Oct 012005
 

Rosario Rubio de Orellana-Pizarro.

Hablamos de Francisco de Orellana, hidalgo extremeño, uno de los nombres más destacados de la Conquista de América, tan conocido por sus hazañas del descubrimiento y navegación del Río Amazonas y tan desconocido por otras muchas y los altos fines que las inspiraron.

Un tipo de hidalgo del lugar y de la época, que se corresponde con el arquetipo del conquistador; inadaptado a la rutina del lugar, más ilustrado con frecuencia de lo que se piensa, lo que sería su caso y que a diferencia de sus antepasados, creadores de insignes linajes, -el suyo, en su tiempo, el más poderoso de Trujillo-, no podían desarrollar actividades militares en suelo peninsular, la Reconquista estaba terminada, las guerras civiles que habían asolado, y arruinado, a Castilla erradicadas y zanjadas por la autoridad y buen gobierno de los Reyes Católicos.

Su proyección podría ser aquél Nuevo Mundo del que llegaban noticias prodigiosas. Pronto empezaría a decirse del destino de los segundones, aquello de “Iglesia o Mar o Casa Real”. En el mar, cruzado el Mar, había un porvenir para quienes les vendría estrecho el inmediato futuro que se les presentaba.

La aventura de las Indias ilusionaría a muchos de ellos. Potenciaría sus cualidades y asumirían otras nuevas fruto de toda actividad creadora.

En el caso de Francisco de Orellana así fue. Toda su trayectoria estaría marcada además por un espíritu de gran generosidad y entrega personal, como veremos, virtud egregia cuyo más visible sentido puede resumirse en la expresión “darse”; en todo momento y por todo y por todos así lo hizo.

Hacía 1521 desembarcaría, como tantos, en la zona de arribada principal: Centroamérica. A partir de ahí tras seguir las vicisitudes propias anteriores a cualquier determinación y oportunidad se inicia como descubridor en la propia región.

Primero sería descubridor en Nicaragua y Castilla del Oro, más tarde se le ofrecieron opciones más o menos tentadoras. Al final se decidió por otra que no figuraba entre aquellas, una empresa más aleatoria y peligrosa que cualquiera otra, más atractiva para él al tiempo que pensaba en la utilidad de su presencia en tan ardua tarea como lo sería la Conquista del Perú, acometida por Francisco Pizarro y sus hermanos, parientes suyos y con los que le unía la mejor relación.

Era muy joven cuando tomó parte en aquella y fue el entusiasmo de su juventud y entrega lo que acentuó la eficacia y el valor de sus intervenciones. Fue en la Conquista del Perú donde se desarrollo su formación militar, como oficial. En todas las acciones en las que intervino lo haría con gran fogosidad y arrojo lo que le convertiría en una muy valiosa ayuda y llamando la atención de Francisco Pizarro, al que su aprecio como un pariente incondicional, esta fue la razón de su incorporación, se uniría su estima de soldado.

Una flecha le haría perder un ojo en una de las refriegas en las que participó, falta que su galanura la supo hacer menor. Estuvo presente en los más importantes escenarios de la Conquista del Perú, entre ellos, como decisivo, el de Cajamarca.

Terminada la Conquista del Perú se instalaría como poblador en la villa del Puerto Viejo. Allí se siguió manifestando su actitud abierta de generosidad y ayuda de la que ya en ocasiones anteriores había dado muestra. De “vecino honrado” lo calificarían sus convecinos, expresión que más que propiamente un calificativo resultaría ser atribución y reconocimiento de una alta dignidad.

Decían las crónicas “Durante su residencia en aquella villa y puerto de Puerto Viejo, precisa recalada de la gente que de todas partes acudían al ruido de las riquezas del Nuevo Continente, su casa estaba abierta a los enfermos y necesitados y en ella encontraban albergue, comida, medicina y otros socorros”.

Allí en Puerto Viejo le llegaron noticias de la crítica situación por la que pasaban sus parientes los Pizarro. Francisco sitiado en Lima; sus hermanos también sitiados en el Cuzco, consecuencia de una insurrección general de los indios y que ponía en grave riesgo de sucumbir los españoles y su obra con ellos.

Ante esta situación abandona bienes, comodidad, tranquilidad, simpatías. Apresta ayuda y defensa, con hombres a su propia costa, corriendo presto al lado de aquellos, imponiéndose su generosidad y lealtad a las dificultades y distancia con todo el riesgo que aquella comportaba.

“Acorrió pues -dice el cronista-, a Don Francisco Pizarro en Lima y siguió luego en acorrimiento de los hermanos de éste en el Cuzco, donde rompió el cerco de los sitiadores atacantes”.

