Oct 011989
 

Pilar Montero Curiel.

“Duérmete, mi niño,

duérmete, mi sol,

duérmete, la prenda

de mi corazón…”

(Popular)

LA PRIMA EDAD DE LA VIDA Y LA TRADICIÓN POPULAR

 

Tradicionalmente, el ciclo de la vida humana se ha estudia­do en función de cuatro momentos o etapas: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, que, con palabras del profesor Gómez Tabanera, “son y serán siempre cuatro crisis fundamentales y universales a la hora de estudiar el circuito temporis de la vida del hombre dentro del folklore”[1]. Tomando como punto de referencia esta divi­sión, en el presente trabajo se analizan algunas creencias popula­res de Madroñerasobre el nacimiento y sus ritos. Toda la informa­ción etnográfica ha sido facilitada por mujeres naturales de Madroñera[2]  y, en líneas generales, coincide con los usos y costumbres de otras zonas españolas y extranjeras, como se deduce de la docu­mentación allegada; pero en esta localidad se encuentran variantes peculiares de gran valor.

Nos centramos en tres puntos para exponer esta recopilación de creencias:

 

a) Ritos prenatalicios, referidos a la fecundación y a la esterilidad.

b) Ritos de la madre gestante, sobre el embarazo y la mater­nidad.

c) Ritos del nacimiento, el parto y la manipulación del re­cién nacido.

 

El material etnográfico que sirve de base a este análisis ha sido recogido mediante encuesta oral en los meses de diciembre de 1987 y enero de 1988. Son prácticas populares que, fuera de la memoria de las personas mayores, no gozan hoy de ninguna vigencia; de ahí nuestro interés por rescatarlas antes que el paso del tiempo las condene definitivamente al olvido.

 

 

1. RITOS PRENATALICIOS.

 

En todas las sociedades rurales, la procreación es un rasgo intrahistórico del matrimonio, que convierte a la esterilidad en punto conflictivo. La conciencia popular atribuye la esterilidad a la mujer, excepto en un caso: cuando dos hermanos son gemelos o mellizos, uno de los dos nace estéril. En cambio, las hermanas gemelas o mellizas pueden ser las dos fértiles.

Las prácticas populares encaminadas hacia la fecundidad son escasas en Madroñera, frente a la situación que ofrecen otras re­giones españolas, lógicamente, enclavadas en la misma tradición cultural[3]. Sólo hemos podido constatar un vestigio insignificante de la antigua costumbre de encomendarse a los santos para conse­guir la fecundidad, en los versos finales de la oración de Santa Rita, cuyo santuario se encuentra en la localidad de Santa Cruz de la Sierra; dice así:

 

“Rita, abogada de los imposibles

la apellidan en Italia.

Cuentan sus maravillas a montañas;

digan sus milagros los de Casia.

Por su salud la reclaman los enfermos,

los mudos allí acuden por el habla,

quien la sucesión le pide la consigue

hasta a los muertos nos los deja en paz”.

 

Para adivinar si una mujer es fértil se arrancan tres hojas de un olivo y se cubren bien con la tierra; pasado un tiempo, se desentierran y, si permanecen verdes, la mujer podrá concebir.

Ninguna de las informantes encuestadas habla de la esterilidad como un maleficio divino; es, sencillamente, un fenómeno natural, “porque tiene que haber de todo en la vida”.

 

 

2. RITOS DE LA MADRE GESTANTE.

 

La maternidad concentra a su alrededor una enorme variedad de creencias y supersticiones. A menudo, se considera que la mujer embarazada, sobre todo en los primeros meses, es un ser débil y vulnerable; el refranero popular español está repleto de máximas alusivas a este hecho, del tino “Bendito sea el mal que a los tres meses se ha de quitar”, extraído del Vocabulario de refranes y fra­ses proverbiales de Gonzalo Correas.

