Dic 162016
 

 María del Carmen Martín Rubio.

En el presente trabajo pretendo poner de manifiesto los enormes esfuerzos que, según relata un manuscrito titulado Relación del sitio de Cuzco, atribuido al obispo fray Vicente Valverde, realizaron todos los hermanos Pizarro para mantener Cuzco dentro de la gobernación concedida por el emperador Carlos V a Francisco, especialmente las incesantes luchas que con tal propósito mantuvo Hernando. Mas, antes de adentrarme en la exposición de esos hechos, me parece conveniente recordar algunos aspectos básicos de la conquista de Perú:

Francisco Pizarro recorrió la costa del reino del Birú entre noviembre de 1524 y mayo de 1528 y aunque no llegó a la sierra andina, donde se hallaba el corazón del poderoso estado Inca, durante esos cuatro años de exploración percibió su poder y, sopesando que para incorporar los inmensos territorios que aglutinaba a la corona del emperador Carlos V necesitaba más hombres y recursos económicos, decidió volver a Panamá y después a España con el fin de poner en conocimiento del emperador el gran descubrimiento que se proponía realizar y para recabar su ayuda. Como el emperador acogió muy bien el proyecto, el 26 de julio de 1529 se firmaron en Toledo las capitulaciones que daban luz verde a la empresa, tras lo cual sobre finales de agosto o principios de septiembre Pizarro se dirigió a Trujillo, su ciudad natal[1].

Los vecinos, que ya tenían noticias de su hazaña, le recibieron triunfalmente y también sus hermanos de padre Hernando, Juan y Gonzalo, aunque hasta ese momento no habían conocido a su hermano mayor, Muchos de ellos, al ver a los tres aborígenes que le acompañaban, sus ricos objetos y oír hablar de fabulosas ciudades, decidieron marchar al lejano Birú con su paisano, entre ellos sus tres hermanos, quienes a partir de entonces se convirtieron en sus más fieles compañeros, junto con Martín de Alcántara, otro hermano de madre reclutado en Sevilla.

Parecía que al contar con licencia de la Corona la empresa no tendría muchas dificultades, pero no fue así: primeramente los viajeros tuvieron que detenerse varios meses en Sevilla con objeto de reunir a los ciento cincuenta hombres que debían integrarla, según se estipulaba en las Capitulaciones, y también surgieron problemas en Panamá, desde donde tenía que salir la expedición, por la escasez de navíos y de tripulantes, e incluso por problemas surgidos con el socio Diego de Almagro, debido a que no le bahía sido concedida una gobernación como se había concertado.

Sin embargo, el gran tesón de Pizarro consiguió que el 31 de diciembre de 1531 se pudiera iniciar la navegación hacia el Birú por el recién descubierto Mar del Sur. Durante muchos días los expedicionarios recorrieron las tierras costeras pantanosas en medio de nubes de mosquitos, alimañas, sin apenas comida y atravesaron las desérticas comarcas de Atacames, Concebí y Cojimies, pero al fin llegaron a pueblos importantes como Coaque, Puerto Viejo, Túmbez y en este último oyeron hablar del Inca Atahualpa y de su gran reino[2].

El Tahuantinsuyo

Desde tiempos ancestrales, en la sierra andina existió una organización social a base de señoríos, cuya jefatura presidía un sinchi, también llamado curaca, algunos de los cuales como los Chancas alcanzaron un gran poder; sin embargo hacia finales del siglo XII, o a principios del XIII, en ese mismo territorio se asentó una etnia foránea: la de los Incas, quienes muy pronto, impulsados por su líder Manco Cápac, ejercieron una expansión, tan fuerte, que sus habitantes no pudieron frenar. Es en ese momento cuando surge la ciudad de Q´osqo: Cuzco, el Ombligo, y también cuando Manco Cápac se proclama rey a sí mismo, a sus sucesores y establece las primeras leyes de gobierno del estado del Tahunantinsuyo. Eran los comienzos de un pueblo dominador que iba a ejercer en América del Sur un papel similar al de Roma en Europa, tanto por la expansión territorial que alcanzó como por la unidad cultural impuesta en los territorios dominados. Y si Manco Cápac estableció las bases del Incanato, fue el noveno monarca Pachacuti: el Reformador, quien hacia la mitad del siglo XV comenzó a transformar al pequeño reino en un imperio, ya que en su reinado, en el de su hijo Tupac  Inca Yupanqui y en el de su nieto Guayna Capac abarcó la mayor parte del cono sur americano: por el norte llegó al río Ancasmayo,  en Colombia, y  por el sur al Bio-Bio en Chile y al Maule en Argentina.

