Oct 011980
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Empecemos por recordar que nuestro gran Santo Extremeño nació en Alcántara, siendo sus padres D. Pedro Garavito, célebre jurisconsulto graduado en la Universidad de Salamanca, y doña María Villela de Sanabria y Maldonado, ambos pertenecientes a muy nobles y distinguidas familias españolas.

Contraído el matrimonio, la gran esperanza e ilusión de  los consortes era la de tener pronto descendencia; pero Dios no acababa de concedérsela; motivo por el cual, y siendo muy piadosos, redoblaron sus oraciones, limosnas y otras buenas obras para conseguirla más eficazmente, si ello entraba en los planes del Señor.

Así es como, por fin, terminaron de ser escuchados por el Altísimo, que les concedió un hermoso, niño, al que bautizaron con el nombre de Alonso, oportunamente cambiado por el Pedro de Alcántara al ingresar en la Orden Seráfica.

Este tan ardientemente deseado hijo fue, en consecuencia, fruto de preces y otros actos religiosos paternos, a semejanza de como se obtuvo el nacimiento del profeta Samuel, el de San Gregorio Nacianceno y el de otras personas santas; que quizás por ello las empezó Dios enseguida a enriquecer con especiales bendiciones de lo alto, según se vio en el hecho de que apenas nacido el santo alcantarino, se le abrieron sus labios para pronunciar los dulcísimos nombres de Jesús y María.

Tuvo su madre buen cuidado de educarlo en la piedad y por esto el tierno infante llegó tan pronto a saber rezar el Santo Rosario, y con tanto fervor y recogimiento, que cierto día a sus cuatro años de edad, se hizo digno ya de que se le apareciera la Santísima Virgen María acompañada y rodeada de numerosos ángeles y revestida de gran gloria y majestad.

Por entonces se le inició en los estudios propios de la enseñanza primaria y más tarde en los de retórica y filosofía, que realizó también en su ciudad natal, pasando, por último, a eso de sus trece abriles, a la muy floreciente Universidad salmantina, en la que cursó, entre otras cosas, Derecho civil y canónico.

Siempre y en todas partes era ejemplarísimo el comportamiento de nuestro Santo. Por esto, cuando sus compañeros hablaban de algo reprensible o cometían algunas faltas y le veían venir, exclamaban: «Portémonos bien, porque se nos acerca el de Alcántara».

Su vocación

El tiempo transcurría, y la Divina Providencia hizo comprender al Santo que su vocación cierta no era la de que se dedicara a desempeñar cargos en el mundo o Sociedad Civil, sino en que se hiciera Religioso, ingresando en la Orden de San Francisco de Asís; idea y propósito que la Virgen Santísima tuvo la dignación de confirmárselo, ya que se le volvió a aparecer de nuevo en esta otra oportunidad para garantizarle que esa era la voluntad de Dios y que, si la seguía, contara con su poderosísimo amparo y asistencia.

No tardó él en cumplir la inspiración celestial, porque muy en breve se lo vio ingresar en el Convento Franciscano de  los Majarretes, sito a una legua de Valencia de Alcántara.

Allí, como en todas partes, descolló San Pedro con más razón si cabe, en la práctica de todas las virtudes cristianas, esforzándose también en cumplir lo mejor posible las Reglas de la Orden Seráfica. Prefería los quehaceres más sacrificados y humildes como fregar platos, efectuar la limpieza, cuidar a los enfermos, prepararles y servirles los alimentos, etc, etc; realizándolo todo con tanto cuidado, diligencia, caridad e intenciones sobrenaturales de servir y amar a Dios en sus prójimos, que para premiar el Cielo su conducta tornó a aparecérsele María Santísima, a fin de ayudarle en aludidos trabajos y ocupaciones.

