Oct 012000
 

Manuel José Bazaga Ibáñez.

Tratando de descubrir los orígenes de este convento, tenemos que situarnos en Trujillo, siglos XV y XVI. El descubrimiento de América atrajo a más de 500 trujillanos, exactamente hay nominados 586. Trujillo en aquel entonces recoge a los que regresando de América traen ricas haciendas que allí atesoraron, restaurando las empobrecidas arcas para volver a sus orígenes trujillanos. Entre los que regresaron, la mayoría fijan sus metas en levantar un palacio y colaborar al engrandecimiento de su pueblo, tanto monumental como espiritualmente. En estos siglos, sobre todo en XVI se produce una verdadera exaltación religiosa y se levantaron la mayoría de los templos parroquiales o colaborando en otras obras religiosas. Se fundan Conventos llegando a ser hasta diez los Conventos que existieron en Trujillo: Cuatro de frailes y seis de Religiosas. Las principales Ordenes Religiosas aparecen y fundan sus Conventos con ayuda de los nuevos ricos. Sin duda la influencia de San Pedro de Alcántara influyó en muchos de los que hicieron las Américas, despertando sus antiguos ancestros. La vida de este Santo fue decisiva, maravillando con su predicación y santidad de vida a sus contemporáneos, sembrando en ellos de nuevo la semilla espiritual que les plantaron en su mocedad. La vida irregular que muchos realizaron en tierras americanas, los mueve al volver a sus antiguos hogares y quieren la redención de sus faltas y colaboran a levantar Conventos e Iglesias desde, donde personas consagradas, intercedan por ellos y logren el perdón divino.

Entre los que se erigieron hemos de destacar al de San Antonio, en Trujillo, ya que sus orígenes no fueron nada fáciles y llenos de problemas económicos. La santidad de vida, sus votos de pobreza y entrega al prójimo de sus Religiosas, pronto le hicieron famoso por las muchas mercedes que se alcanzaron por su intercesión.

Este Monasterio vivió 262 años desde su fundación hasta su abandono año 1836.

Dos personajes, desconocidos para la mayoría de los trujillanos fueron los que promovieron y se entregaron a la idea de que en Trujillo se levantara el Monasterio para Religiosas de la Orden Clarisas Descalzas de la 1ªRegla de Santa Clara, Orden fundada por Francisco de Asís, que alcanzó los altares juntamente con su paisana y parienta Clara. Quizás les movió a esta elección la pobreza o austeridad de esta Orden, ya que conociéndola, pensaron que seria quizás la única que podía aceptar su ofrecimiento para encargarse de la pobre fundación que pretendían.

Los personajes citados: Padre Cueva, sacerdote secular y el devoto trujillano llamado Francisco Sánchez, iniciaron sus gestiones y consultaron sus deseos con personas doctas y autorizadas, que enteradas de sus proyectos los alentaron, aunque haciéndoles saber las dificultades que encontrarían para hacer realidad sus proyectos de contar con una Congregación de Religiosas, que tratasen del espíritu a imitación de las que en Extremadura había fundado San Pedro de Alcántara.

Desplazado el Padre Cuevas a Madrid, se lo propone al Padre Comisario de la Orden de Clarisas Descalzas de la 1ª Regla de Santa Clara y en principio obtiene la aprobación necesaria, subordinándola al visto bueno de la Superiora del Convento de las Descalzas de Princesa, casa Madre de la Orden. Estas no ponen grandes impedimentos a los proyectos de los dos Trujillanos, pero les aconseja que vayan recabando los medios necesarios para la Fundación, y entonces ella destinaría a las Religiosas para empezar su funcionamiento, pues estimaba que con lo poco que contaban hacia necesaria la espera para que, aunque poco, algo tenia que estar dispuesto para alojar a las Religiosas. El Padre Cueva confiando en la Divina Providencia, las dice que tienen una gran Protectora (La Virgen Maria) y que ella se encargara de proveer lo necesario.

A su regreso de Madrid el Padre pasa por Plasencia y logra traerse a dos Hermanas Beatas, a las que había preparado e instruido San Pedro de Alcántara. Ilusionadas y con grandes deseos de servir a Dios, en lugar que puedan poner a prueba su vocación y sacrificio, aceptan venir al nuevo Convento.

Tiempos difíciles tuvieron que soportar estas dos Religiosas, que se acomodaron en lo poco que se había realizado y en dos pequeñas viviendas lindantes, que habían donado dos devotas trujillanas para el Convento.

Con las limosnas que iban obteniendo y aportaciones que conseguían poco a poco fueron dando forma al Cenobio y aquí se instalaron las monjas que acudieron para formar la 1ª Comunidad, estimando que aún era bastante para su alta pobreza deseada, lo poco que podía ofrecérseles.

