Oct 011999
 

Francisco Rivero.

Cronista Oficial de Las Brozas

Como todos sabemos, San Pedro de Alcántara, del que este año se cumplen los 500 años de su nacimiento, no es sólo patrón de la diócesis de Coria-Cáceres y co-patrono de Extremadura, sino que también lo es de la diócesis de la ciudad brasileña de Petrópolis y de toda aquella nación junto a Nuestra Señora Aparecida. Este es el argumento básico de esta ponencia, a la que hay que añadir algunas obras de arte dedicadas a nuestro santo patrón en otras partes del continente, así como los topónimos a él dedicados en aquellos extensos territorios.

San Pedro nació en Alcántara en 1499 y murió el 18 de octubre de 1562 en Arenas de San Pedro (Ávila). Fue beatificado por Gregorio XV en 1627 y canonizado por Clemente IX. Clemente X extendió su culto a la Iglesia universal en 1670.

San Pedro de Alcántara es patrón de Brasil desde 1826. La razón se debe a un deseo personal del primer emperador brasileño, Don Pedro de Alcántara, conocido como Pedro I y Pedro IV de Portugal. Prefirió dejar Brasil y abdicar en su hijo, Pedro II de Brasil (1825-1891), que tenía por nombre completo Pedro de Alcántara, Juan, Carlos, Leopoldo, Salvador, Bibiano, Francisco, Javier de Paula, Leocadio, Miguel, Gabriel, Rafael y Gonzaga. San Pedro es también patrón de la diócesis de Petrópolis junto a Nuestra Señora del Amor Divino, por la importancia que supuso para Pedro II la creación de Petrópolis como ciudad imperial.

De Pedro II se conoce que era amante de las letras y de las artes, más que de las armas y de la guerra. Durante 15 años fue educado sin la presencia de su padre, que abandonó Brasil, empujado por los brasileiros que le consideraban un portugués. Educaron al “Menino Emperador” hasta la edad de 15 años, en que le preguntaron si quería emanciparse y ser mayor de edad, a lo que el joven respondió la histórica frase “Quero já”. Reinó pacíficamente durante 58 años en un enorme y único país, que fue la herencia lusoamericana, en contra de la herencia hispanoamericana, que se fragmentó sangrientamente en numerosas repúblicas.

La ciudad de Petrópolis

La ciudad de Petrópolis está situada a unos 70 kilómetros al norte de Río de Janeiro, a una altitud de 800 metros sobre el nivel del mar. Para llegar hasta allí hay que recorrer una sinuosa y encantadora carretera que nos lleva a lo alto de la Sierra de la Estrella. Por la carretera se pueden ver deliciosas cascadas al mismo borde como pude comprobar durante mi visita hace unos 20 años.

El clima de la zona es tropical de altitud y su temperatura varía de los 14 a los 23 grados, ideal para calmar el calor pegajoso de la gran ciudad de Río, por eso fue elegida por el emperador y su familia para pasar las temporadas veraniegas y vacacionales. Hoy su población ronda los 300.000 habitantes para una superficie de 853 kilómetros cuadrados, dividida en cinco distritos: Petrópolis, Cascatinha, Itaipava, Pedro do Rio y Posse.

Los límites geográficos de su término municipal confinan con Areal San José del Valle del Río Preto, Teresópolis, Guapimirim, Magé, Duque de Caxias, Miguel Pereira, Paty do Alferes y Paraiba del Sur. En 1981, Petrópolis recibió el título de “Cidade Imperial”.

Los orígenes de Petrópolis

Vamos a ver otras informaciones importantes sobre esta singular ciudad, la única con rango imperial de todo Brasil:

En 1725, un tal Bernardo Proença concluía la ardua tarea de abrir el camino “Atalho don Caminho Novo”, que fue pagado a expensas del Gobierno. Por esta zona, bien por herencia, bien por compras a tercero se creó una enorme finca, la llamada “Corrego Seco” (“Arroyo Seco”). Fue uno de sus propietarios Manuel Vieira Afonso, quien en 1756 residió en la denominada Sierra Ácima. El 7 de abril de 1806 se inauguraba el oratorio de Santa Ana. Por esta época la zona ya comenzaba a ser frecuentada debido a la construcción de una carretera minera.

