Oct 011977
 

Adelaido Cárcel Ramos.

El reciente nombramiento del doctor D. Antonio Vilaplana Molina, canónigo magistral de la catedral de Valencia, para la sede episcopal de Plasencia, me da motivo para el presente trabajo en que voy a dar a conocer una breve reseña biográfica de otros obispos, también valencianos que han regido las tres diócesis extremeñas de Badajoz, Coria-Cáceres y Plasencia, desde el siglo XVII hasta la actualidad.

D. LUIS CRESPI DE BORJA [1]

El doctor Crespí de Borja es una de las grandes figuras del episcopado español del siglo XVII. Nació en la ciudad de Valencia el 2 de mayo de 1607; su padre descendía de familia noble, pues era hijo del señor de la baronía de Sumacárcel y Alcudia de Crespíns, quien desempeño el importante cargo de lugarteniente general de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de Montesa, y su madre descendía de la ilustre familia valenciana de los Borja. Por haber muerto el padre a los 55 años de edad quedó viuda la madre que tuvo que hacer frente a las exigencias de la noble casa y familia, cuya economía había quedado muy quebrantada con la expulsión de los moriscos, con el fin de encauzar la vida de sus diez hijos.

Uno de ellos es nuestro biografiado que fue dedicado al estudio de la Gramática y Retórica, ingresando en la Universidad de Valencia donde cursó Ciencias, Filosofía y Teología, doctorándose en esta Facultad en 1629. Consagrado al estado eclesiástico, opositó a una pabordía en la catedral de Valencia que tenía aneja una cátedra en la Universidad, y al obtenerla fue ordenado más tarde de presbítero en septiembre de 1631. Celebró su primera misa el 4 de octubre en el convento de San Julián, donde habían profesado tres de sus hermanos, actuando de diácono su hermano Fr. Juan Crespí, provincial de la seráfica orden de San Francisco, y de diácono su otro hermano Fr. Francisco, dominico, que más tarde fue obispo de Vich.

El prestigio adquirido por el nuevo paborde entre sus compañeros fue tan grande que en 1633 fue enviado a Roma para dilucidar un litigio en la Curia Romana, que afectaba a los derechos y honores de los pabordes y el cabildo de la catedral de Valencia, regresando dos años después con el pleito ganado a favor de los primeros. Con este motivo su consejo es solicitado con frecuencia por el virrey, el arzobispo y el Santo Oficio.

Durante su larga estancia en Roma escribió un libro sobre las pabordías y tradujo le vida de San Felipe Neri, fundador del Oratorio, siendo nombrado por Urbano VIII arcediano de Murviedro, una de las dignidades de la catedral de Valencia, que era compatible con la pabordía, quedando incorporado al grupo de sacerdotes que trataban de crear en Valencia el Oratorio de San Felipe Neri.
Esto motivó un nuevo viaje a Roma para conocer mejor la vida práctica de la nueva congregación, que a su regreso fue fundada en Valencia en 1645, levantando al efecto un nuevo edificio cuya iglesia es la actual parroquia de Santo Tomás.

La gran personalidad adquirida por el doctor Crespí y su fama de hombre docto y virtuoso motivó que en 1651 fuese nombrado obispo de Orihuela, siendo consagrado en la catedral de Valencia por el arzobispo Fr. Pedro de Urbina. Una vez tomada posesión de la diócesis se consagró con gran entusiasmo a la visita pastoral y predicación, organizando frecuentes misiones. Tomaba parte en los exámenes sinodales y creó una cátedra de Gramática para preparar en Humanidades a los aspirantes al sacerdocio. Extendió por la diócesis la devoción del santo rosario, fomentó el culto a la Eucaristía y fue comisionado para activar la canonización de Santo Tomás de Villanueva, habiendo escrito otro libro sobre «Cuestiones selectas, morales para combatir errores», dejando en todas partes fama de muy caritativo.

Habiendo fallecido el obispo de Plasencia Fr. Domingo Guerra, fue designado para sucederle D. Luis Crespí en 1658, quien trabajó en su nueva diócesis por la reforma de las costumbres y santificación de las almas. Dos años después marchaba de nuevo a Roma con una embajada del rey relativa al dogma de la Inmaculada Concepción, siendo recibido por el Papa Alejandro VII, quien concedió el 8 de diciembre de dicho año la bula sobre dicha festividad. A su regreso a Plasencia empezó la construcción del seminario tridentino, que vio terminado y consagró a la Inmaculada Concepción.

