Mar 052014
 

Francisco Fernández Serrano.

A la memoria inolvidable de José Luis Cotallo, de fray Arcángel Barrado, progenitores de estos Coloquios»

 A la distancia de tres meses me piden unos comentarios sobre los Coloquios de Trujillo que en realidad y en titulación exacta son: «Coloquios Históricos religiosos de Extremadura»•

A la distancia de tres meses antes de un nacimiento resulta tentadora la profesión de augur, pronosticando bendiciones triunfos, éxitos rotundos magnificencias; pero el profetismo, antigua y hodierna tentación de irresponsables y de hombres no comprometidos, no mi propia vocación, que sigue y prefiere la otra de humilde cronista, y de historiador  documentado. Por eso de antemano renuncio a la mano espléndida del “agorismo” y relato lo que fueron los orígenes, los proyectos iniciales y aun las primeros atisbos de una cercana promesa que ya empieza  a ser realidad,                 

Los orígenes                                                      

 Habría que colocarlos en Plasencia en el III Congreso de Estudios Extremeños. La magnificencia de una catedral, concebida en las agonías del gótico y en los albores del Renacimiento; la modernidad excitante de un aula de cultura reflejo de una prosperidad y de una mentalidad segunda mitad de; siglo XX, la colaboración generosísima de la primera Institución placentina su Caja de Ahorros, las destacadas personalidades nacionales como el marqués de Lozoya, el profesor García Bellido, y el teólogo Caro Baroja, la superabundancia bien cuidada de  fiestas excursiones y celebraciones; la multitud inagotobale de temas y de lecciones magistrales, dejaron en los asistente un recuerdo  imborrable, porque parecía insuperable. Dentro de ese mismo ambiente, y con idéntico espíritu surgió la idea de estos Coloquios, espaciosos, tranquilos, con tiempo serenidad y lugar para todos los temas, par cualquier comentario, en un ámbito histórico y religioso fundamentalmente. Algo así como si encandilados  pos la grandiosidad renacentista de Plasencia quisiéramos reposar nuestros espíritus, en las dulces soledades de Yuste mansión de reposo para un César, o en las mas escondidas soledades del Palancar, reposo ideal para el otro César del espíritu que fue su contemporáneo Pedro de Alcántara. Temas y personas que no hubieran encontrado su ambiente, su cuadro en la magnificencia placentina, saturada de objetivos, hallarían su lugar adecuado en los Coloquios Histórico-Religiosos de Extremadura, sencillo retoño de aquel magnifico congreso. Ya estaba la semilla.

A estos coloquios vendrían maestro y discípulos como definía el Rey Sabio, a la Universidad; profesores calificados, y  aficionados desconocidos; el estudioso que ha consagrado su vida a problemas generales, y el aprendiz se obstina en descifrar los enigmas, grandes y pequeños de su pueblo, de zona de aquel edificio en ruinas o las transformaciones de una fábrica medieval, que ha evolucionado con los siglos, revistiéndose de líneas y funciones cambiantes con el tiempo.

  

Histórico-religiosos

 Unos Coloquios nacidos para el comentario, para la serena y nunca dogmática exposición

bajo un signo netamente san alcantarino, combinación de sencillez y de eficacia, no podían abarcar toda la inmensa temática de los Estudios Extremeños, desde el. primer día se autolimitaron a dos aspectos: religiosos e históricos. Hay que confesar que en nuestros días en vez de la primavera anunciada solemnemente la vida y aun los estudios religiosos padecen un gravísimo estiaje de ideas, estiaje de orientaciones, estiaje de personas. Razón de más para que nuestros Coloquios pusieran sobre el tapete las actuaciones de  los religiosos en Extremadura a través de los siglos desde los primeros del cristianismo hasta nuestros días en sus variadas y múltiples vertientes. Los religiosos con sus monasterios conventos, colegios y residencias han sido y son,1a plasmación del espíritu de colaboración y de equipo que hoy ayer y siempre son indispensables en todas las acciones serias de la humanidad.                                                 

El “cordia omniaa crecunt” de los latinos, y el “la unión hace la fuerza” tiene su virtualidad hasta en la vida religiosa. No son descubrimientos de nuestros días aunque su formulación admita apariencias muy variadas Por eso mas que los individuos aislados preferimos los estudios de sus marcos, materiales y ambientales, sus conexiones y actividades con pueblos, culturas y sociedad. Tampoco los temas históricos gozan en estos momentos tecnológicos de buena prensa. Tal vez porque la historia tomada en serio, investigación del pasado no alegre lirismo preciosista de tópicos, nos enseña demasiado, quema no pocos ídolos, levanta valores soterrados, y obliga al que la cultiva honestamente un ejercicio continuado de esa  virtud tan poco frecuente que se llama humildad, la cual es andar siempre en la verdad. Porque la historia documentada y seria, como la religiosidad seria y aprobada son valores eternos dependientes de las fluctuaciones de las modas, se quiso matizar a los Coloquios con estos dos calificativos, de históricos y de religiosos.

 

GUADALUPE-TRUJILLO

Dos cotas altísimas de Extremadura, y aun  diríamos que de la Hispanidad y del mundo entero. Dos poblaciones separadas nada mas que por 90 kms. de carretera zigzagueante, y por ocho Ieguas mal contadas en línea recta según calculaban nuestros abuelos, a través de Madroñera, Pedro Gómez, Garciaz, Santa Catalina, Berzocana el descenso del Ruecas, el melonar de los frailes, y Mirabel. En pura teoría Guadalupe centro de nuestra espiritualidad hubiera sido el marco y ambiente ideal para los Coloquios Histórico-religiosos de Extremadura Circunstancias providenciales, superiores a las voluntades humanas mejor empeñadas impusieron la orientación hacia Trujillo, que a sus conquistadores, a sus monumentos, a su abanico de carreteras, a su historia universal podía sumar una espléndida floración de concentos y religiosos: franciscanos de la Observancia y Descalzos, Dominicos, agustinos, mercedarios, y aun cartujos en la antigüedad, y Hermanos de las Escuelas Cristianas y la modernísima Casa de Santiago en nuestros días. A estas razones teóricas se sumaron definitivamente los hombres de Trujillo que desde el primer momento acogieron la

 

Idea de esta celebración en la ciudad de Pizarro con entusiasmo apasionado.

Borraron desde el primer momento y de antemano los Alpes de las dificultades y los dieron por hechos, Y no fue un gesto de fanfarronería juvenil, como lo demuestran los preparativos, las comunicaciones las comunicaciones ya recibidas las inscripciones ya cuajadas con tres meses de anticipo. El Centro de Iniciativas y Turismo de Trujillo, justifica una vez mas su  existencia y gana prestigio para el mismo y para la ciudad, a la que presta un servicio que difícilmente aprecian los hombres superficiales, los críticos profesionales de la ligereza.

EL TEMARIO

Dentro del marco establecido  se vienen perfilando los temas y comunican! en los meses antecedentes al nacimiento de Esta nueva criatura que son los Coloquios de Trujillo.  Más que las  elucubraciones literarias dicen esto ofrecimientos catalogados con tres meses de anticipación, seguro presagio de otros que llegarán en los meses de julio agosto y septiembre:

Benito y Duran.-A. Monjes extremeños de la orden de S.Basilio.

Collado Alonso,G*  Madama Leonor en el monasterio de Yuste.

Cotta y Márquez de Prado.-P. Los zurbaranes de la sacristía guadalupense

Caballeros de la ciudad de Villanueva de la Serena que vistieron el habito de las Ordenes Militares.

 Diaz López, M.-E1 P.Manuel Ibáñez, restaurador del puente de Almaraz.

Dieguez. E.- Los franciscanos de los Manjarretes y de Valencia de Alcántara.

Carrocera.B.- Doce capuchinos extremeños.

Fernández Serrano.F.- un colegio de jesuítas proyectada para Garciaz en vida de S.Ignacio de Loyola. Fr. Alonso García de Losada, obispo de Constantina y párroco de Escurial en el siglo XVII.                                  

Port y Cogull,E.-Claretianos Catalanes en Extremadura.

Galán Barrena.L.-Los Esclavos de María y de los Pobres una instituciónmoderna de Alcuéscar

González Hamos. V.- Prehistoria cacereña del Acies Christi.

Hurtado de San Antonio.R.- Estudio artístico de San Francisco de Cáceres.

Jiménez,Vicente.- Los primeros paules en el seminario de Badajoz.

Maccarinelli.C.-  Note bibliografiche su Arias Montano.

Martín Sarmiento, A.-Los colegios claretianos de Extremadura.

Martín Hernández. F.-Escuela de Mérida y monasterio de Cauliana.

Moral,T.- Premostratenses extremeños.

Moreno Lázaro,J*- Los profesores agustinos del colegio trujillano de Santa Margarita

Muñoz Gallardo, J.A.-Torres y Tapia, villanovense, cronista de la orden de Alcántara.

Hilan Ceferian-J.- Marchas penitenciales al convento del Palancar.

 Sánchez,Antonio M.-La presencia de los Servitas en Plasencia y sus ceremonias.

 Sánchez Loro.D. una reforma de franciscanos en la Extremadura del siglo XV.

 Sánchez Morales.K.-Literatura moderna extranjera sobre Yuste.

Siete Iglesias.H de.-Exclaustraciones y exclaustrados de Gruadalupe.

Sánchez Prieto.H. Un día con los Jerónimos de Guadalupe en el siglo XVl.

Soria Sánchez.V.- Los ermitaños del Salvador y de Yuste. Y Los conventos de Jarandilla.

Tejeda.F. -D.Esteban Gines Ovejero, escritor, formador y. fundador.

Trenado, F.~ Semblanza del P.fr.Arcángel Barrado Manzano.

Veny Ballester.A.-La muerte en Coria del teatino P.Jerónimo Abarrategui.

 

Zamora Lucas.F. Pedro de Gododoy promotor de la imprenta en Burgo de Osma,

 Palomo Iglesias.C.- Notas biográficas del P. Manuel Amado.

Los Coloquios en Trujillo

Por su carácter histroico-religioso, por el matiz sobrio y sencillo que les ha de  carecterizar, los Coloquios no vienen a interferir ni violenta ni negativamente la vida de Trujillo, que raíz de sus fiestas de anuales en honor de la Virgen de la Victoria habrá vuelto a su tonalidad normal los días 30 de septiembre,1,2 y 5 de octubre. La colaboración prestada a través del Centro de Iniciativas y Turismo no debe impedir a los voluntarios e interesados en esta temática, o las colaboraciones que gradualmente quedarían señaladas así:                                    

a)asistencia personal a los actos de los Coloquios, o a otros que se organice -religiosos o culturales-con motivo de los mismos.                     

b) inscripción simbólica- cien pesetas la ordinaria; mas de 500 pts la extraordinaria-como miembros activos de los      Coloquios, con los derechos inherentes a los participantes.

c!) participación efectiva remitiendo alguna comunicación encuadrada en el temario señalado, y en los coloquios o diálogos subsiguientes.

Los Coloquios de Trujillo, un riesgo

Como toda vida, como todo nacimiento, hasta que se terminen los proyectados Coloquios Histórico-Religiosos de Extremadura suponen cierto riesgo: Lo absoluto, lo perfecto, están solo en las manos y la voluntad de Dios. Y nosotros sincera y humildemente confesamos que nuestros proyectos son humanos, que puede]y aun deben darse fallos,aunque no los hayamos previsto, que esta experiencia aun saliendo bien deberá ser mejorada, pero también afirmamos que sin voluntad y decisión nadie pasó el mar, y que concordia omnia o rescunt, y la unión hace la fuerza. De modo que por ahora a trabajar y a esperar»

 

 

 

 


Tejeda.F. -D.Esteban Gines Ovejero, escritor, formador y. fundador.

Trenado, F.~ Semblanza del P.fr.Arcángel Barrado Manzano.

Veny Ballester.A.-La muerte en Coria del teatino P.Jerónimo Abarrategui.

 

Zamora Lucas.F. Pedro de Gododoy promotor de la imprenta en Burgo de Osma,

Palomo Iglesias.C.- Notas biográficas del P. Manuel Amado.

Los Coloquios en Trujillo

Por su carácter histroico-religioso, por el matiz sobrio y sencillo que les ha de  carecterizar, los Coloquios no vienen a interferir ni violenta ni negativamente la vida de Trujillo, que raíz de sus fiestas de anuales en honor de la Virgen de la Victoria habrá vuelto a su tonalidad normal los días 30 de septiembre,1,2 y 5 de octubre. La colaboración prestada a través del Centro de Iniciativas y Turismo no debe impedir a los voluntarios e interesados en esta temática, o las colaboraciones que gradualmente quedarían señaladas así:                                   

a)asistencia personal a los actos de los Coloquios, o a otros que se organice -religiosos o culturales-con motivo de os mismos.                     

b) inscripción simbólica -cien pesetas la ordinaria; mas de 500 pts la extraordinaria- como miembros activos de los Coloquios, con los derechos inherentes a los participantes.

c!) participación efectiva remitiendo alguna comunicación encuadrada en el temario señalado, y en los coloquios o diálogos subsiguientes.

Los Coloquios de Trujillo, un riesgo

 Como toda vida, como todo nacimiento, hasta que se terminen los proyectados Coloquios Histórico-Religiosos de Extremadura suponen cierto riesgo: Lo absoluto, lo perfecto, están solo en las manos y la voluntad de Dios. Y nosotros sincera y humildemente confesamos que nuestros proyectos son humanos, que puede] y aun deben darse fallos,aunque no los hayamos previsto, que esta experiencia aun saliendo bien deberá ser mejorada, pero también afirmamos que sin voluntad y decisión nadie pasó el mar, y que concordia omnia o rescunt, y la unión hace la fuerza. De modo que por ahora a trabajar y a esperar»

 

 

 

 

 
 
 Francisco Fernández Serrano 

 1971

 

 

 

 

Mar 052014
 

Narciso Sánchez Morales.

 Escojo el término para hablar de lo que será el futuro de las Órdenes Religiosas, porque, en el análisis, más o menos acertado, voy a valerme de medios humanos, históricos, de previsiones lógicas en función de las circunstancias imperantes y que, más o menos son conocidas por cualquiera que con cierto interés, siga de cerca los procesos religiosos de cualquier tipo. Prescindo de lo Escatológico, de las “Tá ásjava””, que se nos presentaría en el umbral de la Parusía. Y, aun dentro de la futurología, no ningún Herman Kahn, ese computer hecho carne, nuevo Casandra de la guerra atómica, pero tranquilo y sereno con la gravedad que le dan sus 120 kilos de peso y sus 175 centímetros de estatura, a la vez, que poseedor de un coeficiente de 200 puntos, superior en 50 al normal del Genio. No, ciertamente, no soy ningún alumbrado de las ciencias modernas impartidas en el Instituto Hudson, ni tampoco un vidente de lo que será el mañana de las Órdens Religiosas. En lo material y científico , ya Kahn ha escrito en su nuevo libro acerca de esas maravillas futuras, submarino-urbanas, submarino-agrícola: una nueva “era de esclavos” con robots y  monos para el gobierno de la casa, y grandes almacenes de repuestos orgánicos. Pero me lleva a nuestro terreno, el religioso, el “ex abrupto” final lanzado por Herman Kahn en el último simposio de los científicos de “Dovos”, “Road theBiblo”,”Leed la Biblia”, que fue tanto como espetarle: todo cuanto prometo será posible si tenéis una conciencia apocalípticas, si lográis dominar al dragón que amenaza el alumbramiento del nuevo mundo.

Pues bien. En cuanto a futurología religiosa, nos encontramos ante un nuevo alumbramiento del espíritu, alumbramiento que nos exige un conocimiento de esa gestación ya real y palpable, si bien andamos a tientas en el predecir cual será la nueva criatura, qué forma y dimensiones tendrá, pero que viene concebida y gestada en función de esas “tá ésjata” o parusía de Cristo, tal vez como una definitiva corrección al triunfalismo histórico al colocar el triunfo de la Iglesia, es decir del Mesías, no en el tiempo, sino allá donde acaba el tiempo y se inicia su última y definitiva venida. Soy de los que opinan que, precisamente, esas Órdenes Religiosas brotaron como un anticipo de su corrección de la Iglesia, como un grito o trono profético, cual un aviso de Casandra, y que la Iglesia. Escarmentada por la realidad histórica, verdadero azote de Dios sobre la “semper corrigenda”, ha tomado conciencia de su misión preter- ultrahistórica, y camina a pasos apresurados a despojarse de tanto ropaje hipócrita, de tanta farándula y farsa, para estar juntos a su divino Fundador en un reino que no es de este mundo, pero que tiene límites y fronteras dentro de él. Desde este momento, es decir, desde el momento que sea una realidad universal en la Iglesia esa separación in mente de espíritu y materia, y la segunda se convierta en esclava del primero, no para desaparecer, sino más bien para ser asumida y transfigurada, nos encontramos que toda la Iglesia es una Orden Religiosa viva y santa y que la corrección ya no tiene razón de existir, con lo que nos enfrentaríamos con una nueva futurología religiosa. Estamos en lo espiritual, tal vez como un reflejo de la “analogía entis”, ante una situación símil a la que se da hoy en día en el campo científico. Lo acabamos de leer en la Prensa. Científicos rusos han llegado a aislar la antimateria y este aislamiento tiene una importancia extraordinaria en materia de creación de energía, ya que la puesta en contacto de materia y antimateria desencadenará una fuente de energía de gran potencia, que puede utilizarse como propulsora y alcanzarse con ella velocidades similares a las de la luz.

Pues bien, en avances religiosos hemos llegado igualmente a aislar experimentalmente lo que es espíritu de lo que es materia, lo que es reino del mundo de lo que es Reino de Dios, y el nuevo contacto de esta pura doctrina , que es la de Cristo, con el mundo de hoy va a desencadenar una fuente de energía que va a dar velocidades desconocidas a la actividad del espíritu religioso sobre materiales de este mundo. Estamos, pues, en un punto de inflexión en lo que a Órdenes Religiosas toca. Pero aclaremos el proceso histórico de las mismas para luego osar una visión de lo que será el futuro de ellas . ¿ha llegado su fin? ¿Seremos todos los cristianos., por esencia, religiosos? ¿Habrá necesidad de nuevas correcciones y, por tanto, de nuevas órdenes Religiosas?.

 

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La historia, en todos sus aspectos, incluso, es Maestra de la vida. En lo que a Historia de la Iglesia se refiere, también habrá que acudir a las causas sociales que motivan el rápido desarrollo de las órdenes en sus formas más primitivas, la vida en el desierto de San Antón y la vida cenobita de San Pacomio.