Era el año de 1822 cuando Don Pedro I realizó la primera de sus numerosas visitas a la hacienda del Padre Correa, donde hoy se encuentra el distrito de Correas. Ocho años más tarde, el emperador intentó comprar la hacienda después de haber fallecido Correa, pero sus familiares le sugieren que compre la finca vecina, llamada Corrego Seco, donde ahora está el mismo centro de Petrópolis. Estamos en el año de 1830. Sin embargo no consigue realizar su sueño: Construir en la sierra el Palacio de la Concordia, pues la abdicación del emperador al año siguiente anula el proyecto de la construcción de una residencia de verano en este lugar.

En 1837, el mayor Julio Federico Köeler, de origen alemán, y profesional del Imperial Cuerpo de Ingenieros, estaba reconstruyendo la carretera de la Sierra de la Estrella, trajo 228 colonos alemanes llegados al puerto de Río de Janeiro para trabajar en las obras de la variante de la carretera de la sierra. Entonces surgió la idea de fundar una colonia germana en esta hacienda de Corrego Seco. El Gobierno brasileño estimuló, desde entonces, la colonización extranjera.

El emperador firmó un decreto por el que el 16 de mayo de 1843 fundó definitivamente Petrópolis. En junio de 1845 llegó por primera vez un grupo de colonos a la zona que llamaban “Hunsrueck”, del Reno-Mosela. Ya eran 2.300 vecinos, de los que unos 1.200 eran niños y jóvenes menores de 18 años. Los colonos eran oficiales de buenos oficios, zapateros, carpinteros, herreros, cocineros y también músicos, pero muy pocos labradores. El 20 de mayo de 1846 el simple curato de Petrópolis recibió el título de parroquia, adscrito a la villa de Porto da Estrela. El 30 de junio de ese año se rezó la primera misa católica. Fue una misa campestre, pues no había iglesia. El oficiante fue monseñor Caetano Bedini. Asimismo, el 19 de julio, el pastor protestante Avé-Lallement celebró un oficio divino. Poco después se levantaría un pequeño oratorio. Con el tiempo se construyó una iglesia matriz con un proyecto de Köeler, que lo mismo servía para el culto católico que para el protestante.

En mayo del año siguiente, el sacerdote Francisco Antonio Weber, especialmente contratado en la diócesis de Estrasburgo, vino a realizar su misión pastoral.

Pero fue en 1848 cuando se inauguró la iglesia matriz dedicada a San Pedro de Alcántara, santo Patrono de la familia imperial y de la población. Durante el verano, Sus Majestades ocupaban el ala noble del palacio que se levantaba al mismo tiempo, e inauguraba así sus veraneos, que no era nada raro que durasen entre cuatro y seis meses. Por eso, Petrópolis es elegida residencia de verano de la corte en 1850.

Las obras continúan en la población y en su comarca y cuatro años después llega por primera vez el ferrocarril a la zona, cuando en 1854 quedó inaugurada la vía del tren Barón de Mauá, primer ferrocarril brasileño y que unió el puerto de Guia de Pacobahyba (hoy Puerto de Mauá) y las mismas faldas de la Sierra de Petrópolis.

En 1857, Petrópolis es elevada a la categoría de ciudad. Cuatro años más tarde se construye la primera carretera del país, la carretera Unión e Industria. El 12 de marzo de 1876 fue un día festivo para Petrópolis, ya que se inauguraba el Hospital de Santa Teresa, en el predio allí existente, al mismo tiempo que se celebraba el acto de colocar la primera piedra de la iglesia de San Pedro de Alcántara en el paseo del mismo nombre, terreno ya diseñado en 1843 en el plano por el urbanizador Köeler. La zona de Quitadinha estaba muy animada, incluso por la noche, ya que se habían colocado farolas iluminadas por gas.

