Oct 011988
 
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Juan Francisco Arroyo Mateos.

Después del Diluvio universal los descendientes de Noé se expandieron por toda Europa y Asia. Mas, ¿cuál de ellos vino a España? Los grandes escritores como San Jerónimo y otros historiadores, dicen que se acercó a nuestra Península el Patriarca Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, afirmándose que de él procedemos los españoles, que entonces se nos denominaba Iberos.

No sabemos a qué puerto de mar arribó Túbal con todo su séquito. Pero es cierto que quiso residir en una ciudad costera, porque los datos que hemos podido encontrar indican que viajó hacia el interior de nuestra Nación y que, por fin, halló el lugar deseado a orillas del río Ana o Guadiana, en donde, por consiguiente, fue fundada la primera ciudad española que, a la vez entonces, fue no sabemos por cuantos siglos, la Capital de toda la Península Ibérica pues aquellos primeros Patriarcas descendientes de Noé solían vivir todavía de 400 a 500 años. Aludida ciudad primera y por mucho tiempo la principal de todas las de España, fue la que hoy conocemos con el nombre de Mérida.

Hay muy serios testimonios a favor de cuanto venimos diciendo, porque el escritor y alcalde Abulcazin, del siglo VIII, trae lo mismo que San Jerónimo, añadiendo que la antiquísima Mérida (Morar o Morat que significa Pueblo de Cabeza mayor) llegó a estar amurallada. El contorno de esta muralla -dice- era de ocho millas bien grandes. Su anchura media diecisiete codos y su altura se elevaba a cuarenta y cinco; y, de trecho en trecho, era coronada por un total de mil quinientas torres siendo cuarenta y cuatro las puertas por las que se podía entrar y salir en esta ciudad, sin contar la gran puerta principal.

Podrá preguntar alguien que cuántos habitantes alcanzó a tener la Mérida antigua, y le respondemos que recuerde cómo los familiares y allegados de Jacob que se fueron a residir a Egipto y allí permanecieron el consabido número de años, teniendo a gala no cometer abortos, sino engendrar muchos hijos por si les tocara en suerte ser padres del mesías prometido, llegaron a sumar unos seiscientos mil israelitas en tiempos de Moisés.

Pues bien, Túbal, con su larga vida patriarcal, que, aunque llegase a España con unos cien años de edad, todavía pudo vivir en Mérida unos 300 o más años, es lógico pensar , junto con sus familiares, llegasen a ser también centenares de miles de personas en sólo esos 300 0 400 años primeros de la fundación de Mérida.

A la luz de este razonamiento, es como resulta explicable lo que sigue diciendo el referido Abulcazí, afirmando que la antigua y amurallada Mérida tuvo, por lo menos a los tres o cuatro siglos de sus existencia -pensamos nosotros-, más de diez mil hombres dedicados a la caballería y ochenta mil infantes que, por no haber entonces guerras, entregábanse a juegos o trabajos de recreación. Son cifras evidentemente significativas, porque si además añadimos las mujeres, los niños y niñas, los ancianos y los otros varones que se dedicaban a los muy distintos trabajos de agricultura, artesanía construcción, ganadería, pesca, caza, etc., etc.; de seguro que Mérida pudo haber alcanzado en sus tres ó cuatro primeros siglos, siquiera unos trescientos mil habitantes.

Es un enigma que no se sepa casi nada las antiguas murallas de Mérida. ¿Qué se hizo con ellas? En este punto es justo pensar que, desde la época de Túbal hasta la de la venida de los invasores romanos, casi hay una distancia próxima a los dos mil años; y en tan largo tiempo suelen ocurrir muchas cosas de parte de los hombres, como de la climatología, terremotos y mil otras eventualidades, pues antes de venir a España los romanos hubo otros colonizadores procedentes de Grecia y otras naciones, que empezaron ya a motivar guerras.

Además cada futuro invasor o colonizador iba a tener sus propios gustos o idiosincrasia. A los romanos, por ejemplo, pudieron no agradarles unas murallas tan altas y no construidas según el estilo que les era característico. Bien, pues, pudieron haberlas hecho desaparecer por preferir, en esa ocasión, una ciudad abierta, o modificarlas procurando hacerlas mucho menores en todo, a fin de que les sobrasen pilares de cantería para construir sus acostumbradas calzadas romanas, sólidos y largos puentes, acueductos, palacios señoriales, etc. Quizás se utilizó mucha piedra de las antiguas murallas para pavimento de la Ruta de la Plata y para sillares del puente romano de Mérida.

Y como más tarde en el siglo VIII, por cuando la invasión de los árabes, se dice que todavía contaba Mérida con murallas, la opinión más fundada puede ser ésta de que los romanos resolvieron sólo hacerlas un poco menores y a su estilo.

Sea lo que fuese, lo cierto es que los romanos supieron hacer de Mérida una ciudad feliz y acogedora, aunque debido a sucesivos y distintos avatares históricos, climáticos y epidémicos, sus habitantes fueran ya muchos menos que en su remota, y de mucha paz y salubridad, época primera esplendorosa. Y por ese bienestar. No del todo pérdida todavía durante la dominación romana, cuéntase que los valientes soldados eméritos, que lucharon contra los cantabros y asturianos, eran premiados trayéndoselos a descansar o cual jubilarse a Mérida en tiempos del emperador César Augusto; suceso éste que dio origen al Emérita Augusta. Emérita por lo de soldados eméritos, y Augusta, en honor del entonces reinante emperador Augusto.

