Mar 072017
 

Francisco Rivero. PROVISIONAL.

Fray Nicolás de Ovando fue el primer gobernador de la isla la Española (hoy República Dominicana y Haití), de todas las costas y Tierra Firme de las Indias Occidentales, sustituyendo a Cristóbal Colón en su gobierno. Hoy, Nicolás Ovando, el primer gran e)dremeño que llegó a América es, prácticamente, desconocido en su tierra ante el acontecimiento del V Centenario.

¿Quién fue este hombre que de una región pobre y olvidada fue nombra- do por los Reyes Católicos para sustituir a Cristóbal Colón y a Francisco de Boadilla, que se encontraban peleados en las Indias Occidentales, ponien- do en peligro toda la labor desarrollada por el Gran Almirante de la Mar Oceana?

Nicolás Ovando nació en Brozas, (Cáceres) en 1.460. Era el hijo menor del capitán Diego de Cáceres Ovando y de Isabel Flores, camarera mayor de la Reina Isabel la Católica. Como el apellido Flores es uno de los más ge- nuinos de Brozas, conservándose aún el edificio que fue palacio de esta familia, la madre de Nicolás de Ovando vino a dar a luz en casa de sus padres, don Rodrigo Flores y María Esteban de Paredes, ya que se había casado en este pueblo en 1.444 con el citado capitán Diego de Cáceres.

Para conocer la personalidad de Nicolás de Ovando antes hay que cono- cer los hechos de los que fue protagonista sus padre en la historia de Espa- ña y Extremadura.

La alta nobleza española se enfrentó al rey Enrique IV porque dispuso que sus principales colaboradores fueran escogidos entre personas que no te- nían gran relevancia social. Ante esto, apoyan a su hermanastro Alfonso en la farsa de Ávila en 1.465. El infante Alfonso, recibió el capitán Diego de Cáceres Ovando, en 1.466, algunas mercedes. Murió el hermano del rey y los nobles apoyaron entonces a su hermana Isabel. Para entonces, Diego

de Ovando se había congraciado ya con Enrique IV, quien le autoriza a prolongar su casa de Cáceres sobre las ruinas del alcázar.

El padre de Fray Nicolás de Ovando participó en la guerra civil de la Or- den de Alcántara, cuando el clavero don Alonso de Monroy, que había ayudado a Enrique IV, en las luchas contra su hermanastro decide que el aspirante oficial al cargo de maestre de la citada orden.

El otro aspirante era Juan de Zúñiga, hijo de los condes de Plasencia. La maniobra del primero, disgustó al monarca, quien ordenó a Diego de Cá- ceres que la combatiera. Diego ganó a clavero Alonso el castillo de Ben- querencia, del que fue nombrado alcaide.

Cuando uno visita Cáceres antiguo, el guía turístico le informa que todas las torres de la ciudad están desmochadas por orden de los Reyes Católi- cos, orden que fue dada en 1.476. Fueron rotas par evitar que ningún se- ñor feudal se atreviera a desafiar a la Corona, amparándose en sus seguras murallas. Sólo se perdonó una torre, la del capitán Diego de Cáceres Ovando, por su amistad y vasallaje a los Reyes. Hoyes la denominada Casa de las Cigüeñas, sede del Gobierno Militar, en la plaza de San Mateo.

La casa es de estilo medieval, con una fachada de puerta de dovelas en arco de medio punto, con una ventana en arco conopial y los escudos de Ovando–Mogollón, todo ello enmarcado por un alfiz quebrado. Su torre es de gran altura, cuadrada, de sillares graníticos y coronada por almenas.

El capitán Diego de Cáceres Ovando murió en la fortaleza de Monleón (Salamanca) en 1.487 a los 72 años de edad.

LA JUVENTUD DE NICOLÁS OVANDO

Cuando Nicolás tenía 24 años, en l.4rS, comenzó una guerra entre Espa- ña (Castilla) yel Reino de Portugal. En esta guerra el capitán Diego de Cá- ceres se puso bajo el mando de los Reyes Católicos. Estos tuvieron que solicitar ayuda del clavero que había combatido, Alonso de Monroy, para lo que le ofrecieron el castillo de Benquerencia que regentaba el capitán. Diego recibiría otro de igualo mayor valor. Además si soltaba a dos rehe- nes que tenía, su hijo Nicolás dispondría del castillo de la encomienda de Lares. Así fue como Nicolás de Ovando, tuvo su primer gran puesto en la Orden de Alcántara, en lo que hoyes la villa pacense de Galizuela, cerca de la Puebla de Alcocer.

