Oct 011989
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Hay ciudades españolas, cuyo primer núcleo urbano se debió a antiguos colonizadores orientales: griegos, fenicios, cartaginenses, etc., cuando se acercaron a la Península Ibérica y se decidieron a residir en ésta, ocurriendo ello mucho antes que llegase la dominación romana. Así sucedió con Coria, Ambracia (Plasencia), Mérida y bastantes más, que existieron desde tiempos muy remotos, aunque los romanos, tras conquistarlas, las romanizaran con murallas acueductos, nuevos edificios y hasta poniéndoles nuevo nom­bre romanizado.

Pero, en cuanto a Badajoz, los datos que hemos encontrado señalan que la fundaron directamente y desde un principio los mismos romanos denominándola PAX AUGUSTA, puesto que, según opinión del erudito benedictino Fray Gregorio de Argáiz, del siglo XVII, pusiéronse sus cimientos en tiempos de Augusto César, una vez que se terminó la guerra de Cantabria y hubo paz universal por todo el mundo.

Sus fundadores serían -dice- algunos soldados de Roma, que le dieron el nombre de Pax no sólo por esa gran paz de entonces, sino además por el tratado o acuerdo de paz que por aquella época efectuaron o firmaron Augusto César, Marco Antonio y Marco Lépido, al dividir entre los tres el gobierno del Imperio Romano. Al calificársela de Pax Augusta naturalmente se hacía alusión a César Augusto, entonces principal emperador.

Este nombre primitivo de PAX explica por qué a todo lo relacionado con Badajoz se lo califica de PACENSE.

La posterior y actual denominación de llamarse Badajoz a la ciudad se debe a la inva­sión de los Bárbaros, los Árabes, etc. con sus distintos idiomas, puesto que lo mismo ocurre con nombres de muchas otras ciudades, pareciéndose, por ejemplo, muy poco el nombre de Cáceres al antiguo de Castra Caecilia, que tuvo esta otra población.

Conviene, sin embargo, advertir que por aquella misma época antigua hubo otra ciudad a la que llamaron PAX JULIA, que correspondió a la población portuguesa conocida hoy por Beja, que pertenecía a la antigua provincia de Alemtejo.

Mencionamos esto, porque no han faltado quienes han equivocado PAX AUGUSTA con PAX JULIA, creyendo que esta última denominación es la que pertenecía a Badajoz. Es un error en el que incurrieron, entre otros, el insigne escritor Morales y el prelado pacense Fray José de la Cerda, quien en algunos libros que escribió sobre “Verbo Incarnato”, se inti­tulaba “Obispo de Pax Julia”.

Concluyamos, por tanto, diciendo que el verdadero nombre antiguo de Badajoz fue el de PAX AUGUSTA y no el de PAX JULIA.

 

 

CIUDAD EVANGELIZADA MUY PROBABLEMENTE POR SANTIAGO APÓSTOL Y HASTA POR SAN PABLO

 

Badajoz, como es sabido, está situada en las márgenes del río Guadiana, junto a la frontera con Portugal, y dícese que es una ciudad que creció mucho desde un principio, siendo una buena prueba de esto lo de haber sido sede episcopal desde los comienzos del Cristianismo en nuestra Patria.

Ahora bien, cuando Santiago el Mayor, apóstol de Jesucristo, vino a España, es lógi­co deducir que visitaría principalmente los mayores núcleos de población, de modo que, al enterarse que Pax Augusta o Badajoz era una ciudad de bastante importancia, eviden­temente desearía y gestionaría todo lo necesario para acercarse a evangelizarla .

De hecho, en el año 65 de la Era Cristiana, según el Cronista y Abad Liberato, hubo en Badajoz dos martirios muy significativos. Uno fue el de la egregia dama Santa Regi­la y otro el de su no menos destacado o conocido padre San Aristóbulo. Las palabras de Liberato son éstas: “Aristobulus hoc tempore (año 65) celebratur inclitus Martyr Pace Augusta, Hyspaniae urbe idibus Martij. Ibidem Sancta Regila nobilissima faemina pro Christi Fide horribiliter comburitur”. Dice, pues, en sustancia,eso mismo, es a saber, que Aristóbulo sufrió glorioso martirio en Badajoz en uno de los días de marzo del año 65, cosa que también aconteció con la muy noble mujer Santa Regila, la cual, por su Fe en Cristo aceptó valientemente ser arrojada y luego horriblemente consumida por el fuego.

