Oct 012009
 

Manuel Jesús Ruiz Moreno.

1.- Antecedentes

No hemos encontrado documentos que atestiguen la presencia de los freires truxillenses en la batalla de Alarcos, pero las circunstancias que se desprenden del estudio de lo acontecido en aquella época, nos permite considerar la afirmación de esta posibilidad. Comencemos pues de la mano de la Crónica Latina, hilo conductor que nos va a servir para intentar hacer una aproximación a los hechos:

 “Había ya edificado Plasencia, ciudad populosa y rica, y había ganado a los sarracenos la muy protegida fortaleza de Alarcón. Comenzó entonces a edificar la villa de Alarcos, y sin acabar todavía el muro, y no suficientemente afianzados los pobladores del lugar, declaró la guerra al rey marroquí, cuyo reino era entonces floreciente y considerado poderoso y fuerte por los reyes vecinos. Envió, pues, el rey de Castilla al arzobispo toledano don Martín, de feliz memoria, hombre discreto, benigno y generoso, que de tal manera era querido por todos que de todos era considerado padre. Llevó el arzobispo consigo hombres animosos y valientes y una multitud de soldados y hombre de a pie, con los que devastó gran parte de la tierra de moros de aquende el mar, expoliándola de muchas riquezas  y de una infinidad de vacas, ganado y jumentos.”

Terminadas las treguas en el verano de 1192, los embajadores cristianos, enviados por el rey Alfonso VIII a la corte almohade, propusieron condiciones inaceptables para la renovación de las mismas, lo que venía a significar una declaración de guerra (GARCÍA FITZ,1998: 333). Según el Bayan, esta actitud de los castellanods podia deberse, a que pensaron que el emir abu Yusuf Yaqub estaba con las “manos atadas” al tener que ocuparse de sofocar una revuelta en Ifriquiya (RUIZ GOMEZ, 1995: 164), la actual Trípoli, en el extremo del imperio almohade (MARTINEZ VAL:1996, 94). Según Huici Miranda, la terrible sangría en hombres y dinero que causaba al imperio almohade las rebeliones de los almorávides mallorquines y de las tribus nómadas en Africa, debilitaron de tal modo la capacidad ofensiva del Miramolín que mermaban considerablemene la ayuda que éste podía prestar a los musulmanes andaluces (HUICI MIRANDA, 1956:158). Aprovechando esta debilidad, en el verano de 1194, a finales de verano en opinión de Martínez Diez (MARTÍNEZ DIEZ, 1995: 75), el rey castellano envía una hueste, para que hicieran el mayor daño posible en el territorio musulmán. Estas tropas estaban bajo el mando del arzobispo de Toledo, don Martín de Pisuerga, con muchos nobles caballeros y peones, a quienes acompañaban algunos caballeros de la Orden de Calatrava, y podemos pensar que también freires de Trujillo, al tener algún destacamento preparado, para las cabalgadas a territorio musulmán, en la fortaleza de Ronda. Villa toledana que estaba en poder de los truxillenses desde que les fuera donada el 5 de abril de 1188 por el rey Alfonso VIII.

Después de pasar el Guadalquivir, llegaron hasta las puertas de Sevilla, causando terribles estragos por las ricas campiñas andaluzas, regresando cargados de botín. Las noticias que tenemos de la parte que correspondió a los caballeros de Calatrava hablan de 300 cautivos y muchos ganados y bienes  (MARTÍNEZ DIEZ, 1995: 76).

Tenemos constancia de que por esas fechas, concretamente el 11 de junio de 1194, el Rey Alfonso realiza una nueva donación al magistro Gómez, de la Ordini Turgellensi y a sus fratres, de  una casa y unas tiendas en Toledo. Con esta cesión podemos suponer que el rey casellano quería fortalecer los esfuerzos de los truxillenses, y continuar involucrando a las ordenes militares en la defensa y ampliación de la frontera castellana a costa del enemigo musulmán.

Siguiendo en esta política, de confiar la defensa de la frontera a las órdenes militares, el rey Alfonso VIII, entrega a la Orden de Santiago la fortaleza de Alarcón, el 18 de octubre del mismo año (HUICI MIRANDA, 1956:160).

Con ese mismo fin, un año después, el 6 de marzo de 1195 el monarca castellano concede, al convento de los freires de Truxello, un privilegio de donación de la villa y castillo de Trujillo, de Albalat – a orillas del río Tajo-, la fortaleza de Santa Cruz cerca de Trujillo, sito en un monte arduo, y otros dos castillos de los cuales uno se llama Cabañas y el otro Zuferola Además, para la manutención y sostenimiento de dichos castros y villas les asigna tres mil ducados (TORRES TAPIA,1763, I, 108).

Con esta ultima donación la primera linea de la frontera castellano-musulmán queda guarnecida por los “los penitentes de Santa María”, denominación con que eran referidos los combatientes de las Ordenes Militares en algunas crónicas musulmanas (DEREK W. 1965: 10):  La Orden de los freires truxillense en el flanco oeste, instaladas en sus fortalezas en torno a Trujillo, y Ronda (Toledo); los fratres de Avila, asentados desde 1171 en el  castillos de Bolobres, junto al Tajo, cara a la tierra de frontera recorrida por los almohades  (GONZÁLEZ, 1974: 365); la Orden de San Juan de Jerusalén en el castillo de Consuegra, donado el 6 de agosto de 1183; los Calatravos en el centro guardando los accesos a Toledo y la Orden de Santiago, desde su convento principal en Uclés guardando el flanco oriental del reino castellano (MARTÍNEZ DIEZ,1995: 75)

Podemos suponer que tras el buen comportamiento en combate de los freiles trujillanos, en las expediciones del año anterior, Alfonso VIII accede a darles el espaldarazo final, y a considerarles una fuerza más en la defensa de la frontera castellana

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2.- Preparación de la Campaña

Todas las fuentes, están de acuerdo en señalar que la expedición almohade contra el reino castellano, fue la respuesta a las cabalgadas cristianas ordenadas por el rey de Castilla (GARCÍA FITZ, 1998: 333).

Conocido el probable destino de la proxima campaña almohade, el rey castellano se preparó para la misma, desde el invierno de 1994. En noviembre de ese año se entrevistó con el rey de León en Toledo. Donde posiblemente se decidieron las fuerzas de cooperación de los dos reinos en la próxima campaña. Poco tiempo después, también se concertaría la ayuda del monarca navarro (GARCÍA FITZ, 1998: 333). Los apoyos religiosos también se mostraron de la mano de Celestino III. El 10 de julio de 1995 expide una bula en la que expresa su satisfacción por los preparativos que se estaban realizando  para la lucha contra el musulmán (HUICI MIRANDA, 1956:160).

Los almohades, después de obserar la debilidad de la fornter andalusí por las cabalgadas cristianas, se decidieron a desviar el objetivo del ejercito que tenían ya reclutado para sofocar la revuelta en Ifriquya, y enviarlo contra el reino castellano de Alfonso VIII (GARCÍA FITZ, 1998: 333).

2.1.- Composición de las fuerzas musulmanas

“Cuando el rey marroquí Abdelmún el tercero, lo supo,  se dolió en su corazón; salió al punto de Marrakech, reunió gran cantidad de soldados y de hombres de a pie, y pasó el mar”

Se desconoce el número de soldados musulmanes que participaron en esta campaña.  Las cifras obtenidas en las cróniscas no son fiables, los números suelen ser retocados en los textos, con intenciones diversas. Pero se estima en unos 20.000 hombres: 15.000 peones y 5.000 de a caballo. Lo que si podemos constatar con mayor precisión es la composición de las mismas. Las fuerzas del ejercito almohade provenían de todos los confines de su imperio y ello daba lugar a una gran heterogeneidad: de origenes, costumbres y destrezas bélicas. Que en ocasiones eran demasiado dispares, lo que podía comportar una escasa efectividad. En palabras de Ardant du Picq: “Cuatro valientes que no se conozcan, no acudirán con tranquilidad a atacar un león; pero otros cuatro, la mitad de valientes, que se conozcan perfectamente y estén seguros de su solidaridad y de su aptitud, lo harán con total decisión” (ARDANT DU PICQ, 1988: 74)

Martínez Val, en su estudio sobre la batalla de Alarcos, hace una relación de la procedencia de las fuerzas almohades, entre ellas cita: La tribu de los Hintata, bajo el mando directo del Gran Visir Abu Yahia; Los andaluces tributarios mandados por Ibn Sanadid, apreciados por estar familiarizados con las técnicas de lucha de los cristianos españones. Según Álvaro Soler, la caballería andalusí era una caballería pesada, semejante a la cristiana, todo lo contrario que la caballería árabe, que era ligera y montada a la jineta, mientras que la andalusí montaba a la brida (VARA THORBECK,1999: 212). Las tropas árabes, guiadas por Yamun ben Riyah, serían, después de los almohades, el segundo grupo del ejército musulmán. Formadas por árabes beduinos con una fuerte organización tribal, y que combatían utilizando la práctica del “torna fuye” con gran coraje pero muy indisciplinadas. Eran los árabes magníficos jinetes con lanza y espada y constituyeron, tanto en Alarcos como en la Navas, las fuerzas de choque de los almohades, y como tales sus bajas eran elevadas.(VARA THORBECK,1999: 212). Los Guzz son mencionados frecuentemente entre los integrantes de las fuerzas almohades en la península ibérica, como guerreros turcos o kurdos especialistas en el tiro con arco a caballo (Molénat, 2005: 553). Según el estudio sobre el arabismo Algoz (Al Guzz) contenido y uso, realizado por Felipe Maillo Salgado, no pasó desapercibida para los cristianos la existencia de los guzz, dada su forma de combatir mediante aquellos arcos, anteriormente jamás utilizados por los musulmanes, y cuyas mortíferas flechas se harían sentir en sus filas; de ahí que enseguida existiese la necesidad de una palabra que diera cuenta de aquella nueva realidad. La palabra guzz (en plural agzaz o guzziyyun) pasaria a ser algoz, término con el que se les denominaria ya en los Anales Toledanos Primeros en 1213. Palabra que pasaria enseguida a otras lenguas romances de Europa a través del castellano.