Era Nicolás de Ovando comendador de Lares cuando los Reyes Católicos le mandan llamar y ser uno de los diez caballeros «de señalada virtud Y ejemplo» para que asistiese como apoyo al príncipe Juan. Era el año de 1.496. Los reyes habían elegido a cinco mozos, de la edad de Don Juan, y

cinco viejos, entre los que se encontraba Nicolás, aunque sólo contase con 45 años de edad. Los hombres elegidos no eran cortesanos, sino personas experimentadas en las artes, las letras, las guerra, los asuntos públicos y la dedicación religiosa.

El príncipe Juan murió a los 20 años el 4 de octubre de 1.497 y Nicolás volvió al servicio de la orden de Alcántara, quien le nombro uno de los dos primeros visitadores, junto a Fray Juan Méndez, comendador de Badija «por la capacidad y actitud que tenía», se cita en la crónica de la Orden de Alonso Torres y Tapia.

La labor de Ovando como visitador fue tan buena que resultó elegido para un segundo mandato en el capítulo de 1.498 junto a Fray García Álvarez de Toledo.

Durante su labor como visitador reunió en un edificio a todos los miem- bros de la orden, pues antes vivían separados unos de otros en el campo. Restableció la regla de que los candidatos a la orden, tanto militares como religiosos habían de vivir en el convento durante un año. Para cubrir el gasto que esto suponía incremento la contribución de los comendadores. De esta manera se ocupó del restablecimiento de la orden y la prosperidad de los pueblos y castillos de la Orden de Alcántara, a los que acudían más y más artesanos y colonos, surgiendo nuevos edificios y enriqueciendo a los pueblos.

También Ovando apoyó la idea de construir un gran edificio acorde con la importancia y la misión religiosa de la orden, así como el vigor recuperado de los religiosos y caballeros. De esta manera se construiría el convento de San Benito de Alcántara. Ovando siempre contó para ello con el apoyo de la Corona, pues era diestro en el trato con los hombres y sabía ejercer su autoridad en los asuntos espirituales y administrativos.

LA PERSONALIDAD DEL COMENDADOR

De Nicolás de Ovando se ha dicho que poseía la pericia militar del padre, las virtudes y esmerada educación de la madre, unidas al recuerdo de tan- tas y tan gloriosas tradiciones de familia que contribuyeron poderosamente a desarrollar en él aquella fe religiosa, prudencia, severidad, entereza, leal- tad, celo y espíritu caballeresco.

La descripción física que de él hacen las crónicas de su tiempo indican que era un hombre «mediano de cuerpo y la barba muy rubia y bermeja». Tenía expresión grave y temblaba con la humanidad de su persona su au- toridad sobre los demás. El famoso Fray Bartolomé de las Casas, que partió con él hacia América y fue el creador de la leyenda negra de España dijo

de Ovando: «Este caballero es barón prudentísimo y digno de gobernar mucha gente. Tenía y mostraba grande autoridad, amigo de justicia; era honestísimo en su persona, obras y palabras, de codicia y avaricia muy grande enemigo, y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de virtu- des. Todas estas partes de virtud y virtudes, sin duda alguna, en él conocimos».

LA GRAN EMPRESA AMERICANA

Adornado con todas estas virtudes humanas, los Reyes Católicos, que ya le conocían por su labor con el Príncipe Juan y la Orden de Alcántara deci- dieron nornbrarle gobernador de la isla española y Capitán General de la conquista americana en Granada el 3 de septiembre de 1.501.

Tras despedirse de los Reyes en la ciudad andaluza, Ovando partió hacia Sanlúcar, donde embarco con 2.500 hombres, la mayor parte de ellos no- bles, por disponerlo así sus majestades. La flota estaba formada por 32 na- ves y salió el 13 de febrero de 1.502. En ella iban también 10 franciscanos bajo la obediencia de Fray Alonso de Espinar.

A los pocos días de alejarse de la costa española, una de las embarcacio- nes se hundió y sus restos fueron arrojados a la tierra. Los Reyes creyeron que había parecido Ovando y guardaron luto durante ocho días.

En el memorial de Ulloa y Golfín se dice que la reina le encargó el cuida- do del culto y reverencia de Dios, de la buena fe, el buen tratamiento de los indios y otras. Entre esas otras recomendaciones se indica «que todos los indios de la Española fuesen libre de servidumbre y que no fuesen mo- lestados de algunos, sino que viviesen como vasallos libres, gobernados y conservados en justicia, como lo eran los vasallos de los Reinos de Casti- lIa, y que procurase que en la santa fe católica fuesen instruidos».

Más adelante, en 1.503, se da a Ovando una ordenanza real en la que se dispone «que se hiciese hacer una casa donde dos veces al día se juntasen los niños de cada población y el sacerdote les enseñase a leer, a escribir, y la doctrina cristiana con mucha claridad».

