Oct 012003
 

Alonso J. Corrales Gaitán.

Recuerdo perfectamente que la primera vez que tuve conocimiento de la existencia de este incansable investigador, fue en pleno año 1980, ello como consecuencia de unas consultas que realicé sobre la Virgen de la Montaña, patrona de Cáceres, y su cofradía, allí aparecía mencionado numerosas veces D. Miguel A. Orti Belmonte y sus obras.

Además de esto, en mis esporádicas incursiones a distintas bibliotecas para conocer más y mejores datos sobre la historia de mi ciudad, siempre me encontraba con alguna mención sobre los trabajos del Sr. Orti Belmonte.

De esta manera casi sin darme cuenta fui adquiriendo unos conocimientos fundamentales sobre la minuciosa tarea de tan sobresaliente personaje que dedicó toda su vida a descubrir infinidad de información que se había perdido por el paso del tiempo.

Pero si todo esto fuera poco y como no creemos en la casualidad, en el año 1997 en mi primera visita a la ciudad de Córdoba, lugar de nacimiento de mi admirado investigador, intenté seguir sus pasos y recuerdo por la creciente admiración que su persona me había despertado.

No es hasta el año siguiente, cuando encontrándome preparando mi publicación sobre hijos ilustres de Cáceres, cuando verdaderamente consigo profundizar en la vida y la obra de D. Miguel Ángel Orti Belmonte (1891-1973), especialmente en el periodo en que vivió en Cáceres de treinta y cuatro años, pero lamentablemente y dadas las características de aquella obra, donde aparecen reseñas biográficas y bibliográficas de cien personas, no podemos extendernos todo lo que queremos sobre nuestro admirado personaje.

Por todo lo cual en los últimos meses del año 2002, comprobando que en enero del 2003 se cumple el treinta aniversario de su fallecimiento, comienzo a realizar una detallada investigación sobre la vida y la obra de tan incansable seguidor de la historia local. Para lo cual contacto en repetidas ocasiones con una de las hijas de D. Miguel, Doña Concepción Orti Belmonte, que muy amablemente me atiende y me facilita numerosos datos familiares y fotografías, todo lo cual me sirve de mucha ayuda a la hora de conocer perfectamente a figura tan destacada en el atractivo mundo de la investigación, y me descubre a un mas que sensible hombre, declaradamente enamorado de Cáceres.

Con todo lo obtenido, e independientemente de la posible publicación que aparecerá en los próximos meses, en sincero y justo homenaje a mente tan extraordinaria, he decidido presentarles aquí y ahora un pequeño resumen de todo lo que he conocido y que sin duda sentó las bases para que posteriores generaciones conociesen mucho mejor tanto a mi ciudad, como a la propia provincia, gracias a la vida que desarrollo el Sr. Orti Belmonte en clara dedicación hacia los demás.

SU VIDA.-

Nació en Córdoba el 8 de septiembre del año 1891, como cuarto hijo del matrimonio formado por D. Vicente Orti Muñoz, natural de Marmolejo (Jaén), y por Doña Dolores Belmonte Müller. Siendo su padre médico cirujano, que ejerció con notable profesionalidad en Córdoba, despertando admiración y respeto ante todos los que lo conocieron o trataron. También era nieto y biznieto de médicos, todos dotados de grandes inquietudes científicas, puestas siempre al servicio de los demás.

Se da la circunstancia que su bisabuelo, D. Vicente Orti Criado, hizo público el primer análisis al agua de Marmolejo y un interesante examen filosófico sobre sus aplicaciones terapéuticas. En el campo de las técnicas quirúrgicas, su abuelo D. Vicente Orti Lara, fue el primer cirujano que utilizó en Córdoba el cloroformo. La tradición familiar cuenta que a la puerta de la casa del enfermo se situaron unos médicos esperando la muerte del operado, como era de esperar por los familiares más allegados y los amigos íntimos, la operación resultó un completo éxito. Y su padre, D. Vicente Orti Muñoz destacó entre los cirujanos de España, por los resultados obtenidos en su técnica de la extracción de cálculos de vejiga, a su consulta acudían enfermos de muy diferentes y distantes puntos del país.

Su madre, Doña Dolores Belmonte, era dama de ilustre linaje, pertenecía a una familia en la que durante generaciones abundaron pintores, poetas y apasionados a la música. De esta rama heredaría la sensibilidad para los goces del espíritu y de la belleza. De las dos los encantos de la entrega a su trabajo, a traspasar a sus alumnos el interés por el estudio y el conocimiento, y las excelencias de formar y educar a los jóvenes, y el contentarse con la satisfacción del deber cumplido. Que en el camino los honores quedasen en otras manos no le hizo mella.

Entre los Belmonte, sobresalieron sus tíos: D. Mariano Belmonte de Vacas, pintor romántico de paisajes y retratos, conservándose en el Museo de Bellas Artes de Córdoba dos interesantes muestras de su pintura. Y D. Guillermo Belmonte Müller, delicado y exquisito poeta, sin olvidarnos de su faceta de dibujante de la sierra cordobesa, además de retratista familiar.

En lo referente a su rama materna, su abuela Doña Elisa Müller Stone, era una consumada pianista, que por simple gusto y afición participaba activamente en la vida cultural cordobesa reuniendo en su casa, a intelectuales y artistas en veladas literarias y conciertos musicales. Se cuenta que cuando el gran y famoso compositor húngaro, Liszt, visitó Córdoba, manifestó su intención de participar en un de los conciertos de los que dicha señora era organizadora.

En su prolífica vida se le conocía en determinados círculos como: “el trabajador infatigable”.

Los primeros estudios los realizó en el Instituto de su ciudad natal, Córdoba. Los dos primeros cursos de Filosofía y Letras los hizo en Granada, pero al carecer aquella ciudad de la sección de Historia, decidió trasladarse a Madrid, donde terminaría en el año 1913 con sobresaliente de nota media.

Y es a su regreso a su ciudad natal, cuando su padre sensibilizado con el destino de su hijo, realiza todos los trámites oportunos para que este desempeñase el cargo de Archivero Bibliotecario del Ayuntamiento, para el que fue nombrado en el año 1914.

No es ningún secreto, que en muchas de las decisiones de aquellos años de estudiante de D. Miguel, fuese su padre su más decidido quía y apoyo, como ocurrió a la hora de elegir ciudad una vea aprobada la cátedra de Historia para Escuelas Normales, dejando Las palmas y tomando por consejo de su señor padre, la de Cáceres. Para lo cual había pedido la excedencia como Archivero de la Biblioteca del Ayuntamiento de Córdoba.

En el año 1916 obtuvo por oposición la Cátedra de Historia de la Escuela de Magisterio de Cáceres, tomando posesión el 14 de junio de dicho año, después de pedir la excedencia de Archivero Bibliotecario del Ayuntamiento de Córdoba. En dicha escuela de nuestra ciudad. Llegó a desempeñar el cargo de Director, también impartió clases en el Instituto Nacional de Enseñanza Media.

Y es a partir de este momento, cuando toda una serie de combinaciones de circunstancias hacen posible que D. Miguel desarrolle una gran variedad de actividades culturales en beneficio de la ciudad de Cáceres, producto del incansable trabajo que desempeña durante treinta y cuatro años (1916 a 1950). Entre todas estas cabe destacar: la enseñanza, la investigación histórica, arqueología, heráldica, tradiciones, leyendas, artes, etc.

Ya establecido de quieto en nuestra ciudad, contrae matrimonio en el año 1920 con Doña María Alcántara Alcántara, natural de Almendralejo (Badajoz) y sobrina del catedrático D. Antonio Silva Núñez, gracias a las visitas que Doña María realiza a Cáceres a casa de sus tíos, conoce a D. Miguel. Tan cristiano enlace dio el fruto de siete hijos: Francisco, Miguel Ángel, Vicente, Antonio, Mª Piedad, Dolores y Concepción, siendo todos ellos cacereños de nacimiento, los cuatro primeros nacieron en la Calle Ancha, las tres ultimas en el Museo o Casa de las Veletas. Hijos que supieron dar al matrimonio todas las alegrías deseadas tanto en el ámbito profesional como familiar.