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Por último, podemos constatar la presencia de los voluntarios de Abu Yazir, alistados cuando el Miramolín almohade pasaba por el norte de Marruecos, con destino a la Península. Estos voluntarios eran los musulmanes más fervorosos que acudían a ciertos puestos fronterizos denominados rabitas, y alli dedicaban su vida a la oración y a combatir los enemigos de su religión, constituyendo los adalides y exploradores del ejército musulmán (VARA THORBECK,1999: 212). En ocasiones su falta de experiencia militar propició su martirio, como en el caso de las Navas. Como decía el poeta al-Mutanabbi: “Las armas todo el mundo las puede llevar, pero no es león todo el que tiene garras” (LÓPEZ PAYER y ROSADO LLAMAS, 2002: 55) Además, el ejercito musulmán contaba con las mesnadas cristianas del poderoso caballero castellano Pedro Fernández de Castro, desnaturados desde el año anterior, al firmarse el tratado de Tordehumos, que ponia paz entre los reinos de Castilla y León (MARTÍNEZ VAL:1996, 103)

“Llegó a Córdoba y, pasando el puerto de Muradal con gran rapidez, se extendió sobre la planicie del castillo que ahora se llama Salvatierra”.

En la reconstrucción del itinerario que realizaron las tropas musulmanas en esta campaña, Huici Miranda  refleja que el califa Ya´qub al-Mansur cruzó el estrecho el 1 de junio de 1195. El dia 8 se encuentra ya en Sevilla, partiendo hacia Córdoba el 22, población a la que llegó el 30 de junio. Después de descansar tres dias, el martes 4 de julio, los almohades parten hacia el puerto de Muradal (HUICI MIRANDA, 1956:138).

2.2.- Composición de las fuerzas castellanas

“El glorioso rey don Alfonso, cuando supo la llegada del moro Almiramamolín, así se denominaba a los reyes marroquíes, mandó a sus vasallos que le siguieran con toda rapidez. Él, como león rugiente que se estremece ante la presa, precedía a los suyos y con enorme rapidez llegó hasta Toledo. Se detuvo allí algunos días en espera de los grandes de la tierra, de sus nobles vasallos y de la multitud de pueblos que le seguían”.

Rades y Andrada recoge una versión en la que, conocida la entrada del Miramolín por el Rey don Alonso, éste salió a recibirle con menos gente de la necesaria, sin aguardar a muchos Grandes de Castilla que venían con gente a servirle. Aunque otras fuentes, recogen que la confianza del triunfo de las tropas castellanas sobre los almohades era compartida de un modo general por sus súbditos, de tal manera que el cronista al-Dabbi anota la observación, de que fueron con el Rey muchos comerciantes judíos con abundacia de dinero para comprar los futuros prisioneros y el botín, y hacer grandes negocios en su reventa (HUICI MIRANDA, 1956:159).

En la Península Ibérica, al igual que en Tierra Santa, cuando los musulmanes emprendían una gran incursión de depredación o lanzaban una invasión, la mejor manera de repelerla era promulgar el arrière-ban y poner una hueste en campaña. (ROJAS, 2006: 100). Siguiendo este pensamiento, Alfonso VIII, conocedor de los movimientos almohades, realizó un llamamiento general y congregó a sus vasallos en Toledo: los grandes magnates con sus mesnadas, las milicias de los concejos y los caballeros de las ordenes militares, “soldados consagrados por votos” como los llama el-Halim, entre las que con bastante certeza podríamos encontrar a los milites de Trujillo, junto a los de Santiago, Calatrava y Évora.

Las huestes de las Órdenes Militares presentaban características muy admiradas por los monarcas cristianos: Su carácter de fuerzas permanentes, su disciplina para la aceptación y el cumplimiento de las ordenes dadas, y el conocimiento tanto del medio fronterizo como de las tácticas utilizadas por el adversario musulmán, les hacia ser el prototipo de soldado ideal. Motivo por el cual, frecuentemente, les fueron encomendadas las misiones más difíciles y arriesgadas (GARCIA FITZ, 2005:192). Como botón de muestra, citar que en las operaciones llevadas a acabo para la conquista de Sevilla el rey don Fernando dispuso que la Orden de Santiago se situara en una posición vital pero muy arriesgada, al otro lado del rio, para proteger la flota que efectuaba el cerco a la población (GONZÁLEZ, 1951: 192). Dermuger señala también, otro factor a tener en cuenta, como era su capacidad de disponibilidad y movilización inmediata. En el ataque a Burriana, por el Rey de Aragón, las únicas fuerzas que llegaron en la fecha señalada al lugar convocado, fueron los contingentes de las Órdenes, las milicias de los nobles y de los Concejos llegaron dos dias después. Razón por la cual, las tropas reclutadas por las órdenes militares, junto con las mesnadas de la Casa Real, siempre fueron consideradas como las fuerza más duras dentro de los ejercitos cristianos (DERMUGER, 2005: 159).  El profesor Carlos de Ayala precisa que las huestes que podían aportar las órdenes militares tenían una variada procedencia, con diferente valía militar, armamento, equipamiento e incluso motivación (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003: 411):

El conjunto de los hermanos combatientes, caballeros o sargentos, constituían el “convento” (DERMUGER, 2005; 150). Este grupo de freires de convento, aunque minoritario dentro de la Orden, constituían la elite social y militar, y presentaban la preparación y equipamiento militar más completo (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003: 411).

Desconocemos el número de efectivos que se dirigirían hacia Alarcos,  porque tampoco tenemos noticias de cuantos miembros pertenecerían a las distintas órdenes militares que operaban en la Península Ibérica a finales del siglo XII. Aún así podemos intentar hacernos una idea aproximada con las informaciones recogidas sobre los hermanos  de convento del Temple, en la mitad del siglo XII, en el reino de Jerusalén. Número que se aproxima a unos trescientos caballeros y cerca de 1000 sargentos. A estas partidas hay que sumar: los caballeros que sevían por un periodo de tiempo estipulado, y los contingentes de mercenarios. El profesor Rojas entiende que cifras similares debían contabilizarse en el condado de Trípoli y en el principado de Antioquia. Obteniendo la conclusión de que a finales del XII, en Tierra Santa debían estar guarnecida por unos seiscientos caballeros templarios  y unos dos mil sargentos (ROJAS, 2006: 96). Otros datos que también pueden servirnos para extrapolar resultados, son las noticias de los requerimientos del rey de Aragón para la defensa de la frontera valenciana en 1287: 30 templarios, 30 hospitalarios y 20 calatravos. Y en 1303, el rey Jaime II pidió 100 templarios, 60 hospitalarios, 30 calatravos y 20 santiaguistas para una expedición contra los musulmanes de Granada. (DERMUGER, 2005: 159).

Al margen de estas fuerzas, ligadas orgánicamente a las Órdenes, también podían contar  con otros efectivos que, sin pertenecer a la institución ni haber pronunciado los votos, se encontraban vinculados a ella por diversos lazos, entre ellos podemos encontrar:

Los Siervos, caballeros villanos y peones, que las órdenes militares reclutaban entre las localidades que estaban bajo su jurisdicción y que se integraban en sus huestes en cumplimiento de las obligaciones militares recogidas en los fueros locales.

Fratres ad terminem” que eran caballeros y peones seglares que se vinculaban a las órdenes, temporal y voluntariamente, al calor de las indulgencias papales que equiparaban el servicio militar, en dichas intituciones, con la participación en la Cruzada a Tierra Santa. Se sabe que ya existían en la cofradía militar de Belchite (1122) y en los primeros tiempos en la Orden del Temple, experiencia que en esta última milicia pasó a un segundo plano, aunque no desapareció, frente a la idea de entrega perpetua (GARCÍA-GUIJARRO RAMOS, 1995: 72).

García Fitz señala, que no se agotaba aquí la capacidad de reclutamiento de las Órdenes Militares. Desde los primeros momentos de su existencia, tenemos noticias de que las órdenes se apoyaron en la contratación de fuerzas de pago. Cuando el maestre de Santiago lideró a 280 caballeros durante el asedio de Sevilla, previsiblemente sólo una parte de los caballeros serían freires de la Orden y el resto seglares estipendiados (DERMUGER, 2005: 159). En otros casos, la condición de mercenarios, aparece claramente reflejado por el cronista, en una cabalgada que los Santiaguistas efectuaron en 1240, por tierras de Almendralejo, Rades y Andrada no duda en indicar que junto a los freires había “gente de sueldo” que actuaron con ellos (GARCIA FITZ, 2005:188).