Años después cayo enfermo, marchando a Madrid en litera para que lo reconociesen los médicos de la Corte. Descansó en la residencia de los condes de Oropesa y convento de recoletos de Santa Olalla, donde se agravó, por lo que le fue administrado el Santo Viático, continuando el viaje hasta Novés, de donde no pudo pasar, pues falleció el 19 de abril de 1663 a los 55 años. Su cadáver fue trasladado a Madrid y enterrado en el Colegio Imperial, de donde cuatro años más tarde fue trasladado a Valencia para ser enterrado definitivamente en la capilla de Santa Ana de la citada iglesia del Oratorio.

D. JOAQUÍN HERNÁNDEZ HERRERO. [2]

A la muerte de Fr. Domingo Canubio, obispo de Segorbe, fue presentado para sucederle uno de sus más antiguos y eficaces colaboradores, D. Joaquín Hernández Herrero, a la sazón obispo de Badajoz.

Era hijo de una familia humilde y nació en la pequeña aldea de Las Eras, situada a poca distancia de la histórica villa de Alpuente, el 16 de enero de 1806. Alpuente, diócesis de Segorbe y provincia de Valencia, se halla situada en la parte alta de la misma, conocida por la Serranía, cuyos vecinos viven de la agricultura y ganadería, por lo que desde pequeño fue dedicado el joven Joaquín al pastoree por sus padres hasta que, conocedor el párroco de las buenas cualidades y clara inteligencia del mismo, lo tomó bajo su protección, orientándolo hacia el campo de las letras. Con este motivo vino a Valencia, donde entró como fámulo en el convento de carmelitas, lo que le permitía asistir a las clases de latinidad en las Escuelas Pías, donde pronto comenzó a destacar.

La exclaustración decretada en 1820, le obligó a salir del citado convento, volviendo al lado de sus padres, pero al reanudarse tres años después la vida conventual, regresó a Valencia continuando los estudios de Humanidades, que amplió en la Universidad, donde cursó más tarde Filosofía y Teología, en cuyas facultades obtuvo el premio extraordinario, y basta llegó a regentar una cátedra de Filosofía en la misma.

Sintiendo la vocación religiosa recibió la tonsura a los 22 años, ingresando como becario en el colegio mayor de la Madre de Dios, pera tomar posesión en 1832 de un beneficio en la parroquia de los Santos Juanes, siendo ordenado de presbítero el 21 de diciembre de 1823. Meses más tarde opositaba a la canongía lectoral de Segorbe, obteniendo una brillante censura y en 1834 era nombrado vicario mayor de le mencionada parroquia, en la que trabajó con gran caridad atendiendo a los enfermos por haberse declarado en aquellos años el cólera morbo. Poco tiempo después, el arzobispo de Valencia López Sicilia (antiguo obispo de Coria) lo nombró secretario de cámara, cargo que desempeñó con gran acierto y que continuó después de la muerte de dicho prelado, durarle los muchos años que estuvo vacante la mitra, hasta 1848 en que vino el nuevo arzobispo Doctor García Abellá. Al convocar este concurso general a curatos vacante, tomó parte en el mismo D. Joaquín Hernández Herrero, mereciendo por sus brillantes ejercicios ser nombrado párroco del Salvador en la capital y a la vez el obispo de Hegorbe, P. Canubio, le confiaba importantes trabajos para la aplicación del Concordato en esta su diócesis de origen.

En 1857 opositó a la penitenciaría de la catedral de Valencia, resultando elegido entre tres opositores y a la vez fue nombrado profesor de Teología en el Seminario Conciliar, cargos que desempeñaba en 1364 cuando fue preconizado obispo de Badajoz, siendo consagrado en la catedral de Valencia juntamente con su compañero de cabildo el canónigo Magistral D. José Luís Montagut que había sido nombrado obispo de Oviedo. Hizo su entrada en Badajoz el día 8 de junio, pero su pontificado fue muy corto, ya que no había pasado un año cuando moría el citado obispo de Segorbe y la Providencia dispuso que fuese a sucederle uno de sus más íntimos colaboradores, el doctor Hernández Herrero. Presentado en mayo de 1865, la noticia despertó gran entusiasmo entre los diocesanos de Segorbe, ya que éste sería el primer obispo hijo de la diócesis por su nacimiento.

Hizo la entrada solemne en la ciudad de Segorbe el 3 de febrero de 1866, siendo su primer acto oficial la bendición e inauguración del nuevo pavimento de la catedral, que no pudo ver acabado su antecesor. En el mes de abril inició la visita pastoral de la diócesis por la parroquia de Alpuente, siendo recibido con gran entusiasmo por sus paisanos los alpontinos, labor que continuó por todo el arciprestazgo hasta mediados de julio en que regresó a Segorbe donde bendijo la iglesia de San Pedro rehabilitada para el culto.