Hace algunos años, el embarazo estaba rodeado de numerosas creencias que limitaban seriamente las actividades femeninas, incluso en el desarrollo normal de las tareas hogareñas. Hoy apenas se practican en Madroñera, salvo algunas que, inspiradas por un cier­to aire de religiosidad supersticiosa, tardarán mucho tiempo en desaparecer[4]. Hasta fechas relativamente recientes, la embarazada tomaba una serie de medidas preventivas para evitar complicaciones en el parto: no podía devanar madejas porque, si lo hacia, el niño corría el riesgo de nacer con el cordón umbilical liado al cuello y con síntomas de asfixia[5]; tampoco podía andar descalza por el suelo ni por el agua; no podía ser madrina de otro niño, porque, en es te caso, moriría el hijo que llevaba en su vientre[6]; no podía coser a máquina, dado que el pedaleo perjudicaba al embrión. Entre los alimentos prohibidos para la madre, la liebre ocupaba un lugar privi­legiado, ante el temor de que el niño pudiera nacer con el labio leporino o partido[7]; además, el sentir popular considera que la lie­bre tiene un ciclo menstrual semejante al de la mujer, y su sangre es perjudicial para la embarazada.

Otro capítulo interesante lo constituye la creencia en los antojos y la necesidad de complacerlos de inmediato, para evitar que el niño nazca con manchas en la piel. Las manchas pueden pro­venir también de una caída durante el embarazo y, antiguamente, cuando se traía el agua en cántaros apoyados en las caderas, se atribuían a la opresión que el cántaro ejercía sobre el vientre de la madre.

En general, los antojos se refieren al deseo de comer determinados alimentos. En Madroñera se piensa que un antojo no satisfecho puede producir un orzuelo en el ojo de la embarazada, y esta creen­cia se presenta, con ligeras variantes, en otros puntos de la geo­grafía española, como en Anguiano (Logroño), donde se estima que un orzuelo aparece por haberse reído de una embarazada.

Es un tópico que la mujer embarazada coge manías. Una infor­mante de Madroñera cuenta que una señora cogió manía a su marido cuando lo veía con una gorra bilbaína en la cabeza; otra embarazada mostraba auténtico rechazo hacia su vecino .y vomitaba cada vez que se encontraba con él. El hecho de sentir asco por determinados alimentos y olores es inevitable en el embarazo, de forma que una joven, en los primeros meses de gestación, sentía náuseas cuando veía ante sus ojos carne de pollo, hasta tal punto que incluso los pollos vivos y los que salían en los anuncios de televisión le hacían vomitar.  La tradición popular conoce v  arias formas de adivinar el sexo de la criatura que va a nacer. En Madroñera, las más comunes son las siguientes:

 

– Se mira la forma del vientre de la madre: si es picudo y alto, nacerá un niño; si es plano y se observa que la criatura es­tá repartida a lo ancho, es decir, el vientre de la madre es redondo), nacerá una niña[8].

 

– La luna influye poderosamente en la determinación del sexo, como se desprende del adagio recitado por una de nuestras informan­tes:

 

“Si nace en menguante

eh como lo de antih;

si en crecienti,

eh diferenti”[9].

 

Este dicho popular supone que el punto de referencia es el parto an­terior de la misma madre.

 

– En otros casos, el sexo puede adivinarse lanzando una mone­da al aire: si sale cara, será niño; si sale cruz, niña.

 

En otros tiempos, cuando el embarazo se iba acercando a su fin, la futura madre hacía la novena de San Ramón Nonato. Incluso, durante el parto, la madre y la suegra de la parturienta rezaban la oración consagrada al Santo. Todavía algunas ancianas refieren esta costumbre, aunque la oración ha sido olvidada por completo.

Íntimamente relacionado con este tema se encuentra el referi­do a la alimentación de la mujer después del parto. Antiguamente, durante tres días consecutivos, el alimento único era la leche. En la cuarentena, la mujer recién parida no podía tomar garbanzos ni morcilla fresca; los garbanzos, porque producen gases de estomago, y la morcilla fresca, por estar hecha a base de sangre. En este periodo de cuarenta días, la mujer se trasladaba al domicilio paterno porque necesitaba recibir cuidados especiales y adaptarse a una dieta equilibrada; el mejor alimento era el caldo de gallina, que permitía, a la vez, aprovechar el obsequio de las vecinas. Esta costumbre pertenece al acervo de la cultura popular española, co­mo reflejan en su “Manual de folklore” Luis de Hoyos Sáinz y Nieves de Hoyos Sancho: “el caldo de gallina es la panacea alimenticia de todos los lugares españoles…, de lo cual ha venido el re­galo de estas aves a toda parturienta”[10], Por las tardes, para me­rendar, la mujer tomaba chocolate con pringáh (rebanadas de pan frito) o bihcochoh (fabricados a base de huevo, azúcar y harina). La cena consistía en una sopa de jamón y un vaso de leche con yema de huevo y azúcar[11].