Creciendo el Convento en el sitio que hoy ocupan sus ruinas, finales de la calle San Antonio, con fachada a la Plaza del Campillo, en aquel entonces extramuros de la Ciudad. Este lugar fue señalado por la Divina Providencia a los dos promotores, que no admitieron trasladarse de sitio, a pesar de que los ofrecidos presentaban mejores condiciones para el futuro Convento. Un día orando el Padre Cueva y su colaborador Francisco, vieron un globo de luz que bajaba del Cielo, y según ellos señalaba el lugar por ellos elegidos para el Convento. Con este hecho que ellos relataron a sus vecinos empezaron a fluir ayudas económicas y donaciones, cada vez más numerosas, más cuando las Religiosas daban muestras de su vocación, y espíritu de sacrificio y pobreza.

La Ciudad empezó a considerar al Convento como fuente de bienes espirituales y Divinos, ya que por intermedio de las Monjas, obtuvieron solución a los problemas que les presentaban y pronto quisieron que el Convento se consolidara. Escribieron al Obispo de Plasencia, bajo cuya jurisdicción estaba y este, Fray Martín de Córdoba, de la Orden de Santo Domingo, con fecha 18 de agosto de 1574 dio licencia y prestó ayuda para rematar la construcción del Convento, con la autorización solicitada.

Estando ya corriente la Fundación, el Padre General y las Madres Descalzas de Madrid, no dudaron en enviar a las que habían de ser las fundadoras oficiales, con lo que ya se podía inaugurar oficialmente el Convento: Sor Francisca de la Cruz, hija de importante personaje navarro y sobrina del Duque de Gandia, fue nombrada Abadesa, Sor Leonor de Jesús, Vicaria y Sor Luisa de la Madre de Dios, Maestra de Novicias.

A estas siguieron nobles doncellas, entrando la nueva Comunidad en el sencillo Monasterio el día 8 de septiembre de 1574, bendiciéndose la casa y Convento el 29 del mismo mes y año, bajo la advocación de San Antonio de Padua, tomado como modelo de santidad y pobreza. Confirmó la licencia eclesiástica el Obispo y el Vicario de los Clérigos, el Padre Provincial Fray Antonio Altamirano, con la alegría y aplausos de toda la Ciudad, que recibieron a las Religiosas como Angeles del Cielo.

Numerosas revelaciones y hechos milagrosos se produjeron en este Monasterio, elegido por la Divina Providencia, con lo que se aumentaron y fortalecieron la fe y devoción de los trujillanos que siguieron aportando ayudas para la terminación de las obras, que ya alcanzaron algún realce y esplendor, dando dignidad a la vivienda de las Religiosas acogidas en sus muros. Restaban las obras para la construcción de la Iglesia que duraron más de 16 años, pero pudo alcanzarse la dignidad requerida para los actos que en ella se celebraron.

Muchas y estimadas reliquias llegaron a guardarse en el Relicario del Templo donadas por insigne personalidades, tantas que seria prolijo de reseñar, solamente diremos algunas de las que cobraron mayor devoción y a las que acudían los devotos para alcanzar el logro de sus peticiones materiales o espirituales: Una copa con sangre y agua del costado de Cristo, derramada en su Crucifixión, Huesos de numerosos mártires y Santos .Leche cuajada de Nuestra Señora. Túvose por caso milagroso que habiéndose prendido fuego en este Relicario de la Iglesia, las reliquias no sufrieron daños, si las cajas y joyas que las contenían

Como antes dijimos fueron numerosas las personalidades que ayudaron a este Convento: Felipe II y su esposa Ana hicieron donaciones importantes en joyas y objetos religiosos. El Rey Felipe III a su paso hacia Portugal, donde acudía a la jura de su hijo donó, 2.000 ducados para la Iglesia. Felipe IV ordenó entregaran a este Convento, cálices, mantos y otras reliquias. El Concejo trujillano figuró entre los donantes con importantes limosnas. El Obispo placentino, en 1619, legó 3.000 ducados, también para la Iglesia.

Ante las halagüeñas perspectivas y una vez asegurada la supervivencia del Convento, llegaron a reunirse en él hasta 24 Monjas y todas se distinguieron por su piedad, despego de todo lo humano y renuncia a lo que no fuera oración sacrificada y pobreza deseada.

Terminada la Iglesia, de estilo neoclásico, traza rectangular, con bóvedas de cañón y rematada en pináculos, con lucernarios. La fachada, arcos de medio punto, dovelados y en ella un pequeño templete de granito con un relieve del Santo Patrón, que todavía perdura.

Cosas curiosísimas, inexplicables para toda razón humana y fuera de toda lógica ocurrieron a estas Religiosas y en este Convento.