Tal y como indicamos al principio de la presente obra, es muy difícil, casi imposible presentar aquí todo lo realizado por D. Miguel Orti Belmonte, en el largo periodo de tiempo que permaneció trabajando en nuestra ciudad, pero vamos al menos a referirnos a los acontecimientos más significativos para Cáceres.

Según afirman algunos estudiosos de su figura, D. Miguel ha dejado a lo largo y ancho de nuestra geografía española unos treinta mil alumnos, de los cuales aproximadamente la mitad se han hecho maestros. Todo un claro ejemplo de la magnífica tarea educativa que desarrolló a lo largo de tan ejemplar y enriquecedora existencia.

En 1923 se doctoró en Historia obteniendo Premio extraordinario por su tesis: “Córdoba durante la Guerra de la Independencia (1808-1813)”. Trabajo que en años posteriores (1924, 1926, 1928 y 1930), era publicado en el Boletín de la real Academia de Córdoba. En este año se le hizo en Cáceres, correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Por aquellos tiempos no sólo los legajos dormían en paz y tranquilidad en los archivos familiares de la nobleza cacereña, gran parte de la ciudad vivía descuidada de cuantos tesoros guardaban sus históricas piedras. Una apatía y preocupante desidia contra las que luchó con todas sus fuerzas D. Miguel Ángel, desde el preciso momento en que aquí se estableció. Siendo su primera gran tarea, la necesaria creación de un Museo de Bellas Artes, a la vista de los cientos de objetos que se amontonaban en manos de particulares, y que cada mes eran sacados a la luz, en simples actividades accidentales. Lo que afortunadamente para nuestra ciudad consiguió después de no pocos años en los que realizó ímprobos trabajos de búsqueda, investigación y catalogación, produciéndose su inauguración en el año 1933.

En 1932 había sido nombrado Secretario de la Comisión de Monumentos de Cáceres, a propuesta de D. José Ramón Mélida Alinari (1849-1933).

De igual manera innumerables fueron los cargos que desempeñó en su vida, seguidamente relacionados algunos de ellos: Archivero Bibliotecario del Ayuntamiento de Córdoba; Profesor de la Escuela Normal y en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Cáceres, Director de la Escuela Nacional de Magisterio, Director del Museo Provincial de Bellas Artes de Cáceres, Cronista Oficial de la ciudad de Cáceres (octubre de 1949), Doctor en Filosofía y Letras, Director de la Normal de Magisterio de Córdoba, Presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de Córdoba, Académico correspondiente de las Reales Academias de la Historia de las Bellas Artes de San Fernando, de la Academia del Mediterráneo de Palermo y del Instituto Bouchard de Estudios Históricos Navales de Buenos Aires, Socio de honor de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, etc

En los treinta y cuatro años que permaneció viviendo y trabajando en nuestra ciudad de Cáceres, muchas fueron las personas que escribieron sobre él y sobre su incansable trabajo divulgativo. Así hemos encontrado menciones de: D. Publio Hurtado, D, Juan Sanguino, D. Miguel Muñoz de San Pedro, D. Carlos Callejo, D. Vicente González y de D. Antonio Floriano Cumbreño, entre otros, quienes coinciden en afirmar que denominador común de las tareas del Sr. Orti Belmonte, eran su profesionalidad y seriedad histórica en todo cuanto hacía.

Hay que destacar los significativos comentarios que han llegado hasta nuestros días, realizados por el Sr. Floriano Cumbreño y el Conde de Canilleros, entre otros, y reflejados en algunas de sus obras, así como en conferencias y discursos, en los que no escatiman elogios para el Sr. Orti por sus magníficos trabajos de investigación, respaldados siempre por una amplia documentación.

Algunas de sus cualidades eran su sencillez y modestia con las que trataba todos sus innumerables trabajos y logros. Dado a apartarse de los ambientes de admiración que su trabajo de investigación y tarea de profesor le habían hecho acreedor. No aceptaba que le ofrecieran homenajes, en su despedida de Cáceres no encontró manera alguna de oponerse, y de aquel acto que asistió “todo Cáceres”, sólo le gustaba recordar la asistencia al mismo del cartero de su distrito, pues le llevó siete de sus publicaciones para que se las dedicara.

A mediados del año 1951 se traslada a Córdoba, su ciudad natal, para hacerse cargo de la Dirección de la escuela Normal de Magisterio, e impartir clases en el Instituto Nacional de Enseñanza Media.

En el año 1962, viviendo en Córdoba, el Pleno del Colegio Nacional de Colegios Oficiales de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras, y Ciencias, le concedió el premio nacional de colegiales distinguidos, otorgándole la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, elevada a Encomienda. Por todo lo cual se le tributó un entrañable homenaje en el salón de actos de la facultad de veterinaria de Córdoba, acto en el que estuvieron presentes muchas personalidades y un elevado número de sus antiguos alumnos.

En nuestros días sorprende, como una persona con una familia tan numerosa (siete hijos), dedicase tanto tiempo a la enseñanza y a la investigación, todo perfectamente ordenado, sin dejar de lado la profunda convicción religiosa, que queda manifiesta en sus asistencias a los correspondientes cultos, además de las oportunas publicaciones que realizó. Todo un ejemplo difícil de imitar, incluso en los tiempos actuales con todos los medios técnicos que tenemos a nuestro alcance.

En los cerca de veinte años que vivió con su familia en la Casa de las Veletas, siendo Director de dicho Museo de Bellas Artes desde el 25 de mayo de 1921 hasta 1943, llegó a conocer prácticamente todas y cada una de las piedras, y rincones de dicho histórico edificio, realizándole unos profundos trabajos de acondicionamiento y mejora, dada la continua incorporación de piezas de tipo a dicho Museo, destacando especialmente la colección numismática de mas de seis mil piezas que dejó clasificadas e inventariadas.

No quiso que ninguno de sus hijos continuaran sus pasos profesionales (Filosofía y Letras), pero sí que todos se preparasen adecuadamente tanto en el aspecto familiar como profesional, sin olvidar por supuesto lo religioso, algo que D. Miguel tuvo muy en cuenta a lo largo de toda su existencia.De esta manera sus hijos, admiradores y obedientes seguidores de las enseñanzas y consejos de su progenitor, realizaron todos sus correspondientes estudios de Magisterio, además de elegir cada uno su oportuna carrera, lo que llenó de gozo y satisfacción a tan feliz y cristiano matrimonio.

El 8 de enero de 1973, fallecía Doña María Alcántara Alcántara y dos días después, es decir el 10, fallece en Córdoba D. Miguel Ángel Orti Belmonte, rodeado de sus familiares y amigos.

Siempre estuvo arropado y animado por el aliento, el cuidado y el fervor de la gran compañera de toda su vida de trabajo, su esposa, que desde la sombra y con la garantía del amor correspondido, vivió entregada solícitamente a procurar el ambiente necesario para su actividad y dedicada a sus hijos, a los que transmitió la adoración y admiración que por su marido y su labor sentía.

SU OBRA Y HERENCIA CULTURAL

De una mente tan incansable como la que estamos tratando y con una obra tan amplia y variada, es verdaderamente imposible referirnos a su vida y tratar detalladamente su trabajo investigador, ya que para ello tendríamos que contar con cientos de páginas y por consiguiente mas tiempo para su realización.

Pero considerando que hoy vamos a referirnos a tres casos muy concretos de sus investigaciones y que a nuestro modesto entender no han alcanzado la justa valoración, ni mucho menos el autor de los mismos, es decir D. Miguel.

Además de los trabajos aquí seguidamente detallados, nuestro protagonista colaboró estrechamente en las siguientes publicaciones: Diarios regionales Hoy y Extremadura; Revista Literaria Cristal; en Norba, Revista del Archivo Municipal de Cáceres; en el Boletín de Educación; así como en la Revista Alcántara de los Servicios Culturales de la Excma. Diputación Provincial de Cáceres; en el Santuario de la Montaña, revista de la Cofradía de la Patrona de Cáceres, y otras revistas de asociaciones e instituciones locales. Sin olvidar un elevado número de conferencias y charlas que dio siempre de manera desinteresada en diferentes centros de la ciudad, así como en asociaciones culturales y caritativas.