Un nuevo templo

La idea de levantar un nuevo templo se debió a la Princesa Isabel, que se entusiasmaba por las fiestas y encuentros literarios. Se aprovechó la estancia del emperador en Europa y se encargó el proyecto a Federico Roncetti, de Roma (16 de febrero de 1877). El arquitecto presentaba un majestuoso edificio, estilo neorrenacentista, con una imponente cúpula, y de planta de cruz griega. Sin embargo fue considerado demasiado pomposo para los pobres recursos petropolitanos. Y claro no se construyó

En 1883 se inauguró el primer tren serrano de Brasil, el denominado Príncipe de Gran Pará. Al año siguiente comenzaron las obras de la nueva catedral de Petrópolis, la de San Pedro de Alcántara, que sustituyó a la primera iglesia, que se encontraba enfrente del Palacio Imperial. Esto supuso un enorme cambio para la ciudad, tanto que el obispado que tenía su sede en la capital del Estado, Niteroi, se traslada a Petrópolis en 1897 y se queda en ella hasta 1908.

Exilio del emperador

Con la proclamación de la República en 1889, el emperador y su familia fueron exiliados de Brasil. Los acontecimientos políticos que llevaron a proclamar la República y el proceso de consolidación del nuevo Gobierno no fueron tiempos propicios para la construcción del templo alcantarino. En 1904, Petrópolis se convirtió en la capital del Estado de Río de Janeiro, trasladándola desde Niteroi. Este título lo ostentó hasta 1903; es decir, sólo nueve años. Fue también en 1903 cuando se firmó el Tratado de Petrópolis, por el cual la región de Acre es anexionada a Brasil y al año siguiente, el Palacio de Río Negro se convierte en la residencia oficial de los presidentes de la República.

No fue hasta 1928 cuando se inauguró la primera autopista asfaltada del país, la denominada Rodovia Washington Luis.

Definitivamente el 5 de diciembre de 1939, en presencia del presidente de la República, el doctor Getulio Vargas, de la familia imperial y de altas autoridades civiles y militares se celebró la solemne inauguración del mausoleo imperial en la catedral y el enterramiento de los restos de Don Pedro II y de su esposa, la emperatriz Doña Teresa Cristina. El 6 de julio de 1953 eran los restos de la Princesa Isabel y de su esposo, los que se enterraron también allí, en presencia del entonces presidente de la República, general Garrastazu Médici y de altas autoridades religiosas, civiles y militares.

El 13 de abril de 1946, el Papa Pío XII promulga la bula “Pastoralis qua urgemur” por la que crea la diócesis de Petrópolis, siendo su primer obispo monseñor Manuel Pedro da Cunha Cintra, que tomó posesión el 25 de abril de 1948.

Un paseo por la ciudad

Un paseo por la ciudad, nos sugiere la visita a dos de sus grandes monumentos: El Museo Imperial, el Palacio de Quitadinha y la Catedral de San Pedro de Alcántara, sin olvidarse de los numerosos palacios y otros museos, como el de Armas y el de la Casa del Colono.

El Museo Imperial fue el antiguo palacio de verano del emperador Don Pedro II, quien lo mandó construir en 1845. Es de estilo neoclásico y tiene una interesantísima colección de objetos referentes al imperio brasileño, entre las que destacan la corona imperial, cincelada en oro y orlada con 640 brillantes de la región de Minas Gerais. Hoy también es una valiosa pinacoteca con obras de artistas brasileños y extranjeros. No hay que dejar de ver los preciosos jardines, proyectados por el paisajista francés Jean Baptiste Binot, con plantas exóticas y árboles de la flora nacional

No quiero dejar de mencionar la escultura que en yeso que de San Pedro de Alcántara se halla en el Museo Imperial, antiguo palacio del emperador. Sus dimensiones son de 1,90 metros por 0,68. Su estado de conservación es bueno. Se trata de una imagen en la que el santo se le ve de pie y de cuerpo entero, con la cabeza y el tronco ligeramente vuelto hacia la izquierda. Tiene los ojos hacia lo alto y las manos cruzadas a la altura del pecho. Tiene el hábito de los Padres Menores y los pies descalzos. La peana es rectangular y es de madera. La estatua fue restaurada para la exposición de “50 años de la creación del Museo Imperial”, inaugurada el 29 de marzo de 1990.