Por último, y como indica De Ayala, menos frecuente, debió ser la utilización de otros elementos como los perros de presa, que según la tradición recogida por el cronista  Rades, debieron acompañar a los calatravos en sus cabalgadas desde Zorita, y que, eran muy apreciados porque además de aterrorizar a las víctimas con sus ataques, causaban un importante número de bajas entre ellas. Esta sería la razón del nombre de la encomienda de Zorita de los Canes. (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003: 411):

Mostrada pues, los distintos tipos de elementos bélicos que las ordenes militares podían aportar, observamos que aún no siendo un fuerza determinante, desde el punto de vista numérico, dentro de los ejércitos convocados por los reyes cristianos, su cualificación militar y su experiencia, los hacian ser muy estimados. Asumiendo frecuentemente cometidos propio de los actuales “soldados de las fuezas especiales” de los ejércitos actuales. Misiones relacionadas con la rapidez y la eficacia en su intervención, tales como: labores de cobertura de las columnas de ejércitos en marcha, cierres de retaguardia, tareas de escolta y evcuación, acciónes-sorpresa, vigilancia de caminos y puntos estratégicos, etc. (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003: 597)  Por ello no es de extrañar que siempre formaran parte de las tropas reclutadas por los monarcas en todas las expediciones de gran envergadura (GARCIA FITZ, 2005:197). Los fuentes manejadas nos permiten afirmar que en Alarcos se dieron cita: el maestre de Calatrava don Nuño Pérez de Quiñónez con sus caballeros; el maestre de Santiago don Gonzalo Rodríguez con los suyos; y el maestre de la Orden portuguesa de Évora don GonÇalo Viegas con sus freires. Nada se dice sobre la presencia de los Truxillenses en la batalla, aunque numerosos autores dan por sentado su presencia en la misma (LÓPEZ FERNÁNDEZ: 175 y MARTÍNEZ VAL:104). Es deducible su participación por los siguientes motivos: En primer lugar, los truxillenses disponian de una base operativa en Ronda (Toledo), desde la que rapidamente alguna hueste pudo unirse a la convocaria real, en segundo lugar, y recordando el celebre dicho: “es de buen nacido el ser agradecido”, dadas las ultimas donaciones efecuadas: la villa de Trujillo y los puntos fuertes para el control de su territorio (Albalat, Cabañas, Santa Cruz y Zuferola), apenas cuatro meses antes de la batalla, parece más que razonable pensar que una fuerza considerable dentro de la Orden, aunque quizas poco significativa con respecto al número de efectivos aportados por Calatrava y Santiago, estuviera presente en esta confrontación. La Kalenda de Uclés, muestra las “importantes” pérdidas de los suyos en la batalla, dice que murieron diecinueve freires de Santiago, por lo que podemos hacernos una idea de cual debió ser la aportación de los truxillenses, si sus mas veteranos compañeros santiguistas se duelen de la perdida de 19 freires… Quizás el número de efectivos truxillenses aportados  sería similar a los que presentó los freires de Evora, cuya presencia en Alarcos se atestigua por lo escrito en el  Chronicon Coimbricense (VERISSIMO SERRAO, 1979: 172)

2.3.- Estrategia de Alfonso VIII

“De allí condujo sus campamentos a Alarcos, donde acampó con el firmísimo propósito que después de sucedido se supo: combatir con Almiramamolín, si rebasaba, camino de Alarcos, el lugar llamado El Congosto, que era considerado el límite del reino de Castilla, pues prefería exponer su vida y reino a tan gran peligro y someterse a la voluntad de Dios luchando con el susodicho rey de los moros, que era considerado el más poderoso y rico de todos los sarracenos, a permitirle traspasar cualquier palmo del terreno de su reino. Por esto tampoco quiso el glorioso rey de Castilla esperar al rey de León, que marchaba en su ayuda y que se encontraba ya en tierras de Talavera, por más que este consejo le dieran hombres prudentes y expertos en cosas de guerras”.

A la vista de las crónicas, García Fitz opina que desde las primeras noticias del paso del califa a la Península, el monarca castellano estaría dispuesto a arriesgar su suerte en una batalla campal, si los musulmanes traspasaban el puerto del Congosto. García piensa que las razones que le pudieron hacer tomar esta estrategia tan directa, para acabar con dicha amenaza militar, sería su excesiva confianza en sus propias huestes (GARCIA FITZ, 1998: 333). El rey Alfonso VIII haría suya la frase: “La victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del Cielo” (I, Macabeos, 3, 9) y con total deteminación se dirigiría a enfrentarse con el musulmán.

Aún pensando en la gran confianza del rey en sus tropas, no debemos olvidar que Alfonso tenía larga experiencia en enfrentamientos con los musulmanes y sabía lo que implicaba una batalla campal y la siempre incertidumbre de su resultado o, por decirlo con las palabras de un testigo directo de las Navas de Tolosa “ la dudosa suerte del combate” (GARCIA FITZ, 2005: 72) Por muy seguro que se encontrase de que Dios estaba de su lado, sabía que en caso de derrota, el precio que pagaría él y sus tropas podría ser muy alto: Sufrimiento físico, heridas, cautiverios, ruina y quizás su propia muerte. García Fitz expresa que se desconoce cual era el porcentaje real de bajas en una batalla campal, pero por los cálculos de algunos especialistas no parece exagerado pensar que, entre prisioneos, heridos y muertos, la mitad de una fuerza derrotada en campo abierto podía quedar aniquilada (GARCIA FITZ, 2005: 74)

Pero, pese a la conclusión tan fundada del profesor García, yo me inclino más por la explicación que aporta Ruiz Gómez en su trabajo sobre la batalla de Alarcos; según el cual, el rey castellano pudo saber, desde el primer paso de los musulmanas en la Península, su probable objetivo: Toledo. Y pudo prepararse con cierto tiempo para el enfrentamiento. Y aunque previamente, a su marcha, tuvo contactos con los reyes de Navarra y León, en los que se tratarían los apoyos militares que ambos monarcas facilitarían al castellano, lo cierto es, que Alfonso VIII tendría sus dudas sobre sus verdaderas intenciones. No sabemos si el castellano se anticipó en su partida a la llegada del leonés, o éste se demoro a propósito en el encuentro en el que debia reunirse con Alfonso, pero lo cierto es que en el ultimo instante, Alfonso VIII decidió no esperar los refuerzos leoneses y partir solo con sus hombres. La desconfianza puede que tuviera sus razones cuando nada mas terminar la campaña en derrota para los castellanos; los reyes de León y Navarra, aprovecharon para atacar desde sus respectivas fronteras al maltrecho reino de Castilla. (RUIZ GÓMEZ, 1995, 164)

Varias fueron las posibilidades que se le plantearon al monarca castellano ante la campaña de castigo que se le venía encima. Pero entre ellas, Alfonso VIII pensó que aunque la más expuesta, presentar batalla era la mejor de todas, y puesto a ello, preferiblemente salir al encuentro de los almohades en algún punto avanzado de la frontera, como anteriormente habia hecho su predecesor Alfonso VI, frente a los almorávides en Zalaca (1086). Porque aunque fuera derrotado, Toledo no se vería amenazada. Pues, como dice Ruiz Gómez, una derrota allí no pondría en peligro la capital del reino ni las ricas vegas del Tajo, territorio que siempre podrían servir de apoyo en retaguardia. (RUIZ GÓMEZ, 1995, 164)

Un último hecho, nos puede acercar a los pensamientos del monarca antes de decidir presentar batalla en Alarcos. En 1172, durante el cerco de Huete. García Fitz describe que cuando el califa almohade Abu Yaqub Yusuf cercó la villa de Huete, al poco tiempo debido a diversas causas, la presencia de un ejercito de socorro entre otras, tuvo que levantar el asedio y dirigirse hacia Cuenca. Las tropas del rey castellano, enviadas para socorer la plaza cercada, les siguieron, y en las inmediaciones de esta última ciudad, las dos fuerzas quedaron una frente a otra, separadas por el río Júcar. Durante toda la noche ambas fuerzas se mantuvieron vigilantes y, al dia siguiente se desplegaron para dar batalla. Pero el choque que no se produjo, porque finalmente los cristianos abandonaron el campo de batalla y regresaron a sus tierras. García explica que posiblemente la iniciativa de evitar el enfrentamiento partiera del rey castellano, al haber conseguido ya su objetivo que era el levantamiento del cerco sobre Huete, y no precisaba arriesgarse a una batalla campal. Después de lo escrito podemos pensar que aunque Alfonso VIII salió presto a la batalla, también podria estar en su mente el recuerdo de lo acontecido en Huete y que pudiera ser que solo con ver el ánimo y la rapidez con que los cristianos se prestaban en presentar batalla, los almohades se lo pensasen dos veces y dieran media vuelta dirigiendo su campaña hacia otro territorio.

La crónica de Calatrava describe el camino seguido por los castellanos hacia Alarcos: “Llegado el Rey al castillo de Guadalerza, se juntó con su ejercito don Gonzalo Rodríguez Maestre de Santiago, y tambien sus caballeros; y en Malagón se junto don Nuño Perez de Quiñónez Maestre de Calatrava, con los suyos. De allí fueron a la villa de Alarcos: y los moros habian ya entrado hasta Caracuel; de manera que vinieron a dar la batalla junto al castillo de Alarcos

Los freires truxillenses destacados en Ronda pudieron unir sus fuerzas a las del monarca castellano, a su salida de Toledo. Aunque el grueso de las fuerzas se enviarían desde la “casa madre” de Trujillo.