La primera salida de la madre se producía una vez pasada la cuarentena; acudía a la iglesia y allí se unía a dos amigas que la esperaban con sendas velas encendidas en las manos; las tres entraban en el templo para asistir a la celebración de la misa. Esta entrada en la iglesia puede interpretarse como un ritual de purificación que, salvando las distancias, recuerda mucho al que se describe en el Levítico (XII, 4-5):

 

“Mas ella permanecerá treinta y tres días     purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa, ni entrará en el santua­rio hasta que se cumplan los días de su purificación”.

 

Si el embarazo le había dejado manchas en el rostro, podía limpiarlas con flor de lirio, agua de rosas, rosas de Santa María y pétalos de rosas silvestres. Una vez transcurrida la cuarentena, la nueva madre abandonaba el domicilio paterno para instalarse en su casa y enfrentarse, de nuevo, a las tareas cotidianas del hogar.

 

 

3. RITOS DE NACIMIENTO: LA MANIPULACIÓN DEL RECIÉN­ NACIDO

 

3.1. El parto

 

Según la opinión popular, las fases de la luna influyen en la llegada del parto; la luna llena es, sin duda, la fase más propicia para el nacimiento y hay, alternativamente, “luna de niños” y “luna de niñas”.

Si el recién nacido presenta una cruz en el paladar o letras diversas en la lengua se dice que “tiene gracia” y que puede ser curandero o saludador[12]. La posibilidad de tener gracia puede ser advertida ya por la madre durante la gestación, cuando la criatu­ra que lleva en su vientre emite una especie de gemido suave. El niño nace con esta virtud siempre y cuando la madre sepa mantenerlo en secreto. Ahora bien, hay que tener en cuenta una creencia que plantea serias dificultades: no puede haber más de un saludador en un radio de siete leguas, porque, en el caso de que haya más de uno, morirá el que menos gracia tenga, a los 21 meses, después de haberse visto atacado tres veces, una cada siete meses, por fuertes ataques de fiebre.

Tradicionalmente se ha dicho que hay días fastos y nefastos para nacer. En Madroñera se cree que nacer en martes trae mala suerte, y que el trece y martes es pésimo. En otros lugares se estima que el día más favorable para nacer es el sábado y el menos,    el viernes Santo[13].

Hasta mediados de la década del 70, aproximadamente, todas las mujeres de Madroñera daban a luz en sus propios domicilios o en el de sus padres, y pocas veces se trasladaban a un centro sanitario. En la actualidad, es muy raro que un niño nazca en el pueblo. El parto en casa suponía un auténtico ritual de sabor tradicional: la asistencia correspondía a la comadrona, ayudada por las vecinas de confianza y por la madre y la suegra de la parturienta. El marido permanecía en una habitación cercana, pero no solía entrar en el dormitorio donde daba a luz la esposa.

Según la posición del feto al nacer, se pensaba que si venía de pies tendría buena suerte en la vida; lo normal era nacer de cabeza. El Parto de nalgas era, desde luego, el más funesto, en opinión de todas las informantes[14].

Para facilitar el parto, cuando llegaba su momento, se acu­día a prácticas muy elementales, como subir y bajar escaleras, ra­ra para acelerar el proceso de la dilatación; tomar tila caliente, y vapores de agua caliente en una palangana. Como alimento útil para favorecer la dilatación del útero era muy aconsejable la col coci­da con miel, costumbre que también se recoge en varios puntos de la provincia de Salamanca.

La mujer puede calcular la fecha aproximada del parto, de acuerdo con los días de su última menstruación; ella lo expresa siempre según sus cuentas, desde la primera falta que acusa. A los nueve meses de gestación dice que está cumplida y que comienza a salir de cuentas, hasta que se produce el parto. Pese a sus cálcu­los, quien rige los destinos del acontecimiento es la naturaleza, como se deduce del siguiente dicho popular: “Bien cuenta la madre, mejor cuenta el infante”.