En octubre inauguró la apertura de curso en el Seminario y adquirió con destino al mismo el nuevo gabinete de Física y el Museo de Historia Natural. Pero el problema mayor en la diócesis era la aplicación del Concordato de 1851, que hacía quince años que había sido promulgado. Urgía hacer un arreglo parroquial a fondo, a lo que se dedicó sin dilación y en ese mismo año convocó concurso a curatos vacantes, que fue muy laborioso. Creó la nueva parroquia de Santa María, que de acuerdo con el cabildo, fue instalada en la capilla del Salvador, que está en el claustro de la catedral. Entre tanto, se desplazó a Valencia para predicar en las fiestas del segundo centenario del templo de la Virgen de los Desamparados, marchando el 4 de junio a Roma para asistir a la canonización de los mártires del Japón. En noviembre envió al ministro de Justicia el nuevo arreglo parroquial correspondiente a los seis arciprestazgos de la diócesis. Poco después se le presentó una trombosis en una pierna y en febrero de 1868 se agravó su dolencia de tal modo que pidió la administración de los santos sacramentos, falleciendo el día 19 de dicho mes y fue enterrado en el panteón de obispos de aquella catedral.

D. RAMÓN PERIS MENCHETA.[3]

Este bondadoso prelado, hermano que fue del ilustre periodista, director y propietario de «La Correspondencia de Valencia», había nacido en la ciudad de Valencia el 22 de marzo de 1851. Desde sus primeros años dio relevantes muestras de piedad, demostrando viva inclinación a la carrera eclesiástica, que cursó en el Seminario Conciliar de Valencia con gran aprovechamiento, habiendo obtenido el doctorado en Filosofía y Teología por esta Universidad Pontificia después de ser ordenado de presbítero en 1876.

Dedicado a la vida parroquial, fue nombrado coadjutor de Cullera, donde dejó gratos recuerdos de su caridad y fervor religioso. Más tarde en 1879 era nombrado beneficiado de la catedral de la que fue canónigo en 1882 y dignidad de Arcipreste en 1887.

Su promoción al episcopado tuvo lugar al ser preconizado obispo de Coria el 21 de mayo de 1894 para cubrir la vacante del doctor Felipe Ortiz Gutiérrez trasladado al obispado de Zamora. Su consagración se celebró en la catedral de Valencia el 12 de agosto del mismo año por el cardenal arzobispo D. Ciríaco María Sancha y Hervás, siendo apadrinado por el Ayuntamiento de esta capital.

El apostolado del doctor Peris Mencheta ha dejado inolvidable recuerdo por su celo apostólico y su amor a los diocesanos, ya que recorrió la diócesis cinco vedes en visita pastoral, levantó de nueva planta cuatro templos, celebró tres concursos a curatos y un sínodo diocesano, habiendo fallecido en Coria el 6 de enero de 1920.

El doctor Peris Mancheta tuvo un excelente equipo de colaboradores formado por los sacerdotes valencianos D. Nicolás David Campos, que fue rector del Seminario, deán, provisor y vicario general; D. José Fogués Cogollos, que fue canónigo y secretario de cámara hasta su muerte en 1914; D. Vicente Cosme Navarro, también canónigo y secretario de cámara, y don Félix Ivancos Montagut, que fue canónigo y secretario particular del difunto prelado.

D. JOSÉ MARÍA ALCARAZ ALENDA.[4]

Para cubrir la vacante del doctor D. Ramón Pérez Rodríguez promovido en 1929 al vicariato general castrense, fue nombrado obispo de Badajoz D. José María Alcaraz Alenda, canónigo Penitenciario de la catedral de Orihuela. Nació en Aspe (Alicante) el 23 de abril de 1877, estudió la carrera eclesiástica en el Seminario Diocesano de Orihuela, hasta empezar Teología en que fue enviado al nuevo colegio español de San José de Roma, donde permaneció hasta 1904, obteniendo el doctorado en Filosofía y Teología por la Universidad gregoriana, tras recibir el presbiterado el 20 de julio de 1901 en la ciudad eterna.