Tras pacificar Trujillo, también alzada contra los españoles, regresaría a su amado Puerto Viejo, del que nuevamente habría de salir para acudir otra vez en pos de los Pizarro participando en el bando de éstos en la decisiva Batalla de Las Salinas librada contra los Almagristas.

Finalizada aquella con la victoria de los Pizarro sobre los almagristas, le encomendó Francisco Pizarro la gobernación de la provincia de La Culata con cargo de Capitán General, región conocida por él de tiempo y en la que estaba situado Puerto Viejo, el lugar del que él era poblador y había sido fundador. Le encomendaba además la fundación de una ciudad. Orellana gozaba de fortuna y gloria, por lo que aceptar misiones de aquél orden se correspondía más con su buena disposición que con ninguna ambición; de nuevo aparecía, por encima de todo, su actitud generosa y desprendida.

La ciudad a fundar no sería otra que la de Santiago de Guayaquil, que constituiría un puerto muy estratégico para el desarrollo de la zona, de ahí la imperiosa necesidad de su creación, intentada dos veces, una por Sebastián de Belalcazar y la otra por Francisco Zaera.

La naturaleza era un obstáculo grave y difícil para su ubicación que él supo superar acertadamente. Previamente había que reducir a los belicosos huelcanvelican, lo que conseguiría combinando las armas y su poder de persuasión al que contribuía su conocido dominio de las lenguas indígenas.

Haría honor a la confianza que Francisco Pizarro le mostró de la seguridad de que en este caso prosperaría el intento, buscando el sitio idóneo en un lugar cuyo acierto en hallarlo sería decisivo y que resultaría ser una garantía de supervivencia. Puede decirse que en esta ocasión estaba en lo cierto, como lo muestra que en 1937, cuando se conmemorara el cuarto centenario de su fundación, el 25 de julio de 1537, celebrando destacados científicos lo acertado que resultó su emplazamiento en una zona tan difícil de hallar el adecuado.

Apenas transcurridos tres años, en febrero de 1541, volvería de nuevo a las actividades bélicas, para cambiar la vara de regidor de su muy querida ciudad de Santiago de Guayaquil por la espada de conquistador, movido por la causa de siempre. “El aliento que lo arrastraba por las grandes empresas -dice el cronista-, su acostumbrada nobleza por acorrer con auxilio a todos sus compañeros, en tratándose de sucesos que su ayuda pudiera propiciar, le llevó de éstas riberas – las del Pacífico-, a trepar la cordillera andina, ir a Quito, en donde el insigne adelantado Don Gonzalo Pizarro había menester de ayuda para acometer la nunca bien admirada y ponderada y llorada odisea hacía el oriente”“A la titánica odisea se aprestó a ayudarle el fundador de Guayaquil y de Guayaquil llevó dineros, vituallas, abastos y también guayaquileros”. Todo ello le supondría un coste de más de 40.000 ducados de oro.

Esta sería la causa de éste nuevo capítulo de su vida , que empezaba en Quito adonde se trasladó y desde el que, en marzo de 1541 marcharía siguiendo, para alcanzarlo, a Gonzalo Pizarro que impaciente había partido ya de aquél lugar y al que se dispondría a ayudar en la gran aventura que Gonzalo Pizarro iniciaba muy preparada y numerosa compañía

Una expedición fantástica que lamentablemente se transformaría en expedición fantasma. Las calamidades y el fracaso haría que regresaran a Quito en agosto de 1542 los supervivientes de la descabellada aventura y que se reducía a la mitad de más de doscientos españoles que habían compuesto la expedición; ningún indio de los 4.000 que también fueron en ella regresó. Su objetivo era la conquista de el país de La Canela y Eldorado, el oro y las especias, obsesión de cuantos pretendían riqueza fácil y rápida, leyendas que la codicia las transformaba en espejismos, en realidad virtual, que diríamos hoy. La realidad real acaba sobreponiéndose a cualquier otra ficticia. No encontraron lo que buscaban pero si encontraron penalidades y sufrimientos derivados del medio hostil y distante en el que se adentraban, con sus provisiones agotadas y con la necesidad de avituallarse sobre el terreno. Terreno en el que no se advertía producción de vitualla alguna. Se encontraban en un infierno verde de ciénagas en el que sorprendentemente se daría una ventana a la esperanza al dar con la ribera de un río, “el Río Coca“, afluente del Napo, tributario éste del río Amazonas, a través del cual podrían explorar posibles fuentes de provisiones y hacerse con ellas. Harían falta los medios: una embarcación y un capitán de una “sui generis” hueste náutica.

