Oct 011992
 

Antonio González Cordero.

Al principio plantaron horcones, y entrelazándolos con ramas, levantaron paredes que cubrieron con barro; otros edificaron con terrones y céspedes secos, sobre los que colocaron maderos crudos, cubriendo todo ello con cañas y ramas secas para resguardarse de las lluvias invernales, las remataban en punta y las cubrían con barro para que a merced de los techos inclinados resbalase el agua.

Podemos explicarnos que esto pasó así en sus orígenes, como hemos dicho, porque hoy mismo lo vemos en algunas naciones, como en Galia, en Hispania y en Aquitania, cuyos edificios aún se siguen cubriendo con chillas y bálagos.

(Vitrubio, «La vivienda en Lusitania», De Arquitectura, L.II, c.1).

1- INTRODUCCION

Cuando Vitrubio intuyó en el siglo I a.C., cual era el origen de las viviendas pastoriles, se encontraba lejos de imaginar que dos mil años antes en la Península Ibérica ya existía un modulo de estas construcciones perfectamente introducido que perduraría, sin apenas variaciones hasta el presente siglo. Las recientes excavaciones que efectuamos en las Cabrerizas de la Cumbre, han venido a demostrar, no sólo la verdad del aserto Vitrubiano, que por otra parte se hallaba perfectamente constatado, sino que en Extremadura, hacia finales del III milenio se había establecido un hábitat al que podemos considerar el verdadero precursor de la vivienda pastoril. Pero más allá de este hecho, los hallazgos que se sucedieron nos han permitido revivir las formas de vida de una población y sus distintas estrategias de subsistencia.

El trabajo que aquí presentamos, es el avance parcial, de una serie de tareas que hemos venido desarrollando a lo largo de siete años, entre las comarcas de Trujillo, La Cumbre y Plasenzuela, destinados a revisar el poblamiento de la Edad del Cobre en la provincia de Cáceres. Dicho proyecto, que comenzó con la excavación del yacimiento del Cerro de la Horca en Plasenzuela, se extendió mediante sondeos a otra serie de yacimientos instalados en los bordes del berrocal o batolito de la mencionada localidad, que tuvieron como resultado el descubrimiento de una secuencia ocupacional que abarca desde el 3000 a.C. al 1500 a. C., es decir, desde finales del Neolítico, hasta la etapa Campaniforme. Es una secuencia donde se instalan poblados, fortificaciones y todo tipo de estructuras, como la que aquí presentamos de las Cabrerizas.

2- DESARROLLO DE LOS TRABAJOS

Como en ocasiones precedentes, en el año 1990, planteamos una serie de cortes en un área que presentaba indicios de poblamiento semejantes a los que veníamos estudiando. Se trataba de un cerro situado en el borde oriental del batolito de Plasenzuela, con vistas al valle del río Gibranzos, en la zona de contacto entre la pizarra y el granito, un lugar favorable si se tiene en cuenta no sólo el factor estratégico defensivo, sino la abundancia de agua que esa circunstancia conlleva.

El primero de los cortes lo planteamos aleatoriamente en una zona llana, para profundizar lo más hondo posible y obtener una estratigrafía que nos permitiera comparar con los otros yacimientos, pero el hallazgo primero de pellas de barro procedentes de una techumbre y después el del calzo de un poste y parte de un hogar, nos inclinaron a extender la cuadricula abierta y descubrir la estructura de lo que ya presumíamos se trataba de restos de una construcción.

Los sucesivos cortes conformaron un cuadrado de veinticinco metros de lado, en el que se inscribía una cabaña de planta circular completa, con una distribución de espacios, enseres y objetos que refrendaban la ocupación humana del lugar, durante la edad del cobre o como concretarían más tarde los análisis de C14, alrededor del 2265-+100 a.C.

3- LA CONSTRUCCION

El muro de cerramiento de la cabaña, con una anchura de 70 cm. describe un arco completamente circular, con un diámetro exterior de 5,30 m. y uno interior de 4,60 m. que encierran una superficie de 16,61 m2 . Fue construida utilizando un aparejo irregular de granito levantado a doble hilada, presentando su cara más regular al interior y exterior de la cabaña mientras el núcleo del muro se rellena con otras piedras más pequeñas o con barro.

Las hiladas del zócalo no siguen el mismo nivel debido a que en el segmento oeste del arco, afloran rocas, que tienen que ser embutidas o encabalgadas, para que el muro no pierda solidez. A la izquierda de estas un vano de 80 cm. interrumpe el recorrido del muro; este espacio, al que reconocemos como la puerta, era además el único punto de ventilación reconocible de la cabaña y se hallaba orientado hacia el noreste fuera de los vientos dominantes en la zona.