La Iglesia se radica en el mundo con Constantino, acepta las estructuras del imperio y pierde el sello divino de su misión, de la que poseía una conciencia viva en su tiempo de persecución y catacumba.

¿No será el momento como algo, el cambio estructural de la Iglesia al asociarse al Imperio Romano? – Con ello, el orden religioso no sería mas que un intento  de corrección de este falso desarrollo, de este vano tender la mano al mundo para salvarlo. Fue aquella una huída, pero que hoy carece de fundamento, cuando la Iglesia quiere corregir aquella apertura al mundo (la constantiniana), por esta otra actual, más pura y santa, como despedida de todo. Esta espiritualidad del momento constantiniano queda clamando como una voz en el desierto, como buena conciencia de una Iglesia caída en las mallas del mundo, como un recuerdo del Reino de Dios para cuantos laicos y pueblo de Dios según los avatares de esta Iglesia, implicada en una lucha de competencia con los poderes del mundo. Mientras la Iglesia se desacraliza, la Santidad, temerosa se refugia en el desierto. Luego, a medida que esa misma Iglesia pierde la batalla con los Poderes de la tierra, esa Santidad vuelve, tímidamente, al mundo en las Órdenes de San Benito y San Basilio, penetra más y más con los Cistercienses y Órdenes mendicantes de Sto. Domingo y S  Francisco que arrastran tras sí el pueblo de Dios con sus Órdenes Terceras.

 

Cuando la Iglesia comienza a perder su señorío material, esa misma Santidad se destapa, y se lanza del convento al mundo, con la aparición de la Compañía de Jesús y esas otras ya no Órdenes, sino Congregaciones religiosas, que en su última fase evolutiva han dado lugar a los Institutos Seculares, últimamente regulados por la “Provida Mater”, de Pío XII. Es decir, cuando la Iglesia se encuentra desnuda, desposeída de todo poder temporal, se abre a todos y en toda la Santidad, y como prisionera en las Órdenes, Congregaciones e Institutos Seculares. Han terminado las polarizaciones de la extrema mundanización de la Iglesia y de la extrema reducción de la Santidad. Si la Iglesia, en su contacto con el mundo, es corregible, no menos lo pudieran ser aquellas primitivas comunidades religiosas que se arrogaron, para sí, tal vez algo egoísticamente , la espiritualidad, con desviaciones no menos corregibles. Hoy es otra la ascesis: no renuncia, sino uso moderado de los bienes y medios, porque tal vez sea más ascético fumar poco, que prescindir totalmente del tabaco; “inteligenti pauca”. Tal vez haya que acoplar la vida de la Iglesia, como lo ha intentado Foucold, a la vida de Jesús: treinta años en una vida profesional dentro del mundo, la de carpintero, cuarenta días en el desierto, y tres años de apostolado activo, como predicador del Reino de Dios. Es decir, una conjunción de vida en el mundo, pues contemplación y apostolado eclesial, el ideal  de Santa que entendió la vida carmelitana como una representación de la conjunción Iglesia y mundo. Es más, hasta en una comprensión más extensa de la Iglesia, más allá de los límites materiales de la misma, dentro de la inmensidad que nos da el cristianismo anónimo, habría que prolongar la acción del “Abbé Monuchín”, lanzando un puente entre    Europa y Asia, para penetrar en la vida contemplativa de indios y chinos y aprovechar esos caminos interiores de espiritualidad.

Pero volvamos a nuestra observación histórica, al último estadio de este proceso de Órdenes Religiosas, concretamente, a la fase actual de los Institutos Seculares que reconociera Pío XII en 1947, como nueva forma de vida de la Iglesia. No es una relajación de los tres primitivos votos de castidad, obediencia y pobreza, sino una moderna y “aggiornizada” interpretación de los mismos, a la que se han adherido, por cierto, no pocos religiosos de las antiguas Órdenes y Congregaciones, sometidos a una experiencia por las polarizaciones surgidas entre viejos observantes y nuevos reformadores, a lo Vaticano II.

No se pone en duda el voto promesa o contrato de castidad, el celibato, que es tomado como libertad para un amor más universal, en la universalidad de la Cruz, de la Eucaristía, de la presente humanidad de Cristo resucitado-libertad para ese ágape que se celebra entre Cristo como esposo y la Iglesia – esposa, como como representante de toda la humanidad. La promesa o voto de pobreza se toma como un desasimiento interior de todo bien, pero como administrador de los mismos según las posibilidades en obras de caridad y mutua ayuda, como un ejemplo del uso evangélico de dinero y de los bienes de la tierra. El voto o promesa de obediencia obliga por igual a superior que a inferior, por el que el primero confía al segundo una parcela de acción, donde este puede obrar con toda libertad, pero con una emancipación hija solo de esa misma obediencia, algo así como una interdependencia de los planes del inferior al plan general del superior, con lo que se salvan tanto la responsabilidad del uno como del otro.

Hasta este momento de la aparición de los Institutos seculares valía la contraposición entre “Religioso”, como de espaldas al mundo, con su “relinquere mundum”, y “Secular”, hombre del mundo. A lo más, a partir de la aparición de la Compañía de Jesús y de las modernas Congregaciones religiosas, estas comunidades marchaban como sobre dos rieles: el de la contemplación, con sus ideales conventuales, y el de la actividad apostólica, cada día más exigente y reclamadora del hombre total. Pero la última incitación a esta transformación del antiguo monacato, ya suavizado a partir de las Órdenes Mendicantes con sus Órdenes Terceras y de las modernas Congregaciones Religiosas con su completa dedicación al apostolado, la ha dado el Concilio Vaticano II.

Nos ha enseñado que hoy ya no se puede escindir la Cristiandad en dos: en la secular y en la religiosa, que no se puede adscribir la espiritualidad sólo al estado de consejo, y lo mundano o secular solo a los laicos. Ambas cosas están confiadas a ambos. Es una y única la misión de la Iglesia: la salvación de la humanidad y del mundo en todos los estados eclesiales, aunque en diversas formas. El Papa Juan XXIII lo ha dejado bien expreso en su encíclica”Mater et Magistra”: “El Señor, en la sublime oración por la unidad de la Iglesia, no ruega al Padre para que aparte a lo suyos de mundo, sino para que los preserve del mal: “Non rogo ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo” (S. Juan XVII-15). No debe crearse una artificiosa oposición donde no existe,es decir, entre la perfección del propio ser y la presencia personal y activa en el mundo, como si uno no pudiera perfeccionarse, sino cesando de ejercer actividades temporales, o como si ejerciéndolas, quedara fatalmente comprometida la dignidad de seres humanos y creyentes”. Es más, lineas más abajo, tiene palabras de aliento para esa especie de secularización santa de hombre, tanto aislada como comunitariamente: “Cuando se ejercen las actividades propias, aun las de carácter temporal, en unión con  Jesucristo, Divino Redentor, cualquier trabajo viene a ser como una confirmación del trabajo de Jesús, penetrado de virtud redentora: “qui manet in me, et ego in eo, his fert fructus multum” (Juan XV-5). Viene a ser un trabajo que no solo contribuye a la propia perfección sobrenatural, sino, también, a extender y difundir en los otros los frutos de la Redención, y a fecundar, con el fermento evangélico, la civilización en que se vive y trabaja”.

 

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Que las pequeñas citas de la “Mater et Magistra” está bien pergeñado lo que será el futuro de las Órdenes Religiosas, algo más que monacato, contemplación, aislada dedicación al apostolado, Institutos Seculares. Se trata y preve una conversión de todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo haciel único objetivo que el mismo Redentor se propuso: la renovación de la faz de la tirra, no su eliminación, por destrucción diabólica o por evasión religiosa. Estar en el mundo, sin ser del mundo, para redimir a éste y a la humanidad, porque todo gime con dolores de parto a la espera del definitivo renacimiento. En el bautismo de agua el único que nos somete a la muerte y resurrección en vida, bautismo que debiera recibirse en pleno uso de razón y que debiera constituir un verdadero día de votos de todo cristiano, por el que este adjurase del mal y se consagrara “in externum” a esta misión redentora de Cuerpo místico de Cristo.

Hasta en el cuerpo de la vida interior había que profundizar en esa vivencia sacramental, por la que el individuo en particular e igualmente corporativamente, en sentido místico, es él, el, al mismo tiempo, sacerdote, templo y víctima: sacerdote real, en el sentido petrino, y templo y víctima, en el sentido paulino, como miembros todos de un mismo , el de Cristo, que en nosotros se prolonga, vivencial y pasionalmente, en espera de esa última resurrección última que constituirá la última y definitiva  venida, su Parusía.

Pero hay algo más que nos permite vislumbrar este renacer del espíritu religioso, hasta ahora, salvo raras excepciones, solo adscrito a la demarcación des estado religioso. Si estas comunidades han roto los bastiones y nos devuelven en volandas la Santidad, no es menos cierto que es toda la Iglesia, ya gracias a Dios desposeída de todo poder temporal, y esperamos que hasta de los últimos  resabios de tanta humana grandeza, la que les sale al encuentro, con todo su laicado, mejor dicho, corporeidad mística, para, todos juntos, inmergerse, por real y efectivo bautismo, en esa gracia que no puede quedar reducida a las tapias de un convento, sino que debe invadir, como espíritu que es, todas las moléculas y átomos de éste y otros mundos. Como digo, una nueva ola de renovación invade el verdadero cristianismo.

Ha sido el P.Carlos Rahner, quien mejor que otro alguno, ha señalado las líneas de la nueva piedad ya nada ñoña, sino inmersa en los últimos adelantos del mundo. Tres rasgos esenciales caracterizan esta piedad del laico moderno: Primero, su inmediata y personal relación con Dios, precisamente en un mundo que pone en entredicho la existencia de Dios y todo lo confía al progreso de la materia. Cuando uno, en esta situación, es capaz de vivir con este Dios incomprensible, (si le comprendiéramos , dice S. Agustín dejaría de ser Dios), silencioso, y es capaz de hablar y confiar en El, en medio de las tinieblas que lo envuelven, aunque su respuesta sea apenas percibida como un oscuro eco de la propia voz, cuando uno acepta todo esto, sin el apoyo de la opinión pública y no solo como un acto de piedad religiosa, es porque realmente se es un auténtico cristiano piadoso.- Se necesita toda una nueva Mistagogia, a veces siendo uno mismo su propio mistagogo, se necesita toda una gran dosis de moderna Mística, para llegar a calar en esta piedad consciente.

Otro rasgo es el aceptar el servicio al mundo a través de la vida real como un acto de piedad. De esto ya ha dicho bastante Juan XXIII en la anteriormente citada Encíclica “Mater et Magistra”. Se impone hoy día una nueva esencia, no de la privación local, sino del moderado uso de los bienes de la tierra con la santa intencionalidad de la redención del mundo.

Este es el tercer rasgo de la piedad moderna, que es característico a todos los nuevos Institutos Seculares existentes y constituirá la nota de las futuras concepciones religiosas. Lo hemos señalado antes : se necesita más voluntad de sacrificio en la moderación que en la abstención y es más fácil dejar de fumar totalmente que seguir fumando, pero cantidades minúsculas. Es lo que  pudiéramos llamar una Ascesis del Consumo, en la que prácticamente están inmersas todas las Órdenes Religiosas, ya antiguas, ya modernas, porque no se puede prescindir de cuanto Dios puso al alcance de la mano del hombre para salvarse y glorificarle. Sin embargo, el Cristo de la Cruz debe seguir vivo en nosotros. ¿Cómo? Con la mortificación de la moderación en el uso de los bienes de equipo de la gran empresa de la salvación del mundo.

Ya nos lo dice también el santo Papa, Juan XXIII: En el plano natural la moderación, y la templanza de los apetitos inferiores es sensatez fecunda en bienes. En el plano sobrenatural el Evangelio, la Iglesia y toda la tradición ascética exige el dominio del espíritu sobre la carne y ofrece un medio eficaz de expiar la pena debida por el pecado, del que ninguno está inmune, salvo Jesucristo y su Madre Inmaculada”.

Es, mi siempre guía espiritual, Hans Ura de Baltasar, con su Teología del Estado solidario, quien mejor ha descrito esta llegada de los seculares al encuentro de los Religiosos: “Lo cristiano se profundiza y desentraña más si frente a ello se intenta entender toda la existencia cristiana como algo unido y coherente. Dado que todo cristiano ha muerto ya al viejo mundo con Cristo en el bautismo, en el sentido de Romanos 6), Y se han inscrito como ciudadanos del cielo, del presente y del venidero, debe sentirse como “extranjero y peregrino”, en el sentido de Pedro 1, 2, 11, como todos los que viven y en él trabajan, lo mismo que los sacerdotes y religiosos. Todos, en el bautismo, han prometido una fidelidad de por vida al Señor, y esta promesa bautismal es la base de toda cristiana existencia como lo fuera la de los votos de los religiosos, una especie de segundo bautismo, que no debilitaba al primero ni lo repetía, sino que lo hacía mas existencial y agotador. Retiro del mundo y dedicación al mundo no son categorías cristianas, mucho menos, si son entendidas aisladamente o enfrentadas una contra otra. Una sola consagración a Cristo es la que caracteriza a los creyentes: La imitación de aquellas sus palabras: “Como tú me enviaste al mundo, así yo les envío ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados de verdad, (S. Juan 17-18, 19), es decir, santificación en la dedicación al mundo, ya que según S. Pablo, (I Corintios 7,)  cada uno tiene de Dios su propio carisma”.

Una Futurología no puede ser enteramente precisa, pero creo hemos indicado algo de lo que bien pudieran ser las Futuras Comunidades Religiosas: Si la Iglesia termina por batirse en retirada de toda apetencia y resabio del mundo, para volver al mismo con ese espíritu de santificación, entonces huelga toda distinción entre piedad cristiana y estado religioso. Todo será una misma cosa. Si, en cambio, continúa la hipocresía y desvirtuación del verdadero Reino de Cristo, nada extraño que, bajo esa máscara, se zafe la santidad y huya a rincones incontaminados del mundo del mal y de la hipocresía de la Iglesia. Volveríamos a repetir la Historia y retardaríamos la llegada del auténtico Reino de Cristo.

 

Bibliografía:

 

 Teología del Estado religioso, en “Osadía de la imitación”, de S.Richer Ofm, Edit. F. Schoning, Paderborn 1964.

 

Hans Albert Timmermmann: “Nuevo camino de lo Institutos seculares, en idem, idem.

 

Karl Rahner: “Vieja y nueva piedad, en Academia Teológica, Tomo 4. Edit. J. Knecht, Fracfot del Mono-1967

 

Friedich Wulf: “¿Necesita la Iglesia aun las Órdenes Religiosas?”

Juan XXIII: Encíclica “Mater et Magistra”

 

Pío XXII:  Encíclica “Próvida Mater “

 

 

Sep 222013
 

TRUJILLO (Santa Cruz de la Sierra, Guadalupe). 1971 DÍAS: 30 septiembre – 1, 2 y 3 de octubre  ORGANIZA: Centro de Iniciativas y Turismo de Trujillo PATROCINA: Dirección General de Promoción del Turismo

TRABAJOS PRESENTADOS:

1.- El Convento de la Encarnación de Trujillo. – J. Moreno Lázaro.

2.- La muerte en Extremadura – en Coria – del teatino padre Jerónimo Abarrátegui. – A. Veny Ballester.

3.- Historia, arquitectura y restauración del colegio provincial de San Francisco de Cáceres, antes San Francisco el Real. – R. Hurtado de San Antonio.

4.- Nota histórica de la Casa-Misión de los PP. Paúles en Badajoz. – V. Jiménez, C. M.

5.- Real capilla e imagen del Cristo de Zalamea. – J. A. Muñoz Gallardo.

6.- Biografía del obispo de Plasencia don Diego de Arce y Reineso. – J. A. Muñoz Gallardo.

7.- Un extremeño universal, el P. Santiago Morillo, S. I., precursor del ecumenismo. – F. Albarracín, S. I.

8.- Un colegio de jesuítas proyectado para Garciaz en vida de San Ignacio de Loyola. – F. Fernández Serrano.

9.- El obispo de Constantina, benedictino, párroco de Escurial en el siglo XVII. – F. Fernández Serrano.

10.- Evocaciones pretéritas y elogio de dos sacerdotes cacereños. – V. González Ramos.

11.- Claretianos catalanes en Extremadura. – E. Fort y Cogull.

12.- Una legión de Claret en la Extremadura de los Conquistadores. – E. Sánchez Alegría.

13.- La Casa de Santiago en Trujillo. – R. Núñez Martín.

14.- El berzocaniego Fr. Tomás Escobar de San Fulgencio, vicario general de la recolección agustiniana. – M. Carceller, A. R.

15.- Conventos franciscano, agustino y dominico de Jarandilla. – V. Soria Sánchez.

16.- Monasterios de Jarandilla. – V. Soria Sánchez.

17.- Apuntes inéditos sobre el P. Manuel Amado, O. P. – C. Palomo Iglesias.

18.- Datos para la historia de los Dominicos de Plasencia. – C. Palomo Iglesias.

19.- La casa de Fernando el Católico en Madrigalejo. – L. Rodríguez Amores.

20.- Los esclavos de María y de los Pobres, institución de nuestros días en Alcuéscar. – L. Galán Barrena.

21.- Futurología religiosa. – N. Sánchez Morales.

22.- Ocaso inmortal de un coloso, fr. Ángel Manrique, obispo de Badajoz. – P. Guerin Betts.

23.- Los premostratenses y Extremadura. – T. Moral, QSB.

24.- Convento de frailes franciscanos en Garrovillas de Alconétar. – F. Bravo Bravo.

25.- El monacato romano y visigodo de Extremadura. – J Bueno Rocha.

26.- Semblanza del padre Arcángel Barrado Manzano, OFM. – F Trenado y Trenado.

Oct 241971
 

Valentín Soria Sánchez.

Licenciado en Filosofía, en Derecho Canónico y en Filosofía y Letras

Existe en Jarandilla (Cáceres) el castillo-iglesia. Fue primitivamente fortaleza de los Templarios. Traemos algunos datos sobre los Templarios. La misión de los Templarios que comienzan el año 1118 era la de asegurar los caminos de todos los países por donde los peregrinos iban a Tierra Santa. La fundación de la orden se atribuye al caballero francés Hugo de Payens, o de Paganis, el año anterior, es decir el 1117 y su nombre viene del alojamiento que el rey de Jerusalén, Balduino II le dio en su palacio, llamado «Templo de Salomón». La orden fue aprobada en el concilio de Troyes y San Bernardo la protección y redactó su regla bajo el modelo de la del Cister.