Estas fuerzas probablemente seguirían el cauce del guadiana hasta llegar a Malagón, lugar donde se unirían a los freires de Calatrava, para juntos incorporarse a la hueste real. Derek W. Lomax indica que desde los primeros momentos de existencia de las Ordenes militares, éstas se organizaron para colaborar en el campo de batalla. Tenemos noticias de que en 1178, los freires del Temple, del Hospital y de Santiago se reunieron en Salamanca y concordaron que en cada campaña militar se hallarían juntos tanto en la primera fila de la batalla como en la última, a menos que el rey lo prohibiese (LOMAX, 1965: 43). O´Callaghan añade que acuerdos similares fueron realizados en 1188 entre Calatrava y Santiago (O´CALLAGHAM:1996. 611). Por lo que no es de extrañar, que las milicias de obediencia cistercienses se agruparan bajo el mando de la Orden que aportase mayor número de miembros a la batalla, en este caso la de Calatrava.

Mientras el Rey Alfonso bajaba hasta Alarcos, cuenta Al-Bayan, que los calatravos enviaron exploradores desde Calatrava la vieja y los castillos vecinos, para informarse del avance enemigo, pero los adalides de la vanguardia almohade los sorprendieron y acabaron con todos ellos.

3.- La Batalla

“Llegó Almiramamolín al lugar llamado El Congosto entre el castillo de Salvatierra y Alarcos, y acampó allí”

Una vez en el Congosto, el 13 de julio, Julio González, tras estudiar las fuentes disponibles, opina que al-Mansur, convocó un consejo de guerra con los jefes de las distintas partidas del ejército almohade. El caíd aconsejó desdoblar el numeroso ejército, y dar el mando de la vanguardia, con la enseña califal, al jeque almohade de su más confianza, para que los castellanos lo confundiese con al-Mansur; y el califa quedase en la retaguardia, con el ejército de reserva, ocultos y en lugar próximo a la batalla para acudir en socorro en el momento oportuno (GONZÁLEZ, 1960: 957).

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3.1.- El campamento cristiano

Una vez llegado a Alarcos, las tropas cristianas procedieron a intalarse, pero no lo hicieron en la Villa, ni en el castillo. Julio González describe el Alarcos de aquellas fechas, con una pequeña fortaleza de dimensiones modestas, incapaz de albergar grandes ejércitos. Situada sobre una colina de 680 metros de altitud y una población en su ladera cuya muralla estaba sin terminar. González añade que tiene constancia de que Alfonso VIII no puso su campamento en el castillo, ni en la villa sino que se detuvo para esperar al musulmán “frente a Alarcos” (GONZÁLEZ, 1960: 957). Francis Gutton es de la misma opinión y dice que Alfonso VIII se situó cerca del castillo en lo alto de la colina (GUTTON, 1955: 35). Colina que podemos identificar como el cerro del Despeñadero, estribación de la misma cadena montañosa sobre la que se levantaba Alarcos y situado al Este de la misma (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993)

3.2.- El campamento musulmán

Según el estudio de Muñoz Ruano, y Pérez de Tudela, el ejército musulmán dividido en  vanguardia y retaguardia cubrió en tres dias las dos jornadas que le separaban de Alarcos, donde aguardaba las fuerzas de Alfonso VIII. En su opinión, los musulmanes dilataron el tiempo de su camino, debido a que la retaguardia acampaba en los mismos espacios en los que lo había hecho la vanguardia la noche anterior. De ese modo, y según el relato de Bayan: la madrugada del dia de la batalla, el ejército musulmán abandonó de madrugada los campamentos, dejando alli la impedimenta, y avanzó situándose en el valle, frente a la colina que ocupaba el rey de Castilla. a una distancia “de dos flecha o mas cerca”, lo que nos indica que el campamento almohade debió instalarse en un lugar distante de la colina en la que estaban asentados los castellanos (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993). Martínez Val es de la opinión, que el campamento almohade debió estar situado en las cercanías de lo que actualmente es la aldea de Poblete (MARTÍNEZ VAL:1996 112).

3.3. Primeros movimientos

Según los estudios llevados a cabo por Martínez Val, en los dias 15 y 16 de julio los almohades marcharon desde el Congosto hasta las cercanías de Alarcos. El visir habría llegado a las proximidades de Alarcos la tarde del 16, sin que los cristianos hiciesen ningún movimiento ofensivo contra las fuerzas que estaban acampando. Martínez apunta que pudieran estar esperando las mesnadas de los Lara, y del rey de León, que parece ser que se encontraba ya en Talavera de la Reina (MARTÍNEZ VAL:1996, 116).

“Cuando el glorioso rey de Castilla lo supo, ordenó a todos los suyos que a primera hora de la mañana salieran armados al campo para luchar contra el rey de los moros, pues creía que ese mismo día el rey de los moros se presentaría al combate. Los castellanos, al llegar la mañana, salen al campo preparados para luchar, si hubiese enemigo contra quién blandir las armas. Pero los moros descansaron ese día preparándose para el siguiente, deseando al mismo tiempo eludir a sus enemigos de forma tal que, fatigados ese día por el peso de las armas y por la sed, se encontraran al siguiente menos aptos para la batalla: como así sucedió, pues el glorioso rey de Castilla y su ejército, después de esperar al enemigo en el campo desde el amanecer hasta después del mediodía, cansados del peso de las armas y por la sed, volvieron a los campamentos pensando que el rey de los moros no se atrevía a luchar con ellos”.

El 17 de julio, Alfonso VIII presentó batalla, pero el visir no la aceptó, pues esperaba las fuerzas del califa que venian en el ejército de retaguardia. De acuerdo con el plan trazado en dias anteriores, este segundo cuerpo habría culminado su marcha al atardecer de ese mismo dia, sin que los cristinos se percataran de su llegada. De modo que podemos comprobar la veracidad de las crónicas, cuando expresan la poca información sobre el número de combatientes musulmanes al que realmente se enfrentaban los castellanos (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993).

No conocemos la disposición de los distintos contigentes cristianos que formarían, esperando la llegada del bando musulmán, pero puede presumirse que las enseñas de las Ordenes Militares ondearían en el centro de la primera linea. Enseñas que según el profesor Ayala Martínez, serían el elemento más importante en la diferenciación de los freires de estas milicias (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003:384).

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 Señas rectangulares “mas luengas que anchas” según se definen en las Partidas. Documentalmente tenemos constancia de que los templarios no obtuvieron permiso para coser la cruz roja sobre su capa hasta 1147, y que Calatrava, y Alcántara tuvieron que esperar su autorización hasta 1397 y 1411, respectivamente (DE AYALA MARTÍNEZ, 2003:384).

Caso aparte sucede con los de Santiago, en cuya Crónica, redactada por Rades y Andrada se detalla que sus caballeros fundadores pusieron sobre sus pechos la señal de la cruz, a manera y forma de Espada, a la cual el vulgo sin razon llamaban “Lagarto”, y por tener forma de Espada antigua, también se les conocía como Orden de Santiago de la Espada o “Spatarii”, denominación que a juicio de Lomax podrían ya recibir desde 1191 (LOMAX, 1965: 93). Pero en opinión de Dermuger, es improbable que ni los templarios ni las demás ordenes militares no intentaran diferenciarse mediante algún emblema, normalmente una cruz, desde poco tiempo después de sus fundaciones (DERMUGER, 2005: 227). Tenemos constancia de que en los siglo XII – XIII dichas señas de identidad eran los suficientemente distintivas como para ser reconocidas fácilmente en el campo de batalla. Lo que quizás es poco probable que dicho emblemas fueran tan llamativos como se mostrarían siglos después. Emblemas con la cruz latina, con los cabos rematados en florones trifoliados (MENÉNDEZ PIDAL DE NAVASCUÉS, 1999: 386), sobre fondo blanco, en las milicas cistercienes: cruces negras para Calatrava, que luego cambiaría a roja (DERMUGER, 2005: 231); verde para los Truxillenses (RUIZ MORENO, 2009) y roja para los de Evora que cambiaría a verde en 1385 tras la vitoria de los portugueses sobre los castellanos (DERMUGER, 2005: 230). Los de Uclés llevarían el pendón de Santiago, junto a los estandartes blancos con una cruz latina roja cargada de cindo veneras, dispuestas en el centro y en cada uno de los cabos de la cruz, tal y como aparece en la ilustración 205 del Códice de las Cantigas.

Pero volviendo a la batalla, parece ser que estas prisas por entrar en combate el 17 de julio, presentan todavía ciertas dudas. El texto de la Cónica Látina deja ver la indecisión de los castellanos que, desplegadas sus fuerzas en el campo de batalla, se limitan a esperar el ataque enemigo y a retirarse cuando éste no se produce, sin que en ningún momento piensen en avanzar sobre el campamento musulmán (RUIZ GÓMEZ, 1995: 164). El recuerdo de la acontecido en Huete, como se explicó en lineas anteriores, pudiera rondar la mente de los castellanos, y éstos se volvieron a sus campamentos pensando que los almohades no se atrevían a presentar batalla.