Sus trabajos escritos superan el medio centenar y del mas variado contenido cultural, relacionados al final del presente estudio.

Y una de las cosas que más poderosamente nos ha llamado la atención, es que en repetidas ocasiones explicó a familiares y amigos, así como discípulos, que durante su estancia en Cáceres, hubo tres emociones en el campo histórico que vivió, difícilmente comparables con otras.

  • La primera es la identificación y recuperación del denominado Tesoro de Aliseda.
  • La segunda se refiere, dentro de los oscuros pasajes de la historia, a la muerte de Enrique IV de Castilla, su posible envenenamiento, y su lugar de enterramiento.
  • Y la tercera y última, a la localización y estudio de los huesos del que fue Camarero de la reina Isabel la católica. Restos encontrados en una rudimentaria caja dentro de un armario de la familia.

Tres momentos que recordaba con contenida emoción, reviviendo cada detalle sin acritud y sin mostrar nunca públicamente ninguna protesta por el trato injusto que recibió, a pesar de ser él quién llevó la iniciativa de dichos trabajos.

Algo que por desgracia ha ocurrido y ocurre con demasiada frecuencia aquí en nuestra tierra.

Por distintas fuentes de información, conocemos que nuestro protagonista era investigador de las tradiciones y leyendas populares, en las cuales creía pero opinando que con el paso del tiempo habían sufrido toda una serie de adulteraciones o transformaciones, por parte de los propios ciudadanos en su continua transmisión oral. Tanto unas como las otras, las consideraba “la historia no oficial”, pero que podían servir para arrojar mucha luz sobre las características de pasadas épocas, en este caso de nuestra ciudad.

Así es justo que destaquemos brevemente, a uno de sus mas firmes trabajos de investigación, la localización física de una de las mas tradicionales leyendas existentes en Cáceres, la denominada: “Galería de la Reconquista”.

“Una tradición cacereña, a la que propiamente puede aplicársele el tópico de que se pierde en la noche de los tiempos, cuenta que las tropas de Alfonso IX tenían cercada la ciudad, y el rey envió una embajada al jefe moro intimándole a la rendición; que entre los emisarios figuraba un capitán que vio a una hija del Alcaide, de la que se enamoró, siendo correspondido, y que todas las noches, saliendo por una oculta galería, llegaba a las proximidades del campo real, al lado de la actual Fuente del Concejo. La mora proporcionó las llaves de la galería al capitán y por ella entraron las tropas leonesas y castellanas hasta el Alcázar, (era el 23 de abril del 1229), en cuyo interior se rió la batalla, mientras otras fuerzas penetraban en el recinto amurallado por la Puerta del Socorro, hoy llamada Puerta de Coria y Arco del Socorro, en la Plazuela del mismo nombre: La leyenda añade que la mora por su traición, fue encantada por el padre, convirtiéndola en gallina, que vive permanentemente en esta galería y que cada año, a las doce de la noche del día de San Juan recobra su forma humana y recorre silenciosa y tristemente las calles de la ciudad. Un escritor cacereño, Fulgencio García Osma, ha llevado al teatro en una obra en verso, la leyenda de l conquista de Cáceres (años veinte del siglo XX).

Siempre he creído que las leyendas históricas tienen un fondo de verdad más o menos adulterado, y desde que el Museo se instaló en las Veletas busqué la entrada de la galería. Tenía datos de que la galería había quedado al descubierto, al producirse un hundimiento en el muro Sur del jardín en 1902 (Sr. Sanguino Michel: “la boca de este subterráneo, se encontraba cegada por orden de D. Pedro López Montenegro, cuando allí vivía como administrador de la Casa Ducal de Fernán Núñez, para evitar que cayeran los niños por su boca, que se abría peligrosamente en el suelo”); dato que registró cuidadosamente D. Juan Sanguino Michel y copió D. Publio Hurtado Pérez, historiadores de Cáceres. Con estos datos me autorizó el arquitecto Señor González Valcarcel, para que se hicieran algunas excavaciones y se tuvo la suerte de encontrar, en marzo de 1942, la entrada a la Galería, a la que la prensa local bautizó pomposamente con el nombre de Galería de la Victoria. … … … … … …”

Y realizada esta discreta mención, recordamos aquellos tres temas históricos que emocionaron a nuestro protagonista:

A) Vamos a referirnos a un tema que habiendo sido catalogado como un suceso sensacional en el mundo de la arqueología, “El Tesoro de Aliseda”, siendo nuestro admirado D. Miguel A. Orti Belmonte el principal protagonista de que dicho hallazgo no se perdiese, las autoridades de la época no le hicieron justicia con un agradecimiento oficial y merecido, que ahora con el paso del tiempo debería hacerse.

“El día 20 de enero de 1920, señala un hito importante en mi vida profesional y cultural. Cavando para sacar tierra con objeto de hacer tejas en un terreno comunal del Ayuntamiento de Aliseda (Cáceres), se encontró el hoy llamado Tesoro de Aliseda. Quienes lo encontraron fueron a Cáceres a venderlo. Un alumno mío –hijo del Secretario del Ayuntamiento—me habló sobre ello y un platero al que habían visto me dijo que eran alhajas de Ceclavín o de Torrejoncillo. Con las referencias que me daban yo pensé que el hallazgo era antiguo y tenía positivo valor. Como se había encontrado en el terreno propiedad del Ayuntamiento pudiera ocurrir que fuese vendido y cobrar el Secretario del Ayuntamiento los atrasos de las pagas que se le adeudaban.

Yo le indiqué que presentaran una denuncia en el Juzgado y así lo hicieron. Me entrevisté con el Juez, quién me enseñó las alhajas entregadas y, como no apareciera el resto, el Juez dijo al platero comprador de las alhajas que lo pasearía por Cáceres con las manos encadenadas. Al día siguiente un religiosos franciscano entregó bajo secreto de confesión el resto de las alhajas.

Las estudié en el mismo Juzgado, clasificándolas como Tesoro Arqueológico Feno-Púnico. Sobre el importantísimo hallazgo publiqué dos artículos en “El Noticiero de Cáceres”. Incluso llegaron a llamarme loco, obstinados en la opinión de que se trataba de alhajas de Torrejoncillo o de Ceclavín. Se reunió al efecto la Comisión de Monumentos. Su Secretario, Sanguino Michel, mantuvo una opinión conforme con la mía. Telegrafié a mi maestro de Arqueología, D. José Ramón Mélida Alinari (1849-1933), que a la sazón dirigía las excavaciones del Teatro Romano de Mérida. Este señor ostentaba los cargos de catedrático de la central, Director del Museo Arqueológico Nacional y Académico de las de la Historia y de San Fernando.

Don Publio Hurtado Pérez –ilustre figura cacereña—escribió también y la llegada de Mélida a Cáceres hizo cambiar las cosas. Las alhajas fueron depositadas en el Banco de España y D. José Ramón regresó a Madrid. La visita que efectuó el Ministro de Instrucción Pública trajo como consecuencia que las alhajas fuesen declaradas propiedad del Estado Español. El día 25 de septiembre volvió Mélida a Cáceres y regresó a Madrid llevando las alhajas, protegidas con la presencia de la Guardia Civil. Actualmente se encuentran en el Museo Arqueológico Nacional, expuestas al público docto o curioso. Las alhajas fueron tasadas en un valor monetario de 15.000 pesetas. Una mitad correspondía a los obreros que las habían encontrado. La otra, para el dueño del terreno. Pero, al ser este comunal, el Ayuntamiento no podía percibir nada.

Como consecuencia de lo referido el Ministro de Instrucción Pública me dio las gracias por mi gestión y la Academia de Bellas Artes de San Fernando, a propuesta de D. José Ramón Mélida, me nombró Académico Correspondiente en Cáceres”.

Pero tal y como en su momento apuntaba el Conde de Canilleros, D. Miguel Ángel no solamente recogía rosas, también tuvo que sufrir las espinas, la actuación de Mélida no fue muy correcta. Lo relativo al rescate del tesoro y su estudio detallado, lo realizó con ímprobos trabajos y sacrificios el Sr. Orti Belmonte, dado que las joyas se habían dispersado. A él corresponde íntegro el mérito de que tan importante hallazgo se salvara de la pérdida y pueda ser admirado hoy en el Museo Arqueológico Nacional.