Quitadinha, es un palacio que albergó al casino de la ciudad hasta que fue prohibido el juego en todo el territorio nacional. Hoy se puede visitar prácticamente todos los días de la semana desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. La construcción se levantó en 1944 con un estilo normando y ocupa un área de 50.000 metros cuadrados. Tras su desaparición como casa de juego fue dividido en 440 apartamentos y vendidos a particulares, sin embargo se puede visitar las zonas comunes.

Su impresionante interior está decorado por la americana Dorothy Drape, donde el visitante podrá encontrar fuentes con juegos de agua, viveros de pájaros, espejos biselados, cristales y bronces artísticos y mármol de Cárrara. El Salón Mauá destaca por una sorprendente obra arquitectónica: Una bóveda sin sustentación ninguna, con 30 metros de altura y 50 de diámetro. En el exterior, un lago con un espejo de agua de 18.000 metros cuadrados, contornea el mapa de Brasil.

La catedral

Saliendo del Museo Imperial, basta seguir por la calle Emperatriz y subir la de Raúl de Leoni para doblar a la izquierda y llegar a la catedral de San Pedro de Alcántara, mandada levantar en 1884 por orden del emperador Don Pedro II

Enfrente del Palacio Imperial había ya una primera iglesia, pero en 1871 la asamblea Provincial aprobó la construcción de una nueva, sin embargo no fue hasta 1882 que por sugerencia del gobernador provincial, Bernardo Gaviao Peixoto se le pide al arquitecto Francisco Monteiro Caminhoa un nuevo diseño para esa iglesia que se quiere construir y que debería ser de estilo gótico. Entonces se nombra una comisión para las obras, comisión que nace en el año de 1883, integrada por más de doce personas, entre ellas Condes y Barones.

El 18 de enero comenzó a trabajar la comisión, que aprobó el proyecto al mes siguiente. El Gobierno provincial abre una cuenta especial, que encabeza la familia imperial, seguida de miembros de la comisión, la empresa que construye el ferrocarril Gran Pará y otras personalidades. Se requiere más espacio del necesario y se compra un terreno al Barón do Flamengo.

El 10 de abril comienzan las obras de aterrazamiento y aplanamiento del terreno. Se desvía el cauce de un arroyo cercano y se canaliza antes del 16 de junio y en octubre se coloca la primera piedra. No fue hasta el 18 de mayo del año siguiente, cuando en presencia de los emperadores y de sus hijas las princesas cuando se colocó la segunda piedra fundamental sobre la primera colocada ocho años antes en el altar mayor.

Tras la revolución que depuso al emperador se forma el nuevo Estado en forma republicana y no fue hasta 1901 cuando se recomienzan las obras de la catedral. Se hizo con un mausoleo dedicado al emperador magnánimo Don Pedro II. Años más tarde, en 1914, el arquitecto Héctor da Silva Costa fue convidado a estudiar el proyecto para la conclusión definitiva del templo, dentro de las disponibilidades económicas de la parroquia. La prensa comienza a interesarse por las obras eternas del nuevo templo. Alguna revista, como “Eu Ser Tudo” ironiza en mayo de 1918, ilustrando una de sus páginas con una foto de “las grandiosas ruinas de un monumento que no se construye…”. Las paredes no tenían más de dos metros de altura, el comienzo de algunos arcos, pero todo a merced del viento, el agua y la destrucción.

Concluida la Gran Guerra Mundial de 1914 a 1918, se despiertan los ánimos de las autoridades y de los ciudadanos de Petrópolis para de un nuevo ataque recomenzar las obras dejadas. Deja de construirse con granito y se empieza con argamasa de cemento. Fueron años de duro trabajo, desde 1918 a 1925.

Fue el 29 de noviembre de este último año cuando se inaugura solemnemente la nueva catedral y se la bendice. Se traslada hasta allí el Santísimo Sacramento. La vieja iglesia parroquial es demolida enseguida.

Empieza ahora una nueva tarea, la de terminarla en los detalles y en colocarle los vitrales. En 1928, monseñor Francisco Gentil Costa firmó un contrato con la firma Champigneulle de París para construir dos ventanales, vitrales que llegaron a Río de Janeiro en junio de 1933 a bordo del barco “Campana”. Era su acompañante un padre salesiano.

