el espresado delito, y arrestada y sumariada para imponerle el castigo prefijado por las leyes”, prometiendo además jugosas recompensas para su captura al hacer el llamamiento que sigue

“El individuo ó individuos, sean del ejército, milicianos urbanos, ó paisanos que presentaren al precitado Feliciano Cuesta, serán gratificados con 100 duros, por cada uno de los dos ex-tenientes retirados arriba mencionados 50, y por cualquiera de los otros nombrados 25: cuya cantidad será religiosamente entregada y abonado por el señor comandante general del partido á quien se presente cualquiera de los criminales antedichos”[8].

Así, pocos días después de su levantamiento, las cabezas de los hermanos Cuesta y de los demás hombres de su partida, ya tenían puestas precio.

Posicionados ya abiertamente del lado de don Carlos, resulta significativo que, también a finales de este mes de enero, hallemos dos escritos firmados por el propio reclamante a la Corona que estimamos de enorme interés. En uno de ellos, fechado el 29 de enero de 1834, don Carlos, desde el Palacio de la localidad portuguesa de Vila Real, llamaba a los extremeños a tomar partido por su causa y a defender sus derechos al Trono[9]. El otro, con fecha de 30 de enero, también otorgado desde el mismo enclave portugués,  iba destinado a la persona de don Feliciano Cuesta y en el mismo le dirige las siguientes palabras que, por su interés, reproducimos íntegramente a continuación:

 

“Conociendo tu adhesión a mi legítima causa, tu decisión y valor, y la de algunos otros oficiales para defender los indispensables derechos que me pertenecen a el [sic] Trono español, te autorizo para que en mi Real nombre: pongas sobre las armas partidas de esforzados y valientes españoles que hostilicen de todos modos hasta que yo ocupe el Solio en pacífica posesión. Vuestra prudencia lo ha de arreglar esto atendido, el terreno y las demás circunstancias; podréis ocupar todos los caudales e intereses pertenecientes á el Real Erario, dando los recibos correspondientes y lo mismo de las sumas que os prestaren, que yo satisfaré, destinándolo todo á el equipo, sueldos y demás necesario a el objeto de la guerra: haréis requisición de armas y caballos dando los mismos recibos: interceptaréis todos los correos, postas, comunicaciones, y especialmente aquellas que se dirijan á la Corte. Estableceréis los Ayuntamientos y justicias que existían en 1832: tendréis presente el decreto que he mandado publicar, fecha 24 de octubre de este año [sic], y lo ejecutaréis en la parte que os toca, dándole también toda publicidad. Tendréis un fin y un espíritu, y removeréis toda etiqueta que destruya los mejores proyectos, sofocando todo resentimiento entre vosotros, pues que esta es mi Soberana voluntad. En fin, obraréis con fuerza, valor y prudencia.

Palacio de Villa Real 30 de enero de 1834. Yo el Rey. A Don Feliciano Cuesta. Es copia del original que obra en mi poder. Feliciano Cuesta”[10]

 

Con estas órdenes que le hacía llegar don Carlos, no cabe duda de que don Feliciano Cuesta pasaba a ser uno de sus hombres de confianza en Extremadura para luchar por su causa, pues le concedía amplias facultades tal y como figura en el decreto.

Aunque acosado desde el primer momento tanto él como sus hombres, el jefe de guerrilla trató de aumentar sus filas y lo hizo actuando en su tierra natal, donde bien lo conocían. Así, a principios del mes de febrero consiguió su objetivo: asaltó un convoy que conducía a unos presos hacia Cáceres que había enviado “el comandante de armas de Jaraicejo por haberle parecido sospechosos”[11]. Entre ellos estaban Juan Vicente Rebollo, natural de Jaraicejo y avecindado en Trujillo, quien ya levantaba sospechas por sus relaciones[12], y tres individuos más, dos de los cuales se aseguraba que eran “personas de alguna importancia procedentes de Madrid”. De este modo, el número de integrantes de la partida de Cuesta ya ascendía, siguiendo este relato, a once hombres a pie, número que fue en aumento, como veremos, en los meses posteriores.

Durante marzo, su guerrilla siguió moviéndose por el sur y el este de la provincia cacereña a pesar de la sostenida persecución que sobre ella practicaban las fuerzas leales a Isabel II. A principios de este mes, más concretamente el día 4, don Feliciano, quien tenía ya a sus órdenes a una treintena de hombres, recorría su tierra natal y llegó a penetrar en los pueblos de Madroñera, Conquista de la Sierra, Zorita, Alcollarín y Abertura, de los cuales sustrajo algunos caballos, armas y el dinero de sus estancos. Noticiosos los liberales de estos movimientos, de Cáceres salieron en su persecución varias partidas de infantería del regimiento de la Reina y otra de caballería de Milicia Urbana, efectivos a los que se unieron los urbanos de Montánchez[13]. Cuesta, sirviéndose de las confidencias de algunos lugareños, para despistar a los liberales de Cáceres y Montánchez que habían salido en su búsqueda, decidió dividir su guerrilla y dejó a algunos de sus hombres a cargo de Juan Vicente Rebollo. Pero esta estratagema de poco le sirvió al jefe de la partida, ya que el día 7 los isabelinos estaban muy cerca de sus pasos y tenían conocimiento exacto de que los carlistas andaban repartidos en diferentes puntos de las montuosas inmediaciones de Carrascalejo (de la Jara) y fue en la garganta de Descuernacabras donde les sorprendieron. En la refriega, estando los liberales mandados por don Rafael Rute, ayudante del regimiento de caballería de la Reina, hicieron presos a cuatro carlistas y cogieron un caballo que montaba el mismo Cuesta así como varias armas y otros efectos[14]. De resultas de esta acción, en la que don Feliciano también resultó herido, el 11 de marzo llegaron a Trujillo varios de sus hombres que habían sido apresados en esta jornada y en las posteriores. Como consecuencia de sus declaraciones, y bajo la acusación de cómplices de la partida carlista, se arrestó a don Antonio Ramos y don Cirilo Tega, ambos ex-comandantes del cuerpo de Voluntarios Realistas, a don José Álvarez, hacendado, y a Vicente Salmas, quien se encargaba de reclutar personas para la guerrilla[15].

Tras este descalabro, tanto don Feliciano como su hermano don Francisco, se vieron obligados a mudar sus posiciones y el 8 de marzo se presentaron en el pueblo de Castilblanco, siendo acompañados por 17 hombres montados a caballo. Allí pidieron 18 panes, 6 fanegas de cebada y también aprovecharon para herrar a tres de los equinos. Tras obtener lo requerido, dejaron tres recibos rubricados por don Juan Sánchez, lugarteniente de don Feliciano, con el visto bueno de don Francisco Cuesta, en cumplimiento de lo dispuesto en el decreto que, como hemos visto, les hizo llegar don Carlos[16].

Avanzando en el recorrido por lo sucedido en el mes de marzo, Cuesta se repuso pronto del revés sufrido en las inmediaciones de Carrascalejo y en menos de una semana recorría ya diferentes espacios de la comarca del Campo Arañuelo. En este contexto, la proximidad de don Manuel Adame de la Pedrada (“El Locho”) levantó temores entre las autoridades isabelinas, las cuales sospechaban que iba a reunirse con los Cuesta, cosa que no sucedió finalmente ya que la guerrilla de este cabecilla manchego –compuesta por 500 efectivos– fue puesta en dispersión cuando se encontraba en Alcolea del Tajo, pueblo toledano muy próximo a la frontera con Extremadura[17]. No llegándose a materializar esta unión entre las fuerzas de ambos militares carlistas, la presencia de la guerrilla de los hermanos Cuesta en el Campo Arañuelo –la cual estaba formada por 27 hombres a caballo, bien armados y uniformados–, sí produjo la alerta en la zona, especialmente en el pueblo de Navalmoral de la Mata, pues sus autoridades tenían conocimiento de que la guerrilla capitaneada por el de Torrecillas de la Tiesa planeaba entrar bien en aquel pueblo o bien en alguno de sus inmediaciones para hacerse con recursos. Y así fue, ya que el 15 de marzo, cuando eran poco más de las ocho de la tarde, seis carlistas se presentaron ante las puertas de Navalmoral. No obstante, no fueron muy bien recibidos, ya que el Alcalde, sin tiempo para reunirse con los demás miembros del Ayuntamiento, tras varios toques de campana convocó a un considerable número de vecinos, los cuales se presentaron con palos, piedras, solicitando armas para defender el pueblo y fueron divididos en tres pequeñas partidas que se situaron en diferentes puntos del mismo. La avanzadilla carlista, viendo la intención del vecindario dispuesto a defenderse, retrocedió y junto a los demás miembros de la partida desistieron de su empeño. Una vez ya asegurada la tranquilidad, la autoridad morala ordenó a los vecinos, que tan decidida respuesta habían dado, que volvieran a sus hogares[18] .

Este nuevo descalabro así como el incesante acoso que sufría su partida, llevó a don Feliciano y a algunos de sus hombres a variar sus planteamientos, optando finalmente por marchar a territorio portugués. Allí permanecieron la práctica totalidad del mes de abril, muy cerca de la estructura carlista creada alrededor de don Carlos, pues con 20 de sus hombres pasó un tiempo en Vimieiro y, según los liberales, también se reunió con el general carlista don Vicente González Moreno, quien había mandado llamar a los jefes carlistas del sur del Tajo en Avís para una reunión que contó con la presencia de otros 170 hombres, ostentando el rango de oficial la mayor parte de ellos[19]. Mientras don Feliciano Cuesta permanecía en Portugal, en territorio cacereño quedó a una decena de sus partidarios a las órdenes de Juan Vicente Rebollo y éstos siguieron llevando a cabo acciones, si bien de muy baja intensidad, tales como el robo de caballos para moverse con mayor presteza[20].

Con la llegada de mayo de 1834, don Feliciano regresó de su estancia temporal en el vecino Reino luso y, en este mes, cabe destacar el episodio que protagonizó en Casas de Don Antonio y sus alrededores. Cuesta se internó en dicho núcleo la tarde del 7 de mayo, ya contando con una fuerza que ascendía a 50 hombres armados, y aquí, a la voz de viva Carlos V, los carlistas saquearon la casa del Alcalde. A la salida de este núcleo, don Feliciano y sus hombres se toparon con un pequeño grupo de milicianos urbanos de Torremocha, que resultaron muertos tras entablarse una pequeña refriega[21]. Enterados los liberales de este desgraciado hecho para sus armas y para su causa, emprendieron una feroz persecución en la que intervinieron los urbanos de Alcuéscar y Montánchez, dirigidos por el brigadier don Diego Pacheco, a los que se sumó otra columna que salió de Cáceres. Localizados los carlistas y dispuestos éstos a hacer frente al enemigo liberal, el 8 de mayo a las 9 de la mañana se entabló combate, teniendo lugar la conocida como acción de la Era, desarrollada en el puerto de Carmonita, de la cual no salió muy bien parado Cuesta, pues la carga que le practicaron dichos urbanos en combinación, dejó “en el campo siete muertos, y en poder de los valientes [urbanos] seis prisioneros, entre ellos dos heridos, catorce caballos, cuatro mulas, ocho lanzas y otras muchas armas y efectos”[22]. Don Feliciano Cuesta, evadiéndose como bien pudo del fuego y de las cargas de caballería de los urbanos, consiguió huir con 20 de sus hombres, entre los que se encontraba su inseparable hermano Francisco, hacia un lugar más seguro para él como eran las serranías próximas a Deleitosa. Pese a la persecución que siguieron haciendo los urbanos, a la que se sumó otro pequeño grupo de Trujillo, no tuvieron rastro de él ni de sus hombres, aunque sí recogieron algunos caballos, lanzas y monturas que había dejado abandonadas en la dehesa de la Recachona, cerca de Deleitosa[23].

Sin duda, esta acción supuso un verdadero golpe del que la guerrilla de Cuesta, como veremos, no se llegaría a recuperar. No obstante, pese a estar su partida notablemente diezmada de efectivos humanos y careciendo de caballos y pertrechos, prosiguió sus correrías, principalmente ejecutando acciones de sabotaje. Así, ya ligeramente repuesto de la gran pérdida que había sufrido, el 18 de mayo asaltó el correo que iba desde la Corte hacia Cáceres, “haciendo uso de las facultades que le ha concedido su rei y señor Carlos V”[24]. Del mismo modo, para paliar la carencia material en la que se hallaba, intentó hacerse con suministros, lo que consiguió en la Barca de Almaraz, de donde extrajo la cantidad de 1.250 reales, tres escopetas y todo el comestible que encontró. Después de realizar esta acción, se dirigió hacia Casas del Puerto (hoy Casas de Miravete), con la intención de tomar el camino hacia Portugal, pues ciertamente se creía en peligro y no era para menos ya que andaban en su búsqueda “cosa de trescientos hombres por las sierras de Fresnedoso y Castañar de Ibor”[25].

A partir de este momento, la persecución sobre su partida se intensificó de manera notable, pues, habiendo recibido un severo revés, las autoridades isabelinas bien sabían que era el momento más propicio para la captura del cabecilla carlista cacereño y sus hombres. Así, el mes de junio de 1834 comenzaba con la movilización de una fuerza combinada, formada por la Milicia Urbana de diferentes núcleos como Cáceres, Montánchez, Torremocha y el Casar de Cáceres con el objetivo del “exterminio del faccioso Cuesta”[26].

Por su parte, desde la Capitanía General, Rodil, que tras la finalización de la guerra civil portuguesa no tardaría en marchar al Norte de España para hacer frente al, por aquel entonces, imparable don Tomás de Zumalacárregui, dejó encargada la persecución de Cuesta a personal de su absoluta confianza, pues le interesaba sobremanera su captura. Así, comisionó al coronel don Nicolás Salvador Enrile, quien se valdría de las fuerzas de la Comandancia general de la provincia de Cáceres, de efectivos del regimiento provincial de Málaga y de integrantes de las recién creadas Compañías de Seguridad[27].

Las citadas fuerzas, actuando en combinación, no descansaron durante este mes de junio, llevando a cabo batidas por las serranías de Deleitosa o por las amplias tierras de Trujillo, sabedores los liberales de que esas eran las guaridas naturales y el territorio en el que podían encontrar a don Feliciano Cuesta y sus hombres.

Y esta contumaz persecución, para desgracia de los carlistas, iba a dar sus frutos en el mes de julio. Intentando huir de este infatigable acoso al que estaban siendo sometidos, don Feliciano y un puñado de sus hombres decidieron marchar hacia Portugal. Teniendo sus adversarios noticias de sus movimientos, enseguida se comunicó a las justicias de pueblos como Villar del Rey, Puebla de Obando, Alburquerque, La Roca o San Vicente de Alcántara, que extremaran la vigilancia por si penetraban en sus respectivas jurisdicciones. Y, en efecto, así fue, ya que en la tarde del día 12 de julio, en término de Villar del Rey, se aprehendió a don Feliciano Cuesta, quien iba acompañado por su hermano don Francisco, por su sobrino, Ramón Cuesta, por don Diego Rey y por Gerónimo Rodríguez[28]. Cuando el cabecilla vio que no tenía escapatoria, entregó su arma a los isabelinos, no sin antes besarla, haciendo lo propio “sus compañeros sin la menor resistencia”[29]. Inmediatamente, todos ellos quedaron presos aquella noche en la cárcel de Villar del Rey. Al día siguiente, el 13 de julio, fueron conducidos hacia Badajoz, donde fueron recibidos con gran expectación por parte de los pacenses, que se arremolinaban en los alrededores de la Puerta de Palmas, y por 200 efectivos de infantería de Milicia Urbana que velaban por mantener la tranquilidad pública. En la capital badajocense permanecieron hasta que el día 20 tuvo lugar un consejo de guerra –abierto al público– en el que fueron juzgados. El presidente de la Comisión Militar Ejecutiva de Extremadura, órgano establecido en esta plaza, solicitó desde el primer momento la pena de muerte[30]. La defensa de la acusación no consiguió siquiera rebajar el castigo, ya que, tres jornadas después, el 23 de julio, fueron pasados por las armas tres de los cinco detenidos, estando entre ellos don Feliciano Cuesta, su hermano don Francisco y don Diego Rey[31], tal y como informaba este mismo día, desde Badajoz, don Manuel de Latre, Subdelegado Principal de Fomento de la provincia.

Compartiendo plenamente lo ya expuesto por autores que han narrado el triste final de Cuesta, su muerte fue “de una manera innoble […] para alguien que por su entrega y condición militar hubiera merecido otro trato”[32].

Muerto el alma máter, el cabecilla, los restos de su partida que habían permanecido en territorio extremeño, de resultas de la letal persecución dirigida por el coronel Enrile, estaban en auténtica dispersión. Así, en tierras de Trujillo fue fusilado el teniente retirado don Alfonso Izquierdo[33]. De este mismo destino pudo escapar el postillón Francisco Barbado, quien, con el paso de los años daría que hablar al ponerse al frente de una partida más numérica y activa, lo mismo que, por otra parte, sucedería con otros integrantes de la partida de Cuesta que lograron huir de este implacable hostigamiento[34], que bien siguieron integrados en partidas carlistas de La Mancha o más adelante se convertirían en auténticos jefes de guerrilla, caso de don Rafael Pulido, vecino de Deleitosa, de don Juan Sánchez[35], de Abertura, o de don Félix Cuesta, el tercer hermano de los ya muertos don Feliciano y don Francisco Cuesta, quien va a ser nuestro protagonista en las líneas que a continuación siguen.

II.II. Don Félix Cuesta y el resurgir de la guerrilla en Extremadura

Tras el asesinato de Feliciano y Francisco, Félix, debió permanecer un tiempo al margen de toda actividad subversiva por temor a las duras represalias que las fuerzas isabelinas pudieran cometer sobre su persona. Por sus antecedentes políticos y militares, sus movimientos debieron ser vigilados muy de cerca. Además, el hecho de perder a dos de sus hermanos de forma tan trágica, debió de suponer un episodio de lo más traumático para su vida.