Usaban manto blanco, como los cistercienses y llevaban una gran cruz roja. Se dividían en caballeros, escuderos y clérigos. Su jefe era el gran maestro. Los templarios acumularon bienes inmensos y estas posesiones les hicieron impopulares y provocaron la codicia de Felipe IV de Francia y sus legistas.

Para apoderarse de sus bienes Felipe IV entabló contra ellos un terrible proceso en 1307 en el que se les acusó de crímenes tremendos y fueron detenidos en masa en Francia. El proceso fue llevado al concilio de Viennes (no de Viena, como a veces se describe) y la orden fue suprimida por Clemente V. El gran maestre murió en la hoguera protestando de su inocencia y emplazando al rey ante el tribunal de Dios y los de la orden pasaron a manos del de Francia.

En Jarandilla allí unas ruinas de lo que fue el Monasterio franciscano de Santo Domingo «extra muros», junto al camino llamado «real» de Jarandilla a Guijo de Santa Bárbara.

El Conde de Oropesa y el señor de Jarandilla, don Fernando Alvarez de Toledo estaba casado con doña Leonor de Zúñiga, y llamó a su castillo al padre franciscano fray Juan de la Puebla. Este era hijo de los Duques de Plasencia, don Alonso de Zúñiga y doña Isabel Manrique. Su hermana doña Elvira caso cuando Alfonso Sotomayor, primer conde de Belalcázar, quien construyó allí un monasterio franciscano en 1476, y posteriormente el 16 de enero de 1488 se comenzó a construir un monasterio de monjas clarisas.

Fray Juan de la Puebla, y el conde de Oropesa pidieron al obispo de Plasencia la ermita de Jarandilla dedicada a Santo Domingo, y consiguieron de Alejandro VI que les facúltase para erigir un monasterio por el breve «lis fidelium nobis», de 14 de septiembre de 1493, cuya construcción duró dos años.

Al fallecer fray Juan de la Puebla fue nombrado guardián del monasterio franciscano de Jarandilla fray Juan de Guadalupe, antiguo jerónimo y nacido en la puebla de su nombre el año 1450, y que había estudiado Artes y Teología en la Universidad de Salamanca. Recibió el hábito franciscano en Hornachuelos el año 1491.

En Guijo de Santa Bárbara, he encontrado algunos datos sobre frailes del monasterio franciscano de Jarandilla. Al fallecimiento de don Ascencio Gorostidi Altuna, párroco de dicha población, el 27 de noviembre de 1966 fue encargado de la parroquia y de su interesante archivo y por investigar en sus viejos libros soy ahora miembro de la Asociación Archivística con sede en el Archivo Secreto Vaticano en Roma.

Fray Alonso de Rueda, del «convento de Santo Domingo, de Xarandilla» (en lo referente a la grafía, y para simplificar siempre pondremos jota, en vez de equis) bautizó en Guijo de Santa Bárbara el 14 de octubre de 1674. Fray Alonso Prieto Bautista el 27 de octubre de 1675.

Fray Juan Ibarra es procurador en Jarandilla, y bautiza en Guijo el día 20 de marzo de 1676. Fray Juan Briceño bautiza el uno de mayo de 1676. Fray José García bautiza el 16 de mayo de 1677. Fray Diego de León, bautiza el uno de agosto de 1676.

Encontramos bautizando el 19 de septiembre del mismo año a Fray Andrés del Toro. Fray Alonso de Esquivel bautiza el 10 de agosto de 1680, y fray Sebastián García Velasco, el 20 de octubre del mismo año. Fray Joseph Rodríguez, de «San Francisco de Jarandilla bautiza el día 24 de abril de 1681. Fray Francisco Fernández Adán, bautiza el 10 de agosto del mismo año.

Fray Tomás Benítez bautiza el 12 de abril del año siguiente. Fray Ignacio de Arriba bautiza el 24 de octubre de 1683. Fray Bernardo Moreno bautiza el 21 de septiembre de 1684. Fray Francisco de Talavera, bautiza el 3 de junio del año siguiente.

Fray Joseph García bautiza el 9 de agosto de 1689. Fray Juan Antonio bautiza el ocho de octubre de 1690.

Fray Juan de Cassasola bautiza el 24 de mayo de 1691. Fray Pedro Benítez bautiza el 10 de julio del mismo año. Fray Alonso Rodríguez bautiza el 23 de marzo de 1693. Fray Andrés Valencia del Azebo bautiza el 25 de marzo del mismo año. Fray Juan Benítez el 1 de mayo del mismo año. Fray José Márquez de Medina bautiza el 12 de abril de 1694.

Fray Juan Mateos bautiza el 23 de mayo del mismo año. Fray Juan de Cardeñosa bautiza el 13 de febrero de 1695.

Oct 241971
 

Crescencio Palomo Iglesias. O.P.

Uno de los momentos tristemente célebres para la historia de la vida religiosa española es la Desamortización de Mendizábal. Por esto las familias religiosas fueron suprimidas, sus posesiones malvendidas y sus tesoros artísticos, librarios y documentarios sufrieron las consecuentes pérdidas de sucesivos traslados, abandonos y, con frecuencia, mal trato de personas incultas y poco aptas para valorar la riqueza histórica que pasaba por sus manos.

El P. Juan Manuel Amado fue uno de los religiosos que sufrió 1 estos momentos de demolición de todo lo que para él fue y siguió siendo una ilusión de vida consagrada a Dios. El, como nadie de su tiempo, vivió de cerca estos tristes momentos. Su puesto destacado en Madrid como catedrático y predicador, y como defensor con la pluma del catolicismo, le sirvió para que contra él se desencadenase una persecución que supo llevar y sufrir con valentía, dando testimonio de que sus palabras y escritos eran sentidos y vividos.

Nació el P. Juan Manuel Amado en la villa de brozas (Cáceres) el 21 de julio de 1796 y fue bautizado el 26 del mismo mes y año en la iglesia parroquial de Los Santos Mártires, S. Fabián y S. Sebastián, de dicha villa.

Sus padres, Manuel Amado y Petronila Corchado, eran labradores de la villa de Brozas. No pertenecían a la alta nobleza de la villa, pero sí estaban emparentados con las familias de los Montejos y de los Jibellas, que ostentaban los títulos de Marqueses de Casas de Montejo y de Condes de la Encina, respectivamente. El padre murió antes de 1816, pues en el informe para la toma de hábito del P. Amado, los diversos testigos lo dan por fallecido.

Documentalmente desconocemos como transcurrió la infancia y juventud del P. Amado. Don Eugenio Escobar prieto, en su libro ?Hijos ilustres de la villa de Brozas?, habla de una tía monja, dominica en Plasencia, que le llevó a esta ciudad para que cursara estudios en el convento de San Vicente, donde se dedicó con preferencia a los estudios lingüísticos del griego, latín, portugués, inglés, alemán e italiano. También en la guerra napoleónica le coloca al lado de los generales Breskine y Wellington, como intérprete y agregado al ejército con el grado de capitán.

Ignoramos las fuentes de que se ha servido Don Eugenio, y en consecuencia no podemos juzgar la veracidad de estos datos, que serían de gran interés si estuviesen avalados algún por algún testimonio. Ponemos en duda estos hechos pues nada de ellos se insinúa en el informe jurídico efectuado para la toma de hábito del P. Juan Manuel Amado. Los seis testigos, y lo mismo el párroco, silencian por completo estos datos, que juzgamos de importancia para un ingreso en la vida religiosa. Sí coinciden todos, menos uno, en afirmar, en la 5ª pregunta , que era devoto y aplicado al estudio. También, en la 7ª pregunta hablan de que entre sus familiares se encuentran clérigos, añadiendo el sexto testigo que algunos son regulares en diversas religiones y en la de Santo Domingo.

Poco antes de su ingreso en la Orden de Predicadores, recibió el P. Amado el sacramento de la confirmación de manos del obispo de Corias, D. Blas Jacobo Beltrán, el día 21 de Mayo de 1816,en la Iglesia de Santa María de la Asunción de Brozas.

Por primera vez vemos el nombre de P. Juan Manuel Amado en los documentos del convento de S. Vicente Ferrer de Plasencia el 13 de Julio de 1816.Se trata de un acta del Consejo conventual en la que los padres consejeros juzgan oportuno examinar al pretendiente al hábito de coro Juan Manuel Amado, a quien seguidamente examinan y aprueban por unanimidad.

Siguiendo las normas canónicas, tras esta aprobación , el Prior del convento P. Domingo Madruga nombró un comisionado para que con toda su autoridad se personalizase en Brozas y en cualquier otro lugar que le fuera preciso, para efectuar un informe jurídico de legitimidad, limpieza de sangre, vida, costumbres y otras circunstancias, para la toma de hábito del pretendiente Juan Manuel Amado. El comisionado para este caso fue el P. lector Diego Martín Regidor, quien aceptada la comisión el 21 de Octubre de 1816,se personalizó en Brozas llevando el sumario con gran rapidez y rigor. El 29 de dicho mes y año dio por concluida su misión.

Una vez que el informe fue entregado al P. Prior del convento, este reunió al Consejo conventual para proceder a la lectura de dicho informe y proceder con estos nuevos datos, a la votación de Juan Manuel Amado para recibir el hábito. El resultado fue favorable por unanimidad, según actas del 6 de noviembre de 1816.

El hábito dominicano debió recibirlo el P. Amado el 7 de noviembre de 1816, día siguiente a su aprobación en el Consejo. Damos esta fecha como segura basándonos en el hecho de que transcurrido el año canónico (1 año y 1 día) del noviciado, efectuó su profesión religiosa el 8 de noviembre de 1817, según consta en el acta de profesión que se conserva en su texto original.

Poco después de la profesión, el P. Amado debió empezar a recibir las órdenes sagradas. Tenemos constancia del diaconado y del prebisterado. En actas del Libro de Consejo correspondientes al 27 de agosto de 1818 aprueba el Consejo conventual al P. Amado para recibir el diaconado, a la vez que se decide pedir dispensa de los intersticios, lo cual supone que poco antes había recibido el subdiaconado u las órdenes menores. La aprobación para el presbiterado la da por unanimidad el dicho Consejo con fecha de 17 de agosto de 1820.

Los estudios eclesiásticos los inició con éxito en el propio convento de S. Vicente de Plasencia, pasando posteriormente a completarlos en el célebre colegio de S. Gregorio de Valladolid, donde jura los estatutos el 23 de octubre de 1824 y renuncia a la colegiatura el 3 de octubre del año siguiente.

Merced a los éxitos obtenidos por el P. Amado en los estudios el P. Briz, Maestro de la Orden le nombró catedrático, primero de filosofía y después de teología del convento de santo Tomás de Madrid. En este convento alternó el P. Amado la cátedra con la predicación y la pluma, convirtiéndose en uno de los paladines de la defensa de los valores cristianos en su tiempo.

Siendo catedrático en Madrid, por encargo del Prior de Plasencia, se personalizó en Brozas para efectuar el informe para la toma de hábito dominicano de Felipe Gilete y Felipe Gómez ambos paisanos suyos. Fue esto entre el 4 de julio y el 14 de septiembre de 1827.

Del Papa Gregorio XVI recibió, al P. Amado, nombramiento de teólogo consultor del Sacro Colegio. Y en el congreso católico de Burdeos fue uno de los dos representantes por España.

Por este tiempo colaboró con fray Antonio Díaz y D. Basilio Carrascoso en la biblioteca de la religión.

En la revuelta del 17 de julio de 1824, previa a la Desamortización, fue duramente perseguido y casualmente salvado de la muerte por el duque de Castro-Terruño, que para ello le hizo su prisionero. Enfermo de cólera fue abandonado de todos y pudo huir a Brozas.

El Gobierno, que quería tener lejos al padre amado, le desterró, primero a Valencia de Alcántara y después a El Arco de Cañaveral (Cáceres). Tras el indulto general, el obispo de Coria le encomendó la parroquia de baños y poco después le nombró secretario de cámara, cargo que desempeñó dos años, retirándose para evitar disgustos con los liberales, abrazas. Aquí desempeñó un papel muy importante enseñando teología a los religiosos esclavos prados para presentarlos a la sagradas órdenes.

Por este tiempo se hizo cargo de la sección religiosa del periódico » El Católico», por la cual el gobierno le dio la orden de «extrañamiento del reino», que no tuvo efecto gracias a la intervención de la ciudad de Cáceres.

Santamente terminó sus días el 24 de septiembre de 1846, siendo ecólogo de la parroquia de santa María de Garrovilla (Cáceres).

OBRAS IMPRESAS DEL P. AMADO

  • La monarquía y la religión triunfantes de los sofismas, Madrid en 1829.
  • Compendio de la vida de los santos canonizados y beatificados del Orden de Predicadores, Madrid 1829.
  • Nueva Semana Santa, Madrid 1830.
  • Novena a la pasión de Cristo, Madrid 1830.
  • Dios y España, Madrid 1831.
  • Homilías, 2 vol., Madrid 1842-45.
  • Los siete días de la pasión, Madrid 1912.

OBRAS INÉDITAS DEL P. AMADO

  • La vida de los venerables de la Orden de Predicadores.
  • La filosofía, 3 vol.
  • La razón.

BIBLIOGRAFÍA SOBRE EL P. AMADO

  • ARRIAGA, Gonzalo de, Q.P., Historia del colegio de S. Gregorio de Valladolid, ed. del P. Manuel María de los Hoyos, O.P. , Valladolid 1989-1940, vol.III, pp. 212, 406 y 410.
  • ESCOBAR PRIETO, Eugenio, Hijos ilustres de la Villa de Brozas, Brozas 1961, pp.72-92.

Documentos

1. Acta del Consejo conventual, del 13 de julio de 1816, en que juzga oportuno examinar al pretendiente al hábito de coro Juan Manuel Amado, y examinado lo apruebe por unanimidad. (Plasencia, Arch. Dominicanas, S. Vicente, libro 1, Libro de Consejo, de p.2).

2. Información jurídica de la legitimidad, limpieza de sangre, vida, costumbres y otras circunstancias de Juan Manuel Amado, pretendiente al hábito de coro en el convento de S. Vicente Ferrer de Plasencia, efectuada por el R.P. lector fray Diego Martín Regidor, por mandato del prior de dicho convento, fray Domingo Madruga, maestro en Sagrada Teología. Comienza la información el 21 de octubre y concluye con la aprobación del prior el 14 de noviembre de 1816.

Contenido:

A) Mandato del P. prior de san Vicente de Plasencia, fray domingo madruga, al R.P. lector fray Diego Martín regidor para qué se personalice en Brozas o en otros lugares para diligenciar la información. Fecha, Plasencia, 21 octubre de 1816.

B) Aceptación por parte del R.P. lector fray Diego Martín Regidor, del mandato para realizar la Información. Fecha, Plasencia, 21 octubre de 1816.

C) Información de seis testigos según un formulario prefijado de ocho preguntas. Los testigos son:

  1. Francisco Angel Castellanos, de 72 años de edad.
  2. Manuel López González, de 53 años de edad.
  3. Pedro Pavón, de 82 años de edad.
  4. Isidro Santana, de 80 años de edad.
  5. Joaquín Josef Gómez, de 60 años de edad.
  6. Juan Alvero Ortiz, de 66 años de edad.

Todos estos testigos firman su declaración, excepto el 3º y el 5º que no lo hacen por no saber escribir, haciéndolo en su lugar el P. Diego Martín regidor.

D) Partidas de bautismo y matrimonio de los padres y abuelos del P. amado, y de bautismo y confirmación de éste.

1) Partidas de la parroquia de santa María de la asunción de Brozas:

a) Partida de bautismo de la madre del P. Amado: «En la Villa de Brozas, a veinte y cuatro días del mes de septiembre de mil setecientos ochenta y uno años, yo D. Jacinto Flores de Cabrera, teniente de cura de la iglesia parroquial de Santa María, bauticé solemnemente a Petronila Cipriana Corchado, quien nació a nueve de dicho mes, hija legítima de Pedro Corchado y de Petra Flores la Jibella. Fue su padrino Vicente Rosado, hay que advertir el parentesco y obligación espiritual, todos son vecinos de esta Villa. Y lo firmé.-D. Jacinto Flores de Cabrera».

b) Partida de matrimonio del P. Amado: «En la Villa de Brozas a veinte y ocho días del mes de mayo del año de mil setecientos ochenta y uno, yo D. Luis Julián Ximénez, teniente de cura de la parroquia de santa María la mayor de esta Villa, habiendo precedido las tres moniciones y examinados que fueron en doctrina cristiana como lo manda la Santa Madre Iglesia y el Santo Concilio de Trento, casé in facie Ecclesiae por palabras de presente que hacen valedero sacramento de matrimonio a Manuel Amado, hijo legítimo de Fernando Amado y de Cecilia Pacheco ya difuntos, con Petronila Cipriana Corchado, hija legítima de Pedro Corchado y de Petronila la Jibella. Fueron testigos D. Matías Rosado, capellán de menores, Isidro Remedios, Manuel Marín. Todos vecinos y naturales de esta villa. Y la firmé.-D. Luis Julián Ximénez».

c) Partida de bautismo del abuelo materno del P. Amado: «En la Villa de Brozas a vente cinco de julio de mil setecientos y vente años, yo Juan Salgado Candelos, teniente de cura de la parroquia de Santa María de la Asunción de dicha villa, bauticé solemnemente a Pedro, hijo legítimo de Juan Domínguez Corchado y de su legítima mujer María Vivas la Holgada. Fue su padrino don Pedro Josef Gutiérrez Bravo y Ulloa, a quien declaré el parentesco espiritual. Nació el dicho niño el día diez de dicho mes y año. Todos vecinos y naturales de esta Villa. Y lo firmé.- Juan Salgado Flores Candelos».

d) Partida de bautismo de la abuela materna del P. amado: «En la Villa de Brozas en diez días del mes de noviembre de mil setecientos y vente y tres años, yo Juan Salgado Candelos, teniente de cura de la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Asunción de dicha villa, bauticé solemnemente a Petronila, quien nació a diez y nueve de octubre de dicho año, hija legítima de Alonso Domínguez Aldeano y de su legítima mujer María Gómez la Jibella. Fue su padrino Pedro Gómez Chaparro, natural de la Villa de Alcántara. Todos vecinos y naturales (menos el padrino) de esta de Brozas. Y lo firmé.-Juan Salgado Candelos».

e) Partida de matrimonio de los abuelos maternos del P. Amado: «En la Villa de Brozas, a veinte y cuatro de octubre de mil 750 y dos años, yo fray Sebastián Mateos, teniente de la parroquia de Santa María de la Asunción, habiéndose leído una vez las proclamas, que suplieron por tres, al ofertorio de misa de tercia por despacho que trajeron el Sr. Prior de Alcántara para la dispensa de las dos proclamas, ganado el día trece de dicho mes y año por ante Diego Sánchez de Ochoa, desposé (no habiendo resultado impedimento alguno) in facie Ecclesiae con palabras del presente que hacen verdadero matrimonio a Pedro Corchado, hijo legítimo de Juan Corchado y de María Vivas, con Petronila Jibella, hija legítima de Alfonso Domínguez Aldeano y María la Jibella. Fueron testigos Jerónimo Rosado, Francisco Rosado y Juan Barriga. Todos vecinos y naturales de esta villa. Lo firmé.-Fr. Sebastián Mateos».

f) Partida de confirmación del P. Amado: Confirmado en la iglesia de Santa María de la Asunción de Brozas por el obispo de Coria, D. Blas Jacobo Beltrán, el 20 de mayo de 1816.