3.4. La batalla

El lugar donde ocurrió el enfrentamiento, no está suficientemente claro, y se hace imposible reproducir con certeza todos los movimientos de las tropas que en ella se dieron cita. Pero podemos intentar una aproximación de la mano del exhaustivo estudio de las fuentes cronísticas realizado por Huici Miranda. El autor que mas concreta el espacio donde se pudo desarrollar el encuentro es Martínez Val para quien, el campo de batalla podria encontrarse en una superficie de nueve kilómetros cuadrados delimitada por: los cerros de Alarcos y del Despeñadero (base de las fuerzas cristianas) en el norte; por el sur la linea horizontal delimitada por la actual población del Poblete, en cuyo vértice derecho encontramos el topónimo Cabeza del Rey, alto de 695 metros, lugar donde podría haberse asentado el campamento almohade; por el este el camino romano; y al oeste el rio Guadiana, muy pantanoso a esta altura de sus curso (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993). En el centro de esta superficie se encuentra un pequeño cerro de 647 metros de altitud, cerca de lo que actualmente se denominan casas de Villadiego, que pudo ser utilizado para ocultar las reservas musulmanas a los ojos de los cristianos. Rawd al Qitar hace referencia detallada a esta colina a cuyo resguardo se organizó el contrataque de la retaguardia musulmana. Este factor, según Martínez, pudo ser decisivo para la victoria final de los almohades (MARTÍNEZ VAL:1996 112)

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“Pero el rey de los moros ordenó a los suyos que se prepararan para la batalla alrededor de media noche y muy de mañana aparecieron súbitamente en el mismo campo que el rey castellano había ocupado el día anterior”.

Huici Miranda traduce la crónica de Al-Bayan y narra como después de recibir las órdenes “dejaron en el campamento la impedimenta y marcharon todos los soldados con lentitud, cada cábila con su insignia, hasta cerca del enemigo. Entonces tomaron sus posiciones y se quedaron como edificios solidos” (HUICI MIRANDA, 1956: 203).

Martínez Val describe la situación de las distintas fuerzas del ejército almohade, basándose en las crónicas de Rawd al-qirtas. Este Orden de Combate seguía un esquema racional básico. Disposición de la que tenemos constancia escrita en las Partidas alfonsíes: Delantera (vanguardia), medianera (centro), costaneras (alas) y zaga (retaguardia).

La delantera era la que encabezaba la formación y entraba primero en combate. En alarcos fue ocupada por los arqueros a caballo, de los Aghaz o Guzz situados en la primera linea de la vanguardia, mientras los arqueros a pie ocupaban la segunda (MARTÍNEZ VAL:1996 114).

El cuerpo central o medianera formado por el núcleo de tropas, el más numeroso y potente, seguía a la delantera en la batalla. Sería ocupado por el visir Abu Yahya, con su cabila de Hintata, portando la enseña califal (MARTÍNEZ VAL:1996 114). La disposición que seguramente se adoptó en este cuerpo aparece descrita en la obra Fighting Techniques of the Medieval world, y seria la siguiente: En primer lugar encontraríamos una o varias fila de lanceros, arrodillados y protegidos por sus escudos, con el extremo de sus lanzas clavado en el suelo y las puntas amenazando al enemigo para aguantar y rechazar la caballería del oponente. Tras ellos, en pie, una segunda fila de hombres con lanzas más ligeras y jabalinas, que dispararían por encima de los lanceros. Detrás de éstos, con bolsas con piedras: los honderos. Soler del Campo destaca que entre los hallazagos en los restos de Alarcos, se han encontrado bolas de hierro de dos centímetros y medio de diámetros, muy pesumiblemente utilizada como munición (SOLER DEL CAMPO, 2006: 78). En último lugar encontraríamos a los arqueros, que en este caso se habían situado inicialmente en la vanguardia, para aumentar su alcance y derribar cuantos caballeros y monturas castellanas fuera posible, y así disminuir el choque de la carga de caballeria pesada con la que los cristianos solían iniciar las batallas. Una vez efecuado la descarga pasaban rapidamente a ocupar su sitio en el cuerpo central desde el que seguirían hostigando la ofensiva del enemigo. La enorme superioridad en armas arrojadizas de las tropas de almansur es confirmada en la Primera Crónica General cuando al hablar del asalto a Plasencia en la expedición del año siguiente dice que: “combatio la torre muy de recio con muchos ballesteros que nunca quedaban nin de dia nin de noche” (HUICI MIRANDA, 2000: 367).

Las costaneras, normalmente caballería, protegían los flancos para evitar los movimientos envolventes del enemigo. No existe acuerdo entre los dos cronistas principales, de la composición de las costanera: mientras que Rawd al-qirtas dice que los andaluces y los zeneta ocuparon el ala derecha y los magribies la izquierda, Al- Bayan, afirma que en el ala derecha estaban los voluntarios con una mezcla de tropas de la zaga y de soldados poco aguerridos, los cuales fueron los que empezaron a ceder ante el empuje cristiano (HUICI MIRANDA, 1956: 152).

Y por último en la posición más retrasada estaba la zaga (del árabe al-saqa), liderada por el califa, que emboscado a cierta distancia, esperaba con las reservas preparadas para ser utilizadas en el momento mas oportuno de la batalla. (MARTÍNEZ VAL: 1996 114).

“Se originó un revuelo en los campamentos de los cristianos, y lo que suele suceder con frecuencia, la imprevista presencia de los moros produjo en los enemigos estupor y temor al mismo tiempo”

Julio González destaca, que la presencia del ejercito musulmán perfectamente formado, cuando ya los cristianos no esperaban tener que combatir, fue un factor muy adverso y por ello el consiguiente desconcierto inicial (GONZÁLEZ, 1960: 962).

Siguiendo el relato de Al-Bayan, antes de iniciarse el combate el emir árabe se puso a recorrer las filas musulmanas exhortando con suras coránicas a los combatientes y esforzando sus corazones (HUICI MIRANDA, 1956: 204). En opinión de Alvira Cabrer, los rituales preparatorios durante los siglos XI-XIII, formaban parte esencial de las actividades del guerrero antes de entrar en batalla. Gracias  a ellos, muchos podían superar o, al menos, afrontar el “schock” psicológico derivado de una lucha cuerpo a cuerpo en campo abierto (ALVIRA CABRER, 2002: 242).

“Saliendo de los campamentos rápidamente y sin orden, marchan al campo”

Huici Miranda detalla que, según las crónicas, una vez pasado el efecto sorpresa, el ejército cristiano, que estaba en lo alto de la colina de Alarcos, al lado del castillo, se lanzó al ataque. Martínez Val puntualiza que la pendiente del cerro del Despeñadero, donde estaría asentado el campamento castellano, es poco apta para bajarla en formación de carga, a galope tendido, por lo abrupto  y pedregoso de la misma. Por ello piensa que probablemente las fuerzas cristianas bajaron al llano, donde una vez formadas, iniciarían el ataque (MARTÍNEZ VAL: 1996 116).

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No seria ajeno el rey castellano al conocimiento de que el resultado de una batalla no era la consecuencia exclusiva del valor personal y de la habilidad del guerrero, sino de la colocación de los ejercitos sobre el terreno, y del modo de abordar el ataque y los movimientos de las tropas (GARCIA FITZ, 1998: 385). Pero también sería consciente que establecido el contacto, solo quedaba luchar con la máxima ferocidad y confiar en la bravura de sus hombres y en su mejores armas (GARCIA FITZ, 1998: 398). Pudiera ser, que este factor fuera el que “nublara el juicio” del rey castellano para aceptar la batalla ofrecida por los almohades en Alarcos. Superioridad en armamento, que años después fue reflejada en el relato de la batalla de las Navas, que el arzobispo de Narbona envió al capítulo del Císter, y en el que señalaba que las armas de los cristianos, tanto de a pie como de a caballo eran muy superiores a las de los musulmanes (GARCIA FITZ, 1998: 400). Después de lo escrito, no parece tan probable que los cristianos una vez superado el efecto sorpresa, se presentaran sin orden a la batalla, rapidamente si, pero repitiendo el orden de combate adoptado el dia anterior cuando los musulmanes no quisieron enfrentarse a ellos.

Sobre dicha disposición nada sabemos. Pero a tenor de los movimientos narrados en las crónicas, Martínez piensa que se dispondrían en tres cuerpos: La vanguardia, al mando de Don Diego López de Vizcaya, formado por la caballería pesada, en la que los caballeros de Calatrava ocuparían el centro de la primera linea; teniendo a su izquierda a los de Santiago y Truxillenses (Pereiro, dice él) y a su derecha a los caballeros de las mesnadas conejiles y señoriales del fonsado del todo el reino.

La retaguardia en la que quedarian los infantes para proteger la retirada de los caballeros y los posibles ataques al campamento cristiano. Y una reserva de caballería a las órdenes del propio  rey Alfonso, que esperaría cerca del castillo  el momento oportuno de entrar en acción (MARTÍNEZ VAL: 1996 114).