Cuando todo estaba hecho, Mélida vino a Cáceres, para emprender el retorno a Madrid con el tesoro y presentarlo como mérito propio en su informe a la Real Academia de la Historia y en sus publicaciones D. Miguel Orti Belmonte, hombre extraordinariamente preparado, pero muy tímido y sencillo, quedaba en la penumbra, siendo el verdadero protagonista del episodio.

D. José Ramón Mélida Alinari, en un gesto de generosidad hacia quién rescatara el tesoro que nos ocupa, le regaló un folleto de treinta y dos páginas, titulado:“Museo Arqueológico Nacional –Tesoro de Aliseda—Noticia y descripción de las joyas que lo componente por José Ramón Mélida. Fotocopias de Hauser y Menet. Madrid, 1921”. Apareciendo la siguiente dedicatoria: “A D- Miguel A. Orti Belmonte. Recuerdo afectuoso de José Ramón Mélida”.

Es justo apuntar, que no pocos investigadores tanto locales como nacionales durante muchos años envidiaron el buen hacer y resultado del trabajo de D. Miquel Orti, un hallazgo de estas características no es fácil conseguirlo. Desgraciadamente y tal como ocurre en todos estos casos, no fue hasta décadas posteriores, incluso después del fallecimiento del Sr. Orti Belmonte, cuando las autoridades correspondientes comprendieron el verdadero valor de las piezas encontradas y recuperadas por tan insigne investigador cordobés- cacerense.

Descripción del Tesoro de Aliseda (Cáceres)

Numerosas y variadas piezas aparecieron en lo alto de un pequeño cerro, que en la actualidad ha desaparecido por la ampliación del mismo pueblo que se encuentra a treinta kilómetros de Cáceres, dirección a Valencia de Alcántara y Portugal, por la carretera nacional 521. Dicho tesoro está formado por una veintena de piezas de oro, plata, bronce, vidrio y algunos fragmentos de cerámica.

Fue encontrado en un tejar cuando allí se encontraban trabajando: los hermanos Jesús y Victoriano Rodríguez Santano, acompañados por Jenaro Vinagre Rodríguez, que entonces tenía ocho años de edad.

En la actualidad se conserva una lápida conmemorativa en el número 61 de la calle del tesoro de dicha localidad. Además de la sala de exposiciones que en este año 2003 se ha inaugurado, donde se conserva una réplica del mismo.

De oro están hechas una diadema y parte de otra, brazaletes, un torques, cinturón formado a partir de diversas placas, dos pendientes, piezas de collar, un cuenco, sellos giratorios, varias sortijas y anillos.

De plata se rescató un pequeño braserillo y algunos recipientes sin determinar.

De bronce un artístico espejo.

De piedra se encontró un posible afilador.

Y de vidrio había una botella completa, siendo también distintos fragmentos de cerámica.

El conjunto de las joyas de oro, tiene un peso total de 1 Kg. Y 100 gr., mientras que las de plata ascienden a los 2 Kg. Y medio. Todo encontrado en un lóculo funerario y no en un recipiente.

Según palabras de D. Martín Almagro Gorbea, son extraordinarias las técnicas empleadas tanto de filigranas como de repujado, con infinidad de detalles ornamentales figurados junto a lo geométrico. Aparecen muchos elementos vegetales (rosetas y palmetas), sirviendo de eje a pequeños halcones, animales fantásticos, escenas de lucha entre el hombre y el león, que aparecen repetitivamente en el cinturón encontrado.

De igual modo se pueden observar varias cabezas decorativas de serpientes, de halcón, el dios egipcio Horus, divinidades sedantes, orantes, jinetes, quedando incrustado al reverso un escarabajo tallado en piedras semipreciosas que dan suficientes pistas artísticas de su indudable procedencia sirio-fenicia.

Además aparecen unos brazos humanos esquemáticos labrados en las asas del braserillo y los jeroglíficos decorativos que rodean el contorno de la botella de vidrio. Todo este preciado conjunto convierte a este tesoro en el máximo ejemplo de la orfebrería oriental importada en el Mediterráneo Occidental.

La única inscripción jeroglífica del tesoro, se conserva en el vaso de vidrio, donde se repite la frase siguiente: “consagrado a Dios”, “consagración agradable a Dios”.

El Sr. Almagro Gorbea defiende que el origen de realización del mencionado tesoro es occidental y más concretamente de las proximidades de la ciudad de Cádiz, pero basado en las delicadas y puras técnicas de orfebrería, además de la iconografía oriental.

La fecha de fabricación la sitúan en el año 625 a de C., resultando ser uno de los conjuntos de su clase, más representativos dentro del periodo orientalizante de la Península Ibérica, en lo que a la cultura tartésica se refiere. Incluso del continuo intercambio comercial de esta zona con otras del Mediterráneo oriental.

Lo que muchos cacereños lamentamos es, que tan extraordinario tesoro, aparecido aquí en Extremadura, permanezca expuesto o guardado fuera de nuestra tierra. Debería iniciarse una campaña cultural a favor de que el tesoro de Aliseda quede depositado aquí en Cáceres, en el Museo Provincial de la Casa de las Veletas. Es de justicia y un derecho histórico, situaciones parecidas han vivido otras Autonomías y ciudades en lo referente a su patrimonio artístico y cultural.

B) “Exhumación de la momia de Enrique IV de Castilla”.- Con este tan atractivo y misterioso título, nuestro protagonista aglutinó un elevado número de datos y dio varias conferencias, para perpetuar una de sus investigaciones más misteriosas e inolvidables.

Se conocía la pobreza y mezquindad con la que se hicieron los funerales del Rey, su traslado casi en secreto al Monasterio de San Jerónimo del Paso y luego al de Guadalupe de Cáceres, y su anunciado deseo de descansar el sueño eterno debajo de su madre. Pero se desconocía el lugar exacto.

En las continuas investigaciones realizadas por D. Miguel, sobre la figura de la Reina Isabel la Católica en los archivos de la nobleza y especialmente en los del Duque de frías, había ido tomando notas que se referían a Enrique IV, pero en su decidido afán por tener mas datos que los aparecidos en los documentos históricos tan distantes, optó pos desplazarse hasta Guadalupe.

Obteniendo la información correspondiente del Padre Villacampas, que Enrique IV estaba momificado, algo por otra parte conocido en determinados círculos del propio Monasterio.

La búsqueda incansable de varios años, dio un feliz resultado, cuando en el año 1945, un alumno suyo hijo del médico de Guadalupe, le comunicó que había encontrado el ataúd del rey (perdido) y el de su madre.

Inmediatamente se presentó en Guadalupe el Sr. Orti y cuando comprobó y verificó el hallazgo y se convenció de la certeza, en su obligación de Correspondiente de la real Academia de la Historia envió su detallado informe. Nombrando la Academia una comisión, formada por D. Manuel Gómez Moreno y el doctor D. Gregorio marañón, para que con los permisos eclesiásticos pertinentes, se trasladaran a Guadalupe.

Actuando D. Miguel como secretario de dicha comisión, procedieron a examinar los ataúdes, estudiar los cadáveres, fotografiándolos y midiéndolos, tomando todas las necesarias notas, para una vez finalizado el estudio dejar todo tal y como estaba.

Y así inexplicablemente en el informe oficial presentado por los Sres. Gómez Moreno y marañón Posadillo a la Academia, no se hace mención alguna al Sr. Orti Belmonte, solamente se menciona al fotógrafo Sr. Calparsoro.

Particularmente ante lo interesante que nos pareció todo lo aquí recordado sobre la localización de la momia de Enrique IV (1425-1474), decidimos buscar mas información al respecto y una vez mas optamos por contactar con el Guardián del Monasterio de Guadalupe y así el padre Sebastián García, nos envió una copia del folleto publicado en su día con toda la información al respecto.

“Los restos de Enrique IV de Castilla”, bajo este título se publicó en el año 1947 por la Imprenta y editorial Maestre, de Madrid, un detallado trabajo que ahora recordaremos en algunos de sus fragmentos más atractivos.