Compréndase cómo pocos edificios  del Patrimonio Histórico de Extremadura superan en importancia al Convento de los Majarretes por haber habitado en él tan gran Santo y haber ocurrido en el mismo algunos hechos portentosos, que en muy contados monumentos antiguos los hubo semejantes. Urge, por tanto, restaurar a fondo y plenamente este Convento, como ya, se hizo con el de El Palancar, antes de que se convierta en ruinas o se lo utilice para menesteres profanos tal vez muy ofensivos para Dios y San Pedro, pues es sabido que ya alguna parte de él se la ha convertido en mesón, lo cual es inconsciente profanación que clama al Cielo… Además fue aquí, insistimos, donde tomó y desde donde empezó el Patrón de Extremadura a ser conocido con el nombre de Pedro de Alcántara.

Ingresó el Santo en el Convento de los Majarretes el año 1915, cuando contaba dieciséis años de edad, y permaneció unos dos años en él, puesto que en 1517 lo trasladaron al Convento de Belvís.

Intensa actividad apostólica

Tras de haber residido por algún tiempo San Pedro en Belvís, visitó luego, regentó y hasta fundó varios otros Conventos, teniendo que soportar grandes trabajos.

Su vida desde entonces fue desenvolviéndose en numerosas atenciones y hechos extraordinarios, porque era admirable en cuanto a su apostolado misionero; sus éxtasis maravillosos; sus rigurosísimas penitencias; su muy elevado espíritu de oración; sus bien desempeñadas prelaturas; su reforma de la Orden Franciscana, cuya rama de los Frailes Alcantarinos tuvo santos de tanta talla como el aragonés San Pascual Bailón y los italianos San Juan José de la Cruz y San Leonardo de Puerto Mauricio, a quien San Ligorio calificaba como «el gran misionero de su siglo»; sus  inspirados consejos, cartas y otros escritos, ya que escribió un Tratado de Oración y Meditación, que más tarde se lo tradujo a varios idiomas; y sus estrechas relaciones con distinguidas, altísimas y santas personalidades de su época; reportando de todo ello mucha gloria para Dios y gran servicio en pro de la salvación y santificación de las almas.

Es imposible detenernos ahora a ofrecer pormenores sobre todas y cada una de estas distintas facetas de la vida del Santo.

Sólo vamos a ceñirnos a resaltar un matiz quizás poco estudiado. Es el que se refiere a la especial devoción que él profesó al Misterio de la Encarnación por su fe enorme y consumada en la Divinidad de Jesucristo, pues así sabremos  la práctica fácil que enseñó como cual pararrayo contra todos nuestros males.

Comencemos por decir que los más frecuentes arrobamientos extáticos se los concedía el Señor cuando meditaba, o de alguna manera se hacía alusión en su presencia, al infinito portento de haberse Dios hecho hombre.

Porque entonces, muy agradecido ante tan gran dignación divina y lleno de acusadísima admiración y seráfico amor, solía prorrumpir en frases como las de: «¿que Dios encarnó?» «¿que Dios se hizo hombre?» «que tomó Dios carne humana?»; viéndosele inmediatamente sumergido en profundos éxtasis y raptos, en los que su cuerpo se elevaba sobre la tierra y alcanzaba a veces alturas rayanas con las nubes del cielo, si ello le acontecía fuera del Convento.

Su total Antiarrianismo

Obsérvese como su antiarrinismo, o indubitable fe en el dogma de la Divinidad del Salvador, era de primerísima magnitud, ya que tanto se la recompensaba el Altísimo.

Posiblemente a esta su gran fe en la Divinidad del Verbo Divino se debieran en su raíz casi todas las prerrogativas y privilegios que le otorgó el Señor, puesto que es lógico deducir que de esa inmensa ternura que de él se apoderaba al considerar aludido Misterio, brotasen: sus incontenibles ímpetus fervorosos para mortificarse en grande como él se mortificó y para sobresalir en todas las demás virtudes y buenas obras como él sobresalió.