Según Martín Alvira: “La caballería pesada se organizaba en “unidades tácticas” que maniobraban coordinadamente en combate. La más básica era el conrois o conreix, formado por 20-24 hombres a caballo que entrenaban y combatían juntos en torno a un pendón y un caudillo. Un número variable (seis o mas) de estos conrois coordinados formaba el haz o batalla, la unidad más importante y característica en la Edad Media (ALVIRA CABRER, 2002: 286). En esta formación, en un campo de batalla de un kilómetro de anchura podían desplegarse unos 2.000 caballeros, pues el orden adoptado era muy cerrado, se contaba el dicho de que si se lanzase un guante entre los caballeros así formados, no debía caer a tierra (VARA THORBECK, 1999: 244). La caballería así dispuesta extendería un frente similar al mostrado por el enemigo, pues de de no ser así, tras el choque y ceder el punto atacado, las alas del enemigo se quedarían sin frente y tenderían converger y colocarse a la retaguardia de los caballeros atacantes, convirtiendo a los perseguidores en perseguidos (ARDAN DU PICQ, 1998: 162). George Bernard Sahw en su obra Arms and the Man explica que una carga, incluso sobre el terreno más conveniente, rara vez era ejecutada por toda la linea al mismo tiempo; al enemigo se llegaba en sucesión, por distintos puntos de la línea, unos más avanzados que otros. Por ello era de la mayor importancia que los destacamentos que llegasen antes al enemigo formasen un masa compacta, y que se lanzasen como un solo hombre, para así poder abrirse paso a través de él (BENNET, 2000: 236). Era también conveniente no repetir una segunda carga sobre un mismo punto, para evitar tropezar con los hombres y caballos muertos (VARA THORBECK, 1999: 244).

En lo referente al papel que desempeñaba la infantería, García Fitz piensa que desde un punto de vista táctico la función que los peones de los ejercitos cristianos podía presentar en la retaguardia, no era en absoluto despreciable. Aunque su papel primordial era el de salvaguardar el bagaje o la posición del dirigente militar durante la lucha, su disposición en orden cerrado daba seguridad y confianza a la carga de los caballeros, pues sabían que en caso de retirada, los infantes les protegerían. García sigue opinando que aunque el papel de los peones, quede silenciado en los documentos, en algunas ocasiones, pudieron tener tambien una función similar a la que tenía en las fuerzas musulmanas, en las que además de mezclarse con los jinetes durante las ofensivas, podían ser ellos las que iniciaran el ataque (GARCIA FITZ, 1998: 381).

El primer ataque corrió a cargo de los cristianos que, ante la amenazadora presencia del ejército musulmán, se lanzó desde su posición dominante en sucesivas oleadas (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993). Era un cuerpo constituido por caballeros, cubiertos de hierro (GONZÁLEZ, 1960: 962). En formación de haces, y alineados al frente, unos junto a otros. Ello proporcionaba una importante ventaja psicológia: el efecto devastador que la visión de la línea enmallada de caballeros podía tener sobre la moral del enemigo (GARCIA FITZ, 1998: 386). Básicamente las cargas de caballería pesada tenía una función rompedora de los cuadros enemigos, pero puede que no tanto, para establecer el contacto, como hacer que éstos huyeran del campo de batalla. La clave era la intimidación. El hombre ha experimentado en todas las épocas un gran temor a ser pisoteado por los caballos y este temor ha derribado mil veces más soldados que el choque real, siempre mas o menos evitado por el propio caballo. (ARDAN DU PICQ, 1998: 78). Si la carga resultaba efeciva las posiciones de las fuerzas atacadas se desorganizaban y sus lineas era traspasadas por los atacantes, convirtiéndose en una masa inarticulada de guerreros (GARCIA FITZ, 1998: 386). Lo que ocurría a continuación no es necesario decirlo… era una carniceria (ARDAN DU PICQ, 1998: 74). Comenta Martín Alvira: “que las primeras unidades tenían la misión de “fijar” al enemigo, ya que manteniendo al enemigo inmóvil se garantizaba la eficacia de las siguientes cargas. Si no se producía la ruptura, el combate se convertía en mêlée, sucesión de cargas y contracargas de caballeros agrupados que utilizaban espada y otras armas cortas. Los ataques se repetían hasta la derrota de los defensores o hasta que el cansancio y las bajas aconsejaban la retirada (ALVIRA CABRER, 2002: 286).

“miden sus armas, y en la primera línea de los cristianos caen importantes hombres: Ordoño García de Roda y sus hermanos, Pedro Rodríguez de Guzmán y Rodrigo Sánchez, su yerno, y bastante otros muchos. Se despliegan los árabes para perdición del pueblo cristiano. Una innumerable cantidad de flechas, sacadas de los carcajes de los Partos, vuelan por los aires, y, enviadas hacia lo incierto hieren con golpe certero a los cristianos.”

Vista la forma de ejecutar las cargas de caballería y sus efectos, volvamos a la batalla, donde quedamos a la caballería enlorigada de los freires y de los nobles, lanzándose contra las fuerzas musulmanas. Llegados a este punto las crónicas se desdicen unas a otras sin que realmente podamos conocer con exactitud que sucedió en aquella jornada. La opinión de Rawd al qirtas es que la caballería castellana ejecutó tres cargas, pero solo la última fue efectiva, teniendo que retroceder en las dos anteriores sin que precise la razón. Recordemos que frente a la carga de los caballeros cristianos y delante del cuerpo central musulmán de los Hintata del visir, se había situado un cuerpo de vanguardia formado por dos elementos: el primero en el que estaban los Guzz, arqueros a caballo; y otro detrás, en el que se habrían situado arqueros a pie. Podemos pensar que en la primera  carga, los Guzz les harían frente con su clásico tornafuye, es decir  con constantes acometidas y rápidos movimientos, sin orden aparente, con el objetivo de desordenar sus formaciones cerradas. La velocidad de estos jinetes y sus movimientos erráticos creaba una gran confusión, evitando el encuentro directo y descargando una lluvia de flechas sobre las lineas de la caballeria castellana, matando e hiriendo a hombres y caballos (SOLER DEL CAMPO, 2006: 81), Tenemos testimonios de la misma táctica empleada por los turcos selyúcidas en la primera cruzada: “Ellos rodeaban a todos los nuestros y lanzaban tan gran cantidad de saetas  que ni la lluvia o el granizo hubiesen producido oscuridad tan grande, que muchas destrozaban a nuestros hombres y sus caballos. Cuando las primeras filas de los turcos habían vaciado sus carcajes, se retiraban hacia atrás y comenzaban la siguientes. A esta fase de preparación sucedía la acción decisiva: “los turcos vieron que nuestra gente y sus caballos tenían muchos heridos y grandes daños, colocaron rapidamente sus arcos en el brazo izquierdo, bajo los escudos y atacaron muy cruelmente con su mazas y espadas“ (CONTAMINE, 1984: 75) Visto lo anterior podemos pensar que posiblemente, esa primera carga tuvo que ser abortada por los Guzz y la retirada fue la orden a seguir en las filas cristianas. No sabemos si los Guzz, después de entrar en combate, se replegarían hacia las abiertas llanuras que se abrían al este del campo de batalla o, por el contrario, se mantendrían en el campo de batalla, con su táctica con ataques fingidos y de evitar el choque lanzando andanadas de flechas tal y como se describe en la Crónica Latina: “vagando los árabes para la destrucción del pueblo cristiano”. Pero lo cierto es que efecuadas su maniobra de distracción, dejaron de ocupar la vanguardia almohade, quedando ahora, en primera linea los arqueros, que tras disparar unas series de saetas, se replegarían inmediatamente detrás del cuerpo central, desde el que volverían a disparar a discrección, junto a los lanzadores de jabalinas y honderos, sobre los caballeros cristianos que mantuvieran la carga.

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Julio González indica que ya al ver como los cristianos se les echaban encima, los pregoneros del visir gritaron a los suyos la orden de resistencia, y ésta fue la consigna general en todo su ejército (GONZÁLEZ, 1960: 962). En algunas crónicas, estos dos ataques se condensan en uno solo, pero el resultado es el mismo. El desanimo y la frustración de los caballeros cristianos, todavía a caballo, debió ser enorme, al ver caer a sus compañeros sin haber podido efectuar ningún choque con las fuerzas enemigas. Bajas que tampoco debieron ser muy cuantiosas, dadas las protecciones que llevarían los caballeros. En la batalla de Arsuf, durante la tercera cruzada, las tropas del Rey Ricardo llevaban una gambeson (chaqueta acolchada) y cota de malla tan gruesa que los cronistas árabes cuentas que sus flechas no les hacían ningún efecto, pudiendo verse soldados que parecían erizos, con entre una y diez flechas clavadas que seguían su camino en la fila. Pero lo cierto es que la multitud de proyectiles lanzados algo si tuvo que “adelgazar” las filas cristianas, y si no en número, si probablemente en moral, porque Rawd al-qirtas dice de esta carga, que aunque fue tan espectacular como la primera, también fracasó (HUICI MIRANDA, 1956: 160)