2) Partidas tomadas de la parroquia de los Santos Mártires, S. Fabián y S. Sebastián, de Brozas:

a) Partida de bautismo del P. Amado: «En la Villa de Brozas, a veinte y seis días del mes de julio de mil setecientos noventa y seis años, yo D. Bernardo Durán Colmenero, teniente de cura de la iglesia parroquial de los Santos Mártires, S. Fabián y S. Sebastián, exorcité, catequicé, puse los santos óleos y crisma y bauticé solemnemente a Juan Manuel, hijo legítimo de Manuel Amado y de su legítima mujer Cipriana Corchado, y nació dicho bautizado día veinte y uno de dicho mes. Fue su padrino D. Juan Manuel Sánchez Moreno. Abuelos maternos, Fernando Amado y Cecilia Pacheca; maternos, Pedro Domínguez Corchado y Petra Martín Jibella. Todos vecinos y naturales de esta villa, a excepción del padrino que lo es de la de Navas. Y lo firmé us supra.- D. Bernardo Durán colmenero».

b) Partida de bautismo del padre del P. Amado: «En la Villa de Brozas a cuatro días del mes de enero de mil setecientos cincuenta y tres años, yo fray D. Manuel de Pantoja, cura ecónomo de la iglesia parroquial de los Santos Mártires, bauticé solemnemente y puse los santos óleos a Manuel Francisco, hijo legítimo de Fernando Amado y de María Cecilia la Pacheca, su legítima mujer. Fue su padrino don Pedro Mendoza y Quiñones, menor en días. Y todos vecinos y naturales de la dicha villa. Nació este niño a veinte y cinco de diciembre. Y lo firmé.- Fray D. Manuel de Silba y Pantoja».

c) Partida de bautismo del abuelo paterno del P. Amado: «En la Villa de Brozas, a seis días del mes de febrero de mil setecientos diez y nueve años, yo Pedro Durán Ximénez, teniente de cura de la iglesia parroquial de los Santos Mártires, y S. Fabián y S. Sebastián, bauticé solemnemente a Fernando Alonso hijo de Francisco Sánchez Amado y de María Gómez la Monteja su mujer. Y dicho bautizado nació el veinte y dos de enero. Fue su padrino D. Alonso de Solís y Figueroa, vecino de dicha villa, del hábito de Alcántara, cura prior de dicha parroquia y natural de la villa de Cáceres. Y los padres del dicho bautizado asimismo vecinos y naturales de esta villa. Y lo firmé.- Pedro Durán Ximénez».

d) Partida de bautismo de la abuela paterna del P. Amado: «En la Villa de Brozas, a ocho de marzo de mil setecientos veinte y dos años, yo Pedro Durán Ximénez, teniente de cura de la iglesia parroquial de los Santos Mártires, S. Fabián y S. Sebastián, bauticé solemnemente a María Cecilia Pacheca, hija legítima de Miguel Molano y de María Pacheca, su legítima mujer, y dicha bautizada nació el veinte y seis de febrero próximo pasado. Fue su padrino Francisco Molano, vecina de esta villa, y lo mismo los padres de dicha bautizada todos naturales y vecinos de ella. Y lo firmé.- Pedro Durán Ximénez».

e) Partida de matrimonio de los abuelos paterno del P. Amado: «En la villa de Brozas a 15 de noviembre de 1744 años, yo D. Juan Clemente Bravo, provisto de licencia parroquial, habiendo precedido los requisitos que dispone el Santo Concilio de Trento, desposé y velé a Fernando Amado, hijo legítimo de Francisco Sánchez Amado y María Monteja, su mujer, vecinos y naturales de esta villa. Fueron testigos Ignacio Cordero y Miguel Molano. Y lo firmé.-Fray Diego de Vega y Cárdenas».

E) Informe del párroco D. Vicente Escardón, vecino de Brozas, de 76 años. Fecha, Brozas, 29 octubre 1816.

F) Certificación del comisionado para el informe, P. lector fray Diego Martín regidor. Fecha, Brozas, 29 octubre 1816.

G) Aprobación del informe por el P. prior de S. Vicente Ferrer de Plasencia, fray Domingo Madruga. En ella firma fray Sandalio Fernández, lector en teología. Fecha, Plasencia, 14 noviembre 1816. (Plasencia, Arch. Dominicas. San Vicente, leg.19,n.1).

3. Acta del Consejo conventual, del 6 de noviembre de 1816, en que leen la información para la toma de hábito del pretendiente Juan Manuel Amado, y la aprueban por unanimidad. (Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, libro 1, Libro de Consejo, p.3).

4. Acta de profesión religiosa del P. Juan Manuel Amado. Fecha, Plasencia, 8 noviembre de 1817.
«En el día ocho de noviembre de mil ochocientos diez y siete, entre nueve y diez de la mañana, hizo profesión solemne por este convento de S. Vicente de Plasencia, Orden de Predicadores, fray Juan Manuel Amado, natural de Brozas, en manos del R.P. Josef de Mandaluniz, suprior, estando vacante el priorato, de este convento, y siendo General de toda la Orden el Revmo. P. fray José Pío María Gadi; Vicario General en los dominicos de España el Revmo. P. fray Ramón Guerrero, y provincial de la provincia de España el M.R.P.M. fray Joaquín Cermeño. Y para que conste lo firmamos el referido P. Suprior, Maestro de Novicios y recién profeso. No hizo renuncia de bienes paternos.- Fray Josef Mandaluniz, suprior y presidente (rub.).- Fray Sandalio Fernández, lector de teología y maestro de novicios (rub.).- Fray Juan Manuel Amado (rub.)» ( Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, libro 1, Libro de Consejo, p.1 empezando por el final. En este libro solo existe este acta de profesión que está fuera de lugar).

5. Acta de Consejo conventual, del 27 de agosto de 1818, en que conceden por unanimidad a fray Juan Manuel Amado la ordenación de diaconado, y le piden dispensa de intesticios. (Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, libro 1, Libro de Consejo, p.9).

6. Acta del Consejo conventual, del 17 de agosto de 1820, en que conceden por unanimidad a fray Juan Manuel Amado la ordenación de prebítero. (Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, libro 1, Libro de Consejo, p.13-14).

7. Dos documentos autógrafos del P. Juan Manuel Amado:

a) informe para la toma de hábito del pretendiente Felipe Gilete, realizado por el P. Manuel Amado, siendo lector del convento de santo Tomás de Madrid. Su fecha, Plasencia y Brozas, 4 de julio al 3 octubre de 1827. (Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, leg. 15, n.8).

b) Idem para la toma de hábito del pretendiente Felipe Gómez. Su fecha, Plasencia y Brozas, 4 al 15 septiembre de 1827. (Plasencia, Arch. Dominicas, S. Vicente, leg. 15, n.10).

Crescencio Palomo Iglesias, o.p.

Oct 241971
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

Preámbulo

A una cita en Trujillo, hecha por una tan eminente personalidad extremeña cual es el Muy I.Sr.D. Francisco Fernández Serrano, y además para una tan noble misión como de la unos «Coloquios histórico-religiosos de Extremadura», naturalmente no podía faltar yo, por supuesto. Y en verdad que siento de todo corazón que mi presencia en tales actos no pueda ser física, por culpa de la pertinaz «artritis reumatoide» que me aqueja, además de enorme lejanía hasta nuestra querida Barcelona. En estos momentos y después de tanto tiempo qué satisfacción más profunda hubiera significado para mi volver a ver a ese Trujillo tan entrañable, que nunca se borra de mis pupilas y llevo tan metido en lo íntimo de mi alma, como algo que me es tan propio y constituye toda una parte de mi vida!

Con un saludo cordialísimo para todos mis antiguos amigos trujillanos, que ellos saben bien que los aprecio y no los olvido, y para cuantos nos honran con su presencia en tan importantes actos de esta gran cita histórica, quiero hacer patente mi participación con esta modesta reseña de experiencias personales en la ilustre Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, a quienes debo lo mas principal de mi educación en mis años de juventud y a quienes rindo desde aquí mi mas sincero homenaje de gratitud.

Dos eruditos señores parece que van a hablamos de idéntico tema: el P. Ángel Martín Sarmiento y D. Eufemiano Fort y Cogull, pero ello no ha sido óbice para que desistiera de mi idea primitiva, si bien mi plan fue más extenso y a última hora, por contingencias académicas, me debo ceñir a esbozar únicamente como fugaces estampas unas breves referencias de las dos Residencias más importantes para mi, Plasencia y Zafra.

CASA DE PLASENCIA (Fundada en 1886)

En las postrimerías del pasado siglo XIX, durante el reinado de Alfonso XII, cuando se alternaban en el gobierno nuestro mas grande estadista, Cánovas del Castillo, y Mateo Sagasta, parece que se fundó la casa de Plasencia, la segunda fundación de PP. Claretianos en Extremadura. Era entonces Prelado de la diócesis placentina el Excmo. Sr. D. Pedro Casas Souto y el Superior General de los PP. Misioneros Hijos del Ido. Corazón de María el Rdmo. P. José Xifré, recia personalidad y todo un hombre de gobierno, preclaro en santidad. El ofrecimiento le fue sumamente grato, pues se trataba de un grandioso edificio, aunque demasiado vetusto, con una iglesia extraordinaria y buenos patios. Al igual que la de Zafra había sido en otro tiempo convento de la esclarecida orden dominicana. Sobre unas bases algo parecidas a la anterior fundación se firmo el convenio el 18 de enero de, l886. El Sr. Obispo se comprometía a ceder a la Congregación «en uso y usufructo, por todo el tiempo que subsistan los Misioneros en la ciudad de Plasencia el edificio y la iglesia con sus alhajas y ornamentos para la celebración del santo sacrificio, etc.»

«El P. General por su parte se obligaba a tener en la casa 5 Padres con 4 o 5 Hermanos Coadjutores, reservándose el aumento de dicho personal para cuando las circunstancias se lo permitieran o reclamaran, y a dar, por medio de ellos, misiones y ejercicios espirituales a las corporaciones y a los pueblos que designara el Prelado, de acuerdo con el Superior local, en las épocas y estaciones oportunas…» ¡Dichosos tiempos pasados aquellos que, aunque más desafortunados posiblemente en política, disfrutaban de un ambiente de una más pura espiritualidad!

Por circunstancias especiales parece que no se hicieron cargo de esta fundación nuestros PP. Claretianos hasta el 25 de noviembre de 1886, coincidiendo su salida de Santo Domingo de la Calzada con una célebre expedición de 18 individuos de la Congregación que marchaban a las misiones de Fernando Poo el día anterior 24. En la Estación de Plasencia Empalme les esperaban altas autoridades eclesiásticas y civiles y con gran acompañamiento les llevaron al Palacio Episcopal, en donde se les tributo el más cariñoso recibimiento. Después de darles la bienvenida cordial el venerable Prelado, con la Comisión episcopal y en medio de un ingente gentío, encamináronse a la nueva Casa Misión, vulgarmente conocida por convento de Santo Domingo o de San Vicente. Estaban iluminados el pórtico y la fachada principal, para darles más esplendor y alegría. Penetraron en la casi catedralicia iglesia, cantándose seguidamente un solemne «Te Deum» en acción de gracias y una «Salve» a la Virgen por su feliz arribada a la ciudad del Jerte. Después el XX Superior de la nueva Comunidad, P. José Navarro, dirigió unas palabras de saludo y ofrecimiento a los placentinos, con lo cual, terminados los actos oficiales, tomaron posesión de su Residencia.

Además del mencionado P. Superior, digamos que la Comunidad estaba compuesta por los PP. José Moumereu, Ramón Muns, Eduardo Fernández y Ramón Caserra además de los Hermanos Gregorio Pradera, Eusebio Güell, Juan Martínez Casimiro Ferrarons y Felipe Gadea. De este último se dice lacónicamente, pero con bien merecido elogio en el Boletín extraordinario de la Provincia Bética, en su Bodas de Oro (1906-1956): Verdadera institución en Plasencia. Fervoroso, ejemplar, modelo de Hermanos. Vivió en Plasencia 53 años.»

Precisamente este ultimo Hermano Felipe Gadea fue el que me franqueó las puertas del Colegio Postulandtado de Plasencia, instalado «ex professo» allí desde el año 1923 para recoger mayor número de vocaciones del Norte de España, Castilla la Vieja y León. Recuerdo perfectamente aquel para mi por todos los conceptos gran día de la entrada en la bella ciudad de Alfonso VIII. Tenía 11 años y apenas se hizo de día, mi madre me llama y todo emocionado me visto de prisa, con mi traje nuevecito de colegial y bien poco debí de desayunar. De pronto se oye un ruido de auto. Es el coche de línea de Vitigudino-Aldeadávila de la Ribera, que nos ha de llevar a la cabeza de partido y allí mejor acomodados en el de la línea directa a Salamanca, marcharíamos a la capital. Hasta ese punto me acompañaba mi padre, pues además era precisamente el día 21 de septiembre, San Mateo, último de la feria septembrina tradicional y. como ganadero que era, tenía otra razón de interés desde el punto de vista profesional. Muchas veces le había acompañado yo con reses a Vitigudino, tan célebre por sus concurridos mercados. Hoy me hacía el honor mi padre, y la despedida se hacía de esa forma menos sensible. Mi alegría y entusiasmo por nuestra pulcra e histórica ciudad charra fue grande, a decir verdad. Como niño me ilusionó contemplarla en fiestas, con sus gigantes y cabezudos bailando por alguna de sus múltiples plazuelas y sus acompañamientos por las calles Zamora, Toro o de la Rúa, pero sobre todo quedé embelesado ante la esplendorosa Plaza Mayor, las grandiosas portadas platerescas de la Universidad y sus dos Catedrales, que por primera vez contemplaba. La Virgen de la Vega, patrona de Salamanca, y el Cristo de las Batallas, legado tal vez del obispo don Jerónimo de Perigord, fiel compañero del Cid, enterrado en la Catedral Nueva, me llamaron poderosamente la atención, en tan nobles y altísimos recintos de columnas sin fin que no me cansaba de admirar. Era mi tío, el P. Eleuterio Alegría Nicolás, quien era esta vez mi guía y como habríamos de ir a Plasencia, no omitió el mostrarme en el exterior la bizantina cúpula «torre del gallo», de la que es replica la llamada en Plasencia «torre del melón». Intencionadamente también o por azar venimos a caer ante la imponente y singular fachada del convento de San Esteban, en donde me hizo mención del ciego y su famoso «Lazarillo del Tormes».

Declinaba la tarde y se hacía de noche y cuando las extraordinarias luminarias feriales se encendían plenamente, he aquí que decidimos coger el auto que desde la Plaza Mayor nos conduciría a la Estación. Mi padre sentía en su alma perder a su hijo mayor, pero hizo lo que pudo para disimularlo en su despedida. Yo no tanto y no pude contener mi sollozo, mientras mi tío, en la plataforma ya del tren, me alargaba sus brazos y rápidamente me desprendía de los de mi bondadoso padre. El tren pitaba y echaba a andar, a correr cada vez más. La figura de mi padre y hasta la silueta de la catedral de Salamanca se perdió muy pronto en la lejanía. Para restar importancia a la despedida, mi tío sacó inmediatamente el Rosario y empezamos a rezar. Luego un poco de conversación, comentando los sitios por donde pasábamos: Alba de Tormes, sagrado lugar que guarda con veneración reliquias de Santa Teresa de Jesús; Arapiles, famosa batalla contra Napoleón… Y tal vez me dejo adormilarme un rato para rezar su Breviario. La noche se hacía fría, unas gotas en el suelo y una canción en el aire:

«Bejarana, no me llores/
porque me marcho a la guerra»..

Unas montañas muy altas, unos edificios encumbrados con unas luces esplendentes y en el fondo un riachuelo que mi admirado tío me dijo se llamaba «Cuerpo de hombre». Me hizo gracia. Estábamos ya en Bejar. Era muy tarde y me hizo cenar algo. Al cabo de un rato de maniobras de máquinas, entre humos y vapores arrancamos hacia Plasencia, que yo ¡infeliz de mi! creía estaría ya inmediata pero todavía habían de pasar unas horas. Mirando una vez y otra por la ventanilla, iba leyendo sucesivamente: Puerto de Bejar. Montemayor. Hervás, Aldeanueva del Camino, Oliva de Plasencia y por fin ¡Plasencia! Entre penumbra y contemplando con gran asombro los precipicios del río Jerte, antes de bajar del tren ya había divisado aquel formidable conjunto de colosales edificios, autenticas fortalezas, pues después de todo el Palacio del Marqués de Mirabel y el antiguo convento de Santo Domingo se hallan por aquel costado circuidos de altas murallas… ¡Parece mentira lo que son las impresiones fuertes en la edad de la infancia, pero conservo aún vivas en mi imaginación aquella mi primera tenebrosa estampa de aquella ciudad extremeña que tanto habría de entusiasmarme y en la que mi tío, el P. Alegría, se hizo tan popular Habíamos llegado a lo que se pudiera decir en alguna forma el feudo de mi tío.