“Noticiosa esta Real Academia, por conducto de la Comisión de Monumentos de Cáceres, de que la sepultura del rey Enrique IV de Castilla, en el Monasterio de Guadalupe, no se conserva con el honor debido, acordó que una comisión de su seno, constituida por los abajo firmantes, procediese a su reconocimiento, dando cuenta a la misma de la información obtenida.

En consecuencia, previa autorización de las autoridades eclesiásticas, Arzobispo de Toledo y Provincial de la orden franciscana, y con la intervención eficacísima y por todos conceptos acogedora, del susodicho P. Provincial y de la comunidad usufructuaria del monasterio, procedió al reconocimiento de dicho sepulcro, en la noche del 19 de octubre último, cuyo resultado, con las ilustraciones oportunas, exponemos a la consideración de la Academia.

Era notorio que Enrique IV, en la disposiciones verbales con que, al parecer, cerró sus cuentas en este mundo, dispuso que fuera sepultado su cuerpo debajo del de su madre la reina doña maría, primera esposa de Juan II, en el Monasterio de Guadalupe, del que ella fue devota y también favorecido por el rey su hijo … … … … … .

De ropas quedan solamente las mangas de la túnica, que era de terciopelo morado liso, y fragmentos casi deshechos de lienzo basto, residuos de la camisa u otras prendas interiores. Bien conservadas, una polainas de cuero recio, que llegan por delante hasta encima de las rodillas y por detrás hasta las corvas, y son de color oscuro y completamente lisas, al parecer. Nótese que las crónicas hacen constar cómo el pobre rey se echó en la cama a medio vestir, con miserable túnica y calzados unos borceguíes moriscos, que le dejaban los muslos al aire. Aún consta que así los llevaba de continuo sobre los zapatos. Estos faltan, y todo inclina a creer que se dejó el cadáver sin ceremonia de lavado ni mortaja ni accesorio alguno: caso tan miserable de incuria quizás nunca se haya visto.

El paño de brocado a que antes se aludió, no va puesto como capa, sino extendido, y es a un lado donde se le aprecia una escotadura muy abierta, como para el cuello; mas de la forma y tamaño no pudimos hacernos cargo; sólo que carece de forro y de guarnición. Es pieza de gran etilo; terciopelo verde aceitunado, destacando sobre fondo raso un ramaje ondulado con florones, ya provistos de núcleo central tejido con oro, ya enteramente de esta misma labor en oropel u oro de Chipre, dispuesto con espolines y circunscrito, por consiguiente, a sus campos exclusivos. En conjunto resulta una composición perfectamente equilibrada y bellísima, a golpe de florones en posición alternada y brotando de troncos nudosos con algo de hojas, y cuyo vellutado opulento resalta sobre el campo raso y más débil de entonación, aunque también verde: un sentido semioriental semigótico presidió en esta magnífica obra.

El ancho de la tela alcanza a 62 centímetros, sin las orillas, que llevan dos fajas de colores blanco y rubio en labor de sarga. Es probable que esta prenda fuese ya vieja cuando se la empleó aquí, pues aparecen otras de arte análogo en pinturas italianas de la primera mitad del siglo XV, así como es notorio que hacia 1470 eran ya lo corriente otros brocados a base de flores de cardo y con grandes desarrollos .Telas de este mismo estilo, aunque sin oro, se adjudican a los talleres venecianos, y de ellos saldría el ejemplar nuestro.

Si fue capa, como parece verosímil pudo servirle de atadero una cinta, que apareció suelta por encima de la cabeza. Su largo, cerca de un metro; ancho 13 milímetros; su labor exactamente como las cintas de los sellos en diplomas castellanos del siglo XIV. Va tejida a mano, formando cadenetas falsas, con hilos torcidos de lino, pardos, rojos, blancos, amarillos y azules, rematando por un extremo en borla hecha con los mismo hilos, a partir de un nudo en que se entrelazan cordoncillos verdes y rojos. Al parecer, esta cinta iba prendida por su mitad en dos cabos de a 80 centímetros, incluyendo la borla.

Y ahora, unas palabras sobre el cuerpo de los reyes:

El de Doña María es la momia de una mujer de talla media, sin nada que anotar. Aquella pobre señora, muerta joven, agobiada de sinsabores y con sospechas de haber sido envenenada, es hoy una carroña como las demás, amputadas las piernas para acomodarla a un féretro reducido.

La momia de su hijo está, como antes se ha dicho, bastante bien conservada. La desecación de los tejidos blandos ha borrado los caracteres propiamente vitales del rostro y del cuerpo, dependientes de la frescura de los tegumentos; pero las proporciones y el aspecto general del organismo se pueden observar casi tales como en vida fueron. Una momia es un esqueleto que se mantiene armado por el forro de la piel apergaminada y permite estudiarla en su conjunto.

Lo primero que destaca en la momia de Enrique IV es su corpulencia. El féretro es mucho más largo que el de la reina madre y no se pudo extraer de su tumba por el estrecho ventanal abierto en el retablo. Fue preciso examinarlo entrando nosotros, como pudimos, en el interior de la cripta.

A esto se debe la imperfección del retrato de conjunto, que, a pesar de la habilidad del Sr. Calparsoro, no se pudo lograr más que en proyección forzada y con mala luz.

La cabeza, espontáneamente desprendida del tronco, como es frecuente en los cuerpos momificados, se sacó a la iglesia y, colocada en el altar mayor, sobre uno de los trozos de paño que envolvían el cadáver, pudo ser fotografiada con más holgura y perfección.

La talla actual de la momia es de 170 centímetros. Se calcula que la momificación completa disminuye la talla del vivo en 12 o 15 centímetros, al desecarse los discos intervertebrales y el resto de los tejidos. Si a ello se une en nuestro rey el desprendimiento de alguna de las vértebras cervicales que ligaban la calavera a los hombros, puede, sin temor a errar, calcularse en mas de un metro y ochenta centímetros la talla que don Enrique tuviera en vida.

La cabeza y tronco son muy recios: la anchura del diámetro superior del vasto pecho alcanza a 50 centímetros, igual que la de cualquier varón robusto vivo, y la anchura de las caderas es igual a la del tórax. EN la fotografía de la momia se aprecia bien este detalle, que se acentúa y corrobora por la exagerada convergencia de los muslos, más parecida a la disposición de la mujer que a la del varón, en el que, por ser la pelvis menos ancha, las líneas de los muslos descienden casi paralelamente.

Las piernas son notoriamente largas en proporción a la altura del tronco, según puede comprobarse en la fotografía correspondiente aún con el descuento a que obliga la forzada proyección con que fue tomada. Ningún detalle puede anotarse respecto de los brazos, cruzados para el descanso eterno sobre la parte baja del pecho, ni respecto de las manos, con dedos que aparecen recios y largos en cuanto deja ver la destrucción del tiempo, así como en los pies. Lo que queda de éstos muestra una inclinación exagerada hacia fuera, en la posición llamada pie valgo. … …

Anotemos ahora, con satisfacción de historiadores, el perfecto acuerdo entre estos datos directos y los que nos comunicaron los cronistas y viajeros sobre la figura viva del último Trastamara. Prescindimos de los retratos plásticos, balbucientes y quizás inspirados, más que en la realidad, en el recuerdo, y trazados bajo la sugestión de la mitología egregia: tal, el más conocido, del códice de Stuttgart, publicado en la relación del viaje de Jorge Ehigen, inserto en el libro de Fabié y después reproducido innumerables veces.

Muchos más valores tienen las descripciones literarias, y sobre todo la de la Crónica de Enrique del Castillo y su variante de la biblioteca de El Escorial que publicó: Rodríguez Villa. Enrique del Castillo, contemporáneo del rey y su capellán y cronista, nos dejó una admirable silueta de su señor, de la que un ilustre compañero nuestro escribió, con razón, que partiendo de ella “podría hacerse un acabado estudio fisiológico, psicológico y hasta clínico de aquel monarca”. Los datos que proporciona el otro gran cronista del reinado, Alonso de Palencia, no difieren en lo fundamental de los de Enrique del castillo, ni tampoco los detalles sueltos que, al pasar, apuntan los viajeros que visitaron la corte de Trastamar …

Madrid, 28 de marzo de 1947”.