El templo recibió en 1929 una inyección monetaria al recibir en testamento los bienes y joyas de la baronesa de San Joaquín, protectora del templo, quien se desvelaba por los trabajos de Champigneulle y de Juan Magrou, el escultor que esculpió las estatuas del emperador para su capilla mortuoria. Ese mismo año hubo una fuerte polémica para revisar las recién concluidas obras de la catedral, especialmente la fachada, con mejoramientos técnicos por parte de los nuevos arquitectos.

A finales de año se inauguraba el altar y mausoleo de la capilla mortuoria de los emperadores, ya que nueve años antes se había aprobado traer los restos de la familia imperial de Brasil para enterrarlos en la nueva catedral de la ciudad de Petrópolis. Los despojos reales llegaron a Río de Janeiro el 4 de diciembre de 1925.

Se esperaba la ayuda del Gobierno Federal. El vicario hizo grandes esfuerzos por conseguirlos y hasta tuvo que intervenir el príncipe heredero, llamado también Pedro de Alcántara, y que fallecería en 1940, para decir públicamente que el Gobierno republicano de Brasil era indiferente ante la solicitud de construcción de una capilla funeraria en los jardines del palacio imperial.

En 1960, el entonces obispo de la diócesis comenzó una nueva campaña para rematar y concluir definitivamente las obras de la catedral dotándola de una esbelta torre que termina con una estilizada flecha, inspirada en la Santa Capilla de París, encargándosela a la firma Capua y Capua, de Río. Las obras concluyeron en septiembre de 1963. Y faltaban las campanas. Se encargaron cinco en total, con nueve tonos, a una empresa de la ciudad alemana de Passau. Las campanas fueron colocadas en diciembre de 1969 y al concluir ese año se dieron por terminadas las obras de la Catedral de Petrópolis. La mayor de todas, llamadas San Pedro de Alcántara tiene una resonancia que dura 200 segundos.

Descripción de la catedral

Se trata de un edificio construido con un estilo gótico francés del siglo XVIII a base de piedra y cantería de granito. En su interior hay obras esculpidas en mármol de Cárrara. Sus dimensiones son: 36 metros de largo por 22 de ancho. El largo del transepto es de nueve metros. La altura de la bóveda central alcanza los 19 metros y sólo diez la de las naves laterales. La altura total de la torre supera los 70 metros.

La fachada apunta al estilo gótico francés, con la enorme torre. Un rosetón también gótico se recorta en el tímpano de la enorme puerta, donde se hallan colocadas las estatuas de los cuatro evangelistas realizadas por el escultor Adán Bordignon en 1935. Más abajo, la enorme puerta de madera de 8,20 metros, metalizada, y trabajada en una madera originaria de Rusia, y realizada por los alumnos aprendices de carpinteros de la ciudad de Sao Paulo, sobre el diseño del maestro Glash Veiga. Las dos hojas de la puerta tienen un peso que supera los 2.400 kilos.

Una escultura policroma, realizada en cemento por Adán Bordignon en 1934, y que representa la Ultima Cena, da la bienvenida al visitante.

A la derecha, tras pasar la entrada principal se encuentra la Capilla Imperial, cuyo altar está trabajado en bronce, mármol y ónice. Allí están los restos mortales de D. Pedro II, Doña Teresa Cristina, representados en sendas estatuas yacentes, obras del parisino Juan Magrou. Los paneles laterales fueron decorados por el escultor León Veloso. El monumento pesa unas tres toneladas de mármol italiano de Cárrara. En la capilla también se conservan los restos de la Princesa Isabel y de su marido el Conde D’Eu, llevados allí en 1971. El trabajo fue esculpido por H. Cozzo. En la capilla hay un altar de estilo neogótico con reliquias de San Magno, Santa Aurelia y Santa Tecla, llevadas desde Roma por el cardenal Sebastián Leme. Además de una cruz de granito negro de Tijuca. Las obras fueron encargadas a la compañía Bertozzi de Sao Paulo y los ventanales fueron ejecutados por C. Alberto, de Río de Janeiro, según la orientación artística del pintor Carlos Oswald. Este fue el que se encargó de los cuadros que explican la historia del rey: “Proclamación de Don Pedro II como emperador” y “Exilio de los emperadores”.