En la Estación nos aguardaba el fidelísimo criado Pepe, hombre jovial, placentino de una edad parecida a la de mi tío y con quien hizo estudios en la Congregación y prácticamente, vuelto seglar, vivía como uno más de la Comunidad en su humilde menester de recadero. Con tanta familiaridad le trataba mi tío, que le saludo con un buen estirón de orejas. Subidos al coche de viajeros y habiendo penetrado por la Puerta de Talavera, descendimos en la Plaza Mayor en el momento que surgía un aguacero y el agua empezaba a destilar por aquellas tan bien encaladas paredes de simétricos arcos. Como iba tan animado, yo recuerdo que le dije a mi tío: ¡Anda! si esta plaza es como la Plaza Mayor de Salamanca. -El sonriendo, exclamo: «Si, pero no tan buena». Luego por la Calle Marqués de Mirabel llegamos, por fin, al vetusto convento y el precitado Hermano Felipe Gadea nos recibía. Todo estaba ya previsto: a mi se me conduce inmediatamente a un dormitorio común muy espacioso, tres veces más grande que nuestros acostumbrados pajares de Salamanca, pero que, de momento y muy tenuemente iluminado, no parecía diferenciarse gran cosa por lo grande y destartalado hasta cierto punto. Allí dormían en medio del más riguroso silencio no menos de 50 colegiales, aspirantes a misioneros. Allí se me deja, mientras mi tío y acompañantes se retiran a sus respectivas celdas. A pesar de las emociones de todo el día, supongo que descansé bien y me dormiría.

Ahora sí que se podía decir justamente que mi vida había cambiado del todo de la noche a la mañana. Serían las 7 de la mañana, cuando de pronto penetra en la estancia un sacerdote con una campanilla en la mano y en voz alta llamaba: «Deo gratias et Mariae». Nuestros compañeros colegiales se incorporaban repentinamente en sus lechos, replicando a coro: «Semper Deo gratias et Mariae». Era la jaculatoria obligada a cuyo conjuro todas aquellas personillas empezaban la trama de sus actos cotidianos, físicos, religiosos y culturales.

Los niños a esa edad obran de la manera más natural y supongo que yo actuaría al unísono ya desde aquel primer día y, sin saber cómo, me desplazaría como todos ellos hacia los lavabos adyacentes, a medio vestir y con la toalla en la mano. Seguramente que cualquiera de ellos al azar me formularía la primera pregunta de rigor: «Eres nuevo ¿verdad?- De dónde eres… ¿De Salamanca? Pues yo también lo soy y este y éste… Mira aquel es de León y aquel de Malpartida, y aquel otro de Jaraíz de la Vera, y ese otro del Jerte y ese de más allá es de Sevilla y esos son dos hermanos de Burgos…

Apenas había trascurrido un cuarto de hora y sonaba de nuevo la campanilla. Todos remataron rápidos su higiene y se lanzaron a toda prisa a vestirse del todo y descender a la iglesia. Yo corrí con ellos en un relativo silencio, pues al entrar en la iglesia alguien musitaba: !0tro nuevo! y allí se detiene uno para cortésmente darme agua bendita, a la vez que me observa mejor. Me coloco a su lado de rodillas y, en su sitio todos los colegiales, el P. Prefecto inicia fervorosamente las Preces matutinas, luego la meditación y la Misa, en la cual comulgan la mayoría de los niños. Acabados los actos piadosos, ordenadamente en doble fila salen hacia el Refectorio, un magnífico salón que tiene 21’70 metros de largo por 7’85 de ancho. Encima está el dormitorio, a que aludí antes; mas con la diferencia de que el Refectorio se hallaba estupendamente conservado, con unos azulejos talaveranos en sus paredes muy vistosos del siglo XVI, encuadrando en ellos el escudo de la Orden dominicana, algunos esgrafiados y un pulpito de piedra, por el que desfilábamos por turno los colegiales.

Generalmente se leían ante todo los «Anales de la Congregación», en que aparecían Circulares de los Superiores, Necrologías, Fundaciones nuevas y noticias varias en general. De ordinario vidas de santos o de fondo ascético, historias de la Congregación y de nuestro fundador y de otras Ordenes religiosas, etc. Allí se veía el desparpajo de cada uno y su habilidad, particularmente si surgía alguna palabra difícil, extranjera o a veces bastaba con que fuera esdrújula. En seguida, nuestro P. Prefecto hacía sonar la campanilla o con un cuchillito tocaba un vaso fuerte que resonaba de lo lindo. Los menos caritativos se sonreían maliciosamente. Aquella lectura resultaba un continuo adiestramiento para el lector y a la larga era una ocasión de aprender cosas muy interesantes.

Los días festivos se nos permitía hablar, y si era el santo del P. Prefecto o del superior, que se dignaba entonces comer con nosotros, se nos permitía hacer brindis más o menos ingeniosos o salerosos. Nuestras comidas eran lo suficientemente sustanciosas, aunque de manjares corrientes. Se nos enseñaba a comer de todo, si es que uno no se hallaba enfermo. Los días señalados como grandes festividades había platos extra y hasta pasteles.

No es tarea fácil el compendiar aquí el conjunto de actividades de todo tipo para una perfecta formación de la juventud en los colegios claretianos. Vamos a intentar el resumirlas. Advirtamos desde luego que había dos Padres consagrados expresamente a vigilarnos y en todo momento estaban con nosotros en el salón de estudio, en los recreos, en las comidas, en los rezos y en los paseos fuera de la ciudad o por ella. Incluso su habitación estaba anexa a nuestro dormitorio y por la noche a veces uno u otro hacían la ronda a distintas horas. Sus desvelos eran diez veces mayores que hubieran sido los de nuestros padres por naturaleza. A la fuerza había que quererlos y todos sin excepción teníamos puesta en ellos nuestra entera confianza. A cualquier hora podías ir a decirle la cosa más insignificante y t quitaban la menor preocupación. Aquellos dos Padres Santos Alonso y Policarpo Oca, respectivamente Prefecto y Auxiliar, parecían dos auténticos ángeles puestos por Dios a la vera de cada uno de los cincuenta o más jovencitos que constituíamos el colegio. Nos dedicaban sesiones educativas informativas en las que nos proporcionaban consejos de virtud y civismo. En nuestras manos tuvimos muchas veces libros tan hermosos como «Los tres modelos de la juventud: San Luis Gonzaga, San Juan Berchmas y san Estanislao Kostka» y hasta clásico manual de «Urbanidad y buenas formas» de Blanchereau. Enseñaban la manera práctica de utilizar los cubiertos con finura y mondar magistral y cortésmente cualquier fruta. En festividades nos entretenían con cine recreativo por medio de «Paté-Baby», en el que veíamos con fruición infantillas fechorías de Charlot; se representaban también obras de teatro moral o se nos leía cosas científicas e interesantes del Tesoro de la juventud…

En el aspecto intelectual recuerdo con cariño a aquellos mis profesores como el P. Pérez (Miguel), Ayala, Maillo, etc. que con el mayor empeño se esforzaban por enseñarnos Gramática, Caligrafía, Geografía e Historia, Música y Latín… Este último, hasta en forma de desafío, formando los dos grupos de cartagineses y romanos.

Más esto evoca a mi mente una temporada que duró todo un curso o más en que se tomó la cosa tan en serio que, bajo la jefatura de dos hermanos, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos, pero ambos de Casar de Palomero, habiéndonos fabricado por propia industria grandes escudos y espadas realizábamos desfiles y escaramuzas, lo cual llegó a constituir un verdadero espectáculo para propios y extraños. Aún recuerdo a aquel hombre venerable, pintor placentino, de barbas blancas al estilo de la centuria pasada, D. Valentín, que nos contemplaba muy atento y sonriente en medio de la comunidad, que paseando por entre las murallas nos observaba divertidamente cuáles jueces imparciales.

Naturalmente, de ordinario en aquella espléndida plaza, que tal vez había sido en otro tiempo Huerta (pues había un paseo entero de emparrado con sus arcos de hierro, además de naranjos y limoneros), jugábamos al fútbol, a la pelota vasca en un trinquete, aros, etc. A veces al marro o guerrillas, no escaseando los bolindres, dominós, ajedrez y otras clases de juego.

En alguna ocasión para protegernos de la lluvia o del frío se optó por concentrarnos en un patio interior, que consta de dos claustros, alto y bajo, con un estilo no muy perfilado de tipo de arco carpanel. Y si el silencio por sí solo impone sobremanera en unos claustros frailunos, recuerdo todavía un tanto emocionado en aquellos años de infancia sentía una especie de escalofrío al pasar ante cierta capilla denominada «De profundis». Esta palabra me evoca muertos y mi exaltada imaginación infantil, calderada por los cuentos de Perrault, fingía al instante aquel misterioso recinto, que no se si vi alguna vez por dentro, debiera ser algo así como el osario de Barba Azul. Una circunstancia me inducía a este pensamiento y era ella una estatua de mármol mutilada en su cabeza y manos y que se decía ser del placentino Fray Martín Nieto, caballero de la Orden de Malta. Afirmaban que los franceses la habían destrozado bárbaramente y yo al verla en aquella actitud orante, sin saber mucho de pasadas épocas, debí de pensar en aquella misma posición de implorar piedad le habría matado Barba Azul, quien asesinaría hombres y mujeres y sería además soldado napoleónico… Allí permanece tan bella escultura cabe una grandiosa escalera al aire, construida por el aparejador de obra de la catedral nueva de Plasencia Juan Álvarez. Es muy semejante, por cierto, en su atrevida proyección arquitectónica a la que en tiempos posteriores hiciera en Trujillo Mera en el palacio de los Vargas-Carvajales, dicho también de los Duques de San Carlos, cuyo patio por otra parte es muy parecido al de los marqueses de Mirabel de nuestra ciudad del Jerte. Este palacio con su «logia» renacentista y su perenne pensil, además de su pequeño museo con bustos de emperadores romanos Antonino Pío y Claudio, junto al de Carlos V, atribuido a Leoni, son algo maravilloso y que todo visitante de Plasencia no debe dejar de admirar. De niño y de joven siempre me hechizaba esta estampa de los Zúñigas.

Recuerdo también aquellos momentos de fervor religioso individual y colectivo en aquella maravillosa iglesia de san Vicente Ferrer, con motivo de cultos en Semana Santa, novenas al Corazón de María o a la Inmaculada, a las que se traía afamados predicadores de la Congregación, que rendían al más empedernido pecador por sus argumentos y unción Sagrada. Cantores extraordinarios se agregaban a nuestros coros, que con órgano y violines daban el máximo esplendor al culto en una forma tan feliz y espiritual como acaso no lo experimentado ya en mi vida. Todo el altar mayor y sus laterales artísticos tal vez contribuían a ello, pues en efecto el viajero que visita aquel hermosísimo templo puede contemplar la tumba de Juan de Zúñiga, hijo de los condes de Plasencia y por cuya salud edificose el convento, llegando a ser con el tiempo arzobispo de Sevilla, cardenal y maestre de la Orden de Alcántara. Sobre su sepulcro pende de la alta bóveda el capelo cardenalicio. Junto a la sacristía puede verse igualmente la sepultura de don Luis de Zúñiga, comendador mayor de Alcántara, gentil hombre de la cámara del emperador Carlos V y general de la caballería española, de los consejos de guerra y de Estado del rey don Felipe II, y doña María de Zúñiga, su mujer, segundos marqueses de Mirabel, la cual mandó hacer este enterramiento. Año 1589.

Pero, para terminar vive como contraste a esta mi admiración por el grandioso templo de san Vicente Ferrer, que allá por el año 1931, cuando a causa de la quema de conventos y asaltos a las personas religiosas, después de una noche de dispersión alarmante por las huertas Acisclo, cercanas al cementerio, tendidos en la santa hierba y después de las diligencias del propio alcalde de Jerez de los Caballeros, abogado Barbosa, a pesar de ser un gran sectario fuimos conducidos a Zafra y al final como último refugio llegamos a Plasencia, he aquí que tuvimos el alto honor de ser visitados un buen día por el ministro republicano de Gracia y Justicia don Álvaro de Albornoz y muy pausadamente acompañado de un numeroso séquito recorrió todo el gran convento y al salir despidiéndose cortésmente del Superior y mirando por última vez al pórtico de la iglesia, que se ve le había gustado, afirmase que exclamó: «¡Que lástima!. Vaya garaje se podía hacer aquí». ¡Pobres de nosotros los hombres!. Como cambian las cosas de mirarlas con una u otra perspectiva, espiritual o utilitarista.

CASA DE ZAFRA (Fundada en 1881)

Resonaban aún vigorosas en el oído determinado obispo de Badajoz las comentadísimas palabras que allá por el diciembre de 1866 pronunciara en aquella catedral del santo Fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, con motivo de acompañar a la Reina en calidad de Confesor, a su paso para Lisboa. Refiérese, en efecto, que el P. Claret, según su costumbre, eludiendo los actos protocolarios de la recepción de Isabel II, impulsado por su espíritu esencialmente apostólico se había anticipado y se hallaba predicando ya en la Catedral en el preciso momento que entre el griterío y entusiasmo general de la multitud penetraba en el sagrado recinto la Soberana, acompañada del Prelado pacense. El P. Claret, en señal de respeto, guardó silencio durante unos instantes hasta tanto que tomaran asiento en sus respectivos doseles de honor, cuando de pronto surge entre la multitud un fervoroso «Viva la Reina». El afamado santo de Sallent no pudo contenerse bien y en un arrebato apostólico, apostrofando al auditorio, exclama: «En la casa de Dios no se dan vivas a ningún mortal»…

El caso fue que en vida todavía del P. Claret este mismo Prelado, testigo de esta escena, o su inmediato sucesor, en vísperas casi de la funesta Revolución de septiembre que derrocaría a aquella infortunada Reina, con fecha 24 de junio de 1868 solicitaba en amable carta al Superior General de la Congregación, Revdmo. P. José Xifré, «seis de esos varones apostólicos» para su tan necesitada diócesis. Pero, al no poder ofrecerle algo más convincente que la sola confianza en la divina Providencia, parecía demasiado sacrificio para una Comunidad incipiente y no se pudo complacer al Prelado.

Sin embargo, bajo el mandato del antedicho Superior General, al cabo de 23 años las ansias de fundación de aquel fervoroso Obispo se verían satisfechas y sería Zafra, la bella y comercial ciudad, la primera de la serie. Conforme nos relata el P. Mariano Aguilar en la «Historia de la Congregación» Dios se valió de la persona del eximio Misionero y extraordinario orador P. Inocencio Heredero, anteriormente Superior de la Casa-Misión de Alfaro, como eficaz mediador entre el Excmo. Sr. Obispo de Badajoz, D. Fernando Ramírez y Vázquez, y el Rdmo. P. José Xifré. En virtud de estipulaciones de convenio firmado por ambas partes, la Mitra cedía en usufructo perpetuo a la Congregación casa de iglesia del Rosario. Se deduce que andando el tiempo los PP. Misioneros debieron de comprar la huerta adyacente, para erigir el «Colegio Máximo» o Teologado, que tradicionalmente se ha mantenido en dicha ciudad, y se complementará con otras edificaciones necesarias para la Comunidad. Debemos observar que en un terreno llano, cual es el de Zafra, da la impresión de que una fortaleza en pequeño, aunque rematado en su fachada principal por un simple campanario que, a manera de espadaña, deja en el edificio, espléndido en su conjunto una nota típica aldeana. Si no estoy mal informado, primitivamente fue convento de Dominicos, quienes debieron abandonarlo con motivo de la «desamortización».

El 14 de julio de 1861 se personaron allí en consecuencia los primeros cordimarianos procedentes de su residencia de La Selva: PP. Heredero, García y Coma, además del Hermano Parera. Era su propósito inaugurar dicha casa-misión con la predicación de una solemne novena, que por causas ajenas no pudo verificarse. De hecho, la inauguración pública de la casa se hizo el día 25 de dicho mes, en cuyo día al anochecer, realizado el Rosario y cantada la Letanía, nos refiere el cronista de la Congregación, subió al púlpito el P. Heredero y anunció con claridad y fervor a la numerosa concurrencia que casi llenaba el templo, quienes eran nuestros misioneros, a que venían y que medios iban a poner en práctica para obtener el doble fin de la gloria de Dios y la salvación de las almas. Oficialmente quedaba constituida desde que el día la Comunidad por el Rdo. P. Genover como Superior, PP. Montaner; Singla y Aguiló, con los Hnos. Puig, Massip, Ruano y Oms.

Desfilaron por la casa en sinceros ofrecimientos el clero en pleno y autoridades del municipio e incluso personalidades tales como Sers. Condes de la Corte y el Marqués de Encinares. Posiblemente mucho contribuyó a tan buena disposición del público la gran fama del apostólico Misionero P. Heredero, quien, apenas asentada la Comunidad en Zafra, desarrolló dos extraordinarias misiones en la provincia, consiguiendo numerosas conversiones, algunas calificadas de «milagrosas» por lo inesperadas, en las poblaciones de Cheles y Olivenza. Las mayores dificultades que se oponían en un principio tornáronse en asombrosos éxitos, en virtud de la divina gracia que Dios se complacía en derramar en aquellos toscos y bastante indiferentes extremeños, ahora tan fervorosos.

La Residencia de Zafra, sin perder su carácter primitivo de Casa-Misión, desde diciembre de 1885 tuvo también a su cargo una Escuela de Enseñanza Primaria, por la que según estadísticas pasaron hasta el año 1936, comienzo de nuestra Guerra Civil, unos 2120 niños. Constituida jurídicamente la Provincia Bética el 24 de octubre de 1906, se asienta en Zafra la Curia Provincial, la que trasladará por breve tiempo a Jerez de los Caballeros en 1908, vuelve a ser Curia Provincial en 1918 hasta 1930 y de nuevo de 1938 a 1950. Más a partir del verano de 1917 se transforma en un «Colegio Máximo», Teologado, que es como yo la conocí en septiembre de 1932, en que inicio allí mis estudios de Teología hasta el año 1936, en que cursaba ya 4º curso, pero sobreviene de pronto la ferocísima ola persecutoria que desde tanto tiempo el infierno entero planeaba y de manera tan furibunda, cual implacable tormenta de manera tan funesta caía sobre España. Era el día 28 de abril. Extremadura toda era un horrible hervidero. Los elementos más avanzados de la izquierda revolucionaria, como las sintéticas y desvergonzadas Nelken y «Pasionaria», alentaban a toda la villanía. No había la menor seguridad ya para los religiosos en esta provincia. Ya habían empezado los asaltos y que más de conventos… Los Superiores disponen la dispersión momentánea o distribución por casa de la provincia que ofrezcan alguna mayor seguridad, pero antes de la semana se cursaban órdenes de concentrarnos todos en la Casa de Ciudad Real y allí acudí yo y casi todo el Profesorado. Recordamos todos como se salvó de milagro por ejemplo el eminente Escriturista Máximo Peinador, luego P. Provincial de Bética, pero no se cómo fue que nuestro ilustre canonista y hoy Cardenal P. Arturo Tavera llegó a Madrid y varios compañeros y a mí nos proporcionó muchos recursos y prodigó favores, con gran exposición de su persona, después que salimos de la prisión, en donde habíamos permanecido durante nueve meses. ¡Queridos santos 14 compañeros martirizados en Fernán Cabellero, con algunos de los cuales cómo Vicente Robles Gómez horas antes dejábamos en una misma celda los dos solitos, pues nuestros perseguidores así nos habían distribuido y colocado por un par de veces en el patio en filas, dispuestos ya a fusilarnos y recuerdo todavía aquel espíritu tan sereno que tenía por qué Dios me daba una singular fortaleza! ¡Seguramente mucho más valentía debió darles a ellos en aquella hora horrorosa de su martirio! ¡Ellos nos protejan desde el cielo!.