De donde se colige que, si esto ocurrió en el año 65, es porque algunos años atrás fue predicado el Evangelio en Badajoz por una o más personas de gran carisma apostólico que llegaron a engendrar gran Fe en los catequizados, llegando, por ello, a deducir el Padre Argáiz que: “Predicó en Badajoz el Apóstol Santiago, pues dejó tan segura la Fe en Santa Regila; y la devoción en los de Badajoz con San Aristóbulo su padre”.

Eran tiempos de muchos viajes apostólicos, porque quienes evangelizaban, se ve en el bíblico libro de los Hechos de los Apóstoles, se desplazaban continuamente a muy distintas y a veces muy lejanas poblaciones , regiones y naciones.

Recordemos ahora lo que San Pablo escribió a los Romanos, diciéndoles: “Espero veros al pasar, cuando vaya a España, y ser allá encaminado por vosotros, después de haber gozado un poco de vuestra conversación” (Rom., XV, 24).

San Clemente Romano; el Canon o Fragmento Muratoriano; San Jerónimo; San Gregorio Magno; San Isidoro; San Hipólito; San Atanasio; San Cirilo de Jerusalén y otros Santos Pa­dres e historiadores hablan de lo muy verdadera o real que fue la aludida venida de San Pablo a nuestra Patria, especificando San Juan Crisóstomo que: “Terminado el bienio de su prisión en Roma, se fue a España, marchó luego a Judea, y volviendo a Roma fue ajus­ticiado por orden de Nerón” (In Epist. ad Heb. Prefacio, l).

Menéndez Pelayo refiere que es tradición que el Apóstol desembarcó en Tarragona, como con gran regocijo lo celebran los tarraconenses. Pero San Pablo no vino a España para so­lamente predicar en la citada ciudad catalana. Sin duda se informaría sobre cuáles eran las cinco, diez o más poblaciones importantes de la Península Ibérica en aquel tiempo y, oportunamente, las iría visitando en plan de evangelizarlas, aunque se detuviese muy po­cos días en algunas de ellas, porque contaba con discípulos y cada vez iba aumentando el número de éstos, que le suplían en sus ausencias, además de acompañarlo otros de muy distintas procedencias.

Es, tanto, muy probable que le indicaran la ciudad de Pax Augusta, como digna de su visita apostólica, y que esta visita la hiciera en compañía de su discípulo San Pa­blo Sergio, Arzobispo Narbona, pues véase lo que dice, ya hace siglos, escribió el historiador Hauberto, refiriéndolo al año 63. Dice: “Paulus Apostolus ad Hyspanias se contulit. Praedicat in cunctibus civitatibus Hyspaniarum in societate Pauli, Narbonae Episcopi”. Palabras, que traducidas vienen a significar que San Pablo acercóse a las Españas y en éstas predicó en todas sus ciudades (principales, se sobreentiende), acompañándole Pa­blo, obispo de Narbona (Francia).

Mas, ¿no era Pax Augusta o Badajoz una de las más destacadas poblaciones? Luego hay gran fundamento para pensar que en Badajoz predicó el Apóstol de las Gentes, según tam­bién dedujo esto mismo el Padre Argáiz.

 

 

PRIMEROS OBISPOS PACENSES HASTA EL SIGLO IV

 

No sucede con la Diócesis de Badajoz lo que con la de Coria-Cáceres, porque de esta última son conocidos los nombres de casi todos los Obispos de la antigüedad, a partir del primero de todos que fue San Pío Mártir, según puede saberse consultando la obra “La soledad Laureada”, del Padre Argáiz, que trata de la historia de todas las diócesis españolas y portuguesas desde sus comienzos o tiempos más remotos.