A los pies, entre los pilares de la torre campanario, se halla el gran órgano, regalo de la señora Olga Rheingantz. Es un instrumento de 33 registros, distribuidos en tres teclados, con 2.227 tubos, que miden entre los 29 centímetros y los siete metros. En su interior hay un cableado eléctrico que supera los 15 kilómetros. Fue construido en Río de Janeiro por la firma G. Berner e instalado en la catedral en febrero de 1937.

En su interior, el templo se divide en tres naves, que sustentan cinco esbeltos pares de columnas góticas, de gran sencillez, siguiendo la estética de los templos franceses de Normandía de los siglos XII y XIII. Los ventanales son también de estilo gótico, destacando los vitrales construidos por Champigneulle en París, que destacan por sus vivos colores y claridad de diseño. El resto de los cristales fueron construidos en Sao Paulo. También sobresale el vitral de la capilla de Transepto, hoy de Nuestra Señora y antes de Santa Teresa. Es un gran ventanal realizado por Sorgenicht en 1936. Allí mismo está la Sagrada Familia esculpida en mármol de Cárrara por Jean Magrou

También de este escultor francés es la imagen de San Pedro de Alcántara, de mármol de Cárrara, de 2,80 metros y 2,5 toneladas. La estatua sigue como modelo la realizada en la iglesia de San Francisco de Bahía.

En la girola se abre la puerta de la sacristía, que está flanqueada por dos lápidas funerarias donde se hallan los restos del obispo de Niteroi Francisco Rego (1897 – 1901) y del obispo Juan Francisco Braga, de Petrópolis (1902 – 1908). En el recinto de la sacristía, normalmente cerrado, se encuentran don interesantes cuadros: “La coronación de espinas”, del fin del siglo pasado, y “Retrato de don Manuel Pedro, Obispo de Petrópolis”, de 1949.

La catedral de San Pedro de Alcántara puede ser visitada de 8 a 12 y de 14 a 18 horas, según indican los horarios actuales.

EL MUSEO DE SAN FRANCISCO DE SANTIAGO DE CHILE

La iglesia y el convento de San Francisco de Santiago de Chile son testimonios de la historia artística durante el período colonial. Su arquitectura de los siglos XVI y XVII presenta elementos que han permanecido en la arquitectura chilena tradicional, como son los techos cubiertos de tejas, los corredores y los patios interiores.

Fue en el año 1553 cuando llegaron a Santiago de Chile los primeros franciscanos, tras seguir el propósito de “fundar el convento e iglesia para la doctrina de españoles e indios”. Los franciscanos fueron la segunda orden que llegó a esta región americana, tras los mercedarios. En abril de 1554, cuando el extremeño Pedro de Valdivia ya había muerto en la batalla de Tucapel, los franciscanos se instalan en las afueras de Santiago, a orillas del río Mapocho, donde se encontraba la ermita de la Virgen del Socorro y el hospital San Juan de Dios.

En el altar mayor del templo, de estilo neoclásico, hay tallas de candelero que representan a San Francisco y a Santo Domingo y desde lo alto, preside la Virgen del Socorro, patrona del templo. Esta pequeña imagen la trajo el conquistador Pedro de Valdivia en el arzón de su silla de montar y le acompañó en su expedición conquistadora (1540).

Su historia entre mediados del siglo XVI a mediados del siglo XIX, constituye un ejemplo de la esforzada labor que debieron desarrollar por entonces los santiaguinos para mantener en pie y decorosamente sus casas, edificios públicos y religiosos.

Tanto en la iglesia como en el museo, se encuentran muchas obras de arte colonial que forman un conjunto de gran valor estético e histórico, el más importante de Chile Su colección es una síntesis del arte colonial andino. Entre las obras que alberga, se encuentran pinturas, esculturas, ebanisterías, tallas, rejerías, orfebrerías, platerías, tejidos y muebles. En pintura sobresale la Serie de la Vida de San Francisco y en escultura, las tallas quiteñas.