 Q’osqo: una gran ciudad

El Tahuantinsuyo fue un estado teocrático regido por un monarca, el Inca hijo del Sol, que gobernaba a sus súbditos, asentados en zonas agrícolas y agrarias, desde la cúspide de una especie de pirámide ayudado por parientes nobles que se agrupaban  en torno a él en las llamadas panacas reales. La ciudad de Q’osqo fue la capital y el eje central de aquel imperio; vivían en ella unos cien mil habitantes entre los nobles administradores de la maquinaria estatal y sus servidores. Se consideraba sagrada por encontrarse dentro de su recinto el magnífico Coricancha, templo dedicado al dios Inti: el Sol, máxima divinidad inca, que era una especie de catedral construida con piedras de diorita verde en la que, además de una imagen del astro solar, se hallaban momificados los cuerpos de los monarcas fallecidos. En el centro de la ciudad, en la gran plaza ceremonial de Ahucaypata, se encontraba el usno, un trono desde donde el Inca impartía órdenes, y a su alrededor se levantaban los palacios privados como el de Coracora, construido por Inca Roca; el Amarucancha por el Inca Viracocha, el Jatuncacha por Inca Yupanqui, el de Caxana por el Inca Huayna Caoac, y asimismo los edificios públicos: el Acllahuasi, o casa de las Vírgenes del Sol y las kallancas, que eran galpones grandes donde se alojaba la gente destacada por los gobernantes para intervenir en construcciones oficiales o para integrar los ejércitos. Junto a ellos estaban los almacenes estatales, llamados qolqas, y seguidamente se agrupaban los barrios ocupados por los servidores de la nobleza. Todo el conjunto urbano estaba protegido por la enorme y alta fortaleza de Sacsayhuaman y se hallaba atravesado por cuatro suyus: el Chinchaysuyo, el Collasuyo, el Cuntisuyo y el Antisuyo, los cuales se comunicaban con los demás territorios del Imperio siguiendo la dirección de los puntos cardinales y a su vez éstos se hallaban cruzados por ceques: unas líneas imaginarias rituales en las que había lugares sagrados llamados huacas que convergían en el Coricancha.

El cronista Pedro Sancho de la Hoz la describió así: “La ciudad del Cusco, por ser la principal de todas donde tenían su residencia los señores, es tan grande y tan hermosa que sería digna de verse aun en España, y toda llena de palacios de señores, porque en ella no vive gente pobre, y cada señor labra en ella su casa y asimismo todos los caciques, aunque esos no habitaban en ella de continuo. La mayor parte de estas casas son de piedra y las otras tienen la mitad de la fachada de piedra; hay muchas casas de adobe, y están hechas con muy buen orden, hechas calles en forma de cruz, muy derechas, todas empedradas y por medio de cada una va un caño de agua revestido de piedra. La falta que tienen es el ser angostas, porque de un lado del caño solo puede andar un hombre a caballo y otro del otro lado. Está colocada esta ciudad en lo alto de un monte, y muchas casas hay en la ladera y otras abajo en el llano. La plaza es cuadrada y en su mayor parte llana, y empedrada de guijas; alrededor de ella hay cuatro casas de señores que son las principales de la ciudad, pintadas y labradas y de piedra, y la mejor de ellas es la casa de Guaynacaba, cacique viejo, y la puerta es de mármol blanco y encarnado, y de otros colores, y tiene otros edificios de azoteas muy dignos de verse. Hay en la dicha ciudad otros muchos aposentos y grandezas. Pasan por ambos lados dos ríos que nacen una legua más arriba del Cusco, y desde allí hasta que llegan a la ciudad y dos leguas más abajo, todos van enlosados para que el agua corra limpia y clara y aunque crezca no se desborde; tiene sus puentes por dende se entra a la ciudad”[3]

El mismo cronista dice de la fortaleza de Sacsayhuaman: “Sobre el cerro que de la parte es redondo y muy áspero, hay una fortaleza de tierra y de piedra muy hermosa; con sus ventanas grandes que miran a la ciudad y la hacen parecer más hermosa. Hay dentro de ella muchos aposentos y una torre principal en medio, hecha a modo de cubo con cuatro o cinco cuerpos, uno encima de otro; los aposentos y estancias de dentro son pequeños y las piedras de que está hecha están muy bien labradas y tan bien ajustadas unas con otras que no parecen que tengan mezcla y las piedras están tan lisas que parecen tablas acepilladas, con la trabazón en orden al uso de España, una juntura en contra de la otra. Tiene tantas estancias y torre que una persona no la podría ver toda en un día; y muchos españoles que la han visto y han andado en Lombardía y en otros reinos extraños, dicen que no han visto otro edificio como

esta fortaleza, ni castillo más fuerte. Podrían estar dentro cinco mil españoles…” “…y en el valle que está en medio rodeadas de cerros hay más de cien mil casas, y muchas de ellas son de placer y recreo de los señores pasados y de otros caciques de toda la tierra que residen de continuo en la ciudad. Las otras son casas o almacenes llenos de mantas, lana, armas,

metales y ropas, y de todas las cosas que se crían y fabrican en esta tierra …”.[4]