Ignórase qué Obispos pacenses hubo hasta el año 283, en que ya se dice que regentó la Diócesis de Badajoz o Pax Augusta el prelado San Leónido, del que se pondera que desco­lló en letras y santidad. Existe, por consiguiente, una gran laguna histórica que impi­de conocer los nombres de obispos anteriores desde por cuando evangelizaron la ciudad probabilísimamente el Apóstol Santiago, según dijimos, y hasta San Pablo y su discípulo San Pablo Sergio, de Narbona. Por otra parte, esos primeros siglos fueron de constantes persecuciones contra los cristianos, lo cual obligaría a que muchas sedes episcopales estuvieran vacantes por largos años y hasta décadas, etc.

A San Leónido, le sucedió, en el año 284, el prelado Esteban. Era la época de los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que tan grandes persecuciones hicieron contra todos los seguidores de Cristo, y por esto no faltaron entonces algunos mártires que mu­rieron en Badajoz. Entre éstos figuran San Orencio y San Vincencio, recordados por San Gregorio de Illíberi en su Catálogo, núm. 122. Y además San Víctor (diácono) con su pa­dre (cuyo nombre no se declara) y su madre Santa Aquilina, de los cuales hizo referen­cia el Obispo Aquilino en su Santoral o Catálogo propio y Vincencio Beluacense en su Espejo Historial. Hubo además otros mártires compañeros, cuyos nombres se silenciaron.

 

 

PECULIARIDADES PACENSES OCURRIDAS DESPUÉS HASTA EL SIGLO V

 

Empecemos por agregar que, una vez llegado el año 300, ocupó la sede episcopal de Pax Augusta o Badajoz  el nuevo Obispo San Verísimo, que terminó también por ser mártir al poco tiempo, sucediéndole en el cargo San Apringio, quien igualmente sufrió más tarde el martirio, aunque llegó a gobernar la diócesis hasta el año 330. El Hispalense Hauber­to le da el nombre parecido de Apragio . Fue un martirio que se presenta un tanto inexplicable, porque ya habían cesado las persecuciones romanas al hacerse dueño del Imperio Romano el Emperador Constantino, y por esto se piensa que lo causaron los arrianos, que eran quienes todavía siguieron hostigando a la Iglesia verdadera.

A San Apringio le sucedió el prelado Domicio, hasta el año 337, que es cuando el epis­copado pacense pasó al posterior obispo Sinderedo, quien regentó la Diócesis hasta el 367, teniendo entonces como sucesor a Isidoro I, cuyo cargo concluyó en el 384.

Dice el Hispalense que a Isidoro I le siguió el prelado Bencio  hasta el año 389. Pero el Padre Argáiz opina que en esto hay error, porque no se trata de ningún Bencio, sino de un obispo llamado Pontius, que fue nada menos que San Poncio Paulino, monje de San Agustín, que posteriormente pasó a Italia, para ser Obispo de Nola, en la provincia de la Campania, conociéndosele después como San Paulino de Nola. Pondera el Padre Argáiz la gran gloria u honor que esto supone para Badajoz, ya que dicho Santo fue antes obis­po pacense que obispo de Nola. Y añade que llevó a Italia los cuerpos de los mártires Vincencio y Orencio, quedándolos luego en Ebreduno. ¿Estará acertado?… Este asunto es de mucha importancia y conviene haberlo hecho recordar por si acaso es posible todavía recuperar esos restos de Santos españoles…

 

 

NUEVOS OBISPOS PACENSES HASTA EL SIGLO VI

 

Téngase presente que San Paulino de Nola (353-431) nació en Burdeos(Francia); pero que, en su primer periodo de vida dedicada a la vida profana del mundo, se casó con una española llamada Terasia, llegando luego a ser Cónsul del Imperio Romano.    Sin embargo en un segundo periodo, optaron ambos de común acuerdo por separarse lícita y santamente para dedicarse cada uno a la vida religiosa consagrada a Dios, arribando él poco más tarde al sacerdocio y no mucho después al episcopado, si es cierta la apreciación del Padre Ar­gáiz, quien lo supone, como ya dijimos, primeramente obispo de Badajoz hasta que muy pronto se marchó o lo trasladaron a Nola (Italia) con el mismo cargo de obispo, sobresa­liendo allí en toda clase de obras buenas, incluso literarias, terminando por tener el heroico gesto de venderse por esclavo para libertar al hijo de una viuda, cuando se pro­dujo en esas latitudes la invasión de los Bárbaros.