Así, durante el segundo semestre de 1834, en todo el año de 1835 y en los primeros meses de 1836, no encontramos referencias suyas, sino que hay que esperar hasta mediados de octubre de 1836, momento en el que se presentó a servir en las filas carlistas, saliendo así de su retiro militar, situación en la cual se encontraba desde 1827[36]. Su decisión de pronunciarse abiertamente y tomar las armas por don Carlos, a buen seguro, fue muy meditada por la coyuntura que se vivía en aquel contexto, pues a finales de este mes de octubre de 1836, arribó a tierras extremeñas la expedición militar carlista comandada por don Miguel Gómez Damas. Después de recorrer diversas provincias de la Península desde su salida de tierras alavesas en junio de este año, llegaba a Extremadura el mayor contingente militar –compuesto por unos 12.000 efectivos– que pisó el suelo de la región en los casi más de siete años que duró el conflicto. Su estancia insufló ánimos a los carlistas extremeños, puso en jaque a las autoridades isabelinas –se llegó incluso a declarar el Estado de Guerra– y la expedición, con el General Gómez Damas a la cabeza, transitó por diferentes enclaves de las provincias de Cáceres y Badajoz. Lo significativo para nosotros es que durante su permanencia en la capital cacereña, más concretamente el 31 de octubre de 1836, el General carlista jiennense confirmó a don Félix Cuesta el grado de Capitán y además le autorizó como jefe de guerrilla, quedando bajo su mando “unos 500 hombres del país y algunos caballos”[37].

A partir de este mismo momento comenzó el protagonismo del tercer hermano como jefe guerrillero. Estando aún la expedición carlista en suelo extremeño, don Félix Cuesta se movió por el extremo más oriental de la provincia pacense. Junto con otros cabecillas carlistas extremeños y manchegos, acompañó al general don Ramón Cabrera y a don José Miralles, “el Serrador”, en su internación hacia La Mancha. Ambos se habían separado de la expedición de Gómez, pues así se había decidido días antes, y, en su camino hacia Aragón, pasaron por Siruela el día 7 de noviembre. Habiendo ya abandonado Extremadura el contingente militar carlista, durante noviembre, más concretamente los días 10 y 11, y con el también jefe guerrillero extremeño don Juan Sánchez, recorría los alrededores de Siruela, entrando en núcleos de la provincia pacense como Tamurejo, Peñalsordo, Talarrubias, y de la vecina provincia de Toledo, como Agudo, con el fin de reclutar personas para la guerrilla y obtener recursos (dinero, alimentos o caballos)[38]. A mediados de mes, Cuesta y otros cabecillas carlistas extremeños, entraban en Orellana la Vieja[39]. Pocos días después, tuvo lugar una acción desfavorable para Cuesta y sus acompañantes en las inmediaciones de Herrera del Duque. En ella, acometidos por una partida formada por milicianos nacionales de Mérida, Llerena y Almendralejo que llevaban días siguiendo su rastro, perecieron siete carlistas, dos fueron heridos y diecinueve capturados. Además, quedó en poder de los isabelinos equipajes y munición que portaba la partida en la que se encontraba don Félix Cuesta[40].

Ya en diciembre, más concretamente el día 9, don Félix Cuesta, actuando en combinación con el cabecilla manchego don Juan Vicente Rugeros –alias “Palillos”–, entraba en Siruela. Esta fuerza reunida de ambos jefes, se hizo con gran cantidad de dinero y toda clase de víveres, entre los que se incluían, como anécdota, las cecinas de las matanzas de los lugareños[41]. El día 10, y sumándose a la fuerza carlista el cabecilla extremeño Sánchez, se dirigieron hacia Talarrubias mandando más de 300 efectivos de caballería y en los alrededores del citado núcleo lograron repeler exitosamente un ataque de la caballería liberal, haciendo prisionero al jefe de la misma[42].

Por lo que respecta a 1837, apuntar que este año fue, en su conjunto, el de mayor presión y actividad de los carlistas en la región y, por ende, el de mayor dificultad para las autoridades gubernamentales isabelinas que vieron con impotencia la impunidad con la que actuaban por grandes espacios de Extremadura un número muy amplio de partidas, las cuales habían incrementado notablemente sus efectivos tras el paso de la expedición del General Gómez[43]. En este contexto, don Félix Cuesta seguía moviéndose de manera itinerante, y con cierta facilidad, entre Castilla La Mancha y Extremadura, pues la línea defensiva establecida en la frontera manchega por los isabelinos, se había derrumbado completamente como consecuencia del continuo empuje de las guerrillas. Junto con otros militares carlistas, fue muy activo en ambas demarcaciones, motivo por el que fue recompensado por don Carlos, siendo ascendido al empleo de Jefe del Primer Escuadrón de Voluntarios de Toledo. Además, en marzo, por Real Orden, se le concedió el grado de Coronel de caballería[44], pues así se lo comunicaba con fecha 15 de abril de 1837 don José Jara y García, Comandante General del Ejército carlista en La Mancha y Toledo y persona con quien Félix mantenía una estrecha amistad.

Hasta que finalizó este año, siguió actuando, principalmente, en el extremo oriental de la provincia cacereña (comarcas de Las Villuercas o Campo Arañuelo) y, debido tanto a sus acciones como a las de otros cabecillas, en el mes de agosto la Diputación de Cáceres decidió elevar una exposición a la Reina Gobernadora en la que detallaba el lamentable estado en el que se encontraba la provincia y en la que solicitaba auxilio urgente del Gobierno para poner freno a las acciones de las guerrillas carlistas[45]. En el último trimestre de 1837, meses en los que la situación no mejoró para el bando isabelino en el conjunto de la región, muy seguramente estuvo presente en las inmediaciones de Alía y Guadalupe, pues esta zona cayó en manos de los partidarios de don Carlos, quienes llegaron a poner en marcha, incluso, una Academia militar para instruir a las guerrillas.

En suelo extremeño, el año de 1838 comenzaba con pequeños progresos para los isabelinos, perdiendo los carlistas, a finales de enero, los enclaves privilegiados de Alía, Guadalupe y sus alrededores. No obstante, un nuevo peligro para los partidarios de Isabel II se avecinaba por los confines de Extremadura con La Mancha: la expedición carlista comandada por el militar riojano don Basilio Antonio García[46]. La misma, que en los meses de enero y febrero recorrió grandes espacios de las provincias de Cuenca, Ciudad Real o Toledo siendo vivamente hostigada por diferentes columnas liberales, entró en Extremadura a finales de marzo, permaneciendo en núcleos como Siruela o Herrera del Duque. Debido a su continua persecución por parte tanto de las fuerzas liberales extremeñas como de otras columnas mandadas por don Ramón Pardiñas, don Francisco Javier Azpiroz o don Jorge Flinter, el contingente militar carlista se vio obligado, nuevamente, a internarse en territorio castellanomanchego. En este contexto, los partidarios de don Carlos trazaron un nuevo plan: dirigirse hacia Castilla la Vieja para unirse a otra expedición carlista que había salido de las provincias del Norte a mediados de marzo, como era la dirigida por don Ignacio de Negri y Mendizábal, más conocido como el Conde de Negri. Fijado este nuevo objetivo, ya en abril, don Basilio y sus hombres se establecieron en la comarca de la Jara toledana. Y fue aquí donde se unió a la expedición carlista don Félix Cuesta, quien estuvo enrolado en la misma hasta el 3 de mayo de 1838, jornada en la cual –tras transitar por espacios de la provincia cacereña como Navalmoral y Peraleda de la Mata o los valles del Tiétar o La Vera– fue dispersada en la villa salmantina de Béjar. Este día, la división de don Ramón Pardiñas cogió por sorpresa a la expedición y el número de carlistas presos ascendió a más de 600.

Entre este elevado número de prisioneros se encontraba también nuestro protagonista, don Félix Cuesta, quien cayó herido en esta jornada, motivo por el cual pasó un tiempo en el hospital[47]. Seguidamente, fue conducido a Badajoz, donde permaneció preso “hasta mucho después de terminada la guerra civil”[48]. Tras su puesta en libertad, fue obligado a residir en Sevilla hasta 1843, lejos de su hogar, medida a la que muy a menudo fueron sometidos los carlistas con el fin de evitar que, por sus antecedentes, volvieran a tomar las armas por don Carlos. Es significativo destacar también que, una vez firmado el Convenio de Vergara (31 de agosto de 1839), no se acogió al mismo[49] y, por lo tanto, no se pudo beneficiar de las ventajas que de esa decisión le hubieran derivado, quedando como militar retirado de todo empleo y destino.

Por último, mientras Félix se encontraba recluido en Badajoz, los liberales siguieron persiguiendo incesantemente, y sin piedad, a los miembros de su familia que, siguiendo su senda, también se habían posicionado en favor de don Carlos. En este sentido, ya en febrero de 1840, cuando la guerra aún seguía activa en los frentes de Aragón, Cataluña o Valencia pero prácticamente sofocada en los demás puntos de la geografía peninsular, en el pueblo cacereño de Romangordo la tragedia, una vez más, se volvía a cebar de la manera más macabra posible sobre la familia: uno de los hijos de don Félix, don Nicolás Cuesta, fue asesinado por “faccioso” cuando, intentando escapar de la persecución a la que era sometido, se hallaba escondido en una casa del citado pueblo[50].

Este luctuoso hecho, al que debemos sumar la trágica pérdida de dos de sus hermanos y también de su sobrino carnal –como a continuación veremos–, a buen seguro hizo reafirmarse aún más si cabe a don Félix en sus convicciones, pues en los años sucesivos, siguió abrazando la causa carlista y sus movimientos fueron vigilados celosamente por los isabelinos cuando, tras su puesta en libertad y su estancia temporal en Sevilla, volvió a instalarse en su tierra natal.

II.III. Don Fulgencio Cuesta: de Extremadura al Frente del Norte

En el momento en el que fue asesinado don Feliciano Cuesta, su padre –julio de 1834–, don Fulgencio contaba con 32 años. Por aquel entonces, ya tenía a sus espaldas una notable experiencia como militar, pues en el Trienio Liberal, como su padre y sus tíos, participó en diferentes acciones contra los constitucionalistas. En lo que se refiere a la Primera Guerra carlista, bien fuera por convicciones o bien por desagraviar la muerte de su progenitor, tardó poco en pronunciarse por don Carlos y se enroló en las filas carlistas del Ejército del Norte. Así, al menor de esta saga de militares lo hallamos actuando en territorios como Cataluña, Aragón o las provincias vascas entre 1835 y 1838.

En 1835, su firma aparece reflejada en un recibo que fue incautado a unos jefes de guerrilla en Capellades[51] (provincia de Barcelona), por lo que, intuimos, bien debió de mantener conexiones con algunos cabecillas carlistas de aquel territorio o bien permaneció actuando algún tiempo en tierras catalanas.

En 1836, poseía el grado de Capitán de caballería en el Escuadrón Expedicionario de Aragón y tenemos constancia documental de que elevó una solicitud a instancias militares superiores para ser ascendido de grado. A raíz de esta petición, y “en vista de los servicios y padecimientos del exponente, así como el ser en su Escuadrón el más antiguo de su clase”[52], se le consideraba acreedor del grado de Teniente Coronel.

En 1837, mientras que su tío Félix actuaba como jefe guerrillero en Extremadura, don Fulgencio ya tenía confirmado el empleo de Capitán graduado de Teniente Coronel y continuaba enrolado en el Escuadrón Expedicionario de Aragón. A lo largo de este año, por su entrega a la causa carlista, se le volvió a premiar con ascensos dentro del escalafón militar. En febrero de dicho año, en un escrito firmado por el Conde del Prado y dirigido al Ministro de la Guerra, se señalaban los méritos de don Fulgencio y que a él se debía “la excelente conducta que siempre observó el Escuadrón Expedicionario [de Aragón]”[53]. Tras el visto bueno de los superiores, entre los que se encontraban, incluso, el Infante don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza en calidad de Capitán General en Jefe de los Ejércitos Reales y el propio don Carlos, en mayo se le otorgaba, por Real Orden, el empleo de Comandante de Escuadrón[54]. Las razones que llevaron a esta nueva recompensa fueron “los méritos contraídos en favor de la justa causa […] y la pérdida de su padre y tío, que hechos prisioneros por los enemigos fueron fusilados”[55].

En 1838, a don Fulgencio lo hallamos actuando principalmente en las provincias vascas, espacio geográfico en donde pereció en los campos de batalla. En el contexto de la batalla de Peñacerrada –municipio alavés– que tuvo lugar entre los días 20 y 22 de junio del citado año, don Fulgencio Cuesta murió “gloriosamente cuando cruzó su lanza con las de la escolta del general Espartero”[56], militar isabelino que encabezaba la acción contra los carlistas. Así pues, nuestro protagonista fallecía a los 36 años lejos de su tierra natal, en la que dejaba a una viuda y a dos retoños huérfanos.

III. Conclusiones

Tras todo lo expuesto, no cabe duda de que el de los Cuesta es un caso, cuanto menos, singular y llamativo desde el punto de vista de la investigación histórica, pues no es muy común encontrarnos a nada más y nada menos que a cinco miembros de una misma familia que tuvieron un papel relevante en los ya mencionados conflictos que se sucedieron en la primera mitad del siglo XIX. Bien es cierto que el nombre de la guerrilla de los hermanos Cuesta está estrechamente ligado a sus hazañas, sin duda importantes, durante la Guerra de la Independencia. Sin embargo, su acción no se limitó a esta contienda contra el francés, aspecto que queda bien patente en este texto en el cual nuestra intención ha sido poner en valor su importancia histórica durante la Primera Guerra carlista. En este conflicto, vuelve a sobresalir de entre los cuatro hermanos la figura de don Feliciano, uno de los primeros alzados en favor de don Carlos en Extremadura y hombre de confianza del Infante en la región. Don Francisco, en la mayoría de las ocasiones, estuvo bajo las órdenes de su hermano Feliciano, actuando como su lugarteniente. Por su parte, el tercer hermano, don Félix, adquirió notable importancia como jefe de guerrilla entre finales de 1836 y mediados de 1838 tanto en tierras extremeñas como manchegas, territorio este último en donde mantuvo estrechos lazos con jefes carlistas de envergadura como fueron Rugeros o Jara. Por lo que respecta a don Fulgencio, destacó dentro de las filas del Escuadrón Expedicionario de Aragón –por lo que recibió recompensas castrenses– hasta que cayó en combate en junio de 1838 en tierras alavesas.

Como se ha podido comprobar a lo largo del presente trabajo, el hecho de defender a don Carlos trajo consigo dramáticas y fatales consecuencias tanto para esta saga de militares como para sus familiares más directos, ya que tres de ellos (don Feliciano, don Francisco y don Fulgencio), hombres de milicia con una notable trayectoria en el Ejército, perecieron defendiendo sus convicciones, tremolando la bandera de Dios, Patria y Rey. Idéntico destino tuvo Nicolás Cuesta, hijo de don Félix, quien, por otra parte, también sufrió en sus carnes varios años de presidio.

A la vista de estos hechos, afirmamos con vehemencia que sus figuras fueron injustamente tratadas en su tiempo y han sido injustamente tratadas por la Historia, máxime cuando apenas veinte años antes de la Primera Guerra carlista eran considerados verdaderos héroes y admirables patriotas. Y es que, en un breve espacio de tiempo, pasaron de ser héroes, por sus hazañas en la Guerra de la Independencia, a ser considerados “facciosos” o traidores, entre otros tantos apelativos, y esos insignes guerrilleros fueron fusilados tras ser sometidos a juicios sumarísimos, perecieron en campos de batalla o sufrieron presidio y persecución únicamente por el hecho de defender una causa acorde a sus convicciones.

Por último, hemos de apuntar que, finalizada la Primera Guerra carlista, los Cuesta que sobrevivieron siguieron militando activamente dentro del bando carlista. Don Antonio y don Félix, una vez que don Carlos Luis de Borbón y Braganza –Carlos VI– reclamó sus derechos al Trono de España, volvieron a tomar las armas por su causa. Sin embargo, este episodio constituye ya otro capítulo de esta saga de militares extremeños sobre el que nos encontramos trabajando actualmente y que, a su vez, forma parte de un estudio más amplio que verá la luz próximamente.

 

Anexo documental

Fig. 1. Firma de D. Feliciano Cuesta Jiménez

Fig. 2. Firma de D. Francisco Cuesta Jiménez

Fig. 3. Firma de D. Félix Cuesta Jiménez

Fig. 4. Firma de D. Antonio Cuesta Jiménez

Fig. 5. Documento que acredita el ascenso a Comandante de Escuadrón de D. Fulgencio Cuesta Gallego. Firmado en Estella el 3 de mayo de 1837

 

 

 

* Trastaranieto y tataranieto, respectivamente, de don Feliciano Cuesta Jiménez y de don Fulgencio Cuesta Gallego, personajes históricos que son abordados en este trabajo.

[1] Archivo de la Parroquia de Santa Catalina de Torrecillas de la Tiesa. Sus partidas de bautismo se hallan en los libros III y IV de bautizados del Archivo parroquial torrecillano. Desde estas líneas, agradecemos al párroco D. José Blanco Vicente el haber puesto a nuestra disposición los citados libros sacramentales. A raíz de su consulta hemos descubierto que del matrimonio entre Pedro Cuesta y Ana Jiménez, nacieron otros tres vástagos. Así pues, en total, fueron siete hermanos, todos ellos varones.

[2] Existe un variado elenco bibliográfico al que acudir para conocer, en mayor profundidad, las acciones y cuestiones más destacables de la guerrilla de los hermanos Cuesta durante la francesada. Por su importancia, destacamos los siguientes trabajos: RODRÍGUEZ SOLÍS, Enrique, Los guerrilleros de 1808: historia popular de la Guerra de la Independencia, Madrid, Imprenta de Fernando Cao, 1887, 2 vols. y FLORES DEL MANZANO, Fernando, La guerrilla patriótica en Extremadura. 1808-1812, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2009. Además, existen una serie de investigaciones a día de hoy inéditas que abordan, principalmente, la figura de don Feliciano Cuesta a lo largo de esta contienda: DÍAZ ORDÓÑEZ, Manuel y MILÁN AGUDO, María Jesús, Cuesta, el Empecinado extremeño. La guerrilla extremeña frente a Napoleón y TIMÓN GARCÍA, Francisco Javier, Vagnair de Marisy y Feliciano Cuesta: el dragón vencido por el lagarto.

[3] Para profundizar en el conflicto entre liberales y realistas en tierras extremeñas, resulta indispensable la consulta de la obra de FLORES DEL MANZANO, Fernando, La contrarrevolución realista en Extremadura, Badajoz, Universitas Editorial, 2002.

[4] Archivo General Militar de Segovia (en adelante AGMS), Sección 1ª, Leg. C-4076. Hoja de servicios de D. Fulgencio Cuesta.

[5] Según figura en los diversos documentos que componen la hoja de servicios de D. Antonio Cuesta Jiménez que se halla en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4065.

[6] Para un conocimiento más pormenorizado de esta guerra civil en Extremadura, remitimos a nuestra obra RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido. La Primera Guerra carlista en Extremadura (1833-1840), Madrid, Actas, 2015.

[7] Archivo Histórico Municipal de Cáceres (en adelante AHMCC), Libro de Acuerdos. Sesiones del 23, 24 y 25 de enero de 1834. Curiosamente, cuando regresó la mencionada partida de caballería a Cáceres la noche del 23 de enero, fue “insultada por dos hombres”.