Y finaliza la presente publicación, con la copia literal del acta que se levantó con motivo de la localización de tan histórico enterramiento:

“En el Real Monasterio de la villa de Guadalupe, en la noche del diez y nueve de octubre de mil novecientos cuarenta y seis, y previa autorización del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y M.R. P. Provincial de la seráfica Provincia de Andalucía, los Académicos de la Historia, Excmo. Srs. Don Manuel Gómez Moreno y D. Gregorio Marañón Posadillo y el Correspondiente en Cáceres D. Miguel Orti Belmonte, y en presencia del M.R. P. Provincial, Fr. Francisco S. Zuloaga, PP. Julio Elorza, Claudio López, Arcángel Barrado y Enrique Escribano, se personaron todos en la Iglesia de Nuestra Señora para abrir los sepulcros donde se encuentran los restos de la Reina doña María de Aragón y enrique IV de Castilla.

Quitada la tabla medio-relieve que se encuentra debajo del cuadro de la Anunciación, en el lado del Evangelio del altar mayor, quedó al descubierto una galería, con bóveda de medio cañón y arco apuntado, donde había dos cajas de madera, lisas, del siglo XVII. En una de ellas se encontraban los restos momificados, pero muy destruidos, de la Reina Doña María, envueltos en un sudario de lino, cuya momia no ofrecía materia de estudio. En la otra caja, los restos de Enrique IV, envueltos en un damasco brocado del siglo XV, sudario de lino, restos de ropa de terciopelo, calzas y borceguíes. Se procedió a la medición antropológica de la momia y examen de las telas, retirando un trozo pequeño de damasco para su estudio, el cual pasará al Museo de telas y bordados del Real Monasterio.

Terminados de tomar los datos necesarios para la redacción del informe a la Real Academia de la Historia, se procedió otra vez al cierre de la galería, colocando la tabla medio-relieve del retablo y firmando este Acta los Padres franciscanos y los miembros de la Comisión y testigos, cuyas firmas aparecen a continuación.

De todo cual, yo como Secretario, certifico en Guadalupe, fecha ut supra.- Fr. Francisco S. Zuloaga Fumin, Prior.- Fr. Julio Elorza.- Fr. Claudio López, párroco.- Arcángel Barrado.- G. Marañón.- M. Gómez Moreno.- Reynaldo do Santos.- A. F. Araoz.- R. Calparsoro.- Philip Bonsal.- Sebastián Miranda.- Gerardo Hernández.- Miguel Muñoz de San Pedro.- Miquel Orti Belmonte, secretario”.

Pero tanto la momia de la Reina de Aragón, Doña María, así como la de su hijo D. Enrique, se habían estudiado, no tan detalladamente, con anterioridad.

En los inicios del siglo XX, cuando ya no vivían allí los jerónimos y los franciscanos aún no habían llegado, observando el párroco de Guadalupe D. Antonio de la Paz Gutiérrez, que un mas que desagradable olor procedía de detrás del retablo, causado muy posiblemente por la muerte de algún gato, de los muchos que por allí pululaban, solicitó que algunos parroquianos descendieran hasta aquella zona y retiraran al causante de tan nauseabundo aroma.

De esta manera y sirviendo como improvisado guía, el por entonces sacristán del templo Pedro Rivas Gonzalo, seguido de varios decidios hombres de la localidad, no sin cierta dificultad, llegaron hasta la parte trasera del magnífico retablo. Encontrándose con una puerta cerrada, por la que una vez abierta accedieron a una pequeña estancia donde vieron dos grandes cajas de madera, cuidadosamente cerradas, y al destaparlas pudieron descubrir asombrados, las momias de los reyes.

Descripción literal de algunos de lo testigos:

“Se encontraron las momias en perfecto estado de conservación, solamente la reina tenía algo desmoronada la nariz; la momia del rey representa a un hombre de gran estatura y recia complexión, se haya vestido de todas sus armas y sendas botas de montar en los pies. Se hallaban cubiertos ambos cadáveres con una tela de seda, sencillamente festoneada con labores de hilillo de oro, ya bastante ajeada; y, debajo del brazo izquierdo da cada una de las momias, las células realizadas por el Padre Prior Fray Juan de la Serena, el 19 de julio de 1618, detallando su identidad y cuando fueron trasladadas”.

Cuando el 8 de noviembre de 1908, los franciscanos tomaron posesión de este Monasterio, aún se conserva el recuerdo del hallazgo de las momias, lo que facilitó a que no pocos visitantes pudiesen acceder fácilmente hasta allí y contemplar los cuerpos e incluso tratar de extraer pedazos de los mismos, lo que obligó a los frailes a cerrar el acceso al lugar, llegando con el paso del tiempo a olvidarse de lo que allí se guardaba.

Según distintas fuentes documentales, mencionadas momias reales habían sido trasladadas hasta aquel lugar el 19 de julio de 1618, y colocadas en este lugar con bóveda que desde muy antiguo sirvió de paso al camarín y el trono de la Virgen de Guadalupe, espacio labrado dentro del muro que forma parte del ábside.

Con anterioridad, es decir el 28 de julio de 1616, se habían realizado los preparativos para la construcción de un retablo, así como toda una serie de remates de los que inexplicablemente carecían tan reales enterramientos. Los maestros de cantería contratados eran: Bartolomé de Abril y Joan Baptista de Semeria, vecinos de Valencia del Cid, residentes en Toledo, interviniendo como es lógico en el contrato de dichas obras, el maestro mayor de la corona Joan Gonzáles de Mora, además del propio prior del Monasterio Fray Bernabé de Loxa.

Finaliza el contrato de la siguiente manera:

“20.- La qual dicha obra empecaremos luego que se rrattiique esta dicha escriptura por el dicho convento, y no alcaremos mano della y la tendremos acabada dentro de vintidos meses primeros siguientes que corran desde el dia que se nos notificare la dicha rratificación; esto por precio y quantia que nos den y paguen ocho mil y quinientos ducados, que suman e balen tres quentos y ciento y ochenta y siete mil quinientos mavs; los quales, nos an de pagar en esta manera. …. …. …. “.

(La mencionada escritura está realizada en diez hojas de papel que miden 305 por 210 mms.).

Pero lo atractivo y desconocido de todo este tema para la gran mayoría, nos obliga a profundizar aún mas en la presente historia y recordar que los monarcas D. Juan II de Castilla y su esposa la reina Doña María de Aragón, acompañados por su hijo el príncipe D. Enrique, que con el paso del tiempo se convertiría en el IV, visitaron el Monasterio de Guadalupe en el año 1435, permaneciendo en aquel extraordinario lugar bastantes días, como si de un retiro espiritual se tratase. De esta sencilla manera conocieron y se familiarizaron con el Priorque hacía el número cinco de orden del mismo, Fray Pedro de Valladolid, conocido popularmente como “Padre Cabañuelas”. Siendo tanta la admiración que sintió la reina por el religioso jerónimo, que pidió que en el momento de su óbito, sus restos fuesen sepultados cerca de los de aquel más que bondadoso hombre de Dios, quién fallecería en el año 1441.

No olvidemos que los jerónimos permanecieron administrando el Monasterio desde el año 1389 hasta su expulsión de 1835.

En el año 1445 siendo el séptimo Prior, Fray Juan de Zamora, fallecía la Reina, siendo enterrada en el Monasterio de Guadalupe, tal y como en su día manifestó.

Enrique IV, fallecería en 1474, siendo enterrado inicialmente en el Monasterio del Paso, que cinco años después se convertiría en San Lorenzo del Escorial.

Hasta bien entrado el año 1518 no pudieron estar juntos los restos mortales de la Reina y de sus hijo, y cerca de los del admirado “Padre Cabañuelas”, tal y como disponían los oportunos documentos, todo ello como consecuencia de las profundas reformas que se realizaron en Guadalupe, en los años inmediatamente siguientes a estos reales fallecimientos.