Al reintegrarse a la diócesis fue nombrado profesor del Seminario, donde explicó Teología general, Dogmática y Moral, Historia Eclesiástica e Instituciones canónicas, también fue prefecto de teólogos del mismo así como vicerrector y en 1917 obtuvo por oposición la canongía Penitenciaria de Orihuela, siendo nombrado en 1923 secretario de cámara del obispado así como vocal del patronato de la Caja de Ahorros de Orihuela, examinador sinodal y consiliario de la junta diocesana de Acción Católica de Mujeres.

Preconizado obispo de Badajoz el 13 de marzo de 1930, fue consagrado en la iglesia de San Agustín de Orihuela por el nuncio monseñor Tedeschini, asistido por los obispos de Orihuela, monseñor Irastorza, y de Madrid-Alcalá, monseñor Eijo Garay el 20 de julio siguiente, habiendo tomado posesión de la diócesis el 24 de septiembre y seguidamente hizo la entrada oficial en la capital de su nueva diócesis.

El doctor Alcaraz Alenda fue siempre un enamorado y celoso propulsor de la Acción Católica, a la que ha vitalizado extraordinariamente durante su pontificado. Entre sus varias pastorales publicadas figuran las dedicadas al santo rosario «Denuncia sobre las prácticas supersticiosas», «Su Santidad el Papa Pío XII».

Habiéndole sorprendido la guerra de 1936 en Badajoz, su vida fue respetada durante los primeros días a pesar de la violencia desatada habiendo podido continuar en el normal gobierno de la diócesis al ser liberada la ciudad de Badajoz el día 15 de agosto del mismo año.

La prolongada estancia del doctor Alcaraz al frente de una diócesis tan extensa como la de Badajoz y su avanzada edad motivaron que en 1955 fuese nombrado para ayudarle como obispo coadjutor el doctor D. Eugenio Beitia Aldazabal, quien permaneció a su lado hasta 1962 en que fue nombrado este último obispo de Santander. Le sucedió como obispo coadjutor el doctor D. Dorotea Fernández Fernández, que era obispo auxiliar de Santander, quien desde su llegada a la diócesis ha residido en el Seminario Conciliar, ya que el doctor Alcaraz continuaba ocupando el palacio episcopal por ser el obispo titular de la diócesis y seguir llevando el peso del gobierno de la misma hasta pocos años antes de su muerte en Badajoz el día 22 de julio de 1971, siendo enterrado en la catedral de Badajoz.

D. MANUEL LLOPIS IBORRA.[5]

Nació en Aleone el 17 de enero de 1902. De origen humilde trabajó en una fábrica de Alcoy algún tiempo hasta 1917 en que inició la carrera eclesiástica en el Seminario Conciliar de Valencia, obteniendo más tarde una beca en el Colegio del Patriarca. Fue ordenado de presbítero el 13 de noviembre de 1928 después de haberse licenciado en Teología por la Universidad Pontificia valentina.

Su primer destino fue el de capellán del Santo Sepulcro de Alcoy, cargo que desempeñaba al estallar la guerra de 1936 en que pudo salvar la vida y al que se reintegró en 1939 trabajando también en la vida parroquial para la reconstrucción de los templos de la ciudad que habían sido totalmente arrasados, por lo que en 1941 fue nombrado arcipreste de Alcoy.

Tomó parte en el concurso a curatos vacantes celebrado ese mismo año y en 1942 fue nombrado párroco del Santo Ángel Custodio de Valencia, una de las varias parroquias que habían sido creadas en la capital por el prelado doctor Melo, al dividir la amplia feligresía de la de San Juan y San Vicente, en la zona de la Gran Vía, una de las más pobladas de la ciudad. Apenas tomó posesión de la misma, adquirió un solar, desplegando tal actividad en recaudar fondos no solamente entre sus nuevos feligreses sino también entre sus antiguos amigos de Alcoy, que al año siguiente estaba levantado el nuevo templo, el que poco después pudo ya ser utilizado para el culto, continuando las obras hasta hacer la casa abadía y escuelas parroquiales, por lo que su actividad pudo ser considerada como modelo en la diócesis por los superiores y compañeros.