La altura que alcanzó el muro de cimentación hasta su coronamiento, oscila entre los 60 y 69 cm., pero lo más probable, es que hubiera alcanzado originalmente mayor altura y que fuera completado con tapial.

El suelo de la cabaña, había sido regularizado a base de un relleno de tierra, hasta cubrir casi todas las rocas que forman el suelo natural, añadiéndoseles posteriormente una capa de ceniza, no sabemos si con intención, pero fue creciendo, a medida que perduró el asentamiento.

Esta capa desempeña una función muy importante al servir de aislante de la humedad del subsuelo, de ahí que ignoremos si su existencia se debe a la intención o a la casualidad.

La techumbre quedó configurada por un número no determinado de horquillas de madera (tal vez ojaranzo, roble, encina u otro tipo de árboles ribereños), que se apoyaron por un extremo al poste central del que quedan como testigos las piedras que sirvieron de calzo, y por el otro, en las juntas de piedra de las dos hiladas del muro, al que se sujetaron con pellas de barro.

A partir de las horquillas se construyó un apretado armazón utilizando para ello cañas que obtenían de las riberas del Gibranzos pues la huellas de muchas ha quedado grabada en el barro seco que se utilizó para tapar las juntas, sobre todo en lo que debió de ser el cono de la cabaña, ya que las mayoría de las pellas encontradas con estas características se hallaban en un radio muy pequeño, en torno al poste central. Otras pellas mostraban improntas de retamas junco y algunas herbáceas que no hemos logrado identificar. Es posible que a excepción del cono superior donde se utilizó el barro, con el fin de proporcionar un agarre a la urdimbre y facilitar el deslizamiento del agua, el resto del techo fuera recubierto con dos capas vegetales distintas, con la intención de impermeabilizar por una parte y de aislar térmicamente por otras.

En el interior no existe compartimentación alguna, salvo que esta hubiera sido fabricada con materiales perecederos. De cualquier manera, hay una clara distinción entre el espacio de trabajo, el espacio de almacenamiento, y el espacio dedicado a dormitorio.

3.1.- Espacio de trabajo

De los tres el más reducido corresponde al espacio de trabajo, ubicado junto a la puerta. Allí llevaban a cabo la tarea de molienda, utilizando para ello un molino de los llamados naviformes o barquiformes; en el momento del hallazgo, éste se encontraba vertido hacia la pared y junto a él descansaban varias muelas de granito y canto rodado, algunas con un pulimento que acusaba un uso prolongado. También encontramos un hacha sin huellas de desgaste en sus extremos, por lo que deducimos que en ocasiones, la muela se utilizó también para aguzar los filos de algunas herramientas de piedra.

El trabajo de molienda se podía realizar cómodamente sentado en un escaño, consistente en una lastra de granito que los moradores habían situado aprovechando una de las rocas que sobresalían del suelo natural.

Frente al molino, entre la puerta y el hogar una lancha de pizarra, pudo servir de torno fijo para moldear la cerámica y fabricar algunos recipientes, muchos de los cuales pudieron cocerse entre las brasas del hogar.

El hogar se sitúa al lado del poste central, es decir, casi en el centro del habitáculo, no existiendo otro tipo de ventilación que la puerta o los resquicios que pudieran abrirse entre las ramas del techo, condición explicable, porque con el humo no anidan parásitos y era una forma de mantener no solo saneada la cabaña, sino también la de conservar algunos alimentos que eventualmente podrían colgar de las horquillas.

Para evitar que las brasas se expandieran, el hogar se delimitó mediante una serie de piedras, dispuestas en derredor, formando un óvalo de 1 m. de diámetro, que en el momento de la excavación se encontró abierto por el extremo que da a la puerta, como si la última actividad antes del abandono definitivo hubiera sido la de retirar las cenizas que lo colmataban.

Entre el hogar, el poste y la roca que sobresale del suelo recogimos numerosas esquirlas de sílex, lascas y algún núcleo, resultado de una actividad de talla que se traducía en puntas de flecha, láminas, cuchillos, piezas de hoz, todo un muestrario de herramientas y útiles de trabajo. El taller ocupa por tanto una posición junto al fuego, un elemento imprescindible para el tratamiento del pedernal. También desde esta posición el tallista podía aprovechar la luz diurna que entraba por la puerta situada enfrente.

Otras labores domésticas, como la confección de tejidos, se llevaron a cabo dentro de la cabaña, como deducimos de la presencia de pesas o fusaiolas de barro que se utilizaron para tensar la trama. De éstas se recogieron una docena de piezas dispersas por el fondo de la cabaña, aunque la mayor asociación se registró en el arco sur.