Vendría posteriormente el periodo de gobierno de los Reyes Católicos, los cuales visitaron el Monasterio que aquí nos ocupa, en la siguientes fechas: 13 de septiembre de 1475; 2 de mayo de 1477; enero de 1479 y en octubre de 1482, enriqueciendo en todos los aspectos el patrimonio de dicho lugar, además de despertar en tales regios visitantes una profunda devoción hacia la Virgen de Guadalupe, que manifestaron y defendieron a lo largo de toda su vida. Gracias a lo cual se llevaría dicha advocación hasta las tierras descubiertas de América.

C) En el año 1955 publicó D. Miguel Ángel, la obra titulada: “Cáceres bajo la Reina Católica y su Camarero Sancho Paredes Golfín”. Donde se hace un detallado estudio de Isabel La Católica, pero sobre todo de su protegido Sancho Paredes (1467-1546), y su familia. Tercera emoción histórica vivida por nuestro protagonista aquí en Cáceres.

Trabajo que ha sido consultado numerosas veces por los promotores de la beatificación de la Reina Isabel, como consecuencia de su amplio e interesante contenido, con documentos hasta aquel momento inéditos, y datos desconocidos para la gran mayoría de los historiadores e investigadores.

Dicho estudio está centrado sobre la familia Golfín, identificada popularmente como Golfines de Abajo, junto a la plaza de Santa María, actualmente junto al Palacio de la Excma. Diputación Provincial, que hasta el siglo XIX era el Convento de Santa María de Jesús, de las religiosas jerónimas.

No debemos olvidar, que dicho cacerense siendo enterrado inicialmente en el Convento de Santa María de Jesús, como el resto de sus familiares, cuando la Desamortización de Mendizábal (siglo XIX), fueron sacados sus restos mortales y depositados en un pequeño arcón, siendo ubicados en diferentes lugares tanto en Cáceres como en Madrid, esperando recibir el descanso eterno y definitivo. Tantos traslados llegaron a sufrir, que en determinados momentos llegaron a estar verdaderamente perdidos o al menos olvidados de sus propios cuidadores y descendientes, hasta que se inician las oportunas investigaciones por varios interesados en el tema.

Las fuentes que habitualmente consultaba nuestro protagonista eran las siguientes:

  • El Fuero de Cáceres.
  • Memorial de Ulloa (D. Pedro Ulloa Golfín 1627-1679).
  • Archivo del Conde de Canilleros y del Marquesado de Ovando.
  • Archivo de la familia Golfín.
  • Archivo Municipal de Cáceres.
  • Documentación facilitada por D. Daniel Berjano Escobar (1853-19318).
  • Archivo de D. Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970).
  • Documentación facilitada por D. Gabriel Llabrés Quintana (1858-1928).
  • Archivo y notas de D. Simón Benito Boxoyo (1739-1807).
  • Notas de D. Claudio Constanzo Aparicio (1774-1835).

Con relación a este extraordinario personaje histórico, el Sr. Orti Belmonte apunta lo siguiente:

“Sancho Paredes era hijo de Alonso Golfín, Señor de Torrearias y de casa Corchada, Regidor del Concejo de Cáceres y de doña Mencia de Tapia, dama trujillana, hija de Sancho Paredes y hermana por tanto del afamado Sansón Extremeño, Diego García de Paredes.

Siendo muy joven, vinieron los Reyes Católicos a Cáceres en 1477 y 1479 para apaciguar a los dos bandos existentes y ordenar definitivamente el gobierno de la villa, observando los monarcas la fidelidad mostrada por Alonso Golfín se instalaron en dicho palacio de los Golfines de Abajo, conociendo así al joven Sancho.

Pasando inmediatamente bajo la protección de los monarcas, en el año 1479 fue incorporado como miembro de la guardia personal de los monarcas; en el año 1498 era nombrado camarero Mayor de la Reina, cargo que también desempeñó con el infante primero y posteriormente monarca D. Fernando, así hasta su muerte. En el año 1504 recibió gran cantidad de recompensas y reconocimientos por sus servicios prestados a la corona. Fue Regidor perpetuo de Cáceres. El infante le había concedido previamente la colocación de siete cañones de guerra para que los colocase en dicha casa, por real cédula firmada de S.A., cuyo documento original se conservaba en el archivo de sus descendientes, además de todos los libros de recibo y pago de la cámara real, títulos de consejero, de tenencias de varias fortalezas con vasallaje, y demás.

Real Cédula:

El Infante. Sancho paredes, mi camarero. Yo os mando, que dos tiros de pólvora de hierro, que quedaron en Madrid, y otros cinco que están en el Colegio de Valladolid, de metal, que son de vuestro cargo, que los toméis para vos, por cuanto yo os hago merced de ellos, para que los tengáis para vuestra casa; y mando que por esta mi cédula vos sean recibidos y pasados en cuenta: fecho: El Infante.

Se casó con doña Isabel Coello, dama de la reina, teniendo un total de dieciocho hijos (11 varones y 7 hembras), siendo aquellos debidamente empleados en la Corte como: pajes y camareros, y damas de compañía las hembras, menos las tres que decidieron ingresar en el Convento de Santa maría de Jesús. Destacando en servicios tan nobles, los hijos: Alfón Golfín, Francisco de Paredes Golfín, Martín Coello, Juan de Ulloa, Hernán García de Ulloa y Martín de Paredes.

Después de incansables horas y días de estudios en los principales archivos familiares de Cáceres, así como en bases heráldicas y en especial en el archivo de la familia Golfín, pudo localizar restos óseos, además de interesante documentación referida a Sancho Paredes Golfín, que fueron debidamente colocados en lugares seguros para general conocimiento de futuras generaciones.

“… el frente de los sepulcros de Alonso Golfín y de Sancho Paredes, que se encontraban en el Convento de Santa María de Jesús, fueron trasladados en los años cincuenta del siglo XX, al patio principal del palacio de los Golfines de Abajo, además de los escudos de Tapia, Sánchez, Blasco, Ximeno y Agüero, así como la inscripción que había junto a ellos en dicho cenobio, y que dice:

AQUÍ ESPERAN LOS GOLFINES EL DIA DEL JUICIO.

A principios de la década de los años sesenta del siglo XX, fruto también del trabajo realizado por D. Miguel Ángel y con el total respaldo de D. Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, entre otros nobles e historiadores cacerenses, además de autoridades religiosas y civiles, fueron trasladados los restos de D. Sancho Paredes Golfín a la capilla de San Miguel en la S. I. Concatedral de Santa María, donde queda perpetuada una lápida con la siguiente inscripción:

AQUÍ ESPERA EL
JUICIO DE DIOS
SANCHO DE PAREDES
GOLFIN CAMARERO
DE LA REINA DOÑA
ISABEL LA CATOLICA

AÑO DE 1545

“Bajo la inteligente dirección de Sancho Paredes se le realizaron a su casa palacio infinidad de arreglos y mejoras, destacando la fachada principal plateresca que en la actualidad se puede contemplar, siendo contratado para ello Pedro de Ibarra, así como la denominada sala de los linajes donde aún en la actualidad se conservan los distintos escudos de armas de las familias que fueron entroncando con los Golfines, y los distintos artesonados del edificio. Así como la incorporación de determinadas casuchas de los alrededores, para engrandecer el edificio principal.

Además de las propias visitas de nuestros monarcas, y del servicio que prestaron los hijos de Sancho Paredes, mantienen los historiadores que durante años existió una amplia correspondencia entre ambas partes, escritos y documentos que deben conservarse en el Archivo de los descendientes de Sancho Paredes Golfín, aquí en Cáceres.

Queriendo inmortalizar, el vínculo de amistad existente entre los monarcas y su familia, colocó en la fachada principal la inscripción: FER DE FER, que algunos han querido interpretar: Fernando su nieto, a Fernando el monarca.

La generosa reina concedió a doña Isabel Coello el portazgo de Cáceres y su tierra, por vía de dote, cuando casó con el Camarero, y para sus herederos y sucesores, por privilegio el 24 de octubre de 1484, que estaba confirmado hasta por Felipe IV en 19 de diciembre de 1639.

Tanta importancia alcanzó dicho noble, que se convirtió en uno de los testigos que signaron el testamento de la Reina Católica en 1504.