La embarcación, se construiría en el propio campamento de Zumaco, un bergantín bautizado “San Pedro” y allí se botaría. El capitán de tan singular y vital misión: Francisco de Orellana. Así lo había decidido por unanimidad el Consejo que al efecto convocó Gonzalo Pizarro. Sus condiciones de buen militar, negociador prudente y elocuente lo hacían el más idóneo, a lo que se añadiría su dicho conocimiento de lenguas indígenas, permitiéndole ello alcanzar, como así fue, conquistas de modo pacífico y entablar amistosas relaciones con jefes y caciques de muchos pueblos.

Confirmaban estas aptitudes Fray Gaspar de Carvajal, su cronista. Decía de él que “siempre procuró conocer la lengua de los naturales e hizo los abecedarios para su acuerdo y dotóle Dios de tan buena memoria y gentil natural y era tan diestro en la interpretación, que no obstante las muchas y diferenciadas lenguas que en estas partes hay, era entendido y entendía convenientemente para lo que hiciera el caso”. Estos conocimientos juntos con su reconocido valor y prudencia, y formación militar confirmaban su idoneidad para la empresa que se le encomendaba. Designación que, por muestra de una gran confianza, le era de obligada aceptación y en la que su espíritu de entrega jugaría con carácter decisivo. Se trataba de adentrarse en un mundo desconocido y regresar de él portando vituallas y provisiones; esta era la finalidad de aquella operación que a modo de descubierta y de exploración se iniciaba el 26 de diciembre de 1541.

El problema sería encontrarlas y encontrarlas en un radio de acción en que la distancia y los accidentes naturales permitieran el regreso. Unos y otros lo hicieron imposible. Su palabra dada de regresar y su sentido de la lealtad le haría pensar en intentarlo. Se encontraban a una gran distancia impulsados por la fuerza de las corrientes que harían imposible navegar en su contra, aparte la lejanía a que aquellas los habían llevado y por lo que la totalidad de la expedición se negó a intentar un regreso que intentado hubiera resultado suicida.

Le quedaba el dolor del involuntario incumplimiento y el honor de que fueran los propios expedicionarios, tras haber renunciado al cargo para el que le había nombrado Gonzalo Pizarro, que lo nombraran Capitán en nombre de su Majestad, en documento, -requerimiento, lo llamaron-, suscrito por todos los soldados, dos clérigos y el escribano que lo atestigua, es decir, la totalidad de los componentes de la expedición. A Francisco de Orellana no le cupo otra suerte, lo que hacía con su acostumbrado gran espíritu, que aceptar y jurar el cargo que lo hizo ante un misal.

Empezaba para él la asunción de un protagonismo polivalente, sería navegante, armador, intérprete, negociador, soldado que lucharía en cualquier situación con quienes se constituyeran en enemigos y obtendría ayuda y apoyo de aquellos a quienes su buena disposición y comprensión, y conocimiento de su lengua se convirtieran en amigos y colaboradores de su misión.

Tal fue el caso de Aparia, de avanzada civilización, a donde llegaron el 3 de enero de 1542, lugar donde los españoles gozaron de acogida, descanso y manutención. Esto le permitiría construir un nuevo barco, bautizado “Victoria” y la reparación del “San Pedro” con el que habían partido desde el campamento de Zumaco. El 2 de febrero de 1542 abandonaban el lugar reemprendiendo la navegación hasta llegar al río Amazonas, dejando atrás sus poderosos y temibles afluentes que hasta él los habían llevado. Nuevamente recalarían en otro lugar de Aparia, situado en la orilla del río Amazonas y mejor dicho, de las Amazonas y del que en su navegación por él descubrieron los también poderosos ríos, Río Negro y Río Grande.

Su natural desinterés por un lucro propio y sentido de misión, hacía que rechazara parasí y sus hombres el oro que le era ofrecido por los indios, no permitiendo tampoco, que ninguno de los suyos aceptara ofrecimiento alguno, actitud muy valorada en su favor por aquellos.

El río acabó llamándose de “Las Amazonas” en base a que supuestamente, en alguna zona de sus riberas y proximidades existía un imaginario país donde moraban exclusivamente mujeres guerreras, un mito que circulaba coincidente curiosamente con igual leyenda de la antigüedad de mujeres guerreras, que ya recogía Herodóto. Se apoyaba aquella leyenda en una realidad más simple: la participación de algunas mujeres, junto con los hombres de aquellos lugares, que combatían junto a ellos, repelían asaltos o realizaban operaciones de hostigamiento, leyenda reafirmada, la de las Amazonas por la información inducida de indios amigos que acabarían afirmando la realidad de su existencia más que por propio conocimiento, lo que hubiera sido imposible, por lo que creían complacer a quienes les interrogaban sobre aquellas mujeres guerreras y la traición y las jugarretas que las lenguas a veces juegan a quienes creen dominarlas en cualquiera de sus sentidos.

