Oct 011973
 

Narciso Sánchez Morales.

Si en política -y hablo en el sentido clásico de la palabra «polites» y de su perfeccionante «civis», con las que abarco al hombre en cuanto que éste vuelca su persona hacia? el exterior- siempre he concebido el ser humano como un homólogo del árbol, cuanto mas en esa otra ciencia o rama del sabor que hemos dado en llamar teología viva, antropología radical o Sabiduría a lo divino.

Pero la visión de este árbol es La tomada desde diferentes puntos de vista, ya se trate de enfocarle en sus relaciones con el mundo circundante o en su intimidad intelectual y espiritual. El ideal, un ideal que consideramos asequible, es enfocar al hombre completo, al material y al espiritual, en unidad de relaciones con el entorno y con Dios. Algo de esto ha intentado D. José Larraz con su reciente libro «Humanística», publicado por la Editora Nacional y tan sinceramente auto criticado y sintetizado por el mismo autor en el extraordinario del «Ya» del 7.X.1973. Y algo de esto buscamos nosotros, no solo con este y otros ensayos, sino con toda nuestra propia vida experiencial, en sus palpos tanto con lo divino como con lo humano, en la compleja vida que nos ha tocado vivir.

Mas antes de sintetizar expongamos las polaridades o tensiones a que estamos sometidos, en el exterior y en el interior.

En el primero de los campos, -sobre el que pudiéramos volcar toda la antropología social moderna como síntesis de todos los saberes humanos: físicos, psíquicos e intelectuales-, el ser humano, el hombre, se siente como aherrojado, aprisionado y avasallado, por los límites inabarcables de lo infinito y por las imperceptibles limitaciones y diferenciaciones de lo infinitésimo se mueve el hombre como un mediocosmos, diríamos mejor, mesocosmos, entre los espacios infinitos del macrocosmos y los inconmensurables del microcosmos; y se mueve esposado, entre ataduras a lo que originariamente fue y a lo que será en la última parusía. No olvidemos que el hombre, rey de la creación, proviene de aquel minúsculo grano de mostaza que fue el hidrógeno, a partir de aquella su primera y prototípica explosión nuclear expresada en la fórmula del ateo von Ditfurth: «En el principio fue el hidrógeno». Luego ese hombre camina por el tiempo a impulso de la evolución, siguiendo el lema fáustico de Goethe «En el principio fue la acción», y acabara en brazos de la divinización, haciendo realidad el versículo juanino «En el principio fue el Verbo».

Pero así como el hidrógeno se escindió y, en movimiento complejo, se pluralizó, de la misma forma el hombre se ha desdoblado en su devenir histórico, siguiendo la pauta de toda la creación.

Estamos, pues, en esa fase, para nosotros aparentemente larga, que pudiéramos llamar «complejidad humana o vida de interrelaciones humanas», en la que el ser humano forma parte de la complicada trama del mundo, sujeto a los cruzamientos que deben su origen a la diferenciación de razas, lenguas y religiones, todo lo cual, aparentemente, tiende a desunir, pero que, en el fondo, no constituye mas que un estadio para el pase a la fusión definitiva.

Solo una visión de unidad de origen y destino puede mantener, sin degenerar en caos, este entramado, está como retenido en el tiempo y en el espacio hasta que tenga lugar su lenta fusión, al evaporarse esas mismas coordenadas espaciotemporales.

Hemos visto la conservación de este cosmos o mediocosmos, llamado hombre, como se ve la existencia de un árbol, en tanto que este hombre esté radicado en un espacio geopolítico: de nación, continente o planeta. Así como el árbol clava sus profundas raíces en la tierra que le sustenta, mantiene su robusto tronco en su proximidad radical y airea las ramas aun por encima de las propias bardas, de la misma forma el hombre fija sus pies en su tierra o región natal, su cuerpo en la nación que le alimenta y relaciona, y su mente y cabeza lanzadas mas allá de las propias fronteras, ofreciendo al extraño o extranjero frutos de universalidad.

El hombre, así concebido como árbol, responde perfectamente al ideal carolino tan sostenido y predicado por los Caballeros de Yuste y por la recta interpretación de la Hispanidad, ideal que encuentra su plasmación en la «Universitas-Cristiana» de Carlos I, hija de la comprensión, paciencia y tolerancia, del genio hispano. Nadie ha sabido mejor que el español prescindir de las diferencias de razas, lenguas y religiones, y bien quisiéramos que el mundo todo, apoyado en esta doctrina vivencial, salte desde los nacionalismos, por los continentalismos, a una unidad planetaria e incluso galáxica, sin necesidad de acudir a las fricciones temporales que suelen producirse en las creaciones de naciones, continentes y planetas. Una verdadera Antropología Social o Humanística salvaría los desgastes y retenciones de la evolución de la especie humana, en camino de su perfección espacio-temporal.