Lo cierto es que a este San Poncio Paulino o al Bencio, de quien habla el Hispalense (siempre que no se trate de una misma persona), le sucedió en la sede episcopal pacense el nuevo prelado Sinderedo II, que vivió al menos hasta el año 411, que es por cuando los Alanos empezaron a invadir la región peninsular ibérica de Lusitania.

A Sinderedo II siguióle Sertorio, cuyo pontificado duró hasta el año 444, que fue ya un tiempo en que los Alanos se apoderaron de Extremadura y, por ende, de   Badajoz.

Tuvo Sertorio por sucesor a San Severino, quien estuvo al frente de la Diócesis pa­cense hasta el año 453; siguiéndole el obispo Escolano hasta el 477; nombrándose poco después para sucederle a Celoso, cuyo episcopado se prolongó ya al año 500.

Se eligió luego para regir la Diócesis a San Apricio lI, que es calificado de Es­critor, Doctor y Santo, ya que publicó algunas cosas sobre el Cantar de los Cantares y el Apocalipsis, cobrando una fama extraordinaria,  porque hicieron mención de él San Isidoro de Sevilla, Tritenio y otros muchos autores. Duró su labor pastoral hasta el año 533, sucediéndole el prelado Donato, cuyo cargo no concluyó hasta el 556.

Este año de 556 es muy fatídico, porque, tras la muerte de Donato, y según procedimientos que ignoramos, entró a ocupar la sede episcopal pacense un tal Johano, que profesaba el arrianismo. Pero menos mal que la orden Religiosa de San Benito venía por entonces extendiéndose por toda España, surgiendo de ella monjes muy doctos y santos, que por esto eran promovidos para la dignidad episcopal en numerosas Diócesis, impidiéndose de esta manera el nombramiento de obispos malos o herejes y corrigiéndose además la labor nefasta que ya algunos de ellos habían perpetrado.

 

 

SANTO PRELADO QUE SUCEDIÓ AL OBISPO PACENSE ARRIANO

 

Muerto ya el obispo arriano Johano, quedó la Diócesis como destrozada espiritualmente , por predicar éste una Fe distinta de la tradicional que profesaban los fieles; pero providencialmente le sucedió San Ursón, monje benedictino francés, el cual pasó para Espa­ña, una vez que, al parecer para suplirle, marchó a Francia otro destacado monje procedente de Italia, conocido por el nombre de San Mauro. Ambos eran contemporáneos de San Benito.

Ocurrió todo esto por el año 546; y San Ursón primeramente empezó su labor apostólica en Asturias, llegando a fundar varios monasterios, pues era un tiempo de gran expansión de la orden benedictina.

Era, además, mucho lo que San Ursón entonces predicaba teniendo ordinariamente por compañero al sus apostolados al Abad San Leubacio, que parece era natural de la región asturiana.

Tuvo muchos discípulos en Asturias, uno de los cuales fue San Senoch, cuya santidad la reconoció en tal grado la, Iglesia, que, después de su partida a la eternidad, estaba man­dado rezar ciertas preces litúrgicas el día 24 de octubre, para tributársele culto.

Dando por concluida su labor apostólica en la demarcación asturiana, viajó San Ursón a Extremadura, en donde también realizó tales obras y tanto por ellas fue conocido, que, vacando el Obispado de Badajoz tras el óbito del infortunado Johano, fue nombrado para él. Una vez puesto a desempeñar el cargo, sus trabajos fueron semejantes a los del Arzobispo emeritense San Mausona, porque la herejía arriana se había extendido por toda la región extremeña. San Gregorio Turolense escribió una biografía de San Ursón, a la que faltan algunos datos importantes, de los que, sin embargo, da cuenta otro escritor de por entonces que fue Marco Máximo. Era, pues, grande el prestigio del aludido Prelado.