Cuzco ciudad española

Francisco Pizarro, los soldados y capitanes que le acompañaban, entre ellos Diego de Almagro, Hernando de Soto y sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo debieron de quedar totalmente impactados, a pesar de que habían vivido en ciudades importantes del Incanato como Cajamarca o Xauxa, donde encontraron tan gran riqueza como para que en la última surgiera el dicho popular ”esto es Jauja”, cuando el 15 de noviembre de 1533 contemplaron Q’osqo desde lo alto del cerro Carmenca, pues aquella magnificencia urbana no la habían visto en ellas, ni en ningún otro lugar de las Indias. Lo primero que les impactaría sería la traza de puma sentado que tenía en honor de la antigua divinidad de la etnia Chavin, animal también sagrado para los Incas; seguidamente admirarían sus enormes edificios y por supuesto, su espectacular entorno, ya que al estar situada en un valle, a tres mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, se hallaba rodeada de montañas jalonadas por andenerías sembradas de maíz que semejaban verdes jardines.

Tras recorrerla junto con los curacas locales, quienes muy castigados y diezmados en las recientes luchas habidas entre dos hijos de Huayna Capac: Huascar y Atahualpa, creían que los recién llegados iban a restablecer su reino por ir acompañados de Manco Inca, otro hijo de Huayna Capac, nombrado monarca por Pizarro, de ahí que les permitieran aposentarse en los palacios que se alzaban en la plaza de Aucaypata.

Pasado un poco más de tres meses, el 23 de marzo de 1534 Q`osqo la capital del Tahuantinsuyo cambió su nombre por Cuzco y, aunque se dieron ordenanzas para conservar sus impresionantes edificios, se trasformo en una urbe hispana mediante una ceremonia fundacional en la que recibió el título de “Muy noble y Gran Ciudad de Cuzco” y a partir de este momento se construyó la iglesia, que con el tiempo se convertiría en catedral, y se repartieron solares a los españoles que quisieron avecindarse[5].

No cabe duda de que la urbe había impresionado al gobernador Francisco Pizarro por su monumentalidad y belleza, pero en esos momentos era muy difícil comunicarse desde ella con la costa debido a la mucha distancia que la separaba y a los malos caminos y, como se necesitaba tener constantemente noticias de España, de Panamá y de lo que ocurría en los territorios quiteños del norte, que habían sido invadidos por un ejército al mando de Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, en abril de 1534, Pizarro sobre cuatro meses después de haber entrado en Cuzco, decidió volver a Jauja y el 25 de abril la declaró “cabeza e principal”, por hallarse ubicada en el centro de los territorios hasta entonces descubiertos, y desde allí, teniendo muy presente la importancia de Cuzco, la urbe sagrada corazón de los Andes, el 27 de julio encomendó su gobierno al capitán Hernando de Soto y le dio la orden de que observara las ordenanzas que había establecido, que protegiera a los indígenas y sus edificios; junto con él envió a Manco Inca para que su presencia estabilizara la alejada zona,

Sin embargo, a pesar de las riquezas halladas en Jauja, la vida no resultaba cómoda en la ciudad, porque al estar situada a más de tres mil trescientos metros de altura no había leña y el frío, unido a la esterilidad del terreno, no permitía criar cerdos y caballos. Los vecinos expusieron estas quejas a Pizarro y le pidieron que trasladara la capital del nuevo reino que se estaba gestando a un lugar que reuniera mejores condiciones de vida. El gobernador atendió sus quejas y mandó explorar el valle del río Rimac e incluso marchó a Pachcamac, donde se hallaba el gran templo inca de la costa descrito por su hermano Hernando, para comprobar personalmente los informes que le enviaban los exploradores. Allí se reunió con su socio Diego de Almagro y con Pedro de Alvarado, quienes en territorios quiteños habían llegado al acuerdo de que éste, a cambio de cien mil pesos, les dejara su ejército.

Pizarro debería de haberse tranquilizado cuando Alvarado se marchó a Guatemala, después de recibir tan cuantiosa fortuna el 1 de enero de 1535[6], ya que quedaban a salvo los territorios descubiertos; pero por aquellos días le asaltó otra gran preocupación; fue comprobar la insatisfacción que sentía su compañero Almagro: decía que él había participado activamente en el descubrimiento de aquellos territorios y que sólo tenía el título de alcalde de la fortaleza de Túmbez, mientras que su socio era el gobernador absoluto de todo lo hallado. Como su descontento se remontaba a las Capitulaciones firmadas con Carlos V, en 1533 al llevar su hermano Hernando los quintos reales a España, había pedido para él una gobernación en los territorios del sur y, viendo que el nombramiento no llegaba, en Pachacamac reiteró la petición y además, con objeto de que se calmara, le dio el cargo de teniente gobernador de Cuzco y le autorizó que organizara una expedición a Chile.