– II –

Mas esta polarización o tensión exterior se enfrenta sincrónicamente, con esa otra interior, espiritual, que, desgraciadamente, al sor humanamente resuelta, también ha influido e influye en la exterior o político social. Me refiero a la tensión de los espíritus, tensión que surge con el choque de unas religiones con otras y, dentro de cada una de ellas, con esas explosiones cismáticas, en que los platillos de lo tradicional y lo innovador pugnan por destruir el equilibrio de la balanza del sistema religioso. Religión es una, algo que religa a Dios.

Pero desde que el hombre aparece en el planeta, tras esa hominización que explica la ciencia evolucionista, surge la contradicción interior en sus relaciones, personales y sociales, frente al Creador como Dios. Desde el Antiguo Testamento y Libros Sagrados o Tradiciones religiosas de los pueblos primitivos se complica la trama teológica, porque el Dios Uno se desvanece en un pluralismo de deidades del mal denominado paganismo, en el fondo, tan religioso como el bíblico. Las deidades no eran más que la plasmación de la polifania de Dios, vista bajo el prisma humano. Lo mismo que las civilizaciones, las más evolucionadas, el mundo pasa por esos tros estadios de lo religioso o mítico, lo metafísico y lo experiencial, en el que Dios es aproximado o separado del foco especular de cada uno de los pueblos o civilizaciones, siempre a medida de su menor o mayor cultura. Es siempre un Dios transcendente, aun para aquellos mal llamados ateos, que sintiendo a Dios, claman por desconocerlo. Pero dentro de la línea ortodoxa de la visión directa del Creador, y del Verbo encarnado, por el que fueron hechas todas las demás cosas, cuanta tensión y cuantas polaridades, humanas, en torno a la autenticidad de esa posesión.

Vamos a prescindir de las fases anteriores a la historia de la Iglesia, desde la primera escisión entre Pedro y Pablo hasta la más reciente de los viejos y nuevos católicos del Vaticano I. Limitémonos a nuestro tiempo, a las tensiones que hoy presionan sobre la Iglesia: las de las separadas en torno a la incardinazación en una Iglesia más universal, más católica, en sus conatos de convocar un Concilio Universal Cristiano; y las de la Iglesia de Roma, la hasta ahora, por antonomasia, católica. Y dentro de estas dos clases de tensiones, ciñémosnos a las de casa, a las polaridades de integrista y progresistas, que tanto desequilibran el fiel de la balanza. Ha sido el hace unos días fallecido Gabriel Marcel, con su aguda visión del problema religioso, quien mejor ha enfocado esta pugna de platillos por llevarse el gato al agua, enfoque que recojo del ABC del 10 de Octubre de 1.973, transcripción, a su vez, del publicado en «Domingos de ABC» de hace unas tres semanas: (Refiriéndose al progresismo como conformismo a líneas futuras, lo mismo que el integrisrno lo es a líneas pasadas, escribe cuanto sigue): «Obsérvese que se desarrolla de este modo un conformismo «a rebours» (al revés), un conformismo de vanguardia. El progresismo actual no os sino un intenta de «mise en forme» de ese conformismo que, evidentemente, dista mucho de reconocerse como tal». Y luego torna al conformismo a lo pasado: «… se impone establecer de buenas a primeras que el rechazo del progresismo no implica en grado alguno adhesión a un integrismo que no es, ¡ay!, en general, sino una forma anquilosada ¿el pensamiento religioso. De lo que, en verdad, se trata, es de combatir la anquilosis, sea cual fuere la forma en que esta se manifieste. Creo conveniente, para superar esta antinomia entre progresismo e integrismo, recurrir a la idea de una fidelidad, propiamente creadora, que me parece define el papel esencial de la Iglesia». Y luego acentúa lo de esta fidelidad creadora, este equilibrio dinámico que hemos dado en llamar postura centro, por el que la Iglesia, aprovechando las experiencias de la Tradición y satisfaciendo la necesidad de Innovación, se mueve y progresa a un ritmo más musical y acompasado a su misión espiritual en el tiempo.

La Tradición, lo hemos escrito varias veces, es la fe viva de los muertos, de aquellos que nos precedieron dando testimonio de la vivencia de Dios; el tradicionalismo, en cambio, es la fe muerta de los vivos, de ciertos vivos que quieren vivir a expensas de los que otros sembraron y recolectaron. La Innovación, igualmente, puede caer en un facilismo, más de índole natural, que de índole sobrenatural; en una desmoralización, no solo de los instrumentos y lugares de culto, sino de toda la vida interior, reduciéndola a simple tránsito a un cielo en la tierra, a una redención social y temporal, más que personal y eterna. Está más próxima a una materialización que a una espiritualización.