A San Ursón le siguió en la sede prelacial pacense Palmacio, quien, entre otras cosas, asistió al Concilio de Toledo que se celebró en el año 589. Tuvo luego por sucesor Pal­macio a Gabano (quizás Gabino-piensa el Padre Argáiz), que, por lo visto, había sido antes obispo de Ampurias. Ocurría esto por el año 590, y sucedióle Lauro, al que algunos denominan Laureano, el cual muy pronto asistió al Concilio toledano que tuvo lugar ese mis­mo año 590.

 

 

OBISPO PACENSE QUE ATENDIÓ A SAN FULGENCIO EN LA HORA DE SU MUERTE

 

Fue este mismo obispo Lauro quien, por ser íntimo amigo de San Fulgencio, lo llamó és­te para que acudiera a asistirlo en los últimos momentos de su vida. Este gesto honró mu­cho sin duda al referido prelado pacense, al tratarse de un personaje o santo tan extraor­dinario como lo era San Fulgencio, que había sido obispo de Écija y de Cartagena. Acudió también incluso el Rey Recaredo II, hijo de Sisébuto, lo cual habla nucho de la gran per­sonalidad de San Fulgencio. Sucedieron estas cosas en el año 622.

Todos morimos, y al referido obispo Lauro le tocó pasar a mejor vida muy pocos años después, siguiéndole pronto en el cargo episcopal Lucio, quien sólo duró hasta el 627; tomando a continuación el timón de la diócesis pacense Modario, que logró asistir al IV Conci­lio de Toledo celebrado en el 633.

Muerto después Modario, nombrose para sucederlo a Tbeoderedo, que llegó con vida has­ta el año 645. Hizo propósito de asistir al VII Concilio de Toledo; pero, tal vez por su delicada salud no pudo concurrir; y esto le obligó a enviar como delegado o suplente su­yo a un sacerdote llamado Constancio, según se entiende por estas palabras escritas en una, de las Actas de referido Concilio: «Constantius Presbyter, Agens vicem Domini mei Tbeoderedi, Episcopi Pacensis Ecclesiae, haec statuta definiens susbcripsi”.

Siguióle el prelado Joan II, del que se sabe que empezó a regir la diócesis en el año

647, ignorándose cuántos vivió después; pero sí se sabe que tuvo como sucesor a Adeoda­to, que al parecer era Monje de San Benito procedente del Monasterio Agalicense de Tole­do; viniendo  a la diócesis de Badajoz tras haber sido inmediatamente antes obispo de Cabra. Asistió al Concilio toledano del año 653 y al de Mérida del 666. Fue por este tiempo o año 677, por cuando hubo ciertas reformas en cuanto a límites o territorios que i­ban a corresponder a cada diócesis. Para suceder a Adeodato se eligió a Joan III, quien asistió a los concilios toledanos de los años 681; 684; 688 (siendo éste ya el quintodécimo) y al del 693, en todos los cuales firmó: Ioannes, Pacensis Ecclesiae Episcopus, subscripsi.

Entró seguidamente a pastorear la diócesis pacense, después de Joan III, el erudito Abad Benedicto, OSB. Ello aconteció como un premio otorgado por el Arzobisro de Toledo San Julián, pues, conociendo éste lo muy impuesto que estaba en letras y santidad el ci­tado monje Benedicto, le encomendó que junto con el diácono Inocencio y el subdiácono Cons­tantino, viajaran a Roma para presentar al Papa los escritos Apologéticos que había orde­nado y compuesto en defensa y declaración de la Fe que tenía España y del modo de hablar­se en ésta en lo tocante al Misterio de la Santísima Trinidad. Todos tres varones comi­sionados eran muy doctos y santos. Hicieron bien lo que se les encomendó. Y oportunamen­te después fue cuando Benedicto fue nombrado para Obispo de Badajoz; Inocencio para 0­bispo de Dumio; y Constantino para Obispo de Idania, tras llegar éstos también antes al sacerdocio. Eran tiempos, en que el Arzobispado de Toledo tenía jurisdicción sobre diócesis enclavadas en la parte lusitana de Portugal, y ello explica estos dos últimos nombra­mientos, en los que tanto influyó la entonces Sede Primada de toda la Península Ibérica,