3.2.-Espacio de almacenamiento

Dos zonas se emplearon como lugar de depósito. La primera consistió en una especie de artesa cerámica de 70 cm. de diámetro, calzada con piedras y barro, que se halló orillada junto al arco oeste del muro. Esta pudo ostentar la condición de contenedor de frutos que no requerían especial protección, tales como bellotas, castañas o nueces, si nos guiamos por una moledera convexa hallada junto al contenedor, apta para ser utilizada como yunque o base durmiente para machacar o molturar productos, más que para moler grano.

El otro lugar de almacenamiento utilizaba el espacio muerto de la roca que aflora junto a la pared, para arrinconar en él a los vasos, cuencos y restantes enseres de cerámica, y otros que se fabricaron sin duda con materiales perecederos. Prueba de ello son la gran cantidad de estos utensilios que descubrimos hacinados, algunos incluso con sus correspondientes tapadera de pizarra.

Existen otros indicios de utilización de la techumbre como anclaje de algunas vasijas que en su momento pudieron también contener algunos alimentos, para ello se perforaban las paredes de algunas o se le aplicaban unos sencillos mamelones para suspenderlas fácilmente con un cordaje. Especialmente ilustrativo es el caso de un cuenco aplastado bajo las pellas del vértice de la cabaña, que debía de encontrarse colgado en el momento del desplome.

3.3.-Espacio de dormitorio

Lógicamente el espacio dedicado a dormitorio es mayor que el resto de los espacios de la vivienda, allí debían descansar holgadamente cinco o seis personas, un número mayor hubiera supuesto un hacinamiento poco saludable.

Ignoramos si llegaron a construir camastros como los que aún pueden verse en los chozos de pastores actuales, si utilizaron algún tipo de jergón relleno de paja o hierbas, o simplemente envueltos en alguna piel o tejido descansaron sobre el suelo desnudo.

El espacio dormitorio es a la vez el lugar de reunión y de vivencia, pero su trasiego debía quedar bastante limitado, ignorándose la estructura de parentesco que regiría entre los miembros de cada espacio doméstico o de la comunidad.

4.- MATERIALES Y ESTRATIGRAFIA

Aparte de la estructura y los distintos espacios en que esta se compartimenta, la excavación deparó el hallazgo de otros elementos informadores, imprescindibles para conocer y valorar de forma aproximada y coherente, los orígenes de la cultura que los produjo, su conexión con otros grupos, su relación con el medio, y todas aquellas cuestiones relativas a su grado de desarrollo.

La secuencia estratigráfica que amparaba a los materiales es compacta en cuanto a su afinidad ergológica, indicando la cohesión cultural de una misma comunidad afincada en esta localidad durante la Edad del Cobre, sin embargo pueden diferenciarse dos momentos, uno previo a la construcción, representado por materiales muy fragmentados, consistentes en morillos, vasos y platos revueltos entre una tierra amarillenta, con la que rellenaron los espacios que quedaban entre las rocas hasta el nivel en que se asentaría el zócalo de la cabaña.

A partir de ese nivel la coloración de la tierra se torna grisácea, debido al alto componente en cenizas. Esta capa también contenía materiales sobre todo fuentes y platos de bordes engrosados y almendrados, en número tan elevado que puede aventurarse una larga ocupación generacional del asentamiento, de otro modo resulta difícil entender la acumulación tan impresionante de materiales.

Por encima de la capa cenicienta se sitúa el horizonte ocupacional mejor caracterizado y con mayor porcentaje y variedad de hallazgos.

Las cerámicas encabezan el grueso de materiales, con un claro predominio de platos y fuentes, normalmente provistos de bordes engrosado-reforzados, sobre los almendrados o de pestañas entrantes o salientes, escudillas o fuentes plano-cóncavas, etc. A continuación los recipientes semiesféricos y las ollas de todos los tamaños y formas y algunos ejemplares atípicos como uno que tiene el fondo plano y paredes rectas o pequeño cuenco de menos de tres centímetros de diámetro.

Las especies decoradas son igualmente abundantes, distinguiéndose un grupo de decoración utilitaria, entre las que cabe incluir a las vasijas perforadas o con mamelones, de otro funcional con valor de identificación cultural. Al último se remite un importante grupo de pastillas repujadas, algunas aplicadas, triángulos o bandas rellenas con impresiones, series de digitaciones y unguiformes, cerámicas con decoración a peine, acanalada, diseños en forma de espiga a base de zig-zags continuos, incisdas y un esteliforme.