– III –

Hay que buscar una solución a este par de polaridades o tensiones: la externa, que en el camino de la evolución natural de la creación separa a los pueblos con esas grandes diferencias de razas, lenguas y religiones; y la interna, aquella mas íntima que divide a los espíritus de las élites religiosas, de aquellos que están frustando su vocación más excelente, la de ser voceros y pregoneros de la de la definitiva parusía. La consecuencia última de la primera de las tensiones es la guerra, bien local, nacional, internacional o intercontinental; la de la segunda, en cambio, es el cisma y la herejía, mejor dicho, la atomización y debilitación de las ataduras con Dios, la muerte de la religión.

Tanto una como otra tensión solo pueden superarse a base de centrar nuestra existencia, tanto en lo natural como en lo sobrenatural, en la ciencia de lo humano y en la sabiduría de lo divino, concibiendo al hombre como un compuesto do materia y espíritu. Y vuelvo a la semejanza del árbol, no en su estado estético, sino en su acción dinámica: En él, son acciones simultaneas el profundizar las raíces y crecer exteriormente, y así será en el hombre el penetrar en su propia interioridad y a la vez abrirse a la realidad de la naturaleza, de las otras criaturas y de Dios. Con ello llego a que solo el hombre, que es a la vez activo y contemplativo, que está al mismo tiempo inmerso en la acción y en la contemplación, puede ser la, solución de estas tensiones tanto político-ecuménicas como espirituales-religiosas. Es decir, se impone una especie de equilibrio dinámico, un centro en progresivo avance, que cuide tanto de lo natural como de lo sobrenatural, que encierre en sí los adelantos de las ciencias y los íntimos, arcanos de la Sabiduria, algo así como el encuadramiento de todos los conocimientos humanos aparentando a una finalidad única: la marcha de la criatura hacia el Creador. Se impone una nueva interpretación del «ora et labora» de las Ordenes monásticas, una especie de «oratio et maschina», por lo que, sin dejar de usar y manejar la máquina, el hombre se eleva y desmaterializa en una unión mental con el Creador, supremo manager del engranaje del microcosmos, mediocosmos y macrocosmos en su devenir temporal. Habría que reactualizar esa espiritualidad de fusión de acción y contemplación. «La acción y contemplación -escribe Urs de Balthasar en la revista Internacional Católica I/73- no son dos momentos separables. Una interior disposición, oyente, recipiente y abierta es la causa de toda acción, y esta misma debe superarse en una actividad más íntima, que asume, como pasión, lo que realmente es acción de Dios en el hombre».

Y, como estamos en el VI centenario de la fundación de la Orden de los Jerónimos, me atrevo a sugerir, si no constituiría un Modelo de centrismo espiritual, aplicable a nuestros tiempos, con esa transformación de su «ora et labora» en nuestro «oratio et maschina», la vida que otrora llevarán los monjes Jerónimos en su siglo fundacional. Voy a evocarlos en pocas líneas, ya que el tierno brote del árbol de Ordenes religiosas, podado por Mendizábal, bien merece la pena sea cuidado y guiado, dentro del ambiente que nos rodea.

– IV –

Surge, por doquier, en esta edad de los átomos microcósmicos y de los quasares ultracósmicos, mientras el mediocosmos se desvanece esperando a Godot, consumido por una ya crónica fiebre de materialismo y agusticismo, la pregunta de si es aun posible la clásica y cristiana formula del «ora et labora», en su ideal y en su vivencia. A duras penas se sostienen los viejos monasterios hispanos, no en su exterior, que más bien parecen revestirse y remozarse con hipócritas brochazos de pátina para atraer hasta las mismas puertas de sus amurallados recintos a curiosos turistas, y hasta a provocadoras e insinuantes sirenas abikinadas, cual las hemos contemplado, no hace mucho, a las mismas puertas del Desierto de S. José de las Batuecas, sino en su interior, donde las vocaciones quédanse, por desgracia, en temporales vacaciones, en unos cuantos años al rescoldo de una espiritualidad que no acaba de cuajar en el hombre de hoy día. Y, sin embargo, ahí siguen esos fornidos troncos de árboles, que son hombres de carne y hueso como nosotros, hombres hechos de raíces, como el franciscano Pedro de Alcántara; armados de simbólicas espadas y corazas, ataque y defensa contra el aun existente Luzbel, como el espiritual capitán Iñigo de Loyola; y mujeres, de sensibilidad femenina y grandeza de alma, como la abulense Madre Teresa de Jesús.

Es hondo el problema, una especie de sistema de ecuaciones diofánticas, donde el espíritu tiene que afinar para dar con las soluciones interrelacionadas. Yo confió en Dios, y en el espíritu de los hombres, hechos a su imagen y semejanza, que la santidad seguiré viviendo entre nosotros, encastillada en materiales soledades para aquellos que solo la reconozcan en la intimidad, y esparcida por todos los dominios del mundo moderno, para aquellos que, como Iñigo, ven a Dios en todas las cosas, desde en la flor hasta en el pulido y reluciente acero de cualquier humano artefacto.