A Benedicto, cuando ya falleció, sucedióle Pedro, que también fue Monje, y su ponti­ficado perduró hasta el año 700. Muy pronto iban a llegar tiempos difíciles por causa de la invasión de los árabes. Una prueba clara es que el prelado sucesor de Benedicto en Badajoz terminó siendo Mártir de Cristo. Su nombre era Julián y sufrió el martirio en el año 714. Había sido también miembro de la Orden Benedictina y es dado a conocer con la denominación de San Julián, Monje y Mártir.

 

 

ÉPOCA EN LA QUE BADAJOZ FUE SEDE DE UN REY ÁRABE

 

No hemos podido saber qué obispo sucedió inmediatamente a San Julián Mártir en Bada­joz; pero sí se conoce el nombre del prelado que rigió la diócesis pacense después del fallecimiento de ese aludido y desconocido sucesor suyo. Se llamaba Isidoro II, que se dis­tinguió por haber escrito un libro o Cronicón, en el que narraba sucesos de por entonces o dificil etapa histórica del por el año 754. Llegó a vivir hasta la época del rey Don Alfonso el Cato, porque escribió cosas relacionadas con este Rey, ocurridas el año 821. El padre Argáiz tiene la impresión de que vivió retirado en algún convento de Asturias, de los que designaban los reyes para cobijar a los Obispos desterrados, porque todo lo que escribió se refería a ellos y a las batallas en que los moros eran atacados, o las que soportaban los cristianos. Un detalle singular de entonces fue que los árabes ensalzaron mucho a Badajoz, porque la eligieron como Ciudad en la que residiera su Rey Alçaman, quien no tardó mucho en ser muerto por Alfonso el Casto en uno de los combates, en que también perecie­ron muchos árabes, allá por el año 825.

En la ya pobre Iglesia de Badajoz dominada por los invasores africanos, sucedió a Isidoro II el prelado Ángelo, al que Jorge Cardoso lo calificó honoríficamente de Escritor, porque verdaderamente escribió obras, que se guardaron por mucho tiempo en el Monasterio de Alcobaza hasta que fueron llevadas a El Escorial. Piensa el Padre Argáiz que este obispo precedió quizás a Isidoro II, y, en esta suposición, pudo ser ese prela­do incierto que hubo después de la muerte de San Julián Mártir.

Eran entonces tiempos muy difíciles para la Iglesia debido a la dominación sarracena. Por eso, durante varios lustros pudo no haber obispos al frente de la diócesis de Bada­joz hasta por el año 905, en que se habla de la elección del monje Theudeguto para el Obispado pacense. Una cosa digna e referirse es que poco antes, es decir, por el año 893, los árabes cambiaron el nombre a Badajoz por el de Bocalgaze, según lo dejó reseñado el ilustre Don García de Layla. El de Paz Augusta fue, pues, nombre que ya desapare­cía…

Se fueron extremando las dificultades, por esto, hasta el año l000 no parece que hubiera más de unos cuatro obispos pacenses: Daniel, que fue monje; Lisímaco, idem de
lo mismo; cosa que cabe decir también de Prilula y de Daniel II. En cuanto a Lisímaco po­siblemente vivió por el año 840. Y respecto a Prilula hay indicios por los que se sospecha fue mártir por enero del año mil, pues hay una frase latina que viene a decir que: “Murió Prilula Pescador (apostol u obispo) herido (martirizado). Regocíjase ya él en el Cie­lo con resplandeciente alegría, gozando de la visión de Dios”. Fue, por tanto, otro Santo pacense…

Añadiremos que personas tan cultas como el P. Argáiz no han logrado averiguar los nom­bres de más obispos que sucedieran al referido Daniel II, en Badajoz, durante unos doscientos años, porque fueron dos siglos en que la ciudad fue invadida unas veces por los cristianos y otras por los moros hasta que definitivamente la conquistó el Rey de León Alfonso IX, que juntamente se apoderó de Mérida, Montánchez y Cáceres.