No sería el primer Santo que casi todo su bien espiritual se lo debiera a su Antiarrianismo o firmísima fe en la Divinidad de Jesucristo, pues acordémonos con gran fundamento bíblico cómo casi todas las grandezas de San Pedro Apóstol estribaron inicial y principalmente en haberse destacado él en creer, afirmar y confesar antes que  los demás Apóstoles que Jesucristo era Dios, el Mesías verdadero o el preanunciado «Dios con nosotros» (Nt., 16, 13-19; Isa., 7, 14); intrepidez ésta que después movió al Altísimo a distinguirlo o a confesarlo a él de manera muy singular entre los otros discípulos suyos y hombres todos de este mundo, prometiéndole y haciéndolo oportunamente Primer Papa de los habidos en la Iglesia única y verdadera. La lección de ambos Pedros, el de Alcántara y el Príncipe de los Apóstoles, debe, por tanto, hacernos caer en la cuenta de algo sumamente importante y poco meditado, como es lo de procurarnos asimismo nosotros, todo bien espiritual y eterno, a base de la más entera fe, afirmación, agradecimiento, apostolado y enseñanza de que Cristo, que está por encima de todas las cosas, es Dios bendito por los siglos (Rom., 9, 5), como valientemente lo declaró el también otro Príncipe de los Apóstoles San Pablo.

Fuera, pues, arrianismos antiguos y modernos como el de los Testigos de Jehová y el de otros sectarios y herejes de cualquier tiempo; los cuales, por oponerse a la verdadera fe en materia grave, hunden sus almas y las de sus seguidores en el infierno, porque «el que no cree será condenado» (Mc., AVI, 16; Mt., 23, 15), siendo, por ello, origen de todo mal la negación de la Divinidad del Redentor, como por el contrario, es principio de todo bien confesar que el Mesías es, junto con el Padre y el Espíritu Santo, el único Dios verdadero.

Enseñanzas específicas

Dícese que San Pedro de Alcántara llegó a saberse de memoria toda la Santa Biblia. De aquí que, de acuerdo con su gran devoción al Misterio de haberse Dios hecho hombre  sin dejar de ser Dios, recordase a menudo frases probativas de la divinidad de Jesucristo como las de: «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» (Jn., I. l); «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn., 10, 30); «Todo cuanto tiene el Padre es mío» (Jn., 16, 14); «Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn., 17, 5); «Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn., 20, 28); «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, en tanto que pongo a tus enemigos por escabel de tus pies» (Sal., 109, l); «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie, a la diestra de Dios» (Hech., 7, 56); «El cual, subsistiendo en la forma de Dios, no tuvo por usurpación considerarse igual a Dios» (Flp., 2, 6); «Todo fue creado por El y para El. El es antes que todo, y todo subsiste en El» (Col., 1, 16-17); «Sabemos que vino el Hijo de Dios; y que nos dio entendimiento para que conozcamos al verdadero Dios, y estemos en su verdadero Hijo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (l Jn., 5, 20); «Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo alguna vez: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»? Y luego: «Yo para él seré Padre, y él para mí será Hijo». Y cuando de nuevo introduce a su Primogénito en el mundo dice: «Adórenle todos los ángeles de Dios» (Heb., 1, 5-6). «¿Quién es el embustero, sino el que niega que Jesús sea el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre» (l Jn., 2, 22-23). «Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiesa a Jesús como Cristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que rompe  la unidad de Jesús, no es de Dios, es del anticristo» (l Jn., 4, 2-3). «Os escribo esto a propósito de los que pretenden extraviaros» (l Jn., 2, 26). «Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá, y cuantos le traspasaron;… Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso… No temas, Yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Apoc., l, 7-l8).

Muy en consonancia con lo que estamos citando, exhortó una vez el Santo a sus Religiosos, diciéndoles: «Cuando oigáis leer o leáis los Evangelios santos, juntad las manos ante el pecho y atended con suma reverencia y devoción, porque en ellos está escrito el soberano Misterio de que Dios tomó nuestra carne y se hizo hombre por amor de los hombres».