CUATRO GRANDES LABORES

La labor de Ovando en la Española tiene cuatro grandes facetas:

Pacificación de la isla, que exigió grandes derramamientos de sangre.

Funciones de nuevas villas y ciudades.

Exploración y reconocimiento de las Antillas cercanas.

Establecimiento de las encomiendas o repartimientos de indios.

  1. A) Cuando llegó Ovando a la Española se la encontró dividida en dos ban- dos: los de Colón y los de Francisco de Bobadilla. Era el mes de abril de 1.502. Tras tomar posesión de su cargo, ordenó licenciar a Bobadilla como máximo responsable de la corona en la isla y lo embarcó junto a Roldan, otro rebelde, hacia España. A la altura del estrecho de la Mona, entre la República Dominicana y Puerto Rico, la flota naufragó, muriendo más de 500 personas, entre ellas Bobadilla y el indio Guarionax. También se per- dió la paita de oro más grande encontrada en América. La tormenta había sido anunciada ya por Cristóbal Colón, quien se encontraba cerca de la Española y pedía permiso para entrar en el puerto de Santo Domingo, pues sabía que iba ha haber una fortísima marejada y sus barcos no podían per- manecer en alta mar. Ovando se rió públicamente de ese vaticinio de Co- lón y la ridiculizó en son de burla.

En tiempos de Colón había en la Española cinco cacicazgos: Marién, Ma- gua, Maguana, Higüey y Xaragua. En 1.502 solo quedaban dos: Higüey y Xaragua.

Este último tenía cierta semi–independencia, bajo el mando de una prin- cesa, Anacaona. Ovando había ido a esta comarca para hacer justicia con- tra Roldan y establecer relaciones amistosas con los indios. Así fue. Para recibir la buena nueva, Anacaona hizo grandes fiestas en honor de los es- pañoles. Los rumores corrían y se decía que los indios preparaban durante estas fiestas un levantamiento contra los conquistadores. Ovando lo sabía y a una señal suya, en plena fiesta, cargaron contra los aborígenes, y los es- pañoles convirtieron el campo de juego en verdadero campo de batalla. Ala princesa se le perdonó la vida, pero fue conducida a la ciudad, enjui- ciada y ahorcada en la plaza pública.

Una vez pacificado, de esta manera, el cacicazgo de Xaragua, solo queda- ba el de Higüey. En 1.503 mandó Ovando contra su cacique, Cotubana- má, a Juan de Esquivel, conquistador de Jamaica, quien ganó la guerra. Con esta conquista y la muerte de Cotubanamá, ahorcado en Santo Do- mingo, se cierra el periodo de la conquista de la Española y se abre el de la colonización.

LA FUNDACiÓN DE CIUDADES

El gobernador Ovando fue el primero de los grandes fundadores de pobla- ciones en la América Hispana.

Fueron numerosos los pueblos y villas que fundó Ovando en la Española tras su pacificación: Salvatierra (de la Sabana), Iaquirno (Villanueva de Yá- quimo) y Lares (Lares de Guahaba), cerca del cabo de San Nicolás, las tres en lo que hoyes la nación de habla francesa Haití. A éstas hay que sumar

San Juan de la Maguna, Azúa de Compostela, Puerto Real, Salvaleón (de Higüey), Santa Cruz, Concepción, Cotuy, Jaragua, Puerto Plata y la refun_ dación de Santo Domingo. Además hay ciudades tan significativas corno Trujillo de Yuna, Comendador o Cambita Garabito, en referencia directa a Extremadura.

Según las crónicas, Ovando refundó Santo Domingo, tras el vendaval que destrozó la primera fundación de la ciudad, que estaba situada a la orilla izquierda del río Ozama. Los cronistas Bartolomé de las casas y Fernández de Oviedo no consideraron acertado el nuevo emplazamiento, a la orilla derecha del río, pero cuando vieron la nueva urbanización que había dis- puesto Nicolás de Ovando, construyendo grandes edificios de piedra, co- mo su propio palacio, hoy convertido en hotel de lujo, con casino, y que posee el único portal gótico isabelino de todo el país, más la fortaleza Ozama, dos conventos, uno de franciscanos y el otro de dominicos, así como el primer hospital de América bajo la advocación de San Nicolás de Bari, dotado con cuantiosas rentas, las quejas disminuyeron. La razón de esta oposición es que a esta parte del río no había mucha agua potable, pero al final todo se solucionó.

Todas las fundaciones fueron creadas como focos de colonización y con- centración de los dispersos indígenas, ya que se había propuesto fomentar la agricultura, en vez de animar a la búsqueda del oro de las minas. De Canarias llevó la caña de azúcar que hoyes la primera fuente económica del país. También hay una extensa cabaña ganadera, principalmente vacu- na, aunque hoy en manos de una gran multinacional americana.