No podemos relatar todos los hechos extraordinarios y confirmados, ocurridos dentro de este Convento, donde siempre fueron protagonistas estas humildes Religiosas, pero no podemos por menos de relatar algunos de ellos: Cierto día se descubrió en los muros y suelos de la Casa una plaga de pequeños insectos, conocidos como corianas o cucarachas, que por las noches se extendían por todas partes. Las Monjas intentaron de hacerlos desaparecer, pero todos los remedios utilizados eran ineficaces. Quemaron montones de estos insectos, pero parecía que de las cenizas revivían inundando con su presencia todos los lugares del Convento. Aburridas y no sabiendo ya que medios disponer para luchar contra ellos, decidieron sacar en procesión a las imágenes de los siete mártires de la Orden que tenían en su Iglesia, y fue maravilla que desde entonces no volvieron a ver a ninguno de estos animalillos.

No podemos hacer distinciones sobre los hechos que acontecieron sobre las mismas Religiosas o hechos que ellas mismas merecieron por su elevado espíritu y entrega al Todo Poderoso. Los frutos de santidad se dieron en todas ellas:

Sor Mariana de Jesús escribió algunos libros de espiritualidad que utilizaron las Monjas en sus devociones. Esta Religiosa nació en Alemania. Allí entró al servicio de una Dama de la Reina Ana, casada con Felipe II, y con ella vino a España, ingresando en las Descalzas de Trujillo. Estando una vez en oración se sintió elevada del suelo, según testimoniaron las monjas que estaban presentes, tanta era su devoción que la elevaron sobre todo lo terreno, por unos instantes.

Sor Francisca de la Cruz, tenia tal desprecio a las cosas humanas que no llegó a saber el valor de las cosas materiales y nunca distinguió el dinero, si era de plata o de oro las monedas que la presentaban, solo preguntaba y pocas veces, si era rubiecito o blanquito, como ella distinguía las monedas.

Otra monja enterrada en el huertecillo del Convento, a los pocos de estar sepultadas, nació sobre ella unas florecitas blancas de 5 hojas, no conocidas por las Religiosas.

Sor Maria Luisa de la Madre de Dios, supo y dijo a las otras monjas con bastantes días de antelación de la derrota que había sufrido la flota española de la llamada Armada Invencible, noticia que tardó algún tiempo en saberse en España.

Los hechos acontecidos a principios de la guerra de la Independencia, al paso de las tropas francesas por Trujillo, tuvieron desastrosa consecuencia para este Convento, que arrasaron destruyendo gran parte del Convento, aunque todavía permanecieron en él algunas Religiosas, que se negaron a abandonarle.

Más tarde y a consecuencia del Decreto de Isabel II, de 19 de febrero de 1836, conocido como la Desamortización de Mendizábal, ya que este como Presidente lo firmó, las Congregaciones y Bienes de la Iglesia pasaron al Estado y muchos tuvieron que abandonarlos. La Masonería también alentó las ideas antirreligiosas y las Monjas viendo que les era imposible seguir en el Convento, tuvieron que dejarle las pocas que subsistieron a estos avatares, y se refugiaron las seis últimas que quedaron en el Convento conocido en Trujillo de Santa Clara, que se libró de los efectos del Decreto, sin duda por la fuerte influencia que tuvieron en su defensa las familias y personajes importantes que le fundaron, bien relacionadas con las Ordenes Militares, Papa Clemente VIII y otros bienhechores principales en la Corte.

Estas Religiosas visten el hábito de la Concepción, y profesan su Regla, siendo por tanto ser de verdad de la Concepción de la Orden de Santa Clara, de la Regla de San Francisco

Abandonado el Convento se pensó en destinarle para instalar una Sección de Caballos Sementales, que no llegó a realizarse.

Divido en lotes, fue vendido por Venta JUDICIAL. Dos terceras partes las compró D. Bartolomé de Arteaga, casado con Doña Gumersinda Fernández Lavin. De este matrimonio tiene dos hijos Margarita y Mariano Arteaga y Fernández Lavin. Fallecido D. Bartolomé y Doña Gumersinda, heredan los hijos nombrados. Doña Margarita casada con D José Díaz Quijano, permanece soltero D. Mariano y al fallecimiento de este hereda la parte del Convento comprada por D. Bartolomé su hija Doña Margarita Arteaga y Fernández Lavin , llegando mas tarde al hijo de este matrimonio D. Mariano Díaz Quijano y Arteaga junto con Las fincas Las Alberguerías y parte de las Carboneras.

La otra parte del Convento adquirida por Doña Josefa Carrasco Robles, fue heredada por su hija Josefa Martínez Carrasco juntamente con la parte de la familia Arteaga Fernández Lavin, que adquirió por compra. Casada la mencionada Josefa Martínez Carrasco con Juan Mediavilla Martínez y por sucesivas herencias pasó a los hijos de Doña Josefa Vidarte Mediavilla, últimos propietarios.

Actualmente parece que está restaurándose esperando que nuevamente este Convento pueda ofrecerse a Trujillanos y visitantes en todo su esplendor.