[8] Boletín Oficial y de avisos de Estremadura, 07/02/1834.

[9] La proclama se encuentra reproducida de manera íntegra en RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido…Op. cit., p. 111.

[10] La Revista española, 21/03/1834.

[11] Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), ESTADO, Leg. 8.124. Información extraída de unas cartas que figuran como “interceptadas a D. Juan y a D. Rufino Carrasco”.

[12] AHN, ESTADO, Leg. 8.124. Aunque se le califica como simple contrabandista, se tiene conocimiento de su relación con personas tenidas por carlistas, pues, en la correspondencia intercambiada entre Juan y Rufino Carrasco decía este último a Juan, residente en Madrid: “Yo creo lo mismo p[or] q[ue] Juan Vic[ente] hace pocos días fue á esa Corte acompañando al Yntenden[te] Rey Alda q[ue] marcho el siguiente dia de la noche que estuvo aquí el Sr. Negrete”. Y si atendemos a este testimonio, sin lugar a dudas, pone en relación al citado Juan Vicente con el que fuera Intendente de Extremadura don José Rey Alda y, suponemos, con el que ocupara el mismo cargo en Mallorca, don Santiago Gómez Negrete, quienes, habiendo sido separados de sus destinos, tomaron parte por el bando de don Carlos.

[13] Boletín Oficial de la Provincia de Cáceres (en adelante BOPCC), 07/03/1834. El Subdelegado Principal de Fomento de Cáceres, don Francisco González Ferro, ordenaba además “á todos los pueblos de la Provincia que tomen las medidas más rápidas y enérgicas para rechazarlos y perseguirlos sin cesar”, advirtiendo a los núcleos en donde se les prestara complicidad o a los que no opusieran la debida resistencia a la entrada de los carlistas, que serían  castigados como cómplices y rebeldes y caería sobre ellos todo el peso de las leyes.

[14] La Revista española, 21/03/1834. El Subdelegado Principal de Fomento de la provincia de Cáceres también tenía constancia de sus movimientos por aquella zona, ya que en La Revista española, 25/03/1834, indicaba que “con 23 hombres montados se hallaba el dia 6 á tres horas del Puente del Arzobispo”.

[15] La Revista española, 18/03/1834. En un parte aquí publicado, enviado desde Trujillo, se decía que don Feliciano quedó malherido en la mencionada acción, “pues se le vio caer dos veces en tierra, dejando por donde pasaba un reguero de sangre”. Por otra parte, de entre los detenidos en el municipio trujillano, destacamos el caso de Don Antonio Ramos Bueno, quien ocupó el cargo de 2º Comandante del cuerpo de Voluntarios Realistas de Trujillo según obra en Estado que da á S.M. la Inspección General de Voluntarios Realistas del Reino, de la fuerza total de esta arma y nombres de sus gefes, Madrid, Imprenta de Collado, 1829, p. 130.

[16] La Revista española, 21/03/1834.

[17] La Revista española, 18/03/1834.

[18] Archivo Municipal de Plasencia (en adelante AMP), Subdelegación de Policía. Oficio del Alcalde de Navalmoral, don Ángel Mirón, con fecha 16 de marzo de 1834, comunicando a la Subdelegación de Policía placentina haber sido rechazada la partida carlista de don Feliciano Cuesta.

[19] BOPCC, 25/04/1834.

[20] AHN, DIVERSOS-COLECCIONES, Leg. 195, exp. 33. Don Carlos, por los servicios prestados, confirió al citado Juan Vicente el grado de Capitán graduado teniente el 6 de mayo de 1834. Una vez finalizada la guerra, se acogió al Convenio de Vergara según figura en PIRALA, Antonio, Historia de la guerra civil, y de los partidos liberal y carlista. Segunda edición refundida y aumentada con la historia de la Regencia de Espartero, Madrid, Imprenta del Crédito Comercial, 1869, T. VI, p. 680.

[21] BOPCC, 09/05/1834. En esta acción resultaron muertos por los carlistas cuatro urbanos.

[22] BOPCC, 12/05/1834.

[23] Ibíd.

[24] BOPCC, 19/05/1834. Estas palabras, según el parte del suceso, figuraban en un oficio que don Feliciano Cuesta extendió al conductor del correo que iba hacia Madrid.

[25] AMP, Subdelegación de Policía. Mayo de 1834.

[26] AHMCC, Caja 19/115, exp. 7. Orden circulada por el Comandante General de la provincia de Cáceres con fecha 1 de junio de 1834.

[27] BOPCC, 23/06/1834.

[28] BOPCC, 14/07/1834.

[29] La Revista española, 23/07/1834.

[30] La Revista española, 27/07/1834.

[31] BOPCC, 28/07/1834.

[32] FLORES DEL MANZANO, Fernando, La contrarrevolución realista…Op. cit., p. 220.

[33] BOPCC, 14/07/1834.

[34] BOPCC, 16/07/1834. Aquí se narra la persecución de varios partidarios de Cuesta en la jurisdicción de Romangordo, en la que intervino su justicia y varios efectivos de la Subdelegación de Policía de Trujillo. Además, a finales de este año de 1834, en el Juzgado de Trujillo, seguía abierta una causa criminal de oficio contra una docena de individuos que habían pertenecido a “la gavilla del rebelde don Feliciano Cuesta”, tal y como figura en BOPCC, 15/12/1834.

[35] Éste, en un escrito fechado en enero de 1838 hallado en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4071 y firmado en el Cuartel general que los carlistas tenían establecido en Guadalupe, señalaba que don Feliciano Cuesta, “Coronel nombrado [por don Carlos] para la organización de cuerpos de caballería e infantería” en Extremadura, le había conferido el cargo de lugarteniente. Era, pues, uno de sus hombres de confianza y en la fecha mencionada ostentaba el empleo de Coronel Comandante en el “Primer Batallón Inmemorial del Rey. Voluntarios de Extremadura”.

[36] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Hoja de servicios de don Félix Cuesta Jiménez.

[37] Real Academia de la Historia, Archivo de Isabel II, Signatura 9/6943, Legajo V, Nº 1 (15/1 – 15/4).

[38] Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz (en adelante BOPBA), 17/11/1836.

[39] El Español, 23/11/1836.

[40] BOPBA, 01/12/1836.

[41] BOPBA, 07/01/1837.

[42] PIRALA, Antonio, Historia de la guerra civil, y de los partidos liberal y carlista…Op. cit., T. III, p. 171. Este hecho, que dejaba constancia de la envergadura que estaban adquiriendo los carlistas tanto en su organización como en la ejecución de sus acciones, era narrado por Pirala de la siguiente manera: “Este quebranto, primero de su clase, porque fue a campo abierto el choque, produjo un efecto terrible, porque demostraba que ya no podían ser insignificantes ni pequeños los combates con Palillos; que las facciones envalentonadas por su número y lo favorable del terreno, pues contaban para el llano con caballos escogidos, y con los montes impenetrables e inmensos de Toledo para la retirada, confiadas también en su espionaje, tomaban audazmente la ofensiva; que casi todos los pueblos no bien guarnecidos quedaban a su disposición, y que podían ser aquéllos el núcleos de un ejército el día que surgiese un hombre valiente, organizador y entendido a la vez”.

[43] Para conocer pormenorizadamente la situación existente en la Extremadura de 1837, consultar RECIO CUESTA, Juan Pedro, Entre la anécdota y el olvido…Op. cit., pp. 202-255.

[44] AGMS, Sección 1ª, Legajo C-4076. Escrito firmado por el General don José Jara y García desde el Cuartel general que los carlistas tenían establecido en el enclave toledano del Valle de los Castaños.

[45] Archivo Histórico de la Diputación Provincial de Cáceres, Libro de actas de la Diputación. Sesión del 8 de agosto de 1837.

[46] Para un mejor conocimiento de esta expedición, consultar nuestro trabajo: RECIO CUESTA, Juan Pedro, “Las expediciones militares carlistas en Extremadura durante la Guerra Civil de 1833 a 1840”, que será publicado en las actas de los XLIV Coloquios Históricos de Extremadura. Este trabajo recibió el Premio para Jóvenes Investigadores (en su XXVIII Edición) convocado por la Fundación Xavier de Salas.

[47] El Eco del Comercio, 20/05/1838.

[48] Así lo narra él mismo en la documentación hallada en AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076.

[49] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Así se especifica en su Hoja de servicios.

[50] BOPCC, 15/02/1840. Las tres personas que lo acompañaban en el momento de su captura y muerte, lograron escapar de la casa en la que se ocultaban. Su partida de defunción se encuentra en el Libro II de difuntos del Archivo Parroquial de Romangordo.

[51] La Revista Española, 24/09/1835.

[52] AGMS, Sección 1ª, Leg. C-4076. Escrito fechado el 14 de junio de 1836 en Estella, firmado por Francisco de Horcasitas y dirigido al General en Jefe del Ejército Real.

[53] Ibíd. Escrito fechado el 6 de febrero de 1837 en Éibar.

[54] Ibíd. Escrito fechado el 3 de mayo de 1837 en Estella, firmado por Cabañas. En él, el firmante, ordenaba que se hiciera llegar a don Fulgencio el Real despacho del ascenso.

[55] Ibíd. Escrito fechado el 26 de febrero de 1837 en Lecumberri y dirigido al Infante don Sebastián Gabriel.

[56] BERMEJO, Ildefonso Antonio, Historia de la inundación de Levante en octubre de 1879 […] escrita con presencia de los datos suministrados por el Excmo. Sr. D. José María Muñoz, héroe de la caridad en aquella horrible catástrofe, Madrid, Librería de Miguel Guijarro, 1881, p. 75. Así narraba su muerte don José María Muñoz y Bajo de Mengíbar, quien también se halló en esta batalla. Éste, curiosamente, era hijo del también afamado guerrillero carlista extremeño don Alonso Muñoz. Deducimos que don Fulgencio y don José María debieron conocerse y entablar una estrecha amistad por el contacto que existía entre sus respectivos padres (don Feliciano y don Alonso).

Dic 192016
 

Juan Rebollo Bote.

 

  1. Introducción.

El pasado islámico de Extremadura continúa siendo muy desconocido para la inmensa mayoría de la población residente y/o visitante de esta región. Sigue siendo una asignatura pendiente para gran parte de los investigadores y divulgadores extremeños, que tradicionalmente han enfocado sus trabajos a temáticas de una mayor repercusión socio-económica e identitaria: Roma, “la Reconquista”, Iglesia y Nobleza, América, etc. Por ello, creemos necesario un re-conocimiento de la Historia andalusí extremeña desde las perspectivas académica, cultural y divulgativa que ahonden en la puesta al día del estado de la cuestión, en el desarrollo de un pensamiento crítico y reflexivo sobre el pasado y el presente y en la concienciación histórica y patrimonial que pueda solventar, en la medida de lo posible, la ignorancia sobre tan determinante etapa y herencia histórica.

En el caso específico de Trujillo han predominado, hasta cierto punto de manera lógica, los estudios sobre los conquistadores y colonizadores del Nuevo Mundo, así como las causas y consecuencias de su relevancia dentro y fuera de la ciudad trujillana (linajes de nobles e hidalgos forjados en la guerra medieval, la arquitectura palaciega y eclesiástica, la trascendencia histórica del hecho americano y de la figura principal de Francisco Pizarro, etc.)[1]. En menor medida, han prosperado, sobre todo en los últimos años, investigaciones sobre arqueología prehistórica e histórica o sobre múltiples aspectos del periodo bajomedieval y moderno[2]. Sin embargo, a excepción de escasas y limitadas aportaciones, la etapa andalusí no ha gozado del interés investigador que, a nuestro juicio, ha de conllevar el medio milenio de dominio efectivo islámico sobre Trujillo[3]. Paradójicamente, se da el caso de que el trabajo más completo sobre el territorio nororiental extremeño en época musulmana está editado en francés y no dispone de traducción al castellano[4].

Sin lugar a dudas, uno de los motivos principales de la escasez de estudios sobre el Trujillo andalusí viene dado por la limitación documental específica sobre tal periodo, pero también por la falta de consideración por lo islámico y la dificultad de su abordaje. No obstante, la proliferación en los últimos tiempos de trabajos sobre fuentes árabes relacionadas con Extremadura[5], de ciertas obras de carácter regional y peninsular sobre temática concreta del occidente andalusí[6] y de otros estudios específicos del territorio trujillano sobre arqueología, epigrafía, numismática o toponimia arabo-islámica, permiten una nueva aproximación a la realidad histórica del Trujillo musulmán[7]. Es, por tanto, factible y necesaria una recuperación y reivindicación del legado islámico de una ciudad de cierta importancia como fue la Trujillo de los últimos momentos andalusíes. Su re-conocimiento permitirá una mejor comprensión del enclave y del territorio trujillano y podrá facilitar el desarrollo de futuros trabajos históricos y arqueológicos, como podría ser en un futuro, por ejemplo, el del yacimiento de la Villeta de Azuquén. No es tarea fácil ni definitiva, pero sirva esta aportación para ahondar en la cuestión.

 

  1. Acerca del contexto geo-histórico, el poblamiento y otras noticias de Trujillo en la etapa emiral de al-Andalus.

No parece haber duda de la identificación del topónimo Trujillo como lejana evolución fonética del Turgallium de la etapa romano-latina[8]. El Anónimo de Rávena (siglo VII), quizá por influencia lingüística griega, nos transmite la voz Turcalion como enclave geográfico del itinerario Ab Emeritam Caesareagustam que, partiendo de Mérida, comunicaba la actual zona nororiental extremeña con Toledo y el valle del Ebro, prueba ésta de la continuidad viaria romana en época tardoantigua. Un momento, los siglos VI-VII, en que aquella calzada vinculaba dos de las principales ciudades de la península Ibérica: Emerita Augusta, otrora capital de la Diocesis Hispaniarum; y Toletum, urbs regia visigoda. Además de esa distinción político-administrativa, Mérida y Toledo representaban dos de los vértices del aparato ideológico y cultural cristiano de Hispania (oficialmente católica a partir de 589). No es de extrañar, por tanto, que aquella vía de comunicación ejerciera como vértebra esencial del reino godo y que los núcleos intermedios del trayecto fueran tomando notabilidad en aquel contexto geoestratégico. Esta función vertebradora de la calzada facilitaría, por ejemplo, el gradual proceso de cristianización al que fue sometido el ámbito rural de la Lusitania desde centros episcopales como el emeritense, con especial intensificación a partir de los siglos V y VI, y de lo cual disponemos de interesantes testimonios en la mesopotamia extremeña[9].

En lo que a la comarca de Trujillo respecta, además de algunas villae y restos materiales romanos que se han encontrado, existe constancia de edificios cultuales y enterramientos cristianos en los exteriores de la Puerta de Coria de la localidad trujillana (siglos VI-VII), en la dehesa de la Magasquilla en Ibahernando (basílica fechada por una inscripción en 635), o en la dehesa de la Portera en Garciaz (siglo VII)[10]. De especial interés son los numerosos hallazgos aparecidos en torno a la Sierra de Santa Cruz, como la referida basílica de Ibahernando (consagrada por el obispo Horoncio de Mérida), y otros restos artísticos (escultura decorativa tardoantigua en Santa Cruz de la Sierra) y funerarios (lápida de Gunthoerta, de 618, en Herguijuela, etc.)[11]. El propio topónimo de Santa Cruz, que persistirá durante el periodo islámico como Sant Aqruy, nos habla igualmente de la efectiva cristianización de la zona durante la etapa tardorromana y visigoda. Incluso un recuerdo legendario transmitido por Juan Gil de Zamora en el siglo XIII en relación a la llegada de reliquias a Santa Cruz procedentes de Toledo tras el arribo musulmán nos aporta un indicio más en la consideración de este espacio como territorio bien estructurado e inserto en los esquemas político-culturales del reino visigodo. Suponemos, por lo tanto, que la tierra trujillana que atravesaba la calzada que unía Mérida y Toledo no sería un área marginal sino, al contrario, una zona principal de comunicaciones, trasiego de gentes y de relativa importancia administrativa y económica que se articularía en torno a núcleos como Trujillo.

2.1. Tierra de frontera: Al-tagr al-adnà.

La situación cambiaría a partir de la llegada de los musulmanes a la península Ibérica a comienzos del siglo VIII y el consecuente traslado del eje político-administrativo y económico hacia el sur. A pesar de que ciudades como las ya citadas Mérida y Toledo seguirían gozando en los primeros siglos islámicos de su antigua preeminencia territorial, ahora más inestable y “regionalizada”, el nuevo contexto organizativo y poblacional de al-Andalus modificaría de manera significativa el rol de enclaves como el trujillano. Señala Eduardo Manzano que, bajo la nueva realidad andalusí, perdieron importancia algunas de las principales vías de comunicación del periodo anterior tales como la calzada del Mediterráneo (Cartagena-Valencia-Tarragona) o la de la Plata al norte de Mérida[12] (sobre todo tras el repliegue islámico al sur del Sistema Central a mediados del siglo VIII). Debió ocurrir algo parecido con el camino que cruzaba las tierras de Trujillo, aunque suponemos que seguiría activo como estructuración básica de un área fronteriza a partir de entonces. En efecto, sería aquella nueva condición de frontera la que determinaría la nueva caracterización del territorio de la antigua Lusitania, ahora denominado como altagr aladnà o Marca Inferior o Próxima (a Córdoba)[13].

Las escuetas noticias en las fuentes árabes sobre este sector occidental de al-Andalus dejan entrever una cierta marginación de esta zona en contraposición con la etapa visigoda, sin duda debido a ese nuevo carácter fronterizo, pero con seguridad integrada en el esquema territorial andalusí[14]. La frontera cristiano-musulmana, entendida como un espacio amplio sin control práctico por parte ni de Córdoba ni del reino asturleonés, “de lealtades imprecisas”[15], fluctuó según múltiples circunstancias entre la cuenca del Duero y la del Tajo durante los siglos VIII-XI y actuó como una tierra de nadie y de todos[16]. En cualquier caso, el Sistema Central marcaría, en la teoría, el confín natural del ámbito estatal andalusí desde la segunda mitad del siglo VIII en adelante, a pesar de que la cercanía al dar alharb o “morada de la guerra”, la diversidad étnico-cultural propia de estas áreas fronterizas o las continuas revueltas que se produjeron, dificultarían un control efectivo cordobés durante la época emiral omeya (756-929)[17].