Cuzco manzana de discordia

Mientras Pizarro terminaba la exploración en el valle del Rimac y fundaba la Ciudad de los Reyes, después denominada Lima, Almagro llegó cerca de Cuzco, donde ya se encontraban Juan y Gonzalo Pizarro, el capitán Soto y Manco Inca, El manchego estaba satisfecho porque al fin tenía un mando importante: era teniente gobernador de la ciudad e iba a preparar su soñada expedición a Chile; pero antes de entrar un mensajero le comunicó que a San Miguel de Piura, la primera ciudad fundada por los españoles en suelo andino, había llegado la noticia de que Carlos V le había concedido una gobernación llamada Nueva Toledo y que su territorio se extendía al sur de la Nueva Castilla otorgada a su socio. En su ejército se habían integrado los hombres de Pedro de Alvarado y éstos, sin conocer el texto de la real cédula, aseguraban por haberlo oído decir a su jefe, que Cuzco no estaba dentro de los límites de la Nueva Castilla; ignoraban que Pizarro, cuando envió a España a su hermano Hernando con los quintos reales, junto con la gobernación de Almagro, había pedido que la sagrada ciudad, cabeza del Tahuantinsuyo, quedara dentro de su gobernación.

En esos momentos, al enterarse de lo que estaba pasando, secretamente mandó mensajeros a sus hermanos para que Almagro no fuera recibido con los cargos que le había dado ya que, por no cocerse el texto de la real cédula, podía ser peligroso; en su lugar nombró teniente gobernador a Hernando de Soto y jefe miliar de la ciudad a su hermano Juan. A pesar de ello, Almagro entró en Cuzco alegando que el emperador le había dado el título de gobernador y como Hernando de Soto ni los hermanos Pizarro lo reconocieron por tal, sus hombres se enfrentaron a los vecinos y la ciudad quedó dividida en los dos bandos; consecuentemente durante varios días lucharon entre sí pero, de repente, el 11 de junio de 1535 apareció Francisco Pizarro y todos se calmaron, porque consideraban que era al auténtico representante de Carlos V. El mismo Almagro, fue rápidamente a su encuentro, y tras abrazarse, comenzaron a hablar. Pizarro le dijo que si la ciudad no se encontraba dentro de los límites de su gobernación, no pondría ninguna objeción, pero que mientras llegaba la real cédula, era conveniente que fuera a Chile con la expedición proyectada, porque según se decía en aquellos parajes había tierras tan ricas como las cuzqueñas.

Almagro preparó la expedición y el 1 de julio salió de Cuzco acompañado del príncipe Paullo, otro hijo de Huayna Capac, y del sumo sacerdote Huillac Umu. A su vez Pizarro, tras realizar durante algún tiempo nuevos repartimientos de solares a otras personas que quisieron avecindarse, se volvió a Los Reyes. En noviembre de ese mismo año regresó de España su hermano Hernando con dos reales cédulas de Carlos V; en una se ampliaba en 70 leguas el territorio de su gobernación, llamada la Nueva Castilla, y en la otra se constataba la gobernación de la Nueva Toledo concedida a Almagro, cuyos límites abarcaban doscientas leguas de norte a sur a partir de la de Pizarro.

El Inca Manco

Cuzco había quedado tranquilo bajo el gobierno de Juan Pizarro a quien ayudaba su hermano Gonzalo, sin embargo, el Inca Manco cada día que pasaba estaba más descontento; veía que su poder no era real, que todas sus decisiones debían de ser ratificadas por los extranjeros, que éstos constantemente fundaban ciudades, se repartían las tierras que antes habían formado el poderoso estado del Tahuantinsuyo y también que sus compatriotas aborígenes, según se les asignaba en los repartimientos de indios que hacían, estaban obligados a prestar servicios en los trabajos urbanos y agrícolas, muchas veces de forma abusiva. Por todo esto, un día reunió a los señores principales y les dijo que tenían que matar a todos españoles que estaban en Cuzco, antes de que llegaran más, y que no temieran nada de los que habían ido con Almagro, ya que el príncipe Paullo y el Huillac Umu llevaban el encargo de terminar con ellos durante el camino a Chile.

Con estos propósitos Manco intentó la huida, pero Juan y Gonzalo le consiguieron captura; le llevaron de nuevo a Cuzco y le dejaron libre en su palacio de Colcampata por decirles que iba a reunirse con Diego de Almagro que le había pedido ayuda[7]; mas como ya no le creyeron tras capturarle en una segunda huida, le pusieron una cadena al cuello y le encerraron en una habitación bajo la vigilancia de varios carceleros. Esta vez escribieron a Francisco Pizarro diciendo que tenían la sospecha de que se quería rebelar y le preguntaron qué debían hacer. EL gobernador contestó que Hernando había regresado de España y que le enviaría con el cargo de teniente gobernador para que hiciera lo necesario para contentar al Inca[8].