En 1951 la Iglesia y el Convento de San Francisco son declarados Monumento Nacional por ley de la República.

El Museo de San Francisco tiene una sala dedicada a San Pedro de Alcántara, donde se encuentra un conjunto de siete cuadros, parte de los 40 que formaban la serie sobre la vida del santo extremeño, quien vivió entre 1499 y 1562. Las obras fueron realizadas en el Cuzco, gran centro pictórico, a mediados del siglo XVII por el pintor Francisco Isidoro de Moncada. A continuación vamos a ver tres de las obras que se exponen en este interesante museo santiaguino.

1. – San Pedro de Alcántara construye iglesias.- Serie de la viuda de san Pedro de Alcántara. Obra de Francisco de Moncada. Cuzco. Oleo sobre tela, de 120 x 260 centímetros. Siglo XVIII. Obra mestiza donde se ven distintas influencias europeas sintetizadas con una ingenuidad narrativa muy particular. En la esquina izquierda del cuadro se observa una corrida de toros.

2. – San Pedro de Alcántara.- Anónimo altoperuano. Siglo XVIII. Madera policromada y vestida 154. Centímetros. Los artistas altoperuanos cuya temática es fuertemente dramática, expresan el ascetismo riguroso del santo franciscano, como se advierte en esta talla. El rostro pálido y demacrado semeja una calavera y sus manos afiladas parecen garras o raíces de árboles.

3. -Cristo.- Autor anónimo. Siglo XVIII madera tallada y policromada, de 79 centímetros. Aunque traído de la región isleña de Chiloé, descubierta en 1558 por el gobernador y Virrey de Perú García Hurtado de Mendoza. El naturalismo del Cristo pone en duda su origen isleño, ya que la imaginería chilota realizada en los siglos XVII y XVIII carece de indigenismo. Sus rostros son blancos y sus cabellos están tallados

EL CASTILLO DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

El Castillo San Pedro de Alcántara, en Chile, es uno de los principales monumentos del país. La fortaleza principal pertenece al complejo defensivo que la Corona Española erigió en la desembocadura del río Valdivia en el siglo XVII. La construcción de este complejo militar respondió a la necesidad de enfrentar la amenaza que implicaban para la seguridad del Imperio Español las incursiones de piratas y corsarios, y las expediciones de las potencias rivales, Inglaterra y Francia. El carácter estratégico del lugar, punto intermedio en la ruta entre Europa y los puertos americanos del Pacífico, lo convertían en un punto neurálgico del Pacífico sur.

En 1635 se comenzó la ejecución de un ambicioso proyecto de fortificación, que comenzó por el levantamiento cartográfico del área. En 1643 el proyecto recibió un impulso definitivo, por cuanto ese año una expedición holandesa desembarcó en el litoral contiguo a la desembocadura del río Valdivia y lo ocupó temporalmente. De ahí que en 1645 el Virrey del Perú enviara una armada, dotada de un contingente de 900 hombres y de gran cantidad de materiales de construcción, con dos misiones: Refundar la ciudad de Valdivia, desolada tras el levantamiento indígena de 1598, y erigir fortificaciones en el lugar. El principal baluarte de este complejo defensivo fue la Isla de Constantino, llamada después de Mancera, en honor al Virrey, que ostentaba el título de Marqués de Mancera. La isla está situada en medio de la bahía donde desemboca el río Valdivia, y en ella se edificó el Castillo de San Pedro de Alcántara, según los planos diseñados por el ingeniero mayor de la Armada, don Constantino Vasconcelos. El Castillo, de piedra, fue armado con quince piezas de artillería, y contaba con un foso y dos torres. En su interior albergaba entre otras instalaciones una iglesia y dos conventos: uno franciscano y otro agustino.

Durante el siglo XVIII, la Corona decidió reforzar este conjunto de fortalezas, en particular el Fuerte de la Isla de Mancera. El Castillo llegó a contar con veinte cañones y un gran número de otras piezas de artillería. En su interior, albergó unas ocho construcciones de piedra y trece de madera, incluyendo un hospital y un almacén de pólvora, un aserradero, una fundición, una herrería y una maestranza donde se construían embarcaciones y carretones. El Castillo de la Isla de Mancera era protegido desde la costa continental por los Fuertes de Corral y Niebla.