Oct 241971
 

Antonio Veny Ballester, C.R.

En Coria, donde circunstancialmente se encontraba, por imperativo de santa obediencia, entregaba su alma a Dios el P.D. Jerónimo Abarrategui y Figueroa, de la orden de clérigos regulares, día 1º de mayo de 1719. Se cumplen, en el presente, doscientos cincuenta y dos años.

El epitafio del sepulcro que guarda sus restos mortales, en la catedral de Coria, reza así: Aquí espera la resurrección de los muertos el Reverendo Padre Don Jerónimo Abarrategui y Figueroa, de la orden de San Cayetano. Insigne por su piedad, dichoso en vida, feliz en muerte. Falleció el día de las calendas de mayo del año del Señor 1719.

Don Diego de Torres y Villarroel, biógrafo del P. Abarrategui. Personalidad del teatino. Su presencia en Extremadura. Su muerte y sepultura en Coria. Tal es, en síntesis, mi aportación a estos Coloquios histórico-religiosos.

Don Diego de Torres y Villarroel, biógrafo del P. Abarrategui.

«El mundo está ya de otro humor que el que tenía cuando se fundó la Universidad de Salamanca, y los hombres de esta época aspiran a otras máximas y otros estudios más conformes al genio del siglo». ¿Cabe mentalidad más actual que la que reflejan estas frases, proferidas en pleno claustro de la Universidad salmantina, hace ya la friolera de 250 años? ¿Dudaría en suscribirlas, en esta época de «aggiornamento» ninguno de los exponentes del movimiento de «puesta al día» del mundo intelectual, político y religioso que caracteriza nuestro tiempo?.

Quien así se producía ante el claustro de doctores de aquel Estudio General era don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de Matemáticas y Astrología en la que el centro del saber, el escritor, sin disputa, más representativo de su época, «el Quevedo de su siglo», según con toda verdad, se le ha llamado.

Entre las obras que configuran su personalidad literaria, Anatomía de lo visible e invisible en ambas esferas, Los sueños morales. El Ermitaño y Torres. La vida natural y católica, los Pronósticos, que aparecían cada año en El gran Piscator de Salamanca, etc. descuella su autobiografía; Vida de don Diego de Torres y Villarroel. Libro que se le de un tirón y con provecho, en cuanto se toma en las manos; que con habérsele llamado, con acierto, «nuestra última gran novela picaresca», el hondo sentido religioso que late en todas sus páginas conmueve y edifica; una de las obras narrativas más amenas, que tiene, sobre las de pura ficción, la intensidad que le presta el hecho de haber sido vivida. Auténtica «novela picaresca, sin género alguno de maldad que mancille la honra del héroe», en frase de don Juan Valera. De ellas se hicieron cinco ediciones en 1743-44, el año de su publicación.

Don Diego de Torres y Villarroel nació en Salamanca en 1693. Ordenóse de subdiácono en 1715. Obtuvo por oposición la Cátedra de Matemáticas y Astrología de la Universidad de Salamanca en 1726. Ordenóse sacerdote en 1745. El 19 de junio de 1770 moría piadosamente, rodeado de los suyos, en el palacio de Monterrey, de la capital salmantina.

Torres y Villarroel cultivó la hagiografía. Fruto de su pluma fueron la «Vida de la venerable Madre Gregoria de Santa Teresa», carmelita descalza de Sevilla, uno de los mejores libros, en cuanto al estilo, y la «Vida ejemplar y virtudes heroicas del Venerable Padre don Jerónimo Abarrategui y Figueroa, Clérigo Regular Teatino y Fundador del Colegio de San Cayetano y San Andrés Avelino, de Salamanca», Salamanca 1749. Aparte esta primera edición de la vida del Padre Abarrategui, en 1752 el autor reunió sus obras y papeles, múltiples y varios, en magnífica edición de 14 tomos, que vio la luz por suscripción pública, asimismo, en Salamanca, a la que, del rey para abajo, contribuyeron todas las clases sociales de España. Desde 1794 a 1798, otra edición de sus Obras Completas publicose en Madrid, en 15 tomos, de los cuales el tomo 14 contiene la vida del Padre Abarrategui.

Don Diego de Torres y Villarroel había frecuentado desde joven el colegio de San Cayetano de la capital salmantina, donde había conocido y tratado al Padre Abarrategui, y mantenido contacto con otros virtuosos teatinos. El Padre Juan Carlos Miguel Pan y Agua, Rector de dicho Colegio en 1749, a raíz de la publicación de la «Vida» del ejemplar teatino, escribía, entre otras cosas, en su «Censura» de la obra: «Ansioso, el autor, de obsequiar al venerable Padre, a quien conoció cuando Mancebo, y a mi Religión sagrada, a quien profesó singular afecto, agradecido, al mismo tiempo, al tales cuales astrológicos retazos, que en este Colegio le sirvieron, a su facultad, de primeros elementos, según que confiesa en un trozo de su «Vida», que dio a la prensa». En efecto, en el «trozo» tercero de su «Vida»-el autor llama «trozos» a las distintas partes de su autobiografía-, Torres y Villarroel se expresa así: «A estos cartapacios (varios tratados de Astronomía y Astrología de Andrés Argolio impresos por David Origano), y a las conferencias y conversaciones que tuve con el Padre don Manuel Herrera, clérigo de San Cayetano, y sujeto docto y aficionado a estas artes, debí las escasas luces que aún arden en mi rudo talento, y los relucientes entorchones que me ilustran maestro, doctor y catedrático en Salamanca».

Del concepto en que tenía al Colegio de San Cayetano y a los Padres que componían aquella comunidad son bella expresión estas frases que estampa en el «trozos» segundo de su autobiografía, al narrar en párrafos inimitable es su encuentro providencial con el venerable ermitaño Juan del valle, con el que dio en Tras-os-montes de la vecina nación, en una de sus curiosísimas aventuras: «Llámase este humildísimo hombre don Juan del Valle. Vive hoy y asiste en la portería cuantos ven su afable y devoto rostro. Los Padres de este observantísimo Colegio le aman, conocen y tratan con respecto cariñoso. Vive contentísimo porque le dan comida y entierro. No ha querido recibir nunca dineros».

El Padre don Jerónimo Abarrategui y Figueroa nació en Madrid el 15 de junio de 1653, de nobilísima familia, oriunda de Vizcaya. Vistió sotana teatina en diciembre de 1673, a los 20 años de edad, en la casa de Nuestra Señora del Favor de la capital de España, donde profesó solemnemente el 3 de marzo de 1675. El 1 de diciembre de 1683 llegaba como Prefecto de Estudiantes al Colegio o Seminario Mayor abierto en Salamanca por el Padre Antonio Ventimiglia para los escolares teatinos de filosofía y teología. Destinado el Padre Ventimiglia a las misiones de la Orden en la isla de Borneo, de donde fue Vicario Apostólico, sucedióle el Padre Abarrategui en calidad de Rector, cargo que desempeñó en tres distintos mandatos. En la culta Salamanca, la primera beneficiada, a lo largo de 36 años, por la ejemplaridad de su vida y sus ministerios pastorales era aclamado por «santo» en todos los ambientes sociales. En Coria, donde circunstancialmente se encontraba, cumpliendo órdenes superiores, entregó su alma a Dios el día 1 de mayo de 1719.

Treinta años más tarde, en 1749, la mejor pluma de su tiempo documentaba para la historia la «vida ejemplar» y las «virtudes heroicas» de este hijo de San Cayetano, con un criterio de objetividad que impresiona hoy por fuerza al crítico más exigente, atento como estaba a «no decir al público -son sus palabras- más que las puras, inocentes y verdaderas relaciones de sus obras, despojadas de todo artificio que pueda perturbar la candidez de su sinceridad», ya que esta clase de héroes «cualquier vientecillo lisonjero les arrolla la fama, y los empeños que toma el escritor para persuadir sus heroicidades atrasan su culto, disminuyen la reputación y ponen de mala fe los elogios».

Sólo las propias vivencias y el testimonio directo de testigos presenciales, y éstos a base, todavía, de escrupulosa selección, tienen cabida en sus páginas. «De la compostura religiosa, de la modestia edificativa de la entrañable calidad con el prójimo, del agrado pacífico de sus persuasiones, de la reverencia respetuosa en los templos y de otras felices señales de la devoción y penitencia de este siervo de Dios soy yo testigos, porque logré la aventura de conocerle algunos años, de hablarle muchas veces, y de contemplar con admiración su aspecto venerable… Puedes seguramente afianzarte en la verdad de mis relaciones porque no van apoyadas en la debilidad de noticias vagas, sino en una inquisición ocular y desinteresada».

El libro de Villarroel es todo él un documento de valor crítico inestimable con vistas al proceso canónico de beatificación del Padre Abarrategui, prez de su Orden en España, proceso que el largo eclipse de la Congregación teatina, víctima de las revoluciones, obstaculizó el nuestra patria.

 

El P. Abarrategui en Extremadura

Los Gamarra, de Alba de Tormes, distinguidos bienhechores de la comunidad teatina, rogaban al P. Abarrategui, con machacona insistencia, que se dignase acompañarles al convento del Palancar, santificado por la presencia de San Pedro de Alcántara. Pero el Siervo de Dios les pasaba con evasivas. Un día les manifestó: «Se empeñan Vuesas Mercedes en que muera fuera de Salamanca después de vivir aquí 36 años». Pensaron que se trataba de una de tantas excusas.

A ruegos de los interesados, el P. Rector del Colegio tomó cartas en el asunto. Llamó al P. Abarrategui. Inquirió sobre su resistencia acompañar a una familia, ilustre, devota, y bienhechores generosa de la Congregación teatina, y en particular de aquella comunidad. Abarrategui escuchaba, sin decir esta boca es mía. Preguntóle si estaba malo. «No estoy malo -contestó-. Y aunque viejo, me hallo con alientos para morir. V.R. no se canse. Como no me lo imponga por obediencia, no debe salir de Salamanca».

El P. Rector, -escribe don Diego de Torres- considerando el desconsuelo de la devota familia, que estaba en la deliberación de no hacer el viaje sin la compañía del Padre don Jerónimo, a cuya prudencia querían confiar también la reconciliación de ciertas enemistades, se resolvió a mandárselo por obediencia. Lo mismo fue oír la voz de Dios en su ministro, que disponer gozoso su viaje a Coria, y a la eternidad… Despidióse de los devotos de Salamanca. Dejó ordenados y compuestos sobre la mesa de su cuarto unos papeles de los que tenía que dar cuenta, y metiendo en su pecho un crucifijo que le acompañaba continuamente, y una imagen de Santa Teresa, partió para Alba de Tormes a incorporarse con la familia. Era el 18 o 20 de abril de 1719. Visitó, con la acostumbrada alegría, el corazón de Santa Teresa (1), y, despedido hasta verse en la gloria juntos, como se puede presumir, partió, a pocos días de detención en mayúsculas iniciada alba, para Coria, lleno de extraordinaria alegría y comunicándola a todos los que seguían el viaje».

No cabe la menor duda de que el venerable religioso abrigaba el presentimiento, ya que no la seguridad, de que iba a morir en Coria. Con el fin de despedirse, fue a casa de unos devotos que acostumbraban surtirle de ropa interior.

-¿Tiene la necesaria para el viaje? -Le preguntaron-. En todo caso, a su regreso, encontrará la que le haga falta.

-No dispongan ustedes nada -contestó-. Es excusada toda ropa. A donde debo irme la pondrán, y muy buena.

Y así sucedió después de muerto, el afán de los devotos por hacerse con sus reliquias, despojóle de los propios vestidos, y fueron menester prendas nuevas con que arropar su cadáver.

«A este modo -comenta Villarroel- salían de su boca muchas expresiones, con las cuales, sin arbitrio de la voluntad humana, hace prorrumpir el Espíritu Santo a los varones apostólicos, cuyo interior gobierna y dirige su sabiduría inerrable».

El 27 de abril rendía viaje en Coria, acogido con gran fiesta por don Manuel Núñez de Gamarra, Arcipreste de Calzadilla y Dignidad de aquella catedral, «sujeto en quien ha brillado siempre la buena crianza… Que le dio su venerable Padre Don Jerónimo -se expresa Villarroel-, pues desde su tierna edad, siendo cursante en Salamanca, le tuvo a su lado del colegio, instruyéndole en ciencia y virtudes varios años».

Obligada fue, el día siguiente, su visita a la catedral. La fama de barón santo, de que venía acompañado, hizo que no se le perdieran ninguno de sus movimientos. Notóse que había pasado la mañana de rodillas en profunda oración ante el altar del Santísimo; que, acabada la oración, detúvose en determinado lugar, el cual beso de rodillas, manteniéndose en esta actitud y en profunda oración más de dos horas; que se levantó acto seguido, y clavando de nuevo los ojos donde había hincado la rodillas, como quien no acertaba a separarse del lugar, tras otro espacio no breve de suspensión misteriosa, le echó la bendición, hasta que abandonó la catedral para restituirse al domicilio de los señores Gamarra. Este preciso lugar escogerá, dos días después, el cabildo catedralicio para cavar su sepultura. ¿Tuvo de ello aviso del cielo el piadoso Siervo de Dios? «No lo afirmamos, pero con bastante cordura se presume», concluye Diego de Torres, tras detallar el suceso.

Pasó el resto del día, desbordando simpatía con todos los de la familia, a quienes acompañó en la comida, y con los cuales departió en animada sobremesa, sin acusar el síntoma alguno de la terrible enfermedad que, a la vuelta de pocos días, debía acabar con su vida.

Enfermedad y muerte del P. Abarrategui

Retirado a su habitación, como a las ocho de la tarde, un fulminante ataque apopléjico dejóle sin movimiento y privado de sus sentidos. Avisados los doctores, después de reanimarle, le advirtieron del peligro en que había estado y en el cual perseveraba, y que debía por consiguiente, prepararse para morir.

El padre les agradeció el aviso, y radiante de gozo, les dijo: «Amigos, no me coge de susto ni desprevenido la noticia de mi muerte. Hace ya muchos días que esperaba esta hora».

Pidió le dejasen sólo y que llamasen al guardián del convento de franciscanos, fray Juan de Jesús de Berzocana. Hizo con el religioso su última confesión general. Entreactos de amor a Dios, férvidas plegarias a la Virgen y a los santos de su devoción, pidió perdón a los presentes, no cesando de agradecer a la familia Gamarra su piadosa asistencia «con tanta humildad y dulzura-escribe Diego de Torres- que no hubo persona que lo oyese con los ojos enjutos».

«Dijo finalmente ?prosigue- que nada echaba de menos en aquella hora sino la compañía de sus religiosos teatinos, a quienes amaba como hermanos, y con quienes había vivido en paz muchos años, procesando dichosamente un mismo Instituto y unas mismas máximas de religión. Pero Dios le dio, en el último trance, el alivio de una compañía tan piadosa como la de la comunidad franciscana, que le asistió hasta morir con tan cariñoso cuidado como mas no pudieran hacer sus propios hermanos naturales ni sus hermanos de hábito. Dos religiosos día y noche manteníanse a su cabecera. El mismo Padre Guardián no se apartaba de su lado como no fuesen los ratos en que, debido su cargo, se hacía imprescindible su presencia del convento».

Muy dueño de sus potencias, volvió a reconciliarse con el Padre Guardián, y con grandes muestras de fervor recibió el santo viático. Precedió a su agonía un prolongado delirio. Se le oía rezar salmos, oraciones, partes del oficio de difuntos. Se santiguaba, se daba golpes de pecho, exhortaba al temor de Dios, a pedirle perdón por sus pecados, pronunciaba a ratos la fórmula de la absolución. Prueba del tipo de imágenes que bullían en su hermosa alma, hecha a las místicas efusiones y al trato íntimo con Dios, razona don Diego de Torres.

Superada aquella crisis, y recobrados las facultades, recibió, en plena lucidez, el sacramento de la Unción. Poco después entraba en agonía. La placidez de su semblante reflejaba su paz interior, en términos que en ocasiones no era fácil acertar si había muerto o aún vivía.

Divulgada la triste noticia, diríase que la ciudad en masa personóse en el domicilio donde agonizaba el religioso. «Su cama estuvo rodeada de las personas de la primera clase de la Santa Iglesia Catedral -escribe Diego de Torres-, canónigos, racioneros, y otros ministros. El aposento se ocupó por los ciudadanos nobles. Los cuartos exteriores y el portal por gentes de todas castas… tres escribanos asistentes dieron fe de lo innumerable del concurso, de la devota veneración y de las aclamaciones del pueblo». Y a su testimonio se atiene, según terminantemente asegura, en la narración de los hechos.

Desde que recibió la santa unción, fue objeto de las atenciones del cabildo catedralicio, una de cuyas dignidades ostentaba, como hemos dicho, don Manuel Núñez de Gamarra, en cuya casa se hospedaba. Relevándose de dos en dos, le asistieron los canónigos hasta el instante de su muerte, cual si se tratase de un miembro del gremio capitular, acompañados de los religiosos franciscanos y de otras distinguidas personas.

Las oportunas reflexiones, y los hermosos pensamientos con que don Diego de Torres, sacerdote ejemplar, no menos que escritor famoso, se complace en salpicar la exposición de los hechos, le revelan, a todas luces, discípulo aprovechado de la escuela del P. Abarrategui. «La tarea infatigable de los santos ?escribe- ha sido la memoria de la muerte… la memoria de la muerte excusa muchos arrepentimientos, muchas confusiones espantosas, muchas lágrimas inútiles, que sobresaltan en aquella hora a quienes no pensaron en ella. La consideración de la muerte es el remedio de los males, de los acontecimientos y acechanzas que turban nuestros espíritus; desbarata los encantos y los ardides de las pasiones; agobia las altanerías de la soberbia; revuelca las fantasías de la vanidad; apaga ardimientos de la lujuria, y arrolla finalmente las locuras y antojos del amor propio, que pierden toda su fuerza a la vista de tan fructuosa consideración… la ventura o desventura eterna estriban en el estado en que se halla el alma en los últimos desmayos del cuerpo. Piadosamente aseguro que tendría en dichosísima disposición la suya el venerable P. Don Jerónimo, pues los trabajos, las penitencias, las cruces de toda su vida, no fueron sino preparativos para asegurarse una buena muerte.