Los dolores del parto son terribles, en opinión de todas las mujeres encuestadas que han conocido esta experiencia; la intensi­dad del dolor aumenta cuando en un parto nace niño y en el siguiente nace niña. Una de las informantes considera que cuanto más grandes son los dolores, mejor jara la madre; cuando la parturienta grita “¡que me muero!”, el niño viene enseguida. En estos momentos es fundamental la ayuda de la comadrona.

 

 

3.2. El recién nacido.

 

Si el parto se ha desarrollado sin problemas, lo primero que hace el niño es llorar; en el caso de que no llore, hay que reani­marlo con una pequeña paliza o unos golpes suaves en la espalda. El método es infalible, y su finalidad consiste en comprobar que el aparato respiratorio del recién nacido funciona.

El primer baño del niño se efectuaba después de haberle cor­tado el cordón umbilical, con agua templada en una palangana y lo que la gente mayor llama “habón de olol”. Lo bañaba, generalmente, una vecina. Este primer baño tenía que ser corto y se hacía para quitar al niño la sangre que sacaba pegada a la piel. A continuación había que vestirlo con ropas que se adecuasen a la estación climática en la que se producía el nacimiento: en verano, jerséis de hilo y en invierno de lana, con camisitas bordadas debajo y los corres­pondientes pañales y mantillas.

Durante los primeros días, la cuna se colocaba en un lugar oscuro del dormitorio, porque se pensaba que el exceso de luz era perjudicial para el recién nacido, quien, por otra parte, no demostraba ver nada hasta su tercer día de vida, porque al pasarle las manos delante de los ojos abiertos no parpadeaba.

El cordón umbilical se eliminaba de acuerdo con un estricto ritual supersticioso. Primero se cortaba con unas pinzas muy lim­pias para separar a la criatura de su madre; a continuación, se anudaba y se enrollaba en vendas de tela; se tapaba con una faja especial llamada ombliguera, ombriguera o lumbriguera. Existía en Madroñera la costumbre de coser en la venda ombliguera una crucecita de madera de nogal, como amuleto para preservar al niño con­tra algún daño exterior. La misma cruz, colgada en el cuello con una cadena servía para evitar que el niño fuera atacado por los efectos perniciosos de la luna.

A los cinco o seis días del nacimiento, se caía la trinilla del cordón umbilical, ya seca; algunas personas la quemaban y otras la guardaban para utilizarla después como remedio contra algún mal. Sir. J. Frazer, en “La rama dorada” refiere una curiosa costumbre mejicana sobre el destino del cordón umbilical:

 

“En el antiguo México acostumbraban a dar a los guerreros un cordón umbilical de niño para que lo enterrasen en el campo de batalla y así el niño adquiriese pasión por guerrear. En cambio, el cordón de las niñas lo enterraban junto al hogar doméstico, por creer que esto le inspiraría amor al hogar y gusto en cocinar y hornear”[15].

 

Íntimamente ligada a la manipulación del cordón umbilical se halla la de la placenta y las secundinas. Frazer dice que estas partes “permanecen en simpatética conexión con el cuerpo, después de haber sido separadas físicamente de él” [16]. La costumbre popular de Madroñera está fundamentada sobre este principio: las vecinas que ayudaban en el parto se encargaban de recoger la placenta y los secundinas, las depositaban en un cubo y las llevaban lejos de la casa, para enterrarlas en un lugar al que no tuviesen acceso ni los perros ni los gatos, porque era peligroso para el recién nacido que estos animales lamiesen o devorasen la placenta[17].

Otro episodio inherente al nacimiento era la perforación del lóbulo auricular en las niñas para colocarles los pendientes; era una tarea encomendada a la comadrona: enhebraba una aguja con hilo de seda untado en alcohol, perforaba con cuidado al lóbulo y deja­ba un aro de hilo en el pequeño orificio, que era movido por la madre cada mañana con saliva, hasta que cicatrizaba y se colocaba el pendiente. Como anestesia casera podía utilizarse un trozo de hie­lo, para mitigar el dolor.

Sobre el hecho de cortar las uñas por primera vez al recién nacido, existe una creencia muy arraigada todavía: se dice que hay que cortar las uñas por primera vez detrás de una ventana, un lu­nes o un sábado, para que el niño cante bien; o que se las corte una persona que cante bien para que transmita la virtud al recién nacido[18].