De todo ello precisamos que el grupo más característico es el de las pastillas repujadas, seguidas de las impresas e incisas, destacando así mismo, la importante presencia de cerámicas con decoración a peine asociadas frecuentemente a mamelones.

La industria lítica es igualmente abundante, siendo relativamente variada la representación de útiles tallados, sobresaliendo por su elevado índice el de foliáceos, ligeramente superior al de hojas, a las que le siguen en menor cuantía, raspadores y dientes de hoz. Aparte de algunas lascas y desechos de talla, estos artefactos resultan definidos por la escasez de armaduras, contándose foliáceos de base convexa, plana y un ejemplar romboidal.

Entre los elementos de trituración, afilado y molienda recogimos varios juegos completos que acusaban un apreciable desgaste.

Dentro de los objetos con valor ornamental, hay que aludir a una cuenta de collar de variscita, mientras que los objetos de valor sacro o simbólicos se hallan ausentes.

La industria ósea tiene también una buena representación, tanto por número como por el despliegue tipológico, síntoma de una multiplicidad de aplicaciones. Las espátulas suponen una mínima parte del elenco, mientras que los punzones ostentan la mayoría; no obstante entre estos se distinguen aquellos que se usaron para perforar o engarzar, de los que se usaron como matrices para grabar sobre el barro fresco diseños geométricos.

El cobre tiene una presencia minoritaria, con un registro de dos rebabas de fundición con la forma del molde y un fragmento distal de hacha. Es muy interesante la aparición de objetos de cobre en este horizonte, pues hasta la fecha el metal sólo había sido asociado en la Alta Extremadura a especies campaniformes, que no constan en absoluto en el yacimiento.

5.- RELACION CON EL ECOSISTEMA

5.1.La Fauna

La alimentación de estos pueblos resulta claro que se halla en función de una producción, pero dentro de ella existen unos productos que podemos denominar básicos y que debieron de constituir el centro de su dieta alimenticia. Los análisis de la fauna del yacimiento y de algunos útiles empleados en la producción nos han permitido concretar cual fue el centro de su dieta alimenticia.

En primer lugar tenemos que destacar que el conjunto de especies animales registradas, dos terceras partes de los animales consumidos, pertenecen al grupo de fauna doméstica. El ganado ovicaprido se revela como el mejor representado cuando se considera el número de restos de individuos, el hallazgo de queseras testimonia su utilización no sólo como reserva de carne, sino para la fabricación de queso a partir de la leche. Le siguen en importancia el porcino, el equino y bovino, en este mismo orden pero sin grandes diferencias entre ellos. Esta distribución se modifica cuando se considera el peso de los huesos. El caballo entonces aparece como la especie que en principio aporta más cantidad de carne seguido del bovino doméstico.

En resumen, las distintas especies identificadas pueden agruparse en tres conjuntos de distinta significación arqueológica. Por un lado hay grupos de animales domésticos (vacuno, ovicaprino y cerdo) o con visos de domesticación (caballo). En segundo término quedan agrupados los ungulados salvajes objeto de caza (uro, ciervo, corzo y jabalí). Y el cuadro se completa con dos carnívoros (zorro y tejón), dos logomorfos (liebre y conejo) y un ave rapaz.

La muestra por tanto de este yacimiento indica un tipo de economía animal con predominio de especies domésticas conservando porcentajes estimables de caza, aunque en general el modelo de aprovechamiento de las principales cabañas domésticas es de tipo mixto. Junto a ejemplares sacrificados antes de la madurez como fuente de carne hay otros que se conservan hasta edad adulta con el fin de aprovecharlos como productos secundarios (P. Castaños, 1992)

No hay pruebas en este yacimiento de actividades relacionadas con la pesca, en primer lugar por lo deleznable de la estructura ósea de los peces o anfibios y por la escasa superficie excavada, pero contamos con una valiosa información que proporciona el yacimiento coetáneo y vecino del Cerro de la Horca (Plasenzuela), donde aparte de las pesas para redes, se localizaron bolsas estratigáficas rellenas con ingentes cantidades de conchas de moluscos (Unio litoralis y Anodonta cynagea), a los que vulgarmente se les conoce como mejillón y almeja de río.

5.2.- Las plantas

Junto a esta economía de tipo pastoril-depredadora coexistiría una incipiente horticultura, basada probablemente en un consumo doméstico, junto a la recolección de algunos productos silvestres.