Transcurrieron después bastantes siglos hasta que ocurrió la ulterior invasión de España por parte de los árabes, quienes muy pronto cercaron entonces Mérida y la conquistaron. Era ya otra época en la que la Ciudad estaba -dice Abulcazin- muy arruinada y con sólo ya ocho mil vecinos, debido esto a anteriores y repetidas incursiones guerreras motivadas por los Bárbaros, siendo los suevos los que parece castigaron más a Mérida.

Sin embargo, las ruinas de esta Ciudad -todavía en el siglo VIII, cuando esto se escribió- representan muy bien su grandeza y su pasada prosperidad. Y yo la ví -dice- a ruego del Gobernador. Muza tras conquistarla a los Cristianos, encareciéndome que fueron grandes sus maravillas. Vi, en efecto, -agrega- una piedra que tenia once codos de largo y seis de ancho que me parece debió estar “sobre la puerta principal de aquella Ciudad, en memoria de su primer fundador (Túbal). Y para leerla, y entender aquella lectura hice llamar a tres intérpretes, muy doctos en aquella lengua (caldea), y en ella ya encontré escritos estos datos que ofrecí (sobre qué Mérida estuvo amurallada y la pobló un gran número de personas).

Pasemos ahora a tratar sobre varios de los pormenores ocurridos en Mérida desde que Cristo envió a los apóstoles a predicar el evangelio hasta el fin de la tierra, que entonces lo venía a ser España o parte más occidental de Europa. ¿Quién evangelizó a Mérida? ¿Se acercó a ellas Santiago Apóstol? ¿Tuvo otros evangelizadores? Véase lo que sucedió:

Es dudoso que el propio Santiago Apóstol viniera a predicar a Mérida, aunque un historiador dice que evangelizador por casi todas las ciudades, no debiéndose en este caso excluido a una tan importante como era la ciudad emeritense. Ahora bien, San Diego tenía muchos discípulos bien preparados, uno de los cuales fue San Pedro Bracharense al que envió para que evangelizara por toda la Lusitania; y de éste es de quien se asegura que vino a predicar a Mérida. Hace mención de esto Calidonio, Arzobispo Bracherense, en la vida de dicho santo, traída por Ugo, obispo de Oporto, en la carta que escribió al arzobispo de Braga Mauricio, cuyos fragmentos expone el padre Vivar en uno de sus escritos.

Comenzó el referido San pedro Bracherense su labor en Mérida hacia el año 37 al 40 de la era cristiana.

Mérida, no obstante, continuó todavía varios años sin obispo residencial. Este privilegio se lo iba a atraer nada menos que san Pablo, quien, junto con algunos discípulos suyos, como lo era un alemán que él convirtió en Roma y se llama Aricio, se desplazó a España, en la que oportunamente visitó la ciudad emeritense, donde luego, tras necesarias labores apostólicas, constituyó a Mérida en sede metropolitana, dándole el primer arzobispo al citado Aricio, cuya catedral o iglesia fue dedicada a gloria hubo honor de la santísima Virgen María. Opina el padre Argáiz que esto ocurrió por el año 64 de Cristo.

Mas, ¿que significaba entonces ser arzobispo en Mérida? Equivalía a ser metropolitano de una religión eclesiástica tan extensa como lo fue Lusitania. El padre Argáiz, expone que tenía jurisdicción hasta sobre Ávila, Salamanca, Zamora y en todo Portugal desde el río Duero hacia abajo, comprendiendo Coimbra, Lisboa, Évora, y demás diócesis de la zona, a las que hay que añadir las de nuestra Extremadura, como son las de Plasencia, Coria y Badajoz. Cita del algunos nombres antiguos de referirás diócesis sufraganeas de la remedida, especificando las de: 1ª Pace (Badajoz); 2ª Olixibona; 3ª Exonova; 4ª Egitania; 5ª Coimbra; 6ª Viseo; 7ª Lamego; 8ª Cauria (Coria); 10ª Elora; 11ª Abela (Ávila); Salmántica (Salamanca); y 13ª Numancia (Zamora). Total: 13 diócesis sufragáneas.

Episcopologio emeritense

Siglo I.- Como hemos indicado, el primer prelado que tuvo Mérida fue el arzobispo Aricio, quien enseguida formó el cabildo catedralicio con 12 presbíteros, que se comprometían a observar una regla basada en la de los antiquísimos Carmelitas que tenían por timbre de gloria tener por fundador al profeta Elías (y que enseguida se adhirieron a la fe cristiana); ya que cosa semejante se hizo por otros cabildos, como los de Toledo, Tarragona y Braga (Portugal). Se desconoce cuando murió este prelado Aricio. Lo que sí costa es que por entonces descolló como abogado y gran orador o predicador él emeritense Deciano. A Aricio le sucedió el arzobispo san Vicente, que murió mártir en el año 100, deduciéndose que esto ocurrió durante la persecución de Trajano.