Navegaron, hostigados por armas muy distintas: arpones, lanzas, cerbatanas, flechas, letales si envenenadas, y en cualquier caso, siempre peligrosas. En una de aquellas lluvias de flechas que habían de soportar, vendría una a dar en la persona del buen padre Carvajal y que le ocasionaría la pérdida de un ojo, pero no la de la pluma, afortunamente de cronista de aquella expedición.

Cuantas tierras descubrieron y pisaron fueron declaradas pertenecientes a la Corona manifestándose así formalmente por el escribano y a las que más tarde pretendía volver Francisco de Orellana para asentamiento del dominio y fundación de ciudades y poblamientos. Recorrerían en total mil cuatrocientas leguas -seis mil kilómetros- hasta llegar al mar. A doscientas leguas ya percibirían su proximidad en forma de nuevas dificultades a causa del flujo de las mareas y problemas que éstas ocasionaban, tales como las consecuencias de la falta de ancla de las embarcaciones y riesgos de embarrancar y averiarse lo que sería el caso del bergantín el “San Pedro“, de difícil reparación en aquellos lugares y en donde, por otra parte, había que hacer frente a la hostilidad y ataques de los indios pobladores de la zona.

En este último tramo habían navegado entre islas que los desorientaban y confundían. Por fin el 26 de agosto pudieron ver el mar, una vieja ambición cumplida la de encontrar una vía de comunicación entre las tierras altas del Perú y el mar Atlántico se habían cumplido.

Acabaría aquí la aventura del descubrimiento y recorrido del Río Amazonas, pero no la de su descubridor, que en su transcurso había descubierto nuevas tierras y tomado posesión de ellas en nombre del Rey regresaría, -esa era su ilusión- a poblarlas, colonizarlas y gobernarlas. España no establecía factorías, fundaba países, reinos regidos por un representante del Rey y en nombre de éste, con instituciones homólogas a las de la metrópoli y llevando su cultura, de la que la Iglesia fue su mejor portadora. Lamentablemente la mayor parte de las tierras recorridas por Orellana cayeron en manos de Portugal.

Así llegarían al final de la desembocadura de aquél mar fluvial desde donde se dirigieron a islas españolas, surcando el llamado Mar del Norte; ambas embarcaciones que marcharon juntas, se perdieron y más tarde volvieron a encontrarse el “San Pedro” y el “Victoria” con dos días de diferencia, en el mismo puerto de arribada en la isla de Cubaguas, frente a la Costa de las Perlas, navegantes cuyo valor y audacia nuevamente demostraban, dado su ignorancia y carecer de todos los instrumentos precisos para un avezado navegante de altura.

Finalizado el viaje persiste en Francisco de Orellana el deseo de conquistar los lugares por él descubiertos y tomado posesión en nombre de la Corona, pensando más que en su propio provecho de posible gloria y riqueza, en los propios de la Corona y en evitación de que las ambiciones, intrigas y doblez de Portugal, de la que tenía “más que la intuición, el convencimiento“, permitiera apoderarse de aquél otro “Nuevo Mundo” en el propio “Nuevo Mundo“, aparentemente inexplorable.

El lamentable Tratado de Tordesillas había concedido a Portugal unos márgenes, que le impedían acceder en todo caso a la región por la que atravesara Orellana, pero que si le permitiría una interpretación torticera, amén de otros engaños, con la que pretendían alcanzar una zona, que en modo alguno nunca les correspondería.

Esta era la política de Portugal, la de pretender el monopolio de los mares que en la línea de demarcación le habían correspondido e invadir los que en dicha línea había correspondido a España. Muestra de tales intentos serían las tentadoras y ventajosas proposiciones que el Rey de Portugal, muy interesado en los descubrimientos y con un poderoso servicio de espionaje, le hizo a Orellana, a su paso por Lisboa, adonde un violento huracán había desviado la nave que lo traía a la península. Rechazaba una valiosa oferta por una dudosa ayuda que podía recibir de la cicatera corte de Castilla, empeñada en sus guerras de Europa.