 

 

BREVE RECUENTO DE OTROS OBISPOS ANTIGUOS QUE RIGIERON LA DIÓCESIS DE BADAJOZ

 

Resulta imposible continuar deteniéndonos en cada obispo pacense, pues no lo permite la índole sintética de nuestro trabajo ni las fuentes en que nos informamos, que casi só­lo es la obra Soledad Laureada del Padre Argáiz (siglo XVII), que tiene varios tomos. Desde ahora mismo, nos concretaremos, por tanto, a ofrecer casi sólo nombres de otros prelados de Badajoz, indicando el año en que empezaron a desempeñar su cargo y aquella otra fecha en que cesaron por fallecimiento o por traslado a otras demarcaciones eclesiásti­cas. Según esto, he aquí nombres de todavía muchos dignatarios episcopales, que subsi­guieron a los que ya hemos mencionado:

Don Fray Pedro Pérez, de la Orden de San Francisco (1254-1266); Fray Lorenzo Suárez, ignorándose a qué Orden perteneció, pudiendo ser dominico (1267-1279); Don Gil (1284-1285); Don Juan (1286-1287); Don Alonso (1288-1289); Don Gil Colona (1289-1304?); Don Bernardo (1305­-1311?); Don Fray Simón de Sosa, O.F.M. (1313-1324); Don Bernardo II (1326-1330); Don Joan (1331-1332); Don Fernando Ramírez (1332-1333).

Siguióle de inmediato Don Juan (1334-1335); Don Fernando II (que fue promovido a Jaén por el 1341); Don Vicente Estébanez (1341-1344); Don Fray Pedro Tomás, Carmelita (1345-1349); Don Joan García Palomeque (1350-1355); Don Fray Alonso de Vargas, OSA (1355 al 1357, en que partió para Osma); Don Fernando (1391-1398); Don Fray Felipe de Herrera, que no cesó hasta el 1404; Don Pedro Thenorio, del que no se dan fechas exactas; Don Fray Gonzalo, que fue obispo por el 1407; Don Fray Diego de Badán o Badarán, O.F.M. (1410-1414); Don Joan de Morales, O.P.(1415-1443); Don Lorenzo Suárez de Figueroa (1447-1456); Don Fray Pedro de Silua y Thenorio, O.P.(1460-1478); Don Gómez Suárez de Figueroa (1478-1485); Don Pedro Ximénez de Prexamo (1487-1489); Don Bernardino de Carvajal Cardenal (1489-1495); Don Joan Ruiz Medina (1495 al 1496, en que fue nombrado para Cartagena).

