Oct 011977
 

Vicente González Ramos.

La Providencia, nombre cristiano de la suerte, ha hecho que venga a mis manos un ejemplar del diario «HOY» correspondiente al sábado 27 de agosto del año actual. Al leer en un artículo de mi distinguido amigo el M.I. Sr. Don Francisco Fernández Serrano que los VII COLOQUIOS HISTÓRICOS DE EXTREMADURA «no quieren estar ausentes del recuerdo y los homenajes que se van a tributar a la memoria del novelista extremeño Don Antonio Reyes Huertas, con motivo del 25 aniversario de su fallecimiento», una emoción vivísima -sincera y profunda- nació en mí. Y, tras ella, surgió el deseo de participar de alguna forma en ese justo y merecidísimo homenaje. El motivo no puede ser más íntimo y cordial. Don Antonio Reyes Huertas, cuando yo era muchacho -allá por los años de la guerra- fue mi maestro de periodismo, mi consejero y amigo. Un maestro excelente. Un consejero leal. Un amigo nobilísimo. Un sentimiento de acendrada gratitud y afecto me obliga a recordar su extraordinaria figura y a escribir algo de ella. Esa es la justificación de mi presencia.

Dice Don Armando Palacio Valdés al comienzo de su «TESTAMENTO LITERARIO»:

«El más alto interés de la vida es saber para que hemos sido llamados, el por qué de nuestra existencia. El engaño en este punto es fatal, pues de el dependen nuestra dicha y los destinos del mundo. Son muchos los hombres que se equivocan, que se obstinan, aunque a todos nos habla al oído la sabia Naturaleza».

Pero esta voz es tan baja que en ocasiones no la percibimos. Mejor nos sería estarnos quietos, no introducir en nuestra vida parcialidades y apetitos y esperar que una ola benéfica nos empuje a puerto seguro. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo. Donde es más fácil tropezar y estrellarse es en el bosque de las bellas artes, sobre todo de la literatura. La literatura atrae y fascina a una gran parte de los hombres, no solamente porque significa la celebridad con poco esfuerzo, sino porque realmente todos sentimos la belleza y nos creemos aptos para expresarla. En esto último se cifra el engaño. La distintiva cualidad del literato no es el sentimiento vivo de la belleza, sino el poder de hacerla ostensible.»

Bellísimas y acertadas frases sobre las que más de una vez he meditado. Mi vocación a la Literatura apuntó muy temprano. No puedo decir si la voz que me llamó fue alta o baja, pero sí clara. Empecé a escucharla desde los años de mis estudios de Bachillerato en el Instituto cacereño. En la clase del Rvdo. Sr. Don Agustín Bravo Riesco, catedrático de Lengua y Literatura. Don Agustín era competentísimo. Un talento que me consta fue alabado por Don Miguel de Unamuno. Las clases de Literatura ejercieron sobre mí una fascinación especial. En ellas leíamos el Quijote. Con mucha frecuencia Don Agustín me preguntaba el significado de algunas palabras o me pedía hiciese un comentario de algunos párrafos. Fui afortunado y Don Agustín llegó a cobrarme especial afecto, hasta el punto de llamarme familiarmente «nuestro Vicentico».

De ahí, de las clases de Literatura, arranca mi vocación a las Letras. No tardó en concretarse en el nacimiento de un humilde periódico del Aspirantado de la Juventud Masculina de Acción Católica. Mi sincera devoción a la excelsa Patrona de Cáceres determinó el título: «LA MONTAÑA». Hice yo mismo los primeros ejemplares en papel de barba y a tinta china. Luego aquel ensayo se transformó en algo más serio. Intervino el Presidente de la Obra, Don Juan Durán García-Pelayo, prestándole su apoyo. El periódico se hizo en multicopista, en una antigua casa del barrio medieval cacereño, en la que habitaban mis antiguos compañeros de Asociación Juan y Enrique Gil de Larrazábal. Hacíamos el periódico manejando planchas de gelatina. !Y el periódico empezó a circular por el Centro! !Cuánto siento no conservar ningún ejemplar! Ahora sería para mí un recuerdo y una satisfacción.

Si apunto brevemente estos recuerdos es porque pertenecen a la prehistoria de mi vocación literaria, antes de que Don Antonio Reyes Huertas, al que voy a referirme en seguida, me llamara un feliz día que señaló el comienzo de mi iniciación en el periodismo.

Ser cacereño es para mí un honor. En el Colegio de Santa Cecilia de las Hermanas Carmelitas hice mis estudios primarios. Y allí, entre otros amigos, conocí a un hijo del eximio novelista Don Antonio Reyes Huertas, al que ahora exaltamos justamente con motivo de cumplirse veinticinco años de su tránsito a la Casa del Padre. El hijo de Don Antonio llevaba su mismo nombre. Tan fuerte se anudó el afecto que llegué a ser, hasta su prematura muerte, su mejor amigo. Corriendo los años, Don Antonio, con una enorme generosidad que estaba lejos de merecer, había de expresarlo afectuosísimamente en la dedicatoria que me escribió en un ejemplar de su bellísima novela «LA CANCIÓN DE LA ALDEA», editada como homenaje de las dos provincias extremeñas a su gran cantor En ella escribió: «A Vicente González Ramos, que ya no es una promesa sino una realidad en la cosecha de frutos literarios extremeños. Con el afecto entrañable a través del hijo querido y muerto, su mejor amigo, Antonio Reyes Huertas. Mayo, 1952″.