Siglo II.- A San Vicente siguióle el prelado Atanasio, que era de procedencia griega y vivió hasta el año 119; siguiéndole más tarde en la se emeritense otro mártir, san severo, que falleció el año 203. Eran tiempos de persecución, y por esto, es de suponer que la sede metropolitana estuviera vacante bastantes años.

Siglo III.- Al mártir San Severo lo sucedió el prelado Marcial, quien, aunque en un principio cobró muy en cristiano, después se dejó influenciar mucho por los gentiles, asistiendo a sus banquetes, favoreciendo de alguna manera sus y idolatrías, dando a los fieles sepultura en lugares profanos y perpetrando otras acciones escandalosas, por las que, tras haberse convocado un concilio en Toledo, fue despojado de su dignidad por el entonces arzobispo toledano Paulato; ya que su mal ejemplo lo habían copiado algunos otros obispos, como el de Astorga, llamado Basílides, y el de León, Sverio o Severino. Todo esto ocurría por el año 254. Y fue elegido poco después para la sede arzobispal emeritense el prelado denominado Alterno, cuya vida sólo se prolongó un año, pues murió en el 255; sucediéndole poco después, hasta el año 259, el conocido por Félix. Conviene añadir que, en el litigio motivado por esos prelados privados de su dignidad, se hizo de alguna manera intervenir a san Cipriano, obispo entonces de Cartago, y al Sumo Pontífice Esteban. Finalmente, en este siglo III, ocupó la sede metropolitana de Mérida el arzobispo Murila hasta el año 293; siguiéndole Liberio I hasta principios de la siguiente década.

Siglo IV.- Dícese con gran fundamento que este prelado Liberio fue el padre de Santa Eulalia de Mérida, la que murió mártir junto con Santa Julia, que quizás era hermana, o por lo menos, amiga o sirvienta en su casa; a las que siguieron también por entonces en el martirio el sacerdote San Donato, natural de Trujillo; quien, junto con san Félix, convivía de algún modo y fueron educadores para con la familia de Santa Eulalia. El martirio de ésta fue en el año 304. Y poco más tarde, en el 308, todavía hubo en Mérida otra santa virgen y mártir. Era Santa Lucrecia, según consta en el catálogo de Gregorio Eliberitano y en los escritos de otros autores, como en los de Hauberto. Es una lástima que esta santa sea casi del todo desconocida en la región extremeña. ¡Que no siga ocurriendo esto! Añadamos que a Liberio I reemplazó en el arzobispado un prelado originario de Grecia, llamado Marcos, que falleció en el 313, y le sucedió Liberio II, durante cuyo pontificado se construyeron muchos templos, uno de los cuales fue el de Santa Eulalia de Mérida. Le siguió como arzobispo puntal Florencio, que antes había sido diácono suyo. Era hacia el año 330, cuando, a solicitud de Constantino, se celebró aquel importante Concilio de Toledo, que motivó nuevas divisiones y límites de diócesis y archidiócesis, llegándose a conceder a la metropolitana de Mérida las siguientes diócesis: Badajoz, Lisboa, Ébora, Exonova, Caliabri, Ávila, Salamanca y Coria. No se menciona a Ambracia o Plasencia, porque hubo por entonces persecuciones y muy serias dificultades que aconsejaron que la diócesis placentina estuviera inmersa en la de Coria. La vida de este prelado Florencio (o Florentino, como lo llama algún Autor), se prolongó hasta por el 358; y siguióle Idacio, que se distinguió por lo mucho que combatió contra el hereje Prisceliano, convocando un concilio en Mérida, etc. Pero que “vióse en peligro de ser degollado por el procónsul de España llamado Volvencio, a instancia de Prisciliano, que sabía defenderse con elocuencia y ofender con eficacia” –dice el padre Argáiz-. Idacio, sin embargo, no se quedó con los brazos cruzados, sino que solicitó contra Prisciliano un concilio en Burdeos en el año 385; y desde allí marchó detrás de él a Tréveris, adonde había apelado ante el emperador Máximo, sucesor de Graciano, y en esta ciudad alemana, Idacio, quizás con intención de mirar por su vida en justa y legítima defensa, “le hizo degollar por sentencia del juez secular”. Era por entonces Priciliano obispo de Ávila. Murió, pues, así este hereje. Pero preferido proceder de Idacio no agradó a muchos santos varones, que tuviéronle por sanguinolento, imprudente, hablador, atrevido, poco modesto, grande gastador y amigo del buen bocado; y que terminó por ser excomulgado, apartándose de él muchos prelados, uno de los cuales fue san Martín de Tours. Mas luego, posteriormente, en un concilio de Tréveris, se le levantó la excomunión, aunque a tenor de lo que dice san Isidoro, parece que murió desterrado, tirándolo, no obstante, declaro o preclaro, con lo que quizás lo calificó, a pesar de todo, como muy inteligente. Ignoramos el año en que falleció.