ALGUNOS TOPÓNIMOS ALCANTARINOS

La población de Alcántara (Venezuela) fue fundada en 1582 por el capitán Francisco de Cáceres, que pertenecía a una rancia familia que conquistó la ciudad extremeña a los árabes en 1229

También en Venezuela hay dos poblaciones y un territorio que llevan el nombre de San Pedro de Alcántara. El territorio es conocido por el nombre de los Llanos de San Pedro, según la crónica “Historia y conquista de Venezuela”, de Oviedo y Baños.

Asimismo, los capuchinos fundaron en 1763 un pueblo de misiones que llevaba por nombre San Pedro de Alcántara.

Por último, con este mismo nombre de San Pedro de Alcántara, don Manuel Centurión, coronel y gobernador del territorio de la Guayana, mandó construir una población en 1770, a unos 12 kilómetros del río Caura y lo puso bajo el cuidado de los Padres Observantes. El pueblo era conocido en el padrón que el coronel ordenó hacer en 1775 como San Pedro de Alcántara de Caura.

Por otra parte, en Perú hay un pueblo cercano a Cuzco que se llama San Benito de Alcántara. Fue fundado por el virrey Francisco de Toledo, quien gobernó estos territorios durante 20 años (1561-1581). En este pueblo vivió doña Ana María de Loyola, nieta del inca Diego Saire, que fue ajusticiado por el virrey por ser un bandolero, según cuenta en la crónica “Noticia del Perú”, de López Caravantes.

Hay un territorio de Alcántara en la zona noroeste de Perú, cerca ya con el límite con Ecuador, lo mismo que en esa zona hay territorios que se llaman de Trujillo, de Ovando o de Cortés. Todas ellos en las cercanías de Piura.

El Lago Alcántara, conocido también como Indian Lake, está situado al norte de Canadá, y cuyas aguas alimentan el río Churchill, que desembocan en la bahía de Hudson junto a la ciudad y cabo de Churchill.

También en la lejana isla filipina de Cebú hay un nombre dedicado a Alcántara, concretamente al norte de la isla.

Obviamente, Brasil está lleno de resonancias toponímicas dedicadas a Alcántara y a San Pedro. Veamos: En la costa del nordeste de Brasil hay un pueblecito que lleva por nombre Alcántara, que pertenece al área de influencia de San Luis, una gran ciudad de cerca de 650.000 habitantes, con puerto, aeropuerto y universidad. Es la capital del Estado de Maranhao y su economía se basa en industria textiles y alimentación. Con este Alcántara se ha querido hermanar el Alcántara cacereño, pero al parecer la pobre economía del pueblecito brasileño ha impedido tal deseo. Hay dos topónimos más, uno situado hacia el centro de este enorme país y un tercero, hacia el sur, muy cerca del Lago de los Barros, hoy Lago dos Patos.

En cuanto al nombre de San Pedro de Alcántara, Brasil tiene ocho de los nueve nombres. Uno al norte, cinco en el centro y dos en el sur, ya en el límite con Uruguay. El noveno topónimo se halla hacia el centro de Santiago de Chile, antes llamado Santiago de la Nueva Extremadura.

Por último, el nombre de Garabito, que corresponde al apellido del santo se encuentra en la provincia histórica de Costa Rica. Garabito Cambito, al sur de la República Dominicana y las Charcas de Garabito en el mismo país y también al norte de Colombia.

Por último, ya que estamos de celebraciones sobre el V centenario del nacimiento de San Pedro de Alcántara, yo quiero pedir, aquí públicamente, que con motivo de celebrarse el próximo año el 4º centenario de la muerte de Francisco Sánchez de las Brozas “El Brocense”, los Coloquios Históricos de Extremadura del año 2000 se le dediquen a este pensador y filósofo extremeño, y se gire una visita de homenaje a su pueblo natal de Las Brozas, del que me honro en ser su cronista oficial. Muchas gracias.