Hernando Pizarro

El mayor de los hermanos de Francisco, debió de nacer hacia 1502. Fue el único hijo varón legítimo de Gonzalo Pizarro y Rodríguez de Aguilar, apodado “el Largo” y “el Tuerto”, habido en su matrimonio con su prima y esposa Isabel de Vargas y Rodríguez de Aguilar. Recibió una educación esmerada y desde muy joven siguió la carrera de las armas, al igual que los caballeros de la época; participó junto a su padre en las guerras de Italia y Navarra alcanzando, muy pronto, el grado de capitán. Estos hechos, más el importante status social de su familia, le granjearon una gran reputación; quizás por ello el gobernador confió plenamente en él y le encomendó acciones muy delicadas. El 16 de noviembre de 1532 se halló en Cajamarca en la captura de Atahualpa y al año siguiente marchó a España para llevar los quintos reales recaudados en el rescate del Inca. Regresó en noviembre de 1535 y, como se ha visto, muy poco después, en diciembre, su hermano le nombró teniente gobernador de Cuzco.

Hernando llegó a la ciudad el 14 de diciembre y como encontró a Manco tranquilo, le quitó la cadena que llevaba en el cuello y le autorizó a deambular por la casa donde estaba preso; no sospechaba que secretamente seguía preparando la rebelión junto con el sumo sacerdote Huillac Umu, quien siguiendo el plan trazado, había abandonado a Almagro, según decía porque le trataba mal. Algunos españoles se dieron cuenta de sus intenciones y se lo dijeron a Hernando pero no les creyó porque el Inca se mostraba tan amigable que incluso deseaba hacer regalos valiosos que se hallaban guardados en lugares cercanos. Cierto día pidió permiso con el fin de ir en busca de un hombre de oro; Hernando autorizó su salida y a los ocho días volvió con la estatua de un orejón de oro hueco. Después, el 18 de abril de 1536 volvió a pedir permiso para traer otro hombre de oro macizo desde el pueblo de Yucay y Hernando, como seguía confiando en él, le dio un nuevo permiso. Esa vez Manco no regresó; se fue a Yucay y dio orden de que se preparara la gente de guerra; seguidamente marchó a pueblos cercanos y mató a varios españoles asentados en ellos[9].

El asedio de Cuzco según el manuscrito atribuido al obispo Valverde

Llegados a este punto es preciso decir que el documento no me parece que se deba a la pluma de Fray Vicente Valverde, aunque así está catalogado en la Biblioteca Nacional de Madrid, ya que en el texto no existe ninguna invocación a Jesucristo, a la Virgen María, ni a ningún santo y tampoco se alude a la labor evangelizadora de la Iglesia Católica, tal como solían hacer los religiosos de esa época cuando escribían sobre los sucesos de la conquista. Por la minuciosidad y precisión con que están narrados los hechos bélicos y también los acontecimientos que iban sucediendo, creo que el manuscrito ha sido escrito por algún caballero-soldado integrado en el ejército de los Pizarro, según se dice testigo de vista desde que los naturales se rebelaron hasta que Cuzco quedó pacificado, posiblemente a petición del propio Hernando; si bien no se puede descartar que el autor sea el mismo Hernando, ya que de la extensa carta que dirigió a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo el 23 de noviembre de 1533 en la que relata la conquista de Perú, se colige que tenía una buena formación cultural[10] y además este documento presenta una redacción muy similar a la del manuscrito.

La defensa de Hernando Pizarro

El autor dice que el sábado, víspera de Pascua de Flores, Hernando fue avisado de que el Inca estaba alzado y que éste, tras comunicarlo a la ciudad, acordó salir rápidamente en su seguimiento, con gente de a pie y de caballo, antes de que reuniera a más guerreros. Cuando llegaron a Yucay les dijeron donde se hallaba e intentaron llegar hasta él, pero al no poder cabalgar los caballos por aquellos fragosos territorios y sopesando que les podías hacer una emboscada, Hernando decidió dar aviso a su hermano, el gobernador, de lo que estaba pasando y regresar a Cuzco. Al mismo tiempo Juan y Gonzalo habían ido a pueblos cercanos y al ver que habían matado a varios españoles, que tampoco podían cabalgar los caballos y que iban con muy poca gente, también regresaron a la ciudad. Nuevamente salieron los tres juntos con casi todos sus soldados y llegaron hasta un río –tal vez el Urubamba- y al advertir que los puentes estaban quemados, volvieron a la ciudad por temer que Manco mandase un gran ejército para tomarla.

Y no se equivocaron porque, poco después, la cercaron cien mil indios de guerra y, ochenta mil de servicio. Tomaron la fortaleza rápidamente y desde ella avanzaron por la ciudad e hicieron grandes hoyos en el suelo de las calles para evitar que transitaran los caballos y a la vez que quemaban las casas y sus techumbres de paja. El autor del manuscrito dice que como ese día hizo mucho viento, se desprendieron muchas pajas ardiendo de techumbres y que llegó un momento en que en toda la ciudad sólo se veía una enorme llama de fuego en medio de un gran griterío de los indios y que el humo era tan espeso que no se veían los unos con los otros. Sigue contando que cada capitán tenía a cargo un cuartel, pero que centenares de indios llegaban sobre ellos y no se podían defender, aunque peleaban mano a mano. Hernando iba a los lugares donde había más peligro y que al darse cuenta de la difícil situación en que estaban, se puso al frente de veinte soldados de caballería que mataron a muchos indios, pero que los que pudieron huyeron y que les siguieron hasta una quebrada en la sierra, pero que allí, al ser imposible que subieran los caballos, se rehacían ya que Manco Inca, que se hallaba a tres leguas, enviaba nuevos guerreros.