Siglo V.- Después, por lo menos en el año 403, ya había otro arzobispo en Mérida. Fue Potamio, que tuvo venturas y desventuras. Estuvo lo bueno en que al convento de Carmelitas de la antigua observancia que ya había en Mérida se le sumó otro perteneciente a los Agustinos o hermanos ermitaños de san Agustín, que se acercó a fundar lo san Paulino de Nola, discípulo del referido santo. Y lo malo consistió en que tres años más tarde se produjo la invasión de los bárbaros en España, apoderándose los suevos de la ciudad emeritense, causando graves daños en todo. Oportunamente a Potamio les sucedió como arzobispo el monje carmelita, de la antigua observancia, llamado Exuperancio, que tuvo tiempos también muy difíciles, por qué, hacia el año 411, se produjo otra nueva invasión de Mérida ahora por parte de los alanos, quienes a su vez fueron vencidos por los vándalos en el 418, sufriendo mucho los católicos por parte de la herejía arriana. A Exuperancio siguió el prelado Antonio, que tuvo el mérito de haber convocado el segundo concilio de Mérida para la formación del clero, restauración de la disciplina eclesiástica y para devolver a los templos el floreciente culto de tiempos pasados. Además, por esta época, vivió en Mérida el santo abad Victoriano, predicador apostólico en la provincia lusitana y varón doctísimo, que murió en la ciudad emeritense el año 448. Como sería puesto en el catálogo de los santos, mediante los requisitos eclesiásticos de entonces, su fiesta se celebraba el 23 de agosto. Ignórase a qué orden religiosa perteneció. Agregamos que al referido arzobispo Antonio le sucedió Sempronio, el cual, por deseos del Papa San león Magno, celebró, como se hizo en otras archidiócesis, un concilio en pro y reafirmación de la fe y decretos promulgados en el concilio de Calcedonia. También añadiremos lo que refiere san Isidoro, es a saber, que, como en una de las incursiones guerreras de entonces, quisieran los godos, etcétera apoderarse de Mérida de una manera devastadora, se apareció Santa Eulalia por lo menos al líder principal Teodorico, causándole tanto terror y espanto, si se atrevía a ejecutar sus intentos, que desistió de éstos y pasó adelante no haciendo daño alguno a la ciudad ni en su comarca. Fue, por tanto, la santa, en esta ocasión, la salvadora de Mérida, en el año 456. Que es por cuando ya parece que falleció el arzobispo Sempronio, al que sucedió el prelado Arando, que pasó a mejor vida en el 463. Y le siguió Renato en la misma dignidad, uno de cuyos aciertos fue admitir para la catedral, según ya venía haciéndose en otras catedrales, a los canónigos regulares de san Agustín.

Siglo VI.- Sucedió a Renato (+494) el arzobispo Hilario (+536), quien, según el padre Argáiz, perteneció al monasterio de hermanos ermitaños de san Agustínme, que fundó en Mérida, según dirigimos san Paulino de Nola el año 403. Y después, hacia el año 540, la sede arzobispal emeritense estuvo ocupada por el prelado Emilia; cuyo sucesor fue Tremunaldo (+549), que vio un gran florecimiento de la orden benedictina en la archidiócesis. Muerto Tremunaldo ascendió a la sede arzobispal el monje san Pablo, de nacionalidad griega. Parece que fue benedictino. Tenía un sobrino y Dios le reveló que éste le sucedería como arzobispo; cosa que se cumplió, tras haber sido también monje este sobrino, que se llamaba Fiel, y que el padre Argáiz lo califica de santo, como a su tío Pablo (568). Fue san Fiel muy limosnero y dos lo bendijo tanto, que entonces la iglesia de Mérida llegó a ser la marica y poderosa de Lusitania. También Dios manifestó a dos distintos monjes cómo este arzobispo estaba predestinado para el cielo. Y cuando derecho Patricio y pasó a poseer la vida eterna, le sucedió en su cargo pastoral Paulo II, que sólo estuvo de arzobispo dos años, teniendo muy pronto por sucesor a san Mausona. Este ha sido uno de los más preclaros prelados emeritenses, verdadero padre de los pobres, que cooperó algo a la conversión de Recaredo y sufrió persecución, destierro y hambre por parte de Leovigildo que quería hacerle arriano; pero que no lo consiguió, si no lo contrario; pues fue uno de los arzobispos que asistió al famoso tercer concilio de Toledo, prolongando dio su vida hasta el año 603, tras 33 años de pontificado, en los que llegó a mantener correspondencia con san Isidoro de Sevilla. Restamos añadir que, en su tiempo, hubo en Mérida un santo varón llamado Saturnino, que falleció por el año 580, y de quien constaban circunstancias que demostraban su santidad.