Las huertas o campos de cultivo se localizarían cerca del poblado, perfilándose como la zona más apta, la tierra que media entre éste y la ribera del río Gibranzos. Para desbrozar el monte se emplearían las distintas variedades de azuelas de piedra que serían adaptadas en función del trabajo que fueran a realizar, de ahí que la tipología de estos materiales sea muy amplia. Unas se emplearían para el arranque del matorral, otras para cavar y otras es posible que fueran empleadas como incipientes rejas para hendir surcos.

Los dientes de hoz son otro elemento a tener en cuenta dentro de las faenas del campo, pero su hallazgo no implica necesariamente la existencia de procesos agrarios, por la simple razón de que estos pudieron ser engastados para segar forrajes destinados a la alimentación animal, a la cobertura de techumbres o a menesteres domésticos. Sólo el estudio bajo las lentes de un microscopio del lustre o pátina de un útil, podría proporcionar algún dato seguro sobre su utilización en la recolección de cereales, extremo que parece confirmado por la existencia de molederas y de algunos lugares de almacenamiento, como los silos excavados en la roca que hemos encontrado en yacimientos vecinos.

Los árboles y las plantas desempeñaron también un papel importante, aparte de la dieta alimenticia, en la vida del hombre, aportando la materia prima para la construcción de arcos, flechas y otros utensilios, para la cobertura de las cabañas, como combustible, etc.

6.- IDENTIFICACION CULTURAL

Partiendo de una valoración general, este y los otros poblados asentados en derredor del batolito granítico de Plasenzuela, se hallan conectados con el extenso abanico de complejos Calcolíticos de la Baja Extremadura, la Estremadura portuguesa, suroeste, sureste y centro peninsular.

Desde esta perspectiva, la secuencia cultural de las Cabrerizas se instala dentro de una tercera fase de desarrollo de la Edad del Cobre, es decir en un momento pleno precampaniforme caracterizado por la presencia de elementos tales como las pastillas repujadas, las decoraciones peinadas-onduladas, los esteliformes y la sustitución casi total o total en algunos casos, de las cazuelas carenadas por los platos de bordes engrosados y almendrados.

Con estas razones, Cabrerizas podría asimilarse sin dificultad al desarrollo ocupacional del Cero de la Horca en Plasenzuela (González et alii, 1988, 100) y de la Pijotilla en Solana de Barros (Badajoz) (Hurtado, 1986), en un momento en que asistimos a una mayor complejidad en los hábitos de ocupación del territorio, cuando los asentamientos tienden a desmarcarse del llano y pasan a ocupar paulatinamente elevaciones del terreno, en busca de una posición que les proporcione mayores ventajas defensivas, aumentadas en ocasiones por los recintos amurallados, como el que sin duda tuvo Cabrerizas.

Paralelos más concretos con el tipo de construcciones de las Cabrerizas no constan en ninguno de los yacimientos antes citados, no obstante, excavaciones recientes en el poblado de Palacio Quemado (Badajoz), han puesto de manifiesto que la existencia de las mismas obedece a patrones puramente circunstanciales que en ningún caso son sintomáticas del grado de evolución o de la capacidad económica de los poblados. Tanto la Pijotilla como el Cerro de la Horca o muchos de los asentamientos desplegados por la Cuenca del Guadiana (Enríquez, 1990), muestran una variedad y riqueza en sus cuadros de materiales, que por el momento no han hecho aparición en nuestro yacimiento.

Así pues el alzado de cabañas sólidas obedece más a un sentido de perdurabilidad que de pujanza, aunque en algunos casos de Andalucía se asocien a prospectores metalúrgicos, caso de los poblados de El Malagón (Arribas,1978), Cerro de Las Canteras (Motos,1918), y el Cerro de la Virgen (Schule y Pellicer, 1966). Donde al igual que sucede en Cabrerizas el complejo cultural en que se desarrollan estos yacimientos tiene lugar en la fase plena precampaniforme, documentándose a lo largo de la misma un poblamiento de regular extensión, con viviendas de adobe de planta circular, levantadas en ocasiones sobre zócalos de piedra que legan a dibujar plantas circulares con diámetros interiores que oscilan entre 4,20 y 6,40 m. Dentro de las viviendas no existen tabicaciones y sólo se han podido apreciar en el interior grandes hogares formados por círculos de adobe o barro.

En Portugal, la construcción de cabaña del tipo que venimos estudiando, son una constante dentro de las series de grandes poblados, tanto de la Extremadura portuguesa, como del Alentejo o del Algarve.

Santa Justa (Gonsalvez, 1982) o el Monte da Tumba (Tavares y Soares, 1987) serían ejemplos más que clarificadores dentro de este estilo de edificaciones.

BIBLIOGRAFIA

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