En la ciudad, los nativos andaban por encima de las paredes de las casas quemadas; los españoles no podían sacar los caballos por los socavones que habían hecho y porque además durante la noche soltaban el agua de las acequias con objeto de dificultar más su tránsito. A los seis días del asedio, habían perdido toda la ciudad menos la plaza y lo peor era que en la fortaleza se hallaba el sumo sacerdote Huillac Umu liderando la revuelta. Ante tan desesperada situación, los pocos vecinos que había dijeron a Hernando que buscara un camino para huir, pero él respondió;”no sé yo señores cómo queréis poner eso por obra, porque a mí no me ha de venir ni me ha venido temor alguno”. Según el autor del manuscrito, al oírlo algunos callaron por vergüenza y otros hicieron corrillos declarando sus propósitos de huída..Hernando hizo todo el día como que no se daba cuenta y al llegar la noche mandó llamar a sus hermanos Juan y Gonzalo junto con los principales vecinos, los alcaldes, regidores, el tesorero, etc, y con el rostro sereno, en un largo discurso les recordó la obligación que tenían de defender los territorios ganados por su hermano Francisco y asimismo les dijo que si huían él se quedaría y, aunque estuviera solo, defendería la ciudad con su vida, que se esforzasen todos en pelear para ganarla, que esa era su voluntad y que todos la aceptasen.

Le respondieron que si así le parecía, que como hombre que tenía una gran experiencia guerrera, les dijese que deberían hacer porque todos le secundarían y Hernando les dijo que lo primero era recuperar la fortaleza, desde donde les causaban el daño, ya que ganándola se aseguraba el pueblo y que a la mañana siguiente irían a tomarla. Juan dijo que le dejaran ir a él porque se había perdido por su causa, y al siguiente día, aunque en anteriores combates le habían roto una mandíbula, fue a rescatarla acompañado por Gonzalo y por el capitán Ponce. Llegaron hasta las murallas y después de dos días de lucha, consiguieron alcanzar las puertas Los indios lanzaban grandes piedras desde arriba y una de ellas dio a Juan en la cabeza, que la llevaba descubierta por no haberse podido poner la celada, y cayó al suelo sin sentido. Gonzalo siguió luchando, pero no pudo tomarla por la mucha gente que la defendía[11]. Al amanecer del siguiente día dejó a sus hombres luchando y llevó a su hermano Juan a la ciudad, donde murió unos quine días después a causa de la herida recibida. Volvió ya anochecido y ordenó suspender el combate hasta el día siguiente.

Por la mañana recorrió todo el entorno de la fortaleza y al darse cuenta de que, por su gran altura, sólo la podrían tomar trepando con escalas, mientras que parte de sus hombres continuaban combatiendo, a otros mandó que durante todo el día hicieran escaleras. Cuando las tuvieron terminadas, aunque Manco Inca había mandado cinco mil guerreros más, subieron por las tres murallas y lucharon con tan gran empuje empuje que Vila Umu, viendo su irrefrenable fuerza y que a sus guerreros les quedaba poco aprovisionamiento de piedras y flechas, se marchó con el Inca. Dejó la fortaleza al mando de un capitán llamado Cahuide, quien la defendió bravamente todo lo que pudo, pero al comprobar que no podía impedir la huida de los nativos, que no tenían armas para luchar y que iba a ser tomada por los castellanos, se suicidó tirándose abajo.

Ante la muerte de su caudillo, los nativos aflojaron la lucha y Hernando, que se había incorporado al ejército, entró en la fortaleza junto con Gonzalo y sus soldados. Dice el autor que pasaron a cuchillo a los que estaban dentro, que serían unos mil quinientos, y que de los españoles únicamente murieron uno y Juan Pizarro, si bien muchos estaban heridos, Seguidamente Hernando mandó poner una bandera en lo más alto de la fortaleza para que todos los nativos vieran que la habían tomado, Pero, a pesar del gran triunfo obtenido, Gonzalo y Hernando y sus hombres tuvieron que continuar luchando con los indios durante dos días en los cuatro caminos cercanos a Cuzco[12]. Estos hechos debieron de suceder en mayo de 1536 porque, aunque los castellanos habían conseguido recuperar la ciudad, las tropas de Manco mantuvieron el asedio hasta mayo de 1537; lo levantaron en dos ocasiones para ir a hacer sacrificios a sus dioses, pero lo volvieron a poner cuando los terminaron.