El niño comenzaba a mamar poco después de nacer; cuando una mujer no podía dar de mamar a su hijo se utilizaba una cría de pe­rro para que le vaciara los pechos, hasta que se retiraba la leche hasta que la criatura aprendía a chupar. En algunos lugares, el cachorro era sacrificado una vez cumplida su misión, porque se pensaba que, por este motivo, podía adquirir y después transmitir la rabia. En Madroñera no se practica esta creencia.

La época de la lactancia materna duraba más de dos años. Para destetar al niño, la madre se colocaba en el pecho un trozo de piel de borrego o de conejo, o un cepillo de cerdas duras, para que le diera miedo y abandonaría definitivamente la costumbre de mamar. En ocasiones, se untaba el pezón con un producto de sabor desagradable, hasta que el niño aborrecía la leche materna[19]. La misma práctica se aplica con el chupete.

Entre las clases sociales más adineradas era frecuente la costumbre de la lactancia mercenaria. Las llamadas nodrizas, amas de cría o madres de leche eran mujeres jóvenes, en muchos casos solteras, que mientras criaban al pecho a sus propios hijos, entra­ban en las casas de los ricos como miembros privilegiados entre la servidumbre. Las únicas tareas que se le encomendaban eran dar el pecho al niño y sacarlo a pasear. Las amas de cría recibían cuidados especiales: antes de dar el pecho al niño tomaban un vaso de leche y su alimentación era extraordinaria. Tanto es así que algunas informantes relatan, con cierta ironía, que a veces las nodrizas se ponían más guapas que la madre del niño y el marido se enamoraba de ellas.

El primer rito religioso para el recién nacido tenía lugar a los nueve días del nacimiento, cuando lo llevaban a la iglesia para bautizarlo. La madre no acudía al bautizo, puesto que permanecía durante toda la cuarentena en casa, como se ha apuntado en páginas anteriores. En su lugar, era la madrina quien acudía a la iglesia con el niño y protagonizaba, junto con el padrino y los familiares invitados, la ceremonia religiosa. Hoy se procura retrasar la fecha del bautizo hasta que el niño tiene más de un mes y siempre está presente la madre en el momento en que el niño entra a formar parte de su comunidad cristiana.

 

 

4. LOS CUIDADOS DEL RECIÉN NACIDO

 

Durante su primer año de vida, el niño recibe cuidados especiales: la crianza, en las sociedades rurales estaba acompañada de una serie de costumbres, muchas de las cuales se han perdido ya; citare­mos a continuación las más populares:

 

– Cuando el niño está estreñido, se le introduce una cerilla o una hoja de geranio untadas en aceite por el orificio anal[20].

 

– El hipo se quita con un trozo de hilo untado con saliva y colocado sobre la frente del niño en forma de cruz[21].

 

– Si los niños bostezan se les hace la señal de la cruz en la boca y, tomando como extremos de la cruz las líneas centrales de los labios y las dos hendiduras, se dice: “Jesuh, corona, clavo y cruz”.

 

– No conviene hacer cosquillas a los niños, porque, según el sentir popular, se les contraen los músculos y pierden fuerza.

 

– Para aliviar el dolor de oídos se aplican gotas de leche de una mujer que esté criando varón, o hilachas de jamón con algodón,

 

– Como amuletos contra los perjuicios de la luna se empleaban la cruz de Alcarabaca (de Caravaca) y la cruz de nogal.

 

– La cruz de Alcarabaca imponía una serie de exigencias de carácter mágico: para que tuviera virtud, había que tallarla en madera de moral, cortada un viernes cualquiera del mes de marzo, al salir el sol.

 

– En la cuna de los niños se colocaba una imagen de la Virgen niña o la figura de un angelito, en un medallón de metal que se conocía popularmente como la placa de la cuna.

 

– Desarrollo importante en la vida del niño es la aparición de los dientes. Las informantes de Madroñera recuerdan un refrán que dice así: “niño que endientece, niño que hermanece”, puesto que, según la opinión popular, al echar los dientes el niño muerde a su madre mientras mama y ese proceso acelera el destete; al retirarse la leche, es más fácil que la mujer vuelva a quedarse embarazada.