Siglo VII.- A San Mausona le sigue la sede arzobispal Paulo III, que procedía de la nación helénica. No se sabe en qué año falleció. Pero si se indica que le sucedió el prelado Inocencio, quien gobernó la archidiócesis por el año 610 y al que sucedió un poco más tarde en la misma dignidad el monje san Renovato, del que se afirma que ha sido uno de los prelados más ilustres que jamás tuvo Mérida. Murió en el 622 y fue sepultado en el monasterio de Santa Eulalia, en cuya capilla obraba Dios –dice el padre Argáiz- diferentes milagros a favor de sus siervos. Tuvo como sucesor al prelado Esteban, que vivió por el año 633. Y éste le siguió oro lució (+656), en cuyo tiempo se destacó en Roma un diácono de Mérida llamado Thoda, que parece habíase distinguido en letras o al menos en virtudes. También el prelado Oroncio murió bien y quedó opinión de santo. Un poco más tarde presentó la archidiócesis emeritense Proficio, quien llegó a convocar lo que fue el cuarto concilio de Mérida, dirigiéndose que la Lusitania adquirió mayor territorialidad eclesial en su tiempo, porque se le juntaron cuatro obispados que, por los motivos que fuera, no siempre le hubieran pertenecido, y que eran los de Idania, Coimbra, Lamego y Viseo, acerca de lo cual hubo después grandes debates con el arzobispado de Braga. No serán fechas; pero se sabe que a Proficio le sucedió un tal Pedro, que vivió por lo menos hasta el año 669, y que después a este Pedro se le nombró como sucesor el monje benedictino Esteban, que vino a ser Esteban II; cuyo empeño muy principal fue procurar que los canónigos de las catedrales observase en la regla de san Benito, pero según la había reformado más suavemente san Isidoro. Discurrió la vida de este arzobispo Esteban por el año 684 hasta que fue elegido para sucederle el monje Máximo, quien participó en varios concilios de Toledo, como es aquel que se celebró el año 688, y otro (el XVIII Concilio Toledano) el 704, cuando ya reinaba en España Witiza. El padre Argáiz destaca como hombre muy sobresaliente de la iglesia de Mérida en este tiempo al arcediano Juan, al que Hauberto lo califica de muy sabio o filósofo y que, según el referido padre Argáiz, debió ser un varón santo.

Últimos tiempos de la archidiócesis emeritense

El propio padre Argáiz dice que aquello que, en adelante, se cuenta de Mérida es triste por todo lo que empezó a ocurrir por cuando la invasión árabe. Alude a que el rey Witiza había mandado derribar las murallas de muchas otras ciudades excepto las de la ciudad emeritense. Sus palabras honestas: “Solamente no me persuado, a que el rey Witiza le mandó derribar los muros, las demás ciudades, el año 709, porque los ciudadanos se defendieron cuando les puso el cerco Muza el año 715”; y dicen los autores de la General que fue: “porque el muro era fuerte y muy bien labrado”.

Ante aseveraciones como éstas, se nos presenta el aludido enigma, que nos hizo pensar que aquellas murallas emeritenses, que construyeron sus primeros pobladores, pudieron haber existido hasta este ya siglo VIII, a no ser que se tratara de otras murallas distintas y quizás menores construidas después por los romanos, etc., con el estilo particular de estos colonizadores. De todos modos habría aún murallas en Mérida por cuando los sarracenos se decidieron a apoderarse de ella.

Rodeada la ciudad por Muza y sus tropas, refiérese que los cristianos residentes en Mérida trataron de entrevistarse con el aludido líder árabe y vieron que se trataba de un hombre viejo, canoso y cansado; pero que, en una segunda entrevista, tras haber Muza ordenado por andar las murallas por sus cuatro costados, le dieron con los cabellos negros, lo cual les sobrecogió hilo tuvieron por milagro; llegando al acuerdo de entregarle la ciudad con tal de que respetase a sus habitantes y bienes que les pertenecían. Así pues, fue como se rindió Mérida, siguiendo residiendo en la misma el arzobispado, aunque la catedral debiera ser cedida para mezquita, por las exigencias quien esto tuviera los moros.

Siglo VIII.- Lo último que acabamos de narrar pertenece hecha a este siglo octavo; pero de desea aquí añadir y esclarecer que el primer arzobispo que tuvo Mérida después de ser ocupada por los moros se llamaba Amaro, a qué es lo mismo que decir Mauro. Parece evidente que entonces hubiera algunos mártires y se cuenta que, en efecto, parecieron el martirio de la ciudad emeritense, en el año 735, dos de sus vecinos que fueron don Ramiro y su esposa Sancha. Siguió luego a Amaro es su cargo pastoral el prelado Esteban III de este por el año 761. Eran tiempos muy difíciles, pero no obstante este arzobispo desempeñó como pudo su misión hasta el 793.

Siglo IX.- debido al clima hostil y de persecución contra los cristianos de esta época, de seguro que la sede metropolitana de Mérida estaría vacante por varios años hasta que, por el 850, se designó para arzobispo al monje Ariulfo, quien por causa de las graves circunstancias de entonces, se vio obligado a emigrar a refugiarse en Asturias, aunque regresó más tarde Mérida, al serenarse la situación. Por lo menos vivió hasta el año 862, que sucediéndole oportunamente en la misma dignidad el monje y escritor llamado Bento, una de cuyas realizaciones características fue la de haber hecho las diligencias necesarias, mediante las que consiguió que el papa Adriano II, que en aquel entonces regía a la Iglesia, canonizará opusiera en el catálogo de los santos a San Juan Magno que era un monje benedictino y habas del monasterio que había en las cercanías del pueblo de Garganta la Olla (Cáceres), es a saber, por el lugar conocido con el nombre de Carnaceda, que se encuentra entre cuatro uso y Garganta la Olla. Dicho monasterio estaba dedicado a san Martín, y parece que se le llamaba monasterio de san Martín de la Vera. Debemos agregar que el propio arzobispo Bento ha sido considerado como santo: “fue este monje benedictino (Bento) un varón docto y muy santo” –escribió el padre Jerónimo de la Higuera-. Su actuación pastoral la desarrolló al menos por el año 870; teniendo como sucesor, oportunamente después, al monje Gabino, que gobernó la archidiócesis por el año 896, siendo también de la orden de sambenito

Siglo X.- al arzobispo Gabino lo sucedió luego en la archidiócesis emeritense el prelado Andrés que también fue monje. Ejerció su cargo pastoral desde el año 900 al 910 ó 912, según ciertos indicios que dan a entender esto. No hemos podido saber ya el nombre de ningún otro arzobispo de Mérida, aunque tal vez todavía hubiera algunos, pues dice el padre Argáiz que: “por los años de novecientos sesenta perseverará la iglesia de Mérida con arzobispo, aunque ignoramos el nombre”. Se produce, pues, aquí cierta laguna histórica. De todas maneras, por estar la ciudad en poder de los moros, sería aquí muy difícil, durante cierta época, la vida cristiana.