Todavía hoy, esta dedicatoria, cada vez que la leo, humedece mis ojos y conmueve mi sensibilidad.

La amistad con el hijo y el hecho de ser mi padre practicante de Don Antonio determinaron mi encuentro con la valiosa personalidad que había de ser mi maestro de periodismo. Ya conocía él mis aficiones y primeros escritos.

Un buen día mi padre me dijo a la hora de la comida: -Don Antonio quiere que vayas a verlo. No sé que te querrá. Posiblemente sea algo relacionado con el periódico. Preséntate a el y ya me dirás de qué se trata y lo que habéis hablado.»

Las palabras paternas me llenaron de expectante curiosidad. Creo que mi corazón latía más deprisa. Las horas que faltaban para la visita se me hacían interminables. Pasó, por fin, el tiempo y me presenté en su casa. Don Antonio me inspiró respeto pero no temor. Era hombre afable, con un corazón enorme, muy buen psicólogo, exquisito en sus maneras. Todo un señor de la mejor ley. Cuando le conocí estaba en una edad más que mediada. Pausadamente me explicó su generosa invitación: Se trataba de ayudarle como repórter en la información que diariamente enviaba al periódico «HOY», del que era Corresponsal-Delegado en Cáceres. En líneas generales me expuso el ámbito de mi misión, animándome mucho.

Haría información de calle. Recorrería los hoteles para enterarme de los viajeros y visitantes distinguidos que llegaban. Iría a la Casa de Socorro, buena fuente de sucesos y accidentes. Frecuentaría los centros oficiales para recoger sus notas, avisos y comunicaciones. También pasaría a diario por el despacho de las Autoridades, con objeto de recoger la información que quisieran dar.

Estaría atento a los lances y sucesos de la calle. Abriría, en fin, los ojos a todo cuanto tuviera algún interés noticiable y pudiera trasladarse a las columnas del periódico.

Como retribución a mi labor me ofreció una modesta gratificación, con la perspectiva de irla aumentando a través del tiempo y a vista de mi labor.

Acepté con muchísima ilusión. Y comencé a trabajar en seguida. Don Antonio fue dándome enseñanzas y prudentes normas de actuación. Una de ellas fue la de que el periodista debe parecerse algo al policía. Tiene que saber husmear, deducir, descubrir… Tener olfato, en suma. La noticia es una presa a veces difícil pero hay que capturarla a todo trance. Supe también por él lo que, en lenguaje profesional, se llama «hinchar el perro» cuando, en determinadas circunstancias, la noticia debe ser arreglada, ampliada o comentada de cierta forma.

Aunque en el transcurso de dos o dos horas y media, aproximadamente de doce a dos y media de la tarde, había que hacer la información -por ser este el tiempo de mayor actividad en los centros oficiales- el ejercicio físico no me resultaba entonces penoso. Por el contrario: me era grata la actividad. Parte de la información había que redactarla de prisa para que se la llevase a las tres el mismo automóvil que por la mañana traía a Cáceres los periódicos. Si durante la tarde o la noche ocurría alguna noticia de importancia o surgía alguna información que valiera la pena, se daba a la noche por conferencia telefónica.

Naturalmente esta actividad fue creando en mí hábitos que iban familiarizándome con la labor periodística, facilitándomela y haciéndame conocer sus dificultades y el modo de vencerlas.

El ejercicio profesional fue causa de que entablara numerosas amistades y me relacionase con las autoridades que, por aquellos años, ejercían sus funciones en la capital y provincia. Ninguna me atendió con displicencia. De todas ellas recibí atenciones y afecto. Pudiera nombrarlas pero, en gracia a la brevedad, solamente citaré al Alcalde de Cáceres, Don Narciso Maderal Vaquero, que me estimó mucho. Aunque zamorano de nacimiento residió en Cáceres hasta su muerte, ocupando diversos cargos, entre ellos el de Delegado de Información y Turismo. Como experto periodista que era, nos trataba a los informadores con toda clase de deferencias. Siempre efusivo y cordial, nos suministraba a diario una amplia información.

Como yo era un muchacho que empezaba a vivir, sin duda tenía mucho que aprender. De la vida y del periodismo. Por eso voy a referir lo que puedo calificar de un fracaso y un triunfo de mi incipiente actividad.