Le sucedió prontamente Don Joan Rodríguez de Fonseca (1497 al 1499, en que fue destinado a Córdoba); Don Alonso Manríquez (1499 hasta el 1509, cuando también fue enviado para idem); Don Pedro Ruiz de Mora (1517 al 1520, en que fue trasladado a Palencia); Don Fray Bernardo de Mesa, O.P., calificado de Obispo de Toniópoli y de Cuba, que permaneció hasta el 1524; Don Pedro Sarmiento, que fue prelado pacense por el año 1525; Don Pedro Manso, natural de Oña, que fue obispo en Badajoz hasta el 1526; Don Jerónimo Suárez (1532-­1545); Don Francisco Navarra (1545 al 1556, año de su promoción a Valencia); Don Cris­tóbal Roxas (1556 al 1563, en que fue destinado a Córdoba); San Juan de Ribera(1563 al 1569, en que se lo trasladó a Valencia); Son Diego de Simancas (1569 al 1578, cuando se lo nombró para obispo de Zamora); Don Diego Gómez de la Madriz (1578-1601); Don Andrés de Cór­doba(1601-1611); Don Joan Beltrán de Guevara (1611-1614, en que marchó para Santiago de Compostela); Don Fray Pedro Ponce de León, obispo de Zamora, que aunque nombrado para la ciudad pacense no llegó a tomar posesión de ésta; Don Cristóbal de Lobera, que estu­vo en Badajoz hasta el año 1617, en que pasó a la diócesis de Osma; Don Pedro Fernández de Zorrilla, quien en el año 1627 fue trasladado para obispo de Pamplona; Don Fray Joan  Rocho Campofrío, de la Orden de Alcántara, que fue obispo de Zamora, y disfrutó de esta dignidad luego en Badajoz hasta el 1631, en que fue adjudicado para la Diócesis de Coria, en donde oportunamente falleció; Don Gabriel Ortiz de Sotomayor, del que no se ofrecen fechas; Don Fray José de la Cerda, O.S.B.(1640-1644); Don Fray Ángel Manrique, O.S.B. (1645-1650); Don Joan de Alarcón (1651-1656); Don Diego López de la Vega (1665-1666); Don Diego del Castillo, de quien no se dan fechas; Don Gabriel Esparça, que estuvo en la Diócesis hasta el 1662, en que se lo destinó a Salamanca; Don Fray Joan de Valderas, O. de M., que regentó la diócesis pacense hasta el 1667, trasladándoselo      a la de Jaén; Don Fray Fran­cisco Rois, Monje de San Benito de la Congregación del Císter, que fue promocionado a Gra­nada, en donde todavía residía por el año 1675. Y Don Francisco de Lara (1673 hasta no sabemos qué año); pero que aún vivía en el 1675 y desempeñó además el muy responsable cargo de Inquisidor de la Suprema.

El Padre Argáiz ya no da más nombres de obispos pacences. Vivió él por la década de estos últimos que quedan sucintamente reseñados. Algunos de estos prelados aludidos fueron extraordinarios en sabiduría y santidad. Recordemos sólo que hemos hecho mención del gran San Juan de Ribera, aunque todavía no se le conociera por gran Santo canonizado.

 

EPISCOPOLOGIO Y SANTORAL COMPLETO DE LA DIÓCESIS DE BADAJOZ

 

Para no hacernos interminable omitimos por ahora seguir investigando sobre Obispos y Santos Pacenses que ha habido modernamente desde por el año 1675. Estas otras investiga­ciones podrán resultar fáciles por los muchos libros relativamente recientes que luego se han escrito. Y entonces, cuando estén ellas concluidas, se podrá tener un elenco completo, en lo posible, acerca de estas tan destacadas personas históricas de la Diócesis y provincia de Badajoz.

En cuanto al Santoral, por lo que se refiere a otras personas que hayan sido canonizadas des­pués de San Juan Ribera (quien por haber sido obispo de Badajoz, se lo puede considerar pacense, aunque naciera en otra diócesis española), casi se lo puede estimar ultimado con sólo añadir San Juan Macías, O.P., (poco ha canonizado en esta última mitad del si­glo por Pablo VI) y todas esas almas catalogadas por la Iglesia como sólo todavía Venerables o Beatos.

¿Cuántos, en resumen, podemos decir, con grande o no despreciable fundamento histórico, que han sido hasta ahora los Santos de la Diócesis de Badajoz?

Creemos que, como suficientemente conocidos o conoscibles a través de serios cronis­tas o historiadores, se encuentran los siguientes: Santa Regila; San Aristóbulo; San Leáónido; San Orencio; San Vincencio; San Víctor; Santa Aquilina; San Verísimo; San Apringio; San Poncio Paulino; San Severino; San Apringio; San Ursón; San Julián mártir; San Juan de Ribera; y San Juan Macías; amén de otros muchos más, como cuando a veces se habla de com­pañeros mártires, que entonces éstos pueden ser cinco, diez, veinte o más héroes santos.

¡Qué pena, sin embargo, que se los tenga en olvido y no se los recuerde de muchas ma­neras, litúrgica y extralitúrgicamente, para que los fieles y ciudadanos pacenses se sien­tan estimulados a invocarlos, honorificarlos como se merecen e imitarlos para alcanzar estar también algún día con ellos en el Reino de los Cielos!