Siglo XI.- en las fuentes consultadas no vemos que se diga nada acerca de ningún arzobispo emeritense durante todo este siglo decimoprimero. Lo que se narra es que, en el año 1063, entró en Mérida el rey Fernando el Grande, tomó la ciudad y redujo los moros a servidumbre.

Siglo XII.- daría pena ver el estado de postración aquí había llegado el cristianismo de Mérida. Los moros motivarían muchas dificultades e impedirían que la jerarquía eclesiástica se reorganizará y así volviera la ciudad a ser lo que antes fue en la iglesia de España. No se vería remedio inmediato a esta triste situación. Y por eso al obispo de Santiago de Compostela don Diego Gelmírez se le ocurrió solicitar al romano Pontífice que traspasará a su diócesis de Santiago la prerrogativa de ser archidiócesis, cesando lo fuera Mérida, porque Mérida francamente no lo podía ser en aquel entonces por la dominación sarracena. El Papa estudiaría el asunto y, haciéndose cargo de las circunstancias, concedió lo que se había solicitado, alegando lo de estar metida en poder de los moros y no haber en ella una floreciente vida cristiana. Era el Papa Calixto II, quien además ordenó que todas las diócesis sufragáneas de Mérida pasaran a depender de Santiago de Compostela, aunque, en este aspecto, hubo después distintos arreglos hasta llegarse a la situación de nuestros días.

Sin embargo, en estos últimos años del siglo XX, se ha producido una gran maduración de circunstancias para qué Mérida logre pronto de nuevo la sede arzobispal, aun cuando su provincia eclesiástica no sea tan grande como en el pasado, sino que se concrete a toda y sola Extremadura, en la que podrá haber cuatro demarcaciones eclesiásticas: Mérida, Badajoz, Coria-Cáceres y Plasencia. Es muy urgente conseguir que Guadalupe pase a pertenecer a la correspondiente diócesis de Extremadura, porque esto parece ser el asunto “clave” para que después venga todo lo demás, quedando la región extremeña convertida en provincia eclesiástica con sede arzobispal en Mérida.

Santoral de la archidiócesis de Mérida

Como primer santo acusadamente emparentado con la archidiócesis temeridad podría figurar el discípulo de san Pablo Aricio, que fue su primer obispo; pero se desconoce si fue mártir y cómo a cabo sus días. “No sabemos -dice el padre Argáiz- los años que gobernó y cuando murió”. Y ante esta circunstancia se carece de seguridad para considerarlo santo. Mas, he aquí otras personas tenidas como verdaderamente santas:

1º. San Vicente, obispo y mártir emeritense, en que vivió por el año 100, según quedó dicho más otras. Hay en toda la cristiandad muchos santos con el nombre de Vicente. Es necesario, pues, añadir lo de obispo y mártir emeritense para distinguirlo de los demás.

2º. San Juan, obispo y mártir de Mérida, que pasó a mejor vida por el año 169. Lo mismo da decir emeritense que de Mérida. Lo justamente necesario es calificar lo de una manera que evite confundirlo con los muchos santos que por doquier han existido con ese mismo nombre.

3º. San severo, también obispo y mártir emeritense, que murió el año 203.

4º. Santa Eulalia, virgen y mártir de Mérida, que siendo una niña de 12 años, se salió por la noche de una alejada casa de campo, propiedad de sus padres, para presentarse al pretor romano Calpurniano. Éste trató de vencerla con halagos; pero ella intrépida mente les copió la cara. Se decretaron contra la misma horribles tormentos. Y mientras les agarraban sus miembros, exclamó: “Gózome de leer tu nombre, Señor, esculpido en los desgarrones de mis carnes”. Después aplicaron a su cuerpo llagado teas encendidas; mas ella, dándose por vencida, habría la boca para aspirar la llama; haciendo dios que, en su muerte, saliera de su boca una paloma blanca, símbolo de su alma virginal y purísima que ya volaba cielo, queriendo dios además que, por esos momentos, se produjera una inesperada ligera nevada. Ocurrió este martirio en el año 304, comerciantes que lo dicho.

5º. Santa Julia, virgen y mártir emeritense, era compañera y hasta quizás parienta de Santa Eulalia, con la que convivió en la aludida casa denominada “Ponciano”, que estaba a unas dos leguas de Cáceres, ofreciendo Joan Solano argumentos para demostrar que en ella nació Santa Eulalia y probablemente Santa Julia; por lo que eran naturales de la provincia cacereña, aunque ambas fueran martirizadas en Mérida, con la diferencia de que el martirio de Santa Julia, ocurrido por las mismas fechas, parece que sólo consistió en la degollación sin que se le aplicasen tormentos mayores. Según lo dicho, Cáceres y Mérida comparten las glorias de estas dos santas.