Dotó el camarero Sancho de paredes una memoria de misas por los reyes Católicos, en la capilla mayor del convento de religiosas con la advocación de Santa María de Jesús, de esta villa, en que, con sus padres y otros de su familia, estaban sepultados en propios sepulcros, habiendo fabricado su padre Alonso Golfín u Holguín, la referida capilla, como consta en su bendición, por testimonio de notario, celebrada por el Ilustrísimo Señor D. Francisco de León, Obispo de Fez, en 14 de julio de 1498, tal y como se guarda en el mencionado archivo familiar … … … …”.

Sorprende como a lo largo de todo el presente estudio que realiza D. Miguel A. Orti Belmonte, referido a Sancho Paredes Golfín (1467-1546), va apuntando el magnífico archivo familiar que posee dicha familia en su palacio de los Golfines de Abajo, documentación que evidentemente trata una amplia época de la historia de la propia ciudad de Cáceres. Así sus investigaciones sobre el camarero de los Reyes Católicos, resulta relativamente fácil por la fuente prácticamente inagotable que allí existe al respecto.

Lo que en aquel momento desgraciadamente desconocía nuestro autor, es que casi dos décadas después de la aparición del presente estudio histórico, mencionado archivo familiar saldría casi en secreto, de la ciudad de Cáceres, para siempre. Tal y como desgraciadamente ha ocurrido poco a poco con otros archivos y bibliotecas que durante siglos aquí estaban acomodadas.

Tal y como ya hemos señalado anteriormente, lo hasta aquí apuntado no es mas que una insignificante muestra de la amplia y variada obra de investigación que realizó D. Miguel A. Orti Belmonte a lo largo de su enriquecedora vida. Se da el dato curioso de que ni sus propios descendientes saben a ciencia cierta la totalidad de trabajos que pudo realizar, es muy posible que se acerquen al centenar, llegando a la mitad los referidos a Cáceres y provincia, los más conocidos o al menos los publicados están relacionados al final del presente estudio.

En honor a la verdad, y en una obra de estas características no podía pasar por alto el valor que nuestro autor concedía a la amistad, junto con la familia eran dos de los pilares fundamentales del ser humano, según sus propias palabras. Durante su permanencia en Cáceres, hizo muy buenos amigos, con la mayoría de los cuales continuó tratándose una vez establecido definitivamente en Córdoba, muchos de los cuales compartían con nuestro protagonista un elevado número de inquietudes investigadoras. Por cuestiones de limitaciones de espacio y tiempo, nos vamos a limitar a relacionar las amistades más conocidas que mantuvo:

  • D. Tomás Martín Gil (1891-1947).
  • D. Juan Sanguino Michel (1859-1921).
  • D. Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros (1899-1972).
  • D. Ciriaco Ismael del Pan Fernández (1889-1968).
  • D. Gabriel Llabrés Quintana (1858-1929).
  • D. Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970).
  • D. Antonio C. Floriano Cumbreño (1892-1979). Etc.

Con unos intercambio conocimientos, con otros mantuvo provechosa correspondencia y con una gran cantidad pudo participar de enriquecedoras tertulias, de moda en tiempos pasados. Todo un privilegio.

Cualquier persona interesada en el estudio de este personaje ilustre cacerense, podrá adquirir en los próximos meses la obra titulada: “Un cacerense venido de Córdoba”, donde recordamos ampliamente una veintena de sus trabajos mas relevantes de investigación relacionados con Cáceres y sus gentes.

Ojalá que todos estos trabajos sirvan para recordar a tan entrañable y equilibrada persona, así como concienciar a quienes corresponda y rendirle un justo y público homenaje.

APROXIMACIÓN A LA BIBLIOGRAFÍA DE D. MIQUEL A. ORTI BELMONTE.- (Artículos y publicaciones).

  • Testamento de Ambrosio de Morales al profesar en el Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso (1914).
  • Oposición del Cabildo Municipal de Córdoba a la construcción del crucero en la Mezquita (1914).
  • El Fuero de Córdoba (1915).
  • El Fuero de las cabalgadas (1915).
  • Historia del Gran Capitán, escrita en el siglo XVII por el Padre Alfonso García de Morales S. J. Granada (1916).
  • Nuevas notas al Fuero de Córdoba. Madrid (1917).
  • La sillería del Coro de la Catedral de Córdoba. Madrid (1919).
  • Catálogo de la exposición Eucaristía de la Diócesis de Coria en 1921. Cáceres (1922).
  • El tesoro fenicio de Aliseda (conferencia). Córdoba (1924).
  • Córdoba durante la Guerra de la Independencia 1808-1813. Córdoba (1930).
  • Extremadura artística e industrial (1931).
  • Los Ovando y Solís de Cáceres. Badajoz (1932).
  • La bandera española. Cáceres (1936).
  • Traje típico de la provincia de Cáceres (1936).
  • Memoria de los Museos Arqueológicos Provinciales. Volumen V. (1944).
  • El culto mariano en Cáceres y la Virgen de la Montaña. Cáceres (1946).
  • Recensión de la Biografía de Diego García de Paredes, por D. Miguel Muñoz de San Pedro.
  • Guadalupe en la historia (1947).
  • Las reconquistas de Cáceres y su Fuero latino anotado. Badajoz (1947).
  • Juan de Vega. Embajador de Carlos V en Roma, por el Marqués de la Vega (1947).
  • Una hija de Hernán Cortés, Leonor Cortés de Moctezuma (1947).
  • La muerte de D. Tomás Martín Gil (1947).
  • La Asunción y Mediación de María en el arte y la literatura regional (Trabajo premiado).
  • Fundaciones Benéficas Provinciales antes de 1850 (Investigación Histórica). Cáceres (1949).
  • La vida en Cáceres en los siglos XIII y XVI al XVIII. Cáceres (1949).
  • Historia del culto y del Santuario de la Virgen de la Montaña. Patrona de Cáceres. (dos tomos). 1949.
  • Prelados de Coria en la Corte Pontificia (1950).
  • Ofrendas y costumbres en los entierros cacereños (1950).
  • El Cáceres que vio la Reina Isabel. En revista Alcántara nº 44 (1951).
  • Monográfico de la Casa de las Veletas. Cáceres (1951).
  • Guía Artística de Cáceres y su provincia (1954).
  • Glosas a la legislación sobre los judíos en las Partidas (1955).
  • Biografía de Gonzalo de Ayora, creador de la infantería española (1956).
  • Biografía de D. Ángel de Saavedra Ramírez de Baquedano. Duque de Rivas (1958).
  • Informe sobre el pendón y el escudo de armas de Córdoba (1958).
  • Episcopologio Cauriense. Cáceres (1959).
  • Metodología de la Historia.
  • Los Golfines y Sancho de Paredes Golfín, el Camarero de la Reina Católico y su palacio.
  • Historia de D. Álvaro de Sande, por Hugo Foglietta (1962),
  • Exhumación de la momia de Enrique IV. Guadalupe.
  • Breve biografía de Osío, Obispo de Córdoba.
  • Córdoba Romana y Séneca, estilista de genio y originalidad deslumbrante.
  • La ciudad de Córdoba en tiempos de Juan de Mena.
  • Aportación a la vida y obras de Juan de Mena y su época.
  • Biografía de D. Lope de Hoces y Córdoba. Almirante del Océano y Capitán General (1961).
  • El irlandés Conde de O’Reylly, Teniente General de los ejercicios españoles de Carlos III y Carlos IV.
  • Nuevos datos para la biografía de D. Vicente de los Ríos.
  • Nuevas notas al Fuero de Córdoba, reedición de 1917 (1966).
  • San Eulogio. Glosas a la legislación sobre los judíos en las partidas.
  • Córdoba monumental, artística e histórica. La ciudad antigua. Iglesias y Conventos.
  • La Catedral antigua. Mezquita y Santuarios Cordobeses.
  • El apellido Orti en la historia y la cultura (1971).
  • Visión cacereña (Diario Córdoba). 1971.
  • Valor educativo de la enseñanza de la historia. (Diario Córdoba).
  • Historia del municipio de Córdoba. Tomo IV. Desde la reconquista hasta la casa de Borbón.
    Este último trabajo fue entregado en la década de los años setenta al Ayuntamiento de Córdoba para su publicación y no se ha sabido nada de él.