«Fue disposición singular… que parece dio Su Majestad a los moradores de aquel pueblo que en todos los acuerdos que en orden a honrar a este siervo de Dios tomaron el cabildo, la ciudad y otras comunidades, en todas se halló suma concordia, sin desviarse voto alguno, ni oírse expresión que no fuese dirigida al honor, cuidado y benevolencia hacia el venerable Padre».

Día 1 de mayo, notando los circunstantes la proximidad de su muerte, mandaron tocar a agonía en la Santa Iglesia Catedral. Acudieron, al triste llamamiento, el cabildo, el corregidor de la ciudad, don Pablo Moreno de Morales, los regidores, y gran número de personas de los más varios estamentos. No cabiendo en la casa, muchos o la mayoría hubieron de resignarse a esperar desde fuera el venturoso instante en que, desprendido del cuerpo caduco, aquel dichosísimo espíritu, subiría a gozar de la gloria de Dios concede a los justos.

Eran poco más de las nueve de la noche del día uno de mayo de 1719, cuando los presentes se apercibieron de que había entregado su alma a Dios. Fallecía en lejana tierra, fue la de la casa religiosa, privado de la compañía de sus hermanos, los teatinos, con quienes había vivido en paz por espacio de tantos años. Y ello, por imperativo de santa obediencia, en gesto heroico de gratitud a una familia devota y bienhechora de su orden, prevenido de ello por el cielo, como es forzado presumir, dados los antecedentes constatados por muchos testigos. Pero rodeado asimismo «de la devota veneración y de las aclamaciones del pueblo», observa Diego de Torres. Sigo copiando a este biógrafo, testigo de mayor solvencia:

«Dejó muchas señales (y la más segura, la inocencia y el candor de su prodigiosa penitencia, y de su extática vida) de que, desde el punto que partió de esta caduca patria, empezó a gozar de las venturas que Dios tiene prometidas a los que pasan por el fuego y el agua de las tribulaciones. Persuádenlo los prodigios experimentados por los presentes a su fallecimiento, avalados por el testimonio de los tres escribanos referidos, y que juraron varios testigos eclesiásticos y seculares, entre ellas el P. Fray Juan de San Rafael, religioso descalzo de la Santísima Trinidad… y otras personas que ocupaban el aposento donde murió el Padre Don Jerónimo… su cuerpo quedó a los ojos de todos… blanco, flexible, el semblante hermoso, teñido de una rubicundez más florida que la que mostraba en estado de sanidad, como quiera que a las veces sus ayunos continuados o el rigor de sus penitencias le ponían descolorido, magro y macilento.

Tomaron a su cargo unos clérigos la diligencia de amortajar su cuerpo. Entretanto que su celo ejercita esta obra de caridad, escribiré el caso que sucedió en Salamanca el día en que murió el venerable.

«Escuchábanse entre los moradores de Salamanca voces confusas, noticias dudosas y rumores inciertos de la vida, enfermedad y muerte del Padre Don Jerónimo. Llegaron éstos a oídos de una ejemplar religiosa, terciaria dominica, hija de confesión del apostólico teatino. Mientras pedía al Señor, en oración fervorosa, por la salud del confesor, a quien debía los documentos que habían guiado su espíritu, parecióle oír una vez que le llamaba por su nombre, desde el preciso lugar donde solía el religioso escuchar las confesiones. Volvió apresuradamente los ojos, y vió al venerable Padre, rodeado de resplandores. Hablándole en el idioma del país en que ya reinaba, la consoló en su ausencia, dejándole prácticos avisos con que gobernar su espíritu entre tanto se detuviese en esta caduca patria. Esta misteriosa visión, que no califico, sí sólo relato, fue referida a su confesor por la misma religiosa, en los mismos términos o palabras que se acaban de leer, sin añadiduras ni ponderaciones. El lector la examine, y habrá de ella el juicio que su prudencia le dicte.

«Volvamos a las diligencias de los devotos eclesiásticos para amortajar su cadáver. Lo primero, desalojaron la pieza de todos los concurrentes que no debían asistir aquel acto de piedad. Cuando intentaron desnudarle de la ropa con que había muerto, ya se habían adelantado a destrozarle sus vestidos las ansias de poseer alguna de sus reliquias, de forma que algunas hilachas, que reservó la decencia, fue todo lo que se encontró de su ropa interior».

«Notaron todo su cuerpo sembrado de cardenales, de llagas y cicatrices, vestigios por demás claros de sus asombrosas penitencias. Compuesto el cadáver, ornado con las vestiduras sagradas y depositado en el féretro, mandó el corregidor de la ciudad que se retirase la frente y puso cuatro guardas al cuerpo, pues se podía temer de la devoción del concurso que volviesen a dejarle sin vestidos.

Reacción de la ciudad

«Las campanas de la Catedral dieron público aviso de su muerte, y no quedó en Coria hombre ni mujer que no corriese desolado a venerar su cadáver. Fue tan numeroso el concurso que no fue posible a los guardas acallar la gritería ni contener el desorden de las oleadas de gente que acudía de todas partes a besar los pies del difunto.

«Estuvo expuesto al público todo el día 2 de mayo, y en las 24 horas no cesó el bullicio, ni las entradas y salidas de las gentes, alabando todos a Dios que con prodigiosa señales honra las bondades de sus siervos y muestra cuán de su agrado son las virtudes de los santos.

«Finalmente, se vieron todo aquel día repetidas casualidades que parecieron milagros, y quizá muchos milagros que pasarían por casualidades. No nos especifico. Creo piadosamente que el Señor se empeñaba en descubrir, con los prodigios, los méritos y las virtudes que atesoró el Padre Don Jerónimo, y que el cielo anduvo cuidadoso de revelarlas en su muerte con la misma disimulada modestia con que el difunto había procurado disimularlas en vida. Y espero de la piedad de Dios que la fama de sus virtudes resuene en nuevos horizontes, cuando el Supremo Pastor declare al mundo cristiano, con su infalible oráculo, lo que ahora se admite como piadosa creencia.

Funerales y sepultura del P. Abarrategui

«El Ilmo. Cabildo, el Ayuntamiento de Coria, las cofradías de la ciudad, cada una con su estandarte, sin haber mediado aviso, y la comunidad franciscana, formaban en el cortejo que desde la mansión señorial del arcipreste de Calzadilla Don Manuel Núñez de Gamarra, donde se hallaba expuesto el cadáver, y desde donde se trasladó a la Iglesia Catedral. Aquí, corpore praesenti, celebráronse los funerales, tan solemnes y concurridos como jamás pensaron ver los ciudadanos de Coria, ni el gran número de personas de las ciudades cercanas de Extremadura y Portugal que se encontraban en Coria por hacerse feria aquel día, en términos que siendo bastante dilatada la capacidad de la Santa Iglesia, no alcanzó a contener a la mitad de las personas que formaban el acompañamiento. Por su parte el Ayuntamiento asistió a los fúnebres oficios con el mismo orden y disposición con que concurre a las exequias de las personas reales.

«Celebrados los funerales con solemnidad y devoción, dieron sepultura al cadáver en la nave reservada al entierro de los capitulares, precisamente en el sitio sobre el que había orado largamente y aún había marcado para depósito de su cuerpo el día que visitó la catedral, que fue el inmediato a su llegada a Coria. Las circunstancias prodigiosas de su muerte y funerales son notorias al público de Coria, y para que quede constancia a presentes y venideros dieron fe y testimonio con toda individualidad Francisco Granado, Tomás Gómez de Solís y Pedro de Ribas, escribanos del Rey nuestro señor, y del número de aquella ciudad».

Exponente luminoso de la fama de varón santo con que llegara aureolado a tierras de Extremadura el P. Jerónimo Abarrategui lo constituyen los sucesos, considerados milagrosos, acontecidos aquellos días, atribuidos por el pueblo a la intercesión del Siervo de Dios. Diego de Torres lo confirma. «Viéronse todo aquel día -escribe- repetidas casualidades que parecieron milagrosas, y quizá muchos milagros que pasarían por casualidades». Por más que no las abona, cree piadosamente que el Señor se empeñaba en descubrir, con prodigios, los méritos del Siervo de Dios con la misma disimulada modestia con que el difunto había tratado de encubrirlos mientras vivió.

De estas «casualidades», lo propio quede otros sucesos estimados milagrosos, de los fenómenos carismáticos que jalonan la existencia del apostólico teatino, tomóse el informe oportuno sobre testigos directos, con vistas al proceso canónico para la glorificación, en su día, de este hijo de San Cayetano.

Cuando el proceso se inicie -previo el reconocimiento de sus mortales despojos, como es de desear- contará, como pieza clave, por su incomparable valor crítico, la obra de Diego de Torres, el sacerdote ejemplar, discípulo aprovechado de la escuela del P. Abarrategui, «la mejor plumada de su tiempo», como se le ha llamado, y catedrático famoso de la Universidad salmantina: Vida ejemplar y virtudes heroicas del venerable Padre Don Jerónimo Abarrategui y Figueroa, Clérigo Reglar Teatino de San Cayetano, y fundador del Colegio de Salamanca de San Cayetano y San Andrés Avelino, de la misma Religión. -Dedicada al Ilmo. Señor Dean y Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Coria. -Escrita por el Doctor Don Diego de Torres Villarreal, del Gremio y Claustro de la Universidad de Salamanca, y su Catedrático de Prima de Matemáticas. -En Salamanca: En la Imprenta de Antonio Villarroel y Torres. Año de 1749.

Renacerás de sus cenizas las familias religiosas, tras las dos exclaustraciones de 1820 y 1835, demolidas en Salamanca por obra de la revolución la iglesia y el colegio que aromó con sus virtudes del Padre Jerónimo Abarrategui, la Orden teatina está presente en esas tierras entrañables de la geografía patria, está presente de nuevo, guardiana del Santuario de la Patrona de Béjar y los pueblos de su comarca, la Virgen del Castañar.

Consoló hojear la biografía del P. Jerónimo Abarrategui, que negó a los españoles la pluma de Diego de Torres, se tiene el convencimiento de que su biografiado cuenta con méritos de sobra para qué los admiradores del biógrafo y del biografiado traten por todos los medios de llevar a los altares a este miembro ejemplar de la Orden de San Cayetano.

Los presentes Coloquios histórico-religiosos de Extremadura brindan la oportunidad de lanzar, esperanzados, la idea. La canonización de un santo no es tanto un premio a su virtud -ya que, estando en el cielo, no tendrá, porque se le canonice o no, un grado de gloria más ni menos- cuando un estímulo y una recompensa a la fe, al entusiasmo, y a la constancia de sus devotos. Si el caudillaje, en esta campaña, corresponde por derecho propio a los clérigos regulares, para el logro de su objetivo confiamos en nuestros amigos de la capital de España, cuna del Siervo de Dios, y en cuya iglesia teatina de Nuestra Señora de Favor, por la profesión religiosa, se enroló en los cuadros de la orden cayetanista. No dudamos de apoyo ferviente de la culta Salamanca, beneficiaria de sus ejemplos no menos que de su apostolado a lo largo de 36 años. Y sabemos no ha de faltarnos la aportación activa de Coria, la episcopal, a cuya Iglesia Madre confió la Providencia el tesoro de sus despojos.

La ayuda de Dios no ha de faltarnos, si aportamos a la causa nuestra cooperación decidida. Supuesta esta condición, no cabe duda que, a no tardar, celebraremos plasmado en dichosa realidad el anhelo de su biógrafo: «Espero de la piedad de Dios que la fama de sus virtudes resonará algún día más allá de estos horizontes, cuando el Supremo Pastor declare al mundo cristiano, con su oráculo infalible, lo que ahora se admite como piadosa creencia».

1) «Todos los años, el tiempo que vivió en Salamanca, hizo dos viajes a Alba, yendo y volviendo a pie, a visitar el corazón y el cuerpo de Santa Teresa. Gastaba tres días regularmente en esta devota romería. Celebraba, en los tres días, dos misas. La una en altar mayor, donde se guardan el cuerpo y el corazón de la Santa Madre, y la otra en la capilla de San José, lugar donde fue sepultado su cuerpo. Siendo Rector en el Colegio, mandó hacer en la iglesia retablo y altar a la Santa. Y decía que no era razón que, teniéndole San José, le faltase a tan fiel y devota suya. No sólo era su amante de voto, sino su fidelísimo discípulo, pues procuró imitar y practicar su soberana doctrina, para cuyo fin tenían siempre sobre su mesa los libros de la Santa, en los que estudiaba, con meditación y aprovechamiento, muchos ratos que le dejaban libres otras ocupaciones espirituales. Estos, y el Breviario, eran los únicos libros que tenían cabida en su cuarto… «DE TORRES VILLARROEL, Vida ejemplar,cit.cap.XI.

2) «En todos los conventos de religiosas de Salamanca sujetas al ordinario tenía hijas de confesión, tan conocidas por su virtud que la fama se divulgó a muchas leguas de sus claustros. Hoy viven algunas de ellas, y pocos meses ha murió en el convento de la Penitencia una portentosa mujer a quien puso en el camino de la perfección este venerable Padre, cuya vida fue tan prodigiosa que no hay suceso en ella, desde su nacimiento hasta su muerte, que no sean singular y milagroso. Fue ésta una hija del Rey de la mina Baja del Oro, llamada en su país Chivaca, y entre los católicos Teresa, más conocida por el nombre Negrita de la Penitencia, cuya fama de santidad admiraron los vecinos de Salamanca todo el tiempo que vivió y veneran después de su muerte. En la oración fúnebre que predicó en sus honras en el convento de la Penitencia el Padre don Juan Carlos Miguel Panyagua, de la misma Orden de Teatinos de San Cayetano, el cual es última enfermedad la asistió repetidas veces, leerán los devotos un compendio de la vida y virtudes de esta religiosa. Imprimióse en Salamanca en 1749.Ibid.,cap.IX.

Oct 011971
 

Juan Moreno Lázaro.

Muchos historiadores trujillanos hablan de este magnífico edificio, y de sus vicisitudes: Acedo, en la «Guía de Trujillo»; D. Clodoaldo en su obra «Solar de Conquistadores», y hasta el anticlerical Ramos Sanguino, autor de la «Historia Cómica de Trujillo», le dedica satírico capítulo. Pero quien da más extensos detalles de sus transformaciones es, sin duda, don Juan Tena Fernández, como habéis podido comprobar cuántos hayáis tenido la fortuna de leer su documentado libro «Trujillo histórico y monumental».

Por él sabemos que los dominicos, que ya tenían otra casa más antigua en Trujillo, se trasladaron en 1489 al nuevo monasterio, edificado sobre terrenos cedidos por el Ayuntamiento. Y sabemos que del nombre del convento nació el de la calle en que está situado, y la plaza que tenía enfrente, que se llamó de la Encarnación hasta 1908, en que se le dio el nombre de Ruiz de Mendoza y Velarde, luchó contra los invasores franceses en Madrid, y vino a morir, herido, en esta histórica ciudad.

En 1489 pudo ser el traslado oficial autorizado por bula Pontificia. Pero debió tener vida y existencia anterior, pues ya en 1484 concedió la Reina Católica al monasterio determinados privilegios, confirmados después por Carlos I en 1527, y Felipe II en 1561.

El Ayuntamiento trujillano contribuyó con generosidad en varias ocasiones a la construcción del convento y de la iglesia, sobre los que, por ello, tuvo derecho de patronato. Sin embargo, en 1492 el Concejo limita a los 88 pasos en cuadro cedidos en principio la superficie edificable, ya que, al parecer, hubo intento de sobrepasarla.

Hemos de notar que estos finales del siglo XV y principios del XVI coinciden con el descubrimiento y conquista de América. Y tanta pujanza debió tomar el monasterio, que ya en 1530 sale del fray Vicente Valverde como Superior de otros cinco dominicos que con él acompañan a los hombres que Pizarro llevará a la conquista del Perú, llegando fray Vicente a ser, como sabéis, el primer obispo de Cuzco.

Otro dominicos famoso de la época fue el trujillano fray Diego de Chaves, confesor primero del Príncipe Carlos, de la reina Isabel de la Paz luego, y por último del rey Felipe II junto a él destaca fray Felipe de Meneses trujillano también, catedrático de la Universidad de Alcalá, escritor, y Prior de los conventos de Toledo y Segovia.

A principios del siglo XVII -1604 concretamente- el obispo González de Acevedo dota con 10.000 ducados una cátedra de Teología y Moral. En el año de 1619 (29-V) tuvo lugar la visita de Felipe III a la ciudad, y en aquellas fechas se fundó la cátedra de Arte y Estudios Generales, cuyos beneficiosos efectos se hicieron sentir pronto en la ciudad, por el provecho que de ella obtuvieron los trujillanos y numerosos alumnos de la comarca.

En 1706, el Ayuntamiento de Trujillo acuerda conceder a los dominicos autorización para acercar un extenso terreno al sitio del Humilladero y Fuente Juana, cercado que entonces se llamó el Olivar de los Frailes, nombre con que aún se le conoce.

En 1733, el obispo Laso de la Vega compra unas heredades, estableciendo sobre ellas rentadas para sostenimiento de la cátedra de Artes. Este obispo, textó en Trujillo, donde murió y fue enterrado, habiendo terminado a sus expensas la iglesia donde reposan sus restos, recibiendo sepultura al pie del altar mayor del Convento de la Encarnación.

Con tan insignes y generosos bienhechores, el convento llegaba al cenit de su prosperidad, y de ella se beneficiaban los trujillanos que a su sombra se formaron, aunque los acontecimientos del siglo siguiente habían de tirar por tierra gran parte de este provecho.

Llegamos a 1809, y con él a la venida de los franceses. Algunos historiadores relatan que el 5 de marzo de aquel año, habiendo salido huyendo esta Comunidad, que entonces era de 26 religiosos, fue destrozada esta Casa por los enemigos, saqueando su templo, quemados sus altares y holladas las sagradas imágenes, después de dar muerte al Prior que se negó a abandonarla.

No soportaron mejor en 1811 los ingleses, que lo convirtieron en cuartel, llevándose hasta las rejas de sus ventanas. Y aún que los frailes volvieron de nuevo al convento en 1814, poco les duró la estancia. Pues en 1820 el comisario político de Badajoz reclamaba la extinción y reforma de los frailes, y en 1836 se decretaba por R.O. la expulsión de los religiosos del convento, subastándose de sus bienes, por cuya venta se obtuvieron 56.000 reales, comprendidos iglesia y convento.