En este contexto se inscriben las primeras noticias relacionadas con Trujillo y su tierra en las crónicas islámicas. Aquella Turgallium/Turcalion latina torna a la lengua árabe, según las distintas variantes, como Taryalah, Turyila, Turyilo o Turyalo[18]. Existe alguna discrepancia a la hora de identificar el topónimo por su similitud con el origen terminológico arábigo de la palabra “torrecilla”[19], pero la mayoría de los arabistas no dudan de la identificación de aquellas voces con Trujillo. Es significativo que la mayoría de los cronistas árabes que mencionan el enclave trujillano lo citan como madinat, es decir, como “ciudad”[20], aspecto sobre el que volveremos más adelante.

2.2. Territorio bereber: Balad al-barbar.

Así, siguiendo el excelente trabajo de María Jesús Viguera Molins sobre Trujillo en las crónicas árabes, las primeras referencias documentales sobre esta ciudad datan del siglo X y nos ofrecen información de carácter geográfico, donde se nombra la medina trujillana y se indican los itinerarios y las distancias del occidente andalusí en aquel tiempo[21]. Sin embargo, es en la compilación de al-Bayan al-mugrib de Ibn Idari donde se nos transmiten datos históricos referentes al periodo emiral. Concretamente se nos habla de la huida hacia Trujillo y Talavera de bereberes procedentes de Ronda (Takurunna) en el año 794[22]. La elección de aquellos bereberes por Trujillo y Talavera no debió ser fortuita, ya que toda esta parte de la frontera andalusí estuvo poblada por diferentes tribus norteafricanas desde el momento de su llegada a la península Ibérica y aún más después de la revuelta bereber de 740-741 y el progresivo abandono islámico de la meseta norte a mediados de aquel siglo VIII[23].

En la misma dirección apuntan las noticias que, casi un siglo después (año 886/887), vuelven a señalar como protagonistas a la población norteafricana de Trujillo en relación con los toledanos, esta vez a causa de un ataque cordobés sobre Toledo en cuya defensa participaron bereberes “expulsados” de la medina trujillana, resultando muertos miles de ellos[24]. La imprecisa cifra que dan las fuentes, aunque lógicamente exagerada, nos pone al aviso de la importancia poblacional que el colectivo bereber debió tener por estas zonas de comunicación Mérida-Toledo, sobre todo si tenemos en cuenta que las escuetas noticias de las que disponemos apuntan mayoritariamente a la llegada y asentamiento de contingentes norteafricanos en la frontera del Tajo.

Ahora bien, ¿de qué tribus norteafricanas se trata?, ¿el poblamiento de este espacio es exclusivamente bereber? No es tarea sencilla responder a estas cuestiones en tanto que la información que nos han legado los diferentes autores árabes es muy parcial y, en ocasiones, difícil de casar o contradictoria. De todos modos, no parece aventurado intuir, a la vista de los restos arqueológicos de época visigoda encontrados en torno a Santa Cruz, Trujillo y otros enclaves cercanos, que cierta población indígena permaneciera habitando en la zona durante los primeros siglos andalusíes, bien continuando con sus tradiciones cristianas (mozárabes), bien convertidos al islam (muladíes). Un indicio de ello podríamos verlo en que el rebelde muladí Sulayman bn Martin eligiera como refugio el castillo de Santa Cruz, donde finalmente moriría en 834[25]. Por el contrario, no existe el más mínimo rastro que nos permita vislumbrar, al menos en el periodo emiral, el arraigo de elementos de población étnicamente árabe, más dados a concentrarse en torno a núcleos administrativos y de poder establecidos como Mérida o Beja.

En cuanto a los grupos de bereberes que se asentaron en el territorio norte y oriental extremeño, algunos indicios apuntan hacia las tribus de los Miknasa y de los Nafza como pobladores de un amplio espacio entre el Llano de los Pedroches-La Serena y la frontera de la cuenca del Tajo. Hay que tener en cuenta que ambas tribus pertenecían al tronco de los Butr, bereberes nómadas de menor tradición urbana y sedentaria que los Baraníes (éstos más romanizados), y, por tanto, más difícilmente asimilables a la realidad centralizada y estatal de la al-Andalus de los primeros tiempos. Que los Nafza se asentaron en Trujillo está fuera de toda duda puesto que tenemos constancia de la familia del ulema Duhman bn Malik bn Utman al-Nafzí, sobre el que hablaremos en el siguiente epígrafe.

De los Miknasa sabemos que uno de sus asentamientos era Miknasa al-Asnam, probablemente en la comarca extremeña de La Serena[26], y que otro podría encontrarse más al norte, entre Cáceres y Albalat, quizá con carácter de medina y que tal vez pudiera corresponderse con el yacimiento de la Villeta de Azuquén (Trujillo)[27]. Además, pobladores miknasíes también se encontrarían en otros enclaves fronterizos principales como Coria y Egitania (Idanha a Velha), de donde procedía Saqyà al-Miknasí, quien protagonizó una revuelta entre 768 y 776/777 haciéndose con el control de la cuenca media del Tajo[28].

Por su parte, la tribu de los Nafza también debió establecerse en varias localizaciones diferentes. Una de ellas, la ciudad de Nafza citada por Istajri (m. 951), se encontraría en primera línea de frontera, a cuatro jornadas de Zamora y tal vez en una posición estratégica de control sobre la Vía de la Plata puesto que fue atacada por Alfonso III de Asturias en el año 881[29]. Estos bereberes Nafza del norte extremeño fueron víctimas de algunas campañas de castigo por parte de los emires, ya que, según Ibn Idari, apoyaron las rebeldías del fatimí Saqyà al-Miknasi y de Muhammad ibn Yusuf al-Fihri en el último tercio del siglo VIII[30]. En este sentido, el arribo a Trujillo de bereberes huidos de Ronda en 794, quizá también de la tribu de los Nafza, a una zona levantisca como podría ser la cuenca del Tajo extremeño refuerza la idea del escaso control cordobés sobre estos territorios fronterizos. Otro asentamiento relacionado con esta tribu estaría sobre el Guadiana, en Umm Ya`far/Mojáfar (término de Villanueva de la Serena), “capital de los Nafza de aquella zona”[31], donde Ibn al-Qitt acaso permaneció varios meses organizando la expedición contra Zamora del año 901 en la que participarían los bereberes de Trujillo y de otras zonas de la frontera[32].

Además de los grupos bereberes mencionados, que hipotéticamente fueron los principales pobladores de la tierra trujillana durante el emirato, conocemos el asentamiento de otras tribus en áreas vecinas. En Medellín, antigua Colonia Metellinun romana, se establecieron los Hawwara. Las sierras al norte de Almadén (Ciudad Real), y tal vez por extensión gran parte de los Montes de Toledo de la Extremadura oriental, son citadas en las fuentes como Yabal alBaranis, o “montañas de los (bereberes) Baranís”. Sabemos igualmente, como ya se ha indicado más arriba, que el territorio de Talavera (de la Reina) estaba profusamente poblado por tribus norteafricanas y que a su distrito pertenecía la fortaleza de Saktan[33], del clan de los Kutama, y seguramente los asentamientos de El Marco, Espejel, Castro y Alija, sitio éste último donde habitaban los Awrabah[34].

Siguiendo la cuenca del río Tajo hacia occidente, y saltando la enigmática ciudad de Nafza, se encontraban las tierras del distrito (iqlim) de Coria, pobladas por “bereberes Awrabah, Sinhagah, Masmudah y otros junto a gentes del país (baladiyyun, baladíes/árabes) y cristianos”[35]. De todos estos clanes, fueron los Masmudah (bereberes Baranís) los que dominaron los principales núcleos urbanos de la frontera, como la propia Coria, Egitania o Coimbra, además de otros enclaves estratégicos de la Marca Media (Guadalajara, Medinaceli, Atienza, Deza o Ateca), hasta que en el último cuarto del siglo IX, tras la revuelta de Ibn Marwan al-Yilliqi y los ataques del rey Alfonso III de Asturias (870s-880s), aquella región fronteriza parece desestructurarse de al-Andalus y las principales familias Masmudah huyen hacia el sur[36].

Todo lo dicho hasta ahora nos presenta el área norte y oriental de la actual región extremeña como un espacio muy berberizado entre los siglos VIII y principios del X, con probable predominio de estructuras tribales de mayor o menor tradición nómada y tendentes a desafiar el poder establecido en Córdoba. En este contexto, Trujillo actuaría, quizá, como uno de los centros principales del balad albarbar o “país de los bereberes” que era la Marca Inferior andalusí, sobre todo tras la desestructuración de la parte más occidental de la frontera por las continuas revueltas y la expansión cristiana al sur del Duero y el Mondego.

Será tras el advenimiento de Abd al-Rahman III al poder (912) y la proclamación del Califato (929) cuando triunfe finalmente el modelo centralizado omeya y se intensifique durante su gobierno el proceso de islamización, arabización y sedentarización de los diferentes colectivos étnicos de al-Andalus. Para entonces, el reino de León dominaba ya Coimbra (desde 878) y, tras la victoria cristiana de Simancas (939), repoblaría Salamanca (940) y estrecharía la amenaza sobre los territorios bañados por el Tajo. Fue entonces cuando el califa llevó a cabo una reestructuración de las fronteras fortificando enclaves y reorganizando administrativamente el país islámico[37]. Para ello se serviría de los núcleos de población más importantes y estratégicamente comunicados, en torno a los que articularía el territorio. Trujillo debió ser uno de aquellos, como muestra el nombramiento de gobernadores en los años 929/930-931, cuyos nombres fueron Ahmad b. Sakan y Bara´ b. Muqatil, éste último sucesivo gobernador de Mérida y Badajoz[38].

  1. Entidad urbana y administrativa de Trujillo y su territorio a partir del califato de Córdoba.

Si durante la etapa emiral el territorio de Trujillo ya se caracterizaba por su situación fronteriza, cerca del confín de al-Andalus que era el Sistema Central y tras el cual se extendía el amplio espacio de nadie que fue la cuenca del Duero, en el periodo califal se remarcará aquella condición debido a la mayor presión cristiana sobre la cuenca del Tajo. Si en aquellos dos primeros siglos de Historia islámica la primera línea de frontera del tagr al-adnà o Marca Inferior la conformarían, aunque inestablemente, las áreas andalusíes de Coimbra, Egitania, Coria y Nafza, desestructurada ésta, nuevos centros fortificados tomarían el relevo de esa primera línea: Santarem, Alcántara, Cáceres, ¿Miknasa?-La Villeta de Azuquén, Trujillo y Albalat (Romangordo). Así sería, puesto que fue necesaria una reestructuración territorial de las fronteras tras el definitivo sometimiento de todo al-Andalus bajo Abd al-Rahman III y bajo su nuevo estado califal.

Después de conquistar la zona occidental andalusí, el califa nombró gobernadores para Santarem (después de 937), Lisboa, Alcácer do Sal, Évora, Badajoz, Mérida y Trujillo (929-930). Resulta lógico pensar que estos enclaves a los que se le otorgan gobernadores serían los centros en torno a los cuales se reorganizaría la Frontera Inferior de la al-Andalus califal. No obstante, la pronta desaparición de Trujillo (y de Alcácer do Sal) de las listas de gobernadores (pues solo conocemos los de los años 929 y 930, mientras que para el resto de las ciudades citadas se conservan hasta 940-941), unido a la fundación de Majadat alBalat/Albalat y la creación de una hipotética kura o “provincia”, nos hace dudar del estatus administrativo que alcanzara la medina trujillana en aquellos momentos. La circunstancia de la ausencia documental sobre más gobernadores trujillanos, podría deberse, de todas formas, a que la información no haya llegado a nosotros. En cualquier caso, otros datos nos permiten dilucidar la entidad urbana y administrativa que Trujillo adquiriría a partir de entonces.

3.1. Madinat Turyilo (o Turyalo) y “su” iqlim / distrito provincial.

De un lado, la (¿re?)construcción de la alcazaba trujillana no deja lugar a dudas de que fue pensada para servir de residencia y representación de la autoridad militar y territorial del gobierno de Córdoba, como bien muestra su puerta principal, símbolo y propaganda del poder califal[39]. Independientemente de que se creara o no otro núcleo militar de frontera y/o distrito provincial como pudiera ser el de Albalat, todo parece indicar que el control del área nororiental de la Frontera Inferior andalusí se desplegaría desde Trujillo, al menos durante el califato. Podría haberse dado el caso de que la alcazaba trujillana fuera la sede desde la cual se gobernara todo el iqlim de Albalat, una especie de “capital provincial”, mientras que el enclave homónimo ejerciera de asentamiento militar avanzado sobre el Tajo, en control de la zona más fácilmente vadeable del río. Con el correr del tiempo, Albalat iría tomando cada vez mayor protagonismo fronterizo hasta erigirse en un núcleo “protourbano” de cierta relevancia en el contexto de los siglos XI y XII[40].

Todo este territorio quedaría vertebrado por la antigua calzada romana, varias veces mencionada en este trabajo, que enlazaba Mérida con Toledo y Zaragoza, la cual quedaría jalonada, además de por Trujillo, por otras fortificaciones como Santa Cruz, ¿Miravete?[41] o la propia Albalat y, ya en circunscripción de la Marca Media (distrito de Talavera de la Reina), Alisa/Alija, Espejel, Castro, Azután, ¿Saktan?/Vascos, etc.[42]. Si bien en un principio, en la etapa emiral, la tierra trujillana (quizá heredera de la antigua regio turgaliense[43]) habría quedado englobada en la kura/provincia de Mérida[44], durante el califato, y tras la progresiva pérdida de importancia político-administrativa de la ciudad emeritense y la reestructuración de Abd al-Rahman III, Trujillo se erigiría como núcleo articulador de la zona nororiental de la actual comunidad extremeña y de las vías de comunicación que la atravesaban[45]. A partir de entonces, esta área aparecerá en las fuentes con una definición organizativa diferenciada de los territorios vecinos, como iqlim provincial de Albalat (1ª ½ del siglo XII) o señorío cristiano de Trujillo (1169-1196), cuya tierra quedará finalmente inserta en la diócesis de Plasencia tras la conquista cristiana de 1233[46].

El reflejo del nuevo estatus administrativo que alcanza Trujillo con la llegada del califato se confirma además por su denominación en las fuentes árabes como “ciudad”. Efectivamente, desde el mismo siglo X parece haber cierto consenso entre los cronistas árabes en citar al enclave trujillano como madinat/medina[47], lo que nos pone al aviso de la cierta relevancia geopolítica y económica de la que gozaría en aquellos momentos y en adelante. Esta primacía territorial se debería, con seguridad, al contexto fronterizo de la etapa de Abd al-Rahman III[48], pero posiblemente también a una inteligente apuesta del califa por la plaza trujillana en pos de organizar el poblamiento de la zona, tan inestable en el periodo anterior. Hay que tener en cuenta que muy posiblemente emplazamientos principales de frontera como Coria o Nafza no se encontrarían bajo control cordobés cuando el califa acomete la reestructuración de la Marca Inferior[49]. Así, probablemente haya que inscribir en estos momentos del siglo X la edificación o restauración de elementos urbanos propios de una medina islámica como mezquitas, aljibes, baños públicos o la misma alberca trujillana, necesarios para el abastecimiento y provisión de un núcleo poblacional y fronterizo de cierta entidad como Trujillo[50].

Para tal efecto sería indispensable la fijación de un poblamiento que hasta entonces podría haber estado disperso, a juzgar por los escasos indicios que tenemos para caracterizar a los bereberes de la zona en los siglos VIII y IX, aunque la elección de Trujillo como sede de gobernadores intuye también una cierta concentración poblacional en proceso de afianzamiento ya a comienzos del X. La definitiva sedentarización de las tribus norteafricanas y la intensificación del proceso de islamización y arabización de toda la sociedad andalusí vendrían de la mano de la recentralización territorial del califato cordobés. No obstante, todavía en el año 937 los bereberes Nafza son víctimas de una expedición lanzada desde Badajoz[51], lo cual refleja la voluntad de centralizar y controlar militarmente la región occidental también desde las plazas “capitales”, que, en el caso de la Frontera Inferior andalusí, se había trasladado desde Mérida a la urbe badajocense, fundada en 875[52].

3.2. Algunos datos históricos textuales y numismáticos de la etapa califal.

Podemos certificar la presencia de bereberes nafzíes en el Trujillo del siglo X gracias a la referencia sobre Duhman b. Malik b. ´Utman al-Nafzí, sabio y asceta “de la gente de Trujillo” (ahl Turyilo), cuyo padre y abuelo también fueron hombres de religión[53]. El hecho de que este personaje ejerciera como ulema de Trujillo y por ende estuviera vinculado a una hipotética escuela asociada a la mezquita aljama (tradicionalmente situada en el lugar de la posterior iglesia de Santa María), y de que además descendiera de familia piadosa y de sabios, es una muestra más de la impregnación islámica de Trujillo, de su entidad urbana y de su posición relevante en el esquema omeya de al-Andalus[54]. Incluso conocemos el nombre de otro asceta originario de Trujillo, Abu Yahyà ´Amrus b. Isma´il al-´Abdari al-Turyali al-Hassar, aunque vivió y murió en Córdoba (m. 976/977)[55].

Poca información textual más de aquel siglo X tenemos en relación con Trujillo. Únicamente una noticia del denominado Calendario de Córdoba (latino-árabe), se hace eco de que en el año 961 “los habitantes de Trujillo, del Llano de los Pedroches y de la montaña de Córdoba, comenzaron a laborar/trabajar (las tierras)”[56], lo que quizá tengamos que interpretar como una reactivación agraria después de un tiempo indeterminado de campos inactivos debido bien a una época de plagas o malas condiciones climáticas, bien a un estado de inseguridad por razias cristianas o asaltos de grupos “fuera de la ley”. De todas formas, la ganadería sería la principal dedicación de las gentes de la penillanura trujillana, tanto por las características geográficas e históricas del lugar (suelos pobres y tradición ganadera de los vetones), como por la incertidumbre que proporcionaba la cercanía de la frontera[57].

Otros datos que también informan sobre el periodo califal de Trujillo son los proporcionados por la numismática que, en el caso trujillano, conocemos de primera mano gracias al descubrimiento de un tesoro monetario. El hallazgo, que contiene monedas que abarcan sobre todo el siglo X y cuya fecha de cierre es 1016, se ha interpretado como una ocultación en contexto de la fitna o guerra civil del Califato de Córdoba (1008-1031)[58]. En cualquier caso, la circulación de moneda califal por la medina trujillana es otra prueba más de su vinculación al estado omeya[59]. Estado que, como sabemos, llegará a su fin durante aquel primer tercio del siglo XI después de haber vivido una etapa de esplendor político-cultural con los califas Abd al-Rahman III y al-Hakam II (m. 976) a la que sucedió un periodo de expansión militar de la mano de Almanzor (m. 1002). La frontera, estable y en relativa paz hasta la llegada del caudillo amirí, volvió a fluctuar hacia el norte del río Duero en el último cuarto del X y respiraron de nuevo islámicas las plazas de Coria, Egitania, Coimbra, y Viseu.