Según el autor del manuscrito, En la segunda de aquellas ocasiones Hernando y Gonzalo, conociendo que el Inca se hallaba en Tambo, decidieron ir en su busca con unos cien soldados de infantería, caballería e indios amigos y, aunque combatieron fuertemente, tuvieron que replegarse al no poder transitar los caballos, por estar las calles anegadas de agua, y por la gran cantidad de flechas que les dispararon indios flecheros. Días después Gonzalo y un grupo de soldados de caballería fueron nuevamente a Tambo y al ver que debían de enfrentarse a quince mil enemigos, pidieron ayuda a Hernando. Con los refuerzos de hombres y caballos que su hermano llevó siguieron avanzando y consiguieron vencer en algunos parajes pero, como los enemigos eran muchos y temiendo que estando los dos ausentes fueran sobre Cuzco y se llevaran el maíz que tenían plantado, en esos momentos su principal alimento, decidieron volver.

El regreso de Diego de Almagro

En efecto, desde que terminaron los sacrificios, la ciudad fue atacada intermitentemente por escuadrones indígenas durante dos meses. Los nativos, que conseguían apresar, les dijeron que Diego de Almagro había vuelto muy enojado, que era su amigo y que les había de matar a todos. De repente, un día llegó la noticia de que el adelantado estaba a siete leguas de Cuzco con quinientos soldados y que durante su fracasada expedición a Chile había conocido que el emperador Carlos V le había concedido una gobernación de doscientas leguas, que comenzaba en la que terminaba la de Francisco Pizarro, y que Cuzco estaba dentro de su gobernación.

Dice el autor del manuscrito que Hernando no podía dar crédito a aquellas noticias porque él mismo había llevado las cédulas y sabía que la de su hermano había sido ampliada con setenta leguas más y pensando que no era cierto lo que le decían y que quizás Almagro estaba muerto, ya que no le había comunicado su vuelta, envió un mensaje a Manco con un indígena para que disimuladamente se informara de lo que pasaba, en el cual le decía que no hiciera más daño, que volviera a Cuzco, donde sería perdonado en nombre de su majestad. Sigue diciendo el autor que cuando el indio mensajero llegó a Tambo encontró que se hallaban tres españoles mandados por Almagro con el fin de comunicar al Inca que su jefe estaba en Urcos y que quería reunirse con él para decirle que iba pedir a Carlos V que le perdonase y que el Inca se reunió con sus capitanes, tras lo cual acordaron contestar a Almagro y dejar marchar a sus mensajeros, pero también acordaron cortar la mano derecha al mensajero de Hernando y uno de los españoles se la cortó.

Hernando viendo que Almagro se intentaba confederar con los nativos para apoderarse de Cuzco, mandó a Urcos a un capitán con varios soldados de caballería para que hablasen con él y, después, pensando que sus hombres les podían matar, fue él con otro grupo, pero al llegar a un valle cercano, salió un capitán del y le dijo que no pasara de allí porque el adelantado no estaba: había ido de paz a Tambo para hablar con el Inca. Hernando contestó que no iba en contra suya, sino a ayudarle, ya que le habían dicho que estaba en dificultades y que no quería herrar por estar mal informado, a lo que el capitán contestó que lo que quería Almagro era tomar posesión de la tierra que pertenecía a su gobernación. Entendiendo Hernando que el propósito del adelantado era apoderarse de Cuzco y viendo el poco respeto que le tenía después de un año en que con tanto trabajo y peligro había mantenido la tierra y pareciéndole que era gran poquedad entregársela porque pertenecía a la gobernación de su hermano Francisco, preguntó a sus hombres qué debía hacer y éstos le dijeron que prendiera al capitán y a los que estaban con él, pero Hernando dijo que eso sería comenzar una guerra y que no deseba que fuera por su causa.

Había ocurrido que Almagro al llegar a Yucay, cerca de Tambo, había enviado al Inca mensajeros para tratar de una alianza, pero Manco no aceptó y los retuvo. Según el autor del manuscrito, a partir de ese momento el adelantado, comprobando que el Inca no quería la paz, inició conversaciones con Hernando y éste le dijo que fuera a Cuzco que allí tenía sus casas, y que fuera por la noche a descansar, como el adelantado le contestó que antes iría a recoger a sus soldados a Urcos, le envió comida.

Sin embargo, al otro día se presentó con los que tenía, los colocó alrededor de la ciudad y se marchó a Urcos. Dos días después volvió acompañado de toda su tropa y se instaló a una legua: era lunes, 18 de abril de 1537. Hernando le dijo que se instalara en sus aposentos y contestó que sólo entraría en la ciudad en el momento en que fuera suya y que no ocuparía más que las casas de Hernando. Volvió a decirle, a través de mensajeros, que sería muy perjudicial que hubiera problemas entre ellos, porque los indios, aunque habían levantado el cerco de Cuzco cuando llegó con su ejército, estaban en guerra y que enviaba mensajeros a su hermano Francisco para que estableciera la paz

Sin embargo, Almagro agrupó a sus hombres en dos escuadrones y los puso al mando del capitán general Orgoñez; por su parte, Hernando también agrupó a los suyos en dos escuadrones: al frente de uno estaba Gonzalo y él en el otro y también ordenó que se reuniera el cabildo y que el alcalde y los regidores hablaran con el adelantado para que les mostrara las provisiones de su gobernación y como el adelantado aceptó la propuesta, acordaron una tregua hasta la media noche del otro día.