Ovando no se conformó solo con conquistar para la Corona la isla de la Española, sino que mandó explorar las más cercanas. Mandó al Capitán Sebastián de Ocampo descubrir toda la tierra de Cuba, pues se desconocía si era isla, península o tierra firme. Se concluyó la exploración con la cir- cunvalación de Cuba, averiguando que era una isla. Por otra parte ordenó a Juan Ponce de León, que ya combatiera en la guerra contra el cacique de Higüey, que explorara la isla de Puerto Rico, de la que le separaba solo el estrecho de la Mona.

Por último hay que reseñar lo más importante que Ovando realizó en la isla Española: el establecimiento del sistema de las encomiendas, que con- sistía en repartir los indios a los españoles para que trabajaran la tierra, en la mina o en cualquier otra labor que redundara beneficios para la Corona, pero siempre siguiendo las instrucciones que le daba la Reina Isabel la Ca- tólica: «Que todos lo indios de la Española fuesen libres de servidumbre, y que no fuesen molestados de algunos, sino que viviese como vasallos li- bres, gobernados y conservados en justicia, como lo eran los vasallos de

los Reinos de Castilla, y pracurase que en la santa fe católica fuesen i nstru idos».

Como nos ha contado la historia, los encomenderos españoles trataran a su trabajadores indios de mil maneras diferentes. Unos con un trato exqui- sito, otras de manera esclavizante.

LA MUERTE DE OVANDO

Ovando consiguió implantar en la Española un sistema económico similar al que regía en la Orden de Alcántara. Una vez cumplida su misión solici- tó su retira a la Encomienda Mayor de Brazas, de la que era titular. En la corte no se le tenía mucha estima por parte de los adláteres del rey regente don Fernando el Católico. Tras recibir presiones del Duque de Alba, el monarca nombró a Diego Colón, hijo del descubridor, casado con María Teresa de Toledo, sobrina del duque, nuevo gobernador. Nicolás de Ovan- do dejó la Española en 1.509.

Dos años más tarde recibió una carta del rey para que fuera a servirle sólo con su persona en la guerra de África. Era a mediados de abril. Pera con motivo de celebrarse el capítulo de la Orden de Alcántara en Sevilla, el mes siguiente, el Rey le ordenó que fuese a la ciudad andaluza para hacer- se cargo de su presidencia. Aquí le sorprendió la muerte. Ovando solicitó recibir sepultura en la capilla que se había hecho construir en el convento de San Benito de Alcántara. En esta capilla, recientemente adornada, se conserva ahora sólo su sepultura, ya vacía, pese a que en 1.947 el conde de Canilleras, Miguel Muñoz de San Pedro dijera que había encontrado sus restos. Hoy no se donde están.

ALGUNAS IDEAS

Antes de terminar esta breve biografía sobre Nicolás de Ovando quisiera decir algo para perpetuar su memoria. Según tengo entendido, en la iglesia de Santa María de Almodóvar, de Alcántara, se encuentra una calavera que dicen que es de Ovando. Sería conveniente estudiarla y hacer con ella una repraducción ideal de como era Ovando, al igual que está la cabeza, en bronce, de Francisco Pizarra en el convento de la Coria, de Trujillo.

Por otra parte sería conveniente levantar una estatua de este personaje de la Historia de España y América, tan importante y tan olvidado en nuestras días. La estatua podría colocarse en la plaza Nicolás de Ovando, de Bra- zas o frente a lo que se considera que fue el palacio donde nació hoy pro- piedad municipal, situado más en el interior de la villa y así hacer ir al visitante a conocer un poco más el pueblo.

Por otra parte, en este mismo palacio se pedía construir un museo de la historia del comendador mayor y gobernador de las Islas occidentales. En mi recorrido por Mallorca pude ver un día la casa natal de Fray Junípero Serra, conquistador y evangelizador de toda California. Esto es un ejemplo a imitar.

Por último, ya he propuesto, por escrito, en más de una ocasión, que Bra- zas se hermanase con algunas de las poblaciones que fundara en la Repú- blica Dominicana nuestro paisano. He hablado con el embajador de dicho país, con la Organización de Estados Iberoamericanos, con la Federación Española de Municipios y Provincias, con Iberia, líneas aéreas y Enclave 92. Todos han visto con buenos ojos esta iniciativa; ahora sólo queda Ile- varia a efecto una vez que el Ayuntamiento de Brozas apruebe en pleno la idea de su hermanamiento para trasladar esta petición, através de la Fede- ración Española de Municipios, al pueblo dominicano elegido.

Esperamos que alguna de estas ideas llegue a ver la luz. Nicolás de Ovan- do, personaje de la historia común hispanoamericana, bien se lo merece.