Estas últimas ciudades citadas terminarían quedando integradas en la taifa de Badajoz surgida en la parte occidental de los restos del Califato y marcarían la nueva frontera con los cristianos del norte. El extremo oriental del reino badajocense quedaría establecido por el supuesto distrito provincial de Albalat, que abarcaba hasta Medellín según información de al-Idrisi y en el que se incluiría madinat Turyalo, ahora también conformando frontera con la taifa de Toledo. Aunque tradicionalmente han existido dudas sobre la adscripción del iqlim de Albalat a uno u otro reino, los últimos estudios parecen decantarse por la pertenencia a la taifa badajocense, mientras que Alija, Castro, Espejel y Vascos se inscribirían en la toledana.

En ese nuevo contexto fronterizo entre reinos musulmanes tomarían importancia estratégica las fortificaciones de Albalat, el Cerro de la Barca o Logrosán[60] y otras citadas ya por documentación cristiana (siglos XII y XIII) pero que podrían hundir sus raíces en este periodo islámico como Cabañas, Solana, Zuferola (¿Peña de Zorita?), Cañamero, Cogolludo, Miravete y la torre del Almazén[61]. De la misma manera, en proceso gradual desde época califal, irían tomando una mayor entidad en este siglo XI las plazas de Cáceres y La Villeta de Azuquén/¿Miknasa?. Ésta última, junto a las fortalezas del Tajo, Alija-Vascos, tornarán la tendencia a partir de las conquistas cristianas de Alfonso VI al sur del Sistema Central en 1079-1085 (Coria, Talavera, Toledo) y sufrirían un progresivo despoblamiento, como ocurriría también en el medio más rural[62]. Por el contrario, Alcántara, Albalat, Cáceres y la propia Trujillo, serían las beneficiarias de la concentración poblacional consecuente y protagonizarán el devenir histórico de la frontera en el siglo XII.

3.3. Ahl Turyilo / “la gente de Trujillo”, epigrafía y cultura.

A pesar del silencio documental sobre Trujillo en época taifa, la epigrafía sí que ofrece algunas pistas sobre la población trujillana del siglo XI. El corpus de inscripciones árabes aparecido en la tierra trujillana, en su mayoría estelas funerarias, es la mayor colección de toda Extremadura[63]. Gran parte de estas inscripciones pertenecen al periodo de la taifa de Badajoz, aunque las trujillanas se caracterizan por una mayor austeridad y/o pobreza de la grafía en contraposición con el estilo cúfico florido propio de la capital aftasí[64]. La lápida más antigua localizada en la medina trujillana corresponde al año 1017 (408 H.), perteneciente a un personaje llamado Ahmad b. Sulayman[65]. Otros epitafios fechados en aquel mismo siglo y que nos aportan más nombres relacionados con Trujillo son los de los siguientes finados: b. Asim (1039/430 H.); Ganim b. Murid (1051/443 H.); `Alí b. ¿? (1053/445 H.)[66]; b. `Amrun (1082/475 H., no es seguro que Trujillo fuera el lugar del hallazgo) [67]; b. Muhammad b. al-Ha`id (1089/482 H.); Jalaf bn `Amru (sin fecha, pero de probable adscripción al mismo siglo XI)[68]. Pertenecientes ya al siglo XII se conocen dos lápidas más: una de ellas, muy completa, formaría parte del sepulcro de Hamid bn Ibrahim ibn Ganim, quien fue martirizado (1105/498 H.); y otra, de la que no se conserva el nombre del fallecido por estar fracturada la parte superior (1133/528 H.)[69]. Mención especial merece la última estela registrada en las cercanías de Trujillo, esta vez de mármol blanco y con decoraciones y escritura cúfica cursiva en relieve, lo que la diferencia del resto de inscripciones trujillanas, aunque su interpretación funcional y cronológica queda en cuestión por no estar completa[70].

Además de los datos epigráficos reseñados, una única referencia textual saca a la luz el nombre de Trujillo en aquel siglo XI. Se trata de la figura de Abu Muhammad ´Abd Allah b. al-Bunt al-Turyilli o al-Turyali, poeta en la corte del rey al-Muzaffar de Badajoz (1045-1067/8). Como es bien sabido, los reyes de la taifa badajocense se rodearon de una pléyade de hombres sabios e instruidos en materias de la ciencia religiosa islámica y la gramática y poesía árabe[71]. Este poeta compuso una casida al rey aftasí, de la que se conservan dos versos:

Triunfo es ante el cual se complace el deseo

Y el sino hace ver su clara ventura.

Por él, cuando espesa la noche cerrada,

Nos surge cual alba quitando tiniebla[72].

 

También son de la autoría del trujillano los siguientes versos:

Escánciame vino, en acampanadas copas,

Donde se ven juntas el agua y las ascuas.

A quien niegue que la magia existe,

Replico: esa visión me demuestra que existe.

¡Cuántas veces en plena noche las he bebido,

y en sus cristales he visto la aurora![73]

 

La noticia de este poeta de Trujillo, ´Abd Allah b. al-Bunt, se suma a los ya más arriba mencionados hombres de religión trujillanos del periodo califal, los b. `Utman nafzíes y `Amrus b. Isma´il al-`Abdari al-Hassar, como únicas figuras conocidas de cierto nivel cultural. Para los siglos XII y XIII conocemos algunos nombres más relacionados con Trujillo por su nisba, como: Abu Ya´far b. Harun al-Truyali, sabio aristotélico que fue maestro en matemáticas y medicina del gran Ibn Rush/Averroes y médico del califa almohade Abu Yaq`ub Yusuf (1163-1184); Abu l-´Abbas Ahmad b. Alí b. Muhammad b. Harun b. Halaf b. Harun al-Sumati, faqih (experto en la ley islámica) y notario que vivió en Sevilla y Marrakech en la primera mitad del siglo XIII (m. 1251/2); o Ahmad b. Halaf b. Wasul al-Truyali, autor de un libro de derecho malikí[74].

Cierto es que, como señala Sophie Gilotte, estos eruditos no parecen tener con Trujillo mucho más vínculo que el familiar o de naturaleza, pues la medina trujillana no alcanzaría a retener a su élite intelectual, que buscaría desarrollarse en las principales ciudades andalusíes[75]. No obstante, esta lista de trujillanos es digna de tener en consideración en tanto que hablamos de una ciudad de la que escasean las referencias textuales (silencio que no quiere decir que no existieran otros personajes o sucesos de interés) y que tuvo el condicionante fronterizo como principal característica de toda su historia territorial y urbana.

3.4. Trujillo codiciada.

Tanto fue así que con la llegada de los almorávides a al-Andalus y la consecuente extinción del reino-taifa de Badajoz a finales del siglo XI (en 1094) la realidad de este territorio fronterizo adquiriría aún mayor tono militar. Los cristianos presionarían la cuenca del Tajo extremeño conforme avanzaba el proceso de integración y repoblación de las áreas salmantina, abulense y toledana. Tras la transitoria conquista cauriense de Alfonso VI (1079), los almorávides pronto reestructurarían y reforzarían los núcleos principales de la frontera en 1119/1120: la misma Coria, Albalat y, probablemente, la retaguardia de éstas (Alcántara, Cáceres, Trujillo). Aquella primera mitad del siglo XII estaría caracterizada por frecuentes razias de cristianos y musulmanes sobre sus respectivos territorios enemigos. Ante esa situación se destacarían los caballeros pardos de Salamanca y Ávila y las milicias de los susodichos enclaves islámicos de la cuenca del Tajo. Se conformaba la sociedad extrematurensis, forjada en la frontera. De aquel tiempo nos da noticias sobre Trujillo el gran geógrafo al-Idrisi (m. ca. 1165), que tal vez conoció en persona el occidente andalusí[76]:

Del castillo de Medellín a Trujillo hay dos etapas, ambas ligeras.

La ciudad de Trujillo es grande, es como un inexpugnable castillo.

Tiene potentes murallas y zocos bien provistos, combatientes a pie y a caballo que dedican sus vidas a algarear contra el país de los cristianos.

Es frecuente que asalten y tiendan celadas.

Desde ella al Castillo de Cáceres (hisn Qasiris) hay dos etapas ligeras[77].

 

De esta afirmación se extraen interesantes lecturas, teniendo en cuenta que son reseñas que remiten, muy posiblemente, a la etapa almorávide[78]. Se insiste en la significativa entidad urbana trujillana (ciudad grande), se destaca su carácter de excelente fortificación (inexpugnable castillo, potentes murallas), se da noticia de una cierta economía comercial (zocos, en plural, bien provistos) y se anuncia la dedicación guerrera de sus habitantes (combatientes a pie y a caballo, algarean el país de los cristianos, asaltan y tienden celadas). Todo ello nos confirma la relevancia territorial y urbana de Trujillo durante la primera mitad del siglo XII.

Y ante tal influjo, no parece aventurado pensar que la medina trujillana fuera receptora de, al menos, parte de la población musulmana de Albalat que huyó cuando conocieron la noticia de la conquista de Coria por Alfonso VII en 1142. En aquel momento, el imperio almorávide llegaba a su ocaso y el occidente de al-Andalus se vería alterado por la sublevación de varios líderes militares que se convertirían en señores locales y territoriales de un complejo juego de fidelidades. Era el tiempo de las segundas taifas. Sidray Ibn Wazir primero e Ibn al-Hayyan después gobernarían lo que quedaba del reino de Badajoz independiente hasta su sometimiento en 1151 al nuevo imperio norteafricano, el almohade. En aquel contexto, el recién nacido reino de Portugal conquistaba las ciudades de Santarén y Lisboa (1147) y al-Andalus se replegaba al sur del río Tajo.

Lo que devino en los años posteriores fue un periodo de expansión de la sociedad cristiana extrematurensis con acciones de hombres de frontera que actuaban por cuenta propia como los llamados golfines o Giraldo Sempavor[79], o Cid portugués, quien conquistó Trujillo, Évora, Cáceres, Montánchez, Serpa y Juromenha entre 1165 y 1169. Todo parece indicar que fue la ciudad trujillana la primera en ser atacada y conquistada por aquel caudillo portugués (1165), lo que revela su protagonismo y prestigio en la frontera. Durante unos años estaría Trujillo bajo la órbita de Sempavor hasta que éste fue derrotado en su afán por hacerse dueño y señor de Badajoz (1169). Entonces, fueron entregadas en señorío las plazas de Trujillo, Santa Cruz, Montánchez y Monfragüe a Fernando Rodríguez de Castro, apodado “el Castellano” pero vasallo del rey de León[80]. Por su parte, Cáceres quedó bajo dominio real leonés, aunque poco después se convertiría en posesión de la recién fundada en la misma villa Orden de los Fratres de Cáceres, posteriormente llamada de Santiago (1170).

El territorio de Trujillo se constituyó, quizá sobre cierto sustrato organizativo/administrativo islámico[81], como señorío mixto entre los reinos de León, Castilla y al-Andalus. Y decimos mixto porque Fernando Rodríguez “el Castellano” actuaba no solo como señor cristiano sino también como vasallo de los almohades que, de hecho, respetaron el dominio trujillano cuando reconquistaron la mesopotamia extremeña (Cáceres, Alcántara) en 1174[82]. El señorío pasaría a posesión del reino de Castilla a la muerte de Fernando Rodríguez por vasallaje de su hijo Pedro Fernández al rey Alfonso VIII (1185), que a su vez cedió parte de las rentas y del territorio trujillano a la Orden de Santiago (1186-1189)[83]. Los santiaguistas retendrán su dominio hasta 1195 en que se donará a la Orden de Trujillo, a cuyos fratres sorprendería la conquista almohade del señorío trujillano en 1196, poco después de la victoria musulmana de Alarcos[84].

La Tierra de Trujillo hunde su definición geo-administrativa medieval en aquellos momentos del siglo XII[85]. A la orden truxillensi se habían concedido también las fortalezas de Albalat, Santa Cruz, Cabañas y Zuferola (marzo de 1195)[86], pero no las de Montánchez y Monfragüe que formaron parte del primitivo señorío de Fernando Rodríguez de Castro, pues éstas últimas se habían desvinculado del dominio trujillano con anterioridad. Seguramente, la escasa población cristiana de la zona huiría hacia el norte ante el rigorismo islámico de los conquistadores almohades y Trujillo se reconvertiría en plaza militar musulmana hasta la definitiva conquista castellana de 1233[87].

Los últimos años de gobierno musulmán sobre Trujillo y su tierra seguirían marcados por el condicionante fronterizo en su mayor expresión militar. De esta etapa probablemente daten la refortificación del recinto amurallado trujillano y la construcción de algunas de las torres albarranas del castillo y tal vez de alguno de los aljibes, a juzgar por el contexto y la similitud con la cerca almohade de Cáceres[88]. Los cristianos irían reduciendo el espacio político andalusí progresivamente, sobre todo tras la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, hasta quedar Trujillo como último reducto almohade de la cuenca del Tajo. Tras sobrepasar la línea del río, Alcántara en 1213 y, después de varias acometidas, Cáceres en 1229 cayeron en manos del reino de León. La tierra trujillana se encontraría muy despoblada para aquel entonces, sobre todo en su sector norte[89]. Quizá cierta población islámica de Cáceres marchara a Trujillo como escape próximo, pues no parece que el fuero cacereño mencione a musulmanes libres (mudéjares)[90]. No obstante, la madinat Turyilo fue conquistada poco después por las huestes del obispo de Plasencia y de las órdenes militares de Alcántara y Santiago, sin que sirvieran de nada las aproximaciones de las tropas del caudillo andalusí Ibn Hud, poniéndose fin a cinco siglos de dominio islámico sobre el territorio trujillano[91].

  1. Epílogo andalusí y conclusiones.

La Historia andalusí de Trujillo no terminó aquel 25 de enero de 1233 en que la ciudad quedó integrada en la Corona de Castilla y León. Una nueva etapa se abría para los musulmanes trujillanos que continuaron residiendo en su territorio, ahora insertos en la sociedad cristiana dominante. Hablamos de los denominados historiográficamente como mudéjares. Y como tales, viviendo un islam en minoría, quedaron organizados en instituciones propias conocidas como aljamas de moros. La aportación del colectivo mudéjar a la Trujillo bajomedieval[92] queda reflejada, entre otras cosas, en la vida artesanal de la ciudad, especialmente en los oficios relacionados con el cuero y la construcción[93]. Asimismo, esta comunidad islámica tuvo mucho que ver en la expansión urbana de Trujillo por el arrabal en el siglo XV, donde se estableció la morería en torno a su mezquita (posterior convento de San Francisco) y zonas adyacentes a la Calle Nueva (actual Margarita Iturralde), que sería cercada tras la orden de apartamiento de las minorías en 1480. La aljama mudéjar trujillana rondaría los 400 individuos (entre 70 y 100 familias pecheras) en los años finales del siglo XV[94] y, en términos relativos, sería las más rica de Extremadura[95].

La “era mudéjar” llegó a su fin con el edicto de conversión forzosa de 1502, a partir del cual los cristianos nuevos de moros tornarían a ser conocidos también como moriscos. Muchos de los moriscos trujillanos preservarían apellidos de la etapa anterior (De la Plaza, Bote, Gallego) y continuarían viviendo en torno a la Calle Nueva. En 1570 se incrementaría la población morisca de Trujillo con la llegada de los granadinos expulsados de su territorio tras la rebelión de las Alpujarras. Se destinaron a la ciudad trujillana unos 670 moriscos granadinos de los cuales se calcula que casi la mitad no sobrevivirían entre el viaje y pasados unos meses[96]. El número de moriscos antiguos (mudéjares) y granadinos de Trujillo en 1594 era de 807 personas. Tras el decreto de expulsión de 1609-10, marcharían de la ciudad unas 130 familias (590 personas), lo que sin duda hubo de suponer un importante receso demográfico y económico[97]. Gran parte de los trujillanos expulsados recalarían en Argel, después de cierto periplo por las costas francesas e italianas, según una carta del morisco Licenciado Molina a su amigo Jerónimo de Loaysa (fechada el 25 de julio de 1611)[98].

Fue así, pues, como finalizaban nueve siglos de presencia islámica en Trujillo que, sin embargo, dejaron muy marcada la sociedad y la cultura extremeña y española. La herencia arabo-musulmana es apreciable en múltiples aspectos geo-históricos, patrimoniales, urbanos, lingüísticos o artesanales. Hemos podido observar como en el periodo andalusí hunden sus raíces la importancia estratégica de Trujillo como pieza básica del puzle de la longeva frontera entre cristianos y musulmanes o la entidad urbana que la medina fue tomando a partir de la definitiva estabilización del poblamiento de este sector extremeño. Aquel condicionante fronterizo fue la principal característica de la etapa andalusí de la cuenca del río Tajo, carácter que continuaría ligado a la resultante región extremeña en los siglos subsiguientes, esta vez como frontera hispano-portuguesa. Hemos visto como los primeros siglos islámicos estuvieron marcados por la inestabilidad y rebeldía de una población de mayoría bereber que quedaría fijada al territorio en el contexto reestructurador del proclamado Califato de Córdoba en el siglo X. A partir de entonces, Trujillo se erigiría en plaza fuerte y de cierta relevancia socio-económica y administrativa, ciudad de segundo orden, pero ciudad, al fin y al cabo, que adquiriría gran protagonismo en el devenir político-militar del siglo XII. Los homos extrematurensis más destacados del momento, Giraldo Sempavor y Fernando Rodríguez de Castro, junto a las poderosas Órdenes Militares, codiciaron gobernar la medina trujillana. De la misma manera, el Señorío mixto de Trujillo, luego Tierra, quedaría conformado, en su mayor parte, en aquellos momentos pleno-medievales, entre cristianos y musulmanes.

Llegados a este punto, los quinientos años de dominio andalusí sobre Trujillo (más los periodos mudéjar y morisco) no pueden pasar desapercibidos en el discurso histórico de la ciudad. Queda mucho por hacer. Este trabajo no ha sido más que un re-conocimiento sobre tan esencial época de la Historia local y regional, valiéndonos de los autores que se han acercado al tema y que quedan referenciados en las notas al pie de página. A pesar de ello, no se ha profundizado en demasía en algunas cuestiones importantes que requieren de mayor espacio y dedicación u otros que han sido tratados excelentemente por otros investigadores (arquitectura y arqueología islámica de Trujillo, núcleos andalusíes del ámbito rural de la tierra trujillana, etc.). La necesidad de reivindicar la herencia socio-cultural musulmana como elemento fundamental del patrimonio extremeño y de divulgar en pro de la concienciación y conservación del legado histórico-arqueológico han sido las motivaciones para emprender este estudio. Pero insistimos, no resulta más que una aproximación, esperamos profundizar en próximos trabajos. La ciudad de Trujillo aún tiene mucho que mostrar.