Aseveración o promesa singular

En cierta ocasión, dos de sus frailes experimentaron realmente lo beneficioso que es honrar, según esto nos sea posible, referido Misterio de la Encarnación. Pues, habiendo salido aquellos desde el Convento de Arenas al del Rosario, que distaba unos diecisiete kilómetros, a las márgenes del río Tiétar, se vieron sorprendidos en el camino por una horrorosa tempestad. Temían los religiosos de Arenas por la vida de los dos caminantes, pero San Pedro de Alcántara los tranquilizó, diciéndoles: «No tengáis pena, que Fray Miguel lleva buen reparo, y con él su compañero. Ahora van diciendo el Evangelio de San Juan: «In principio erat Verbum», y donde con devoción se pronuncian o se oyen tan misteriosas palabras, no puede haber daño ni riesgo alguno». Y así lo comprobaron todos más tarde, ya que se enteraron de que no les había tocado ni una sola gota de la lluvia que arrojó la tempestad. Sin duda que habían aprovechado las lecciones del Santo en cuanto a honrar, invocar y amar a Jesucristo en atención a que es Dios y hombre verdadero, haciendo sobre todo hincapié en su Divinidad, mediante  la que es el Todopoderoso.

Ahora bien, ¿no es esto digno de nuestra mayor consideración? Fijémonos que las palabras del Santo fueron categóricas: «No puede haber riesgo ni daño alguno» donde con devoción se pronuncien u oigan palabras que se refieran a que el Verbo, que existía desde siempre, es decir, Dios, o más concretamente la Segunda Persona de la Trinidad Divina, se encarnó, haciéndose hombre, siendo, por tanto, Jesucristo no sólo hombre, sino Dios y Hombre Verdadero, que nació de la siempre Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Y, como prueba a posteriori, aludió el Santo Alcantarino a la protección que merecieron esos dos religiosos en medio de tan grande como inesperada tormenta, en la que no faltarían truenos y rayos, además de agua copiosa.

¿Cómo pudo él saber la verdad de su rotunda afirmación? ¿No se la revelaría el Señor?.

Poco importa el que no podamos satisfacer esta curiosidad. Lo esencial es fiarnos de las palabras del Santo, estando en lo cierto de que nos hacemos merecedores de aludida protección divina, si hacemos  lo que él indicó como condición necesaria para ello.

Podríamos calificar todo esto de Gran Promesa de San Pedro de Alcántara.

Por otra parte, ¿acaso es arduo atenernos a lo que él señaló para conseguirla?  ¡No!…

Consiguientemente, he aquí la cosa u obra fácil que él enseñó  como remedio de todos los males, ya que ninguno exceptuó, salvo aquellos, se sobreentiende, que, por santos juicios de Dios, conviene que los padezcamos para conseguir un mayor tesoro de gloria eterna.

Seamos, pues, fervientes devotos de la Encarnación del Verbo Divino, proclamando y recordando siempre que sea preciso, la Divinidad de Jesucristo, ora sea de palabra o mediante otros procedimientos.

Así lo vienen haciendo quienes diariamente rezan el Ángelus, aunque muchos no lo hayan advertido; y los que recitan el Santo Rosario.

Así, quienes llevan consigo el libro de los Santos Evangelios, si lo hacen con intención especial o referida primordialmente a agradecer y conmemorar el Misterio de haberse Dios hecho hombre.

Y así también quienes, con apuntada finalidad, porten en sus carteras alguna estampa que contenga las primeras frases del Evangelio de San Juan, para poderlas leer y hacer escuchar en los momentos de apuro cual el de la susodicha tempestad, mediante lo que, cumplidas las  imprescindibles condiciones que se deducen del citado pasaje de la vida del Santo, se obtengan en lo posible, o de acuerdo con la voluntad de Dios, todos esos oportunos auxilios sobrenaturales que el propio San Pedro de Alcántara adoctrinó que vendrían o serían dispensados en cualquier circunstancia adversas, si las almas creyentes y devotas se ajustan a lo que él enseñó