 

– El niño empieza a sonreír al mes de nacer; hay un dicho popular que relaciona el aprendizaje de la risa con la psicología de la madre:

 

“Madre tonta tuvihte,

si al meh no te rehte”.

 

Finalmente, hay que aludir al fenómeno le la adquisición del lenguaje y la costumbre popular que aconseja dar agua al niño desde que nace para que hable pronto y claro. Siendo esto así, nuestros niños no entienden bien por qué, a menudo, recriminamos sus palabras con consejos como “vosotros ver, oír y callar”.

 

 

5. BIBLIOGRAFÍA.

 

– ALZOLA, Concepción Teresa: “Costumbres cubanas relacionadas con la infancia”, en: Actas del I Congreso Nacional de Artes y Costumbres Populares. Zaragoza, Institución “Fernando el Católico”, 1969, págs. 253-267­.

 

– CASAS GASPA. R. Enrique: “Costumbres españolas de nacimiento, noviazgo casamiento y muerte”. Madrid, Escelicer, 1947.

 

– DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “Cultos a la fertilidad en Extremadura”, en: Cuadernos Populares de la Editora Regional de Extremadura, 1987.

 

– FRAXER, Sir James George: “La rama dorada”. México, Fondo de Cultura Económica, 1931.

 

– GÓMEZ TABANERA, José Manuel (y otros): “El folklore español”. Madrid, Instituto Español de Antropología Aplicada, 1963.

 

– GONZÁLEZ HONTORIA, Guadalupe, “El nacimiento, el matrimonio y la muerte en Badajoz”, en: Narria, XXV-XXVI, 1982, págs. 33-35.

 

– GRIERA, A.: “Triptic: la naixerira, les esponsalles, la mort”, en: Bole­tín de Dialectología Catalana, 17, 1929, págs. 79-135.

 

– HOJA FOLKLÓRICA del Centro de Estudios Salmantinos.

 

– HOYOS SÁINZ, Luis de y HOYOS SANCHO, Nieves de: “Manual de folklore”. Madrid, Istmo, 1985.­

 

– HURTADO, Publio: “Supersticiones extremeñas”. Cáceres, 1902.

 

– OLAVARRÍA Y HUARTE, Eugenio de: “Supersticiones españolas de medicina popular”, incluido en: Black, Medicina popular, Barcelona, Alta fulla, 1982, págs. 325-340­.

 

– PALACIO NACENTA, José Eduardo, “Noviazgo, matrimonio y nacimiento en la Ribagorza”, Actas del II CNACP, Zaragoza, Institución “Fernando el Católico”, 1974, págs. 169-183.

 

– PRIETO RODRÍGUEZ, Laureano, “Vida del individuo. Tierra de la Gudi­ña (Orense)”, en: RDTP, III, 1947, págs. 558-578.

 

– RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, “Las supersticiones. (Su estado actual en Valdecaballeros)”, en: Revista de Estudios Extremeños, 1987, NÚM. 3, tomo XLIII, págs. 759-778.

 



[1] Vid. José Manuel Gómez Tabanera, “El curso de la vida humana”, en: El folklore español, Madrid, Instituto de Antropología Aplicada, 1968, pág. 67­

[2] Quiero hacer constar mi especial gratitud a Josefa Miguel, Concepción García, Aurora Costa, Ana Díaz y Antonia Sánchez, todas naturales y vecinas de Madroñera, que respondieron generosamente a mis preguntas y, con su experiencia, me ayudaron a mejorar el cuestionario.

[3] Vid, entre otros, Griera, “Triptic: la naixença, les esponsalles, la mort”, Boletín de Dialectología Catalana, 17, 1929, págs. 84-131; Luis Maldonado Ocampo, “Sobre fecundidad y esterilidad”, Hoja Folklórica del Centro de Estudios Salmantinos, núm. 31 (15-VI­-1952) y núm. 32 (22-VI-1952); José Eduardo Palacio Nacenta, “Noviazgo, nacimiento y matrimonio en la Ribagorza”, en: Actas del II Congre­so Nacional de Artes y Costumbres Populares, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1974, págs. 169-183; Inmaculada Jiménez Arques, “Ritos fecundantes en el Pirineo Catalán”, en: Narria, II, 1976, pág. 28; Guadalupe González-Hontoria, “El nacimiento, el matrimonio y la muerte en Badajoz”, en: Narria, XXV-XXVI, 1982, págs. 33-35; José M. Domínguez Moreno, Cultos a la fertilidad en Extremadura, en: Cuader­nos Populares, Editora Regional de Extremadura, 1987.; etc.