La carga de caballería, como señala Maurice Keen: “con la lanza sujeta bajo el brazo, por debajo del hombro, capaz de penetrar las cotas de malla, era la forma ideal de enfrentamiento entre los cuerpos de caballería, pero no existen pruebas de que esta forma de manejar la lanza no fuese ya conocida en el siglo XI, y en todo caso, sería inútil contra la infantería. Lo más probable es que esta técnica de manejar la lanza fuese solo una de las posibilidades disponibles para los jinetes. Los normandos en los tapices de Bayeux aparecen lanzando sus lanzas o golpeando con ellas, no porque no hubiesen aprendido aún las “nuevas técnicas”, sino porque aparecen atacando a la infantería en formación cerrada. Cuando Ana Comnena escribió que “un celta (cruzado) a caballo resulta invencible” estaba refiriéndose no a un tipo particular de técnica en el manejo de la lanza, sino al hecho de que el escudo y la armadura del caballero le hacían casi invulnerable a las flechas.  La caballería que actuaba sola, no tenía ninguna posibilidad ante una infantería bien disciplinada. Los caballos son demasiado vulnerables ante un muro de lanzas. Sólo cuando la formación se rompe era posible realizar con éxito un carga” (KEEN, 2005:109). Podemos deducir entonces, que las retiradas de las cargas de los haces de caballería castellanos, sin llegar al contacto con el enemigo, pudiera formar parte de una táctica similar al “tornafuye” de los musulmanes, movimiento que también sabemos que era empleado por la caballería casteallana (MARTÍNEZ VAL: 118). Repliegue casi obligado, al observar las firmes formaciones del centro almohade. Con esta simulación de retirada se buscaba que  los cuadros de infantes iniciaran un contraataque desordenado, que los hiciera perder su ferrea defensa y poder batirlos en campo abierto. Hipótesis, que coje mas fuerza, al leer al cronista el Rawd ad-qirtas, cuando dice que la caballería cristiana avanzó en perfecto orden, y bajó hasta casi tocar las puntas de las lanzas musulmanas con los pechos de los caballos, pero retrocedieron antes de chocar con los infantes musulmanes ((HUICI MIRANDA, 1956: 154). Solo al ver que fallaba esta táctica y juramentados en morir en el intento, los castellanos efectuarian una carga suicida, al tercer intento, que esta vez si consiguió efectuar el choque contra el centro musulmán utilizando el binomio jinete caballo a modo de proyectil. De tal manera que, aunque los caballos fueran heridos o muertos, los boquetes que crearían al caer entre las filas de lanceros podría ser utilizados por los demás jinetes para penetrar en las filas musulmanas y desbaratar su formación (VARA THORBECK, 1999: 244). El choque contra el centro de la “medianera” fue duro y los castellanos hicieron mella. Las cargas de los haces de caballeria se repetían una y otra vez. Los castellanos atacaban en forma que parecía un torrente sucediendo a otro y unas olas a otras, todo eran ataques furiosos y griterio. (GONZÁLEZ, 1960: 962).

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“Se lucha con fuerza por ambos bandos. El día pródigo en sangre humana, envía moros al tártaro y traslada cristianos a los eternos palacios”.

El choque debió ser tremendo, los caballeros cristianos consiguieron llegar hasta las banderas califales, pero el visir que las defendía no huyó y resistió heroicamente alcanzando el martirio con mucho de los suyos. Al ver que todo se convertía en una refriega entre caballeros y peones, y viendo perdida la baza de la carga, en ese frente, los castellanos decidieron desviar las nuevas embestidas hacia el ala derecha musulmana, donde hizo gran daño entre la fila de los voluntarios (MUÑOZ RUANO y PÉREZ DE TUDELA VELASCO, 1993).  Se dice que la confusión se apoderó de la genta baja que comenzó a huir, y la suerte de la batalla parecía empezar a ponerse del lado castellano (GONZÁLEZ, 1960: 962).

No sabemos la razón de la elección del ataque sobre el ala derecha, los dos cronistas no se ponen de acuerdo sobre que tropas realmente ocupaban esta posición (andaluces, según Rawd al-quitas; voluntarios y soldados poco aguerridos, dice Al-Bayan) lo cierto es que ni unos ni otros tenían fama de bravos, considerándolos a todos como malos combatientes, sin ardor ni resistencia (MARTÍNEZ VAL:1996, 118). De todas formas, conviene también apuntar, que siempre se ha recomendado, en la lucha de la caballeria contra los infantes desplegados en linea, las cargas por el flanco, con los caballos en hilera y las armas terciadas y apuntando hacia la derecha, siendo las que más bajas producen, ya que el jinete solo puede golpear a su derecha y de esta forma es la unica que todos pueden golpear (ARDAN DU PICQ, 1998: 164).  Lo que explicaría el giro hacia la izquierda de los haces de caballería, para cargar de frente contra el ala derecha musulmana, pero “erosionando” en su cabalgada hacia ella, la primeras filas del cuerpo central que quedarían a su derecha, lado en el que llevarían sus armas ofensivas: lanza o espada.

Viéndo el sultán, como se tornaba la situación, tomó la iniciativa para contrarrestar el empuje cristiano. Un cronista afirma que ordenó a sus cortesanos que se preparasen; mientras él se adelantaba sin la zaga para alentar a los que peleaban y exhortarlos a caer sobre el enemigo. Su presencia y ejemplo enardecieron a los musulamenes, que atacaron decididos (GONZÁLEZ, 1960: 962). Sería entonces cuando el sultán dio las ordenes oportunas de contrataque y comenzó un doble movimiento envolvente a la caballeria cristiana. Por un lado: de la derecha cristiana por el ala izquierda musulmana, dirigido a lo largo del rio Guadiana, hasta los mismos escarpes del Castillo; y por otro los Guzz que se habían mantenido replegados al este, atacaron por el flanco a las fuerzas castellanas  que estaban masacrando el ala derecha musulmana (MARTÍNEZ VAL: 1996, 118).

La vanguardia castellana, de mucho menor número de combatientes, que el resto del ejercito almohade, envuelta de esa forma, quedo malparada. Los musulmanes se movían con soltura y les rodearon, lanzando tal nube de saetas sin apuntar que inflingían a los cristianos heridas ciertas (GONZÁLEZ, 1960: 962).

Raw ad Qirtas cuenta que: “la muerte se cebaba en los cristianos, y cuando arreció el estrago entre los infieles y se persuadiron de su ruina, volvieron las espaldas, huyendo a la colina en la que estaba Alfonso, para defenderse en ella, pero se encontraron con que el ejército musulman se habia puesto entre ellos y la colina y volvieron sus pasos hacia la llanura, cayeron de nuevo sobre ellos los árabes, voluntario , hintatas, agzaz y arqueros que los arrrollaron y exterminaron si dejar ni uno

A Federico de Prusia, le gustaba decir que: “ tres hombres situados en la retaguardia del enemigo, valían mas que cincuenta colocados frente a é”. En ocasiones, el efecto moral lo era todo.

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La opinión de Ambrosio Huici es que, dadas las contradicciones de los cronistas, no podemos saber con seguridad, si fue el arrojo personal de al-Mansur el que hizo mantenerse las líneas almohades y pasar al ataque; o si bien, como parece mas probable, mientras los castellanos se esforzaban en vano o con flojedad en hacer volver las espaldas al enemigo, las muchas fuerzas que aún tenía en reserva al-Mansur emprendieron movimientos envolvente por sus alas que pusieron finalmente en fuga a los cristianos. La versión portuguesa de la Crónica general pretende justificar la ineficacia del ataque de la caballería castellana alegando el resentimiento de don Diego López de Haro y de los castellanos porque el rey los había equiparado con los de la Extremadura (HUICI MIRANDA, 1956: 160). La crónica de Calatrava lo refiere así: “Los Hijosdalgo y Ricoshombres que con el fueron, algunos estaban muy agraviados del Rey, por haber dicho que valían tanto para la guerra los Caballeros de Extremadura, como los Hijosdlago de Castilla. Por esto muchos de los Hijosdalgo hizieron menos de lo que pudieran en esta jornada, porque quisieron ver como le iba al Rey sin ellos, con los caballeros Extremeños”.

“El noble y glorioso rey, viendo a los suyos caer en la batalla, se adelanta y, metiéndose en medio de los enemigos, abate virilmente, con los que le asistían, muchos moros a derecha e izquierda”

La tercera fase de la batalla fue impuesta por el giro que tomaban los acontecimientos. Alfonso VIII viendo caer a los suyos, se dispuso a dar el golpe definitivo lanzándose al combate con las reservas que tenía (GONZÁLEZ, 1960: 962).

Para ello, y siguiendo el razonamiento del estudio de Juan Muñoz Ruano y Mª Isabel Pérez de Tudelo Velasco, el rey castellano, junto a sus últimos caballeros, giraría hacia su derecha amparados por el castillo de Alarcos y bajando la ribera del rio, intentaría el ataque al flanco izquierdo musulman en un intento de liberar, de la tenaza en la que se encontraba, su caballeria. Pero enterado el miramolín, éste avanzó con la reserva almohade y acometió a la de don Alfonso. Cuando el castellano se preparaba para cargar sobre los musulmanes, oyó tambores y trompetas a su derecha: eran los estandartes almohades con la seña blanca del califa al frente. Cuando salió de su sorpresa comenzó su turbación. La lucha se hizo general y la confusión fue enorme (GONZÁLEZ, 1960: 962). Reserva musulmana, que, parece ser, Alfonso desconocía totalmente, y de ahí su sorpresa. El cronista cuenta que al oir el rey castellano, los tambores que conmovían la tierra, y las trompetas que llenaban con sus ecos montes y valles, levantó la vista y preguntó que era aquello, a lo que un musulmán le contestó que era el Miramolín, que se acercaba con el grueso de las tropas, y que hasta entonces solo había luchado con las avanzadas de su ejército (HUICI MIRANDA, 1956: 156).

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La Crónica de Calatrava continua el relato de la siguiente manera: “El Rey viendo tanta perdición, se metió en lo mas rezio de la batalla, diciendo de que quería morir en ella y no volver con tanta afrenta a Toledo.