Y así terminó la vida de los dominicos en Trujillo, aunque seguimos relatando las vicisitudes del edificio, que en el año de 1888 compró el Concejo trujillano en 40.000 pta, para la instalación de uno de los cuatro colegios preparatorios militares creados por el general Casasola.

Arreglado el edificio en el breve espacio de seis meses, al año siguiente se inició su funcionamiento como Colegio Preparatorio Militar, con auténtico provecho para los trujillanos de la época que siguieron la carrera de las armas, algunos de los cuales llegaron a ser Jefes del Ejército español, que conocimos en nuestros días, como el comandante Mediavilla, o el Teniente Coronel de Estado Mayor Don Felipe Fernández-Durán, Fiscal del Tribunal Supremo de Justicia Militar.

El beneficio del C.P.M., tampoco fue duradero. En 1902 el general Weiler suprimió el Centro de un plumazo, y con el las enseñanzas que los trujillanos recibían, que no se limitaban a la preparación para la carrera militar, ya que también impartían enseñanza de bachillerato, aprovechada por quienes no habían de seguir la carrera de las armas.

Y así volvieron a ver los trujillanos muerto y desolado el magnífico edificio, que en el primer cuarto del presente siglo estuvo abandonado, y dedicado a los más bajos fines: Esquiladero de ovejas, casa de vecinos, garaje, etc… Solo un vago recuerdo conservo de lo que era este edificio antes de 1921. Pero puedo asegurar haber visto su hermoso templo convertido en taller de cerrajería, y de mecánica cuando llegaban a Trujillo los primeros vehículos de tracción mecánica.

Por fortuna, la Providencia le deparaba ser destinado a más elevados fines. Trujillo tuvo la suerte de que la iglesia y parte de lo que antes había sido Colegio Preparatorio Militar, lo comprara la benemérita dama doña Margarita de Iturralde, a fin de fundar un colegio para enseñanza de niños.

Quizás resulta curioso señalar aquí que la caritativa señora fue de posición económica modesta. Tuvo una hija bellísima que casó con el acaudalado señor don Mariano Quijano, quien murió joven dejando a su esposa cuantiosa fortuna, condicionada a establecer con ella unas fundaciones benéficas si moría sin sucesión.

Falleció pronto también la bella esposa, y vino a quedar dueña de esta enorme fortuna la bondadosa doña Margarita, ya viuda, y casi anciana.

Esta caritativa señora tuvo prisa por cumplir las disposiciones testamentarias del yerno, y entre otras importantes fundaciones, que no detallo por no hacer excesivamente largo este trabajo, compró el antiguo convento de la Encarnación, fundó el Colegio, y encomendó la agencia a los Agustinos.

La estancia de los Agustinos en Trujillo duró menos de un cuarto de siglo. Pero la labor educativa por ellos realizada, perdura a través de los años; ya que la enseñanza de gratuitamente impartieron en este centro docente, permite que uno de aquellos alumnos escriba y lea ante vosotros el presente trabajo, que quiero sea homenaje sincero, y expresión de mi gratitud a cuántos de alguna manera participaron en mi formación.

Corría el año 1921 cuando las clases se inauguraban. Entonces yo, que Dios mediante, cumpliré hogaño los 60, tenía nueve años, y tuve la fortuna de ser uno de los primeros muchachos que se inscribieron entre los 200 alumnos admitidos en aquel curso, que empezó en plena primavera.

De buena gana citaría a todos y cada uno de los Agustinos que pasaron por Trujillo, y aquí ejercieron su fecundo apostolado. Pero, coincidiendo con el pensamiento de don Francisco Fernández Serrano, sólo diré que fue una Comunidad que laboró con entusiasmo por cumplir los elevados fines de la benéfica Fundación, lográndolo tan plenamente, que la gratitud de los trujillanos perdura a pesar de los muchos años transcurridos.

Aquellos benditos religiosos se encargaron durante 20 años de la educación de los niños de Trujillo. Y tanto entusiasmo y amor derrocharon en la tarea formativa, que, cuando tras los años de la República, estalló el Movimiento Nacional, habíamos pasado por allí más de 1000 muchachos educados en el temor de Dios, el amor a la Patria, y el cariño al prójimo.

Con este bagaje y una excelente formación primaria, sorprendió el Alzamiento a este millar de muchachos, y ellos fueron el valladar dispuesto por la Providencia para salvar a Trujillo de los horrores de la guerra, que llegó hasta Mérida por el sur; hasta Navalmoral por el Norte; a Guadalupe por oriente, sin dejar de salpicar algunos puntos más próximos, como Miajadas y Villamesías, por ejemplo hasta los que llegó el ejército rojo ya entrado el mes de agosto del 36.

Durante los tres años de guerra civil española, de este millar de muchachos, uno se encontraron muerte gloriosa en los campos de batalla; otros alcanzaron el grado de oficiales en el ejército de Franco; muchos fueron suboficiales o clases de tropa, y todos cumplieron como buenos al ahora de la verdad, aunque no faltaron leyendas de que alguno encarnó la persona del célebre «Campesino», quizás sin otro fundamento que la coincidencia de nombre y apellido de un antiguo alumno con el renombrado jefe rojo.

Y estamos acabando ya la historia del que fue Convento de la Encarnación. Durante la guerra, el edificio quedó convertido en Hospital de Sangre desde los primeros meses. Cuando terminó esta, los Agustinos renunciaron a la regencia del Colegio, porque, con tantos frailes, habían matado los rojos, no les quedaba suficiente personal para atender al resurgimiento de las numerosas casas que la Orden de San Agustín sostenía en la nación española, y el colegio permaneció un año cerrado.

Hubo muchas dificultades para la reapertura. Aunque sea de pasada, quiero mencionar los esfuerzos del actual Vicario de la Diócesis de placentina para abrir el Colegio. Por fin, se logró que los Hermanos de las Escuelas Cristianas se hicieran cargo de la benéfica Fundación, y ellos se encargaron de cumplir sus fines, habiendo celebrado ya las Bodas de Plata de su llegada a Trujillo, en cuyas fiestas tomaron parte más de 2000 muchachos por ellos educados, dando testimonio de la fecunda labor realizada por los discípulos de San Juan Bautista, a los que Trujillo tanto quiere.

Pero tanto cambian los tiempos como los vientos. Aquella Fundación, que en principio fue generosamente dotada en lo económico por doña Margarita, poniendo a renta una fuerte cantidad con cuyos intereses del Colegio pudiera sostenerse, como el capital fundacional fue constituido en Títulos de la Deuda, cuyos intereses no aumentan, los ingresos del Colegio van perdiendo capacidad adquisitiva a medida que aumenta el coste de la vida con el paso de los años, y cada vez se encuentran más dificultades para su sostenimiento y desarrollo, dificultades que llegarán a hacerse insuperables, si Dios no lo remedia.

Quienes hemos recibido educación en este Colegio, donde también se han formado nuestros hijos, deseamos de todo corazón que estas dificultades tengan una solución rápida y satisfactoria, para qué el Convento de la Encarnación siga siendo el lugar donde reciban adecuada formación los hijos de Trujillo.

Oct 011971
 

Tomás Moral, O.S.B.

En abril de 1958, en la X Semana de Estudios Monásticos, convocada por la Sociedad de estudios monásticos Española en el monasterio Jerónimo de Yuste (Cáceres), tuve ocasión de presentar a los semanistas los primeros frutos de mis estudios sobre el «premontré» español[1]. Aquella conferencia, recogida después en diversas publicaciones nacionales y extranjeras[2] informó a los participantes del estado actual de las fuentes y el valor crítico de cada uno de los estudios consagrados a la orden de San Norberto en España.

Esta ha sido la razón por la que los organizadores del Congreso Histórico Religioso de Trujillo hayan pensado en mí para una breve intervención, en la que ponga de relieve la vinculación de Extremadura a la preclara orden blanca premonstratense.

En España, la orden premonstratense, fundaba en 1120 en un valle selvático de las cercanías de León, que se decía Couey, por San Norberto ,obispo después de Magdeburgo, no penetró hasta 1143[3]. Contó, hasta los mismos días de la exclaustración de 1835, con dos circarias o provincias: la de Gascuña que agrupaba los monasterios sitos en Cataluña, Mallorca y Navarra, en número de nueve; y la de España, más rica, que comprendía los monasterios esparcidos por Castilla, León, Asturias y Bilbao, alrededor de una treintena[4].

La documentación que hasta ahora he podido examinar no hace para nada mención de fundaciones premonstratenses en tierra extremeña. Muy próxima estuvo la de Santa Sofía de Toro, en Zamora[5] y la de Ciudad Rodrigo[6], pero sin irradiación directa en Extremadura. No obstante, esto justifica el título que hemos dado a nuestro trabajo, las monografías, enciclopedias y diccionarios bibliográficos aluden a algunos personajes oriundos de Extremadura que llegaron a vestir el habito blanco de los Hijos de San Norberto. De ellos quiero dejar aquí constancia.

El más célebre de todos fue sin duda alguna el arzobispo Juan Pérez de Galavís , natural de Robledo de Gata, donde nació el 9 de marzo de 1683 , fue Alumno en su Universidad, pronto se sintió atraído por la vida religiosa, abrazando la regla de San Norberto en el célebre monasterio de Santa María de la Caridad, cerca de Ciudad Rodrigo. En el monasterio fundado en 1165 por el rey de León Fernando II y Arnoldo, obispo de Coria y antiguo canónico regular del monasterio premonstratense de La Vid (Burgos) terminó allí su formación religiosa hasta que por sus relevantes dotes Intelectuales fue llamado a ocupar la cátedra de Sagrada Escritura en la Universidad Salmanticense. Desde 1720 a 1723 fue abad en el monasterio del espíritu Santo, de Ávila, extramuros de la ciudad, coincidiendo su abadiato con el de mayor prosperidad de la casa en sus seis siglos de existencia. De aquí pasó a ocupar el generalato de la Congregación premonstratense española[7], independiente del «prémontré», que ya en el siglo XVI habían establecido el rey Felipe II y el cardenal Ormaneto[8].

Pero al nombre del celebrado extremeño era ya demasiado conocido, no solo en toda la orden, sino también en la Corte. En el curso del año 1729 pensaron en él para ocupar la sede arzobispal de Santo Domingo. Ocho años de incansable actividad pastoral gastados en la reorganización de la, diócesis y del bien espiritual de la feligresía a él confiada. Felipe V juzgó ya suficiente su labor en esta sede y excesivos sus méritos. Por bula del Papa Clemente XII era trasladado a la mitra arzobispal de Santa Fe de Bogotá el 17 de diciembre de 1737. De viaje para su sede, se hallaba en Mérida en Julio de 1739 y entraba en su capital el 29 del mismo mes. Forzosamente su actuación debió reducirse a entablar los primeros contactos con las autoridades locales, pues el mismo virrey, Don Sebastián Eslava, que llegó a Cartagena en abril del 1740, fijó su residencia y trono en la capital porteña, más movida y peligrosa que la mediterránea Santa Fe. Meses más tarde, el 14 de noviembre, expiraba el arzobispo, dejando el gobierno de la diócesis a su cabildo[9]. Así terminó sus días el Monje premonstratense de Robledo que nunca perdió la vinculación a la orden que le recibió en su seno y a la tierra que le vio nacer, según lo confirman algunas de sus cartas, Dignas de darse a luz, así como su biografía completa.

Otra figura extremeña que profesó en el «premontré» fue Bernardo Conde y Corral. Después de ocupar los más importantes cargos en la orden, al sobrevenir la exclaustración hubo forzosamente de secularizarse. Sus dotes de gobierno y cualidades intelectuales que dio a conocer ocupando Diversas cátedras en los seminarios, le merecieron el ser promovido a la sede de Plasencia (21 de diciembre de 1857), diócesis que rigió como celosísimo pastor desde 1858 hasta 1863 en que fue trasladado a Zamora. Al inaugurarse el 8 de diciembre de 1869 el Concilio Vaticano I acudió a Roma y permaneció en la Ciudad Eterna como Padre Conciliar durante todo el desarrollo del magno acontecimiento que se prolongó desde los primeros meses de 1870 y que una serie de condicionamientos históricos impidieron llevar a feliz término. Nuestro obispo tuvo su intervención el 14 de mayo en la 51 Congregación General en la que se comenzó a discutir el esquema de «Constitución primera sobre la Iglesia»[10]. Tras la misa del arzobispo de Granada, habló el obispo Bernardo. El obispo de Zamora alabó el esquema, de modo especial el orden en que se habían dispuesto las materias, aunque echaba en falta en el capítulo primero el testimonio de los Padres como testigos de la Tradición. Todavía examinó el asunto más despacio en la discusión especial que se tuvo después. Mans dice que el discurso del obispo Bernardo fue breve, pero muy directo y discreto[11]. Después de él será cuando las intervenciones de los Padres españoles se harán más frecuentes. Murió el obispo Corral en su sede zamorense algunos años después cargado de años y de méritos.

El examen detenido del breve ensayo que el canónigo premonstratense Norbert Backmund[12] consagra a la orden nos permite localizar algunos nombres más extremeños que profesan la vida premonstratense y giran en torno a los monasterios de Ciudad Rodrigo, Salamanca y Ávila. Pero solo nos da sus nombres y apellidos, de indudable origen extremeño. Tal vez exhumando Documentos podamos seguir su pista. Pero eso será objeto de otras disertaciones sobre temas premonstratenses. Por hoy baste dejar consignadas las figuras de varios eminentes obispos extremeños que honraron el instituto con sus dotes de gobierno y sus virtudes.

Extremadura no se mantuvo, pues, al margen de este movimiento religioso que tan rápidamente se propagó en España y, por desgracia, a causa de los decretos desamortizadores del siglo pasado, su espíritu solo pervive hoy en un monasterio femenino, lindando precisamente con tierra extremeña.

Abadía de San Salvador de Leyre (Navarra)

NOTAS

[1] Véanse crónicas en Revue d’Histoire Ecclesiastique (Universidad de Lovaina), vol. 102 1969, pp.500 y Yermo, 2, 1968, pp.70-74

[2] Cf.T. MORAL, Los premonstratenses en España, en Hispania sacra, 21.1968, pp.59-85; Hacia la Historia de la orden premonstratense en España y Portugal, en Boletín de la Real Academia de la Historia. 165. pp.219-253; bases para una historia del «premontré» en España en Analecta praemonstratensia, 44, 1968, pp.202-308.

[3] Según una tradición muy antigua, todavía no corroborada con documentos fehacientes, la establecieron dos nobles castellanos, Sancho de Ansúrez y Domingo Gómez de Candespina. Atraídos por la santidad de vida y doctrina de San Norberto, profesaron la observancia premonstratense en León, de donde pasaron a España en 1143 para erigir, el primero la abadía de Retuerta y el segundo la de La Vid, en la margen izquierda del Duero, al sur de la provincia de Burgos. Estas dos fundaciones dieron origen a toda esa hermosa constelación de monasterios diseminados por toda la geografía española.

[4] Véase N. BACKMUND, Monasticon praemonstratense, 3,Straubing, pp.209-326. Es el mejor resumen que hasta ahora poseemos, a falta de una historia crítica y documentada.

[5] Es de monjas. Por eso ha podido subsistir hasta nuestros días, al no afectarle tan directamente las leyes de exclaustración como a los monasterios de varones .

[6] En Ciudad Rodrigo existió el de Santa María de la Caridad, el más cercano a Extremadura, donde profesarán casi la mayor parte de los monjes extremeños que hemos podido localizar.

[7] Cf.N.BACKMUND, Los abates trienales de la Congregación premonstratense de España, en Hispania sacra, 11,1958, pp.130 y ss.

[8] J. GOÑI GAZTAMBIDE, La reforma de los premonstratenses españoles del siglo XVI, en Hispania sacra, l3 1960, pp.5-96 .

[9] J.M. GROOT. Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, 2, Bogotá, l890. pp.31-33; J. RESTREPO POSADA . Arquidiócesis de Bogotá, 1, 1564-1819. Bogotá, 1961, pp.l65-171;ANTONIO DE EGANA, Historia de la iglesia en la América Española, Madrid, 1966, pp.980-981.

[10] COLLANTES, La cara oculta del Vaticano I, Madrid,1970, p.39.

[11] MANSI, Summa conciliorum, 52, c.58-59.

[12] J.MARTIN TEJEDOR. España y el ConciliO Vaticano I, en Hispania sacra, v.20, 39, 1967, p.149. 13- N.BACKMUND, MonaSticon..3, pp.209 y ss.

Oct 011971
 

P. Vicente Jiménez, C.M.

NOTA HISTÓRICA de la Casa-Misión de los PP. Paules de Badajoz.

Fase 1ª.- En 1.8o2 fue nombrado obispo de Badajoz D. Mateo Delgado Moreno. Habiendo oído y tratado a los Hijos de S. Vicente. quiso aprovecharse de sus servicios en su seminario de San Aton. Fácilmente obtuvo de Carlos IV la licencia de su instalación, pero le fue muy difícil obtener misioneros del P. Visitador-Provincial-, P. Sobíes,… quien por fin lo envió a los PP.Murillo, Camprodon y Zabalza, con un Hº. Coll.

Fase 2ª.- Cruzaronse no pocas dificultades, singularmente, por el estado de indisciplina y rebeldía de los jóvenes escolares y otros poderes intrusos. Esto inclinó al Visitador P. Sobíes, a llevárselos… pero tenazmente suplicado del Obispo y otras personalidades, dejó allí al prudente y sabio P. Val honesta, -que luego murió allí, trayendo inmenso gentío a su entierro,? quien pasó en dicho Seminario otros 4 años muy dificultosos, sin lograrse todavía la fundación definitiva.

Fase 3ª y final.- La fundación la realizó el Obispo, vencidas todas las dificultades, el 19 de octubre de 1.807. En las cláusulas de la Escritura de fundación «se cede y traspasa -el nuevo edificio levantado- para vivienda de los misioneros, para casa de ordenandos y corrigendos y ejercitantes, y comprometiéndose los PP, a dar clases de Teología, Moral y Escritura, además de la Liturgia, a regir el Seminario, dar conferencias a los colegiales, y a practicar los ministerios de las misiones y ejercicios a cuantos lo pidieren».

La casa de los Ordenandos se hizo famosa por su caridad y heroísmo durante la Guerra de la Independencia.

La aprobación de los Estatutos, de forma definitiva, posee la fecha del 14 de febrero de 1.810, firmados por el Sr. Obispo de una parte y del Superior General de la C.M. P. Salhorne en París, el 21 de mayo del mismo año, acto que le da carácter de entidad canónica y legal.