[4] Los tabúes relacionados con el embarazo aparecen reflejados en la mayoría de las obras que abordan el estudio de las supersticiones populares. Para Extremadura puede verse la obra de Publio Hurtado, Supersticiones Extremeñas, Cáceres, 1902, págs. 213-223­.

[5] Vid. Publio Hurtado, ibid., pág. 214; añade que, en algunos lugares, “se aconseja que rara preservar a los humanos embriones de tal dogal, sus madres no miren al cura celebrante cuando se ciña el cíngulo” (págs. 214-215). También recoge supersticiones semejantes en la zona ribagorzana José Eduardo Palacio Nacenta, “art. cit.” pág. 180.

[6] Vid. Eugenio Olavarría, “Supersticiones españolas de medicina popular”, apud. G. W. Black, Medicina popular, Barcelona, Alta Fulla, 1982, pág. 333.

[7] Ibíd., Black, op. cit., pág. 41; Publio Hurtado, op. cit., pág. 246.

[8] Ibíd., Concepción Teresa Alzola, “Costumbres cubanas relaciona­das con la infancia”, en Actas del I Congreso Nacional de Artes y Cos­tumbres populares, Zaragoza, Institución “Fernando el Católico”, 1969, pág. 255. Otros métodos se encuentran en las obra de Enrique Casas Gaspar, Costumbres españolas de nacimiento, noviazgo, casa­miento y muerte, Madrid, Escelicer, 1947, Pág. 31.

[9] Vid. Publio Hurtado, op. cit., pág. 214; J. Rodríguez Pastor, “Las supersticiones (su estado actual en Valdecaballeros)”, en: Revista de Estudios Extremeños, 1987, 3, tomo XLIII, pág. 775.

[10] Manual de folklore, Madrid, Istmo, 1965, pág. 347.

[11] Vid. Luis Maldonado Ocampo, “Después del parto”, Hoja Folkló­rica del Centro de Estudios Salmantinos, núm. 70 (15-111-1953).

[12] Para las definiciones de saludador pueden verse, entre otros, D.R.A.E., s. v. saludador; Antonio Viudas, Diccionario Extremeño, 2• ed., Cáceres, 1988, ss.vv. saludadora y saludaor; Publio Hurtado, op. cit., págs. 186-187; Juan Rodríguez Pastor, “art. cit.”, pág. 774.

[13] Cf. Publio Hurtado, op. cit., págs. 218-219; Juan Rodríguez Pastor, “art. cit.”, pág. 774, etc.

[14] Vid. Luis Maldonado Ocampo, “Varias creencias”, en: Hoja Folkló­rica del Centro de Estudios Salmantinos, núm. 12 (13.-II-1952).

[15] Vid. Sir J. Frazer, “La rama dorada”, México, F.C.E., 1981, pág. 66.

[16] Ibíd., pág. 65.

[17] Cf. Frazer, ibíd, pág. 65; Eugenio Olavarría, op. cit., pág. 338; José Eduardo Palacio Nacenta, “art. cit.”, pág. 128; Luis Mal donado Ocampo, “Costumbres de parteras y partoleras”, en Hoja Folkló­ricadel Centro de Estudios Salmantinos, núm. 49 (19-X-1952).

[18] Prácticas similares se encuentran en la región de Ribagor­za, descritas por J. Eduardo Palacio Nacenta, “art. cit.”, pág. 183; en Valdecaballeros, Juan Rodríguez Pastor, “art. cit.”, pág. 776; en Cuba, Concepción Teresa Alzola, “art. cit.”, p. 264; etc.

[19] Vid. José Eduardo Palacio Nacenta, “art. cit.”, pág. 183: “se untaba el pezón de ajo, sal, miel amasada en ajenjo, o colocando la­na de oveja negra para que se asustara el niño”.

[20] Concepción Teresa Alzola, “art. cit.” Pág. 261, recoge la misma costumbre en Cuba.

[21] Vid. Concepción Teresa Alzola, ibíd., pág. 262; Juan Rodrí­guez Pastor, “art. cit.”, pág. 770.