6º. San Donato, san Hermógenes y otros 22 compañeros mártires emeritenses, respecto a los que recuérdese que es san Donato fue sacerdote y director espiritual de Santa Eulalia y de Santa Julia, sufriendo el martirio dos días después que estas. Todos eran de Trujillo, que a su modo participa también de contar entre sus hijos a estos 24 mártires de Mérida.

7º. San Félix emeritense. Fue maestro, educador o catequista de Santa Eulalia y de Santa Julia, con las que parece convivía por encargo de los padres de Santa Eulalia. Hay autores que lo consideran mártir y otros no, aunque estuviera a punto de serlo. Seguramente que su nombre figura en santorales antiguos, aunque no en el Martirologio Romano, según dice Joan Solano, quien sin embargo especifica que en el referido martirologio se encuentra el nombre de san Donato, anteriormente mencionado.

8º. San Víctor, San Sterencio y San Antonógenes, hermanos y mártires de Mérida, memoria es recordada por escritores como el obispo Equilino; Morales; Gariba; y Viseo; aunque sin dar fechas ni clases de tormentos. Puede ser ese los ahogase en una laguna que hay en la ribera del Guadiana, a la que se le denominó de los Mártires.

9º. Santo mártir emeritense de nombre desconocido. Se trata de un ciudadanos de Mérida que, cuando vio que desnudaron a Santa Eulalia durante su martirio, tuvo la valentía de ofrecerle una túnica o vestimenta para que se cubriera; pero que, por este gesto heroico, fue condenado también a ser martirizado.

10º. Santa Lucrecia, dirigente y mártir asimismo emeritense, nombre figura en el catálogo de Gregorio Eliberitano. Se dice que este martirio lugar en el 308, ofreciendo Hauberto la fecha del 8 de septiembre. No hemos encontrado datos pormenorizados sobre el martirio de esta santa, que bien pudo haberse parecido mucho vale Santa Eulalia.

11º. Los numerosos mártires emeritenses de la época de los bárbaros. Con la paz constantiniana la es de los romanos, un pero un siglo más tarde se la invasión de España por los Bárbaros, quienes arrianos, etc., motivaron muchas muertes relacionadas con la fe católica, afirmando Hauberto entonces muchos mártires en Mérida, como en otras partes de España, sobre todo en el año 424. Casi podría hablarse aquí de los innumerables mártires de Mérida, como cuando se hace alusión a los innumerables mártires de Zaragoza.

12º. San Victoriano, abad emeritense. No se dice que fuera mártir, sino santo abad, predicador apostólico y varón doctísimo, que falleció en el año 448 y se le canonizó opuso en el catálogo de los santos; cuya fiesta se celebraba el 23 de agosto.

13º. San Munimo, ermitaño emeritense. Tampoco fue mártir. Se sabe que falleció en el año 536 en Mérida y su santidad sería muy notoria, lo que se le escribiría en algún santoral apropiado; de modo que Hauberto pudo escribir: en “Augusta Emérita S. Munimus, Heremita moritur”.

14º. San Pablo, obispo emeritense. Aunque era un médico procedente de Grecia, fue en Mérida en donde practicó una gran labor pastoral como arzobispo, al que el padre Argáiz lo califica de “varón santísimo”, que previamente había sido monje pudiéndose conocer mucho del, si se lee la biografía que sobre el mismo llegó escribir luego el diácono Paulo.

15º. San Fiel, también obispo emeritense. Era sobrino del referido san Pablo, aquí ellos le reveló que le sucedería en la sede arzobispal. Fue muy caritativo; conseguía grandes bendiciones del Cielo; y Dios así lo canonizó en vida, al mostrar a otras armas buenas la santa muerte que tendría, viendo ya estás entre los bienaventurados del Cielo.

16º. San Mausona, asimismo obispo emeritense. Vivió por el año 571 y gobernó la archidiócesis de Mérida unos 33 años. Fue una vida muy rica en acontecimientos de muy distinta índole. Resplandeció por su liberalidad con los pobres. Edificó Iglesias y monasterios. Ayudó a la conversión de san Hermenegildo y Recaredo. Sufrió destierro por parte del rey Leovigildo, etc. de modo que de él se escribieron estas palabras: “Ann. 603 Sanctus Massona, Metropolitanus Emeritensis, moritur I die nobembr. Ut Sanctus hebetur. In Aede Sanctae Eulalia Sepelitur”.

17º. San Saturnino, penitente emeritense. Por estos mismos años del siglo VI descolló por sus virtudes este otro santón de Mérida, teniendo fama la “conservación olorosa de sus huesos”. Su sepulcro estuvo en el cementerio que la iglesia de Santa Eulalia tenía dentro de la ciudad. Y al andar con el, por motivo de nuevas obras o del traslado de restos humanos, sería cuando, si los más tarde, se notase ese fenómeno desacostumbrado. Ignoramos si personas como éstas llegaron a ser inscritas en algún santoral, en aquellos tiempos en que no se necesitaban tantos requisitos como hoy para canonizar a los santos.