Como premio a tan apostólica labor el 4 de febrero de 1950 fue preconizado obispo de Coria, para cubrir la vacante del doctor Cavero Tormo, siendo consagrado en la catedral de Valencia el 30 de abril de 1950 por el nuncio monseñor Cicognani, asistido por el arzobispo de Valencia D. Marcelino Olaechea y el obispo de Mallorca, su condiscípulo, D. Juan Hervás. Adoptó como lema episcopal «Ómnibus omnia factus sum, ut omnes facerem salvos». Hizo la entrada oficial en la diócesis el día 11 de junio de dicho año, la que ha gobernado sin interrupción hasta su jubilación a principios de 1977. Durante su largo pontificado se firmó el nuevo Concordato con la Santa Sede en 1953 por el que se ampliaba el título de la diócesis, llamada desde entonces de Coria-Cáceres por pertenecer a la misma la capital de la provincia, a la que trasladó su residencia, habitando en un antiguo palacio propiedad de la mitra y destinando para concatedral la iglesia de Santa María, con la creación del nuevo Seminario Mayor, quedando en Coria el Seminario Menor. Como aplicación del citado Concordato hubo también algún reajuste de la diócesis, habiéndose consagrado especialmente a la Acción Católica y a la aplicación de las normas del concilio Vaticano II. Actualmente reside como obispo dimisionario en la casa de ejercicios que las Obreras de la Cruz tienen en Moncada (Valencia).

No podemos silenciar aquí la eficaz ayuda de los sacerdotes valencianos en el gobierno de la diócesis que han ocupado los siguientes cargos: D. José Martínez Valero, maestrescuela y vicario general, D. Manuel Durá Sanz, canónigo y rector del Seminario Menor, D. José Tomás Benedito, oficial de la Curia y D. Leopoldo Silvestre Miralles, mayordomo del seminario.

D. ANTONIO VILAPLANA MOLINA.[6]

Tres años vacante la diócesis de Plasencia desde la muerte del Dr. D. Juan Pedro Zarranz Pueyo, era nombrado para sucederle el 18 de septiembre de 1977 un sacerdote valenciano, el magistral de la catedral de Valencia, D. Antonio Vilaplana Molina.

Nació en la ciudad de Alcoy el 28 de febrero de 1926. Estudió en el Seminario Metropolitano de Valencia hasta 1946 en que fue enviado al Colegio Español de Roma para terminar la Teología en cuya Facultad se licencia, siendo ordenado de presbítero en 1949. Ejerció el ministerio parroquial en Vall d’Alcalá y en 1953 volvió a Roma doctorándose en Teología. A su regreso a Valencia fue nombrado profesor del Seminario donde ha explicado Historia de la Filosofía y Teología Dogmática y ha sido consiliario de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, capellán de las Esclavas de Mª Inmaculada, protectora de obreras, delegado arzobispal de la sección filial masculina n° 3 del Instituto Luís Vives de Valencia, profesor de religión en la Facultad de Derecho de la universidad y, desde 1962,colegial perpetuo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi, bajo cuya dirección se han llevado a cabo importantes mejoras en la biblioteca del mismo.

En 1970 obtuvo por oposición la canongía Magistral de Valencia habiendo sido asesor del Dr. Olaechea en asuntos teológicos. Nombrado obispo de Plasencia, su consagración tuvo lugar en la catedral de la misma el 31 de octubre de 1976 por el actual arzobispo de Valencia, D. José Mª García Lahiguera, asistido de los obispos de Coria, Badajoz, Salamanca, Huelva, auxiliar de Valencia y electos de Ávila y Zamora, en presencia del cardenal primado D. Marcelo González, metropolitano de la diócesis de Plasencia, acto celebrado por primera vez en dicha catedral desde el siglo XI.

El Dr. Vilaplana es autor de varios trabajos teológicos:

«La sacramentalidad en la Teología contemporánea»[7], «Necesidad de la gracia en el justificado»[8], «Fundamentos teológicos del Derecho»[9], «La predicación episcopal según Fr. Luís de Granada»[10] y «El problema del hombre en el catolicismo actual»[11].


NOTAS:

[1] E. VIDAL TUR, Episcopologio de Orihuela-Alicante, Alicante 1962.

[2] P. LLORENS RAGA, Episcopologio de la diócesis de Segorbe-Castellón. (Burgos 1966), p. 480-487.

[3] E. SUBIRANA, Anuario eclesiástico de 1919. (Barcelona), p. 149-151.

[4] Anuario religioso español de 1947 (Madrid), p. 344-345.

[5] Guía de la iglesia española de 1960 (Madrid), p. 218.

[6] Guía de la iglesia en Valencia.(Valencia 1975), vol. II, p. 146.

[7] Anales del Seminario de Valencia, nº 1 (l96l), 145-167.

[8] Anales del Seminario de Valencia, n° 4 (l962), 19-106.

[9] Anales del Seminario de Valencia, n° 6 (l9S3), 69-123.

[10] Ministerio y carisma. Homenaje a monseñor García Lahiguera, (Valencia 1975), 225-234.

[11] Anales Valentinos, nº 3 (l976), 21-33.