 

 

[1] No hay más que echar una vista a las actas de los Coloquios Históricos de Extremadura, celebrados en Trujillo desde los años 70 del siglo pasado, para hacerse una idea del predominio de estos temas en la historiografía extremeña, Actas de los Coloquios Históricos de Extremadura, XILV ediciones (1971-2016), Trujillo, ACHDE.

[2] Ibídem; y por destacar algunos de las que más interesan a nuestro trabajo, entre las fuentes sobre el Trujillo medieval sobresalen por su relevancia: las documentales, SÁNCHEZ RUBIO, M. Á. (1992-1995), Documentación medieval, Archivo Municipal de Trujillo (1256-1516), 3 tomos, Institución Cultural “El Brocense”, Cáceres; y bibliográficas: ib. (1993), El Concejo de Trujillo y su alfoz en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, Caja Salamanca y Soria, Unex, Badajoz; FERNÁNDEZ-DAZA ALVEAR, C. (1993), La ciudad de Trujillo y su tierra durante la Baja Edad Media, Junta de Extremadura, Badajoz; VV.AA. (2002), Actas del Congreso sobre el Trujillo Medieval, Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Trujillo; VV.AA. (2005), Actas del Congreso La Tierra de Trujillo: desde la Época Prerromana a la Baja Edad Media, Real Academia de las Letras y las Artes, Trujillo, entre otras muchas que sería largo de reseñar.

[3]Algunos acercamientos a la etapa andalusí de Trujillo los podemos encontrar en VIGUERA MOLINS, M. J. (2002), “Trujillo en las crónicas árabes”, en Actas del Congreso Trujillo Medieval…, pp. 185-226; o MANZANO MORENO, E. (2005), “La tierra de Trujillo en la época islámica”, en Actas del Congreso La Tierra de Trujillo…, pp. 113-135; o, más recientemente, los trabajos de Sophie Gilotte (véase infra). En lo que respecta a la etapa “postandalusí” o mudéjar, recientemente presentamos una aproximación sobre la aljama de moros de Trujillo, REBOLLO BOTE, J. (2015a), “La Comunidad mudéjar de Trujillo: algunas características sobre su aljama y morería”, XLIII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, pp. 691-716.

[4]GILOTTE, S. (2010), Aux marges d`al-Andalus. Peuplement et habitat en Estrémadure centre-orientale (VIIIe – XIIIe siècles), II Vol., Academia Scientiarum Fennica. Vantaa.

[5] PACHECHO PANIAGUA, J. A. (1991), Extremadura en los geógrafos árabes. Badajoz; PÉREZ ÁLVAREZ, M. Á. (1992), Fuentes árabes de Extremadura, Universidad de Extremadura, Cáceres; o, específicamente para Trujillo, VIGUERA, M. J. (2002), op. cit.

[6]TERRÓN ALBARRÁN, M. (1991), Extremadura musulmana, 713-1248, Badajoz; VALDÉS FERNÁNDEZ, F. (1991), “La fortificación islámica en Extremadura: resultados provisionales de los trabajos de las alcazabas de Mérida, Badajoz y Trujillo y en la cerca urbana de Cáceres”, en Extremadura arqueológica, nº 2, pp. 547-558; ib. (2001), “Acerca de la islamización de Extremadura”, Cuadernos emeritenses, Nº 17, pp. 335-369. MANZANO MORENO, E. (1991), La frontera en al-Ándalus en época de los Omeyas. CSIC Madrid; CLEMENTE RAMOS, J. (1994), La Extremadura musulmana (1142-1248). Organización defensiva y sociedad, Anuario de Estudios medievales, nº 24, pp. 647-702; DÍAZ ESTEBAN, F. (ed.) (1996), Bataliús, el Reino Taifa de Badajoz: estudios, Madrid, Letrúmeno; y (1999) Bataliús II: nuevos estudios sobre el Reino Taifa de Badajoz, Madrid, Letrúmeno; GIBELLO BRAVO, V. M. (2006), El poblamiento islámico en Extremadura. Territorio, asentamientos e itinerarios, Mérida; GARCÍA OLIVA, M. D. (2007), “Un espacio sin poder: la transierra extremeña durante la época musulmana”, Studia historica. Historia Medieval, 25, pp. 89-120; FRANCO MORENO, B. (2005), “Distribución y asentamientos de tribus bereberes (Imazighen) en el territorio emeritense en época emiral (siglos VIII-X)” AyTM 12, pp. 39-50; ib. (2007), “El poblamiento del territorio extremeño durante el periodo Omeya de Al-Andalus (ss VIII-XI): estudio historiográfico y últimos resultados arqueológicos”, VIII Congreso de Estudios Extremeños / coord. por Faustino Hermoso Ruiz, pp. 571-595; FRANCO, B., ALBA, M., FEIJOO, S. (coords.) (2011), Frontera inferior de al-Andalus, I-II Jornadas de Arqueología e Historia Medieval, vol. I, Consorcio Ciudad Monumental Histórico-Artística y Arqueológica, Mérida; FRANCO MORENO, B. (ed.) (2015), Frontera Inferior de al-Andalus, IV Jornadas de Arqueología e Historia Medieval, La Lusitania tras la presencia islámica (713-756 d.C./94-138 H.), vol. 2, Consorcio de la Ciudad Monumental histórico-artística y arqueológica de Mérida; ZOZAYA, J. y KURTZ, G. S. (coords.) (2014), Bataliús III: estudios sobre el reino aftasí: remembranzas de un ciclo de conferencias tenido en Badajoz el 13 y 14 de marzo de 2014. Dirección General de Patrimonio Cultural, Museo Arqueológico Provincial de Badajoz; REBOLLO BOTE, J. (2015b), “Espacios de nadie y de todos: Territorio y sociedad en la frontera andalusí el norte del Tajo extremeño (siglos VIII-XI)”, en Vegueta. Anuario de la Facultad de Geografía e Historia, 15, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pp. 185-209.

[7] Sobre inscripciones epigráficas: DÍAZ ESTEBAN, F. (1987), “Dos nuevas inscripciones árabes de Trujillo y relectura de una tercera” Homenaje al Prof. Darío Cabanelas, 2, Granada, Universidad de Granada, pp. 171-181; ib. (2002), “Inscripciones árabes y hebreas de Trujillo”, en Actas del Congreso Trujillo Medieval…, pp. 27-40; RAMOS, J.A. y DÍAZ, F. (2005), “Nueva lápida árabe de Trujillo”, en Anaquel de Estudios Árabes, vol. 16, pp. 201-204; en numismática destaca la aportación de CANTO GARCÍA, A. y MARTÍN ESCUDERO, F. (2002), “Precisiones sobre un hallazgo de moneda árabe en Trujillo”, Actas del Trujillo Medieval…, pp. 7-26; desde la arqueología del territorio está siendo muy importante la labor de Sophie Gillote, GILLOTE, S. (2001), “La Villeta de Azuquén: une fortification du Xe-XIe siècle dans la région de Trujillo”, Mil Anos de Fortificações na Península Ibérica e no Magreb (500-1500): Simpósio Internacional sobre Castelos, Lisboa, 2001, pp. 825-832; ib. (2009), “Al margen del poder. Aproximación arqueológica al medio rural extremeño (ss. VIII-XIII)”, en Arqueología Medieval, La transformació de la frontera medieval musulmana, II, Pagès Editors, Lleida, pp. 53-79; o ib. (2010), op. cit.

[8] REDONDO, J.A., y GALÁN, P.J., (1987) “El topónimo cacereño Trujillo: origen y evolución fonética”, en Alcántara: revista del Seminario de Estudios Cacereños, nº 12, pp. 105-114.

[9] CERRILLO MARTIN, E. (2005), “El periodo romano y la época tardoantigua en la Tierra de Trujillo”, en Actas del Congreso La Tierra de Trujillo…, pp. 25-57.

[10] Ibídem, pp. 52-54.

[11] Ibídem, pp. 55-57.

[12] MANZANO (2005): 115-116.

[13] MANZANO (1991): 54 y ss.

[14] VIGUERA (2002): 186.

[15] MANZANO (2005): 120-121.

[16] REBOLLO (2015b): 187.

[17] Ibídem, pp. 188 y ss.

[18] No aparece uniformada la nomenclatura identificable con Trujillo en las fuentes árabes. Además, dependiendo de la adopción de según qué normas de transcripción y traducción de la lengua árabe a las diferentes lenguas europeas, las grafías también difieren. Así, podemos encontrar múltiples variantes del mismo topónimo: Taryalah (Istajri, Ibn Hawqal, al-Idrisi, Ibn Galib) – Turyila (Yaqut) – Taryaluh (al-Himyari) en PÉREZ (1992): 300; TurgilaTargalahTurgaluh en GILOTTE (2010): 115; o TuryiluhTuryaloTuryiloTuryillo en VIGUERA (2002): 189 y ss. Según esta última autora, la grafía más común en las fuentes es la de Turyalo, ib, p. 200. En este trabajo utilizaremos la forma Turyilo en tanto que permite una mejor relación lingüística con la voz castellana.

[19] Joaquín Vallvé no considera que se hable de Trujillo en las fuentes árabes hasta el nombramiento de gobernadores por Abd al-Rahman III en 929. En este sentido, duda de la identificación tradicional de las migraciones y revueltas bereberes relacionadas con la ciudad trujillana, VALLVÉ BERMEJO, J. “Toponimia e historia en el Trujillo árabe”, Actas sobre Trujillo Medieval…, pp. 167-184, aquí pp. 175-179.

[20] VIGUERA (2002): 210-211.

[21] “De Badajoz a Alcántara, 4 días; de Alcántara a Mérida, 1 día; de Mérida a Medellín, 2 días; de Medellín a Trujillo, 2 días; de Trujillo a Cáceres, 2 días; de Cáceres a Miknasa, 2 días; de Miknasa a Vado de Albalat, 1 día; de Vado de Albalat a Talavera, 5 días; y de Talavera a Toledo, 3 días. De Córdoba a Badajoz por la ruta importante, 6 etapas”, IBN HAWQAL, Kitab Surat al-ard, trad. J. H. Kramers y G. Wiet, Configuration de la terre, 2t., París-Beirut, 1965, I, p. 115, citado por VIGUERA (2002), p. 191. Para otras cuestiones geográficas y descriptivas del territorio actual extremeño remitimos al mencionado trabajo de la profesora María Jesús Viguera y a la bibliografía referenciada en las notas 5 y 6.

[22] IBN IDARI, Bayan II, ed. Dar al-Zaqafa, p. 64, en PÉREZ (1992): 163 y 300; y VIGUERA (2002): 202-203. Según nos transmite Mª Ángeles Pérez, en la Yamhara de Ibn Hazm se mencionan algunas familias de Ronda (Takurunna) como pertenecientes a la tribu de los Nafza, (IBN HAZM, Yamhara, pp. 500-501, en PÉREZ (1992): 309), lo que podría estar hipotéticamente en relación con la llegada de estos bereberes a otro territorio de predominio Nafza como pudiera ser el trujillano, véase infra nota 29.

[23] FRANCO (2005): 42.

[24] VIGUERA (2002): 203; y MANZANO (2006): 440.

[25] PÉREZ (1992): 105.

[26] Mucho se ha debatido sobre el emplazamiento geográfico de Miknasa debido a la dificultad de casar la información contradictoria que aportan las fuentes. En nuestra opinión, tales contradicciones documentales solo pueden salvarse interpretando que en realidad sean referencias a dos lugares distintos donde aquella tribu tuviera sus asentamientos principales. Sobre su identificación con la zona de La Serena, véase PÉREZ (1992): 303-308. Para otra identificación, complementaria a la anterior, con la Villeta de Azuquén, ver nota siguiente.

[27] GILOTTE (2001: 825-832; y 2010: 141-148); y REBOLLO, J. (2015c): “De andalusíes a mudéjares: Continuidad musulmana en la Extremadura de las Órdenes Militares”, en MIRANDA, B. y SEGOVIA, R. (Coords.), Las Órdenes Militares en Extremadura. Federación Extremadura Histórica, Garrovillas de Alconétar, pp. 153-175, aquí 159-160. Su situación entre Cáceres y Albalat parece clara a juzgar por el itinerario de Ibn Hawqal, véase op. nota 21.

[28] MANZANO (1991): 238 y ss.

[29] REBOLLO (2015b): 190-191.

[30] IBN IDARI, Bayan II, pp. 55-57, en PÉREZ (1992): 162-163.

[31] IBN HAYYAN, Muqtabis V, ed. CHALMETA, en PÉREZ (1992): 121.

[32] “Este Ibn al-Qitt envió sus emisarios y cartas que entraron en Trujillo, Mérida, Badajoz, Toledo y otros lugares de la frontera, en los que se aprestaron a seguir su causa y a formar un gran ejército con el que atacó Zamora” en PÉREZ (1992): 116. Según texto de al-Razi, Ibn al-Qitt “dejó el Fahs al-Ballut (Llano de los Pedroches), se detuvo en Trujillo, luego vino a residir en Nafza, lanzó llamamientos a la población, envió mensajes a las tribus bereberes y se hizo pasar por el Mahdi”, Ibídem, p. 310 y VIGUERA (2002): 194, 203 y 216-217.

[33] REBOLLO (2015b): 191-192.

[34] GILOTTE (2010): 249-250.

[35] GARCÍA OLIVA (2007): 93.

[36] Los Banu Tayit de Coria y Egitania se instalarían en Mérida, mientras que los Banu Danis de Coimbra, lo harían en Alcacer do Sal, MANZANO (1991): 150 y ss.

[37] REBOLLO (2015b): 199 y ss.

[38] IBN HAYYAN, Muqtabis III, ed. M. Martínez Antuña, París, 1937, p. 134, en VIGUERA (2002): 194 y 219.

[39] MANZANO (2006): 443-444.

[40] Las campañas de excavación arqueológica que desde hace varios años se están llevando a cabo en el yacimiento de Albalat, dirigidas por Sophie Gilotte, están aportando mucha información sobre este asentamiento principalmente en su etapa almorávide, pero aún es pronto para reconocer el momento de su fundación en el siglo X, GILOTTE (2010): 200-202; e ib. (2014) “El día después: Albalat y el imperio africano” en Bataliús III…, pp.259-276.

[41] La primera noticia documental sobre Miravete es de 1218, cuando los cristianos ocupan un castillo de origen islámico que, hipotéticamente, quizá debe su nombre a la instalación de un ribat de frontera, GILOTTE (2010): 237-240; y REBOLLO (2015B): 201.

[42] GILOTTE (2010): 207-212 y 233-235; y REBOLLO (2015b): 191-192 y 201. Sobre el yacimiento de Vascos, véase IZQUIERDO BENITO, R. (2008), “La vida material en una ciudad de frontera: Vascos”, en La Península Ibérica al filo del año 1000. Congreso internacional Almanzor y su época, Córdoba, pp.13-45.

[43] TERRÓN (2005): 211-212.

[44] IBN GALIB, en VIGUERA (2002): 196.

[45] Además de la estratégica calzada que enlazaba con el vado de Albalat y demás asentamientos sobre el Tajo, otros itinerarios comunicarían igualmente con las tierras toledanas cruzando la Sierra de Guadalupe por Cabañas del Castillo o por Logrosán y Cañamero, GILOTTE (2010): 200.

[46] Resulta significativo que la diócesis placentina viniera a coincidir, al sur del Tajo, con los territorios islámicos del iqlim de Albalat (Albalat-Trujillo-Medellín), limitando por el oeste con la calzada de la Plata (con las áreas leonesas de Coria, Granadilla o Galisteo), el río Tamuja (con Cáceres) y la parte occidental de la tierra de Medellín (con la demarcación emeritense).

[47] La primera referencia a Trujillo como medina se encuentra ya en Al-Istajri (m. 923), lo cual significa que a comienzos de aquel siglo X esta plaza extremeña ya había alcanzado una entidad urbana y poblacional destacable sobre el territorio circundante, VIGUERA (2002): 191 y 209 y ss.

[48] VALLVÉ (2002): 179-180.

[49] No nos sorprende, por tanto, que Ibn Hawqal no mencione a estas, consideradas hasta entonces, “ciudades” de Coria y Nafza en su obra del mismo siglo X, REBOLLO (2015b): 201-202, algo que Mª J. Viguera ve como un “olvido” del autor, VIGUERA (2002): 209.

[50] Sobre los aspectos urbanos de época islámica de Trujillo se han pronunciado profusamente los arqueólogos en los últimos tiempos, por lo que remitimos a sus trabajos: LAFUENTE y ZOZAYA (1977), “Algunas observaciones sobre el castillo de Trujillo”, Actas del XXIII Congreso Internacional de Historia del Arte (Granada 1973) II, Granada, pp. 119-127; PAVÓN MALDONADO, B., “Arqueología musulmana en Cáceres (Aljibes medievales)”, AlAndalus, XXXII (1967), pp. 181-210; VALDÉS (1991): 547-559; GILOTTE (2010): 116-130.

[51] MANZANO (2006): 441. Eduardo Manzano relaciona Nafza con Vascos, identificación con la que no estamos de acuerdo.

[52] REBOLLO (2015b): 203 y ss.

[53] VIGUERA (2002): 213-214; y MANZANO (2005): 134.

[54] Los ulemas eran los encargados de velar por la enseñanza de las tradiciones islámicas, Ibídem.

[55] GILOTTE (2010): 115-116.

[56] VIGUERA (2002): 192.

[57] REBOLLO (2015b): 194-195.

[58] Entre las piezas, destacan algunas monedas fatimíes y un ejemplar de Jayram acuñado en Almería en 1013, CANTO y MARTIN (2002): 7-26.

[59] MANZANO (2005): 134.

[60] GILOTTE (2010): 204-207.

[61] Ibídem: 237.

[62] Ibídem: 158-162.

[63] Ibídem: 267.

[64] DÍAZ ESTEBAN (2002): 27-31; y MARTÍNEZ NÚÑEZ, M.A. (2014), “La epigrafía árabe durante el periodo de taifas: los aftasíes de Badajoz”, en Bataliús III…, pp. 161-162.

[65] Todos los datos que reseñamos están recogidos en GILOTTE (2010): 247-250. Solamente apuntamos las inscripciones aparecidas en Trujillo, aunque también existen testimonios epigráficos de Logrosán (siglo X) y Albalat (sin fecha clara, probable siglo XI). Algunas de las inscripciones las podemos ver en PÉREZ (1992): ésta de Ahmad b. Sulayman, en pp. 209-210.

[66] Ibídem: 215-216.