En efecto, Almagro presentó sus provisiones de gobernador de las doscientas leguas a partir de la gobernación de Francisco Pizarro y los componentes del cabildo le dijeron que le recibirían por gobernador si sus doscientas leguas comenzaban en los límites de la de Pizarro, que pilotos: expertos hiciesen una medición y que mientras tanto no diera lugar a tan gran escándalo, porque perderían los unos y los otros, y que el Inca podría volver a tomar la tierra; seguidamente acordaron ampliar la tregua tres días más. Pero aquella noche, cuando Hernando y sus hombres estaban descuidados, los soldados del adelantado entraron en la ciudad al grito de Almagro, Almagro y mueran los traidores; tomaron la plaza, las calles y Orgoñez se apoderó de las casas de Francisco Pizarro y apresó a Gonzalo y Hernando[13].

A partir de estos hechos, el autor del manuscrito describe las penalidades que pasaron ambos hermanos cuando estuvieron prisioneros, especialmente Hernando, sus allegados y el saqueo de la ciudad; asimismo las fracasadas negociaciones llevadas a cabo con el gobernador Francisco en Nazca y Mala, el intento de emancipación de Almagro en Chincha, la libertad de Hernando y la fuga de Gonzalo. También se relata con todo lujo de detalles la batalla de las Salinas, acaecida el 6 de abril de 1538, en la que fue derrotado Almagro, su prisión y los continuos intentos llevados a cabo por los capitanes almagristas para liberarle; finalmente se narra la ejecución efectuada el 8 de julio de 1538, no sin antes dejar patente que fue totalmente necesaria para poder terminar con las revueltas que protagonizaban sus capitanes y allegados.

El manuscrito termina de escribirse el 2 de abril de 1539 y especifica que al día siguiente partía Hernando Pizarro a dar cuenta al emperador de todo lo sucedido, si bien parece que no se embarcó hasta el mes de julio[14]. De lo que no cabe duda es de que se escribió con la intención de que la Corona tuviera constancia de las hazañas realizadas por los hermanos Pizarro para defender Cuzco, particularmente por Hernando, tal vez con objeto de defenderse de las acusaciones que en la Península había vertido el capitán Diego de Alvarado por la ejecución de Almagro

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BIBLIOGRAFÍA

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Martín Rubio, María del Carmen. Francisco Pizarro. El hombre desconocido. Ediciones Nobel. Madrid 1914

Pizarro, Hernando. Carta a la Audiencia de Santo Domingo. Biblioteca Peruana. T, I. Lima 1968

Pizarro, Pedro. . Relación del descubrimiento y conquista del Perú (1571). Biblioteca Peruana. Tomo I. Lima 1968.

Rostworowski. Doña Francisca Pizarro. Una ilustre mestiza. 1534-1598. IEP Ediciones. Lima 1989.

Sancho de la Oz. Relación para su Majestad. Biblioteca Peruana. T. I, Lima 1968

Trujillo, Diego de. Rela ción del descubrimiento del Perú. Biblioteca Peruana. T. II, Lima 1968.

Valverde, fray Vicente. Relación del sitio de Cuzco. Manuscrito 3216. Biblioteca Nacional. Madrid.

 

1María del Carmen Marín Rubio: Francisco Pizarro. El hombre desconocido, pg 171.

[2] Diego de Trujillo: Relación del descubrimiento del reino del Perú, pgs. 11-18.

[3] Pedro Sancho de la Oz: Relación para Su Majestad, pg. 328.

[4] Ibidem, 329.

[5] María del Carmen Martín Rubio. Acta de la Fundación española de Cuzco. Francisco Pizarro. El hombre desconocido, pg. 191.

[6] María del Carmen Martín Rubio. Francisco Pizarro. El hombre desconocido, pg. 257

[7] Pedro Pizarro: Relación y conquista del Perú, pg. 511.

[8] Ibidem, pg. 212.

[9] Pedro Pizarro: Relación del descubrimiento y conquista del Perú, pg.512.

 

[10] Carta de Hernando Pizarro. Biblioteca Peruana. T. I, pg, 117. Lima 1968.

[11] Fray Vicente Valverde: Relación del El sitio de Cuzco, pgs, 11- 15

[12] Fray Vicente Valverde. Relación del sitio de Cuzco, pgs 16-21v.

[13] Fray Vicente Valverde. Relación del sitio de Cuzco, pg, 90.

[14] María Trujillo, Rostworowski: Doña Francisca Pizarro. Una ilustre mestiza 1534-1598. Pg.58