“Pero dándose cuenta los que le asistían más de cerca que no podrían sostener a la innumerable multitud de moros, puesto que ya muchos de los suyos habían caído en el combate -pues había durado la batalla mucho tiempo y el sol había calentado al mediodía en la festividad de Santa Marina-, le suplicaron que se alejase y preservara su vida ya que el Señor Dios se mostraba airado con el pueblo cristiano. Pero no quería oírlos y prefería acabar la vida con muerte gloriosa a retroceder, vencido, de la batalla. Los suyos, dándose cuenta que el peligro era inminente para toda España, lo apartaron del combate, casi de mala gana y a regañadientes”.

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El Monarca luchaba valerosamente; pero la victoria pertenecía ya al infiel. Se salvó gracias a una estratagema: con algunos caballeros se precipitó dentro de la fortaleza, como para encerrarse en ella, pero salió enseguida por la puerta opuesta, camino de Toledo (GUTTON, 1955: 35) sin más compañía que veinte jinetes (LOMAX, 2006: 157)

Llegó, pues, a Toledo con pocos soldados, doliéndose y gimiendo por la gran desgracia que había acontecido. Diego López de Vizcaya, noble vasallo suyo, se refugió en el castillo de Alarcos, donde fue asediado por los moros, pero por la gracia de Dios, que lo reservaba para grandes cosas, mediante la entrega de algunos rehenes, pudo salir y, siguiendo al rey, llegó a Toledo a los pocos días.

Muchos cristianos habían caido, el rey estaba huido y no quedaba posibilidad de victoria, por lo que los caballeros supervivientes huyeron como pudieron, produciéndose escenas de pánico, y desbandadas. Era algo sabido y constatado: cuando se empezaba a huir, la mortandad estaba asegurada, pues una vez que volvían las espaldas eran incapaces de defenderse o volver a reunirse. Pese a todo, Ruiz Gómez, es de la opinión, que el número de caballeros que pudo salvarse de la batalla debió ser todavía importante, y que una vez evidente el resultado adverso de la misma, decidieron retirarse y evitar así una destrucción mayor de sus huestes (RUIZ GÓMEZ, 1995: 164). Quizás fue esa la flaqueza de ánimo en el combate, que las crónicas les achacarían posteriomente. Los peones castellanos, por su parte, abandonaron el campamento y se prepararon para la defensa en Alarcos. Diego López de Haro, se refugió en la fortaleza, con la enseña real, para dar tiempo al monarca en su huida. Ya frente al castillo, los almohades intentaron el asalto, y Don Diego realizó una espolada, en parte abortada. Posiblemente el combate se encarnizó al pie de la muralla, lo que atestiguan las excavaciones.

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Pero finalmente se negoció el aman y Don Diego y los demás caballeros que estaban con él pudieron regresar sanos y salvos a Toledo, después de haber dejado unos rehenes. (RUIZ GÓMEZ, 1995: 164).  La intervención del famoso don Pedro, tanto en la batalla con su mesnada, como en la negociación de la rendición de Alarcos fue decisiva (HUICI MIRANDA, 2000: 370). Lucas de Tuy comentaba la inestimable ayuda que el de Castro, había prestado al enemigo en la batalla de Alarcos, señalando que “los godos (cristianos) no fueron prácticamente nunca derrotados por los bárbaros excepto cuando de su parte tenían a otros godos” (LINEHAN, 2008: 59). Sobre las bajas de la batalla, opinan: González Pérez, y Lago, que al igual que en Sagrajas, los victoriosos musulmanes debieron tener mas bajas que los cristianos. En Alarcos, los cálculos le llevan a cifrar las pérdidas totales musulmanes en unos 4.000 hombres, o quizas incluso más. Los cristianos no tendrían más de 2.000 casi todos caballeros, pues la mayor parte de la infantería, 5000, pudieron refugiarse en Alarcos y una parte importante de la caballeria escapar, bien por el valle del Guadiana o bien con Alfonso VIII hacia Toledo (GONZÁLEZ PÉREZ y LAGO, 2004: 77)

El rey de los moros saqueó los espolios; tomó algunas fortalezas como Torre de Guadalferza, Malagón, Benavente, Calatrava, Alarcos y Caracuel, y así volvió a su tierra.

Al igual que ocurría en el Reino de Jerusalén, el número de combatientes con los que se podía contar en un momento dado debía ser insuficiente para cumplir todas las labores que se desprendían de una situación de guerra. Manuel Rojas opina, que no era posible la coexistencia simultánea de una gran ejército, actuando en descubierta, y el adecuado guarnicionamiento de las fortalezas. Cuando el 30 de abril de 1187 el gran maestre templario supo que una columna musulmana cruzaría a través de Galilea decidió atacar a los invasores y convovó a las guarniciones de ciertos castillos. Cuenta un testigo, que en uno de ellos solo quedaron dos hombres enfermos (ROJAS, 2006: 100). Parece razonable, por tanto, la escasa o nula resistencia de los puntos fortificados tomados por los almohades, después de la batalla. Dada la escasez de efectivos, perdidos en Alarcos. Y aunque si bien es cierto, que algo se verían reforzados por las tropas huidas, las condiciones morales no serían las más idóneas para la defensa.

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Rades y andrada cuenta en la Crónica de Calatrava los últimos movimientos de esta campaña: “Tomada la villa y castillo de Alarcos, luego los Moros fueron sobre Calatrava la Vieja, donde estaba el Convento de la Orden, con muy pocos caballeros, que se habian escapado de la batalla de Alarcos y por fuerza y combate ganaron la villa, donde pasaron a cuchillo a todos los Freyles Caballeros y Clerigos, y a muchos otros cristianos porque no quisieron darse luego. Hicieron los Moros enterrar sus cuerpos fuera de la villa, por quitar de ella el mal olor; y por esto cuando los cristianos ganaron otra vez esta villa el Maestre mando edificar en aquel lugar una Hermita con el titulo de Nuesta Señora de los Martires, porque aquellos Caballeros murieron por la Fe de Cristo y hasta hoy le dura este nombre”. Aunque hay noticias de un intento de contrataque cristiano (SEWARD, 2004: 195) entre las ventas de la Zarzuela y Darazutan (hoy venta de Enmedio), en la antigua calzada romana, en un paso que, según Melchor de Villanueva, todavía guarda el nombre de la masacre que allí aconteció: “Puerto de la Matanza”. Según la Crónica de Calatrava: “Vencida la batalla, los Moros siguieron el alcance de los cristianos, que iban huyendo, hasta un portezuelo que está entre las dos ventas de la zarzuela y Darazutan; y allí los cristianos pretendieron defenderse, pelearon por segunda vez; y todos fueron muertos o presos

Las consecuencias de la batalla fueron catastrófica, sobre todo en el Campo de Calatrava. Aún así, Ruiz Gómez piensa que, según los datos obtenidos, todo parece indicar que los castellanos habían calculado tanto la retirada a tiempo como la posibilidad de limitar las pérdidas territoriales posteriores a la línea de los Montes de Toledo, dejando a salvo las ricas tierras del valle del Tajo (RUIZ GÓMEZ, 2003: 234).

Rodríguez-Picavea es de la opinión de que las grandes perjudicadas de la derrota de Alarcos fueron, sin duda, las Órdenes militares: La Orden de Santiago perdió diecinueve freires en la batalla; la de Trujillo, practicamente desapareció al perecer casi todos sus efectivos; pero la más afectada de las supervivientes fue la de Calatrava, que perdió, después de la derrota de Alarcos, la mayor parte de su patrimonio (RODRÍGUEZ-PICAVEA MATILLA, 1994: 99). Perdida, que sufrirían al año siguiente los Truxillenses, a consecuncia de una nueva ofensiva almohade, esta vez por el flanco Oeste del reino castellano: Trujillo y su tierra. Tras perder la mayor parte de sus freires en Alarcos y sin haber podido reponerse, en 1196 perdía todo su “solar”. Por lo que en palabras de Pérez Castañera, “se vio abocada a desaparecer, y sus escasos efectivos pasaron a integrarse en Calatrava” (PÉREZ CASTAÑERA, 2000: 561).

En las Diffiniciones de la Orden y Caballería de Calatrava. Conforme al Capitulo General celebrado en Madrid año MDCLXI, se dice que la mayor parte de los bienes de la Orden de Truxillo recayeron en la Orden de Calatrava, por haberse después incorporado a ella. Y que posteriormente pasaron a la Orden de Alcántara, porque: “ habiéndose ellos entregado a la de Calatrava el año 1196 y dado Calatrava al Pereiro la villa de Alcantara, y todo lo que tenia en el Reyno de Leon el año 1218 entraron estos en aquel acuerdo. De esto se ve lo engañoso que escribieron algunos autores, afirmando que la Orden de Truxillo pertenece a la que antiguamente se llamó del Pereyro y hoy Alcantara, siendo cierto, y constando por muchas escrituras que esta hacienda se incorporo en la de Calatrava primero y que Calatrava la dono al Pereiro con lo villa de Alcántara el referido año 1218”

El martes 7 de agosto, Al-Mansur, entraba en Sevilla celebrando su victoria con una solemne recepción y un desfile militar en  Aznalfarache (HUICI MIRANDA, 2000; 370)

4.- Fotografías y esquemas procedentes de la Reconstrucción de la batalla de Alarcos el 30 de mayo de 2009. Alarcos (Ciudad Real ) propiedad del autor y Battle Honours

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