En el caso de conseguir las correspondientes Capitulaciones, para la conquista de lo que se llamaría “Nueva Andalucía”, que acabarían otorgándosele el 13 de febrero de 1534, y en las que lo colmaban de honores, entre ellos el título de Adelantado y poder, lo serían sin ninguna dotación económica, dotación que se le negaría totalmente de principio y cuantas veces la solicitó.

Se encontraba así en una situación contradictoria, se le autorizaban los fines pero se le negaban los medios, con lo que se le condenaba a la impotencia no apoyando así la posibilidad de la creación de un bastión que frente a Portugal pudiera frenar sus inmoderadas ansias de expansión en América. Irónicamente fueron a incurrir en incumplimiento del Tratado de Tordesillas lo que dificultó y demoró aquella Capitulación.

Regresado de Valladolid, en donde había comparecido y negociado la capitulación, e instalado en Sevilla, su gran espíritu y entusiasmo conseguiría poner en pie una flota compuesta por dos naos y dos carabelas. En cualquier caso, insuficientemente dotada para los fines propuestos, unas carencias que le impedía alcanzar los requisitos necesarios para hacerse a la mar, lo que no obstante así hizo de modo clandestino burlando las prescripciones y vigilancia de los oficiales reales.

Partió el 11 de marzo de 1545, incluso a espaldas del Padre Torres, su valedor ante la Corona y el que le parecía que lo insuficiente de los medios conseguidos no fueran proporcionados a las dificultades de la travesía y de los fines propuestos de conquista de lo que hoy llamamos “La Amazonia”. El padre Torres también se había opuesto a la boda celebrada en noviembre de 1544 de Francisco de Orellana con Doña Ana de Ayala, muy noble y muy pobre y por lo que difícilmente habría podido ayudarle en su empresa como algunos prestigiosos historiadores pretenden al haberla conceptuado equivocadamente como una dama acaudalada.

Le preocupaba al padre Torres que fuera mujer en aquella expedición por lo aleatorio de la misma y los problemas añadidos que su presencia podía irrogar.

De quién sí recibió ayuda generosa, pero naturalmente insuficiente, dada la envergadura de la empresa, fue de su padrastro Cosme Chaves, consistente en mil cien ducados.

La travesía sería dramática acorde con las carencias que adolecía y agravada por factores imprevisibles, pero propios de la naturaleza de la empresa. Así quedaría mermada por pérdida de embarcaciones y problemas de dotación y por enfermedades durante la travesía o deserciones en las islas que fueron tocando, principalmente en las de Cabo Verde y de las que marcharía en noviembre de 1545.

El 20 de diciembre llegarían por fin al Amazonas, a una de las bocas del río desde la que lo remontarían para acampar en lugar al abrigo de la vista de alguna flota portuguesa que merodeara por aquellas latitudes y que pudiera descubrirlos e inquietarlos.

Le urgía iniciar la conquista para afirmar la presencia de España ante cualquier eventualidad y que tomara conciencia la Corona de su importancia estratégica. Su mucha importancia, entre otras, era la de constituir, decíamos, un Mediterraneo fluvial que comunicaría las costas del Pacífico y del Atlántico.

Los esfuerzos por remontar la corriente fueron baldíos. La evidencia del fracaso de la mermada y dispersa expedición sería la verdadera y mortal enfermedad de Francisco de Orellana. En este trance le acompañaba su esposa – su único acierto en la aventura-, aquella dulce Ana de Ayala que mostraría una gran entereza y ternura en tan doloroso trance. Ana jamás volvería a Europa, siempre se titularía Viuda de Orellana.

Su tumba un lugar al pie de un árbol no muy lejos del río al que pudo, y muy lejos de quienes al desampararlo no hicieron posible la realidad de su sueño: rematar la conquista de América por y para España.

Pronto se produciría el temor de Francisco de Orellana: la irrupción y usurpación de terrenos que al no ser ocupados por los españoles se apropiarían los portugueses. El valle del Amazonas pertenecía a España pues la famosa línea de demarcación pasaba por la desembocadura según el propio Tratado de Tordesillas.

No obstante ello, los portugueses se apropiaron del Valle señoreando el curso y la región del Río Amazonas, al que en modo alguno tenían derecho según el Tratado de Tordesillas. Lamentablemente el Tratado de Límites de 1750 sancionó las burdas usurpaciones de Portugal y finalmente el Tratado de San Ildefonso de 1777, fijaría definitivas fronteras, aún nuevamente traspasadas por el Brasil de hoy.

Resultado: la amputación de una América española y alumbramiento de una desigual América ibérica que conquistada por españoles, resultaría nuestra “Aljubarrota americana“.