Entre la relación de multas de la Alcaldía me llamó la atención una mañana la impuesta a un comerciante por valor de cien pesetas. Y la destaqué con el título de «Multa ejemplar». Al día siguiente me llamó el comerciante, afectado y molesto. Con palabras moderadas me expuso sus razones y dio sus quejas, diciéndome que la sanción no era merecedora de ese adjetivo. Le conté el caso a Don Antonio y entonces recibí de él una sabia enseñanza que puede resumirse en la frase de la Moral «Favores sunt ampliandi et odia restringenda».

Me enseñó que, sin incurrir en lisonjas -de las que debe huir el periodista- ni tampoco quebrantando la libertad profesional, no hay nadie que se moleste por excederse algo en un elogio puesto que la vanidad humana es cosa corriente y una realidad con la que hay que contar. Por el contrario, la censura y la critica, aunque sean justas e incluso leves, siempre molestan al hombre. Por ello y por otras razones, el periodista debe estar adornado de un gran sentido de la ponderación y la medida. ! Magnífica lección valedera para los periodistas y el Periodismo de todos los tiempos y países! Este envidiable sentido de la ponderación y la medida lo tuvo en grado eminente Don Antonio Reyes Huertas. Quienes hayan leído sus escritos y artículos podrán comprobarlo, valorarlo y admirarlo. Ni adulador ni ofensor de nadie, la Verdad y la Justicia, aunque él no fue noble de sangre ni heredó blasones heráldicos, presidieron siempre -como destacadas insignias o inquebrantables lemas- su ideal escudo profesional.

El triunfo al que he aludido se refiere a una información que obtuve y publique con anterioridad a otro periódico. Sabido es lo que en Periodismo se llama «el refrito». El periodista debe siempre procurar adelantarse, tratar de conseguir una novedad, una exclusiva, no dejarse «pisar» la información. Don Antonio me reñía por los refritos. Y un día conseguí una información de la que siento no recordar el asunto. Era algo relacionado con un acto en un hospital. Acaso la celebración de la Pascua Musulmana. El caso es que yo conseguí la información y la publiqué, adelantándome. Cuando llegué al día siguiendo para entregarle la información, Don Antonio, adoptando un aire solemne, me dijo sobre poco más o menos:- Varias veces te he reñido por tu bien. Pero hoy mereces una felicitación y no sería justo si la omitiera. Has publicado una información que solamente aparece en nuestro periódico. Por ello te doy una sincera y cordial enhorabuena».

Aquella felicitación de mi maestro de periodismo me emocionó, como es natural.

Acaso salí de su casa frotándome las manos o entonando una canción. Fue pasando el tiempo. Don Antonio debía sentirse satisfecho de mi labor porque me aumentó la gratificación y por Navidad, a propuesta suya, el periódico me concedía una extraordinaria.

Día tras día fui ejercitándome en la práctica del periodismo. Con el transcurso del tiempo ya no me limité solamente a la recogida de noticias y apresurada redacción de la información diaria. Ensayé el comentario y fui soltándome en el artículo. Recuerdo una glosa que hice sobre la Cruz de los Caídos, monumento de lograda belleza y armonía, levantado a la entrada de Cáceres por aquellos años, merced a la iniciativa del mencionado Alcalde de Cáceres, Don Narciso Maderal Vaquero. Aquel comentario tuvo eco. Gustó. Y ello me produjo, como es humano, una íntima y sentida satisfacción.
Trabajaría con don Antonio Reyes Huertas unos dos años. Hasta que me incorporé, movilizado, al Ejercito Nacional. Posteriormente la flecha de mi vida siguió diferentes direcciones. Pero, a través de los años, siempre seguí escribiendo. ¿Poco? ¿Mucho? ¿Bueno? ¿Malo? No soy precisamente el indicado para enjuiciar mi labor. Lo cierto es que la semilla plantada por Don Antonio Reyes Huertas ha dado su fruto. A él debo conocer los secretos, dificultades, sacrificios y también satisfacciones que la profesión periodística tiene. A él, un gran hombre de bien, ejemplar en su amor a la familia, en su sentido consciente de la responsabilidad, en todas las facetas de su vida profesional y social, en su cariño entrañable a la región extremeña, por la que fue entregando lentamente su vida; católico de cuerpo entero y alma selectísima, que nunca dobló servilmente su espalda ante el Becerro de Oro ni ante la hipocresía social.

Muchas cosas podría escribir del gran novelista, poeta, periodista y excelente caballero que fue Don Antonio Reyes Huertas. Todas ellas quedarían por debajo de sus méritos efectivos. Ya estoy maduro. Me falla la memoria y no son mis fuerzas las que eran. Reciba este humilde tributo de gratitud y afecto. El, uno de los pocos hombres desaparecidos que me hacen llorar al recordarlo, pedirá al Todopoderoso desde la mansión de los bienaventurados, por esta Extremadura suya y nuestra que tanto enalteció con su pluma de oro, por su familia y por todos los que, siguiendo su ejemplo, procuramos mantener encendida la llama de unos valores y de unos ideales que eleven nuestra Región a las cimas más altas de la Fe, de la Cultura, del Arte y de un merecido desarrollo en todos los aspectos existenciales.