[67] Ibídem: 219-220. Este patronímico, `Amru/n o ´Amrus, bastante común en el solar andalusí, podría estar detrás del topónimo Ambroz, lugar sobre el que se (re)funda Plasencia en 1186.

[68] Ibídem: 217-218, según opinión de DÍAZ ESTEBAN (2002): 29.

[69] Ambas también publicadas en PÉREZ (1992): 223-226.

[70] José Antonio Ramos Rubio y Fernando Díaz Esteban, quienes la publicaron, dudan de si se trata de un epitafio o de una lápida conmemorativa de algún edificio de importancia pero se inclinan por datarla en época taifa, RAMOS y DÍAZ (2005): 202-203. Por el contrario, Sophie Gilotte no duda de su función funeraria y le otorga una cronología tardía, de época almohade, por su analogía con la estela de Villanueva de la Reina (Badajoz), GILOTTE (2010): 282-283.

[71] REBOLLO ÁVALOS, M. J. (1997), “Sobre algunas personalidades notables del reino taifa de Badajoz”, en MEAH, Sección Árabe-Islam, 46, pp. 267-265.

[72] VIGUERA (2002): 202. María José Rebollo Ávalos recoge una traducción distinta: “Al principio el deseo sonrió y el destino vio claramente su rostro sonriente. Cuando cayó la noche la oscuridad apareció ante nosotros como desaparecen las tinieblas al llegar el día”, en REBOLLO ÁVALOS (1997): 270.

[73] VIGUERA (2002): 202.

[74] GILOTTE (2010): 115-116.

[75] Ibídem.

[76] PÉREZ (1992): 52.

[77] VIGUERA (2002): 197-198. Esta referencia de al-Idrisi sobre Trujillo será tomada de forma parecida por al-Himyari, Ibídem: 206.

[78] Cuando al-Idrisi escribe su obra, Coria ya estaba en posesión de los cristianos, puesto que lo menciona, es decir, después de 1142. Pero probablemente, el conocimiento del que dispone el geógrafo sobre el occidente andalusí lo adquiriera con anterioridad a aquella fecha.

[79] REBOLLO (2015b): 206-207.

[80] Siguiendo la calzada de la Plata desde el Sistema Central hacia el sur, Trujillo correspondía al área de conquista castellana, según quedó reflejado en el Tratado de Sahagún de 1158. Sin embargo, Montánchez había quedado establecida como zona de expansión leonesa, al igual que Cáceres, Mérida y Badajoz. Por su parte, Monfragüe, al este de aquella calzada, también incluida en el señorío trujillano, pronto pasó a ser posesión de la Orden de Santiago recién fundada tras donación de 1171 por el rey Fernando II de León.

[81] Resulta convincente la idea de que la regio turgaliense se conformara ya en época romana como espacio organizativo demarcado por los ríos Almonte al norte, Tamuja al oeste y la tierra de Metellinum/Medellín al sur, y que tal área continuara delimitada en la etapa omeya, inserta luego en el iqlim provincial de Albalat (el territorio estricto del enclave homónimo se situaría al norte del Almonte) y posteriormente en la diócesis de Plasencia.

[82] Ibn Sahib al-Sala nos transmite la noticia del viaje y estancia por más de cinco meses en Marrakech (en 1168) de Fernando Rodríguez, “célebre entre los cristianos por su linaje y valor” que “casi se islamizó y prometió a Dios ser fiel consejero del poder (almohade) con el mejor servicio, y se sometió y garantizó que no raziaría el país de los almohades y que sería para ellos un sostén y aliado de los musulmanes”, PÉREZ (1992): 145. Manuel Terrón duda de que Rodríguez de Castro viajara a territorio almohade en 1168, y se inclina más por la fecha de 1174, cuando “el Castellano” rompió relaciones con León, contexto en el cual los almohades reconquistaron Cáceres y Alcántara y llegaron a atacar Ciudad Rodrigo con la presencia del señor de Trujillo, TERRÓN (2005): 229-231.

[83] Los enclaves trujillanos otorgados a la orden santiaguista en 1187 fueron los de Montánchez, Santa Cruz, Zuferola, Cabañas, Monfragüe y Peña Falcón, RUIZ MORENO, M. J. (2002), “Aproximación histórica a la Orden Militar de Trujillo”, Actas del Trujillo Medieval…, pp.127-151, aquí p. 133.

[84] Sobre la historia de esta efímera Orden, Ibídem: 134 y ss. y RUIZ MORENO, M. J. (2006), “Enclaves militares de los Freires Truxillenses en la Tierra de Trujillo”, XXXIV Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, pp. 671-688.

[85] TERRÓN (2005): 260 y ss.

[86] No hay dudas sobre la identificación de Albalat (término de Romangordo), Santa Cruz (de la Sierra) y Cabañas (del Castillo), sin embargo, no ocurre lo mismo con Zuferola, que ya se encontraba en ruinas en 1195 (reliquum vero Zuferola) y para la que se barajan varias posibilidades de situación: en la dehesa del Pizarroso (entre Trujillo y Jaraicejo); en la heredad de Cañadas de la Zarza (en el monte Alcollarín); o en la Peña de Zorita (más probable según nuestra opinión), RUIZ (2006): 677 y ss.

[87] De no haber emprendido la huida el destino de los cristianos hubiera sido la esclavitud y el envío hacia alguna zona de Marruecos, como ocurrió con los prisioneros de la batalla de Alarcos, TERRÓN (2005): 294-295. La tradición trujillana de considerar como “mozárabe” al caballero que abrió la Puerta del Triunfo (Fernán Ruiz) para posibilitar la conquista de 1233 carece de cualquier fundamento histórico, más cuando conocemos las inmigraciones mozárabes y judías hacia los reinos cristianos que provocaron las venidas de almorávides y, sobre todo, de almohades.

[88] MÁRQUEZ, S. y GURRIARÁN, P. (2006), Cáceres: una punta de lanza almohade frente a los reinos cristianos. Cáceres, Edición conjunta Diario HOY, Museo de Cáceres y PROGEMISA, p. 21.

[89] Entre Trujillo y el río Tajo, las otrora plazas islámicas de Alija, Albalat o La Villeta de Azuquén-¿Miknasa?, y otros núcleos menores (como la enigmática Zuferola, independientemente de su situación), se encontraban despobladas a comienzos del siglo XIII. Tampoco hay más topónimos arabo-islámicos que presagien permanencia poblacional musulmana en esa zona. El castillo de Miravete (1218) y los de Monfragüe y Cabañas (1220-21) fueron reocupados por el concejo de Plasencia y la Orden de Calatrava, respectivamente. Más al este, Cañamero es citado en 1220 y tal vez sí se mantuviera población en torno a Logrosán. También en el sector sur de la tierra trujillana parece pervivir algo más de poblamiento, a juzgar por la continuidad ocupacional y toponímica anterior (Santa Cruz, Alcollarín, Zorita, etc.) y la concentración de hábitats posterior.

[90] REBOLLO (2015d): “Morerías de Extremadura: espacios urbanos de vecindad islámica (mudéjar) a finales del siglo XV”, Roda da Fortuna, Revista Eletrônica sobre Antiguidade e Medievo, Vol. 4, Nº 1-1 (Número Especial), pp. 456-475, aquí p. 459.

[91] GARCÍA FITZ (2002): 179. Sobre la conquista cristiana de Trujillo, véase RUIZ MORENO, M. J. (2015), “Aproximación a la reconquista de Trujillo (1233)”, XLIII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, pp. 813-834.

 

[92] Ya nos hemos aproximado a la aljama de moros trujillana en otra ocasión, trabajo al que remitimos para conocer este particular: REBOLLO (2015a), “La Comunidad mudéjar de Trujillo…”, pp. 691-716. Para un acercamiento general a otras aljamas y morerías mudéjares extremeñas, véase nota 90.

[93] Tres de cada cuatro zapateros trujillanos en 1498 eran musulmanes, SÁNCHEZ RUBIO (1993): 410-412. Por su parte, en el sector de la construcción está igualmente muy representada la minoría islámica, Ibídem: 406, aunque ello no supone la presencia del estilo artístico denominado mudéjar, que, de hecho, escasea en Trujillo.

[94] REBOLLO (2015a): 706.

[95] En términos absolutos la aljama extremeña más rica fue la de Hornachos, que también era la comunidad islámica más numerosa de Castilla, Ibídem (2015d), “Morerías de Extremadura…”, pp. 462 y 471.

[96] HERNÁNDEZ, M. Á., SÁNCHEZ, R. y TESTÓN, I. (1995), “Los moriscos en Extremadura 1570-1613”, en Studia Historica Historia Moderna, vol. XIII, pp. 89-118, aquí p. 100.

[97]SÁNCHEZ, R., TESTÓN, I. y HERNÁNDEZ, M. Á. (2010), “La expulsión de los moriscos de Extremadura (1609-1614)”, en Chronica nova: Revista de historia moderna de la Universidad de Granada, Nº 36, pp. 197-226, aquí p. 219.

[98] JANER, F., Condición social de los moriscos de España: causas de su expulsión y consecuencias que ésta produjo en el orden económico y político, Madrid, 1857, pp. 350-351.

Dic 192016
 

 

José Antonio Ramos Rubio y Oscar de San Macario Sánchez.

Don Vicente Mariano de Ovando Solís y Perero (1783-1864), III Marqués de Ovando (en su origen, marquesado de Brindis), fue un rico hacendado cacereño, que en varias ocasiones rigió la villa. En 1824 fue nombrado gentilhombre de Cámara de Fernando VII. A la muerte del monarca en el año 1833 apoyó la causa del Infante don Carlos, convirtiéndose en un destacado carlista. Cuando los ejércitos liberales afirmaron la corona hispana en las sienes de Isabel II tras el abrazo de Vergara en el año 1839, decide emigrar a Italia, donde contraerá matrimonio ya sexagenario. Será en aquel país donde tenga conocimiento de la Congregación de los Misioneros de la Preciosa Sangre, institución de gran prestigio por aquellas fechas debido al testimonio evangélico y misional de sus miembros a lo largo de todo el territorio italiano.

El Marqués don Vicente Mariano, conmovido por la labor de aquellos sacerdotes, hará testamento en el año 1856 a favor de la congregación legándoles gran parte de su fortuna, entre las que se encontraban la Casa del Sol y la Casa de la Cuesta de la Compañía con la finalidad de que se estableciera “un Instituto del PP. Misioneros del Búfalo… si llegara el caso que no haya dificultad que esta asociación o Instituto se funde como Comunidad Religiosa perpetua es mi voluntad hacerles entera y absoluta donación de todos los bienes y rentas durante su existencia.”. En su exilio en Italia conoció don Vicente Mariano a Gaspar del Búfalo, fundador de la congregación de “Misioneros de la Preciosa Sangre” y le concedió el usufructo de la Casa del Sol, cuando falleciese su esposa. La orden se estableció en 1899 y aquí continua, aunque la propiedad es del Obispado de la Diócesis de Coria-Cáceres.

Aunque don Vicente de Ovando fallece en el año 1864 en Turín, no será hasta el año 1898 cuando llegue el primero de los padres misioneros a la ciudad de Cáceres, don Bartolomeo Corradini. Don Vicente Mariano, dejó como heredero de todos sus bienes, después de la muerte de su esposa, al Obispo de Coria-Cáceres y usufructuarios de los mismos a los Misioneros de la Preciosa Sangre. En el año 1870 el sacerdote cacereño don Antonio Palomo, escribió a Roma, al Superior General de la Congregación, don Juan Merlini, dándole a conocer el legado y comunicándole que sería bueno para la ciudad aceptarlo. Merlini respondió que deseaba se llevase a término dicha obra. Después de todos los preparativos pertinentes llegó a Cáceres el primer misionero de la Preciosa Sangre, Bartolomeo Corradini, el día 15 de noviembre de 1898, siendo bien acogido por el Obispo, el clero y todo el pueblo, concediéndole la Iglesia del Instituto (perteneciente al Colegio de los Jesuitas, antiguo Instituto).

A este sacerdote le seguirán otros como el padre Octavio Zavatta y el hermano Luis Bufalini ejerciendo ambos su apostolado en misiones populares. En el año 1901, por orden del Sr. Obispo, se erigió la Cofradía de los Luises, que se había desechado en la parroquia de San Mateo. El primer misionero español fue don Críspulo Andrada Pozo, del Casar de Cáceres. En el año 1910 es enviado don Juan Antonio Guerra a abrir una nueva casa de la Congregación en Valencia de Alcántara, que años después se cerró.

En el año 1924 se abrió una galería subterránea de comunicación entre la Casa del Sol y la iglesia –que aún se utiliza- en la que los misioneros han trabajado en el ministerio de la palabra. Los padres italianos estuvieron en España hasta el 11 de mayo de 1939, fecha en la que llega el primer misionero de Alemania, el padre Otto Grunwald, después vendría el padre Otto Schneider.

Por tanto, los misioneros venidos de Italia permanecerán en Cáceres hasta el año 1939, en que serán sustituidos por padres alemanes de la Provincia Teutónica. No será hasta el año 1960 en que los misioneros ibéricos se hacen cargo de la dirección del Vicariato. El primer Vicario de origen hispano sería el padre José Outeiriño Lage. El 7 de junio de 1987, los Misioneros de la Preciosa Sangre de España y Portugal dejaban de ser un vicariato, dependiente jurídicamente de la Provincia de Alemania y pasaban a ser la provincia Ibérica, independiente, siendo elegido como director provincial el padre Paulino Hernández, natural de Madroñera (Cáceres).

El fundador de los Misioneros de la Preciosísima Sangre fue el padre Gaspar del Búfalo (Roma6 de enero de 1786 – falleció en Roma, 28 de diciembre de 1837) fue un religioso y sacerdote italiano, venerado como santo por la Iglesia Católica, el febrero. Sus padres Antonio y Anunciata del Búfalo le pusieron los nombres de los tres reyes magos pero usaba solo el de Gaspar. Su padre era también de Roma y se ganaba la vida como cocinero en el palacio del Príncipe Alieri. La pareja tuvo dos hijos: Gaspar y Luis.

Al parecer durante su niñez contrajo una grave enfermedad de la que salió librado, según él mismo afirma, por intercesión de san Francisco Javier. Esto motivó que en la congregación que fundaría poco después se venerara a este santo como patrono celestial.

La vida educativa de San Gaspar del Búfalo transcurrió en su ciudad natal. De niño asistió a una escuela pública. A los dieciséis años pasó al prestigioso Colegio Romano, fundado por San Ignacio de Loyola en 1550. Allí recibió los cursos de Filosofía, Matemáticas, Física y Teología. Fue precisamente en las aulas universitarias donde el espíritu de Gaspar tomó forma y aprendió a dominar los impulsos de su niñez. Los cursos en los que más destacó fueron –obviamente- todos los concernientes a la religión y a la teología. Sin embargo, cuando sentía alguna dificultad con la filosofía o las matemáticas, en lugar de deprimirse, se recogía ante la imagen de la Virgen María o de un crucifijo y la tranquilidad llegaba.

 

Fue admitido a la tonsura en 1800 y ordenado sacerdote en julio de 1808. El 8 de diciembre de ese año realizaba su ministerio con el Padre Francesco Albertini con quien fundó la Archicofradía de la Preciosa Sangre en la Iglesia de San Nicolás in Carcere, Roma. Ese mismo año las tropas de Napoleón invadieron Roma y obligaron a los religiosos a prestar juramento de lealtad al militar francés. Gaspar no quiso jurar y respondió a los soldados con una frase ya célebre: “No puedo, no debo, no quiero”. Por ello, fue exiliado a Piacenza a unas 250 millas de Roma. Allí volvió a enfermar con un mal que no lo dejaría hasta la muerte. Después fue trasladado a Bolonia y recluido en diversas cárceles hasta 1814 por la caída de Napoleón.

El 15 de agosto de 1815, Gaspar comenzó la Sociedad de la Preciosa Sangre (C.PP.S.). La fundación tuvo lugar en la Iglesia de San Felix en Giano dell’Umbria, una ciudad al norte de Roma. Entre los cofundadores célebres cabe mencionar a los Padres Bonanni, Giampedi y Albertini (que luego fueron ordenados obispos) y Merlini (quien sucedió a Gaspar al frente de la congregación).

Cuando murió en 1837, la congregación contaba ya con 15 casas. Fue beatificado en 1904 por el Papa Pío X y canonizado por el Papa Pío XII en 1954. La liturgia católica lo recuerda el 19 de febrero.

La misión de la Preciosa Sangre consiste en continuar por el mundo la obra de San Gaspar, predicando la renovación y la conversión a través de misiones y retiros. Además, prosiguen con su labor misionera y pedagógica en los diferentes centros educativos, hospitales, parroquias y prisiones. Como misioneros, ellos trabajan donde existen más necesidades y donde la palabra de Dios no ha sido aún conocida.

Siguiendo el ejemplo de San Gaspar, los misioneros viven en comunidad cuando las necesidades del apostolado lo permiten. En vez de votos, los une un vínculo de caridad por el cual ponen sus dones al servicio de la Iglesia y de los compañeros. Sus casas son centros de oración y reflexión en los que se renuevan para la misión.

La sangre derramada por Cristo fue para San Gaspar –y lo es para los Misioneros de la Preciosa Sangre- el signo del gran amor de Dios a todos los hombres y mujeres. Esta espiritualidad de la Sangre impulsa hoy a la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre (CPPS) a construir comunidad, a caminar en solidaridad con los que sufren y a buscar la reconciliación en un mundo dividido.

Actualmente, la Preciosa Sangre tiene presencia activa en más de 20 países a nivel mundial. La congregación está dividida en 17 unidades (7 provincias, 4 vicariatos y 6 misiones). En el ámbito latino, los misioneros se encuentran en Brasil, Colombia, México, Guatemala, Chile y Perú, contando con más de mil miembros entre sacerdotes, hermanas y estudiantes.

La presencia en la Provincia Ibérica (España, Portugal y Guinea Bissau) de la congregación fundada por el padre Búfalo se encuentra representada en las siguientes fundaciones:

 

-Cáceres: Casa Madre, con una Comunidad secular y Casa de Misión.

-Fuente de Cantos: Colegio de San Francisco Javier.

-Madrid: centros parroquiales en los barrios de La Fortuna y Orcasitas.

-Villaviçosa (Portugal): Parroquia de San Bartolomé, comunidad y, seminario.

-Proença a Nova (Portugal): Colegio, seminario y misión.

-Verride (Portugal): La más joven de las casas. Actual seminario mayor de las comunidades lusas

-Safim (Guinea Bissau): Parroquia y Misión.

-Bisakil (Guinea Bissau): Casa para seminaristas.