Lo que necesitan ahora los viejos Monasterios es de una especie de nuevas Ordenes Militares, mitad monjes mitad soldados, que unan, como antaño, pared monacal con salón mundanal. No es que se repita lo ya fenecido y quedado sólo en tradición simbólica, sino que se materialice el lazo o nexo de unió entre la espiritualidad en redoma y la espiritualidad en aroma. A ello van esas Asociaciones de nuevos Caballeros de Yuste, Guadalupe, Pilar,..Los primeros están empeñados en esa moderna batalla de ecumenismo, de «Universitas Christiana» a lo Carlos V y ya empiezan a operar, como otrora, en Europa, con ese movimiento literario «Poesía Espiritual», y al que el Dr. Hermann Kuprian ha proporcionado un modernismo manifiesto, publicado en Europa-Publikation (Abril 1.973), cuyo contenido, netamente yustino, es una digna contra réplica al programa del ateizante y neodadaista movimiento «Poesía Concreta», demoledor no sólo del espíritu, sino también de la letra y, en general, de todo signo de expresión.

Los segundos, los Caballeros de Guadalupe, están dando nuevas formas al rancio contenido de la Hispanidad. Guadalupe, gracias a esta Asociación, va polarizando en torno al medieval monasterio todo cuanto atiende a una Hispanidad o Iberidad universal. Hasta esas jornadas ecuestres de la Hispanidad no son más que los modernos torneos de unos Caballeros de esa espiritualidad en su trasiego de vasos comunicantes, monasterio-mundo.

Y han tan solo unos días, precisamente el 30 de Septiembre, festividad de S. Jerónimo, Caballeros de Yuste y Monjes Jerónimos del mismo monasterio, se reunieron en su gótica iglesia para conmemorar el VI Centenario de la fundación de la Orden Jerónima, hoy dirigida por Fray Ignacio de Madrid, General de la Orden, Prior del Monasterio. Nada se ha perdido de aquel espíritu primero de sus fundadores, de los primeros ermitaños de Villaescusa, que se trasladarían más tarde a Lapiana y que en Octubre de 1.373, representados por Pedro Fernández de Pecha y Pedro Román, alcanzarían del Papa Gregorio XI se les llamase «frailes o ermitaños de S. Jerónimo».

Así, estos ermitaños, concebidos en Villaescusa de Haro -(la antigua Fuentebreñosa de la Mancha conquense, que por pecado y gracia de un Maestre de Santiago se convierte en Vilaescusa o Villaescusa, ya que por los amores con Vila se excusaron los tributos de la villa)gestados en Lapiana, nacidos en el Parral, crecidos en Yuste y Guadalupe y exaltados en el Escorial y Lisboa, son los Jerónimos hispanos y lusos, que tanta gloria dieron a las Españas. Cierto que mueren con Mendizabal en 1.835, pero, tras frustrados intentos de volver a la vida en 1.854 y 1.884, resucitan definitiva mente en 1.924 con esos claros y esperanzadores rebrotes de Santa María del Parral, San Isidoro del Campo (Santiponce-Sevilla). San Jerónimo de Yuste y Jávea de Alicante.

Es la Orden prototípica de los tiempos modernos, «apegada al sentir espontáneo y personal, fundada por individuos desligados entro sí y no por ningún caudillo de la fe, como Santo Domingo o San Ignacio», Orden muy símil a la de los hermanos de la Devotio Moderna del preeminente Tomás Groote que elevara a países do alto desarrollo material al norte flamenco y que Américo Castro ansiaba para el resurgir de España. Tsstimonio de ello son estas frases arrancadas a «Aspectos del vivir hispánico»: «Si el tipo de religiosidad jerónima hubiese podido arraigar en el pueblo español,.., tal vez España hubiese llegado a la técnica industrial y al capitalismo europeo, a base de la santificación del trabajo inteligente de las manos, que en último término fue cultivado en el siglo XV por aquellos frailes, por judíos (conversos o no) y por moriscos».

Los Jerónimos, sin ardores ni arrebatos, supieron conjuntar la vida religiosa y el trabajo físico, y de ahí constituyan hoy un foco de atracción para estas masas modernas, inmersas en el trabajo y ahítas de prolongación espiritual. Es el monje ideal para este mediocosmos u hombre, señor de la materia, y tan alejado del microcosmos del científico como del macrocosmos del místico. El «ora et labora» es algo inseparable del hombre, por estar este hecho, al mismo tiempo, de barro y espíritu, «ora et labora» que es desear cristalice en estos tiempos atómicos en la «oratio et maschina» que hemos indicado y estamos presucionando.