18º. San Renovato, obispo emeritense. Regido la archidiócesis de Mérida por los años del siglo VII, en su primera mitad; y no se cuentan del grandes cosas; pero que resplandecería por su santo tenor de vida. Y parece que Dios hizo milagros en su honor después de su muerte. Porque se dice que “fue sepultado en el monasterio de Santa Eulalia, en una capilla de su vocación, y cerca de su sepultura, donde todos los antecesores estaban enterrados, en cuya capilla –como ya se dijo- obraba Dios diferentes milagros por sus siervos”.

19º. San Ramiro emeritense y su esposa Santa Sancha, que sufrieron el martirio en Mérida en el año 735; a quienes hay que sumar la desconocida cantidad de mártires que, debido quizás a quiera muchos y de condición humilde, no fueron anotados sus nombres, durante las persecuciones de los sarracenos habidas por entonces.

20º. El venerable Thoda emeritense. Se trata de un diácono de Mérida, que según el padre Argáiz, descollar en virtud o en letras, pero que murió en Roma de lo cual da cuenta el hispalense Hauberto. En los inclinamos a pesar que al menos sobresalió en notoria santidad por su condición de diácono pues, ¿qué obras se conocen como escritas por él?… Hay, por tanto, lamentó para considerar lo venerable, no en sentido oficial, sino sólo popular.

21º. El venerable Oroncio, obispo emeritense. Por estos años del 638 al 655, en que vivió el susodicho diácono Thoda, regentó la archidiócesis de Mérida el prelado Oroncio, del que se dice que “dejó opinión de santo y que los padres del Concilio IV de Mérida llaman santa su memoria”. Bien, consiguiente, se le puede considerar venerable en ese mismo aspecto popular que hemos indicado.

22º. El venerable Bento, obispo emeritense. Como muchísimo de los obispos de por aquellos siglos, fue antes monje benedictino, que vivió por el año 870. Sus dotes de buen escritor las empleó, entre otras cosas, contra los iconoclastas que no veneraban santas imágenes del Señor, de la Virgen y de los santos. Además, recordémoslo también ahora, alcanzó del Papa de entonces la canonización o inscripción en el catálogo de los santos de San Juan magno, Abad de un monasterio que hubo en Carnacena, cerca de Garganta la Olla (Cáceres), llamándosele al parecer, monasterio de San martín de la Vera, que ignoramos si todavía de alguna manera sigue existiendo. Sabido es que San Juan Magno pertenece a la diócesis de Plasencia; y que el propio obispo Bento es calificado por el padre Jerónimo de la Higuera como “varón docto y muy santo”; motivo por el que al menos se lo puede considerar también siquiera venerable al estilo de los dos últimos personajes, a que hemos hecho referencia.

Resumiendo diremos que, si a los santos que explícitamente hemos nombrado, se agregan los ciertamente 24 santos emeritenses aludidos en el apartado número 6, suman por lo menos más de 40 santos estrechamente vinculados a Mérida durante el tiempo en que fue archidiócesis. ¡Y esto es una grande y desconocida gloria para la ciudad y para toda la región extremeña!

Última deducción y conclusiones

¡Que pena que tantos santos sean casi todos desconocidos incluso para la mayoría del clero! Esto se debe al descuido que se ha venido teniendo en no buscar y consultar muy serios y respetables libros antiguos, ya que todo este escrito nuestro no es otra cosa que lo de haber logrado sintetizar, ordenar y esclarecer algunos de los numerosísimos datos que ofrece el maestro fray Gregorio de Argáiz O.S.B., en su obra de varios tomos titulada “La soledad Laureada por San Benito y sus hijos en las iglesias de España”, publicada en el año 1675. Otros investigadores podrán hacer trabajos parecidos y mejores respecto a las restantes diócesis españolas y hasta de Portugal, que también son tratadas en estos susodichos volúmenes. Después todos debemos procurar que los frutos de estas investigaciones no sirvan para sólo arrinconar los inútilmente, sino para propagar unos sucesos históricos también nos de saberse y para resarcir injusticias cometidas contra nuestros antepasados, puesto que, tras ya no ignorarse, por ejemplo, los nombres de muchos de los santos regionales hasta aquí olvidados, lo justo es que, sin tardar, se los empiece prácticamente recordar con perseverancia mediante las mil maneras que esto se ha venido haciendo con otras personas célebres: Santa Eulalia, San Pedro de Alcántara, Pizarro, Hernán Cortés, y urgente es dedicar en su honor parroquias y santuarios de nueva creación, calles, monumentos conmemorativos, lapidas, altares, imágenes y estatuas, días festivos, misas y oficios litúrgicos, concursos literarios, congresos o semanas de estudios, libros, folletos, hojas divulgado horas, cuadros, medallas, capillitas domiciliarias, profusión de estampas que den a conocer su presumible fisonomía, puesto que: “ojos que no ven, corazón que no siente”; y toda otra realización que se estime oportuna si nunca deberse olvidar que todos estos a precios y honras que tributemos a tan dignos y honorables paisanos ante la faz de todo el mundo, repercuten en muy fundadas y merecidas glorias históricas de la Patria y región, en que practicaron sus virtudes y desde la que subieron al Cielo.

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