 

El 23 de abril del año 2012 se constituye a iniciativa de los PP. Misioneros de la Preciosa Sangre, la Fundación Gaspar del Búfalo con la intención de gestionar el patrimonio del legado y favorecer la consecución de los fines y objetivos propuestos. Entre las fuentes documentales consultadas hemos podido contar con “El Heraldo de la Preciosa Sangre”, fue una revista de carácter religioso, fundada por el padre Pablo Bausman, editada por los Misioneros de la Preciosa Sangre y dirigida por don Pablo Casiano, teniendo su sede en la Casa del Sol. Tenía carácter mensual, salió el primer número en el mes de enero de 1950 y el último en agosto de 1967, habiendo cambiado su cabecera por la de “El Heraldo”.

Más modesta fue la publicación “Amigos de la Preciosa Sangre”, a partir de 1986, que se repartía gratuitamente entre los Amigos de la Preciosa Sangre.

La propiedad más importante es el edificio de la Casa del Sol. Es uno de los edificios más representativos de la ciudad de Cáceres, denominado “Casa del Sol” o de los Solís, por ser esta la familia que vivió en ella y también por el escudo que campea en su fachada. Edificio ubicado en la calle Monja, próximo al ábside de la iglesia de San Mateo. En una esquina hay una torre de ángulo en la que está la portada principal, esta torre fue afectada por la Orden de Isabel Y Fernando de desmochar las torres hasta la altura de los tejados y eliminar troneras y saeteras, con el fin de evitar incidente entre los nobles. Es una edificación del siglo XV con remodelaciones en el siglo XVI.

La fachada principal está compuesta por los siguientes elementos: Puerta en arco de medio punto con dovelas de granito. Encima de esta puerta y enmarcado por alfiz gótico campea el escudo de los Solís (bajo un yelmo de caballero, figura de sol con dieciséis rayos y cabezas de serpientes mordiendo ocho de sus rayos). En la parte superior del alfiz tenemos una ventana. En el lado izquierdo del alfiz vemos una gárgola. En la zona más alta de esta fachada y escoltado por dos ventanas en arco rebajado, hay un matacán cilíndrico sujeto por tres mensulones con aspilleras en forma de cruz. El más destacado miembro de la familia Solís fue don Gómez de Solís que nació hacia el año 1410 en el seno de una familia noble cacereña siendo el segundo de cinco hermanos. Por eso al cumplir 25 años se vio obligado a marchar a Madrid a buscar fortuna. En la Corte tuvo un gesto de valor, al dar muerte a un toro que había puesto en aprieto a uno de los lidiadores. El Rey, Enrique IV de Trastamara, que estaba presente, le recompensó nombrándole privado suyo y más tarde, en 1458, Pio II le concedió ser “Maestre de Alcántara”. Fue muy criticado por su gestión, ya que faltaba con frecuencia a su palabra y además favoreció mucho a sus familiares.

También fue protagonista en la guerra civil de la Orden. Todo comenzó en la boda de su hermana Juana, en la que el Clavero de la Orden, Alonso de Monroy, avergonzando al novio al ofrecerse a luchar con él, y porque le dejó maltrecho en una pelea. Monroy fue preso y llevado a Alcántara, de donde escapó, comenzando, junto a sus partidarios, una guerra contra el Maestre. Murió en el castillo de Magacela en 1473, fue enterrado en el convento de San Francisco de Cáceres.

Accedemos por la portada en arco de medio punto al interior de la Casa del Sol, tras pasar el zaguán pasamos al interior del edificio residencial. Frente a la puerta de entrada una elegante escalera de cantería permite el acceso a los pisos superiores. En un lateral de la entrada, en un nivel más bajo, pasamos a un bello patio cuadrado muy bien proporcionado con dos niveles. El claustro o patio bajo sobre arcos de medio punto sostenidos por columnas con capiteles jónicos de volutas con motivos figurativos y el superior con capiteles en forma de elegantes zapatas decoradas con rosetas y otros motivos vegetales y elegante balaustrada. Por una puerta de medio punto de cantería, pasamos a otros salones cubiertos con bóveda de aristas de ladrillo. Estancias que en su día se utilizaron como almacenes y, actualmente, han sido rehabilitadas para construir la capilla de los misioneros de la Preciosa Sangre. En esta estancia está el pasadizo que permite el acceso desde la Casa del Sol a la iglesia de San Mateo, aún practicable y en uso diario. En un nivel aún más bajo, hay otros dos patios, uno de ellos claustrado de arquerías de medio punto con columnas toscanas y arcos escarzanos con el paramento ornamentado con azulejos talaveranos de hacia 1910. En el otro patio se conservan algunos restos de acarreo, concretamente columnas, capiteles y un ara romana de granito que por el tipo de letra regular con remates triangulares parece corresponder a los primeros siglos del Imperio y en la que puede leerse: “Pellius/ Bouti f(ilius)/ (…)”.

Volviendo a la entrada principal, en uno de los descansos de la subida de la escalera, nos encontramos con un interesante Crucificado del siglo XVIII sobre cruz de gajos, perteneciente a los bienes muebles del legado del Marqués de Ovando. Un valor adicional, íntimo, presenta este Crucifijo con paño de pureza abultado y anudado en la cadera izquierda de Jesús. La pieza es obra de hondo dramatismo. Cristo acaba de expirar. La cabeza, tocada con corona de espinas descansa con cierta serenidad sobre el hombro derecho, tórax y abdomen, de perfecto tratamiento anatómico, aparecen todavía contraídos por el dolor y la sangre aparece localizada y contenida en las heridas habituales.

En torno a la galería superior, cuelgan cuadros realizados al óleo sobre lienzo con las representaciones de San Francisco de Asís y la Negación de San Pedro, ambos correspondientes a los años finales del siglo XVII. Concretamente el cuadro de la Negación, reza en un rótulo en un lateral del mismo lienzo: “Negación de S. Pedro”. El cuadro es un fiel reflejo del momento en el que una mujer le pregunta a San Pedro si era uno de los que acompañaba a Cristo y él lo niega, por tanto la escena carece de toda intensidad y emoción, aún no se ha producido la expresión doliente del Santo. Recordamos que este tema iconográfico se refiere al arrepentimiento de San Pedro tras haber negado a Jesús por tres veces antes de que cantar el gallo, como se lo había advertido Cristo. En efecto, cuando San Pedro tiene esa debilidad se acuerda de que ya le había sido anunciada por Jesús, por lo que el apóstol salió al exterior y lloró amargamente: “Et egressus foras Petrus flexit amare” (Lc. 22, 62). Tras el Concilio de Trento abundarán las representaciones de este tema pues resulta elocuente de la importancia del arrepentimiento como aspecto sustancial del sacramento de la Penitencia. Se pensará también genéricamente en San Pedro, como pontífice de la Iglesia, pero de un modo especial por su condición de singular arrepentido.

El salón principal está rodeado de cuadros que representan a representantes del marquesado de Ovando. En uno de ellos se representa a don José Francisco de Ovando y Ovando, Marqués de Ovando, según reza en un escrito pintado en el mismo cuadro y coronado por el escudo de armas del Marqués: “Dn. Joseph Francisco de Ovando y Ovando, Solis y Rivadeneyra, Marqués de Ovando, Teniente Coronel del Regimto, de Ynfanteria de la Princesa, como de su Segundo Batallon, y de las Armas del Canton, y Excolta de Algexiras”.

El artista nos facilita la fecha en una hoja de separación de un libro que el propio artista ha pintado en el lienzo: “Agosto de 1784”. Otorgó testamento en Madrid el 17 de octubre de 1793 (Archivo Casa del Sol).

Preside la estancia un magnífico cuadro en el que se representa a la religiosa Sor María Manuela Bárbara, en el inferior del cuadro reza: “La R. M. Sor Maria Manuela Barbara del SSmo. Rosario Religiosa de Velo y Coro del Conv. de Dominicas de la Ciudad de la Puebla, hija lexitima del Muy Ilustre Sor. Fran. Jose Ovando y Solis, Marquez de Ovando, Gefe de España de su Armada y de la Ilustrisima Sra. Maria Barbara Ovando y Rivadeneyra, Profesó solemnemente el dia 29 de Henero de 1786 de edad (..) 17 meses y 9 dias”. Cautivador retrato de una religiosa dominicana adolescente. Su carácter realista se acentúa con un claroscuro rotundo que modera el hábito y los accesorios, y que se suaviza en la delineación de los delicados rasgos fisonómicos de la modelo, tanto en el rostro, en las manos. Figura de cuerpo entero recortada sobre un fondo neutro, posando con las manos sobre un libro abierto. Entre la sencillez del aparato escénico, cobra fuerza e intensidad la expresión de su mirada hacia el espectador, así como la captación de la textura de sus atuendos. El gesto de las manos sobre el libro abierto sugiere una promesa o una evidencia de su condición.

Un óleo sobre lienzo barroco del último tercio del siglo XVIII que representa a María Manuela Bárbara, cuando era niña, la misma que aparece en otro óleo sobre lienzo, ya como religiosa dominica. El modelo de este retrato es una niña en un vestido y pañales de encajes con gorro a juego. Reposa sobre un cojín. Parece que el niño está herméticamente fajado, se le vestías y no sólo para que estuviera tranquilo sino también para dar forma a su cuerpo y evitar las malformaciones de sus piernas. Hasta finales del siglo XVIII no desapareció esta fajadura de los niños de pecho, realmente poco higiénica, ya que siendo trabajoso el fajado, sólo se cambiaba los niños dos veces al día. Las mujeres aristócratas que no amamantaba a sus hijos, tenían embarazos más seguidos que las mujeres que eran nodrizas o las mujeres del pueblo, quienes alimentaban ellas mismas a sus hijos; la duración de la lactancia y los tabúes a su alrededor espacial a los nacimientos. La lactancia mercenaria así como toda aquella farmacopea contra el ablandamiento de los senos, testimonian los cuidados que las mujeres practicaban para proteger sus pechos. Por el contrario parece que su contorno de cintura estaba sujeto a constantes fluctuaciones impuestas por los continuos embarazos y que la moda ajustada no era muy propicia para este tipo de situación.

Al lado, un óleo sobre lienzo que representa a Cristo con la cruz a cuestas, obra del siglo XVIII. La escena presenta el busto de Cristo cargando con la cruz, con corona de espinas en la cabeza. Es una obra tenebrista.

En otra sala hay tres óleos sobre lienzo que representan un Ecce-Homo, un Calvario, y un San Miguel Arcángel. En este tema iconográfico se nos presenta a San Miguel en el momento en el que va a combatir al dragón apocalíptico o Satanás, que no aparece en escena en el cuadro. El Arcángel va provisto de una anacrónica coraza dorada con remates ondulados. Empuña una larga y fina cimitarra o alfanje con la mano derecha y en la otra lleva un escudo oval adornado con las siglas Q.S.D., abreviaturas de la frase latina Quis sicut Deus (Quién como Dios) que alude a su preeminencia entre los espíritus celestiales. Su participación en la divinidad también está representada por el color dorado de sus rizados cabellos enmarañados, que cubren una pequeña cabeza y forman bucles en las puntas. Lleva una gran falda de color rojizo policromada y con adornos también dorados. Sus dos alas explayadas surgen de un ceñido jubón desde el que sale el ampuloso faldellín. De estilizada y frágil figura.

En la representación del Ecce-Homo se nos muestra un Cristo coronado de espinas, todo mansedumbre y resignación. Aspecto que se transmite a la disposición relajada de las manos sosteniendo la caña. La simplificación del tema y la expresión ausente y ensimismada, preludio del sacrificio, coadyuvan a un intenso sentimiento de compasión por parte del fiel. El manto, sujeto en el hombro izquierdo, cae en blandos pliegues curvilíneos, dejando ver una anatomía enflaquecido a, pero tratada con vibrante luminosidad que contrasta con la semipenumbra en la que se sumerge la figura de Cristo, rodeada de suave contraluz. Es obra del siglo XVIII.

Alrededor del cuadro de la escena del Calvario puede leerse: “DICE MARIA ATENDED AI DOLOR SEMEXANTE AMI DOLOR: IGNACIO JOSEPH DE THENA. AÑO DE MDCCIX” Por tanto, es obra del pintor Ignacio José de Tena, activo en el siglo XVII. Encontramos ante la dramática representación del calvario ocupando que esto el centro de la escena, a un lado la Virgen y al otro San Juan Evangelista que, con sus volados paños incorporan un dinamismo a la vez movido pero con sobriedad y contención compositiva y equilibrio, mientras la figura de la Magdalena a los pies de la Cruz está concebida como complemento compositivo y pieza de unión entre los distintos ángulos del grupo. Un ángel aparece en escena portando un cáliz que acerca hacia el cuerpo de Jesús para recoger la sangre que brota del costado. En su tratamiento pictórico el artista tiene presentes las calidades de carnación y ropajes con los colores tradicionales resueltos con notable economía, buscando más el contraste que la cantidad y el efectismo.

En la actualidad en la biblioteca y en un armario de nogal del siglo XIX decorado ricamente se conserva un importante archivo con documentos sobre linajes cacereños, integrados en 25 legajos, cada uno de los cuales ocupa un cajón, e interesantes legajos de los siglos XVI al XVIII de América y Filipinas, que fueron clasificados por el eminente historiador don Simón Benito Boxoyo en 1801. El Inventario de los bienes de la familia Ovando-Solís fue revisado y realizado por el padre Superior de los Misioneros de la Preciosa Sangre don Evelio Tábara Delgado en el mes de diciembre del año 1970. El archivo representa un ejemplo típico de archivo señorial, resultando de la fusión de los archivos de casas señoriales cacereñas: Ovando, Solís, Rol, Figueroa, Topete, Rocha, Paredes y Cotrina, que fueron afluyendo a través de los años en la familia Ovando-Solís, ennoblecida por el rey Carlos III con el marquesado de Ovando. El último Inventario de los Fondos Documentales del Archivo señorial de la Casa del Sol, fue realizado por don Pedro Rubio Merino, Académico de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes ya que los inventarios realizados con anterioridad quedaron incompletos, datando el documento más antiguo en el año 1409, se trata de la carta de propiedad de la dehesa de la Hinojosa y el documento más moderno corresponde al año 1862.

El Archivo de la Casa del Sol (marquesado de Ovando) recoge los enlaces matrimoniales, el origen y desarrollo de los mayorazgos, su historia, las propiedades desde del siglo XV, las disposiciones testamentarias de la familia, así como la rica colección de árboles genealógicos. Siendo de especial interés los expedientes de limpieza de sangre, las informaciones de nobleza e hidalguía previas para ser nombrados caballeros, así como ejecutorias reales, sentencias, cartas de hidalguía, partidas de bautismo y matrimonio, documentos relativos a las Órdenes Militares de Santiago, Alcántara y Calatrava. Además, ostentaron el patronato sobre iglesias, capillas, casas.

Entre los documentos destacamos el testamento de don Juan Durán de Figueroa por el que funda el convento de la Purísima Concepción de Cáceres y un Patronato afecto al mismo (3 de abril de 1505);

Entre las posesiones destacamos la carta de partición de tierras en la Torre de Mayoralgo entre Leonor Sánchez y Sevilla Blázquez (pergamino, 2 de julio de 1494); carta de censo sobre una huerta al cuarto del Guadiloba a favor de Gómez Rodríguez (10 de septiembre de 1536); carta de propiedad de una viña en las Matas de Ribera y Nidos (24 de octubre de 1640); carta por la que Juan de Orellana promete a Francisco Gutiérrez la mitad de un tercio de la dehesa del Pozuelo, a condición de casarse con su hija María de Orellana (19 de febrero de 1494); carta de donación de unas casas al horno de Corbacho otorgada por Diego Ojalvo y su mujer a su hija Catalina García para su dote (31 de agosto de 1589); escritura de compra de la casa “Colegio Viejo” en la Cuesta de la Compañía (perteneció a los jesuitas, 12 de agosto de 1794); carta por la que el convento de San Pablo dona a Francisco Gutiérrez de Ovando una casa en la collación de San Mateo (1 de marzo de 1502); carta de venta de unas casas en la judería vieja por Juan de Osma a Francisco Valdivieso; escritura por la que la villa de Cáceres hace merced de un colmenar en la Sierra de San Pedro a Francisco Gutíérrez (11 de enero de 1761); títulos de propiedad del asiento de Moscardiel en el heredamiento de las Seguras (4 de mayo de 1751); cartas con títulos de propiedad y derechos sobre diversas viñas en Cáceres, Casar y Alcántara (de 1489 a 1550); cartas con títulos de propiedad sobre diversas tierras en Torremocha (1532-1630); título de propiedad de la Colada del Salor, de la que el Ayuntamiento hizo merced a don Gutierre Solís Ovando el 3 de marzo de 1702; carta de propiedad de un molino en el río Almonte y una casa en la plaza de Cáceres (30 de mayo de 1557); títulos de propiedad de diversas tierras en la Sierra de San Pedro, Aldihuela y Torremocha (1524-1733) y tierras en Malpartida (27 de diciembre de 1489); cartas con títulos de propiedad o derechos sobre las dehesas de Campillo, Gallegos, Dehesilla, tierras en Aldea del Cano, dehesas del Carrascal, del Espadero, fuentes del Cobo, Patillas, Campo de Alcántara, Valdemarra, Santa Leocadia, Collado, Carrizos, Arroyo de la Higuera, Borricopardo, Castillejo de Salor, Casas del Carrasco, Palilla, Coraja y Mingajila de Ulloa (1482 a 1612); cartas de propiedad y derechos sobre las dehesas de Guadalperal, Campillo del Roma, Arenal, Sancho Gil, Ramogil y Matallana (1463-1588); títulos de propiedad y derechos sobre casas, solares y censos en la villa de Aliseda (1522-1614); cartas de propiedad y derechos sobre censos, casas, huertas y dehesas de la Cintada, Olmillo, Campo de Braceros, Castillejo del Salor y Ruelmito (1526-1622); carta de propiedad y derechos sobre las dehesas Hinojosa, Galindo, Garguera, Canalejas, Mingagila, Suertes de Rocha, Patilla, Seguras y Mogollones (1409-1532); inventario de bienes que Francisco de Ovando Figueroa poseía en Aldea del Cano (9 de noviembre de 1580); cartas de propiedad y derechos sobre la dehesa Palacio de la Golondrina (17 de abril de 1524); cuentas del hospital de Sierra de Fuentes que pertenecía al patronato de la casa Cotrina-Topete (21 de febrero de 1721) y de la misma casa los títulos de propiedad y derechos sobre casas, viñas, tierras y dehesas de Casas de Carrasco, Higuera, Muelo, Huerta y Acera (1502-1761); escrituras de propiedad y derechos sobre molinos, casas y tierras de pan sembrar y sobre las dehesas de Gómez Nuño de Abajo y la Canaleja (1476-1629).